{"id":9648,"date":"2016-08-16T13:00:45","date_gmt":"2016-08-16T11:00:45","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/01\/25\/isabel-seton-la-biografia-22-yo-soy-madre\/"},"modified":"2016-07-26T09:40:49","modified_gmt":"2016-07-26T07:40:49","slug":"isabel-seton-la-biografia-22-yo-soy-madre","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/isabel-seton-la-biografia-22-yo-soy-madre\/","title":{"rendered":"Isabel Seton, la biograf\u00eda: 22 &#8211; Yo soy madre"},"content":{"rendered":"<p><em>Me llevas a caballo sobre el viento,<br \/>\nme zarandeas con la tempestad.<\/em><br \/>\nJob 30, 22<\/p>\n<p>No lejos del cercado que rodea con una valla <em>White House y sus <\/em>dependencias, figura, en el dise\u00f1o a pluma del Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur, el peque\u00f1o cementerio donde acababan de ser depositados, en el mes de mayo de 1810, los despojos de Cecilia Seton junto a los de Enriqueta.<\/p>\n<p>La Madre Seton, sin embargo, no tendr\u00e1 tiempo casi de detenerse en la nueva aflicci\u00f3n que la oprime. Apenas llega de Baltimore, una carta del Sr. David le significa que est\u00e9 dispuesta para volver a la ciudad con las Hermanas que \u00e9l designar\u00e1. Les ser\u00e1 confiada una obra, determinada por el superior. De tal obra !a fundadora de las Hermanas de San Jos\u00e9 no hab\u00eda sido siquiera puesta al co\u00adrriente. Es en este momento, sin duda, cuando ella toma claramente conciencia del plan que el Sr. David est\u00e1 elaborando y que se apresta ya a poner en ejecuci\u00f3n.<\/p>\n<p>No obstante, en ausencia de Sor Rosa que se encuentra lejos del Valle, veros\u00edmilmente para arreglar ciertas cuestiones de familia, la Madre Seton, acusando recibo de la carta del Sr. David, le hace saber <em>que ella espera directrices ulteriores antes de anunciar a las Hermanas el cambio de su propia situaci\u00f3n, pues, en ausencia de Sor Rosa <\/em>-precisa ella- <em>ninguna de las Hermanas querr\u00e1 tomar el puesto de la Madre sin una orden formal. <\/em>Unos d\u00edas m\u00e1s tarde se ente\u00adra por una carta de Ana Mar\u00eda, dirigida a ella desde Baltimore, que Mons. Ca\u00adrroll est\u00e1 puesto al corriente de los proyectos del Sr. David en lo que la concierne. Que los apruebe \u00e9l, nada menos cierto, al menos Isabel no duda ya en abrirse al viejo arzobispo y pedirle consejo en aquella nueva coyuntura. En rea\u00adlidad. Mons. Carroll no puede salir de su prudente reserva. El sabe, por otra parte que las obras de Dios est\u00e1n marcadas siempre por el signo de la cruz. En los designios de la Providencia, la prueba, la incomprensi\u00f3n, la contradicci\u00f3n tie\u00adnen su papel que jugar ineludible. Si <em>el grano de trigo no cae en tierra y muere queda solo. Si muere, produce mucho fruto <\/em>(Jn 12, 24). Y en esta perspectiva del modo sobrenatural invita a la Madre Seton a mirar la situaci\u00f3n presente con fe.<\/p>\n<p><em>Usted est\u00e1 destinada <\/em>-le escribe \u00e9l- <em>a ser probada por el despojamiento y por la humillaci\u00f3n que la conducir\u00e1n a la confianza y a la paz. Esto tal vez tiene por fin poner el sello de la perfecci\u00f3n a sus otros sacrificios y operar en su coraz\u00f3n un perfecto desprendimiento frente a lo que es humano as\u00ed como la desnu\u00addez de lo que concierne a las consolaciones espirituales mismas&#8230; El Sr. Dubois <\/em>-prosigue el arzobispo <em>-est\u00e1 sin duda mejor informado que lo estoy yo mismo de los proyectos de los Sres. Dubourg y David. Pero resta que su buen sentido deba y pueda dudar antes de tomar la resoluci\u00f3n definitiva de confiar a Sor Rosa el gobierno del convento y de no dejarle a Vd. m\u00e1s que la direcci\u00f3n de la escuela.<\/em><\/p>\n<p>Estas \u00faltimas palabras permitir\u00e1n suponer que el Sr. David no estaba todav\u00eda seguro del papel subalterno que dejar\u00eda a la Madre Seton. <em>En mi sentir <\/em>-conclu\u00adye, sin embargo, el arzobispo- <em>ese ser\u00eda un cambio desafortunado para la prosperidad de la Comunidad. <\/em>Por eso afirma \u00e9l que, si se le pidiera su parecer res\u00adpecto a ello, no aceptar\u00eda sancionar tal decisi\u00f3n antes de tener en las manos una relaci\u00f3n detallada y de haber hablado personalmente con el Sr. David.<\/p>\n<p>Desde el momento en que no puede dudar ya de las intenciones del superior de la comunidad que, hasta nueva orden, es todav\u00eda su comunidad, la Madre Seton va a permanecer perpetuamente sobre alerta, temiendo recibir de un momento a otro una orden que ser\u00e1 para las Hermanas una causa de perturbaci\u00f3n, y correr\u00e1 el riesgo de arrojar la perturbaci\u00f3n en su vida religiosa as\u00ed como en la obra de apostolado, tan fr\u00e1giles a\u00fan, la una y la otra. Sin embargo, una vez m\u00e1s ella quiere \u00abhacer frente\u00bb. Es posible que todas las Hermanas no hayan tomado conciencia, desde el comienzo, de las actuaciones del Sr. David. Isabel, en verdad, no habla de ello abiertamente. Tal vez, confidencialmente, a una u otra de sus hijas, cuando juzga m\u00e1s prudente advertirlo. Es necesario se\u00f1alarlo de paso: hay en las cr\u00f3nicas de este a\u00f1o 1810, tan borrascoso sin embargo, y tan sombr\u00edo en ciertos d\u00edas, unas p\u00e1ginas que resuenan con una nota de alegr\u00eda que uno no puede poner ya en duda:<\/p>\n<p>&#8230; <em>Una hebra de seda, dos hebras de lana&#8230;<\/em><\/p>\n<p><em>&#8230;Un millar de sufrimientos. Un millar de millares de alegr\u00edas&#8230;<\/em><\/p>\n<p>La distancia que separa <em>White <\/em><em>Hou.se<\/em> de una u otra de las iglesias parroquia\u00adles obliga a poner en movimiento, cada domingo, a la familia entera. Durante la primavera, la Madre Seton har\u00e1 de esto ocasi\u00f3n de una jornada de asueto general. Es una verdadera aventura, pues el valle dista mucho todav\u00eda de estar roturado. Ni puente, ni carretera, precisan las cr\u00f3nicas. Se pasa el r\u00edo rode\u00e1ndo\u00adlo, poniendo el pie sobre las piedras. Se lleva la comida de campo en un saco, sin olvidar la sart\u00e9n de fre\u00edr<em>&#8230; Llegada la hora, nos instalamos en un alegre claro de bosque no lejos de las rocas. Flores silvestres&#8230; musgo, verdor, nada falta en la pendiente suavemente inclinada de la monta\u00f1a. La estrella amarilla de las margaritas en el soto muy cercano, donde los robles vigorosos viven con las hayas y los \u00e1lamos. Con unas piedras se instala un peque\u00f1o hogar. Las ramas secas apa\u00f1adas por los alrededores chisporrotean pronto all\u00ed, mientras la Hermana co\u00adcinera empu\u00f1a la sart\u00e9n donde crepita la mantequilla.<\/em><\/p>\n<p>Will y Ricksy est\u00e1n en la fiesta. Corren con las alumnas y se divierten con coraz\u00f3n contento. Las Hermanas no se quedan atr\u00e1s en divertirse alegremente.<\/p>\n<p>Y cuando llega el momento de la oraci\u00f3n, Isabel encuentra muy natural entonar el c\u00e1ntico de alabanzas de las creaturas, tomado del libro de Daniel:<\/p>\n<p><em>\u00a1Obras todas del Se\u00f1or, bendecid al Se\u00f1or, alabadle y ensalzadle por los siglos!&#8230;, \u00a1Manantiales, bendecid al Se\u00f1or!&#8230;<\/em><\/p>\n<p><em>\u00a1Todo lo que germina en la tierra, bendecid al Se\u00f1or!&#8230; \u00a1Manantiales de agua, bendecid al Se\u00f1or!&#8230;<\/em><\/p>\n<p><em>\u00a1P\u00e1jaros todos del cielo, bendecid al Se\u00f1or!&#8230; \u00a1Hijos de los hombres, bendecid al Se\u00f1or!&#8230; \u00a1Alabadle y ensalzadle por los siglos!&#8230; \u00a1Dad gracias al Se\u00f1or porque es bueno, porque es eterna su misericordia!<\/em><\/p>\n<p>(Daniel 3)<\/p>\n<p>La acci\u00f3n de gracias de la Madre Seton es leal. Pero su alegr\u00eda sobrenatural recubre, en realidad, tal acumulaci\u00f3n de fastidio y de inquietud que ella puede escribir, hacia el mismo tiempo, a Matthias O&#8217;Conway con igual sinceridad:<\/p>\n<p><em>T\u00fa podr\u00e1s burlarte de m\u00ed, cuando te digo que he conocido aqu\u00ed m\u00e1s verda\u00addera aflicci\u00f3n y preocupaciones, durante los \u00faltimos meses, que durante los trein\u00adta y cinco a\u00f1os de mi vida pasada, que ha estado marcada sin embargo, por la aflicci\u00f3n. T\u00fa te puedes re\u00edr, te lo repito, porque t\u00fa sabes bien que el fruto de la prueba no se perder\u00e1 al fin, por lo menos yo lo espero. A veces, sin embargo, es verdad que tiemblo.<\/em><\/p>\n<p>A pesar de la incertidumbre que la taladra, la Madre Seton no contin\u00faa menos en asumir toda la carga, toda la responsabilidad del superiorato como si nada amenazara el ejercicio de su autoridad.<\/p>\n<p>Da sus clases a las alumnas, verifica las cuentas, de casa, redacta la corres\u00adpondencia que a veces resulta pesada, permanece disponible frente a las Herma\u00adnas cuya angustia \u00edntima ella sabe. Ha tomado a su cargo, adem\u00e1s, la instrucci\u00f3n religiosa del pueblo. Da el catecismo, siguiendo el ejemplo lejano de su abuelo Charlton, a los negros como a los blancos. Va a ver a los enfermos en sus casas. Ignora, sin embargo, cada d\u00eda lo que le reserva el d\u00eda siguiente. Porque el pro\u00adblema, surgido ya en el momento de la fundaci\u00f3n de Emmitsburg, por lo que toca al c\u00famulo de sus deberes inherentes a su papel de madre de familia y de superiora de una comunidad religiosa, se ha recrudecido veros\u00edmilmente con las exigencias del Sr. David. El 3 de agosto de 1810 repite a Isabel Sadler, casi palabra por palabra, lo que escribi\u00f3 a Julia Scott, el 20 de julio:<\/p>\n<p><em>El derecho de mis hijos permanece inviolable. En consecuencia, si sucede que los deberes con los que estoy comprometida resultan incompatibles con los deberes que tengo hacia ellos, es a estos \u00faltimos a los que deber\u00e9 dar el primer lugar. Tal fue la condici\u00f3n conforme a la cual nuestro arzobispo, Mons. Carroll, consent\u00eda en verme venir aqu\u00ed. Todas estas cosas est\u00e1n en la mano del Divino Pastor. Yo estoy en paz.<\/em><\/p>\n<p>Seis d\u00edas m\u00e1s tarde, precisa ella con destino al Sr. George Weis: <em>Todo est\u00e1 aqu\u00ed de nuevo en suspenso, y he llegado por ello a pensar en volver a comenzar a vivir en el mundo con mi pobre Anina, Kate y Rebeca&#8230; Nuestra situaci\u00f3n es m\u00e1s inestable que nunca.<\/em><\/p>\n<p>Este a\u00f1o de 1810, Anina vuelve a Emmitsburg. El peligro que ella ha corri\u00addo en Baltimore, con ser diferente de los que la madre hab\u00eda temido para ella, no era menos amenazante. Apenas el barco que llevaba a Carlos Dupavillon a la Guadalupe hab\u00eda levado anclas, al fin de la primavera, cuando la adolescente se siente terriblemente sola. Lejos de Carlos, lejos de su madre. Desamparada. \u00bfTuvo ella raz\u00f3n de hacer al joven la promesa, por fr\u00e1gil que fuera, que le dio? \u00bfHizo mal en no concederle como prenda de esta Promesa el beso que \u00e9l recla\u00admaba? ; Pero no ha disgustado ella a su madre, s\u00f3lo con amarle? \u00bfQu\u00e9 deb\u00eda ha\u00adcer? \u00bfQu\u00e9 debe hacer ahora? El P\u00e1nico le invade. \u00bfEl temor a vivir?<\/p>\n<p>No ha terminada el mes de junio cuando se pone a a\u00f1orar la Casa Blanca de Emmitsburg. Y la presencia maternal, Y la ternura maternal. Nada le interesa ya en Baltimore, ni la sociedad de la familia Barry, ni los cursos de m\u00fasica, ni las lecciones de dibujo. Grita su aflicci\u00f3n a su madre en cada una de las cartas que le env\u00eda. Quiere volver a San Jos\u00e9: .Soy muy <em>desgraciada aqu\u00ed <\/em>-confiesa&#8211;\u00ad<em>casi tanto como lo era en la monta\u00f1a&#8230; Deseo mucho, mucho, estar contigo. No puedo hacerme a la idea de pasar el invierno aqu\u00ed. <\/em>Es por lo que en julio, anulando todos los compromisos que hab\u00eda tomado para ella en Baltimore, Isabel ha hecho volver a su hija al convento de Emmitsburg. La crisis que atra\u00adviesa Ana Mar\u00eda no est\u00e1 resuelta, sin embargo. \u00bfC\u00f3mo lo iba a estar?<\/p>\n<p>As\u00ed pues, aunque can\u00f3nicamente hablando la situaci\u00f3n excepcional de la Ma\u00addre Seton hab\u00eda parecido resolverse desde av\u00ede le fue concedido en principio con\u00adtinuar asumiendo la doble tarea de madre de familia v de superiora de una comunidad religiosa. la conciliaci\u00f3n de sus deberes, pr\u00e1cticamente, se presenta cada vez m\u00e1s delicada. Isabel toma conciencia dolorosamente del inevitable desgarra\u00admiento que de ello resulta. En una carta dirigida a Catalina Dupleix, el d\u00eda 11 de febrero de 1811 afirma:<\/p>\n<p><em>Por la ley de la Iglesia, que yo amo tanto, no podr\u00eda contraer obligaciones que ser\u00edan capaces de obstaculizar mis deberes hacia mis hijos, excepto si dispu\u00adsiera de un capital en su favor, y que tuviera para ellos un tutor, cosa que el mundo entero no podr\u00eda darme, dado el sentido de mi responsabilidad en cuanto madre de familia.<\/em><\/p>\n<p>En estas condiciones, \u00bfdebe o no la Madre fundadora dejarse deponer de su cargo, considerando su dimisi\u00f3n como una indicaci\u00f3n providencial que la lleva\u00adr\u00eda a una vida de familia, que le permitir\u00eda as\u00ed ocuparse m\u00e1s de la educaci\u00f3n y de la situaci\u00f3n de sus cinco hjos? \u00bfDebe, por el contrario, persistir en oponer a las embestidas del Sr. David una paciencia a la vez humilde y firme para evitar que una decisi\u00f3n arbitraria, termine en la dislocaci\u00f3n de un instituto del que ella se encuentra ser a la vez superiora y fundadora, sin haberlo buscado? Problema angustiante cuya soluci\u00f3n no facilita la actitud del Sr. David.<\/p>\n<p>La incomprensi\u00f3n que reina entre el superior eclesi\u00e1stico de la comunidad y la Madre Seton no es tampoco como Para facilitar la elaboraci\u00f3n de las reglas que deb\u00edan regir el \u00a1oven instituto, cualquiera que fuera, por otra parte, su superiora. Que Isabel hab\u00eda querido adoptar el esp\u00edritu vicenciano y calcar la vida de su comunidad sobre la de las Hijas de la Caridad en Francia, es cosa cierta.<\/p>\n<p>Prueba, estas l\u00edneas dirigidas, el 9 de enero de 1810 a Isabel Sadler, que hab\u00eda estado en Par\u00eds unos a\u00f1os antes: Si <em>te acuerdas del modo de vida de las Hijas de la Caridad, en Francia, antes de la Revoluci\u00f3n y despu\u00e9s, conocer\u00e1s en una palabra la regla de nuestra comunidad que asegura simplemente lo que es nece\u00adsario tocante a regularidad para que reine el orden, sin nada m\u00e1s.<\/em><\/p>\n<p>Y a Rosa Stubbs, a unos d\u00edas de intervalo: <em>Nuestra comunidad aumenta r\u00e1\u00adpidamente no hay duda que esto ser\u00e1 un gran bien para el cuidado de los en\u00adfermos y la instrucci\u00f3n de las ni\u00f1as, que es nuestro primer quehacer. La regla es tan f\u00e1cil de seguir que representa apenas algo m\u00e1s que lo que hace una persona que tiene una vida sobrenatural, hasta en el mundo.<\/em><\/p>\n<p>Regla simplic\u00edsima, esp\u00edritu de San Vicente de Pa\u00fal, a eso se atiene Isabel por el momento. Los Sulpicianos, personalmente, van m\u00e1s lejos en sus proyectos. \u00bfNo ha deseado durante quince a\u00f1os, el Sr. Dubourg el establecimiento de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Pa\u00fal en Am\u00e9rica? Ellas hab\u00edan enjambra\u00addo ya en el extranjero, en Polonia especialmente. \u00bfPor qu\u00e9 no en los Estados Unidos? Parece pues que aquellos se\u00f1ores de San Sulpicio hab\u00edan pensado, desde 1810, en la uni\u00f3n de la peque\u00f1a comunidad de las Hermanas de San Jos\u00e9 agru\u00adpadas en torno a la Madre Seton con la Compa\u00f1\u00eda de las Hermanas de San Vi\u00adcente de Pa\u00fal.<\/p>\n<p>Y precisamente este a\u00f1o de 1810 el Sr. Flaget acaba de embarcarse para Francia. Desgarrado personalmente tambi\u00e9n entre la obligaci\u00f3n que representa para \u00e9l su nombramiento para el obispado de Bardstown y su deseo siempre m\u00e1s vivo de entrar en la Trapa, ha decidido no tomar ninguna decisi\u00f3n, ni en un sentido ni en otro, antes de haber hablado sobre ello de viva voz con su superior, el Sr. Emery. Es entonces cuando sus cohermanos de Baltimore le conf\u00edan la mi\u00adsi\u00f3n de sondear en Par\u00eds a la Superiora de las Hijas de la Caridad, cuya Casa Madre est\u00e1 sita, entonces, en la calle del Vieux-Colombier, en la parroquia misma de San Sulpicio. Sondear, y si la acogida es favorable, comenzar ya las conversaciones que permitir\u00edan una uni\u00f3n lo m\u00e1s r\u00e1pida posible de la Madre Seton y de sus Hijas con la Compa\u00f1\u00eda de las Hijas de la Caridad.<\/p>\n<p>Ahora bien, cuando el Sr. Flaget vuelve a Maryland, en los corrientes del mes de agosto, trae de Par\u00eds m\u00e1s de lo que hab\u00eda osado esperar: la copia misma de las Reglas de la Sociedad que le hab\u00eda sido entregada. El hecho es en s\u00ed mismo una prueba cierta de que la Superiora General de las Hermanas de San Vicente de Pa\u00fal hab\u00eda entrado sin reticencias en los proyectos de los Sulpicianos. Comunicar las reglas elaboradas por el Sr. Vicente y la Se\u00f1orita Legras a las Hermanas de Emmitsburg, era considerarlas desde entonces como miembros de la Sociedad.<\/p>\n<p>Por un momento el Sr. Flaget crey\u00f3 poder traer consigo a tres Hermanas de la Caridad, lo que hubiera tenido por consecuencia sellar inmediatamente la uni\u00f3n deseada. Los acontecimientos pol\u00edticos no permitieron a las Hermanas una salida tan r\u00e1pida. La fecha acordada para un pr\u00f3ximo futuro resulta en realidad muy aleatoria.<\/p>\n<p>Al menos el Sr. Flaget trae, igualmente con destino a la Madre Seton y a sus Hijas, una carta que ha querido escribirle una de las tres Hermanas designadas a Maryland, Sor Mar\u00eda Bizeray. Esta misiva suya bastar\u00eda por s\u00ed sola para disipar todo equ\u00edvoco, si lo hubiera. Sus p\u00e1ginas fechadas el 12 de julio de 1810 fueron escritas en Burdeos.<\/p>\n<p><em>Mis queridas Hermanas, coma todav\u00eda no est\u00e1 en mi poder dejar Francia, os escribo para daros la prueba de que sois el objeto de mis pensamientos. Espero ser dichosa con veros dentro de pocos meses o cuando el Todopoderoso, que nos llama a nuestro santo estado, y que me ha inspirado como a varias de mis Hermanas el deseo de seros \u00fatiles, tenga a bien disponer los caminos para nuestra salida. Place a ese Dios todopoderoso, que escogi\u00f3 a pobres pescadores, hombres d\u00e9biles e ignorantes, para ser los fundamentos de su Iglesia, emplear los instrumentos m\u00e1s d\u00e9biles de nuestros d\u00edas para gloria de su nombre. Ciertamente, el empleo que hace de ellos le es agradable ya que servir\u00e1n para fundar un establecimiento cuyo \u00fanico objeto es asistir a sus miembros dolientes. \u00a1Oh, qu\u00e9 bella es esta vocaci\u00f3n que nos llama a marchar sobre las huellas de nuestro divi\u00adno Salvador, a practicar las virtudes cuyo ejemplo El nos ha dado y a ofrecernos a nosotras mismas en sacrificio a Aquel que se ofreci\u00f3 por nosotras! \u00a1Qu\u00e9 reco\u00adnocimiento, qu\u00e9 amor no debemos nosotras a ese tierno Padre que se ha dignado escogernos para esta sublime vocaci\u00f3n!<\/em><\/p>\n<p><em>Agradezc\u00e1moslo, pues, mis queridas Hermanas, y pid\u00e1moslo unas para otras, a fin de que El nos conceda la gracia de corresponder fielmente al privilegio inestimable que hemos recibido de El. Recurramos a San Vicente de Pa\u00fal, nuestro Padre, a la Se\u00f1orita Legras, nuestra madre venerada, a fin de que ellos nos obtengan esa dicha a nosotras, que somos sus queridas hijas. No hay duda de que les somos queridas ya que les amamos y queremos serles sumisas.<\/em><\/p>\n<p><em>Como el Sr. Flaget ha debido deciros las sentimientos que nos han inspirado su celo y el inter\u00e9s que os tiene, termino, queridas Hermanas, que pronto ser\u00e9is nuestras compa\u00f1eras, asegur\u00e1ndoos la sincera y total devoci\u00f3n y respecto de vuestra muy humilde servidora.<\/em><\/p>\n<p>Sor Agustina Chauvin y Sor Woirin ponen tambi\u00e9n sus firmas al final de la carta destinada a las que ya consideran como sus Hermanas americanas. A decir verdad, los Sulpicianos han precipitado tal vez las cosas un poco m\u00e1s all\u00e1 de lo que hubiese deseado Mons. Carroll. Pues la confirmaci\u00f3n de aquellas reglas, lige\u00adramente modificadas, no ser\u00eda dada oficialmente, por el obispo de Baltimore hasta el de 17 de enero de 1812. En 1810, 1811, ni Mons. Carroll ni el Sr. Dubois, ni Mons. Cheverus san partidarios de la uni\u00f3n de la comunidad de Emmitsburg con la sociedad de las Hijas de la Caridad. El Sr. David, personalmente, la deseaba ardientemente. De todas formas, es necesario dejar al arzobispo tiempo para exa\u00adminar las reglas tra\u00eddas de Francia. M\u00e1s que nunca conviene seguir el prudente consejo del Sr. Vicente: <em>No pasar por encima de la Providencia.<\/em><\/p>\n<p>Los sulpicianos, por otra parte, tienen entonces otras tareas, otras preocupa\u00adciones que les reclaman. El Sr. Flaget ha recibido del Sr. Emery, su superior, m\u00e1s que el consejo, la orden de aceptar humildemente la elecci\u00f3n que el Papa Pio VII ha hecho de su persona para la sede episcopal de Bardstown. El dejar\u00e1 por con\u00adsiguiente Baltimore, llevando consigo en calidad de secretario al Sr. David. Y uno y otro ten\u00edan un puesto importante entre el personal docente del Seminario de Santa Mar\u00eda de Baltimore. El 28 de octubre, 1 y 4 de noviembre de 1810, los titulares de los tres obispados de Filadelfia, Boston y Bardstown reciben de ma\u00adnos de Mons. Carroll la consagraci\u00f3n episcopal. Son el R. P. Michel Egan, fran\u00adciscano irland\u00e9s, Juan Luis Lefebvre de Cheverus, del clero secular, y Benito Jos\u00e9 Flaget, de la Compa\u00f1\u00eda de San Sulpicio. Aprovechando el banquete dado en Baltimore con ocasi\u00f3n de esta triple solemnidad, el Sr. Flaget, superior de los sulpicianos de Am\u00e9rica, anuncia oficialmente que dimite de su cargo en favor del Sr. Tessier.<\/p>\n<p>Para sacar a flote el cuerpo profesoral del seminario y del colegio, el Sr. Fla\u00adget no ha tra\u00eddo con \u00e9l m\u00e1s que un \u00fanico recluta de Francia: el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur, el cual hubiera preferido otro cargo que el de profesor, ya que su deseo era llevar una vida de misionero. No es extra\u00f1o, pues, que el a\u00f1o 1810 se acabe sin que haya sido tomada ninguna decisi\u00f3n respecto a la comunidad de Emmits\u00adburg.<\/p>\n<p>Obispo desde el 4 de noviembre de 1810, Mons. Flaget, sin embargo, est\u00e1 todav\u00eda en Baltimore en la primavera de 1811. Igualmente, su secretario. El Sr. David, hubiera podido, habida cuenta de su nuevo cargo, presentar su dimisi\u00f3n de superior eclesi\u00e1stico de la comunidad, desde el invierno de 1809. Ha cre\u00eddo deber suyo conservar hasta el \u00faltimo momento tanto su t\u00edtulo como su oficio ante las Hermanas. Parece incluso que ha querido a todo precio, antes de su salida para Kentucky, ver a Rosa White ocupar el lugar de la Madre Seton. Con este prop\u00f3sito, establece un nuevo plan. Har\u00e1 venir a la Madre Seton a Baltimo\u00adre, obtendr\u00e1 durante ese tiempo el nombramiento de Sor Rosa como superiora de Emmitsburg, adonde no volver\u00e1 a llamar a la Madre Seton, sino para ponerla delante del hecho consumado. Despu\u00e9s de lo cual, Isabel ser\u00e1 enviada de nuevo a Baltimore para tomar all\u00ed no ya la direcci\u00f3n de una escuela, sino la de un hospital.<\/p>\n<p>De todas estas maniobras que se prosiguen a socapa, una futura postulante, Margaret George tiene al corriente a la fundadora. La Madre Seton aguarda a ser llamada de un d\u00eda a otro por el Sr. David. Pero es Sor Rosa quien recibe, en febrero de 1811, la orden de partir para Baltimore. La superiora, aun com\u00adprendiendo que el Sr. David sobrepasa, haciendo aquello, los l\u00edmites de sus po\u00adderes, no puede oponerse a la marcha de su asistente. Que de aqu\u00ed resulte una tensi\u00f3n entre las dos mujeres es cosa inevitable. Lo maravilloso, de veras, es m\u00e1s bien que no se haya producido entonces una verdadera escisi\u00f3n entre los miem\u00adbros de la comunidad de Emmitsburg. Era necesario, en verdad, que la uni\u00f3n de los corazones y de los esp\u00edritus estuviera cimentada por un amor sobrenatural aut\u00e9ntico y profundo para ser capaz de resistir a la tempestad que, imprudente\u00admente, el Sr. David hab\u00eda desencadenado. La Madre Seton, sin embargo, escri\u00adbe de nuevo a Mons. Carroll. De nuevo, Mons. Carroll se mantiene a la expec\u00adtativa. No quiere forzar nada, zanjar nada, sino permanecer siempre frente a la Madre Seton con el mismo parecer: \u00abSi se le permite -responde \u00e9l- retractar su cargo de superiora de la comunidad, me alegrar\u00eda de ello por usted personal\u00admente, pero mi esperanza en lo que concierne al porvenir de ese establecimiento quedar\u00eda grandemente debilitada\u00bb.<\/p>\n<p>\u00bfFue la actitud a la vez discreta y firme del arzobispo? \u00bfFue la intervenci\u00f3n del Sr. Tessier o de Mons. Flaget? Lo cierto es que el Sr. David acaba por re\u00adnunciar, hacia fines de marzo, a sus pretensiones en lo concerniente a su hija espiritual Rosa White. Pero no deja, con todo, de proponer con un ingenuo can\u00addor, que subraya al menos hasta qu\u00e9 punto le falta la m\u00e1s elemental psicolog\u00eda pr\u00e1ctica, predicar a las Hermanas su retiro anual antes de embarcarse para Boston.<\/p>\n<p>Ante tal proposici\u00f3n inoportuna, la Madre, Seton, esta vez, salta literalmente de sus quicios. \u00a1Para acabar de introducir la perturbaci\u00f3n en la comunidad, nin\u00adguno, evidentemente, podr\u00eda ser m\u00e1s indicado que el Sr. David! L\u00f3gica, a pesar de una llama de indignaci\u00f3n demasiado tiempo contenida, hace notar el sul\u00adpiciano que un retiro es actualmente cosa in\u00fatil, ya que, de todas formas, ese retiro no ser\u00e1 seguido de la aplicaci\u00f3n de las reglas que est\u00e1n entonces en estudio, y que tal vez, no ser\u00e1n jam\u00e1s puestas en vigor, al menos seg\u00fan el tenor que les ha dado el Sr. David. En cuanto a discutir con \u00e9l a este respecto \u00bfpara qu\u00e9, si el nuevo superior tiene otras ideas que \u00e9l querr\u00e1 a su vez, imponer a la comunidad?<\/p>\n<p>M\u00e1s tarde, la Madre Seton comentar\u00e1 el tono tajante de esta declaraci\u00f3n que calificar\u00e1 de impertinente. En abril de 1811, no le impide ning\u00fan escr\u00fapulo hacerla llegar a su destinatario. Si fuera menester romper con alguien, m\u00e1s val\u00eda que fuera con el Sr. David. El -al parecer- no acusa recibo de la carta. El 12 de mayo se embarca con Mons. Flaget para Kentucky, y Rosa White, vuelta pronto a Emmitsburg, tomaba de nuevo junto a la Madre Seton su puesto de asistente. Su fraterna y c\u00e1lida amistad recobra de pronto todos sus derechos co\u00admo si nada hubiera pasado que las pudiera oponer una a la otra.<\/p>\n<p>Para Isabel pasaba una p\u00e1gina m\u00e1s dolorosa y fecunda.<\/p>\n<p><em>Un millar de sufrimientos&#8230; un millar de millares de alegr\u00edas dispensaci\u00f3n de la gracia&#8230;<\/em><\/p>\n<p>As\u00ed se expresar\u00e1 en los <em>Dear Remembrances, <\/em>lanzando una mirada de con\u00adjunto sobre los primeros a\u00f1os de la Comunidad de Emmitsburg.<\/p>\n<p>En el n\u00famero de millares de alegr\u00edas hay todav\u00eda una que surge radiante, en medio de las preocupaciones y penas del a\u00f1o 1810. Unas semanas despu\u00e9s de la consagraci\u00f3n de los nuevos obispos, el 21 de noviembre exactamente, la Madre Seton es requerida en el locutorio de <em>White House. <\/em>Dos eclesi\u00e1sticos la esperan all\u00ed a los que ella no hab\u00eda visto jam\u00e1s.<\/p>\n<p>-Soy Juan Luis de Cheverus-, dice sencillamente uno de ellos. Ella besa con respeto el anillo pastoral del joven obispo de 42 a\u00f1os. As\u00ed pues, he ah\u00ed ante ella aquel hombre \u00abelocuente y erudito\u00bb a quien hace cinco a\u00f1os ya, Antonio Filicchi le hab\u00eda aconsejado exponer las dudas en que se debat\u00eda entonces su esp\u00edritu. Ella se alza de nuevo, adelanta los sillones para sus visitantes, dichosa, emocionada de conocer al fin el rostro de aquel cuyas cartas en 1805 hab\u00edan tenido tanto peso en la resoluci\u00f3n que la hab\u00eda llevado a entrar en la Iglesia Ca\u00adt\u00f3lica para conducirla f\u00e1cilmente all\u00ed donde Dios la esperaba, a la cabeza de la primera comunidad religiosa femenina de Am\u00e9rica.<\/p>\n<p>Mons. de Cheverus ha presentado a su compa\u00f1ero: Mons. Egan, obispo de Filadelfia. Para Isabel no es posible o\u00edr pronunciar el nombre de esa ciudad sin unirse con el pensamiento a su amiga Julia Scott. \u00a1Cu\u00e1nto desear\u00eda que entre<\/p>\n<p>el nuevo obispo de Filadelfia y Julia se entablara un di\u00e1logo como se entabl\u00f3 para ella con el Sr. de Cheverus una correspondencia de la que brot\u00f3 tanta claridad y tanta gracia y tanta paz! La mirara de Mons. de Cheverus, a la vez profunda y te\u00f1ida de una extrema bondad, se posa intensamente en la Madre fundadora. El gesto mesurado de la mano subrayando las palabras que pronuncia, revela en \u00e9l a un hombre de una gran finura y de una rara distinci\u00f3n. Ni hasta el tono de su voz c\u00e1lida y bien timbrada deja de tener a Isabel bajo su encanto. En verdad, el Sr. de Cheverus es ciertamente tal como siempre ella se lo hab\u00eda imaginado. La certidumbre de encontrarse, ante un hombre de Dios por quien le hab\u00edan sido dadas tantas luces, le es un \u00edntimo consuelo.<\/p>\n<p>Invita a los prelados a permanecer unos d\u00edas en Emmitsburg, para mayor ale\u00adgr\u00eda de las Hermanas. Ellos se niegan con sentimiento. Su tarea les llama a cada uno en su propia di\u00f3cesis. No podr\u00e1n en absoluto retardarse en la Monta\u00f1a m\u00e1s de dos d\u00edas. \u00bfSer\u00eda al menos posible a la Madre Seton hablar a solas con Mons. de Cheverus y someterle los graves problemas que no han encontrado todav\u00eda su soluci\u00f3n definitiva: el de la comunidad de San Jos\u00e9 y el de sus cinco hijos?<\/p>\n<p>De esta breve estancia pasada en el convento de Emmitsburg, Mons. Egar, y Mons. de Cheverus llevan un radiante recuerdo: <em>He visitado la \u00abSanta Mon\u00adta\u00f1a\u00bb <\/em>-dir\u00e1 pronto el obispo de Boston- <em>y he quedado muy edificado de todo lo que all\u00ed he visto.<\/em><\/p>\n<p>Con la dimisi\u00f3n del Sr. Nagot y la marcha para Kentucky de Mons. Flaget y del Sr. David, su secretario, se mostraba inminente una reorganizaci\u00f3n en los cargos ocupados por los sulpicianos de Maryland. Las Hermanas de la Caridad de San Jos\u00e9 esperaban no sin ansiedad, el nombramiento de su nuevo Superior. Antes del verano, el Sr. Tessier que acababa de suceder al Sr. Nagot, designa a su vez reemplazante del Sr. David. Es el p\u00e1rroco de Emmitsburg, el Sr. Du\u00adbois en persona. Un gran soplo de confianza, de esperanza, alivia los corazones. Todas y cada una de las Hermanas est\u00e1n dispuestas a confirmar: suponiendo que se les hubiera pedido su parecer personal para tal nombramiento, ser\u00eda al Sr. Du\u00adbois a quien habr\u00edan dado sus sufragios. Las espaldas encorvadas de la Madre Seton se encuentran de un s\u00f3lo golpe aligeradas de su aplastante carga.<\/p>\n<p>Una nueva primavera comienza, realmente, para la Comunidad. Una especie de renacimiento espiritual sintoniza con la gozosa renovaci\u00f3n de la naturaleza tan magn\u00edfica en esta estaci\u00f3n, al pie de las Monta\u00f1as Azules. Isabel siente brotar en lo m\u00e1s profundo de su ser un retorno de vitalidad. Ella piensa hacer partici\u00adpar por un momento a sus amigas, Julia Scott, Isabel Sadler y Catalina Dupleix, del encanto de la primavera en \u00absu valle\u00bb.<\/p>\n<p>Ser\u00eda tan dichosa -como escribe a Sad- en hacerles admirar <em>la monta\u00f1a y la belleza de sus sombras a la hora del sol poniente, y la ondulaci\u00f3n de los cam\u00adpos de trigo y los sotos cubiertos de flores y la morada apacible <\/em>cual es la Casa Blanca. Le parece tan sencillo, personalmente, frente a semejante espect\u00e1culo, dejar al esp\u00edritu elevarse derechamente hacia el Se\u00f1or. <em>Cuanto mi alma est\u00e1 m\u00e1s verdaderamente unida a Dios <\/em>-explica ella- <em>m\u00e1s capaz es de gustar el encanto de su creaci\u00f3n. Ven, querida Isabel <\/em>-dice ella-; <em>al menos trata de venir; di al menos que tratar\u00e1s de venir. Es que el amor de Dios, lejos de encoger el coraz\u00f3n que posee, lo vuelve, al contrario, capaz de amar con m\u00e1s ternura con m\u00e1s fuerza tambi\u00e9n a todos los que ya amaba. En fin, \u00a1es el amor! <\/em>-dir\u00e1 naturalmente con Teresa de \u00c1vila.<\/p>\n<p>Tranquila, ahora, en lo que concierne al porvenir inmediato de su peque\u00f1a comunidad, Isabel escribe el 24 de junio, una larga carta a Antonio Filicchi, pa\u00adsando revista, para el querid\u00edsimo amiga de Liorna, a los hechos m\u00e1s notables que han sucedido en los corrientes del a\u00f1o 1809. Y como en una filigrana se transparenta a trav\u00e9s de cada una de las p\u00e1ginas la indefectible gratitud que ella guarda frente a los que, los primeros, guiaron sus pasos por el camino de la ver\u00addad total. Despu\u00e9s de haber recordado la muerte de Enriqueta y de Cecilia, por si acaso los correos precedentes no hubieran llegado a Europa, prosigue:<\/p>\n<p><em>Las tengo a las dos reposando cerca de nuestra morada y all\u00ed digo mi <\/em>TE DEUM <em>cada noche. \u00a1Oh Antonio, si pudi\u00e9rais, t\u00fa y Felipe, conocer la mitad tan s\u00f3lo de las gracias que nos hab\u00e9is procurado a todas nosotras! Mi Ana marcha ahora sobre sus huellas, en ella resplandece la juventud, la belleza, la gracia, in\u00adteriormente y exteriormente; y es preciso de veras que se la admire como la m\u00e1s evidente bendici\u00f3n, no solamente para su madre, sino para muchos otros. Mis otros dos hijitos son ni\u00f1os excelentes: no hablan de nada m\u00e1s, ni piensan en nada m\u00e1s que en servir y amar a nuestro Se\u00f1or. Yo no hablo de la vida religiosa, de la que no es posible juzgar a su edad, sino que hablo de su deseo de ser suyos, don\u00adde ello deba ser.<\/em><\/p>\n<p><em>La esperanza lejana que me da tu carta, de ver realizarse tu proyecto de venir a mi pa\u00eds, arroja una luz sobre el sombr\u00edo porvenir por lo que hace a mis hijos. No, a decir verdad, en el plano de sus bienes materiales. Nuestro Se\u00f1or sabe que jam\u00e1s me causar\u00eda pena, aunque tuviera que verles reducidos a mendigos en tan\u00adto que ellos guarden su fe y la pongan en pr\u00e1ctica. Su porvenir, en caso de que yo llegase a morir es, financieramente hablando, tan desolador como posible, a menos que fueran puestos en manos de sus viejos amigos; pero entonces eso ser\u00eda para ellos casi la ruina total de sus principios religiosos.<\/em><\/p>\n<p><em>Todo lo abandono, de esto puedes estar seguro, a Aqu\u00e9l que alimenta los p\u00e1\u00adjaros del cielo, como t\u00fa dices, pero dado mi estado de salud actual -estoy lite\u00adralmente en las \u00faltimas-, \u00bfpuedo yo mirar a mis cinco, sin los temores y las ansiedades de una madre cuyos \u00fanicos pensamientos y \u00fanicos deseos aspiran \u00fanicamente a su eternidad?<\/em><\/p>\n<p><em>He hablado <\/em>&#8211;dice ella- <em>de estos temores a <\/em><em>Mons. de<\/em><em> Cheverus, cuando se detuvo en Emmitsburg a fin de noviembre de 1810. El parec\u00eda tener mucha es\u00adperanza en cuanto a ellos y me indujo a creer que har\u00eda personalmente todo lo que estuviera en su poder para protegerlos. A \u00e9l y a ti y a tu coraz\u00f3n fraternal los conf\u00edo en este mundo, <\/em>concluye Isabel. Luego expone a Antonio la situaci\u00f3n de <em>White House, <\/em>este a\u00f1o de 1811.<\/p>\n<p><em>Hemos obtenido la confianza de tantos padres que se dirigen a nosotras para la educaci\u00f3n de sus hijas -una cincuentena aproximadamente, sin contar las alumnas que se reciben gratuitamente- que ello nos ha permitido continuar nuestro camino sin deudas, sin problema de dinero.<\/em><\/p>\n<p>Sigue una alusi\u00f3n discreta a las dificultades encontradas con el Sr. Dubourg al Sr. David: <em>Nuestro primer director no me ha encontrado tan flexible como lo son generalmente los conversos. Es que yo deb\u00eda tener cuenta de mis fr\u00e1giles hijas <\/em><em>en el estado religioso, que ser\u00eda el m\u00edo. <\/em>Las conversaciones que tuvo, al contra\u00adrio, con Mons. de Cheverus y Mons. Carroll -explica ella- la confirmaron en la posici\u00f3n que ella crey\u00f3 deber guardar a este respecto.<\/p>\n<p><em>Mons. Carroll ha tomado actualmente sobre nosotras la autoridad que, pri\u00admitivamente, hab\u00eda dado a otro. Todo lo que hago, hasta en lo concerniente a los puntos de menor importancia, es sometido a su decisi\u00f3n. \u00a1Oh Antonio, cu\u00e1nto ha crecido en nuestros \u00abbosques agrestes\u00bb como t\u00fa los llamas, la obra bendita que te es tan querida! \u00a1Bendito, bendito mil veces su santo Nombre, bendito sea siempre!<\/em><\/p>\n<p><em>T\u00fa diriges siempre tus cartas a Baltinzore -prosigue ella- pero nosotras es\u00adtamos a 50 millas de la ciudad, en medio de los bosques y de las monta\u00f1as. Nada de guerras o de rumores de guerras aqu\u00ed, sino campos donde madura la mies. La Iglesia del Monte de Santa Mar\u00eda, la Iglesia del pueblo San Jos\u00e9 y la gran casa que tiene una capilla privada <\/em>-NUESTRO DUE\u00d1O ADORADO ESTA SIEMPRE ALLI- <em>son todas nuestras riquezas. \u00abOld Barry\u00bb <\/em>(Napole\u00f3n) <em>no las codiciar\u00eda, por m\u00e1s que uno de los oradores m\u00e1s elocuentes y m\u00e1s distinguidos de la abogac\u00eda de Nueva York, escribi\u00f3 a nuestra pobre Enriqueta que, sin contar las dem\u00e1s razones que ella ten\u00eda para no escuchar \u00abla voz de sirena\u00bb de su hermana, el preve\u00eda que \u00abde aqu\u00ed a unos a\u00f1os\u00bb todo edificio cat\u00f3lico ser\u00eda quemado hasta sus cimientos y que oir\u00edamos derrumbarse nuestra casa junto a nosotras. \u00a1Eso ser\u00eda bastante ex\u00adtra\u00f1o en esta tierra de libertad!<\/em><\/p>\n<p>La carta da al fin un peque\u00f1o resumen de la vida espiritual llevada en <em>Whit,; House: Todas las ni\u00f1as van a comulgar una vez al mes, salvo la peque\u00f1a Rebeca. Anina, una vez por semana. Y, cr\u00e9eme, no tienen necesidad de ser estimuladas por la influencia de su madre en lo que mira a la gratitud llena de cari\u00f1o que ellos profesan a sus amigos verdaderos y muy queridos por quienes han sido guia\u00addos a la luz de la vida eterna&#8230; Todo el mundo, adem\u00e1s, &#8212;afirma Isabel- ella en cabeza, sus hijos y su comunidad tratan de pagar su deuda de reconocimiento hacia los Filicchi con una ardiente y fiel oraci\u00f3n.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00a1La eternidad! \u00a1La eternidad! &#8211;concluye la larga misiva- \u00bfla pasar\u00e9 yo con\u00adtigo, hermano m\u00edo? \u00a1He recibido tanto! \u00a1Esa eternidad no solamente no la he merecido, sino que he hecho todo para incitar a la Mano adorable a neg\u00e1rmela!<\/em><\/p>\n<p>Escrita con la espontaneidad de la que no se aparta jam\u00e1s Isabel cuando se dirige a Antonio, quien la puede seguir perfectamente y tanto en el plano espiri\u00adtual como en el plano familiar, esta carta redactada al comienzo del verano de 1811 es reveladora de la situaci\u00f3n de esp\u00edritu de la Madre. Que ella sea feliz en sus \u00abbosques agrestes\u00bb imposible dudarlo, sobre todo desde que el Sr. Dubois ha tomado la sucesi\u00f3n del Sr. David, como superior de la comunidad. El Sr. Du\u00adbois que est\u00e1 en funciones, como la Madre Seton se apresura a hac\u00e9rselo notar a Mons. Carroll con evidente satisfacci\u00f3n, es, adem\u00e1s, un hombre de muy buen sen\u00adtido. El ha probado muy pronto que en el estado presente de las cosas, \u00e9l deb\u00eda retirarse a un segundo plano para dejar el primer papel al arzobispo de Baltimo\u00adre. Dichosa, sosegada, la fundadora puede ahora escribirle con toda sencillez: <em>El Sr. Dubois me ha recomendado siempre dirigirme a usted, lo que no sola\u00admente est\u00e1 dentro del orden querido por la Providencia, sino que adem\u00e1s es la \u00fanica forma para m\u00ed de encontrar la paz del esp\u00edritu. <\/em><\/p>\n<p>Sobre otro plano, sin embargo, la Madre Seton no ha encontrado todav\u00eda la paz. El porvenir de sus hijos no cesa de obsesionarla y el deseo secreto del que no puede deshacerse, de querer para cada uno de ellos una gracia semejante a la que ella ha recibido personalmente. Ella confesar\u00e1 un d\u00eda que su sue\u00f1o hubiese sido ver a Guillermo o a Ricardo llamados al sacerdocio. De Anina, de Catalina y de Rebeca \u00a1cu\u00e1nto quer\u00eda hacer unas religiosas como ella! Ah\u00ed est\u00e1, con toda evidencia su fallo psicol\u00f3gico. Porque tal deseo, m\u00e1s o menos conscientemente sostenido, turba pr\u00e1cticamente la lucidez de su juicio en cuanto a sus hijos y le dicta a su respecto una actitud que corre riesgo de no ser siempre la buena.<\/p>\n<p>A decir verdad, la situaci\u00f3n de una madre de familia a quien Dios llama ma\u00adnifiestamente a abrazar la vida religiosa, m\u00e1s a\u00fan, a convertirse en fundadora de un instituto religioso, no puede revelarse sino extremadamente compleja. Cual quiera que sea el comportamiento de aquella a quien se le pide responder al mismo tiempo a dos vocaciones de apariencia contradictoria, ese comportamiento s\u00f3lo puede desconcertarnos en uno u otro plano. Por nuestra impotencia para juzgar finalmente sobre una condici\u00f3n excepcional que nos supera, nos es necesario tomar nuestro partido. El historiador, en este caso, puede constatar los hechos, esforzarse en explicarlos, no le pertenece juzgarlos.<\/p>\n<p>Juana Francisca Fremiot de Chantal se convierte en fundadora de la Visita\u00adci\u00f3n de Santa Mar\u00eda, y, para responder a una vocaci\u00f3n sancionada por Mons. de Ginebra, debe dejar pr\u00e1cticamente a otros el cuidado de completar la educaci\u00f3n de sus hijos m\u00e1s peque\u00f1os, Francisca y Celso Benigno, sin perderlos, sin embar\u00adgo, jam\u00e1s de vista un solo instante. Su c\u00edrculo familiar grita con esc\u00e1ndalo. B\u00e1rbara Avrillot, \u00abla bella Acaria\u00bb llega a ser, bajo el velo blanco de las Her\u00admanas, Sor Mar\u00eda de la Encarnaci\u00f3n en el Carmelo de Amiens donde una de sus propias hijas es sub-priora. Porque sus tres hijas no la siguieron, sino que la precedieron en el convento cuya erecci\u00f3n hab\u00eda preparado ella, formando, en su propia casa a las futuras novicias de los primeros carmelos de Francia, a\u00fan en vida de su marido, lo que estuvo lejos de hacer f\u00e1cil aquella formaci\u00f3n. Cuando Mar\u00eda Mart\u00edn-Guyard, otra Mar\u00eda de la Encarnaci\u00f3n, entr\u00f3 en las Ursulinas de Tours, de donde partir\u00e1 unos a\u00f1os m\u00e1s tarde para el Canad\u00e1, su hijo Claudio s\u00f3lo ten\u00eda 12 a\u00f1os. Empujado por sus t\u00edos, sus t\u00edas y todos los suyos el ni\u00f1o va a tirar piedras a los cristales del monasterio, gritando: \u00ab\u00a1Devolvedme a mi madre!\u00bb. Llegar\u00e1 un d\u00eda, sin embargo, en que Dom Claudio Mart\u00edn, bajo la cogulla negra de los Benedictinos de San Mauro, escribiendo la vida de aquella Madre, toda rutilante de gracia divina, comprender\u00e1, personalmente, desde esta tierra, c\u00f3mo la vocaci\u00f3n excepcional de aquella que parec\u00eda abandonar a su hijo, hab\u00eda sido, en realidad, para \u00e9l un manantial de bendiciones.<\/p>\n<p>Menos afortunada que Mar\u00eda Mart\u00edn-Guyard, Luisa de Marillac, viuda del Sr. Le Gras -cuya vida gusta Isabel meditar- deb\u00eda conocer en lo concerniente a su hijo Miguel m\u00e1s sinsabores y sufrimientos que alegr\u00edas. Ella hubiera deseado tanto, tambi\u00e9n, verlo acceder un d\u00eda al sacerdocio. Entra en uno de los semina\u00adrios muy recientemente fundados, gracias a la iniciativa del Sr. Vicente. No puede permanecer all\u00ed. A los 17 a\u00f1os, Miguel Le Gras no es m\u00e1s que un inestable que no se encuentra bien en ninguna parte, ya levantado por olas. de entusiasmo, ya deprimido, en lucha con su negro desaliento. Se casar\u00e1 finalmente sin conocer jam\u00e1s ninguna de las salidas que su madre hab\u00eda so\u00f1ado para \u00e9l.<\/p>\n<p>Ahora bien, aquellas mujeres de Francia, educadas en el medio cat\u00f3lico an\u00adcestral de la vieja Europa, no hab\u00edan escapado a los problemas, a las inquietudes, a los errores de cambio, a veces incluso a los fracasos, frente a los hijos que Dios les hab\u00eda concedido traer al mundo, antes de llamarlas a ellas a la vida reli\u00adgiosa. \u00bfQui\u00e9n se extra\u00f1ar\u00eda, entonces, de que la fundadora americana salida de una familia episcopaliana y colocada por la Providencia a la cabeza del primer\u00edsimo instituto religioso de su pa\u00eds, se haya encontrado expuesta a unas dificultades de las que, humanamente, no parece haber triunfado siempre, sin que su fidelidad a la gracia, sin embargo, quedase menguada?<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Por: Marie-Dominique Poinsenet.<br \/>\nPublicado en CEME, 1977<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Me llevas a caballo sobre el viento, me zarandeas con la tempestad. 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