{"id":9633,"date":"2016-08-19T13:00:16","date_gmt":"2016-08-19T11:00:16","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/01\/28\/isabel-seton-la-biografia-25-%c2%a1que-venga-tu-reino\/"},"modified":"2016-07-26T09:41:36","modified_gmt":"2016-07-26T07:41:36","slug":"isabel-seton-la-biografia-25-que-venga-tu-reino","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/isabel-seton-la-biografia-25-que-venga-tu-reino\/","title":{"rendered":"Isabel Seton, la biograf\u00eda: 25 &#8211; \u00a1Que venga tu Reino!"},"content":{"rendered":"<p><em>Diremos aquel d\u00eda: \u00abah\u00ed est\u00e1 nuestra Dios\u00bb<br \/>\nde El esperamos la salvaci\u00f3n.<br \/>\nEl es el Se\u00f1or en quien esperamos.<br \/>\nHaya j\u00fabilo y alegr\u00e9monos<br \/>\nporque El nos ha salvado,<br \/>\nporque la mano del Se\u00f1or<br \/>\nreposa sobre esta monta\u00f1a.<\/em><br \/>\nIs 25, 9-10<\/p>\n<p><em>Kitty y Rebeca son mis m\u00e1s preciados tesoros; Guillermo y Ricardo est\u00e1n todav\u00eda en la monta\u00f1a, pero el coraz\u00f3n de Guillermo no late sino con la esperanza de un puesto en la marina. Ese puesto ha sido efectivamente solicitado por inter medio del Sr. Brent de Washington, pero parece que ser\u00e1 dif\u00edcil de obtener&#8230; Mi Ricardo es atra\u00eddo siempre por la perspectiva de estar a la cabeza de una granja, pero no s\u00e9 c\u00f3mo va a poder resistir a la violencia de la corriente que arrastra a todos nuestros j\u00f3venes&#8230;<\/em><\/p>\n<p><em>En cuanto a Rebeca, ninguna mejora en su debilidad, aunque sufre mucho menos. Kit es una ni\u00f1a encantadora que se desarrolla bien&#8230;<\/em><\/p>\n<p>As\u00ed se expresa Isabel en la carta dirigida a Julia Scott el 1\u00b0 de diciembre de 1814; el mayor de los muchachos acaba de cumplir 18 a\u00f1os, el segundo tiene m\u00e1s de 16. Ambos dan prueba de una falta de madurez alarmante. Dos a\u00f1os m\u00e1s tarde, su madre se esforzaba en interpretar en buena parte su infantilismo. Son <em>tan inocentes como si tuvieran cinco a\u00f1os menos. <\/em>Ha comprendido desde enton\u00adces, que ser\u00eda in\u00fatil enga\u00f1arse a este respecto. <em>Mi mayor inquietud en la vida <\/em>-ha terminado por confesar- <em>son mis pobres hijos.<\/em><\/p>\n<p>\u00bfEl amor apasionado que Guillermo cree sentir por la carrera de oficial de marina, es en \u00e9l otra cosa que un capricho por la aventura, un deseo juvenil de recorrer el mundo? De todas formas, con ser el gran adolescente que es, no tiene la formaci\u00f3n requerida para verse confiar desde ahora un puesto que decidir\u00e1 su futuro. La Madre Seton ha hablado a menudo con el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur, tanto de las preocupaciones lancinantes que le causar\u00e1 el porvenir de sus hijos como de las proposiciones reiteradas de los Filicchi, cuya morada, como le ha asegura\u00addo reiteradas veces Antonio, estar\u00e1 siempre dispuesta a acoger a sus hijos como asimismo fue acogida anta\u00f1o la viuda de Guillermo Magge con su hija mayor.<\/p>\n<p>Ahora bien, hacia la Navidad de este a\u00f1o de 1814, el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur se propone embarcarse para Francia. Diversas razones le impulsan a tomar esta decisi\u00f3n. Volver a ver a su madre que no es, ya muy joven. Traerse a Am\u00e9rica los libros de su biblioteca,, cuya falta es perjudicial a su apostolado. Puntualizar, de viva voz, con sus superiores, ciertos problemas inherentes al cargo de director en los colegios Santa Mar\u00eda de allende el Atl\u00e1ntico. Traerse, finalmen\u00adte, si es posible, algunos misioneros suplementarios, cuya necesidad se hace sen\u00adtir sobre el terreno. \u00bfPor qu\u00e9 no aprovechar\u00e1 la Madre Seton esta ocasi\u00f3n ex\u00adcepcional que se presenta para enviar a Guillermo a Europa? El podr\u00eda hacer all\u00ed, por unos meses o por algunos a\u00f1os, una pasant\u00eda en la casa comercial de los Filicchi. El muchacho tiene necesidad de conocer otros horizontes que los del Monte Santa Mar\u00eda y del convento de San Jos\u00e9. \u00bfA qui\u00e9n confi\u00e1rselo con mayor seguridad que a los amigos fieles cuyo elogio ha hecho tantas veces Isabel a los Sulpicianas de Maryland?<\/p>\n<p>Prevenido, Guillermo da inmediatamente su conformidad. El est\u00e1 dispuesto a embarcarse, como lo hizo su padre a su edad para iniciarse, en Toscana, en los negocias comerciales y en la vida del mundo. Una dificultad queda, sin em\u00adbargo. En las condiciones pol\u00edticas europeas actuales, es vano esperar que pueda haber lugar a un cruce de cartas entre Am\u00e9rica e Italia, antes de la salida pro\u00adyectada. Buscan una soluci\u00f3n. Se cree haberla encontrado. Guillermo llevar\u00e1 una carta de su madre para Antonio Filicchi. Desde su arribo a Francia, \u00e9l la har\u00e1 llegar a Italia y esperar\u00e1, para emprender la \u00faltima etapa de su viaje, una res\u00adpuesta que, desde all\u00ed, no podr\u00e1 tardar en obtener. \u00bfC\u00f3mo dudar, despu\u00e9s de tan\u00adtas promesas por su parte, de que Guillermo sea recibido por los Filicchi con los brazos abiertos en su casa de Liorna?<\/p>\n<p>El mes de enero de 1815, el joven, radiante de alegr\u00eda con el pensamiento de salir de los l\u00edmites estrechos del Valle, se pone en camino hacia Baltimore con el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur. Su madre, sin embargo, lo ve partir no sin un \u00edntimo desgarramiento y una excesiva inquietud. \u00bfNo va a decepcionar terriblemente Guillermo a sus amigos de toscana? Poco dotado, sin personalidad, orgulloso para colmo, \u00bfc\u00f3mo va a reaccionar \u00e9l en un medio tan diferente de aquel en el que siempre ha vivido? \u00bfTendr\u00e1 suficiente capacidad para ocupar un puesto, por peque\u00f1o que sea, en el negocio comercial de los Filicchi? Isabel devana ya en su pensamiento todos los riesgos a los que su hijo se va a encontrar expuesto. Su coraz\u00f3n maternal se interroga y se condena. Ella no ten\u00eda que haber dejado embarcarse a Guillermo. Pera Guillermo no se ha embarcado todav\u00eda. La noticia de la Paz de Gand, firmada en diciembre de 1814 no lleg\u00f3 a los Estados Unidos hasta 1815. Ning\u00fan velero est\u00e1 de partida para Francia. Isabel se agarra ahora a la idea de buscar, de encontrar para su hijo una situaci\u00f3n que le guardar\u00eda m\u00e1s pr\u00f3ximo a ella, en Am\u00e9rica, al menos. El Sr. Dubois la disuade a intentar nuevas gestiones ya que Guillermo ha expresado el deseo de ir a Europa, es preciso respetar ese deseo. Consultados Mons. Carroll y Mons. de Cheverus, dan un parecer semejante. Guillermo partir\u00e1, pues. Embarca el 27 de marzo con el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur, a bordo del nav\u00edo americano <em>The Tontine, <\/em>que se hace a la vela hacia Burdeos, hacia la Francia mon\u00e1rquica en la que reina en\u00adtonces Luis XVIII. Vencida Napole\u00f3n, reducido a la impotencia, har\u00e1 pronto un a\u00f1o, y refugiado en solitario en la isla de Elba, los emigrantes de ayer pueden levantar de nuevo la cabeza y volver a una Francia donde la Restauraci\u00f3n ha rendido su poder a los Borbones. As\u00ed se piensa entonces en Estados Unidos.<\/p>\n<p>Ahora bien, el 26 de febrero de 1815, un mes antes que <em>The Tontine <\/em>se haya hecho a la mar, Napole\u00f3n desembarca, rodeado de un pu\u00f1ado de hombres -se\u00adtecientos soldados- entre Cannes y Antibes. En el espacio de 20 d\u00edas, el irrisorio ej\u00e9rcito alcanza Par\u00eds&#8230; Pero el 18 de junio es Waterloo. El 3 de julio, en el momento en que el emperador, definitivamente vencido, sue\u00f1a embarcarse para la libre Am\u00e9rica, cae en manos de los ingleses; el 15 de julio es su salida para Santa Elena. All\u00ed morir\u00e1 en menos de 6 a\u00f1os, el mismo a\u00f1o que Isabel Seton.<\/p>\n<p>La noticia del restablecimiento del imperio llega a Baltimore en la segunda quincena de mayo. \u00bfEl nav\u00edo que lleva a Guillermo y al Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur hacia Francia, en donde acaba de reavivarse el incendio, <em>ha tocado ya la costa? <\/em>El Sr. Dubois cree deber suyo avisar a la Madre Seton de la nueva fase en que han entrado los acontecimientos pol\u00edticos europeos. Mi <em>esp\u00edritu est\u00e1 literalmente clavado en ti, d\u00eda y noche, noche y d\u00eda&#8230;, <\/em>escribe ella a su hijo, sin saber si su mensaje le llegar\u00e1 jam\u00e1s.<\/p>\n<p>Por fin, despu\u00e9s de unas semanas de angustia, se entera de que <em>The Ton\u00adtine, <\/em>a pesar de una traves\u00eda peligrosa, ha atracado sano y salva en el puerto de Burdeos. No obstante, el per\u00edodo al que la historia dar\u00e1 el nombre de los \u00abCien d\u00edas\u00bb, no es una \u00e9poca favorable para la arribada a Francia de un sacer\u00addote y de un joven extranjero. Todos los proyectos abrigados por la Madre Seton y el Sulpiciano, en lo concerniente a Guillermo, se muestran totalmente irrealizables. Desde su llegada a Francia, el joven es confiado a las manos de un protector menos comprometido que el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur. El Sr. Preudhom\u00adme, pasajero de <em>The Tontine, <\/em>lleva a Guillermo a su propia hermana, la Sra. de Saint-C\u00e9saire, en Marsella. Los Saint-C\u00e9saire est\u00e1n en relaci\u00f3n con el Sr. Pa\u00adrangue que conoci\u00f3 anta\u00f1o al padre de Guillermo Seton y que se encargar\u00e1 de hacer pasar al joven a Italia. Por Niza y G\u00e9nova, Guillermo alcanza Toscana. Ninguna carta ha podido precederle, en las condiciones presentes. Llega a Liorna en los corrientes del mes de agosto, cuando Luis XVIII ha vuelto a tomar ya su puesto en Francia, a la cabeza del pa\u00eds. Se presenta en casa de Antonio, La casa est\u00e1 vac\u00eda. Antonio y los suyos, han dejado Liorna para pasar el verano en Lucca. Felipe Filicchi y su mujer, Mar\u00eda Cowper, acogen al muchacho cort\u00e9s\u00admente, pero sin el calor afectuoso que \u00e9l se esperaba. Aquella llegada imprevista, de un pasante que no esperaba, contrar\u00eda al hombre de negocios. Los \u00fal\u00adtimos empleados que ha tomado en permanencia no le han causado m\u00e1s que dis\u00adgustos. Encuentra para el hijo de Isabel un alojamiento en la ciudad. Antonio, sin duda, hubiera actuado de modo diferente. Antonio est\u00e1 ausente&#8230;<\/p>\n<p>Puesta al corriente de la odisea de su hijo, la Madre Seton ha compartido entre la alegr\u00eda de saberle todav\u00eda con vida, los remordimientos de haber po\u00addido mostrarse, par fuerza de las cosas, indelicada frente a sus amigos queridos, y la inquietud respecto a la situaci\u00f3n en que se encuentra Guillermo, menos segura y menos c\u00f3moda de lo que ella hab\u00eda esperado. En largas misivas, expre\u00adsa a los Filicchi sus excusas, su gratitud y la confianza que les guarda; sin em\u00adbargo, en unas l\u00edneas donde la ternura femenina es demasiado evidente, multi\u00adplica para su hijo, las protestas de aquella ternura angustiosa y los consejos en demas\u00eda prolijos. Con una impaciencia febril, espera las cartas, a decir verdad muy raras, del ausente, y se complace en describir la alegr\u00eda que trae a Emmitaburg todo correo proveniente de Europa.<\/p>\n<p>Gustosa, prosigue, sin embargo, la redacci\u00f3n de una especie de diario espi\u00adritual, tal como el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur la ha comprometido a ello antes de dejar Am\u00e9rica.<\/p>\n<p><em>V\u00edspera de Pentecost\u00e9s de 1815 &#8211;al pie de la Monta\u00f1a Santa Mar\u00eda, de donde se precipitan caudales de recuerdos con el rocio silencioso y diurno que aporta al mundo entero un transporte de alegr\u00eda- tal como, lo dicen las palabras de nuestro prefacio. El Dios de nuestros corazones ve qu\u00e9 deseos, qu\u00e9 recuerdos, qu\u00e9 realidades se suceden en el m\u00edo, este d\u00eda de fiesta, con esos suspiros ine\u00adnarrables hacia aquella <\/em>LUX BEATISSIMA <em>que va a penetrar tan \u00edntimamente el coraz\u00f3n de todos los fieles. Usted comprende perfectamente: la esperanza de que estar\u00e1 en el altar y que recibir\u00e1 all\u00ed de la paloma m\u00edstica el olivo de la paz o bien de que si est\u00e1 todav\u00eda prisionero en el arca, ella le consolar\u00e1 con sus dones, tal esperanza hace desbordar en el alma de la pobre Madre de Am\u00e9rica torrentes de santos deseos en favor suyo, durante este tiempo de gracia.<\/em><\/p>\n<p>Las primeras misivas de Europa no debieron llegar a Isabel sino en septiem\u00adbre u octubre. En ese mismo momento, el estado de Rebeca acaba de exigir una nueva separaci\u00f3n. Se dicen tantas maravillas respecto a un especialista de Filadelfia que Isabel se ha decidido al fin a enviarle a su benjamina, Bec, adem\u00e1s, encontrar\u00e1 all\u00ed a Sor Rosa y a Sor Susana. A decir verdad, Julia Scott ha hecho todo por obtener de su amiga que le conf\u00ede a su hija enferma. Ella misma ha venido hasta el Valle, con su carruaje y cochero particular, con la intenci\u00f3n de llevar consigo a la chiquilla. Las dos amigas se hab\u00edan anticipado una verdadera fiesta al verse de nuevo. No se hab\u00edan vuelto a encontrar desde hac\u00eda trece a\u00f1os. Julia acababa de perder, aquel oto\u00f1o de 1815, a su hija, bruscamente arrebatada al cari\u00f1o de los suyos, despu\u00e9s de tan solo un mes de matrimonio. \u00a1Cu\u00e1ntas cosas tendr\u00edan que decirse Isabel y Julia! Un funesto retraso del correo priva a ambas de la alegr\u00eda esperada. Mientras. Julia llega, Rebeca ya no est\u00e1 en Emmitsburg. Otro carruaje ha partido conduci\u00e9ndola a Filadelfia, menos de tres horas antes. Los dos atelajes han debido cruzarse, sin saberlo, en el camino. Julia est\u00e1 deso\u00adlada. Le es imposible, ese d\u00eda, prolongar su visita. Es preciso que deje Emmits\u00adburg dentro de una hora. Pero volver\u00e1. Ella se lo promete a Isabel. Una pro\u00admesa que no podr\u00e1 cumplir jam\u00e1s. Esta hora de intimidad entre las dos amigas es la \u00faltima que ellas conocer\u00e1n aqu\u00ed abajo.<\/p>\n<p>Por otra parte, Rebeca debe alojarse en el orfelinato de Filadelfia. La ni\u00f1a no conoce a \u00abT\u00eda Julia\u00bb m\u00e1s que por las cartas. Ha suplicado a su madre que la deje junto a Sor Rosa y Sor Susana por la que ya ha sido cuidada. Julia comprende las razones invocadas. Ella promete al menos ganarse el afecto de la hija de su amiga, yendo a verla al orfelinato, haci\u00e9ndola salir lo m\u00e1s posible.<\/p>\n<p>Este mismo oto\u00f1o, Ricardo ha dejado, a su vez, Emmitsburg. Est\u00e1 en Bal\u00adtimore, temporalmente. De sus cinco hijos, una sola permanece junto a la Madre Seton: Catalina, que acaba de alcanzar sus 15 a\u00f1os. Isabel acecha ahora cada d\u00eda la llegada de los correos demasiado raros para su ternura. Las noticias recibidas de Filadelfia no son ni buenas ni malas. Bec ha conocido a \u00abT\u00eda Julia\u00bb, que la lleva en carruaje para visitar en la ciudad o sus alrededores inmediatos todo lo que pueda interesar a un ni\u00f1o de 13 a\u00f1os que no puede ya ni correr ni andar. En cuanto al tratamiento no aporta ninguna novedad. El especialista ha acabado por confesarse impotente ante el mal. Se ha limitado a prescribir para la chi\u00adquilla el uso de un cors\u00e9 de madera.<\/p>\n<p>Antes del fin de noviembre Rebeca est\u00e1 de vuelta en el Valle. Unos d\u00edas m\u00e1s tarde, el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur desembarca en Baltimore. Trae a la Madre Seton un voluminoso correo de Liorna y de Nueva York. Cartas de Guillermo y de los Filicchi. Cartas de Mar\u00eda I&#8217;ost y de Isabel Sadier. Pero apenas est\u00e1 de vuelta el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur, espira Mons. Carroll a sus 81 a\u00f1os, el 3 de di\u00adciembre. Ese d\u00eda la Iglesia celebra la fiesta de San Francisco Javier, uno de lo~ primeros compa\u00f1eros de San Ignacio de Loyola, uno de los primeros misioneros de la Compa\u00f1\u00eda de Jes\u00fas.<\/p>\n<p>En una carta fechada el d\u00eda 26 de diciembre de 1815, el Sr. Mar\u00e9chal, que, menos de tres a\u00f1os m\u00e1s tarde, ser\u00e1 el segundo sucesor de Mons. Carroll en la sede metropolitana, da parte a sus amigos de Francia, tanto del retorno de su co\u00adhermano, como de la muerte del arzobispo:<\/p>\n<p><em>Todos los temores respecto al excelente Sr. Brut\u00e9, se han desvanecido de s\u00fabito. Este digno cohermano ha llegado afortunadamente a Nueva York des\u00adpu\u00e9s de una traves\u00eda de veintinueve d\u00edas. Parece no haber sufrido, en absoluto, todas las aventuras que ha corrido. Est\u00e1 lleno de vigor y de salud. Despu\u00e9s de haber dedicado unos d\u00edas a sus amigos se ha puesto a la cabeza del Colegio de Baltimore al que no puede dejar de ser extremadamente \u00fatil por la variedad de sus conocimientos literarios y de su prodigiosa actividad.<\/em><\/p>\n<p><em>&#8230;la religi\u00f3n ha tenido en este pa\u00eds una p\u00e9rdida inmensa en la persona de Mons. Carroll, arzobispo de Baltimore, que Dios ha retirado de este mundo al comienzo de este mes. Sus \u00faltimos momentos han sido tan edificantes como hab\u00eda sido de \u00fatil su vida a la Iglesia&#8230; Y <\/em>el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur anota: <em>Se le traslad\u00f3 en procesi\u00f3n al Seminario, cantando el <\/em>MISERERE <em>por las calles y siguiendo el arzobispo Naele con mitra y b\u00e1culo. Una multitud inmensa. Los protestantes mismos no han podido negarle el homenaje que demandaban sus virtudes ecle\u00adsi\u00e1sticas y civiles.<\/em><\/p>\n<p>La muerte del arzobispo de Baltimore afecta profundamente al coraz\u00f3n de Isabel. Ella pierde, al perderlo, un amigo, un consejero, un padre. Uno de sus bi\u00f3grafos relata esta an\u00e9cdota que vale m\u00e1s, a este respecto, que largos comentarios: En el descanso de una lecci\u00f3n de catecismo en Emmitsburg, una chiquilla confesaba, cierto d\u00eda, a la Madre Seton:<\/p>\n<p>-Madre m\u00eda, he encontrado en mi catecismo la palabra benignidad, pero yo no s\u00e9 lo que eso quiere decir.<\/p>\n<p>Y la Madre le responde simplemente:<\/p>\n<p>-Mira a Mons. Carroll y ver\u00e1s lo que quiere decir la palabra benignidad.<\/p>\n<p>Desde fines del a\u00f1o 1815, el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur, que hab\u00eda esperado per\u00admanecer en el Valle, a donde hab\u00eda sido asignado por sus superiores desde 1812, se ve obligado a asumir en Baltimore el cargo de Director del Colegio Santa Mar\u00eda. Este nombramiento ha sido expl\u00edcitamente querido tanto por el Sr. Tessier como por el Sr. Mar\u00e9chal. Es una ganancia para Baltimore. Es una p\u00e9rdida para Emmitsburg. El Sr. Dubois no es el \u00fanico en sufrirla. La Madre Seton recibe con pena ese cambio. La distancia, sin embargo, bastante m\u00ednima para un buen jinete, no impedir\u00e1 al Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur presentarse a menudo de Baltimore en Emmitsburg a fin de proseguir junto a la superiora de las Hermanas de San Jos\u00e9, su papel de prudente consejero. Pues, mejor que ning\u00fan otro, ha comprendido el temperamento tan rico y a veces tan complejo, de la Madre Seton, tan ardiente, s\u00fabito, resuelto, leal y generoso. Sabe pacificarla cuando una ansiedad excesiva la turba respecto a sus hijos, o cuando se inquieta de no poder, dado su estado de salud precaria, seguir con puntualidad la regla que ella exige a las dem\u00e1s. A1 sentirse comprendida, Isabel se expansiona en el mejor sentido del t\u00e9rmino, adquiriendo al mismo tiempo m\u00e1s flexibilidad frente a aqu\u00e9llas de las que est\u00e1 encargada. Ella experimenta cada vez m\u00e1s el \u00edntimo sosiego que puede ir em\u00adparejado con la aridez interior, la prueba exterior. Ricardo acaba de regresar a Emmitsburg a comienzos del a\u00f1o 1816. Ninguna situaci\u00f3n se determina todav\u00eda para \u00e9l. La perspectiva proyectada un instante, de ver a su hijo asociado a un negociante mayorista de ultramarinos, parec\u00eda a Isabel inaceptable, tan marcada sigue, sin saberlo, a este respecto, por los prejuicios de su \u00e9poca. Ser\u00eda, piensa ella bien sin raz\u00f3n, una especie de desprestigio para un Seton, ejercer tal profe\u00adsi\u00f3n. Ella teme por Ricardo, que no tiene capacidad ni m\u00e1s madurez que su hermano, los peligros de una gran ciudad protestante y, al mismo tiempo, ella sue\u00f1a con verle en manos de una situaci\u00f3n de armon\u00eda con la sociedad de que forma parte toda su familia en Nueva York. Daddy-Dick, el gran muchacho, tiene, de todas formas, prisa por dejar el Monte Santa Mar\u00eda y el convento de San Jos\u00e9, a pesar del apego que tiene a su madre. Quiere ir, como su hermano mayor, a probar suerte por el vasto mundo.<\/p>\n<p>Ahora bien, en esta misma primavera de 1816, el estado de Bec se hace cr\u00edtico. La chiquilla conoce horas de sufrimiento intolerable. Impotente para ali\u00adviarla, su madre se ingenia para distraerla, pasa largas horas a su lado, le cuenta historias, pide a Julia Scott la mu\u00f1eca que ella desea&#8230; Un tumor enorme se ha formado a la altura de la cadera. Cuando llega a manifestarse, la ni\u00f1a no puede ya soportar ninguna posici\u00f3n en su cama. D\u00eda y noche, su madre la sos\u00adtiene en sus rodillas, entre sus brazos. Ayudada por Sor Susana, ensaya en vano, todos los remedios capaces de atenuar el dolor lancinante de Bec, que languidece.<\/p>\n<p>En el mes de mayo, cierto Lucas Tierman, se ofrece recibir a Ricardo en Baltimore y a iniciarle en los negocios en su propia casa. El se va. Catalina lo encuentra pronto all\u00ed. Muy dotada para la m\u00fasica, ella podr\u00e1 perfeccionarse en Baltimore m\u00e1s f\u00e1cilmente que en Emmitsburg. Hecho notorio: frente a la despedida de su segunda hija para Baltimore, Isabel no presenta las objeciones que hab\u00eda acumulado seis a\u00f1os antes cuando hab\u00eda dejado all\u00ed a Ana Mar\u00eda.<\/p>\n<p>Para los tres ausentes, mantiene un nuevo diario donde consigna el progreso del mal que va a llevarse a Rebeca, y la subida flechada del alma de su benja\u00admina a la que llamar\u00e1 desde ahora \u00abmi hija de eternidad\u00bb. Pues la chiquilla da pruebas de un asombroso valor en los sufrimientos martirizantes que no le dejan ya casi tregua durante cinco largos meses. Rebeca sabe que no sanar\u00e1 y que pronto se ir\u00e1 como se han ido sus j\u00f3venes t\u00edas Enriqueta, Cecilia y su hermana mayor, Anina. La tuberculosis la fulmina como fulmin\u00f3 a aquellas, bien que baja una forma diferente. A los 13 a\u00f1os, sonr\u00ede a la muerte que llega simple\u00admente, sin horror. Una lectura acaba de ense\u00f1arle que en la resurrecci\u00f3n de los cuerpos, la \u00absutileza\u00bb les permitir\u00e1 moverse de forma maravillosa sin ser deteni\u00addos por ning\u00fan obst\u00e1culo. Maliciosamente, ella hace una aplicaci\u00f3n pr\u00e1ctica de su nuevo conocimiento teol\u00f3gico al caso del Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur. Aprovechando el per\u00edodo de vacaciones escolares, el infatigable misionero ha emprendido, en efecto, una correr\u00eda apost\u00f3lica por una regi\u00f3n que le obliga a circular sin cesar a pie. \u00a1Qu\u00e9 agradable y \u00fatil ser\u00eda para \u00e9l -escribe la ni\u00f1a- estar ya desde ahora en posesi\u00f3n de esa maravillosa agilidad! Ella, Rebeca, debe desplegar toda su energ\u00eda para permanecer un momento tendida.<\/p>\n<p>-Voy a tratar de quedarme en mi cama -anuncia ella a veces-. Y su madre sabe qu\u00e9 sufrimiento experimenta entonces.<\/p>\n<p>-\u00bfPuedes decir can toda la sinceridad de tu coraz\u00f3n: \u00abH\u00e1gase tu voluntad\u00bb? -le pregunta ella.<\/p>\n<p>-\u00a1Oh, claro que s\u00ed! -responde la chiquilla-; \u00a1Claro que s\u00ed!<\/p>\n<p>Han comenzado para la comunidad los ejercicios del retiro, La Madre Seton, no podr\u00e1 hacerlos este a\u00f1o. No deja apenas la habitaci\u00f3n donde la hija acaba su vida terrestre. Mientras trata de sostener largas horas a Rebeca en sus rodillas -hasta el extremo de quedar ella misma derrengada- acepta, para rela\u00adjarse un poco, que Sor Marta o Sor In\u00e9s le haga la lectura, en voz alta, en las obras de Chateaubriand.Es curioso notar, de paso, hasta qu\u00e9 punto permanece sensible Isabel a las p\u00e1ginas rom\u00e1nticas del escritor franc\u00e9s, como lo era hace casi veinte a\u00f1os, a las obras de Juan Jacobo Rousseau. \u00bfEs la comuni\u00f3n con la naturaleza -cuyo heraldo es Chateaubriand-, la descripci\u00f3n &#8212;que algunos, sin embargo, juzgaron inexacta y artificial- de las salvajes regiones de Am\u00e9rica, es la religiosidad, a veces inquietante del autor de Ren\u00e9, de Atala, de los M\u00e1rtires, lo que hechiza a Isabel? \u00bfQui\u00e9n puede decirlo? Es dif\u00edcil hasta para una fuerte per\u00adsonalidad escapar al ambiente de una \u00e9poca. La historia se asombrar\u00e1 -tal vez dentro de unas d\u00e9cadas- al constatar la impronta dejada sobre nuestros contem\u00adpor\u00e1neos por las conquistas espaciales o simplemente por lo ye-y\u00e9.<\/p>\n<p>En el mes de septiembre de 1816, Catalina vuelve de prisa al Valle. Unas l\u00edneas dan los motivos, brevemente, a Julia Scott: Mi <em>madre deseaba verme aprovechar por m\u00e1s tiempo- las lecciones de mi profesora de dibuja, pero el estado de Rebeca es tan inquietante que yo no podr\u00eda estar tranquila lejos de casa. <\/em>Durante los dos meses siguientes, Katty tendr\u00e1 junto a su madre sobrecargada el papel de secretaria, reemplaz\u00e1ndola tambi\u00e9n de tiempo en tiempo junto a su hermanita. La serenidad de Bec es extraordinaria. La ni\u00f1a confiesa sencillamente el 17 de octubre:<\/p>\n<p><em>-Actualmente, si el Dr. Chatard me dijera: \u00abRebeca, vas a .sanar\u00bb yo no lo desear\u00eda. \u00a1Oh, no, no, no!. Mi querido Salvador, yo conozco ahora, la alegr\u00eda de morir joven y de no cometer pecados.<\/em><\/p>\n<p>Su \u00fanico temor es no haber amado bastante al Se\u00f1or. Su \u00fanica lamentaci\u00f3n, no haber probado sino muy poco su amor. El 2 de noviembre, con una sorpren\u00addente lucidez ella explica:<\/p>\n<p><em>-Acabo de presentar a nuestro Se\u00f1or mi copa. Ya est\u00e1 llena y lista para beber. El va a venir a buscarme.<\/em><\/p>\n<p>Antes del amanecer del 3 de noviembre, apoyada su cabeza en la espalda de su madre, Rebeca rend\u00eda su alma a Dios.<\/p>\n<p>Unos hechos m\u00ednimos, unas coincidencias por lo menos extra\u00f1as, que siguen inmediatamente a la muerte de Rebeca, parecen una sonrisa radiante de \u00abla hija de la eternidad\u00bb. M\u00e1s fuerte que el dolor de la separaci\u00f3n, una paz sobrenatural se expande a trav\u00e9s del convento de San Jos\u00e9. Bajo el golpe de la noticia que la hiere en plena coraz\u00f3n, Isabel misma permanece fuerte y serena. El Sr. Dubois, que no osa tocar la herida que hab\u00eda abierto en ese mismo coraz\u00f3n la muerte de Anina, hace menos de cuatro a\u00f1os, por miedo \u00abde desesperar a la pobre madre\u00bb est\u00e1 maravillado de ver su comportamiento actual.<\/p>\n<p><em>La madre es un milagro de la gracia divina. Noche y d\u00eda junto a la hija, su salud no tiene, sin embargo, aires de haber quedado quebrantada. Ella la manten\u00eda en sus brazos, sin verter una l\u00e1grima, todo el tiempo que ha durado in agon\u00eda, y ocho minutos todav\u00eda despu\u00e9s de que la hija hubiera rendido su \u00falti\u00admo suspiro. Mulierem fortem&#8230;<\/em><\/p>\n<p>Una semana m\u00e1s tarde, una carta de Guillermo, proveniente de Liorna, noti\u00adfica a Isabel otra muerte, la de Felipe Filicchi. Se durmi\u00f3 en el Se\u00f1or el 11 de septiembre, a la edad de 53 a\u00f1os. Ella hace al Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur esta confidencia: \u00a1Si <em>Vd. supiera hasta qu\u00e9 punto he contado con la vida de este amigo, se burlar\u00eda de m\u00ed! \u00a1Pero, Dios solo! Soy demasiado dichosa de estar obligada a no tener ning\u00fan otro refugio.<\/em><\/p>\n<p>Para conducirla a este abandono total, incondicional para con El, hacia el que aspira su alma, Dios har\u00e1 concurrir desde ahora todas las causas segundas. La muerte de Felipe Filicchi no impide a Guillermo Seton permanecer en Liorna. Pera al leer ella las cartas que recibe de su hijo de 20 a\u00f1os, Isabel adivi\u00adna que no va bien todo para \u00e9l, incluso junto a Antonio, como ella desear\u00eda. El inconstante pasante habla de su retorno pr\u00f3ximo a los Estados Unidos., porque -dice \u00e9l- no tiene la impresi\u00f3n de satisfacer a Antonio. Inquieta, su madre le suplica, en una pronta contestaci\u00f3n, que no tome una decisi\u00f3n demasiado r\u00e1pida, que aguarde, que persevere un poco en su esfuerzo. El 12 de febrero de 1817, sale la otra carta para Antonio: ojal\u00e1 pueda \u00e9l tener piedad del hijo y de la ma\u00addre, aceptar conservar por un momento todav\u00eda en Toscana al joven Guillermo&#8230; Las noticias de Ricardo no son m\u00e1s brillantes que las de su hermano. <em>Es un encanto de muchacho, <\/em>escribe a su respecto el Sr. Williamson, que se roza con \u00e9l cada d\u00eda. \u00a1Doloroso eufemismo! De ese \u00abencanto de muchacho\u00bb no se sacar\u00e1 ja\u00adm\u00e1s nada de valor. Tal es el tenor del mensaje dirigido a la Madre Seton. Ahora bien, mientras su hijo mayor da vueltas a sus planes para dejar Italia, Ricardo es arrebatado de un entusiasmo s\u00fabido para ir a juntarse all\u00ed a su hermano.<\/p>\n<p>El no puede, de todas formas., seguir m\u00e1s tiempo en la casa de finanzas del Sr. Tierman. El hijo del Director, que regresa de Europa, va a tomar de nuevo normalmente junto a su padre el puesto que temporalmente se hab\u00eda propuesto al joven Seton.<\/p>\n<p>De nuevo Isabel manifiesta su angustia y su confianza a Antonio. \u00bfNo encon\u00adtrar\u00eda \u00e9l entre sus amigos de Europa a alguien que pudiera ofrecer un puesto para Ricardo? Pero las perturbaciones pol\u00edticas no facilitan mucho la marcha de los correos. Los meses que siguen no traen ya ninguna carta de Toscana. Ricardo ha vuelto junto a su madre. Cuenta ya 20 a\u00f1os. No tiene ninguna colo\u00adcaci\u00f3n. Y, bruscamente, a mediados del mes de agosto, Guillermo desembarca en Baltimore, sin ser esperado. Llega a Emmitsburg, portador de una carta de Antonio Filicchi para su madre. Ninguna ilusi\u00f3n es posible. El joven de 21 a\u00f1os se ha revelado lo que es: un muchacho sin val\u00eda, sin car\u00e1cter. Antonio Filicchi no ha logrado hacer de \u00e9l un subsecretario, pues la mano derecha de Guillermo est\u00e1 afectada, encima, por un temblor que no le permite copiar de manera acep\u00adtable las cartas de negocios. El ha tratado por otra parte, m\u00e1s de lo, que hubiera parecido deseable, con los j\u00f3venes de la colonia inglesa de Toscana, con detrimen\u00adto de sus convicciones religiosas cat\u00f3licas. En resumen, a pesar de toda la amis\u00adtad que Antonio guarda fielmente a Isabel, y a pesar de su deseo de serle agrada\u00adble, \u00e9l ha devuelto a Guillermo, dese\u00e1ndole, si es posible, m\u00e1s s\u00f3lidos resultados en otra carrera.<\/p>\n<p>Ahora bien, es evidente que el puesto de Guillermo no est\u00e1 ya en Emmitsburg. De nuevo, el joven anticipa su deseo personal de entrar en la marina. Para ob\u00adtenerle un puesto en consonancia con su sue\u00f1o, si no con sus cualidades, la Sra. Seton va a remover cielo y tierra, multiplicando gestiones sobre gestiones, pisoteando su amor propio y su orgullo natural. Antonio Filicchi, acepta, por otra parte, recibir a Ricardo a prueba y que se venga a Liorna, que intente su suerte. Daddy-Dick, en realidad, es solo un gran chaval, de una inconstancia que desarma. Cuando, sin embargo, es inminente su embarque confiesa que ha gas\u00adtado totalmente el dinero de la pensi\u00f3n que le hace pasar el banquero americano de los Filicchi. No le queda nada m\u00e1s que unos d\u00f3lares que hab\u00eda ganado para \u00e9l su hermana Catalina, dando lecciones de piano. Sin hacerle reproches, Isabel y Kate se dan a la b\u00fasqueda, para procurarle nuevos fondos. A1 fin del a\u00f1o 1817, Guillermo obtiene su puesto esperado en la marina, y unas semanas m\u00e1s tarde Ricardo se embarca para Liorna. Una carta escrita a fines de febrero de 1818, viene a tranquilizar temporalmente a su madre respecto a \u00e9l. Por el momento, Antonio Filicchi se declara satisfecho de su nuevo pasante.<\/p>\n<p>Al comienzo del a\u00f1o nuevo, Guillermo ha recibido la orden de unirse en Boston al barco \u00abLa Independencia\u00bb al que ha quedado enrolado. Sale en fe\u00adbrero, asumiendo al mismo tiempo el papel de rodrig\u00f3n, junto a su hermana Kate, a quien Julia Scott ha invitado a Filadelfia. Salida definitiva, esta vez, como la salida de Guillermo. Pera, ausente, el muchacho est\u00e1 presente siempre en el esp\u00edritu y en el coraz\u00f3n de su madre.<\/p>\n<p><em>Yo me pregunto siempre <\/em>-escribe ella el 5 de abril- <em>\u00bfpero por qu\u00e9 ese querido pirata de los mares es para m\u00ed lo que hay de m\u00e1s querido? \u00bfPor qu\u00e9 mi coraz\u00f3n respecto a \u00e9l, me domina hasta tal punto? He ah\u00ed lo que soy incapaz de decir&#8230; Me parece, mi Guillermo m\u00edo, que me est\u00e1s m\u00e1s presente que mi propia alma, la tuya y su dulce recuerdo son verdaderamente la verdadera pa\u00adsi\u00f3n de mi alma.<\/em><\/p>\n<p>A las cartas de su madre, donde se expresa demasiado a menudo, sin duda, una ternura apasionada, de la que \u00e9l no capta toda la profundidad, Guillermo res\u00adponde cada vez m\u00e1s raramente. No deja de ser consciente, por otra parre, de que sus actuaciones responden mucho peor todav\u00eda, a la delicadeza no s\u00f3lo afectiva sino efectiva de la que \u00e9l es objeto. La situaci\u00f3n que le ha obtenido su madre, a precio de tantas penas, en el \u00abIndependencia a\u00bb, no es ya de su gusto. Por s\u00ed mismo y sin tener cuenta de las personalidades a quienes la Sra. Seton hab\u00eda tenido que dirigirse para hacerle dar el puesto que ocupa, Guillermo pide su cambio. Quiere dejar Boston y se apa\u00f1a otro puesto en una fragata que levar\u00e1 anclas m\u00e1s a menudo que el \u00abIndependencia\u00bb.<\/p>\n<p>El 1\u00b0 de agosto, anuncia a su madre brutalmente que est\u00e1 en v\u00edsperas de embarcarse en <em>The Macedonian, <\/em>y de hacerse a la vela hacia el Cabo Hornos. <em>The Macedonian <\/em>debe surcar el Oc\u00e9ano Pac\u00edfico durante dos a\u00f1os. El joven se declara loco de alegr\u00eda con esta perspectiva y hace una nueva petici\u00f3n de fondos en vista de este viaje de navegaci\u00f3n de altura, dando igualmente a entender que tiene necesidad urgente de ropa. Olvidando su propia tristeza, su propia inquietud con esta noticia inesperada, Isabel se pone sin dilaci\u00f3n en b\u00fasqueda de bien\u00adhechores que puedan ayudarle a encargarse de las expensas necesarias. Mons. de Cheverus cubre personalmente una parte de los gastos. Jam\u00e1s ya -piensa ella\u00ad volver\u00e1 a ver a su Guillermo aqu\u00ed abajo. Ella ofrece por \u00e9l este \u00faltimo sacrificio.<\/p>\n<p><em>Ten piedad de una madre <\/em>-hab\u00eda escrito ella, un d\u00eda, a Antonio y ruega por ella-, <em>madre tan apegada a sus hijos por razones particulares como son las m\u00edas&#8230; \u00a1Yo sacrifico este apego tanto como puedo y El sabe bien, nuestro Dios, que es tan s\u00f3lo por su alma por lo que me inquieto!<\/em><\/p>\n<p>Ahora ella confiesa: <em>Rogar y amar perdidamente, amar perdidamente y rogar es todo lo que la pobre madre puede hacer por sus seres queridos.<\/em><\/p>\n<p>Ella, esta vez, les ha visto a todos marcharse uno despu\u00e9s de otro. Dos est\u00e1n ya en la eternidad. Por Anina y Rebeca, la Madre Seton no tiene que temblar. \u00bfNo han encontrado, ambas, a su dulce Redentor? Para Catalina, Emmitsburg sigue siendo todav\u00eda el punto de <em>afecto. <\/em>Pero la joven de 18 a\u00f1os se aleja, cada vez m\u00e1s, del convento de San Jos\u00e9. M\u00e1s personal que sus tres hermanos mayo\u00adres, Kate, si ha o\u00eddo la llamada del Se\u00f1or, no responder\u00e1 a ella sino despu\u00e9s de haber experimentado en el mejor sentido de la palabra, la vida del mundo. Es una muchacha de valer, bien dotada, equilibrada. El amor que ella siente por su madre es profundo. Ella la rodear\u00e1 hasta sus \u00faltimos d\u00edas de una devoci\u00f3n efec\u00adtiva dictada por un afecto filial pleno de delicadeza. Pero Catalina intenta guar\u00addar, en cuanto a su vida personal, una autonom\u00eda que Ana Mar\u00eda, su hermana mayor, no hab\u00eda conocido. Julia Scott cuyo hogar est\u00e1 desierto desde la muerte de su hija y el reciente matrimonio de su hijo, se alegra de recibirla en Filadelfi:-i. Kate descubre all\u00ed el mundo con un entusiasmo juvenil que sigue siendo siempre de buena ley. En sus cartas, frecuentes, espont\u00e1neas, ella tiene a su madre al corriente del nuevo ritmo de vida que es el suyo, bien diferente, por cierto, del ritmo del convento de San Jos\u00e9. Con ocasi\u00f3n del aniversario de Washington se dio en Filadelfia un gran baile. Kate recibi\u00f3 una invitaci\u00f3n personal. Tuvo un gran deseo de responder. Razonablemente, sin embargo, crey\u00f3 que ser\u00eda des\u00adviarse de unas normas recibidas, presentarse tan joven en una fiesta que hab\u00eda de prolongarse toda la noche. Ella, se content\u00f3, pues, con ir a visitar la tarde precedente <em>The Washington Hall, <\/em>teniendo el placer de ver bailar a los que ya abr\u00edan la fiesta. Sus amigos la felicitan por saber dar prueba de tal voluntad. En realidad, la joven permanece atenta a los consejos de su madre. Dispuesta a vivir seg\u00fan su propia vocaci\u00f3n, ella comprende por instinto, que no puede con\u00adfiarse, no obstante, a su experiencia limitada. Durante alg\u00fan tiempo todav\u00eda, osci\u00adlar\u00e1 entre una docilidad, demasiado pasiva quiz\u00e1s, y la verdadera conquista de su autonom\u00eda en un comportamiento adulto. Escribe tambi\u00e9n a su madre, respecto a las lecturas: <em>Tengo miedo de fiarme de m\u00ed misma; ya no te tengo cerca de m\u00ed para guiarme. <\/em>Pero le da cuenta de las invitaciones que recibe en Nueva York, y toma, por s\u00ed misma, la decisi\u00f3n de responder a ellas. o duda en expresar su deseo de tener un poco de dinero, que gastar seg\u00fan sus necesidades y sus gustos. <em>\u00a1No te puedes imaginar <\/em>-insin\u00faa ella c\u00e1ndidamente- <em>lo que cuestan las m\u00e1s peque\u00f1as chucher\u00edas en una gran ciudad!<\/em><\/p>\n<p>A trav\u00e9s de las cartas de Catalina, Isabel cree ver revivir la joven que ella fue. Como anta\u00f1o Betty Bayley, Kate Seton gusta del baile, del tocador, de la lectu\u00adra. <em>La Sra. Scott dice que me parezco enormemente a ti <\/em>-escribe ella a su ma\u00addre-. <em>Solamente que yo no me r\u00edo tanto como t\u00fa te re\u00edas a mi edad.<\/em><\/p>\n<p>Una peque\u00f1a ganancia, cuyo pago coincide con la carta de Kate, permite a Isabel enviarle sin dilaci\u00f3n la suma necesaria para su viaje que ella har\u00e1 por mar, bajo la tutela de Julia. La vida de Nueva York deslumbra un poco a la pensionista de ayer; pero sobre todo la vida de familia que descubre en casa de sus t\u00edos y sus t\u00edas es para Kate una revelaci\u00f3n. Si los Post la albergan de forma habitual, los Seton, los Craig, los Ogden y los Hoffman la acogen con la mayor gentileza. La puerta de Isabel Sadler, la de Catalina Dupleix le est\u00e1n abiertas. La vieja t\u00eda-abuela Charlton, la Sra. Startin misma, olvidando sus agravios fren\u00adte a su madre, tienen a honor invitar a Catalina. Ni siquiera el sal\u00f3n de Enrique Hobart y su mujer queda sin hac\u00e9rsele familiar, tan es verdad que, desde que su obra ha sido reconocida oficialmente, desde que su instituto ha sido llamado a tomar un orfelinato en Nueva York mismo, la Madre Seton, se encuentra re\u00adhabilitada a los ojos de la sociedad neoyorquina. Mar\u00eda Post, que ha ido una vez m\u00e1s, en el mes de mayo de 1817, con su marido y su hija mayor a pasar unos momentos a Emmitsburg, no cesa ya ahora de hacer el elogio de <em>White House <\/em>y de la fundadora de las Hermanas de la Caridad americanas. El testimo\u00adnio que es, en realidad, la vida de su hermana ha sido para Mar\u00eda un motivo de reflexi\u00f3n cuyas conclusiones no se ha guardado s\u00f3lo para s\u00ed.<\/p>\n<p>Antes de su segunda estancia en la Monta\u00f1a, el 15 de abril de 1817, escrib\u00eda ella a Isabel: <em>Con todas las dificultades y pruebas de las que ha sido abrevada tu vida, contin\u00fao pensando que eres m\u00e1s privilegiada que la com\u00fan de los mortales. Yo creo en una Providencia que conduce todas las cosas y estoy m\u00e1s que segura que t\u00fa has sido siempre objeto de su particular solicitud. Ser capaz de estimar las cosas en su verdadero valor no puede ser efecto sino de un esp\u00ed\u00adritu bien dirigido, rectamente conducido. Y plegue a Dios concederme a m\u00ed y a todos los que lo desean, esa gracia de llegar a ese estado de esp\u00edritu que per\u00admite estar libre en relaci\u00f3n a todo lo que es objeto de confusi\u00f3n para todos los que, en el resto del mundo, no han llegado a eso, para actuar como t\u00fa act\u00faas. <\/em>Mar\u00eda Post querr\u00eda, ahora, que todos apreciasen como es debido tanto su lealtad como su alto valor moral. A Enrique Hobart, hecho obispo episcopaliano, no duda hacerle leer tal carta de Isabel. Enrique Hobart -al parecer- no hubiera tenido necesidad de ese testimonio para volverse de sus prevenciones frente a la Sra. Seton, y tal vez, inclusa frente al catolicismo. Sea de esta lo que fuere, Cata\u00adlina Seton no encontrar\u00e1 en casa de \u00e9l sino delicadeza y benevolencia.<\/p>\n<p>A decir verdad, no es sino con ansiedad como Isabel recibe la noticia de la acogida calurosa, demasiado calurosa en su sentir, que su hija obtiene en Nueva York, en los medios hace poco tan violentamente opuestos al catolicismo. Por razonable y seria que sea Catalina, su madre teme para ella un peligro que no hubiera tenida de permanecer ella en el hogar de los Post, lo que pr\u00e1cticamente era imposible. Pues una confianza rec\u00edproca reina desde ahora entre las dos hermanas a las que tantas cosas,, sin embargo, hab\u00edan separado hasta aqu\u00ed, una \u00adconfianza tan grande que la Madre Seton no tendr\u00eda ninguna inquietud de saber a Kate acogida en el hogar de Mar\u00eda despu\u00e9s de su muerte, lo que ella ve ahora como inminente. Mar\u00eda es demasiado leal para no respetar totalmente, para no proteger, llegado el caso, la fe de su sobrina, aunque ella no la comparta.<\/p>\n<p>Impresionado por la val\u00eda de la Sra. Seton, el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur, mucho menos al corriente de la mentalidad protestante que lo estaba Mons. de Cheverus, hubiera querido con gusto exhortar a Mar\u00eda, hacia fines del a\u00f1o 1816, a estudiar la doctrina cat\u00f3lica, a llevarla a compartir la fe de su hermana. En una carta, donde ella da prueba de un esp\u00edritu psicol\u00f3gico avisado, Isabel misma le disuade de proseguir tal gesti\u00f3n. Ser\u00eda vana.<\/p>\n<p><em>Su carta a mi hermana ser\u00eda admirable <\/em>-escribe ella al Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur- \u00ad<em>si el primer gran obst\u00e1culo de la ignorancia y de la indiferencia m\u00e1s airadas se alzara sobre este punto esencial: \u00bfExiste una Iglesia verdadera o una falsa Iglesia, una fe justa o una fe err\u00f3nea? En realidad, ni usted, ni nadie, a menos de haberse encontrado personalmente en esa ignorancia o esa indiferencia, puede concebir su dimensi\u00f3n y su profundidad. Y poni\u00e9ndome a m\u00ed misma, de nuevo por un ins\u00adtante, en el lugar de mi hermana -incluso teniendo en cuenta la gran ventaja que ten\u00eda yo sobre ella- par haber sido apasionadamente afecta a la religi\u00f3n cuando ya era protestante, creo que no es su caso, imagino que leo su carta&#8230; Levantando los ojos con sorpresa, he aqu\u00ed la que dir\u00eda:<\/em><\/p>\n<p><em>\u00bfQu\u00e9 es lo que este hombre puede realmente decir? \u00bfQuerr\u00eda decir, acaso, que todos los que creen en Nuestro Se\u00f1or no est\u00e1n seguros en cuanto a su salva\u00adci\u00f3n eterna? \u00bfSi un pobre turco, si un pobre salvaje no tiene la fe, deben ser re probados por ello? \u00bfHacen de Dios un ser misericordioso, en verdad, si El debe condenar a sus propias criaturas por esa \u00fanica raz\u00f3n de que sus padres les pu\u00adsieron en el mundo, de este lado de la tierra o del otro?<\/em><\/p>\n<p><em>Para los que, desde siempre, est\u00e1n habituados a no ver sino las peque\u00f1as cosas que les impresionan exteriormente, como lo son la forma de vestirse y la actitud calma de los cu\u00e1queros, una manera de predicar, dulce y entusiasta en los metodistas, un concierto de voces suaves en los anabaptistas u otras cuchu\u00adfletas de este g\u00e9nero, el pensamiento de una f e justa o de una f e err\u00f3nea, de una verdadera Iglesia a de una falsa Iglesia, no les cruzar\u00eda jam\u00e1s el esp\u00edritu, si no es quiz\u00e1s en un caso por ciento. \u00a1Oh, Dios m\u00edo! Mi coraz\u00f3n late y desfallece ante Aqu\u00e9l que est\u00e1 aqu\u00ed presente en el tabern\u00e1culo, mientras le pregunto: \u00bfPor qu\u00e9 estoy aqu\u00ed yo? Yo, tomada; ellos dejados.<\/em><\/p>\n<p>El Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur suscitaba, a la vez, un problema delicado y complejo, al que su \u00e9poca no hab\u00eda de dar respuesta adecuada. El bret\u00f3n de fe robusta Puesta desde su ni\u00f1ez ante el testimonio de sangre que los de su raza no dudaban dar para afirmar aquella fe personal y ancestral, concibe m\u00e1s f\u00e1cilmente la existencia del odio en los enemigos de Cristo, que la indiferencia pr\u00e1ctica frente a tal problema en unas almas de buena voluntad que han recibido el bautismo. La Madre Seton que ha vivido en el medio curiosamente conformista de las co\u00admunidades protestantes de su \u00e9poca y de su pa\u00eds, Presiente m\u00e1s las dimensiones del problema. Ella percibe, como por instinto, que un proselitismo a menudo in\u00adconsiderado, no tendr\u00e1 m\u00e1s captaci\u00f3n sobre los cristianos separados que la que puede tener la coerci\u00f3n, cualquiera que sea el nombre con que se trate de camu\u00adflarla. El Problema la sobrepasa. Ella lo reconoce. Ella ha recibido de Cristo m\u00e1s que otros. Misterio de la elecci\u00f3n divina. Ella no concluye de ah\u00ed, sin em\u00adbargo, que los otras est\u00e9n excluidos de la salvaci\u00f3n eterna. Ya no piensa que es necesario, frente a tal misterio, refugiarse en una especie de fatalismo, que se desinteresar\u00eda pr\u00e1cticamente de los que se encuentran fuera del redil del que ha hablado Cristo. El Pensamiento sobre los no bautizados, el pensamiento sobre las almas en Peligro de perderse eternamente, se convierte, al contrario, en un verda\u00addera motivo de angustia.<\/p>\n<p><em>Oh, si <\/em>va <em>fuese luz y vida como usted <\/em>-escribir\u00e1 al Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur -uno o dos a\u00f1os m\u00e1s tarde- yo <em>revelar\u00eda, rugir\u00eda, suspirar\u00eda y, al mismo tiempo, yo me callar\u00eda hasta que hubiese bautizado un millar y arrancado al infierno esas pobres v\u00edctimas. Pues bien, va usted a responderme \u00bfpor qu\u00e9 entonces, se\u00f1ora, vuestro celo no extiende su fuego a trav\u00e9s de su peque\u00f1a esfera? -Tiene usted raz\u00f3n, pero, reglas, prudencia, sujeciones, opiniones, etc., muros terribles Para un alma ardiente y orgullosa como la m\u00eda, pues yo soy semejante a aquel caballo brioso que pose\u00eda cuando era ni\u00f1a. Intentaba domarlo haci\u00e9ndole tirar de una carreta, y la pobre bestia se qued\u00f3 tan humillada que ni golpes de fusta, ni cari\u00adcias le hicieron ya nada jam\u00e1s y acab\u00f3 por perecer, reducido a estado de esque\u00adleto&#8230; Pero usted y el Sr. Cooper podr\u00edan consumirse por completo, a sabiendas, y, despu\u00e9s de estar consumidos, ser enviados todav\u00eda vivos a la gloria del Reina. \u00a1Hasta el momento en que ese Reino venga! Cada d\u00eda, pregunto a la \u00abbestia\u00bb de mi alma, qu\u00e9 hago yo, por ese Reino, en mi peque\u00f1a esfera\u00a0 y no veo otro quehacer que sonre\u00edr, acariciar, ser paciente, escribir, orar y esperar, ante El. \u00a1Oh Dios m\u00edo bendito, que venga tu Reino!<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Por: Marie-Dominique Poinsenet.<br \/>\nPublicado en CEME, 1977<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Diremos aquel d\u00eda: \u00abah\u00ed est\u00e1 nuestra Dios\u00bb de El esperamos la salvaci\u00f3n. El es el Se\u00f1or en quien esperamos. 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