{"id":9632,"date":"2016-08-18T13:00:14","date_gmt":"2016-08-18T11:00:14","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/01\/27\/isabel-seton-la-biografia-24-madre-de-las-hijas-de-la-caridad\/"},"modified":"2016-07-26T09:41:22","modified_gmt":"2016-07-26T07:41:22","slug":"isabel-seton-la-biografia-24-madre-de-las-hijas-de-la-caridad","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/isabel-seton-la-biografia-24-madre-de-las-hijas-de-la-caridad\/","title":{"rendered":"Isabel Seton, la biograf\u00eda: 24 &#8211; Madre de las Hijas de la Caridad"},"content":{"rendered":"<p><em>Ensancha el espacio de tu tienda,<br \/>\ndespliega tus pabellones sin traba,<br \/>\nalarga tus cuerdas, refuerza tus piquetes:<br \/>\npues vas a expandirte a derecha e izquierda<br \/>\ny los tuyos poblar\u00e1n ciudades desoladas.<br \/>\nIs 54, 2-4<\/em><\/p>\n<p>Desde el comienzo del a\u00f1o <em>1811, <\/em>Catalina Dupleix, cuya evoluci\u00f3n religiosa la llevaba suavemente hacia el catolicismo, hab\u00eda hecho esperar a Isabel una visi\u00adta a Emmitsburg. Muy dichosa con tal perspectiva, la Madre se hab\u00eda apresurado a responder a su amiga.<\/p>\n<p><em>El pensamiento de tu visita me da una alegr\u00eda que jam\u00e1s podr\u00edas imaginar. La soledad de nuestras monta\u00f1as, el silencio de las tumbas de Cecilia y de Enri\u00adqueta, los hijos corriendo por los sotos que se cubren de flores silvestres en primavera -que ellos coger\u00edan para ti a cada paso- la vida bien reglada de nuestra casa ampl\u00edsima, donde se encuentra -al extremo de una de las alas- nuestra dulce capilla, tan bien cuidada, tan calma, donde habita como <\/em>NOSOTROS <em>lo sa\u00adbemos, t\u00fa sabes quien&#8230; Todo esto no es un sue\u00f1o, una ficci\u00f3n, es solamente una parte de la realidad de este privilegio nuestro. Es necesario que lo veas con tus ojos para creer que es verdad. De lunes a s\u00e1bado, todo es apacible. No hay nin\u00adguna para turbar la tranquilidad de las dem\u00e1s, al contrario, todas se ayudan mu\u00adtuamente con una actitud de buena voluntad de la que es preciso ser testigo para creerlo. Nadie en el mundo hubiera podido convencerme a m\u00ed misma, si no hubiera tenido la experiencia. Por eso puedes permanecer esc\u00e9ptica hasta el d\u00eda que ven\u00adgas y veas. No tenemos otra sociedad que la de nuestro pastor de monta\u00f1a que es verdaderamente un santo var\u00f3n, sencillo, muy educado. El celebra misa para nosotras al clarear el d\u00eda, todo a lo largo del a\u00f1o. Si una de nosotras tiene alguna dificultad, se la expone, se recibe entonces consuelo, y luego la cosa queda se\u00adpultada en el silencio.<\/em><\/p>\n<p>Una carta dirigida a Julia Scott, el 29 de octubre de 1,812, aporta una preci\u00adsi\u00f3n nueva sobre la vida de comunidad, cuya actuaci\u00f3n es a la vez clarificada y estabilizada.<\/p>\n<p><em>Nuestra comunidad no tiene nada de com\u00fan con los Institutos religiosos de Europa y, aunque tengamos unas reglas determinadas, cosa que es indispensable en cuanto varias personas viven juntas, yo dispongo personalmente de m\u00ed misma, pues no es posible asumir una obligaci\u00f3n que estar\u00eda en desacuerdo con los que son mis deberes frente a mis seres queridos. Pero la verdad es que no miro jam\u00e1s m\u00e1s all\u00e1 de un a\u00f1o, sea por m\u00ed, sea por ellos, pues t\u00fa sabes cu\u00e1n precario es mi estado de salud, desde hace ya tiempo&#8230;<\/em><\/p>\n<p>La muerte tan r\u00e1pida de Ana Mar\u00eda no solamente ha abierto en el coraz\u00f3n de su madre aquella herida de la que habla el Sr. Dubois, ha despertado en ella las peores ansiedades por los cuatro hijos que le quedan. En cada una de ellos -tal como lo confiesa en esta misma carta a Julia- cree reconocer presente, muy sin raz\u00f3n por lo dem\u00e1s, los s\u00edntomas del mal hereditario que parece estar ligado a la familia Seton. Tal perspectiva ser\u00eda capaz de quebrantar toda energ\u00eda. La fe robusta y viviente de Isabel le permite evitar ese peligro. Al constatar hasta que punto puede ser breve una vida, ella encuentra una raz\u00f3n de m\u00e1s para fijar su mirada en la eternidad.<\/p>\n<p><em>\u00a1Eternidad! \u00a1Madre! \u00a1Qu\u00e9 responsabilidad! \u00a1Madre de las Hijas de la Caridad, que tienen tantas cosas que hacer tambi\u00e9n por Dios durante su corta vida!<\/em><\/p>\n<p>En el mes de mayo de 1812 no es Isabel Sadler -como esperaba Isabel\u00adla que llega para unos d\u00edas a Emmitsburg, es Mar\u00eda Post con su marido. Ante la realizaci\u00f3n de una obra de la que las cartas de su hermana no le daban m\u00e1s que una idea parcial, Mar\u00eda se asombra y se maravilla.<\/p>\n<p>La Casa Blanca de tejado abuhardillada se levanta en medio de los \u00e1rboles, de los espinos de donde brota sin fin el trino y los arrullos de los p\u00e1jaros. La at\u00adm\u00f3sfera de paz que all\u00ed reina, la conmueve. Visita la capilla silenciosa, el obrador donde giran los telares, las salas de clase. Oye el ta\u00f1ido alegre de la campana que, o bien llama a las Hermanas a la capilla, o bien precipita la gozosa bandada de las alumnas bajo la sombra de los grandes robles a la hora de 1a recreaci\u00f3n. Ve el peque\u00f1o vallado blanco no lejos de la casa, y, al otro lado, el cementerio donde reposan sus dos cu\u00f1adas y la mayor de sus sobrinas. Pero siente que, a pesar de la inmensa nostalgia que abruma todav\u00eda el coraz\u00f3n de Isabel, toda la vida en el convento de San Jos\u00e9 se desarrolla con serenidad, una serenidad cuya existencia Mar\u00eda no sospechaba, y que permite a todas las que han escogido vivir aquella vida asegurar alegremente las tareas, apasionantes o anodinas, f\u00e1ciles o rudas, que acompasan cada una de las jornadas.<\/p>\n<p>Guillermo, Ricardo, Kate y Rebeca han cogido para su t\u00edo y su t\u00eda, las flores silvestres que embalsaman los sotos y las praderas. Los muchachos brincan como potrillos, seguidos de cerca por Catalina, por los senderos donde se extiende la sombra tenue todav\u00eda de los \u00e1rboles. de verdes follajes. Bec queda m\u00e1s gustosa a orillas de su madre. La ligera cojera de la ni\u00f1ita de 10 a\u00f1os no escapa a la mirada ejercitada de un especialista como Wright Post. Se le pone al corriente de la ca\u00edda sufrida en el curso del invierno pasado. El examina la pierna, la ca\u00addera de la ni\u00f1a. No oculta su inquietud. Es algo extra\u00f1amente lamentable que no se haya atajado antes el mal. Interrogada, la ni\u00f1ita confiesa que ella no quer\u00eda que su madre se diera cuenta de ello. \u00a1Anina estaba tan enferma! \u00a1Y adem\u00e1s, Rebeca tem\u00eda tanto ser llevada a la enfermer\u00eda del convento! El veredicto del Dr. Post es formal: es necesario poner todo en obra, ahora, para impedir que el mal progrese. Es muy dudoso, adem\u00e1s, que la ni\u00f1a recupere ya el uso normal de su pierna herida.<\/p>\n<p>Isabel quiso que su hermana y su cu\u00f1ado visitaran tanto el convento como sus dependencias. La comunidad en esta primavera de 1812, cuenta con 8 Her\u00admanas. El n\u00famero de ni\u00f1as alcanza la cincuentena, entre las que treinta son pensionistas. La finca est\u00e1 en pleno rendimiento. Las huertas est\u00e1n cultivadas con competencia. En el campo bien sembrado, la futura mies verdegueante ondula como las olas del mar bajo el soplo del viento.<\/p>\n<p>Seguramente tan felices resultados no se han obtenido sin dificultad. De no ser por los donativos generosos de amigos a toda prueba -y los Post son de ellos- jam\u00e1s se hubiera llegado a hacer fructificar hasta tal punto las tierras ricas y f\u00e9rtiles del valle. Ahora bien, para una colectividad como la de la Comu\u00adnidad y el pensionado, ser\u00eda pr\u00e1cticamente imposible la vida, lejos de la ciudad, si no pudiera encontrar en el lugar todo lo que es necesario al avituallamiento. Los capitales se mostraban, desde entonces, indispensables, incluso para aque\u00adllas mismas mujeres que hab\u00edan pronunciado el voto de pobreza y no aceptaban para ellas mismas nada superfluo. Tal era la raz\u00f3n por la que no se pod\u00eda abrir en Emmitsburg una casa de educaci\u00f3n que no acogiera m\u00e1s que a hijas de fami\u00adlias necesitadas. Tal era la raz\u00f3n por la que Isabel hab\u00eda llegado hasta proponer hacer personalmente, y a pesar de lo que pudiera costarle, un recorrido de Her\u00admana mendicante por las ciudades de Nueva York, Filadelfia y Baltimore. Mons. Carroll, prudentemente, se lo hab\u00eda disuadido. Semejante gesti\u00f3n hubiera sido inoportuna en Am\u00e9rica, en el a\u00f1o 1812. Sobre aquel plano todav\u00eda la mentalidad diferente en el Nuevo Continente respecto del Antiguo, hubiera expuesto al fracaso una forma de obrar a la que la vieja Europa estaba acostumbrada.<\/p>\n<p>Wright y Mar\u00eda Post volver\u00edan encantados de su visita a Emmitsburg, a no ser por la inquietud que se llevan respecto a la salud de su sobrina Rebeca. Ahora bien, apenas han dejado el apacible valle, estalla de nuevo la guerra entre Inglaterra y sus antiguas colonias. Durante tres a\u00f1os van a alternar, por el lado americano, \u00e9xitos y reveses. Por un momento, los ingleses se hacen due\u00f1os de la ciudad de Washington que ellos incendian. Pero el general Jackson les in\u00adflige poco tiempo despu\u00e9s una seria derrota ante Nueva Orleans. En 1814, sola\u00admente la paz de Gand pondr\u00e1 fin a la segunda guerra de Independencia. El pue\u00adblo americano saldr\u00e1 de este nuevo per\u00edodo de lucha m\u00e1s fuerte y m\u00e1s unido, m\u00e1s capaz, finalmente, de bastarse en el plano de la industria y de afirmarse como una gran potencia ante los pa\u00edses de la Vieja Europa. Si el eco de las hostilidades no llega sino con sordina al pie de las Monta\u00f1as Azules, las turbulencias que ellas suscitan, especialmente en las ciudades costeras, hacen dif\u00edciles los desplaza\u00admientos a trav\u00e9s del pa\u00eds. Isabel Sadler, con mucho disgusto suyo, ha de renun\u00adciar a venir a pasar un tiempo cerca de su amiga, como lo hab\u00eda proyectado. Rebeca est\u00e1 siempre en Emmitsburg. \u00bfC\u00f3mo separarse de una ni\u00f1a de 10 a\u00f1os en este per\u00edodo turbulento y para enviarla a d\u00f3nde? Catalina Dupleix ha escrito a Isabel que un doctor de renombre obtiene, en Nueva York, maravillosos re\u00adsultados gracias a un nuevo tratamiento aplicado a casos similares al de Bec. Pero la madre de la ni\u00f1a no osa tomar sola la decisi\u00f3n de enviarla tan lejos de ella en las circunstancias presentes. Quiere refer\u00edrselo ante todo al Dr. Chatard. No ha tenido todav\u00eda tiempo de llegarle la respuesta del m\u00e9dico, cuando llega a Emmits\u00adburg el general Harper, cuya hija es pensionista en la Casa Blanca. Insiste ante la Madre Seton para que le conf\u00ede a la peque\u00f1a Rebeca. El vuelve directamente a Baltimore y la pondr\u00e1 en manos del Dr. Chatard. Isabel acaba por dejarse con\u00advencer. El especialista franc\u00e9s, no obstante, no podr\u00e1 formular otro diagn\u00f3stico que el del Dr. Post: Rebeca permanecer\u00e1 enferma toda su vida. El no ve ninguna utilidad en retenerla en Baltimore y se contenta con prescribirle ba\u00f1os y masajes. La chiquilla, por otra parte, no se muestra afectada por su enfermedad.<\/p>\n<p><em>Rebeca es todo alegr\u00eda, todo delicadeza, de una gran sensibilidad y precoz en todo para una ni\u00f1a de su edad, <\/em>explica Isabel a Julia Scott en el mes de octu\u00adbre de 1812. <em>Le gusta enormemente la m\u00fasica y desde un tiempo est\u00e1 constantemente al piano&#8230; Su <\/em>madre, sin embargo, se ve obligada, realmente, a reconocer que su hija es ahora seriamente minusv\u00e1lida, hasta el punto de que ciertos d\u00edas <em>le es imposible atravesar la habitaci\u00f3n ella sola.<\/em><\/p>\n<p>En la misma carta, Isabel traza un retrato encantador de Catalina: <em>Kitty tie\u00adne 12 a\u00f1os, es la m\u00e1s adicta. Desde su ni\u00f1ez, ha mostrado tanta docilidad y cari\u00f1o frente a mis deseos que su educaci\u00f3n es muy bien proseguida. La chiquilla <\/em>-ase gura orgullosamente su madre- <em>es una excelente alumna, hasta en matem\u00e1ticas, cosa que no fue jam\u00e1s un punto fuerte de su primera profesora, <\/em>Isabel misma. <em>En cuanto a la educaci\u00f3n de su esp\u00edritu, creo que pocas, muy pocas ni\u00f1as pueden superarla.<\/em><\/p>\n<p>Sin embargo, la tosecilla seca que le es habitual parece agravarse, recordando dolorosamente a la Madre Seton los s\u00edntomas del mal que le arranc\u00f3 a su marido y a su hija mayor. \u00a1Cu\u00e1nto se asombrar\u00eda si le pudiera predecir ahora la longevidad de Catalina, que alcanzar\u00e1 en 1890 sus noventa a\u00f1os <sup>1<\/sup>.Si Kate y Rebeca, cada una seg\u00fan su personalidad naciente, alegran el coraz\u00f3n de su madre, no su\u00adcede la mismo en cuanto a Guillermo y Ricardo, en quienes Isabel discierne una inestabilidad que la inquieta con justo t\u00edtulo. Ambos, al parecer, han heredada de su padre un temperamento sin vigor. Privados, adem\u00e1s, demasiado temprano de su padre, los dos muchachos han crecido en un medio cerrado, y demasiado exclusivamente femenino. Traqueteados de aqu\u00ed y de all\u00ed, demasiado protegidos por una madre ansiosa, no dejan el hogar familiar, que es un hogar conventual, sino para volverse a encontrar en el ambiente del colegio Santa Mar\u00eda cuyo re\u00adglamento estaba concebido, ante todo, para la formaci\u00f3n de seminaristas menores. Su madre queda at\u00f3nita, hasta entristecida de la respuesta del mayor, de 12 \u00f3 13 a\u00f1os, en la clase de catecismo:<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 has venido a hacer t\u00fa en este mundo, le pregunt\u00f3 la profesora, a ga\u00adnar dinero para realizar buenos negocios, o bien para servir a Dios y utilizar los dones que has recibido de El, para hacer su voluntad?<\/p>\n<p>&#8211; Pues, yo estoy en el mundo para las dos cosas, responde imperturbablemen\u00adte el chaval.<\/p>\n<p>Al cabo de unos a\u00f1os, Ricardo, escribir\u00eda en resumen a su hermana: <em>Se nos ense\u00f1\u00f3 en el colegio que es necesario despreciar el dinero, la fortuna&#8230; \u00a1vamos ya! \u00a1Es necesaria tener bien de dinero en la vida!<\/em><\/p>\n<p>El razonamiento de los muchachos est\u00e1 lejos de ser esencialmente err\u00f3neo. Hasta denota en ellos un buen sentido pr\u00e1ctica que no hab\u00edan de apoyar desgra\u00adciadamente las cualidades de perseverancia en el esfuerzo, de desinter\u00e9s y de ge\u00adnerosidad que hab\u00edan sido siempre la realidad de su madre.<\/p>\n<p>De Guillermo, Isabel puede decir ya: Es <em>el muchacho de las esperanzas y de los temores. <\/em>S\u00f3lo sue\u00f1a con oc\u00e9anos, barcos, viajes, aventuras a trav\u00e9s del mun\u00addo. Ricardo se desarrolla f\u00edsicamente hasta el punto de pasar pronto la cabeza tanto a su madre coma a su hermana. Le llaman familiarmente Daddy-Dick, evo\u00adcaci\u00f3n de <em>Daddy-long-legs con <\/em>que los ingleses designan de manera pintoresca a la t\u00edpula de largas y finas patas. El <em>gigante, <\/em>dice tambi\u00e9n su madre riendo, ella que es de talla muy peque\u00f1a.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de la muerte de Anina, la Madre Seton, viendo venir hacia ella a sus dos hijos, les hab\u00eda dirigido estas palabras:<\/p>\n<p>-Sois unos hombres ya, vuestra madre espera de vosotros un apoyo. Pero Guillermo y Ricardo no ser\u00e1n jam\u00e1s sino unos ni\u00f1os grandes, incapaces de llevar a buen t\u00e9rmino ninguna empresa, inconscientes de las inquietudes y penas que van a causar pronta y sin tregua a su madre hasta su \u00faltimo d\u00eda.<\/p>\n<p>As\u00ed prosegu\u00eda Dios en el alma de su sierva la obra de desprendimiento, sobre el punto que seguir\u00e1 siendo, en ella, el m\u00e1s sensible: su ternura ansiosa, perdi\u00adda, por sus pobres hijos.<\/p>\n<p>Sin embargo, las penas se entrecruzan siempre con las alegr\u00edas, las graves preocupaciones con las alegres sorpresas. En el curso del oto\u00f1o de 1812, Catalina Dupleix, despu\u00e9s de muchas vacilaciones y de muchos aplazamientos, entr\u00f3 en la Iglesia Cat\u00f3lica. Un v\u00ednculo nuevo viene a hacer m\u00e1s \u00edntima entre ella y la Madre Seton una amistad fiel, trabada unos veinticinco a\u00f1os antes. En septiembre de 1813, el proyecto tanto tiempo acariciado de volver a verse, llega a ser realidad.<\/p>\n<p>Por unos d\u00edas, Catalina es, a su vez, hu\u00e9sped maravillado de <em>White House. <\/em>Tanta la comunidad como el establecimiento escolar est\u00e1 en plena prosperidad, a pesar de que dos Hermanas han partido, a continuaci\u00f3n de Anina, hace unos meses, para la casa del Padre: dos de las primeras compa\u00f1eras de la Madre en <em>Paca Street: <\/em>Mar\u00eda Murphy y Elena Thompson. Entre el Sr. Dubais, el superior, y la fundadora, ninguna dificultad desde entonces. Ning\u00fan choque. Ambos son unos verdaderos educadores. Su colaboraci\u00f3n afortunadamente acorde permite a la obra de San Jos\u00e9 desarrollarse m\u00e1s all\u00e1 de lo que se pod\u00eda esperar al comienzo. Como siempre, la Madre pone de su persona. A su papel de maestra general, se a\u00f1ade el de profesora de religi\u00f3n y de historia. Las alumnas est\u00e1n habituadas a ver aparecer sin ruido su delgada silueta por el \u00e1ngulo del pasillo, subir, bajar silenciosamente las escaleras. Isabel se obliga a pasar diariamente por cada una de las clases, se sienta un momento, sin decir palabra, al fondo de la sala, escu\u00adcha a la ni\u00f1a recitar sus lecciones y al profesor impartir sus ense\u00f1anzas. Con un juicio seguro valora las competencias, descubre los puntos d\u00e9biles de cada una a fin de ponerles remedio. Ella quiere en su casa una ense\u00f1anza de calidad. Sabe que una educadora o ense\u00f1ante no se improvisa: en ese dominio se necesi\u00adtan aptitudes y preparaci\u00f3n. Jam\u00e1s se le ocurrir\u00e1 la idea de que la buena voluntad en la materia pudiera reemplazar la capacidad o el trabajo personales. Quiero, para secundar a las Hermanas, profesoras seglares que tienen que dar, precisa\u00admente ante las ni\u00f1as, otro testimonio que el de las Hermanas, complet\u00e1ndose ambos para la obra de la educaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Hecho digno de notarse: La Madre Seton guarda frente a las alumnas de <em>White House, <\/em>una lucidez que su ternura maternal, siempre inquieta, no la permite conservar respecto a sus propios hijos. Cuando, dos veces por semana, va a dar a las mayores una charla espiritual, que toma muy pronto aires de un c\u00edrculo de estudios donde cada una puede expresarse libremente, ella tiene que precisar su actitud y su prop\u00f3sito.<\/p>\n<p>-No vengo a ense\u00f1aros -les dice&#8211;, c\u00f3mo se llega a ser unas buenas reli\u00adgiosas, unas Hermanas de la Caridad, quisiera solamente prepararos a ocupar el puesto que ha de ser el vuestro en el mundo donde est\u00e1is llamadas a vivir. Deseo ense\u00f1aros c\u00f3mo ser, m\u00e1s tarde, unas buenas madres de familia.<\/p>\n<p>Cosa que no la impide, sin embargo, poner en guardia a sus j\u00f3venes oyentes contra los peligros no ilusorios que ellas encontrar\u00e1n necesariamente, atra\u00eddas como han de ser por una vida de facilidad, donde se hace polvo el ideal por unos placeres ficticios cuya embriaguez hace perder tan pronto el gusto de Dios. Vivir en medio del mundo sin el dominio de s\u00ed mismo es tan peligroso para las j\u00f3venes -le afirma ella- como peligrosa es la llamada de la l\u00e1mpara para la ma\u00adriposa que se deja fascinar por su brillo y viene ingenuamente a quemarse all\u00ed las alas.<\/p>\n<p>Les habla tambi\u00e9n -\u00a1y con qu\u00e9 convicci\u00f3n!- de la presencia de Cristo en la eucarist\u00eda, de ese don inaudito cual es para ellas, cat\u00f3licas, la gracia de la comuni\u00f3n sacramental. Desea que sus almas, conscientes de tal gracia, se semejen a un vaso de cristal, lleno de agua tan pura que la menor mota de polvo sea all\u00ed perceptible. Con una intuici\u00f3n tan l\u00edmpida y tan segura. Isabel hubiera condu\u00adcido gustosa a aquellas ni\u00f1as a ella confiadas, hacia la comuni\u00f3n frecuente, hasta diaria. Sabemos c\u00f3mo el rigorismo, par mitigado que fuera aqu\u00ed o all\u00ed, impreg\u00adnaba todav\u00eda en el siglo XIX, las directrices dadas por la mayor parte de los te\u00f3\u00adlogos, en lo concerniente a la recepci\u00f3n de la eucarist\u00eda. La noci\u00f3n de respeto -cuya realidad no ser\u00e1 jam\u00e1s cuesti\u00f3n de negar- hab\u00eda acabado por antepo\u00adnerse en cierta manera a los otros aspectos del sacramento del que Cristo quiso hacer el alimento de unos fr\u00e1giles peregrinos como nosotros. \u00abEl pan nuestro de cada d\u00eda, d\u00e1nosle hoy&#8230;\u00bb. El pan no es para recompensa de las m\u00e1s altas virtudes de los santos, el pan es el vi\u00e1tico indispensable al viajero para avanzar por el camino de la vida terrestre, cuya meta es la vida eterna.<\/p>\n<p>\u00abTu has dado a este pobre enfermo tu carne sagrada -dice San Agust\u00edn\u00ada fin de que ella sea el alimento de su alma y de su cuerpo, y tu palabra, a fin de que ella luzca como una l\u00e1mpara ante sus pasos. Yo no podr\u00eda vivir sin estas dos cosas, pues la palabra de Dios es la luz, y el sacramento el pan de vida\u00bb. Estas afirmaciones Isabel las hubiera suscrito con toda su alma. Se hubiera estreme\u00adcido de alegr\u00eda de entrever los decretos liberadores de P\u00edo X que daban de nuevo a la comuni\u00f3n eucar\u00edstica su verdadero sentido, y convidaban a todos nosotros, los rescatados, a responder a la llamada del Redentor, para que, por una uni\u00f3n m\u00e1s \u00edntima con El, pudi\u00e9semos ser por El m\u00e1s plenamente salvados.<\/p>\n<p>A la verdad los textos mismos del Concilio de Trento, despu\u00e9s de haber exal\u00adtado \u00abla excelencia y la eficacia maravillosa de la eucarist\u00eda\u00bb hab\u00edan expresado de forma expl\u00edcita, \u00abel deseo de que los fieles estuvieran lo bastante bien dispuestos para comulgar en cada misa\u00bb. Son esos mismos textos los que P\u00edo X vuelve a tomar y comenta, proyectando sobre ellos una luz nueva. \u00abEstas palabras -afir\u00adma \u00e9l- dicen bastante claramente el deseo de la Iglesia de que todos los fieles se repongan cada d\u00eda con el celeste banquete y beban all\u00ed efectos de santifica\u00adci\u00f3n siempre m\u00e1s abundantes\u00bb.<\/p>\n<p>El jansenismo, en Francia muy particularmente, hab\u00eda endurecido una posi\u00adci\u00f3n ya err\u00f3nea por consecuencia del rigorismo. Aunque <em>La Frecuente Comuni\u00f3n <\/em>del gran Arnauld hubiera sido refutada por San Vicente de Pa\u00fal mismo, los errores que conten\u00eda la obra no hab\u00edan dejado de abrir bien su camino. Cualesquiera que fuesen, por otra parte, las influencias de que estuviesen marcados, sin sa\u00adberlo, los Sulpicianos de Maryland se aten\u00edan a las consignas entonces vigentes no solamente para los fieles, sino para las comunidades religiosas, dentro de una rigidez que hoy nos parece exorbitante.<\/p>\n<p>\u00abHe reflexionado mucho en el peligro de una comuni\u00f3n frecuente indicada por la regla dentro de una comunidad religiosa\u00bb, escrib\u00eda el Sr. Dubouru a la Madre Seton, el 13 de julio de 1809, estableciendo en n\u00famero restringido los d\u00edas de comuni\u00f3n concedidos al conjunto de las Hermanas de San Jos\u00e9.<\/p>\n<p>Y sin embarga Cristo dijo: \u00abNo son los sanos quienes necesitan del m\u00e9dica, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. .. \u00bb (Lc 5, 31-32).<\/p>\n<p>Una no puede sino entristecerse de ver unas directrices tan poco conformes al evangelio dadas como reglas v\u00e1lidas a aqu\u00e9lla que hab\u00eda conquistado en la fe cat\u00f3lica la presencia sacramental de Cristo. \u00a1,No hab\u00eda descubierto ella desde el primer instante, que el pan de vida hab\u00eda sido dado a los hombres por el \u00abdulce Redentor\u00bb como el pan de cada d\u00eda? <em>Aqu\u00ed, todas las gentes que aman a Dios, que se portan bien, que llevan una vida reglada pueden recibir el sacra\u00admento todos los d\u00edas&#8230; <\/em>-escrib\u00eda ella desde Liorna con destino a Rebeca, en la primavera de 1804. No obstante su amar apasionado por la eucarist\u00eda irradia, en Emmitsbure, as\u00ed de su ense\u00f1anza como de su actitud, a las horas de adoraci\u00f3n en la peque\u00f1a capilla de la Casa Blanca. Los d\u00edas de comuni\u00f3n son para ella d\u00edas de fiesta. Su deseo es que lo sean tambi\u00e9n para todas aquellas a quienes se acerca.<\/p>\n<p>A esta irradiaci\u00f3n las ni\u00f1as no san insensibles. Ellas sienten confusamente que lo que les atrae hacia la Madre Seton no es el hecho de su afecto natural solamente. Un algo emana de su persona que ellas no sabr\u00edan definir, sin duda, pero que, con m\u00e1s seguridad que las palabras las arrastra hacia Dios. \u00bfNo es sen\u00adcillamente que ya se trasparenta en ella el esp\u00edritu de Cristo y de su Evangelio? Ella conquista el coraz\u00f3n de las alumnas actuales v guarda la confianza y la amistad de las que han terminado sus a\u00f1os de estudios en San Jos\u00e9. A las que le escriben de lejos, encontrar\u00e1 siempre el medio de responder.<\/p>\n<p>Como se hab\u00eda maravillado Mary Post durante su visita al Valle el a\u00f1o an\u00adterior, Catalina Dupleix, a su vez, es incapaz de ocultar su admiraci\u00f3n. A su amiga, m\u00e1s a\u00fan que a su hermana, que no comparte su fe, Isabel puede dar tal detalle, hablar de tal experiencia. Mejor que Mary, Du\u00e9 es capaz, ahora, de captar de d\u00f3nde viene en su amiga la serenidad, la calma, el recogimiento, de que jam\u00e1s se desprende en medio de la tropa traviesa e impetuosa de las cin\u00adcuenta alumnas, que dan a <em>White House <\/em>el aspecto de una colmena zumbante de vida, de animaci\u00f3n y de regularidad.<\/p>\n<p>Sor Ketty Muyan secunda a la Madre Seton en calidad de directora de disci\u00adplina. En los cinco grupos de diez chiquillas -as\u00ed se encuentran repartidas las alumnas- ejerce ella una autoridad firme y sonriente, desde la hora de le vantarse -5,45- hasta la de acostarse, que sigue, m\u00e1s o menos r\u00e1pidamente seg\u00fan las edades, a la cena que tiene lugar a las 7,15 de la noche. La Sra. Gu\u00e9rin asegura las clases de franc\u00e9s. Pronto, la ver\u00e1n las ni\u00f1as vestida con el h\u00e1bito de las Hermanas, tomar su puesto entre ellas bajo el nombre de Sor Magdalena. La Sra. Seguin es una excelente profesora de m\u00fasica. Durante alg\u00fan tiempo, Kate, que es todav\u00eda su alumna, asegurar\u00e1 bajo su direcci\u00f3n las lecciones de piano de principiantes.<\/p>\n<p>La peque\u00f1a Rebeca progresa tambi\u00e9n r\u00e1pidamente en sus estudios escolares y musicales, pero se acabaron para la chiquilla de 11 a\u00f1os los juegos y correteos por el jard\u00edn o por el bosque. Mientras las dos amigas, Isabel y Catalina, se detienen un momento para rezar en el peque\u00f1o cementerio, bajo la sombra de los grandes robles de follaje amarillento, la Madre no puede dejar de pensar en otra tumba que se encontrar\u00e1, pronta tal vez, al lado de las de Enriqueta, de Cecilia, de Ana Mar\u00eda, de Sor Murphy, de Sor Thompson. Ella cuenta a Du\u00e9 la his\u00adtoria de aquella desgraciada ca\u00edda. En abril \u00faltimo, Rebeca pasar\u00e1 una nueva temporada en Baltimore. Se trataba de recibir all\u00ed el sacramento de la Confir\u00admaci\u00f3n de manos de Mons. Carroll. El Sr. Dubois la hab\u00eda preparado con una gran bondad, durante la Semana Santa, traslad\u00e1ndose cada d\u00eda a la enfermer\u00eda, no dudando en asegurar a la chiquilla minusv\u00e1lida las ventajas de un retiro solo para ella.<\/p>\n<p>Por otra parte, desde septiembre de 1812, el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur ha venido a aportar su concurso entusiasta al Sr. Dubois. El colegio de Monte Santa Mar\u00eda, la casa de San Jos\u00e9, las dos parroquias le abren ya un vasto campo de aposto lado. No hay duda de que Isabel hab\u00eda querida presentar a su amiga Du\u00e9, nueva cat\u00f3lica, al director de la comunidad, el jovial Sr. Dubois. El acaba de alcanzar la cincuentena. Al ardor, a\u00f1ade ahora la experiencia. Cara redonda, ani\u00f1ada, bondad llena de sencillez, el Sr. Dubois ofrece f\u00edsicamente un verdadero contras\u00adte con el grave Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur, de fino rostro de asceta, de mirada de fuego. Ambos est\u00e1n adheridos desde ahora a la obra de la Madre Seton y no dejan una ocasi\u00f3n de testimoniarle su efectivo y l\u00facido servicio.<\/p>\n<p>El Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur tiene 34 a\u00f1os, en 1813. Su ciencia de las cosas de Dios es cierta. Su conocimiento de la lengua inglesa, a pesar de su estancia en Baltimore, es m\u00e1s escasa. Es forzoso, pues, al predicador recurrir una vez m\u00e1s a los buenos servicios de la superiora de San Jos\u00e9, de forma casi constante. Afortunadamente, laguna humana que permite que se establezca entre \u00e9l y ella un di\u00e1logo espiritual, del que al fin, se aprovechan tanto -el uno como la otra. Tienen en com\u00fan un ardor semejante, un entusiasmo semejante, la misma espontaneidad directa y sencilla, los mismos brotes impetuosos, los mismos deseos apasionados por el reino de Dios. Can un temperamento como el suyo, Isabel ha sentido siempre una necesidad esencial de poder apoyarse en un gu\u00eda espiritual que sepa ser junta a ella, no solamente el consejero seguro, prudente, sino tambi\u00e9n el testigo respetuoso del trabajo que el Se\u00f1or prosigue en su alma. Expresarse, sentirse comprendida, dar su confianza, pero tambi\u00e9n compartir en todas las cosas, es en ella una necesidad vital. Desde su retorno de Toscana, ha buscado tal gu\u00eda, ella ha cre\u00eddo haberle encontrado a veces. Dios se lo reservaba para sus \u00faltimos a\u00f1os.<\/p>\n<p>Ella tiene cinco a\u00f1os m\u00e1s que el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur, pero no tiene todav\u00eda diez a\u00f1os de catolicismo. El es m\u00e1s experimentado que ella en las v\u00edas divinas. Pero la \u00fanica experiencia que ha efectuado ella, en cuanto convertida, le ha dado, en m\u00e1s de un punto, una claridad nueva que se hubiera escapado al sacerdote bret\u00f3n, nacido en un medio esencialmente cat\u00f3lico, y para quien la fe jam\u00e1s ha planteado problemas.<\/p>\n<p>Se han conservado textos de sermones escritos por Isabel redactados en co\u00adm\u00fan por el Sr. Brut\u00e9 da R\u00e9mur y su secretaria, dentro de una tan estrecha cola\u00adboraci\u00f3n, que es dif\u00edcil discernir lo que es del uno y de la otra. Cuando el Sulpiciano pronuncia, el 2 de febrero de 1812, en el Monte Santa Mar\u00eda un serm\u00f3n, con ocasi\u00f3n de una ceremonia de primera comuni\u00f3n, a trav\u00e9s de los pensamien\u00adtos que desarrolla sobre la presencia de Dios, la gracia de los sacramentos, la vida terrestre que d\u00eda tras d\u00eda es ya una anticipaci\u00f3n de la vida eterna, los temas favoritos de su hija espiritual est\u00e1n all\u00ed transparentes.<\/p>\n<p>Hay experiencias, por otra parte, que s\u00f3lo conoce una madre. \u00bfQui\u00e9n sino la Madre Seton, hubiera podido sugerir al Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur aquellas palabras henchidas de ternura para hablar con tanto fuego y tanta delicadeza de la presencia de Jes\u00fas en Mar\u00eda, durante los meses que transcurren de la Anunciaci\u00f3n a la Natividad? \u00bfNo ha confesado ella, a este respecto, que le ha sucedido a veces, tener personalmente esta experiencia: el Hijo de Dios presente en su alma de una manera m\u00e1s cierta que lo estaban en su seno, cuando ella esperaba su nacimiento, Ana Mar\u00eda, Will, Ricardo, Catalina o Rebeca? Las palabras que ella dicta al pre\u00addicador, cuando se trata de Cristo muy chiquitico, son expresiones maternales, <em>He, the Jesus Babe: <\/em>\u00abEl, Jes\u00fas Beb\u00e9\u00bb. La expresi\u00f3n, por su parte, es realista, sin la menor afectaci\u00f3n, con los t\u00e9rminos que est\u00e1n en los labios de la mujer que es\u00adtrecha entre sus brazos con una inmensa ternura al peque\u00f1o ser que acaba de nacer al mundo.<\/p>\n<p>Por otra parte, la eucarist\u00eda es donde necesita recurrir siempre. Su despacho, no sin intenci\u00f3n deliberada, se encuentra contiguo a la capilla. <em>Estoy sentada o de pie <\/em>-escribe ella- <em>frente a su tabern\u00e1culo a lo largo de la jornada, y con servo mi coraz\u00f3n hacia El, como la aguja imantada hacia el polo norte. <\/em>El senti\u00addo que ella tiene de la presencia real es manifiestamente fruto de una gracia ex\u00adcepcional. El Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur est\u00e1 tan convencido de ello que no dudar\u00e1 en escribir unos a\u00f1os m\u00e1s tarde: <em>Ojal\u00e1 pudiera mi coraz\u00f3n y mi alma conocer y ex\u00adperimentar la gracia del Sant\u00edsimo Sacramento de mi Jes\u00fas, como lo hizo la Madre. Su <\/em>testimonio ser\u00e1 tambi\u00e9n formal cuando hable de la forma como reci\u00adb\u00eda ella la Santa Comuni\u00f3n. Se present\u00eda entonces su ardiente deseo de la eterna comuni\u00f3n con el dulce Redentor. Hab\u00eda en ella un sentido de lo absoluto, de lo eterno que conmov\u00eda a su entorno. Exigente para consigo misma exactamente como para cada uno de los miembros de su Instituto, ella no busca nada m\u00e1s, no propone nada m\u00e1s que la sencillez y las exigencias del Evangelio.<\/p>\n<p><em>\u00bfCu\u00e1l es <\/em>-pregunta ella- <em>la primera regla de la vida de nuestro amado Re\u00addentor? Vosotras lo sab\u00e9is, era hacer la voluntad de su Padre. As\u00ed pues, el pri\u00admer fin que ya proponga a nuestro trabajo de cada d\u00eda es hacer la voluntad de Dios. El segundo es hacerla de la forma que El la hac\u00eda personalmente. La ter\u00adcera, es hacerla, porque es su voluntad.<\/em><\/p>\n<p>Quiere que todo, en ella y en sus hijas, permanezca disponible a esa \u00fanica voluntad, dentro de una vida de silencio que sabe estar a la escucha de Dios, dentro de una vida de don generoso de s\u00ed mismo que sabe decir s\u00ed frente a todas las pruebas de fidelidad de las que est\u00e1n tejidos los d\u00edas. Ella, tan f\u00e1cilmente ansiosa, da, sin embargo, el primer puesto a la confianza. Nada de des\u00e1nimo fren\u00adte a las faltas, a los fallos inevitables. Se cae, se vuelve a levantar, se pide per\u00add\u00f3n y luego se sigue de nuevo adelante, como los pioneros a quienes no detienen en absoluto los obst\u00e1culos que topan cada d\u00eda, de los que cada d\u00eda triunfan.<\/p>\n<p>Ha encontrado en uno de los tratados de Fenel\u00f3n la exposici\u00f3n justa de lo que debe ser la pureza de intenci\u00f3n, que da a todos los actos de una jornada su di\u00adrecci\u00f3n esencial, hacia Dios y su amor. Desde el momento en que no se ha retractado esa ofrenda, todo, para ella, es dado, y todo va bien. Quiere la alegr\u00eda, a pesar de todo, para ella y para las dem\u00e1s. En medio de los sufrimientos, de las dificultades, de las inquietudes mismas irradia la alegr\u00eda.<\/p>\n<p>El Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur que la ve vivir d\u00eda a d\u00eda, es el testigo maravillado de la obra divina en su alma. Es una verdadera madre para las Hermanas de la Comunidad. Las ama. Es amada de ellas. Sabe guardar respecto a ellas el puesto que le corresponde. Ha aprendido con fortuna que, en la Compa\u00f1\u00eda de las Hijas de la Caridad, el Sr. Vicente ha querido que la superiora tome el nombre de \u00abHermana sirviente\u00bb. Se quiere humildemente al servicio del Instituto de San Jos\u00e9. Sabe, con todo, salvaguardar su autoridad. La direcci\u00f3n que da a sus Hijas est\u00e1 marcada con el sello de la prudencia y del buen sentido sobrenaturales. Porque conoce la experiencia del sufrimiento as\u00ed del cuerpo como del altna, es capaz de compadecer y de confortar.<\/p>\n<p>As\u00ed la juzga el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur incluso cuando debe indicarle tal error o tal fallo. Pues le acaece a veces a la Madre, sentir hervir en ella la sangre de los Bayley. Le acaece asimismo explotar bruscamente con una indignaci\u00f3n mal con tenida, defender su opini\u00f3n con excesiva pasi\u00f3n. Sobre todo debe contar d\u00eda tras d\u00eda con la ternura ansiosa que la vuelve a llevar sin cesar hacia e1 porvenir de sus hijos. Se establece poco a poco una pacificaci\u00f3n que, en el plan psicol\u00f3gico, perma\u00adnecer\u00e1 siempre precaria, siendo, por otra parte, causa de las sombr\u00edas inquietudes de su madre, el comportamiento de Guillermo y de Ricardo.<\/p>\n<p>Dios, sin embargo, prosegu\u00eda su obra.<\/p>\n<p>En la fiesta de San Vicente de Pa\u00fal, el 19 de julio de 1813, diecisiete Herma\u00adnas de la Caridad de San Jos\u00e9 pronunciaron por primera vez sus votos anuales.Como las Hijas del Sr. Vicente, las Hijas de la Madre Seton han adoptado la f\u00f3rmula de los votos simples, emitidos por un a\u00f1o solamente, renovados todos los a\u00f1os, en la fiesta de la Anunciaci\u00f3n. Isabel hubiera deseado aprovecharse de la ocasi\u00f3n para dimitir espont\u00e1neamente del cargo de superiora. Hubiera pasado con gusto el tim\u00f3n a otra de sus hijas, ahora que la barca boga con fortuna hacia alta mar. Ninguna de ellas, evidentemente, hubiera aceptado que se considerara siquiera tal eventualidad. Sor Cecilia O&#8217;Conway, par el contrario, hab\u00eda aprove\u00adchado la circunstancia para recordarle filialmente hasta qu\u00e9 punto contaban todas con ella. \u00abAdmirable lecci\u00f3n sobre mis deberes la que me ha dado Sor Cecilia, concluye la Madre Seton. De este modo Catalina Dupleix, hab\u00eda encontrado en aquel comienzo del oto\u00f1o de 1813, una comunidad religiosa bien establecida, un pensionada pr\u00f3spero, una escuela parroquial naciente y a su amiga de siempre en plena expansi\u00f3n espiritual, rodeada de afecto, de respeto, de admiraci\u00f3n. ;,C\u00f3\u00admo, pues, hab\u00eda podido ella, Catalina, dudar de Isabel, un solo instante durante el a\u00f1o terrible de 1806? Ella comprend\u00eda ahora con cu\u00e1n justo t\u00edtulo, la Madre Seton pod\u00eda escribir a Julia Scott unos meses antes: \u00ab\u00a1Oh, si <em>pudieras compartir la paz y la tranquilidad de nuestras jornadas!\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Tal vez la mujer del rudo Capit\u00e1n de barco, al regresar a su \u00abhogar\u00bb de Nueva York, se lleva la nostalgia del valle apacible donde comienza a flamear el nuevo follaje de los grandes \u00e1rboles. Pero Catalina ha de estar presente en su morada, donde va a junt\u00e1rsele su marido en cada una de sus escalas neoyorquinas. Ella debe volver a su parroquia cat\u00f3lica de San Pedro, a la que en adelante, respondiendo al deseo del P. Kohlmann. aporta su servicio activo y generoso.<\/p>\n<p>No est\u00e1 lejos, sin embargo, la hora en que el joven Instituto que se desarrolla tan felizmente en el lejano valle va a enjambrar en las grandes ciudades. El 1\u00b0 de junio de 1814, Isabel escribe aprisa una nota para Julia Scott, que le ser\u00e1 llevada por una de las Hermanas de San Jos\u00e9: <em>Amor y bendici\u00f3n y amor un millar de veces para mi Julia. Rasa te dir\u00e1 el resto. Tu amiga tuya, y pobre Madre (superiora) E.A.S.<\/em><\/p>\n<p>Sor Rosa White, en efecto, est\u00e1 a punta de dejar Emmitsburg para Filadelfia. El P. Hurley que hab\u00eda sido para Cecilia el gu\u00eda esclarecido en el momento de su entrada en la Iglesia cat\u00f3lica, ha sido nombrado recientemente p\u00e1rroco de la Trinidad de Filadelfia. El ha sugerido confiar a las Hijas de la Madre Seton un orfelinato existente en la ciudad desde 1799. En aquel a\u00f1o de terrible epidemia, la fiebre amarilla hab\u00eda multiplicado hasta tal punto las v\u00edctimas que fue creado un establecimiento completo destinado a las ni\u00f1as, a quienes la muerte hab\u00eda arrancado brutalmente toda familia. La ayuda de cierto n\u00famero de parroquianos de la Trinidad hab\u00eda permitido a la obra mantenerse hasta entonces. La soluci\u00f3n, con todo, no pod\u00eda ser provisoria. Ya que el orfelinato se mostraba siempre como necesario en la ciudad en v\u00edas de desarrollo, \u00bfpor qu\u00e9 no hacer ahora una instituci\u00f3n s\u00f3lidamente asentada y que la tomase a su cargo la primera comunidad religiosa de Am\u00e9rica?<\/p>\n<p>Mons. Egan, que conoc\u00eda a la Madre Seton y a la comunidad de <em>White House <\/em>desde noviembre de 1810, aprueba sin demora tal sugerencia. La Sra. Raquel Montgomery, que forma parte del comit\u00e9 de direcci\u00f3n del orfelinato tiene en alta estima a la fundadora de Emmitsburg. Ella tuvo ya ocasi\u00f3n de ayudarla en 1809 durante la primera instalaci\u00f3n de la escuela de Baltimore. Despu\u00e9s, fue a visitar\u00adla al Valle. Aqu\u00ed tambi\u00e9n le ayuda.<\/p>\n<p>A la verdad, es un pobre y humilde orfelinato el que las Hermanas deben tomar a su cargo. Est\u00e1 cargado de deudas, y las molestias ocasionadas por la guerra que se prosigue a lo largo de las costas no facilitan nada el acondiciona mienta del local, ni el avituallamiento de los pensionistas. Bravamente, Sor Rosa, convertida en superiora de las das Hermanas, trata de hacer frente a la situaci\u00f3n. Ella cuenta, con humor, la llegada del carromato a Filadelfia y las desventuras que, desde el primer d\u00eda, van a conocer las tres fundadoras, tan parecidas a las que relata la gran Santa Teresa en el <em>Libro de las Fundaciones. <\/em>Dejaron el valle el 29 de septiembre. Despu\u00e9s de la \u00faltima etapa de su viaje, helas al fin en la ciudad que apenas conocen. Sin saber qu\u00e9 direcci\u00f3n tomar, el cochera se aventura al azar par una calle, tuerce por otra y avista, finalmente, el campanario de la iglesia. Desde la ventana de la rectoral, muy pr\u00f3xima, el ama del cura, una buena francesa, llamada Justina, ve acercarse despacio un carruaje estridente, con las cortinas cuidadosamente echadas. Bien claro est\u00e1 que es un muerto -piensa ella- que vienen a traer a la parroquia para los funerales. Sale a la calle, se acer\u00adca al veh\u00edculo que acaba de pararse, levanta discretamente una de las cortinas ve en el interior tres mujeres bien vivas, y con una s\u00fabita inspiraci\u00f3n:<\/p>\n<p>-\u00bfNo vienen Vds. de San Jos\u00e9, por casualidad?, interroga. -S\u00ed se\u00f1ora, \u00bfqui\u00e9n es Vd., pues?<\/p>\n<p>-Soy el ama del Rvdo. Roelof.<\/p>\n<p>-\u00bfPodr\u00eda Vd. indicarnos d\u00f3nde est\u00e1 el orfelinato?<\/p>\n<p>-\u00a1Claro que s\u00ed! Est\u00e1n Vds. justo ante su puerta. \u00a1Pero bajen, pues!<\/p>\n<p>Las Hermanas tranquilizadas, entran en la iglesia de la Trinidad. Justina se precipita para advertir al Sr. Hurley su llegada. Acude \u00e9l y env\u00eda a las tres viaje\u00adras a la rectoral. En cuanto a tomar posesi\u00f3n de la casa que les est\u00e1 destinada, es decir, el orfelinato, les ser\u00e1 menester aguardar a que se vayan de all\u00ed las se\u00ad\u00f1oras del patronato. Ellas dejar\u00e1n vac\u00edos los locales el 2 de octubre, llev\u00e1ndose adem\u00e1s can ellas la mayor parte del mobiliario.<\/p>\n<p>Pobremente vestidos, m\u00e1s pobremente alimentados, los ni\u00f1os ignoran hasta el sabor del az\u00facar y del pan fresco. Los primeros tiempos son muy duros. Las Hermanas mismas se ven en la obligaci\u00f3n de ajustarse a severas privaciones. A guisa de pan, ellas comer\u00e1n, m\u00e1s de una vez, patatas. Ser\u00e1 menester la inter\u00advenci\u00f3n delicada del P. Hurley para que el r\u00e9gimen alimenticio se haga un poco m\u00e1s sustancioso. Pronto, gracias a \u00e9l, pensionistas y religiosas podr\u00e1n al menos azucarar la infusi\u00f3n poco nutritiva que les hace las veces de caf\u00e9.<\/p>\n<p>La obra es dif\u00edcil de reemprender y no solamente en el plano material. Pero Sor Rosa, coma verdadera hija de la Madre Seton, sabr\u00e1 hacer frente, a su vez, y asegurar poco a poco a esta obra, con unas bases s\u00f3lidas, un equilibrio firme.<\/p>\n<p>Menos de dos a\u00f1os m\u00e1s tarde, el establecimiento de San Jos\u00e9 obtendr\u00e1 del Gobierno su reconocimiento oficial. Una visita del General Harper, acompa\u00f1ado del Sr. Cooper, quien prosigue sus estudios de Teolog\u00eda en Baltimare donde recibir\u00e1 la ordenaci\u00f3n sacerdotal en el mes de agosto de 1818, permite iniciar los tr\u00e1mites, a partir de noviembre de 1816.<\/p>\n<p>En el mes de enero de 1817, el Estado de Maryland registra jur\u00eddicamente el acta que reconoce, en el plano civil, la existencia del Instituto fundado por la Sra. Seton. Los miembros de la asociaci\u00f3n reciben all\u00ed el t\u00edtulo oficial de \u00abHermanas de Caridad de San Jos\u00e9\u00bb. Los fines de su asociaci\u00f3n, expresamente llamada \u00abasociaci\u00f3n religiosa\u00bb, est\u00e1n netamente definidos. Son \u00ablas obras de piedad, de caridad y de necesidad, especialmente el cuidado de los enfermos, la asistencia a los ancianos imposibilitados o econ\u00f3micamente d\u00e9biles y la educaci\u00f3n de la ju\u00adventud femenina\u00bb. El acta queda registrada. Las minutas firmadas en buena y de\u00adbida forma. El general Harper figura entre los signatarios. El documento hace menci\u00f3n de veintid\u00f3s miembros de la dicha asociaci\u00f3n, de 21 a\u00f1os de edad al menos, y reconoce a las Hermanas de Caridad de San Jos\u00e9 derecho de posesi\u00f3n y de libre uso de bienes, muebles e inmuebles, am\u00e9n del dominio, que son su pro\u00adpiedad en Emmitsburg.<\/p>\n<p>El Instituto fundado por la Madre Seton tiene desde entonces derecho de ciu\u00addadan\u00eda en la joven y libre Am\u00e9rica.<\/p>\n<p>Si es verdad que toda fracaso, humanamente hablando, desacredita a un hom\u00adbre ante los hombres, todo \u00e9xito, a la inversa, le confiere un derecho indiscutible al respeto y a la admiraci\u00f3n. Despreciada, rechazada de los suyas, cuando ella frecuentaba, con los m\u00e1s desheredados de la ciudad, pobre como ellos, la pobre parroquia cat\u00f3lica de San Pedro en Nueva York, Isabel ha reconquistado ahora la estima de sus conciudadanos, por el solo hecho de que los poderes p\u00fablicos han reconocido oficialmente y con justicia sus m\u00e9ritos, proclamando altamente la le\u00adgitimidad de su instituci\u00f3n. Cuando en julio de 1817, el obispo de Nueva York, Mons. John Connolly, pida \u00e9l tambi\u00e9n, como un favor, que un grupo de Herma\u00adnas sea enviado a su ciudad para tomar all\u00ed la direcci\u00f3n de un orfelinato, aqu\u00e9llos mismos que, nueve a\u00f1os antes, denigraban abiertamente las actividades de la Ma\u00addre Seton, aplaudir\u00e1n con los dem\u00e1s la iniciativa del prelado.<\/p>\n<p>As\u00ed, en vida suya, y contrariamente a las previsiones de Mons. Carroll, a este respecto, Isabel y las Hijas de la Caridad Americanas se encontraron llamadas a dedicarse a las pobres y desheredados. Si los planes esbozados por el Sr. Matignon y por el Sr. Cooper, en 1809, se vieron fracasados en Emmitsburg donde ning\u00fan establecimiento hab\u00eda podido ser fundado para estar \u00fanicamente consagrado a ellos, la toma a su cargo de dos orfelinatos, uno en Filadelfia y otro en Nueva York, alegrando al presente el coraz\u00f3n de la Madre Seton, permite concebir para el porvenir unas esperanzas henchidas de promesas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ensancha el espacio de tu tienda, despliega tus pabellones sin traba, alarga tus cuerdas, refuerza tus piquetes: pues vas a expandirte a derecha e izquierda y los tuyos poblar\u00e1n ciudades desoladas. 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