{"id":9630,"date":"2016-08-15T13:00:45","date_gmt":"2016-08-15T11:00:45","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/01\/24\/isabel-seton-la-biografia-21-una-hebra-de-seda-dos-hebras-de-lana\/"},"modified":"2016-07-26T09:40:30","modified_gmt":"2016-07-26T07:40:30","slug":"isabel-seton-la-biografia-21-una-hebra-de-seda-dos-hebras-de-lana","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/isabel-seton-la-biografia-21-una-hebra-de-seda-dos-hebras-de-lana\/","title":{"rendered":"Isabel Seton, la biograf\u00eda: 21 &#8211; Una hebra de seda, dos hebras de lana"},"content":{"rendered":"<p><em>Todo tiene su momento,<br \/>\ny su tiempo todo quehacer bajo el cielo.<br \/>\nUn tiempo el nacer,<br \/>\ny un tiempo el morir;<br \/>\nun tiempo el plantar,<br \/>\ny un tiempo el arrancar &#8230; lo plantado.<br \/>\nUn tiempo el llorar,<br \/>\ny un tiempo el re\u00edr;<br \/>\nun tiempo el gemir,<br \/>\ny un tiempo el danzar;<br \/>\n&#8230;Un tiempo el buscar,<br \/>\ny un tiempo el perder&#8230;<\/em><br \/>\nEclesi\u00e1stico 3<\/p>\n<p>As\u00ed toda vida humana est\u00e1 tejida de penas y de alegr\u00edas. Bien que todo sea gracia para los que aman a Dios, para los que se han comprometido en el camino de la uni\u00f3n divina y que saben descubrir siempre, en todo, y por todas partes la Providencia amorosa, indefectible, del Padre, que, mejor que nosotros, sabe lo que nos conviene. Toda obra divina, por otra parte, est\u00e1 marcada del sello de la cruz. Los santos lo saben, y, como lo proclama san Pablo: <em>rebosan de alegr\u00eda, en todas sus tribulaciones (2 <\/em>Cor 7, 4).<\/p>\n<p>A la hora misma en que Isabel cree tocar por fin el puerto de silencio y de paz por tanto tiempo deseado, a la hora en que nada le quedar\u00eda ya -al pare\u00adcer- sino consagrarse al Se\u00f1or, ofreci\u00e9ndose a El dentro de una vida de oraci\u00f3n y dentro del servicio diario de los miembros de su Cuerpo M\u00edstico, de nuevo las pruebas est\u00e1n en v\u00edspera de caer sobre ella de todos los lados a la vez.<\/p>\n<p>Cuando Teresa de \u00c1vila quiso establecer en su ciudad natal un monasterio de carmelitas decididas a vivir sencillamente, pero \u00edntegramente, la regla primitiva de su orden, sabemos con qu\u00e9 oposici\u00f3n se top\u00f3 de primeras. <em>Una de las mayo\u00adres pruebas de aqu\u00ed abajo es la contradicci\u00f3n de las gentes de bien <\/em>-le hizo no\u00adtar entonces aquel gran amigo de Dios que era Pedro de Alc\u00e1ntara, san Pedro de Alc\u00e1ntara, como le llama hoy la Iglesia-. Esa prueba iba a experimentarla a su vez la Madre Seton.<\/p>\n<p>Todo parec\u00eda, no obstante, tan bien encaminado en <em>Stone House <\/em>aquel verano de 1809. Pero, apenas el Sr. Dubourg regresa a Baltimore, despu\u00e9s de la instala\u00adci\u00f3n de las Hermanas en el Valle, a continuaci\u00f3n del retiro que acaba de predicarles, en una de sus primeras cartas hace saber a la Superiora que se acaba de tomar una decisi\u00f3n, respecto al confesor de la comunidad. En adelante las Her\u00admanas no deber\u00e1n recurrir ya al ministerio del Sr. Babad. Ni en el confesonario, ni en el locutorio. Ni siquiera por correspondencia. Si se except\u00faan las tres \u00falti\u00admas en llegar, Rosa White, Catherine Mullen y Sally Thompson, todas las Her\u00admanas de la peque\u00f1a comunidad eran, no obstante, las hijas espirituales del Sr. Babad. La interdicci\u00f3n bruscamente formulada por el Sr. DubourQ, sorprende a la Madre y la perturba.<\/p>\n<p>Ning\u00fan documento preciso permite conocer el motivo invocado por el Sr. Du\u00adbourg, en acuerdo sin duda con el Sr. Nagot, y que hubiera justificado, en la carta escrita a la Madre Seton, la decisi\u00f3n que \u00e9l hab\u00eda cre\u00eddo su deber tomar. Resta que el Sr. Badad, tal como aparece a trav\u00e9s de los documentos aut\u00e9nticos escritos por mano de los que mejor le conocieron, no deb\u00eda en absoluto revelarse como el director espiritual ideal para una comunidad femenina en formaci\u00f3n. Ciertamente Isabel no tiene entre las manos todos los datos del problema. Ella no ve, no puede ver lo bien fundado de una determinaci\u00f3n que le parece arbitraria, lamentable sobre todo para el bien espiritual de su comunidad. Su hija Anina, sus dos j\u00f3\u00advenes cu\u00f1adas Enriqueta y Cecilia est\u00e1n tambi\u00e9n personalmente muy unidas al Sr. Babad y le escriben a menudo cuando est\u00e1 en Baltimore. Poniendo, sin tar\u00addanza, a Mons. Carroll al corriente de la situaci\u00f3n, ella explicita su pensamiento respecto al confesor que el Sr. Dubourg quiere suplantar. <em>Es una persona en quien tengo la mayor confianza, y a quien soy deudora del mayor progreso espi\u00adritual. <\/em>Ella quiere esperar que el Sr. Dubourg vuelva sobre su veredicto. Se hace insistente en las cartas que le dirige. Que piense que no est\u00e1 s\u00f3lo en causa la -Madre. Ese nuevo sacrificio lo aceptar\u00eda gustosa en cuanto a ella. No cree deber suyo impon\u00e9rselo a sus Hijas.<\/p>\n<p>El Sr. Dubourg no es hombre que reconsidere una decisi\u00f3n. A los ruegos de la Madre Seton \u00e9l se cierra en banda. La Madre, entonces, acude de nuevo al arzobispo. Ella le manifiesta su confusi\u00f3n. \u00bfNo se encuentra entre el superior eclesi\u00e1stico de la comunidad y la comunidad misma como entre la espada y la pared? Inclinarse, sin comprender, ante la prohibici\u00f3n es -le parece- lanzar la turbaci\u00f3n en el esp\u00edritu de las religiosas.<\/p>\n<p><em>Encima de todo esto <\/em>-explica a Mons. Carroll- <em>plac\u00eda a Nuestro Se\u00f1or quitarme todo la que era consolador en la devoci\u00f3n y privarme al mismo tiempo de todo apoyo que El me daba a manera luminosa. El pie de la Cruz ese era mi refugio. Ahora marcho derecha por la Fe&#8230; Me abandono personalmente a Dios sin cesar y comprometo a todas mis compa\u00f1eras a hacer lo mismo.<\/em><\/p>\n<p>Esta simple confesi\u00f3n, en este momento preciso, tendr\u00eda tal vez valor de signo, de signo importante. \u00bfEl hipersensible Sr. Babad tan dado a ver en su propia vida, como en la de los dem\u00e1s, \u00absignos\u00bb, \u00abhechos milagrosos\u00bb, que manifiestan una predilecci\u00f3n por el lado \u00abmaravilloso\u00bb de las intervenciones providenciales, hab\u00eda sido capaz de conducir a la Madre Seton y a sus compa\u00f1eras por el camino de la fe pura que es como lo subraya San Juan de la Cruz \u00abel medio m\u00e1s pr\u00f3ximo y m\u00e1s proporcionado para unir el alma a Dios\u00bb.<\/p>\n<p>Sea lo que fuere de esto, la decisi\u00f3n del Sr. Dubourg permanece irrevocable. M\u00e1s a\u00fan, ante la insistencia de la Madre Seton, brutalmente presenta su dimisi\u00f3n de Superior eclesi\u00e1stico de la Comunidad. En ello, una vez m\u00e1s, lo que los juicios aportados por sus compa\u00f1eros nos ense\u00f1an de su car\u00e1cter, tan pronto a cortar, a decidir, incisivamente, permite con el decurso de la historia, concebir mejor como pudieron desarrollarse los acontecimientos.<\/p>\n<p>Ante la dimisi\u00f3n del Sr. Dubourg, la Madre Seton se hunde. Aquel golpe tan imprevisto, no impresiona s\u00f3lo a su joven Instituto, sino que ella, a quien tantos favores, tantos beneficios materiales hab\u00edan llegado por mediaci\u00f3n del sulpiciano franc\u00e9s, no se perdona haber podido llevarlo a actuar de esa forma. Porque, ahora, voluntariamente, se declara culpable. A ella, a su insistencia indiscreta incumbe la responsabilidad de la ruptura del Sr. Dubourg frente a una obra que no hab\u00eda sido fundada sino gracias a su bondad, a su comprensi\u00f3n y a sus lar\u00adguezas. Ella est\u00e1 dispuesta a reconocer sus errores con tal, sin embargo, que se le muestren claramente. Protesta que ella y todas sus hijas guardan para el Sr. Du\u00adbourg su ternura filial. Le suplica una vez m\u00e1s que no les abandone. En vano.<\/p>\n<p>Cuando, dos meses m\u00e1s tarde, Mons. Carroll llega a Emmitsburg para visitar all\u00ed a la Comunidad, las dificultades persisten. La dimisi\u00f3n del Sr. Dubourg, al persistir, no deja de poner al Sr. Naeot en un serio embarazo. Muchos de los sulpicianos de la primera hora han sido reclamados para Francia por el Sr. Emery, Limita as\u00ed el n\u00famero de los que pueden asumir aquel cargo y aquella responsa\u00adbilidad para con las Hermanas de San Jos\u00e9. Del Sr. Babad evidentemente no hay cuesti\u00f3n. El Sr. Fla\u00e1et ha sido designado para obispo de Baltimore, sin haber re\u00adnunciado sin embargo a su deseo de entrar en los Trapenses de Maryland. Quedan los Sres. Tessier y David. Ni el uno ni el otro, sin duda, parecen tener la compe\u00adtencia requerida para ejercer el cargo delicado que el Sr. Dubourg era capaz de asumir. El Sr. Nagot queda a la expectativa.<\/p>\n<p>El 20 de noviembre de 1809, no obstante, llega al Valle Mons. Carroll. Hace a las Hermanas su primera visita. Gran regocijo en <em>Stone House. <\/em>El arzobispo se muestra de una bondad paternal llena de delicadeza. Enriqueta y Anina reciben de sus manos el sacramento de la Confirmaci\u00f3n. Y no es en la parroquia de San Jos\u00e9 donde tiene luear la ceremonia sino en la peque\u00f1a capilla del convento. Al ver al prelado revestido de los ornamentos pontificales, oficiar como en la catedral en la pieza exigua y tan pobre adonde las Hermanas van cada d\u00eda a recogerse ante el Sant\u00edsimo Sacramento, Isabel comprende que el arzobispo de Baltimore aporta, haciendo aquello, una consagraci\u00f3n a la obra naciente que \u00e9l anima y que bendice.<\/p>\n<p>Sin duda, espera ella que esta visita pastoral aportar\u00e1 igualmente feliz desen\u00adlace a la crisis suscitada el mes de agosto precedente. Pero tomar directamente partido respecto a un nombramiento que parece recaer por derecho en el Superior de los Sulpicianos, es cosa imposible para Mons. Carroll. El lamenta per\u00adsonalmente tambi\u00e9n la dimisi\u00f3n del Sr. Dubourg. Sin embargo no puede m\u00e1s que invitar a la paciencia, a la confianza en Dios a la superiora de la nueva comuni\u00addad cuyo impulso resulta para \u00e9l una causa de alegr\u00eda.<\/p>\n<p>El nombramiento de un superior no es, por otra parte, el \u00fanico problema que, en esta hora, angustia el coraz\u00f3n de Isabel. Mons. Carroll lo sab\u00eda: las obli\u00adgaciones de una vida religiosa que ella hab\u00eda querido, las responsabilidades de una fundadora que ella hab\u00eda tenido que aceptar en consecuencia de acontecimiento; providenciales, ir\u00edan siempre parejas, en ella, a los deberes de la madre de familia que ante todo era ella y ser\u00eda siempre. El desgarramiento era inevitable. La com\u00adplejidad de la situaci\u00f3n, que, de hecho era la suya, pod\u00eda resultar causa de nuevos conflictos.<\/p>\n<p>Jam\u00e1s, es verdad, hasta ahora, hab\u00eda tenido Isabel dificultades con uno o con otro de sus cinco hijos. Traqueteados como hab\u00edan sido, sin embargo, des\u00adde el d\u00eda de la marcha de sus padres a Italia, la muerte de su padre, las pruebas de toda suerte que hab\u00eda conocido su madre, parec\u00edan haber encontrado en la ternura con que ella les rodeaba una compensaci\u00f3n a todo aquello de lo que ha\u00adb\u00edan quedado frustrados, sin saberlo.<\/p>\n<p>Anina, con todo, salida a los nueve a\u00f1os para el lejano viaje a Europa, hab\u00eda estado asociada a unas pruebas cuyo peso era demasiado gravoso para una ni\u00f1a, inconscientemente, su madre, la hab\u00eda considerado demasiado pronto como una amiga con la que se comparten las angustias y las penas. Mir\u00e1ndola como a una adulta que Ana no era todav\u00eda, se defend\u00eda del mal, en el mismo momento de ejercer sobre ella un dominio afectivo que solo se justifica respecto a una ni\u00f1a muy peque\u00f1a, antes del despertar de su Personalidad. Apasionadas ambas, a miles de millas de su pa\u00eds, de su familia, a la hora de la muerte de Guillermo, la madre y la ni\u00f1a hab\u00edan traspasado una sobre otra el exceso de ternura que la muerte prematura de un esposo y de un padre dejaba hervir en sus corazones.<\/p>\n<p>Para Catalina y Rebeca, el problema no se planteaba con la misma crudeza. Rodeadas, cuidadas con exceso en la familia de sus t\u00edas, ellas hab\u00edan conocido enseguida, desde el retorno de su madre a Nueva York, la vida sencilla de un hogar donde ciertamente faltaba la presencia de su madre, pero donde el afecto maternal hab\u00eda bastado, hasta entonces, para colmar su necesidad de seguridad. Ellas eran demasiado peque\u00f1as para tomar verdaderamente conciencia del drama interior que hab\u00eda atravesado su madre. Su vida psicol\u00f3gica no hab\u00eda sido perturbada como la de su hermana mayor. En cuanto a los muchachos, pensionistas en Georgetown, hab\u00edan llevado all\u00ed, hac\u00eda dos a\u00f1os, la vida normal de los co\u00adlegiales de su edad.<\/p>\n<p>Que Ana conozca ahora una crisis afectiva, es cosa inevitable. Acaba de cumplir los 13 a\u00f1os, cuando su madre, dejando definitivamente Nueva York, llega a Baltimore. <em>La mayor dificultad con la que debo contar <\/em>-confiesa en aquel momento la Sra. Seton- <em>es el encanto de mi Ana. No <\/em>sin un cierto leg\u00edtimo or\u00adgullo escribe a Julia Scott, el 3 de octubre de 1808: Tu <em>Ana es para <\/em>m\u00ed <em>una gran ayuda; es una muchacha encantadora, f\u00edsica v moralmente, Desde que est\u00e1 en Baltimore, se hace de tal forma mujer, por su desarrollo f\u00edsico y<\/em> <em>su comportamiento, que apenas la reconocer\u00edas. <\/em>Ana, piensa ahora en su tocador. Se quiere elegante, <em>trata de vestirse como lo est\u00e1n sus compa\u00f1eras y poco a poco, imita sus maneras.<\/em><\/p>\n<p>Nada de inquietante hay, realmente, en esto si no es, en un plano puramente psicol\u00f3gico, el juego de una est\u00fapida competici\u00f3n al que se entregan las jovencitas para seguir la moda del d\u00eda, tratando de parecer, gracias al ajuste excesivamente apretado del cors\u00e9, la del talle m\u00e1s fino.<\/p>\n<p>Con toda evidencia, este a\u00f1o de 1808, la ni\u00f1a, se hace adolescente r\u00e1pida\u00admente. Ella lanza sobre el mundo una mirada nueva, personal y con un estreme\u00adcimiento de todo su ser, descubre nuevos horizontes. Es normal. Pero esta adolescente, que tiene el car\u00e1cter apasionante de su madre, y de su padre una gran fragilidad org\u00e1nica, no ha tenido la infancia serena y distendida que hubiera de\u00adbido prepararla normalmente para este per\u00edodo siempre un poco dif\u00edcil. Arranca\u00adda brutalmente, antes de sus diez a\u00f1os, a unas relaciones familiares que ella hu\u00adbiera debido conocer con sus t\u00edos, sus t\u00edas, las primas, los primos de su edad, qued\u00f3 frustrada, por una serie de circunstancias excepcionales, de una vida de familia expansiva. Y vedla aqu\u00ed llevada a vivir, en plena crisis de crecimiento y pubertad, dentro de un ambiente conventual.<\/p>\n<p>Entre Ana Mar\u00eda y su madre, que hasta ahora ha sido todo para ella, se abre una fosa sin que Isabel sea consciente de ello. Despu\u00e9s de todos los trastornos que ha conocido la familia Seton, desde 1803, Ana Mar\u00eda tendr\u00eda necesidad de otro solaz que el que se le ofrece al presente. Las amistades espirituales que son ahora la confortaci\u00f3n de su madre no son capaces de colmarla a ella. La atm\u00f3s\u00adfera de noviciado, que marca desde 1808 el hogar de Isabel, en Paca <em>Street, <\/em>no es evidentemente la que convendr\u00eda de todo punto a sus hijos.<\/p>\n<p>La hija mayor de la Sra. Seton comienza a oponer una viva resistencia. No podr\u00edamos reproch\u00e1rselo. La vocaci\u00f3n religiosa de su madre no es la suya. \u00bfNo habr\u00eda proyectado Isabel, inconscientemente, sobre su hija su propia vida espiritual, hasta el punto de confundir las dos? De todas formas, suponiendo incluso que la ni\u00f1a hubiese o\u00eddo o est\u00e9 designada a o\u00edr por su cuenta la llamada del Se\u00f1or a la vida religiosa, no es en absoluto de una sana pedagog\u00eda conside\u00adrarla, a sus 13 a\u00f1os, como una monjita. Su crecimiento f\u00edsico como su desarrollo psicol\u00f3gico reclaman imperiosamente otra expansi\u00f3n humana, base indispensable del sano equilibrio requerido, precisamente, para una vida espiritual adulta y aut\u00e9ntica. \u00bfQu\u00e9 de extra\u00f1o, dentro de tal contexto, que la adolescente quede em\u00adbriagada, muy inocentemente, por lo dem\u00e1s, al sentir brotar en su coraz\u00f3n una primera llama de amor por uno de los mayores del colegio Santa Mar\u00eda? \u00bfQu\u00e9 de extra\u00f1o que ella hubiera rehusado, al mismo tiempo, sugerir palabra de esto a su madre cuya censura e incomprensi\u00f3n tem\u00eda secretamente?<\/p>\n<p>En la capilla del colegio donde los alumnos de los dos institutos, de mucha\u00adchos y de muchachas, son llevados para los mismos oficios -oficios previstos para seminaristas menores, y, con toda evidencia, demasiado largos para los de m\u00e1s- la mirada admirativa de un colegial se ha posado sobre Ana Mar\u00eda. \u00a1Qu\u00e9 fina es y graciosa, y bonita, la hija de la Sra. Seton! A su vez Anina ha levantado sus ojos. Carlos Dupavillan es un alumno de las clases terminales. El debe tener de 16 a 18 a\u00f1os. Pertenece a una excelente familia cat\u00f3lica de !as Antillas fran\u00adcesas. Ha sido enviado de la Guadalupe a Baltimore por su madre, que es viuda y de la que es hijo \u00fanico. Carlos quer\u00eda que Anina pidiera autorizaci\u00f3n para ha\u00adblarle. Anina se niega. Es pues, en la capilla donde se prosiguen, por un tiempo los silenciosos di\u00e1logos. M\u00e1s elocuentes que las palabras pueden se las diarias ojeadas que ellos se cambian. Es poco, sin embargo. Se llega a las misivas. Gui\u00adllermo y Ricardo traen desde ahora en sus libros de clase las notas dulces de Carlos para recibir en gran secreto, con la misi\u00f3n de devolv\u00e9rselas, las que a escondidas ha redactado su hermana mayor para \u00e9l. Juego apasionante, en el, que los dos hermanitos son pronto maestros consumados, hasta el d\u00eda en que su madre sorprendi\u00f3 el secreto de Ana.<\/p>\n<p>Con este descubrimiento Isabel enloquece, se siente herida personalmente. Prueba, estas l\u00edneas trazadas espont\u00e1neamente con destino a Catalina Dupleix: <em>\u00a1Mi Anina -ah\u00ed est\u00e1 mi dolor- mi Anina, tan joven, tan encantadora, tan pura, presa en un peque\u00f1o romance apasionado de juventud! Como te digo \u00a1ella ha dado su coraz\u00f3n sin que yo lo sepa! Despu\u00e9s de esto \u00bfqu\u00e9 podr\u00eda hacer una ma\u00addre desgraciada, que ama perdidamente, si no es jugar el papel de amiga y confi\u00addente, esforz\u00e1ndome en disipar mi abatimiento y tomando el partido -si no hay remedio- de ayudar a Anina con mi amor y mi compasi\u00f3n?<\/em><\/p>\n<p>Si las palabras tienen un sentido, est\u00e1 claro que la tristeza de Isabel viene aqu\u00ed, en primer lugar, del hecho de que su hija hubiese dispuesto de su coraz\u00f3n sin que ella, su madre, lo hubiera sabido por unas confidencias que le habr\u00edan sido debidas. Feliz a\u00fan, si ella juega ahora \u00abese papel de amiga y de confidente\u00bb que de veras deber\u00eda ser el suyo en la circunstancia. Pero parece que \u00abeste amor perdido\u00bb, del que ella no hace misterio, le impide mirar el problema con una sere\u00adna objetividad. Al leer las cartas m\u00faltiples dirigidas en esta circunstancia con destino a Isabel Sadler o a Julia Scott, uno no est\u00e1 obligado a reconocer que Isabel no ha actuado hacia Ana Mar\u00eda como se hubiera esperado de una educa\u00addora de valer como, sin embargo, era ella.<\/p>\n<p>En todo caso, es un error contrariar con que requiere ciertamente ser prudentemente respetado de todas formas. De haberse sentido tomada en serio por su madre, considerada ella como mujer que se va haciendo, es de presumir que Ana Mar\u00eda hubiera dado su confianza. Pero, justamente, su madre persiste en ver en ella la ni\u00f1a que ella ya no es. Yo <em>no tenga reproches que hacerle <\/em>-escribe ella a Isabel Sadler- pues <em>es imposible que una ni\u00f1a pueda estar m\u00e1s estrechamente vigilada o prudentemente aconsejada que mi Anina. \u00bfNo <\/em>ser\u00eda precisamente esta actitud misma la que, en este caso exacto, estar\u00eda sometida a reproches? Julia Scott, que es madre tambi\u00e9n, da, sin embargo, a su amiga que le grita su angustia este jui\u00adcioso consejo: Ya <em>pienso que nosotras esperamos demasiado de la naturaleza humana, si esperamos de nuestros hijos una confianza ilimitada.<\/em><\/p>\n<p>En realidad, Isabel se encara con la falta de confianza de su hija como con un estado de cosas inconcebible. La muerte prematura de su marido, cualquiera que haya sido el esp\u00edritu sobrenatural con el que aquella muerte fue aceptada, no dej\u00f3 de exacerbar menos en la joven viuda la necesidad apasionada de ternu\u00adra que la caracteriza. Ella confiesa con toda franqueza a Julia: Es <em>una madre apasionada. \u00bf<\/em>Por qu\u00e9 no reconocerlo? Es todav\u00eda en esta \u00e9poca, en el plano psico\u00adl\u00f3gico, una \u00abmadre posesiva\u00bb. Una rectificaci\u00f3n ha de realizarse y se realizar\u00e1, en efecto, en el curso de los a\u00f1os siguientes, dolorosa y necesariamente.<\/p>\n<p><em>La ascesis cristiana <\/em>-explica muy justamente uno de los m\u00e1s juiciosos entre los psic\u00f3logos modernos- <em>consiste en desprenderse de la posesi\u00f3n y no en olvi\u00addarse. Es, adem\u00e1s, mucho m\u00e1s dif\u00edcil en la pr\u00e1ctica&#8230; Cuando se trata de una relaci\u00f3n con un sujeto humano, el otro reacciona ante la posesi\u00f3n con actitudes, conscientemente o no, de defensa&#8230; De ah\u00ed el malestar y a veces la ruptura entre dos seres que hasta entonces viv\u00edan en total armon\u00eda. El ejemplo m\u00e1s impresio\u00adnante es el conflicto demasiado frecuente de am joven o una joven y sus padres<\/em>.<\/p>\n<p>A esta desposesi\u00f3n total frente a aquellos a quienes ama, frente a sus hijos sobre todo, Isabel no llegar\u00e1 sino m\u00e1s tarde. El Sr. Dubois que hab\u00eda seguido el trabajo de la gracia en su alma tan vibrante, dirigir\u00e1 en 1812 al Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur una carta que hablar\u00e1 largamente a este prop\u00f3sito. De esta falla psicol\u00f3gica no tomar\u00e1 todav\u00eda conciencia la madre de Ana Mar\u00eda en 1809. As\u00ed mismo, para explicar, si no para justificar, esta especie de dominio maternal del que ella no piensa que le ser\u00eda menester desprenderse, pod\u00edan invocarse causas v\u00e1lidas.<\/p>\n<p>El sentido de su propia responsabilidad espiritual frente a sus hijos, desde su retorno de Liorna se le present\u00f3 como tr\u00e1gico. Paca ser fiel a sus nuevas con\u00advicciones religiosas se vio obligada a aceptar una ruptura brutal con los suyos. Su compromiso con la fe cat\u00f3lica no fue solamente para ella un compromiso per\u00adsonal. Fue, en realidad, el compromiso de los cinco hijos que ella hab\u00eda tra\u00eddo al mundo y de los que ella se sab\u00eda responsable ante Dios.<\/p>\n<p>Desde 1806, apenas unos meses despu\u00e9s de su profesi\u00f3n de fe, ella da cuen\u00adta a Mons. Carroll del problema que deriva de aquella situaci\u00f3n. Suplica al obis\u00adpo de Baltimore que pese, antes de darle las directrices que ella reclama de \u00e9l, y reflexione en lo que ser\u00eda de sus hijos peque\u00f1os en el caso de que su muerte, cuya eventualidad le hace considerar el estado precario de su salud, les privara de su tutela. Si <em>ellos quedan en su situaci\u00f3n actual, ser\u00edan entonces, desaparecida yo, arrancados a nuestra fe, <\/em>que los otros miembros de su familia consideraban \u00abcomo un amasijo de errores\u00bb, y todo se pondr\u00eda en obra para separarlos de ella.<\/p>\n<p>Ahora bien, en el pensamiento de su madre, no es solamente su adhesi\u00f3n efectiva a la fe lo que ser\u00eda entonces puesto en causa, sino su salvaci\u00f3n eterna. Desde 1806, la preocupaci\u00f3n de la perseverancia final de sus hijos la persigue sin tregua. Y la perseguir\u00e1 hasta sus \u00faltimos d\u00edas, tomando a veces la forma de una verdadera obsesi\u00f3n. En esta ansiedad espiritual, justa en sus fundamentos, exce\u00adsiva en sus modalidades, encuentra una secreta complicidad la ternura apasionada Isabel.<\/p>\n<p>As\u00ed se puede, al parecer, explicar la forma desconcertante de actuar de ella con su hija mayor. Desde el comienzo de 1809, Anina ha sido debidamente ser\u00admoneada. Es excesivamente joven para comprometerse como ella ha pretendido hacerlo. Ten\u00eda que haber desconfiado de toda iniciativa personal sin el consenti\u00admiento expreso de su madre. Carlos vendr\u00e1 a verla, una sola vez, a casa. Anina y \u00e9l podr\u00e1n hablar juntos, pero en presencia de la Sra. Seton. Luego, todo quedar\u00e1 en eso, por el momento. Una carta dirigida a Julia Scott, el 2 de marzo, no deja en pie ninguna duda en cuanto al tenor de los reproches y de los consejos que han sido procurados a la adolescente.<\/p>\n<p><em>Parece que desde el momento en que ella ha tomado conciencia del malestar y de la tristeza que me causaba, el terror de su esp\u00edritu alarmado ha hecho cesar toda la zarabanda de imaginaci\u00f3n que la hab\u00eda cegado; y se ha hecho d\u00f3cil y atenta a mi voluntad, como si mi voluntad no estuviera opuesta a la suya. Pobre hija, hija querida, yo no s\u00e9 c\u00f3mo ella puede ser tan paciente; yo me acuerdo bien que a su edad, yo no lo hubiera sido, sin ver ya nada, sin o\u00edr ya nada del bienamado.<\/em><\/p>\n<p>\u00a1Extra\u00f1a declaraci\u00f3n, en verdad! Isabel afirma no menos que ser\u00e1 particular\u00admente dichosa, si los proyectos de Emmitsburg pueden realizarse, llevando a su hija mayor lejos de Baltimore. <em>Ser\u00e1 probablemente un medio eficaz de librar a Ana de las secuelas de su imprudencia. Pues si el joven Dupavillon permanece riel a su afecto, tiene toda la posibilidad de obtener su demanda; si no fuera que su dicha propia exige que ella no vea ya al muchacho.<\/em><\/p>\n<p>La conclusi\u00f3n ser\u00eda excelente si las premisas de este razonamiento no hubieran sido falseadas <em>a priori. <\/em>\u00bfDe d\u00f3nde viene, en efecto, el terror que ha hecho cesar &#8211;como dice Isabel- lo que ella llama la imaginaci\u00f3n, la ceguedad de Anina, \u00bfno es la sola conciencia que la adolescente ha cobrado de haber disgustado a su madre? Ella sabe que Carlos ha recibido la autorizaci\u00f3n de escribirle a Emmits\u00adburg, pero con la condici\u00f3n formal de que todas sus cartas pasar\u00e1n antes por la censura materna. \u00bfLos usos y costumbres de la \u00e9poca bastan para justificar tal exigencia? En toda hip\u00f3tesis, ella crea un malestar peligroso tanto en el joven que se siente supervisado, como en la adolescente en quien hace nacer un sen\u00adtimiento de falsa culpabilidad.<\/p>\n<p>Isabel ha obtenido, sin embargo, todos los informes deseables y tranquiliza\u00addores sobre Carlos Dupavillon. <em>S\u00e9 respecto de \u00e9l m\u00e1s que Anina misma &#8211; confesar\u00e1 <\/em>ella a Isabel Sadler- <em>y esto, por intermedio del Sr. Babad, que hab\u00eda desea do siempre que Ana pudiera ganar el afecto de Carlos de la manera que ella lo ha ganado, que parece s\u00f3lida y leal&#8230;<\/em><\/p>\n<p>Sea lo que fuere de las esperanzas que su madre le ha permitido mantener para un porvenir lejano, Ana Mar\u00eda ha dejado Baltimore en plena crisis afectiva. Enriqueta se hace su confidente. El pensamiento de ambas se lanza a trav\u00e9s del oc\u00e9ano, hacia Guadalupe, hacia Jamaica. Andr\u00e9s&#8230; Carlos&#8230; Uno se imagina cu\u00e1ntas veces estos nombres vienen a sus labios y el tono de sus conversaciones y el estremecimiento de su ser joven, que tiende hacia el amor.<\/p>\n<p>Cuando llega a Enriqueta la carta desconcertante de Andr\u00e9s Bayley \u00bfc\u00f3mo no iba a compartir ella la confusi\u00f3n de su joven t\u00eda? Se invierten de repente los papeles. En el coraz\u00f3n ardiente de Anina, todo encendido de esperanza, Enrique va vierte ahora la amargura de su decepci\u00f3n. Desamparada, Anina, reh\u00fasa bus\u00adcar junto a su madre el sosiego de que tiene necesidad.<\/p>\n<p>Veros\u00edmilmente Julia Scott propone tomar alg\u00fan tiempo a la adolescente en su casa de Filadelfia, lo que hubiera sido para Ana Mar\u00eda una feliz diversi\u00f3n. Isabel cree deber suyo negarse. Si <em>t\u00fa la tuvieras en tu casa <\/em>-escribe ella a su amiga el 20 de septiembre de 1809- <em>ser\u00eda para ti una fuente de disgusto per\u00adpetuo, pues su crecimiento prosigue y ella se evade a esa obediencia ciega que \u00bfno tiene derecho a esperar de una ni\u00f1a que no tiene 15 a\u00f1os<\/em>.<em>Ella est\u00e1 sujeta<\/em> <em>a cambios de humor que la hacen de tal desigualdad de car\u00e1cter, que resulta muy dif\u00edcil hacerla feliz; ser\u00e1 necesario para eso que haya adquirido madurez y que la experiencia le haya dado las lecciones necesarias. El gran error, por mi parte, <\/em>-concluye Isabel- <em>ha sido el de haber hecho de ella demasiado temprano mi amiga y mi compa\u00f1era.<\/em><\/p>\n<p>En esto ve con exactitud. Pero, con un cerrojazo brutalmente echada, ahora que su hija est\u00e1 en edad de hacer el aprendizaje de una vida personal, su madre no se resigna a verla emprender su vuelo, fuera de ella, lejos de ella. Error psicol\u00f3gico manifiesto, que los textos escritos por la mano de la Sra. Seton no permiten poner en duda por desconcertante que ello sea.<\/p>\n<p>Ahora bien, mientras Isabel mantiene, sin saberlo, la confusi\u00f3n y la ansiedad en el coraz\u00f3n de su hija mayor, Guillermo le da, a su vez, en otro plano, serias inquietudes. La semana que precede o que sigue a la visita de Mons. Carroll y a la confirmaci\u00f3n de Enriqueta y de Anina, abate al muchacho una fuerte gripe. Se le tiene que trasladar cerca de su madre, a <em>Stone House. <\/em>Los cuidados con que se le rodea, de d\u00eda y de noche, parecen ineficaces. Pronto se pierde toda es\u00adperanza de detener el mal fulminante.<\/p>\n<p><em>Mi Guillermo recibiendo la extremaunci\u00f3n y tan bien preparado para la muer\u00adte <\/em>-anotar\u00e1n los <em>Dear Remembrances-. Su calma y su silencio en el paroxismo de su fiebre, mientras que su t\u00eda Enriqueta y su madre cantaban por \u00e9l las Le\u00adtan\u00edas&#8230;<\/em><\/p>\n<p>Contra toda esperanza, sin embargo, Guillermo se repone. La vitalidad de sus 13 a\u00f1os recobra ventaja tan r\u00e1pidamente como el mal le hab\u00eda aniquilado. Se junta a sus compa\u00f1eros en el Monte Santa Mar\u00eda. Entonces es a Enriqueta a quien hay que instalar en la enfermer\u00eda. Desde el mes de noviembre las jaque\u00adcas a que ha estado <em>siempre sometida <\/em>la joven, se redoblan de repente. Vencida por el mal, Enriqueta debe guardar cama. En cuatro semanas la enfermedad -\u00bffiebre cerebral o meningitis tuberculosa?- da cuenta de su juventud y de su vigor. El 21 de diciembre, recibe los \u00faltimos sacramentos de manos del Sr. Du\u00adbois. Tono Es PAZ Y AMOR -dec\u00eda ella-. <em>Escuchad el latido de mi coraz\u00f3n en el huerto de Getseman\u00ed. \u00a1Ved c\u00f3mo le flagelan! \u00a1Oh Jes\u00fas m\u00edo, yo sufro conti\u00adgo&#8230;! \u00a1Jes\u00fas m\u00edo, t\u00fa sabes que yo creo en Ti, que yo Te amo!<\/em><\/p>\n<p>As\u00ed evocar\u00e1n los <em>Dear Remembrances <\/em>los \u00faltimos momentos de Enriqueta, que se extingue antes del amanecer del 22 de diciembre de 1809. Se la entierra en el recinto de la comunidad, a la sombra de los grandes robles, en el rinc\u00f3n preciso donde unas semanas antes, ella, en el curso de un paseo, hab\u00eda se\u00f1alado, riendo, el lugar de su tumba.<\/p>\n<p>En Nueva York la muerte de Enriqueta Seton, apenas conocida, levanta una ola de indignaci\u00f3n, de esc\u00e1ndalo. \u00bfQu\u00e9 necesidad hab\u00eda tenido ella, \u00abla bella En\u00adriqueta\u00bb de escuchar \u00abla voz de sirena\u00bb de su cu\u00f1ada, de dejarse seducir a su vez, para acabar miserablemente a los 20 a\u00f1os? Dos d\u00edas despu\u00e9s de Navidad, Isabel escribe a Julia Scott: <em>Nuestras monta\u00f1as est\u00e1n muy negras, las praderas todav\u00eda verdes, y mis seres queridos retozan con los corderos, excepto la pobre Ana que siente profundamente la p\u00e9rdida de su amiga, de su confidente. Se paseaban siempre juntas, compart\u00edan la misma cama&#8230; En cuanto a m\u00ed, como si fuera un trozo de hierro, o una roca, sigo, d\u00eda tras d\u00eda, como a El le place y cuanto le pla\u00adce&#8230; \u00a1Pero, claro est\u00e1, cuando llegue mi turno estar\u00e9 muy contenta!<\/em><\/p>\n<p>Parece que, por un momento Isabel siente quebrantarse su \u00e1nimo. Dos Her\u00admanas de la comunidad est\u00e1n enfermas. Anina tambi\u00e9n. Epidemia de gripe, qui\u00adz\u00e1s, cuyo primer afectado habr\u00eda sido Guillermo, y que los conocimientos de la \u00e9poca no permit\u00edan diagnosticar ni detener como en nuestros d\u00edas. Isabel, vali\u00e9n\u00addose de las experiencias precedentes, teme inmediatamente lo peor. <em>Comienzo a ver verdaderamente a d\u00f3nde vamos, <\/em>escribe no sin melancol\u00eda a Mons. Carroll en los primeros d\u00edas de enero de 1810.<\/p>\n<p>El nombramiento del Sr. David como superior eclesi\u00e1stico de la comunidad acaba de tener lugar por otra parte, en el curso del oto\u00f1o de 1809. Isabel tem\u00eda este nombramiento, no sin raz\u00f3n. El retrato que sus cohermanos trazaron de Jean-Baptiste David deja presentir la forma como \u00e9l asumir\u00e1 la responsabilidad que el Sr. Nagot ha acabado por confiarle. Es de esos hombres que, por la pre\u00adocupaci\u00f3n de objetividad \u00edntegra, se hacen incapaces de posar una mirada objetiva tanto sobre los seres como sobre los acontecimientos, olvidando que las situaciones est\u00e1n en perpetuo cambio y los seres humanos en constante transformaci\u00f3n. De una sola mirada, el Sr. David abarca la situaci\u00f3n y la juzga seg\u00fan su \u00f3ptica personal. Los matices se le escapan como la movilidad de la vida. Cree poder resolver las cuestiones delicadas y vitales como se resuelve una ecuaci\u00f3n alge\u00adbraica. No es en absoluto propio de su car\u00e1cter, por otra parte, volverse sobre el juicio que ha dado acerca de las personas y acerca de las cosas. Nada de com\u00fan entre \u00e9l y la Madre Seton. Ning\u00fan punto de contacto verdadero. Ning\u00fan di\u00e1logo posible. Desde los primeros d\u00edas, ella toma conciencia de ello y se encuentra como paralizada.<\/p>\n<p>En realidad, apenas el Sr. David entra en el cargo, ase las riendas del gobier\u00adno con una rigidez que no es quiz\u00e1s por su parte sino la consecuencia del terror secreto que le obsesiona: no desempe\u00f1ar seg\u00fan la perfecci\u00f3n requerida la tarea que le est\u00e1 confiada. Semejante tendencia de esp\u00edritu nada tiene de expansiva. Es con este esp\u00edritu, no obstante, como el Sr. David piensa cumplir su deber, en el sentido estricto de la palabra. Responsabilidad espiritual, responsabilidad material, quiere asumir todo, tanto en las grandes l\u00edneas como en los m\u00e1s pe\u00adque\u00f1os detalles, sobre todos los planos a la vez: vida conventual, formaci\u00f3n de los sujetos, organizaci\u00f3n de la vida escolar.<\/p>\n<p>El no comprende d\u00f3nde acaban los l\u00edmites de su poder sobre la comunidad, y d\u00f3nde comienzan los de la autoridad de la superiora. Se inmiscuye, de buena fe, sin duda, pero con detrimento del orden y de la paz en un dominio que no es el suyo. Tal como se revelar\u00e1 incapaz, unos a\u00f1os m\u00e1s tarde, de colaborar por falta de flexibilidad, con aquel hombre de real val\u00eda cual era el Sr. Badin, en Kentucky, del mismo modo, choca de frente, en Emmitsburg con la superiora y fundadora de las Hermanas de San Jos\u00e9. Ella no cree su deber entrar en todas las miras del Sr. David. El Sr. David se niega a renunciar a su forma personal de juzgar los hechos. Desde entonces su decisi\u00f3n est\u00e1 tomada: a la Madre Seton la sustituir\u00e1 Sor Rosa White, pura y simplemente.<\/p>\n<p>Otros fundadores y otras fundadoras conocieron semejante prueba: piedra de toque de su desasimiento frente a una obra de la que Dios quiere permanecer el due\u00f1o. Basta con evocar, entre otros muchos nombres, el de Jeanne Juga..l, fundadora de las Hermanitas de los Pobres, el de santa Rafaela Mar\u00eda Porras, fun\u00addadora de las Esclavas del Sagrado Coraz\u00f3n de Jes\u00fas y m\u00e1s pr\u00f3ximo todav\u00eda a nosotros, el de Th\u00e9r\u00e9se Soubiran.<\/p>\n<p>Sobre solo el plano humano, tales hechos parecen incalificables. Pero, precisa\u00admente, los instrumentos que el Se\u00f1or escoge para trabajar de forma especial en la extensi\u00f3n de su Reino, no se mueven sobre solo el plano humano. <em>Son movidos por el Esp\u00edritu <\/em>como dice san Pablo (Rom 8, 14) y sin buscar comprender por qu\u00e9 caminos Dios les gu\u00eda, se abandonan a El en paz. Configurados con la imagen de Cristo que <em>con ser Hijo de Dios, no retuvo celosamente el rango que le igualaba a Dios, sino que se anonad\u00f3&#8230; haci\u00e9ndose obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz (Filp 2, 6-8), <\/em>poco les importa, al fin, de qu\u00e9 instrumentos se sirve Dios para conducirles, a su vez, al m\u00e1s \u00edntimo despojamiento. No quiere decir, sin embargo, que su coraz\u00f3n humano se haya hecho insensible. Simple\u00admente, l\u00facidamente tambi\u00e9n, ellos asumen el sufrimiento, la injusticia, el olvido, en la fe.<\/p>\n<p>E1 instrumento que debe desposeer a Isabel Seton frente a la obra que Dios mismo le ha confiado ser\u00e1 el Sr. David. Durante los dieciocho meses que durar\u00e1 el mandato de su cargo, \u00e9l proseguir\u00e1 su plan, esforz\u00e1ndose por todos los me dios en llegar a sus fines. Con seguridad Isabel no hab\u00eda solicitado ni el t\u00edtulo de fundadora ni el de superiora. Ella hab\u00eda deseado consagrarse al Se\u00f1or en la vida religiosa. Nada m\u00e1s. No era que temiese que se la descarga de lo que ella consi\u00adderaba no como un honor, sino como un mayor servicio. Resta que las actuaciones del Sr. David pon\u00edan en peligro la cohesi\u00f3n misma de la comunidad amenazando la vida de la congregaci\u00f3n naciente, corriendo el riesgo de conmover los funda\u00admentos de la caridad fraterna as\u00ed como de la mutua confianza. Sor Rosa White, por otra parte, no ha maniobrado para obtener el cargo del que su director espi\u00adritual ha decidido por s\u00ed mismo, hacerla investir. Su afecto por la Madre Seton es profundo y leal. La confianza que ella le ofrece no puede ponerse en duda. Es evidente que ella misma hab\u00eda sufrido personalmente por la forma de actuar del Sr. David.<\/p>\n<p><em>Un millar de sufrimientos, un millar de millares de alegr\u00edas&#8230; dispensaci\u00f3n de la gracia&#8230; <\/em>As\u00ed resumir\u00e1n los <em>Dear Remembrances <\/em>aquel per\u00edodo crucial de los comienzos de la comunidad de Emmitsburg. Es un hecho: dichas y desdichas siguen entrecruzando sus hilos de seda y sus hilos de lana para que se teja d\u00eda tras d\u00eda la obra de Dios.<\/p>\n<p>El <em>20 <\/em>de febrero de 1810, las Hermanas dejan <em>Stone House <\/em>que resulta dema\u00adsiado peque\u00f1a. Gracias a la competencia y a la actividad del Sr. Dubois, se eleva ahora en el Valle una nueva casa, m\u00e1s amplia que la primera, mejor adapta da tambi\u00e9n a la vida conventual as\u00ed como a la labor escolar que all\u00ed se debe desarrollar. Es <em>White House, <\/em>la Casa Blanca, situada un poco al este, a nivel in\u00adferior, de la aglomeraci\u00f3n del pueblo de San Jos\u00e9. Es preciso, con todo, subir una ligera pendiente para llegar all\u00e1 seg\u00fan se viene de <em>Stone House. <\/em>El traslado se har\u00e1 solemnemente. Se organiza una verdadera procesi\u00f3n. Abre la marcha el Sr. Dubois, llevando el Sant\u00edsimo Sacramento. Le sigue la Madre Seton con las Hermanas de la comunidad. Luego viene el grupo de las alumnas y entre ellas Ana Mar\u00eda. S\u00f3lo Sor Cecilia es incapaz de hacer a pie el trayecto, relativa\u00admente corto, que separa las dos casas. Ahora es Cecilia quien est\u00e1 fulminada de una extrema fatiga. Se la transporta en una camilla. No se trata ciertamente en su caso, de una gripe m\u00e1s o menos maligna.<\/p>\n<p>Aunque las instalaciones de <em>White House <\/em>est\u00e1n lejos de terminarse, la comu\u00adnidad, toma posesi\u00f3n de la nueva morada con una verdadera alegr\u00eda. \u00bfNo era la Casa Blanca para las Hermanas el primer convento regular? Ser\u00e1 m\u00e1s todav\u00eda:<\/p>\n<p>la primera de las escuelas parroquiales de USA. En efecto, el 22 de febrero, d\u00eda de la fiesta de la C\u00e1tedra de San Pedro en Antioqu\u00eda, se acoge en <em>White <\/em><em>Hou.se<\/em> a las tres primeras externas, tres muchachas del pueblo: fecha importante en los Anales del Catolicismo en Am\u00e9rica.<\/p>\n<p>El mes siguiente, en la solemnidad de San Jos\u00e9, 19 de marzo, el Sr. Dubois canta la misa mayor en la capilla de la Casa Blanca. No importa que la cons\u00adtrucci\u00f3n material de la casa no est\u00e9 terminada. Aquel d\u00eda -dir\u00e1n las cr\u00f3nicas- \u00ad<em>es un d\u00eda de gala <\/em>a pesar de la indigencia, vecina de la miseria que marca la ins\u00adtalaci\u00f3n, incluso la de la capilla. Un cuadro de Cristo y de su Madre que Isabel ha podido traer de Nueva York es su \u00fanico ornamento, con dos candelabros de plata. Se ha adornado el altar con laurel silvestre y flores recogidas en el soto. Pero el Se\u00f1or est\u00e1 all\u00ed presente, y es la mayor de las alegr\u00edas. La misa, es verdad, no ser\u00e1 celebrada sino rara vez en la capilla de <em>White House, <\/em>por falta de cele\u00adbrantes. Pero al menos las Hermanas ir\u00e1n a hacer all\u00ed cada d\u00eda su meditaci\u00f3n y su adoraci\u00f3n. Ser\u00e1 menester continuar mucho tiempo todav\u00eda traslad\u00e1ndose a una de las dos iglesias del barrio para asistir all\u00ed a la misa diaria.<\/p>\n<p>El d\u00eda luminoso de 19 de marzo hab\u00eda de ser seguido de cerca por horas en las que, una vez m\u00e1s, \u00ablas sombras de la muerte\u00bb cubrir\u00edan el valle. Al d\u00eda si\u00adguiente de la Anunciaci\u00f3n, el 26 de marzo de 1810 Isabel escrib\u00eda a Julia:<\/p>\n<p><em>Cecilia va a seguir pronto a Enriqueta&#8230; unos meses, unas semanas, \u00bfqu\u00e9 dir\u00e9 yo? Ambas me eran m\u00e1s queridas que yo misma. Nos separamos y la natu\u00adraleza gime; en cuanto a m\u00ed es una angustia que me anonada, nada en absoluto de ruidosos sollozos, m\u00e1s el esp\u00edritu herido de estupor, aturdido. Al cabo de diez minutos, recobra su equilibrio habitual y todo contin\u00faa como si nada hubiera ocurrido. \u00a1Es siempre lo que experimento en el momento de la muerte de los que me son queridos! \u00bfPero qu\u00e9? La fe levanta el esp\u00edritu por un lado y la esperanza por el otro. La experiencia dice que debe ser as\u00ed, y el amor: \u00a1que sea as\u00ed!<\/em><\/p>\n<p>Unos d\u00edas m\u00e1s tarde, por consejo urgente del Dr. Chatard, Isabel se pone en marcha hacia Baltimore, llevando a su joven cu\u00f1ada, a fin de confiarla a un especialista franc\u00e9s, sin ilusionarse, sin embargo, con el resultado de su gesti\u00f3n. Si Mons. Carroll aprueba personalmente el viaje es para que se proporcione al mismo tiempo a Cecilia el consuelo de la presencia y de los consejos de su padre espiritual, el Sr. Babad, en aquellos d\u00edas que ser\u00e1n sin duda para ella los \u00faltimos aqu\u00ed abajo. Sor Susan, en cuanto enfermera, acompa\u00f1ar\u00e1 a la enferma. Ana Ma\u00adr\u00eda tambi\u00e9n, para rodearla hasta el fin de su cari\u00f1o. Triste despedida.<\/p>\n<p>La familia de George Weis, <em>nuestro excelente amigo <\/em>-como lo subrayan los <em>Dear Remembrances- <\/em>acoge a las viajeras agotadas de fatiga. Durante tres se\u00admanas, les ofrece su generosa y delicada hospitalidad, es decir, hasta despu\u00e9s de la fiesta de Pascua, hasta despu\u00e9s de <em>la dulce muerte de Cecilia el 29 de abril de <\/em>1810. Duras semanas, en verdad, para la Madre Seton, que pasa junto a Cecilia, sin contar con su fatiga, largas horas de vela, diurnas y nocturnas, y debe, ade\u00adm\u00e1s, recibir visitas, a veces muy indeseables. Pues hay, entre los amigos de la familia Seton, quienes le hacen en cierto modo culpable de la muerte prematura de sus cu\u00f1adas cuya vida no ha lucido mucho tiempo en Emmitsburg.<\/p>\n<p>M\u00e1s que nunca la Madre fundadora se siente \u00edntimamente destrozada. \u00bfC\u00f3mo hacer frente al mismo tiempo a unos deberes que se superponen y parecen a veces oponerse? Su comunidad por un lado, sus hijos por el otro. \u00bfY a qui\u00e9n debe, al fin, dar la prioridad? El estado de esp\u00edritu de Anina persiste en inquie\u00adtarla. La muerte de Sor Cecilia, la novicia de la comunidad de Emmitsburg, tan pr\u00f3xima a la muerte de Enriqueta, la desdichada novia de Andr\u00e9s Bayley, hace zozobrar el coraz\u00f3n de la adolescente. \u00bfC\u00f3mo llevarla al Valle en tal estado? \u00bfPero c\u00f3mo dejarla sola en Baltimore, donde Carlos Dupavillon termina precisa\u00admente sus \u00faltimos meses de estudios? Una circunstancia material va a zanjar la cuesti\u00f3n. En el veh\u00edculo que debe conducir a la vez a Emmitsburg a las viajeras y el ata\u00fad de Cecilia, solamente podr\u00e1n tener plaza, con el cochero, dos personas. La Madre Seton y Sor Susan deben obligatoriamente volverse. Es Anina quien se quedar\u00e1. La Sra. Robert Barry le abre de coraz\u00f3n su casa, no s\u00f3lo por unos d\u00edas de espera, sino por todo el verano y para todo el a\u00f1o si ella lo desea. As\u00ed Anina podr\u00eda en mejores condiciones que en el Valle proseguir sus estudios de dibujo y de m\u00fasica, de que ella gusta.<\/p>\n<p>Isabel se deja tirar de la mano. El 3 de mayo Anina acaba de cumplir sus 15 a\u00f1os. Es la primera vez que su madre se separa de su hija mayor. Ella no se atreve a hacer el balance de todos los peligros a los que en su terror, cree dejarla expuesta. Porque he aqu\u00ed que ya Luisa y Emilia Caton, j\u00f3venes, a decir verdad, mundanas y superficiales, han hecho a Ana Mar\u00eda los m\u00e1s seductores proyectos. Est\u00e1n dispuestas a introducirla en el turbi\u00f3n de los placeres ficticios de que est\u00e1 tejida su vida. Deprimida f\u00edsicamente, conmovida por la muerte de Cecilia, Isabel enloquece literalmente. Por consiguiente no termina de multiplicar ante su hija recomendaciones, normas y prohibiciones. Ana Mar\u00eda no deber\u00e1 jam\u00e1s encontrar\u00adse a solas con Carlos Dupavillon. Todas las cartas dirigidas a ella o que ella es\u00adcriba deber\u00e1n ser le\u00eddas por la Sra. Barry. En cuanto a las invitaciones de la familia Caton, Anina no deber\u00e1 aceptar bajo ning\u00fan pretexto. Con la muerte en el alma y a punta de nervios tambi\u00e9n, la Madre 5eton vuelve a emprender con Sor Susan el camino de Emmitsburg en la carreta donde se ha izado el ata\u00fad de la primera de las Hermanas de la Caridad partida para la eternidad.<\/p>\n<p>La inquietud la roe todav\u00eda respecto a su hija durante el mes de julio. Prueba, estas l\u00edneas dirigidas a Julia Scott: <em>Cuando vi a mi Anina en peligro de muerte <\/em>-en el mes de diciembre precedente- <em>experiment\u00e9 un sentimiento de alegr\u00eda mezclado de dolores de alumbramiento, regocij\u00e1ndome con su inocencia y sope\u00adsando para el futuro el peso de la miseria humana&#8230;<\/em><\/p>\n<p>Uno tiene la impresi\u00f3n de que, en el pensamiento de Isabel, su hija, desde que no est\u00e1 ya bajo su tutela inmediata, est\u00e1 en perpetuo peligro de perderse. Tal actitud de su madre guarda a la adolescente en un infantilismo que no puede ser m\u00e1s que lastimoso. En realidad, las crisis en que se debate Anina entran ahora en una nueva fase m\u00e1s violenta, m\u00e1s grave que la primera. Su sensibilidad tre\u00adpidante acaba de ser exarcebada por los dolorosos acontecimientos tan cercanos uno al otro. Su personalidad, pr\u00e1cticamente biso\u00f1a, busca firmeza en las mil na\u00adder\u00edas de la vida. Ella se alegra, inconscientemente tal vez, de encontrarse libe\u00adrada de la tutela de su madre, y, al mismo tiempo, est\u00e1 afectada al verse separada de ella por primera vez. Los consejos m\u00faltiples que ha recibido la oprimen y sin embargo, la atan. Ella ve a Carlos Dupavillon pero no se siente m\u00e1s libre respec\u00adto a \u00e9l. Sobre la llama vibrante y clara de su amor naciente, han sido arrojados demasiados consejos, demasiadas reticencias que la ahogan ahora. Un sentimien\u00adto confuso de culpabilidad ha herido su impulso. Ella se sabe comprometida frente al joven, si no por una promesa formal, al menos por su primer compor\u00adtamiento. \u00bfPero c\u00f3mo ver claro en esto?<\/p>\n<p>En el momento de dar su adi\u00f3s a Carlos que se embarca para la Guadalupe, asegur\u00e1ndole que volver\u00e1 al a\u00f1o siguiente, har\u00e1 su petici\u00f3n oficial y llevar\u00e1 a Anina, si consiente en seguirle para siempre, ella se niega obstinadamente a darle el beso que le implora como prenda de su amor rec\u00edproco y fiel. Confusamente, Carlos se da cuenta de que entre \u00e9l y el coraz\u00f3n de Anina, a quien ama, est\u00e1 el coraz\u00f3n de su madre, y que eso no es normal. Incluso dentro de unos meses aceptar\u00eda Ana Mar\u00eda embarcarse a su vez, rompiendo de un mismo golpe las amarras que, en el plano afectivo, la atan apasionadamente a la Sra. Seton. Se concibe que dentro de este contexto de cosas, el joven haya podido plantearse la cuesti\u00f3n. A la hora en que el velero que le transporta se aleja, sabe que una fisura, que \u00e9l consumar\u00e1 personalmente, dentro de unos meses, se le har\u00eda sin raz\u00f3n reproche. Pero, es mucho m\u00e1s desconcertante, frente a las consecuencias que van a derivarse para el futuro de Anina, que su madre no vea de primeras m\u00e1s que un motivo de alegrarse. Como si, finalmente, no pudiera concebir para su hija una vida que la separara de ella permitiendo a la adolescente de hoy, a la mujer de ma\u00f1ana, tomar sus riesgos personales, inevitables, sin estar, sin em\u00adbargo, en oposici\u00f3n con la vocaci\u00f3n que es suya. \u00bfC\u00f3mo interpretar en otro sen\u00adtido la carta escrita a Julia Scott todav\u00eda el 20 de julio de 1810?<\/p>\n<p><em>Anina no est\u00e1, en este momento, en estado de integrarse en su entorno. Calma, taciturna, y siempre concentrada y hasta melanc\u00f3lica, no encuentra otro placer que el de su trabajo y el de su piano. Su \u00abAlexis\u00bb le ha hecho llegar dos cartas t\u00edpicas del idilio de su edad. Pero jam\u00e1s hubiera podido yo creer -yo que fui anta\u00f1o Betty Bayley- que nunca seg\u00fan lo que ella dice las dos veces, le haya dado la menor muestra tangible de afecto. Y <\/em>transcribe las propias l\u00edneas dirigidas desde la Guadalupe por el joven a la que ama: <em>Anina, t\u00fa te me has negado siem\u00adpre y yo he respetado tu reserva, pero, en el \u00faltimo momento, cuando yo te dej\u00e9 tal vez para zozobrar en el mar, \u00bfpod\u00edas t\u00fa continuar neg\u00e1ndome un beso? \u00a1Una prueba, una sola, de que yo te era querido! El recuerdo de que persististe en obrar as\u00ed hasta el fin es para m\u00ed una perpetua nube de tristeza.<\/em><\/p>\n<p>\u00bfPero la reserva excesiva de que ha dado prueba Ana no le estaba dictada, en realidad, por las prohibiciones de su madre? Sin encararse siquiera a esta hip\u00f3tesis, Isabel no quiere descubrir en alto, personalmente, sino una especie de virtud heroica que aureolaba ya a su hija dentro del sentido intransigente de su deseo materno. El comentario del incidente sea cual fuere, tiene un sonido extra\u00f1o.<\/p>\n<p><em>\u00a1Bagatelas de palabras! \u00a1Pero para m\u00ed son una armon\u00eda celestial! \u00a1Que rni querida haya podido tener una virtud y una pureza evang\u00e9lica, en este amanecer primero de su amor naciente y juvenil -pues para m\u00ed, no hay duda alguna, Anina no est\u00e1 exenta de pasi\u00f3n-, es una alegr\u00eda para su madre, una alegr\u00eda que s\u00f3lo una puede conocer!<\/em><\/p>\n<p>Ante tal confidencia, uno no se puede librar de cierta inquietud. \u00bfNo est\u00e1 la madre de Ana Mar\u00eda, sin quererlo, sin darse siquiera cuenta de ello, proyectan\u00addo simplemente sobre su hija su propia vocaci\u00f3n? En la misma carta, sin embargo, ella afirma con tanta fuerza y sinceridad, que de tener que renunciar por el bien de sus hijos a la vida religiosa cual es la suya en Emmitsburg, ella dar\u00e1 siempre la primac\u00eda a sus deberes de madre.<\/p>\n<p><em>&#8230;Una situaci\u00f3n cual es la m\u00eda aqu\u00ed, como ya te dije, resulta -de todas las que yo podr\u00eda imaginar- la m\u00e1s conforme a mi car\u00e1cter, a mis sentimientos, a mi amor de la tranquilidad -yo no digo a mi felicidad, t\u00fa sabes que no se da Libertad que da la soledad, vida en el campo, abundancia de lo que es necesario, creo yo, para responder a las exigencias de la naturaleza, ventajas reales para el desarrollo intelectual, todo eso lo tengo aqu\u00ed. De suerte que el pensamiento de vivir ahora fuera de nuestro Valle, me parecer\u00eda imposible, si yo me perteneciese a m\u00ed misma. Pero los queridos hijos tienen sus derechos, los primeros, y yo tengo que guardarlos, inviolables. En consecuencia, si sucediera que los deberes a los que estoy comprometida fuesen incompatibles con los que me obligan respecto a ellos, he tomado el solemne compromiso ante Mons. Carroll, como ante mi pro\u00adpia conciencia, de dar la prioridad a mis seres queridos y anteponer su ventaja a todas las cosas.<\/em><\/p>\n<p>Es imposible negar la sinceridad de tal afirmaci\u00f3n. \u00a1Extra\u00f1a contradicci\u00f3n, sin embargo! Presta a sacrificarse, efectivamente, por sus hijos, a olvidarse por ellos, Isabel sigue siendo al mismo tiempo, aun sin saberlo, una madre posesiva. Prueba manifiesta de que las fallas psicol\u00f3gicas evidentes de una naturaleza como la suya no ponen en causa ni su lealtal ni su generosidad esencial. Pues as\u00ed lo hace notar tambi\u00e9n uno de nuestros psic\u00f3logos modernos: <em>El esp\u00edritu es insepara\u00adble en nosotros del psiquismo&#8230; y el acontecimiento espiritual que se realiza entre dos libertades, una santa -la de Dios- otra pecadora -la nuestra-, tiene lu\u00adgar en el seno de nuestra vida ps\u00edquica, y no, fuera de ella. Ser\u00eda, pues, un error confundir santificaci\u00f3n y realizaci\u00f3n de la persona moral<\/em>.<\/p>\n<p>No hay que a\u00f1adir menos que Isabel, este a\u00f1o de 1810, parece ignorar las re\u00adpercusiones dolorosas que su actitud ha suscitado en el coraz\u00f3n de Anina y m\u00e1s todav\u00eda las consecuencias que pueden derivar por parte del joven. Pues triste mente Carlos Dupavillon se embarc\u00f3, la primavera anterior, para zarpar hacia las Antillas, dejando en Baltimore a una Anina inquieta, perturbada, que en su propio coraz\u00f3n no llega ya a ver claro, no sabiendo ya finalmente si debe andar en sus propios sentimientos o en los de su madre.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Todo tiene su momento, y su tiempo todo quehacer bajo el cielo. Un tiempo el nacer, y un tiempo el morir; un tiempo el plantar, y un tiempo el arrancar &#8230; lo plantado. 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