{"id":9629,"date":"2016-08-14T13:00:40","date_gmt":"2016-08-14T11:00:40","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/01\/23\/isabel-seton-la-biografia-20-las-montanas-azules\/"},"modified":"2016-07-26T09:40:18","modified_gmt":"2016-07-26T07:40:18","slug":"isabel-seton-la-biografia-20-las-montanas-azules","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/isabel-seton-la-biografia-20-las-montanas-azules\/","title":{"rendered":"Isabel Seton, la biograf\u00eda: 20 &#8211; Las monta\u00f1as azules"},"content":{"rendered":"<p><em>Se\u00f1or, T\u00fa eres mi Dios,<br \/>\nyo te exalto y celebro tu nombre;<br \/>\nporque T\u00fa has ejecutado tu maravilloso designio<br \/>\nlargo tiempo madurado, real y verdadero.<br \/>\nIs 25, 1-2<\/em><\/p>\n<p>En la carta dirigida el <em>23 <\/em>de mayo de 1809 desde Baltimore a su amiga Julia Scott, Isabel, haciendo alusi\u00f3n a la instalaci\u00f3n pr\u00f3xima de su peque\u00f1a comuni\u00addad en Emmitsburg, en la finca de <em>Fleming Farm, <\/em>traza en unas l\u00edneas, no sin una candidez encantadora, el programa, tal coma se la representa, del papel de superiora, que va ser el suyo.<\/p>\n<p><em>Es cierto que voy a estar a la cabeza de la comunidad que seguir\u00e1 unas reglas determinadas. Pero esas leyes, no ser\u00e9 yo quien las d\u00e9 o quien estar\u00e1 en\u00adcargada de obligar a las dem\u00e1s a observarlas. Las que las hayan abrazado y escogieran, a continuaci\u00f3n, infringirlas encontrar\u00e1n en \u00a1ni tan s\u00f3lo una amiga para llamarlas al orden. Pera toca al Sr. Dubourg llegar a corregirlas, y hasta des\u00adpedirlas.<\/em><\/p>\n<p>Tal afirmaci\u00f3n dejar\u00eda suponer que, desde el 1\u00b0 de junio de 1809, el Sr. Du\u00adbourg queda nombrado Superior del Instituto naciente. En realidad, es el Sr. Nagot quien asume esta responsabilidad, temporalmente al menos, ya que encargarse de una congregaci\u00f3n femenina no cuadra con las reglas de la Compa\u00f1\u00eda de San Sulpicio.<\/p>\n<p>La situaci\u00f3n de los Sulpicianos, como la de entonces, en Maryland, justifica, sin embargo, una mitigaci\u00f3n de las reglas mismas. El Sr. Nagot que es todav\u00eda Superior de los misioneros franceses ha aceptado, en efecto, convertirse igual mente en Superior de la peque\u00f1a comunidad de Hermanas, bajo La autoridad de Mons. Carroll. Pero es evidente que el Sr. Nagot, que cumplir\u00e1 pronto <em>75 <\/em>a\u00f1os, declina sobre el Sr. Dubourg la organizaci\u00f3n de la vida conventual, la elaboraci\u00f3n de las primeras reglas, como las negociaciones que est\u00e1n entonces en curso para la transformaci\u00f3n y arreglo de las locales de la granja <em>Fleming, <\/em>adquirida en Emmitsburg, gracias al don liberal del Sr. Cooper. Porque es ciertamente en Emmitsburg, aquel pueblo situado a 50 kms. al norte de Baltimore, donde van a instalarse la Madre Seton y sus hijas. Es en Emmitsburg, donde va a nacer verdaderamente su obra, hundiendo all\u00ed sus ra\u00edces profundas y f\u00e9rtiles.<\/p>\n<p>Un hombre de valer, que sirve pr\u00e1cticamente a las dos parroquias de San Jos\u00e9 y de Santa Mar\u00eda, se ha adquirido ya all\u00ed cierto renombre. Es un sacerdote franc\u00e9s. Desde fines del a\u00f1o 1808 -8 de diciembre, al parecer-, ha sido agregado a la Compa\u00f1\u00eda de San Sulpicio. Se llama Juan Dubois. No tiene a\u00fan 45 a\u00f1os. En 1826 ser\u00e1 el primer obispo que tome posesi\u00f3n de la sede episcopal de Nueva York, cuyo primer titular hab\u00eda muerto antes de haber podido llegar a su di\u00f3cesis. As\u00ed Mons. Dubois ser\u00e1 considerado, \u00e9l tambi\u00e9n, como uno de los Padres de la Iglesia de Am\u00e9rica.<\/p>\n<p>Nacido en Par\u00eds en 1764, hizo sus estudios en el colegio Louis le Grand, teniendo por condisc\u00edpulos a Maximiliano de Robespierre y a Camilo Des.mou\u00adlins. Recibi\u00f3 su formaci\u00f3n clerical de los Oratorianos en Saint-Magloire, donde conoci\u00f3 a Juan Luis Lefebvre de Cheverus. Ordenado sacerdote en 1787 hab\u00eda sido nombrado canell\u00e1n de las \u00abpetites Maisons\u00bb, hospicio y orfelinato a la vez, que dirig\u00edan las Hijas del Sr. Vicente y que ocupaba el emplazamiento actual de la plaza del \u00abBon March\u00e9\u00bb rebasando hasta el \u00e1ngulo del bulevar Raspail y la calle de la Chaise.<\/p>\n<p>Por el hecho del cargo que ocup\u00f3 en las \u00abPetites Maisons\u00bb, el Sr. Dubois ha podido pensar especialmente en la obra de las Hijas de la Caridad, cuyo g\u00e9nero de vida conoc\u00eda bien. Habiendo rehusado, en 1791, prestar el juramento exigido por la Constituci\u00f3n civil, y considerado, desde entonces, como refractario, se embarc\u00f3 en el Havre, provisto de unas cartas de recomendaci\u00f3n firmadas por La Fayette. Anenas desembarcado en los Estados Unidos es recibido all\u00ed por Andr\u00e9 Jackson, futuro presidente, y de \u00e9l, se ganar\u00e1, m\u00e1s tarde, este juicio halagador: \u00abEl Sr. Dubois es el hombre m\u00e1s fino y m\u00e1s cultivado que yo haya encontrado jam\u00e1s\u00bb.<\/p>\n<p>Encargado por Mons. Carroll de las \u00abcongregaciones\u00bb, es decir, de las parro\u00adquias cat\u00f3licas establecidas en Maryland, lleva, durante m\u00e1s de quince a\u00f1os, la vida de misionero itinerante, obligado a recorrer millas y millas para tomar con tacto con sus ovejas, diseminadas en un territorio inmenso. Porque entre las ciu\u00addades de Baltimore y de San Luis, no habr\u00e1, en los primeros tiempos al menos, m\u00e1s curas que \u00e9l. Emmitsburg era una de las postas donde habitualmente se de\u00adten\u00eda para tomar aliento en medio de su periplo fatigable. All\u00ed encontraba a veces a uno que otro de los Sulpicianos franceses y era recibido por ellos en Baltimore. \u00a1Por qu\u00e9 no juntarse a ellos? \u00bfTotalmente? Pide su admisi\u00f3n en la Compa\u00f1\u00eda. En ella es recibido en 1808. Por providencial que sea esta admisi\u00f3n, no es, menos un error de cambio de agujas. En 1824, el Sr. Dubois recobrar\u00e1 su libertad, no por una menor exigencia en el servicio del Se\u00f1or, sino a fin de entregarse con un sentido un poco diferente a la vida misionera, tal como ella se le presenta, concretamente. No obstante, a pesar de no estar todav\u00eda ligado a la Compa\u00f1\u00eda, \u00e9l acaba de abrir por s\u00ed mismo una escuela de muchachos en Emmitsburg. La escuela responde all\u00ed a una necesidad evidente. Los comienzos parecen prome\u00adtedores. En cuanto el fundador se hace miembro de San Sulpicio, la escuela va a transformarse en colegio-seminario, sobre el modelo del colegio Santa Mar\u00eda de Baltimore. El seminario menor que los Sulpicianos hab\u00edan establecido, unos a\u00f1os antes en Pensilvania, en Pigeon Hill, es trasladado pronto a Emmitsburg.<\/p>\n<p>El Sr. Dubois es din\u00e1mico, emprendedor. Roturar, construir, fundar, respon\u00adde a las necesidades de este hombre de acci\u00f3n, presto siempre a formar nuevos planes, pero tambi\u00e9n a realizarlos sobre el terreno sin contar con su dificultad. Crear de punta a cabo un nuevo centro de apostolado en Maryland no es para espantarle. El es capaz de asumir las tareas m\u00e1s diversas, por turno y hasta si\u00admult\u00e1neamente: arquitecta, alba\u00f1il, profesor, rector, p\u00e1rroco, catequista&#8230; \u00bfES siempre un excelente administrador financiero? Tendr\u00edamos derecho a dudarlo si hacemos caso al menos, de las cartas escritas por sus cohermanos entre 1816 y 1820. Pero es entonces una \u00e9poca crucial para el futuro de la obra establecida en Emmitsburg y quiz\u00e1s era preciso jugar el todo por el todo.<\/p>\n<p>Parecer\u00eda, sobre todo, a juzgar por el conjunto de la vida del Sr. Dubois, que \u00e9l no era un temperamento para plegarse a una disciplina como la de San Sulpicio. Ten\u00eda necesidad, para actuar y para llevar a cabo bien las empresas a las que no se lanzaba a la ligera, de tomar sus iniciativas, sus responsabilidades. Capaz de asumir riesgos que algunos llamaban temeridad, y que no eran en \u00e9l sino la ex\u00adpresi\u00f3n de una osad\u00eda de buena ley, apoyada en una confianza sobrenatural aut\u00e9n\u00adtica, resulta, adem\u00e1s, un tanto original.<\/p>\n<p>Ingresado en la Compa\u00f1\u00eda a los 40 a\u00f1os pasados, no llegar\u00e1 jam\u00e1s a meterse en un reglamento que \u00e9l respeta pero que supone para \u00e9l una traba m\u00e1s que un medio de perfecci\u00f3n. \u00abEst\u00e1 por la dem\u00e1s muy unido a San Sulpicio -dir\u00e1 de \u00e9l el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur, el 20 de agosto de 1815- y desea verse en regla con su vocaci\u00f3n\u00bb. Pero, justamente, su vocaci\u00f3n no es con toda claridad la de un Sulpiciano, de un Sulpiciano de comienzos del siglo XIX por lo menos.<\/p>\n<p>Hombre de buen sentido, directo, jovial, va derecho al fin. Choca con sus cohermanos, y entre ellos las que le aman y aprecian es sobre todo por la forma desenvuelta con que juzga los prejuicios de la \u00e9poca, las clases (sociales), la mentalidad. Con un inconformismo que pasa entonces por revolucionario: tiene ese arte de adaptarse a cualquier situaci\u00f3n y naturalmente har\u00eda suya la expresi\u00f3n del ap\u00f3stol: \u00abMe hago jud\u00edo con los jud\u00edos, a fin de ganar a los jud\u00edos&#8230; Me hago d\u00e9bil con las d\u00e9biles a fin de ganar a los d\u00e9biles. Me hago todo a todos 3 fin de salvar a toda costa a algunos&#8230;\u00bb (1 Cor 9, 20-22).<\/p>\n<p>Tranquilamente da cuenta a sus superiores de lo que ha decidido y realizado: \u00abHe hecho construir un puente de piedra para salvar un barranco por donde era menester pasar para acarrear la le\u00f1a de la monta\u00f1a&#8230; He comprado a buen precio dos negras de las que una es mi cocinera, plaza de la que es demasiado dif\u00edcil que un blanca de este pa\u00eds quiera encargarse&#8230; \u00ab. Dos cartas de este g\u00e9nero llegadas a Par\u00eds entre 1810 y 1820, pod\u00edan hacer bramar a unos esp\u00edritus timo\u00adratos. Tales actuaciones pasaban efectivamente en Francia por extravagantes, cuando nadie se ofuscaba en los Estados Unidos, en la misma \u00e9poca. Misionero en Am\u00e9rica, el Sr. Dubois comprend\u00eda por instinto que \u00e9l no deb\u00eda inculcar a los americanos, una mentalidad europea, sino todo al contrario esforzarse por entrar \u00e9l en sus maneras de ver, de juzgar y de obrar. Es en lo que \u00e9l estaba adelan\u00adtado un siglo al menos sobre su tiempo.<\/p>\n<p>El pueblo de Emmitsburg exist\u00eda hac\u00eda ya m\u00e1s de veinte a\u00f1os. Su fundaci\u00f3n remontaba al a\u00f1o 1786. Una peque\u00f1a iglesia, dedicada a San Jos\u00e9, hab\u00eda sido construida all\u00ed desde 1793, lo que llevar\u00eda a probar que los primeros colonos eran cat\u00f3licos. La poblaci\u00f3n de 1808 contaba varios centenares de habitantes, irlan\u00addeses, sobre todo, y alemanes, a los que se un\u00edan los negros, libres o esclavos, con sus familias. Casi un cincuenta por ciento eran cat\u00f3licos romanos. Entre los de\u00adm\u00e1s se codean luteranos, presbiterianos, episcopalianos, cu\u00e1queros y meto\u00addistas. El grupo de cat\u00f3licos domina por su unidad. Emmitsburg ha servido, adem\u00e1s, hace tiempo, de campo de base, se dir\u00e1 habitualmente, a los misioneros del Maryland y de Pensilvania. En 1808 a pesar de que haya en el pueblo un p\u00e1rroco residente, de edad y sin gran competencia, el Sr. Dubois asume pr\u00e1c\u00adticamente la responsabilidad de la parroquia de San Jos\u00e9. Aunque el lugar no sea muy conforme, existe no obstante, una segunda iglesia al otro lado del valle, al oeste. Un santuario hab\u00eda sido construido de madera al pie de la monta\u00f1a de Santa Mar\u00eda, consagrada muy naturalmente a la Madre de Dios, ya que, seg\u00fan la leyenda extendida a trav\u00e9s del pa\u00eds, uno de los primeros colonos Guillermo Elder, hab\u00eda dedicado precisamente a la Virgen la monta\u00f1a y el terreno del que \u00e9l y los suyos acababan de tomar posesi\u00f3n. En 1808, los cat\u00f3licos de Emmits\u00adburg hab\u00edan construido para el Sr. Dubois una especie de chalet de troncos. Dos a\u00f1os m\u00e1s tarde, una nueva iglesia, Santa Mar\u00eda, construida en ladrillo, reempla\u00adzaba la primitiva y se ergu\u00eda no ya en declive sino sobre la pendiente misma del mont\u00edculo y figurando, por este hecho, dominar el pueblo cuyo campanario apun\u00adta en medio de las casas que se agrupaban en torno a la parroquia.<\/p>\n<p>Un dibujo a pluma del Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur, conservado en los archivos de los Sulpicianos de Par\u00eds, ha fijado con una extraordinaria precisi\u00f3n la topograf\u00eda de los lugares y la situaci\u00f3n respectiva de los edificios que, desarroll\u00e1ndose poco a poco en torno al pueblo de San Jos\u00e9, le dieron, en 1820 su fisonom\u00eda propia. Al nordeste encaramado en la cima de una colina cubierta de \u00e1rboles el pueblo primitivo domina el valle. Un puente de madera, echado sobre el peque\u00f1o r\u00edo Santo Tom\u00e1s -Tom&#8217;s creek-, especie de torrente de monta\u00f1a, da acceso a las laderas de la monta\u00f1a de Santa Mar\u00eda. R\u00edo arriba, un molino, cuya rueda hacen girar las aguas. Los dos edificios del colegio y del seminario, separados uno del otro, se elevan a una y otra parte de otra peque\u00f1a corriente de agua que cruzan tres puentes, de los que uno es sin duda el puente de piedra que hizo construir el Sr. Dubois. El camino serpentea en seguida, trepando hasta la iglesia de Santa Mar\u00eda.<\/p>\n<p>Al este, en el valle, al pie de San Jos\u00e9 se elevar\u00e1n pronto los edificios de la comunidad de las Hijas de la Madre Seton. En este a\u00f1o de 1808 el terreno per\u00adteneciente a Fleming Farm no est\u00e1 quiz\u00e1 enteramente roturado. Las laderas de las colinas, y las riberas del r\u00edo Santo Tom\u00e1s, est\u00e1n llenas de \u00e1rboles. El roble <em>-white oak- <\/em>es el \u00e1rbol del Maryland, como la orop\u00e9ndola <em>-Baltimore oriole\u00ad<\/em>es su p\u00e1jaro y la margarita amarilla de coraz\u00f3n negro <em>-black-eyed-Susan- su <\/em>flor y su emblema. A la sombra de los grandes robles, a trav\u00e9s de las praderas, abundan las flores y los p\u00e1jaros no acaban de dar sus conciertos en los sotos y en los claros de bosque. La descripci\u00f3n b\u00edblica del Salmo 103 parece evocar un lugar semejante a Maryland.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>En los barrancos T\u00fa haces brotar las fuentes, ellas corren por medio de las monta\u00f1as, ellas abrevan todas las bestias de los campos. Los onagros, sedientos, las esperan&#8230;<br \/>\nEl ave del cielo anida junto a ellas bajo el follaje alza su trino.<br \/>\nPs 103, 11-12<\/em><\/p>\n<p>La cadena de las Monta\u00f1as Azules <em>-the Blue Ridge- <\/em>tanto la m\u00e1s pr\u00f3xima, como la m\u00e1s lejana sirve de fondo de cuadro a las colinas, al pueblo, de una y otra parte del valle, y se concibe que los habitantes a Emmitsburg, hablen indiferentemente de la Monta\u00f1a o del Valle, para designar el sitio maravilloso donde el Sr. Dubois hab\u00eda preparada, sin saberlo, la cuna de la primera congregaci\u00f3n americana.<\/p>\n<p>Tan pronto como <em>Fleming Farm House <\/em>est\u00e9 dispuesta para recibir a las Her\u00admanas y a las alumnas a ellas confiadas, es claro, que la Madre Seton y su comu\u00adnidad dejar\u00e1n Baltimore por Emmitsburg. La marcha est\u00e1 prevista para la segunda quincena de julio. No obstante, el 12 de junio, llegaban a <em>Paca Street <\/em>Ce\u00adcilia y Enriqueta Seton. De no haber dependido m\u00e1s que de ella, Cecilia se hu\u00adbiera juntado a su cu\u00f1ada hac\u00eda tiempo. \u00bfNo hab\u00eda solicitado ella su admisi\u00f3n entre las primeras compa\u00f1eras de la fundadora? \u00bfNo ten\u00eda, ella tambi\u00e9n que ha\u00adberse vestido el h\u00e1bito de las Hermanas de la Caridad de Am\u00e9rica con Cecilia O&#8217;Conway, Mar\u00eda Murphy, Susan Clossy y Mar\u00eda Ana Butler, aquel 31 de mayo de 1808? En realidad, era el lado por el que, al parecer, deb\u00eda venirle la ayuda m\u00e1s eficaz para responder a una vocaci\u00f3n cierta, donde Cecilia hab\u00eda encontrado los mayores obst\u00e1culos.<\/p>\n<p>Deseoso de abrir en New York una escuela para las muchachas, el director de Cecilia, P. Antonio Kohlmann, S. J., lejos de favorecer la marcha de la joven, no hab\u00eda cesado de ponerle trabas. Para impedir a Cecilia llegar a Baltimore, \u00e9l encontraba razones que hacer valer, pareciendo ignorar a la vez el deseo de su penitente y la situaci\u00f3n imposible que, de nuevo, era la suya en New York. Jaime Seton desaprueba abiertamente el proyecto de la escuela proseguido por el Padre Kohlmann. Los Ogden y los Farquhar persisten en llevar contra la cu\u00f1ada de Isabel una lucha diaria, que, a la larga, se revela agotadora para Cecilia. Hasta tal punto que la Sra. Seton ha cre\u00eddo deber suyo dar cuenta de ello a Mons. Ca\u00adrroll mismo. Pero es pr\u00e1cticamente imposible para el arzobispo oponerse abier\u00adtamente a los proyectos del viejo jesuita alem\u00e1n, elegido \u00e9l tambi\u00e9n para ponerse al servicio de la di\u00f3cesis americana. La Madre Seton es demasiado fina para no comprenderlo. Dios har\u00e1 caer -ella est\u00e1 persuadida de ello- todos los obs\u00adt\u00e1culos que se oponen al presente a la vocaci\u00f3n de Cecilia, a la hora que El tiene marcada. Pesada, sin embargo, sigue siendo la prueba de la joven. Isabel lo sabe y, maternalmente, se esfuerza con sus cartas en animarla y sostenerla, maravillada de ver al mismo tiempo, hasta que punto se ilumina y se transforma en el crisol de la prueba, el alma sencilla y fiel de Cecilia.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>T\u00fa triunfar\u00e1s <\/em>-le dice ella ya el 8 de agosto de 1808- <em>pues es Jes\u00fas quien combate por ti&#8230; El no abandonar\u00e1 un instante ni sufrir\u00e1 que el menor mal se<\/em><\/p>\n<p><em>te acerque. Si no puedes llegar al redil protector que te aguarda El te lo har\u00e1 en su propio regazo hasta que tu tarea sea cumplida. \u00a1Qu\u00e9 dulces deben de ser tus tratos con el Esp\u00edritu divino cuando en tu coraz\u00f3n no obstante tan inexperto, tan ignorante, pone la ciencia de los santos. Tu pobre hermana te pide ruegues por ella. Yo estoy en el reposo, mientras que t\u00fa escalas la cumbre del sufrimiento&#8230; Por el momento yo estoy recibiendo cada d\u00eda y a cada hora m\u00e1s preciosos con\u00adsuelos, no con la dicha entusiasta que -tu ya lo sabes- he experimentado ya, sino dulcemente ofreciendo renunciar a ellos con agradecimiento en el momento mismos de gustarlos. Tu carta ser\u00e1 objeto de acciones de gracias y de alegr\u00eda en nuestro amado Se\u00f1or, m\u00e1s all\u00e1 de todo c\u00e1lculo humano&#8230; Y <\/em>a\u00f1ade, repitiendo la frase de Teresa de \u00c1vila: <em>\u00a1S\u00f3lo Dios basta!<\/em><\/p>\n<p>Cecilia recibi\u00f3 su <em>exeat <\/em>en la primavera de 1809. R\u00e1pidos fueron los prepa\u00adrativos de la marcha. El 1\u00b0 de junio se puso en camino. Su hermano Samuel la conduce a Baltimore. Enriqueta, su hermana, les acompa\u00f1a. Durante el per\u00edodo particularmente penoso que ha atravesado Cecilia, Enriqueta ha conocido a\u00f1os de placeres y de \u00e9xitos mundanos casi ininterrumpidos. Bella, bell\u00edsima, admirada, adulada en todos los salones de la sociedad selecta de Nueva York, Enriqueta era de todos los bailes, de todas las fiestas, de todas las recepciones. Andr\u00e9s Bayley Barclay, uno de los hijos nacidos del segundo matrimonio del Dr. Bayley, ha pedido su mano. Todo parece sonre\u00edrle. Y sin embargo, Enriqueta experimen\u00adta en el fondo de ella misma un vac\u00edo inexplicable. Por un momento, con Cecilia, hab\u00eda entrevisto otro ideal. Otros bienes estaban deparados para ella, otras ale\u00adgr\u00edas, en otro plano. No que se tratara para ella de una vocaci\u00f3n religiosa, sino de una vida espiritual profunda, m\u00e1s personal que la de su medio social, y cuyo deseo la hab\u00eda como imantado hacia el catolicismo. Ante los sarcasmos, las bur\u00adlas, las amenazas de los suyos, ha capitulado. Le parece a veces que por perse\u00adguir el placer y la vida f\u00e1cil ha perdido la felicidad. Andr\u00e9s Bayley acaba de partir, sin ella, para Jamaica. El debe volver a Nueva York durante el verano para desposar a \u00abla bella Enriqueta\u00bb y llevarla con \u00e9l, esta vez, a su isla lejana. \u00bfVolver\u00e1 \u00e9l? Un secreto presentimiento parece advertir a Enriqueta de la incons\u00adtancia de su novio. En realidad, Andr\u00e9s Bayley es un gran inestable, como lo son pr\u00e1cticamente todos los hijos del Dr. Bayley, como se van a revelar pronto sus dos nietos Guillermo y Ricardo, los hijos de Isabel. Cuando los viajeros llegan a Baltimore son recibidos con los brazos abiertos por la Madre Seton. Enriqueta y Cecilia \u00bfno le hab\u00edan sido confiadas, una y otra, diez a\u00f1os antes, despu\u00e9s de la muerte de sus padres? \u00bfNo las hab\u00eda ella rodeado de ternura igual que a sus pro\u00adpios hijos? En cuanto a Cecilia ning\u00fan problema parece plantearse. Ella se con\u00advierte inmediatamente en Sor Cecilia y tiene su puesto entre las otras Hermanas sin esperar siquiera a haber tomado el h\u00e1bito.<\/p>\n<p>El Sr. Babad es entonces el confesor de la comunidad. Como se hab\u00eda ganado la confianza de Isabel, un a\u00f1o antes, el d\u00eda mismo de su llegada a Baltimore, ha conquistado la de sus cuatro primeras compa\u00f1eras. Ha tenido ya ciertamente con Cecilia algunas relaciones epistolares. Prueba, estas l\u00edneas dirigidas a su cu\u00f1ada por Isabel, poco antes de su partida de Nueva York: <em>Nuestro santo Padre Babad ha llorado de alegr\u00eda leyendo tu carta&#8230; <\/em>Naturalmente, entonces, el Sr. Babad to\u00admar\u00e1 igualmente, bajo su cayado, desde su llegada, a la temblorosa Enriqueta.<\/p>\n<p>El ministerio que \u00e9l ejerce ante las Hermanas responde a su celo apost\u00f3lico. Podr\u00e1 ser, sin embargo, que la forma como \u00e9l lo ejerce no est\u00e9 exenta de una nota sentimental y rom\u00e1ntica cuyos inconvenientes no dejan de tener ciertos ries\u00adgos. Y la direcci\u00f3n de las almas es cosa grave y delicada.<\/p>\n<p>Para dispensar a sus hijas espirituales, consejos, avisos, consuelos, el Sr. Ba\u00adbad est\u00e1 siempre disponible. Ausente, las hace tener largas misivas donde se agotan las piadosas aspiraciones. A la Madre Seton le parece una cosa excelente de todo punto que el Sr. Babad se haga cargo de las dos reci\u00e9n llegadas, aunque Enriqueta sea y permanezca una episcopaliana. Otras, sin duda, tienen desde es:, momento sobre la misma realidad un juicio diferente.<\/p>\n<p>Hay para Isabel otro motivo de inquietud. Desde su llegada a Baltimore, el estado de salud de Cecilia se revela alarmante. La Madre Seton se apresura a consultar al Dr. Chatard, un m\u00e9dico franc\u00e9s, gran amigo de los Sulpicianos, excelente especialista. El diagn\u00f3stico del Dr. Chatard est\u00e1 lejos de ser tranquilizador. Cecilia est\u00e1 tocada de tisis. Si algo es capaz todav\u00eda de mantener a raya el mal, al menos por un tiempo, ser\u00e1 precisamente el aire puro y vigorizante de las mon\u00adta\u00f1as. En tales condiciones, la Madre Seton adelantar\u00e1 gustosamente la fecha de la primera salida prevista para Emmitsburg. Pero la casa de <em>Fleming Farm &#8212;Stone House- <\/em>no es habitable en absoluto. Es menester contar con un mes largo antes de pensar en ocuparla.<\/p>\n<p>Apenas avisado de la situaci\u00f3n, el Sr. Dubois propone dejar provisionalmen\u00adte su chalecito de madera a la Madre Seton. Si ella quiere contentarse con \u00e9l para ella y para las tres o cuatro personas que la acompa\u00f1en, \u00e9l lo pone sobre el terreno a su disposici\u00f3n. Consultado el Sr. Nagot y el Sr. Dubourg dan su asenti\u00admiento. As\u00ed, el 21 de junio, un primer equipo se pone en marcha hacia las Monta\u00f1as Azules. La Madre Seton, a quien acompa\u00f1a Enriqueta y Cecilia, lleva con ella a Sor Mar\u00eda Murphy y a su hija mayor Anina. Anina deja en realidad Baltimore a su pesar, encontr\u00e1ndose, por primera vez en su vida, en desacuerdo y hasta en oposici\u00f3n con su madre. A los 14 a\u00f1os y medio, la adolescente, dema\u00adsiado temprano asociada a las pruebas, y a los acontecimientos que han pertur\u00adbado, en todos los planos, una vida familiar inaugurada de forma tan diferente en la casa de Wall Street, en la \u00e9poca de su nacimiento, sue\u00f1a ahora en algo bien distinto que el agreste y lejano retiro del convento de Emmitsburg. Ana Mar\u00eda acaba de hacer en Baltimore su primera experiencia de vida personal, de vida afectiva, fuera de su hogar, impregnado cada vez m\u00e1s, por la fuerza de las cosas de una atm\u00f3sfera conventual. Con raz\u00f3n o sin ella, Isabel ha decidido, sin em\u00adbargo, que Anina forme parte del primer grupo que marcha a la Monta\u00f1a.<\/p>\n<p>De no ser precisamente la crisis que atraviesa la adolescente, unida al estado de salud de su joven t\u00eda de 17 a\u00f1os, el viaje, proseguido durante casi tres d\u00edas, por una carretera que serpentea entre las praderas y los bosques, rodea las colinas e insensiblemente gana altura, hubiera sido s\u00f3lo una maravillosa salida. La, cuatro viajeras han tomado sitio en una de esas carretas de ruedas enormes de madera, las mismas que utilizaban los primeros colonos. Gruesas lonas tendidas sobre unos arcos las proteg\u00edan alternativamente del sol, de las nubes de insectos, de la lluvia o de la humedad. Convoy primitivo si lo hubo, traqueteando por lo<sup>,<\/sup> caminos pedregosos, evoca otras andanzas, las de otra fundadora que surcaba en parecido carruaje, dos siglos y medio antes, Castilla y Andaluc\u00eda, para establecer all\u00ed nuevos monasterios: Teresa de \u00c1vila.<\/p>\n<p><em>Hemos tenido que hacer todo el camino al paso de nuestros caballos <\/em>-escri\u00adbe la Madre Seton al Sr. Dubourg-. Y <em>nos hemos visto as\u00ed mismo obligadas a marchar a pie casi la mitad del tiempo, excepto Cecilia&#8230; la querida enferma se divert\u00eda mucho con aquella procesi\u00f3n, y los ind\u00edgenas quedaban estupefactos de vernos marchar delante del veh\u00edculo. Los perros y los cerdos iban delante de nosotros y las ocas, alargando el cuello en direcci\u00f3n nuestra, ten\u00edan aire de pre\u00adguntarnos si no \u00e9ramos de su familia, a lo que respondimos que s\u00ed&#8230;<\/em><\/p>\n<p>La llegada a Emmitsburg es un encanto. Las colinas se elevan cada vez m\u00e1s por encima de la inmensidad de los campos verdegueantes, mientras que en el ho\u00adrizonte se yerguen las altas siluetas de <em>Blue Ridge. <\/em>La admiraci\u00f3n que Isabel siente desde el instante de su arribo la llena a la vez de alegr\u00eda y de agradecimiento a Dios creador que anima con profusi\u00f3n tanta belleza, tanto esplendor. A esta llegada de la Madre a Emmitsburg, con cuanta fortuna parecen aplicarse las pa\u00adlabras prof\u00e9ticas de Isa\u00edas<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>Nos alegramos y regocijamos<br \/>\nporque El nos ha salvado,<br \/>\npues la mano del Se\u00f1or reposa sobre esta monta\u00f1a&#8230;<br \/>\naqu\u00ed extiende sus manos<br \/>\ncomo el nadador las extiende para nadar&#8230;<br \/>\nAbrid las puertas que entre una gente justa,<br \/>\nque guarda fidelidad,<br \/>\ncuyo car\u00e1cter es firme,<br \/>\nque conserva la paz porque conf\u00eda en Ti&#8230;<br \/>\nConfiad en el Se\u00f1or por siempre jam\u00e1s<br \/>\nporque el Se\u00f1or es la Roca eterna.<\/em><br \/>\nIs 25, 9-11; 26, 2-4<\/p>\n<p>Su ser entero comunica con la belleza serena y majestuosa del sitio: <em>Estamos a la mitad del camino del cielo, <\/em>confesar\u00e1 ella al hermano de Cecilia O&#8217;Conway. <em>\u00a1La altura donde estamos es apenas cre\u00edble!<\/em><\/p>\n<p>Se instalan bien que mal en el chalecito del Sr. Dubois, Cecilia, tendida la mayor parte de las jornadas a la sombra de los grandes robles, cree sentirse re\u00advivir. Enriqueta y Anina la rodean de su presencia, de sus cuidados, de su ternura. Entre el chalet de madera y la casa de piedra -Stone House- hay idas y venidas continuas. El Sr. Dubois da prisa a los obreros, se une a ellos si es ne\u00adcesario y provee con la Madre Seton al arreglo de cada una de las piezas tau pronto como parece habitable. Ambos desean ver llegar con la mayor rapidez a1 valle a las Hermanas y a las ni\u00f1as dejadas en Baltimore.<\/p>\n<p>El brusco trasplante de Enriqueta en un medio tan diferente a aquel donde hab\u00eda vivido los meses precedentes no deja de provocar en su ser, sensibil\u00edsimo, un shoc psicol\u00f3gico. Los consejos emotivos del Sr. Babad recibidos en Baltimore han hecho renacer en su coraz\u00f3n angustiosas preguntas. Hace algunos a\u00f1os, ella se hab\u00eda encarada, como Cecilia, con la posibilidad de hacerse cat\u00f3li\u00adca. Muchas cosas la atra\u00edan entonces que vuelven a cobrar ahora un relieve nue\u00advo. Pero ella est\u00e1 en v\u00edsperas de casarse con Andr\u00e9s Bayley, un episcopaliano. \u00bfC\u00f3mo podr\u00eda conciliar aquel matrimonio con una profesi\u00f3n de fe cat\u00f3lica? Los matrimonios mixtos estaban muy lejos, entonces, de ser considerados par la Iglesia como un hecho posible. Y, mientras ella se siente desgarrada entre el atrac\u00adtivo que experimenta por la religi\u00f3n cat\u00f3lica y el amor a su novio que se enca\u00adbritar\u00e1 inevitablemente frente a tal decisi\u00f3n, ella recibe una carta de Jamaica que acaba por perturbarla. Andr\u00e9s Bayley, cuyo inminente retorno esperaba, prome\u00adtido para el fin del verano, al que deb\u00eda seguir su matrimonio, le hace saber caballerosamente que ha cambiado de parecer. El ha decidido -le anuncia- per\u00admanecer en Jamaica unos ocho o diez a\u00f1os. Que si \u00abla bella Enriqueta\u00bb consiente en tener paciencia todo ese tiempo, \u00e9l volver\u00e1 para desposarla en los a\u00f1os futu\u00adros. El golpe es rudo, no solamente para el coraz\u00f3n de la novia, sino tambi\u00e9n para su amor propio. \u00bfC\u00f3mo reaparecer desde ahora en los salones de Nueva York sin ser la irrisi\u00f3n de todos? La afrenta que le inflige el joven hiere a Enriqueta como un latigazo. Abatida tanto de dolor como de despecho, toma la decisi\u00f3n orgullosa de permanecer en el convento de Emmitsburg junto a Cecilia e Isabel. \u00bfPero con qu\u00e9 t\u00edtulo? Ella no forma parte de la Iglesia cat\u00f3lica. Desde entonces, puede v\u00e9rsela cada d\u00eda llevando por los sotos y a la largo de las pra\u00adderas su rom\u00e1ntico desencanto que la mina f\u00edsicamente con una profundidad que nadie, en su entorno, es capaz de descubrir. \u00abQue pocas cosas hac\u00edan falta a su fantas\u00eda&#8230; El musgo que temblaba al soplo del norte sobre el tronco del roble, una roca solitaria, una laguna desierta donde el junco marchito murmuraba&#8230;\u00bb.Cuando su hermana y su cu\u00f1ada la acompa\u00f1aban en su paseo, y se deten\u00edan un momento en una de las dos iglesias del pueblo, Enriqueta se negaba a entrar con ellas, y rumiando su pena y su angustia las aguardaba fuera. Luego, un d\u00eda, la crisis estalla con una decoraci\u00f3n digna de Ren\u00e9 de Chateaubriand. Isabel, al salir de la iglesia, encuentra a Enriqueta en l\u00e1grimas, medio desesperada. -\u00bfPor qu\u00e9 lloras?<\/p>\n<p>-\u00a1Ay! \u00bfPor qu\u00e9?, \u00bfpor qu\u00e9 no puedo entrar yo a la iglesia con vosotras? -\u00bfY por qu\u00e9 no entras, si lo deseas?<\/p>\n<p>Llega el 21 de julio, v\u00edspera de Santa Mar\u00eda Magdalena. Ma\u00f1ana ser\u00e1 el d\u00eda del santo de Enriqueta cuyo segundo nombre de bautismo es el de la pecadora convertida. \u00abCelebrar\u00e9 ese d\u00eda la misa por usted\u00bb -le ha escrito el Sr. Babad El Sr. Dubois en el Monte Santa Mar\u00eda le hace la misma promesa. Tarde, por la noche -son m\u00e1s de las diez- Enriqueta sali\u00f3 de la casa, en b\u00fasqueda de soledad, \u00abatormentada y como pose\u00edda por el demonio de su coraz\u00f3n\u00bb.Ella <em>se desliz\u00f3 furtivamente, gracias al claro de luna, hasta la iglesia <\/em>-escribir\u00e1 Isa\u00adbel, que la descubre pronto all\u00ed-, <em>en el m\u00e1s profundo silencio, los brazos cruza\u00addos sobre el pecho, los rayos de la luna jugando sobre su rostro p\u00e1lido&#8230; <\/em>La Ma\u00addre Seton se aproxima. Con Enriqueta recita <em>el Salmo <\/em>MISERERE <em>y el <\/em>TE DEUM, <em>que desde su infancia hab\u00edan sido nuestras oraciones de familia, <\/em>a pesar de que las l\u00e1grimas corren por las mejillas de la joven. Ellas salen al fin, vuelven a tomar juntas el camino que las lleva a la casa. <em>Bajando de la Monta\u00f1a, Enriqueta deja estallar su coraz\u00f3n:<\/em><\/p>\n<p><em>-Se acab\u00f3, hermana m\u00eda, yo soy cat\u00f3lica. La cruz de nuestro amado Se\u00f1or, he ah\u00ed lo que desea mi alma. \u00a1Ya no tendr\u00e9 reposo hasta que El sea m\u00edo! <\/em>Conversi\u00f3n sincera, s\u00ed.<\/p>\n<p>Resoluci\u00f3n excesivamente emotiva, llamarada de sen\u00adsibilidad de la que se puede temer que se extinga tan s\u00fabitamente como se en\u00adcendi\u00f3. Isabel, no obstante, se apresur\u00f3 a dar cuenta tanto a Mons. Carroll como al Sr. Dubourg. De com\u00fan acuerdo, el arzobispo y el sulpiciano deciden alertar al Sr. Babad, entonces en lejana correr\u00eda misionera, comprometi\u00e9ndole a venir personalmente a acoger sin dilaci\u00f3n a su penitente en el umbral de la Iglesia ca\u00adt\u00f3lica. Con esta noticia, Enriqueta, que sent\u00eda ya debilitarse su decisi\u00f3n, se re\u00adhace de s\u00fabito. Tan l\u00facidamente, tan razonablemente como ella puede, se sit\u00faa de nuevo ante el problema de su vida. A1 final del mes de agosto hace resuelta\u00admente su petici\u00f3n oficial. A mitad de septiembre est\u00e1 de vuelta en Baltimore. El 24, fiesta de Nuestra Se\u00f1ora de la Merced, Enriqueta, habiendo hecho d\u00edas antes su profesi\u00f3n de fe, recibe su primera comuni\u00f3n. Luego vuelve a Emmits\u00adburg, llevando en recuerdo de aquel d\u00eda un poema ardiente que le ha dedicado su padre espiritual.<\/p>\n<p>Por importante que haya sido objetivamente, por sensible que fuera al coraz\u00f3n de Isabel, la entrada de Enriqueta en la Iglesia cat\u00f3lica, orquestada con compla\u00adcencia por el sobrino del Sr. Babad, no hab\u00eda sido, con todo, m\u00e1s que un inciden\u00adte sin resonancia directa sobre la fundaci\u00f3n de la comunidad de Emmitsburg. De no ser que el romanticismo de la joven, unido a la actitud misma del Sr. Ba\u00adbad en la circunstancia, hubiese dado la papirotada inicial a una serie de male\u00adntendidos y de dificultades que la Madre Seton ser\u00e1 la primera en sufrir. Patroci\u00adnando por entero a su joven cu\u00f1ada, Isabel se entreg\u00f3 activamente al arreglo de <em>Srone House, <\/em>ayudada del valioso concurso del Sr. Dubois.<\/p>\n<p>Desde fines de julio, algunos d\u00edas sin duda despu\u00e9s de Santa Mar\u00eda Magdale\u00adna, el segundo equipo, dejando <em>Paca Street, <\/em>se pone, a su vez, en marcha hacia el valle. A las primeras reclutas se han juntado otras dos Hermanas, Catalina Mullen y Rosa Landry White.<\/p>\n<p>Rosa ha conocido, primero, como Isabel, la vida conyugal y la alegr\u00eda de la maternidad. Su matrimonio, en verdad muy precoz, con un capit\u00e1n de barco, gran amigo de su padre y mucho mayor que ella, dio que hablar por mucho tiempo a los habitantes de Baltimore. Rosa tuvo dos hijos, un muchacho y una muchacha, muy peque\u00f1os todav\u00eda cuando su marido pereci\u00f3 en el mar. Poco tiempodespu\u00e9s, Rosa perdi\u00f3 a su hija. No le quedaba m\u00e1s que su hijo, y, en su coraz\u00f3n un vivo deseo de vivir para Dios s\u00f3lo y de dedicarse en favor de los desheredados. El Sr. David la dirigi\u00f3 hacia el Instituto en formaci\u00f3n de Baltimore. Ella es la decana en edad, dejada aparte la fundadora. M\u00e1s que las otras, experiencia, y tambi\u00e9n un sentido maternal de la educaci\u00f3n. A ella confi\u00f3, sin dudarlo, Isabel el grupo de las Hermanas dejadas en <em>Paca Street. Y <\/em>a ella incumbe ahora la responsabilidad de conducirlas hasta Emmitsburg. Ella ha le\u00eddo las obras de Teresa de \u00c1vila y va a ser el encanto de las largas horas del viaje, contando a sus compa\u00f1eras las aventuras de las <em>Fundaciones. <\/em>Guillermo y Ricar\u00addo integran tambi\u00e9n este segundo viaje. El Sr. Dubois les contar\u00e1 en adelante en el n\u00famero de los alumnos del Monte Santa Mar\u00eda. Dos chiquillas igualmente alum\u00adnas de las Hermanas en Baltimore son confiadas por sus familias a Sor Rosa White. Ellas ser\u00e1n las primeras alumnas de Emmitsburg. Este mes de julio o al comienzo de agosto -al parecer- llegar\u00e1n a su vez Kate y Rebeca. Sin preci\u00adsi\u00f3n de fecha, los <em>Dear Remembrances <\/em>evocan la alegr\u00eda de su madre, que corre una noche a su encuentro a trav\u00e9s del bosque.<\/p>\n<p>El 31 de julio de 1809, fiesta de San Ignacio de Loyola, comienza en Emmits\u00adburg la vida de comunidad. La fecha ser\u00e1 celebrada desde ahora cada a\u00f1o por las Hijas de la Madre Seton. A decir verdad, la instalaci\u00f3n en <em>Stone House <\/em>tiene m\u00e1s bien trazas de campamento. La casa resulta demasiado peque\u00f1a para las veinte personas que deben habitarla. Ni camas en n\u00famero suficiente, se conten\u00adtan con colchones tirados en el mismo suelo. El Sr. Dubourg que ha querido pre\u00adsidir la instalaci\u00f3n de la comunidad, tiene que subir al pueblo a pedir prestada la vajilla que falta para la primera comida. Comida frugal, aunque substanciosa, como lo ser\u00e1n todas las dem\u00e1s. Entre los primeros consejos que el sulpiciano da a las Hermanas queda consignado el de cultivar sin tardanza un plant\u00edo de zana\u00adhorias, pues el \u00abcaf\u00e9\u00bb de zanahorias ser\u00e1 su ordinario.<\/p>\n<p>No importa. El gozo radiante, sobrenatural, de las fundaciones es lo bastante vivo, lo bastante profundo sobre todo, para que las privaciones, como la falta de comodidad, sean tomadas por todas con una efectiva alegr\u00eda. Aquellas mujeres, no obstante, aquellas j\u00f3venes de Am\u00e9rica han sido, casi todas, educadas en un bienestar cercano a veces al lujo. Pero ninguna de ellas dejar\u00eda ahora de buen grado su puesto y para el c\u00e1ntaro de agua, la limpieza de legumbres, el fregado o el lavado, la situaci\u00f3n de <em>Stone House <\/em>hace a veces fatigosas las tareas dom\u00e9s\u00adticas m\u00e1s simples. As\u00ed, falta el agua en la casa. Si el pozo de agua potable est\u00e1 bastante cerca, es al r\u00edo, distante varios cientos de metros, cuesta arriba, claro est\u00e1, adonde habr\u00e1 que ir para hacer la colada. Nada de lavadero, ni siquiera rudimentario. De rodillas a la orilla de Tom&#8217;s Cr&#8217;eek, las Hermanas la sacar\u00e1n lo mejor posible pero no sin agujetas. Deber\u00e1n volver a subir en seguida penosamen\u00adte la ropa h\u00fameda y pesada hasta los linderos inmediatos de la casa para ponerla a secar.<\/p>\n<p>Son ahora nueve las postulantes, desde que una joven de Emmitsburg, Sally Thompson, ha solicitado su admisi\u00f3n en la comunidad.<\/p>\n<p>En el mes de agosto de 1809, al d\u00eda siguiente de la instalaci\u00f3n de la Madre Seton y de sus Hijas en <em>Stone House, <\/em>el Sr. Nagot, que alcanza sus sesenta y seis a\u00f1os, declina el cargo de superior que ejerc\u00eda al frente de la Comunidad en favor del Sr. Dubourg, entonces prefecto del Colegio de Santa Mar\u00eda de Baltimore. Todo parece en excelente camino. Se organiza inmediatamente la vida de comu\u00adnidad mientras las Hermanas preparan con entusiasmo la primera apertura esco\u00adlar de la casa de educaci\u00f3n, que, al fin de verano, abrir\u00e1 sus puertas a las mu\u00adchachas en Emmitsburg.<\/p>\n<p>Los cargos se reparten seg\u00fan las aptitudes de cada una. Sor Rosa es nombra\u00adda asistenta, Sor Ketty ec\u00f3noma, Sor Cecilia Seton secretaria y maestra de clase, Soy Sally, que es la \u00fanica que ha vivido ya muchos a\u00f1os en el valle, cumplir\u00e1 las funciones de previsora. Cada una de las Hermanas ha conservado su nombre de bautismo y la Madre Seton no tiene ninguna dificultad en adoptar el diminutivo de ese nombre de uso m\u00e1s frecuente en los Estados Unidos que entre nosotros, y que parece m\u00e1s afectuoso.<\/p>\n<p>Con el Sr. Dubourg establece un reglamente que entra de inmediato en vigor, al menos a t\u00edtulo de ensayo y hasta la apertura de las clases. Se levantan a las cinco para los rezos y oraci\u00f3n de la ma\u00f1ana. Hasta oto\u00f1o, ser\u00e1 menester acudir a la \u00fanica misa celebrada en el pueblo, cuando el Sr. Dubourg regrese a Baltimore, sea en San Jos\u00e9, sea en Santa Mar\u00eda. El trayecto es largo. Lo aprovechar\u00e1n para recitar en marcha, a la ida, la primera parte del Rosario, meditando los misterios gozosos y la segunda parte, a la vuelta, meditando los misterios dolorosos. La ado\u00adraci\u00f3n del Sant\u00edsimo Sacramento, conservado en el convento mismo, tendr\u00e1, como se pod\u00eda esperar, un lugar diario y privilegiado. Cada d\u00eda, lectura espiritual en com\u00fan, sin perjuicio de la lectura hecha en el refectorio. La Biblia tendr\u00e1 en\u00adtonces su lugar de preferencia. \u00bfC\u00f3mo no iba a inculcar, en efecto, a sus Hijas, la Madre Seton <em>aquel gusto sabroso y viviente de la Sagrada Escritura <\/em>3 que ha\u00adb\u00eda sido siempre para ella una fuente de alegr\u00eda y confortaci\u00f3n?<\/p>\n<p>Sin que raz\u00f3n alguna, al parecer, hubiera entrado en juego, los habitantes de Emmitsburg hab\u00edan dado espont\u00e1neamente a las nuevas religiosas el nombre de <em>Hermanas de la Caridad de San Jos\u00e9, <\/em>ya que la fundaci\u00f3n del Instituto tomaba nacimiento en el valle de San Jos\u00e9. El hecho est\u00e1 lejos de ser excepcional dentro de la historia de las fundaciones religiosas. El Sr. Dubourg, en cuanto director, e igualmente el Sr. Dubois, hab\u00edan podido intervenir, sugerir tal apelativo antici\u00adpado, cuando, de la parroquia de San Jos\u00e9 de Emmitsburg, enjambraban hacia otros lugares. Pero aquellos se\u00f1ores de San Sulpicio dejaban germinar en ellos un proyecto cuya realizaci\u00f3n esperaban firmemente dentro de breve plazo, el de ver unir el instituto que tomaba vida entonces en Maryland -y que, con toda evidencia, la Providencia les hab\u00eda encomendado a ellos, sulpicianos franceses\u00ad a la Compa\u00f1\u00eda de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Pa\u00fal.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de un breve alto en Baltimore, el Sr. Dubourg volvi\u00f3 al valle. Trae a la comunidad una campana que acompasar\u00e1 en adelante con su ta\u00f1ido las horas de oraci\u00f3n, de trabajo, de descanso. Trae igualmente para las Hermanas unos libros de espiritualidad escogidos con discernimiento. Despu\u00e9s, anuncia que va a predicar un retiro. Para todas, con una o dos excepciones, un retiro resulta cosa nueva, desconocida. Una gracia de la que se quieren aprovechar a fondo. La proposici\u00f3n es acogida con alegr\u00eda. Entre el superior franc\u00e9s, abierto, din\u00e1mico v las j\u00f3venes americanas, llenas de ardor, se entabla en el curso de este retiro un di\u00e1logo sencillo, directo, enriquecedor. Cada una de las Hermanas se siente a gusto, dentro de una atm\u00f3sfera de confianza rec\u00edproca que permite fundar las m\u00e1s bellas esperanzas.<\/p>\n<p><em>A los 18 a\u00f1os, bello sue\u00f1o de una casita en la campa\u00f1a para reunir all\u00ed, a los peque\u00f1uelos de los alrededores y ense\u00f1arles sus oraciones y mantenerles limpios y ense\u00f1arles a ser buenos&#8230; Deseos apasionados por lugares semejantes que hab\u00eda all\u00ed en Am\u00e9rica, donde se podr\u00edan encerrar lejos del mundo, y orar para ser siempre bueno. <\/em><\/p>\n<p>Ese verano de 1809, el sue\u00f1o de anta\u00f1o se hac\u00eda realidad.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Se\u00f1or, T\u00fa eres mi Dios, yo te exalto y celebro tu nombre; porque T\u00fa has ejecutado tu maravilloso designio largo tiempo madurado, real y verdadero. 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