{"id":9627,"date":"2016-08-11T13:00:27","date_gmt":"2016-08-11T11:00:27","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/01\/20\/isabel-seton-la-biografia-17-contra-viento-y-marea\/"},"modified":"2016-07-26T09:38:57","modified_gmt":"2016-07-26T07:38:57","slug":"isabel-seton-la-biografia-17-contra-viento-y-marea","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/isabel-seton-la-biografia-17-contra-viento-y-marea\/","title":{"rendered":"Isabel Seton, la biograf\u00eda: 17 &#8211; Contra viento y marea"},"content":{"rendered":"<p><em>De abandonada,<br \/>\naborrecida y desolada<br \/>\nte har\u00e9 objeto de orgullo eterno,<br \/>\ndelicia de todas las edades.<br \/>\n&#8230;Y sabr\u00e1s que Yo, el Se\u00f1or,<br \/>\nsoy tu salvador,<br \/>\nque el Fuerte de Jacob<br \/>\nes tu redentor.<br \/>\nIs 60, 15-16<\/em><\/p>\n<p>En una de las orillas del Hudson, que, hall\u00e1ndose al norte de Manhatan, se encontraba entonces claramente fuera de la ciudad de Nueva York, Jaime Seton, el hermano menor de Guillermo, pose\u00eda una propiedad a la vez confortable y pintoresca. La casa se levantaba sobre un promontorio rocoso que, a las horas de marea alta, se ve\u00eda rodeado por completo de agua. Se la llamaba \u00abla Soledad<sup>,<\/sup>&gt;. All\u00ed era donde resid\u00edan habitualmente Jaime Seton, su mujer, Mar\u00eda Hoffman, y sus hijos. Carlota, su media hermana, iba gustosa a pasar all\u00ed peque\u00f1as tempo\u00adradas. Por su matrimonio con el Sr. Ogden que ocupaba el puesto relevant\u00edsimo de gobernador, Carlota estaba precisamente emparentada con los Hoffman, de suerte que las dos cu\u00f1adas ten\u00edan mil razones para visitarse. No parece, por otra parte, que el desastre financiera de la firma \u00abSeton, Maitland y C\u00eda.\u00bb hubiese levantado jam\u00e1s en casa de los Seton Hoffman los dolorosos problemas de orden econ\u00f3mico que hab\u00eda introducido en el hogar de Guillermo e Isabel. El hecho hab\u00eda parecido bastante desconcertante, a veces. En el curso de <em>1805, <\/em>en todo caso, Jaime y Carlota hab\u00edan decidido de consuno que Cecilia vendr\u00eda a vivir en adelante a \u00abla Soledad\u00bb. Para hacer aquello, no se hab\u00eda consultado en abso\u00adluto a la interesada misma. Cecilia hubiera preferido permanecer con Isabel, cualquiera que fuese la situaci\u00f3n actual de su cu\u00f1ada. \u00bfNo hab\u00eda sido ella, en realidad, quien la hab\u00eda acogido con Enriqueta en su hogar, al d\u00eda siguiente de la muerte de su padre, como si ambas hubieran sido sus propias hijas? Cecilia hab\u00eda volcado sobre Betty, desde aquel momento, toda la ternura que no hab\u00eda podido prodigar a una madre y a un padre arrebatados demasiado tempranamente a su cari\u00f1o. Pero otro v\u00ednculo, m\u00e1s \u00edntimo y m\u00e1s fuerte, hab\u00eda nacido entre ellas: un v\u00ednculo espiritual que las un\u00eda ahora como hab\u00eda unido a Isabel y Rebeca.<\/p>\n<p>A decir verdad, el plano religioso, el dominio de las realidades sobrenatura\u00adles no preocupaban gran cosa a Jaime, a Carlota o a Mar\u00eda Hoffman. Mientras Isabel frecuentaba como todos la iglesia de San Pablo o la iglesia de la Trinidad \u00bfqu\u00e9 importaba la influencia que ella pod\u00eda tener sobre unas ni\u00f1as como Enrique\u00adta y Cecilia? Las cosas hab\u00edan llegado a ser diferentes a los ojos de los Seton, cuando la viuda de Guillermo hab\u00eda osado conculcar el sentido m\u00e1s estricto de las formas sociales., mezcl\u00e1ndose ostensiblemente con la plebe s\u00f3rdida que fre\u00adcuentaba la parroquia cat\u00f3lica de San Pedro. Enriqueta, Cecilia y su prima Isabel Faquhar hab\u00edan sido \u00e1speramente amonestadas. No se hab\u00eda ahorrado nada para comprometerlas a romper toda amistad con aquella \u00abfan\u00e1tica\u00bb de la Sra. Seton que arrojaba la verg\u00fcenza sobre su familia entera. Bajo los golpes, sagaz\u00admente dosificados, de burlas y amenazas, Enriqueta e Isabel se hab\u00edan batido en retirada r\u00e1pidamente. Sola Cecilia se manten\u00eda firme. Era la m\u00e1s joven de las tres, sin embargo. Apenas ten\u00eda 15 a\u00f1os. Su encanto, su belleza, comenzaba a atraer sobre ella las miradas, mientras que la tuberculosis la minaba ya sor\u00addamente.<\/p>\n<p>Llevarse a Cecilia a la Soledad es, pues., en el pensamiento de Jaime y de Carlota, substraerla ante todo efectivamente de todo contacto con la Sra. Seton. Reducir a Cecilia es menos f\u00e1cil de lo que ellos piensan. Con la complicidad de uno de sus hermanos, que apenas tiene dos o tres a\u00f1os m\u00e1s que ella, la adoles\u00adcente mantiene con Isabel una correspondencia clandestina. Samuel, encantado de jugar al conspirador, se encarga de hacer pasar las notas y las cartas. Es \u00e9l, tal vez, quien se las ha arreglado para comprar y llevar a Cecilia los libros de doctri\u00adna cat\u00f3lica que ella devora a escondidas sobre la roca de \u00abla Soledad\u00bb. Discreta, pero efectivamente, la Sra. Seton le proporciona los consejos m\u00e1s sabios y pr\u00e1c\u00adticos para ella en las condiciones presentes. Ninguna presi\u00f3n por su parte, sino directrices marcadas con el troquel del m\u00e1s seguro sentido espiritual y humano.<\/p>\n<p>\u00bfQui\u00e9n, o qu\u00e9 cosa, en efecto, es capaz de impedir a un alma volverse sin cesar hacia su Dios? T\u00fa <em>lo sabes bien, quiero hablar de esa oraci\u00f3n del coraz\u00f3n que no depende ni del lugar donde estamos, ni de la ocupaci\u00f3n que sea la nuestra, de esa oraci\u00f3n que es m\u00e1s bien un h\u00e1bito de levantar nuestro coraz\u00f3n hac\u00eda Dios, como en una comuni\u00f3n incesante con El. <\/em>Cecilia est\u00e1 ocupada en su trabajo escolar: que ella lo ofrezca al Se\u00f1or, pensando que ese trabajo representa preci\u00adsamente una preparaci\u00f3n para la tarea que El le reserva m\u00e1s tarde. \u00bfTiene ella que acompa\u00f1ar a los suyos a tal o tal reuni\u00f3n? Que prosiga, aunque sea en me\u00addio de una recepci\u00f3n mundana, \u00edntimamente su coloquio con Dios, pidi\u00e9ndole que la guarde de todo lo que podr\u00eda separarla de El. \u00bfSiente que la impaciencia la domina? Que piense en la infinita paciencia de Dios frente a unos pecadores como somos nosotros. <em>En cada decepci\u00f3n grande o peque\u00f1a, deja a tu coraz\u00f3n tomar su vuelo derecho hacia El, tu querido Salvador, arroj\u00e1ndote a sus brazos como en un cobijo contra todo sufrimiento y todo dolor&#8230; Cecilia m\u00eda, te ruego, te ruego encarecidamente, te suplico que <\/em>OFREZCAS <em>todos tus sufrimientos, todas tus penas, todas tus humillaciones a Dios, para que El los una a los dolores, a las angustias, a la agon\u00eda que nuestro Redentor adorado padeci\u00f3 por nosotros en la cruz, y que <\/em>PIDAS <em>que una gota de su sangre preciosa caiga sobre ti para que esclarezca, fortifique y sostenga tu alma en esta vida, y asegure su salvaci\u00f3n eter\u00adna en la otra. Y <\/em>entonces, sea lo que suceda, todo estar\u00e1 bien&#8230;<\/p>\n<p>Entre tanto, en el mes de enero de 1806, se agrava bruscamente el estado de salud de Cecilia hasta el punto de suscitar vivas alarmas. \u00bfSe puede privarla, en tales condiciones, de las visitas que ella reclama con insistencia. En la medida que se lo permiten los deberes de su cargo en la pensi\u00f3n Wilkes, Isabel acude a su cabecera. Sabe que hablar a Cecilia de la Iglesia cat\u00f3lica, facilitarle la entrada inmediata en la Iglesia cat\u00f3lica ser\u00eda responder a sus deseos m\u00e1s \u00edntimos y m\u00e1s vivos. Pera Jaime, Mar\u00eda y Carlota montan guardia. Una palabra, una sola pa\u00adlabra imprudente y la Sra. Seton se ver\u00eda despedida, irremediablemente. No esta\u00adr\u00eda ya m\u00e1s junto a Cecilia en el momento, que parece inminente, en que ella tenga que dar el paso de la vida a la eternidad.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 hacer? El Sr. de Cheverus, consultado, le confiesa en una carta dirigida a ella, el 26 de enero de 1806, que la cuesti\u00f3n no deja de ser embarazosa hasta para \u00e9l. Sus directrices son las de un hombre a la vez sobrenatural y muy consciente de las dificultades pr\u00e1cticas. Ir adelante no le parece indicado, por el mo\u00admento. No ser\u00eda conveniente suscitar junto a una enferma, en un medio hostil, las discusiones que provocar\u00eda, inevitablemente una decisi\u00f3n formal de su parte. Pero nada le impide a Isabel, mientras se encuentra a solas con Cecilia, hablarle de Cristo, del amor que nos demuestra tanto en su sacramento como en la cruz. Ella puede igualmente, si se presenta la ocasi\u00f3n, hacer alusi\u00f3n a la unci\u00f3n de los enfermos de la que habla Santiago en su Ep\u00edstola. En caso, pues, que Ce\u00adcilia deseara recibir esa unci\u00f3n -la extremaunci\u00f3n- quiz\u00e1s pudiera ella pe\u00addirla y recibirla. Si los suyos la vieran en su \u00faltimo momento, \u00bfpodr\u00edan negarse a su \u00faltimo deseo?<\/p>\n<p><em>Su hermana <\/em>&#8211;concluye el Sr. de Cheverus- <em>es miembro de la Iglesia por el hecho de su bautismo. <\/em>El insiste. El hecho de pertenecer a una Iglesia cristiana disidente no la ha separado jam\u00e1s del Cuerpo m\u00edstico de la Iglesia de Cristo. Al permanecer, su inocencia, su esp\u00edritu sobrenatural, su fervor la han preser\u00advado de toda ofensa grave hacia Dios. Y <em>por tanto, <\/em>-asegura el sacerdote y el te\u00f3logo- <em>tengo la esperanza de que, incluso si ella no pudiera recibir los .sa\u00adcramentos, ser\u00e1 agregada a la Iglesia triunfante del cielo.<\/em><\/p>\n<p>Para poner en pr\u00e1ctica la segunda parte de los avisos del Sr. de Cheverus, Isabel no tiene m\u00e1s que hacer que esperar en paz el curso de los acontecimien\u00adtos. Pero las cosas van a tomar un cariz que ella no preve\u00eda. Contra toda esperanza Cecilia se recupera. Las puertas de \u00abla Soledad\u00bb se vuelven a cerrar, a partir de entonces, sobre ella. Isabel, discreta, se retira.<\/p>\n<p>A fines de enero, Antonio Filicchi dej\u00f3 Nueva York donde se hab\u00eda dete\u00adnido un momento al volver del Canad\u00e1. Ha propuesto, una vez m\u00e1s, a Isabel embarcarse con \u00e9l, cuando parta, pr\u00f3ximamente, para Toscana. Una vez m\u00e1s, ella rechaza la oferta. Pero acepta que, al presentarse \u00e9l en Maryland, visite los dos colegios de muchachos que hay all\u00ed. El se presta tanto m\u00e1s gustoso a esa gesti\u00f3n cuanto que sabe en qu\u00e9 estima se tiene a la Sra. Seton en Baltimore. Le resulta un consuelo saberlo cuando comprueba hasta qu\u00e9 punto est\u00e1 con\u00adsumada desde ahora la ruptura entre ella y los suyos de Nueva York. El se ingenia, al parecer, en multiplicar para ella las ocasiones de nuevos contactos dentro de los medios cat\u00f3licos, dichoso de ver entre sus corresponsales al p\u00e1rroco de la Santa Cruz de Boston, sacerdote franc\u00e9s de gran val\u00eda: el Sr. Francisco Matignon. Se felicita de verla reanudar relaciones amistosas con la familia Barry que frecuenta tambi\u00e9n la pobre iglesia de San Pedro. Jaime Barry es un hombre de la mejor sociedad. El est\u00e1, desde hace a\u00f1os, a la cabeza de dos casas comer\u00adciales en plena prosperidad, la una en Baltimore, la otra en Washington. El era no hace mucho uno de los amigos de Guillermo. Su mujer, Juana, podr\u00e1, llegado el caso, ser \u00fatil a la Sra. Seton.<\/p>\n<p>Entretanto la preocupaci\u00f3n que Isabel se ha impuesto respecto a Cecilia, las idas y venidas fatigosas, entre \u00abla Soledad\u00bb y la pensi\u00f3n Wilkes no han dejado de tener repercusi\u00f3n en su salud. Ella est\u00e1 f\u00edsicamente agotada y ha de apelar sin cesar a su indomable energ\u00eda para hacer frente una vez m\u00e1s, cumplir su pe\u00adsada tarea y \u00abmantenerse\u00bb a pesar de todo \u00abdulcemente, tranquilamente, silen\u00adciosamente\u00bb. Ella se inquieta ahora de no poder hacer su cuaresma como hubiera querido. El Sr. Tisserant la tranquiliza: aceptar la situaci\u00f3n presente con todo lo que ella comporta de penoso y de mortificante es la mejor de las penitencias, ya que es la que le pide el Se\u00f1or. No hay m\u00e1s para ella que acogerla y ofrecerla como tal, y Dios estar\u00e1 contento.<\/p>\n<p>A1 menos ella se aprovecha plenamente de las horas libres que le trae cada domingo. Desde la ma\u00f1anita est\u00e1 en San Pedro, asiste a la primera misa, co\u00admulga en ella. Siempre se abre una puerta para recibirla. Sad, Du\u00e9 o la Sra. Barry la esperan para el desayuno, de no serlo sencillamente el P. Hurley. Ella vuelve a la iglesia para las otras misas, se confiesa y toma otra vez el camino de re\u00adgreso, despu\u00e9s del canto de V\u00edsperas. Alto feliz y bienhechor que acompasa su tiempo de trabajo y le permite proseguir su tarea fatigante.<\/p>\n<p>El 18 de abril, no obstante, Antonio Filicchi la urge a tomar una decisi\u00f3n respecto a Will y Ricardo. Quiere, evidentemente, que esa cuesti\u00f3n quede arre\u00adglada antes de su propia marcha que \u00e9l sabe inminente. Visita el colegio de Georgetown cuya fundaci\u00f3n se debe a Mons. Carroll. Visita el colegio Santa Mar\u00eda llevado por los Sulpicianos franceses de Baltimore. Sin embargo, prefer\u00eda el de Montreal a esos dos centros. Pero Mons. Carroll, con un presentimiento, ofrece tomar a su cargo personalmente una parte de la pensi\u00f3n de los mucha\u00adchos, si reciben su instrucci\u00f3n en Georgetown. El Sr. Tisserant y el Sr. Barry abundan en el misma parecer, tanto m\u00e1s cuanto que el Sr. Barry posee precisa\u00admente una casa en las inmediaciones del colegio. Gustosamente har\u00e1 salir a los pensionistas los d\u00edas de vacaci\u00f3n. En resumen, en el mes de mayo, los dos hijos de Isabel est\u00e1n entre los alumnos de Georgetown. El Sr. Barry, al partir hacia el sur en un viaje de negocios, se encarg\u00f3 de llevarlos al colegio, despu\u00e9s de un alto en Filadelfia, donde fueron recibidos por Julia Scott.<\/p>\n<p>El d\u00eda 16 de mayo, d\u00eda de la Ascensi\u00f3n, Mons. Carroll est\u00e1 en Nueva York. No sin una profunda emoci\u00f3n, Isabel le es presentada. Si mantienen corresponden\u00adcia desde hace un a\u00f1o, ellos no se han visto jam\u00e1s hasta entonces. El obispo debe permanecer en la ciudad dos semanas: \u00e9l propone a la joven mujer confe\u00adrirle, antes de su partida, el sacramento de la confirmaci\u00f3n. M\u00e1s a\u00fan, se ofrece a \u00a0prepararla \u00e9l mismo. Nueva llamarada de alegr\u00eda y de amor en su alma. La ceremonia tiene lugar el 26 de mayo de 1806, el d\u00eda mismo de Pentecost\u00e9s. A su doble nombre de bautismo, Isabel Ana, ella a\u00f1ade el de Mar\u00eda. <em>As\u00ed <\/em>-escribe ella a Antonio- sus <em>tres nombres ser\u00e1n desde ahora para ella como el resumen del misterio de la salvaci\u00f3n.<\/em><\/p>\n<p>A1 comienzo de junio, Mons. Carroll volvi\u00f3 a marchar para Baltimore. El 14, el Sr. Tisserant deja Nueva Jersey para alcanzar Francia adonde se le re\u00adclama. El 15, Antonio Filicchi da a Isabel su adi\u00f3s definitivo: \u00e9l se embarca para Inglaterra, de donde se trasladar\u00e1 a Francia antes de volver a Italia. Las palabras que cambian entre s\u00ed en el embarcadero son las \u00faltimas que ellos se dir\u00e1n. Ya nunca volver\u00e1n a encontrarse en la tierra. Y, sin embargo, si sus ca\u00adminos se han cruzado, no ha sido en vano. Ella guardar\u00e1 siempre en el fondo de su alma una amistad profunda, una gratitud sin fallo para aqu\u00e9l que, en los designios del Se\u00f1or ha sido manifiestamente su gu\u00eda hacia la <em>luz. \u00bfSe acuerda <\/em>-le escribir\u00e1 ella- <em>del d\u00eda en que conduc\u00eda usted al redil la ovejita descarria\u00adda? \u00bfQui\u00e9n me suplic\u00f3 que buscara el buen camino? Antonio. Y, cuando me volv\u00eda atr\u00e1s \u00bfqui\u00e9n detuvo mis pasos y mi coraz\u00f3n desfalleciente? Antonio. \u00a1Dios m\u00edo, dale la recompensa que \u00e9l merece! \u00a1Oh, c\u00f3lmale de tu eterna alegr\u00eda!<\/em><\/p>\n<p>Y \u00e9l comprende que, si ha dado mucho, ha recibido todav\u00eda mucho m\u00e1s. Pues la irradiaci\u00f3n de la gracia divina, pasando a trav\u00e9s de la que Dios se ha escogido \u00abcomo un vaso de elecci\u00f3n\u00bb redunda ahora en \u00e9l. \u00abEl amigo del novio que est\u00e1 all\u00ed y le oye, se entusiasma a la voz del novio\u00bb (Jn 3, 29). En una carta escrita en Liorna al fin de 1806 o principio de 1807, Antonio Filicchi contar\u00e1 largo y tendido a Isabel la extra\u00f1a aventura que ha estado a punto de costarle la vi\u00adda, durante la \u00faltima etapa de su regreso a Italia. Hab\u00eda tomado en Francia la dili\u00adgencia que, seg\u00fan el itinerario de costumbre, deb\u00eda pasar los Alpes por el alto de Mont-Cenis. En plena noche, en medio de una tormenta de nieve, el postill\u00f3n perdi\u00f3 su camino. La luz de las linternas se apag\u00f3. Los caballos alocados, res\u00adbalaban a cada paso. El precipicio estaba all\u00ed, muy cerca. \u00bfQui\u00e9n podr\u00eda traer ayuda a los viajeros? Hace presa en ellos el p\u00e1nico. Ellos se creen perdidos. Y de repente brilla una estrella en la obscuridad. All\u00ed est\u00e1 un monta\u00f1\u00e9s que alza su linterna, y vuelve el convoy a su camino. Apenas pudimos agradec\u00e9rselo: des\u00adapareci\u00f3 en la obscuridad. Pues ser\u00eda la noche del 7 al 8 de diciembre -anota Antonio-. Para \u00e9l, no hay duda de que el afortunado \u00e9xito de su vida no se debe sino a una protecci\u00f3n evidente de la Virgen. Y no hay ninguna duda tam\u00adpoco de que las oraciones de su santa amiga americana hayan dejado de tener su gran parte en una intervenci\u00f3n tan providencial.<\/p>\n<p>Pero este mes de junio de 1806, Isabel siente dolorosamente el desgarra\u00admiento de tres separaciones sucesivas. En \u00abla Soledad\u00bb se han preparado las maletas y bolsos de viaje. Con Jaime y Mar\u00eda Seton, Cecilia llega a Nueva York, donde ella debe pasar unos d\u00edas, unas semanas tal vez, en casa de su hermana Carlota. Acaba de cumplir sus 15 a\u00f1os, y desde la crisis del mes de enero su salud contin\u00faa fr\u00e1gil.<\/p>\n<p>Ahora bien, apenas llega a casa de los Ogden, el 14 \u00f3 15 de junio, la joven anuncia tranquilamente a los suyas, como una cosa natural y definitiva, su reso\u00adluci\u00f3n de hacer muy pr\u00f3ximamente su profesi\u00f3n de fe cat\u00f3lica. A tal declaraci\u00f3n responde un clamor indignado de sorpresa. En unos instantes, la casa toda ente\u00adra resuena con un verdadero zafarrancho de combate. Golpean las puertas. Atruenan las explosiones de voz.<\/p>\n<p>-\u00a1Y ah\u00ed est\u00e1! \u00a1Es un golpe m\u00e1s de esa fan\u00e1tica de Isabel! Que ella se haya hecho <em>papista, <\/em>ella, \u00a1es asunto suyo! \u00a1Ella no es, despu\u00e9s de todo, sino la viuda de Guillermo Magee, el medio hermano de Carlota, un hombre enfermo que nunca tuvo \u00e9xito en sus negocios! \u00bfNo sabe todo el mundo en la ciudad que su viuda es una \u00abcabeza exaltada\u00bb, un \u00abcerebro trastornado\u00bb? Pero en cuanto a Cecilia, es otra cosa. No, Cecilia no seguir\u00e1 a Isabel. No, no permitiremos des\u00adhonrar el nombre siempre glorioso de los Seton. Ser\u00e1 bien necesario que ella ceda.<\/p>\n<p>Cruz\u00e1ndose como l\u00e1tigos, caen sobre ella las invectivas, los reproches, las amenazas, a golpes precipitados. Carlota, se precipita, como una furia, en la habitaci\u00f3n de Cecilia. Vuelve fuera de s\u00ed, blandiendo unos libros de doctrina ca\u00adt\u00f3lica que ha descubierto all\u00ed.<\/p>\n<p>-\u00a1Ha sido Betty quien te los ha dado! -\u00a1No, he sido yo quien los ha comprado! -Eso no es verdad.<\/p>\n<p>-S\u00ed, he sido yo.<\/p>\n<p>Jaime, a su vez, amenaza a Cecilia con peores represalias, si ella no cede. -Yo no ceder\u00e9.<\/p>\n<p>-\u00a1Perfecto! Hay justamente en el puerto un barco presto a hacerse a la vela para las <em>Indias Orientales: <\/em>embarcar\u00e1n en \u00e9l a la rebelde.<\/p>\n<p>-\u00a1Que se me embarque!<\/p>\n<p>Por la infamia de que se ha hecho culpable, obligar\u00e1n a Isabel a mendigar su pan y el de sus hijos. Adem\u00e1s, \u00bfno ha preferido ella la compa\u00f1\u00eda de los vaga\u00adbundos de San Pedro a la de su familia? Podr\u00edan incluso, claro que s\u00ed&#8230; cierta mente. Carlota va a obtener de su marido que es miembro del Palacio de Justicia, que traiga una orden de destierro para la Sra. Seton, la cual la obligar\u00e1 a dejar el Estado de Nueva York vergonzosamente. Mar\u00eda Hoffman aprueba y encarece. Sube cada vez m\u00e1s el timbre de su voz. Una sola persona sigue due\u00f1a de s\u00ed misma: Cecilia. Mucho m\u00e1s que las r\u00e9plicas que justificar\u00edan nuevas discusiones, esa calma tranquila hace subir la exasperaci\u00f3n hasta el paroxismo. Renunciando al combate, se la intimida a que suba a su habitaci\u00f3n, quedando fuera de su puerta los libros incriminados. La joven, con el coraz\u00f3n palpitante, oye dar vuelta a la llave en la cerradura. \u00a1Prisionera! Est\u00e1 prisionera, s\u00ed, como lo estuvieron los disc\u00edpulos y los ap\u00f3stoles de Cristo. Pedro, Juan, Pablo&#8230; Por lo menas, sola puede ahora llorar a su gusto. En cuanto a ceder, \u00a1jam\u00e1s!<\/p>\n<p>Durante varios d\u00edas oye proseguir las discusiones en las piezas contiguas. Poco a poco, una calma relativa sucede a la tempestad. A1 amanecer del 17 de junio, ella se apercibe de que funciona la cerradura. Han dado vuelta a la llave. Ella est\u00e1 libre. Mete en su bolsa de viaje sus objetos personales, lo que puede de ropa y prendas de vestir y, de puntillas, deja la casa de su hermana. En se\u00adguida, la Sra. Ogden descubrir\u00e1 una nota depositada ostensiblemente sobre un mueble para ella: \u00abMi querida hermana Carlota, como consecuencia de mi in\u00adquebrantable decisi\u00f3n de adherirme a la fe cat\u00f3lica, dejo esta ma\u00f1ana vuestra casa&#8230; \u00ab. Nada de amargura en las l\u00edneas que siguen. Si la quieren recibir de nuevo -afirma ella- Cecilia volver\u00e1 con todo cari\u00f1o para su hermana y su hermano, su cu\u00f1ada y su cu\u00f1ado. Pero obedecer\u00e1 a Dios, ante todo.<\/p>\n<p>Ella llega muy temprano a la casita que ocupa Isabel, contigua a la pensi\u00f3n Wilkes. Cuenta su lucha y su victoria. Tiene prisa por ver de nuevo al P. Hurley. El la espera. El 20 de junio de 1806, Cecilia hace, en presencia de \u00e9l, su profesi\u00f3n de la fe cat\u00f3lica. D\u00edas m\u00e1s tarde, recibe de Jaime y Carlota un ultimatum: si ella persiste en su locura, que se considere como extranjera para la familia. Ella responde a su hermano con estas simples palabras: \u00abEstoy decidida, y deci\u00addida irrevocablemente. S\u00f3lo la muerte puede romper mis v\u00ednculos\u00bb.<\/p>\n<p>Entonces, de un solo golpe, a la manera como estalla un incendio que se in\u00adcubada desde muchas horas, un arranque de indignaci\u00f3n solivianta, no contra Cecilia, sino contra Isabel, a toda la alta sociedad de Nueva York. En los salones, en el curso de las reuniones mundanas, a la salida de los oficios del do\u00admingo, es un tolle general. Por todas partes, se grita con esc\u00e1ndalo. No se tiene palabras bastante duras, bastante despectivas para vilipendiar, mofarse, hacer chufla de esa mujer \u00abde cabeza exaltada\u00bb que arroja la confusi\u00f3n en el seno de su familia, empa\u00f1a el brillo de su nombre, trata de extraviar a la juventud. Cr\u00edticas, calumnias, prosiguen su marcha. El Rvdo. Hobart se reprocha ahora su tole\u00adrancia pasada. Cree deber suyo poner en guardia a la parroquia de la Trinidad contra las actividades excesivas de un proselitismo que \u00e9l atribuye, sin fundamen\u00adto, a la Sra. Seton. Sus consignas se transmiten sin apelaci\u00f3n, que nadie acuda ya en ayuda de la tr\u00e1nsfuga, de cualquier forma que sea.<\/p>\n<p>Alocada, Catalina Dupleix, su amiga de largo tiempo, rompe ostensiblemente con ella. Isabel Sadler hace otro tanto. De com\u00fan acuerdo, su t\u00edo materno, el Dr. Juan Charlton, y su madrina, la Sra. Startin, la desheredan, irrevocablemente. Pues ambos hab\u00edan hecho de ella su legataria universal, y su fortuna era inmensa. Si Isabel llegara a morir, actualmente, sus hijos no tendr\u00e1n ya un valiente ocha\u00advo, a menos que renieguen, bajo la amenaza o la coerci\u00f3n, de la fe adonde su madre les ha llevado voluntariamente con ella. Sin duda, jam\u00e1s, desde el mes de febrero de 1805, hab\u00eda ella: sufrido hasta tal extremo.<\/p>\n<p>En la pensi\u00f3n Wilkes, donde ella prosigue su tarea, las puntadas acaban por agobiarla. Los muchachos, desde el primer d\u00eda de salida, han o\u00eddo a sus padres erigirse en censores despiadados frente a la Sra. Seton. \u00bfC\u00f3mo la iban a respetar ellos desde entonces? Impertinencias, payasadas, protestas, los rapaces no la dis\u00adpensar\u00e1n de ninguno de esos juegos crueles que los ni\u00f1os son capaces de manejar con una inconsciencia que no tiene otro igual que su habilidad. Y los padres, a su vez, aprovechan con presteza la ocasi\u00f3n de encontrar un nuevo agravio que explotar. Los reproches llegan ahora a la directora de pensi\u00f3n que no sabe ni hacerse obedecer, ni hacerse respetar. Con toda evidencia, le faltan las cualida\u00addes m\u00e1s elementales requeridas por su cargo&#8230;<\/p>\n<p>Mes de julio terrible. A\u00fan cuando la violencia de la tormenta se deshace con el per\u00edodo de las vacaciones, la tensi\u00f3n permanece. El incendio no se ha extinguido. Puede reavivarse. Se reavivar\u00e1 en efecto. \u00bfC\u00f3mo permanecer en Nueva York en tales condiciones? \u00bfSe pone Isabel a deplorar el no haber seguido a Antonio Filicchi a Europa? No, sin duda, ya que, de hacer eso, hubiera tenido que abandonar a Cecilia. Pero su mirada se vuelve hacia el Canad\u00e1. Pide conse\u00adjo al Sr. de Cheverus, al Sr. Matignon. Su situaci\u00f3n aqu\u00ed se ha hecho insostenible. Bien sopesado todo, ellos le piden que <em>resista <\/em>a pesar de todo. Ella ve en su consejo la expresi\u00f3n de la voluntad de Dios. Ella resiste. Ella resistir\u00e1 casi dos a\u00f1os m\u00e1s. Si <em>son bienaventurados los que lloran <\/em>-le escribe Antonio- <em>entonces, verdaderamente, usted es bienaventurada. Y <\/em>el Sr. Matignon: Su <em>perseverancia y la ayuda de la gracia acabar\u00e1n en usted la obra que Dios ha comenzado, y le dar\u00e1n, tengo confianza de ello, participar en la conversi\u00f3n de muchos otros. <\/em>\u00bfNo es para ella causa de alegr\u00eda \u00edntima, en medio de sus sufrimientos actuales, ver a Cecilia tan maravillosamente comprometida en el camino de la verdad total?<\/p>\n<p>Anina hace su primera comuni\u00f3n durante este mismo verano. Acaba de cumplir 11 a\u00f1os, pero, desde su salida de Liorna en octubre de 1804, ha pasado junto a su madre demasiados dramas y demasiadas tristezas para no haber ma\u00addurado prematuramente. Su madre se la ha confiado a unos amigos, cuya morada est\u00e1 pr\u00f3xima a la iglesia de San Pedro, para las \u00faltimas jornadas de preparaci\u00f3n que le dedica el P. Hurley. Procura que reciba peque\u00f1as notas casi cada d\u00eda. <em>Cuando vuelvas <\/em>-dice una de ellas- <em>ya no ser\u00e1s mi peque\u00f1a Ana, sino mi amiga y mi compa\u00f1era&#8230;<\/em><\/p>\n<p>A pesar de la fatiga, a pesar de sus preocupaciones, ella quiere para sus tres hijas un ambiente alegre y sin tensi\u00f3n. Cecilia le es valiosa. Su amistad le es una reconfortaci\u00f3n. Antonio Filicchi, por otra parte, desde que ha sido puesto al corriente de los hechos ocurridos en el mes de junio, se indigna de tal c\u00e1bala contra Isabel. El sabe, personalmente, de cu\u00e1nta discreci\u00f3n ha dado ella prueba, d\u00edgaselo que se quiera de ello, en lo concerniente al paso de Cecilia ala Iglesia cat\u00f3lica. L\u00facidamente, como hombre de negocios que es, mide en su justo valor lo que representa en concreto, para la viuda de Guillermo, para el porvenir de sus cinco hijos sobre todo, la p\u00e9rdida de dos herencias con las que ten\u00eda derecho a contar. Con unas l\u00edneas en\u00e9rgicas y perentorias, da \u00f3rdenes a su banquero de Nueva York de no cambiar una tilde de las normas que \u00e9l, Antonio Filicchi, le hab\u00eda dado antes de su salida de Am\u00e9rica en lo concerniente a los pagos previs\u00adtos para la Sra. Seton. El no aceptar\u00e1 en este asunto ninguna derogaci\u00f3n de sus \u00f3rdenes y pone en guardia al banquero neoyorquino contra las insinuaciones que podr\u00edan hac\u00e9rsele en sentido contrario, por quienquiera que sea.<\/p>\n<p>En el transcurso de noviembre, llega, por otra parte, a Nueva York, para una breve estancia, el Sr. Dubourg. Nacido en Santo Domingo en 1766, el Sr. Du\u00adbourg hizo sus estudios con los Sulpicianos de Par\u00eds. La Revoluci\u00f3n le expuls\u00f3 tambi\u00e9n a \u00e9l de su pa\u00eds. Despu\u00e9s de una vuelta por Espa\u00f1a, arrib\u00f3 a los EE. UU. en 1794. A1 a\u00f1o siguiente entr\u00f3 en la Compa\u00f1\u00eda de San Sulpicio. Director inte\u00adrino del colegio de Georgetown, pas\u00f3 una breve temporada en la Habana, para venir finalmente a erigir la doble fundaci\u00f3n del colegio y del seminario Santa Mar\u00eda en Baltimore. Es, en 1806, un hombre de 40 a\u00f1os, inteligente, extremada\u00admente culto, un hombre de acci\u00f3n con decisiones r\u00e1pidas. Acaba de celebrar aquel domingo en la iglesia de San Pedro una de las primeras misas dominicales. A1 distribuir la comuni\u00f3n, ha quedado impresionado de la actitud particularmente recogida de una de las parroquianas. Una mujer, joven a\u00fan, peque\u00f1a, vestida de negro ha atra\u00eddo su atenci\u00f3n.<\/p>\n<p>Sentado, en una sala contigua a la iglesia, frente al Sr. Sibourd, uno de los vicarios con quien toma su desayuno, se dispone a hacer una pregunta respecto a aquella persona que bien pudiera ser -piensa \u00e9l- la Sra. Seton de la que ha o\u00eddo hablar. Apenas ha tenido tiempo de interrogar al Sr. Libourd, cuando un golpecito discreto suena a la puerta. \u00a1Entre! -dice el vicario-. Es justamente la Sra. Seton. El Sr. Sibourd la presenta a su hu\u00e9sped, luego la invita a sentarse para tomar una taza de caf\u00e9. Con tanta sencillez, la conversaci\u00f3n se traba f\u00e1cil\u00admente. El Sr. Dubourg que conoce tan bien el colegio de Georgetown, habla de los estudios de Will y de Ricardo. Despu\u00e9s llega a inquirir sobre los proyectos de su madre para el futuro. Ella piensa que, cuando hayan terminado en George\u00adtown sus estudios primarios, los dos muchachos podr\u00edan ser admitidos como alum\u00adnos en el colegio de los Sulpicianos de Montreal. Entonces le ser\u00eda posible reali\u00adzar el sue\u00f1o que acaricia secretamente: marchar personalmente con sus hijos al Canad\u00e1, ense\u00f1ar all\u00ed en una casa de educaci\u00f3n dirigida por religiosas cat\u00f3licas participando con ellas, en cuanto pudiera hacerse, del g\u00e9nero de vida, continuan\u00addo totalmente en asegurar, ante todo, la vida de familia de sus dos hijos y de sus tres hijas. Marchar al Canad\u00e1 ser\u00eda al fin responder a los deseos muchas, veces expresados por Antonio.<\/p>\n<p>Sin interrumpirla, el Sr. Dubourg ha escuchado a la Sra. Seton exponerle sus proyectos apenas concebidos para el porvenir. Y cuando ella se detiene:<\/p>\n<p>-Y todo eso \u00bfpor qu\u00e9 no desde ahora?<\/p>\n<p>S\u00ed, \u00bfpor qu\u00e9 no? La situaci\u00f3n es tan tensa para la joven mujer, desde el mes de junio, que su marcha a Montreal supondr\u00eda para ella, desde ahora, la soluci\u00f3n m\u00e1s deseable.<\/p>\n<p>El Sr. Dubourg no se extendi\u00f3 m\u00e1s en ello. Pero cuando parte de nuevo unos d\u00edas m\u00e1s tarde para Baltimore, pasando por Boston, reflexiona sobre el caso de la Sra. Seton. El Sr. Dubourg sabe que ella tiene las cualidades requeridas, a pesar de los incidentes ocurridos en la pensi\u00f3n Wilkes. Hay en ella pa\u00f1o de educa\u00addora y ense\u00f1ante&#8230; Pero entonces \u00bfpor qu\u00e9 no vendr\u00eda ella preferentemente a Baltimore? Las ideas del Sr. Dubourg se eslabonan. El entrev\u00e9 la fundaci\u00f3n de una casa de educaci\u00f3n que abra sus puertas a las muchachas, como el colegio Santa Mar\u00eda abre las, suyas a los muchachos. El habla a este respecto al Sr. Matignon y al Sr. de Cheverus. Se elabora un proyecto que ellos se proponen so\u00admeter en tiempo conveniente a Mons. Carroll. No entra en su intenci\u00f3n precipitar nada, no obstante. <em>\u00a1Qu\u00e9 de tesoros hay escondidos en la santa Providencia <\/em>-ha\u00adb\u00eda escrito un d\u00eda su santo compatriota, el Sr. Vicente, a la Srta. Legr\u00e1s- y <em>cu\u00e1n soberanamente honran a Nuestro Se\u00f1or los que la siguen y no se imponen sobre ella!<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>Dios tiene su propia hora <\/em>-dice el Sr. Matignon- y esa hora, hay que es\u00adperarla en paz. Lo que no impide con todo al Sr. Matignon lanzar sobre el por\u00advenir una mirada cargada de las mayores y m\u00e1s ciertas esperanzas. <em>Vd est\u00e1 des tinada, pienso yo <\/em>-escribe \u00e9l en propios t\u00e9rminos a la Sra. Seton- <em>a realizar al\u00adgo grande en los Estados Unidos, y por tanto es aqu\u00ed donde deb\u00e9is permanecer con preferencia a todo otro pa\u00eds.<\/em><\/p>\n<p>Las noticias alarmantes que llegan a Maryland, desde Nueva York, no le ha\u00adcen desviarse de esta l\u00ednea de conducta. Una ola de verdadera persecuci\u00f3n acaba de levantarse en torno a la parroquia de San Pedro, contra la minor\u00eda sin embargo, bien humilde de los cat\u00f3licos de la ciudad. \u00bfHay que ver en ello una consecuencia del hecho -insignificante en s\u00ed mismo- de la determinaci\u00f3n de Cecilia Seton? \u00bfEra motivo para causar tal efervescencia el que una jovencita de 15 a\u00f1os hiciera profesi\u00f3n de fe cat\u00f3lica, contra el gusto de su hermano y una de sus hermanas? Sin duda, a trav\u00e9s de ella, se apunta a Isabel, y tal vez haa presentido qu\u00e9 adalid puede llegar a ser una mujer del temple de la Sr. Seton.<\/p>\n<p>Sea lo que fuera de esto, el 24 de diciembre de 1806, estalla alrededor de la peque\u00f1a parroquia de San Pedro un mot\u00edn, que no deja de evocar los que levanta a\u00fan actualmente en los EE. UU. la cuesti\u00f3n racial. A falta de cargas de pl\u00e1stico, siempre se puede arrojar a la cabeza ladrillos y adoquines. Los fieles de San Pedro que vienen a confesarse o a preparar la iglesia, la v\u00edspera de Na\u00advidad, se topan en la calle con un tropel hostil y amenazante. Es preciso acudir a dos hombres, altos cargos en el gobierno de la ciudad, a fin de establecer, en apariencia al menos, el orden p\u00fablico. Por temor a una reincidencia, los cat\u00f3licos irlandeses disponen un piquete de guardia a lo largo del muro exterior, a partir de la ma\u00f1ana de Navidad. Los oponentes de la v\u00edspera vuelven a presentarse otra vez. Sigue un tumulto. Un hombre resulta muerto y otros varios heridos. El alcal\u00adde acude en persona, fustigando a los asaltantes convertidos en asesinos y recor\u00addando altamente que la Constituci\u00f3n de la libre Am\u00e9rica proh\u00edbe molestar a los cat\u00f3licos.<\/p>\n<p>\u00a1Triste d\u00eda de Navidad, en verdad, en el que hermanos en Cristo se desgarran mutuamente bajo el falaz pretexto de defender la verdad de la Iglesia! Nada per\u00admite pensar que Isabel estuviera presente en el sangriento disturbio, pero, de todas formas, no pod\u00eda dejar de sentir en su coraz\u00f3n el terrible contragolpe. \u00bfSe acord\u00f3 ella entonces de aquel otro mot\u00edn, del 14 de abril de 1788, que hab\u00eda desencadenado en Nueva York una lecci\u00f3n de anatom\u00eda de su padre, obligando al Dr. Bayley a dejar Am\u00e9rica?<\/p>\n<p>En enero de 1807, no obstante, parece que la calma ha vuelto as\u00ed en la ciu\u00addad como entre los alumnos de la pensi\u00f3n Wilkes. Para Isabel tambi\u00e9n, es un per\u00edodo de tranquilidad, de distensi\u00f3n. Sus hijos son felices en Georgetown. Las noticias que recibe de ellos son buenas. Ana, Kate y Rebeca se desarrollan entre la ternura de su madre y el cari\u00f1o de su t\u00eda Cecilia. Nadie deja de notar entonces que las tres chiquillas crecen un poco demasiado en invernadero c\u00e1lido. A la verdad ser\u00eda dif\u00edcil que en las condiciones presentes fuera de otra manera. F\u00edsica\u00admente Isabel se siente m\u00e1s claramente en forma. Pero he aqu\u00ed que en junio una llamada angustiosa le llega una vez m\u00e1s. Proviene de su cu\u00f1ada, Isabel Maitlana. Est\u00e1 seriamente enferma y suplica que manden venir a su cabecera a Cecilia y a Isabel. De mal grado, Jaime y Carlota acceden a su deseo. <em>Nuestros servicios fueron aceptados <\/em>-anota lac\u00f3nicamente Isabel- <em>para aliviar la carga de los dem\u00e1s. <\/em>Las Seton hubiesen preferido otras veladoras para la enferma. Y, sin em\u00adbargo, ellos no soliviantaron a sus padres y allegados, cuando su cu\u00f1ado Jaime Maitland fue puesto en prisi\u00f3n&#8230; Ellos no gritaron con esc\u00e1ndalo, no se ensa\u00f1a\u00adron contra su mujer, como lo han hecho frente a Isabel y Cecilia, quienes ha 1 acudido a la primera llamada y se entregan ahora, cada d\u00eda, junto a la joven mujer que muere sin haber conocido apenas m\u00e1s que disgustos y vejaciones en su vida conyugal. Una especie de pesar se apodera de Mar\u00eda Hoffman misma. \u00bfInter\u00e9s, remordimientos, afecto? \u00bfQui\u00e9n puede decirlo? He ah\u00ed que ella propone a Cecilia olvidar todos sus agravios pasados. Si la jovencita acepta la proposici\u00f3n que se le hace, ser\u00edan dichosos de verla recobrar su lugar en el hogar de su hermano, se le confiar\u00eda incluso la educaci\u00f3n de sus sobrinos y sobrinas. Mientras Cecilia examina la cuesti\u00f3n, Isabel declina r\u00e1pidamente. Muere antes del fin de marzo. Muerte dur\u00edsima cuyos sufrimientos f\u00edsicos y angustias morales nada puede mitigar. Isabel la asiste, sin embargo, en sus \u00faltimos momentos sin otro recurso que el de confiarla a la misericordia infinita del Salvador.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de la muerte de Isabel, Cecilia cree por fin deber suyo acceder al deseo de Mar\u00eda Hoffman. Se quedar\u00e1, pues, en el hogar de su hermano Jaime y se ocupar\u00e1 de los ni\u00f1os. Pero, s\u00fabitamente, en el mes de junio, Mar\u00eda muere, a su vez. Muerte dolorosa tambi\u00e9n que no llega ni a consolar ni a iluminar la viviente esperanza del m\u00e1s all\u00e1.<\/p>\n<p>Poco a poco, bajo el golpe de las circunstancias, ante la actitud tan digna de Isabel, que jam\u00e1s se ha zafado de cara a unos servicios que prestar y que la ten\u00edan completamente abrumada, las prevenciones caen, los agravios parecen esfumarse. Mar\u00eda Post se muestra m\u00e1s conciliadora. Catalina Dupleix e Isabel Sadler piden a su amiga olvidar un pasado que ellas lamentan profundamente. Jaime Seton mismo le \u00ababre los brazos como se los abre a sus propios hijos\u00bb. Tan s\u00f3lo per\u00admanecen inexorables, definitivamente, el t\u00edo Charlton, la Sra. Startin, Carlota Ogden y su marido.<\/p>\n<p>Cecilia se ha convertido, pr\u00e1cticamente, desde la muerte de Mar\u00eda Hoffma:v, en el ama de casa de \u00abla Soledad\u00bb. Es un servicio que ella ha aceptado asumir. A las obligaciones que desde ahora son suyas, a las salidas mundanas a las que no le es f\u00e1cil substraerse, ella hubiera preferido las tareas materiales y banales que compart\u00eda con Isabel en la pensi\u00f3n Wilkes. En los salones que ha de fre\u00adcuentar tiene que o\u00edr a menudo cr\u00edticas y burlas respecto a la religi\u00f3n cat\u00f3lica. Sufre por las habladur\u00edas que se divulgan a cuenta de ella: pretenden que quiere adoctrinar a una de sus sobrinas de \u00abla Soledad\u00bb. Sufre al ver partir para Fila\u00addelfia al P. Hurley, su padre espiritual. Ella escribe a Isabel: <em>\u00a1Oh, si pudi\u00e9ramos tan s\u00f3lo retirarnos a un rinc\u00f3n de la tierra y consagrar todo nuestro tiempo a Dios!<\/em><\/p>\n<p>Pero \u00bfno era ese tambi\u00e9n el anhelo ardiente de Isabel? \u00bfPor qu\u00e9 no lo har\u00eda Dios un d\u00eda para ambas realidad feliz? Mientras duermen sus dos benjaminas, tan sosegadas, tan abandonadas, Isabel comprende, al mirarlas, que su actitud personal de cara a Dios debe calcarse, en cierto modo, sobre la de Kate y de Rebeca.<\/p>\n<p>Un hecho es cierto. Su calma, su serenidad han acabado por impresionar a su entorno inmediato, e incluso a los que hab\u00eda puesto en efervescencia la deci\u00adsi\u00f3n de Cecilia. Ella se explica al respecto a Felipe Filicchi con toda sencillez:<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>Lo que busco ante todo -con San Francisco de Sales- es tomar todas las cosas con amabilidad y con paz y oponer a cada una de las contrariedades buen humor y alegr\u00eda, cosa que me ha resultado tan bien que, al presente, es una opini\u00f3n corriente que la <\/em><em>Sra. de<\/em><em> Guillermo Seton se halla en una situaci\u00f3n afortuna\u00addisima. No <\/em>obstante -a\u00f1ade ella- <em>la Sra. Seton se ve obligada a estar en guar\u00addia a cada instante, a fin de que, efectivamente, el interior corresponda en ella al exterior&#8230; <\/em>Y concluye: <em>Usted sabe, Felipe, lo que cuesta \u00a1ser siempre humilde y estar contenta!<\/em><\/p>\n<p>En el mismo tenor, hab\u00eda escrito ya ella, con una nota de humor encantadora, estas l\u00edneas que son una reminiscencia de la segunda carta de San Pablo a los fieles de Corinto: <em>Resulta muy divertido, palabra, ser perseguida, y no obstante gozar de las gracias m\u00e1s dulces: ser pobre y miserable, y al mismo tiempo rica y alegre; ser despreciada, abandonada, y a la vez protegida y rodeada de ternura por los siervos de Dios, por sus amigos m\u00e1s favoritos.<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>De abandonada, aborrecida y desolada te har\u00e9 objeto de orgullo eterno, delicia de todas las edades. &#8230;Y sabr\u00e1s que Yo, el Se\u00f1or, soy tu salvador, que el Fuerte de Jacob es tu redentor. 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