{"id":9626,"date":"2016-08-10T13:00:13","date_gmt":"2016-08-10T11:00:13","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/01\/19\/isabel-seton-la-biografia-16-cayeron-las-cadenas\/"},"modified":"2016-07-26T09:38:42","modified_gmt":"2016-07-26T07:38:42","slug":"isabel-seton-la-biografia-16-cayeron-las-cadenas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/isabel-seton-la-biografia-16-cayeron-las-cadenas\/","title":{"rendered":"Isabel Seton, la biograf\u00eda: 16 &#8211; Cayeron las cadenas"},"content":{"rendered":"<p><em>Ah\u00ed est\u00e1 el Se\u00f1or que llega con poder,<br \/>\nsu brazo impera.<br \/>\nMirad, con El viene su salario<br \/>\ny su recompensa le precede.<br \/>\nCual pastor apacienta su reba\u00f1o:<br \/>\nlo congrega su brazo,<br \/>\ntoma en brazos los corderos<br \/>\ny hace reposar a las paridas.<br \/>\nIs 40, 10-11<\/em><\/p>\n<p>Pocas ciudades, al parecer, se transformaron, en siglo y medio, de forma tan espectacular como Nueva York. Imag\u00ednese cu\u00e1l ser\u00eda la extra\u00f1eza de un <em>businessman <\/em>neoyorquino de nuestros d\u00edas que se viera bruscamente trasladado, dentro de la ciudad misma, unos ciento sesenta a\u00f1os atr\u00e1s. Nada de edificios gi\u00adgantescos, sino min\u00fasculas viviendas. Nada de avenidas inmensas, rectil\u00edneas, de tr\u00e1fico trepidante, sino callejuelas tortuosas y mal pavimentadas. Nada de anun\u00adcios luminosos que cada noche parecen abrasar la ciudad entera con fuegos artificiales de mil colores, sino miserables quinqu\u00e9s que proyectan sobre el sue\u00adlo enlodado un p\u00e1lido refleja amarillento. Nada de sirenas potentes, anunciando la salida de los paquebotes que alcanzar\u00e1n Europa en cuatro d\u00edas. Nada de zum\u00adbidos de aviones que transportan en unas horas sus pasajeros a Londres, a Par\u00eds, a Roma, sino el \u00a1yo! \u00a1yo! de los marineros que izan las velas de un nav\u00edo del que nadie puede prever el d\u00eda que arribar\u00e1 al puerto lejano hacia donde se apres\u00adta a zarpar.<\/p>\n<p>M\u00e1s que su ciudad, sin embargo, se ha transformado la mentalidad de los habitantes de Nueva York en el plano social y religioso. El que los ciudada\u00adnos de USA hayan podido elegir para presidente en 1960 a un cat\u00f3lico como Kennedy, y que otros presidentes, Johnson o Ford, hayan aceptada como cosa normal ver a una de sus hijas pasar de la comuni\u00f3n protestante a la Iglesia cat\u00f3lica, es algo que hubiera sido inconcebible en los primeros a\u00f1os del siglo XIX.<\/p>\n<p>Para seguir sin tropiezo el desarrollo de los acontecimientos que va a susci\u00adtar la entrada de Isabel en la Iglesia cat\u00f3lica, este a\u00f1o de 1805 y durante los que van a seguir, nos es menester aceptar una extra\u00f1eza semejante a la del financiero moderno que se viera trasladado al medio de la vida neoyorquina, en la \u00e9poca que, entre los franceses, Napole\u00f3n se hac\u00eda coronar por el papa P\u00edo VII en Notre-Dame.<\/p>\n<p>Cuando, la v\u00edspera de dejar Liorna, la Sra. Seton se hab\u00eda abierto a Felipe Filicchi sobre sus temores, hab\u00eda obtenido de su amigo toscano esta brusca y franca respuesta: <em>\u00ab&#8230;Tiene temor de que Dios no cuide de usted. Yo le digo que El cuidar\u00e1, realmente, de usted\u00bb. <\/em>En el diario destinado a Rebeca y que, de hecho, Rebeca lograr\u00e1 leer, Isabel hab\u00eda consignado las palabras de Felipe, las cuales hab\u00eda comentado de inmediata: <em>As\u00ed lo espero, Rebeca. Sabes que ten\u00edamos la costumbre, t\u00fa y yo, de sentir envidia de los que eran pobres porque ellos nada ten\u00edan que ver con el mundo. <\/em>Ahora ha llegado para ella el tiempo de experi\u00admentar realmente la verdadera pobreza. Ella sabe que determin\u00e1ndose a hacerse cat\u00f3lica, no s\u00f3lo corta los puentes con Enrique Hobart y la comunidad episcopa\u00adliana de San Pablo, sino que se pone al margen de la buena sociedad de la ciudad.<\/p>\n<p>Si los cat\u00f3licos son ya, en cuanto tales, francamente menospreciados por bien de razones de las que, al fin, muchas est\u00e1n totalmente fuera de las cuestiones religiosas propiamente dichas, la pobre peque\u00f1a parroquia de San Pedro no tiene, en verdad. nada que pueda ayudar a la gente bien educada de Nueva York a salir de prevenciones. Los que frecuentan la iglesia, construida en la esquina de Barclay Street, son gentes muy pobres: emigrantes sin fortuna, llegados de Irlanda, Francia o Alemania. No son ellos, seguramente, de las que se encuentran en los almacenes del florista Grant Thorburn o del peletero John Jacob&#8230; Su nivel social, como su tipo de vida, les emparentar\u00eda m\u00e1s bien con las miserables familias desarraigadas de que se componen las aglomeraciones lamentables de nuestras modernas chabolas.<\/p>\n<p>El p\u00e1rroco de San Pedro, en 1805, es el Sr. Mateo O&#8217;Brien, hombre bastante original, al parecer. Sucedi\u00f3 en la parroquia neoyorquina a su hermano, el Re\u00adverendo P. Guillermo O&#8217;Brien, un dominico, de quien har\u00e1 menci\u00f3n el Rvdo. J. Roosvelt Bayley, hijo de Guy Carleton, medio hermano de Isabel, en \u00abThe history of the Catholic Church on the island of New York\u00bb. Parece que el fraile predicador \u00absacerdote fiel e inteligente\u00bb hab\u00eda tenido m\u00e1s val\u00eda personal que el Rvdo. Mateo O&#8217;Brien. No es cierto, en todo caso, que Isabel haya podido en\u00adcontrar junto al p\u00e1rroco de San Pedro toda la ayuda espiritual de la que estaba tan necesitada. Nada puede pues atraerla, humanamente hablando, hacia los cat\u00f3licos de Nueva York. No encontrar\u00e1 en la peque\u00f1a parroquia de San Pedro ni las bellas ceremonias que la hab\u00edan impresionado en Italia, ni las obras de arte religioso que pod\u00edan servirle all\u00ed de trampol\u00edn para elevarse a Dios, ni la so\u00adciedad selecta como era para ella la de los Filicchi. No encontrar\u00e1 tampoco en absoluto una ense\u00f1anza doctrinal de valor excepcional.<\/p>\n<p>Y estaba bien as\u00ed. Pues ninguno podr\u00eda sospechar jam\u00e1s que ella se hab\u00eda pasado a la religi\u00f3n cat\u00f3lica por un motivo que no fuese esencialmente sobre\u00adnatural. Antes bien ella podr\u00eda decir con San Pablo: \u00abTodo lo que para m\u00ed era ganancia lo he juzgado como p\u00e9rdida por causa de Cristo&#8230; Por El he aceptado perder todo&#8230; \u00bb (Flp 3, 7-8). Con ese esp\u00edritu acepta ella, sin una mirada hacia atr\u00e1s, la desgracia social que ven\u00eda a hacerse suya. As\u00ed nadie tendr\u00eda derecho jam\u00e1s a poner en duda su declaraci\u00f3n formal: S\u00f3lo <em>busco a Dios y su Iglesia. <\/em>Una vez tomada su determinaci\u00f3n, Isabel no era mujer como para dejar dife\u00adrir las cosas. El 27 de febrero, que resultaba ser, en 1805, el mi\u00e9rcoles de Ceniza, se presenta en San Pedro. Y, claro est\u00e1, el mismo d\u00eda le es necesario comunic\u00e1rselo a Amabilia.<\/p>\n<p><em>\u00a1D\u00eda entre los d\u00edas, Amabilia! \u00bfA d\u00f3nde fui? \u00bfa d\u00f3nde? A la iglesia de San Pedro, la que tiene en su cima una cruz y no una veleta (como las otras), a la iglesia que llaman aqu\u00ed, entre tantas otras, la cat\u00f3lica. Cuando dobl\u00e9 la esquina de la calle donde se encuentra, me dije: \u00abAll\u00ed es a donde voy, Dios m\u00edo, con todo mi coraz\u00f3n vuelto hacia <\/em>Ti\u00bb. Su coraz\u00f3n -dice ella- no pod\u00eda m\u00e1s, creyendo que iba a dejar de latir, cuando, <em>en silencio, me arrodill\u00e9 ante el peque\u00f1o sagrario y la crucifixi\u00f3n, <\/em>que se encuentra detr\u00e1s del altar. Era un gran cuadro, obra del mejicano Jos\u00e9 Mar\u00eda Vallejo, la \u00fanica obra de arte valiosa, sin duda, de la pe\u00adque\u00f1a parroquia. <em>Ah, Dios m\u00edo <\/em>-repite Isabel- <em>aqu\u00ed es donde es menester me quede a reposar. Si hubiera podido pensar en cualquier cosa fuera de Dios, habr\u00eda bastado, creo yo, para impresionarme, ver la gente que avanzaba y se empujaba unos a otros. <\/em>Pero ella hab\u00eda venido por Dios solo, y s\u00f3lo m\u00e1s tarde supo que se trataba de la recepci\u00f3n de la ceniza, ceremonia completamente desconocida entre los protestantes. Un sacerdote irland\u00e9s que le parec\u00eda \u00abmuy raro, aunque muy venerable\u00bb y que acababa de llegar recientemente a la parroquia -el Sr. Ma\u00adteo O&#8217;Brien por consiguiente-, hace, no obstante, una peque\u00f1a pl\u00e1tica sobre la muerte, tan sencilla y familiar que la encanta y le da nuevo vigor.<\/p>\n<p>A1 comienza de marzo llega la esperada respuesta del Sr. de Cheverus. \u00bfPara qu\u00e9, entonces, andar con nuevas dilaciones? El 14 de marzo, en presencia del p\u00e1rroco de San Pedro y de Antonio Filicchi, Isabel Seton, llena de calma y paz, hac\u00eda oficialmente su profesi\u00f3n de fe cat\u00f3lica.<\/p>\n<p><em>Despu\u00e9s de la salida de todos los que estaban en la iglesia, se me hizo pasar a una peque\u00f1a pieza que est\u00e1 cerca del altar y all\u00ed hice profesi\u00f3n de creer lo que cree y ense\u00f1a el Concilio de Trento, riendo en m\u00ed al volverme hacia mi Salvador que ve\u00eda bien que yo no sab\u00eda lo que cre\u00eda el Concilio de Trento&#8230; Mi coraz\u00f3n cre\u00eda solamente lo que la Iglesia declara ser su creencia. Pues en cuanto a circular m\u00e1s en medio de lo que creen las gentes de aqu\u00ed y las de ah\u00ed, yo no puedo m\u00e1s: estoy agotada de ello. Esta vez, me encontraba con el coraz\u00f3n ligero, el esp\u00edritu libre, y era, con todo, sin rogar a Nuestro Se\u00f1or que hundiese profundamente mi coraz\u00f3n en su costado abierto que yo ve\u00eda tan expresivo en la espl\u00e9ndida crucifixi\u00f3n o bien presente en su peque\u00f1o sagrario donde por siempre, ahora, descansar\u00e9. \u00a1Oh Amabilia, los dulces recuerdos de aquel d\u00eda con los ni\u00f1os y aquel juego de mi coraz\u00f3n con Dios, riendo a boca llena con ellos&#8230;!<\/em><\/p>\n<p>Unas l\u00edneas, breves, en los <em>Dear Remembrances, <\/em>consignan en un mismo re\u00adcuerdo las dos fechas memorables: &#8211; los <em>miles de l\u00e1grimas, de oraciones y de gritos del alma vacilante que se sucedieron hasta el Mi\u00e9rcoles de Ceniza, 14 de marzo de 1805, en que entr\u00f3 en el Arca de San Pedro con sus bien naci\u00ad<\/em>dos &#8212; Error de fecha, sin duda, pero los d\u00edas para Isabel son como un d\u00eda \u00fanico.<\/p>\n<p><em>Tan dichosa, ahora <\/em>-prosigue la carta dirigida a Amabilia- <em>de prepararme para esa buena confesi\u00f3n: mal\u00edsima como soy, estar\u00eda dispuesta a proclamarla desde las azoteas para asegurarme una buena absoluci\u00f3n que espero de inmedia\u00adto. Y luego, \u00a1en marcha para una vida nueva, para una existencia nueva!<\/em><\/p>\n<p>Las confidencias prosiguen, con fecha del 20 de marzo. <em>Ah\u00ed est\u00e1, \u00a1result\u00f3 harto f\u00e1cil! El Sr. O&#8217;Brien se mostr\u00f3 <\/em>-asegura ella- <em>lleno de benevolencia, de compasi\u00f3n, pero tambi\u00e9n de firmeza. <\/em>En resumen, se mostr\u00f3 tal que Isabel encontr\u00f3 en esta primera recepci\u00f3n del sacramento de la penitencia lo <em>que hubiera esperado de Nuestro Se\u00f1or mismo. <\/em>Es a Cristo, adem\u00e1s, lo que su fe le ha hecho ver realmente en la persona de su ministro, \u00e9l y ella, teniendo as\u00ed -como lo anota ella can una gran justeza- la parte irreversible que revierte en cada uno. Y luego, <em>\u00a1oh Amabilia, formidables aquellas palabras que desatan cuando se ha estado atada durante treinta a\u00f1os! Tuve el sentimiento de que mis cadenas ca\u00edan como las de San Pedro, cuando vino a tocarle el mensajero de Dios.<\/em><\/p>\n<p>Para esa existencia nueva, ella siente que ha sido preparada, en verdad, <em>por la amargura de su alma y por los meses de pruebas que acaban de pasar.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abEn una noche oscura,<\/em><\/p>\n<p><em>con ansias, en amores inflamada, -\u00a1oh dichosa ventura!\u00ad<\/em><\/p>\n<p><em>sal\u00ed sin ser notada&#8230;\u00bb <\/em>(Noche oscura, 1)<\/p>\n<p>Ella pod\u00eda hacer suyas ahora aquellas estrofas ardientes de san Juan de la Cruz:<\/p>\n<p><em>\u00abAqu\u00e9sta me guiaba<\/em><\/p>\n<p><em>m\u00e1s cierto que la luz del mediod\u00eda a donde me esperaba<\/em><\/p>\n<p><em>quien yo bien me sab\u00eda&#8230; \u00bb <\/em>(Noche oscura, 4)<\/p>\n<p><em>\u00a1Dios m\u00edo, qu\u00e9 cosas tan nuevas para mi alma! El d\u00eda de la Anunciaci\u00f3n, yo no har\u00e9 m\u00e1s que uno con Aqu\u00e9l que ha dicho: \u00abSi no com\u00e9is mi carne y no beb\u00e9is mi Sangre, no tendr\u00e9is parte conmigo&#8230;\u00bb. Cuento los d\u00edas y las horas. Todav\u00eda un poco de espera, todav\u00eda un poco y luego&#8230; Sol brillante de aquellas marchas matinales de preparaci\u00f3n. Nieve espesa o helada, todo es parecido para m\u00ed. No veo m\u00e1s que la cruz del campanario de San Pedro. \u00a1Los ni\u00f1os est\u00e1n locos de alegr\u00eda con el pensamiento de ir conmigo, a su vez!<\/em><\/p>\n<p>Los recuerdos se fijan precisos en su memoria. Para decir la alegr\u00eda de aquel dichoso encuentro, las palabras se apresuran bajo su pluma tan vibrantes en los d\u00edas lejanos de <em>los Dear Remembrances <\/em>como este 25 de marzo de 1805:<\/p>\n<p>&#8211; <em>ahora los <\/em>RECUERDOS <em>que afluyen desde aquel d\u00eda hasta el 25, d\u00eda de una <\/em>PRIMERA COMUNI\u00d3N <em>en la iglesia de Dios&#8230; horas contadas, la vela del coraz\u00f3n para la suprema dicha que \u00e9l hab\u00eda deseado tanto tiempo &#8211; los secretos, el misterio de Bendici\u00f3n &#8212; alegr\u00eda celeste, bienaventuranza, inconcebible para los Angeles.<\/em><\/p>\n<p><em>No hay palabras para esto &#8211; &#8211; <\/em>FE ARDIENTE &#8211; &#8211; &#8211;<\/p>\n<p><em>&#8212; espera de la aurora a trav\u00e9s de un sue\u00f1o interrumpido sin cesar &#8211; &#8211; primeros rayos del sol percibidos al fin sobre la cruz, sobre el campanario de San Pedro brillante con tal esplendor <\/em>AQUELLA MA\u00d1ANA &#8212; <em>cada paso de los dos mil&#8230; tan indigna de andar por aquella calle&#8230; la puerta de la iglesia, por fin acercarse al altar &#8211; &#8211; &#8211;<\/em><\/p>\n<p>El d\u00eda mismo de la Anunciaci\u00f3n, prosigue ella, para Amabilia: 25 <em>de marzo. \u00a1Al fin, Dios es m\u00edo y yo soy suya! Ahora que todo sigue su curso. Le he reci\u00adbido. Las terribles impresiones de la noche precedente: temor de no haber hecho todo lo que era menester para prepararme, y con todo, incluso entonces trans\u00adportes de confianza y de esperanza en su bondad. \u00a1Dios m\u00edo! \u00a1No iba a recordar yo hasta el postrer suspiro aquella noche de vela esperando la aurora! Mi coraz\u00f3n espantado, palpitante, con tanta prisa de marchar. La larga caminata hasta la ciudad. Cada uno de mis pasos: \u00a1m\u00e1s cerca de la calle, m\u00e1s cerca del sagrario, m\u00e1s cerca del momento que El entrar\u00eda en mi pobre humilde morada, tan total\u00admente suya!<\/em><\/p>\n<p><em>\u00a1Y cuando El estuvo en ella! El primer pensamiento que me vino a la me\u00admoria: \u00a1Que Dios se levante, que mis enemigos sean dispersados! Pues me pare\u00adci\u00f3 que en lugar de la humilde acogida, llena de ternura que yo esperaba darle, s\u00f3lo era un triunfo de j\u00fabilo y alegr\u00eda porque El hab\u00eda venido, El, el libertador, mi protecci\u00f3n, mi escudo, mi fuerza y mi salvaci\u00f3n, hecho m\u00edo para este mundo y para el otro.<\/em><\/p>\n<p>La imagen de David danzando delante del Arca santa le parece la \u00fanica capaz de expresar algo de los sentimientos de su alma. <em>Ahora, pues, todos los sentimientos de mi coraz\u00f3n se han dado libre juego; exultaci\u00f3n (danza <\/em>dice pro piamente el texto americano) <em>m\u00e1s ferviente -\u00a1no, yo no debo decir eso!- pero quiz\u00e1s tan ferviente como la del Profeta Rey delante del Arca. Pues yo era mu\u00adcho m\u00e1s rica que \u00e9l, m\u00e1s favorecida de lo que \u00e9l pudo serlo jam\u00e1s.<\/em><\/p>\n<p><em>&#8211; la viva esperanza <\/em>-precisar\u00e1n los <em>Dear Remembrances- de que ya que El hab\u00eda hecho tanto, recibir\u00eda al fin a una tan pobre criatura para El, por <\/em>SIEMPRE &#8211; &#8212; <em>las dos millas de vuelta con el tesoro de mi coraz\u00f3n &#8212; primer beso y primera bendici\u00f3n a mis <\/em>5 <em>queridos, llevando a <\/em>TAL DUE\u00d1O <em>a nuestro hu\u00admilde alojamiento &#8211; \u00a1ahora <\/em>-conclu\u00eda la larga misiva a Amabilia- <em>se trata \u00abde frutos\u00bb. Hasta ahora siento verdaderamente todas las potencias de mi alma sostenidas fuertemente por Aqu\u00e9l que ha venido con tanta majestad a tomar po\u00adsesi\u00f3n de su pobre humilde reino.<\/em><\/p>\n<p>No hay duda de que estas l\u00edneas llevaron a Liorna, tanto a Felipe como a Amabilia, una alegr\u00eda profunda. Otra carta iba a salir casi al mismo tiempo para Boston con la que ella causar\u00eda una alegr\u00eda no menos viva a uno de los sacer\u00addotes franceses que hab\u00eda exiliado la Revoluci\u00f3n.<\/p>\n<p>Juan Luis de Cheverus ten\u00eda entonces 37 a\u00f1os. Ordenado sacerdote en Le Mans en 1790, p\u00e1rroco de Mayenne dos a\u00f1os m\u00e1s tarde, hab\u00eda rehusado prestar el juramento constitucional. Encarcelado en una prisi\u00f3n del Estado, se escapa y logra ganar Inglaterra. Da, para subsistir, clases de franc\u00e9s y de matem\u00e1ticas en un colegio protestante. Entretanto, se perfecciona en la lengua inglesa y adquie\u00adre al mismo tiempo un conocimiento m\u00e1s profundo de las creencias de la comu\u00adni\u00f3n anglicana. Descubre a la vez los valores positivos que han quedado en ella y los errores que ha causada, en el pueblo de Dios, una separaci\u00f3n cuyas doloro\u00adsas consecuencias se propagan y ampl\u00edan tanto a trav\u00e9s del antiguo como del nuevo mundo. En 1795, recibe de Am\u00e9rica una carta urgente de uno de sus vie\u00adjos colegas de Par\u00eds, el abate Matignon, ex-profesor de la Sorbona, que le invita a juntarse con \u00e9l en Am\u00e9rica. Mons. Carroll, que le acogi\u00f3 gustosamente en Bos\u00adton, desea precisamente la venida a su di\u00f3cesis de sacerdotes cat\u00f3licos instruidos y que posean la lengua del pa\u00eds. El 3 de octubre de 1796 el Sr. de Cheverus llega a Boston. No se trata aqu\u00ed de imponerse: es menester hacerse aceptar, hacerse amar ante todo. Con tanta tacto como caridad, Juan Luis de Cheverus trata de \u00abhacerse todo a todos a fin de salvar a todo precio a algunos\u00bb, siguiendo el con\u00adsejo del Ap\u00f3stol (1 Cor, 9, 22). R\u00e1pidamente, se gana la estima de los que se le acercan.<\/p>\n<p>\u00abSe\u00f1or, -le declara con toda franqueza un protestante- he aqu\u00ed un a\u00f1o, desde 1797, que vengo estudi\u00e1ndole, que sigo sus pasos, que observo sus accio\u00adnes; yo no cre\u00eda que un ministro de su religi\u00f3n pudiera ser un hombre de bien&#8230; Vengo a darle una reparaci\u00f3n de honor: le declaro que le estimo y venero co\u00admo al hombre m\u00e1s virtuoso que he conocido\u00bb. En el momento de la recepci\u00f3n del presidente Adams en Boston, el Sr. de Cheverus no solamente se ve puesto so\u00adbre el pav\u00e9s, sino -lo que es un precio m\u00e1s estimable- recibe la misi\u00f3n delica\u00adda de hacer \u00e9l mismo las correcciones que juzgue necesarias para la f\u00f3rmula de juramento que deber\u00e1n prestar los electores de Massachusetts, a fin hacer la f\u00f3r\u00admula aceptable a los miembros de las diversas confesiones religiosas. El no con\u00adsidera, por otra parte, como un honor menor pasar varios meses cada a\u00f1o en medio de las tribus indias cat\u00f3licas que ha encontrado en la inmensa regi\u00f3n de Maryland y m\u00e1s all\u00e1.<\/p>\n<p>Cuando, unos a\u00f1os m\u00e1s tarde, P\u00edo VII erija la sede de Baltimore en sede metropolitana, creando los cuatro obispados sufrag\u00e1neos de Boston, Filadelfia, Nueva York y Bardstown, el Sr. de Cheverus ser\u00e1 nombrado obispo de Boston.<\/p>\n<p>Tal era el hombre de valer, a la vez instruido y dotado de un celo apost\u00f3lico sabio y prudente con quien Antonio Filicchi hab\u00eda puesto en relaci\u00f3n a Isabel Seton. De primeras, ella le da toda su confianza y a partir de 1805 se establece entre ellos una correspondencia asidua y profunda.<\/p>\n<p>Isabel tiene entonces -escribe ella, en resumen, el 2 de abril de 1805- que expresar con alegr\u00eda, toda la gratitud de que se siente deudora hacia aqu\u00e9l que <em>ha dado prueba para con ella de un inter\u00e9s caritativo y lleno de bondad, cuando estaba consumida de aflicci\u00f3n, de dudas y de temores. <\/em>Gracias, pues, al Sr. de Cheverus por haberla ayudado con sus consejos a triunfar al fin de sus vacilacio\u00adnes y de sus, repugnancias. S\u00ed, ella ha sido recibida en la verdadera Iglesia con una convicci\u00f3n cierta, \u00absemejante a un pobre marinero n\u00e1ufrago que acaba de ser devuelto a su verdadero HOGAR\u00bb. Le ha parecido <em>que hab\u00eda sido admitida a una vida nueva y a aquella paz, <\/em>de la que habla San Pablo, <em>que est\u00e1 por encima de todo sentimiento. Con David, yo exclamo ahora: \u00abT\u00fa has salvado mi alma de la muerte, mis ojos de las l\u00e1grimas, mis pies de la ca\u00edda\u00bb. Deseo ciertamente con todo fervor andar en su presencia en la tierra de los vivientes, estimando tan grave privilegio como el m\u00edo, lo que El ha hecho por m\u00ed, tan por encima de mis esperanzas m\u00e1s vivas que apenas puedo contener tal dicha.<\/em><\/p>\n<p>Y, muy finamente, ella a\u00f1ade, consciente de la fascinaci\u00f3n \u00fanica del converso que descubre personalmente con un alma adulta las maravillas de la gracia di\u00advina: <em>Usted, querido se\u00f1or, no ha podido experimentar jam\u00e1s lo que yo, personalmente, he experimentado, pero se lo puede imaginar: una pobre criatura, con\u00adsumida, quebrantada de pecados y de penas, que se ve lanzada de golpe, sin transici\u00f3n, en una palabra, a la vida, a la libertad, a la calma. \u00a1Oh, ruegue por m\u00ed, a fin de que pueda ser fiel y perseverar hasta el fin!<\/em><\/p>\n<p>Est\u00e1 totalmente decidida -afirma ella- a aprovecharse al m\u00e1ximo de los avisos y consejos que el Sr. de Cheverus tenga a bien darle con esa intenci\u00f3n. Una intuici\u00f3n, a la vez humana y sobrenatural, le hace presentir e1 papel de un gu\u00eda prudente y esclarecido para el alma que quiere avanzar con seguridad por el camino de la intimidad divina. <em>Es verdad que existen cantidad de buenos libros <\/em>-concede ella-, <em>pero las directrices personales de un verdadero padre espiritual tienen otro valor, un alcance irreemplazable. Ambos se completan felizmente. <\/em>Por eso permanece fiel a la lectura de san Juan, de la Imitaci\u00f3n de Jesucristo, de san Francisco de Sales y de los sermones de Bourdaloue. Desde hace varios meses uno de sus sermones es para ella tema de meditaci\u00f3n diaria. Nos inclinar\u00edamos a pensar que se trata del de la fiesta de Epifan\u00eda.<\/p>\n<p>Sin preocupaci\u00f3n por el qu\u00e9 dir\u00e1n, frecuenta asiduamente la pobre iglesia de San Pedro. Ella sigue all\u00ed de la mejor manera los oficios de la Semana Santa. Entonces se est\u00e1 lejos a\u00fan, en 1805, de la renovaci\u00f3n lit\u00fargica que nosotros conocemos. Apenas se pide a los fieles participar en los oficios: ellos asisten m\u00e1s o menos pasivamente. En las parroquias episcopalianas, el servicio religioso tiene lugar en lengua vern\u00e1cula. Aqu\u00ed, el buen p\u00e1rroco musita como para \u00e9l solo inter\u00adminables frases latinas de las que las asistentes no entienden gran cosa. Durante esos d\u00edas santos de 1805, Isabel, con los ojos fijos en su libro, trata de recoger\u00adse de la mejor manera, sin intentar comprender la serie de gestos, genuflexiones, postraciones. Ya no hay nadie junto a ella, como en Toscana, para indicarle el significado o el s\u00edmbolo. Pero Cristo est\u00e1 presente en el sagrario. Esa presencia le basta. Dentro de unos d\u00edas ser\u00e1 la Pascua: ella se acercar\u00e1 de nuevo a la santa Mesa.<\/p>\n<p>Incesantemente, su meditaci\u00f3n, su plegaria, su oraci\u00f3n se vuelven, como a su \u00fanico polo, al misterio eucar\u00edstico, al sacrificio eucar\u00edstico, a la comuni\u00f3n eucar\u00edstica. A decir verdad, las notas consignadas por Isabel, en este per\u00edodo, si tienen siempre un calor, una vida que no enga\u00f1an, son no obstante menos per\u00adsonales. Se siente aflorar en ellas sin cesar la reminiscencia de las obras de doc\u00adtrina o de piedad de las que la joven mujer se nutre al presente con avidez. Sin embargo, se destacan a veces algunas palabras que siguen siendo muy suyas.<\/p>\n<p><em>Busquemos siempre el nombre de Jes\u00fas, su nombre de amor, para que sea ant\u00eddoto de toda discordia que nos rodea&#8230; Jes\u00fas est\u00e1 en todas partes, pero en su Sacramento del altar est\u00e1 tan actualmente y realmente presente como mi alma en mi cuerpo; en su sacrificio ofrecido a diario, es tan realmente ofrecido como lo fue en la cruz&#8230;<\/em><\/p>\n<p>Le gusta recurrir a su salmo de predilecci\u00f3n: \u00abEl Se\u00f1or es <em>mi <\/em>pastor\u00bb&#8230; Pero qu\u00e9 resonancia nueva toman actualmente en su coraz\u00f3n los vers\u00edculos:<\/p>\n<p><em>A las frescas praderas me lleva a sestear,<\/em><\/p>\n<p><em>a las aguas de remanso me conduce El repara mi aliento,<\/em><\/p>\n<p><em>&#8230; frente a los opresores<\/em><\/p>\n<p><em>me preparas un banquete&#8230; (Sal 23, 2-5)<\/em><\/p>\n<p>Es un hecho, los opresores est\u00e1n ah\u00ed, y no cejan. Son en su mayor\u00eda los amigos de ayer, es el Rvdo. Hobart, son, apenas con algunas excepciones, los miembros, de la familia de la viuda de Guillermo, los Seton, sobre todo. El <em>s\u00e1bado pasado <\/em>-explica Isabel a Antonio en el transcurso de abril- <em>tuve una con\u00adversaci\u00f3n muy penosa, ciertamente la \u00faltima, con el Sr. Hobart, pero qued\u00e9 compensada plenamente, m\u00e1s del c\u00e9ntuplo, el domingo por la ma\u00f1ana, por mi querido Due\u00f1o en la Comuni\u00f3n, y mi Fe, si es posible, se hizo m\u00e1s firme y m\u00e1s resuelta que si no hubiese sido atacada.<\/em><\/p>\n<p>Unas l\u00edneas en los <em>Dear Remembrances <\/em>ser\u00e1n suficientes para cubrir los tres a\u00f1os que van a transcurrir entre este 25 de marzo de 1805 y el 9 de junio de 1808:<\/p>\n<p>&#8212; <em>ahora con el coraz\u00f3n pacificado, contento en los mil encuentros con la Cruz abrazada con toda el alma; pero tan atento a conservar la paz con <\/em>TODOS.<\/p>\n<p>&#8212; <em>recuerdos muy dolorosos ahora &#8212; sin embargo, agradeci\u00admiento respecto a ellos &#8211; <\/em>DESPERTACI\u00d3N DE NUESTRA GRACIA <em>tan evidente a tra\u00adv\u00e9s de <\/em>TODO.<\/p>\n<p>Solamente en el plano material es sombr\u00edo el porvenir en esta primavera de 1805. Guillermo Magee Seton, al morir, dej\u00f3 pr\u00e1cticamente sin ning\u00fan recurso pecuniario a su mujer y a sus cinco hijos, acostumbrados hasta entonces a la comodidad y al bienestar. Sin duda, cada uno de los miembros de su familia, de La que algunos se encuentran a la cabeza de una gruesa fortuna, hubieran querido acudir long\u00e1nimemente en ayuda de Isabel, desde su regreso de Liorna, si ella misma no hubiese roto, en cierto modo, con los suyos por el solo hecho de pasar a la religi\u00f3n cat\u00f3lica. Julia Scott, su amiga de Filadelfia, es de los pri\u00admeros en hacerle llegar algunos d\u00f3lares. Su cu\u00f1ado, Wright Post, y su hermana Mar\u00eda, a pesar de desaprobar abiertamente su determinaci\u00f3n, no escatiman para con ella. Su madrina, la Sra. Startin permanece, de momento, atenta a sus nece\u00adsidades. Pero, en realidad, quien asegura a la viuda de Guillermo el sostenimien\u00adto financiero m\u00e1s efectivo y m\u00e1s regular es. Antonio Filicchi, cuyos negocios es\u00adt\u00e1n entonces en plena prosperidad. Ha dado a su banquero de Nueva York las \u00f3rdenes m\u00e1s formales y precisas respecto a las sumas que ha de entregar a la Sra. Seton. El las renovar\u00e1 de manera perentoria, en toda ocasi\u00f3n, incluso des\u00adpu\u00e9s de su vuelta a Italia.<\/p>\n<p>Isabel sabe bien que no puede substraerse a tales ayudas, a\u00fan cuando su orgullo natural se encabrite en lo m\u00e1s \u00edntimo de ella, para apaciguarse a los pies de Cristo, El que \u00abde rico que era se hizo pobre por nosotros\u00bb (2 Cor 8, 9).<\/p>\n<p>Ella no es, con todo, mujer coma para vivir a expensas de los dem\u00e1s sin tratar de hacer, por su lado, todo lo que es factible.<\/p>\n<p>Se elabora un primer proyecto con el Sr. Juan Wilkes. El querr\u00eda abrir una pensi\u00f3n donde recibir\u00eda a muchachos que, siguiendo cursos en calidad de exter\u00adnos en Nueva York, no pueden volver cada noche a su hogar. \u00bfAceptar\u00eda Isabel dirigir esa pensi\u00f3n? El asunto no resulta, al menos por el momento.<\/p>\n<p>Antonio Filicchi, de pleno acuerdo con su hermano Felipe y Amabilia, pro\u00adpone entonces a la Sra. Seton llevarla con sus hijos a Liorna, cuando \u00e9l embar\u00adque. Ella se niega. Desde el momento que, cada ma\u00f1ana, ella puede tener la misa en Am\u00e9rica \u00bfpor qu\u00e9 iba a dejar de nuevo su pa\u00eds?<\/p>\n<p>El mes de mayo de 1805, anda en conversaciones con un profesor ingl\u00e9s, Patricio White, que desea abrir una escuela para muchachos y muchachas. El ha o\u00eddo hablar de la Sra. Seton, de c\u00f3mo ella ha asumido personalmente la ense\u00f1anza de sus hijos con competencia. Si ella quiere al presente formar equipo con el Sr. y la Sra. White, la escolaridad de sus hijas se encontrar\u00eda asegurada para el porvenir, mientras que ella gozar\u00eda personalmente de una situaci\u00f3n estable. El proyecto parece tomar cuerpo, cuando un rumor sin fundamento se extiende por la ciudad, al cual no es extra\u00f1o el Rvdo. Hobart. \u00bfNo va a convertirse la escuela proyectada en un peligroso hogar de papismo? La Sra. Sadler y la Sra. Dupleix, indignadas por la mala fe de que se da prueba frente a su amiga, corren a casa del pastor. Le hacen notar que contrariamente al rumor que corre, los White no son cat\u00f3licos, sino protestantes. Jam\u00e1s Isabel Seton ha tenido el menor pensamiento de hacer proselitismo. Simplemente, ella reclama el derecho concedido a todo ciudadano de la libre Am\u00e9rica: ganar su pan y el de sus hijos. Enrique Hobart admite que se ha equivocado. La escuela se abre, pero, desde el comienzo, tiene una mala prensa. El Sr. White, por otra parte, si es buen pro\u00adfesor, no parece tener las cualidades requeridas para una buena administraci\u00f3n; prueba, un fracaso anterior que ha conocido no hace mucho en Albany. En re\u00adsumen, la escuela White tiene que cerrar sus puertas en julio.<\/p>\n<p>De la noche a la ma\u00f1ana, la Sra. Seton debe, en consecuencia, dejar la \u00absimp\u00e1tica casa\u00bb cuyos encantos acababa de ponderar a su amiga Julia Scott. Hela, una vez m\u00e1s, sin hogar, con Anina, Guillermo, Ricardo, Kate y Rebeca. La mayor tiene 10 a\u00f1os, la menor 3. Le es forzoso entonces aceptar la propues\u00adta de su cu\u00f1ado y juntarse a la familia Post que va a instalarse para el verano en una casa de campo en Greenwich. Greenwich, en 1805, no es m\u00e1s que un sim\u00adple pueblo donde tiene la impresi\u00f3n de estar muy lejos de la ciudad. No hay facilidad, en todo caso, para volverse a all\u00e1. Duro sacrificio para Isabel. \u00a1Ni misa, ni comuni\u00f3n, ni sacramento de penitencia! Y esas mil peque\u00f1as nonadas que corren el riesgo de poner, a cada instante, fuego a la p\u00f3lvora, como la absti\u00adnencia del viernes, a la que la joven mujer cree deber ser fiel, a pesar de todo pero de la que el p\u00e1rroco de San Pedro la dispensa sabiamente.<\/p>\n<p>Al presente, Mar\u00eda mira a su hermana con una especie de conmiseraci\u00f3n o casi un cierto desprecio. Isabel hubiera querido, al menos, poner las cosas -n su punto. Que se acepten las razones v\u00e1lidas de su actitud, aunque no se las apruebe. Pero en el esp\u00edritu de Mar\u00eda, sucesi\u00f3n de los Ap\u00f3stoles, verdadera Iglesia, presencia real, no son m\u00e1s que bagatelas.<\/p>\n<p><em>Ap\u00f3stoles o no Ap\u00f3stoles <\/em>-respondi\u00f3 ella cierto d\u00eda- \u00a1s\u00e9 lo <em>que con tal que no seas cat\u00f3lica romana! \u00a1Metodista, cu\u00e1quera, si quieres. \u00a1Cu\u00e1quera!<\/em><em>, mira, \u00a1eso me agradar\u00eda mucho! Son encantadoras las cu\u00e1queras y vestidas con un chic&#8230; mientras que las cat\u00f3licas&#8230; Son sucias, asquerosas, harapientas. Escupen en el suelo dentro de su iglesia, se atropellan&#8230;<\/em><\/p>\n<p>\u00bfPara qu\u00e9 discutir? Lo m\u00e1s grave, sin embargo, no es a\u00fan esa soledad que siente Isabel tan dolorosamente y que hace de ella una verdadera extranjera en medio de su familia, es la confusi\u00f3n que puede resultar para sus hijos de una estancia que se prolonga en semejante clima. A cada instante, ellos oyen las dis\u00adcusiones que, a pesar de todo, Isabel no siempre puede evitar, con las amigas de su hermana, si no es con ella. San los chistes sobre el \u00abpapismo\u00bb, los sarcasmos o la indignaci\u00f3n declarada frente a la \u00abpostura imposible\u00bb en que se ha colocada esa \u00abpobre Sra. Seton\u00bb. No hay nada, desde el fracaso de la escuela White que no sea malignamente orquestado, de manera a veces muy poco cort\u00e9s, por unas gentes que reprochan precisamente a los parroquianos de San Pedro su falta de delicadeza y de educaci\u00f3n.<\/p>\n<p>-\u00a1Que esa Sra. Seton abra entonces una tienda! \u00a1Ella podr\u00eda ganar bien su vida vendiendo paquetes de t\u00e9 o porcelana!<\/p>\n<p>Se r\u00eden. Se desternillan de risa. \u00a1Tal fracaso para una mujer que brillaba, no hace tanto tiempo, en los salones m\u00e1s encopetados de la ciudad, para una mujer a quien se ten\u00eda a honor invitar a las m\u00e1s fastuosas recepciones! Acordaos: \u00a1ella bail\u00f3, claro est\u00e1, en el baile dado con ocasi\u00f3n de la recepci\u00f3n del Presidente! -Ella podr\u00eda tambi\u00e9n intentar abrir una escuela maternal&#8230;<\/p>\n<p>-S\u00ed -comentar\u00e1 Isabel- una escuela de chiquitines para que haya seguridad de que a unos beb\u00e9s que no hablan todav\u00eda ella no podr\u00e1 ense\u00f1arles a decir las palabras del \u00abAve Mar\u00eda\u00bb&#8230;<\/p>\n<p>Tales reflexiones fueron hechas, quiz\u00e1s, m\u00e1s o menos conscientemente, ante Bill y Ricardo. Ellos, no son, por lo dem\u00e1s, unos muchachos f\u00e1ciles. Privados tempranamente de la presencia de su padre, sufren inconscientemente una frustraci\u00f3n cuyas consecuencias pueden ser nefastas para su futuro. La Sra. Seton se da perfecta cuenta. Igualmente Antonio Filicchi. El est\u00e1 decidido a hacerse cargo de los gastos de su escolaridad. Al marchar al Canad\u00e1, en el mes de julio, visitar\u00e1 i<em>n situ los <\/em>colegios cat\u00f3licos que existen en Montreal. La cuesti\u00f3n, no obstante, quedar\u00e1 en suspenso hasta la primavera del a\u00f1o siguiente.<\/p>\n<p>Isabel, por otra parte, ha tenido que dejar apresuradamente por dos veces el pueblo de Greenwich, llamada con urgencia junto a la mayor de sus medias her\u00admanas, Emma Craig Bayley primero y luego junto a su madrastra. Con seis se manas de distancia, le es menester asistir a una y a otra en sus \u00faltimos momen\u00adtos. El 22 de julio, muere a los 26 a\u00f1os Emma, que acababa de traer al mundo un hijo. El 1 de septiembre, es su madre quien sucumbe, Carlota Barclay a la que hab\u00eda desposado el Dr. Bayley en segundas nupcias, y de la que estaba separado. Olvidando las diferencias pasadas, Carlota mand\u00f3 venir espont\u00e1neamente a Isa\u00adbel a su cabecera. Las dos \u00faltimas de sus hijas, Elena y Mar\u00eda, todav\u00eda unas adolescentes, descubren en su media hermana, a quien apenas conoc\u00edan, tesoros de ternura y de comprensi\u00f3n para con ellas. Isabel no puede menos de alegrarse de esta total y sincera reconciliaci\u00f3n que ha podido permitirle, al menos, testimoniar a la Sra. Bayley un afecto verdaderamente filial.<\/p>\n<p>Pero al ver partir a Emma y a su madre <em>sin los consuelos de que nuestro Dios todopoderoso nos ha provisto tan abundantemente, mi coraz\u00f3n <\/em>-dice ella- \u00ad<em>se llen\u00f3 de compasi\u00f3n para ellas, mientras que siento una alegr\u00eda grande en ex tremo, para poder expresarla con el pensamiento, de la suerte tan diferente que tenemos ante los ojos nosotros, para esa misma hora (de la muerte), por la divina misericordia y la bondad de nuestro Dios.<\/em><\/p>\n<p>Sin duda, ella aprovech\u00f3 esas dos idas inesperadas a Nueva York, para correr a San Pedro, confesarse, asistir a la misa y comulgar, pues, como lo subraya ella una vez m\u00e1s, la <em>comuni\u00f3n es para ella riqueza en la pobreza, alegr\u00eda en medio de las penas m\u00e1s profundas. A <\/em>los salmos, que desde siempre han hecho su alegr\u00eda, ella se complace ahora en a\u00f1adir los himnos eucar\u00edsticos, de Santo Tom\u00e1s y hace notar su predilecci\u00f3n por el <em>Pangue lingua, <\/em>que canta el misterio del Cuerpo y de la Sangre preciosa de Cristo, ese misterio en que la fe suple a los sentidos impotentes.<\/p>\n<p>Al final del mes de julio, un religioso de la Orden de San Agust\u00edn, abierto y din\u00e1mico, acaba de llegar a la parroquia de San Pedro, para ayudar al Sr. O&#8217;Brien. Tiene 25 a\u00f1os. Isabel cree volver a encontrar en \u00e9l, pero en la l\u00ednea d: que est\u00e1 segura, lo que esperaba hac\u00eda poco del Rvdo. Hobart, en el oficio dominical de la Trinidad. Cecilia Seton, que, desde la muerte de Rebeca, su hermana ma\u00adyor, ha permanecido en casa de los Seton, frecuenta ella tambi\u00e9n, por esta \u00e9poca, clandestinamente sin duda, la peque\u00f1a parroquia cat\u00f3lica. Isabel no se extra\u00f1a de ello. Desde hace mucho tiempo, ella conoce las secretas aspiraciones de Ceci\u00adlia. Pero esa relaci\u00f3n no es del gusto de los Seton. Una tormenta se prepara y retumba ya sordamente, en 1805, incitando a Isabel a la mayor prudencia en lo concerniente a sus relaciones con Cecilia, con Enriqueta y su prima Isabel Faqu\u00adhar. Las tres j\u00f3venes, durante la estancia de la Sra. Seton en Europa, se han relacionado \u00edntimamente y forman, en el plano espiritual, un peque\u00f1o equipo in\u00adtensamente vivo, cuya animadora es manifiestamente Cecilia, a pesar de ser la m\u00e1s joven.<\/p>\n<p>La experiencia personal del Sr. de Cheverus le permite comprender sin difi\u00adcultad la red de obst\u00e1culos, en la que ha de moverse, sin cesar, Isabel. No le es menester s\u00f3lo una gran fuerza de alma para <em>mantenerse <\/em>dentro del camino en que<\/p>\n<p>se ha comprometido, le hace falta una extremada prudencia para no suscitar en torno suya una crisis de la que no ser\u00eda ella la \u00fanica afectada.<\/p>\n<p>Pero el Sr. de Cheverus est\u00e1 en Maryland, y los correos con Nueva York distan mucho de ser r\u00e1pidos. El aconseja, por tanto, personalmente a la joven mujer, en ese verano de 1805, que se dirija, llegando el caso, al Sr. Tisserant. El Sr. Tisserant es tambi\u00e9n un sacerdote emigrante franc\u00e9s, procedente de la di\u00f3\u00adcesis de Bourges. Est\u00e1 en los EE. UU. desde 1798, y al presente vuelve al nuevo puesto que se le ha designada en Elizabethtown, en el estado de Nueva Jersev, mucho m\u00e1s pr\u00f3ximo a Nueva York que lo est\u00e1 Baltimore. Es un hombre -precisa el Sr. de Cheverus- conocedor de la vida espiritual profunda.<\/p>\n<p>Un hecho es cierto: desde esa \u00e9poca, el rumor que ha levantado en Nueva York el paso de la Sra. Seton a la Iglesia Cat\u00f3lica es revelador, a la vez del estado de los esp\u00edritus en la ciudad y de la personalidad de la joven mujer. Se menos ruido en torno a ella, si no se hubiera impuesto en cierta manera por un comportamiento excepcional. Su rango social por s\u00ed solo no hubiera bas\u00adtado para hacerla tan relevante. As\u00ed mismo su reputaci\u00f3n hab\u00eda pasado ya las fronteras del estado de Nueva York. Ya su nombre era conocido en los medios cat\u00f3licos de Baltimore. Las cartas de Felipe y de Antonio Filicchi a Mons. Ca\u00adrrol no hab\u00edan dejado de despertar la atenci\u00f3n de aquellos sacerdotes franceses que han ofrecido toda su vida -como el Sr. de Cheverus- para hacer conocer a la joven Am\u00e9rica el verdadero rostro de la Iglesia cat\u00f3lica, el cual un exceso de pasiones o de ignorancia hab\u00edan desfigurado all\u00ed pr\u00e1cticamente.<\/p>\n<p>Cuando Antonio se encuentre, unos meses m\u00e1s tarde, en Maryland, hallar\u00e1 acogida, inter\u00e9s y simpat\u00eda, junto a las m\u00e1s altas personalidades religiosas, en cuanto se trate de la Sra. Seton. Por el momento, en esos meses de verano de 1805, \u00e9l ha llegado hasta Canad\u00e1 a donde le llamaban sus negocios comerciales. Aprovecha su estancia en Montreal para visitar el colegio que recientemente han abierto all\u00ed los Sulpicianos. Le agrada tanto el colegio que si dependiera de \u00e9l, reservar\u00eda inmediatamente la plaza de Guillermo y de Ricardo. Secretamente, de\u00adsea que Isabel misma con sus tres hijas vaya a establecerse en aquella ciudad esencialmente cat\u00f3lica. Teme volverse a Italia, sabi\u00e9ndola en debate con tantos enredos, tantas dificultades, tantos riesgos. El le escribe para hacerle el elogio del colegio canadiense. Pero Isabel le responde que la idea de enviar a los muchachos al Canad\u00e1 la espanta. Su respuesta alcanza a Antonio en Boston. El no la quiere presionar. \u00bfNo podr\u00eda ella, en esas condiciones, intentar poner a su hijos bien en el colegio de Georgetown, bien en el de Baltimore? El primero est\u00e1 dirigido por los Jesuitas, o al menos por algunos miembros dispersos de la Compa\u00f1\u00eda, el se\u00adgundo por los Sulpicianos. Esta vez tambi\u00e9n la cuesti\u00f3n queda sin respuesta in\u00admediata, pues en el mes de noviembre el proyecto del Sr. Wilkes, abandonado de momento, vuelve a tomar cuerpo de manera consistente. Se encuentran los primeros internos de la pensi\u00f3n: son los alumnos del Rvdo. Guillermo Harris, ministro de la parroquia de St. Mark-in-the-Bouweries. Si la Sra. Seton acepta tomar la direcci\u00f3n de la pensi\u00f3n, es decir asegurar la responsabilidad material, el puesto est\u00e1 vacante, inmediatamente. Ella se lo refiere a Antonio, quien en\u00adcuentra aceptable la soluci\u00f3n. Hasta el \u00faltimo momento, no obstante, se puede temer que las conversaciones fracasen. No es seguro todav\u00eda que los padres acepten ver a sus hijos confiados, aunque s\u00f3lo sea en el plan material, a una cat\u00f3lica. En realidad, todo se encuentra arreglado al fin de noviembre.<\/p>\n<p>La situaci\u00f3n, s\u00f3lida tal vez, no se muestra muy confortable. A pesar de la ayuda efectiva de una mujer de servicio competente, la Sra. Seton se ve cons\u00adtre\u00f1ida a un trabajo pesado y penoso: cocina, colada, costura. Por la noche se cae literalmente de cansancio y de sue\u00f1o. Y, no obstante, lo que gana, asumien\u00addo esa tarea agotadora, no le basta a\u00fan para hacer vivir a sus cinco hijos. La Sra. Startin, los Post, Julia Scott, Antonio sobre todo. contin\u00faan asegur\u00e1ndole regularmente una ayuda financiera. Sin embargo, ella se juzga dichosa de tener de nuevo un HOGAR. Hace part\u00edcipe de esa alegr\u00eda a Julia, el 6 de diciembre, precis\u00e1ndole que la peque\u00f1a Ana toma hasta lecciones de danza con una exce\u00adlente profesora, la Sra. Faquhar, quien al mismo tiempo es su vecina y amiga. Eso -a\u00f1ade ella- <em>no es tanto por aprender los pasos de la danza como por adquirir cierta facilidad en sus movimientos y agradar de esa manera a \u00abT\u00eda Scott\u00bb. <\/em>El frescor del detalle que sabe guardar su puesto, el que le conviene, el medio de las precauciones, de los azares, de las m\u00e1s graves cuestiones, es cierta\u00admente la nota que caracterizar\u00e1 siempre a Isabel Seton. Pruebas agobiantes, tra\u00adbajos agotadores, gracias de elecci\u00f3n, nada le hace perder la espontaneidad, la fina malicia de su esp\u00edritu como tampoco el sentido de las realidades m\u00e1s humil\u00addes con que est\u00e1 tejida toda vida humana, la de los santos como la de todos los dem\u00e1s. As\u00ed pues, este a\u00f1o de 1805, comenzado por ella en la angustia v la obs\u00adcuridad, transido de la alegr\u00eda llameante del 25 de marzo, acaba sencillamente en la paz. El 10 de enero siguiente, Isabel resumir\u00e1 la situaci\u00f3n para Julia Scott tambi\u00e9n: Soy <em>dulcemente, tranquilamente y silenciosamente una buena cat\u00f3lica.<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ah\u00ed est\u00e1 el Se\u00f1or que llega con poder, su brazo impera. Mirad, con El viene su salario y su recompensa le precede. 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