{"id":9625,"date":"2016-08-09T13:00:11","date_gmt":"2016-08-09T11:00:11","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/01\/18\/isabel-seton-la-biografia-15-a-la-hora-de-medianoche\/"},"modified":"2016-07-26T09:38:30","modified_gmt":"2016-07-26T07:38:30","slug":"isabel-seton-la-biografia-15-a-la-hora-de-medianoche","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/isabel-seton-la-biografia-15-a-la-hora-de-medianoche\/","title":{"rendered":"Isabel Seton, la biograf\u00eda: 15 &#8211; A la hora de medianoche"},"content":{"rendered":"<p><em>Al o\u00edrlo, soy presa de dolores,<br \/>\ncual dolores de parturienta;<br \/>\npasmada estoy y espantada, al verlo.<br \/>\nPierdo el sentido,<br \/>\nme estremezco de terror.<br \/>\nEl crep\u00fasculo anhelado<br \/>\nse me torna en pesadilla.<br \/>\nIs 21, 3<\/em><\/p>\n<p>Despu\u00e9s de unas semanas de retraso, debido a una ausencia moment\u00e1nea del obispo de Baltimore, llega, al fin, a Nueva York, su respuesta, el 22 de agosto de 1804. Antonio Filicchi tiene justamente el tiempo de comunic\u00e1rselo a Isabel antes de su salida para Boston, donde le reclaman sus negocios.<\/p>\n<p>A la semana siguiente, la joven mujer le hace part\u00edcipe del reconocimiento y de la alegr\u00eda con que ha recibido la carta de Mons. Carroll. \u00bfQu\u00e9 conten\u00eda exactamente esa carta que ha desaparecido? Nada, seguramente, que pretendiera ejercer cualquier presi\u00f3n sobre la que hab\u00eda solicitado su consejo. <em>De rodillas, imploro a Dios que me esclarezca para ver la verdad en la que ya no pueda mezclarse ni duda, ni vacilaci\u00f3n <\/em>-explica ella a Antonio-. Cada d\u00eda, vuelve a leer en el Evangelio las promesas de Cristo a Pedro: \u00abT\u00fa eres Pedro y sobre esta piedra edificar\u00e9 mi Iglesia\u00bb (Mt 16, 18). Cada d\u00eda, medita el admirable cap\u00edtulo VI de san Juan: \u00abEn verdad, os aseguro que si no com\u00e9is la carne del Hijo del hombre y no beb\u00e9is su sangre no tendr\u00e9is vida en vosotros&#8230; Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en m\u00ed, y yo en \u00e9l. Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, tambi\u00e9n el que me coma vivir\u00e1 por m\u00ed&#8230; \u00ab.<\/p>\n<p><em>Y luego <\/em>-prosigue ella- <em>pregunto a Dios si es posible que yo le ofenda creyendo esas palabras que son formales. <\/em>Ella lee igualmente a su <em>querido san Francisco de Sales. Y me pregunto: \u00bfes posible que yo ose pensar de otra manera de la que \u00e9l piensa, o que yo busque el cielo de modo diferente al suyo? He le\u00eddo su<\/em> REFORMA DE INGLATERRA <em>y encuentro su testimonio demasiado conclu\u00adyente para admitir r\u00e9plica alguna.<\/em><\/p>\n<p>Y, a pesar de todo, no es para ella todav\u00eda el momento de dar el paso deci\u00ad<em>sivo. Dios no me abandonar\u00e1, Antonio <\/em>-concluye ella-. Yo <em>s\u00e9 que El me inte\u00adgrar\u00e1 en su reba\u00f1o. Bien que mi fe no sea bastante firme, estoy cierta de que \u00c9l no decepcionar\u00e1 mi esperanza, la cual est\u00e1 afincada en su propia palabra: \u00abNo despreciar\u00e1 el coraz\u00f3n quebrantado y humillado\u00bb un coraz\u00f3n que mirar\u00eda todas las p\u00e9rdidas del mundo como las mayores ganancias, dado que obtenga la dicha de contentarle\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>\u00abMe hice perdidiza y fui ganada\u00bb, canta el \u00abC\u00e1ntico espiritual\u00bb de san Juan de la Cruz. \u00abTal es el que anda enamorado de Dios, que no pretende ganancia ni premio, sino s\u00f3lo perderlo todo y a s\u00ed mismo en su voluntad por Dios, y \u00e9sa tiene por su ganancia&#8230; \u00bb<\/p>\n<p>As\u00ed Isabel prosigue su b\u00fasqueda, aventurada en la noche por Aqu\u00e9l cuyas huellas le parece a veces haber perdido. Ella confiesa a Antonio el 2 de septiem\u00adbre: <em>Se presentar\u00e1n todav\u00eda a mi esp\u00edritu cosas espantosas que le perturben y que quebranten mi fe. A\u00fan cuando Dios es bastante bueno para darme la certeza m\u00e1s completa de que por el nombre de Jes\u00fas mis oraciones han de ser, final\u00admente, escuchadas, resta que al presente hay ante mi camino una nube que me envuelve, en tanto que ya no ceso de preguntarle cu\u00e1l es la ruta verdadera&#8230; S\u00ed, verdaderamente, cuando el recuerdo de mis pecados y de mi falta de santidad de cara a Dios viene a herir mi memoria, imponi\u00e9ndose a ella con toda su fuer\u00adza, yo me pregunto tan s\u00f3lo c\u00f3mo poder esperar de El un tan grande favor: la luz de su verdad, antes que el arrepentimiento de mi vida pasada incline su mi\u00adsericordia llena de piedad a conced\u00e9rmela.<\/em><\/p>\n<p>\u00abLa divina purgaci\u00f3n\u00bb -explica tambi\u00e9n san Juan de la Cruz- \u00abanda remo\u00adviendo todos los malos y viciosos humores que por estar ellos muy arraigados y asentados en el alma, no los echaba ella de ver&#8230;, se los pone al ojo y los ve tan claramente, alumbrada por esta obscura luz de divina contemplaci\u00f3n (aun\u00adque no es peor que antes ni en s\u00ed ni para con Dios); como ve en s\u00ed lo que antes no ve\u00eda, par\u00e9cele claro que est\u00e1 tal, que no s\u00f3lo no est\u00e1 para que Dios la vea, mas que est\u00e1 para que la aborrezca y que ya la tiene aborrecida\u00bb.<\/p>\n<p>Con una intuici\u00f3n muy segura, Isabel persiste en volverse hacia la Madre de Dios como hacia la que es m\u00e1s capaz de guiarla en plenas tinieblas. <em>Es la Nati\u00advidad de la Virgen bendita <\/em>-escribe a Antonio el 8 de septiembre- <em>y he tratado de santificar este d\u00eda, suplicando a Dios que mire a mi alma <\/em>-\u00abpara Dios, dice santo Tom\u00e1s de Aquino, mirar es amar\u00bb- <em>y que vea con qu\u00e9 alegr\u00eda besar\u00eda sus pies, por ser Ella su Madre. <\/em>S\u00ed, ella querr\u00eda testimoniar a Nuestra Se\u00f1ora todo su respeto, todo su amor, si <em>tan s\u00f3lo pudiera hacerlo con la libertad de esp\u00edritu que supondr\u00eda el conocimiento de su voluntad.<\/em><\/p>\n<p>Pero ella no est\u00e1 todav\u00eda al cabo de la noche. Acaba de tener con Enrique Hobart \u00abuna discusi\u00f3n de las m\u00e1s penosas\u00bb. Ella hubiera querido mostrar al ministro protestante la carta del obispo cat\u00f3lico. Hubiera deseado entablar un di\u00e1logo, leal y sosegada. El amor propio herido del Rev. Hobart aparece esta vez bajo los argumentos carentes de fundamento que \u00e9l acumula con un tono de desprecio. <em>El estaba en el l\u00edmite de su paciencia <\/em>-constata Isabel-. <em>El dijo: \u00abLa Iglesia (cat\u00f3lica) est\u00e1 corrompida. Nosotros hemos vuelto a la doctrina primitiva&#8230;\u00bb. Su visita fue breve y dolorosa de una y otra parte. Que Dios me conduzca, pues creo que es vano esperar un auxilio que viniera de otro que El.<\/em><\/p>\n<p>Cuatro d\u00edas m\u00e1s tarde, nuevo grito de aflicci\u00f3n: <em>\u00a1Oh Antonio! \u00bfCu\u00e1ndo va a ser mi alma digna de ser escuchada? <\/em>\u00bfCu\u00e1ndo en efecto lograr\u00e1 encontrar esa libertad de esp\u00edritu que s\u00f3lo puede darle la luz de la verdad? Cada vez m\u00e1s, su alma est\u00e1 <em>como aplastada por un peso enorme y obscuro, sufriendo hasta le ago\u00adn\u00eda, a tal punto que morir le parecer\u00eda un alivio preferible a tan grandes penas. \u00bfCu\u00e1ndo, pues, <\/em>-gime ella el 19 de septiembre- <em>cu\u00e1ndo, pues, mi oscu\u00adridad se tornar\u00e1 en claridad? <\/em>Tal es la oraci\u00f3n que repite sin cesar a Dios, <em>pues verdaderamente parecer\u00eda <\/em>-explica ella- <em>que el esp\u00edritu maligno ha tomado lugar tan cerca de mi alma que nada bueno puede penetrar en ella sin estar mezclado con sus sugestiones. He le\u00eddo en san Agust\u00edn que \u00abdonde \u00e9l despliega la mayor actividad, donde los obst\u00e1culos en el servicio de Dios parecen m\u00e1s gran\u00addes, \u00a1all\u00ed hay lugar para creer que el \u00e9xito ser\u00e1 m\u00e1s brillante!\u00bb. La esperanza de ese \u00e9xito brillante es toda mi confortaci\u00f3n, pues, en verdad, mi alma est\u00e1 a veces tan probada que est\u00e1 a punto de zozobrar.<\/em><\/p>\n<p><em>Esta ma\u00f1ana me prostern\u00e9 rostro en tierra ante Dios. Apel\u00e9 a El como a mi justo juez, para que me hiciera conocer si era la dureza de mi coraz\u00f3n o la falta de buena voluntad por instruirme, u otros motivos humanos lo que hace de pan talla entre yo y la verdad&#8230; S\u00ed, ser\u00eda dichosa de morir por su santa verdad, si eso hubiera de contentarle&#8230; Ni <\/em>hasta el recuerdo de los consuelos experimenta\u00addos en Liorna deja de levantar en su alma una nueva tempestad. No le queda ya entonces sino reclamar gracia de nuevo <em>para una pecadora, implorar a Dios para que su compasi\u00f3n, que es manantial de luz, de vida y de verdad, esclarezca mis ojos a fin de que no me duerma en la muerte, la muerte del pecado y del error de la que me esfuerzo en escapar con toda la energ\u00eda de mi alma.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00ab&#8230; <\/em>Grande compasi\u00f3n conviene tener -dice san Juan de la Cruz- al alma que Dios pone en esta tempestuosa y horrenda noche\u00bb.<\/p>\n<p>Isabel querr\u00eda explicar a Antonio c\u00f3mo trata de caminar a tientas en esa noche terrible. Despu\u00e9s de leer la vida de Santa Mar\u00eda Magdalena ha querido apartarse de todos los consejos contradictorios y tomar l\u00facidamente una decisi\u00f3n: <em>la de entrar en esa Iglesia que tiene, al menos, la multitud de las gentes sabias y buenas de su lado. <\/em>Entonces se ha puesto a examinar cu\u00e1les eran los primeros pasos que deb\u00eda dar y ha concluido: <em>Dar esos primeros pasos \u00bfno es afirmar que <\/em><em>a <\/em><em>reo en todo lo que ha sido ense\u00f1ado por el Concilio de Trento? <\/em>Pero si es as\u00ed, ella no se considera con derecho de dar ese paso sin faltar a la lealtad, desde el mo\u00admento que se siente incapaz de conceder a la Tradici\u00f3n el valor que ha reconocido siempre, de manera exclusiva, a la sola Escritura. Y explica su pensamiento: <em>Acu\u00e9rdese de la mezcla de verdad y de error que se ha hecho valer a mi esp\u00ed\u00adritu&#8230; Todo lo que puedo hacer es renovar mi promesa de orar incesantemente, de esforzarme por lavar con las l\u00e1grimas y la penitencia los pecados que, temo, ponen obst\u00e1culo a mi marcha hacia Dios. Reitero una vez m\u00e1s, ruegue por m\u00ed.<\/em><\/p>\n<p>Aplastada en su alma, no sigue enfrent\u00e1ndose menos a todas las tareas dom\u00e9s\u00adticas que pesan al presente sobre ella. Tres de sus hijos tienen la escarlatina y ella se confiesa agotada f\u00edsicamente por efecto de la fatiga que de ah\u00ed le resulta. Su necesidad de expresarse, por otra parte, es evidente. Rebeca ya no est\u00e1 all\u00ed, para recibir sus confidencias. Con su cu\u00f1ado Post, ha tenido, sin duda, una ex\u00adplicaci\u00f3n leal, pero, al fin, bastante superficial. Su amiga Isabel Sadler no com\u00adprende absolutamente nada del drama que se desarrolla en el alma de Betty. Julia Scott se muestra llena de ternura, llena de tacto tambi\u00e9n, pero dif\u00edcilmente puede seguir a Isabel en un camino tan nuevo. Queda Amabilia. \u00a1Qu\u00e9 importa la dis\u00adtancia, si el esp\u00edritu de ambas se mueve en un dominio id\u00e9ntico! Una larga carta va, pues, a partir para Liorna, escrita un domingo de septiembre.<\/p>\n<p><em>Su Antonio no hubiera quedado muy satisfecho de verme en la iglesia de san Pablo <\/em>(la parroquia episcopaliana). Pero Isabel ha cre\u00eddo deber suyo ceder en el plano de las formas sociales para no envenenar m\u00e1s las cosas con los suyos. <em>Sin embargo <\/em>-confiesa ella- <em>me puse en un banco de lado, de suerte que me encontraba vuelta hacia la Iglesia cat\u00f3lica, que est\u00e1 en la calle vecina, y veinte veces me sorprend\u00ed hablando al Santo Sacramento all\u00ed, en lugar de mirar, donde me encontraba, al altar desnudo y de escuchar la rutina de las oraciones. Muchas l\u00e1grimas y suspiros tan profundos y silenciosos como cuando, por primera vez, entr\u00e9 en vuestra iglesia de la Anunciaci\u00f3n en Florencia, reduci\u00e9ndose todo al solo deseo, \u00fanico, de discernir cu\u00e1l era el camino m\u00e1s agradable a Dios, cualquie\u00adra que fuese ese camino.<\/em><\/p>\n<p>Las objeciones pueriles que le puso Enrique Hobart, y que ella no ha osado, quiz\u00e1s, explicitar en su carta a Antonio, las reanuda aqu\u00ed con Amabilia: El <em>Sr. Hobart dice: \u00bfC\u00f3mo puede usted creer que hay tantos dioses como hay mi\u00adllares de altares y docenas de millares de santas hostias sobre la tierra? <\/em>Pero ella es ciertamente demasiado fina para no sentir la vaciedad de semejante argu\u00adcia. <em>De nuevo, no pude sino reirme de sus serias palabras. \u00bfNo <\/em>ha reflexionado ella, meditado sobre la cuesti\u00f3n? Y es para llegar a una conclusi\u00f3n de buen sen\u00adtido: <em>Es Dios quien lo hace, el mismo Dios que aliment\u00f3 a tantos miles de per\u00adsonas con los panecillos de cebada y los pececillos, multiplic\u00e1ndolos, claro est\u00e1, en las manos de quienes los distribu\u00edan. Y eso es lo que menos me estorba del mundo. Dirijo la mirada derechamente hacia mi Dios, y veo que no hay nada muy dif\u00edcil de creer en eso, ya que es El quien lo hace. Hace unos a\u00f1os le\u00ed esto en un viejo libro: \u00abDecir que algo es un misterio, y que uno no lo comprende, no es hablar contra el misterio mismo; es reconocer simplemente los l\u00edmites de nuestra inteligencia que no comprende una cantidad de cosas que se han de te\u00adner, sin embargo, por verdaderas\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>As\u00ed va ella, sacando juiciosas deducciones: Creer en la presencia real de Dios en el Santo Sacramento, creer que se ha hecho en \u00e9l el alimento de los que somos peregrinos en la tierra, como el man\u00e1 lo fue de los israelitas en el desierto, es con seguridad un motivo de alegr\u00eda profunda y de consolaci\u00f3n. En consecuencia, <em>si este punto de doctrina es tan s\u00f3lo una invenci\u00f3n de los hombres y de los sacerdotes -como dicen aqu\u00ed- entonces Dios estar\u00eda menos deseoso de darnos esa dicha que lo est\u00e1n esos impostores.<\/em><\/p>\n<p>Cosa digna de notarse, Isabel repite casi con las mismas expresiones el razo\u00adnamiento del Cura de Ars: \u00abLo que el hombre no hubiera podido imaginar lo ha hecho Dios. \u00bfHubi\u00e9ramos osado jam\u00e1s decir a Dios que hiciese morir a su Hijo por nosotros, que nos diese a comer su carne y a beber su sangre? Si todo eso no fuera verdad, el hombre habr\u00eda podido entonces imaginar cosas que Dios no puede hacer, ser\u00eda ir m\u00e1s lejos que Dios en las invenciones de amor. No es posible\u00bb. Refiri\u00e9ndose siempre a la Santa Eucarist\u00eda, Isabel prosigue: El <em>no nos amar\u00eda tampoco, a nosotros los hijos de la Redenci\u00f3n, a nosotros que hemos sido rescatados por la Sangre preciosa de su Hijo bienamado, tanto como am\u00f3 a los hijos de la Antigua Ley. Tal ser\u00eda, en realidad, la conclusi\u00f3n l\u00f3gica del razona\u00admiento, ya que, a nosotros, no nos dejar\u00eda m\u00e1s que los muros desnudos de nues\u00adtras iglesias con unos altares desmantelados, sin que se encuentre all\u00ed el Arca que habitaba su presencia, sin que se encuentre all\u00ed ninguna de las prendas preciosas de su solicitud por nosotros, lo que, sin embargo, daba a los de la Antigua Alian\u00adza. Se me dice aqu\u00ed que debo adorarle ahora en esp\u00edritu y en verdad, pero mi po\u00adbre esp\u00edritu tiene necesidad de algo para fijar su atenci\u00f3n, si no se duerme o vagabundea. A decir verdad, querid\u00edsima Amabilia, creo experimentar una uni\u00f3n de coraz\u00f3n y de alma con El ante una estampa que encontr\u00e9, hace unos a\u00f1os, en la cartera de mi padre, m\u00e1s de lo que la experimento en el&#8230; <\/em>La palabra \u00abtemplo\u00bb est\u00e1 ciertamente en su pensamiento. Ella no se atreve a escribirla, tira una l\u00ednea y prosigue: <em>Pero iba a decir una tonter\u00eda \u00a1Como si la verdad dependiera de los que nos rodean, o del sitio donde nos encontramos!<\/em><\/p>\n<p><em>Lo que puedo decir solamente es que deseo con fuerza y que quiero adorar a nuestro Dios en verdad. Si no os hubiera encontrado a vosotros, los cat\u00f3licos, y no obstante hubiera le\u00eddo los libros que me he prestado el Sr. Hobart, esa lectura habr\u00eda sido suficiente para suscitar en mi esp\u00edritu las dudas y las in\u00adcertidumbres por centenares.<\/em><\/p>\n<p>La confesi\u00f3n es de importancia. Ning\u00fan compromiso contentar\u00e1 jam\u00e1s a Isa\u00adbel, en cualquier dominio que sea. Desde el instante en que no est\u00e1 segura de poseerla verdad total, ya no tendr\u00e1 descanso hasta haber logrado por fin encon\u00adtrarla. \u00a1Qu\u00e9 importa al fin la dureza del camino en que se ha aventurado, qu\u00e9 importa la opacidad de la noche que ha de atravesar, si, al cabo de la noche, ella encuentra la verdad, la luz y a su Dios! <em>Pues El sabe que una \u00fanica coca impulsa a mi alma: el deseo de contentarle, a El solo, de acercarme del todo a El, en esta vida y en la otra. <\/em>\u00abPondus meum, amor meus\u00bb -dec\u00eda san Agust\u00edn-: \u00ab<sub>\u00a1<\/sub>El peso que me lleva es mi amor!\u00bb. Igualmente -Isabel est\u00e1 de ello segura-\u00adsu Dios a quien ella busca <em>ardiendo en un amor pleno de angustia, <\/em>no puede enga\u00f1arla. Por eso, <em>a la hora de medianoche <\/em>-\u00bfse trata de la noche en que la tie\u00adnen despierta los accesos de tos de sus hijos enfermos, se trata de la noche obs\u00adcura en que su alma camina?; de las dos a la vez, sin duda-, <em>a la hora de media noche, cr\u00e9ame, a menudo, en medio de mis l\u00e1grimas y de mi aflicci\u00f3n, lanzo mis ojos sobre la pared, frente a m\u00ed, persuadida de que su dedo escribir\u00eda antes sobre esa pared, como se refiere en el libro de Daniel (V), antes que abandonar a su pobre criatura.<\/em><\/p>\n<p>No, Dios no la abandona. Su deseo -ha dicho ella- es de acercarse del todo a El. El escucha su oraci\u00f3n, dej\u00e1ndole avanzar justamente en eso que le parece a ella opaca obscuridad, y que es, en realidad, el camino de la luz.<\/p>\n<p><em>Mi pobre alma <\/em>-conf\u00eda ella tambi\u00e9n a Antonio, el 27 de septiembre- <em>est\u00e1 de d\u00eda en d\u00eda m\u00e1s indecisa y m\u00e1s embarazada, no porque ella descuide sus ora\u00adciones, sus s\u00faplicas hacia Dios, las cuales m\u00e1s bien se han redoblado, por el con\u00adtrario, sino que es como un p\u00e1jaro que se debate en una red, incapaz de escapar a sus miedos y a sus terrores. Este mediod\u00eda, despu\u00e9s de enviar los ni\u00f1os a jugar, fui a arrodillarme en mi peque\u00f1a habitaci\u00f3n para examinar lo que deb\u00eda hacer&#8230; \u00bfDeb\u00eda leer de nuevo los libros del Sr. Hobart? Mi coraz\u00f3n se rebelaba, pues s\u00e9 que <\/em>ALL\u00cd <em>est\u00e1n todas las \u00abnegras acusaciones\u00bb, y el conjunto que ellas forman es un tormento demasiado vivo para mi alma. \u00bfDeb\u00eda volver a tomar aqu\u00e9llos &#8211; donde se expone la doctrina cat\u00f3lica, bien que cada una de sus p\u00e1ginas me sea familiar hasta el punto de sab\u00e9rmelas de memoria? <\/em>Ella ya no sabe verdadera\u00admente qu\u00e9 debe hacer, si no es orar. <em>La oraci\u00f3n, en todo tiempo, en todas par\u00adtes, tal es mi \u00fanico refugio&#8230; He orado, y oro de tal manera que cada uno de mis pensamientos me parece ser una oraci\u00f3n. Cuando me desvelo, despu\u00e9s de un breve momento de sue\u00f1o, tengo la impresi\u00f3n de haber seguido orando.<\/em><\/p>\n<p>Orar, llorar tambi\u00e9n. Sus ojos est\u00e1n irritados por ello hasta causarle dolor. Entristecidos, los hijos miran sin comprender el rostro deshecho de su madre. Al menos, la rodean de su ternura, hacen heroicos esfuerzos por agradarla y lle\u00advar una sonrisa a sus labios. Anina misma se ha superado por la \u00edntima y bien\u00adaventurada tortura que presiente en el coraz\u00f3n de la que, hasta aqu\u00ed, ha visto tan en\u00e9rgica frente a las mayores pruebas. Con todo, si Dios no ha \u00abescrito con su dedo en la pared\u00bb, ha dejado en el alma de Isabel una certidumbre que es, al fin, la marca cierta de su propia obra. <em>Dulces son mis l\u00e1grimas y dulces mis penas. Grande es tambi\u00e9n mi consuelo, ya que si Aqu\u00e9l que es el Manantial todopoderoso de la luz no me env\u00eda su luz bendita, por lo menos no permite que yo permanezca, en mis tinieblas, satisfecha e indiferente.<\/em><\/p>\n<p>En una carta escrita tambi\u00e9n para Antonio, el 29 de septiembre, fiesta de San Miguel, cuenta c\u00f3mo se ha celebrado ese d\u00eda en el hogar de Isabel. Nada de clase para los peque\u00f1os hoy. <em>Hubiera estado contento de o\u00edr sus preguntas respecto al arc\u00e1ngel san Miguel, y con qu\u00e9 avidez escuchaban el relato de todos los buenos servicios que nos prestan los \u00e1ngeles, y la historia de san Miguel precipitando del cielo a Lucifer. <\/em>Cada noche, al fin de la oraci\u00f3n, los cinco se ponen de rodillas ante su madre \u00abpara que ella trace sobre cada uno de ellos la se\u00f1al de la Cruz\u00bb. En la tocante a ella, tendr\u00eda tantas cosas que decir a Antonio, pero prefiere aguardar a su regreso a Nueva York, para reanudar con \u00e9l las conversaciones que le faltan.<\/p>\n<p><em>Yo podr\u00eda gritar ahora, como ten\u00eda costumbre de ello mi pobre Seton: \u00a1Anto\u00adnio! \u00a1Antonio! \u00a1Antonio! Pero acallo esa llamada y mi alma se pone a gritar:<\/em><\/p>\n<p><em>\u00a1Jes\u00fas! \u00a1Jes\u00fas! \u00a1Jes\u00fas! Ah\u00ed es donde encuentra su reposo y una paz de cielo, ah\u00ed donde se sosiega al o\u00edr ese nombre, como se calma mi chiquitina al son de mi mecedora. <\/em>De ah\u00ed que las f\u00f3rmulas de oraciones donde sale con frecuencia el nombre de Jes\u00fas -dice ella- son su predilecci\u00f3n.<\/p>\n<p>Ella, por otra parte, contin\u00faa leyendo, con un inter\u00e9s apasionado, la vida de los santos, consagrando a esa lectura el poco tiempo de ocio de que dispone, pues all\u00ed hay para ella un verdadero solaz, un alivio cierto para sus penas, un so siego en sus luchas. <em>Cuando leo que san Agust\u00edn estuvo mucho tiempo incierto, vacilando su esp\u00edritu entre el error y la verdad, yo me digo: Ten paciencia, Dios te conducir\u00e1 ciertamente a su casa, para acabar. <\/em>Ella no se cansa de volver a coger los textos de san Francisco de Sales. Ella se siente dichosa en compa\u00f1\u00eda de los santos. Pera, \u00bfpor qu\u00e9 tiene que encontrarse como separada de ellos? <em>\u00a1Antonio! \u00a1Antonio! \u00bfpor qu\u00e9 no puedo convencerme de que vuestra religi\u00f3n es ahora todav\u00eda la religi\u00f3n que era la suya?<\/em><\/p>\n<p>Sus dudas, sus luchas \u00edntimas., son para ella misma un impenetrable misterio. Y grita una vez m\u00e1s su necesidad de amistad, su necesidad de comprensi\u00f3n. <em>Anto\u00adnio, usted conoce mi coraz\u00f3n, usted conoce mis sufrimientos, mis penas, mis esperanzas y mis temores. Jonat\u00e1s amaba a David como a \u00e9l mismo; \u00a1pues bien!, personalmente, si yo fuera su hermano, Antonio, \u00a1no le dejar\u00eda, ni siquiera por espacio de una hora! <\/em>A pesar de todo, ella trata de volverse hacia Dios solo.<\/p>\n<p>Otro motivo de aflicci\u00f3n. La resoluci\u00f3n que ha tomado de escribir otra vez a Mons. Carroll, por consejo de Antonio, ha suscitado entre los suyos nuevas muestras de oposici\u00f3n. Los <em>protestantes dicen que estoy en estado de tentaci\u00f3n; usted, por su lado, claro est\u00e1, debe pensar lo mismo. De todos modos, el Todo\u00adpoderoso es mi socorro, no por lo que soy personalmente, sino por el nombre de Jes\u00fas. Pero vamos, a ver, \u00bfes posible que haga yo algo malo en escribir al obispo, siguiendo en esto, por otra parte, la indicaci\u00f3n de usted? Al menos, la carta estar\u00e1 totalmente lista cuando usted vuelva.<\/em><\/p>\n<p>Ella recibe por este mismo tiempo largas misivas de Liorna. Felipe Filicchi sigue de lejos el drama que tanto hubiera querido evitar a la Sra. Seton. Ore -le aconseja \u00e9l- ore sin cesar, con ardor, con confianza&#8230; Usted no puede pedir sin que se le conceda, no puede llamar y encontrar siempre ante usted una puerta cerrada. Usted no puede buscar sin que acabe por encontrar&#8230; Evite el laberinto de las controversias: ellas no la har\u00e1n m\u00e1s juiciosa&#8230; \u00bfAcaso nuestro Salvador no desea nuestra salvaci\u00f3n m\u00e1s de lo que la deseamos nosotros? Su ansiedad es irrazonable. \u00a1Ora a su Padre, a su Creador y a su Salvador, y tiembla! \u00bfNo co\u00adnoce entonces su bondad? Esos no eran los sentimientos del hijo pr\u00f3digo o de la Magdalena. San Pablo, en el camino de Damasco, oye la llamada de Aqu\u00e9l a quien no conoce todav\u00eda: \u00e9l no se turba. Con calma, le pregunta: \u00bfQu\u00e9 quieres que yo haga? Solamente en la calma y en la tranquilidad podemos hacer el bien; nuestro enemigo se complace en la turbaci\u00f3n, la turbaci\u00f3n es su elemento. El sube bien que no puede pescar el pez en agua clara.<\/p>\n<p>\u00bfEst\u00e1 Isabel turbada, en la incertidumbre? Que no cese de orar, pero que ore con calma. Sin duda hubiere obrado mejor que entablando conversaciones con sus amigos de Nueva York. Bien parece que, obrando as\u00ed, ha seguido la prudencia del mundo, esa prudencia que el Evangelio califica de locura. Sea lo que fuere, la turbaci\u00f3n, de dondequiera que venga, es siempre nociva: Y si <em>usted se turba de estar turbada <\/em>-afirma Felipe- <em>no encontrar\u00e1 jam\u00e1s la paz.<\/em><\/p>\n<p>Resulta dif\u00edcil saber con exactitud a qu\u00e9 ritmo y al cabo de cu\u00e1ntas semanas le llegan esas cartas de Liorna. Lo que parece cierto es que, a pesar de todo, Isabel avanza, y \u00abavanza con seguridad\u00bb, en la obscuridad misma, a\u00fan cuando no pueda darse cuenta de ello, tan espesa es la bruma que la envuelve.<\/p>\n<p><em>No avanzo, Amabilia <\/em>-exclama ella, el d\u00eda de Todos los Santos, 1 de no\u00adviembre de 1804-. <em>No logro hacer inclinar la balanza. Leo cada d\u00eda a T. Kem\u00adpis que, dicho sea de paso, era un autor cat\u00f3lico, y, como dice nuestro pr\u00f3logo protestante, un autor \u00abmaravillosamente versado en <sup>.<\/sup>el conocimiento de las Santas Escrituras\u00bb. Leo mucho tambi\u00e9n a san Francisco de Sales, tan ardiente \u00e9l, para conducir a todos a la Iglesia cat\u00f3lica, y me digo: \u00bfpodr\u00e9 yo jam\u00e1s contentar a Dios mejor que lo hicieron ellos? Entonces, me arrodillo y le suplico con l\u00e1gri\u00admas que me obtenga la fe.<\/em><\/p>\n<p><em>Veo que la fe resulta un don de Dios, que es menester buscar con diligencia, desear con ardor, y gimo silenciosamente hacia El para obtenerla, ya que nuestro Salvador dice que yo no puedo llegar a El, si el Padre no me atrae. As\u00ed es. Pronto -tengo de ello confianza- esta tempestad acabar\u00e1. Hasta qu\u00e9 punto ella es dolorosa y con frecuencia torturante, El s\u00f3lo lo sabe, que tiene poder de apaci\u00adguarla y que la apaciguar\u00e1 a la hora que le plazca.<\/em><\/p>\n<p>Una de sus amigas -prosigue ella- acaba de hacerle notar que ten\u00eda ya hartas penitencias que soportar sin ir a buscar otras en los cat\u00f3licos. <em>Es verdad <\/em>-conviene ella- <em>pero nosotros, los protestantes, soportamos todo el sufrimiento sin m\u00e9rito. <\/em>Ha tratado, adem\u00e1s, de explicar a esa su amiga <em>que si sufr\u00eda en esta vida esperaba ser tratada seguramente con tanta m\u00e1s misericordia en la otra vida, creyendo que Dios aceptaba sus sufrimientos en expiaci\u00f3n de sus pecados. A lo que su interlocutora tuvo que conceder que \u00abhab\u00eda en ello, verdaderamente, una doctrina muy consoladora\u00bb. <\/em>Isabel se ve obligada, no obstante, a confesar que la prueba mina al presente su resistencia f\u00edsica. Est\u00e1 acabada. La muerte ya no ser\u00eda penosa para ella&#8230;<\/p>\n<p>Pero, \u00bfes tan seguro -como escrib\u00eda ella al comienzo de su carta- que <em>no pueda hacer inclinar la balanza? \u00bfLo creer\u00eda usted, Amabilia? <\/em>-prosigue efecti\u00advamente ella-. <em>En la desesperaci\u00f3n de mi coraz\u00f3n, me fui, el domingo pasado, a la iglesia protestante episcopaliana de San Jorge. Las apetencias y necesidades de mi alma eran tan urgentes que elev\u00e9 mis ojos derechamente hacia Dios y le dije: \u00abYa que no encuentro la ruta que debo seguir para agradarte, a ti a quien s\u00f3lo quiero agradar, todo me es indiferente. Y hasta que T\u00fa me muestres el ca\u00admino donde quieres que me aventure, caminar\u00e9 penosamente por el sendero en que me has permitido que nazca e ir\u00e9 incluso al \u00abSacramento\u00bb donde hace tiem\u00adpo yo Te encontraba\u00bb. Y march\u00e9, dejando a mi vieja sirvienta Mar\u00eda toda dichosa de ocuparse de los ni\u00f1os hasta mi vuelta.<\/em><\/p>\n<p><em>Pero si dej\u00e9 la casa, siendo protestante, creo que regres\u00e9 a ella cat\u00f3lica, de\u00adcidida a no volver ya entre los protestantes, habi\u00e9ndome visto turbada mucho m\u00e1s de lo que jam\u00e1s hubiera pensado serlo, mientras me acordaba de que Dios es mi Dios. Y as\u00ed suced\u00eda, sin embargo, cuando, inclinaba la cabeza ante el obis\u00adpo para recibir su absoluci\u00f3n -la que se da p\u00fablicamente a todos Juntos, en la <\/em><em>iglesia- yo no ten\u00eda la menor fe en su oraci\u00f3n, y me sent\u00eda \u00e1vida de otra libe\u00adraci\u00f3n que vino de los ap\u00f3stoles, una liberaci\u00f3n de mis pecados que ellos no piden, que ellos no admiten, como hab\u00eda constatado en los libros que el Sr. Hobart me hab\u00eda dado a leer. Luego, temblando, me fui a la comuni\u00f3n, medio muerta por la lucha interior, cuando ellos dijeron: \u00abEl Cuerpo y la Sangre de Cristo<sup>,<\/sup>&gt;. \u00a1Oh Amabilia, no hay palabras para expresar mi prueba! Y me vino un recuerdo: en mi viejo <\/em>PRAYER <em>Boox, de una antigua edici\u00f3n, cuando yo era ni\u00f1a, no se dec\u00eda, como actualmente, que el <\/em>SACRAMENTO <em>Se tomaba y recib\u00eda espiritual\u00admente<sup>\u00ab<\/sup>.<\/em><\/p>\n<p><em>Con todo, para alejar estos pensamientos, tom\u00e9 los <\/em>EJERCICIOS CUOTIDIANOS<em> del abate Plankett, a fin de leer las oraciones para despu\u00e9s de la comu\u00adni\u00f3n. Pero, viendo que cada una de las palabras se dirig\u00eda a nuestro Salvador como estando realmente presente, cre\u00ed perder la cabeza, y, por primera vez, de vuelta a casa, fui incapaz de soportar las caricias de mis seres queridos y de decir el <\/em>BENEDICITE <em>al comienzo de su comida. \u00a1Oh Dios m\u00edo! \u00a1Qu\u00e9 d\u00eda! Pero, al fin, acab\u00f3 en calma, con un acto de abandono que hice de todo a Dios, con una confianza renovada en la Bienaventurada Virgen, cuya mirada dulce y paci\u00adficadora me reprochaba mis excesos temerarios y me recordaba que deb\u00eda fijar mi coraz\u00f3n en lo alto, con experiencias mejores.<\/em><\/p>\n<p>As\u00ed acababa para Isabel Seton el a\u00f1o 1804. Hac\u00eda exactamente un a\u00f1o que su marido se hab\u00eda extinguido en Pisa, despu\u00e9s de los d\u00edas terribles del lazareto. En julio, a su vez, Rebeca le hab\u00eda sido quitada. Su coraz\u00f3n hab\u00eda sido doblemente destrozado. Y ahora su esp\u00edritu se debat\u00eda hasta la agon\u00eda, en una noche \u00abque cubr\u00eda las esperanzas de la luz del d\u00eda\u00bb s. A pesar de sus arranques de ener\u00adg\u00eda, a pesar de sus actos de confianza, le parec\u00eda, a veces, que lo mejor para ella ser\u00eda vivir, hasta la muerte, fuera de la Iglesia. \u00bfPara qu\u00e9 obstinarse en buscar un camino dentro de una oscuridad que parec\u00eda hacerse cada vez m\u00e1s opaca? \u00a1Triste fiesta de Navidad, la de ese 25 de diciembre de 1804! Amanecer doloroso, este 1 de enero de 1805. Isabel ha preparado, sin embargo, los peque\u00f1os regalos de los ni\u00f1os. Ha hecho las visitas indispensables que se le imponen en este co\u00admienzo de a\u00f1o, sin alegr\u00eda, sin convicci\u00f3n, con un vac\u00edo interior que le parece sin fondo.<\/p>\n<p>La angustia, muy pr\u00f3xima a la desesperaci\u00f3n, la persigue, hasta en esta ma\u00f1ana radiante de la Epifan\u00eda.<\/p>\n<p>Se alzar\u00e1 un d\u00eda en que este anuncio prof\u00e9tico se haga para la Madre Seton una espl\u00e9ndida realidad. Hoy, este <em>6 <\/em>de enero de 1805 -o uno de los d\u00edas si\u00adguientes- la joven mujer ha abierto las obras de Bourdaloue para leer e1 serm\u00f3n pronunciado un d\u00eda en Par\u00eds, el d\u00eda de la Epifan\u00eda: \u00ab\u00bfD\u00f3nde esta el que ha na\u00adcido, rey de los jud\u00edos?\u00bb -exclamaba el orador-. Isabel siente de nuevo irrum\u00adpir en su alma una ola que la sumerge. \u00bfD\u00f3nde est\u00e1, d\u00f3nde est\u00e1 la verdadera Iglesia de Cristo? Prosigue, no obstante, su lectura: \u00abSe sigue que cuando noso\u00adtros ya no discernimos la estrella de la Fe, debemos buscarla all\u00ed donde sola\u00admente se la puede encontrar, con los que detentan \u00absu Palabra\u00bb. Hay, en la Iglesia de Dios, doctores y sacerdotes, como los hab\u00eda entonces, hay hombres puestos para guiarnos a quienes no hay m\u00e1s que escuchar y os dir\u00e1n lo que ten\u00e9is que hacer&#8230; \u00ab. \u00a1Un arranque! Una vez m\u00e1s, Isabel se recobra y hace frente. Cueste lo que cueste, proseguir\u00e1 su b\u00fasqueda, hasta el fin.<\/p>\n<p>Ella trata de tomar contacto, sin dilaci\u00f3n, con el Sr. Mateo O&#8217;Brien, p\u00e1rroco de la parroquia cat\u00f3lica de San Pedro, en Nueva York mismo. Luego, se decide, por consejo de Antonio, a escribir a un sacerdote franc\u00e9s, el Sr. Juan Luis de Cheverus, agregado a la parroquia cat\u00f3lica de Boston, de quien le han hablado extraordinariamente.<\/p>\n<p>Comienza ya el amanecer. Segura de la luz que la gu\u00eda Isabel se lanza resuelta y tranquila. En adelante, ning\u00fan obst\u00e1culo, ninguna oposici\u00f3n, ser\u00e1 capaz de detenerla. <em>Ahora me dicen que tenga cuidado, que soy madre, que deber\u00e9 responder de mis hijos en el d\u00eda del juicio, cualquiera que sea la fe a donde les conduzca. \u00a1Pues bien!, s\u00ed. Estando as\u00ed las cosas, ir\u00e9 pac\u00edficamente ~ <\/em><em>con <\/em><em>firme\u00adza a la Iglesia cat\u00f3lica. Porque, si la fe es tan importante para nuestra salvaci\u00f3n, quiero buscarla entre los que la han recibido de Dios mismo.<\/em><\/p>\n<p>No quiere -dice ella- mezclarse en controversias o en pol\u00e9micas que la superan. Despu\u00e9s de todo, <em>puesto que los m\u00e1s r\u00edgidos entre los protestantes con\u00adceden que un buen cat\u00f3lico puede salvarse, ir\u00e9 pues hacia los cat\u00f3licos, y har\u00e9 todo lo que est\u00e9 en mi poder por ser una buena cat\u00f3lica.<\/em><\/p>\n<p>En cuanto a razonar sobre tal o tal verdad del Evangelio, es una mala t\u00e1c\u00adtica. Pues poner en duda una sola de las palabras de Cristo -la que afirma el primado de Pedro- es admitir un principio que permitir\u00e1, finalmente, poner en duda el Evangelio entero, hasta verse reducido a la insidiosa \u00abtentaci\u00f3n de no ser cristiano en absoluto\u00bb. \u00a1Oh, no volver a caer en esa tentaci\u00f3n!<\/p>\n<p><em>Entonces, venid, hijitos m\u00edos, iremos al Juicio juntos y citaremos a Nuestro Se\u00f1or sus propias palabras. Y si El nos dice: \u00ab,-Qu\u00e9 <\/em><em>necios sois, <\/em><em>no es eso lo que Yo quer\u00eda decir!\u00bb, nosotros le responderemos: \u00abPues T\u00fa dijiste que estar\u00edas con esta Iglesia hasta el fin de los siglos, con esta Iglesia que T\u00fa edificaste al precio de tu sangre, si nunca la hubieras abandonado, ser\u00eda tu palabra la que nos ha descarriado. As\u00ed que, si te place, perdona a estos necios, en atenci\u00f3n a tu palabra. Esperando, Amabilia, sin temor, pues que he puesto en Dios mismo mi fe, no aguardo m\u00e1s que la venida de su Antonio, a quien espero para la pr\u00f3xima semana, a su regreso de Boston, para ir valiente e intr\u00e9pidamente a comprome\u00adterme bajo los estandartes de los cat\u00f3licos y confiar todo a Dios. Ahora es asunto suyo.<\/em><\/p>\n<p>Su resoluci\u00f3n est\u00e1 tomada, de modo definitivo. Cerrar\u00e1 desde ahora sus o\u00ed\u00addos al runruneo zumb\u00f3n con que persiste en hostigarla su entorno. \u00a1Qu\u00e9 le im\u00adporta, despu\u00e9s de todo, que los cat\u00f3licos sean considerados en Nueva York como el \u00abdeshecho de la humanidad\u00bb y hasta como una \u00abplaga p\u00fablica\u00bb! A\u00fan suponiendo que el p\u00e1rroco de la peque\u00f1a parroquia de San Pedro no mereciera, en cuanto hombre, m\u00e1s respeto que el que all\u00ed se le otorga, no es menos sacer\u00addote de Cristo, y ah\u00ed est\u00e1 lo esencial. <em>As\u00ed es como yo entiendo las cosas <\/em>-conclu\u00adye Isabel con una bella lucidez-. No es a los hombres a quienes pide la paz. Ninguno de ellos es capaz de d\u00e1rsela. As\u00ed, en una carta dirigida a comienzos del a\u00f1o 1805 a una amiga, cuyo nombre nos hubiera gustado conocer, le declara intr\u00e9pida y serenamente: <em>\u00a1S\u00f3lo busco a Dios y su Iglesia!<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Al o\u00edrlo, soy presa de dolores, cual dolores de parturienta; pasmada estoy y espantada, al verlo. Pierdo el sentido, me estremezco de terror. El crep\u00fasculo anhelado se me torna en pesadilla. 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