{"id":9624,"date":"2016-08-08T13:00:09","date_gmt":"2016-08-08T11:00:09","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/01\/17\/isabel-seton-la-biografia-14-ni-un-%c2%abhogar%c2%bb-ahora\/"},"modified":"2016-07-26T09:38:02","modified_gmt":"2016-07-26T07:38:02","slug":"isabel-seton-la-biografia-14-ni-un-hogar-ahora","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/isabel-seton-la-biografia-14-ni-un-hogar-ahora\/","title":{"rendered":"Isabel Seton, la biograf\u00eda: 14 &#8211; Ni un \u00abHogar\u00bb ahora"},"content":{"rendered":"<p><em>No os espant\u00e9is, no tem\u00e1is&#8230;<br \/>\nVosotros sois mis testigos;<br \/>\n\u00bfhay otro Dios fuera de m\u00ed?<br \/>\n\u00a1No hay otra Roca, yo no la conozco!<br \/>\nIs 44, 8<\/em><\/p>\n<p><em>\u00a1Oh alegr\u00eda! \u00a1alegr\u00eda! \u00a1El capit\u00e1n Bagge va a llevarnos a Am\u00e9rica!&#8230; Ana est\u00e1 loca de alegr\u00eda&#8230; De nuevo, Rebeca, estar\u00e9 contigo&#8230; \u00a1Dos d\u00edas m\u00e1s y par\u00adtimos para casa!<\/em><\/p>\n<p>Estas notas de alegr\u00eda, leves y frescas como el trino de una alondra que se remonta de un vuelo par encima de loe surcas, Isabel las deja te\u00f1irse en medio de las reflexiones m\u00e1s graves can los m\u00e1s dolorosos recuerdos de su diario. Es realmente su manera propia. Y ah\u00ed est\u00e1, sin duda, uno de los rasgos de su ca\u00adr\u00e1cter que la pone tan cerca de nosotros. La vida bulle en ella y todo, al fin, en\u00adcuentra su sitio propio, su ritmo personal. No m\u00e1s que la ruda prueba de esos \u00faltimos meses logra agotar, ni siquiera un poco, su coraz\u00f3n de mujer, la b\u00fasque\u00adda ansiosa de la verdad total. Una sensibilidad tan fina como la suya, lejos de disminuir, se hace, al parecer, m\u00e1s l\u00edmpida y m\u00e1s intensa: y est\u00e1 en orden.<\/p>\n<p><em>\u00a1He aqu\u00ed que de nuevo podr\u00e9 tener a mis seres queridos entre mis brazos! \u00a1Padre de los cielos, qu\u00e9 hora habr\u00e1 como aqu\u00e9lla! Mis hijos queridos, hu\u00e9r\u00adfanos&#8230; s\u00ed, hu\u00e9rfanos seg\u00fan el juicio del mundo, pero colmados por tener a Dios Padre, ya que El \u00a1jam\u00e1s nos dejar\u00e1, ni nos abandonar\u00e1!<\/em><\/p>\n<p>As\u00ed mismo se enfrentar\u00e1 de nueva al momento de dejar la ciudad toscana donde reposan desde entonces los restos mortales de su marido. Ella va a arro\u00addillarse por \u00faltima vez sobre su tumba, en el peque\u00f1o cementerio ingl\u00e9s de Liorna, rogando y llorando hasta la saciedad. <em>Cuando leas mi diario <\/em>-se atreve ella a confesar a Rebeca- <em>ese diario escrito desde mi salida de casa, te dar\u00e1s cuenta de lo que fue mi amor por Guillermo y estar\u00e1s de acuerdo en que Dios solo pod\u00eda sostener ese amor con Su asistencia, a trav\u00e9s de tales pruebas que me han sido exigidas. Es que <\/em>-dice ella a\u00fan- los <em>\u00faltimos sufrimientos que hab\u00eda cono\u00adcido su marido, a\u00f1adidos al recuerdo de los a\u00f1os precedentes, hab\u00edan dado a! afecto que le ten\u00eda unas dimensiones m\u00e1s que humanas.<\/em><\/p>\n<p>Pero, como de costumbre, ella reh\u00fasa detenerse sobre el pasado. Es preciso mirar siempre adelante. El dolor tan vivo de la p\u00e9rdida de Guillermo, su tumba que hay que dejar en pa\u00eds extranjero, no impiden la explosi\u00f3n alegre de su coraz\u00f3n con el pensamiento de los que -allende el oc\u00e9ano- esperan su retorno y a los que pronto podr\u00e1 estrechar en sus brazos. Dentro de unas semanas ella va a poder reanudar con Rebeca sus largas e \u00edntimas conversaciones y ahora \u00a1tiene tantas cosas que decirle, tantos \u00absecretos nuevos\u00bb que la har\u00e1 compartir con tal dicha!<\/p>\n<p>Todav\u00eda se impone a su memoria un detalle que quiere consignar sin dila\u00adci\u00f3n: <em>Hete aqu\u00ed que Arcina ha salido con los hijos de la Sra. Filicchi a los que su institutriz ha llevado de paseo. \u00bfLo creer\u00edas? Siempre que salimos a dar un paseo, comenzamos por entrar en una iglesia o en una capilla de convento, que distinguimos siempre gracias a una gran cruz que se encuentra en la fachada, y recitamos all\u00ed una peque\u00f1a plegaria antes de ir m\u00e1s lejos. Los hombres act\u00faan en esto enteramente igual que las mujeres. Entre nosotros, t\u00fa lo sabes, un hombre tendr\u00eda verg\u00fcenza de que le pudieran ver de rodillas, sobre todo un d\u00eda de semana.<\/em><\/p>\n<p>Se siente aflorar aqu\u00ed tambi\u00e9n una verdadera nostalgia que fomenta sin sa\u00adberlo, la peque\u00f1a Ana con sus preguntas veinte veces repetidas: <em>Mam\u00e1, \u00bfno ire\u00admos a la iglesia cat\u00f3lica, cuando volvamos a casa? Y <\/em>-siempre para Rebeca-, Isabel evoca entonces <em>ese <\/em>HOGAR <em>de eternidad, <\/em>donde todos los deseas de su co\u00adraz\u00f3n podr\u00e1n al fin ser colmados. En la tierra uno no puede ser colmado. Hasta la alegr\u00eda de un pr\u00f3ximo encuentro est\u00e1 ensombrecida, ya que es menester dejar a otros amigos, dejar tambi\u00e9n el ambiente religioso de un pa\u00eds donde es tan buena vivir. Existe igualmente, para Isabel, el miedo del regreso a un medio que corre el riesgo de comprender muy mal su evoluci\u00f3n religiosa. Existe la angus\u00adtia, que ella rechaza pero que renace sin cesar en su coraz\u00f3n, respecto a sus cuatro hijos m\u00e1s peque\u00f1os: \u00bfles encontrar\u00e1 a todos con vida? Sobre sus inquie\u00adtudes, que no dejan de tener fundamento, se abre cierta noche a Felipe mismo. Y \u00e9l, en un ingl\u00e9s que no sabe de matices, le responde sin rodeos: My <em>dear little sister, Dios todopoderoso est\u00e1 ri\u00e9ndose de usted. El tiene cuidado de los pajarillos, El hace crecer los lirios de los campos y \u00bfusted tiene miedo de que El no cuide de usted? \u00a1Yo le digo que El tendr\u00e1 cuidado de usted!<\/em><\/p>\n<p>Isabel ha querido consignar esas palabras tales como Felipe se las dijo en su \u00abingl\u00e9s seco\u00bb -seg\u00fan anotar\u00e1 ella, en los <em>Dear Remembrarcces- <\/em>las \u00faltimas palabras que \u00e9l le dirigir\u00e1 a la hora misma de su marcha: <em>La volver\u00e9 a encontrar el d\u00eda del juicio: -\u00a1Oh Filicchi, ustedes no dar\u00e1n testimonio contra m\u00ed! Que Dios les bendiga por siempre, y brillen cual estrellas de gloria por todo lo que han hecho por m\u00ed. Y <\/em>esta confesi\u00f3n todav\u00eda en los <em>Dulces Recuerdos: un coraz\u00f3n tan resuelto que tratar\u00e9 de hacer la voluntad de Dios.<\/em><\/p>\n<p>El velero italiano, Piamingo, dejar\u00e1 el puerto de Liorna la ma\u00f1ana del 8 de abril. De nuevo, los Filicchi han previsto todo para el embarque de la Sra. Seton v de su hija. Todo, hasta decidir el viaje de Antonio a Am\u00e9rica a fin de que la joven americana de 29 a\u00f1os no se encuentre sola en un nav\u00edo desconocido. Tales eran los usos y costumbres de la \u00e9poca. Una traves\u00eda, en aquel per\u00edodo de per\u00adturbaciones europeas, pod\u00eda, por otra parte, llegar a ser realmente peligrosa. Los pasajeros admitidos en los nav\u00edos mercantes eran muy poco numerosos. La iniciativa del embarque de Antonio ven\u00eda de Amabilia misma. Sin duda, los inte\u00adreses comerciales de los Filicchi en los EE.UU. y en el Canad\u00e1 justificaban el viaje de uno de los dos hermanos. Y resta que Isabel sabe ver en esa r\u00e1pida de\u00adcisi\u00f3n una delicadeza sin precio para con ella. Sabe por experiencia lo que re\u00adpresenta para un hogar una larga y lejana ausencia.<\/p>\n<p>Al amanecer del 8 de abril, los Filicchi se presentan en la iglesia de Santa Catalina de Sena, para asistir a la misa. Isabel, claro est\u00e1, les acompa\u00f1a. Nos <em>postramos en la Presencia de Dios. \u00a1Qu\u00e9 solemne era aquel Sacrificio para re\u00adclamar le bendici\u00f3n divina sobre nuestro viaje, para mis seres queridos, para mis hermanas, para todos los dem\u00e1s que me son queridos, para el alma de mi marido y la de mi padre, tan amadas&#8230; Con el santo Sacrificio, nuestros deseos se ele\u00advaban fervientes: que sean ellos agradables por Aqu\u00e9l que se entreg\u00f3 por no\u00adsotros. \u00a1Salvador m\u00edo! \u00a1Dios m\u00edo! Antonio y su mujer -\u00a1su Comuni\u00f3n en Dios dentro de la separaci\u00f3n! \u00a1Pobre de m\u00ed! Pero no. \u00a1Ah! \u00bfno le he pedido bastante que me d\u00e9 la Fe de ellos y no le he prometido todo a cambio de tal don?<\/em><\/p>\n<p><em>Ultima misa en Liorna a las 4 de la ma\u00f1ana <\/em>-recordar\u00e1n a su vez los <em>Dear Remembrances-. Perdida en un indecible respeto y mis impresiones, una vez arro\u00addillada en un peque\u00f1o confesonario.<\/em><\/p>\n<p>Con toda evidencia, no se trata aqu\u00ed de una confesi\u00f3n sacramental, puesto que, de la primera confesi\u00f3n, Isabel dar\u00e1 cuenta a Amabilia, en marzo de 1805, con su espontaneidad acostumbrada. Sin duda ella quiso pedir consejo al Dominico de turno, aquella ma\u00f1ana, en la iglesia del convento, antes de dejar Tos\u00adcana. Le qued\u00f3, en todo caso, un recuerdo que ella anotar\u00e1 con humor: No rrc&gt; <em>d\u00ed cuenta de que un <\/em>oiDO <em>me aguardaba, hasta el momento en que el religioso sali\u00f3 del confesonario y fue a preguntar a la Sra. Filicchi por qu\u00e9 no comen\u00adzaba<\/em><\/p>\n<p>La salida, esta vez, se anuncia excelente. Cielo despejado, puro, viento favo\u00adrable. Mientras la joven mujer se despide de sus hu\u00e9spedes, besa con ternura a los hijos de Antonio y dice un \u00faltimo gracias a Amabilia, <em>el sol se eleva con un fulgor esplendente y lleva nuestros pensamientos hacia aquel d\u00eda futuro en que el Sol de Justicia nos reunir\u00e1 para siempre.<\/em><\/p>\n<p>Ultimo adi\u00f3s junto al servicio de sanidad a Felipe y a Guy Carleton. Se hin\u00adchen ya las velas del Piamingo en medio de los \u00a1yo! \u00a1yo! acompasados de los marineros que manejan los cordajes. Se retira la pasarela. El nav\u00edo deja las aguas del puerto. Sobre el puente del velero se dibuja una silueta negra. Larga falda plisada, esclavina corta de cuello vuelto, capelina de tela negra sujeta al cuello por una cinta: tal es el atuendo de las viudas de Toscana: tal ser\u00e1 el de las Hijas de la Caridad de Emmitsburg.<\/p>\n<p><em>A las 8 estaba sentada tranquilamente con Ana y Antonio sobre la cubierta de popa&#8230; Querid\u00edsimo Seton \u00bfd\u00f3nde est\u00e1s t\u00fa ahora? Pierdo de vista la costa donde reposan tus cenizas, y tu alma est\u00e1 en esa regi\u00f3n de inmensidad donde yo no puedo encontrarte. \u00a1Padre m\u00edo y Dios m\u00edo! Y, no obstante, debo sentir el gusto de recordar en m\u00ed tus maravillosas formas de actuar: ser enviada a tantos miles de millas para una misi\u00f3n tan desesperada; verme sostenida y acompa\u00f1ada constantemente de tu consoladora misericordia en medio de las pruebas bajo las cuales la naturaleza, abandonada a ella misma, hubiera sucumbido; ser guiada a la luz de tu verdad a despecho de todos y cada uno de los afectos de mi cora\u00adz\u00f3n, a despecho de la pujanza de mi voluntad que se opon\u00edan a ello; ser protegida y ayudada por las amistades m\u00e1s tiernas, mientras una tan grande distancia me separaba de los que amaba. \u00a1Padre m\u00edo y Dios m\u00edo, d\u00e9jame alabarte mientras viva, d\u00e9jame servirte y adorarte!<\/em><\/p>\n<p>La traves\u00eda iba a durar cincuenta d\u00edas.<\/p>\n<p>Antes mismo de dejar las aguas del Mediterr\u00e1neo, rojo alerta para el Pia\u00admingo. La flota de Nelson que, antes del fin de ese a\u00f1o de 1805, reportar\u00eda sobre las fuerzas navales espa\u00f1olas y francesas la decisiva victoria de Trafalgar, patrulla a lo largo de Valencia. El barco italiano es rodeado. Recibe la orden de detenerse. Los soldados ingleses abordan: visita, indagaci\u00f3n. Isabel no deja de sentir un sordo terror. En realidad es s\u00f3lo un alerta pasajera y sin consecuen\u00adcias. Pronta el velero ha alcanzado el oc\u00e9ano y lentamente, lentamente, prosigue su cursa hacia el oeste.<\/p>\n<p>Pero otro peligro, que ella no hab\u00eda previsto, acecha a la joven mujer. Ese Antonio a quien ella admira sin reservas y que, por servirle de \u00abguardia de corps\u00bb, no ha dudado dejar en Liorna a su mujer y a sus hijos, no deja de ejercer sobre la viuda de Guillermo un atractivo muy humana. Sin duda su amistad est\u00e1 situada, desde el primer d\u00eda, en un plano estrictamente espiritual. Ello no impide que \u00e9l sea hombre, que ella sea mujer. \u00bfSiente ella confusamente que el alma de ambos est\u00e1 mucho m\u00e1s de acuerdo, al fin, que lo estuvieron la de Gui\u00adllermo y la suya? Cualquiera que haya sido su amor por Guillermo, aquel amor respecto al cual ella no dudar\u00e1 afirmar: <em>me parece que yo le amaba m\u00e1s que a nadie a quien yo pudiera amar en la tierra, <\/em>no es menos verdad que ella no ten\u00eda que haber sido siempre, respecto a su marido, aquella sobre la que una se apoya. Guillermo nunca fue para ella el apoyo que ella hubiera deseado. En cierto modo los papeles, en su hogar, se hab\u00edan invertido. Con Antonio las cosas hubiesen sido claramente diferentes. Ella hubiera podido seguir siendo con \u00e9l una mujer a la vez totalmente dada y totalmente abandonada. El era, adem\u00e1s, quien la deber\u00eda haber ayudado a subir por el camino que lleva hacia el Se\u00f1or, mientras que fue ella siempre la que tuvo que empujar a Guillermo. \u00bfNo hab\u00eda notado ella precisamente -tan impresionada la hab\u00eda dejada- la actitud de Antonio en el momento de dejar a Amabilia y a sus hijos? El se hab\u00eda comporta\u00addo \u00abcomo hombre y como cristiano -alma viril\u00bb que le hab\u00eda parecido, seg\u00fan la expresi\u00f3n misma del G\u00e9nesis, <em>a imagen de Dios.<\/em><\/p>\n<p>Al tomar conciencia de lo que pasa en ella, y que sigue inocente, Isabel enlo\u00adquece. \u00bfAnotar\u00eda a ese respecto un d\u00eda en los Dear Remembrances -\u00fanico re\u00adcuerdo de su viaje de vuelta- esta reflexi\u00f3n donde asoma un secreto terror? <em>Ocaso del sol sobre la isla de Ibiza -pensamientos del infierno como un inmen\u00adso oc\u00e9ano de fuego. Olas que se pierden en olas de angustia eterna.<\/em><\/p>\n<p>Que les haya aflorado a ambos una tentaci\u00f3n \u00bfqu\u00e9 tiene de anormal? Con la victoria que ellos, el una y la otra, reportan en esa ocasi\u00f3n, su amistad espiritual no disminuir\u00e1 en absoluto, al contrario. <em>Querid\u00edsimo Antonio <\/em>-confesar\u00e1 m\u00e1s tarde Isabel- <em>mil veces m\u00e1s querido de m\u00ed por las luchas de tu alma. Nuestro Se\u00f1or est\u00e1 con nosotros.<\/em><\/p>\n<p>De ese peligro, su alma sal\u00eda m\u00e1s l\u00facida, m\u00e1s templada. Y era feliz cosa, por la lucha contrariamente insidiosa que tendr\u00eda ella que sostener pronto entre sus amigos de Am\u00e9rica y dentro de su propia familia. Ella ten\u00eda demasiado buen sentido para enga\u00f1arse al respecto. Dejada aparte Rebeca \u00bfqui\u00e9n pues, podr\u00eda comprender, ratificar sobre todo, su deseo de pasar a la Iglesia cat\u00f3lica? \u00bfC\u00f3mo acoger\u00eda Enrique Hobart la noticia?<\/p>\n<p>Durante las largas horas de la traves\u00eda, Isabel tiene todo el tiempo libre para reflexionar. A ello se ve empujada por la fuerza de las cosas que prosiguen las conversaciones con Antonio sobre temas doctrinales. Entre los numerosos regalos recibidos, ella ha tra\u00eddo de Italia la Vida de los Santos, de Albano Buttler, cuya lectura la encanta y suscita al mismo tiempo de su parte nuevas preguntas. Ora con Antonio siguiendo el calendario de las fiestas lit\u00fargicas en el cual \u00e9l va ini\u00adci\u00e1ndola. Ella querr\u00eda que estuviera cerrada ya la explicaci\u00f3n que preve\u00eda con el Pastor de la Trinidad, que fue amigo tan querido de Guillermo, que segu\u00eda sien\u00addo un amigo para ella. \u00bfPor qu\u00e9 no tratar de escribir en el barco, con cabeza sere\u00adna, una carta que podr\u00eda enviarle a su llegada? As\u00ed lo hace. Esas l\u00edneas conmo\u00advedoras nos han sido conservadas.<\/p>\n<p><em>A medida que me acerco a usted, me pongo a temblar. Mientras el \u00edmpetu de las olas, su incesante movimiento, evocan para mi la porci\u00f3n que Dios ha hecho m\u00eda, mis l\u00e1grimas fluyen con el insoportable pensamiento de quedar se parada de usted. Y, sin embargo, mi querido Hobart, usted no ser\u00e1 riguroso. Usted respetar\u00e1 una sinceridad como la m\u00eda, y bien que me juzgue dentro del error y hasta reprensible por el hecho de un cambio de religi\u00f3n, yo s\u00e9 que ia divina caridad cristiana abogar\u00e1 en mi favor dentro de su afecto.<\/em><\/p>\n<p><em>Usted ha sido ciertamente para m\u00ed, sin que yo me diera cuenta de ello, m\u00e1s querido que Dios, para quien mi raz\u00f3n, mi juicio y mi convicci\u00f3n han juntado sus fuerzas contra el valor que tiene para m\u00ed la estima suya. Vana fue la lucha hasta el momento en que reflexion\u00e9 y conclu\u00ed que usted no se opondr\u00eda por mucho m\u00e1s tiempo, que no desear\u00eda para m\u00ed una lucha tan \u00e1spera que fuera mi\u00adnando mi vida mortal y, m\u00e1s que eso, mi paz con Dios. Si, no obstante, usted ya no quiere ser mi hermano, si su amistad, su estima, que me son tan queridas, deben ser el rescate de mi fidelidad a lo que creo ser la verdad, no puedo dudar de la misericordia de Dios que, priv\u00e1ndome del v\u00ednculo que me es m\u00e1s querido sobre la tierra, me atraer\u00e1 ciertamente m\u00e1s cerca de El. Y de ello tengo con\u00adfianza, a causa de mi experiencia del pasado y de la verdad de su promesa que no puede fallar jam\u00e1s.<\/em><\/p>\n<p>Los d\u00edas de tan larga traves\u00eda pasan lentamente. Abril, mayo, junio&#8230; Por fin, he ah\u00ed que se dibuja en el horizonte la costa familiar. \u00a1Nueva York! El 4 de junio, el <em>Plamingo <\/em>echa anclas en el puerto. Desde la batayola, Isabel distingue las siluetas de los suyos: Mar\u00eda Post, con la peque\u00f1a Bec bien viva en sus bra\u00adzos&#8230; Enriqueta con Bill, Ricksy y Kate que saltan en el muelle, agitando sus manos. \u00a1Mam\u00e1\u00a1 \u00a1Mam\u00e1! Con los ojos ba\u00f1ados en l\u00e1grimas, la Sra. Seton, con su vestido de luto, ha franqueado la pasarela. Cuatro ni\u00f1os se precipitan en sus brazos. Ella mantiene abrazados a sus seres queridos, incluso a la \u00faltima chiqui\u00adtina cuyo rostro luminoso, Guillermo, all\u00e1 lejos, allende los, oc\u00e9anos, hab\u00eda cre\u00ed\u00addo ver sonre\u00edrle en el umbral del para\u00edso&#8230;<\/p>\n<p>La esperaban todos a los que ama: Mar\u00eda, Wright Post, Enriqueta, Cecilia&#8230; Todos. Salvo Rebeca. Es menester hacerla saber toda la triste verdad: su joven cu\u00f1ada se encuentra en un estado de sufrimiento extremo. Se est\u00e1 muriendo de tuberculosis como su hermano Guillermo. La joven mujer, apretando entre las suyas las manitas de sus hijos, siente surgir en el fondo de su alma una inmensa aflicci\u00f3n. As\u00ed pues, la alegr\u00eda del retorno es ahogada por el dolor.<\/p>\n<p><em>La hermana de mi alma no ha venido a recibirme. Ella tambi\u00e9n hab\u00eda viajado con rapidez hacia su hogar celeste. Su alma, ahora, parec\u00eda tan solo esperar el amor reconfortante y la ternura de su hermana bienamada para estar junto a ella en su paso a la eternidad.<\/em><\/p>\n<p>Coma se hab\u00eda situado, en Liorna y en Pisa, a la cabecera de su marido an\u00adsiosa de endulzar para \u00e9l sus \u00faltimos d\u00edas, toma ahora su turno de vela junto al lecho de Rebeca. \u00a1Con qu\u00e9 sonrisa tan feliz ha acogido la joven el regreso de. Isabel! Enflaquecida, extenuada se regocija de no haber partido antes de volver a ver a su cu\u00f1ada. En los intervalos de s\u00edncopes o de semiconsciencia, quiere ella que Betty le hable de todo lo que ha descubierto en Toscana: de la se\u00f1al de la Cruz, y de los santos, y del sacrificio de la misa. Con ojos brillantes, escucha ella, \u00e1vida de saber todo, de comprender todo. Incapaz como es de hablar mucho tiempo, repite pausadamente con su mano entre la mano de Betty, las palabras que Rut dirig\u00eda a Noem\u00ed: \u00abTu pueblo ser\u00e1 mi pueblo, tu Dios ser\u00e1 mi Dios\u00bb (Rut 1, 16).<\/p>\n<p>&#8211; <em>un millar de p\u00e1ginas no podr\u00edan expresar las dulces horas pasadas enton\u00adces con mi Rebeca moribunda <\/em>-anotar\u00e1 m\u00e1s tarde la Madre Seton en los <em>Dear Remembrances. <\/em>Cosa digna de se\u00f1alarse son tambi\u00e9n las palabras de felicidad y alegr\u00eda que acompasan los recuerdos de ese mes de junio de 1804.<\/p>\n<p>&#8212; <em>embelesamiento (de Rebeca) ante unas l\u00edneas que yo pod\u00eda citarle (en su estado de s\u00edncopes continuos y de agotamiento) respecto a la <\/em>VERDADE\u00adRA FE <em>y al servicio de nuestro Dios &#8212; y cada d\u00eda la dicha de ver su fervor en leer juntas nuestra misa espiritual, hasta el domingo por la ma\u00f1ana de nuestro \u00faltimo <\/em>TEDEUM <em>a la vista de los celajes rojos que se encend\u00edan con los rayos del sol naciente y su m\u00e1s tierna acci\u00f3n de gracias por habernos conocido y amado la una a la otra tan \u00edntimamente aqu\u00ed abajo, por estar reunidas un poco m\u00e1s tarde en nuestra querida eternidad &#8211; &#8211; &#8211;<\/em><\/p>\n<p><em>&#8212; alegr\u00eda pur\u00edsima de verla libre de los miles de sufrimientos y pruebas por medio de las que yo hab\u00eda de pasar, de las cuales no hay ninguna que ella no hubiera hecho suya&#8230;<\/em><\/p>\n<p>El golpe, no obstante, es duro para Betty, cuando el 18 de julio, Rebeca rindi\u00f3 su \u00faltimo suspiro. S\u00ed, sin duda, el \u00e1pice sutil del alma no puede sino dar gracias, puesto que <em>\u00a1es el d\u00eda del nacimiento para el cielo de mi querida Rebeca! <\/em>Se acabaron las velas y los dolores de la agon\u00eda. Las plegarias de todas las horas proseguidas en medio de los sufrimientos y de las l\u00e1grimas <em>se han trocado ahora en<\/em> ALELUYA <em>eterno. Los santos \u00e1ngeles que han sido testigos tan a menudo nuestros d\u00e9biles esfuerzos ense\u00f1an, ahora, a tu alma el C\u00e1ntico de Si\u00f3n. <\/em>Todo eso es verdad. Pero para ella que se queda \u00a1qu\u00e9 pesada se va hacer desde ahora, en las circunstancias actuales, la soledad! <em>Querida, querida hermana, ya no contemplaremos el sol poniente, arrodilladas una al lado de otra, y nuestra alma ya no suspirar\u00e1 hacia el Sol de Justicia, puesto que El te ha recibido en su luz eterna&#8230; Pero aquella voz tan querida, tan sosegante de Rebeca, Betty, personalmente, no la oir\u00e1 m\u00e1s&#8230; \u00a1Qu\u00e9 nuevo despojo para su coraz\u00f3n!<\/em><\/p>\n<p><em>El hogar de la abundancia y del bienestar, <\/em>ella lo perdi\u00f3 ya al perder a su suegro, luego a su padre, despu\u00e9s a su marido. Desde su regreso de Liorna no tiene siquiera casa personal: <em>Nada de <\/em>HOGAR <em>ahora <\/em>-anotar\u00e1 brevemente en una hoja de los <em>Dear Remembrances. Eco <\/em>doloroso de aquel otro grito alegre\u00admente lanzado nueve a\u00f1os antes: 20 <em>a\u00f1os, \u00a1mi <\/em>HOGAR <em>muy m\u00edo! <\/em>La muerte de Rebeca le quita m\u00e1s todav\u00eda: <em>la sociedad de dos hermanas unidas por la contem\u00adplaci\u00f3n com\u00fan de las puestas de sol y los oficios seguidos conjuntamente y las visitas de caridad hechas en compa\u00f1\u00eda. \u00a1Todo, todo desvanecido para siempre!<\/em><\/p>\n<p>\u00bfHan de ser desde ahora para ella <em>la pobreza y la aflicci\u00f3n <\/em>el \u00fanico objeto del trueque al que se ve obligada? Mi <em>marido, mi hermana, mi <\/em>HOGAR, <em>todo lo que hac\u00eda mi alegr\u00eda&#8230; <\/em>\u00bfQu\u00e9 queda en sus dos manos abiertas? <em>Pobreza y aflicci\u00f3n. <\/em>Ella repite las dos palabras. No es por complacerse en ellas, ni para dejarse encadenar por la dura realidad que ellas encierran. <em>\u00a1Pues bien!, \u00a1con la bendici\u00f3n de Dios ser\u00e9is transformadas vosotras tambi\u00e9n, llegar\u00e9is a ser mis amigas m\u00e1s queridas! Y <\/em>es que ha descubierto en ellas <em>el triunfo de la fe, la huella misma de los pasos del Redentor, que conducen en l\u00ednea recta hacia su Reino. <\/em>Con la ale\u00adgr\u00eda \u00edntima de san Francisco de As\u00eds, que escoge por compa\u00f1era amada de toda su vida a la Dama Pobreza, por amor de Cristo que fue pobre por amor a noso\u00adtros, Isabel no teme tender los brazos hacia los compa\u00f1eros de ruta que Dios le propone. La aflicci\u00f3n y la pobreza, bajo la luz divina, sabr\u00e1n guiarla mejor que la hubieran podido hacer la riqueza y todas las alegr\u00edas humanas, por muy puras y muy santas que hubiesen sido, desde el momento en que es la mano de Dios quien se las ha quitado. <em>Dejadme, pues, encontraros dulcemente, ser recibida en vuestro seno y conducida, cada d\u00eda, por vuestros consejos hasta el fin, el resto de mi viaje&#8230; Ella sabe qu\u00e9 cantidad de gracias <\/em>jalonan ese camino. S\u00ed, los <em>\u00e1ngeles acompa\u00f1aban a los fieles <\/em>cual fueron los pastores que se apresuraban hacia Bel\u00e9n, <em>cuando la Luz de Su verdad hab\u00eda comenzado exactamente a brillar en el mundo. Y ahora que la aurora desde lo alto ha elevado nuestra naturaleza a la uni\u00f3n con la Divinidad \u00bfser\u00e1n los \u00e1ngeles menos dichosos de habitar con el alma que desea ardientemente las alegr\u00edas del cielo, y para la cual se hace tarde el juntarse pron\u00adto a su <\/em>ALELUYA <em>eterno? \u00a1Oh, no! Yo me los representar\u00e9 siempre en torno m\u00edo y a cada instante cantar\u00e9 con ellos \u00a1Santo, Santo, Santo, el Se\u00f1or Dios del universo! \u00a1El cielo y la tierra est\u00e1n llenos de tu gloria!<\/em><\/p>\n<p>Una carta dirigida a la Sra. Filicchi le hace saber la noticia del tr\u00e1nsito de Rebeca. \u00a1Que no haya podido conocer ella la alegr\u00eda que procura la recepci\u00f3n de los sacramentos de la Iglesia cat\u00f3lica, cuando llega la hora <em>del \u00faltimo paso, de ese cambio del Tiempo a la Eternidad! A decir verdad, su piedad y su inocencia, poco comunes, y su confianza en Dios son para m\u00ed una total consolaci\u00f3n. \u00a1Y izo obstante, un alma que se va tiene tantos dolores, tantas tentaciones que, por mi parte, atravieso una especie de agon\u00eda que desaf\u00eda a toda descripci\u00f3n, incluso cuando, para sostener el \u00e1nimo y la esperanza de los que se van, les llena de alegr\u00eda! Perd\u00f3n por estas palabras melanc\u00f3licas: estaban escritas antes mismo de haber tomado conciencia de ellas&#8230; Nuestro d\u00eda, el suyo como el m\u00edo llegar\u00e1 tambi\u00e9n. \u00a1Habr\u00e1 que estar dispuestas! Los ni\u00f1os est\u00e1n dormidos. Es para m\u00ed el tiempo de much\u00edsimas reflexiones&#8230;<\/em><\/p>\n<p>\u00bfFue el Rvdo. Hobart a asistir a la joven en sus \u00faltimos d\u00edas de \u00abdolor y de tentaci\u00f3n\u00bb de que habla Isabel? No lo parece, a juzgar por la comparaci\u00f3n im\u00adpl\u00edcita que ella hace entonces, evocando el recuerdo de lo que vio en Toscana, <em>All\u00ed, aqu\u00e9l a quien llaman padre de tu alma se ocupa de ella con el mismo cuidado que usted y yo ponemos en ocuparnos de nuestro chiquit\u00edn que acabamos de traer al mundo&#8230; \u00bfNo <\/em>hubiera mencionado ella las visitas del pastor de haber venido \u00e9ste efectivamente a reconfortar con su presencia los \u00faltimos d\u00edas de Rebeca? \u00bfTuvo ella ya, por otra parte, con \u00e9l una explicaci\u00f3n, en el decurso de junio o al comienzo de julio? \u00bfLe envi\u00f3 la carta que hab\u00eda escrito para \u00e9l, a bordo del <em>Piamingo? O <\/em>bien \u00bfla dej\u00f3 cuidadosamente a un lado como crey\u00f3 deber ha\u00adcerlo con la misiva de Felipe Filicchi dirigida al Obispo de Baltimore, esperan\u00addo hacerla llegar en el momento favorable? Es cierto, en todo caso, que ella ha hablado ya abiertamente a los suyos de pasar al catolicismo. El problema que suscitaba semejante actuaci\u00f3n pudo, no obstante, ser relegado a un segundo pla\u00adno, mientras Rebeca se mor\u00eda. Otro problema quedaba planteado adem\u00e1s en el plano material, par la muerte de Guillermo Seton. El dejaba en una situaci\u00f3n pecuniaria lamentable a su viuda de 29 a\u00f1os y con cinco hijos que educar. Los Post los han tomado pr\u00e1cticamente a su cargo, desde la vuelta de Isabel. Otros amigos, entre ellos el Sr. Wilkes que no ha olvidado la delicadeza con que la Sra. Seton hab\u00eda rodeado a su mujer poco hac\u00eda, vienen en su ayuda, cada uno en su medida. Pero todo eso s\u00f3lo puede ser transitorio. No puede ser cuesti\u00f3n para una madre y sus cinco hijos de vivir en casa de otros, a expensas de otros. Ahora bien, no ha llegado todav\u00eda la \u00e9poca en que se crea natural que una mu\u00adjer sola asuma un trabajo que le permita vivir y hacer vivir a los suyos.<\/p>\n<p>Con los fondos que le han ofrecido y que se ha visto obligada a aceptar, Isabel ha alquilado, desde el comienzo de junio, <em>una tranquila casita situada a media milla de la ciudad. Nosotros ocupamos un piso <\/em>-anuncia ella a Julia Scott-, y <em>alquilar\u00e9 el resto en cuanto encuentre un inquilino. <\/em>Ella gasta menos de lo que sus amigos se imaginan y se alegra de poder educar a sus hijos <em>sin esas pretensiones y esos mimos que tanto les estropean.<\/em><\/p>\n<p>Pod\u00eda parecer, pues, que, gracias al afecto de los suyos, gracias a las s\u00f3lidas amistades que se hab\u00eda adquirido, desde larga fecha en Nueva York, el porvenir material era al fin mucho menas oscuro de lo que ella hubiera podido temer. Y sin duda, en realidad, la vida hubiera tomado para ella su curso normal -austero pero sencillo- de no ser sus nuevas convicciones religiosas.<\/p>\n<p>Ante las primeras manifestaciones que ella hizo a este respecto, sus amigos y sus allegados se hab\u00edan contentado al pronto con sonre\u00edr. \u00bfLa muerte de su ma\u00adrido que la hab\u00eda agobiado mientras estaba sola, en un pa\u00eds extranjero, las insinuaciones bien intencionadas de los Filicchi que la sorprend\u00edan en un momento en que su sensibilidad, al vivo, se hab\u00eda anticipado a su raz\u00f3n, no eran suficientes para explicar el encanto actual de Isabel por el catolicismo? Los cantos, las flo\u00adres, las obras de arte acumuladas en las iglesias italianas, no hac\u00eda falta m\u00e1s para haberle trastornado un poco la cabeza. Entusiasmo pasajero que no tendr\u00eda consecuencia.<\/p>\n<p>Juzgar as\u00ed, era conocer muy mal a Isabel. Pero, en realidad, \u00bfqui\u00e9n de sus amigos, efectivamente, fuera de Rebeca, la conoc\u00eda de veras? Las semanas pasan. La resoluci\u00f3n de la viuda de Guillermo permanece incambiable. En torno a ella, comienzan a agitarse, a discutir, a escandalizarse. Para la buena sociedad de Nueva York, abandonar la comuni\u00f3n episcopaliana, que es en cierta manera la religi\u00f3n del Estado, que forma una sola cosa en los esp\u00edritus can la Am\u00e9rica in\u00addependiente y libre, es una especie de desgracia y, a la vez, de traici\u00f3n. Que se fuera o no un fiel convencido, en el Estado de Nueva York, al menos, se era episcopaliano como se era ciudadano de Am\u00e9rica. \u00bfNo se hab\u00eda pagado bastante caro el beneficio de la independencia y de la libertad, para defenderse celosamen\u00adte en adelante de toda ingerencia extranjera en cualquier plano que fuese? Y de ah\u00ed se ha llegado, inconscientemente, a violar la libertad m\u00e1s \u00edntima de las per\u00adsonas en nombre de la libertad misma.<\/p>\n<p>De haber pretendido afiliarse Isabel a tal a tal otra comuni\u00f3n de la reli\u00adgi\u00f3n protestante, hubieran cerrado los ojos. Pero que ella se atreviera a preten\u00adder hacerse cat\u00f3lica, es decir a abrazar la fe romana, y a colocarse abiertamente del lado de los papistas, aquello era inconcebible. Nos es dif\u00edcil, en verdad, ima\u00adginar, en nuestro siglo XX, sobre todo despu\u00e9s del Concilio ecum\u00e9nico, lo que pod\u00eda representar en 1804 tal comportamiento.<\/p>\n<p>Los que tienen para con la joven mujer una amistad real estiman deber suyo retenerla con todas sus fuerzas, cual se detiene al borde del abismo al insensato que parece a punto de precipitarse. Otros, m\u00e1s preocupados de su propia reputaci\u00f3n, temen por encima de todo el deshonor que, en cierta manera, salpicar\u00e1 a la familia entera y el nombre hasta entonces tan orgullosamente llevado por los Seton. Se encuentran, entre las relaciones de la Sra. Seton, personas bien intencionadas para proponerle c\u00e1ndidamente un compromiso. Que si ella ya no se siente a gusto en la comuni\u00f3n episcopaliana, pero&#8230; \u00a1s\u00f3lo tiene la perplejidad de la elecci\u00f3n! Con fecha del 19 de julio, Isabel expone la situaci\u00f3n, no sin una puntada de humor:<\/p>\n<p><em>Hoy he recibido una nota muy afectuosa del Sr. Hobart <\/em>-escribe ella a Amabilia Filicchi-. Es en realidad al d\u00eda siguiente de la muerte de Rebeca, lo que no impide al pastor de la Trinidad entrar ya en lo vivo del tema. <em>Me pregunta c\u00f3mo puedo pensar en dejar jam\u00e1s la Iglesia en la que he sido bautizada. A pesar de que lo que \u00e9l puede decirme tenga peso, por el hecho de la predilec\u00adci\u00f3n que tengo por \u00e9l, del respeto que le profeso y que apenas podr\u00eda tener frente a otro fuera de \u00e9l, esa pregunta no obstante me ha hecho sonre\u00edr. Es en realidad como si se llegara a decir que all\u00ed donde ha nacido un ni\u00f1o, all\u00ed donde le ponen su padres \u00e9l encontrar\u00e1 necesariamente la verdad.<\/em><\/p>\n<p><em>El no oye las invitaciones graciosas que se me dirigen todos los d\u00edas, desde que estoy en mi nuevo \u00abhogarcito\u00bb y que viejas amigas vienen a visitarme&#8230; <\/em>As\u00ed <em>una de las mujeres m\u00e1s excelentes que yo he conocido jam\u00e1s y que forma parte de la Iglesia de Escocia, encontr\u00e1ndome indecisa respecto al tema tan importan-le de la verdadera fe, me dijo:<\/em><\/p>\n<p><em>-\u00a1Oh, te lo suplico, querida alma, ven a o\u00edr a nuestro pastor J. Manson. estoy segura de que ser\u00e1s de las nuestras!<\/em><\/p>\n<p><em>Un poco m\u00e1s tarde viene otra de ellas que forma parte de la Sociedad de \u00adCu\u00e1queros. Ella tambi\u00e9n busca ingenuamente atraerme: <\/em><\/p>\n<p><em>-\u00a1Betty, te lo aseguro, lo mejor para ti es que vengas con nosotras!<\/em><\/p>\n<p><em>Y mi vieja y fiel amiga que forma parte de la Asociaci\u00f3n de los Anabaptistas, me conf\u00eda con l\u00e1grimas en los ojos:<\/em><\/p>\n<p><em>-\u00a1Oh, si pudieras ser regenerada, si pudieras conocer experiencias como las nuestras y gozar con nosotras de nuestro celestial banquete!<\/em><\/p>\n<p><em>\u00a1Ni hasta la vieja Mar\u00eda (la buena sirvienta de los Seton), metodista, deja de gemir meditando -como <\/em>dice ella- <em>sobre mi alma descarriada, ya que no estoy todav\u00eda convencida!<\/em><\/p>\n<p>Todo esto que es divertido por fuera, resulta tan dolorosamente triste, en el fondo. \u00bfPor qu\u00e9 esa lamentable disgregaci\u00f3n del reba\u00f1o de Cristo, cuando su propio deseo es que no haya m\u00e1s que un solo reba\u00f1o y un solo redil?<\/p>\n<p><em>\u00a1Oh, Padre m\u00edo y Dios m\u00edo <\/em>-concluye Isabel- <em>todo eso no arreglar\u00e1 mi propio problema! Tu palabra es verdad, sin contradicci\u00f3n ninguna, dondequiera que se encuentre. Una sola fe, una sola esperanza, un solo bautismo, he ah\u00ed lo que yo busco, dondequiera que se encuentre. Pienso a menudo que mis pecados, mis miserias ponen una pantalla a la luz; sin embargo me agarrar\u00e9 y me asir\u00e9 a Dios hasta mi \u00faltimo suspiro, pidi\u00e9ndole la luz, como una mendiga, y no cam\u00adbiar\u00e9 antes de encontrarle.<\/em><\/p>\n<p>\u00bfHa tomado en seria el Rvdo. Hobart la determinaci\u00f3n de su parroquiana cuya noticia es el tema \u00fanico al presente de las conversaciones de los salones neoyorquinos? \u00bfEs en \u00e9l su nota, <em>muy afectuosa, <\/em>del 19 de julio la expresi\u00f3n de una sincera conmiseraci\u00f3n por su parte? \u00bfEs diplomacia para hacer volver lo m\u00e1s r\u00e1pidamente a la tr\u00e1nsfuga? Sea de ello lo que fuere, el pastor no va a tardar en separarse de su actitud cort\u00e9s, si no comprensiva. El est\u00e1 persuadido, <em>a priori, <\/em>de que su dial\u00e9ctica impecable lograr\u00e1 cambiar pronto el esp\u00edritu de la Sra. Seton. Antonio Filicchi que debe permanecer todav\u00eda en Nueva York o en sus alrede\u00addores puso en las manos de Isabel, a partir de junio, el libro del cat\u00f3lico Roberto Manning: \u00abLa conversi\u00f3n de Inglaterra y la Reforma comparada\u00bb que hab\u00eda obtenido para ella del Sr. Mateo O&#8217;Brien, p\u00e1rroco de la parroquia cat\u00f3lica de San Pedro. Por su lado, Enrique Hobart la compromete a leer \u00abLos Comentarios sobre los Profetas\u00bb, escritos por Tom\u00e1s Newton, miembro de la Iglesia protes\u00adtante. Las dos obras, evidentemente, sosteniendo unas tesis opuestas, se contra\u00ad<em>dicen formalmente. Y nada tiene de sorprendente que la lectura alternada de los <\/em>dos autores haya arrojado pronto la confusi\u00f3n en el esp\u00edritu de Isabel. Ella, no obstante, cree deber suyo leer lealmente ambos libros, como ha estimado m\u00e1s sincero aceptar las discusiones con Enrique Hobart. En realidad, es posible que no estuviera en causa tan s\u00f3lo, en ese modo de actuar, la lealtad y la prudencia. \u00bfNo la ha empujado, sin saberlo ella, a una serie de conversaciones de donde corre el riesgo de surgir la duda y la confusi\u00f3n, m\u00e1s bien que la luz, su afecto, que no ha muerto, frente al joven y brillante pastor?<\/p>\n<p>Ante una resistencia que no hab\u00eda previsto, seguro como estaba de su fuerza de persuasi\u00f3n, jam\u00e1s quebrantada hasta entonces, Hobart pasar\u00e1 r\u00e1pido de la defensa al ataque.<\/p>\n<p>Turbada en lo m\u00e1s profundo de ella misma, desgarrada por argumentos contradictorios, la joven mujer termina por escuchar el consejo de Antonio Filicchi: env\u00eda a Mons. Carroll la carta que escribi\u00f3 para \u00e9l Felipe en el mes de febrero.<\/p>\n<p>Con toda sencillez, le manda adjunta la relaci\u00f3n de las dudas y perplejidades que la asaltan al presente. En la casita donde los cinco hijos, inconscientes to\u00addav\u00eda del drama que se desarrolla en el alma de su madre, la rodean con sus canciones, con sus risas, con sus gritos, Isabel redacta, a fines de julio, una espe\u00adcie de memoria destinada al primer obispo de los Estados Unidos, sin prever el cariz que iban a tomar en lo sucesivo las relaciones que se inician aquel d\u00eda entre ellos.<\/p>\n<p><em>La carta adjunta del Sr. Filicchi le har\u00e1 conocer el motivo que me impulsa a tomarme la libertad de dirigirme a Vd. En verdad, \u00e9l ha venido en mi ayuda con mucha bondad, buscando hacer la luz en mi esp\u00edritu&#8230; <\/em>Isabel no oculta en absoluto la primera consecuencia de aquella intervenci\u00f3n: el pensamiento de que <em>yo pod\u00eda estar en el error y encontrarme en una Iglesia fundada en el error hizo estremecerse a mi alma y decid\u00ed hacer todas las indagaciones posibles para dilu\u00adcidar la cuesti\u00f3n. Los libros que \u00e9l me puso entre las manos me han conducido a esta conclusi\u00f3n: la Iglesia protestante episcopaliana est\u00e1 fundada \u00fanicamente sobre los principios de Lutero y sobre sus pasiones y, por este hecho, est\u00e1 sepa\u00adrada de la Iglesia fundada por Nuestro Se\u00f1or y sus ap\u00f3stoles, y por consiguiente, entre ellos, los ap\u00f3stoles y los ministros episcopalianos no hab\u00eda verdadera su\u00adcesi\u00f3n.<\/em><\/p>\n<p><em>Afligida como estaba pensando que me encontraba as\u00ed alejada de la verdad he resuelto dejar la comuni\u00f3n de ellos y unirme a la suya: tal fue el ardiente deseo de mi alma, que, habituada como est\u00e1 a poner su confianza totalmente en la gracia divina, no tuvo ninguna dificultad en dejarse convencer sobre los pun\u00adtos en que hay divergencia entre ambas confesiones, cuando me persuad\u00ed, de una vez por todas, de que esa Iglesia, la suya, es la verdadera Iglesia. Tales fueron mis sentimientos hasta mi arribo a Nueva York&#8230;<\/em><\/p>\n<p>Ha cre\u00eddo, no obstante, por deferencia y delicadeza frente aquellos de quienes hab\u00eda recibido su primera formaci\u00f3n religiosa, deber exponer a sus pastores y amigos sus propias objeciones. Obrando as\u00ed, segu\u00eda el consejo mismo de Antonio Filicchi. Persuadida, por lo dem\u00e1s, de que, sin duda alguna posible, estaba de\u00admostrado que la sucesi\u00f3n que ven\u00eda de los ap\u00f3stoles se encontraba realmente rota en la Iglesia Reformada, desde las actuaciones de Lutero, hubiera sido -pensaba ella- <em>una mezquina falta de sinceridad dejar a los pastores de su antigua comu\u00adni\u00f3n alguna esperanza de verla volverse de la determinaci\u00f3n que hab\u00eda tomado.<\/em><\/p>\n<p>En suma, ella se cre\u00eda tan segura de encontrarse desde entonces sobre la roca inquebrantable de Pedro que no tem\u00eda afrontar la tempestad. Esa roca misma le parec\u00eda ahora vacilar. <em>Con gran asombro m\u00edo, ellos, esos pastores episcopalianos, me han hecho la afirmaci\u00f3n m\u00e1s formal de que he sido inducida a error en ese punto preciso.<\/em><\/p>\n<p>Y ah\u00ed est\u00e1 ciertamente para ella la piedra de esc\u00e1ndalo. Ella insiste: si se hubiera tratado de otro punto de doctrina donde las dos Iglesias se encuentran en contradicci\u00f3n, el dogma de la transubstanciaci\u00f3n, por ejemplo, ella no hubiese quedado perturbada. Era muy de esperarse encontrar divergencias, oposiciones incluso, entre dos partidos que se enfrentan. <em>Pero <\/em>-prosigue ella- <em>ante los testimonios perentorios que me proporciona el clero de la Iglesia protestante episcopaliana, probando que constituyen una verdadera Iglesia, reconozca que el fundamento mismo de mis principios de cara a la Iglesia cat\u00f3lica se encuentra destruido y ya no puedo ver la necesidad que pod\u00eda impon\u00e9rseme de cambiar de religi\u00f3n.<\/em><\/p>\n<p>Cualesquiera que hayan sido esas pruebas perentorias que el Rev. Hobaa ha puesto ante los ojos de Isabel, y que ella es incapaz actualmente de refutar, la nitidez con que ella expone su problema no ha podido sino impresionar al Obispo de Baltimore. Una vez planteado el problema, falta mucho sin embarga para que ella logre encontrar la paz y la certidumbre deseadas. Si las argucias del pastor han sumergido su esp\u00edritu en las tinieblas, su coraz\u00f3n no puede decidir\u00adse a negar las experiencias \u00edntimas que tuvo en Toscana. Frente a tales experien\u00adcias, argumentos intelectuales, dial\u00e9ctica, discusiones, parecen perder su consis\u00adtencia. Es m\u00e1s: la conclusi\u00f3n l\u00f3gica de su razonamiento, que ella ha estimado objetiva, hace saltar el problema al terreno mismo de la vida.<\/p>\n<p><em>Es necesario hacerle saber <\/em>-prosigue la carta- <em>que he experimentado es\u00adta situaci\u00f3n m\u00eda de la manera m\u00e1s espantosa. Porque soy madre, y madre de cin\u00adco hijos, que no tienen m\u00e1s que a m\u00ed, he llevado infaliblemente mi causa ante Dios con ardor, y puedo decir con todo rigor que ante El la llevo incesantemente, pues tal ha sido el \u00fanico y supremo deseo de mi alma: conocer la verdad. Yo s\u00e9 bien <\/em>-a\u00f1ade ella, y se ve aparecer una vez m\u00e1s en estas l\u00edneas su formaci\u00f3n calvinista- yo <em>s\u00e9 bien que sin hablar de los errores que son efecto de una natu\u00adraleza corrompida, he a\u00f1adido muchos pecados a la cuenta que El tiene conmigo. S\u00ed, verdaderamente, me ha ocurrido a menudo, en medio de las luchas de mi al\u00adma, pensar que bien pod\u00eda ser que fuera abandonada de El y ello ser\u00eda justicia; pero me atrev\u00eda a implorar su misericordia hacia la que desea por encima de todo contentarle y cuya mayor aflicci\u00f3n es de haberle ofendido. S\u00ed, verdadera\u00admente, toda otra aflicci\u00f3n en comparaci\u00f3n de \u00e9sta, me resulta alegr\u00eda, y entre las numerosas y duras pruebas que ha sido de su agrado enviarme, tan s\u00f3lo temo una \u00fanica cosa, un \u00fanico mal: perder su favor.<\/em><\/p>\n<p>La exposici\u00f3n que acaba de hacer -explica ella tambi\u00e9n a Mons. Carroll\u00ad responde al desea de Antonio Filicchi. Ella -concluye- ha prometido diferir todo otro paso hasta el momento que le llegue la respuesta del Obispo de Balti &#8211; more. Y a\u00f1ade estas palabras de una conmovedora sinceridad:<\/p>\n<p><em>Debo suplicarle considere que mi situaci\u00f3n actual, que me tiene separada de toda comuni\u00f3n, es casi m\u00e1s de lo que yo puedo soportar, y que ser\u00e1 por su parte un acto de la mayor caridad hacerme llegar su parecer tan r\u00e1pidamente como se lo permita su tiempo.<\/em><\/p>\n<p>Terminada la carta es remitida a Antonio Filicchi. En el sobre que contiene ya las p\u00e1ginas escritas en Liorna par su hermano, quiere \u00e9l tambi\u00e9n a\u00f1adir unas l\u00edneas, insistentes, pues ve el drama que se desarrolla en el coraz\u00f3n de la joven mujer, y sufre por ello. Los claros dict\u00e1menes del obispo son esperados con una verdadera ansiedad. El asunto es de importancia. Ciertamente, Mons. Carroll, mejor que cualquiera, es capaz de darse cuenta de ello, y tendr\u00e1 a bien dar una <em>respuesta directa e irrefutable a los argumentos y a las afirmaciones <\/em>de aquellos ministros protestantes que acaban de arrasar por completo la exposici\u00f3n tan s\u00f3lidamente construida, sin embargo, que Felipe hab\u00eda redactado, en Liorna, con el P Pecci, destinada a la Sra. Seton.<\/p>\n<p>Al mismo tiempo, quiz\u00e1s el mismo d\u00eda, Antonio escribe, por otra parte, a Isabel. Su carta est\u00e1 fechada el d\u00eda 26 de julio. <em>Yo he estado siempre dispuesto <\/em>-afirma \u00e9l comenzando- y <em>lo estar\u00e9 siempre a hacerle justicia ante cualquiera -incluso ante San Pedro cuyo primado parece que se ha logrado decididamente haceros negar- por la sinceridad de su coraz\u00f3n en la decisi\u00f3n que debe tomar respecto a su religi\u00f3n. <\/em>El est\u00e1 dispuesto a hacerle justicia, pero al mismo tiempo le parece ver, claro como el d\u00eda, que Isabel se deja influenciar excesivamente por el terror infinito que le inspiran sus amigos protestantes.<\/p>\n<p>Hobart ha obtenido de Isabel que se deje de toda discusi\u00f3n en adelante, bajo el pretexto sobre todo de que la Iglesia cat\u00f3lica proh\u00edbe proseguir inda\u00adgaciones y exige de sus miembros una fe ciega. <em>Es cosa inaudita <\/em>-protesta Antonio- <em>que sus amigos que se complacen por encima de todo en el libre exa\u00admen, la raz\u00f3n individual, pretendan ahora que sea para usted un deber sagrado rehusar todo examen. He ah\u00ed <\/em>-concluye \u00e9l- lo <em>que supera mi comprensi\u00f3n. <\/em>Luego, apela a las, experiencias que tuvo ella, hace tan poco tiempo, en Toscana. \u00bfNo hab\u00eda encontrado la paz all\u00ed?<\/p>\n<p>La paz que sabore\u00f3 en Toscana&#8230; \u00a1Ay, ciertamente, cu\u00e1nto deseaba reco\u00adbrarla! <em>Hay ahora en la vida de todos los d\u00edas una triste flojedad que jam\u00e1s ha\u00adb\u00eda experimentado hasta aqu\u00ed <\/em>-confiar\u00e1 ella un mes m\u00e1s tarde a Amabilia Filicchi, en una carta fechada el 28 de agosto de 1804. La presencia de sus hijos, sentados en torno a la mesa donde hacen sus deberes escolares, o bien escu\u00adchando por la noche, junto a la chimenea, las historias que ella les cuenta, solo le hacen olvidar un poco, por momentos, ese abatimiento. Debe de ser -dice ella- a causa de \u00abuna aplicaci\u00f3n continua\u00bb a la lectura de todos esos libros que se le han dado a leer y que, ahora, la confunden m\u00e1s que la esclarecen. Ninguna escapatoria para ella desde ahora frente a los problemas m\u00e1s misteriosos y m\u00e1s terribles. Ella est\u00e1 demasiado familiarizada, sin duda, con los textos paulinos para no haber tomado conciencia, m\u00e1s de una vez, de que la voluntad divina es salvar a todos los hombres por Cristo y en Cristo. Pero \u00bfqui\u00e9n no ve la arbitra\u00adriedad que puede aportar dentro de los textos escritur\u00edsticos mismos la libre in\u00adterpretaci\u00f3n, personal e individual, reivindicada por la Reforma de Lutero?<\/p>\n<p><em>Yo hab\u00eda pensado siempre <\/em>-confiesa ella a Amabilia- <em>que todos los que ten\u00edan una buena intenci\u00f3n se salvar\u00edan. Mi alma est\u00e1 toda en zozobra de ver que los protestantes -recogiendo en esto la austeridad, la severidad de vuestros principios (as\u00ed es como yo los juzgaba) vean las cosas tan diferentemente de como yo me lo imaginaba, ahora que he visto que ese libro de Newton (los <\/em>COMENTA\u00adRIOS SOBRE Los PROFETAS) <em>tan apreciado por los protestantes- env\u00eda a todos los partidarios del Papa al abismo sin fondo. Parece, seg\u00fan sus c\u00e1lculos, que desde los tiempos de los ap\u00f3stoles la mayor parte del g\u00e9nero humano ya se encuentra all\u00ed, en todo caso.<\/em><\/p>\n<p>Contra tal deducci\u00f3n, el coraz\u00f3n de Isabel se rebela. No, Dios no puede condenar alegremente a unos seres humanos cuya \u00fanica falta ser\u00eda, finalmente, haber nacido en un pa\u00eds donde domina el error. \u00bfC\u00f3mo los Felicchi, tan atentos a poner en pr\u00e1ctica el gran mandamiento del Maestro, a ofrecerle diariamente sus sacrificios, su trabajo, sus penas y su amor, iban a estar predestinados a las llamas eternas por esa \u00fanica raz\u00f3n de considerar al Papa como el sucesor de San Pedro y el Vicario de Jesucristo? Semejante cosa es impensable. Entre los cat\u00f3licos que ella conoci\u00f3 en Italia y los que pretenden describir los libros que se le han hecho leer, sea que se titulen: \u00abAdorador de im\u00e1genes\u00bb u \u00abHombre de pecado\u00bb, la diferencia es tal que, al fin, sobre ese tema al menos -dice ella \u00adsu esp\u00edritu est\u00e1 sosegado. <em>\u00a1He conocido tan bien, Amabilia, lo que vosotros ado\u00adr\u00e1is! Y con todo, queda en mi coraz\u00f3n una impresi\u00f3n tan triste, tan penosa que est\u00e1 por ello en la turbaci\u00f3n y en la oscuridad. As\u00ed que recito los salmos peni\u00adtenciales, y si no es con el esp\u00edritu del Profeta rey, lo es al menos con sus l\u00e1\u00adgrimas.<\/em><\/p>\n<p>De esas l\u00e1grimas, de esa prueba, Isabel no hace misterio. Es bueno poder decir toda su pena a una amiga. Pero, bruscamente, ella se recobra, como siem\u00adpre. Ella llora, s\u00ed, <em>pero guardando tal confianza en Dios que le parece -osa <\/em>afirmar ella- <em>que jam\u00e1s, en ning\u00fan momento de su vida, ha sido El tan verda\u00adderamente mi Padre y mi Todo.<\/em><\/p>\n<p>Una sonrisa radiante en medio de la noche obscura en que debe caminar por dos meses todav\u00eda esta verdadera amante de Dios: la de sus hijos y la transpa\u00adrente limpidez de la vida espiritual de Anina. La ni\u00f1a, que anda por sus 10 a\u00f1os, no se preocupa mucho de problemas de ex\u00e9gesis o de apolog\u00e9tica. Su alma que, en Liorna se abr\u00eda como naturalmente -osar\u00edamos decir- en plena sobrena\u00adtural, contin\u00faa aspirando con todas sus fuerzas a la plena verdad. En una p\u00e1gina de los <em>Dear Remembrances, <\/em>Isabel nos ha dejado un boceto de sorprendente frescor:<\/p>\n<p>&#8230;AHORA <em>mi entrada con mis prendas queridas en nuestra querida y humilde peque\u00f1a morada&#8230; su amor, querido, tierno, perdido para con su propia madre&#8230; <\/em>Mi Ana, mi Guillermo, mi Ricardo, mi Kit y mi deliciosa Bec, todav\u00eda en este momento con qu\u00e9 dicha evoco las horas de ternura en torno a nuestra hu\u00admilde mesa o al piano, nuestras historias de cada velada, las canciones llenas de vida, y las mil delicadezas despu\u00e9s de las lecciones y del trabajo de la jornada, cuando cada uno prestaba su ayuda a su madre querida.<\/p>\n<p><em>&#8212;Nuestro primer \u00abDios te salve, Mar\u00eda\u00bb en nuestra salita de oraci\u00f3n, la noche en que Nina dec\u00eda: Oh Ma, digamos Dios te salve, Mar\u00eda; dig\u00e1moslo, Ma, -dec\u00eda Willy; y Dios te salve, Mar\u00eda, dijimos todos, mientras la peque\u00f1a Bec miraba mi cara para coger las palabras que ella no sab\u00eda pronunciar sino de una manera que les habr\u00eda hecho reir a todos si las l\u00e1grimas de su madre no hubieran retenido su atenci\u00f3n &#8212; <\/em>Despu\u00e9s de haber contado ya la an\u00e9c\u00addota para Amabilia, con fecha del 28 de agosto de 1804, Isabel a\u00f1ade:<\/p>\n<p><em>S\u00ed, yo pregunto a mi Salvador por qu\u00e9 no \u00edbamos a decirle el \u00abDios te salve, Mar\u00eda\u00bb. Si hay alguien en el cielo, all\u00ed tiene que estar su Madre. O \u00bfes que los \u00e1n\u00adgeles, que se representan tan a menudo como interesados por nosotros en tierra, son m\u00e1s compasivos o m\u00e1s elevados que ella? \u00a1Oh, no, no! \u00a1Mar\u00eda, nuestra Madre, eso es imposible! As\u00ed, yo le suplico con la confianza y ternura de la que es su hija, que tenga piedad de nosotros y nos conduzca a la verdadera fe, si no estamos en ella. Yo s\u00e9 bien que si Dios me abandonara a m\u00ed misma, El estar\u00eda en su derecho, despu\u00e9s de todos mis pecados. Desde que leo todos esos libros, mi esp\u00edritu est\u00e1 desorientado del todo con el pensamiento del peque\u00f1o n\u00famero de los que se salvan (seg\u00fan lo que all\u00ed est\u00e1 escrito); as\u00ed que beso la imagen (de la Virgen) que usted me dio, y le suplico que sea para m\u00ed mi madre.<\/em><\/p>\n<p>De la misma \u00e9poca data esta afirmaci\u00f3n, no menos preciosa: <em>Instruyo a mis hijos en la religi\u00f3n cat\u00f3lica, sin dar ning\u00fan paso decisivo, y es mi gran consuelo refugiarme con la imaginaci\u00f3n en una iglesia cat\u00f3lica.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Por: Marie-Dominique Poinsenet.<br \/>\nPublicado en CEME, 1977<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>No os espant\u00e9is, no tem\u00e1is&#8230; Vosotros sois mis testigos; \u00bfhay otro Dios fuera de m\u00ed? \u00a1No hay otra Roca, yo no la conozco! 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