{"id":9620,"date":"2016-08-04T13:00:51","date_gmt":"2016-08-04T11:00:51","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/01\/13\/isabel-seton-la-biografia-10-las-%c2%abcarceles%c2%bb-de-san-leopoldo\/"},"modified":"2016-07-26T09:35:38","modified_gmt":"2016-07-26T07:35:38","slug":"isabel-seton-la-biografia-10-las-carceles-de-san-leopoldo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/isabel-seton-la-biografia-10-las-carceles-de-san-leopoldo\/","title":{"rendered":"Isabel Seton, la biograf\u00eda: 10 &#8211; Las \u00abc\u00e1rceles\u00bb de San Leopoldo"},"content":{"rendered":"<p>Mis proyectos no son vuestros proyectos,<br \/>\n<em>vuestros caminos no son mis caminos<br \/>\n-or\u00e1culo del Se\u00f1or-<br \/>\nComo se alza el cielo sobre la tierra<br \/>\nmis caminos superan vuestros caminos,<br \/>\nmis proyectos rebasan vuestros proyectos.<br \/>\nIs 55, 8-9<\/em><\/p>\n<p>Alz\u00f3se la aurora del 19 de noviembre, ba\u00f1ando en su suave luz la costa abierta en valles de la Toscana. En el carill\u00f3n, quince veces repetido, el <em>Ave Mar\u00eda, <\/em>-pues \u00abhay en la ciudad siete parroquias, siete conventos de varones y uno de mujeres\u00bb,Liorna se despierta. <em>The Shepherdess, cuyo <\/em>casco se mece ligeramente sobre las aguas calmas del puerto, espera recibir \u00f3rdenes de atra\u00adcada. En su \u00abViaje de un franc\u00e9s a Italia, hecho en los a\u00f1os 1765 y 1766\u00bb, es\u00adboz\u00f3 Delalande un cuadro pintoresco del puerto toscano y de las construcciones que lo rodeaban entonces.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>Hay un fuerte cerca de la ciudad, del lado de Pisa, dos torres edificadas sobre unas rocas, rodeadas del mar por todas partes y poco distantes una de otra: la primera se llama Mazzoco, es blanca y es la m\u00e1s elevada de las dos: all\u00ed se guarda la p\u00f3lvora. Bajo el ca\u00f1\u00f3n de esta torre se obliga a hacer la cuarentena a los bajeles que llegan de Levante. En la segunda, que es mucho m\u00e1s baja, huy una fuente de agua manantial donde van a repostar los marineros, por ser la de Liorna bastante mala.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>Frente a estas torres hay otra dentro del mar que es la del faro; su forma semeja la de dos torres que estuvieran una sobre otra: est\u00e1 construida hacia el la\u00adzareto y uno de los bastiones del rompeolas, en la punta del malec\u00f3n de rocas que tiene casi una milla de largo<\/em><sup>.<\/sup><\/p>\n<p>En el camarote que se dispone a dejar, despu\u00e9s de siete semanas de traves\u00eda, Isabel cierra los ba\u00fales. Pronto -ella lo sabe- su medio hermana Guy Car\u00adleton -no tiene a\u00fan 20 a\u00f1os- acoger\u00e1 en el muelle a los viajeros de Am\u00e9rica. Pronto ella conocer\u00e1 tambi\u00e9n a los amigos de Guillermo: Antonio y Felipe Fi\u00adlicchi y Mar\u00eda Cowper y Amabilia Baragazzi. Emocionada, impaciente por su nueva instalaci\u00f3n que ser\u00e1 de tanta importancia para su marido, ella aguarda la se\u00f1al de la campana de a bordo. Y de pronto advierten: un barco procedente \u00addel muelle llega al abordaje. Ella se precipita sobre el puente. Guy Carleton acaba exactamente de franquear la pasarela que ha sido echada entre los dos nav\u00edos. Y ella se lanza para estrechar en sus brazos al joven a quien no ha vuelto a ver desde la muerte de su padre. Pero \u00bfc\u00f3mo? \u00a1Guy Carleton vacila, retrocede! \u00bfNo reconocer\u00e1 ya a su media hermana? Y de repente entre ambos se interpone un polic\u00eda intimando a Isabel esta orden inesperada: \u00ab\u00a1No toque!\u00bb. Desconcertada, ella se detiene a su vez con mirada interrogante. Y ante todo, \u00bfqui\u00e9n es ese hombre? Y \u00bfcon qu\u00e9 derecho viene \u00e9l a impedir a una ciudadana de Am\u00e9rica acercarse a uno de los miembros de su propia familia?<\/p>\n<p>R\u00e1pidamente van a explicarse las cosas. Con el velero <em>The Shepherdess <\/em>ha llegado a Liorna la noticia de que una enfermedad mortal y terriblemente con\u00adtagiosa, la fiebre amarilla, hac\u00eda estragos en Nueva York en el momento en que el nav\u00edo dejaba las costas americanas. El servicio de sanidad de Toscana se ve obligado, por este hecho, a actuar con extrema prudencia. Y entre los pasajeros de <em>La Pastora, <\/em>el se\u00f1or Guillermo Magee Seton presenta se\u00f1ales inequ\u00edvocas de mal estado de salud. \u00bfQui\u00e9n sabe si no es portador del germen mort\u00edfero? La decisi\u00f3n tomada, pues, es irrevocable: antes de desembarcar en territorio tosca\u00adno, Guillermo Seton, su mujer Isabel Bayley y su hija Ana Mar\u00eda deber\u00e1n que\u00addarse en el lazareto de Liorna cuarenta d\u00edas completos. Que ellos tomen, pues, los equipajes que han de seguirles al lazareto y se mantengan prestos a dejar <em>The Shepherdess <\/em>para subir a otro barco. Hasta ese momento se les pone entredicho formal de establecer contacto con quien fuere. Desde este instante quedan ya sometidos a la ley inflexible de la cuarentena.<\/p>\n<p>La noticia cay\u00f3 sobre Isabel como un mazazo. La joven mujer querr\u00eda al menos explicarse. \u00bfNo tiene ella la posibilidad de probar, ella, la hija del Dr. Bay\u00adley que la enfermedad de la que su marido est\u00e1 afectado no tiene nada de com\u00fan con la fiebre amarilla? La fiebre amarilla es un mal que no perdona, es verdad. Pero es un mal que tampoco se prolonga. \u00a1Es un mal fulminante que se llev\u00f3 a su padre en menos de ocho d\u00edas! \u00a1En el supuesto de que Guillermo estuviera atacado de fiebre amarilla en una semana habr\u00eda sucumbido! Pero \u00bfpara qu\u00e9 tales razonamientos? Isabel se topa aqu\u00ed -ella bien lo ve- con una consigna impla\u00adcable contra la que ser\u00eda vano sublevarse. A millares de millas de su pa\u00eds, ex\u00adtranjera, no le resta otra cosa que preparar a Guillermo para la horrible decepci\u00f3n.<\/p>\n<p>Y mientras vuelve a ganar, aterrada, su camarote, en el barco vecino es\u00adtalla repentinamente una alegre charanga. Una orquesta de la ciudad ha venido, seg\u00fan la costumbre, a dar la bienvenida a los viajeros extranjeros que desembar\u00adcan. Suena alegremente el <em>Hail Columbia, <\/em>seguido pronto de melod\u00edas americanas, las mismas que Bill, Ana Mar\u00eda y Kate ten\u00edan costumbre de cantar en Nueva York, marcando el comp\u00e1s con sus pies y sus manos. Semejante evocaci\u00f3n, en tal momento, tritura literalmente el coraz\u00f3n de Isabel. De no dominarse, ella se pondr\u00eda a sollozar desatinadamente con su cabeza sobre la litera&#8230; Pero \u00a1no! Hay que \u00abhacer frente\u00bb una vez m\u00e1s: en una situaci\u00f3n tan imprevista, tan de\u00adprimente, Guillermo y Ana Mar\u00eda no tienen otro apoyo que a ella, Ella debe sostener su \u00e1nimo.<\/p>\n<p>Aquella noche, no obstante, a fin de sentirse menos sola, prosigue para Re\u00adbeca su diario de viaje: Si <em>vieras a la \u00abhermana de tu alma\u00bb sentada, bajo cerro\u00adjos, en el rinc\u00f3n de una prisi\u00f3n inmensa, no podr\u00edas ya dormir, Rebeca&#8230; Hay una mirilla estrecha protegida por una doble reja de hierro: por all\u00ed debo llamar, si necesito algo, al soldado de guardia, cubierto con un tricornio, armado de un largo fusil&#8230; Todo eso, porque temen el terrible contagio que creen hemos tra\u00eddo con nosotros de Nueva York&#8230;<\/em><\/p>\n<p>\u00a1Una prisi\u00f3n! Eso era, en efecto, el lazareto toscano de San Leopoldo cuyas edificaciones -fortaleza abandonada- se levantaban a unas tres millas en el extremo oriental del rompeolas que proteg\u00eda la entrada del puerto.<\/p>\n<p>Un plano manuscrito \u00abde la ciudad y del puerto de Liorna\u00bb fechado en 1782, y conservado en la Biblioteca Nacional de Par\u00eds, sit\u00faa exactamente el emplazamiento del <em>Lazareto de San Leopoldo <\/em>sobre los arrecifes de que est\u00e1 bordeada la costa entre Liorna y Antignano. La palabra <em>carceri <\/em>que dobla, en otro mapa, la de Lazareto concuerda con la descripci\u00f3n que hace de la miserable enfermer\u00eda el diario de Isabel<sup>3<\/sup>.<\/p>\n<p><em>El lazareto merece verse tambi\u00e9n <\/em>-anota, por su parte, Delalande-. <em>Se compone de varios grandes cuerpos de edificio ba\u00f1ados por todas partes de los aguas del mar: all\u00ed se secuestra con gran cuidado y all\u00ed se ordena hacer la cuarentena a las personas que llegan de Levante; durante ese tiempo se exponen sus mercanc\u00edas bajo los hangares. El se\u00f1or Grosley cuenta que en su viaje corri\u00f3 el riesgo de ser encerrado all\u00ed por haberse acercado demasiado<\/em>.<\/p>\n<p>Efectivamente, en el tomo II de su obra intitulada <em>Observaciones sobre Italia de dos caballeros suecos, <\/em>editado en 1764, Grosley consagra, a su vez, una p\u00e1\u00adgina a las temibles \u00abcarceri\u00bb de las que guarda el peor de los recuerdos.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>A la izquierda de este puerto (de Liorna) hay un lazareto aislado y cerrado por grandes fosos de agua viva. La curiosidad me expuso all\u00ed a un accidente que hubiera podido ser funest\u00edsimo. La comunicaci\u00f3n continua de Liorna con todos los lugares de Levante y del \u00c1frica, donde reina casi siempre la peste, arroja all\u00ed a menudo bastimentos atacados o fuertemente sospechosos de contagio. Bajo sospecha, se confina sus equipajes en el primer recinto del lazareto; el se\u00adgundo es para los atacados, para los que traen s\u00edntomas, en fin para aquellos en los que se manifiestan en la cuarentena, de suerte que este segundo recinto es un verdadero hospital de apestados.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>Yo lo ignoraba cuando, solo y sin haberme informado, me present\u00e9 en el la\u00adzareto adonde no hab\u00eda llegado sino con mucha dificultad, a trav\u00e9s de un labe\u00adrinto de fosos y de fortificaciones. En el primer recinto me encontr\u00e9 gente de la que algunos me saludaron, retrocediendo, y haci\u00e9ndome se\u00f1al de que no me acer\u00adcara a ellos.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>Penetr\u00e9 sin obst\u00e1culos en el primer patio del segundo recinto, cuyo pasadizo estrictamente custodiado siempre, no lo estaba entonces. Llegando al segundo pasadizo encontr\u00e9 all\u00ed un centinela que me grit\u00f3 que me alejara, y que, viendo c\u00f3mo me acercaba, se puso a saltar y a brincar como un loco o como un tipo que sintiera cosquillas&#8230; Yo me retir\u00e9 y cont\u00e9 mi percance en una de las primeras casas de Liorna. Todo el mundo se estremeci\u00f3 y me hicieron saber que si, querien\u00addo forzar la entrada, mi ropa hubiera tocado lo m\u00e1s ligeramente el postigo o la del centinela, me habr\u00eda condenado a pasar ipso facto dentro de una de las celdas del \u00faltimo recinto y a hacer all\u00ed cuarentena en medio de los apestados afectados y convictos cuyo recept\u00e1culo era aquel<\/em>.<\/p>\n<p>Se experimenta, al leer este relato, qu\u00e9 terror inspiraba entonces a los via\u00adjeros la sola perspectiva de una reclusi\u00f3n en San Leopoldo. La descripci\u00f3n dada por estos autores de fines del siglo XVIII permite, por otra parte, darse cuenta de los dos accesos de que se dispon\u00eda para penetrar en los edificios del lazareto. Un muelle daba directamente sobre el mar: all\u00ed se hac\u00eda desembarcar a los via\u00adjeros sospechosos, sin que ellos hubieran tenida necesidad de posar su pie en el desembarcadero del puerto, mientras que otra salida -la que hab\u00eda violado im\u00adprudentemente el se\u00f1or Grosley- pon\u00eda en comunicaci\u00f3n la enfermer\u00eda con tierra firme.<\/p>\n<p>Se concibe f\u00e1cilmente la angustia que oprimi\u00f3 el coraz\u00f3n de Isabel cuando hubo comprendido adonde la conduc\u00eda, con Guillermo y Ana Mar\u00eda, la embar\u00adcaci\u00f3n que se alejaba del nav\u00edo <em>The Shepherdess, <\/em>del puerto y de la ciudad. Jam\u00e1s podr\u00eda olvidar ya esta jornada del 19 de noviembre de 1803.<\/p>\n<p>Vacilante, anonadado, Guillermo se hab\u00eda instalado en el peque\u00f1o velero que cabeceando y saltando como una canoa, le conduc\u00eda, a \u00e9l y a los suyos, al lugar de su reclusi\u00f3n. Despu\u00e9s de una hora al menos de maniobra se encontraron al sur de la ciudad, ante la mole sombr\u00eda y l\u00fagubre de la fortaleza cuyos muros enormes, agarrados a la roca, parec\u00edan hacerse uno con ella, sumergirse con ella en el mar.<\/p>\n<p>A1 arribo de la embarcaci\u00f3n, hab\u00eda sonado una campana, a la manera de un toque de agon\u00eda. Unas tras otras, se hab\u00edan bajado unas cadenas con un chirrido siniestro. Se hab\u00edan cruzado palabras sin fin entre los marineros y el due\u00f1o del interior, a quien todos llamaban con un tono de respeto el <em>Capitano, <\/em>antes de que se hubiera permitido a los tres pasajeros extenuados poner pie en el de\u00adsembarcadero. Entonces se encontraron solos sobre el arrecife de roca, frente a aquel hombre desconocido que les atisbaba de lejos. Apareci\u00f3 un guardia que deb\u00eda conducirles al interior del edificio y miraba con espanto a aquellos hu\u00e9s\u00adpedes indeseables, manteni\u00e9ndose lo m\u00e1s lejos posible de sus personas, indic\u00e1n\u00addoles con la punta de su bayoneta la direcci\u00f3n que deb\u00edan tomar.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>La peque\u00f1a Ana temblaba. En cuanto a Guillermo, se tambaleaba como si estuviera a cada instante a punto de desplomarse. Y aunque hubiera ocurrido eso -concluye melanc\u00f3licamente Betty- nadie hubiera osado tocarle.<\/em><\/p>\n<p>No obstante, una feliz sorpresa esperaba a los Seton en aquel verdadero lugar de detenci\u00f3n. En el cuerpo del edificio reservado al <em>Capitano <\/em>se les hab\u00eda antici\u00adpado Mar\u00eda Cowper, la mujer de Felipe Filicchi. Alertada desde el primer instan\u00adte de la nueva prueba que pesaba sobre sus amigos de Am\u00e9rica, se hab\u00eda hecho conducir a gran trote de su atelaje hasta la entrada del lazareto que comunicaba a pie llano con los arrabales de la ciudad. Sentada cabe una ventana guarne\u00adcida de s\u00f3lidos barrotes, acechaba anhelante le llegada de Guillermo, de Isabel y de Ana Mar\u00eda. Ella hubiera querido estrechar entre sus brazos a la joven mujer y a la ni\u00f1a. Solamente le estaba permitido mirarlas desde lejos y gritarle algunas palabras. De una y otra parte se intercambiaron se\u00f1ales de amistad a falta de largas frases. Luego el guardia, implacable, se llev\u00f3 consigo a los Seton hasta el comienzo de una tosca escalera de piedra. Ellos subieron sus veinte pelda\u00f1os para encontrarse al fin en el lugar que les estaba asignado: una pieza inmensa y fr\u00eda con la b\u00f3veda tan alta que a Isabel le evoc\u00f3 en seguida la Iglesia de San Pablo de Nueva York. Un pavimento de ladrillos. Paredes desnudas rezumando humedad. Una ventana que da sobre el mar y otra, m\u00e1s peque\u00f1a, con vista a un pasillo estrecho. En cuanto al mobiliario, era de lo m\u00e1s rudimentario.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>Hab\u00edan echado por tierra un colch\u00f3n para Guillermo y en \u00e9l se tendi\u00f3, in\u00adcapaz de probar ni el vino ni los huevos&#8230; \u00bfD\u00f3nde estaban, pues, nuestros jara\u00adbes, nuestra mermelada de grosella, nuestras pociones que deb\u00eda tomar \u00e9l a bordo cada hora? Yo hab\u00eda o\u00eddo decir que el lazareto era un lugar de lo mejor acon\u00addicionado que hab\u00eda para enfermos, y no hab\u00eda tra\u00eddo nada&#8230;<\/em><\/p>\n<p>Nada de com\u00fan entre el lazareto de Liorna y aqu\u00e9l que hab\u00eda intentado orga\u00adnizar el Dr. Bayley en Staten Island. Por deficiente que fuera la estaci\u00f3n de la cuarentena neoyorquina, parec\u00eda a los ojos de Isabel una enfermer\u00eda confortable en comparaci\u00f3n de la que encontraba aqu\u00ed. Se dir\u00eda m\u00e1s bien una leproser\u00eda del Medievo, un malater\u00eda, como dec\u00edan entonces, con todo lo que tal vocablo en\u00adcerraba de inhumano. El terror era all\u00ed due\u00f1o. Preservarse del contagio ven\u00eda a ser el primero de los objetivos perseguidos, a veces el \u00fanico. \u00bfQui\u00e9n iba a preocuparse del bienestar de los enfermos, de su curaci\u00f3n posible, cuando, ade\u00adm\u00e1s, se estaba todav\u00eda tan indefenso frente a las enfermedades m\u00e1s graves, m\u00e1s mort\u00edferas?<\/p>\n<p>Y ahora que cae la tarde en aquel lugar de desolaci\u00f3n, Isabel, instalada mal que bien ante la mesa, trata de puntualizar l\u00facidamente. Examinando la extra\u00f1a y l\u00fagubre enfermer\u00eda, ha descubierto una alcoba, una especie de reducto <a href=\"http:\/\/en.co\/\">en co<\/a>municaci\u00f3n con la inmensa pieza. Se refugia all\u00ed por un instante y, arrodillada en el suelo deja correr sus l\u00e1grimas sin freno. Luego, muy pronto, se repone: Guillermo y Ana Mar\u00eda tienen necesidad, m\u00e1s que nunca, de su Presencia, de su cari\u00f1o, de su energ\u00eda. La chiquilla, desconcertada de primeras, no tard\u00f3 en recobrar su ardor, la vivacidad de su edad. Una cuerda que arrastraba por tierra cerca de los equipajes abiertos convirtiose entre sus manos en una comba de saltar. Ella la hac\u00eda dar vueltas, encontrando, de un solo golpe. el medio de distraerse y de calentarse. Con la noche, efectivamente, hab\u00eda ca\u00eddo sobre los reclusos un fr\u00edo glacial, penetrante. Isabel misma, habiendo utilizado para cubrir a su marido y a su hija todas las prendas de abrigo que se hallaban en las cajas, estaba tiritando. Por fortuna, sus libros la hab\u00edan seguido. Y su escritorio. Ella se felicita ahora de no haberlos dejado en el puerto de Liorna. Con sus libros, con su pluma y papel, se sent\u00eda menos sola. Ella puede expresarse, puede, de alguna manera, tomar contacto con aquellos a quienes ama y de los que, a la vez, la separan millares de millas y las murallas de una prisi\u00f3n&#8230;<\/p>\n<p>Sin embargo, Mar\u00eda Filicchi Cowper, habiendo tomado conciencia de la ins\u00adtalaci\u00f3n irrisoria del lazareto, no hab\u00eda permanecido inactiva desde su visita. Por sus cuidados, hab\u00edan sido llevados a las Seton unos Paquetes que conten\u00edan una substanciosa comida, los objetos de primera necesidad que hac\u00edan absolutamente falta en el lazareto. Ahora Guillermo est\u00e1 dormido. La ni\u00f1a tambi\u00e9n. La llama de la buj\u00eda vacila bajo las r\u00e1fagas del viento.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>Me duelen tanto los <\/em>ojos -anota Betty- <em>a fuerza de llorar, a causa del viento y de la fatiga, que debo cerrarlos y mantener mi coraz\u00f3n en alto.<\/em><\/p>\n<p>Ella no se decide, con todo, a dejar la pluma: <em>Conf\u00edo en que Dios que ha dado a mi pobre enfermo la fuerza para soportar una jornada tan penosa tendr\u00e1 cui\u00addado de \u00e9l. El es verdaderamente nuestro todo <\/em>-hab\u00eda escrito ya ella-. Y pro sigue: Si <em>hubieras visto a la peque\u00f1a Ana, con sus brazos apretados en torno a mi cuello, en el momento de su oraci\u00f3n, mientras sus l\u00e1grimas corr\u00edan, precipitadas, \u00a1c\u00f3mo la habr\u00edas amado! Para dormirla, le le\u00ed unos vers\u00edculos sobre la confianza en Dios. Ella me dijo: \u00abMam\u00e1, \u00a1si pap\u00e1 fuera a morir aqu\u00ed! Pero Dios estar\u00e1 con nosotros\u00bb. Dios est\u00e1 con nosotros y si nuestros sufrimientos abundan, sus consuelos sobreabundan tambi\u00e9n. Si el viento -dicen aqu\u00ed que jam\u00e1s vieron se\u00admejante tempestad en esta \u00e9poca del a\u00f1o-, si el viento casi extingue mi luz y sopla en la chimenea con un ruido de trueno, no es sino por su mandato&#8230; Si las circunstancias que nos han conducido a esta situaci\u00f3n de semejante desam\u00adparo, no estuvieran guiadas por su mano, s\u00ed, nuestra situaci\u00f3n actual ser\u00eda ver\u00addaderamente miserable. Durante esta hora, precisa, Guillermo acaba de tener un acceso de tos tan violento que le ha provocado un esputo de sangre, lo que resulta para \u00e9l una causa de agitaci\u00f3n, una causa de abatimiento tambi\u00e9n, por m\u00e1s que \u00e9l trate de disimular. \u00bfQu\u00e9 diremos? Es la hora de la prueba. Que el Se\u00f1or nos sostenga en ella y nos fortifique en ella. Volver sobre el pasado entra\u00ad\u00f1a la angustia. Apresur\u00e9monos a avanzar hacia la meta y la recompensa.<\/em><\/p>\n<p>Tal es Isabel Seton en su primera noche de cuarentena, tal permanecer\u00e1 du\u00adrante las cuatro semanas en cuyo transcurso se suceder\u00e1n para ella esperanzas y agon\u00edas. A las tentaciones de descorazonamiento responder\u00e1n siempre arranques de confianza y de fe hacia Dios cuyo verdadero rostro presiente ella, a veces, a trav\u00e9s de la dolorosa noche que, en su infinita sabidur\u00eda, El ha impuesto al alma tr\u00e9mula de la esposa, de la madre, purific\u00e1ndola como el orfebre depura el oro en el crisol. Sencilla, directa, Isabel asiente, aunque no comprenda. Ella sabe so\u00adlamente en qui\u00e9n ha puesto su confianza. Ella cree con toda su alma que Aquel no la abandonar\u00e1.<\/p>\n<p>Las p\u00e1ginas de su valioso diario -\u00a1benditas sean!-, permitir\u00e1n seguirla por ese \u00e1spero camino hasta la meta adonde el Se\u00f1or la gu\u00eda sin que ella lo sepa. Vencida por la fatiga, la joven mujer, instalada a su vez, no sabemos dema\u00adsiado c\u00f3mo, se sume en un pesado sue\u00f1o. Las campanas del <em>Angelus <\/em>que la des\u00adpiertan al amanecer del domingo 20 de noviembre vuelven a ponerla brutalmente frente a la realidad.<\/p>\n<p>Las olas de un mar encrespado irrumpen contra los roquedos y los pa\u00f1os de muros del lazareto, asestando sin parar sus golpes de ariete gigante contra las piedras chorreantes, retumbando con estruendo en un haz de espuma cuya altura alcanza a veces el nivel de la ventana. Sobre el alma de Isabel irrumpe al mismo tiempo una ola de angustia de tal violencia que la oraci\u00f3n le resulta casi impo\u00adsible. Esta noche lo confesar\u00e1 ella en su diario. Ser\u00e1 para precisar, sin embargo, inmediatamente despu\u00e9s: <em>Pero me repuse y comprend\u00ed que aquello era hacer ofensa a Aquel que es mi \u00fanico amigo, mi \u00fanico Recurso en mi miseria y que era rechazar de mi alma el \u00fanico consuelo que pod\u00eda recibir. Pidiendo el perd\u00f3n y la fuerza, recobr\u00e9 la paz y con un rostro relajado y alegre pregunt\u00e9 a Guiller\u00admo qu\u00e9 har\u00edamos para comer.<\/em><\/p>\n<p>Poco a poco, adem\u00e1s, va a organizarse la vida. Gracias a los Filicchi, un viejo dom\u00e9stico de confianza, Luis, viene a presentarse desde este domingo a Isabel. Para ir en ayuda de la <em>Signora, <\/em>Luis aceptar\u00e1 de buen grado compartir con los Seton la inc\u00f3moda y dura reclusi\u00f3n. Un guardia descorre, a golpe de martillo, el cerrojo de la puerta vecina: all\u00ed es donde se instala el viejo italiano presto a acudir a la primera llamada, de d\u00eda y de noche, bajando y volviendo a subir sin cansarse los veinte escalones de piedra, revel\u00e1ndose, adem\u00e1s, como \u00f3ptimo co\u00adcinero.<\/p>\n<p>El lunes 21, los Filicchi hacen llevar, una vez m\u00e1s, para el enfermo un ver\u00addadero lecho, provisto de somier, de un buen colch\u00f3n, de amplias cortinas que ser\u00e1n, en las condiciones presentes, m\u00e1s que un adorno a la moda una protecci\u00f3n efectiva contra las corrientes de aire o contra el humo del pobre fuego de le\u00f1a que sirve para preparar las comidas o para caldear un poco la estancia excesiva\u00admente espaciosa.<\/p>\n<p>El <em>Capitano <\/em>ha querida, por su parte\u201e hacer preparar para la <em>Signora <\/em>Isabel y la <em>Signorina <\/em>Ana Mar\u00eda, dos tarimas que har\u00e1n las veces de catre, a decir verdad bastante rudimentarias, pero que al menos evitar\u00e1n a la ni\u00f1a y a su madre el con tacto con el enladrillado h\u00famedo de que apenas las preserva el excesivamente delgado colch\u00f3n de marinero. La situaci\u00f3n -confiesa Isabel- es al fin sopor\u00adtable. Generosamente, en todo caso, ella ha decidido sacarle su partido.<\/p>\n<p>En tanto que lo permita el estado de su marido ha establecido para ella y para Ana Mar\u00eda un reglamento donde tienen su lugar la oraci\u00f3n, la lectura de la Sagrada Escritura y el trabajo escolar de su hijita. Por otra parte -anota el diario- aqu\u00ed no hay dificultad para saber la hora, ya que hay cuatro campanas que tocan no solamente las horas sino las medias y los cuartos.<\/p>\n<p>El 22 de noviembre un m\u00e9dico, el Dr. Tutilli, es autorizado, al fin, para ir a ver al enfermo, y su visita, por breve que fuera, parece devolver a Guillermo, con una d\u00e9bil esperanza, una ligera recuperaci\u00f3n de fuerza y vitalidad. Los Filicchi van tambi\u00e9n a llevar diariamente el alivio de su sonrisa y de su fiel amistad. Por su parte el bueno de Luis se ha procurado, Dios sabe c\u00f3mo, un ramillete de flores frescas que coloca con alegr\u00eda en la pieza de paredes des\u00adnudas: jazmines, ger\u00e1neos, violetas&#8230; Y la joven mujer tiene que confesar sen\u00adcillamente en su diario que est\u00e1 decididamente reconciliada con los cerrojos y barrotes y hasta con el soldado de guardia cuyo paso escucha martillar sorda\u00admente el suelo del corredor.<\/p>\n<p>Poco a poco se suaviza la consigna, muy ligeramente sin duda, pero al fin se les permite a los reclusos hablar con los Filicchi sin estar separados por una reja severa. Son admitidos en el umbral mismo de la puerta y bajo la estricta vigi\u00adlancia del <em>Capitano <\/em>pueden conversar un momento con los Seton. Breve ilusi\u00f3n de una libertad recobrada: que Guillermo inicie, animado por la conversaci\u00f3n, el menor movimiento de m\u00e1s y el largo bast\u00f3n del <em>Capitana <\/em>le llamar\u00e1 fr\u00edamente al orden. Isabel evoca entonces las visitas de su infancia al parque zool\u00f3gico de Nueva York: <em>\u00a1Es exactamente como cuando \u00edbamos a ver los leones! <\/em>Los leones en jaula de los que nunca se desconf\u00eda demasiado&#8230; Pera ahora los leones son Guillermo y Ana Mar\u00eda, y lo es tambi\u00e9n ella, Betty&#8230;<\/p>\n<p>A pesar de los barrotes la hijita se revela como una excelente alumna: lee, escribe, plantea importantes cuestiones con una seriedad, a veces, por encima de su edad. Pero no por eso deja de ser menos una ni\u00f1a saltarina que siente gusto por jugar, por saltar a la comba, por acunar con amor una mu\u00f1eca de trapo que le han regalado. \u00abEs un placer verla\u00bb, anota alegremente su madre. Guy Carleton ha recibido, a su vez, la autorizaci\u00f3n de hablar con su media hermana, de pie sobre los pelda\u00f1os de la escalera, y sus visitas, por breves que sean, aportan a la joven mujer, como a su marido, un momento de feliz dis\u00adtracci\u00f3n.<\/p>\n<p>Por otra parte, no tarda en establecerse entre Isabel y el <em>Capitano <\/em>una corrien\u00adte de simpat\u00eda. Hombre honrado, si los ha habido, maltratado por la vida y cuyo puesto, en la hora actual, nada tiene de encantador. Se cree obligado, en su espontaneidad, a dirigir una peque\u00f1a exhortaci\u00f3n moral a sus pensionistas. A sus labios acude a menudo una expresi\u00f3n que Isabel no le hab\u00eda escuchado hasta ahora: <em>le bon Dieu. <\/em>Isabel transcribe estas palabras en franc\u00e9s y veros\u00edmilmente en franc\u00e9s es como conversa de ordinario con el <em>Capitano. <\/em>\u00a1Le bon Dieu! El hombre de cabellos blancos, de rostro curtido, en cuyos rasgos se lee una especie de resignaci\u00f3n, llega muy pronto a las confidencias:<\/p>\n<p>&#8211; \u00a1Yo ten\u00eda una mujer! \u00a1Yo la amaba! S\u00ed, \u00a1yo la amaba! \u00a1Oh!, ella me dio una hija de la que me recomend\u00f3 tuviera mucho cuidado y luego&#8230; ella muri\u00f3. Ese recuerdo, evidentemente, le retiene aqu\u00ed de un modo singular junto a Isabel y Guillermo, que parece por momentos tan pr\u00f3ximo a su fin. Su mirada, ba\u00f1ada en l\u00e1grimas, va de uno a otra:<\/p>\n<p>&#8211; Si Dios le llama, \u00bfqu\u00e9 podemos hacer nosotros? Y \u00bfqu\u00e9 quiere usted, se\u00f1ora?<\/p>\n<p><em>Comienzo a sentir simpat\u00eda por nuestro Capit\u00e1n <\/em>-anota brevemente la joven mujer, despu\u00e9s de haber referido palabra por palabra su conversaci\u00f3n-.<\/p>\n<p>En cuanto al <em>Capitano, <\/em>\u00e9l se siente atra\u00eddo, con toda evidencia, hacia aque\u00adllos americanos que, lejos de abatirse frente a una situaci\u00f3n casi desesperada, mantienen d\u00eda tras d\u00eda el dominio de s\u00ed mismos y la serenidad. Locuaz, como lo son a menudo los italianos, no puede abstenerse, unos d\u00edas m\u00e1s tarde, de evocar ante Bettv, a dos pasos del lecho donde yace Guillermo presa de un violento ac\u00adceso de fiebre, las escenas tr\u00e1gicas de que ha sido testigo.<\/p>\n<p>&#8211; \u00a1En esta misma pieza, he visto sufrir a la gente! Mire, ah\u00ed estaba tendido un americano v reclamaba un cuchillo para poner fin a su agon\u00eda. All\u00ed donde se encuentra el lecho de la <em>Signora, <\/em>un franc\u00e9s, en su delirio, quer\u00eda a toda costa darse un tiro y muri\u00f3 en medio de sus angustias.<\/p>\n<p>\u00a1Tales evocaciones no ten\u00edan, claro est\u00e1, nada de reconfortante! Isabel, sin embargo, sabe escuchar la larga charla del <em>Capitano. <\/em>Por un instante le viene la idea de reprochar a su carcelero la inhumana reclusi\u00f3n de la que se puede presumir con harta certidumbre que ha de ser fatal a Guillermo. No ha transcu\u00adrrido una semana y los papeles est\u00e1n ya cambiados. Ya no es el <em>Capitano <\/em>quien sostiene la energ\u00eda de la joven mujer, es ella quien la arrastra en su propia es\u00adtela, m\u00e1s alto, m\u00e1s cerca de Dios. Ella consigna por escrito la conversaci\u00f3n que tuvieron \u00a1untos el 25 de noviembre:<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>El Capitano dice:<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>&#8211; Todas las religiones son buenas. Hacer a los dem\u00e1s lo que quisieran que ellos hagan contigo, ah\u00ed est\u00e1 toda la religi\u00f3n y el \u00fanico punto que cuenta.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>&#8211; D\u00edgame, querido Capit\u00e1n, \u00bfconsidera usted \u00e9se como un buen principio, solamente, o tambi\u00e9n como un mandamiento?<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>&#8211; Yo tengo respeto por el mandamiento, se\u00f1ora.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>&#8211; \u00a1Pues bien, Capit\u00e1n!, \u00a1pues buen, querido se\u00f1or! Aqu\u00e9l que ha hecho un precepto de su excelente principio ha dada, ante todo, este mandamiento: \u00a1Ama\u00adr\u00e1s al Se\u00f1or tu Dios con toda tu alma!\u00bb. \u00a1No es eso a lo que usted da primac\u00eda, Capit\u00e1n?<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>&#8211; \u00a1Ah, se\u00f1ora! S\u00ed, \u00a1es excelente! <\/em>PERO HAY TANTAS COSAS&#8230;<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>\u00a1Hay tantas cosas! <\/em>Tantas cosas que sacrificar, tantas cosas que dar. El acen\u00adto del viejo italiano deb\u00eda de ser m\u00e1s elocuente a\u00fan que sus palabras, pues Isabel las consigna en franc\u00e9s antes de comentarlas: <em>\u00a1Pobre Capit\u00e1n! \u00a1El tiene 60 a\u00f1os y declara, con todo, que para dar a Dios lo que El pide son tantas cosas obs\u00adt\u00e1culos para el alma!<\/em><\/p>\n<p>La noche del 29 al 30 de noviembre, se hundi\u00f3 un nav\u00edo no lejos de la costa. Se encerr\u00f3 a los infortunados n\u00e1ufragos: griegos, turcos, franceses, espa\u00f1oles, en una de las salas h\u00famedas del lazareto. Isabel, olvidando su propia desgracia ex\u00adperimenta hacia ellos una profunda compasi\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>Sin colch\u00f3n, sin ropas. Unos tienen un palet\u00f3 y no camisa, otros tienen una camisa y no abrigo&#8230; Se les ha enviado a todos a una estancia desnuda con una escudilla de agua por todo potaje, hasta que el \u00abCapitano\u00bb encuentre tiempo para proveer a sus necesidades.<\/em><\/p>\n<p>Fatalista y timorato, como de costumbre, el <em>Capitano <\/em>se escuda en la consig\u00adna: \u00a1El nada puede hacer, si no recibe \u00f3rdenes! Y concluye:<\/p>\n<p>&#8211; \u00a1Paciencia! Y \u00bfqu\u00e9 quiere usted, se\u00f1ora!<\/p>\n<p>La peque\u00f1a Ana Mar\u00eda, testigo de aquella inconcebible incuria, establece una comparaci\u00f3n entre la situaci\u00f3n de los n\u00e1ufragos y la que ella compart\u00eda con sus padres: <em>\u00a1Mam\u00e1, nosotros tenemos bien de suerte al lado de ellos! Y adem\u00e1s, nosotros tenemos paz. Ellos disputan, se pelean y no hacen m\u00e1s que gritar. A nosotros el \u00abCapitano\u00bb nos manda casta\u00f1as y frutas. \u00a1ellos no tienen ni siquiera pan! \u00a1Querida Ana <\/em>-concluye Isabel- <em>t\u00fa ver\u00e1s muchas otras cosas sorpren\u00addentes al estilo de \u00e9sta!<\/em><\/p>\n<p>El 30 de noviembre el diario de Isabel hace alusi\u00f3n una vez m\u00e1s a un deshe\u00adredado de este mundo a quien ella se acerca desde su llegada a las siniestras construcciones del lazareto. Es uno de los guardianes empleados en el departa\u00admento que ocupan los Seton. Incapaces como son de entenderse en su propia lengua, Isabel y el guardi\u00e1n cambian gestos y miradas m\u00e1s elocuentes, a veces, que las palabras. Mostrando sucesivamente su pecho y su garganta con una m\u00edmica expresiva el hombre le ha dado a entender que estaba tocado de una de esas enfermedades que no perdonan. Isabel aprovecha una de las visitas del <em>Capitano <\/em>para hablarle de aquel guardi\u00e1n y decirle su pena por verle en tal estado. Pero el <em>Capitano <\/em>exclama:<\/p>\n<p>-\u00a1Oh, se\u00f1ora! \u00a1El est\u00e1 completamente a gusto! Se cas\u00f3 hace dos a\u00f1os con una joven encantadora, encantadora&#8230;, de 16 a\u00f1os. Actualmente, tiene dos ni\u00f1os y gana 3 libras y media por d\u00eda. Es verdad que \u00e9l debe pasar sus noches en el lazareto, pero por la ma\u00f1ana vuelve a su casa para reunirse all\u00ed con su mujer una a dos horas: \u00a1no le es posible dejar su puesto por m\u00e1s tiempo! Y \u00bfqu\u00e9 quiere usted, se\u00f1ora&#8230;!<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>\u00a1Padre de los cielos, bueno y misericordioso, <\/em>-protesta el diario- <em>no permi\u00adtas que un hombre se estime satisfecha y contento can tres libras y media por d\u00eda, cuando con ese salario irrisorio debe hacer vivir a una mujer y a unos hijos! \u00a1Oh! haz que me acuerde de ese hombre, cuando yo no tenga suficiente o crea no tener suficiente. El tiene 22 a\u00f1os, su mujer tiene 18&#8230; Mi pensamiento se re\u00fane can los dos seres queridos que est\u00e1n en casa: Enriqueta y Bec&#8230; He ido hasta el pretil de la escalera con la peque\u00f1a Ana para que la hija de nuestro CAPITANO<\/em> <em>pueda darle la mu\u00f1eca que ha hecho para ella. La joven tiene un ros\u00adtro amable, y est\u00e1 cogida de bracete a su padre. Ella ha rechazado una petici\u00f3n de matrimonio para poder ocuparse de \u00e9l. \u00a1Verles as\u00ed ha despertado en m\u00ed bien de recuerdos! Espero que le sea concedido encontrar de nuevo a alguien a quiera amar y que all\u00ed encontrar\u00e1 su recompensa.<\/em><\/p>\n<p>Con los primeros d\u00edas de diciembre, acab\u00f3 el temporal. Pero el fr\u00edo arrecia intensamente. Imposible, sin embargo, hacer fuego en la pieza sin quedar medio sofocados por el humo. Los n\u00e1ufragos est\u00e1n siempre all\u00ed, circulando por los patios del lazareto, medio locos de fr\u00edo y de hambre, pasando su tiempo en disputar, en jugar a las cartas, vociferantes. La peque\u00f1a Ana Mar\u00eda tose cada vez m\u00e1s y, a su vez, debe quedarse en su cama de fortuna. Guillermo est\u00e1 abatido. Por dos ve\u00adces, el <em>Capitano, <\/em>ingenuamente, ha venido a anunciar a los Seton una noticia que, seg\u00fan \u00e9l, debe llenarles de contento: se les hace gracia de cinco d\u00edas de cuarentena y luego de otros cinco. \u00a1El 19 de diciembre estar\u00e1n libres! Y, m\u00e1s charlat\u00e1n que nunca, el viejo italiano, con el deseo laudable sin duda, pero cu\u00e1n desafortunado, de dar m\u00e1s esperanza a Isabel y a su marido, se pone a enumerar los <em>placeres que encontrar\u00e1n en abundancia dentro de la ciudad de Pisa, durante las fiestas de Navidad. <\/em>Paciente, Isabel le escucha hasta el fin, sin mandarlo a paseo, mientras su esp\u00edritu se lanza hacia los cuatro peque\u00f1os que la esperan tan lejos y que, por primera vez, celebrar\u00e1n la Navidad sin su madre. Y su mirada se posa, entonces, sobre el lecho de Guillermo y sobre el de Ana Mar\u00eda. \u00a1Los regocijos de Navidad! \u00bfQu\u00e9 ser\u00e1 de Guillermo, el 25 de diciembre pr\u00f3ximo? M\u00e1s reconfortante es la visita, si se puede emplear este t\u00e9rmino, que van a hacer a los Seton el Capit\u00e1n O&#8217;Brien y su mujer. Ellos han obtenido, a su vez, la autorizaci\u00f3n de penetrar en el recinto del lazareto. Desde el patio interior, durante unos instantes que la intensidad del fr\u00edo no permite prolongar, pueden conversar con Isabel y hacer se\u00f1ales de amistad a Guillermo y a la ni\u00f1a que se aprietan contra la reja de la ventana. Breve y p\u00e1lida sonrisa, este verse de nuevo.<\/p>\n<p>Pronto el estado de Guillermo se agrava de forma inquietante. Una semana de angustia casi ininterrumpida que la joven mujer pasa por entero a la cabe\u00adcera de su marido, no encontrando siquiera tiempo para poner una l\u00ednea en el cuaderno del diario. El 5 de diciembre, el Dr. Tutilli, llamado con urgencia, no deja ninguna esperanza. Una abundante y violenta expectoraci\u00f3n viene, no obstante, a traer inopinadamente al enfermo un afortunado alivio. Isabel, sin embargo, no se hace ilusiones:<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>Lluvia y tormenta, <\/em>-anota de nuevo en el diario, con fecha de 14 de di\u00adciembre- <em>como casi cada uno de los veintis\u00e9is d\u00edas que hemos pasado aqu\u00ed. Se ver\u00eda que tal humedad es peligrosa para una persona con buena salud. \u00a1Con la enfermedad de mi Guillermo, entonces! \u00a1Oh!, yo s\u00e9 bien que all\u00e1 arriba hay un Dios. No vale la pena, <\/em>CAPITANO, <em>que nos mire en silencio y que su dedo nos indique: \u00aball\u00e1 arriba\u00bb. Si yo pensara que nuestra situaci\u00f3n presente es efecto de una voluntad humana en vez de compararme a Mar\u00eda Magdalena en l\u00e1grimas, como usted me llama tan amablemente, deber\u00eda compararme a una leona, a una leona presta a poner fuego a su lazareto, si lo pudiera, a fin de llevarme a mi pobre prisionero y permitirle respirar el aire del cielo en un sitio distinto de \u00e9ste. \u00a1Tener a un pobre ser que viene a vuestro pa\u00eds para salvar en \u00e9l su vida, tenerle encerrado durante treinta d\u00edas entre unas paredes h\u00famedas, en medio del humo y del viento que sopla de todos los rincones, hasta levantar las cortinas que rodean su lecho, que nos penetra hasta la m\u00e9dula de los huesos!&#8230; \u00a1Y ahora, el espectro de la muerte! \u00a1El tirita con s\u00f3lo levantarse unos minutos! El debe ir a Pisa por su salud, \u00a1hoy sus proyectos est\u00e1n muy lejos de Pisa!, pero, \u00a1oh Padre m\u00edo de los cielos! yo s\u00e9 que estos acontecimientos contradictorios son per\u00admitidos y ordenados por tu Sabidur\u00eda que es la sola <\/em>Luz. <em>Nosotros, personalmen\u00adte, estamos en la obscuridad, y debemos reconocer que nuestro saber no se requiere para que se haga tu <\/em>OBRA. <em>Y no debemos perder de vista esa Miseri\u00adcordia infinita que, permitiendo los sufrimientos de nuestro coraz\u00f3n mortal, ha otorgado a nuestras almas una tan grande ocasi\u00f3n de encontrar la dicha y la saciedad para nuestra vida eterna, en la que comprenderemos con seguridad que todas las cosas han concurrido a nuestro bien, pues nuestra firme confianza est\u00e1 en Ti.<\/em><\/p>\n<p>P\u00e1gina clave del diario escrito en el lazareto, esta p\u00e1gina deb\u00eda citarse \u00ednte\u00adgramente. Toda hirviente de humana indignaci\u00f3n, como impregnada de todo su\u00adfrimiento, m\u00e1s all\u00e1 de toda justicia, est\u00e1 Dios., y su eterna Sabidur\u00eda, y su eterno Amor, y porque, como lo proclam\u00f3 san Pablo: \u00abTodo concurre al bien de los que aman a Dios\u00bb (Rom 8, 28).<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Mis proyectos no son vuestros proyectos, vuestros caminos no son mis caminos -or\u00e1culo del Se\u00f1or- Como se alza el cielo sobre la tierra mis caminos superan vuestros caminos, mis proyectos rebasan vuestros proyectos. 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El es el Se\u00f1or en quien esperamos. Haya j\u00fabilo y alegr\u00e9monos porque El nos ha salvado, porque la mano del Se\u00f1or reposa sobre esta monta\u00f1a. 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