{"id":9618,"date":"2016-08-02T13:00:45","date_gmt":"2016-08-02T11:00:45","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/01\/11\/isabel-seton-la-biografia-08-la-fiebre-amarilla\/"},"modified":"2016-07-26T09:35:01","modified_gmt":"2016-07-26T07:35:01","slug":"isabel-seton-la-biografia-08-la-fiebre-amarilla","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/isabel-seton-la-biografia-08-la-fiebre-amarilla\/","title":{"rendered":"Isabel Seton, la biograf\u00eda: 08 &#8211; La fiebre amarilla"},"content":{"rendered":"<p><em>El almendro est\u00e1 en flor<br \/>\nLa langosta saturada.<br \/>\nLa alcaparra da su fruto.<br \/>\nPero el hombre se va<br \/>\nhacia su eterna morada&#8230;<\/em><br \/>\nElesi\u00e1stico 12, 5-6<\/p>\n<p>El mes de julio va a conducir una vez m\u00e1s a Staten Island, junto al Dr. Bayley, a Isabel y a sus hijos. Ana Mar\u00eda, Bill y Ricardo est\u00e1n tan contentos de partir para Tompkinsville, de encontrar all\u00ed, la campi\u00f1a, las flores, los campos de tr\u00e9 bol, la playa, sus roquedales y sus conchas, que Betty tiene buen trabajo en calmar a su gente menuda en el momento de partir, tanto m\u00e1s cuanto que Re\u00adbeca no la puede acompa\u00f1ar. En cuanto a Guillermo, llamado a Baltimore en viaje de negocios., no se le juntar\u00e1 en Staten Island hasta m\u00e1s tarde.<\/p>\n<p>El recuerdo de la alegre llegada a Tompkinsville hab\u00eda de grabarse, sin em\u00adbargo, para siempre en la memoria de Isabel. Ella evocar\u00e1, muchas veces, la ima\u00adgen de los ni\u00f1os, retozando en la pradera, persigui\u00e9ndose a gritos en torno a los montones de heno, luego api\u00f1\u00e1ndose en torno a ella para recibir su porci\u00f3n de fresas que una amiga acababa de traerle para la merienda. <em>\u00a1C\u00f3mo se derriti\u00f3 mi coraz\u00f3n de agradecimiento, <\/em>confiesa ella, <em>por Aqu\u00e9l que es el Dador de todas las cosas!<\/em><\/p>\n<p>Apenas efectuada la instalaci\u00f3n, la vida se organiza. Paseas y giras son all\u00ed objeto de elecci\u00f3n, pero los ni\u00f1os no dejar\u00e1n tampoco de proseguir su tra\u00adbajo escolar bajo la direcci\u00f3n atenta de su madre.<\/p>\n<p>Menos ocupada que en Nueva York, Isabel encuentra tiempo para consa\u00adgrar dos horas por d\u00eda al estudio de la Biblia. \u00bfNo le hace falta compensar con la lectura y la meditaci\u00f3n personal las predicaciones del domingo de las que se ve privada, no sin sensible disgusto, por la fuerza de las cosas?<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>Cuida de decirme el tema del serm\u00f3n, <\/em>escribe a su cu\u00f1ada, <em>no existe distan\u00adcia cuando se trata de las almas y con seguridad la m\u00eda est\u00e1 con la tuya, fidel\u00edsi\u00admamente. Pienso en los viajes de San Pablo, en Rebeca, en E. H., hasta sin estar con ellos. Aqu\u00ed el grato d\u00eda del reposo dominical no existe para m\u00ed.<\/em><\/p>\n<p>Mientras mira a sus tres mayores recrearse alegremente u ocuparse de la peque\u00f1a Kate a quien ella amamanta todav\u00eda, a pesar de que la infante tiene ya diez meses largos, la joven mujer se une habitualmente can el pensamiento a aquellos de quienes no desear\u00eda estar separada, aunque s\u00f3lo fuera por un brazo de mar: Ocho kil\u00f3metros, efectivamente, separan \u00abThe Battery Park\u00bb del nor\u00addeste de Staten Island. En tiempo despejado, y gracias a unos catalejos, Isabel puede distinguir, desde la residencia de Tompkinsville la casa de State Street, incluso constatar si las contraventanas est\u00e1n abiertas o cerradas.<\/p>\n<p>Sin nostalgia, no obstante, aprovecha estos meses de calma, de gran res\u00adpiro, teniendo ese don tan raro de saber acoger las alegr\u00edas m\u00e1s peque\u00f1as como las m\u00e1s grandes, al paso que las encuentra en su camino. En eso encuentra el secreto de la valent\u00eda, de la serenidad, para acoger a su vez el fastidio y las in\u00adquietudes que siguen siendo, a pesar de todo, una porci\u00f3n de su pan de cada d\u00eda. Unas veces es la salud de su marido, que hace renacer en ella las peores ansiedades. Otras veces el porvenir que le parece agobiante, ya que bien pen\u00adsadas las cosas, ser\u00e1 preciso renunciar a la situaci\u00f3n que el se\u00f1or Curson, cl abuelo de Guillermo, le propon\u00eda en Baltimore.<\/p>\n<p>Por otra parte, en lo m\u00e1s fuerte de los calores del verano, las barcos de emigrantes vierten sus lamentables cargamentos de hombres, de mujeres., de ni\u00f1os. Extenuados de miseria y de fatiga, despu\u00e9s de semanas de penosa traves\u00eda, en unas condiciones a veces inhumanas, ellos son presa se\u00f1alada para todas las enfermedades. Y las marismas tan pr\u00f3ximas a Nueva York ven multiplicarse durante los calores, los mosquitos, de los que nadie sabe a\u00fan, ni siquiera el Doctor Bayley, que son ellos precisamente los portadores del virus mortal de la fiebre amarilla.<\/p>\n<p>Duros momentos para el oficial de Sanidad, que desde el amanecer debe asegurar su servicio en el puesto y afrontar cada d\u00eda el peligro del contagio. Ricardo Bayley que tiene sus cincuenta y seis a\u00f1os ha gozado durante toda su vida de una excelente salud. Que conozca un momento de fatiga, durante el mes de julio, en medio de su labor agobiante, nada tiene de anormal. Betty admira a su padre cuya dedicaci\u00f3n a los enfermos no tiene m\u00e1s pareja que su compe\u00adtencia de especialista. Ella le oye levantarse tempranito y partir para el lazareto. Debe estar all\u00ed para la visita m\u00e9dica de los que arriban, curar a los enfermos, to\u00admar todas las medidas de aislamiento y de cuarentena de lo que tantas vidas hu\u00admanas dependen pr\u00e1cticamente. Pasa all\u00ed jornadas enteras, no se le ve m\u00e1s que a la hora de la comida, \u00a1y apenas!, en la casa de Tompkinsville que una clausura severa aisla totalmente de la parte de la isla reservada a los enfermos de lazareto. Al menos Isabel se esfuerza por hacer para su padre esas horas, breves en de\u00admas\u00eda, tan sedantes como es posible. Por \u00e9l se pone gustosa al piano, sabiendo cu\u00e1nto le agrada escucharla. Pero sucede que \u00e9l se duerme de golpe en su silla, tan falto est\u00e1 entonces de sue\u00f1o.<\/p>\n<p>Obsesionada por las escenas dolorosas, cuyo relato hace a veces, cuyos dra\u00admas adivina nada m\u00e1s percibir m\u00e1s all\u00e1 del recinto reservado, las idas y venidas de las enfermeras al dep\u00f3sito, Betty conoce, tambi\u00e9n ella, como escribe a Rebeca, noches de insomnio. Querr\u00eda acompa\u00f1ar a su padre, compartir con \u00e9l el peligro, aliviarle un poco su carga, tan pesada. De ello no hay cuesti\u00f3n posible: sus hijos la reclaman. Por ellos, si no por ella, ser\u00eda una imprudencia culpable exponerse hasta tal punto.<\/p>\n<p>El 9 de agosto, un barco irland\u00e9s arriba al puerto. La jornada del 10 es pe\u00adsada para el Dr. Bayley. La tarde le parece m\u00e1s suave. Sentado junto a la ventana del comedor deja vagar su mirada sobre el mar y sobre los campos de tr\u00e9bol donde el sol poniente despide irisaciones de topacio, sugiere haces de p\u00farpura. Unas, nubes permiten esperar un poco de frescor. Llueve en alguna parte. Un arco iris se despliega de s\u00fabito por encima de la bah\u00eda. Repetidas veces el doctor llama a su hija: \u00a1Aquel espect\u00e1culo merece la pena! \u00a1Qu\u00e9 venga a admirarlo con \u00e9l! All\u00e1 abajo, el puerto ofrece su animaci\u00f3n acostumbrada. Las llamadas de los pilotos, los gritos de los estibadores llegan, difuminados, con el ruido de las olas que baten los acantilados, o se rompen sobre las piedras del embarcadero.<\/p>\n<p>\u00a1Qu\u00e9 agradable vivir aquella tarde! Ricardo Bayley tiene, en sus rodillas, a su nietecita Kate. Ella tiende sus manos hacia el vaso que se encuentra sobre la mesa y el abuelo feliz hace beber a cucharadas a la nieta que le llama: \u00a1Pap\u00e1! \u00a1Pap\u00e1! Betty se pone al piano. Su padre canta entonces. Ella le siente distendido, alegre incluso. Ella querr\u00eda prolongar sin fin aquellos instantes de paz tranquila. Hay en la voz del doctor un calor desacostumbrado, que deja en el coraz\u00f3n de Betty una verdadera dicha. Pero cae la noche. Es preciso acostar a los ni\u00f1os. El doctor debe pensar tambi\u00e9n en tomar el descanso indispensable: \u00a1su noche ser\u00e1 tan corta!<\/p>\n<p>La ma\u00f1ana del 11 de agosto, \u00e9l parte hacia el lazareto, como las otras ma\u00ad\u00f1anas. Ayer, antes de dejar el puerto, hab\u00eda dado \u00f3rdenes precisas para que los pasajeros enfermos, del nav\u00edo irland\u00e9s, fueran separados de los otros, y puestos aparte todos sus bagajes. Ahora bien, cuando llega aquella ma\u00f1ana, es para en\u00adcontrar estacionados en una pieza, cuya ventilaci\u00f3n es muy escasa en medio de fardos y de cajas a los llegados de la antev\u00edspera, equipajes, emigrantes, todos en mezcolanza&#8230;<\/p>\n<p>Desconcertado un momento, el doctor se precipita en medio de aquellos hom\u00adbres, de aquellas mujeres, de aquellos ni\u00f1os que le miran con sus ojos esquivos, porque la mayor parte de ellos est\u00e1n ya heridos de muerte. \u00bfPor qu\u00e9 las \u00f3rdenes dadas ayer no han sido ejecutadas? \u00bfAcaso en la precipitaci\u00f3n de un desem\u00adbarco dif\u00edcil no hab\u00edan sido comprendidas? El Dr. Bayley siente hervir en \u00e9l una sorda c\u00f3lera. Despreciando toda prudencia en su indignaci\u00f3n se olvida de tomar las precauciones que le son habituales, de poner en su rostro la m\u00e1scara protec\u00adtora. Si hay tiempo todav\u00eda, quiere que se separe a los menos tocados de los otros. Quiere&#8230; Pero bruscamente se detiene incapaz de dar nuevas directrices. Le parece que su cabeza da vueltas. Las n\u00e1useas retuercen su est\u00f3mago. Se re\u00adcobra, sin embargo, dice lo que tiene que decir y vuelve a tomar el camino de su residencia.<\/p>\n<p>Isabel le ve sentarse como de costumbre a la mesa donde se sirve el t\u00e9. Ad\u00advierte sus facciones desechas. El parte otra vez, esperando por un instante haber extrangulado el mal. Breve ilusi\u00f3n. Tiene que detenerse, y en el muelle se des ploma sobre un tabl\u00f3n de madera. Su hija que, desde la ventana, segu\u00eda con sus ojos su marcha vacilante, lanza un grito de espanto. A sus \u00f3rdenes, un hombre lo levanta y conduce a pasos cortos al doctor hasta casa. En el umbral, \u00e9l bal\u00adbucea que sus piernas han desaparecido de repente bajo \u00e9l. En su mirada febril, Isabel lee un abatimiento sin nombre, un verdadero terror.<\/p>\n<p>Apenas se le tiende en el lecho se obnubila en el delirio. \u00bfPara qu\u00e9 sirve enga\u00f1arse? La fiebre amarilla, la terrible enfermedad se ha abatido sobre el hom\u00adbre que consagr\u00f3 a\u00f1os de su vida a buscar su origen, sin poderlo encontrar, des pleg\u00f3 sus fuerzas para intentar poner a raya sus estragos sin obtener el resultado esperado. A su vez, est\u00e1 vencido. Comienza para \u00e9l, la larga, la terrible agon\u00eda a la que tan a menudo ha asistido impotente como era, para atenuar su horror a sus pacientes. A pesar de los cuidados que le prodiga con su yerno, el Dr. Post, un joven m\u00e9dico amigo, su estudiante de anta\u00f1o, \u00e9l sabe que est\u00e1 perdido. Cuan\u00addo abre sus ojos, cuando recobra la conciencia, es para decir a Betty que tiene entre la suya la mano ardiente de su padre: \u00abTodos los horrores llegan hija m\u00eda, yo los siento venir\u00bb.<\/p>\n<p>Avisada, al mismo tiempo que su marido, Mar\u00eda ha acudido con \u00e9l. Betty no deja de estar d\u00eda y noche a la cabecera de su padre. Ella comparte la agon\u00eda que no puede aliviar, viendo impotente por su parte a aquel padre, a quien ama apasionadamente, retorcerse en dolores que nada puede calmar.<\/p>\n<p><em>Oh Rebeca m\u00eda, <\/em>garrapatea a prisa en una peque\u00f1a nota, <em>si en esta hora no su\u00adpiera hacia qui\u00e9n mirar \u00bfc\u00f3mo podr\u00eda soportarlo?<\/em><\/p>\n<p>Pero otra angustia m\u00e1s \u00edntima, m\u00e1s punzante, la acongoja: \u00bfcu\u00e1l ser\u00e1 la suerte eterna de su padre? Una noche en que debi\u00f3 aceptar dejar un momento su puesto cerca del moribundo, ella no se contuvo m\u00e1s. Teniendo en sus brazos a la peque\u00f1a Kate, recorre a grandes pasos la azotea de la residencia. \u00bfSi Dios aceptara la vida de su nena por la salvaci\u00f3n de su padre? Cree deber suyo hacer al Se\u00f1or el sacrificio m\u00e1s desgarrador que puede concebir una madre. Ella no tiene todav\u00eda esa mirada purificada que le permitir\u00eda presentir, si no ver, que tales sacrificios no pueden venir de nuestra iniciativa: basta con aceptar cuando Dios los pide. Propon\u00e9rselos a El, \u00bfno ser\u00eda poner en duda, al fin, su infinita mi\u00adsericordia y el valor infinito de la redenci\u00f3n de Cristo? \u00a1Pero est\u00e1 tan sola en su desarrollo! Si Dios rechaza su ofrenda, heroica y a la vez temeraria, escucha su oraci\u00f3n tan plena de solicitud filial.<\/p>\n<p>En el decurso del tercer d\u00eda de agon\u00eda, mientras est\u00e1 sentada junto al lecho donde su padre se debate, \u00e9l se vuelve hacia ella diciendo: \u00abEs la mano de Dios quien gu\u00eda todo esto\u00bb. Era la primera vez que Isabel le o\u00eda hablar del Se\u00f1or. <em>El repiti\u00f3 varias veces: \u00a1Cristo Jes\u00fas m\u00edo, ten piedad de m\u00ed!, <\/em>confiar\u00e1 ella m\u00e1s tarde.<\/p>\n<p>El lunes 17 de agosto los sufrimientos parecen redoblarse, luego, por la tarde a las dos y media, una especie de calma sucede a la agitaci\u00f3n. A tientas el mori\u00adbundo ase por \u00faltima vez la mano de su hija, se vuelve hacia ella y da el pos\u00adtrer suspiro.<\/p>\n<p>Ni su mujer, ni ninguno de los hijos de su segundo matrimonio se han atre\u00advido a afrontar la estaci\u00f3n de la cuarentena. El servicio f\u00fanebre mismo no deja de plantear un doloroso problema: nadie querr\u00e1 consentir que sea transportado el cuerpo del difunto a trav\u00e9s de la campi\u00f1a. La tumba est\u00e1 abierta ya en el jar\u00add\u00edn de la residencia, cuando Isabel, que no se ha resignado a tal soluci\u00f3n, pien\u00adsa que no es imposible llegar al cementerio sin atravesar la isla. \u00bfPor qu\u00e9 no se transporta el f\u00e9retro por mar, utilizando la barca del servicio de sanidad? A esta proposici\u00f3n, Barby, el fiel marino del Dr. Bayley cuya ayuda parece indispen\u00adsable, da su pleno consentimiento. Dos coches en los que algunas personas han tomado asiento esperan el arribo al pie de la colina de Richmond, para empren\u00adder, detr\u00e1s del f\u00e9retro, el camino que serpentea hasta la iglesia de San Andr\u00e9s,a la que rodea el cementerio. El Rev. Moore celebra all\u00ed el servicio, mientras que el sacrist\u00e1n se raza por el espanto que le causa el sola nombre de fiebre amarilla. Le sustituir\u00e1 Barby, ayudado del joven m\u00e9dico amigo de la familia Bayley.<\/p>\n<p>Por lo menos Betty ha logrado ver reposar al lado de los de su madre los restos mortales de su padre, en el peque\u00f1o cementerio de Richmond. Pero \u00bfc\u00f3mo no evocar, frente aquellos funerales clandestinos, las exequias del se\u00f1or Seton en las que se api\u00f1aba una muchedumbre de amigos? Ser\u00eda inveros\u00edmil que Betty no quedara impresionada con aquel contraste. M\u00e1s lancinante era para ella la in\u00adcertidumbre de la salvaci\u00f3n de su padre. \u00a1Cu\u00e1nto la hubiera consolado en esta dura prueba la seguridad objetiva que aporta a los moribundos de la Iglesia Ca\u00adt\u00f3lica la recepci\u00f3n de los sacramentos de la Penitencia y de la Unci\u00f3n de los enfermos! Sin duda el misterio de la salvaci\u00f3n de los seres que nos son los m\u00e1s queridos sigue siendo al fin el secreto de Dios. La aceptaci\u00f3n voluntaria de los \u00faltimos sacramentos queda como una prueba palpable de su \u00faltima reconcilia\u00adci\u00f3n con El. La vida del Dr. Bayley no estaba ciertamente exenta de faltas, pero no lo estaba tampoco de dedicaci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00abEstaba enfermo y me visitaste\u00bb, dir\u00e1 Cristo a sus elegidos. \u00bfA cu\u00e1ntos enfer\u00admos, no hab\u00eda visitado el Dr. Bayley? \u00bfSobre cu\u00e1ntos no se hab\u00eda inclinada con peligro de la propia vida? Un texto de San Agust\u00edn proyecta a este respecto un rayo luminoso de esperanza: \u00abSi alguien dice que ama a Dios y detesta a su hermano, es un mentiroso (Jn 4, 20). Entonces, \u00bfqu\u00e9? \u00bfqui\u00e9n ama a su her\u00admano, ama a Dios? Necesariamente, \u00e9l ama a Dios, ama al Amor mismo. \u00bfPuede amar a su hermano sin amar al Amor? No ama verdaderamente al Amor&#8230; No puedes decir: Amo a mi hermano, pero no amo a Dios; lo mismo que mientes si dices: Amo a Dios, cuando no amas a tu hermano, as\u00ed te enga\u00f1as si dices: Amo a mi hermano, creyendo que no amas a Dios\u00bb (In I Epist. Joan. Tract. 10, 10).<\/p>\n<p>Nos hubiera gustado que Isabel hubiera conocido estas l\u00edneas tan consola\u00addoras para apaciguar la ansiedad espiritual que se a\u00f1ad\u00eda entonces a su pesada tristeza. Sin duda no dejar\u00e1 de experimentar los elogios que, m\u00e1s tarde, se tri\u00adbuten a su padre en el plano profesional. Tales elogios, con todo, seguir\u00e1n siendo \u00abde otro orden\u00bb.<\/p>\n<p>\u00abEl Dr. Bayley, deb\u00eda escribir Thacher, muri\u00f3 dejando el recuerdo, tanto de un noble car\u00e1cter como de un especialista de valer, de un cirujano excelente y audaz, de un hombre capaz de dar r\u00e1pidamente un diagn\u00f3stico, de tomar una de cisi\u00f3n sin vacilar. Siendo un perfecto caballero, honrado, gentil y digno; de una integridad absoluta, y de hecho incapaz de tolerar en los otros una falta de rectitud, inflexible en sus afectos, inexorable en sus antipat\u00edas, y que no sopor\u00adtaba la contradicci\u00f3n. Era de un temperamento ardiente y, sin embargo, capaz da hacerse fr\u00edo de golpe: defecto que \u00e9l reconoc\u00eda y lamentaba. Sin temor a nada, se mostraba, a veces, un poco parcial hacia ciertos enfermos, pero sab\u00eda, sin embargo, ser caritativo si alguien estaba en necesidad\u00bb.<\/p>\n<p>Se contaba que, un d\u00eda, uno de sus colegas hab\u00eda venido a pedirle su ayuda para una operaci\u00f3n delicada. Fatigado, sobrecargado, el Dr. Bayley se hab\u00eda ex\u00adcusado de primeras, pero, al saber que se trataba de una familia sin recursos pecuniarios, cambi\u00f3 bruscamente de decisi\u00f3n. La preferencia que daba a los po\u00adbres, a aquellos de los que no recib\u00eda honorarios, era casi tan notoria como su competencia m\u00e9dica y quir\u00fargica. Los suyos no hab\u00edan de olvidarlo jam\u00e1s, de suerte que una de sus biznietas, Mar\u00eda Seton Bayley, convertida por su matri\u00admonio en la Sra. Walter Large, ser\u00e1 una de las fundadoras de la Cruz Roja americana, en el condado de Westchester.<\/p>\n<p>Desaparecido el Dr. Bayley, las Seton no ten\u00edan raz\u00f3n alguna para perma\u00adnecer en Staten Island. Betty se toma el tiempo, con todo, en medio de los do\u00adlorosos preparativos de la marcha, para dirigir al Rev. Moore estas pocas l\u00ed\u00adneas: <em>No puedo dejar la isla sin presentar al Sr. Moore, la expresi\u00f3n del recono\u00adcimiento de un coraz\u00f3n lleno de gratitud por la bendici\u00f3n y consuelo que nos ha aportado en estas horas plenas de amargura de nuestra pesada tristeza. Gracias a usted, querido se\u00f1or, los restos de mi padre querido reposan en un lugar santo y mi \u00fanico deseo es que se reserve un peque\u00f1o lugar a cada lado suyo, para sus dos hijas mayores&#8230;<\/em><\/p>\n<p>A pesar de que ella confiesa a Rebeca: <em>Mis l\u00e1grimas se han agotado, ellas han quedado con todas las agon\u00edas que las causaron sobre el entarimado de la buhardilla de Staten Island.<\/em><\/p>\n<p>El golpe hab\u00eda sido rudo y brutal para Isabel. Si lo supera es a fuerza de energ\u00eda. Pero, una vez m\u00e1s, intenta \u00abhacer frente\u00bb. Ella estar\u00e1 repuesta, afirma, una vez que la fatiga acumulada durante el verano quede eliminada.<\/p>\n<p>De hecho, la fiebre amarilla se apresta a herir, una nueva v\u00edctima, muy cerca de ella tambi\u00e9n: Enrique Sadler, el marido de Isa, cae a su vez, en Nueva York, a comienzos del oto\u00f1o. Porque, una vez m\u00e1s, la epidemia esparce el terror en la ciudad. El Sr. Sadler era, desde siempre, el gran amigo de los hijos de Betty. Alegre, lleno de amor, y de coraz\u00f3n, hab\u00eda conquistado la confianza de Ana Mar\u00eda, de Bill y de Ricksy. Y los peque\u00f1os le ve\u00edan desaparecer tan brutalmente como les hab\u00eda desaparecido su querido abuelo de Tompkinsville. A los seis a\u00f1os, Ana Mar\u00eda no puede sino quedar marcada por este doble encuentro con la muerte. Reflexiva, como su madre, se hace m\u00e1s profunda en el plano religioso. Ella asombrar\u00e1 pronto por la seriedad de sus reflexiones y de su comportamiento. En cuanta a Betty, frente al dolor de su amiga, es de las que sabe compartir en el sentido aut\u00e9ntico de la palabra. Esforz\u00e1ndose en sostener a Isa, encuentra nuevas fuerzas para superar su propia tristeza.<\/p>\n<p>Y mientras las iglesias de la ciudad ven disminuir, de domingo en domingo, el n\u00famero de los asistentes al culto, el n\u00famero de los que se atreven a salir de sus casas, tan grande es el miedo a la epidemia que prosigue sus estragos, Betty se quiere m\u00e1s fiel que nunca, al oficio dominical y al Sacramento.<\/p>\n<p><em>El terror de los habitantes de Nueva York, parece tan <\/em>vivo, escribe a Rebeca, <em>que no deber\u00edas venir a la ciudad, si sigues las reglas de la prudencia. Pero, per\u00adsonalmente, yo te digo: ven, querida m\u00eda, \u00abcontinuemos la fiesta\u00bb, con toda sin\u00adceridad y lealtad.<\/em><\/p>\n<p>En esta \u00e9poca, el joven matrimonio Maitland, vive tambi\u00e9n horas tan negras que las Seton acogen para el invierno al reci\u00e9n nacido de Isa con su nodriza. En febrero, se conoce el arresto de Jaime Maitland y su encarcelamien to. Si Guillermo y Betty no hubieran tendido la mana a su mujer, desamparada, si no hubieran aceptado proveer ellos mismos a la subsistencia de sus sobrinos, Isa habr\u00eda conocido, sin duda, con el abatimiento y la miseria, una verdadera desesperaci\u00f3n. Pero Betty est\u00e1 all\u00ed. \u00a1Qu\u00e9 importa si el trabajo y las preocupa\u00adciones vienen a multiplicarse para ella! Mammy Huller por su parte, no est\u00e1 ya para ayudarla, al contrario, ella tiene ahora, por el hecho de su mucha edad, necesidad de cuidados y afecto. Betty se los prodiga. M\u00e1s a\u00fan, se hace junto a la anciana, que, al parecer, no ten\u00eda m\u00e1s que unas nociones muy vagas de reli\u00adgi\u00f3n, una catequista tan celosa y persuasiva que Mammy Huller, le deber\u00e1 la recepci\u00f3n del bautismo, unos d\u00edas antes de expirar en octubre de 1801.<\/p>\n<p>La peque\u00f1a clase no deja de funcionar en State Street, con nueve alumnos. Betty no ha declinado el puesto que ocupa siempre, y de manera efectiva, en la sociedad en favor de las viudas econ\u00f3micamente d\u00e9biles. Ella llega a encontrar tiempo para todo, aunque le sea prometido encima un nuevo nacimiento para el verano de 1802. <em>Me levanto pronto y me acuesto tarde, jam\u00e1s antes de media noche, lo m\u00e1s a menudo a la una de la madrugada, <\/em>confiesa ella con una pizca de humor. <em>Tal es mi suerte, y como es preciso que todo el mundo \u00absaque or\u00adgullo\u00bb de algo, yo no puedo negar que sea de ah\u00ed de donde saco el m\u00edo&#8230; Hoy he cortado mis dos vestidos y he cosido, en parte, otro; he tomado tambi\u00e9n todas las lecciones; he recibido durante dos horas la visita de la viuda Veley, que me ha sido confiada. &#8211; \u00abSin trabajo, sin le\u00f1a, hijo enfermo, etc.\u00bb. \u00bfC\u00f3mo puedo quejarme entonces, con un fuego que brilla en la chimenea y la luna que brilla, brilla, por encima de mis espaldas y mis queridos que van todos bien, que meten bulla y que danzan? He tocado para ellos durante media hora.<\/em><\/p>\n<p>As\u00ed pasan los d\u00edas, las semanas, los meses. Al ver a esta joven mujer darse, sin medida y como jugando, a las tareas que asume, en su hogar, junto a su marido, a sus hijos, fuera, junto a las mujeres desheredadas, \u00bfqui\u00e9n dudar\u00eda a qu\u00e9 profundidad tratan de penetrar las ra\u00edces de su vida espiritual, de la que al fin saca su energ\u00eda, el don de s\u00ed y la serenidad? Una nota escrita de su pu\u00f1o, lo deja, con todo, presentir:<\/p>\n<p><em>Este d\u00eda bendito, domingo 23 de mayo de 1802, mi alma ha tomado concien\u00adcia por vez primera de la bendici\u00f3n y de la posibilidad de una entrega total de s\u00ed y de todas las facultades a Dios. En verdad, este ha sido para m\u00ed el D\u00cdA <\/em>DEL SE\u00d1OR, <em>a pesar de muchas, muchas tentaciones de olvidar mi divina posesi\u00f3n en su constante presencia que se han abatido sobre m\u00ed. Pero -\u00a1bendito sea mi amable Pastor!- en esta hora de su <\/em>mi <em>encuentro reposada en su redil, dulce\u00admente reposada en las aguas de tranquilidad que han corrido por mediaci\u00f3n de su ministro, nuestro maestro bendito. \u00a1Gloria a Dios por esta gracia indecible! \u00a1Gloria a Dios por los medios en que nos llega su gracia, y por las esperanzas de gloria que esparce con tanta misericordia sobre su indigna sierva! Oh Se\u00f1or, ante Ti no puedo tener m\u00e9rito hasta el momento que sea revestida con la t\u00fanica de la justicia por mi bienamado Redentor. El es quien me har\u00e1 capaz de con\u00adtemplar la visi\u00f3n de tu gloria.<\/em><\/p>\n<p>Ser <em>revestida <\/em>por el Salvador con una t\u00fanica de justicia que vela a sus ojos las debilidades y las faltas de la criatura pecadora que somos, es al fin el ideal m\u00e1s elevado que puede concebir entonces Isabel. Ella no sabe todav\u00eda que la redenci\u00f3n, puede devolver al hombre ca\u00eddo, a pesar de la ca\u00edda de Ad\u00e1n, a pesar de sus faltas personales, la pureza total de su alma:<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>\u00abAunque vuestros pecados fueran como la escarlata blanquear\u00e1n, coma la nieve;<br \/>\naunque fueran rojos como la p\u00farpura, vendr\u00e1n a ser como la lana\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Cristo que perdona a Mar\u00eda Magdalena, hace mucho m\u00e1s que cubrirla con una t\u00fanica de justicia: El la purifica y la transforma, hasta en su ser m\u00e1s \u00edntimo. Isabel est\u00e1 lejos todav\u00eda de los horizontes infinitos que le abrir\u00e1, pronto, un conocimiento m\u00e1s verdadero de lo que es para los hombres rescatados el amor omnipotente y misericordioso del Se\u00f1or. Pero lo que ha encontrado ya, y lo que ella considera, con justo t\u00edtulo, como el m\u00e1s precioso de los tesoros, sufre in\u00adteriormente de no poderlo compartir con todos aquellos a quienes ama. Si le parece f\u00e1cil abrir a las realidades sobrenaturales el alma de sus hijos., no en\u00adcuentra junto a su esposo el eco que persiste en esperar. Con los altibajos que son propios de los tuberculosos, Guillermo se aferra desesperadamente a la idea que parece entonces polarizar su vida; llegar a saldar hasta la \u00faltima, las deudas que le quedan, reanimado, por un momento, cuando se abre para \u00e9l la puerta de los amigos que le han permanecido fieles. Betty le ve feliz como un ni\u00f1o, en poder frecuentar todav\u00eda a algunas familias de la sociedad selecta de la ciudad, vestir su levita de seda y partir, elegante como en los d\u00edas de prosperidad, para una velada de diversi\u00f3n, mientras que \u00absu mujercita\u00bb queda con los ni\u00f1os, su trabajo, sus preocupaciones. La energ\u00eda que ella despliega, las tareas que asume, Guillermo las encuentra tan normales que no sospecha el grado de he\u00adro\u00edsmo que requieren a veces. Con un candor desconcertante, \u00e9l anuncia a Julia Scott, el 19 de agosto de 1802, el nacimiento de su quinto hijo, la peque\u00f1a Re\u00adbeca: \u00abAyer, amiguita m\u00eda, tu Isabel comenz\u00f3 esta carta a las once de la noche y esta ma\u00f1ana a mediod\u00eda tengo la alegr\u00eda de anunciarte que ella ha tra\u00eddo al mundo felizmente una hijita. La madre est\u00e1 tan bien como se puede estar en esta ocasi\u00f3n, mejor de lo que se pod\u00eda esperar, porque no hemos tenido \u00abni doc\u00adtor ni ayuda alguna\u00bb, de no ser que la se\u00f1orita hizo su aparici\u00f3n un cuarto de hora despu\u00e9s\u00bb&#8230;<\/p>\n<p>Parec\u00eda que Guillermo se hab\u00eda olvidado totalmente, ahora, de c\u00f3mo Isabel a quien \u00e9l ama, sin embargo, apasionadamente, hab\u00eda rezado tan de cerca la muerte en el momento del nacimiento de su segundo hijo. El bautizo de Re\u00adbeca, tendr\u00e1 lugar el 29 de septiembre, y luego, la vida reanudar\u00e1 su curso&#8230;<\/p>\n<p>Isabel no deja de se\u00f1alar la coincidencia de las fechas: el 17 de agosto de 1801, ella se inclinaba sobre el lecho de agon\u00eda donde su padre iba a expirar, el 19 de agosto de 1802, ella ten\u00eda en sus brazos al hija que acababa de traer al mundo-: <em>Querida, querida Rebeca, el a\u00f1o pasado, en aquel momento, 3 de la tarde&#8230; \u00a1Eso no tiene importancia! Alguien pensar\u00e1 tambi\u00e9n en nosotros de esa forma, dentro de unos a\u00f1os&#8230;\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Ella est\u00e1 convencida de esto: por queridos y sagrados que sean los recuer\u00addos, no es al pasado al que hay que volverse, sino hacia el porvenir adonde hay que dirigirse resueltamente: mirar adelante y no atr\u00e1s.<\/p>\n<p>Dos textos escritos de su mano se pueden poner aqu\u00ed en paralelo. El uno est\u00e1 fechado el 12 y 13 de septiembre de 1802, y se sit\u00faa por suerte entre el na\u00adcimiento y bautizo de Rebeca. El otro, redactado mucho m\u00e1s tarde, se encuentra consignado en los <em>Dear Remembrances.<\/em><\/p>\n<p><em>Domingo 12 septiembre, tres semanas y das d\u00edas despu\u00e9s del nacimiento de mi Rebeca, he renovado mi resoluci\u00f3n de luchar conmigo misma y de esforzar\u00adme por el bien, en todas las circunstancias, de servir a m\u00ed querido Redentor y de darme a Dios, par El, totalmente. <\/em>Las natas, redactadas en estilo telegr\u00e1fico, se prosiguen al d\u00eda siguiente: <em>Comienzo de una vida nueva &#8211; resumen de las ocupaciones y los deberes que constituyen la parte que El me ha asignado.<\/em><\/p>\n<p>Tales son los deseos de perfecci\u00f3n de las que Isabel tiende a tomar nota en el momento en que se encuentra invadida por esos deseos mismos. Estar\u00e1n to\u00addav\u00eda presentes en su memoria, siempre tan vivos en el momento en que escriba <em>los Dulces Recuerdos, <\/em>hasta el punto que no podr\u00e1 privarse de mencionarlos de nuevo.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>Las noches, sola <em>\u2014<\/em>escribiendo, biblia, salmos, con ardientes deseos del cielo<em>\u2014 <\/em> ofrenda continua de mi deliciosa A (Ana) y G (Guillermo) y R (Ricardo) y C (Catalina) y la peque\u00f1a R (Rebeca), desde su primera entrada en este mundo &#8211; temor de su PERDICI\u00d3N<\/em> ETERNA, <em>preocupaci\u00f3n dominante a trav\u00e9s de todas las penas a alegr\u00edas de una madre.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em><em>\u2014 <\/em>Tedeum de media noche.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em><em>\u2014 <\/em>Uni\u00f3n de alma con Rebeca, Enriqueta y Cecilia&#8230;<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>\u2014 Confianza en Dios a trav\u00e9s de las fluctuaciones de nuestros sufri\u00admientos y pruebas.<\/em><\/p>\n<p>Por eso su alma oscila sin cesar entre el sordo temor de una predestinaci\u00f3n temible, cuyo pensamiento viene a atravesarse siempre en su camino, y la con\u00adfianza que la arrastra invenciblemente hacia aqu\u00e9l de cuyo coraz\u00f3n no puede dudar. Hay que convenir en que este problema de la predestinaci\u00f3n, tal como se lo presenta la doctrina episcopaliana, la persigue insidiosamente, par ella y por los suyos, pareciendo minar a veces su esperanza. Ella se debate en esto como el p\u00e1jaro en la red que lo encierra, se desprende de ella un momento, toma su es\u00adcape, para volver a encontrarse prisionera all\u00ed. Y es esto precisamente lo que hace tr\u00e1gica su marcha hacia la verdad.<\/p>\n<p>El Rev. Hobart, el joven vicario de la Trinidad, sigue siendo en esta \u00e9poca, su \u00fanico consejero, su or\u00e1culo. Y es \u00e9l a quien va a confiar ella su abatimiento respecto a su marido. Porque la ilusi\u00f3n ahora ya no es permisible: la salud de Guillermo declina de manera evidente, y la ciencia m\u00e9dica de entonces se de\u00ad clara impotente frente a un mal del que ignora hasta el nombre. Isabel es de\u00admasiado l\u00facida para enga\u00f1arse y no puede resignarse a ver hasta el final a su Guillermo desertar de la casa del Se\u00f1or. Quiere para \u00e9l, la alegr\u00eda y la fuerza que ella misma ha descubierto en su encuentro con Dios. Ella quiere para \u00e9l esa fe viviente que permite volverse con confianza hacia las realidades sobrenaturales en el momento que pueden faltar los bienes m\u00e1s preciosos de la vida terrestre: la vida com\u00fan, la vida de amor, sellada por ocho a\u00f1os y m\u00e1s de matrimonio. \u00bfNo ha sido su deseo de siempre compartir con Guillermo lo que ella tiene de mejor, su fe? Pero ella jam\u00e1s ha podido hablar con \u00e9l de las cosas divinas. No obstante ella no cesa de esperar.<\/p>\n<p>Y un hecho es cierto: durante el verano de 1803 las conversaciones del Sr. Seton con Enrique Hobart, toman otro tono. Es un nacimiento o un renaci\u00admiento de la fe en el alma de este hombre, joven todav\u00eda que sabe tambi\u00e9n que sus d\u00edas est\u00e1n contados. Con una delicada solicitud, pero con un estremeci\u00admiento de todo su ser, Isabel sigue el encaminamiento de su marido por el sen\u00addero que conduce al redil donde Cristo espera a todos los suyos. Guillermo lee, pregunta, reflexiona. \u00bfSer\u00eda para \u00e9l el retorno a \u00abla mesa de familia\u00bb, a \u00abla comida tomada en com\u00fan\u00bb que es para Isabel la recepci\u00f3n del \u00absacramento\u00bb?<\/p>\n<p>Guillermo ha prometido. en el mes de agosto corriente, ir a la Iglesia con los suyos. El lo ha dicho <em>con una sonrisa amplia, <\/em>precisa Betty en una nota a Rebeca, y a\u00f1ade: Yo <em>ser\u00eda tan feliz si \u00e9l llega a mantener su promesa de buen grado y sin ninguna <\/em><em>presi\u00f3n de<\/em><em> mi parte. <\/em>\u00a1Cu\u00e1nto desea ella ese d\u00eda dichoso! \u00a1Cu\u00e1nto lo reclama con todas sus ansias en su oraci\u00f3n secreta! Y cuando llega al fin, la joven mujer se llena de alegr\u00eda. Aquella alegr\u00eda hay que compartirla con el Rev. Hobart, ante todo, tiene que comentarla enseguida con Rebeca.<\/p>\n<p><em>Le he dicho (a Enrique Hobart), que estas \u00faltimas veinticuatro horas eran las m\u00e1s felices que he vivido jam\u00e1s, que nunca hubiera cre\u00eddo poder esperar, ya que el deseo m\u00e1s ardiente de mi coraz\u00f3n estaba realizado. Querida Rebeca, \u00a1si t\u00fa hubieras visto qu\u00e9 dulce era la noche de ayer! El coraz\u00f3n de Guillermo parec\u00eda m\u00e1s pr\u00f3ximo al m\u00edo, porque estaba m\u00e1s pr\u00f3ximo a su Dios. Me dorm\u00ed a las once de la noche, agotada por completo f\u00edsicamente, y le dej\u00e9 a \u00e9l con el volumen de Nelson entre las manos.<\/em><\/p>\n<p>As\u00ed pues, aqu\u00e9l a quien ella hab\u00eda dado todo su amor humano, aqu\u00e9l con el que desde el primer instante ella hab\u00eda querido poner todo en com\u00fan, los bienes espirituales lo primero, ha llegado a ser para ella ahora, el verdadero compa\u00f1ero de eternidad. Su acci\u00f3n de gracias sube alegre y clara hacia su \u00abquerido Reden\u00adtor\u00bb, y, al mismo tiempo, su coraz\u00f3n de carne se estremece porque ella ve cla\u00adramente que tal uni\u00f3n de su alma con el alma de Guillermo as un preludio de su separaci\u00f3n terrestre y que la alegr\u00eda humana, en adelante, no brillar\u00e1 para ellos largo tiempo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El almendro est\u00e1 en flor La langosta saturada. La alcaparra da su fruto. 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