{"id":9603,"date":"2016-07-26T13:00:31","date_gmt":"2016-07-26T11:00:31","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/01\/04\/isabel-seton-la-biografia-01-hija-de-%c2%abla-libre-america%c2%bb\/"},"modified":"2016-07-26T09:32:09","modified_gmt":"2016-07-26T07:32:09","slug":"isabel-seton-la-biografia-01-hija-de-la-libre-america","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/isabel-seton-la-biografia-01-hija-de-la-libre-america\/","title":{"rendered":"Isabel Seton, la biograf\u00eda: 01 &#8211; Hija de \u00abla libre Am\u00e9rica\u00bb"},"content":{"rendered":"<p><em>T\u00fa a quien eleg\u00ed&#8230;<\/em><br \/>\n<em>a quien escog\u00ed desde los confines de la tierra,<br \/>\ny a quien llam\u00e9 desde el l\u00edmite del mundo,<br \/>\n&#8230;no temas, pues Yo estoy contigo&#8230;<\/em><\/p>\n<p>Octubre de <em>1778. <\/em>Sobre los pelda\u00f1os de la escalinata, ante una casa de dimensiones modestas, a la que rodea un peque\u00f1o jard\u00edn, est\u00e1 una ni\u00f1a de ojos oscuros, de rostro fino, cuyos cabellos casta\u00f1os se ensortijan en mil peque\u00ad\u00f1os bucles. La casa, que evoca para nosotros una de esas viviendas de gran arra\u00adbal moderno, de uno o dos pisos a lo m\u00e1s, es semejante a todas las que se alzan a lo largo de las calles estrechas y sin pavimento de Nueva York.<\/p>\n<p>La ni\u00f1ita de aire pensativo, de mirada notablemente seria, se llama Isabel Ana Bayley. M\u00e1s familiarmente, la llaman Betty.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>A los 4 a\u00f1os, sentada sola sobre un pelda\u00f1o de la escalinata, mirando las nubes, mientras mi hermanita Catalina, de 2 a\u00f1os, yac\u00eda en su ata\u00fad, me pre\u00adguntaron si no hab\u00eda llorado, cuando la peque\u00f1a Kitty hab\u00eda muerto.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>-No, porque Kitty ha subido al cielo. Yo bien quisiera ir tambi\u00e9n all\u00e1 con Mam\u00e1.<\/em><\/p>\n<p>Este dise\u00f1o, de sencillez y precisi\u00f3n de l\u00edneas, es de la mano de Isabel. Marca el comienzo de las notas redactadas por ella, casi medio siglo m\u00e1s tarde, y que intitular\u00e1 <em>Dulces Recuerdos: <\/em>unas p\u00e1ginas de un cuaderno de notas -26 exactamente- cuya fotocopia est\u00e1 ante nuestros ojos. Consignados veros\u00edmil\u00admente el a\u00f1o que precede a la muerte de la que entonces se llamar\u00e1 <em>Madre Se\u00adton, <\/em>estos <em>Dear Remembrances, <\/em>escritos a vuela pluma y sin ninguna pretensi\u00f3n literaria, hasta sin puntuaci\u00f3n la mayor parte del tiempo, nos hacen sentir, con asombro, la proximidad de esa americana de alma vibrante, entusiasta y fuerte cuya primera infancia se inscribe precisamente entre la proclamaci\u00f3n de la In\u00addependencia de los Estados Unidos de Am\u00e9rica, por el Congreso de Filadelfia &#8211;4 de julio de 1776-, y el reconocimiento oficial de esta Independencia por el tratada de Versalles, 3 de septiembre de 1783.<\/p>\n<p>Como tiene gusto en recalcarlo Jos\u00e9 Dirvin, su bi\u00f3grafo m\u00e1s autorizado, Isa\u00adbel Bayley es \u00abde la vieja cepa americana y, cuando surge nuestra gran rep\u00fabli\u00adca, llega a ser ciudadana americana de derecho\u00bb.<\/p>\n<p>Por sus venas corre sangre francesa, inglesa, irlandesa. En ella se hace la s\u00edntesis de las razas antiguas y del pueblo nuevo. Es sensible y fogosa. Su cora\u00adz\u00f3n est\u00e1 presto a dilatarse con las dimensiones del mundo, su energ\u00eda capaz de \u00abhacer frente\u00bb siempre, sean cuales sean los obst\u00e1culos que surjan en el camino. Hay en su alma una necesidad de absoluto que nadie sino Dios, al fin, podr\u00e1 saciar.<\/p>\n<p>No, Betty no llora por ver en el ata\u00fad a su hermanita Kitty, puesto que su fe le dice ya que ella est\u00e1 junto a Dios, en el cielo, con su madre. Su padre, sin embargo, est\u00e1 all\u00ed, en casa. Y su hermana Mar\u00eda, dos a\u00f1os mayor. Y su jovenc\u00edsima madrastra, que no tiene 20 a\u00f1os. La ni\u00f1a podr\u00eda arrimarse a ellos, \u00e1vida de protecci\u00f3n y de ternura. Sola, con 4 a\u00f1os, manteni\u00e9ndose aparte, busca m\u00e1s lejos, m\u00e1s alto, el sosiego que necesita su coraz\u00f3n. Y con todo, ella profesa a su padre desde este momento un afecto admirativo y apasionado.<\/p>\n<p>Ricardo Bayley es, por esta \u00e9poca, un m\u00e9dico conocido, estimado. Ser\u00e1 con\u00adsiderado en breve como un gran pont\u00edfice de la cirug\u00eda.<\/p>\n<p>En 1726, su propio padre, Guillermo Bayley, hab\u00eda dejado Inglaterra para afincarse en Nueva York. Al desposar a Susana le Conte se vinculaba a una de las familias m\u00e1s conocidas del Estado neoyorquino. El hombre que iba a ser su suegro era hijo de Guillermo le Conte, un franc\u00e9s de Normand\u00eda, protestante convencido, a quien la revocaci\u00f3n del Edicto de Nantes hab\u00eda forzado, como a tantos otros, a emprender e1 camino del exilio. Guillermo le Conte hab\u00eda sido uno de los fundadores de Nueva Rochela en 1690.<\/p>\n<p>Cuando muri\u00f3 Guillermo Bayley, despu\u00e9s de unos veinte a\u00f1os de matrimo\u00adnia, dejaba a su viuda dos hijos. El mayor. Ricardo, hab\u00eda nacido en 1744. A1 menor se le hab\u00eda dado el nombre, mitad ingl\u00e9s, mitad franc\u00e9s, de su ilustre abuelo: William-le-Conte. El segundo matrimonio de su madre con Juan Gu\u00e9rri\u00adneau marca para los dos hermanos la hora de la separaci\u00f3n. Aunque hayan crecido el uno al lado del otro en la propiedad paterna, se manifiestan muy dis\u00adtintos. Si en Guillermo hay tela de un hidalgo de gotera, se dan en \u00e9l igualmente las condiciones que hacen al hombre de negocios, al comerciante. Es en el nego\u00adcio donde Guillermo va primeramente a buscar fortuna, estableci\u00e9ndose en Nue\u00adva York.<\/p>\n<p>Ricardo, por su parte, es atra\u00eddo por las ciencias f\u00edsicas y naturales, por la medicina muy particularmente. En este dominio, todo le apasiona: estudios, ex\u00adperiencias, inventos quir\u00fargicos, cuidado de los enfermos. Por entonces la fa\u00admilia de su primo Pedro le Conte, afincada en Staten Island, tiene lazos de amis\u00adtad con la del pastor Ricardo Charlton, cuyo hijo, Juan, es uno de los m\u00e9dicos m\u00e1s afamados del Estado de Nueva York. El joven ha hecho sus estudios en Inglaterra, luego ha ejercido, en calidad de cirujano, en la corte de Jorge III, donde ha adquirido el renombre de especialista sin igual. Su matrimonio con Mar\u00eda de Preyster le ha introducido en la sociedad selecta de la ciudad de Nueva York. All\u00ed, \u00e9l sabe mantener su rango.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 m\u00e1s deseable para Ricardo Bayley que proseguir sus estudios de me\u00addicina bajo la direcci\u00f3n de tal maestro? Gracias a sus primos le Conte, es pre\u00adsentado al Dr. Juan Charlton, y se instala inmediatamente en Staten Island. Entre los dos hombres, a quienes anima una pasi\u00f3n semejante, nace una s\u00f3lida amistad. Ricardo Bayley frecuenta pronto, como familiar, el hogar de los Charlton. El Rvdo. Charlton es de origen irland\u00e9s. Si ha llegado al Nuevo Mundo, no es, sin embargo, como emigrante. Es en calidad de misionero como, voluntaria\u00admente, se ha expatriado. Habiendo recibido mandato de la Iglesia de Inglaterra, fue enviado primeramente a Lewand Island, en las Indias Orientales. Un primer cambio le condujo, despu\u00e9s, a Nueva Windsor, en el Estado de Nueva York. Desde 1747 es rector en la parroquia de San Andr\u00e9s de Staten Island, que for\u00adma parte de la ciudad neoyorquina. En Am\u00e9rica, ha desposado a Mar\u00eda Bayeux, de la que ha tenido tres hijos.<\/p>\n<p>El rector de San Andr\u00e9s es un hombre de valor excepcional, profundamente religioso: inteligencia viva y cultivada, coraz\u00f3n ampliamente abierto a todos los problemas, a todas las miserias, alma de ap\u00f3stol. Su amor universal a las almas le empuja a negar toda distinci\u00f3n de raza o de color. Campe\u00f3n de la integraci\u00f3n, antes de su car\u00e1cter oficial, no tolera diferencia alguna, durante sus cursos de religi\u00f3n, entre los blancos y los negros. Los negros de Am\u00e9rica, por esta \u00e9poca, todav\u00eda son en su inmensa mayor\u00eda los esclavos de los blancos. Si uno acude a las estad\u00edsticas de 1774, entre una poblaci\u00f3n de casi 30.000 habitantes, se cuenta entonces en Nueva York unos 5.000 negros.<\/p>\n<p><em>Existen a\u00fan en Am\u00e9rica <\/em>-escribe un colono de origen franc\u00e9s, H\u00e9ctor St. John de Cr\u00e9ve Coeur-, <em>comarcas donde millares de negros son forzados a regar la tierra con su sudor, para contribuir a los placeres de sus amos inhumanos =. <\/em>Aunque no todas los amos sean inhumanos, el Rvdo. Charlton, que deplora se\u00admejante violaci\u00f3n de la justicia humana, adopta frente a los negros una actitud marcada con el cu\u00f1o del verdadero esp\u00edritu evang\u00e9lico, que le gana, al fin, m\u00fal\u00adtiples y profundas simpat\u00edas. Amado, venerado, escuchado, juega, en el plano espiritual y social, un papel de primer orden en Staten Island, durante los a\u00f1os que preceden a la Guerra de Independencia.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n resulta extra\u00f1o que, cuando el 9 de enero de 1769, Ricardo Bayley, que tiene 25 a\u00f1os, desposa a Catalina Charlton, una de las dos hermanas de ~u amigo, no sea el rector de San Andr\u00e9s quien bendiga el matrimonio de su hija. La ceremonia tiene lugar en Nueva Jersey, en presencia del Rvdo. Chandler, pastor de la parroquia de San Juan de Elizabethtown. Un interrogante se presen\u00adta, desde entonces, al cual ning\u00fan documento hist\u00f3rico permite responder de manera cierta. Se permite presumir, no obstante, que el proyecto de semejante uni\u00f3n no hab\u00eda dejado de provocar algunas objeciones del lado de los padres de la joven. \u00bfSer\u00eda capaz Ricardo Bayley de hacer feliz a Catalina Charlton? \u00bfSer\u00eda \u00e9l capaz de fundar con ella un hogar como lo deseaba, con justa raz\u00f3n, el mi\u00adsionero que hab\u00eda basado toda su vida en realidades sobrenaturales?<\/p>\n<p>Si es verdad que, desde este momento, para el joven Bayley se abre un brillante porvenir, se puede ya prever, con el ardor apasionado que \u00e9l pone en comprometerse a ello, que la carrera cient\u00edfica y m\u00e9dica corre el riesgo de ser el todo de su vida. El Rvdo. Charlton tiene desde hace tiempo experiencia de los hombres para no presentir el peligro. \u00bfEn un ser tal como Ricardo Bayley, la vida profesional no estaba llamada a ir por delante, siempre, de la vida conyugal, de la vida familiar?<\/p>\n<p>Hay m\u00e1s. Si el joven, por el hecho de su bautismo, ha sido integrado en la Iglesia episcopaliana, es necesario reconocer que no existe pr\u00e1cticamente en \u00e9l ninguna convicci\u00f3n religiosa personal, susceptible de orientar su vida profunda en un sentido verdaderamente cristiano. Le apasiona el hombre, en cuanto hom\u00adbre. Dios le interesa poco. Encuentra su alegr\u00eda \u00edntima en los estudios cl\u00ednicos, en las experiencias cient\u00edficas que sus an\u00e1lisis o su bistur\u00ed le permiten realizar sobre el cuerpo humano. Cooperar con todas sus fuerzas al progreso de la ciencia m\u00e9dica, y, par consiguiente, arrancar a la muerte el mayor n\u00famero posible de vidas humanas, es con seguridad un ideal que est\u00e1 lejos de ser despojado de su grandeza, y Ricardo Bayley es de los que son capaces de sacrificarle todo, hasta su vida.<\/p>\n<p>Por grande que sea este ideal, se queda en el plano natural. \u00bfHabr\u00e1 tomado Ricardo Bayley alguna vez conciencia del tercer orden, de que habla Pascal? El Rvdo. Charlton, personalmente, est\u00e1 acostumbrado a moverse siempre en el orden de la caridad. El puede temer ver comprometida, por tal uni\u00f3n, la dicha real de su hija. Temores no ilusorios, ya que, desde 1769, el a\u00f1o mismo de su matrimonio, Ricardo Bayley, acogiendo con entusiasmo los consejos de su cu\u00f1a\u00addo, el Dr. Juan Charlton, se embarca para Inglaterra, con la intenci\u00f3n de per\u00adfeccionar all\u00ed, bajo la direcci\u00f3n del c\u00e9lebre profesor Guillermo Hunter, sus es\u00adtudios de anatom\u00eda.<\/p>\n<p>Pero un viaje transatl\u00e1ntico representa en ese final del siglo XVIII, una verda\u00addera expedici\u00f3n. No ha llegado a\u00fan el tiempo de los Boeings que ponen a Nueva York a unas horas de Londres. Es la \u00e9poca en que los grandes veleros navegan largas semanas entre los dos, continentes, a merced de los vientos contrarios o de las calmas chicha, antes de arribar al puerto. \u00a1Dichosos todav\u00eda, si no se les cruzaba sobre la ruta un nav\u00edo corsario! Se concibe entonces qu\u00e9 sentimientos de confusi\u00f3n y ansiedad pueden oprimir el coraz\u00f3n de una joven mujer que ve embarcarse a su marido, antes, de cumplir su primer aniversario de vida conyu\u00adgal, y que ya se anuncia para ella la maternidad.<\/p>\n<p>Ricardo Bayley est\u00e1 en Londres, cuando nace, en el Estado de Nueva York, el primero de sus hijos, una ni\u00f1a a quien su madre da el nombre de Mar\u00eda Mag\u00addalena. La noticia de este nacimiento, que Catalina hubiera gustado que se cele\u00adbrara en su hogar, no le llegar\u00e1 al disc\u00edpulo de Guillermo Hunter sino semanas m\u00e1s tarde. \u00bfLe causar\u00e1 m\u00e1s alegr\u00eda que los elogios que se oye otorgar por su ilustre maestro, y cuyos ecos env\u00eda a su mujer en correos tan raros y tan lentos de esperar? Inclinado sobre sus papeles, o bien tenso su esp\u00edritu para tener \u00e9xito en una operaci\u00f3n delicada, \u00bfso\u00f1ar\u00e1 con nostalgia en aqu\u00e9lla que, all\u00e1, a millares de millas, a la otra parte del oc\u00e9ano, aguarda su venida acunando a su hija, la peque\u00f1a Mar\u00eda cuyo rostro todav\u00eda \u00e9l no conoce?<\/p>\n<p>Mar\u00eda tiene m\u00e1s de un a\u00f1o, cuando su padre la toma, por primera vez, entre los brazos. De vuelta en Am\u00e9rica, en el curso del a\u00f1o 1771, el Dr. Bayley, aso\u00adciado desde entonces a su cu\u00f1ado, inaugura su vida de especialista, prosiguiendo con toda actividad sus investigaciones cl\u00ednicas.<\/p>\n<p>La fiebre amarilla y la difteria causan, en esta \u00e9poca, verdaderos estragas en el Estado de Nueva York. Incansablemente, el joven pat\u00f3logo prosigue sus investigaciones, y va a llevarlas hasta un punto que ninguno, antes de \u00e9l, hab\u00eda alcanzado todav\u00eda. Bien que entonces sea insospechada la presencia de toxinas en la sangre, el Dr. Bayley, no est\u00e1 menos persuadido de ello como de que el \u00abahogo\u00bb causado por el \u00abgarrotillo\u00bb no es la sola causa que hace de \u00e9ste una enfermedad mortal. Por las conclusiones que saca de sus ensayos sobre la fiebre amarilla, est\u00e1 igualmente adelantado a su tiempo. Nadie hasta entonces hab\u00eda descubierto que el virus de la terrible enfermedad es transportado por una especie de mosquitos: la stegomia, que encuentra en las lagunas su terreno preferido de proliferaci\u00f3n. Sin embargo, el Dr. Bayley no duda en establecer una relaci\u00f3n de causa a efecto entre la marisma que rodea la ciudad de Nueva York y las fulmi\u00adnantes epidemias que, peri\u00f3dicamente, diezman la poblaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Verdaderamente, el Dr. Juan Charlton, puede estar orgullosa de haber im\u00adpulsado en la carrera m\u00e9dica a su joven cu\u00f1ado, que se revela, por otra parte, como un especialista de primer orden, y va a llegar a ser r\u00e1pidamente uno de los primeros cirujanos de su tiempo.<\/p>\n<p>Para el hogar de Ricardo y Catalina, los a\u00f1os que corren entre 1772 y 1775 son tres a\u00f1os de dicha: los \u00fanicos que conocer\u00e1. El 28 de agosto de 1774, Cata\u00adlina trae al mundo una segunda hija: Isabel Ana. Seg\u00fan toda verosimilitud, la ni\u00f1a recibi\u00f3 el bautismo en la parroquia episcopaliana de la Trinidad. El incen\u00addio que va a destruir casi por completo la ciudad de Nueva York, dos a\u00f1os m\u00e1s tarde, en el curso de las hostilidades, no ha dejado subsistir uno siquiera de los registros que permitir\u00edan conocer la fecha exacta de la ceremonia.<\/p>\n<p>Este nuevo nacimiento parece traer a la joven familia una alegr\u00eda luminosa que nada, al parecer, debe ya ensombrecer. En realidad, no es m\u00e1s que una llamarada de muy corta duraci\u00f3n. Pues, mientras Mar\u00eda, con el embeleso todo nuevo de sus cuatro a\u00f1os, se extas\u00eda inclin\u00e1ndose sobre la cuna del beb\u00e9 y descubre la apacible seguridad que trae al hogar la presencia de su padre, mientras la joven madre, feliz, cree que han terminado para ella las horas de soledad y zozo\u00adbra, los pr\u00f3domos de la revoluci\u00f3n se hacen cada vez m\u00e1s netos, cada vez m\u00e1s amenazantes para quien sabe abrir los ojos. Guillermo Bayley, el hermano de Ricardo, que ha llegado a ser uno de los primeros comerciantes neoyorquinos, siente venir la tormenta. El m\u00e9dico, por su parte, se niega a pensar que pueda estallar un drama entre la madre patria y las colonias de Am\u00e9rica. El debe, precisamente, ese a\u00f1o de 1775, volver a tomar contacto en Londres con el pro\u00adfesor Guillermo Hunter. Este encuentro es para \u00e9l de la m\u00e1s alta importancia: no se volver\u00e1 atr\u00e1s de su decisi\u00f3n.<\/p>\n<p>Se marcha. Y, bruscamente, los acontecimientos pol\u00edticos se van precipitando. Apenas el nav\u00edo mercante en el que hab\u00eda embarcado arriba a Inglaterra, estalla la guerra de la Independencia en Am\u00e9rica. El rumor llega pronto a Gran Breta\u00f1a. \u00bfMide entonces, Ricardo Bayley qu\u00e9 distancia le separa de los suyos, de su mujer Catalina, de sus dos hijas, y qu\u00e9 peligros les amenazan all\u00ed? Pero, a\u00fan cuando hubiera tenido el deseo de volverse sin dilaci\u00f3n, se hubiera encontrado con la imposibilidad de regresar al Nuevo Mundo. No hay nav\u00edo mercante, en las condiciones presentes, que est\u00e9 presto a partir de los puertos ingleses en direcci\u00f3n a las colonias rebeldes.<\/p>\n<p>Una flota militar, en cambio, se equipa a toda prisa. Cuando se hace a la vela para Am\u00e9rica, bajo el mando del Almirante Howe, persuadido de ir a una pronta victoria, el Dr. Bayley que se ha alineado siempre al lado de los <em>Realistas, <\/em>se embarca con la armada brit\u00e1nica, en calidad de cirujano militar. El 12 de julio de 1776, desembarca en la costa americana, llevando el uniforme de las tro\u00adpas de su Majestad Jorge III. Puede llegar a Nueva York, encontrar all\u00ed a su mujer y a sus hijas. Tan s\u00f3lo por unos d\u00edas, pues las operaciones militares le obligan a regresar, sin demora, a su puesto, en nav\u00edos ingleses.<\/p>\n<p>Parece que Catalina est\u00e1 todav\u00eda en la ciudad la noche del terrible incendio. Noche de terror y de angustia para todos los habitantes de Nueva York que ven elevarse las llamas impulsadas por el viento de trav\u00e9s, que queman, en unas horas, casi los dos tercios de los edificios, la mayor parte de los cuales eran de madera. Tan pronto como puede, la se\u00f1ora Bayley llega con sus dos hijas a la ciudad de Newtown, donde encuentra refugio en la familia de sus padres.<\/p>\n<p>En la primavera de 1777, espera un nuevo nacimiento. Sola todav\u00eda. Sin Ricardo. \u00a1Cu\u00e1ntos sufrimientos, ruinas, angustias, privaciones desde el \u00faltimo adi\u00f3s! \u00a1Si, al menos, su marido estuviera all\u00ed! A1 cuartel general de las fuerzas brit\u00e1nicas, las cartas de Newtown llegan urgentes, alarmantes. Mas \u00bfc\u00f3mo ob\u00adtener un permiso, cuando la guerra est\u00e1 en su punto culminante? En vista de las continuas negativas con que topa, d\u00eda tras d\u00eda, el cirujano militar, de manera brusca y resuelta, presenta su dimisi\u00f3n. Y se apresura hacia Newtown. Cuando llega all\u00e1, es para asistir, impotente, a la muerte de Catalina que acaba de traer al mundo, el 8 de mayo, una tercera hija: Kitty.<\/p>\n<p>De juzgar los acontecimientos seg\u00fan las apariencias, es evidente que el ma\u00adtrimonio de Ricardo Bayley con Catalina Charlton no ha sido un \u00e9xito.. Pero Dios se vale de las causas segundas. M\u00e1s fuerte que nuestros errores, m\u00e1s pode rosa que nuestra miseria, su gracia es siempre capaz de hacer surgir maravillas all\u00ed donde nuestros razonamientos, cortos en demas\u00eda, no las habr\u00edan esperado. Cinco meses despu\u00e9s de la muerte de su hija, desaparece, a su vez, el Rvdo. Charlton, el infatigable pastor de San Andr\u00e9s, a los 72 a\u00f1os, sin que se haya extinguido jam\u00e1s en \u00e9l el ardor apost\u00f3lico de los primeros a\u00f1os. Era el 7 de octubre de 1777, el mismo d\u00eda en que el ej\u00e9rcito brit\u00e1nico, mandado por el ge\u00adneral Burgoyne, se ve\u00eda forzado a capitular junto a la ciudad de Saratoga.<\/p>\n<p>Porque la lucha prosegu\u00eda, feroz, por causa de la Independencia. Si la lle\u00adgada del joven marqu\u00e9s de La Fayette, despu\u00e9s del tratado de alianza firmado con Francia, daba, aquel a\u00f1o, una nueva esperanza a los Insurrectos, ser\u00eda nece\u00adsario esperar hasta octubre de 1781 la capitulaci\u00f3n de Cornwallis, hasta sep\u00adtiembre de 1783 la firma del tratado de Versalles.<\/p>\n<p>As\u00ed pues, en pleno per\u00edodo de guerra, el Dr. Bayley queda viudo, con tres hijas: Mar\u00eda, Isabel y Catalina, de las que la mayor tiene exactamente 7 a\u00f1os. Su vocaci\u00f3n m\u00e9dica se hace m\u00e1s imperiosa que nunca. \u00a1Hay tantos heridos que curar!, \u00a1tantas experiencias as\u00ed mismo que probar sobre unos miembros rotos por los proyectiles, sobre los tejidos musculares desgarrados por las balas!<\/p>\n<p>Sin embargo, el 16 de junio de 1778, trece meses despu\u00e9s de la muerte de Catalina Charlton, Ricardo Bayley desposa, en segundas nupcias, a Carlota Bar\u00adclay, hija de Andr\u00e9s Barclay y de Helena Roosevelt. El ten\u00eda 35 a\u00f1os. Ella iba a hacer 19. Durante el oto\u00f1o de este mismo a\u00f1o, mor\u00eda, a sus dos a\u00f1os y cuatro meses, la \u00faltima de las hijas que Catalina Charlton hab\u00eda tra\u00eddo al mundo.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>A los 4 a\u00f1os.., mirando las nubes, mientras mi hermanita Catalina&#8230; yac\u00eda en su ata\u00fad&#8230;<\/em><\/p>\n<p>Seguir a Isabel en el hilo de los d\u00edas, durante los diez a\u00f1os que van de la muerte de Kitty -1778- al tercer viaje de su padre a Europa -1788-, no es cosa f\u00e1cil. Lo cierto es que la trama sobre la que corren los hilos de su vida es, lo m\u00e1s a menudo, un ca\u00f1amazo de sombra y sufrimiento. El segundo matrimonio de Ricardo Bayley, cualesquiera que hayan sido las razones, privar\u00e1 a sus dos primeras hijas de un hogar digno de este nombre. Tal vez Carlota Barclay es demasiado joven para tomar en su mano la educaci\u00f3n de dos hijitas que no son suyas. Tal vez, sus maternidades, tan pr\u00f3ximas, agotan todas sus fuerzas y toda su energ\u00eda. En 1788, Isabel y Mar\u00eda tendr\u00e1n siete medios hermanos y hermanas: Emma, Ricardo, Andr\u00e9s, Guillermo, Guy Carleton, Mar\u00eda Elena. Por otra parte, no parece que hubiera habido entre Betty y su madrasta la menor afini\u00addad. Una incomprensi\u00f3n, m\u00e1s bien, que se manifiesta respecto a todo y a nada. La hija, sin duda, no tiene un car\u00e1cter f\u00e1cil. Es sensible, apasionada, volunta\u00adriosa. Hubiera hecho falta tacto y mucho amor para guardar a la ni\u00f1ita, tan vul\u00adnerable, en una atm\u00f3sfera de sosiego que la hubiese permitido desplegar sin cho\u00adques su rica naturaleza. Frente a Betty, la joven mujer parece no haber tenido jam\u00e1s la intuici\u00f3n maternal, cuyo papel es tan importante en la educaci\u00f3n de los hijos.<\/p>\n<p>Por otra parte, la vida profesional contin\u00faa absorbiendo lo mejor del tiempo y de las fuerzas de Ricardo Bayley. Al fin de las hostilidades, reanuda el ejercicio de sus funciones, como m\u00e9dico cirujano civil. R\u00e1pidamente, llega a ser uno de los miembros m\u00e1s activos de la sociedad m\u00e9dica de Nueva York, y si\u00admult\u00e1neamente ser\u00e1 nombrado pronto profesor de anatom\u00eda, en el laboratorio anexionado por \u00e9l al hospital de la ciudad.<\/p>\n<p>A quien se asombrara de ver tan r\u00e1pida y tan totalmente integrado en la joven rep\u00fablica de los Estados Unidos a un hombre que hab\u00eda servido, en el curso de los a\u00f1os precedentes., bajo la bandera brit\u00e1nica, bastar\u00eda citarle, seg\u00fan parece, otra de las p\u00e1ginas que St. John de Cr\u00e9ve Coeur hab\u00eda de hacer publicar en ingl\u00e9s, luego en franc\u00e9s, bajo el t\u00edtulo de <em>Lettres d&#8217;un cultivateur am\u00e9ricain a:dress\u00e9es a W. S.: <\/em>Cartas de un cultivador americano a W. S., iniciales de Guillermo (William) Seton de quien Isabel Bayley hab\u00eda de ser nuera en 1794.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>Entre el gran n\u00famero de personas que vinieron a saludar a Washington (en Monte Vernon, inmediatamente despu\u00e9s de la firma del tratado de Versalles) hubo varios Realistas cuya humanidad hacia los prisioneros americanos y con\u00adducta durante la guerra hab\u00edan merecido la estima de todo el mundo; el General y el p\u00fablico, olvidando sus antiguas tendencias pol\u00edticas, tuvieron la generosidad de no ver en ellos sino a hombres respetables, en los que la violencia del cela no hab\u00eda sofocado los sentimientos de conmiseraci\u00f3n.<\/em><\/p>\n<p>Ricardo Bayley, como Guillermo Seton por otra parte, hab\u00eda estado entre los Realistas antes del nacimiento de los Estados Unidos. Pero la Am\u00e9rica de la In\u00addependencia marchaba deliberadamente hacia adelante, sin vuelta atr\u00e1s. Pues as\u00ed es como lo subraya tambi\u00e9n St. John de Cr\u00e9ve Coeur, no sin \u00e9nfasis: <em>El americano es un hombre nuevo, que act\u00faa seg\u00fan principios nuevos. Hay ideas nuevas y opiniones nuevas. <\/em>Desde que se pas\u00f3 de p\u00e1gina, los Realistas, de ayer pueden ser mirados hay como aut\u00e9nticos y leg\u00edtimos ciudadanos de Am\u00e9rica, dado que se pongan al servicio de la joven rep\u00fablica, cuya bandera nacional de las tres estrellas flota desde entonces sobre el inmenso territorio de las antiguas colonias.<\/p>\n<p>\u00bfGuardaron las dos hijas mayores del Dr. Bayley algunas recuerdas precisos de los acontecimientos pol\u00edticos, de las batallas, de los incendios, del terrible in\u00advierno de 1780, o del entusiasmo delirante con que resonaron las calles de Nue va York, el d\u00eda de la marcha definitiva de las tropas inglesas? Jam\u00e1s, seg\u00fan pa\u00adrece, ha hecho alusi\u00f3n a ello Isabel en sus notas, en su diario o en su correspon\u00addencia ulterior. Pero otros hechos de este per\u00edodo de su vida han quedado para ella asombrosamente presentes, sin duda, porque llegaron a lo m\u00e1s \u00edntimo de ella misma. Es por lo que las primeras p\u00e1ginas de <em>los Dear Remembrances <\/em>permiten sorprender a la ni\u00f1a, aqu\u00ed o all\u00ed, como bajo el disparo furtivo de un flash.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\">&#8211; <em>A los seis a\u00f1os, aupando a mi hermanita Emma hasta la ventana de la buhardilla, monstr\u00e1ndole el ocaso del sol, le dije que Dios viv\u00eda all\u00e1 en lo alto, y que las ni\u00f1as que son buenas subir\u00edan all\u00e1&#8230; ense\u00f1\u00e1ndole sus oraciones.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>&#8211; Mi pobre madrastra, entonces en una gran pena, me ense\u00f1\u00f3 el salmo 22: \u00abEl Se\u00f1or es mi pastor\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Entre l\u00edneas, cuatro palabras a\u00f1adidas: <em>El Se\u00f1or me conduce. <\/em>Luego el texto contin\u00faa: <em>y durante toda mi vida fue \u00e9ste mi salmo predilecto.<\/em><\/p>\n<p>Y otro sobrea\u00f1adido al final de la p\u00e1gina, el vers\u00edculo cuarto del salmo 22: &#8211; <em>A\u00fan si anduviere por medio de las sombras de la muerte, no temer\u00e9 nin\u00adg\u00fan mal, porque T\u00fa est\u00e1s conmigo.<\/em><\/p>\n<p>Desde muy temprano, Betty est\u00e1 familiarizada con los textos b\u00edblicos. Se le han hecho aprender cierto n\u00famero de ellos. Pero, si ella hace gustosa y espont\u00e1\u00adnea referencia a ellos, es por un atractivo personal. A pie llano entra en el do minio sobrenatural, all\u00ed se encuentra a gusto y all\u00ed se despliega por lo m\u00e1s re\u00adc\u00f3ndita de su ser.<\/p>\n<p>Sin que sea f\u00e1cil precisar su fecha, veros\u00edmilmente despu\u00e9s de la guerra, el Dr. Bayley, a fin de zafar, en cuanto era factible, la tensi\u00f3n persistente entre su segunda mujer y sus dos hijas mayores, se resolvi\u00f3 a hacer inscribir a las chiqui\u00adllas en la instituci\u00f3n privada llamada <em>Mam\u00e1 Pompelion, <\/em>quiz\u00e1s simplemente como externas, o m\u00e1s bien, seg\u00fan parece, como pensionistas. La educaci\u00f3n que all\u00ed se da es <em>selecta. <\/em>All\u00ed los estudios est\u00e1n relativamente adelantados. Entre otras cosas, Betty aprende la m\u00fasica y se inicia en la gram\u00e1tica francesa. Escribir\u00e1 y hablar\u00e1 muy bien el franc\u00e9s. Suced\u00eda a veces que, durante las horas de clase, se o\u00eda re\u00adsonar en la calle el trote de un caballo o el ruido de las ruedas de un coche. Betty se sobresaltaba. Era su padre que iba a pasar ante las ventanas de la es\u00adcuela, su padre en ronda de visitas m\u00e9dicas, con el t\u00edo Juan Charlton. Ellos dos hab\u00edan inaugurado aquella nueva forma de ir a casa de los enfermos: en coche. La ni\u00f1a corr\u00eda a la ventana. S\u00ed, \u00a1bien que eran ellos! Reconoc\u00eda de lejos sus gran\u00addes abrigos rojos, los tricornios de fieltro negro sobre las pelucas blancas, y, por el escote del abrigo, la parte cimera del traje de velludillo azul con botonadura dorada. Si se le permit\u00eda, sal\u00eda un instante, y el Dr. Bayley deten\u00eda su atelaje, el tiempo de abrazar a su peque\u00f1a Betty. Si no, la ni\u00f1a deb\u00eda reaccionar con toda su voluntad para no dejar el aula.<\/p>\n<p>En los per\u00edodos un tanto austeros del pensionado, las chiquillas prefieren, con seguridad, las temporadas m\u00e1s o menos prolongadas que se les ofrece en la familia de su t\u00edo paterno, Guillermo Bayley. Sara Pell, su t\u00eda, cuya ilustre abuela era hija de un jefe indio Wampage, les abre gustosa su hogar y su coraz\u00f3n. En la casa solariega de Shore Road, en Nueva Rochela, Isabel y Mar\u00eda vuelven a en\u00adcontrar, no sin placer, con un clima equilibrado, la presencia de primos y de primas de su misma edad.<\/p>\n<p>Vuelven tambi\u00e9n a encontrar all\u00ed a una encantadora anciana, la se\u00f1orita Molly Besley, quien, de buena gana, invita a su hogar a la peque\u00f1a tropa ruido\u00adsa y llena de vida. La Srta. Molly habla perfectamente el franc\u00e9s, y cada una de las Bayley tiene a honor hacerle apreciar los progresos realizados en esa lengua, que no es, propiamente hablando, una lengua extranjera para ninguno de ellos, dada su ascendencia. De sus primeras estancias en Nueva Rochela, que su <em>Dear Remembrances <\/em>permite situar en 1782, Betty ha guardado muy vivos recuerdos.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>-En Nueva Rochela, en casa de la Srta. Molly Bs, a la edad de 8 a\u00f1os. Las ni\u00f1as, sacando de los nidos los huevos de p\u00e1jaros. Yo, volviendo a juntar a las cr\u00edas sobre una hoja, vi\u00e9ndolas palpitar, pensando que la pobre madrecita, sal tando de rama en rama, vendr\u00eda a llamarlas de nuevo a la vida&#8230; Lloraba porque las ni\u00f1as quer\u00edan destruirlas, y en consecuencia, siempre me gustaba jugar y pasearme sola&#8230;<\/em><\/p>\n<p>\u00bfEs una alusi\u00f3n a la Srta. Molly, cuando anota, a continuaci\u00f3n de su amor a la soledad, <em>su dicha de encontrarse entre personas de edad?<\/em><\/p>\n<p>Consigna tambi\u00e9n, con un frescor que no han alterado los a\u00f1os, <em>su admira\u00adci\u00f3n ante las nubes&#8230; su embelesamiento en contemplarlas, pensando siempre en su madre y en la peque\u00f1a Kitty del cielo&#8230; su embelesamiento en estar sentada sola al borde del agua, o en vagar durante horas por la playa tarareando y re\u00adcogiendo conchas&#8230;<\/em><\/p>\n<p>As\u00ed, mientras se maravilla de una flor, de una mariposa, de un animal que acaba de descubrir, de la sombra de las nubes que corre sobre la arena o la pradera, del susurro de las ramas que balancea el viento, su ingenua contempla\u00adci\u00f3n la orienta como por instinto hacia el Se\u00f1or y hacia la eternidad. Como para Teresa de Lisieux ni\u00f1a, \u00abtodo viene a ser para ella una imagen que le revela a Dios\u00bb. Ella lo anota expl\u00edcitamente: todo lo que hace nacer en ella la admi\u00adraci\u00f3n es para su alma <em>objeto de vagos pensamientos, inacabables, sobre Dios y el cielo.<\/em><\/p>\n<p>Esta confesi\u00f3n es de importancia. Es claro que, desde los a\u00f1os de su prime\u00adra infancia, todo lo que toca a Dios ejerce sobre Betty un atractivo del que ella no busca defenderse, porque es como una respuesta a una llamada secreta cuya profundidad no sabe todav\u00eda. Presiente ya, descubriendo las maravillas que las criaturas ofrecen a nuestros ojos, que<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>\u00abDios, posando sobre ellas su mirada<br \/>\ncon sola su figura<br \/>\nvestidas las dej\u00f3 de su hermosura\u00bb<\/em><\/p>\n<p>como lo canta san Juan de la Cruz.Con todo, el trazo divino, la impronta de su belleza, no basta para la ni\u00f1a de 7 a\u00f1os, de 8 a\u00f1os. Es Dios mismo a quien est\u00e1 \u00e1vida de conocer. La confidencia de sus <em>Dear Re .mefnbrances es <\/em>formal: <em>Ale\u00adgr\u00eda de saber todo lo que es religioso.<\/em><\/p>\n<p>Es necesario concluir que desde este momento hay, en Betty, algo que no es el hecho de su hermana Mar\u00eda, cuya educaci\u00f3n ha sido, sin embargo, semejante a la suya, m\u00e1s marcada incluso por la influencia cristiana de Catalina Charltoo y del pastor de San Andr\u00e9s. A esta diferencia inicial que existe, en este plano, entre ella y su hermana mayor, Isabel har\u00e1 una alusi\u00f3n directa en 1816:<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>-Yo ten\u00eda sobre Mar\u00eda una gran ventaja, <\/em>escribe entonces al Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur, <em>habiendo estado apasionadamente adherida a la religi\u00f3n, cuando era pro\u00adtestante, lo que no era su casa.<\/em><\/p>\n<p>As\u00ed pues, para Betty, cuyas primeras miradas se posan sobre el mundo en el curso de los a\u00f1os, tr\u00e1gicos y triunfantes, en que su pa\u00eds conquista la libertad, el fresco hist\u00f3rica, subido de color, sobre el que se perfila su silueta de ni\u00f1a, permanece, no obstante, como difuminado. Que haya gemido al eco de las batallas, a la vista de las ruinas amontonadas, que todo su ser, entusiasta y sensible, haya vibrado al son de las campanas de la victoria, no se puede dudar. Y, no obstante, sus primeros recuerdos, los que menos se permite olvidar, son de otro orden. La alondra se eleva en flecha por encima de los surcos. As\u00ed la ni\u00f1a que no ha encontrado, en su medio familiar, la seguridad y la ternura maternal que su coraz\u00f3n necesitaba para un desarrollo normal, se eleva como por instinto hacia otra ternura, hacia otro amor, asaz fuertes, asaz seguros para no enga\u00f1arla jam\u00e1s. Los a\u00f1os que van a seguir no hacen desaparecer en ella ese atractivo personal que no se debe a ninguna influencia humana, sino a una llamada de Dios.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em>-12 a\u00f1os. Coraz\u00f3n de ni\u00f1a, ingenuo, ignorante&#8230; de nuevo en casa, junto a mi padre&#8230; alegr\u00eda de leer oraciones&#8230; dicha de ocuparme de los beb\u00e9s, y de cantar la nana sobre sus cunas.<\/em><\/p>\n<p>Dios que sabe sacar partido de todas las causas segundas, hasta de las que para nosotros son m\u00e1s desconcertantes, atrae hacia El, en la soledad, a la ni\u00f1a que no ha tenido su parte de ternura humana. La muerte demasiado temprana de su madre, la de su abuelo, de su hermanita, le hace volver sus ojos hacia el cielo. Su fe, del todo sencilla, le hace buscar en la eternidad bienaventurada a los que la han dejado. Y, ya, Dios viene a ser para ella la gran realidad.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>T\u00fa a quien eleg\u00ed&#8230; a quien escog\u00ed desde los confines de la tierra, y a quien llam\u00e9 desde el l\u00edmite del mundo, &#8230;no temas, pues Yo estoy contigo&#8230; Octubre de 1778. 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No creo que le veas hasta el anochecer. Quien est\u00e1 seriamente interesada en su buena opini\u00f3n hacia ti ya ha ofrecido tu disculpa. Tu I[sabel] estar\u00e1 en Wall Street a las cinco; entonces sabr\u00e1s\u2026","rel":"","context":"En \u00abEscritos de Isabel Ana Bayley Seton\u00bb","block_context":{"text":"Escritos de Isabel Ana Bayley Seton","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/category\/escritos\/escritos-de-isabel-ana-bayley-seton\/"},"img":{"alt_text":"","src":"https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/07\/escritos-isabel-seton.jpg?fit=1200%2C630&ssl=1&resize=350%2C200","width":350,"height":200,"srcset":"https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/07\/escritos-isabel-seton.jpg?fit=1200%2C630&ssl=1&resize=350%2C200 1x, https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/07\/escritos-isabel-seton.jpg?fit=1200%2C630&ssl=1&resize=525%2C300 1.5x, https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/07\/escritos-isabel-seton.jpg?fit=1200%2C630&ssl=1&resize=700%2C400 2x, https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/07\/escritos-isabel-seton.jpg?fit=1200%2C630&ssl=1&resize=1050%2C600 3x"},"classes":[]},{"id":34594,"url":"https:\/\/vincentians.com\/es\/isabel-seton-escrito-1-005-a-william-magee-seton\/","url_meta":{"origin":9603,"position":4},"title":"Isabel Seton, escrito 1-005: A William Magee Seton","author":"Francisco Javier Fern\u00e1ndez Chento","date":"21\/08\/2016","format":false,"excerpt":"[Sin fecha] Motivos ineludibles obligan a la se\u00f1ora [Eliza] Sadler a tomar el t\u00e9 con la se\u00f1ora Constable. 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Crece en el seno de la Iglesia Episcopaliana. Casada con Guillermo Seton, de quien llega a tener cinco hijos, enviuda el 27 de diciembre de 1803. 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