{"id":46864,"date":"2011-08-08T07:18:42","date_gmt":"2011-08-08T05:18:42","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=46864"},"modified":"2016-07-27T12:15:37","modified_gmt":"2016-07-27T10:15:37","slug":"jean-le-vacher-1619-1683-primera-parte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/jean-le-vacher-1619-1683-primera-parte\/","title":{"rendered":"Jean Le Vacher (1619-1683) (Primera parte)"},"content":{"rendered":"<h2>I.\u2014 Nacimiento<\/h2>\n<p><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/07\/Biografias-Pa%C3%BAles13.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"size-full wp-image-46865 alignright\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/07\/Biografias-Pa%C3%BAles13.jpg?resize=232%2C300\" alt=\"\" width=\"232\" height=\"300\" \/><\/a>Como un mes despu\u00e9s del nombramiento de san Vicente de Pa\u00fal para el cargo de\u00a0 capell\u00e1n real de todas las galeras de Francia (8 de febrero de 1619), ven\u00eda al mundo un ni\u00f1o a quien la Providencia le reservaba para la realizaci\u00f3n\u00a0 de sus intenciones caritativas para con los galeotes y los pobres esclavos de Berber\u00eda. Este ni\u00f1o era Jean Le Vacher; naci\u00f3 en \u00c9couen, pueblo de la di\u00f3cesis de Par\u00eds. Su padre, Philippe Le Vacher, y\u00a0 su madre, Catherine Butefer, tuvieron siete hijos de su matrimonio, cuatro ni\u00f1os y tres ni\u00f1as. Jean Le Vacher, cuya vida resumimos, era el mayor. Entr\u00f3 en la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n con su hermano siguiente Philippe. Sus otros dos hermanos se quedaron en el mundo, lo mismo que dos de sus hermanas; la tercera, a ejemplo de sus dos hermanos mayores, se consagr\u00f3 a Dios. Entr\u00f3, en Paris, a las religiosas de la Visitaci\u00f3n, en el monasterio de Santa Mar\u00eda, fundado por san Francisco de Sales y santa Juana de Chantal, y dirigido por san Vicente de Pa\u00fal. Esta familia contaba en el n\u00famero de sus parientes al Sr. Duval, doctor y profesor de Sorbona, que era el amigo \u00edntimo y el consejero de san Vicente de Pa\u00fal.<\/p>\n<h2>II.\u2014 Primeros a\u00f1os<\/h2>\n<p>Educado cristianamente por sus padres, Jean respondi\u00f3 a los cuidados que le prodigaron\u00a0 con su docilidad y tierna piedad. Muy temprano fue colocado donde un eclesi\u00e1stico de los alrededores de Rouen quien, al iniciarle en los elementos de la lengua latina, se aplic\u00f3 sobre todo a formar su coraz\u00f3n en la virtud y a darle una instrucci\u00f3n s\u00f3lida sobre nuestra santa religi\u00f3n. Despu\u00e9s de algunos a\u00f1os de estudio, Jean volvi\u00f3 a su familia que le recibi\u00f3 con gozo y consuelo. Su padre, encantado por sus buenas cualidades y su aptitud hacia las ciencias humanas, se dej\u00f3 llevar f\u00e1cilmente por la idea de que un brillante porvenir le estaba reservado; por eso, sin dudar que sus m\u00e9ritos le har\u00edan muy pronto notar, se determin\u00f3 a enviarlo a Par\u00eds, dej\u00e1ndole libre de continuar sus estudios para la carrera hacia la cual se sintiera m\u00e1s inclinado.<\/p>\n<p>En esta capital, donde su hermano Philippe ya le hab\u00eda precedido para disponerse al estado eclesi\u00e1stico, llev\u00f3, en medio de los peligros que le rodeaban\u00a0 por todas partes, una conducta edificante y en relaci\u00f3n con la educaci\u00f3n cristiana que hab\u00eda recibido. Sus gustos no parec\u00edan llevarle a consagrarse\u00a0 al servicio del Se\u00f1or, y a seguir el ejemplo de su hermano Philippe, en efecto, a fin de estar en condiciones de corresponder mejor a los designios del Alt\u00edsimo, hab\u00eda entrado en el colegio de los Bons-Enfants, y Jean iba a menudo a visitarle. Tal vez incluso una grande deferencia por los deseos conocidos de su padre como su timidez le imped\u00edan manifestar sus inclinaciones.<\/p>\n<h2>III. \u2014 Vocaci\u00f3n<\/h2>\n<p>Las raras cualidades de que estaba dotado y que se manifestaban a pesar de su modestia, atrajeron sobre Jean la atenci\u00f3n de mucha gente y la estima de todos los que le conocieron; se le propusieron incluso partidos ventajosos. El estimable joven prest\u00f3 el o\u00eddo a estas propuestas y fij\u00f3 su elecci\u00f3n; los votos del padre iban as\u00ed a ser realizados, y se fij\u00f3 el d\u00eda del contrato de su matrimonio. Pero el Se\u00f1or que se complace en deshacer la sabidur\u00eda humana, en hacer servir a sus designios a los medios que parecen m\u00e1s opuestos a su cumplimiento. Le esperaba all\u00ed para manifestar su voluntad y llamarle a una vocaci\u00f3n m\u00e1s sublime. En la determinaci\u00f3n de las condiciones del contrato, surgi\u00f3 un diferendo entre los partidos y le hizo posponer.<\/p>\n<p>Este incidente, que hubiera sido bastante indiferente\u00a0 para muchos, fue para Jean Le Vacher la ocasi\u00f3n de reflexiones serias y hasta de grandes inquietudes acerca de su vocaci\u00f3n. Se fue a comunic\u00e1rselo a su hermano a los Bons-Enfants. \u00c9ste como hombre prudente no quiso decidir nada ni dar un consejo sobre un punto tan importante como como el de la elecci\u00f3n de un estado de vida. Adem\u00e1s, ten\u00eda a su lado a un hombre al que su experiencia y su santidad pon\u00edan en condiciones de dar sabios consejos sobre un asunto tan delicado: era san Vicente de Pa\u00fal.<\/p>\n<p>Acogido por san Vicente con su benevolencia ordinaria, Jean le expone lo que acababa de pasar, la irresoluci\u00f3n en que se ve\u00eda su alma desde este incidente, y hasta las inquietudes que se hab\u00edan manifestado sobre su primera vocaci\u00f3n. Al cabo de unos momentos de reflexi\u00f3n, san Vicente, iluminado sin duda de lo alto, adivin\u00f3, bajo esta d\u00e9bil envoltura, un alma de ap\u00f3stol, y le dijo sin dudarlo:<\/p>\n<p>\u00abDejad el mundo, y venid con nosotros a San L\u00e1zaro, el Se\u00f1or os llama a anunciar su santa palabra\u00bb.\u00a0 Para quien conoce a san Vicente, esta decisi\u00f3n debe parecer bien sorprendente; ya que es la primera y tal vez la \u00fanica vez que haya hecho o\u00edr un lenguaje semejante. Este santo hombre ten\u00eda por m\u00e1xima la de no atraer a nadie directa ni indirectamente, a lo que \u00e9l llamaba la peque\u00f1a Compa\u00f1\u00eda; m\u00e1xima que ha pasado a las tradiciones de la Misi\u00f3n y que ha sido observada siempre fielmente.<\/p>\n<h2>IV.\u2014 Colegio de Bons-Enfants. \u2014 Entrada en la Congregaci\u00f3n<\/h2>\n<p>El Sr. Jean Le Vacher no tard\u00f3 en dar a conocer esta decisi\u00f3n a su hermano quien, por su parte, le inst\u00f3 con fuerza a caminar por esta v\u00eda en la que el Se\u00f1or quer\u00eda introducirle. Jean, despu\u00e9s de poner en orden sus asuntos, se dirigi\u00f3 pues al colegio de los Bons-Enfants, donde pas\u00f3 tres a\u00f1os en el estudio de las ciencias eclesi\u00e1sticas. El Sr. Philippe Le Vacher se decidi\u00f3 igualmente a entrar en la Congregaci\u00f3n; y estos dos hermanos, que se quer\u00edan mucho, y que estaban ya tan unidos por los lazos de la sangre, resolvieron unirse m\u00e1s estrechamente todav\u00eda por los lazos del parentesco espiritual el 5 de octubre de 1643, ellos fueron a ofrecerse a san Vicente.<\/p>\n<p>Su ofrecimiento generoso fue aceptado, y comenzaron su seminario o noviciado. Los dos hermanos pasaron con mucha piedad y edificaci\u00f3n este santo tiempo de retiro, que era de dos a\u00f1os, despu\u00e9s de los cuales fueron admitidos a hacer los votos en\u00a0 1646. El Sr. Jean Le Vacher pag\u00f3 el tributo, como consecuencia de su asiduidad al trabajo, una enfermedad que produjo inquietudes, sin que se prolongara demasiado despu\u00e9s de todo. Pero su convalecencia por poco le resulta m\u00e1s funesta que la propia enfermedad. Para favorecer el restablecimiento de la salud del enfermo, el m\u00e9dico hab\u00eda cre\u00eddo deber ordenarle ba\u00f1os de r\u00edo, y el Sr. Jean Le Vacher fue enviado a la isla de Louvier, cerca del arsenal, lugar ordinario en el que se tomaban esta clase de ba\u00f1os. Bueno pues, sucedi\u00f3 que habiendo cometido la imprudencia, sin saber nadar, de meterse r\u00edo adentro, perdi\u00f3 el equilibrio, fue arrastrado y llevado por la corriente hasta el puente Marie. All\u00ed, nuestro infortunado ba\u00f1ista se hubiera perdido sin remedio si no se le hubieran prestado prontos socorros. Cuando le sacaron del agua estaba sin conocimiento; por un momento se le crey\u00f3 muerto. No obstante, recobr\u00f3 poco a poco los sentidos, y este accidente no tuvo consecuencias malas que se pod\u00edan temer. Fue en 1647, cuatro a\u00f1os despu\u00e9s de su entrada en San L\u00e1zaro, cuando este digno hijo de san Vicente fue promovido al sacerdocio.<\/p>\n<p>La vida santa y regular del Sr. Le Vacher en el seminario y en los estudios, las grandes virtudes que hab\u00eda demostrado constantemente, indicaron que pose\u00eda ya en alto grado el esp\u00edritu y las cualidades de un buen Misionero, as\u00ed como\u00a0 justificaron la llamada que san Vicente hab\u00eda hecho de este joven disc\u00edpulo, de manera que el Superior de la Misi\u00f3n no tardara en darle una prueba de su confianza envi\u00e1ndole a una misi\u00f3n m\u00e1s peligrosa y m\u00e1s importante de lo que parec\u00edan pedir la edad y la inexperiencia de un joven sacerdote.<\/p>\n<h2>V.\u2014 Los esclavos cristianos en T\u00fanez<\/h2>\n<p>Despu\u00e9s de las breves y raras apariciones que hac\u00edan en Berber\u00eda los religiosos de la Trinidad y de la Merced, para rescatar a algunos esclavos con el producto de sus colectas, los esclavos cristianos apresados en el mar por los infieles se hallaban abandonados por completo, y privados de todo consuelo. Con demasiada frecuencia, en su desesperaci\u00f3n, para sustraerse a los males que los abrumaban, abjuraban la religi\u00f3n cristiana y abrazaban la de Mahoma; o bien, se precipitaban a toda clase de des\u00f3rdenes, buscando, en la satisfacci\u00f3n de sus pasiones brutales, una especie de compensaci\u00f3n por la libertad que no ten\u00edan, cuando no pon\u00edan fin a sus d\u00edas de la manera m\u00e1s tr\u00e1gica. Habiendo sido \u00e9l mismo testigo de todos estos des\u00f3rdenes, y habiendo experimentado la dureza de la tiran\u00eda que hac\u00eda sufrir a los pobres cautivos el capricho de estos amos inhumanos, san Vicente se ocupaba desde hac\u00eda tiempos de socorrer a estos desafortunados, y mendigaba los medio que tomar\u00a0 para hacer pasar a un sacerdote a estas comarcas b\u00e1rbaras. Enterado de que los tratados, concluidos por Francia con la Puerta, autorizaban al Rey a mantener a un capell\u00e1n\u00a0 con los c\u00f3nsules, obtuvo del Sr. Martin, quien gestionaba por esa \u00e9poca el consulado de T\u00fanez, que le enviara, en noviembre de 1645, al Srt. Gu\u00e9rin, uno de sus sacerdotes, con el hermano Francillon. Apenas hubo aparecido el hombre de dios en medio de los desdichados esclavos, cuando vio su entrega bendecida y coronada con un pleno \u00e9xito. No hac\u00eda m\u00e1s que dos a\u00f1os que se entregaba al alivio de sus miserias, y ya hab\u00eda llevado la paz y la felicidad a un gran n\u00famero de almas, y aligerado los hierros de cantidad de cautivos, procurando a estos desafortunados la paz del coraz\u00f3n, ense\u00f1\u00e1ndoles a santificar sus penas, y suavizando en lo posible, las privaciones a las que estaban sometidos.<\/p>\n<p>Pero este buen Misionero, a pesar de su celo y de su entrega, ten\u00eda demasiadas almas que consolar, demasiadas miserias que aliviar, para desempe\u00f1arse solo, y para responder a las voces que le llamaban de todas partes. En estos apuros, rog\u00f3 a san Vicente que le enviara un segundo Misionero para ayudarle a recoger la abundante mies que le estaba confiada y que iba siempre creciendo. El santo fundador de la Misi\u00f3n accedi\u00f3 sin pena a esta demanda; y sabiendo que se necesitaban en aquellas regiones obreros prudentes, entregados, y sobre todo virtuosos,\u00a0 sus ojos se fijaron en el Sr. Jean Le Vacher.<\/p>\n<h2>VI.\u2014 El Sr. Vacher es enviado a T\u00fanez<\/h2>\n<p>No debemos omitir aqu\u00ed una circunstancia notable que tuvo lugar a su salida de San L\u00e1zaro, circunstancia que debe ser considerada como un signo visible de que el Se\u00f1or aceptaba la vocaci\u00f3n del Sr. Le Vacher y su piadosa entrega. El 18 de agosto el Sr. Le Vacher, acompa\u00f1ado de san Vicente, iba a franquear el umbral de la casa de San L\u00e1zaro, cuando, de repente, fueron detenidos por una visita tan agradable como inesperada. Era el Nuncio del Papa que ven\u00eda a ver a san Vicente. \u00c9ste se sinti\u00f3 feliz por este encuentro con el prelado, y despu\u00e9s de saludarle, le dijo, con su sencillez ordinaria: \u00abMonse\u00f1or, ven\u00eds a prop\u00f3sito para dar vuestra bendici\u00f3n a este buen sacerdote que parte para la misi\u00f3n de T\u00fanez\u00bb. El Nuncio, al ver al Sr. Le Vacher, se sorprendi\u00f3 al verle tan joven, despeinado a una misi\u00f3n que exig\u00eda obreros experimentados y consumados en virtudes. Volvi\u00e9ndose entonces hacia san Vicente, le dijo \u00abC\u00f3mo, este ni\u00f1o? \u2013Monse\u00f1or, le respondi\u00f3 san Vicente, \u00e9l tiene la vocaci\u00f3n para ello\u00bb. Por \u00faltimo, el Nuncio, despu\u00e9s de algunas palabras de felicitaci\u00f3n y de \u00e1nimos, dio su bendici\u00f3n al joven Misionero, quien se puso en camino para Marsella.<\/p>\n<p>Llegado a esta ciudad, donde la Congregaci\u00f3n ten\u00eda una casa, el Sr. Le Vacher cay\u00f3 enfermo. Unas semanas despu\u00e9s, el Sr. Chr\u00e9tien, superior de la casa,\u00a0 no observando mejora, inform\u00f3 a san Vicente que esta indisposici\u00f3n no permit\u00eda al enfermo continuar su viaje; no pudo tampoco callar su juventud para un puesto como el de Berber\u00eda. Pero san Vicente hizo poco caso de las reflexiones que le eran transmitidas, y persisti\u00f3 en querer que el Sr. Le Vacher pasara a \u00c1frica sin m\u00e1s tardar, y respondi\u00f3 al superior de la casa de Marsella, oblig\u00e1ndole que hiciera partir lo antes posible al Sr. Le Vacher\u00a0 para T\u00fanez: \u00abSi vuestro enfermo est\u00e1 d\u00e9bil de manera que no pueda ir a pie al barco, hay que llevarle, y cuando haya hecho algo de camino por el agua, si no puede soportar el mar, que lo arrojen a all\u00ed\u00bb. Esta respuesta da motivos de sorprender\u00a0 por parte de un santo tan benevolente como el fundador de la Misi\u00f3n con respecto de sus hijos, y tan compasivo con sus enfermedades; pero quer\u00eda ense\u00f1ar a este Misionero que deb\u00eda abstenerse de juzgar la conducta de los dem\u00e1s, sobre todo de sus superiores, y limitarse a ejecutar las razones que recib\u00eda de ellos. San Vicente escribi\u00f3 tambi\u00e9n al Sr. Le Vacher, pero en un tono m\u00e1s suave; tan s\u00f3lo le compromet\u00eda a hacer lo posible para acelerar su partida, y a no hacerse a la mar hasta que sus fuerzas se lo permitieran. \u00c9ste, comprendiendo bastante las intenciones de su venerado Padre, aprovech\u00f3 la primera ocasi\u00f3n que se present\u00f3, a pesar del deterioro de su salud. Apenas hubo hecho veinte o treinta leguas en el mar, cuando comenz\u00f3 a sentirse mejor, y desembarc\u00f3 en T\u00fanez el 22 de noviembre de 1647, con bastante buena salud.<\/p>\n<h2>VII. \u2014 El trabajo apost\u00f3lico en T\u00fanez .- Enfermedades<\/h2>\n<p>Los dos misioneros, seg\u00fan la medida de sus fuerzas, rivalizaron en celo y en dedicaci\u00f3n. En esta \u00e9poca, la peste hac\u00eda estragos entre los turcos y los esclavos cristianos. La ocasi\u00f3n no pod\u00eda ser m\u00e1s hermosa para el Sr. Le Vacher para inaugurar su ministerio apost\u00f3lico. El Sr. Gu\u00e9rin se cuidaba de moderar el celo y la caridad de su cohermano, pero \u00e9l mismo no se cuidaba ni de noche ni de d\u00eda. Tantas fatigas le trajeron una indisposici\u00f3n, sin llegar a las consecuencias que se pod\u00edan temer; algunos d\u00edas despu\u00e9s, pudo, en efecto,\u00a0 volver al ejercicio de su ministerio de consuelo entre los enfermos, aunque sus primeras fuerzas no se hubieran recuperado.<\/p>\n<p>Con una salud fr\u00e1gil y delicada, el Sr. Le Vacher no descuid\u00f3 nada para que los enfermos de las mazmorras\u00a0 y los que se hallaban en las casas particulares no tuvieron que sufrir por la indisposici\u00f3n de su cohermano y, en poco tiempo, hab\u00eda adquirido la confianza y la\u00a0 admiraci\u00f3n de todos.<\/p>\n<p>\u00abLos pobres esclavos, contaba san Vicente, se alegraban cuando\u00a0 iba a visitar las galeras. Se precipitaban donde \u00e9l, le cog\u00edan las vestiduras, de manera que apenas lograba abrirse camino\u00bb.<\/p>\n<p>Todos estos trabajos cumplidos de la ma\u00f1ana a la noche, sin tregua ni descanso, el aire corrompido que respiraba continuamente, el cambio introducido en su modo de vivir debilitaron no su celo, sino las fuerzas del joven Misionero, hasta el punto que se podr\u00eda creer\u00a0 por un instante que hab\u00eda llegado la hora para \u00e9l\u00a0 de ir a recibir en el cielo la recompensa de su caridad. Pero las s\u00faplicas de los que hab\u00eda santificado y devuelto a la vida de la gracia, las oraciones de los desdichados a quienes hab\u00eda introducido en el seno de la gloria, hicieron una sana violencia al Se\u00f1or, y el contagio lo perdon\u00f3; al cabo de unos d\u00edas, pudo volver a los trabajos caritativos. Esta curaci\u00f3n fue tanto m\u00e1s agradable para el Sr. Gu\u00e9rin, que el temor de perderle le hab\u00eda sido de los m\u00e1s sensibles. Pero la alegr\u00eda del Sr. Gu\u00e9rin no dur\u00f3 mucho. El Sr. Le Vacher apenas\u00a0 comenzada la convalecencia, y no haciendo m\u00e1s caso que de su celo, se volvi\u00f3 al trabajo con nuevo ardor, queriendo compensar de alguna forma para con los enfermos los cuidados que su enfermedad le hab\u00edan impedido dedicarles.<\/p>\n<p>El 27 de abril de 1648, se vio obligado a detenerse, le agarr\u00f3 la peste como consecuencia de las visitas seguidas hechas, durante varios meses, a algunos cristianos atacados del mal contagioso.<\/p>\n<p>El Sr. Le Vacher qued\u00f3 pronto reducido a tal extremo que se le dio por muerto; el Sr. Gu\u00e9rin, aprovechando la salida de un barco para Marsella, transmiti\u00f3 a san Vicente la noticia del fallecimiento de su cohermano, y prepar\u00f3 la ceremonia de los funerales, dejando al hermano Francillon a su lado. \u00c9ste, sumido en l\u00e1grimas y dolores, no pod\u00eda apartar su vista del querido Misionero, y una voz interior le dec\u00eda sin cesar que no estaba muerto. Llevado por este sentimiento, antes de colocarle en el ata\u00fad, quiso asegurarse de nuevo del fallecimiento del Sr. Le Vacher, se acerca a \u00e9l y, con la ayuda del mango de una cuchara de plata, trata de separarle los dientes. Mientras se hallaba ocupado en esta operaci\u00f3n, una se\u00f1al de vida se manifiesta de pronto. Al verlo, el buen hermano, siente latir su coraz\u00f3n de temor y de esperanza, corre a buscar un licor espec\u00edfico y se lo da al enfermo que comienza poco a poco a recobrar los sentidos. Esta feliz resurrecci\u00f3n cambi\u00f3 la tristeza en\u00a0 de los espectadores en un j\u00fabilo indecible. Es m\u00e1s f\u00e1cil, en efecto, comprender que explicar la felicidad que experimentaron el Sr. Gu\u00e9rin y el hermano Francillon al ver revivir al cohermano a quien cre\u00edan haber perdido sin remedio.<\/p>\n<h2>VIII. \u2014 La muerte del Sr. Guerin. &#8211; Visitas a los esclavos<\/h2>\n<p>Devuelto a la vida, el Sr. Le Vacher fue recuperando las fuerzas poco a poco, pero pocos d\u00edas despu\u00e9s, el buen hermano mismo cae enfermo de una doble peste. El Sr. Gu\u00e9rin obligado a multiplicarse en el servicio de los apestados, y de sus dos cohermanos, no teniendo, en un tiempo en que la guerra interrump\u00eda el comercio, en que el hambre se a\u00f1ad\u00eda a la peste, m\u00e1s que malos y pobres alimentos para sobrevivir, cay\u00f3 enfermo tambi\u00e9n del mal contagioso. Hemos visto ya c\u00f3mo el hermano Francillon en lucha con la enfermedad se entreg\u00f3 para cuidar a los dos sacerdotes; pero no pudo salar m\u00e1s que al Sr. Le Vacher. La enfermedad del Sr. Gu\u00e9rin sigui\u00f3 avanzando y una muerte preciosa delante de Dios no tard\u00f3 en coronar sus caritativos trabajos, el 13 de mayo de 1648.<\/p>\n<p>El Sr. Le Vacher debi\u00f3 pues a su vez, pero lamentablemente con m\u00e1s fundamento,\u00a0 comunicar a san Vicente el fallecimiento del Sr. Gu\u00e9rin. No obstante, hall\u00e1ndose a\u00fan demasiado d\u00e9bil para escribir, tuvo que servirse de una mano extra\u00f1a para anunciarle esta triste noticia; \u00e9l no hizo m\u00e1s firmar la carta, y aun as\u00ed de manera tan poco legible, que resultaba f\u00e1cil de ver el estado de debilidad en que se hallaba. Esta carta le lleg\u00f3 a san Vicente pocos d\u00edas despu\u00e9s de la expedida por el Sr. Gu\u00e9rin. Estas dos misivas le hundieron en una ansiedad extrema y no sab\u00eda qu\u00e9 pensar sobre estas extra\u00f1as noticias, no habiendo sido avisado previamente de la enfermedad del Sr. Gu\u00e9rin. Lo que aumentaba su dolor era ver el modo como estaba firmada la carta del joven Misionero cuya escritura no reconoc\u00eda. Las inquietudes y las confusiones que le produc\u00edan\u00a0 estas cartas, afirmando y contradiciendo lo que conten\u00edan, duraron hasta que hubo recibido del Sr. Le Vacher una carta que conten\u00eda detalles m\u00e1s precisos una vez que \u00e9ste estuvo en condiciones de escribir por su propia mano.<\/p>\n<p>En el mes de junio de ese a\u00f1o de 1648, el Misionero se dirigi\u00f3 a Bicerta. Se armaban all\u00ed dos galeras para faenar, y prepar\u00f3 a los cristianos que deb\u00edan formar parte de la expedici\u00f3n a la recepci\u00f3n de los sacramentos. \u00abAntes de nuestra separaci\u00f3n, comunic\u00f3 a su venerado Superior, prepar\u00e9 un peque\u00f1o fest\u00edn para m\u00e1s de quinientos esclavos cristianos que las montaban; compr\u00e9 dos bueyes, que les distribu\u00ed con otros quinientos panes; y adem\u00e1s, mand\u00e9 poner en cada galera un quintal de bizcocho blanco para ser repartido entre los que cayeran enfermos durante el viaje.<\/p>\n<p>\u00abDe all\u00ed me fui a visitar a los esclavos de Sidy-Regeppe. Los encontr\u00e9 sin cadenas, por lo que reconoc\u00ed que su patr\u00f3n me hab\u00eda guardado la palabra; porque la \u00faltima vez que le hab\u00eda visto, me hab\u00eda prometido descargarlos de esos hierros insoportables.<\/p>\n<h2>IX. \u2014 El consulado de T\u00fanez<\/h2>\n<p>Fue en el curso de estas ocupaciones en Bicerta, a comienzos de julio de 1648 cuando el Sr. Martin, c\u00f3nsul, encontr\u00e1ndose indispuesto, le envi\u00f3 por su intermediario la orden de venir a verle. Comprendiendo la importancia de un sustituto capaz, \u00edntegro y entregado, El Sr Martinde Lange propuso a l Sr. Le Vacher que aceptara su empleo, en caso de que el Se\u00f1or dispusiera de \u00e9l y hasta que se dignara el rey designar a un sucesor; el Misionero se excus\u00f3. Pero habiendo muerto el c\u00f3nsul poco despu\u00e9s, el bey encarg\u00f3 al Sr. Le Vacher ejercer las funciones del consulado.<\/p>\n<p>\u00danico encargado de la salvaci\u00f3n de cinco o seis mil esclavos y, en este tiempo de peste y de hambre, de una parte de su subsistencia material, el Sr. Le Vacher temi\u00f3 que no podr\u00edas sostener este peso de m\u00e1s. Por eso pidi\u00f3 a san Vicente que hiciera lo posible para librarle de ello. El consulado era entonces un cargo que se pod\u00eda comprar como los oficios de judicatura, y que pagaba canon al Estado, en lugar de no recibir nada de \u00e9l. Como se pod\u00eda ejercer el poder sin control, requer\u00eda una gran probidad; por otra parte,\u00a0 y aunque fuese una funci\u00f3n puramente secular, tocaba, en muchos de sus deberes, a los intereses de Dios. Por ello la duquesa de Aiguillon quien, dos a\u00f1os antes, hab\u00eda comprado el consulado de Argel, y sab\u00eda todo el bien realizado por el Sr. Philippe Le Vacher, realiz\u00f3 la adquisici\u00f3n del de T\u00fanez, que ofreci\u00f3, con el permiso del rey, a la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n, rogando a san Vicente que \u00e9l mismo nombrara para este puesto.<\/p>\n<p>El Superior general de la Misi\u00f3n, a pesar de su distanciamiento en lo que se refiere a los asuntos temporales, acept\u00f3 este consulado, con el \u00fanico fin de utilizarlo como medio muy eficaz de avanzar el bien de la religi\u00f3n\u00a0 y de procurar la santificaci\u00f3n de los esclavos. En efecto, c\u00f3nsules elegidos por \u00e9l, sin otro inter\u00e9s que el servicio de Dios y del pr\u00f3jimo, que una misma intenci\u00f3n con sus sacerdotes, pod\u00edan ser infinitamente \u00fatiles a la obra de esta misi\u00f3n. Todos, sacerdotes y c\u00f3nsules, deb\u00edan vivir juntos como hermanos, poner todo en com\u00fan, sostenidos por el consulado y limosnas enviadas de Francia y, despu\u00e9s de descontar su modesto mantenimiento, consagrar todo lo dem\u00e1s a la asistencia\u00a0 corporal y espiritual de los pobres cristianos cautivos, y a la liberaci\u00f3n de los que, por falta de algunas piastras,\u00a0 no ten\u00edan elecci\u00f3n m\u00e1s que entre una perpetua esclavitud o la apostas\u00eda. La necesidad era tanto m\u00e1s acuciante cuanto que esta desgracia hab\u00eda sucedido varias veces, desde el a\u00f1o 1644, en que los Trinitarios y los Maturinos hab\u00edan interrumpido sus redenciones.<\/p>\n<h2>X. \u2014 El Sr. Vacher, c\u00f3nsul. &#8211; Su encarcelamiento<\/h2>\n<p>San Vicente consinti\u00f3 pues en designar, para el consulado de T\u00fanez, como lo hac\u00eda para el de Argel, a las personas m\u00e1s propias para su plan, y\u00a0 se\u00f1al\u00f3 al Sr. Higuier para el de T\u00fanez. A pesar de sus eminentes cualidades, \u00e9ste no pudo hacerse aceptar entre los turkos, que quisieron\u00a0 conservar al Sr. Le Vacher y encadenaron al Sr. Huguier; su cohermano debi\u00f3 dar mil cien libras para obtener su libertad. Despu\u00e9s de pasar alg\u00fan tiempo en T\u00fanez\u00a0 para aliviar al Misionero en su cargo, el Sr. Huguier regres\u00f3 a Francia y m\u00e1s tarde a Berber\u00eda. El Sr. Le Vacher debi\u00f3 pues al trabajo y hacer frente a las dos funciones de c\u00f3nsul y de misionero; as\u00ed las cosas hasta 1653.<\/p>\n<p>Durante el tiempo que el Sr. Le Vacher estaba solo en T\u00fanez, lleg\u00f3 a tres o cuatro leguas de esta ciudad una barca de esclavos recientemente apresados. Crey\u00f3 que era su deber visitarlos para proporcionarles los auxilios que su estado pod\u00eda reclamar y prodigarles los consuelos que necesitaban; pero, temiendo experimentar retraso o una negativa, se descuid\u00f3 en proveerse de una autorizaci\u00f3n del bey para salir de la ciudad. \u00c9ste no bien se enter\u00f3 de la salida del Misionero que le mand\u00f3 arrestar y llevar a la prisi\u00f3n; pocos d\u00edas despu\u00e9s, el bey cay\u00f3 gravemente enfermo y se le hinch\u00f3 considerablemente todo el cuerpo. Pues bien, hablando durante su enfermedad sobre el arresto del Sr. Le Vacher con uno de los que le atend\u00edan, \u00e9ste que ten\u00eda, aunque musulm\u00e1n, una alta idea de la virtud del Misionero y de la rectitud de sus intenciones, le expres\u00f3 que no sali\u00f3 m\u00e1s que para llevar socorros a unos desgraciados; el bey, impresionado por estas consideraciones, orden\u00f3 su puesta en libertad y mand\u00f3 que le entregaran un regalo de mucho valor. El Misionero, manifestando su agradecimiento por la benevolencia del bey, se excus\u00f3 de aceptar el presente. Informado el bey de este acto de desinter\u00e9s, se sinti\u00f3 muy conmovido y concibi\u00f3 una gran veneraci\u00f3n por el siervo de Dios. Pero toda la gracia estuvo en el alivio s\u00fabito que experiment\u00f3 el bey, en su enfermedad; ya que apenas hubo ordenado que no se tuviera m\u00e1s\u00a0 al Misionero en prisi\u00f3n cuando sinti\u00f3 que se le calmaron los dolores, y la hinchaz\u00f3n disminuy\u00f3 hasta tal punto que al d\u00eda siguiente pudo pasear por su jard\u00edn. Esta mejora de su salud le sorprendi\u00f3 de tal manera que le cont\u00f3 el efecto al Sr. Le Vacher. Le envi\u00f3 a buscar y le dijo que le conced\u00eda en adelante ir, con toda libertad y sin necesidad de pedirle ning\u00fan permiso, a todas partes donde quisiera y sin preocuparse de nada; se declar\u00f3 su amigo sincero, a\u00f1adiendo que, si necesitaba escolta, se la dar\u00eda de su guardia.<\/p>\n<p>Las promesas del bey no fueron vanas ya que poco tiempo despu\u00e9s, como\u00a0 hubiera llegado a una nueva galera cargada de esclavos cerca de T\u00fanez, el Sr. Le Vacher pudo ir con toda facilidad a socorrer a estos desdichados y ejercer entre ellos el celo de su caridad compasiva, sin que nadie pusiera el menor obst\u00e1culo al cumplimiento de su obra.<\/p>\n<h2>XI. \u2014 Le despojan del consulado<\/h2>\n<p>El Sr. Jean Le Vacher hubiera querido pasar sus d\u00edas enteros\u00a0 en las mazmorras, yendo a consolar por las casas de los particulares\u00a0 a los esclavos a quienes su presencia les pod\u00eda ser \u00fatil, para afirmarlos en la fe, ense\u00f1arles a santificar sus tribulaciones, y animarlos en las luchas que muchos ten\u00edan que sostener contra amos crueles. Hubiera querido tambi\u00e9n\u00a0 multiplicar sus excursiones por las macer\u00edas para instruir a los esclavos y procurarles con mayor frecuencia el favor de participar en los santos misterios. Deseaba ardientemente poder hallarse a la llegada como a la salida de las barcas corsarias, para prodigar los cuidados del alma y del cuerpo a los infortunados que las superaban, y adelantarse as\u00ed a una funesta desesperaci\u00f3n. En una palabra, su celo le llevaba a entregarse del todo a la misi\u00f3n de paz y de caridad para lo cual hab\u00eda sido enviado a estas regiones b\u00e1rbaras. El consulado reclamaba tambi\u00e9n sus cuidados y repart\u00eda sus jornadas, al mismo tiempo que aumentaba considerablemente sus solicitudes; por eso, en todas sus cartas, al hacer el relato de sus ocupaciones y de las bendiciones con que el Se\u00f1or acompa\u00f1aba sus trabajos, hac\u00eda renovadas instancias ante su venerado Padre, para que le enviara una ayuda con la que pudiera descargarse de los cuidados temporales. Por su parte, san Vicente comprendiendo c\u00f3mo estaba interesada la gloria de Dios en que dejara al misionero exclusivamente entregado a las funciones de su santa vocaci\u00f3n, est\u00e1n buscando a un sujeto capaz\u00a0 de gestionar el consulado. Por fin crey\u00f3 haber encontrado al hombre que buscaba, iba a hacer pronto cuatro a\u00f1os, en la persona del Sr. Martin Husson, abogado en el Parlamento de Par\u00eds, que resid\u00eda en este momento en sus tierras de Montmirail.<\/p>\n<p>Desprendido del cuidado del consulado, el Sr. Le Vacher pudo a partir de entonces consagrar todo su tiempo a la salvaci\u00f3n de los cautivos, y llevar, con toda la prudencia exigida por las circunstancias, a los desdichados que, para sustraerse a su dura esclavitud, hab\u00edan abjurado de su religi\u00f3n. Los trabajos del Misionero fueron coronados con tanto \u00e9xito que el bey, ante esta noticia, mont\u00f3 en c\u00f3lera y llam\u00f3 al Sr. Le Vacher. Apenas llegado el Misionero a su presencia, cuando el b\u00e1rbaro le dijo sin m\u00e1s pre\u00e1mbulo: \u00abSal de la ciudad, y no vuelvas a poner los pies en ella; porque me he enterado de que, con artificios, impides a los cristianos que piensan en cambiar de religi\u00f3n hacerse turcos y abrazar la ley de Mahoma\u00bb.<\/p>\n<h2>XII.\u2014 Nuevas tareas apost\u00f3licas<\/h2>\n<p>El Sr. Le Vacher obedeci\u00f3 y parti\u00f3 inmediatamente, acompa\u00f1ado de un guarda y de un int\u00e9rprete, para Bicerta. Dos barcas cargadas de esclavos le hab\u00edan precedido hac\u00eda pocos d\u00edas, y la Providencia se hab\u00eda servido del bey de T\u00fanez evidentemente para enviarle a socorrer a estos desdichados. Logr\u00f3 de su amo que fueran desencadenados.<\/p>\n<p>El celo del Sr. Le Vacher, en Bicerta, no fue inactivo. Dio a los esclavos de las cinco mazmorras de esta ciudad todos los cuidados que depend\u00edan de \u00e9l. \u00abEncontr\u00e9, escrib\u00eda a su venerado Padre, a cuarenta encerrados en un establo tan peque\u00f1o y tan estrecho, que apenas se pod\u00edan mover. S\u00f3lo recib\u00edan aire por un tragaluz cerrado de una reja, que est\u00e1 en lo m\u00e1s alto de la b\u00f3veda. Todas est\u00e1n encadenados de dos en dos y continuamente encerrados, y no obstante trabajan moliendo trigo en un peque\u00f1o molino de mano, con la obligaci\u00f3n de moler cada d\u00eda una cierta cantidad impuestas, que sobrepasa sus fuerzas. Ciertamente, esta pobre gente se alimenta de verdad con el pan del dolor, y pueden decir que se lo comen con el sudor de su cuerpo en este lugar caluroso y con un trabajo excesivo\u00bb.<\/p>\n<p>De vuelta a T\u00fanez, el Sr. Le Vacher sigui\u00f3 con sus trabajos caritativos en la ciudad y sus carreras apost\u00f3licas por los alrededores; pero nuevas dificultades, otras persecuciones le esperaban all\u00ed. Al oponerse a la introducci\u00f3n de mercanc\u00edas de Europa cuya exportaci\u00f3n a los pa\u00edses infieles estaba prohibida por los c\u00e1nones de la Iglesia y por las leyes civiles, fue expulsado de nuevo de la ciudad. Pero, con los informes que llegaron al bey de que el Rey de Francia podr\u00eda muy bien pedirle cuentas por este trato infligido injustamente a sus s\u00fabditos, le permiti\u00f3 regresar.<\/p>\n<p>Los esclavos cristianos, al conocer su regreso, fueron en masa a su encuentro con un ansia indecible. Aquella pobre gente, al volverle a ver, no sab\u00edan qu\u00e9 hacer para manifestarle su alegr\u00eda; le llamaban su padre, su salvador.<\/p>\n<p>Tantos actos de caridad evang\u00e9lica y de entrega tan absoluta en procurar el alivio espiritual y corporal de los esclavos, excitaban la admiraci\u00f3n de los turcos. El Sr. Le Vacher no conoc\u00eda menos a pesar de todo las malas ideas del bey.<\/p>\n<h2>XIII. \u2014 Afrentas suscitadas contra el sr. Le Vacher. \u2013Dimisi\u00f3n\u00a0 del Sr. Husson.<\/h2>\n<p>El bey necesitaba para sus embarcaciones\u00a0 tela para velas; y como no se fabricaban casi en ninguna parte sino en Francia, quiso que el C\u00f3nsul se encargara de conseguirlas. El Sr. Husson que sab\u00eda que estaba prohibido por las leyes de la Iglesia\u00a0 y del Estado comerciar esta mercanc\u00eda con los infieles, rechaz\u00f3 la comisi\u00f3n. El bey, entonces, se dirigi\u00f3 a un mercader de Marsella que no fue tan escrupuloso y prometi\u00f3 al bey todo lo que quiso. El C\u00f3nsul, enterado de ello, se fue a buscar al mercader para informarle que obraba contra su conciencia y contra las leyes del reino, que por lo tanto ofend\u00eda a Dios y se expon\u00eda a ser severamente castigado; mas, a pesar de estas reprensiones, el mercader no quiso desistir de su plan. Entonces el C\u00f3nsul se vio obligado a redactar un proceso verbal sobre este asunto y envi\u00e1rselo al Rey, quien a continuaci\u00f3n dio \u00f3rdenes a los oficiales de los puertos de Provenza y de Languedoc de vigilar cuidadosamente para que no se cargara ninguna mercanc\u00eda de contrabando para Berber\u00eda.<\/p>\n<p>El bey, ni viendo llegar <em>cotonine<\/em>, sospech\u00f3 que se hab\u00edan obstaculizado sus planes; al punto ech\u00f3 las culpas al Sr. Le Vacher y, habi\u00e9ndole mandado llamar, le produjo una escandalosa afrenta. No sabiendo c\u00f3mo castigarle, \u00abQuiero, le dijo, que me pagues 275 piastras que me debe el caballero de la Ferri\u00e8re; ya que t\u00fa eres de una religi\u00f3n que pone en com\u00fan los bienes y los males, por eso quiero culparte a ti\u00bb. A esto el Sr. Le Vacher respondi\u00f3 que los cristianos no estaban obligados a pagar las deudas unos de los otros. Adem\u00e1s, no siendo m\u00e1s que un pobre morabito de los cristianos y teniendo a penas para vivir, no pod\u00eda pagar las deudas que pod\u00edan hacer un caballero de Malta y un capit\u00e1n de nav\u00edo. \u00abDi lo que quieras, le replic\u00f3 el bey; pero quiero que se me pague\u00bb; y a eso a\u00f1ad\u00eda amenazas, en caso de negativa; por \u00faltimo le oblig\u00f3 a saldar esta suma.<\/p>\n<p>Pero aquello no era sino el comienzo de una venganza brutal y de la amargura de su resentimiento. Aguard\u00f3 la ocasi\u00f3n de vengarse m\u00e1s directamente del C\u00f3nsul; \u00e9sta se present\u00f3 pronto. Los nav\u00edos del gran duque de Toscana se apoderaron de un barco tunecino dotado de trece turcos y los llevaron a Livorno. Era suficiente para culpar al Sr. Husson. \u00abEs necesario, le dijo, que te obligues a hacerme\u00a0 devolver a mis s\u00fabditos. \u2013En buena hora, si fuera en Francia, responde el Sr. Husson; pero un \u00abc\u00f3nsul franc\u00e9s no tiene nada que prescribir al duque de Toscana\u00bb.<\/p>\n<p>Por buena que fuera esta raz\u00f3n, no pod\u00eda nada frente a la pasi\u00f3n irritada del bey, tanto menos por sentirse apoyado por los ingleses y hasta por los nacionales del C\u00f3nsul. 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