{"id":44405,"date":"2011-07-03T03:28:21","date_gmt":"2011-07-03T01:28:21","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=44405"},"modified":"2011-07-03T03:28:21","modified_gmt":"2011-07-03T01:28:21","slug":"jose-cottolengo-con-los-abandonados","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/jose-cottolengo-con-los-abandonados\/","title":{"rendered":"Jos\u00e9 Cottolengo, con los abandonados"},"content":{"rendered":"<h2>La \u00abconversi\u00f3n\u00bb de Jos\u00e9 Benedicto Cottolengo<\/h2>\n<p><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/07\/jose_cottolengo.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-medium wp-image-44407\" title=\"jose_cottolengo\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/07\/jose_cottolengo-195x300.jpg?resize=195%2C300\" alt=\"\" width=\"195\" height=\"300\" \/><\/a>2 de septiembre de 1827. Domingo por la ma\u00f1ana. En Tur\u00edn, la capital del Piamonte, en el norte de Italia, el can\u00f3nigo de 41 a\u00f1os don Jos\u00e9 Benedicto Cottolengo sube a la diligencia proveniente de Mil\u00e1n. Se suma a una familia francesa formada por un padre y una madre con cinco ni\u00f1os espantados. Ella se encuentra en avanzado estado de gravidez y con fuertes temblores producidos por la fiebre. El esposo y padre intenta consolar a su mujer al tiempo que controlar a sus hijos. Alguien les aconseja quedarse en el Hospital Mayor. Formando como una triste procesi\u00f3n all\u00ed se dirigen los siete componentes de la familia, que se despiden educadamente del padre Cottolengo. En el Hospital no es admitida la mujer de parto. Ha de trasladarse al Hospicio de la Maternidad. Se reinicia el viacrucis. En la Maternidad vuelve a ser rechazada a causa de la fiebre, que puede ser causada por alguna enfermedad contagiosa, y por tanto peligrosa para el resto de enfermos all\u00ed acogidos.<\/p>\n<p>Acaban refugi\u00e1ndose en un subterr\u00e1neo convertido en dormitorio p\u00fablico de vagabundos. Al anochecer la situaci\u00f3n de la madre se agrava y se va en b\u00fasqueda de un sacerdote.<\/p>\n<p>Y es llamado el can\u00f3nigo Cottolengo, quien hab\u00eda viajado con ellos hac\u00eda pocas horas. De este modo, con sus propios ojos presencia la muerte de aquella pobre mujer, y con sus propias manos colabora a salvar a la reci\u00e9n nacida, para que sobreviva al menos los pocos minutos que le ser\u00e1n necesarios para bautizarla.<\/p>\n<p>Aquel l\u00fagubre rinc\u00f3n est\u00e1 lleno de sangre, en presencia de dos cad\u00e1veres sollozan los cinco peque\u00f1os y el hombre maldice a grandes gritos aquella ciudad inh\u00f3spita y para \u00e9l tan despreciable.<\/p>\n<p>Al can\u00f3nigo Cottolengo se le hiela el coraz\u00f3n ante semejante escena.<\/p>\n<p>Sus compa\u00f1eros de comunidad le esperaban para la cena. \u00c9l, guiado por un dolor atroz, se encamina a la iglesia y cae de rodillas ante el Sant\u00edsimo Sacramento: \u00abDios m\u00edo, \u00bfpor qu\u00e9? \u00bfpor qu\u00e9 has querido que presencie semejante escena? \u00bfQu\u00e9 esperas de mi? Es necesario que haga algo&#8230;\u00bb<\/p>\n<p>Y he aqu\u00ed que se levanta, enciende todas los cirios del altar de la Virgen y da orden al sacrist\u00e1n de tocar las campanas.<\/p>\n<p>La noche ya ha ca\u00eddo. Es una hora ins\u00f3lita. Se abren las ventanas de los curiosos. \u00ab\u00bfQu\u00e9 sucede?\u00bb, se preguntan mientras muchos se acercan a la iglesia para aclarar lo ocurrido. En la iglesia el can\u00f3nigo los acoge revestido con roquete y estola y cantando solemnemente las letan\u00edas de Nuestra Se\u00f1ora.<\/p>\n<p>As\u00ed que termina, sin mayor explicaci\u00f3n, despide a todos con el rostro radiante, diciendo: \u00ab\u00a1Se me ha dado la gracia! \u00a1Se me ha dado la gracia! \u00a1Bendita sea Nuestra Se\u00f1ora!\u00bb.<\/p>\n<p>De este modo, en aquel instante, naci\u00f3 un hombre nuevo.<\/p>\n<h2>Un buen sacerdote<\/h2>\n<p>Jos\u00e9 Benedicto Cottolengo hab\u00eda nacido en Bra de Piemonte el a\u00f1o 1786. Cuando vivi\u00f3 este acontecimiento que cambi\u00f3 su persona y su vida ten\u00eda, pues, cuarenta y un a\u00f1os.<\/p>\n<p>Hasta entonces hab\u00eda sido un buen sacerdote, como tantos otros. Es verdad que hab\u00eda sufrido un per\u00edodo de fuerte ansiedad que lo hab\u00eda sumergido en una profunda crisis vocacional. Como a tantos otros.<\/p>\n<p>Como tantas otras personas, laicos o cl\u00e9rigos, pas\u00f3 la mayor parte de su vida \u201341 a\u00f1os\u2013 sin lograr entender a fondo la misi\u00f3n a la que era llamado, sin descubrir qui\u00e9n era en verdad y sin decidirse a iniciar aquello que en s\u00f3lo quince a\u00f1os, pues muri\u00f3 a los 56 de edad, lo iba a convertir en autor de aquella obra que ya en 1837 el arzobispo de Tur\u00edn en una carta pastoral, cuando Cottolengo todav\u00eda viv\u00eda, calific\u00f3 de \u00abgigantesca, no s\u00f3lo para el Piamonte e Italia, sino para Europa entera\u00bb.<\/p>\n<p>Hasta los 41 a\u00f1os nuestro can\u00f3nigo fue un hombre de buen coraz\u00f3n y pronto a la caridad. Pero nada excepcional. En lo profundo se sent\u00eda inquieto, pues aunque aposentado, no hab\u00eda alcanzado el grado de generosidad que anhelaba.<\/p>\n<p>Como can\u00f3nigo celebraba los oficios divinos en el templo del Corpus Domini, en el centro de Tur\u00edn. En las solemnes ceremonias civiles y religiosas ten\u00eda el derecho de vestir zapatos relucientes con hebillas de plata, y una flamante capa de rojo p\u00farpura. Su situaci\u00f3n econ\u00f3mica era holgada. Disfrutaba de una jornada de fiesta semanal, el lunes.<\/p>\n<p>Su confesionario era frecuentado por muchos penitentes. Los universitarios de Tur\u00edn lo requer\u00edan como predicador de retiros y de conferencias. Los pobres del barrio lo buscaban para obtener de \u00e9l generosas limosnas.<\/p>\n<p>Sab\u00eda afrontar los problemas concretos. Era preciso y minucioso.<\/p>\n<p>Muy atado a su propia familia medio-burguesa; se interesaba por las cuestiones incluso econ\u00f3micas que le concern\u00edan, mostr\u00e1ndose un experto en la compra y venta de bienes inmuebles.<\/p>\n<p>Por eso hab\u00eda permanecido con su familia durante muchos a\u00f1os, a\u00fan ya sacerdote, hasta que se decidi\u00f3 a laurearse en Sagrada Teolog\u00eda, para poder aspirar a alguna buena plaza. As\u00ed, en 1818 obtuvo la catego\u00adr\u00eda de Can\u00f3nigo de la Sant\u00edsima Trinidad, venerable congregaci\u00f3n de seis sacerdotes te\u00f3logos que oficiaba en la Iglesia del Corpus Domini y que ten\u00eda como finalidad principal dar solemnidad a las ceremonias religiosas ciudadanas a las que asist\u00edan las m\u00e1s altas autoridades civiles.<\/p>\n<p>Por eso pudo habitar en la casa de los can\u00f3nigos, en donde dispon\u00eda de una amplia y confortable estancia en el \u00faltimo piso de un c\u00e9ntrico palacio.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de obtener el t\u00edtulo canonical que le permite marchar de casa, escribe a su madre: \u00abMi querida madre, no se preocupe pensando que tenga demasiado trabajo. S\u00f3lo estoy obligado durante tres horas por la ma\u00f1ana y otras tres por la tarde. As\u00ed que de salud voy muy bien.<\/p>\n<p>Como con \u00f3ptimo apetito y duermo sopor\u00edferamente; as\u00ed que estoy gordo como fray &#8230;\u00bb.<\/p>\n<p>Y en otra carta, se despide en broma de su progenitora: \u00abGracias a Dios ahora logr\u00e9 alcanzar sus deseos: tengo la faz gordota como una luna llena y la buena suerte de presentarme ante usted, querid\u00edsima madre, devot\u00edsimo, obligad\u00edsimo y obsequios\u00edsimo hijo can\u00f3nigo te\u00f3logo Cottolengo\u00bb.<\/p>\n<p>Por m\u00e1s que tales expresiones e im\u00e1genes humor\u00edsticas son propias de su estilo, no dejan de manifestar un velado malestar. Este sacerdote docto, buscado, por todos amado, caritativo&#8230; se sabe inquieto y lucha en el vac\u00edo. Por eso se muestra incierto, desconcertado, cada vez m\u00e1s distante de las peticiones interesadas que provienen de sus familiares. Por otro lado, su ministerio y su honestidad lo ponen en frecuente contacto con los pobres: \u00ab\u00bfQu\u00e9 sentido tienen las hebillas de plata y la capa de color rojo p\u00farpura en un mundo como \u00e9ste?\u00bb.<\/p>\n<p>Se siente triste. Cuando se le pregunta, contesta: \u00abEstoy como borracho de la ma\u00f1ana a la noche. No s\u00e9 muy bien para qu\u00e9 sirvo\u00bb.<\/p>\n<p>Los meses transcurren sin pena ni gloria. Alguien le da a leer la vida de san Vicente de Pa\u00fal: \u00abLeed, se\u00f1or can\u00f3\u00adnigo, as\u00ed cuando nos sentemos a la mesa sabr\u00e9is decir algo, pues ahora ni sab\u00e9is abrir la boca\u00bb.<\/p>\n<p>Psicol\u00f3gica y espiritualmente siente un impulso violento a identificarse con aquel gran santo de la caridad; pero le faltan las fuerzas. Hasta que Dios lo sorprende con la experiencia del 2 de septiembre de 1827.<\/p>\n<h2>Infancia, adolescencia y juventud<\/h2>\n<p>Los Cottolengo son una familia que comercia con teji\u00addos. Con poco m\u00e1s de veinte a\u00f1os, los j\u00f3venes esposos bendicen al Se\u00f1or el d\u00eda 3 de mayo de 1786 porque les ha concedido un ni\u00f1o bien sano. Es su primog\u00e9nito. Esta alegr\u00eda se repetir\u00e1 doce veces en la intimidad de aquel hogar.<\/p>\n<p>M\u00e1s al norte, allende los Alpes, est\u00e1 en toda su eferves\u00adcencia la revoluci\u00f3n francesa, que marcar\u00e1 decisivamente aquel cambio de siglo. El estado del Piamonte se defiende de las ideas renovadoras, mas no logra resistir a la invasi\u00f3n del nuevo astro de Europa, Napole\u00f3n Bonaparte. El joven general, en 1800, a su vuelta de la campa\u00f1a en Egipto, invade el Piamonte venciendo a las tropas saboyanas. Se pasea triunfador por Tur\u00edn, como poco despu\u00e9s por casi toda Europa. Suprime las congregaciones religiosas, se inacauta de todos los bienes eclesi\u00e1sticos y cierra los seminarios.<\/p>\n<p>Todos estos acontecimientos afectan y marcan profunda\u00admente la adolescencia de Jos\u00e9 Cottolengo, pues le obligan por una parte a una existencia encerrada en su casa, y por otra a cursar gran parte de sus estudios de cl\u00e9rigo en la clandestinidad.<\/p>\n<p>En un clima general de desconfianza, conjuraciones y terror, y no sin dudas personales, el 8 de junio de 1811 Jos\u00e9 Cottolengo recibe el sacramento del orden en la capilla del seminario de Tur\u00edn.<\/p>\n<p>De regreso a casa de sus padres, ha de ejercer su ministerio privadamente hasta oto\u00f1o de 1813, cuando le nombran vicep\u00e1rroco de Corneliano d&#8217;Alba, una peque\u00f1a pobla\u00adci\u00f3n rural cercana a Bra, donde permanecer\u00e1 menos de un a\u00f1o.<\/p>\n<p>Tras la derrota de Napole\u00f3n, el Congreso de Viena en 1815 restablece las monarqu\u00edas y las fronteras de los estados de Europa.<\/p>\n<p>Cottolengo abandona Corneliano y se traslada a Tur\u00edn para reanudar sus estudios y conseguir el doctorado en teolog\u00eda, que recibe \u00abcon plauso e lode\u00bb el 14 de mayo de 1816. Tras este brillante \u00e9xito, regresa a Bra, en donde permanece dos a\u00f1os m\u00e1s disfrutando de la protecci\u00f3n familiar. Frente a las decisiones importantes que hacen aut\u00f3noma la vida de una persona adulta, permanecen en Cottolengo, pese a su brillante personalidad, zonas de dificultad que le atraen como por instinto hacia la familia. Esta exigencia de retornar a su casa junto a sus padres y hermanas, es como un cord\u00f3n umbilical que a\u00fan no se ha cortado del todo. De sus hermanos, Agust\u00edn estudia Bellas Artes y reside en Tur\u00edn; Luis suele vivir en Chieri, donde se inicia en la carrera eclesi\u00e1stica, y el m\u00e1s joven, Ignacio, que tan s\u00f3lo tiene 16 a\u00f1os, se hace dominico.<\/p>\n<p>En cambio, Jos\u00e9 participa en un concurso para varias parroquias vacantes, pero sin \u00e9xito. Por otra parte rehusa algunos empleos sacerdotales que amigos y simpatizantes le ofrecen, como el de asistente espiritual del Hospital General de la capital piamontesa.<\/p>\n<p>Es en 1818, alcanzados ya los 34 a\u00f1os, cuando obtiene el t\u00edtulo de can\u00f3nigo en la distinguida congregaci\u00f3n del Corpus D\u00f3mini, que re\u00fane la flor y nata del clero turin\u00e9s de la \u00e9poca. Aunque es una meta ambicionada por muchos sacerdotes de aquel entonces, con el tiempo este honor deja bastante insatisfecho al hombre y can\u00f3nigo Cottolengo. Su \u00abhermosa cara rellena, de tez encarnada, con frente cuadrada, nariz gruesa, ojos y pelo casta\u00f1o, boca grande y constituci\u00f3n robusta\u00bb esconde en reali\u00addad un \u00e1nimo sensible en demas\u00eda. Con sus chistes tan frecuentes, parece ostentar un equilibrio psicol\u00f3gico que no poseee en la realidad. En el umbral de los cuarenta a\u00f1os, su vida se halla todav\u00eda insegura. Es como una adolescencia que se prolonga, insatisfecha, en actitud de continua b\u00fasqueda.<\/p>\n<h2>Un sacerdote del todo entregado a los menesterosos<\/h2>\n<p>La experiencia vivida el domingo 2 de septiembre de 1827 lo transform\u00f3 todo y le impuls\u00f3 a la actividad que lo ha hecho famoso y santo: su total entrega a los menestero\u00adsos. El grito repetido ante el altar de la Virgen: \u00abSe me ha dado la gracia\u00bb marca un rayo de luz que acaba, por fin, con las tinieblas que durante a\u00f1os han sumergido a su alma.<\/p>\n<p>Con la colaboraci\u00f3n de sus colegas can\u00f3nigos, Cottolengo alquila dos habitaciones en el populoso centro de Tur\u00edn, casi enfrente a la iglesia del Corpus Domini, en una casa que llaman la \u00abVolta Rossa\u00bb. All\u00ed crea un centro de acogida, como una casa de socorro social, con el objetivo de amparar a quien los dem\u00e1s hospitales u hospicios no aceptan y vive en estado de abandono. Le ayudan en esta labor algunos seglares de la parroquia, la mayor parte penitentes suyos.<\/p>\n<p>Inauguran esta iniciativa el 17 de enero de 1828, dando acogida a Giuseppe Dana, un zapatero enfermo de tisis, y a Margherita Andr\u00e1, aquejada de hidropes\u00eda, ambos ancianos y solos. En poco m\u00e1s de tres a\u00f1os, la \u00abVolta Rossa\u00bb acoge y asiste a doscientas diez personas. Son los ciudadanos m\u00e1s pobres y m\u00e1s en dificultad. Traba\u00adjando para aliviar a estas personas y transcurriendo sus jornadas entre los pobres, el can\u00f3nigo Cottolengo vuelve a descubrir su vocaci\u00f3n y misi\u00f3n.<\/p>\n<p>Le ayudan centenares de voluntarios. Entre ellos destacan Tommaso Rolando, un panadero que al trabajar de noches, roba de sus horas diurnas para dedicarlas a buscar provisiones con que alimentar a los enfermos acogidos. Tambi\u00e9n Marianna Nasi, una joven viuda y madre de un ni\u00f1o. Con su peque\u00f1o se instala en una habitaci\u00f3n de la \u00abVolta Rossa\u00bb, dedicada sobre todo a organizar el turno de los voluntarios. Poco a poco se convierte en madre, no s\u00f3lo de los enfermos all\u00e1 hospedados sino tambi\u00e9n de algunas voluntarias a quienes el can\u00f3nigo don Jos\u00e9 aconseja espiritualmente y encamina a la vida religiosa, para que se consagren a plena dedicaci\u00f3n al servicio de sus acogidos.<\/p>\n<p>De este modo el 30 de noviembre de 1830 Cottolengo acoge a su primera monja, Caterina Biolato. Es la primera religiosa cottolenguina. Como las muchas compa\u00f1eras que se le a\u00f1adir\u00e1n, dedica el d\u00eda a la adoraci\u00f3n al Sant\u00edsimo Sacramento en la cercana iglesia del Corpus Domini y al servicio de los pobres en el peque\u00f1o hospital o en sus mismas casas.<\/p>\n<p>El can\u00f3nigo Cottolengo rechaza las categor\u00edas del bienhechor y de la limosna: reivindica el derecho de los pobres y exige a sus colaboradores que compartan la vida con ellos y que los sirvan sin reservas mentales y sin condiciones. Todos los que tienen el honor de servir en la obra cottolenguina han de estar dispuestos a consumir la vida por los pobres. Seg\u00fan su fundador, el menor gesto de amor vale una vida. Desde luego los enfermos de la \u00abVolta Rossa\u00bb tienen sobrada raz\u00f3n en no querer irse de all\u00ed de ninguna manera.<\/p>\n<h2>De \u00abVolta Rossa\u00bb a la \u00abPiccola Casa\u00bb<\/h2>\n<p>Despu\u00e9s de tres a\u00f1os de funcionamiento, el primer local de la \u00abVolta Rossa\u00bb es considerado inadecuado. En el a\u00f1o 1831 se difunde por la Europa mediterr\u00e1nea una epidemia de c\u00f3lera. Una comisi\u00f3n del Estado juzga el peque\u00f1o hospital un posible foco de infecci\u00f3n en el coraz\u00f3n de la ciudad de Tur\u00edn. Pese a los informes positivos de la polic\u00eda, el Gobierno ordena el cierre con fines de prevenci\u00f3n. La comunicaci\u00f3n del ministerio de Gobernaci\u00f3n surte el efecto de un rayo inesperado. No faltan, eso s\u00ed, maliciosos que se alegran de ello. Mas el can\u00f3nigo Cottolengo, al mismo tiempo que traslada a sus asistidos a casas particulares enviando a sus monjas a asistirlos, ya piensa en llevar su iniciativa a una zona y en locales m\u00e1s aptos. Y responde sin titubear al can\u00f3nigo Valletti que trata de disuadirle: \u00abQuerido amigo, como usted sabe yo soy nativo de Bra, el pueblo de las coles. All\u00ed siempre he tenido ocasi\u00f3n de observar que s\u00f3lo las coles trasplantadas llegan a ser gordas. Trasladaremos nuestro peque\u00f1o hospital a un lugar donde pueda desa\u00adrrollarse y prosperar sin problemas\u00bb.<\/p>\n<p>Dedica los locales vac\u00edos de \u00abVolta Rossa\u00bb a escuela guarder\u00eda de ni\u00f1os de familias pobres. Sus monjas les guiar\u00e1n en los primeros pasos del arte de leer, escribir y contar, al tiempo que les ense\u00f1ar\u00e1n los primeros con\u00adceptos del catecismo.<\/p>\n<p>Posteriormente, impresionado don Jos\u00e9, \u00abel Buen Can\u00f3\u00adnigo\u00bb (como era conocido en la ciudad), por el gran n\u00famero de muchachas que viv\u00edan de la limosna obtenida en la calle, realiza un servicio para que aprendan un oficio que les permita ganarse la vida. Muy pronto este grupo adquiere consistencia, y el Santo lo llama \u00abfamilia de las Ursulinas\u00bb.<\/p>\n<p>Junto a la carretera que lleva a Mil\u00e1n, en los suburbios de las afueras de Tur\u00edn, est\u00e1 la zona de Valdocco. Cottolengo se fija en este barrio en crecimiento, cercano, por otra parte, al santuario de Nuestra Se\u00f1ora de la Consolaci\u00f3n, patrona de la ciudad. All\u00ed alquila una casita por dos meses en nombre de \u00abla Divina Providencia\u00bb.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de restaurarla, coloca sobre la puerte de entrada un cartel donde est\u00e1 escrito el lema paulino \u00ab\u00a1Nos apremia la caridad de Cristo!\u00bb, que se constituye en resumen de la actividad que all\u00ed se llevar\u00e1 a cabo.<\/p>\n<p>En ella nada de reglamentos especiales, ni de burocracia ni prohibiciones de enfermedad, edad, sexo, nacionalidad, raza o religi\u00f3n. Para ingresar en esta casa basta ser pobre y enfermo, abandonado por la familia y rechazado en los dem\u00e1s hospitales. Para cada marginado la Divina Provi\u00addencia asegura un pedazo de pan, una cama y sobre todo una persona capaz de compartir su pobreza y dispuesta a luchar para que su liberaci\u00f3n sea la mayor posible.<\/p>\n<p>Para las curas m\u00e9dicas de sus asistidos, el \u00abBuen can\u00f3\u00adnigo\u00bb cuenta con el m\u00e9dico de pobres, el joven doctor Lorenzo Granetti. Si antes asist\u00eda gratuitamente en \u00abVolta Rossa\u00bb ahora lo har\u00e1 en Valdocco. Por todo ello, Cottolengo bautiza el mismo d\u00eda de su apertura, 27 de abril de 1832, esta nueva sede con el nombre de \u00abPiccola Casa della Divina Provvidenza\u00bb (\u00abPeque\u00f1a Casa de la Divina Providencia\u00bb), y la coloca bajo la protecci\u00f3n de san Vicente de Pa\u00fal, el h\u00e9roe franc\u00e9s de la caridad cristiana. Las monjas y voluntarios presentes exultantes, cantan \u00abDeo gratias\u00bb (\u00abGracias sean dadas a Dios\u00bb), grito de agradecimiento que ser\u00e1 t\u00edpico de los cottolenguinos de todos los tiempos.<\/p>\n<h2>Total confianza en \u00abla Divina Providencia\u00bb<\/h2>\n<p>La obra cottolenguina emprende as\u00ed su rumbo con senci\u00adllez y pobreza desconcertantes. Su fundador dej\u00f3 escrito en su diario: \u00bb La \u00abPiccola Casa\u00bb ir\u00e1 adelante mientras no tenga nunca nada&#8230; pero si contase con algo, entonces comenzar\u00eda a decaer\u00bb.<\/p>\n<p>Para testimoniar su confianza en la \u00abDivina Providencia\u00bb se honraba el can\u00f3nigo en contraer deudas, asegurando el \u00e9xito de la empresa en la fidelidad a los medios pobres. Siempre quiso servir a los menesterosos sin la seguridad que a otros pudiera dar el disponer de un capital estable.<\/p>\n<p>Sin un c\u00e9ntimo en el bolsillo, con la \u00fanica riqueza de su gran confianza en la \u00abDivina Providencia\u00bb, el padre Cottolengo no para: unos meses despu\u00e9s logra alquilar otra casa de dos pisos. La llama \u00abCasa de la Fe\u00bb. Y en el mismo 1832 alquila unas cuantas habitaciones m\u00e1s y las llama \u00abCasa de la Esperanza\u00bb. As\u00ed cada vez es capaz de acoger a m\u00e1s gente. A los cinco meses del traslado la \u00abPiccola Casa\u00bb cuenta con 45 plazas. Un a\u00f1o despu\u00e9s con 102, y dos a\u00f1os despu\u00e9s con 300.<\/p>\n<p>Crec\u00eda tambi\u00e9n el n\u00famero de los consagrados dedicados a los enfermos pobres. Y con ellos fundar\u00e1 distintas comu\u00adnidades religiosas, tanto masculinas como femeninas.<\/p>\n<p>E127 de agosto de 1833 el rey del Piamonte, Carlos Alberto, reconoce la existencia legal de la \u00abPiccola Casa\u00bb como \u00abobra cuyo objetivo principal es acoger a los enfermos que los dem\u00e1s hospitales rechazan y a varias categor\u00edas de personas desvalidas, gracias al servicio de sus propias familias religiosas\u00bb. El rey en persona los ayudar\u00e1 en m\u00e1s de una ocasi\u00f3n de su propio pecunio.<\/p>\n<p>Ante cada necesidad, Cottolengo funda una nueva secci\u00f3n. Nacen as\u00ed los dedicados a atender a los sordomudos, a los deficientes mentales, a los violados sexualmente, etc. Y va creciendo la \u00abPiccola Casa\u00bb que lleg\u00f3 a ocupar a la muerte de su fundador una extensi\u00f3n de 50.000 metros de superficie. Hoy ocupa una extensi\u00f3n de 200.000 metros y viven en ella unas 15.000 personas.<\/p>\n<p>Para tratar de ahorrar dinero y evitar deudas demasiado cuantiosas, don Jos\u00e9 abre un matadero y un horno de pan en la \u00abPiccola Casa\u00bb. Y no s\u00f3lo busca cubrir las necesidades materiales con la construcci\u00f3n de nuevos y mejores edificios, sino tambi\u00e9n las espirituales. Para ello en el recinto abre cinco monasterios donde acoge a cinco comunidades de clausura, cuatro femeninas y una masculina. Una de ellas integrada por chicas que, habi\u00e9ndose prostitu\u00eddo, abrazaban la vida religiosa, consagr\u00e1ndose de por vida a la contemplaci\u00f3n<\/p>\n<p>De este modo, la \u00abPiccola Casa\u00bb se ha ido convirtiendo en una \u00abGran Ciudad\u00bb dedicada a los pobres y enfermos. Si san Juan Bosco en su juventud la frecuent\u00f3, hoy d\u00eda sigue siendo visitada por millares de personas que se admiran de la actividad qu e all\u00ed sigue ejerci\u00e9ndose.<\/p>\n<h2>En el amor a los pobres y enfermos consumi\u00f3 su vida<\/h2>\n<p>Corr\u00eda el a\u00f1o 1842. Una nueva epidemia de tifus azota Tur\u00edn, particularmente la zona de Valdocco, afectando a la misma \u00abPiccola Casa\u00bb. Monjas, hermanos y cl\u00e9rigos que all\u00ed sirven fallecen como muchos de los enfermos pobres que all\u00ed residen. Horas de angustia para todos, al pensar que tambi\u00e9n el fundador puede caer v\u00edctima del contagio; con ansiedad monjas, hermanos y asistidos leen en el rostro del \u00abBuen Can\u00f3nigo\u00bb la palidez del cansancio, y vislumbran en \u00e9l los rasgos t\u00edpicos de los contagiados.<\/p>\n<p>A\u00fan as\u00ed no cesa en su actividad, hasta que acompa\u00f1ando a algunas hermanas al hospital de Chieri, decide quedarse a descansar algo de tiempo en casa de su hermano el can\u00f3nigo Luigi. Se agrava. Esa misma noche acude el doctor Granetti, quien le asistir\u00e1 esta \u00faltima semana. No hay duda: se trata de tifus petequial en fase irreversible.<\/p>\n<p>Mientras don Jos\u00e9 est\u00e1 muriendo, Tur\u00edn enloquece en fiestas por las bodas del pr\u00edncipe Victor Manuel. Todos los monarcas de Europa acuden a la capital del Piamonte con su s\u00e9quito para asistir a tan fausto acontecimiento.<\/p>\n<p>La opini\u00f3n p\u00fablica no ha de enterarse del drama de Valdocco. El alcalde manda quinientas liras a don Jos\u00e9 para que sus pobres participen de la fiesta. Mientras, en Chieri, solitario y silencioso, don Jos\u00e9 lucha entre la vida y la muerte. Ha dado orden al m\u00e9dico que no comunique en absoluto el agravamiento de sus condiciones para no amargarles la fiesta.<\/p>\n<p>Aislado por miedo al contagio, el 29 de abril recibe la Unci\u00f3n de los enfermos. A veces la fiebre alt\u00edsima le hace delirar. En los ratos de lucidez invoca a la Virgen Mar\u00eda y proclama su esperanza en el Se\u00f1or, rezando con breves invocaciones de los salmos. Despu\u00e9s el silencio. El 30 de abril de 1842 por la tarde, el can\u00f3nigo Cottolengo muere sencillamente como sencillamente hab\u00eda vivido, sin bendecir a sus hijos, sin designar a su sucesor en la direcci\u00f3n de la Obra, sin hacer ning\u00fan gesto solemne.<\/p>\n<p>El d\u00eda siguiente, al amanecer, los 1.300 habitantes de la \u00abPiccola Casa\u00bb reciben la noticia de su muerte. Una circu\u00adlar escrita por el cl\u00e9rigo Biandr\u00e1 por orden del can\u00f3nigo Anglesio, informa del \u00f3bito a las monjas que trabajan en varias localidades piamontesas. El rey, informado en seguida del fallecimiento del can\u00f3nigo Cottolengo, no logra retener las l\u00e1grimas y exclama: \u00abCottolengo ha muerto porque yo no le he ayudado suficientemente! Nada me costar\u00eda sustituir a un obispo, \u00bfpero a Cotto\u00adlengo qui\u00e9n le sustituye?\u00bb.<\/p>\n<p>La Divina Providencia mantiene serena a la \u00abPiccola Casa\u00bb, donde si la desolaci\u00f3n es general, no lo es menos la oraci\u00f3n. Tur\u00edn sigue en fiestas: un luto tan inoportuno no ha de molestarla. Excepcionalmente, el rey concede que los restos mortales de don Jos\u00e9 Cottolengo se puedan transportar desde Chieri a la \u00abPiccola Casa\u00bb, mas ha de hacerse de noche. El funeral, sin exterioridad ninguna, se celebra en su iglesia. Tan s\u00f3lo unos d\u00edas m\u00e1s tarde se publica la noticia de la muerte, cuando los festejos han finalizado ya, los novios han partido de la capital y los grandes de Europa han regresado a sus pa\u00edses respec\u00adtivos.<\/p>\n<p>Tres d\u00edas despu\u00e9s habr\u00eda cumplido 56 a\u00f1os. La \u00abPiccola Casa\u00bb cumple los 10.<\/p>\n<p>Fue canonizado en el a\u00f1o 1934. La liturgia celebra su d\u00eda festivo el 30 de abril, aniversario de su muerte.<\/p>\n<div class='stb-container stb-style-grey stb-no-caption'><div class='stb-caption'><div class='stb-logo'><img class='stb-logo__image' 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alt='img'\/><\/div><div class='stb-caption-content'><\/div><div class='stb-tool'><\/div><\/div><div class='stb-content'>\n<p>Cada a\u00f1o centenares de j\u00f3venes llaman a la puerta de la \u00abPiccola Casa\u00bb y de sus sucursales. Insatisfechos de la pobreza espiritual de la vida que los rodea, buscan en la experiencia de servicio voluntario cristiano una confirmaci\u00f3n a su voluntad de hacer m\u00e1s humano el mundo que amenaza hundirlos.<\/p>\n<p>Atra\u00eddos por el carisma de compartir la vida con los menesterosos, estos j\u00f3venes descubren en el esp\u00edritu de san Jos\u00e9 Cottolengo, un cura que ha gastado su vida defendiendo a los m\u00e1s pobres, una ocasi\u00f3n importante que han de vivir y que no dejar\u00e1 de marcar su porvenir. En nombre del Evangelio, estos voluntarios se dedican al servicio real de los pobres, un par de horas por semana o unos d\u00edas o semanas al mes o al a\u00f1o. Tambi\u00e9n hay quien opta por formas de servicio a\u00fan m\u00e1s radicales\u00bb.<\/p>\n<p><em>France<\/em><em>sco Gemello, Padre general de \u00abLa Piccola Casa\u00bb<\/em><\/p>\n<\/div><\/div>\n<h2>Para rezar<\/h2>\n<p>Se\u00f1or, Dios todopoderoso,<br \/>\nt\u00fa nos has revelado<br \/>\nque toda la ley se compendia<br \/>\nen el amor a ti y al pr\u00f3jimo;<br \/>\nconc\u00e9denos que,<br \/>\nimitando la caridad de san Jos\u00e9 Cottolengo,<br \/>\npodamos ser un d\u00eda contados<br \/>\nentre los elegidos de tu Reino.<br \/>\n<em>(Misal &#8211; Com\u00fan de Santos y Santas)<\/em><\/p>\n<p>Como aquel samaritano del evangelio,<br \/>\nte encontraste la pobreza y el dolor de frente<br \/>\ny no pasaste de largo,<br \/>\nsino que te detuviste<br \/>\ny decidiste dedicar tu vida entera<br \/>\na encontrar a los pobres y abandonados<br \/>\ny a hacer posible para ellos<br \/>\nuna vida m\u00e1s digna y humana.<br \/>\nAy\u00fadanos a hacer como t\u00fa:<br \/>\na mirar la pobreza y el dolor,<br \/>\na saber ver a los pobres,<br \/>\ny a responder a su situaci\u00f3n<br \/>\ncon todas nuestras posibilidades.<br \/>\nPorque el rostro de los pobres<br \/>\nes el rostro de Dios.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La \u00abconversi\u00f3n\u00bb de Jos\u00e9 Benedicto Cottolengo 2 de septiembre de 1827. 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