{"id":43308,"date":"2011-06-23T07:11:20","date_gmt":"2011-06-23T05:11:20","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=43308"},"modified":"2016-07-27T12:15:44","modified_gmt":"2016-07-27T10:15:44","slug":"rene-almeras-1613-1672-capitulos-910-y-11","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/rene-almeras-1613-1672-capitulos-910-y-11\/","title":{"rendered":"Ren\u00e9 Alm\u00e9ras (1613-1672) (Cap\u00edtulos 9,10 y 11)"},"content":{"rendered":"<p><strong>Cap\u00edtulo IX<\/strong><\/p>\n<p><strong>De su castidad.<\/strong><\/p>\n<div id=\"attachment_43008\" style=\"width: 251px\" class=\"wp-caption alignright\"><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/06\/Almeras.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" aria-describedby=\"caption-attachment-43008\" class=\"size-medium wp-image-43008\" title=\"Ren\u00e9 Almer\u00e1s, C.M.\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/06\/Almeras-241x300.jpg?resize=241%2C300\" alt=\"Ren\u00e9 Almer\u00e1s, C.M.\" width=\"241\" height=\"300\" \/><\/a><p id=\"caption-attachment-43008\" class=\"wp-caption-text\">Ren\u00e9 Almer\u00e1s, C.M.<\/p><\/div>\n<p>As\u00ed como la impureza es a menudo consecuencia de la abundancia, as\u00ed la castidad no se puede separar de la pobreza voluntaria; no hay por qu\u00e9 extra\u00f1arse si el Sr. Alm\u00e9ras, habiendo amado la pobreza hasta el punto que hemos visto, ha sobresalido tambi\u00e9n en la pr\u00e1ctica de la castidad. Ya hab\u00eda manifestado su amor por esta virtud en el mundo al rechazar las propuestas que le hab\u00edan hecho de un honesto matrimonio. Aunque su nacimiento, sus bienes, sus grandes cualidades y su cargo de consejero mayor en el gran consejo le dieran leg\u00edtimo motivo de prometerse un partido considerable, no quiso sin embargo tener otra esposa que la continencia, pues no ve\u00eda en la tierra belleza comparable a los atractivos de esta encantadora virtud.<\/p>\n<p>Para conservarla inviolablemente, se alej\u00f3 con gran cuidado de la conversaci\u00f3n de las mujeres; no les hablaba m\u00e1s que en casos necesarios, y durante ese tiempo hablaba con un porte tan grave y un exterior tan recogido, que su acceso inspiraba el respeto. En estas clases de conversaciones se hac\u00eda siempre acompa\u00f1ar de un testigo de su conducta; si no ten\u00eda con \u00e9l a un oficial o a otra persona de la casa, enviaba a pedir un seminarista al Director del seminario. Uno de ellos, que fue enviado para acompa\u00f1arle ha relatado este hecho: una virtuosa dama vino a verle para ser consolada en su aflicci\u00f3n; tan pronto como se dio cuenta que le llamaban, descendi\u00f3 para verla; el seminarista no llegando a punto, entr\u00f3 solo con ella en el locutorio, y dej\u00f3 la puerta entreabierta, llegando el seminarista despu\u00e9s, se qued\u00f3 en la puerta no atrevi\u00e9ndose a entrar al locutorio, por temor, o para no o\u00edr lo que dec\u00edan. El Sr. Alm\u00e9ras sali\u00f3 y encontr\u00e1ndole en la puerta le reprendi\u00f3 severamente delante de esta dama, de unos sesenta a\u00f1os de edad, y le convenci\u00f3 de que hab\u00eda cometido una gran falta no entrando con ellos. Esto sucedi\u00f3 uno o dos a\u00f1os antes de su muerte.<\/p>\n<p>Su pureza no s\u00f3lo se ha visto en su distanciamiento de la conversaci\u00f3n de las mujeres, sino en las conversaciones que ha tenido con todas las clases de personas no se le ha o\u00eddo decir ni una sola palabra, no se le ha visto hacer ninguna acci\u00f3n que pudiera ofender la modestia por poco que fuera.<\/p>\n<p>Si se [305[dejaba escapar en su presencia una palabra capaz\u00a0 de dar la menor impresi\u00f3n contraria a la pureza y de presentar a la imaginaci\u00f3n una idea menos honesta, no quedaba impune, se tomaba siempre la libertad de avisar y testimoniar que eso le era desagradable. Como sab\u00eda que no se puede ser casto sin evitar las ocasiones, \u00e9l las hu\u00eda con todo cuidado y toda la diligencia posible; ten\u00eda un horror muy grande\u00a0 por la ociosidad y la intemperancia, que son las nodrizas de impureza. La modestia de sus ojos y la delicadeza de su conciencia no pod\u00edan sufrir en su habitaci\u00f3n im\u00e1genes de piedad que llevasen alguna forma de indecencia; por esta raz\u00f3n hizo quitar de su cuarto una que hab\u00eda puesto un hermano porque le parec\u00eda hecha art\u00edsticamente. No se contentaba con practicar esta virtud; la recomendaba mucho a todos los miembros de la Congregaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Quer\u00eda que los predicadores de la Compa\u00f1\u00eda explicaran el sexto mandamiento de la manera m\u00e1s honesta posible, sin entrar demasiado en los detalles, por miedo a dejar malas impresiones en el esp\u00edritu de los oyentes. Algunos meses antes e su muerte tom\u00f3 la resoluci\u00f3n de dirigir una instrucci\u00f3n referente a este mandamiento. Para enviarla luego a todas las casas de la compa\u00f1\u00eda, para que sirviera de modelo\u00a0 y diera a entender a los predicadores hasta d\u00f3nde pod\u00edan llegar en esta importante materia. Este es el sacrificio que ha hecho a Dios de su cuerpo; veamos ahora el que ha hecho de su esp\u00edritu, por la virtud de la obediencia.<\/p>\n<p><strong>Cap\u00edtulo X<\/strong><\/p>\n<p><strong>De su obediencia<\/strong><\/p>\n<p>Las personas que tienen la ventaja de consagrarse a Dios y las comunidades eclesi\u00e1sticas se deben considerar como estas hostias del Antiguo Testamento que se llamaban holocaustos, que se quemaban por completo y se consum\u00edan por el fuego, sin que quedara nada ni para el sacerdote ni para quien las ofrec\u00eda. As\u00ed fue como se consider\u00f3\u00a0 siempre el Sr. Alm\u00e9ras; pues, despu\u00e9s de haber sacrificado sus bienes y su cuerpo a Dios por la pobreza y la castidad, ha inmolado tambi\u00e9n su esp\u00edritu por la obediencia, y selo ha hecho regalo a la divina Majestad por una pr\u00e1ctica muy exacta de esta virtud.<\/p>\n<p>Estaba siempre preparado para partir a la menor se\u00f1al de la voluntad del Sr. Vicente; no ten\u00eda ning\u00fan apego a los lugares y los empleos, fueran los que fueran; dejaba todo sin rechistar a la menor orden. . Le han visto cuando era Director del seminario y Asistente de la casa, salir con frecuencia para ir a los Bons-Enfants, a dirigir las ordenaciones, tratar de los asuntos que le estaban confiados en diversos lugares y hacer visitas en las casas de la Compa\u00f1\u00eda, aunque pareciera que esta multiplicidad de ocupaciones fuera un impedimento para bien cumplir sus principales oficios. Era flexible\u00a0 y ejecutaba exactamente incluso las \u00f3rdenes m\u00e1s dif\u00edciles. En una palabra, tomaba la obediencia por regla de todos los movimientos de su coraz\u00f3n y de su cuerpo, sin salirse de lo mandado. Veamos dos testimonios notables, que dejan ver hasta qu\u00e9 punto estaba muerto en su propia voluntad. Se ha visto que dej\u00f3 Par\u00eds para hacer viajes incluso fuera del reino, expuesto a no volver m\u00e1s a \u00e9l, sin despedirse de sus parientes, ni siquiera de su padre. Lo que deja ver mejor todav\u00eda la perfecci\u00f3n de su obediencia es que pareci\u00f3 sacrificar su vida antes que faltar a esta virtud, al ejemplo de Nuestro Se\u00f1or, de quien ha dicho san Bernardo: \u00ab<em>Maluit perdere vitam quam obedientiam<\/em>\u00ab.Ha preferido morir antes que desobedecer.\u00a0 En efecto el Sr. Vicente le envi\u00f3 a visitar las casas de la Compa\u00f1\u00eda en 1646; llegado a Marsella juzg\u00f3 necesario enviarle tambi\u00e9n a Roma. El Sr. Alm\u00e9ras que sufr\u00eda mucho por entonces, no se excus\u00f3 por las fatigas y las duraciones de este viaje, y por el gran peligro a que se expon\u00eda de morir en el camino; se puso en viaje y sufri\u00f3 grandes debilidades que le obligaron a consultar por cartas a los m\u00e9dicos de Par\u00eds y a tomar los remedios que le ordenaron, sin interrumpir su ruta. Una vez llegado a Roma, sus debilidades lejos de disminuir, aumentaron; lo que no fue obst\u00e1culo para aceptar\u00a0 esta casa de Roma de la que le encarg\u00f3 el Sr. Vicente. Mas como estaba cada vez m\u00e1s enfermo en este pa\u00eds, recibi\u00f3 orden de volver a Par\u00eds; se puso en camino al punto. Como le dec\u00edan los peligros a los que se expon\u00eda: \u00abNo, dijo, tengo que ir, Dios ser\u00e1 mi gu\u00eda\u00bb.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de regresar a Francia, el Sr. Vicente le mand\u00f3 hacer varios viajes m\u00e1s; sus sufrimientos se los hac\u00edan penosos, pero su obediencia se los hac\u00eda parecer agradables. Su \u00faltimo viaje fue el de Richelieu. Fue enviado all\u00ed en parte para que estuviera al paso de la corte que volv\u00eda de Bayona. All\u00ed, como lo dijimos hace poco, cay\u00f3 enfermo y entr\u00f3 en tal debilidad y abatimiento, que el Sr. Vicente, que deseaba vivamente verle, no se atrevi\u00f3 a ordenarle que volviera; no pudo sin embargo ocultarle la pena que sent\u00eda por su ausencia y el pesar por haberle enviado . No necesito otra cosa el Sr. Alm\u00e9ras para hacerle salir de Richelieu a\u00fan en el colmo de sus males, tomando la carta del Sr. Vicente y los t\u00e9rminos en los que estaba escrita como un testimonio suficiente de su voluntad. Mand\u00f3 hacer una camilla donde se coloc\u00f3 una colchoneta, y le acostaron encima; lo que no le evit\u00f3 los grandes sufrimientos por los caminos; por fin lleg\u00f3 a Par\u00eds un viernes. Tuvo todav\u00eda al d\u00eda siguiente el consuelo de recibir los consejos del Sr. Vicente, que cay\u00f3 el domingo en desmayo y en agon\u00eda, y entreg\u00f3 el alma al d\u00eda siguiente. La muerte del Sr. Vicente ocasion\u00f3 un aumento de trabajo al Sr. Alm\u00e9ras quien deseando vivir bajo la obediencia se vio con esta muerte cargado con la direcci\u00f3n general de la Congregaci\u00f3n; era con toda la raz\u00f3n que el Sr. Vicente le hab\u00eda elegido para mandar, ya que hab\u00eda sabido obedecer tan bien.<\/p>\n<p>Es verdad que su cargo de Superior no le dispens\u00f3 de la obediencia. Obedeci\u00f3 al Sr. Vicente hasta despu\u00e9s de su muerte y se condujo en todo por su esp\u00edritu del que estaba lleno y por el que gobernaba la Compa\u00f1\u00eda. No se puede expresar el cuidado que ha tenido en seguir paso a paso los sentimientos de este primer superior. No contento con haber hecho escribir su vida, en la que se destacan las cualidades de su direcci\u00f3n, ha cre\u00eddo conveniente deber buscarlas en sus cartas, donde parece que ha grabado su esp\u00edritu, sus sentimientos y su car\u00e1cter sobre una infinitud de temas, hablando a toda clase de personas. Para esto ha mandado hacer extractos y los ha liado en trece o catorce manos de papel, destacando los rasgos de prudencia de lo que serv\u00eda, los sabios consejos que daba a los superiores y a los otros, el modo como consolaba a los afligidos, levantaba el \u00e1nimo de los d\u00e9biles, y correg\u00eda a los que hab\u00edan ca\u00eddo en alguna falta; algunos meses antes de su muerte los mand\u00f3 ordenar, seg\u00fan las diversas materias y transcribir con propiedad en gruesos libros encuadernados, que son como un precioso tesoro para la Compa\u00f1\u00eda.<\/p>\n<p>El Sr. Alm\u00e9ras, por la frecuente lectura de estas cartas, se hab\u00eda hecho un imitador del Sr. Vicente tan perfecto que no hubiera querido por nada del mundo apartarse de su direcci\u00f3n. Tenemos un ejemplo singular de esto entre varios m\u00e1s de un hermano de la Compa\u00f1\u00eda que salido de la Compa\u00f1\u00eda por su propia voluntad, despu\u00e9s de merecer ser expulsado a causa de varias desobediencias de importancia, no pas\u00f3 mucho tiempo sin abrir los ojos a su desgracia y sin reconocer su falta; empujado por los remordimientos de su conciencia, pidi\u00f3 volver, desde el tiempo del Sr. Vicente, que no quiso concederle esta gracia. Este hermano no se amilan\u00f3 por este rechazo, y despu\u00e9s de la muerte del Sr. Vicente volvi\u00f3 a comenzar sus instancias ante el Sr. Alm\u00e9ras; ruega, suplica, apremia y presenta mil s\u00faplicas, emplea la influencia de personas considerables, pero todo es in\u00fatil, porque el Sr. Alm\u00e9ras se apoyaba en la negativa del Sr, Vicente, como sobre una piedra firme, y no pensaba que deb\u00eda abrir una puerta que su muy digno padre hab\u00eda cerrado. As\u00ed fue como se comport\u00f3 en otros muchos casos, en los que ha demostrado su perfecta sumisi\u00f3n\u00a0 a los sentimientos\u00a0 de su primer superior. No hay pues lugar a sorprenderse si, habiendo practicado tan excelentemente la obediencia, \u00e9l era tan celoso para recomendar a los dem\u00e1s esta virtud, y tan clarividente para descubrir y corregir lo que llevaba la sombra de la desobediencia. Es lo que se advertir\u00e1 en el ejemplo siguiente: Uno de los principales oficiales de San L\u00e1zaro manteni\u00e9ndose, al salir de la iglesia, con la cabeza descubierta durante bastante tiempo, para saludar a muchas personas que se le acercaban, fue avisado para no hacerlo m\u00e1s, para no ser incomodado. Este oficial obedeci\u00f3 durante alg\u00fan tiempo; pero luego se olvid\u00f3 del consejo que se le hab\u00eda dado. El Sr. Alm\u00e9ras se tom\u00f3 su tiempo, y le hizo hablar\u00a0 un d\u00eda en una conferencia sobre la obediencia; despu\u00e9s de escucharle le puso ante los ojos su falta y se la describi\u00f3 con tan vivos colores y expresiones tan impresionantes que toda la Compa\u00f1\u00eda se qued\u00f3 sorprendida y extra\u00f1ada, mientras que el oficial segu\u00eda humildemente arrodillado.<\/p>\n<p>Si el Sr. Alm\u00e9ras hablaba con tanta energ\u00eda de la obediencia, era porque su coraz\u00f3n rebosaba de ella; la pose\u00eda en toda su dimensi\u00f3n. No se contentaba con obedecer a los superiores eclesi\u00e1sticos; \u00e9l quer\u00eda adem\u00e1s que estuvieran sumisos a los magistrados, y sobre todo a la persona del rey, por quien sent\u00eda ten\u00eda una estima y una veneraci\u00f3n extraordinaria. Lo dio a conocer en particular, cuando Su Majestad\u00a0 reuni\u00f3 en su corona sus dominios enajenados; la mayor parte de los s\u00fabditos se quejaron en voz alta; pero aunque la casa de San L\u00e1zaro perdiera con ello una renta muy notable y sin la cual parec\u00eda que no podr\u00eda sostenerse, no obstante no se escuch\u00f3 jam\u00e1s de la boca de este servidor de Dios ninguna palabra de murmuraci\u00f3n; al contrario, justific\u00f3 la conducta del rey y confes\u00f3 que se hac\u00eda justicia y que no les hac\u00eda ning\u00fan mal, ya que cobraba las sumas para las cuales se hab\u00edan comprometido.<\/p>\n<p><strong>Cap\u00edtulo XI<\/strong><\/p>\n<p><strong>De su humildad.<\/strong><\/p>\n<p>Se debe juzgar de la profundidad de un edificio por su elevaci\u00f3n cuanto m\u00e1s se le quiere elevar m\u00e1s se ahonda para posar la primera piedra; es la caridad la que da al edificio espiritual la altura, pero pertenece a la humildad ser la base\u00a0 y el fundamento. No se puede pues dudar que el Sr. Alm\u00e9ras no era muy humilde, ya que su caridad, como lo hemos visto, ha sido tan excelente y tan sublime. Sin embargo, con el fin de quedar m\u00e1s persuadidos, veamos con qu\u00e9 animos y con qu\u00e9 fidelidad ha practicado esta virtud. Su entrada en la Congregaci\u00f3n ha sido, como lo hemos visto al principio, un efecto de su humildad; ya que si ha hecho elecci\u00f3n de esta Compa\u00f1\u00eda naciente, y si la ha preferido a otras m\u00e1s ilustres y m\u00e1s importantes, ha sido por el movimiento de esta virtud, que le ha hecho considerar a esta peque\u00f1a comunidad como una tumba, donde quer\u00eda ocultarse y escapar a los ojos del mundo, o como una tierra en la que quer\u00eda morir como un grano de trigo para fructificar m\u00e1s y ser m\u00e1s fecundo en buenas obras. No se puede dudar de que no haya sido un gran descenso para \u00e9l dejar su tribunal soberano, donde sus m\u00e9rito le daba un rango muy considerable, para venir a parar a un pobre seminario, compuesto de j\u00f3venes cl\u00e9rigos, hacerse semejante a ellos, dejar toda la cortes\u00eda que ten\u00eda en el mundo para vivir en la sencillez, la sumisi\u00f3n y la dependencia; a cubrirse de una tela burda, a barrer la casa y lavar la vajilla; y lo que era m\u00e1s admirable es que no se entregaba a estos empleos bajos y humillantes por una especie de rutina, y solamente para conformarse al ejemplo de los dem\u00e1s, sino que lo hac\u00eda por un verdadero amor de su propia abyecci\u00f3n, en un sincero conocimiento de su nada, y con la convicci\u00f3n de la necesidad que ten\u00eda de la virtud de la humildad. La tom\u00f3 desde entonces por su virtud de predilecci\u00f3n, por su pr\u00e1ctica particular, y continu\u00f3 su ejercicio con tanta constancia todo el resto de su vida, que abrazaba con valor todas las ocasiones de humillarse. Se le ve\u00eda a menudo pedir perd\u00f3n por faltas de las que no era culpable; un d\u00eda lo hizo en el seminario con tal humildad que todos los que se encontraron presentes quedaron vivamente impresionados, hasta el punto de que, poni\u00e9ndose ellos mismos de rodillas, derramaron muchas l\u00e1grimas. Se le ha o\u00eddo muchas veces hacer la acusaci\u00f3n p\u00fablica y general de las faltas de su vida pasada, superando as\u00ed la repugnancia natural que los hombres sienten de descubrir sus faltas.<\/p>\n<p>No se ha mostrado menos generoso para vencer el respeto humano y el vano temor de desagradar al mundo. Cuando estaba en el seminario, muchas personas vinieron a verle en el momento en que estaba ocupado en limpiar la vajilla: \u00e9l fue verlos en el equipaje en que se hallaba con una vieja casaca de tela, las manos sucias; en este estado, les dese\u00f3 buenos d\u00edas, les agradeci\u00f3 su visita y les rog\u00f3 que le excusaran, si no les hablaba m\u00e1s tiempo, alegando que deb\u00eda lavar la vajilla ese d\u00eda. Cuando su padre ven\u00eda a San L\u00e1zaro para verle, se le encontraba con frecuencia con una pobre casaca, la escoba en la mano, y le preguntaba a d\u00f3nde iba; \u00e9l le respond\u00eda sencillamente que se iba a barrer; y luego pasaba de largo sin detenerse.<\/p>\n<p>Este fervor no ha sido en \u00e9l como un rel\u00e1mpago que pasa en un momento, o como una devoci\u00f3n de principiante que no dura m\u00e1s que el tiempo de la prueba; se ha visto que ha continuado\u00a0 estas pr\u00e1cticas humillantes. Se le ha visto varias veces, despu\u00e9s de la salida del seminario, hacer los mismos ejercicios de humildad a la vista de los extra\u00f1os que ven\u00edan a la casa; y aunque sea dif\u00edcil guardar la humildad en medio de los honores, que con frecuencia cambian las costumbres, se ha advertido, sin embargo, que este siervo de dios hab\u00eda llevado esta virtud en el m\u00e1s alto grado. Cuanto m\u00e1s le honraba el Sr. Vicente con los empleos considerables que le daba, m\u00e1s se rebajaba y se humillaba. Cuando fue nombrado Director del seminario, redobl\u00f3 este fervor en la pr\u00e1ctica de esta virtud, vi\u00e9ndose obligado a dar el ejemplo a los dem\u00e1s. Se le envi\u00f3 un d\u00eda a Forges con un antiguo sacerdote de la Congregaci\u00f3n y con dos o tres alumnos del seminario. Este antiguo sacerdote fue obligado por una princesa, dama del lugar, a predicar varias veces durante la estancia que hicieron all\u00ed. El Sr. Alm\u00e9ras tuvo la humildad de servirle de acompa\u00f1ante y de tener la espada y cuidar la arena; era costumbre entonces en las misiones regular el tiempo de los sermones con un reloj en las gradas del p\u00falpito, a la vista de todo el mundo. Pod\u00eda f\u00e1cilmente encomendar esta humilde acci\u00f3n a uno de los cl\u00e9rigos del seminario del que era directo; pero lo que era m\u00e1s notable\u00a0 es que obr\u00f3 as\u00ed en presencia de esta princesa, que conoc\u00eda a su familia y que hab\u00eda o\u00eddo hablar de \u00e9l mientras estaba en el mundo, y adem\u00e1s en presencia de un gentilhombre que hab\u00eda hecho el viaje de Italia con \u00e9l antes de ser misionero. Son tantas circunstancias por las que se puede juzgar c\u00f3mo estaba muerto a s\u00ed mismo y fuertemente fundado en el desprecio del juicio de los hombres. Una vez nombrado por el Sr. Vicente Asistente de la casa de San L\u00e1zaro, siendo Director del seminario, no aflojaba en nada de su humildad: se le ha visto a menudo, no obstante las grandes y continuas ocupaciones que estos dos empleos le proporcionaban, aplicarse a los ejercicios m\u00e1s humildes de la casa, como barrer las salas y las habitaciones, revestido de una casaca de lona; preguntaba antes al que hab\u00eda cuidado del seminario d\u00f3nde quer\u00eda que fuera a trabajar, como si hubiera sido el menor de los seminaristas, \u00e9l que era su director y el primer oficial de la casa, despu\u00e9s del Sr. Vicente. Hizo en aquel tiempo el oficio de lector de la primera mesa, que es el empleo ordinario de los alumnos; cumpli\u00f3 como ellos este oficio durante toda la semana en la que hab\u00eda comenzado a leer. Lo que es mucho m\u00e1s notable es que iba a prever la lectura a la misma hora que los seminaristas van de ordinario; aquel de ellos que ten\u00eda el cuidado de prepararla le indicaba lo que hab\u00eda de observar sea en cuanto al tono, sea en cuanto a la pronunciaci\u00f3n, el Sr. Alm\u00e9ras segu\u00eda en esto, por un efecto singular de su humildad, no sus propias luces, sino las de un joven cl\u00e9rigo recientemente recibido en la Congregaci\u00f3n y que estaba bajo su direcci\u00f3n.<\/p>\n<p>A fin de unir la sumisi\u00f3n\u00a0 de su juicio y de su voluntad\u00a0 al ejercicio de su propia abyecci\u00f3n, se le ha visto tambi\u00e9n entonces hacer el oficio de ac\u00f3lito en las misas solemnes y con mucha frecuencia en las misas rezadas; lo hac\u00eda siempre con una devoci\u00f3n y una modestia que edificaba maravillosamente a todos los que le ve\u00edan. Se rebajaba incluso por debajo de los hermanos; un d\u00eda, al salir de un retiro, su humildad le llev\u00f3 a ir a verlos a todos en sus oficios para besarles los pies y pedirle perd\u00f3n. Ha practicado tambi\u00e9n esta humillaci\u00f3n desde que ha sido Superior general para con el hermano que se cuidaba de hacerle alg\u00fan peque\u00f1o servicio; lo observaba por lo general\u00a0 con todos aquellos a quienes cre\u00eda haber contristado por poco que fuera por alguna palabra un poco fuerte.<\/p>\n<p>Como estos empleos bajos y humillantes eran el descanso del coraz\u00f3n humilde de este siervo de Dios, los empleos honrosos, y sobre todo la superioridad, eran su cruz y su martirio; por eso sinti\u00f3 un gran pena cuando se vio nombrado superior de la casa de Roma; \u00e9l expres\u00f3 al Sr. Vicente todo lo que su humildad le sugiri\u00f3 para verse libre del cargo. Viendo que se llamaba a Francia al Sr. d\u2019Horgny, aprovech\u00f3 la ocasi\u00f3n\u00a0 para redoblar sus instancias a fin de obtener su descargo; pero no tuvo por respuesta m\u00e1s que una carta de \u00e1nimos y esto es un extracto:<\/p>\n<p>\u00abSi la casa de Roma est\u00e1 hu\u00e9rfana como dec\u00eds por la ausencia del Sr. d\u2019Horgny, Nuestro Se\u00f1or ser\u00e1 su padre, el consejo y el procurador, no lo dud\u00e9is; pero redoblad vuestra confianza en su bondad, y dejadle hacer, \u00e9l ser\u00e1 este hombre de gracia y de ingenio que vos estim\u00e9is que debe ser puesto en vuestro lugar. Sab\u00e9is, Se\u00f1or, que el \u00e9xito de los asuntos depende todo de \u00e9l, y yo s\u00e9 que, si hubiera dependido de vos, lo que hab\u00e9is emprendido se habr\u00eda logrado muy bien, ya que hab\u00e9is puesto toda la precauci\u00f3n y toda la diligencia que se pod\u00eda esperar de un hombre de virtud; la desconfianza de vuestra direcci\u00f3n es buena, pero es preciso confiarse en Nuestro Se\u00f1or y dejarle hacer, pues es \u00e9l quien conduce y no nosotros\u00bb.<\/p>\n<p>Si este humilde sacerdote ha demostrado tanta pena en ser superior de una casa particular, cu\u00e1nta m\u00e1s demostr\u00f3 en ser Superior general de la Congregaci\u00f3n. No se podr\u00eda expresar el disgusto que tuvo, las l\u00e1grimas que derram\u00f3 cuando fue elegido; no pudiendo resistir a la voluntad de Dios, que se hab\u00eda manifestado tan claramente en la elecci\u00f3n de su persona, se vio obligado a doblegar los hombros bajo esta carga que su humildad se la figuraba pesada en extremo y dif\u00edcil de soportar. V\u00e9ase lo que esta profunda humildad le hac\u00eda decir en la circular por la que anunciaba su elecci\u00f3n: \u00abNuestro Se\u00f1or ha querido, al conceder un gu\u00eda tan pobre a la Compa\u00f1\u00eda, dejarla casi como si no lo tuviera, a fin de hacerse \u00e9l mismo su superior y su gu\u00eda; \u00e9l quiere que se sepa que es \u00e9l mismo quien la gobierna, para que no se atribuya m\u00e1s que a \u00e9l solo el progreso y el fruto que con su gracia ella podr\u00e1 hacer\u00bb. Como efecto de esta misma virtud form\u00f3 el plan, algunos a\u00f1os despu\u00e9s, de hacer todo lo posible para verse descargado. Convoc\u00f3 para ello una Asamblea general en la que,\u00a0 despu\u00e9s de que se trataron varios asuntos que miraban el bien de la Congregaci\u00f3n y se eligi\u00f3 a un admonitor en lugar del \u00faltimo que hab\u00eda fallecido, \u00e9l se coloc\u00f3 por debajo de todos los diputados, llevando en la mano su dimisi\u00f3n que hab\u00eda escrito en estos t\u00e9rminos:<\/p>\n<p>\u00abYo, Ren\u00e9 Alm\u00e9ras, Superior general de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n, reconoci\u00e9ndome muy incapaz y muy indigno de ejercer este oficio, tanto a causa de mis continuas enfermedades como por mis miserias espirituales muy grandes y en gran n\u00famero que me hacen insoportable, y hacen que yo d\u00e9 motivos de esc\u00e1ndalo y de mortificaci\u00f3n a los de la Compa\u00f1\u00eda en todas las ocasiones. Yo dimito\u00a0 libre y voluntariamente\u00a0 de dicho cargo de Superior general de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n, en manos de la Asamblea general que se est\u00e1 celebrando ahora, y la suplico muy humildemente que ponga remedio mediante el nombramiento de alg\u00fan otro, que repare las faltas innumerables que he cometido, por las cuales le pido penitencia, y a Dios perd\u00f3n y misericordia. En fe de lo cual he firmado la presente declaraci\u00f3n y dimisi\u00f3n del susodicho oficio, y lo he sellado con nuestro sello de San L\u00e1zaro. Par\u00eds, 21 d\u00edas de agosto de 1668. Firmado Alm\u00e9ras y sellado con el sello\u00bb. \u00c9l dijo despu\u00e9s Vean, Se\u00f1ores, que se trata de hacer una elecci\u00f3n m\u00e1s importante que la que acaban de hacer, es decir de otro Superior general; esta es mi dimisi\u00f3n en forma legal, todos saben c\u00f3mo me apoyo en raz\u00f3n y en justicia para darla. Es visible que yo no puedo que soy incapaz de ejercer este cargo, la Compa\u00f1\u00eda necesita otro hombre que no sea yo\u00bb.\u00a0 Habiendo a\u00f1adido otras cosas m\u00e1s que tend\u00edan a dar a conocer los pretendidos defectos de su direcci\u00f3n, sali\u00f3 de la Asamblea y se retir\u00f3 a su habitaci\u00f3n. Los diputados quedaron muy sorprendidos de esta acci\u00f3n, y enviaron a los principales de entre ellos para protestar que no recibir\u00edan sus dimisi\u00f3n, que \u00e9l ser\u00eda su Superior general hasta su muerte, que le suplicaban que lo aceptara como agradable; pero no habiendo podido lograr nada de \u00e9l, la asamblea se vio obligada a ir a buscarle para reiterarle la misma protesta que no tendr\u00eda nunca a otro Superior general que a \u00e9l mientras viviera, y que le rogaba que lo aceptara.\u00a0 Este humilde sacerdote replic\u00f3 con l\u00e1grimas\u00a0 y gemidos todo lo que pudo para hacerles elegir a otro superior; viendo que todas sus razones no pod\u00edan conseguir nada en el esp\u00edritu de ellos, \u00e9l experiment\u00f3 un sentimiento de dolor tan vivo, que se sinti\u00f3 inmediatamente notablemente indispuesto y debilitado. Todos los diputados se sintieron tambi\u00e9n extraordinariamente impresionados de compasi\u00f3n al ver la pena que sufr\u00eda, y varios derramaron muchas l\u00e1grimas, en esta ocasi\u00f3n. Por fin fue preciso que la humildad de este digno superior cediera a su caridad; \u00e9l se vio obligado a entregarse a las amonestaciones de sus hijos y a aceptar de nuevo el cargo de superior.<\/p>\n<p>Aunque actuara exteriormente en calidad de superior para con sus inferiores, para mantener el orden y la disciplina necesarias en la casa de Dios, \u00e9l se pon\u00eda no obstante a los pies de todo el mundo en su propia estima y en las vistas que Dios le daba de su nada. \u00abYo he venido, dec\u00eda al Director del seminario alg\u00fan tiempo antes de su muerte, para estar debajo de los menores Hermanos de la Compa\u00f1\u00eda. Yo veo mis penas, mis dolores, mis humillaciones y todos mis dem\u00e1s males como castigos debidos\u00a0 a mis pecados\u00bb. Y habi\u00e9ndole dicho este mismo director que uno de los seminaristas comulgaba todos los d\u00edas para pedir a Dios su conservaci\u00f3n, qued\u00f3 muy sorprendido, y replic\u00f3 con extra\u00f1eza: \u00abQu\u00e9, \u00bfse hacen oraciones por mi conservaci\u00f3n? Oh Se\u00f1or, que eso no se haga m\u00e1s; se debe m\u00e1s bien pedir a Dios que me aumente el mal, y que me retire de esta miserable vida, donde no hago m\u00e1s que mal a la Compa\u00f1\u00eda, con mis esc\u00e1ndalos y mi mala direcci\u00f3n\u00bb.<\/p>\n<p>Es este humilde sentimiento que ten\u00eda de s\u00ed mismo el que le daba mucha desconfianza de sus propias luces, y el que le hac\u00eda exacto en extremo y puntual para reunir a los consejeros, a fin de deliberar sobre las menores dificultades; ped\u00eda incluso a los dem\u00e1s sus pensamientos sobre cosas de las que pod\u00edan tener conocimiento, no queriendo resolver nada por s\u00ed mismo y sin haber pedido consejo. Ten\u00eda tan clara esta pr\u00e1ctica, que no se cansaba de recomendarla\u00a0 de viva voz y por cartas a todos los superiores de las casas de la Congregaci\u00f3n; reprend\u00eda a los que no lo observaban y les hac\u00eda ver con su ejemplo qu\u00e9 \u00fatil resultaba. Escuchaba tambi\u00e9n de buen grado todos los consejos que le daban, sin haberlos pedido siquiera, con el deseo que ten\u00eda de ver claro y que nada se hiciera m\u00e1s que con orden. Aunque las cosas pareciera resueltas ya, hac\u00eda a veces suspender su ejecuci\u00f3n, para deliberar de nuevo si lo merec\u00eda, ya hac\u00eda tambi\u00e9n encomendar el asunto a Dios en particular y en general. En mil m\u00e1s ocasiones, ha manifestado una docilidad de juicio maravillosa, acompa\u00f1ada no obstante de una firmeza rigurosa para hacer ejecutar las cosas resueltas y de un discernimiento exquisito para distinguir lo verdadero de lo falso, y las razones s\u00f3lidas de las que no ten\u00edan m\u00e1s que apariencias.<\/p>\n<p>Esta conducta tan humilde del Sr. Alm\u00e9ras ha atra\u00eddo sin duda sobre la Compa\u00f1\u00eda las grandes bendiciones que Dios ha derramado sobre ella y sobre sus empleos durante el tiempo que fue su superior: tambi\u00e9n se mostraba \u00e9l agradecido a su divina bondad, y muy fiel para atribuirle la gloria. Admiraba la buena uni\u00f3n, la paz y el buen orden que Dios ha conservado siempre en ella, la fidelidad que ha tenido en sus funciones y los frutos que de ello se han recogido. Pero \u00e9l hac\u00eda notar al mismo tiempo a los que ten\u00edan la suerte de acercarse a \u00e9l\u00a0 que estas clases de bienes estaban por encima de la industria humana, que Dios solo era el autor de ellas, que \u00e9l no deb\u00eda atribuirse m\u00e1s que las deficiencias que ve\u00eda, que no serv\u00eda m\u00e1s que para estropear la obra de Dios y que se sorprend\u00eda de que le quisieran sufrir. Sus acciones respond\u00edan a sus palabras; la pr\u00e1ctica en que se hallaba de pedir perd\u00f3n a sus inferiores dejaba ver claramente que se consideraba como un hombre que no serv\u00eda m\u00e1s que para ejercitar la paciencia de los dem\u00e1s; y sin embargo los que le ve\u00edan as\u00ed humillado a sus pies no pod\u00edan atribuir m\u00e1s que a su humildad la causa que le llevaba a culparse por cosas en las que nadie ve\u00eda defectos. Se ha sabido tambi\u00e9n por el hermano que le cuidaba en las comidas cuando no pod\u00eda ir al refectorio, que se ech\u00f3 a sus pies para pedirle perd\u00f3n por las molestias que le causaba.<\/p>\n<p>Era tambi\u00e9n por humildad cuando se cre\u00eda indigno de vivir en la memoria de los hombres y no permiti\u00f3 nunca que le retrataran, de lo que apenas\u00a0 nos queda un ensayo imperfecto despu\u00e9s de su muerte; no quer\u00eda dejar a la posteridad la imagen de una persona que \u00e9l ten\u00eda por digna de un eterno olvido. No pod\u00eda siquiera sufrir que su nombre apareciera impreso en alg\u00fan libro; y aunque en la vida del Sr. Vicente hubiera ocasi\u00f3n de hablar de \u00e9l, no ha querido nunca ser nombrado en ella; cuando fue necesario decir algo, ha querido que fuese siempre bajo el nombre del sucesor del Sr. Vicente.<\/p>\n<p>Se puede reconocer suficientemente por estos detalles cu\u00e1l ha sido la humildad de este siervo de Dios; lo que sigue es una prueba m\u00e1s convincente, ya que la paciencia en las contradicciones es la piedra de toque que constituye el discernimiento de la verdadera humildad de la falsa. Veamos pues c\u00f3mo se comport\u00f3 el Sr. Alm\u00e9ras en estas ocasiones, que no le faltaron ni dentro ni fuera de la casa. Un d\u00eda una persona que le era muy inferior, habi\u00e9ndole dicho palabras poco respetuosas, y hasta haberle hecho reprimendas no menos picantes que injustas, el Sr. Alm\u00e9ras las soport\u00f3 con una admirable ecuanimidad de esp\u00edritu, sin manifestar ninguna emoci\u00f3n; no le opuso m\u00e1s que palabras de gran dulzura y de una perfecta caridad, acord\u00e1ndose de lo que se dice en los Proverbios, \u00abque se ha de apagar el fuego de la c\u00f3lera en el agua de una dulce respuesta\u00bb. Se comport\u00f3 de la misma manera respecto de otra que le dijo palabras impertinentes y dignas de una buena penitencia; no obstante, como la falta ten\u00eda que ver con \u00e9l, muy lejos de usar el castigo con \u00e9l, recomend\u00f3 al Hermano cocinero que le diera todo lo que pidiera. Tal ha sido su conducta en muchas circunstancias para con muchos miembros de su Congregaci\u00f3n que se hab\u00edan olvidado hasta el punto de faltarle al respeto.<\/p>\n<p>Veamos c\u00f3mo se comport\u00f3 con extra\u00f1os, en parecidas ocasiones. Fue enviado a dos leguas de Par\u00eds para dar una misi\u00f3n, en una parroquia en la que el Sr. cura no quer\u00eda o\u00edr hablar de misi\u00f3n; \u00e9ste se dej\u00f3 ganar, y permiti\u00f3 a los misioneros hacerla cuando quisieran. El Sr. Alm\u00e9ras convino con \u00e9l en la hora en que predicar\u00eda; este p\u00e1rroco pens\u00f3 que predicara por la ma\u00f1ana en la misa despu\u00e9s del <em>Credo<\/em>, y por la tarde en V\u00edsperas despu\u00e9s del <em>Magnificat<\/em>. El Sr.Alm\u00e9ras se someti\u00f3 a todo lo que \u00e9l quiso, no dej\u00f3 de subir al p\u00falpito por la ma\u00f1ana, a la hora que le hab\u00eda sido prescrita, y comenz\u00f3 su serm\u00f3n; despu\u00e9s del Ave Mar\u00eda, al levantarse para continuar, el Sr. p\u00e1rroco comenz\u00f3 a cantar el prefacio, y prosigui\u00f3 luego la misa hasta el final. El Sr. Alm\u00e9ras continu\u00f3 en oraci\u00f3n en el p\u00falpito. Acabada la misa,\u00a0 \u00e9l continu\u00f3 su predicaci\u00f3n sin dar se\u00f1ales de afrenta que hab\u00eda recibido; bien lejos de emitir ninguna queja, habl\u00f3 tan bien de este p\u00e1rroco, quien por otra parte era de buen ejemplo que todos los parroquianos quedaron maravillosamente edificados, y al mismo tiempo sorprendidos de la manera amable como trataba a quien se hab\u00eda conducido tan mal con \u00e9l. Esta conducta le dio mucho cr\u00e9dito y atrajo a las V\u00edspera a un gran n\u00famero de pueblo. Entonces tambi\u00e9n tuvo que soportar una afrenta parecida a la primera; subi\u00f3 al p\u00falpito despu\u00e9s del Magnificat, comenz\u00f3 como por la ma\u00f1ana su predicaci\u00f3n hasta el Ave Mar\u00eda, y el p\u00e1rroco se puso a cantar Completas. Por cierto que un hombre no mortificado despu\u00e9s de esto se habr\u00eda bajado del p\u00falpito bruscamente, y se habr\u00eda despedido de los parroquianos sin decir adi\u00f3s a este p\u00e1rroco, que recib\u00eda tan mal a quien hab\u00eda venido solamente para auxiliarle. El Sr. Alm\u00e9ras no hizo nada de eso. Sin escuchar lo que sugiere la naturaleza en semejantes momentos, se arm\u00f3 como de costumbre de paciencia y de humildad, y se qued\u00f3 en el p\u00falpito, como lo hab\u00eda hecho por la ma\u00f1ana, hasta el final de las Completas; entonces continu\u00f3 su serm\u00f3n con un gozo y una paz admirables sin mostrar ning\u00fan descontento, ense\u00f1ando a todos los predicadores la disposici\u00f3n\u00a0 en que deben estar de callarse cuando les imponen silencio, lo mismo que de hablar cuando se les ordena. Los habitantes no quedaron menos edificados por la paciencia y la humildad del Sr. Alm\u00e9ras, que picados y ofendidos por el humor molesto de su p\u00e1rroco; no pudieron contener la indignaci\u00f3n que les hab\u00eda entrado contra \u00e9l, y se encolerizaron hasta querer maltratarle. Pero el Sr. Alm\u00e9ras, deseando devolver el bien por el mal, y poniendo todo el inter\u00e9s por este p\u00e1rroco como si hubiera recibido de \u00e9l muy buenos servicios, calm\u00f3 la tormenta y restableci\u00f3 una perfecta paz entre el pastor y el reba\u00f1o; se gan\u00f3 por completo el coraz\u00f3n\u00a0 de los parroquianos y atrajo con este ejemplo de paciencia y de humildad grandes bendiciones sobre esta misi\u00f3n.<\/p>\n<p>Se ha hecho la misma advertencia en otras misiones, que \u00e9l dirigi\u00f3, y cuyos inicios atravesaron por diversas contradicciones; logr\u00f3 en todas acabar bien humill\u00e1ndose y abaj\u00e1ndose. No s\u00f3lo no le afectaban las contradicciones y las persecuciones, sino que las recib\u00eda con sentimientos de amor y de estima como salarios seguros de nuestra felicidad y como muestras fieles de nuestra predestinaci\u00f3n; al contrario desconfiaba mucho de una gran quietud, de esta paz y de esta tranquilidad exteriores,\u00a0 en las que viven muchos, al abrigo de los desprecios, de las aflicciones y de los reveses de esta vida. Por eso cuando no ten\u00eda nada que sufrir del exterior, era \u00e9l mismo su propio perseguidor, buscaba en todo momento y en todo lugar ocasiones de anularse y de humillarse. As\u00ed ped\u00eda a menudo ser avisado de sus defectos, incluso cuando fue Superior general; cre\u00eda que en esta situaci\u00f3n ten\u00eda tanta m\u00e1s necesidad por tener m\u00e1s peligros de ser enga\u00f1ado por el amor propio.<\/p>\n<p>Como conoc\u00eda perfectamente los tesoros que encierran el rebajarse y las pr\u00e1cticas de la humildad cristiana, no se contentaba con hacerlos de continuo, sino que con discursos fervientes, y m\u00e1s a\u00fan con sus ejemplos, animaba a sus inferiores\u00a0 a la pr\u00e1ctica de esta virtud. Una prueba de ello es \u00e9sta. Habiendo ido a hacer la visita de la casa del Mans, se enter\u00f3 que hab\u00eda habido alg\u00fan peque\u00f1o malentendido entre uno de los sacerdotes de esta casa y los can\u00f3nigos de la catedral; como era humilde en extremo, \u00e9l crey\u00f3 que era necesario que este sacerdote les diera satisfacci\u00f3n; por eso le pidi\u00f3 que fuera a verlos a uno tras otro para pedirles perd\u00f3n por lo que hab\u00eda pasado. \u00c9ste no habiendo tenido el valor de hacer solo este acto de humildad, por varias razones que aleg\u00f3, el Sr. Alm\u00e9ras le llev\u00f3 \u00e9l mismo y pidi\u00f3 perd\u00f3n arrodillado con este sacerdote a todos los can\u00f3nigos uno por uno, lo que los edific\u00f3 en extremo.<\/p>\n<p>Para concluir este cap\u00edtulo con las \u00faltimas acciones de este humilde siervo de Dios, daremos algunos rasgos de humildad por los cuales demostr\u00f3 su amor extremo de esta virtud en su \u00faltima enfermedad.<\/p>\n<p>Cuando le administraron en santo Vi\u00e1tico, pidi\u00f3 humildemente perd\u00f3n a todos los miembros de la Compa\u00f1\u00eda reunida por los esc\u00e1ndalos que dec\u00eda haber dado por sus impaciencias y sus palabras duras; pidi\u00f3 con insistencia el socorro de sus oraciones\u00a0 para obtener de la divina bondad el perd\u00f3n de sus pecados y de las abominaciones de su vida: as\u00ed es como hablaba siempre, considerando sus menores defectos como cr\u00edmenes enormes, en la idea que ten\u00eda de su oposici\u00f3n a la infinita\u00a0 bondad de Dios.<\/p>\n<p>Uno de los sacerdotes que permanec\u00eda m\u00e1s tiempo a su lado durante su enfermedad, para decirle de vez en cuando alguna palabra buena, advirti\u00f3 que le gustaban con una emoci\u00f3n particular las palabras de la sagrada Escritura que se refieren a la humildad y a la penitencia; cuando le suger\u00eda entre otras palabras la del publicano: <em>Deus propitius esto mihi peccatori, <\/em>se rebajaba en su pensamiento por debajo de los mayores pecadores, diciendo del fondo del coraz\u00f3n que no hab\u00eda nadie en el mundo que tuviera m\u00e1s raz\u00f3n en decirlo que \u00e9l, por sus pecados\u00a0 y sus abominaciones. Cuando le dieron la extrema unci\u00f3n, al pedirle el Asistente de la casa la bendici\u00f3n para todas las personas de la Congregaci\u00f3n, para los se\u00f1ores de la Conferencia y para la Hijas y las Damas de la Caridad, respondi\u00f3 muy bajo, por no poder casi hablar ya: \u00abAunque sea indigno de dar mi bendici\u00f3n, no obstante, a causa de la confianza que tengo en los m\u00e9ritos de nuestro buen padre, voy a d\u00e1rsela como \u00e9l mismo lo hac\u00eda\u00bb. As\u00ed con estos sentimientos de una profunda humildad vivi\u00f3 y muri\u00f3 el Sr. Alm\u00e9ras. Feliz el que vive y el que muere a ejemplo de este siervo de Dios, en la pr\u00e1ctica de esta virtud, que es el fundamento de todas las dem\u00e1s, y el principio de nuestra exaltaci\u00f3n en la gloria!<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cap\u00edtulo IX De su castidad. 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