{"id":403841,"date":"2021-11-24T07:43:54","date_gmt":"2021-11-24T06:43:54","guid":{"rendered":"http:\/\/vincentians.com\/es\/?p=403841"},"modified":"2021-07-22T10:44:51","modified_gmt":"2021-07-22T08:44:51","slug":"santiago-masarnau-sobre-los-principales-peligros-del-momento","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/santiago-masarnau-sobre-los-principales-peligros-del-momento\/","title":{"rendered":"Santiago Masarnau (Sobre los principales peligros del momento)"},"content":{"rendered":"<p>Junta general celebrada en Madrid el d\u00eda 8 de Diciembre de 1856.<\/p>\n<p>Se\u00f1ores.: Hermanos queridos en N. S. J. C.:<\/p>\n<p>Supuesta la venia del Excmo. Sr. que tiene la bondad de presidirnos, y de todos los dem\u00e1s Se\u00f1ores miembros de honor., que nos favorecen con su asistencia, nos proponemos esta noche llamar la atenci\u00f3n de nuestros muy amados hermanos en J. G., sobre el extraordinario incremento que nuestra querida Asociaci\u00f3n va tomando d\u00e9 d\u00eda en d\u00eda en nuestra Espa\u00f1a, y de las obligaciones que este mismo incremento en cierto modo nos impone. Cuanto m\u00e1s r\u00e1pido es el desarrollo de una obra o instituci\u00f3n cualquiera, m\u00e1s f\u00e1cil es que se tuerza o desv\u00ede de la direcci\u00f3n primitiva, y mayor, por consiguiente, debe ser tambi\u00e9n el cuidado que se requiere para conservarla en su pureza y rectitud.<\/p>\n<p>Respecto al incremento, todos lo admiramos. Es verdaderamente prodigioso, y tal, que en el a\u00f1o que estamos concluyendo, acaso en ning\u00fan otro pa\u00eds del globo le ha alcanzado la Sociedad igual.<\/p>\n<p>Creemos tambi\u00e9n que en todas, o casi todas las muchas Conferencias que vamos contando ya, se conserva, gracias a la misericordia del Se\u00f1or, el esp\u00edritu primitivo y verdadero de nuestra humilde Asociaci\u00f3n: aquel esp\u00edritu que tan bellamente se define en la oraci\u00f3n compuesta expresamente para nuestro uso, por medio de las tres cualidades de <em>piedad,<\/em> de <em>sencillez<\/em> y de <em>fraterno amor.<\/em> Lo creemos as\u00ed para nuestro consuelo: pero por otra parte no dejamos tampoco de prever algunos peligros que quisi\u00e9ramos, evitar a toda costa. Peligros que nos toca se\u00f1alar y advertir con tiempo a todos nuestros hermanos, para que cuanto antes procuren precaverse de ellos y ayudarnos a precaver tambi\u00e9n a la querida Asociaci\u00f3n en que con ellos nos ha unido la infinita bondad de Dios.<\/p>\n<p>Los principales peligros que al presente descubrirnos, y que es deber nuestro se\u00f1alar aqu\u00ed a las Conferencias y a los individuos que las componen, se reducen a tres, que son:<\/p>\n<p>Exceso de celo;<\/p>\n<p>Falla de celo y<\/p>\n<p>Falta de sumisi\u00f3n.<\/p>\n<p>Vamos a tratar de darlos a conocer lo mejor que podamos.<\/p>\n<p>El celo en las obras de Caridad, es ciertamente necesario. Sin \u00e9l estas obras no pueden sostenerse y progresar: pero es preciso tambi\u00e9n que este celo est\u00e9 siempre templado por la debida prudencia. No basta querer hacer muchas cosas buenas. Es preciso meditar si pueden o no hacerse, si de su ejecuci\u00f3n podr\u00e1n dimanar consecuencias que destruyan el bien mismo que se trata de hacer o le neutralicen, y sobre todo, si la intenci\u00f3n que nos mueve es pura, recta y perfectamente humilde. El amor propio es un grande enemigo. Muchas veces se disfraza tomando la seductora apariencia del celo para hacernos cometer indiscreciones de mal\u00edsimos resultados. A estas tentaciones del amor propio disfrazado, todos, estamos expuestos, y, si lo observamos con cuidado, advertiremos que todos las experimentamos muy fuertes en la pr\u00e1ctica misma de nuestras obras de Caridad. \u00bfQui\u00e9n de nosotros no ha sentido a la vista de las necesidades del pobre y de la cortedad del socorro que en hombre de la Sociedad le llevaba, un secreto deseo de aumentar este socorro mismo, o de variarle de modo que pudiera ser m\u00e1s agradable a los ojos del que le iba a recibir y m\u00e1s digno (al menos al parecer) del que lo iba a dar? \u00bfqui\u00e9n no ha experimentado algunas veces una especie de verg\u00fcenza secreta al sacar de su bolsillo dos o tres bonos de pan para toda una familia muy indigente, y no ha tenido que hacerse violencia para no- agregar a tan m\u00f3dica limosna algo de su propio haber? En estos y otros casos an\u00e1logos se experimentan esas tentaciones del amor propio de que vamos hablando, y contra las cuales es preciso que procuremos mantenernos siempre en guardia. La vista del pobre, el aspecto de su triste habitaci\u00f3n y de su desali\u00f1ado traje, etc., humilla, nuestro orgullo, mostr\u00e1ndonos claramente la vanidad y locura de nuestras ambiciones y la injusticia grande de nuestras quejas. Quisi\u00e9ramos en aquel instante que no hubiera pobres en el mundo, pero lo quisi\u00e9ramos no por Caridad, como nos lo procura persuadir nuestro amor propio disfrazado, sino por un sentimiento del todo opuesto; es decir, por un verdadero ego\u00edsmo. Quisi\u00e9ramos que no hubiera pobres a la manera en que quisieran los malvados que no hubiera santos en el mundo; esto es, para que no contrastasen, tan fuertemente como lo est\u00e1n haciendo las virtudes de estos con sus vicios. Quisi\u00e9ramos que no hubiera pobres para podernos desentender de la obligaci\u00f3n en que nos hallamos de serlo todos, al menos en esp\u00edritu.<\/p>\n<p>Pero nuestra Sociedad, basada como lo. est\u00e1 en las m\u00e1ximas y pr\u00e1cticas del gran San Vicente de Pa\u00fal, que no conoc\u00eda menos el coraz\u00f3n humano en el pobre que en el rico, nos puede preservar muy bien de todos estos peligros y tentaciones del maldito amor propio. La colecta secreta que tiene establecida nos proporciona un medio seguro de dar, sin peligro, para el alivio del pobre, todo cuanto nos sugiera la m\u00e1s ardiente Caridad. La Sumisi\u00f3n al Reglamento y a las decisiones de la mesa que dirige la Conferencia a que cada cual pertenece, sirven tambi\u00e9n de mucho para mortificar nuestra opini\u00f3n particular y para hacer m\u00e1s meritoria la limosna misma que damos. La pr\u00e1ctica tan recomendada en nuestras reglas de no entrar en discusiones sobre punto alguno, sea cual fuese la importancia que a nuestro parecer ofrezca, es igualmente sabia y provechosa para mantener entre nosotros la humildad y la fraternal amistad que nos profesamos. Todo en fin en nuestra Sociedad, si bien se mira, se advertir\u00e1 que tiende a impedir los efectos del celo exagerado, o por mejor decir, del amor propio disfrazado bajo la capa de celo. Y no es extra\u00f1o: pues que todas nuestras reglas est\u00e1n calcadas por el esp\u00edritu de nuestro Santo Patrono, que tanto aconsejaba la prudencia en el ejercicio de la Caridad, y que la practicaba hasta el extremo de haber sido llamado en su tiempo, y no por gente vulgar, hombre apocado y cobarde. Las obras portentosas, las instituciones verdaderamente admirables que nos ha dejado, muestran sin embargo bien claramente cu\u00e1n injusta era esa calificaci\u00f3n. Dec\u00eda nuestro gran Santo que el celo debe siempre moderarse por medio de la humildad, y no permitirle que se propase a querer <em>tomar la delantera a la Providencia, <\/em>frase como todas las suyas, muy humilde y hasta vulgar al parecer pero que no por eso deja de encerrar un sentido muy grande y elevado.<\/p>\n<p>El celo exagerado que siempre produce malos resultados \/ los produce peores, si cabe, es decir, de m\u00e1s trascendencia, en los que desempe\u00f1an cargos en nuestra Sociedad, y particularmente en los Presidentes de las Conferencias de que se compone. El Presidente que todo lo quiere hacer, ya por hallarse con fuerzas para hacerlo todo, que no es com\u00fan, o ya por creerse equivocadamente con m\u00e1s capacidad de la que en realidad tiene (y esto es mucho m\u00e1s f\u00e1cil de suceder que lo anterior) perjudica gravemente a su Conferencia. Todo el empe\u00f1o del Presidente debe cifrarse, no tanto en hacer por s\u00ed, como en hacer que todos hagan aquello que Ies est\u00e1 cometido: que el Secretario, v.gr., desempe\u00f1e perfectamente su cargo, que el Tesorero cumpla igualmente don el suyo, y que cada miembro llene su puesto con exactitud* Ernesto puede y debe ejercitarse el celo del Presidente, y no en hacer de Secretario, de Tesorero o de simple miembro activo. Debe tambi\u00e9n estudiar\u2019 con esmero para llegar\u00e1 conocer todo lo m\u00e1s posible, tanto a las familias adoptadas por su Conferencia, como a los miembros encargados do visitarlas. Cuanto m\u00e1s adelante en este doble conocimiento, es bien seguro que tanto mejor y m\u00e1s f\u00e1cilmente podr\u00e1 dirigir su Conferencia; y, por lo tanto, aqu\u00ed tiene ancho campo en que ejercer su celo.<\/p>\n<p>Los miembros activos en la visita, deben tambi\u00e9n evitar los efectos del celo exagerado, sin lo que no lograr\u00e1n ganar la confianza del pobre o le obligar\u00e1n a mentir. La limosna espiritual, que es la que principalmente debemos procurar llevar al necesitado (sea pobre o no lo sea) es de naturaleza muy distinta de la limosna material. Esta siempre se puede dar pero no siempre se puede dar aquella. Hay que aguardar la ocasi\u00f3n favorable, y el Se\u00f1or no deja de disponer las cosas de modo que se presente \u00e9sta ocasi\u00f3n cuando menos lo pensamos. Por eso la visita se ha de hacer siempre con particular esmero y cuidado y con mucha observaci\u00f3n. Las necesidades espirituales no saltan a la vista, por decirlo as\u00ed, como las materiales, y sin embargo, al aliviar las segundas, debemos llevar la mira de aliviar principalmente las primeras, que, por muchas razones, merecen m\u00e1s fijar nuestra atenci\u00f3n. Debemos, pues, procurar conocerlas, y para conseguirlo necesitamos con la gracia del Se\u00f1or, <em>tiempo, paciencia y observaci\u00f3n.<\/em> Sin estas tres cosas, o nada descubriremos, o nos inducir\u00e1 a errores nuestro mismo buen deseo por carecer de la debida [moderaci\u00f3n.<\/p>\n<p>El segundo peligr\u00f3 que hemos indicado, opuesto al que acabamos de hacer observar, no es menos de temer ni se debe por consiguiente precaver con menos esmero. Este es la <em>falta de celo.<\/em> El amor propio disfrazado bajo la capa de celo, hemos mostrado c\u00f3mo nos tienta. Ahora tenemos que mostrar c\u00f3mo nos tienta tambi\u00e9n, disfrazado bajo la capa de prudencia, pues no hay disfraz que no tome para separarnos de la senda de la caridad, que es la diametralmente opuesta a la que \u00e9l quiere que sigamos. A tres nos parece que se pueden reducir principalmente las sugestiones de este terrible enemigo, disfrazado de este segundo modo, a saber: <em>que antes son las obligaciones que los pobres: que debemos cuidar de nuestra salud y no exponerla: que no debemos singularizarnos y hacer cosas que llamen la atenci\u00f3n, exciten d la murmuraci\u00f3n, etc.<\/em> Estas tres sugestiones malignas del enemigo, se descubre su fals\u00eda y su perfidia con s\u00f3lo sujetarlas un poco a detenido examen en presencia del Se\u00f1or y al pie de la cruz. Las obligaciones es cierto que son antes que todo; pero \u00bfqu\u00e9 obligaci\u00f3n hay superior a la de amar a Dios sobre todas las cosas y al -pr\u00f3jimo como a s\u00ed mismo? Y si de esta palabra pr\u00f3jimo nadie est\u00e1 excluido, como sabemos, ni aun el hereje, -ni el jud\u00edo, ni el pagano,- ni el salvaje, \u00bflo estar\u00e1 por ventura el pobre? y si al pobre se le ama de coraz\u00f3n como debemos amarle por la primera de todas las obligaciones, \u00bfno se har\u00e1 nada por \u00e9l, o nos contentaremos con darle un pedazo de pan para que no se muera de hambre? \u00a1Es imposible! y las pr\u00e1cticas todas de nuestra querida Asociaci\u00f3n est\u00e1n en esto tan conformes con los consejos y aun preceptos del Evangelio, que s\u00f3lo la falta de meditaci\u00f3n podr\u00e1 tal vez excusar ante los ojos de la divina misericordia a los miserables cristianos que se atreven, no s\u00f3lo a no usarlas, sino hasta a criticarlas. \u00a1Que Dios Nuestro Se\u00f1or les perdone su locura e ingratitud!<\/p>\n<p>Debemos cuidar de nuestra salud y procurar conservarla. Esto es muy cierto. Pero tambi\u00e9n lo es que en el cumplimiento de nuestros deberes m\u00e1s sagrados se pueden presentar ocasiones en que tengamos que probar con nuestra conducta que la salud del alma es para nosotros de mucho mayor inter\u00e9s que la salud del cuerpo. Guard\u00e9monos de un cuidado exagerado de la salud corporal que tiende nada menos que a condenar todas las mortificaciones, todas las penitencias y austeridades que nos recomienda la Santa Iglesia y el ejemplo de la mayor parte de los santos que venera. La l\u00ednea que separa el cuidado de la salud de la sensualidad, es muchas veces dificil\u00edsima de percibir, y nosotros, en caso de duda, m\u00e1s debemos procurar inclinarnos a la mortificaci\u00f3n de la carne, que a la satisfacci\u00f3n de sus apetitos, porque as\u00ed sabemos que lo han hecho los modelos que la Iglesia nos propone para nuestra imitaci\u00f3n. De admirar es por cierto hasta d\u00f3nde ha deca\u00eddo el esp\u00edritu de mortificaci\u00f3n cutre los cristianos! Imposible parece que los disc\u00edpulos del Crucificado se atrevan a quejarse de todo, y a precaverse con tanta exageraci\u00f3n de cuanto pueda en lo m\u00e1s m\u00ednimo desagradar a esta carne de pecado! Y, sin embargo, nada grande ni verdaderamente noble se puede alcanzar sin verdadero esp\u00edritu de abnegaci\u00f3n y de sacrificio. Consid\u00e9rense todas las posiciones sociales, y v\u00e9ase si hay alguna en que este esp\u00edritu no sea del todo necesario. V\u00e9ase si es posible que, sin el esp\u00edritu de abnegaci\u00f3n y aun de sacrificio, llene sus deberes el religioso y el padre de familias, el sacerdote y el magistrado, el militar, el labrador y el artesano. Y sin embargo, se pretende amalgamar el cumplimiento de todos los deberes con la precauci\u00f3n de todos los dolores, se pretende separar el amor del sacrificio, y se busca, en una palabra, un imposible. Estas ideas, por desgracia ya tan generalizadas, y que tienden a obstruir la marcha de todas las nobles y santas inspiraciones, no pueden menos de hacernos tambi\u00e9n la guerra. No debemos sentirlo, al contrario. Pero s\u00ed debemos estar en guardia y vigilar de continuo para que no logren penetrar hasta en nuestro mismo campo. A los que nos digan que no debemos exponer nuestra salud por el cuidado de los pobres, respond\u00e1mosles que menos deben exponer ellos la suya por el servicio del demonio, como generalmente lo hacen. A los que nos critiquen el gusto de pasar algunos ratos en la pobre morada del desvalido y en medio de sus harapos, dig\u00e1mosles por caridad, que mucho m\u00e1s digna de cr\u00edtica es su desmesurada afici\u00f3n a los palacios y a los suntuosos salones, de donde suelen salir tan cabizbajos y moh\u00ednos, como alegres y consolados solemos nosotros bajar de las bohardillas m\u00e1s miserables. En fin, si alguno se atreve a llevar a mal que pasemos una noche al lado de la cama de un pobre jornalero, dig\u00e1mosle francamente lo extra\u00f1o que nos parece quemo merezca su critica la noche pasada al lado de una mesa de juego, o en otro paraje por el estilo, que, por desgracia, no faltan, como debe \u00e9l saberlo muy bien;<\/p>\n<p>Y \u00bfqu\u00e9 diremos d\u00e9 la vulgar objeci\u00f3n que se hace para combatir tambi\u00e9n las pr\u00e1cticas piadosas y caritativas que tenemos establecidas en nuestra muy amada Asociaci\u00f3n, a saber, la de que no conviene singularizarse llamando con ello la atenci\u00f3n y excitando la murmuraci\u00f3n. Pues qu\u00e9 si la generalidad de las gentes que nos rodean procede mal, faltando a sus deberes, \u00bfhemos nosotros de faltar tambi\u00e9n a los nuestros, s\u00f3lo por la, en este caso, necia raz\u00f3n de no singularizarnos? \u00bfa d\u00f3nde nos llevar\u00eda este sistema en un pa\u00eds protestante o pagano, y a d\u00f3nde nos puede conducir en un pa\u00eds, que aunque cat\u00f3lico, se ven en \u00e9l p\u00fablicamente infringir los preceptos del Dec\u00e1logo, y faltar a todas las m\u00e1ximas del Evangelio, con la mayor desfachatez y desverg\u00fcenza? \u00bfProfanaremos, v. g., el santo d\u00eda del Domingo, asistiendo en \u00e9l a diversiones anticristianas y hasta antirracionales, porque lo hagan as\u00ed en el pa\u00eds en que vivimos, y dedicaremos al ocio y a la vagancia la mayor parte de nuestro tiempo, porque tal sea la costumbre de los que nos rodean, con la mira de no singularizarnos? \u00bfConcretaremos el cumplimiento de nuestros deberes religiosos a la asistencia a una misa rezada, el de nuestros deberes morales a privarnos de robar y matar, y el de nuestros deberes sociales a ir trampe\u00e1ndolos como se pueda, con tal que se huya el cuerpo al trabajo y el \u00e1nimo al cuidado, porque as\u00ed lo hace la mayor\u00eda de los que viven con nosotros, y no conviene singularizarse? Sabemos que es ancho el camino que conduce a la perdici\u00f3n, y que son muchos los que lo siguen, y \u00bfdejaremos de seguir nosotros la senda de la salvaci\u00f3n por no singularizarnos? \u00a1No, jam\u00e1s, amados hermanos m\u00edos! Jam\u00e1s nos dejemos seducir por las sofisticas razones del esp\u00edritu de tinieblas en la conducta de nuestra vida. Consagr\u00e9mosla al verdadero bien, a la pr\u00e1ctica de la verdadera virtud, y no nos importe nada la Opini\u00f3n que de nuestros actos pueda formar el mundo en que vivimos. El Se\u00f1or no nos ha querido sacar de \u00e9l; pero nos quiere preservar del mal, y es circunstancia indispensable para que lo alcancemos, el desprecio completo de todas las m\u00e1ximas y opiniones de este corrompido mundo.<\/p>\n<p>El exceso de celo, o por mejor decir, el celo malentendido, puede hacernos mucho da\u00f1o, y la falta de celo tambi\u00e9n nos puede perjudicar mucho, como lo acabamos de considerar; pero el tercer peligro que hemos indicado al principio de este discurso, nos parece todav\u00eda mayor, y por lo tanto creemos deber llamar la atenci\u00f3n de todos nuestros muy amados consocios m\u00e1s particularmente sobre \u00e9l. Este es <em>la falta de confianza y de sumisi\u00f3n.<\/em> Esta falta decimos que nos parece mayor, porque de no corregirse con tiempo, llegar\u00eda f\u00e1cilmente a desorganizar del todo una Asociaci\u00f3n como la nuestra, cuyas principales bases son justamente la confianza, el amor y la sumisi\u00f3n; es decir, las-virtudes mismas que directamente combate esta falta.<\/p>\n<p>No es posible, ni aun que lo fuese convendr\u00eda exponer en nuestro Reglamento las razones de todos sus art\u00edculos y prescripciones. Sabemos que este Reglamento ha sido, escrito despu\u00e9s de haberse observado y experimentado por espacio de algunos a\u00f1os. Sabemos que ha merecido la aprobaci\u00f3n y el elogio de la Santa Sede, hasta el punto de concedernos preciosas indulgencias, con la expresa condici\u00f3n de guardarle fielmente. Sabemos que ha sido adoptado por los miles de Conferencias que se hallan organizadas ya en todos los pa\u00edses del mundo. Sabemos todo esto y somos cat\u00f3licos, es decir, hijos de la Iglesia \u00fanica verdadera, que como depositar\u00eda de la verdad ha exigido de nosotros, desde que empezamos a tener uso de raz\u00f3n, el sincero homenaje de la fe; y ha cuidado tambi\u00e9n desde entonces de mantener viva en nuestro coraz\u00f3n esta preciosa llama, por medio de las pr\u00e1cticas que nos ha aconsejado y de las obligaciones que nos ha impuesto. \u00bfNo debe todo esto bastar para que abracemos sinceramente cuanto hallemos consignado en nuestras sencillas instituciones, y que a su m\u00e1s fiel y exacto cumplimiento nos dediquemos con toda la confianza y sumisi\u00f3n que por tantos t\u00edtulos merecen? Sin duda deber\u00eda bastar pero vemos, no obstante, que no basta para algunos, y lo vemos con el mayor dolor, porque descubrimos aqu\u00ed la funesta tendencia del esp\u00edritu del mal, que siempre persigue al hombre en todos los estados y posiciones posibles, en castigo tal vez de la debilidad con que sostuvo la primera lucha con el protestantismo, en nuestra humilde opini\u00f3n, naci\u00f3 en el Para\u00edso mismo, y nos parece que la misma serpiente que verti\u00f3 su ponzo\u00f1a en el coraz\u00f3n de Eva para que de \u00e9l se comunicase al de Ad\u00e1n, ha derramado y sigue derramando su veneno del mismo modo en el coraz\u00f3n de todos los que de incautos hace pasar a malvados, en todos los tiempos y en todos los lugares del universo. Vemos que no dijo a nuestra primera madre, seg\u00fan la carne, <em>desobedece a<\/em> tu <em>Dios, a tu Criador y Se\u00f1or<\/em>, no! Tan astuta como malvada, procur\u00f3 obtener la desobediencia excitando la curiosidad y diciendo s\u00f3lo al efecto <em>\u00bfPor qu\u00e9 os ha mandado Dios que no comieseis de lodos los \u00e1rboles del Para\u00edso? <\/em>Observamos con asombro y al mismo tiempo con espanto, que aquella misma palabra primera <em>cur, por qu\u00e9,<\/em> de que se vali\u00f3 entonces el esp\u00edritu del mal para excitar la curiosidad en el \u00e1nimo de nuestros primeros padres, y en pos de ella la duda, y en pos de ella la desobediencia., es exactamente la misma de que se sigue valiendo para destruir la confianza, y por consiguiente la sumisi\u00f3n, y por consiguiente la paz, primero del individuo, luego de la familia, y por \u00faltimo del estado. Desgraciado del hombre que deja penetrar en su pecho la funesta infidencia del curioso <em>por qu\u00e9.<\/em> Desgraciada la familia en que el atrevido <em>por qu\u00e9<\/em> se logra introducir, y desgraciado el pa\u00eds entero en que el soberbio <em>por qu\u00e9<\/em> se presenta a cara descubierta, y es acogido sin reparo. Nuestra humilde Asociaci\u00f3n, fundada por j\u00f3venes verdaderamente piadosos,<em> y por<\/em> lo tanto hijos sumisos de la Iglesia, procur\u00f3 desde el principio ponerse a cubierto de esa tan funesta como general tendencia del esp\u00edritu, no del siglo, como se ha dicho equivocadamente por hombres de saber, sino del mal en todos los siglos, y al electo adopt\u00f3 medidas que parece hubieran debido bastar para ponerla del todo a cubierto de tan terrible peligro. Tales son la de evitar las discusiones en las Conferencias, la de disminuir todo lo posible las elecciones de los cargos, la de someter en todo los socios a las Conferencias, y las Conferencias a los Consejos, etc., etc. Mucho ha conseguido por cierto con estas y otras medidas, y es de admirar la uni\u00f3n, la confianza <em>y<\/em> la santa familiaridad que reina generalmente entre nosotros, y con la que nos estamos comunicando y tratando de puebIo a pueblo y de reino a reino, sin excepci\u00f3n ya de pueblos ni de reino alguno. Pero el aprecio de este tan grande bien no debe hacernos incautos hasta el desprecio del peligro de perderle. En nuestra Espa\u00f1a gozamos, gracias a Dios, tambi\u00e9n de todos esos beneficios, y si nuestra Sociedad fuera de otra naturaleza, hubi\u00e9ramos podido extendernos aqu\u00ed en el elogio de la uni\u00f3n admirable que reina entre todas nuestras Conferencias; porque el peligro de que vamos hablando no ha hecho hasta ahora m\u00e1s que presentarse en algunos individuos aislados; pero tal no es ni puede ser el objeto de un discurso nuestro. Nosotros no nos reunimos para elogiarnos. Debemos, por el contrario, en nuestras modestas Juntas generales, hablar m\u00e1s bien de lo que nos falta hacer que de lo que hacemos; de lo que no hacemos bien, para tratar de mejorarlo, y de los peligros, sobre todo, que nos amenazan, aunque sea de lejos, para ver de precaverlos cuanto antes, y ponernos al cubierto de ellos.<\/p>\n<p>Tal ha sido nuestro objeto en las cortas reflexiones que acabamos de someter a la consideraci\u00f3n de nuestros muy amados hermanos en J. C., esperando que, si conviene, fructifiquen en sus \u00e1nimos, como se lo hemos pedido al Se\u00f1or de lo \u00edntimo de nuestro coraz\u00f3n, y poniendo nuestra humilde s\u00faplica bajo la protecci\u00f3n de nuestra excelsa abogada la Pur\u00edsima Virgen Mar\u00eda, en ci tan sublime como consolador misterio en que la Iglesia la venera en este d\u00eda, y bajo la intercesi\u00f3n tambi\u00e9n de nuestro gran San Vicente de Pa\u00fal.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Junta general celebrada en Madrid el d\u00eda 8 de Diciembre de 1856. Se\u00f1ores.: Hermanos queridos en N. S. J. C.: Supuesta la venia del Excmo. 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