{"id":403768,"date":"2021-09-14T07:40:43","date_gmt":"2021-09-14T05:40:43","guid":{"rendered":"http:\/\/vincentians.com\/es\/?p=403768"},"modified":"2021-09-13T19:00:03","modified_gmt":"2021-09-13T17:00:03","slug":"santiago-masarnau-sobre-el-empleo-del-tiempo-del-dinero-y-del-amor-en-servicio-de-los-pobres-1852","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/santiago-masarnau-sobre-el-empleo-del-tiempo-del-dinero-y-del-amor-en-servicio-de-los-pobres-1852\/","title":{"rendered":"Santiago Masarnau (Sobre el empleo del tiempo, del dinero y del amor en servicio de los pobres) 1852"},"content":{"rendered":"<p>Reuni\u00f3n General, Madrid, 29 de febrero de 1852.<\/p>\n<p>Se\u00f1ores:<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de haber procurado en nuestra primera reuni\u00f3n general dar a ustedes una idea clara de la asociaci\u00f3n de San Vicente de Pa\u00fal, de su verdadero esp\u00edritu, de su objeto y de los medios que emplea para llenarle, he cre\u00eddo deber llamar esta noche su atenci\u00f3n sobre nosotros mismos, sobre esta peque\u00f1a fracci\u00f3n de la gran familia extendida por todo el mundo, que componemos; huyendo con esmero de alagar nuestro amor propio y procurando al efecto considerar m\u00e1s bien lo que nos falta hacer que lo que hacemos. La consideraci\u00f3n de lo que hacemos pudiera lisonjearnos alg\u00fan tanto, pudiera nutrir en cierto modo nuestro orgullo, y debemos evitar a todo trance hasta la sombra de semejante peligro. Por el contrario, la consideraci\u00f3n de lo que no hacemos puede contribuir a humillarnos, y ya debemos saber que todo lo que nos humilla nos aprovecha.<\/p>\n<p>De los cuadros estad\u00edsticos correspondientes al a\u00f1o de 1851, que acabamos de remitir al Consejo General, resulta que hemos dedicado en ese a\u00f1o algunas horas al servicio de los pobres, alg\u00fan dinero y acaso tambi\u00e9n alg\u00fan amor. Esto, hecho, con pureza de intenci\u00f3n, no puede menos de ser grato a los ojos de Dios. Si un vaso de agua dado al sediento en su nombre no quedar\u00e1 sin premio, confiemos en su bondad y a su misericordia el de nuestros d\u00e9biles esfuerzos; pero, al mismo tiempo, no olvidemos que estos debieran acaso ser mayores; que lo que se da ha de estar en relaci\u00f3n con lo que se recibe, y que recibiendo nosotros tanto como recibimos del Se\u00f1or, no damos acaso lo que debi\u00e9ramos a sus pobres, en justa correspondencia. Examinemos, pues, un momento lo que recibimos, lo que damos, y de aqu\u00ed ser\u00e1 f\u00e1cil deducir lo que debemos. Cuenta interesant\u00edsima por cierto: balance para nosotros de una importancia muy superior a la de todos los balances imaginables de intereses puramente materiales. En primer lugar, veamos lo que recibimos.<\/p>\n<p>Prescindiendo de los beneficios inmensos que Dios dispensa a todos los hombres y que disfrutamos en com\u00fan con nuestros semejantes, como miembros de esta caritativa Asociaci\u00f3n gozamos de indulgencias especiales que la est\u00e1n concedidas por la Santa Sede, participamos de las oraciones de miles de hermanos que desde todos los \u00e1ngulos del mundo elevan a Dios sus s\u00faplicas por nosotros, estamos ya aqu\u00ed mismo reunidos un n\u00famero considerable de hermanos en Jesucristo que, sin saber c\u00f3mo, nos hemos ido juntando para unir nuestras oraciones, nuestras limosnas y aprender a conocernos y a amarnos, con un objeto algo m\u00e1s noble y elevado, por cierto, que el que suele unir a los hombres por lo com\u00fan en el mundo. Tenemos la inmensa ventaja de hallarnos en contacto frecuente con la clase menesterosa, cuyo trato ense\u00f1a tanto, y tal vez por lo mismo esquiva tanto el mundo. Vemos a nuestros semejantes padecer, enjugamos sus l\u00e1grimas, y aprendemos de paso del mejor modo posible a padecer y a enjugar las nuestras. \u00a1S\u00ed! Como miembros de la Sociedad de San Vicente de Pa\u00fal, recibimos gracias especiales y muy grandes, y a estas gracias debemos esmerarnos en corresponder de buena voluntad, de todo coraz\u00f3n, con todas nuestras fuerzas. \u00bfLo hacemos as\u00ed? Examin\u00e9moslo con cuidado.<\/p>\n<p>Nosotros acostumbramos dedicar algunas horas por semana y algunos reales a la visita y al socorro de los pobres. Laudable, por cierto, es esta pr\u00e1ctica, \u00bfqui\u00e9n lo niega? Grata a los ojos de Dios; nos atrevemos a esperarlo. Pero, se\u00f1ores, el tiempo y el dinero y el amor que consagramos a este grande objeto, \u00bfser\u00e1n el tiempo y el dinero y el amor que le debi\u00e9ramos consagrar? No miremos, para resolver esta cuesti\u00f3n como otras muchas an\u00e1logas, al ejemplo de los mundanos con quienes vivimos. Salgamos por un momento de la atm\u00f3sfera corrompida que respiramos. Levant\u00e9monos, siquiera por un instante, sobre la densa niebla que por todas partes nos rodea. \u00bfQu\u00e9 es lo que damos? \u00bfQu\u00e9 es lo que debemos? Nada puede interesarnos m\u00e1s que el acierto en estas dos cuestiones. Damos, repito, algunas horas por semana al servicio de los pobres, y tal vez creemos, Dios no lo permita, que en esto hacemos un gran sacrificio. Pero, se\u00f1ores, \u00bfel tiempo se nos ha dado acaso para disponer de \u00e9l a nuestro antojo y disiparlo sin cuenta ni raz\u00f3n? El tiempo, para nosotros, hombres de fe, \u00bfes otra cosa que el <em>puente por donde pasamos de la nada a la eternidad; <\/em>y el empleo del tiempo puede sernos indiferente? \u00bfDel tiempo no hemos de dar cuenta estrecha, como del dinero y de los talentos y de todo, pues que todo lo hemos recibido y de todo tenemos obligaci\u00f3n de sacar el mejor partido posible? \u00bfSer\u00e1, para nosotros, excusa v\u00e1lida, en el terrible d\u00eda de la cuenta, el ejemplo de los mundanos miserables que nos rodean y que, no sabiendo ni queriendo saber lo que vale el tiempo, la importancia, la obligaci\u00f3n sagrada de su buen empleo, lo desperdician inconsideradamente y lo malgastan hasta sin escr\u00fapulo? \u00bfNo estamos nosotros obligados a mirar con m\u00e1s cuidado, c\u00f3mo y en qu\u00e9 invertimos el tiempo que se nos ha dado para <em>comprar,<\/em> por decirlo as\u00ed, la eternidad? Sin duda; y no puede haber objeto m\u00e1s digno de nuestra meditaci\u00f3n. Dediqu\u00e9mosle, pues, en esta noche algunos instantes. Entremos en el examen del empleo de nuestro tiempo con la franqueza y libertad que puede hacerse aqu\u00ed entre nosotros, entre verdaderos hermanos.<\/p>\n<p>Todos tenemos nuestras ocupaciones, y debemos tenerlas. Hay obligaciones que llenar en todas las posiciones sociales; y esto nos ocupa m\u00e1s o menos: pero, \u00bfcu\u00e1nto nos ocupa y cu\u00e1nto debe ocuparnos? Esta es la cuesti\u00f3n. Para formarnos ideas claras de lo que realmente pasa en la materia, es preciso entrar en detalles. La man\u00eda de hacerse el ocupado es bastante general. Casi todos nos quejamos del exceso de nuestras ocupaciones, como por costumbre. Casi todos repetimos que no tenemos tiempo para nada, sin advertir (como observa muy bien el padre Bourdaloue) que de paso acusamos nuestra falta de capacidad o nuestra falta de previsi\u00f3n. Pero si se entra en un examen algo detenido de estas ponderadas ocupaciones, se encuentra las m\u00e1s veces que no son lo que parecen ni, con mucho, lo que se encomian. Se\u00f1ores, seamos francos. \u00bfSon muchos los que trabajan ocho horas diarias? Ocho horas, <em>bien medidas<\/em>, dedicadas al cumplimiento de nuestras obligaciones respectivas y de nuestros deberes religiosos\u2026 \u00a1Ojal\u00e1 las llen\u00e1semos todos! Pero me atrevo a asegurar que los m\u00e1s de nosotros no estamos en ese caso. Supongamos, sin embargo, que se destine por la generalidad ocho horas al cumplimiento de los deberes y el trabajo.<\/p>\n<p>Y de las diez y seis restantes, \u00bfqu\u00e9 uso se suele hacer? Sabido es que el hombre no necesita m\u00e1s que siete horas, ocho cuando m\u00e1s, de descanso al d\u00eda. Agregando estas ocho de descanso a las ocho de trabajo que dec\u00edamos antes, tendremos diez y seis, y quedar\u00e1n otras ocho todav\u00eda de que tambi\u00e9n tenemos que dar cuenta, pues de todas se ha de dar. Las comidas necesarias para reparar las fuerzas del cuerpo, el cuidado, limpieza y aseo de este, no pueden ocuparnos arriba de tres o cuatro horas, cuando m\u00e1s. Pero cuatro y diez y seis que llev\u00e1bamos, no son m\u00e1s que veinte, y todav\u00eda faltan otras cuatro. El ejercicio, tan \u00fatil o necesario para la conservaci\u00f3n de la salud, tiene que ser moderado para que sea provechoso: podr\u00e1 exigirnos de una a dos horas diarias: no le destinan m\u00e1s los mejores tratados de higiene. Pero dos y veinte que llev\u00e1bamos no son m\u00e1s que veinte y dos, y todav\u00eda faltan otras dos. Se\u00f1ores, \u00bfno es de notar esta especie de elasticidad que se descubre en el tiempo, cont\u00e1ndole y midi\u00e9ndole bien, y no merece llamar nuestra atenci\u00f3n? Con dificultad podr\u00e1 presentarse objeto alguno m\u00e1s digno de ella. Sigamos examin\u00e1ndolo. Estas dos horas diarias que nos quedan despu\u00e9s de dedicar m\u00e1s que las suficientes al trabajo, al descanso, al tocador, a la mesa y al ejercicio y a todo lo que constituye las ocupaciones del hombre en sociedad, \u00bfno pudieran utilizarse en favor de nuestros pobres? Pues tendr\u00edamos entonces doce horas disponibles para este objeto en la semana, sin contar las que pudi\u00e9ramos destinarle adem\u00e1s en los domingos y fiestas. La mitad solamente de este tiempo dedicada a nuestros pobres ser\u00eda de un precio incalculable para ellos, producir\u00eda necesariamente en su beneficio resultados inmensos.<\/p>\n<p>Pero \u00bfc\u00f3mo es \u2014dir\u00e1n algunos en su interior\u2014 que yo, con la mejor intenci\u00f3n y no trabajando esas ocho horas ni con mucho, no encuentro nunca las doce que deben resultar de sobra en la semana, ni aun la mitad, ni aun mucho menos? La raz\u00f3n es clara. Vivimos en una especie de aturdimiento habitual. Arrastrados por el torbellino que nos circunda y envuelve, obramos, por lo com\u00fan, como todo el mundo obra, esto es, como obra el mundo que nos rodea y al que llamamos equivocadamente <em>todo el mundo,<\/em> y creemos que no se puede obrar de otro modo. Pero seguramente se puede, y no solo se puede, sino que se debe. Nosotros, en particular, debemos apreciar de otro modo el tiempo, y no aceptar jam\u00e1s esas leyes absurdas que el mundo procura imponer a sus secuaces, y cuya observancia exige despu\u00e9s tir\u00e1nicamente. Admitiremos, por ejemplo, en buen hora alg\u00fan recreo honesto y juicioso (que, para que no deje de serlo, ha de ser de corta duraci\u00f3n), pero no nos dejaremos robar miserablemente las horas de que tan buen partido podemos sacar en beneficio del pobre y en beneficio nuestro. Examinaremos la verdadera tendencia de lo que el mundo nos propone. Esas distracciones que tanto dinero y tanto tiempo se llevan, \u00bfa qu\u00e9 conducen? Esas visitas sin objeto de utilidad, que tan comunes son y que tan inconsideradamente se reciben y aun se devuelven, \u00bfa qu\u00e9 conducen? Esa distribuci\u00f3n absurda de tiempo fundada en el error y en la vanidad, y causadora de tanto desorden en las familias, \u00bfa qu\u00e9 conduce? Cuando menos a privarnos de horas preciosas que debi\u00e9ramos utilizar, y de las que (no hay que olvidarlo) tenemos que dar cuenta. El mundo es astuto, y as\u00ed no nos dice claramente \u00abte voy a robar el tiempo, lo m\u00e1s precioso que tienes a tu disposici\u00f3n\u00bb. No. En vez de esto, que nos alarmar\u00eda naturalmente, nos dice, por ejemplo. \u00abDespu\u00e9s de comer no se puede trabajar, porque se resiente la salud\u00bb. Ya se ve: esto suena muy bien. Pero pregunt\u00e9mosle al mundo: 1\u00ba, cu\u00e1ntas horas han de pasar despu\u00e9s de comer para poder trabajar sin exponer la salud; y, 2\u00ba, qu\u00e9 entiende por <em>trabajar.<\/em> De admirar es ciertamente el estrago (que as\u00ed se puede llamar) que el mundo logra producir con esta y otras m\u00e1ximas por el estilo, doradas con la apariencia de cuidado de la salud o de deberes de sociedad, de gratitud, etc. Conocemos a muchas personas que pasan por ocupadas y que pierden, por admitir esa m\u00e1xima sin el suficiente examen, una porci\u00f3n de horas diarias que ciertamente no han recibido del Creador para desperdiciarlas. Creo que todos ustedes conocer\u00e1n algunas que se hallan en este caso, y que, diciendo que despu\u00e9s de comer no se debe trabajar, comen tarde, y nada de provecho hacen hasta el d\u00eda siguiente, que para ellos empieza tambi\u00e9n muy tarde: \u00a1y viene a resultar que nada hacen en catorce o diez y seis horas despu\u00e9s de comer! \u00bfNo es esto de admirar? Pues esto logra el mundo con sus astucias y enga\u00f1os.<\/p>\n<p>Otra observaci\u00f3n an\u00e1loga. Llega el verano, y toda persona decente necesita ya por lo menos un par de meses de excursi\u00f3n a ba\u00f1os de mar o a las provincias o al extranjero, porque el calor de Madrid es insoportable (para nuestros padres no lo era), porque el aire del campo es necesario (esto lo dicen los que nunca salen al campo), y, en fin, porque es indispensable. No se debe extra\u00f1ar ni criticar ciertamente que los que pueden, sin faltar a sus obligaciones, ausentarse alguna temporada, verbigracia la del mayor calor, lo hagan; pero lo que s\u00ed es de admirar, y lo que muchos de ustedes habr\u00e1n advertido como yo, es la p\u00e9rdida dolorosa del tiempo, que tan general es en los que salen a veranear. \u00a1Pues qu\u00e9! El hombre que va a tomar ba\u00f1os o a respirar el aire del campo, \u00bfno ha de hacer nada por eso? \u00bfHa de ocuparse en algo \u00fatilmente? \u00a1Pues qu\u00e9! El cambio de aires, de aguas y de alimentos no favorece tanto o m\u00e1s al moral que al f\u00edsico; y de ese aumento de fuerza y energ\u00eda, \u00bfno se ha de sacar partido alguno? No, se\u00f1or: \u00a1de ninguna manera! El mundo no admite eso. Dicen que se van a divertir, y con esta y otras sandeces se roban mutuamente el tiempo con la mayor frescura, y nada choca m\u00e1s que hallarse con alg\u00fan estrafalario que no cree deber ceder a tan disparatadas y nocivas exigencias. Se\u00f1ores, francamente: \u00bfhay en esto algo de exagerado? Casi todos ustedes lo han podido observar como yo. En esas casas de ba\u00f1os, tan concurridas, en esas fondas, \u00bfhan visto ustedes a muchos distribuir bien su tiempo y emplearlo con utilidad? En esos eternos d\u00edas de diligencia, \u00bfhan visto ustedes ocuparse siquiera en leer? Pues esto consigue el mundo con sus m\u00e1ximas y enredos: robarnos el tiempo, acostumbrarnos a robarlo sin escr\u00fapulo. Y, no contento con esto, veamos lo que hace con respecto al dinero, que es tambi\u00e9n lo que necesitamos para socorrer al pobre.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s del tiempo, no hay cosa m\u00e1s el\u00e1stica que el dinero. Nunca basta a unos y nunca falta a otros, siendo muy de notar que los que m\u00e1s poseen no son los que menos necesitan, y que, por el contrario, los que m\u00e1s partido sacan del dinero no son los que m\u00e1s dinero tienen. Estas anomal\u00edas dimanan del desorden que, en el empleo del dinero, como en el del tiempo y en todo, suele haber, a causa de no pensar con detenci\u00f3n en lo que realmente es el dinero y en el uso que de \u00e9l estamos todos obligados a hacer.<\/p>\n<p>El dinero que tenemos, como el tiempo y como todo lo dem\u00e1s, realmente no es nuestro. Lo recibimos para dar un d\u00eda cuenta estrecha de su empleo, y debemos, por lo tanto, considerar mucho c\u00f3mo y en qu\u00e9 lo invertimos. Que una parte del dinero debe dedicarse al alivio de las necesidades de nuestros semejantes, es cosa admitida generalmente y nadie se jacta de no dar. Pero muy pocos se fijan en la parte que se debe dar, esto es, en la relaci\u00f3n que debe haber entre lo que se tiene y lo que se da. Nosotros debemos calcular esta relaci\u00f3n con particular esmero. Nosotros, que estamos viendo de cerca y tocando, por decirlo as\u00ed, lo que es el dinero y c\u00f3mo se trasforma maravillosamente al pasar de nuestra mano a la del pobre, debemos meditar mucho qu\u00e9 es lo que damos y qu\u00e9 es lo que debemos dar. Del cuadro estad\u00edstico correspondiente al a\u00f1o pr\u00f3ximo pasado resulta que hemos dado a los pobres unos 16.000 reales, cantidad que, si bien a primera vista no parece despreciable, no est\u00e1 en relaci\u00f3n, a nuestro modo de ver, con la que debi\u00e9ramos haber dado, atendido el n\u00famero y la posici\u00f3n social de los miembros que componemos ya esta Asociaci\u00f3n. Se\u00f1ores, da mucho valor hablar en nombre de los pobres, y yo me atrevo a entrar en estos pormenores, fiado en la bondad de ustedes, en el afecto sincero que me dispensan y del que tantas pruebas recibo, y persuadido de que, como dije al principio, nos conviene m\u00e1s pensar en lo que no hacemos que vanagloriarnos de lo que hacemos. Digo, pues, que no hemos dado en el a\u00f1o trascurrido lo que hubi\u00e9ramos debido dar, y me fundo en lo siguiente. Creo que lo que se da a los pobres ha de estar en relaci\u00f3n con lo que se recibe de Dios. Nuestras fortunas respectivas son, por supuesto, muy desiguales. Yo no conozco suficientemente, ni debo conocer, las de todos ustedes; pero me parece que el c\u00e1lculo que me atrevo a presentar a su consideraci\u00f3n, no ha de estar muy lejos de la exactitud.<\/p>\n<p>Prescindamos de donativos, suscripciones y todo lo que pueda venirnos de fuera de la Asociaci\u00f3n misma, porque tampoco vamos a tener en cuenta las limosnas que muchos de sus miembros se creer\u00e1n obligados a hacer fuera de ella. Calculemos solo los recursos de la colecta ordinaria. Supongo que un cierto n\u00famero de los que formamos esta Asociaci\u00f3n no adquiere por todos conceptos 10.000 reales anuales; que otro n\u00famero, tal vez igual, los adquiere, y que hay otro n\u00famero bastante considerable que adquiere el duplo y aun m\u00e1s. Pues bien: fij\u00e9monos en el t\u00e9rmino medio de los 10.000 reales, y no creo vayamos muy descaminados. Treinta y dos miembros activos contaba la Asociaci\u00f3n a principios del a\u00f1o pasado: cincuenta y dos \u00e9ramos ya a principios del presente: podemos, pues, calcular en cuarenta y dos el n\u00famero de miembros correspondientes al a\u00f1o de 1851. Ahora bien: multiplicando 42 por 10.000, tendremos 420.000 reales, de los que podr\u00edamos esperar 42.000 para nuestros pobres sin exageraci\u00f3n alguna, puesto que el d\u00e9cimo (no de la fortuna, sino del producto de la fortuna o de la industria) se puede sin extravagancia dedicar a los pobres, mayormente cuando se les est\u00e1 viendo y tratando de continuo, y cuando tantas veces, al presenciar sus apuros, no puede uno menos de sentirse inclinado a seguir al pie de la letra aquel sublime consejo del Salvador al rico: <em>\u00a1anda y vende cuanto tienes y d\u00e1selo a los pobres!. <\/em>Seg\u00fan este c\u00e1lculo, nos hemos quedado cortos de m\u00e1s de una mitad en lo que hemos dado, y esto a pesar de la buena voluntad y del buen deseo que a todos nos anima. Y, \u00bfpor qu\u00e9? Porque con el dinero nos ha sucedido lo mismo que con el tiempo: porque nos lo hemos dejado robar; porque no hemos apreciado justamente su valor; porque, en fin, el ejemplo y la corrupci\u00f3n del mundo en que vivimos, nos arrastra. \u00a1S\u00ed! Conviene reconocer este escollo y se\u00f1alar bien su peligro, para precavernos de \u00e9l mejor en lo sucesivo. El mundo, con sus vanidades, con sus exigencias disparatadas, con sus locas pretensiones, nos roba el tiempo y el dinero que deber\u00edamos destinar a los pobres, y lo peor es que, para conseguirlo con m\u00e1s seguridad, nos roba tambi\u00e9n el coraz\u00f3n, el amor. .Hablemos, para acabar, de este tercer punto.<\/p>\n<p>El amor es una verdadera necesidad para la criatura racional. No se puede vivir sin amar, y, por lo tanto, es del mayor inter\u00e9s cuidar mucho del modo en que se ha de satisfacer esta sed de amor que se encuentra siempre en el coraz\u00f3n del hombre. Toda la diferencia entre el bueno y el malo, el virtuoso y el depravado, el santo y el r\u00e9probo, consiste en la direcci\u00f3n de esta pasi\u00f3n. Y as\u00ed como el fen\u00f3meno de la vida animal no puede verificarse en el vac\u00edo, tampoco puede el de la vida moral tener lugar en la falta completa de amor. Todos amamos; pero, \u00a1ah!, que no todos amamos lo que debemos amar; que no todos cuidamos con el esmero debido de dirigir bien nuestro amor y, en cuanto est\u00e1 de nuestra parte, el de nuestros semejantes; \u00a1que no todos pensamos en la inmensa trascendencia de abandonar nuestro coraz\u00f3n a los afectos que quieran introducirse en \u00e9l! \u00a1Por eso vemos tanto desorden, tanta inmoralidad, tanto crimen en nuestro derredor! \u00a1Desgraciado del hombre que no ha aprendido, desde sus m\u00e1s tiernos a\u00f1os, a dirigir bien su amor! Amar\u00e1, porque no puede menos de amar, pero, \u00bfqu\u00e9 amar\u00e1? \u00cddolos falsos en vez del Dios verdadero, amigos corrompidos en vez de amigos virtuosos, placeres bajos y groseros de la materia en vez de los nobles y puros del esp\u00edritu, honores de los hombres en vez del santo honor de la virtud, riquezas materiales y perecederas en vez de las\u00a0 eternas reservadas al hombre de verdadera caridad. Aqu\u00ed est\u00e1 la diferencia entre la virtud y el vicio: aqu\u00ed la raz\u00f3n del crimen en toda su escala, como la del sacrificio en la suya respectiva. El mundo, sin embargo, suele fijarse tan poco en la importancia de este punto como en la del empleo del tiempo y en la del uso del dinero. Al observar la conducta generalmente seguida en esta parte, podr\u00eda muy bien inferirse que la puerta del coraz\u00f3n no exige guarda particular; que es indiferente tenerla abierta o cerrada, que no hay el menor peligro en que entren y salgan por ella los m\u00e1s opuestos afectos. Las consecuencias del abandono que reina generalmente en este particular, no pueden ser m\u00e1s funestas. El coraz\u00f3n se apacienta de amores ins\u00edpidos y aun ponzo\u00f1osos: se nutre mal, y de aqu\u00ed los vicios, los cr\u00edmenes, los males todos que pululan en el mundo. Corrompido el coraz\u00f3n con ese veneno lento que ha ido tragando dulcemente, \u00bfc\u00f3mo podr\u00e1 gustar la virtud? De aqu\u00ed la aversi\u00f3n, la repugnancia que tantos experimentan para llenar sus deberes religiosos y morales, sin creerse por eso en el peligro inmenso en que se encuentran. De aqu\u00ed esa frialdad, ese desv\u00edo, ese tedio que se experimenta en la vida interior, en la vida de familia, y esa sed tan general de disipaci\u00f3n y de ruido. De aqu\u00ed tambi\u00e9n esa resistencia que encuentran los mundanos para entregarse a obras de caridad, y hasta para nombrar esa dulc\u00edsima virtud, llam\u00e1ndose fil\u00e1ntropos por no llamarse caritativos. De aqu\u00ed esa indiferencia, esa frialdad con que oyen nuestros relatos de las miserias que estamos presenciando, al paso que con la mayor facilidad se entusiasman por la ficci\u00f3n m\u00e1s absurda.<\/p>\n<p>O\u00edmos a un c\u00e9lebre orador, el P. Lacarriere, una observaci\u00f3n just\u00edsima y muy notable por cierto sobre este particular. \u00bfQui\u00e9n no ha visto, dec\u00eda, salir a un hombre profundamente conmovido de la representaci\u00f3n de un drama, y afectado hasta el extremo de derramar l\u00e1grimas? \u00a1He aqu\u00ed un hombre sensible!, se dice: \u00a1he aqu\u00ed un hombre dotado de organizaci\u00f3n delicada! Bien: pero este mismo hombre, a pocos pasos del teatro en que tanto le ha afectado un padecimiento fingido y tal vez absurdo, se encuentra con un padecimiento real y verdadero. Un pobre implora su caridad, le pide pan para sus hijos, y el hombre tan sensible le vuelve la cara con la mayor indiferencia, respondi\u00e9ndole, cuando m\u00e1s, entre dientes: \u00abDios le ampare, hermano\u00bb. \u00bfQu\u00e9 sensibilidad es esta? \u00bfNo es evidente que aqu\u00ed en la calle <em>falta<\/em> la organizaci\u00f3n exquisita que <em>sobr\u00f3 <\/em>all\u00e1 en el teatro? \u00bfNo se ve claro que el afecto falso ha robado el lugar al afecto verdadero? Y, \u00bfcu\u00e1ntos casos se podr\u00edan citar en prueba de lo mismo?<\/p>\n<p>Pero nosotros, por la misericordia de Dios, no nos hallamos ya en este riesgo. Nosotros gustamos las delicias de consolar al pobre; presenciamos todos los d\u00edas sus padecimientos, sus privaciones; vemos continuamente carecer a semejantes nuestros, organizados como nosotros, no solo de las comodidades de la vida que disfrutamos, sino hasta de lo m\u00e1s preciso para satisfacer las primeras necesidades. Nuestro coraz\u00f3n se conmueve en vista de estos dolores, lo que ya es un gran bien para nosotros, y no puede interesarse por dolores y fingidos con m\u00e1s o menos perfecci\u00f3n, lo que tal vez es un bien todav\u00eda mayor. Por eso el trato del pobre ayuda tanto para progresar en el camino de la verdadera virtud. En esa escuela se aprende de veras lo que vale el tiempo, lo que vale el dinero y lo que vale el amor. Y, pues que nuestra Asociaci\u00f3n nos conduce directamente con sus pr\u00e1cticas continuas a apreciar en su justo valor esas tres cosas, que en el mundo tan poco y tan mal se suelen considerar; \u00a1cu\u00e1ntas gracias debemos dar a Dios por habernos tra\u00eddo a ella! \u00a1S\u00ed! No dejemos de corresponder a este beneficio inmenso con todo el esmero posible. No nos contentemos nunca con lo que hagamos por los pobres, que tanto bien nos est\u00e1n haciendo. Esforc\u00e9monos siempre por hacer algo m\u00e1s. Dediqu\u00e9mosles siempre nuestro tiempo, nuestro dinero y nuestro amor con profusi\u00f3n. El mundo y sus cuidados exagerados y sus leyes desp\u00f3ticas tratar\u00e1n de distraernos y de enfriarnos; pero nosotros acudiremos siempre a nuestra dulc\u00edsima Patrona, y esta nos alcanzar\u00e1 todos los medios de servir, socorrer y amar al pobre. Recordaremos, para aumentar nuestra confianza, aquella sola frase tan sencilla que, en boca de la Sant\u00edsima Virgen, bast\u00f3 para alcanzar el primer milagro del Salvador. <em>No tienen vino<\/em>, dijo nuestra benign\u00edsima abogada, y esto bast\u00f3 para que las hidrias, que se hab\u00edan llenado de agua, se encontrasen llenas de vino. La misma Se\u00f1ora nos ve desde el Cielo; presencia nuestros combates, nuestras faltas y miserias, y desea socorrernos, aliviarnos, alcanzar todo lo que necesitamos para ejercer bien la caridad. Nos ama de tal manera que hasta se complace en que la pidamos su protecci\u00f3n y amparo. \u00a1Pid\u00e1moselo, pues, de todo coraz\u00f3n! No desechar\u00e1 seguramente nuestras humildes y fervorosas s\u00faplicas. Emplear\u00e1 en nuestro favor toda su poderos\u00edsima intercesi\u00f3n; y as\u00ed como, por su medio, el agua de las bodas de Can\u00e1 se convirti\u00f3 en vino, y en vino exquisito nuestras horas de ocio y de disipaci\u00f3n se convertir\u00e1n en horas preciosas para el servicio de los pobres, nuestros gastos caprichosos y de pura vanidad se convertir\u00e1n en socorros al necesitado, nuestros afectos, en fin, descarriados y aun pecaminosos, se convertir\u00e1n en afectos puros y santos.<\/p>\n<p>\u00a1S\u00ed! La Sant\u00edsima Virgen, bajo cuya protecci\u00f3n se acogi\u00f3 desde su origen nuestra humilde Asociaci\u00f3n, alcanzar\u00e1 para los miembros que la componen la gracia de aprender a conocer el verdadero valor y el recto uso del tiempo, del dinero y del amor. \u00a1Dichosos nosotros si logramos estas gracias tan grandes y de tama\u00f1a trascendencia! Conocida su importancia, ser\u00edamos m\u00e1s culpables a\u00fan en no pedirlas incesantemente. Estas gracias nos har\u00e1n obrar prodigios en favor de los pobres en esta vida, y, al mismo tiempo, nos enriquecer\u00e1n por todos los siglos de los siglos en la otra. \u00a1As\u00ed sea!<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Reuni\u00f3n General, Madrid, 29 de febrero de 1852. 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