{"id":39118,"date":"2021-04-30T07:55:29","date_gmt":"2021-04-30T05:55:29","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2011\/06\/vida-de-san-vicente-de-paul-libro-tercero-capitulo-14\/"},"modified":"2020-12-15T19:59:57","modified_gmt":"2020-12-15T18:59:57","slug":"vida-de-san-vicente-de-paul-libro-tercero-capitulo-14","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/vida-de-san-vicente-de-paul-libro-tercero-capitulo-14\/","title":{"rendered":"Vida de san Vicente de Pa\u00fal: Libro Tercero, Cap\u00edtulo 14"},"content":{"rendered":"<p><strong>Obediencia<\/strong><\/p>\n<p>No podr\u00edamos empezar mejor este Cap\u00edtulo de la Obediencia del Sr. Vicente, m\u00e1s que narrando los sentimientos que ten\u00eda de esta virtud. Los ha ido declarando en varias circunstancias, pero especialmente en los consejos saludables que daba sobre este tema a sus queridas hijas las Religiosas del primer Monasterio de la Visitaci\u00f3n de esta ciudad de Par\u00eds.<\/p>\n<p>Ellas han manifestado que el gran Siervo de Dios, que fue su primer Padre Espiritual, entre todas las virtudes les recomendaba a menudo la de la Obediencia y la de la Exactitud en la regularidad, hasta en las menores observancias.<\/p>\n<p><em>\u00abSent\u00eda un afecto muy especial en fundamentar bien las virtudes de la Obediencia y de la Exactitud en la Comunidad de ellas, y les dec\u00eda que esas dos virtudes eran las que, si se practican con perseverancia, hac\u00edan la Religi\u00f3n; que para animarse a ello, era \u00fatil discutir familiarmente entre todas, y hablar de su excelencia y su hermosura; que era necesario tomarle gusto, ante la complacencia que Dios halla en las almas religiosas que son fieles a ella, y porque el que es su Divino Esposo amaba de tal modo esas virtudes, que la menor tardanza en la Obediencia le era desagradable; que un alma verdaderamente religiosa, que ha profesado esa virtud ante la faz de la Iglesia, debe volverse delicada para cumplir lo que ha prometido; y que, si se relaja en una cosita, pronto se relajar\u00e1 en una mayor; que todo el bien de la Criatura consist\u00eda en el cumplimiento de la voluntad de Dios; y que esa voluntad se hallaba especialmente en la pr\u00e1ctica fiel de la Obediencia y en la exacta observancia de las Reglas del Instituto; que no se pod\u00eda rendir un servicio m\u00e1s verdadero a Dios que con la pr\u00e1ctica de la Obediencia, pues por ella El realiza sus planes sobre nosotros; que su pura gloria se encuentra all\u00ed con el aniquilamiento del amor propio, y de todos sus intereses, que es a lo que debemos tender principalmente; y que esta pr\u00e1ctica pon\u00eda al alma en la verdadera y perfecta libertad de los Hijos de Dios\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abRecomendaba mucho renunciar al propio juicio, mortificarlo, para someterlo al de los Superiores; y dec\u00eda que la obediencia no consist\u00eda solamente en hacer al momento lo que se nos manda, sino en estar dispuestos a hacer todo lo que nos podr\u00edan mandar en todas las ocasiones; que era preciso mirar a los Superiores como si estuvieran en lugar de Jesucristo en la tierra y rendirles, en consideraci\u00f3n de tales, un respeto muy grande; que murmurar contra ellos era una especie de apostas\u00eda interna, porque, como la apostas\u00eda externa se comete dejando el h\u00e1bito y la Religi\u00f3n y separ\u00e1ndose de su cuerpo, tambi\u00e9n la apostas\u00eda interna se hace, cuando se separa de los Superiores, contradici\u00e9ndoles en esp\u00edritu, y apeg\u00e1ndose a ideas particulares y contrarias a las de ellos. Y \u00e9se es el mayor de todos los males, que ocurren en las Comunidades, y que el alma religiosa evitar\u00e1 esa desgracia, cuando se mantenga en santa indiferencia, y se deje conducir por sus Superiores\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Dec\u00eda tambi\u00e9n acerca de este tema de la obediencia, que era necesaria como fundamento de la verdadera sumisi\u00f3n que se debe observar en una Comunidad, y que para eso hab\u00eda que considerar atentamente las cosas siguientes:<\/p>\n<p>1. La cualidad de los Superiores, que tienen en la tierra el lugar de Jesucristo en lo que a nosotros toca\u00bb<\/p>\n<p>2. El desvelo que mantienen y la solicitud que se toman, para llevarnos a la perfecci\u00f3n, pasando a veces noches enteras en vela, y teniendo a menudo el coraz\u00f3n lleno de angustia, pendientes de que los s\u00fabditos gocen buenamente de la paz y de la tranquilidad que producen los desvelos y los trabajos de los que les dirigen, y sus molestias son tanto m\u00e1s grandes, cuanto que tienen m\u00e1s motivo de temer la cuenta que est\u00e1n obligados a dar a Dios\u00bb<\/p>\n<p>3. La recompensa prometida a las almas verdaderamente obedientes, incluso en esta vida; porque, adem\u00e1s de las gracias merecidas por esta virtud, Dios se complace en hacer la voluntad de quienes por Su amor someten su voluntad a sus Superiores\u00bb<\/p>\n<p>4. El castigo que deben temer los que no quieren obedecer. Dios ha hecho ver un ejemplo bien terrible en el castigo que Su justicia ejerci\u00f3 sobre Cor\u00e9, Dat\u00e1n y Abir\u00f3n por haber despreciado a Mois\u00e9s, su superior, y, a causa de ese desprecio, haber ofendido gravemente a Dios, quien dijo, hablando a los Superiores que su Providencia ha instaurado en su Iglesia: Quien a vosotros os oye, a M\u00ed me oye; y quien a vosotros os desprecia, a M\u00ed me desprecia\u00bb<\/p>\n<p>5. El ejemplo de la obediencia, que Jesucristo vino a darnos a los hombres; habiendo preferido morir, que desobedecer. Y ciertamente ser\u00eda una dureza de coraz\u00f3n muy grande ver a Dios obedeciendo hasta la muerte por nuestra causa, y nosotros, insignificantes y miserables criaturas, rehusar someternos por amor a El\u00bb<\/p>\n<p>\u00abA\u00f1ad\u00eda, que para practicar perfectamente esta virtud era preciso obedecer:<\/p>\n<p>1. Voluntariamente, haciendo doblegar nuestra voluntad bajo la voluntad de los Superiores\u00bb<\/p>\n<p>2. Sencillamente, por amor de Dios, y sin permitirle nunca a nuestro entendimiento rebuscar o examinar el por qu\u00e9 nuestros Superiores mandan tal o cual cosa\u00bb<\/p>\n<p>3. Prontamente, sin usar de ning\u00fan retraso, cuando se trata de ejecutar lo que est\u00e1 mandado\u00bb<\/p>\n<p>4. Humildemente, sin pretender ni desear sacar ninguna alabanza o aprecio de la obediencia, que se hace\u00bb<\/p>\n<p>5. Animosamente, no desistiendo y no deteni\u00e9ndose por las dificultades, sino super\u00e1ndolas con energ\u00eda y generosidad\u00bb<\/p>\n<p>6. Alegremente, ejecutando, lo que est\u00e1 mandado, de buena gana, y sin dar muestras de repugnancia alguna\u00bb<\/p>\n<p>7. Con perseverancia, a imitaci\u00f3n de Jesucristo, que se hizo obediente hasta la muerte\u00bb<\/p>\n<p>No debemos considerar lo que el Sr. Vicente dec\u00eda o ense\u00f1aba como unas lecciones de un Maestro o unas exhortaciones de un Predicador, que no hace, a veces, lo que ense\u00f1a a los dem\u00e1s, sino como puras expresiones de los sentimientos m\u00e1s sinceros de su coraz\u00f3n, y como verdaderos testimonios de lo practicado por \u00e9l en lo tocante a esa virtud, a la que animaba a los dem\u00e1s tanto con sus ejemplos, como con sus palabras<\/p>\n<p>Y, en primer lugar, la gran virtud del Sr. Vicente era mantenerse continuamente en una entera y absoluta dependencia de Dios, y someterse fiel y perfectamente a todo lo que ve\u00eda que Le era agradable, de manera que en verdad se puede decir, que Dios hall\u00f3 en \u00e9l a un hombre seg\u00fan Su coraz\u00f3n, siempre presto y dispuesto a llevar a cabo todos Sus deseos, como lo hemos visto ampliamente en los Cap\u00edtulos anteriores. Con esa santa disposici\u00f3n, cuando lleg\u00f3 de Roma a Par\u00eds, una de las primeras cosas que hizo fue escoger un Director Espiritual, para que, siguiendo sus avisos y consejos, pudiera obedecer a Dios y responder a Sus designios. Ese Director fue el Rev. P. de B\u00e9rulle, quien m\u00e1s tarde fue Cardenal de la Santa Iglesia. Por someterse a su direcci\u00f3n, acept\u00f3 m\u00e1s adelante durante alg\u00fan tiempo la parroquia de Clichy, y a continuaci\u00f3n entr\u00f3 en la casa de Gondi para ser Capell\u00e1nLimosnero del Sr. General de las Galeras y de su Se\u00f1ora Esposa, y preceptor de los Se\u00f1ores Hijos de ambos y, al final, como la Se\u00f1ora deseara tomarlo de confesor y de director de su alma, \u00e9l s\u00f3lo consinti\u00f3 en ello por obediencia; pues hizo falta que la virtuosa Dama acudiera al Se\u00f1or de B\u00e9rulle, con el fin de que se lo ordenara. As\u00ed es como, no queriendo hacer nada por s\u00ed mismo, se manten\u00eda siempre sometido a las \u00f3rdenes de Dios<\/p>\n<p>Pero, no contento con obedecer a Dios, tambi\u00e9n se sujet\u00f3, siguiendo la palabra del Santo Ap\u00f3stol, a toda humana criatura por amor a Dios, principalmente a las autoridades espirituales y temporales, tanto en las cosas odiosas y humillantes, como en las f\u00e1ciles y honorables<\/p>\n<p>Obedec\u00eda, sobre todo, a Nuestro Santo Padre el Papa alegremente y sin r\u00e9plica, porque, como lo consideraba Vicario de Jesucristo y Soberano Pastor de la Iglesia, le estaba sometido con todo su juicio y con todo su afecto<\/p>\n<p>S\u00f3lo por motivo de obediencia fue como acept\u00f3 el cargo de Superior General de la Congregaci\u00f3n, al hab\u00e9rselo impuesto el Papa Urbano VIII en la misma Bula por la que Su Santidad hab\u00eda aprobado el Instituto de la Misi\u00f3n<\/p>\n<p>Llevaba a todos los Misioneros sometidos a su direcci\u00f3n a prestar, como \u00e9l, una perfecta obediencia a la Santa Sede, inici\u00e1ndolos en la pr\u00e1ctica de esta Regla, que les ha dejado por escrito en estos t\u00e9rminos: \u00a0<em>\u00abObedeceremos exactamente a todos nuestros Superiores y a cada uno de ellos, vi\u00e9ndolos en Nuestro Se\u00f1or y a Nuestro Se\u00f1or en ellos, principalmente a Nuestro Santo Padre el Papa, a quien obedeceremos con todo el respeto, la fidelidad y la sinceridad posible\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Hemos hecho ver en otro lugar la plenitud de aprecio y de veneraci\u00f3n, que el Sr. Vicente ha tenido a los Sres. Obispos. Y ahora diremos una palabra de la perfecta sumisi\u00f3n, que siempre les ha tenido y de la obediencia entera, que ha querido que los de su Congregaci\u00f3n les rindieran, en lo tocante a las funciones de su Instituto. Porque, aunque la Santa Sede haya juzgado necesario ordenar, cuando aprob\u00f3 la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n, que el Superior General se encargar\u00e1 del cuidado y de la direcci\u00f3n de los miembros que la componen, tanto para lo interno, es decir, a la direcci\u00f3n de sus almas y a su progreso en la pr\u00e1ctica de las virtudes apropiadas a su vocaci\u00f3n, como para lo externo, que se refiere a la observancia de las Reglas de la Congregaci\u00f3n, las disposiciones dom\u00e9sticas, la administraci\u00f3n temporal y la disponibilidad de las personas para los sitios y para las actividades, con el fin de que, siendo miembros de un mismo Cuerpo puedan de ese modo conservar en la diversidad de las di\u00f3cesis en donde se encuentren el mismo esp\u00edritu y el mismo estilo, que Dios ha inspirado a su Fundador; adem\u00e1s de que es muy conveniente que el Superior General, que tiene un conocimiento particular de los talentos y de las disposiciones de sus inferiores, pueda enviarlos a cada una de las misiones o sacarlos de ellas, y dedicarlos a las ocupaciones del Instituto y a otras cosas relacionadas con el buen orden de la Congregaci\u00f3n. Sin embargo, en cuanto a las funciones, que se refieren a la asistencia del pr\u00f3jimo, el Sr. Vicente ha deseado y procurado que la Santa Sede tenga de tal manera sometida su Congregaci\u00f3n a los Sres. Obispos, que los Misioneros no puedan hacer ning\u00fan trabajo de su Instituto, como son las Misiones, los Ejercicios de la Ordenaci\u00f3n, las Conferencias de los Eclesi\u00e1sticos, los Retiros Espirituales y la direcci\u00f3n de los Seminarios, sino bajo la autoridad y con el benepl\u00e1cito y el permiso de los Ordinarios. Eso es lo que siempre ha observado el Sr. Vicente, y ha hecho observar a los suyos, con satisfacci\u00f3n de los Sres. Obispos, en las di\u00f3cesis, donde han trabajado y trabajan todav\u00eda con la misma sumisi\u00f3n y obediencia, y de ella est\u00e1n muy decididos a no separarse jam\u00e1s, con la gracia de Dios.<\/p>\n<p>Acept\u00f3 el Sr. Vicente, hacia el a\u00f1o 1622, mucho antes de la erecci\u00f3n de su Congregaci\u00f3n, la direcci\u00f3n de las Religiosas de la Visitaci\u00f3n de Santa Mar\u00eda de la ciudad de Par\u00eds, tanto por obedecer al Bienaventurado Francisco de Sales, su Fundador e Instituidor, que se lo pidi\u00f3, cuanto a Monse\u00f1or de Par\u00eds, que se lo orden\u00f3. En eso ha dejado bien a la vista su fidelidad a la obediencia; porque, encargado como estaba de los cuidados y de los trabajos extraordinarios despu\u00e9s de la fundaci\u00f3n de la Compa\u00f1\u00eda, y sus diversos compromisos en los grandes asuntos de piedad y el n\u00famero de esas buenas Religiosas, que llenaron tres monasterios en Par\u00eds y uno fuera, por haber aumentado notablemente, y exigiendo, por consiguiente, mucho tiempo y dedicaci\u00f3n, trat\u00f3 varias veces de descargarse de su direcci\u00f3n, y la dej\u00f3 totalmente una vez, de modo que, a pesar de una instancia que le hicieron por carta y por medio de personas de mucha categor\u00eda, no pudo nunca decidirse a volverla a tomar, al fin la acept\u00f3 s\u00f3lo por obedecer al Sr. Arzobispo de Par\u00eds, quien lo comprometi\u00f3 nuevamente. Mas, para permitir a los de su Compa\u00f1\u00eda dedicarse enteramente a las funciones que les son propias, crey\u00f3 que era necesario alejarlos de la direcci\u00f3n y la frecuentaci\u00f3n de las Religiosas. Y a este efecto, les ha dejado por Regla abstenerse por entero de dirigirlas, pues hab\u00eda reconocido por propia experiencia cu\u00e1n incompatible resultaba ese trabajo con las funciones de ellos, y poco conveniente para su estado.<\/p>\n<p>Quer\u00eda, adem\u00e1s de eso, que todos los suyos prestaran obediencia a los p\u00e1rrocos, cuando daban misiones en sus parroquias, y les recomendaba expresamente que no hicieran nada en ellas, ni, como \u00e9l sol\u00eda decir, remover siquiera una paja, sin su consentimiento. Escribiendo sobre eso a una persona de fuera, le dice, entre otras cosas: <em>\u00abTenemos como norma trabajar en servicio del p\u00fablico, con el benepl\u00e1cito de los Sres. P\u00e1rrocos, y no actuar nunca en contra de sus deseos. Al comienzo y al final de cada misi\u00f3n, recibimos su bendici\u00f3n con esp\u00edritu de dependencia\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>El tambi\u00e9n practicaba eso mismo con una maravillosa humildad; y aunque fuera enviado con los suyos por los Obispos, con plenos poderes para trabajar en las parroquias de sus di\u00f3cesis, sin embargo, no quer\u00eda hacer nada sin el consentimiento y el visto bueno de los p\u00e1rrocos. Observaba esto inviolablemente, tanto en la m\u00e1s peque\u00f1a aldehuela, como en los poblados m\u00e1s importantes. Eso es lo que ha hecho practicar siempre a los suyos, y eso es tambi\u00e9n lo que siguen haciendo.<\/p>\n<p>En cuanto a la obediencia que es debida a los Reyes y a los Pr\u00edncipes Soberanos declar\u00f3 cierto d\u00eda a los suyos los sentimientos que ten\u00eda sobre esa cuesti\u00f3n; y despu\u00e9s de haberles representado de qu\u00e9 modo se somet\u00edan los primeros cristianos a los Emperadores y honraban su poder temporal, a\u00f1adi\u00f3 las palabras siguientes: <em>\u00abDebemos, Hermanos m\u00edos, siguiendo su ejemplo, obedecer siempre con fidelidad y sencillez a los Reyes, sin quejarnos nunca de ellos, ni murmurar por ning\u00fan motivo contra ellos. Y aunque tuvi\u00e9ramos que perder nuestros bienes y nuestras vidas, entregu\u00e9moslos con este esp\u00edritu de obediencia, antes de ir en contra de sus deseos, cuando no se oponga a ello la voluntad de Dios, pues los Reyes representan el poder soberano de Dios\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Y para hacer ver c\u00f3mo era la exactitud del Sr. Vicente en la obediencia al Rey, hasta en las cosas m\u00ednimas, aduciremos aqu\u00ed un ejemplo, que es tanto m\u00e1s digno de ser destacado, cuanto el asunto es menos importante, y que, ciertamente, se hallar\u00edan pocas personas que se someter\u00edan hasta ese extremo. Un Hermano de la casa de San L\u00e1zaro encontr\u00f3, dentro del cercado de dicha casa, unos huevos de perdiz; los cogi\u00f3 y los puso para incubar a una gallina; y habiendo nacido los perdigones y hecho ya grandes, los llev\u00f3 en una jaula al Sr. Vicente, creyendo que le dar\u00eda una ocasi\u00f3n para distraerse. Pero \u00e9l se acord\u00f3 de las Ordenanzas del Rey, que prohib\u00edan la caza, y le dijo al Hermano, sin declararle su intenci\u00f3n: Vamos a ver si esos pajaritos saben andar bien. Despu\u00e9s de salir de la habitaci\u00f3n, y atravesar con el Hermano el corral, entr\u00f3 en el cercado, donde est\u00e1n las tierras de labor, y all\u00ed le hizo abrir la jaula, y puso en libertad a los perdingoncillos, complacido al verlos correr para salvarse. Mas not\u00f3 que el Hermano estaba un poco molesto por haber perdido toda su ilusi\u00f3n, y le dijo: Sepa, Hermano, que debemos obedecer al Rey, quien ha prohibi do la caza, y no quiere que se cojan ni los huevos ni la caza, y no podr\u00edamos desobe decer al Pr\u00edncipe en estas cosas temporales, sin desagradar a Dios.<\/p>\n<p>Pero al Sr. Vicente no le bastaba con practicar la obediencia con los que eran superiores, lo extend\u00eda tambi\u00e9n a toda clase de personas, y llevaba a los suyos a hacer lo mismo: \u00ab<em>Nuestra obediencia \u2014<\/em>les dec\u00eda<em>\u2014 no debe limitarse solamente a los que tienen el derecho de mandarnos, sino que tiene que ir m\u00e1s adelante; pues evitaremos faltar a la obediencia que es de obligaci\u00f3n, si, como nos lo recomienda San Pedro, nos sometemos a toda humana criatura por amor de Dios. Hag\u00e1moslo, pues, y consideremos a todos los dem\u00e1s como superiores, y para ello pong\u00e1monos por debajo de ellos, incluso por debajo de los m\u00e1s peque\u00f1os, mostr\u00e1ndoles respeto, condescendencia y haci\u00e9ndoles toda clase de servicios. \u00a1Qu\u00e9 hermoso ser\u00eda, que Dios quisiera afianzarnos en esta santa pr\u00e1ctica!\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Exhortaba a los suyos al uso de esa condescendencia mutua, que es una especie de obediencia, por la comparaci\u00f3n de los miembros de un cuerpo, que se acomodan y condescienden unos a otros por su bien y conservaci\u00f3n com\u00fan, de modo que lo que uno hace, el otro lo aprueba, y cooperan tanto cuanto pueden.<\/p>\n<p><em>\u00abAs\u00ed \u2014<\/em>dec\u00eda<em>\u2014 en una Comunidad es menester que todos los que la componen y que son como sus miembros sean condescendientes unos con otros. Con esta disposici\u00f3n, los sabios tienen que condescender con la debilidad de los ignorantes en las cosas en que no hay error ni pecado; los prudentes y sabios deben condescender con los humildes y los sencillos, non alta sapientes, sed humilibus consentientes. Y con esta misma condescendencia, no s\u00f3lo hemos de aprobar los pareceres de los dem\u00e1s en las cosas buenas e indiferentes, sino incluso preferirlos a los nuestros, creyendo que los dem\u00e1s poseen luces y cualidades naturales o sobrenaturales mayores y m\u00e1s excelentes que nosotros. Pero hemos de evitar mucho condescender con los dem\u00e1s en las cosas malas, pues eso no ser\u00eda virtud, sino un gran defecto, que provendr\u00eda o del libertinaje del esp\u00edritu, o de nuestra cobard\u00eda y pusilanimidad\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Efectivamente, hac\u00eda lo que dec\u00eda, porque, ya lo hemos hecho notar, era muy condescendiente con los deseos de cualquiera en las cosas indiferentes; y tambi\u00e9n con los que ten\u00edan alguna debilidad de esp\u00edritu, pues ten\u00eda como norma, que era m\u00e1s conveniente acomodarse a la voluntad de los dem\u00e1s, que seguir los propios sentimientos. Y \u00e9l hab\u00eda llegado hasta el extremo, como afirma un virtuoso eclesi\u00e1stico, que lo ha conocido y observado durante varios a\u00f1os, de condescender con los deseos de toda clase de personas, y seguir las opiniones de las menores en las cosas indiferentes. Eso no quiere decir que \u00e9l no pudiera conocer los asuntos mucho mejor que otros; su larga experiencia en todas las cosas, unida a las luces recibidas de Dios, le daba medios para penetrar y discernir, en toda clase de situaciones, lo que era m\u00e1s conveniente hacer; pero \u00e9se era el uso que hac\u00eda de ellos, para no perder el m\u00e9rito de la sumisi\u00f3n y de la obediencia, cuando se presentaba ocasi\u00f3n de practicarla.<\/p>\n<p>Ejercitaba tambi\u00e9n esa misma virtud cediendo con gusto ante los pareceres de los dem\u00e1s, cuando lo pod\u00eda hacer sin perjuicio de la verdad y de la caridad; y no se ha o\u00eddo nunca que haya llevado la contraria, aunque se hayan tratado con \u00e9l frecuentemente cuestiones dif\u00edciles, y hab\u00eda por qu\u00e9 discutir; pero \u00e9l ced\u00eda ante las opiniones de los otros, o bien se callaba, despu\u00e9s de haber alegado humildemente sus razones. Ciertamente, cuando se trataba del inter\u00e9s del servicio o de la gloria de Dios, se manten\u00eda firme e inconmovible hasta tal punto, que le han visto persistir a\u00f1os enteros rehusando ciertas cosas que le ped\u00edan, porque juzgaba que no las pod\u00eda conceder seg\u00fan Dios. Su norma m\u00e1s importante en esta cuesti\u00f3n era \u00e9sta: Tanta condescendencia como usted quiera, con tal de que Dios no sea ofendido. Pero cuando el inter\u00e9s de la gloria de Dios, o de la caridad del pr\u00f3jimo, o de la prudencia cristiana le obligaban a negar alguna cosa, lo hac\u00eda con tanta amabilidad, y con tanta mansedumbre y humildad, que una de sus negativas era mejor recibida, que el favor o el beneficio que alguna vez se pudiera obtener de otro.<\/p>\n<p>Con ese esp\u00edritu de obediencia y de condescendencia escribi\u00f3 un d\u00eda, a prop\u00f3sito de cierta dificultad ocurrida en una misi\u00f3n, al que era el Director, que siguiera m\u00e1s bien el parecer de otro que el suyo propio, exhort\u00e1ndole a que accediera siempre gustosamente ante los pareceres del pr\u00f3jimo. Con esa ocasi\u00f3n le cit\u00f3 a San Vicente Ferrer, que pone esta pr\u00e1ctica como un medio de perfecci\u00f3n y de santidad.<\/p>\n<p>En ese mismo esp\u00edritu de condescendencia consinti\u00f3 tratar sobre una finca, que ofrecieron a la Comunidad de San L\u00e1zaro, pero con una pensi\u00f3n vitalicia tan grande, que juzg\u00f3 que no deb\u00eda aceptar aquella oferta, ni comprometerse en ella. Y, en efecto, se resisti\u00f3 durante dos a\u00f1os; pero los due\u00f1os de la finca, como ten\u00edan un gran deseo de quedar asegurados de por vida con la cuantiosa pensi\u00f3n, actuaron de tal forma que se ganaron el esp\u00edritu del difunto Sr. Prior de San L\u00e1zaro, con quien el Sr. Vicente ten\u00eda una condescendencia maravillosa. Y el buen Prior, pensando hacer un favor, le rog\u00f3 y urgi\u00f3 de tal manera, que, por pura condescendencia con su voluntad, firm\u00f3 el contrato, mas con el visto bueno de su Consejo, el cual le asegur\u00f3 que lo pod\u00eda hacer sin ning\u00fan peligro. Mientras estuvo obligado a pagar dicha pensi\u00f3n, la pag\u00f3 fielmente a las personas ya indicadas hasta la muerte de ellas. Despu\u00e9s de la muerte de ambas se entabl\u00f3 un proceso, y en \u00e9l los Sacerdotes de la Misi\u00f3n perdieron la finca y casi todo el dinero adelantado, sin que el Sr. Vicente quisiera servirse de los medios que le facilitaban para interponer un recurso contra la sentencia, por miedo a faltar, aunque fuera un poco, a la sumisi\u00f3n que pensaba se deb\u00eda a los jueces, prefiriendo perder la finca y el dinero, antes que el m\u00e9rito de la obediencia.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n demostr\u00f3 en otra ocasi\u00f3n su exactitud y su celo por esa misma virtud en una ocasi\u00f3n, en la que parec\u00eda poder dispensarse f\u00e1cilmente de ella. Habiendo recibido una orden de la Reina Madre de que diera la misi\u00f3n en Fontainebleau, envi\u00f3 all\u00ed a unos Sacerdotes de su Comunidad, y, contra lo que esperaban, se encontraron all\u00ed con un Religioso que estaba predicando en aquel mismo tiempo. No por eso dejaron ellos de empezar la misi\u00f3n por obedecer a Su Majestad; pero suspend\u00edan los actos durante las horas en que aquel buen Religioso deb\u00eda predicar, para que el pueblo tuviera plena libertad de acudir a sus sermones. Pero los habitantes del lugar, como hab\u00edan o\u00eddo las instrucciones familiares de la Misi\u00f3n, y les hab\u00edan tomado m\u00e1s gusto que a las predicaciones del buen Padre, sucedi\u00f3 que solamente acud\u00eda a las predicaciones de \u00e9ste un n\u00famero muy corto de oyentes; y, por el contrario, la iglesia estaba repleta de gente cuando los misioneros ofrec\u00edan sus predicaciones y las instrucciones del Catecismo. Por eso, el predicador tuvo alguna envidia, de forma que no pudo contenerse sin manifestar su disgusto. Aquello les hizo a los Sacerdotes de la Misi\u00f3n dudar de lo que deb\u00edan hacer, considerando por un lado la norma del Sr. Vicente, que era condescender y ceder en semejantes ocasiones, y como por otra parte, tem\u00edan faltar a las \u00f3rdenes que la Reina hab\u00eda dado de predicar la Misi\u00f3n, escribieron al Sr. Vicente para saber qu\u00e9 deb\u00edan hacer. Mas \u00e9l, al ver que se trataba de una cuesti\u00f3n de obediencia, la juzg\u00f3 de tanta importancia, que envi\u00f3 en diligencia a un hombre expresamente donde Su Majestad, quien, por devoci\u00f3n, se hab\u00eda trasladado a Nuestra Se\u00f1ora de Chartres, con una carta; en ella le expon\u00eda la coincidencia con el predicador de T\u00e9mporas, y la forma de actuar de los Sacerdotes de la Misi\u00f3n en semejantes casos, que era retirarse; y suplicaba muy humildemente a Su Majestad, que aceptara de buena gana que \u00e9l los retirase. En cuanto la Reina accedi\u00f3 a la petici\u00f3n, el Sr. Vicente mand\u00f3 a los Misioneros a trabajar en otros lugares, para no interrumpir a aquel Religioso y as\u00ed condescender con \u00e9l<\/p>\n<p>El Sr. Vicente era exacto en la pr\u00e1ctica de la obediencia, exig\u00eda tambi\u00e9n a los suyos una actitud semejante, y no pod\u00eda soportar en ellos el menor defecto contra esta virtud, porque quer\u00eda que estuviera en vigor en toda su Compa\u00f1\u00eda, como una de las virtudes m\u00e1s importantes para su bien. Y cuando alguno faltaba a ella, sab\u00eda muy bien mantenerla. He aqu\u00ed lo que hizo un d\u00eda, a prop\u00f3sito de eso, con uno de los m\u00e1s antiguos y m\u00e1s regulares de sus Sacerdotes, a quien hab\u00eda recomendado una noche que descansara al d\u00eda siguiente, porque le hab\u00eda hecho velar hasta muy tarde, y cre\u00eda que necesitaba descanso. Pero el buen Misionero, que era muy exacto en hacer todos los d\u00edas su oraci\u00f3n a la hora habitual de la Comunidad, se levant\u00f3 para estar con los dem\u00e1s en aquel acto, creyendo que la recomendaci\u00f3n que le hab\u00eda hecho el Sr. Vicente, no lo obligaba tan estrictamente que no le permitiera levantarse como de costumbre. Mas el Sr. Vicente, que daba mucha importancia a la obediencia, le corrigi\u00f3 en la iglesia en presencia de todos los dem\u00e1s, al salir de la oraci\u00f3n, oblig\u00e1ndole a estar mucho tiempo de rodillas, aunque era de los mayores, y quien lo sustitu\u00eda en la casa en su ausencia. El Sr. Vicente confes\u00f3 que \u00e9sa era la primera falta contra la obediencia en la que lo hab\u00eda sorprendido, alabando en verdad su celo y su exactitud por un lado, pero condenando por el otro su fervor inconsiderado en lo que hab\u00eda hecho. Dijo a continuaci\u00f3n cosas muy hermosas de la virtud de la obediencia, y cont\u00f3, adem\u00e1s del ejemplo de Sa\u00fal y de Jonat\u00e1s, alg\u00fan punto interesante de la Historia de Francia, que ven\u00eda muy a cuento, para hacer ver mejor a los suyos la importancia de esta virtud.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Obediencia No podr\u00edamos empezar mejor este Cap\u00edtulo de la Obediencia del Sr. Vicente, m\u00e1s que narrando los sentimientos que ten\u00eda de esta virtud. 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