{"id":36247,"date":"2020-02-03T08:35:07","date_gmt":"2020-02-03T07:35:07","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2011\/04\/espiritualidad-vicenciana-dios\/"},"modified":"2020-01-26T17:25:36","modified_gmt":"2020-01-26T16:25:36","slug":"espiritualidad-vicenciana-dios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/espiritualidad-vicenciana-dios\/","title":{"rendered":"Espiritualidad vicenciana: Dios"},"content":{"rendered":"<p>En la ense\u00f1anza de san Vicente, la palabra Dios evoca una condici\u00f3n existencial semejante a la del hombre b\u00edblico. El nombre Dios es don divino que precede a todo conocimiento, se iden\u00adtifica con una realidad que, antes incluso de ser evocada, nombr\u00e1ndose, llama por el nombre y pone en su presencia.<\/p>\n<p>Al pronunciar el nombre Dios, san Vicente se siente provocado por la presencia divina que im\u00adpone identidad, surgiendo de la profundidad del misterio de la vida misma. El nombre le es dado antes de poderlo pensar y descifrar en la revela\u00adci\u00f3n de un amor que ama infinitamente, hace existir, vivifica y gratifica. Nombrar Dios es siem\u00adpre un acto de fe, de amor y de reconocimiento por haber sido convocado, elegido, bendecido, enviado y amado; en consecuencia, expresa to\u00adda la religiosidad del Santo en una devoci\u00f3n ten\u00addente a la adoraci\u00f3n, al asentimiento, a la con\u00adfianza, al abandono absoluto y al m\u00e1ximo amor. Por eso, Dios no puede ser nombrado en vano. \u00ab\u2026 Un hermano cl\u00e9rigo, que repet\u00eda su oraci\u00f3n, vino a decir que se hab\u00eda estado callado un poco para escuchar a Dios, que le hablaba al coraz\u00f3n. El se\u00f1or Vicente le reprendi\u00f3 y le dijo: &#8211; Herma\u00adno m\u00edo, esa frase que acaba de decir, \u00abHe escu\u00adchado a Dios\u00bb, es un poco fuerte; hay que decir m\u00e1s bien, \u00abMe he puesto en la presencia de Dios para escuchar si le agrada a Nuestro Se\u00f1or ins\u00adpirarme alg\u00fan buen pensamiento, o alg\u00fan buen movimiento\u00bb.\u2026 Pero lo que tenemos que hacer en esta meditaci\u00f3n es exclamar a Dios con actos de fe que debemos hacer, de esperanza, s\u00ed, de esperanza en este divino misterio, de caridad, de humildad, de reconocimiento, de adoraci\u00f3n y de dependencia\u00bb (X1, 106-109).<\/p>\n<p>Es m\u00e1s: decir Dios, para san Vicente signifi\u00adca acoger la bajada del Verbo y del Esp\u00edritu San\u00adto para entregarse a la Palabra divina que manda salir de s\u00ed mismo para ser introducido por el Amor divino en el coraz\u00f3n de Cristo. \u00abDios pide princi\u00adpalmente el coraz\u00f3n, el coraz\u00f3n, y eso es lo prin\u00adcipal\u00bb (XI, 156).<\/p>\n<p>El lenguaje, referido a Dios, enciende un fue\u00adgo que quema, calienta, ilumina el coraz\u00f3n del San\u00adto, permitiendo al Esp\u00edritu divino infundir en \u00e9l el coraz\u00f3n mismo de Cristo. Dios se convierte en el coraz\u00f3n de su coraz\u00f3n y, en el coraz\u00f3n, su Esp\u00ed\u00adritu: \u00ab\u00c1nimo, pidamos a Dios que d\u00e9 a la Com\u00adpa\u00f1\u00eda este esp\u00edritu, este coraz\u00f3n, este coraz\u00f3n que nos hace ir por todas partes, este coraz\u00f3n del Hijo de Dios, coraz\u00f3n de Nuestro Se\u00f1or, coraz\u00f3n de Nuestro Se\u00f1or, que nos dispone a ir como \u00e9l ir\u00eda y como \u00e9l hubiera ido, si su sabidur\u00eda eterna hubiese juzgado a prop\u00f3sito trabajar por la con\u00adversi\u00f3n de las naciones pobres. Para esto, \u00e9l ha enviado a los ap\u00f3stoles; \u00e9l nos env\u00eda como a ellos para llevar por todas partes el fuego, por todas par\u00adtes. lgnem veni mittere in terram, et quid volo ni-si ut accendatur?, por todas partes este fuego di\u00ad vino, este fuego de amor, de temor de Dios, por todo el mundo\u2026\u00bb (XI, 190).<\/p>\n<p>Inspirado en su coraz\u00f3n por el coraz\u00f3n de Cris\u00adto, el nombre Dios corresponde al de Padre; pe\u00adro, pronunciado en el Esp\u00edritu del Hijo, significa la Trinidad sant\u00edsima y, en ella, comprende a todos los hermanos. En toda invocaci\u00f3n, se realiza el \u00e9x\u00adtasis y la k\u00e9nosis del Amor divino.<\/p>\n<p>Una investigaci\u00f3n sobre el modo como se presenta el misterio de Dios en san Vicente tie\u00adne sentido, no s\u00f3lo si nos liberamos de prejuicios teol\u00f3gicos y de esquemas preconcebidos, sino so\u00adbre todo si, renunciando a buscar corresponden\u00adcias o desde luego anticipaciones doctrinales, nos dejamos llevar por el atractivo de su coraz\u00f3n, y por tanto de su amor, en armon\u00eda y comuni\u00f3n con la Iglesia que le reconoce en este sentido una peculiar originalidad proclam\u00e1ndolo patrono de las obras de caridad. Atentos a su abandono al Amor divino y al Esp\u00edritu de sus obras de cari\u00addad, se recorre el camino m\u00e1s seguro para llegar a descubrir su Dios: \u00ab\u2026 <em>la caridad. ., es de s\u00ed mis\u00adma comunicativa, produce la caridad; y un cora\u00adz\u00f3n verdaderamente abrasado y animado por es\u00adta virtud hace experimentar su ardor; y lo que hay en un hombre caritativo respira y predica la cari\u00addad\u00bb <\/em>(XI, 267).<\/p>\n<div>\n<h2>Lenguaje m\u00edstico<\/h2>\n<\/div>\n<p>La doctrina del Santo nos llega en gran parte filtrada por la escucha de los interlocutores y cris\u00adtalizada en los escritos, redactados, s\u00ed, en sinto\u00adn\u00eda afectiva con \u00e9l, pero reducidos por nosotros a algo que puede parecerse a un \u00abtejido\u00bb de pen\u00adsamientos. Esta amalgama obliga a prestar aten\u00adci\u00f3n, antes de nada, a las declaraciones que ree\u00advocan el modo c\u00f3mo san Vicente hablaba de Dios, para poder llegar luego a captar la intencionalidad de su coraz\u00f3n y por ah\u00ed comprender el significa\u00addo de su expresi\u00f3n. Un testimonio expl\u00edcito, que puede dar luz sobre este aspecto, es el del hno. Du Courneau: \u00abTodo el mundo sabe que no tiene igual en la Compa\u00f1\u00eda para hablar tan dignamente de Dios y de las cosas santas, y con tanta utilidad para los que le escuchan. Y es tambi\u00e9n la cabeza escogida por Dios para infundir esp\u00edritu y vida en los miembros del cuerpo\u2026 \u00a1Ah! \u00a1Plega a Dios que, despu\u00e9s de treinta a\u00f1os que hace que la Compa\u00f1\u00eda ha tenido comienzo, se hubiese pues\u00adto de relieve lo que \u00e9l ha hecho y ha dicho para nuestro adelanto interior! No tendr\u00edamos que ha\u00adcer otras instrucciones. Ver\u00edamos sus frecuentes elevaciones a Dios, sus anonadamientos en s\u00ed mismo y las efusiones de su coraz\u00f3n paternal ha\u00adcia toda clase de personas\u2026\u00bb (XI, 386s).<\/p>\n<p>La lectura de los escritos de san Vicente ofre\u00adce un primer dato: para \u00e9l, Dios no es un proble\u00adma, mucho menos una teor\u00eda o, peor a\u00fan, un simple tema de reflexi\u00f3n. Dios es una persona viva, personal, amable, atrayente y entusiasmante que lo asimila en comuni\u00f3n vital con una ininterrum\u00adpida comunicaci\u00f3n (cf. IX, 427ss).<\/p>\n<p>El decir del Santo no es un interrogar, ni un argumentar, m\u00e1s bien un di\u00e1logo en el que, an\u00adtes de cualquier otra reacci\u00f3n humana, irrumpen por gracia la escucha, la adoraci\u00f3n, la asimilaci\u00f3n, la obediencia y el abandono en una silenciosa y estupefacta correspondencia que encuentra su verdadera expresividad verbal s\u00f3lo en la k\u00e9nosis del Amor (cf. IX, 210ss).<\/p>\n<p>Su lenguaje resulta siempre y exclusivamen\u00adte el de la fe del creyente pose\u00eddo y dominado por la vitalidad del Esp\u00edritu divino, hasta el punto de que se expresa como el otro respecto al T\u00fa divi\u00adno, seg\u00fan el esquema del salmo 139. Las afini\u00addades m\u00e1s fuertes aparecen en las oraciones finales al t\u00e9rmino de las conferencias a los Mi\u00adsioneros y a las Hermanas, cuando, atenuando-se la tensi\u00f3n del pensamiento, la palabra del San\u00adto vuelve completamente a poder de su coraz\u00f3n conmovido: \u00abOh Salvador, no tenemos m\u00e1s que abrir la boca para descubrirte nuestras necesida\u00addes; t\u00fa escuchas el m\u00e1s leve suspiro, el m\u00e1s pe\u00adque\u00f1o movimiento de nuestra alma, y por un dul\u00adce y amoroso impulso se atraen sobre s\u00ed m\u00e1s gracias y bendiciones sin comparaci\u00f3n que con esas extremas violencias. Oh Salvador, t\u00fa sabes lo que quiere decir mi coraz\u00f3n; \u00e9l se dirige a ti, fuente de las misericordias; t\u00fa ves sus deseos; \u00a1ah! ellos no tienden m\u00e1s que a ti, no aspiran m\u00e1s que a ti, no te quieren m\u00e1s que a ti. Dig\u00e1\u00admosle frecuentemente: Doce nos orare; conc\u00e9\u00addenos, Se\u00f1or, este don de la oraci\u00f3n; ens\u00e9\u00f1anos t\u00fa mismo c\u00f3mo te debemos rezar. Esto es lo que le pedimos hoy y todos los d\u00edas con confianza, gran confianza en su bondad\u00bb (Xl, 137).<\/p>\n<p>En sus elevaciones, san Vicente no tiene la pretensi\u00f3n de volverse a Dios por iniciativa per\u00adsonal. Reacciona a la presencia que le aparece en su singular experiencia religiosa, que polariza to\u00adda su vida e inhabita totalmente su esp\u00edritu. Por eso, tambi\u00e9n el di\u00e1logo comienza y se desarrolla en la confidencia del <em>\u00abcoraz\u00f3n a coraz\u00f3n\u00bb <\/em>(cf. IX, 335s; XI, 563s).<\/p>\n<p>San Vicente no est\u00e1 simplemente frente a Dios, porque Dios no s\u00f3lo permanece frente a \u00e9l, sino que vive y obra en \u00e9l, lo ha ocupado y asi\u00admilado totalmente, pese a \u00e9l mismo. Dios ha transformado su vida y su coraz\u00f3n. . En su cora\u00adz\u00f3n, se le ha impuesto como su todo. En el to\u00addo, se ha convertido en su l\u00edmite infranqueable, su \u00faltimo horizonte de sentido m\u00e1s all\u00e1 del cual no le es posible ir porque s\u00f3lo existir\u00eda el vac\u00edo: \u00ab\u00a1Oh Dios de mi coraz\u00f3n! Tu infinita bondad no me permite compartir mis afectos, ni dar parte en ellos a ning\u00fan otro en peducio tuyo; \u00a1oh!, posee t\u00fa solo mi coraz\u00f3n y mi libertad. \u00a1Y c\u00f3mo podr\u00e9 desear el bien de otro que de ti! \u00bfSer\u00e1 quiz\u00e1s de m\u00ed mismo? \u00a1Ay de mi!, t\u00fa me tienes infinitamente m\u00e1s amor que yo me tenga; t\u00fa est\u00e1s infinita\u00admente m\u00e1s deseoso de mi bien, y en capacidad de hac\u00e9rmelo, que yo mismo, que no tengo na\u00adda y no espero nada m\u00e1s que de ti. \u00a1Oh, mi \u00fani\u00adco bien! \u00a1Oh, bondad infinita! \u00a1y que no tenga yo tanto amor por ti como todos los Serafines jun\u00adtos! \u00a1Ay de m\u00ed! \u00a1es demasiado tarde para poder imitarlos!<sup>. <\/sup>O antigua bonitas, sero te amavi I Pero al&#8217; menos te ofrezco, con toda la extensi\u00f3n de mis afectos, la caridad de la sant\u00edsima Reina de los \u00e1ngeles y en general de todos los bienaven\u00adturados. \u00a1Oh, Dios m\u00edo!, en presencia del cielo y de la tierra te doy mi coraz\u00f3n, tal como es. Ado\u00adro por amor tuyo los decretos de tu paternal pro\u00advidencia sobre tu miserable siervo; detesto, en presencia de toda la corte celestial, lo que me pu\u00addiera separar de ti. !Oh, soberana bondad!, que quieres ser amado por los pecadores, conc\u00e9de\u00adme amor por ti, y manda luego lo que quieras; da quod jubes et jube quid vis\u00bb (XI, 102. 145-147).<\/p>\n<p>San Vicente se encuentra puesto totalmente en Dios, el \u00abAmante de su coraz\u00f3n\u00bb, y se ve por ello limitado hasta la incondicional aspiraci\u00f3n sus\u00adcitada por la atracci\u00f3n del Amor infinito, que no le consiente m\u00e1s alternativas. Revive a su modo el misterio tremenda de la teefania: misterio de proximidad y lejan\u00eda, de afinidad y alteridad, de ri\u00adqueza y pobreza, de felicidad y tremor. S\u00f3lo la con\u00adfianza en el Amor que <em>\u00abtodo lo puede y todo lo quiere\u00bb y \u00abes inventivo hasta e! infinito\u00bb <\/em>resuel\u00adve la contradicci\u00f3n de los opuestos y mantiene la fidelidad (cf. XI, 64-65).<\/p>\n<p>En el \u00e1mbito del infinito, san Vicente viene por ello alejado de toda mezquindad verbal y concep\u00adtual para colocarse en el arcano, pero sin ninguna posibilidad de evasi\u00f3n de la concreci\u00f3n del mun\u00addo (cf. X1, 134ss). El Amor infinito ha empapado totalmente el suyo finito. Por ello, Dios y san Vi\u00adcente no est\u00e1n nunca el uno frente al otro, sino siempre juntos: unidos y distintos en la respecti\u00adva alteridad, comunicados e inseparables en la uni\u00addad de la comuni\u00f3n, pr\u00f3ximos y alejad\u00edsimos en la confianza, afines y totalmente diversos en la reci\u00adprocidad del Padre dulc\u00edsimo y del hijo afectuos\u00ed\u00adsimo. El modelo de la relaci\u00f3n est\u00e1 en Cristo. Por ello, Dios es siempre y \u00fanicamente el Padre, fren\u00adte al cual todo sentimiento, pensamiento y expre\u00adsi\u00f3n verbal se vuelve un acto de amor filial.<\/p>\n<p>Cuando habla de Dios, y de \u00e9l habla conti\u00adnuamente incluso en el silencio, san Vicente no se a\u00edsla de la praxis de la vida, no se encierra nun\u00adca en la soledad del soliloquio; al contrario, su decir suena siempre como asentimiento y con\u00adsentimiento por la obediencia incondicionada pe\u00adro dulc\u00edsima. Dios es <em>\u00absentido\u00bb <\/em>(cf. IX, 430ssl, no <em>\u00abvisto\u00bb: <\/em>sentido, en el sentido de una percepci\u00f3n infusa como transparencia y consolaci\u00f3n con el efecto de sacar de la soledad, de poner en com\u00adpa\u00f1\u00eda y de infundir sabidur\u00eda (cf. XI, 65ss).<\/p>\n<p>De Dios, san Vicente sabe m\u00e1s de lo que lo\u00adgra decir. Inmerso en la contemplaci\u00f3n del aman\u00adte embelesado por una belleza arcana (cf. IX, 4291, goza de una forma de evidencia dada por la fe que arrebata el coraz\u00f3n y despeja toda duda, ti\u00adtubeo e incluso cualquier necesidad de demos\u00adtraci\u00f3n (cf. 1X, 252).<\/p>\n<p>Para san Vicente, Dios no se demuestra. Es Dios mismo que se impone como evidencia. To\u00adda percepci\u00f3n contraria resulta inmediatamente insensata. Con el don de tal forma de evidencia, queda sustra\u00eddo definitvamente al riesgo del fa\u00adnatismo, de la emotividad, del sentimentalismo, del pietismo, del racionalismo y de la abstracci\u00f3n: \u00abTodos estamos llamados por Dios al estado que hemos abrazado, para trabajar en una obra ma\u00adestra; porque en este mundo es una obra maes\u00adtra hacer buenos sacerdotes; despu\u00e9s de lo cual no se puede pensar nada m\u00e1s grande ni m\u00e1s im\u00adportante. Nuestros mismos hermanos pueden contribuir a ello con su buen ejemplo y con sus empleos exteriores; pueden hacer su oficio con esta intenci\u00f3n: que plega a Dios dar su esp\u00edritu a los se\u00f1ores ordenandos. Todos los dem\u00e1s pue\u00adden hacer lo mismo, y todos deben dedicarse a edificarlos; y si fuese posible adivinar sus incli\u00adnaciones y sus deseos, habr\u00eda que adelantarse a ellos para contentarlos en tanto que se pueda ra\u00adzonablemente. En fin, los que tengan la dicha de hablarles y asistir a sus conferencias deben, al ha\u00adblarles, elevarse a Dios para recibir de \u00e9l lo que les han de decir. Porque Dios es una fuente ina\u00adgotable de sabidur\u00eda, de luz y de amor; en \u00e9l, es donde nosotros debemos beber lo que decimos a los otros; debemos anonadar nuestro propio esp\u00edritu y nuestros sentimientos particulares pa\u00adra dar lugar a las actuaciones de la gracia, que es la \u00fanica que ilumina y caldea los corazones; hay que salir de s\u00ed mismo para entrar en Dios; hay que consultarle para aprender su lenguaje, y pedirle que hable, \u00e9l mismo en nosotros y por nosotros; entonces \u00e9l har\u00e1 su obra y nosotros no estrope\u00adaremos nada. Nuestro Se\u00f1or, cuando conviv\u00eda con los hombres, no hablaba por s\u00ed mismo: \u00abMi ciencia, dec\u00eda, no es m\u00eda, sino de mi Padre; las palabras que yo os digo no son las m\u00edas sino que son de Dios\u00bb. Eso nos demuestra cu\u00e1nto tene\u00admos que recurrir a Dios para que no seamos no\u00adsotros los que hablemos y actuemos, sino que sea Dios\u00bb (XI, 333).<\/p>\n<p>En el encaramiento del misterio de Dios, san Vicente practica una teolog\u00eda m\u00e1s elevada y m\u00e1s noble que la sistem\u00e1tica, porque, aunque es in\u00adteligencia y expresi\u00f3n de la fe cristiana, es pro\u00adfesi\u00f3n sapiencial de fe amorosa y confesante (cf. IX, 21. 211-213). No se reduce a simples juicios para la afirmaci\u00f3n o la negaci\u00f3n; por el contrario, adquiere el sentido de un proceso vital que im\u00adplica la experiencia de la fidelidad de Dios y a Dios, que compromete a ajustarse definitivamente a la iniciativa divina por una radical transformaci\u00f3n personal en armon\u00eda con la realidad infinita en su autoafirmaci\u00f3n: <em>\u00abDediqu\u00e9monos, hermanos m\u00edos, a concebir una grande, pero una muy grande es\u00adtima de la majestad y de la santidad de Dios. Si tuvi\u00e9ramos la mirada de nuestro esp\u00edritu sufi\u00adcientemente aguda para penetrar un poco en la inmensidad de su soberana excelencia, \u00a1oh Je\u00ads\u00fas!, \u00a1qu\u00e9 elevados sentimientos hacia ella ex\u00adperimentar\u00edamos! Podr\u00edamos decir, como san Pa\u00adblo <\/em>(1Cor 2, 9), <em>que los ojos nunca han visto, ni las orejas han o\u00eddo, ni el esp\u00edritu ha concebido nada que le sea comparable. Es un abismo de perfec\u00adciones, un Ser eterno, sant\u00edsimo, pur\u00edsimo, perfect\u00edsimo e infinitamente glorioso, un bien in\u00adfinito que abarca todos los bienes y que es en s\u00ed inabarcable. Ahora bien, este conocimiento que tenemos de que Dios est\u00e1 infinitamente por encima de todos los conocimientos y de todo en\u00adtendimiento creado, nos debe bastar para hacer\u00adnos estimar\u00eda infinitamente, para anonadarnos en su presencia y para hacernos hablar de su ma\u00adjestad suprema con un gran sentimiento de re\u00adverencia y de sumisi\u00f3n; y en la proporci\u00f3n en que lo estimemos, tambi\u00e9n lo amaremos, y este amor producir\u00e1 en nosotros un deseo insaciable de re\u00adconocer sus beneficios y de procurarle verdade\u00adros adoradores\u00bb <\/em>(ABELLY, III, 68; XI, 48 fr.-no est\u00e1 en la traducci\u00f3n castellana).<\/p>\n<p>San Vicente tiene plena conciencia de que Dios lo ha ce\u00f1ido a s\u00ed. Como verdadero ext\u00e1tico, experimenta haber sido definitivamente entrega\u00addo por Dios mismo al misterio de la comuni\u00f3n con Cristo y por lo tanto guarda este conocimiento con temor y temblor, pero tambi\u00e9n con inmenso consuelo. En este sentido, su teolog\u00eda se trueca en fe \u00abverificada\u00bb, porque est\u00e1 compuesta en el cotejo de la significatividad de los enunciados del Amor. Convencida comprensi\u00f3n de la relaci\u00f3n per\u00adsonal traducida en el culto, induce al encaramiento y a la adhesi\u00f3n con la realidad, mediante ilumina\u00adciones, atracciones, deseos, extrav\u00edos, experien\u00adcias, oraciones, acontecimientos extraordinarios: <em>\u00abDoy gracias a Dios, queridas hijas, por las luces y conocimientos que su bondad os ha dado sobre el tema de la presente conferencia, m\u00e1s claros y m\u00e1s amplios, por misericordia suya, que sobre los otros temas tratados desde hace tiempo. <\/em><\/p>\n<p>Le doy gracias de todo coraz\u00f3n y le suplico a \u00e9l que es la dulzura, el amor y la caridad, que quiera, por su divina misericordia, insinuar en vuestros corazones las verdades que ha mostra\u00addo a vuestros esp\u00edritus. Plega a su bondad infini\u00adta derramar en ellos este esp\u00edritu de respeto y de dulzura que, por su misericordia, os ha hecho co\u00adnocer como tan necesario. \u00a1Oh! Pienso, queri\u00addas hermanas, que ten\u00e9is muchos deseos de aplicaras a ella. Bien se ve que esto os toca al co\u00adraz\u00f3n; si, sin duda os toca al coraz\u00f3n; no podr\u00edais hablar de ello con m\u00e1s conocimiento.<\/p>\n<p>Pero toca mucho m\u00e1s al coraz\u00f3n de Dios, que lo pide de vosotras y que os lo ha repartido nada m\u00e1s que para que hag\u00e1is buen uso de \u00e9l. Los te\u00ad\u00f3logos, queridas hijas, no podr\u00edan hablar mejor que vosotras de la dulzura y del respeto, por la misericordia de Dios; aunque vosotras no hab\u00e9is hablado con tanta suficiencia, lo hab\u00e9is hecho con tanto afecto y de tal modo, que bien se ve que viene de Dios\u00bb (IX, 252s; cfr. XI, 273-286).<\/p>\n<p>San Vicente habla de Dios siempre y s\u00f3lo en base a la experiencia personal, incluso cuando ci\u00adta la autoridad de los grandes. No pretende la ve\u00adrificaci\u00f3n que induce a la demostraci\u00f3n racional, ejercita por el contrario la capacidad de coordinar las actividades apropiadas para dar raz\u00f3n de la experiencia a fin de ofrecer a los otros la posibi\u00adlidad del mismo acontecimiento (cf. XI, 724).<\/p>\n<p>La demostraci\u00f3n se desarrolla por ello en la profesi\u00f3n de fe con una actividad ling\u00fc\u00edstica que confiere plena publicidad al anuncio y por tanto fermenta nuevas capacidades de simbolizaci\u00f3n a los fines de la educaci\u00f3n y de la praxis (cf. XI, 372s) o, mejor a\u00fan, crea tensi\u00f3n hacia la <em>\u00abgracia de la resurrecci\u00f3n\u00bb <\/em>(cf. XI, 710).<\/p>\n<p>Por la peculiar significatividad ling\u00fc\u00edstica de las figuras simb\u00f3licas, caracterizadas por la com\u00adpostura y el vigor, hay que reconocer a la teolo\u00adg\u00eda de san Vicente una originalidad propia (cf. IX, 83. 137s. 181s. 563). En la profesi\u00f3n de fe, es donde llega a su plenitud con la fuerza de incitar a la misma experiencia religiosa de comuni\u00f3n con el Amor divino (cf. XI, 132ss). Se hace entonces dial\u00f3gica y desvela definivamente la objetividad, la inmutabilidad y la personalidad de su funda\u00admento en Cristo. Finalizada siempre en la comu\u00adni\u00f3n eclesial, adquiere una dimensi\u00f3n comunitaria y desarrolla finalmente una funci\u00f3n lit\u00fargico-sa\u00adcramental por su capacidad de transfigurar al hom\u00adbre y transformar el mundo (cf. XI, 706s). Presenta consiguientemente las propiedades que hacen verdaderamente cient\u00edfica toda expresi\u00f3n de la fe en la comunidad cristiana.<\/p>\n<p>Si al origen de la teolog\u00eda, como discurso de Dios, hay siempre una experiencia de fe con una profesi\u00f3n y una verificaci\u00f3n de la misma en el vi\u00advido eclesial (cf. XI, 106ss), en san Vicente estas notas se dan de modo inequ\u00edvoco y, adem\u00e1s, en la condici\u00f3n misma de la k\u00e9nosis del Verbo de Dios, con gran atenci\u00f3n al misterio, fidelidad ab\u00adsoluta al don y cuidado por no traicionarlo con deformaciones humanas (cf. XI, 164-187. 235- 242. 266-269). Por ello, la teolog\u00eda de san Vicen\u00adte se afirma en la humildad de la palabra del po\u00adbre que se expresa en la forma m\u00e1s simple, m\u00e1s f\u00e1cil, m\u00e1s inmediata y menos estudiada (cf. X1, 150ss). Pobre de cultura, pero rico de Amor, san Vicente no busca otra palabra fuera de la de Dios, y ninguna otra urgencia m\u00e1s que la de de\u00adjar hablar al Esp\u00edritu de Cristo (cf. XI, 411s). Antes que adelantarse a la palabra de Dios, inclina la cabeza, calla y escucha. En el silencio de la ado\u00adraci\u00f3n, recibe el don de la inteligencia y de la elo\u00adcuencia del Amor (cf. XI, 698-699).<\/p>\n<p>El objeto del estudio no puede ser, por lo tan\u00adto, la tradicional teolog\u00eda de Dios como fue reci\u00adbida, repensada y repetida por san Vicente, sino la teolog\u00eda de Dios reflexionada desde la perso\u00adnal experiencia religiosa del santo, promovida por su gracia con la sorpresa del misterio del Amor de Cristo: \u00abUna vez que los estudiantes es\u00adtuvieron preparados para empezar los estudios de filosof\u00eda, se dirigieron conducidos por el pa\u00addre Guillot, sacerdote de la compa\u00f1\u00eda y director suyo, a visitar al padre Vicente y, puestos de ro\u00addillas ante \u00e9l, le pidieron su bendici\u00f3n. \u00c9l se la concedi\u00f3, poni\u00e9ndose tambi\u00e9n de rodillas como acostumbraba hacer. Les recomend\u00f3 mucho que estudiasen con el esp\u00edritu que nuestro Se\u00f1or de\u00adsea, a fin de servir mejor a Dios y con mayor uti\u00adlidad al pr\u00f3jimo; que tuviesen mucho cuidado de que el orgullo no se apoderase de su coraz\u00f3n por el deseo de sobresalir, de ser estimados, de tener \u00e9xito en los estudios; muchos j\u00f3venes, al salir del noviciado o del seminario, se pierden con frecuencia por ese motivo y pierden el es\u00adp\u00edritu del seminario. Pues bien, para evitar que caiga ese mal sobre vosotros, hermanos m\u00edos, no teng\u00e1is deseos de alcanzar \u00e9xitos, de Ilevaros premios, de distinguiros en la argumentaci\u00f3n, bien sea defendiendo o bien objetando; desead m\u00e1s bien, anhelad y pedid mucho a nuestro Se\u00ad\u00f1or que os conceda la gracia de amar y de prac\u00adticar la humildad en todo y por todo, de estimar el desprecio de vosotros mismos, de no buscar ni desear m\u00e1s que esto y sobre todo de creer que, si ten\u00e9is algo en vosotros mismos que os haga dignos de un poco de estimaci\u00f3n, es porque Dios os lo ha dado y lo hab\u00e9is recibido de \u00e9l. Vivid, her\u00admanos m\u00edos, con este esp\u00edritu; procurad, her\u00admanos m\u00edos, conservarlo, si es que ya lo ten\u00e9is; y si no lo ten\u00e9is, ped\u00eddselo insistentemente a nuestro Se\u00f1or. Que la filosof\u00eda que vais a apren\u00adder os sirva para amar y servir mejor a Dios, pa\u00adra elevaras hasta \u00e9l por medio del amor, y que al mismo tiempo que estudi\u00e1is la ciencia y la fi\u00adlosof\u00eda de Arist\u00f3teles y aprend\u00e9is todas esas di\u00advisiones, aprend\u00e1is tambi\u00e9n la de nuestro Se\u00f1or y sus m\u00e1ximas, y las pong\u00e1is en pr\u00e1ctica, de for\u00adma que todo lo que aprend\u00e1is os sirva, no ya pa\u00adra hinchar vuestro coraz\u00f3n, sino para servir me\u00adjor a Dios y a su Iglesia. La filosof\u00eda es muy \u00fatil a una persona, cuando uno se sirve de ella co\u00admo es debido y con el esp\u00edritu con que nuestro Se\u00f1or lo desea; cuando se obra de otro modo, s\u00f3lo sirve para perder a las personas y para hin\u00adchar el coraz\u00f3n\u00bb (XI, 372s). Lo que plantea pro\u00adblema no es tanto Dios, cuanto san Vicente y su relaci\u00f3n personal con el Amor divino: misterio en el misterio.<\/p>\n<p>Para llegar al coraz\u00f3n de la experiencia religiosa del Santo e individuar aquello que \u00e9l define \u00abmi Dios\u00bb, es necesario ante todo tener en cuenta la personalidad del que habla y en segundo lugar la de sus interlocutores, porque el Santo no habla nunca de solo a solo, sino siempre en compa\u00f1\u00eda y para la comuni\u00f3n. De ello, se sigue que en el lenguaje, su modo de decir traza el \u00fanico cami\u00adno posible para la investigaci\u00f3n.<\/p>\n<div>\n<h2>Al modo de los m\u00edsticos<\/h2>\n<\/div>\n<p>Las afirmaciones de san Vicente, cuando ha\u00adbla de Dios, pueden tener significatividad plena exclusivamente si se ambientan en su religiosi\u00addad y, en este contexto, se radican en su di\u00admensi\u00f3n m\u00edstica. San Vicente es un m\u00edstico: <em>\u00abto\u00addo de Dios\u00bb <\/em>(XI, 280-282), y s\u00f3lo como tal habla de su Dios. Esto era claro para quien lo escu\u00adchaba.<\/p>\n<p>Si por una falsa concepci\u00f3n de la m\u00edstica, co\u00admo a\u00fan sucede frecuentemente, se le niega tal reconocimiento, resulta in\u00fatil y hasta descarriado indagar sobre el sentido de su hablar de Dios y a Dios. No se encontrar\u00eda casi nada y ese poco re\u00adsultar\u00eda insignificante porque la santidad se ver\u00eda reducida a mezquindad. Destruido el m\u00edstico, de\u00adsaparecer\u00eda tambi\u00e9n su Dios; cancelado el signo de la presencia y de la acci\u00f3n extraordinaria de la gracia, en lugar del Santo quedar\u00eda s\u00f3lo un pobre hombre, cargado de complejos y miserias. Este resultado, sin embargo, estar\u00eda en contra de la his\u00adtoria, contradicho por los hechos.<\/p>\n<p>La prueba de que san Vicente habla de Dios como m\u00edstico, como los grandes m\u00edsticos, est\u00e1 inserta en su mismo lenguaje, siempre legitima\u00addo por el <em>\u00abtoque del Esp\u00edritu divino\u00bb <\/em>(cf. XI, 714). No es esta la ocasi\u00f3n para dirimir la controversia sobre la naturaleza de la m\u00edstica. Basta atenerse al punto de convergencia sobre la definici\u00f3n de la misma como conocimiento experimental de Dios. Justamente, en este preciso sentido no se puede dudar de la naturaleza de la experiencia re\u00adligiosa de san Vicente, porque su modo de hablar refleja continuamente una transparente dimen\u00adsi\u00f3n experimental del conocimiento de los mis\u00adterios divinos (cf. XI, 445-481).<\/p>\n<p>Como los grandes m\u00edsticos, es siempre cons\u00adciente de que no todo cuanto ser\u00eda hermoso ex\u00adpresar se puede decir. En la pasi\u00f3n por traducir el tormento del misterio, su necesidad subyace al susto y al temor (cf. Xl, 555ss). La forma su\u00adprema de su elocuencia se exalta en el silencio, que no es el mutismo de la:ignorancia, sino la ado\u00adraci\u00f3n de la humildad (cf. Xl, 787s}. Abandonada toda preocupaci\u00f3n estil\u00edstica, el Santo usa un len\u00adguaje espont\u00e1neo, rico en calor y color, no ret\u00f3\u00adrico, ni ordinario o pulido, sino fuerte, tajante, sin perifollos, fuera de los corrientes g\u00e9neros litera\u00ad dos, y con todo, dulc\u00edsimo y comprensible inclu\u00adso para los peque\u00f1os (cf. XI, 533ss), como se pue\u00adde comprobar en su <em>\u00abpeque\u00f1o m\u00e9todo\u00bb <\/em>de pre\u00addicaci\u00f3n (cf. Xl, 164ss).<\/p>\n<p>Palabras viejas, no siempre claras en la acep\u00adci\u00f3n com\u00fan, pero con significados nuevos, con una necesidad de lucidez que. aspira al lenguaje de los \u00e1ngeles y remite a la imagen evang\u00e9lica del vino nuevo en odres viejos (cf. IX, 1180s). Ex\u00adpresiones como \u00abLos pobres son hermosos\u00bb no se olvidan nunca (cf. XI, 725).<\/p>\n<p>Parad\u00f3jico en muchos aspectos, rico de im\u00e1\u00adgenes y l\u00edrico, el lenguaje de san Vicente mantiene cierto soplo po\u00e9tico que alcanza con frecuencia las cimas de la expresi\u00f3n art\u00edstica (cf. IX, 915ss). Da entonces la impresi\u00f3n de desarrollarse en es\u00adtado de sue\u00f1o, en una condici\u00f3n de total absor\u00adci\u00f3n de lo real, y sin embargo sin ning\u00fan aleja\u00admiento de la concreci\u00f3n de las cosas; con todo, desvinculado del poder de las facultades huma\u00adnas, como si el sujeto estuviese pose\u00eddo por una fuerza superior (cf. XI, 562ss). El lenguaje del San\u00adto usa frecuentemente superlativos y es c\u00e1lida\u00admente exhortativo. Culminado en la comuni\u00f3n con Dios, resulta tambi\u00e9n \u00abreticente\u00bb con una doble reticencia: una, debida a lo inefable; la otra, por libre elecci\u00f3n, porque es prerrogativa del m\u00eds\u00adtico, no el desvelar el misterio, sino testimoniar la fidelidad del Amor en el abandono incondicio\u00adnal (cf. XI, 229ss).<\/p>\n<p>Es un lenguaje altamente \u00abafectivo\u00bb que vier\u00adte el \u00absentir\u00bb prevalentemente en la reacci\u00f3n del coraz\u00f3n m\u00e1s que en la reflexi\u00f3n de la mente (cf. X1, 204ss). Se hace, pues, posesivo por la autori\u00addad de la palabra divina a la cual descubre por in\u00addicios. Adopta un estilo coloquial, gramaticalmente incontrolable, caracterizado por prolijidad y para\u00adlogismos, sint\u00e1cticamente discontinuo, argu\u00admentativamente raps\u00f3dico e improvisado en la elocuci\u00f3n (cf. XI, 161ss).<\/p>\n<p>Se le puede definir bien como apof\u00e1tico, por\u00adque al final es un lenguaje que genera el silencio, en el sentido de que pretende y, de hecho, logra poner en la presencia de Dios en profunda ado\u00adraci\u00f3n (cf. XI, 268s. 282ss). No presume de desvelar a Dios, mucho menos de dar a Dios. Tiende so\u00adbre todo a abrir el coraz\u00f3n para hecerlo vibrar de admiraci\u00f3n ante la belleza de Amor divino en Cris\u00adto: <em>\u00abSe trata de un acto de amor que hace entrar los corazones unos en otros y sentir lo que ellos sienten, muy alejados de aquellos que no tienen ning\u00fan sentimiento del dolor de los afligidos, ni del sufrimiento de los pobres. \u00a1Ah! \u00a1Qu\u00e9 cari\u00f1o\u00adso era el Hijo de Dios! Lo llaman para ver a L\u00e1\u00adzaro; va; la Magdalena se levanta y viene ante \u00e9l llorando; los jud\u00edos la siguen, llorando tambi\u00e9n; to\u00addos se ponen a llorar. \u00bfQu\u00e9 hace nuestro Se\u00f1or? Llora con ellos, tan sensible y compasivo es. Es\u00adta ternura es la que lo ha hecho venir del cielo; ve\u00eda a los hombres privados de su gloria; se sin<\/em><em>ti\u00f3 tocado por su desgracia. De igual modo, no\u00adsotros nos tenemos que enternecer por nuestro pr\u00f3jimo afligido y participar de su pena. \u00a1Oh san Pablo, cu\u00e1n sensible eras en este punto! \u00a1Oh Sal\u00advador!, que has llenado a este ap\u00f3stol de tu es\u00adp\u00edritu y de tu ternura, haznos decir como \u00e9l: Quis infirmatur et ego non infirmar? \u00bfHay enfermo con el que yo no est\u00e9 enfermo? (2Cor II, 29)\u00bb<\/em> (XI, 560s).<\/p>\n<p>Justamente, por la tensi\u00f3n en conformarse a la elocuencia del Amor que convence sin ruido, el lenguaje de san Vicente carece de las extravagancias del lenguaje de muchos m\u00edsticos. Sin embargo, esto no es un defecto, es m\u00e1s bien un m\u00e9rito: un claro signo de su autenticidad.<\/p>\n<div>\n<h2>EL CAMINO HACIA DIOS<\/h2>\n<\/div>\n<p>Todos los escritos atribuidos a san Vicente, en sinton\u00eda con su instinto m\u00edstico, est\u00e1n completa\u00admente recorridos por una fort\u00edsima intencionali\u00addad: abrir los corazones a Dios, s\u00f3lo a Dios. Para san Vicente s\u00f3lo hay un camino que lleva a Dios: el inefable del Amor divino que pasa por el cora\u00adz\u00f3n y conduce al estado de amor en conformidad con Cristo por la uni\u00f3n m\u00e1s \u00edntima, verificada en la praxis de la caridad heroica por amor a los m\u00e1s pobres (cf. XI, 733-737).<\/p>\n<p>La decisi\u00f3n de san Vicente, en armon\u00eda con el prop\u00f3sito de san Francisco de Sales, ser\u00e1 siem\u00adpre la de no ir a Dios, si primero Dios no hubie\u00adse venido a \u00e9l: \u00abMe acuerdo, a prop\u00f3sito de es\u00adto, de una idea del obispo de Ginebra, que dec\u00eda con palabras muy divinas y dignas de tan gran hombre: \u00abNo me gustar\u00eda ir a Dios si Dios no vi\u00adniese a m\u00ed\u00bb \u00a1Palabras admirables! No querr\u00eda ir a Dios si Dios no viniese primero a \u00e9l. \u00a1Oh! Estas palabras salen de un coraz\u00f3n perfectamente ilu\u00adminado en esta ciencia del amor. Siendo esto as\u00ed, un coraz\u00f3n verdaderamente tocado por la cari\u00addad, que entiende lo que es amar a Dios, no que\u00adrr\u00eda ir a Dios, si Dios no se le adelanta y le atrae por su gracia. Esto es estar muy alejado de que\u00adrer arrastrarlo y atraer a Dios a s\u00ed a fuerza de bra\u00adzos y de m\u00e1quinas. No, no, no se gana nada en estos casos por la. uerza\u00bb (Xl, 136).<\/p>\n<p>El \u00fanico camino es el del coraz\u00f3n, pero no del coraz\u00f3n del hombre que puede incluso tener sus razones, sino el del coraz\u00f3n de Dios, que pre\u00adsenta un modo enteramente propio de amar para conmover el coraz\u00f3n del hombre con la cien\u00adcia del Amor divino: \u00abDios, cuando quiere comu\u00adnicarse, lo hace sin esfuerzo, de una manera sen\u00adsible, muy suave, dulce, amorosa; pid\u00e1mosle, pues, con frecuencia este don de oraci\u00f3n, y con gran confianza. Dios, por su parte, no busca na\u00adda mejor; pid\u00e1mosle, pero con gran confianza, y estemos seguros que al final nos lo conceder\u00e1 por su gran misericordia. \u00c9l nunca niega cuando se le pide con humildad y confianza. Si no lo concede al principio, lo hace poco despu\u00e9s. Hay que per\u00adseverar y no desanimarse; y si no tenemos aho\u00adra este esp\u00edritu de Dios, \u00e9l nos lo dar\u00e1 por su mi\u00adsericordia, si insistimos, quiz\u00e1s dentro de tres o cuatro meses, m\u00e1s o menos, o en un a\u00f1o o dos. Pase lo que pase, seamos muy sumisos a la pro\u00advidencia, esper\u00e9moslo todo de su liberalidad, de\u00adj\u00e9mosla hacer, tengamos siempre buen \u00e1nimo. \u00a1Oh! Cuando Dios, por su bondad, concede a al\u00adguno alguna gracia, lo que \u00e9ste cre\u00eda dif\u00edcil, se le vuelve tan f\u00e1cil que en lo mismo en que encon\u00adtraba tanto trabajo, ah\u00ed justamente encuentra pla\u00adcer; est\u00e1 justamente muy extra\u00f1ado en s\u00ed mismo de este cambio tan inesperado. Hic est digitus Dei, haec mutatio dexterae Excelsi (Ps. 76, 11). Enton\u00adces, uno se siente sin esfuerzo en la presencia de Dios; se le vuelve como natural, no cesa nun\u00adca; y esto se hace adem\u00e1s con mucha satisfac\u00adci\u00f3n. No es menester esforzarse, formar en su in\u00adterior palabras precisas: por eso, es por lo que se estropea el est\u00f3mago; Dios entiende muy bien sin hablar, \u00e9l ve todos los resortes de nuestros co\u00adrazones, \u00e9l conoce hasta el menor de nuestros sentimientos\u00bb (XI, 136s).<\/p>\n<p>El itinerario no va de la tierra al cielo. No par\u00adte del hombre. Al contrario, viene de Dios. Siem\u00adpre y para todas existe una inmutable y continua iniciativa amorosa de Dios que urge al coraz\u00f3n de cada uno. Como para san Agust\u00edn, as\u00ed para san Vicente no se trata exclusivamente de una ac\u00adci\u00f3n gen\u00e9rica de la Providencia, identificable con la voluntad general de salvaci\u00f3n. La acci\u00f3n divi\u00adna presenta inequ\u00edvocamente las propiedades de un inmutable, eterno, infinito y definitivo acto de amor, rico de toda la benevolencia y ternura de la paternidad divina, que no hace distinci\u00f3n de personas porque ama con predilecci\u00f3n a todos.<\/p>\n<p>En esto, se descubre verdaderamente la ori\u00adginalidad de san Vicente, originalidad que puede ser sintetizada en una afirmaci\u00f3n casi escandalosa para la raz\u00f3n: &#8211; Dios no puede ser amado como merece y manda, cuenta habida de la condici\u00f3n de finitud y fragilidad del hombre. Porque Dios no pide lo imposible, toma \u00e9l la iniciativa en su Hijo para hacernos sensibles a su Amor y atraernos a \u00e9l (cf. X, 749s. 657s). De Dios, por tanto, s\u00f3lo po\u00addemos dejarnos amar, para poder corresponder libremente con un abandono absoluto. Esto es jus\u00adtamente lo que exige el Amor infinito en Cristo Jes\u00fas.<\/p>\n<p>\u00a1Cuidado! La l\u00f3gica interna al discurso de san Vicente no es, sin embargo, la del fil\u00f3sofo que ar\u00adgumenta simplemente sobre la base de los prin\u00adcipios de la raz\u00f3n para afirmar que, si Dios es bondad infinita y el hombre resulta una simple cre\u00adatura dependiente en todo de su Creador, en\u00adtonces, toca a Dios buscar al hombre y salvarlo. San Vicente no niega todo esto. Es un gran afec\u00adtivo, pero tambi\u00e9n un convencido afirmador de la racionalidad. Su perspectiva, sin embargo, es dis\u00adtinta y desvinculada de las leyes del silogismo. Se ve obligado a rendirse a una evidencia debida a la fe, en correspondencia a un sentir profundo que le impone juicios imposibles fuera de la cien\u00adcia del Amor que recibe como don (cf. X1, 261 ss). Un Amor infinito, sorprendente, que, contra su vo\u00adluntad y no obstante su resistencia, ha trastornado su vida, d\u00e1ndole la alegr\u00eda inmensa de comprobar continuamente que el abandono a las inspiracio\u00adnes amorosas de Dios promueve siempre el mis\u00admo maravilloso evento de salvaci\u00f3n en todo viviente humano, por muy rebelde, burdo e in\u00adsensible que pueda ser: \u00abS\u00ed, mi querid\u00edsimo her\u00admano, es cierto y no cabe duda de ello, que Dios se ha complacido siempre en que usted le ama\u00adse, pero especialmente en esta hora; para que le am\u00e1semos, nos ha hecho a su imagen y seme\u00adjanza, dado que uno no ama m\u00e1s que a lo que es semejante a \u00e9l, si no en todo, al menos en algo. Ese gran Dios, al crearnos con el plan de exigir de nosotros esa agradable ocupaci\u00f3n de amarle y ese honorable tributo, ha querido poner en no\u00adsotros el germen del amor, que es la semejanza, para que no nos excus\u00e1semos diciendo que no podr\u00edamos pagarle jam\u00e1s. Ese enamorado de nuestros corazones, al ver que, por desgracia, el pecado hab\u00eda estropeado y borrado esa seme\u00adjanza, quiso romper todas las leyes de la natura\u00adleza para reparar ese da\u00f1o, pero con la ventaja ma\u00adravillosa de que no se content\u00f3 con devolvernos la semejanza y el car\u00e1cter de su divinidad, sino que quiso, con el mismo proyecto de que le am\u00e1\u00adsemos, hacerse semejante a nosotros y revestirse de nuestra misma humanidad. \u00bfQui\u00e9n querr\u00e1 en\u00adtonces negarse a tan justa y saludable obligaci\u00f3n?<\/p>\n<p>Adem\u00e1s, como el amor es infinitamente in\u00adventivo, tras haber subido al pat\u00edbulo infame de la cruz para conquistar las almas y los corazones de aquellos de quienes desea ser amado, por no hablar de otras innumerables estratagemas que utiliz\u00f3 para este efecto durante su estancia entre nosotros, previendo que su ausencia pod\u00eda oca\u00adsionar alg\u00fan olvido o enfriamiento en nuestros corazones, quiso salir al paso de este inconve\u00adniente instituyendo el augusto sacramento don\u00adde \u00e9l se encuentra real y substancialmente como est\u00e1 en el cielo. M\u00e1s a\u00fan, viendo que, rebaj\u00e1ndose y anul\u00e1ndose m\u00e1s todav\u00eda que lo que hab\u00eda he\u00adcho en la encarnaci\u00f3n, podr\u00eda hacerse de alg\u00fan modo m\u00e1s semejante a nosotros, o al menos ha\u00adcernos m\u00e1s semejantes a \u00e9l, hizo que ese vene\u00adrable sacramento nos sirviera de alimento y de be\u00adbida, pretendiendo por este medio que en cada uno de los hombres se hiciera espiritualmente la misma uni\u00f3n y semejanza que se obtiene entre la naturaleza y la substancia. Como el amor lo puede y lo quiere todo, \u00e9l lo quiso as\u00ed; y por mie\u00addo a que los hombres, por no entender bien este inaudito misterio y estratagema amorosa, fueran negligentes en acercarse a este sacra\u00admento, los oblig\u00f3 a \u00e9l con la pena de incurrir en su desgracia eterna: Nisi manducaveritis carnem Filii hominis, non habebitis vitam (Jn 6, 54).<\/p>\n<p>Ya ve usted c\u00f3mo se ha esforzado por todos los medios imaginables en conseguir que todos los hombres le amasen; por eso, tiene usted que excitar su coraz\u00f3n para pagar este justo y suave tributo al amor de un Dios que ha sido el objeto de todos sus planes por usted, y que para obte\u00adnerlo ha hecho todo lo que ha hecho con usted. Crea que el mayor presente que puede usted ofrecerle es el de su coraz\u00f3n; no le pide nada m\u00e1s: Fili, praebe mihi cor tuum (Prv. 23, 26). Y si sus pensamientos le dicen que es una temeridad el que un pobre deudor y un mal esclavo aspire a las caricias y besos del Esposo, d\u00edgales que es Dios el que lo manda y lo desea\u00bb (XI, 65-67).<\/p>\n<p>San Vicente conf\u00eda en un \u00fanico tipo de cono\u00adcimiento de lo divino, que comporta el abandono total a los atractivos del coraz\u00f3n. Su convenci\u00admiento m\u00edstico mantiene muy firme en \u00e9l un jui\u00adcio que parece asumir una validez directamente dogm\u00e1tica: &#8211; Nadie puede ir a Dios, porque s\u00f3lo el Amor infinito puede tomar la iniciativa para atra\u00ader a s\u00ed con la gracia de su amabilidad: \u00abEs cierto que nunca podremos amar bastante a Dios y que no se puede exceder en este amor, si se tiene en cuenta lo que Dios merece de nosotros. \u00a1Oh, Dios Salvador! \u00bfqui\u00e9n podr\u00eda subir a este amor sor\u00adprendente que nos tienes, hasta derramar por nosotros miserables toda tu sangre, de la que una sola gota tiene un precio infinito? \u00a1Oh Salva\u00addor! No, padres, es imposible; aunque hici\u00e9ra\u00admos todo lo que podemos, no amar\u00edamos nunca a Dios como debemos; eso es imposible; Dios es infinitamente amable. Sin embargo, hay que te\u00adner muy en cuenta que, aunque Dios nos manda amarle con todo nuestro coraz\u00f3n y con todas nuestras fuerzas, su bondad no quiere, sin em\u00adbargo, que esto llegue hasta perjudicar y arruinar nuestra salud a fuerza de actos; no, no, Dios no pide que nos matemos por ello\u00bb (XI, 133).<\/p>\n<p>El Amor se comporta as\u00ed con todos, sin ex\u00adclusiones; no hace distinci\u00f3n de personas, si aca\u00adso ama con predilecci\u00f3n a los m\u00e1s malos, ama in\u00adcluso cuando castiga (cf. XI, 261). Nadie, pues, puede prevenir al Amor infinito y pretender ir a Dios de modo diverso. El hombre s\u00f3lo puede de\u00adjarse amar abandon\u00e1ndose a la confianza.<\/p>\n<p>El camino del Amor pasa, sin embargo, por el \u00abcoraz\u00f3n\u00bb del hombre (cf. XI, 135-137). Al Amor, nos debemos necesariamente confiar, porque no enga\u00f1a nunca (cf. XI, 262ss). Por esta raz\u00f3n, ad\u00adquiere una grand\u00edsima importancia la doctrina del abandono en Dios por una confianza llena de se\u00adrenidad, sin angustias o congojas por la propia predestinaci\u00f3n. La esperanza recibe confirmaci\u00f3n del coraz\u00f3n que no se enga\u00f1a nunca cuando se conf\u00eda a la inspiraci\u00f3n del Amor.<\/p>\n<p>En este punto, viene espont\u00e1neamente la pre\u00adgunta: -La inteligencia, la raz\u00f3n, el estudio, la te\u00adolog\u00eda, \u00bfqu\u00e9 funci\u00f3n y qu\u00e9 importancia tienen en la b\u00fasqueda de Dios? &#8211; Ante todo, san Vicente po\u00adne en claro un principio: el razonamiento, por s\u00ed solo, no alcanza nunca la verdad: \u00ab\u00a1Ojal\u00e1 Dios nos conceda la gracia de obrar de esta manera, de no juzgar nunca por el razonamiento humano, porque \u00e9l nunca alcanza la verdad, nunca alcan\u00adza a Dios, nunca las razones divinas, nunca; si, di\u00adgo yo, tenemos nuestro puro razonamiento por enga\u00f1oso y actuamos seg\u00fan el Evangelio, ben\u00addigamos a Nuestro Se\u00f1or, hermanos m\u00edos, y tra\u00adtemos de juzgar como \u00e9l, hacer lo que \u00e9l ha re\u00adcomendado de palabra y con el ejemplo\u00bb (XI, 468).<\/p>\n<p>La repetida insistencia sobre el \u00abnunca\u00bb dice mucho sobre la firmeza del convencimiento del santo. El confiarse al misterio de Cristo, mani\u00adfestaci\u00f3n del Amor infinito, hace comprender me\u00adjor tambi\u00e9n las motivaciones de tanta seguridad (cf. XI, 411). Por eso, entre los pecados m\u00e1s te\u00admibles, san Vicente indica los de la inteligencia, por la pretensi\u00f3n que llevan consigo de alcanzar a Dios con el solo esfuerzo de la voluntad hu\u00admana: \u00abPero lo que tiene usted que temer son los pecados de la inteligencia, quiero decir, los pe\u00adcados del entendimiento, porque de ellos no se retorna sino raramente y casi nunca; esas son las faltas m\u00e1s peligrosas; y lo va usted a ver por lo que le voy a decir\u00bb (XI, 278).<\/p>\n<p>Dios concede siempre sus luces. Nunca se de\u00adben dejar \u00e9stas para seguir nuestras razones que resultan in\u00fatiles. Nadie debe perderse en razo\u00adnamientos (cf. XI, 279). Peor a\u00fan ser\u00eda abando\u00adnarse a la curiosidad intelectual (cf. XI, 722s), por\u00adque no valen razonamientos, sino actos de amor (cf. XI, 278s). Hay que iluminar el entendimiento e inflamar la voluntad con la atenci\u00f3n en las ver\u00addades eternas. Son \u00e9stas las que llenan el cora\u00adz\u00f3n y despiertan el deseo (cf. XI, 467ss), en el cual se afianza el Amor.<\/p>\n<p>Es convicci\u00f3n de san Vicente que Dios mis\u00admo, para darse a conocer, ofrece grandes oca\u00adsiones por obra del Esp\u00edritu Santo (cf. IX, 1120ss). No hay necesidad, pues, de imaginarse a Dios con ideas especiales; basta la fe en el Amor. El Amor no ofrece m\u00e1s que una imagen apropiada de s\u00ed, Jes\u00fas. A esta imagen del Amor infinito es a don\u00adde san Vicente remite continuamente para la \u00abad\u00adherencia\u00bb a los estados de Cristo. \u00c9stos hacen la funci\u00f3n de arquetipo, de reflejo, de revelaci\u00f3n y de ejemplaridad. La memoria viva de la figura de Cristo, sin embargo, viene alimentada por los po\u00adbres (cf. IX, 750). El camino hacia Dios pasa, pues, por ellos. Si Jesucristo es imagen de Dios, los pobres son las figuraciones vivientes de Cris\u00adto que salvan de todo riesgo de deformaci\u00f3n. El conocimiento de Dios se configura por tanto co\u00admo efusi\u00f3n del Esp\u00edritu Santo en nosotros, que inflama nuestro coraz\u00f3n en el Amor divino. Con otras palabras, es Dios mismo el que se da a co\u00adnocer mediante el env\u00edo de su Esp\u00edritu; <em>\u00abPero, \u00bfqu\u00e9 es el esp\u00edritu de nuestro Se\u00f1or? Es un es\u00adp\u00edritu de perfecta caridad, lleno de una estima maravillosa a la divinidad y de un deseo infinito de honrarla dignamente, un conocimiento de las grandezas de su Padre, para admirarlas y ensal\u00adzarles incesantemente. Jesucristo ten\u00eda de \u00e9l una estima tan alta que le rend\u00eda homenaje en todas las cosas que hab\u00eda en su sagrada persona y en todo lo que hac\u00eda; se lo atribu\u00eda todo a \u00e9l; no que\u00adr\u00eda decir que fuera suya su doctrina, sino que la refer\u00eda a su Padre: <\/em>Doctrina mea non est mea, sed ejus qui misit me, Patris (Jn. 7, 16). <em>\u00bfHay una es\u00adtima tan elevada como la del Hijo, que es igual al Padre, pero que reconoce al Padre como \u00fanico au\u00adtor y principio de todo bien que hay en \u00e9l? Y su amor \u00bfc\u00f3mo era? \u00a1Oh, qu\u00e9 amor! \u00a1Salvador m\u00edo, cu\u00e1n grande era el amor que ten\u00edas a tu Padre!\u00bb <\/em>(XI, 411s).<\/p>\n<p>Sin embargo, Dios compromete tambi\u00e9n a la correspondencia: disposiciones que san Vicente define como <em>\u00abdarse a Dios\u00bb, <\/em>o <em>\u00abseguir a Dios\u00bb <\/em>(cf. XI, 461; IX, 989). Son exhortaciones repetidas que no indican tanto una praxis \u00e9tica cuanto pre\u00adcisan m\u00e1s bien la disposici\u00f3n al abandono y a la fidelidad al Amor.<\/p>\n<p>La correspondencia a la acci\u00f3n de Dios, para san Vicente, se explica fundamentalmente en al\u00adgunas formas de \u00abadherencia\u00bb a la acci\u00f3n del Es\u00adp\u00edritu Santo. Ante todo, la correspondencia al Amor se exalta en la oraci\u00f3n como su tiempo fuerte, porque Dios se comunica en la oraci\u00f3n. Se trata de un don: el don de la percepci\u00f3n del Amor divino. De ah\u00ed, se sigue la continua advertencia a abandonarse a la voluntad de Dios seg\u00fan el mo\u00addelo Cristo: \u00ab\u2026me contentar\u00e9 con deciros que esta estima y amor a Dios, y la conformidad con su santa voluntad, y el desprecio del mundo y de nosotros mismos, que hemos de imitar en Je\u00adsucristo para revestimos de su esp\u00edritu, no podr\u00e1 mostrarse mejor en cada uno de nosotros que por medio de la pr\u00e1ctica de las virtudes que m\u00e1s bri\u00adllaron en nuestro Se\u00f1or, cuando vivi\u00f3 sobre la tie\u00adrra, esto es, las que est\u00e1n comprendidas en sus m\u00e1ximas, en su pobreza, castidad y obediencia, en su caridad con los enfermos, etc. ; de forma que, sj nos ponemos a imitar a nuestro Se\u00f1or en la pr\u00e1ctica de todo esto, seg\u00fan se\u00f1alan las otras reglas, hemos de esperar que quedaremos re\u00advestidos de su esp\u00edritu.<\/p>\n<p>Quiera Dios concedernos la gracia de confor\u00admar toda nuestra conducta a su conducta y nues\u00adtros sentimientos con los suyos, que \u00e9l mantenga nuestras l\u00e1mparas encendidas en su presencia y nuestros corazones atentos siempre a su amor y dedicados a revestirse cada vez m\u00e1s de Jesu\u00adcristo de la forma que os acabo de decir\u00bb (XI, 414s).<\/p>\n<p>La oraci\u00f3n pone en nosotros el germen de la omnipotencia divina (cf. XI, 122s). Para captar el sentido que san Vicente da a la plegaria, hay que tener presente el presupuesto del que parte: la iniciativa del Amor divino. Orar significa dejarse poner en la presencia de Dios y por su Amor. Si la plegaria, en un aspecto comporta la elevaci\u00f3n de la mente, en otro debe confluir en la medita\u00adci\u00f3n, fermentada por la afectividad (cf. XI, 82), pa\u00adra evitar que nos paremos s\u00f3lo en el estudio o el razonamiento. El objetivo es llegar a los \u00abafectos\u00bb, y por tanto, a la contemplaci\u00f3n de la belleza divi\u00adna: <em>\u00abPues bien, los hijos de nuestro Se\u00f1or tienen que despreciar todo eso, ya que tampoco hac\u00eda caso de ello nuestro Se\u00f1or. S\u00f3lo el mundo esti\u00adma esas cosas. \u00bfC\u00f3mo iba a estimar el Hijo de Dios la belleza de este mundo, si no tuvo en cuen\u00adta la suya propia, aunque fuera la misma belleza, ya que es el esplendor y la hermosura de Dios su Padre, en cuanto Hijo de Dios? Adem\u00e1s, se dice de \u00e9l <\/em>Speciosus forma prae filiis hominum, <em>que es el m\u00e1s hermoso de los hijos de los hombres (S1 45, 3). Pero a pesar de ser tal, despreci\u00f3 tan\u00adto su hermosura que permiti\u00f3 que su rostro se cubriera de esputos durante su pasi\u00f3n; esto nos demuestra que \u00e9l no estim\u00f3 en nada su belleza. Hermanas m\u00edas, despu\u00e9s de este ejemplo, te\u00adn\u00e9is que estimar como barro todas esas cosas que el mundo busca; pues no hay nada digno de ser estimado en el mundo m\u00e1s que la virtud\u00bb <\/em>(X, 760s).<\/p>\n<p>La belleza divina enciende el coraz\u00f3n: ilumi\u00adna, conmueve, pone en movimiento la voluntad para la correspondencia. Cuando los temas de meditaci\u00f3n eran importantes, san Vicente atesti\u00adgua que se acostumbraba retornarlos hasta ca\u00adtorce veces (cf. IX, 1208). Sobre este tema, la in\u00adsistencia es continua, justo porque se trata de ir a Dios del \u00fanico modo posible, siguiendo aquel con el que Dios mismo, como Dios, viene a no\u00adsotros con impulso dulce y amoroso. La oraci\u00f3n se convierte as\u00ed en una segunda naturaleza, que hay que considerar como una gracia inmensa (cf. XI, 136s) que distingue al verdadero hombre de oraci\u00f3n del cual se puede <em>\u00abesperar toda clase de bendiciones\u00bb <\/em>(cf. XI, 719).<\/p>\n<p>Para una experiencia aut\u00e9ntica del misterio de la oraci\u00f3n, hay que bajar con sencillez (cf. XI, 723) a lo \u00edntimo de nuestra alma, hasta el cen\u00adtro, constituido por el fondo del coraz\u00f3n que es el lugar de la presencia de Dios, y cultivar la vida interior (cf. XI, 429s). En el centro de nosotros mismos, sin embargo, hay que dejarse llevar por los atractivos del Amor que <em>\u00abarroja sus dardos en\u00adcendidos para introducir en la contemplaci\u00f3n del misterio de Dios, presente tanto en el cielo co\u00admo en el universo, en la historia, en la iglesia y en nosotros\u00bb <\/em>(cf. XI, 283s).<\/p>\n<p>En la contemplaci\u00f3n del misterio de Dios, hay que dejarse despu\u00e9s llenar el coraz\u00f3n por las verdades eternas (cf. XI, 552s) para que el Amor pue\u00adda establecer en nosotros la adhesi\u00f3n perfecta a la voluntad del Padre (cf. XI, 212s. 549), instaurar su reino y hacer brillar su gloria como en el Se\u00ad\u00f1or Jes\u00fas (cf. XI, 429-431). El, en nuestra oraci\u00f3n, sintetiza la contemplaci\u00f3n de todos los misterios divinos (cf. XI, 555ss. 571 ss. 735ss).<\/p>\n<p>Bien que pura gracia de Dios, por parte nues\u00adtra la oraci\u00f3n est\u00e1 preparada y sostenida por una disciplina asc\u00e9tica modelada en el rigor del Amor como <em>se <\/em>presenta en Cristo, a fin de que pueda ponernos en los estados de Jes\u00fas para comuni\u00adcarnos sus energ\u00edas. Absolutamente indispensable resulta la pr\u00e1ctica austera de las virtudes cristia\u00adnas, entre las que, coherentemente, san Vicen\u00adte asigna la preeminencia a cinco: la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificaci\u00f3n, el celo (cf. XI, 583), aquellas que, a su juicio, es\u00adtablecen una m\u00e1s estrecha semejanza con el Amor encarnado, porque constituyen una forma extrema de abandono, de entrega y de afinidad. En definitiva, permiten un conocimiento expe\u00adriencia! de Dios como Amor (cf. XI, 723. 726. 53s). Si se concede una preferencia a la humildad con la reiterada recomendaci\u00f3n a \u00abmantenerse aba\u00adjo\u00bb (cf. XI, 273ss), el motivo est\u00e1 en el hecho de que la humildad abre el coraz\u00f3n y la mente a las inspiraciones del Amor por una disponibilidad in-condicionada (ABELLY, III, 68; cf. XI, 48 -franc\u00e9s).<\/p>\n<p>La praxis \u00e9tica, poniendo \u00aben el estado del Amor\u00bb impulsa a la caridad heroica: suscita y ejer\u00adcita los mismos atractivos y operaciones del Amor divino en Cristo. Por eso, da acceso al \u00abpara\u00edso\u00bb que no es un estado de gozo, sino la condici\u00f3n de la \u00abvisi\u00f3n\u00bb, el lugar donde Dios se comunica, o sea, donde se da a conocer por lo que es y pone en condici\u00f3n de hacerlo conocer (cf. XI, 552s). Para san Vicente, es siempre precisamente la caridad lo que desvela los misterios de Dios y hace al contem\u00adplativo (cf. XI, 697s). No basta, pues, estar llenos de grandes sentimientos, de buenos prop\u00f3sitos, de bellas imaginaciones, etc. (cf. XI, 273s. 733). Hay que unir el oficio de Marta al de Mar\u00eda.<\/p>\n<p>La caridad heroica exige el culto de los po\u00adbres, porque en ellos el Amor hace ver a Cris\u00adto, constituy\u00e9ndolos en \u00abnuestros amos\u00bb. Este principio, continuamente repetido, no expresa s\u00f3\u00adlo compasi\u00f3n, ni se limita exclusivamente a re\u00adcomendar el compromiso en las obras de mise\u00adricordia, ni remite simplistamente a un programa de vida. Con m\u00e1s realismo, pretende proximidad, familiaridad y comuni\u00f3n de vida con los pobres por una liturgia que celebre del modo m\u00e1s signifi\u00adcativo el misterio de Cristo, y por ello, se afirme con funci\u00f3n sacramental por la revelaci\u00f3n y la participaci\u00f3n en la misma vida trinitaria del Amor divino. Para san Vicente, los pobres son una Eucarist\u00eda viviente (cf. XI, 273s). Para el lector, atento a los afectos del coraz\u00f3n del Santo, la pers\u00adpectiva ilumina una convergencia: en la oraci\u00f3n bien hecha, Dios se revela tambi\u00e9n a los igno\u00adrantes por la acci\u00f3n de su Esp\u00edritu (cf. XI, 587s).<\/p>\n<p>Para el encuentro con Dios, todas las indica\u00adciones pedag\u00f3gicas de san Vicente siempre vuel\u00adven al camino del coraz\u00f3n. El uso del simbolismo del coraz\u00f3n es de una frecuencia impresionante. Lo que sorprende, sin embargo, no es tanto la re\u00adcurrencia del t\u00e9rmino cuanto su contexto y su forma. El contexto es siempre el de \u00abcoraz\u00f3n conmovido\u00bb, es decir, del coraz\u00f3n transfundido al del otro por una afinidad espiritual rec\u00edproca, re\u00adcibida como don (cf. X1, 525s). Se podr\u00eda decir que es el de la comunicaci\u00f3n en un estado de con\u00admoci\u00f3n intensa en la que cada uno tiende, no s\u00f3\u00adlo a efundir toda la propia afectividad, sino que se ve impulsado a ir m\u00e1s all\u00e1 con la tendencia a en\u00adsimismarse en el otro, como si el yo de cada uno, fundi\u00e9ndose, cambiase de sede (cf. XI, 64s). La efusi\u00f3n del coraz\u00f3n termina as\u00ed en la transfusi\u00f3n de una persona en otra, no s\u00f3lo por un cambio, sino m\u00e1s propiamente por una fusi\u00f3n en la co\u00admuni\u00f3n. No se pueden explicar de otro modo ex\u00adpresiones como \u00e9sta: \u00abLe mando mi coraz\u00f3n ple\u00adgado en cuatro\u00bb (cf. VI, 352).<\/p>\n<p>La forma se configura a partir de la intimidad del amante que no se reserva nada, que todo lo da y que al mismo tiempo se abandona al otro, renunciando a toda iniciativa, con una confianza incondicionada.<\/p>\n<p>El modo, pues, remite al sentimiento del ena\u00admorado que encuentra en la otra persona el pro\u00adpio todo y, por tanto, la propia existencia (cf. X1, 190). M\u00e1s que por una visi\u00f3n filos\u00f3fica, en es\u00adte contexto, san Vicente est\u00e1 movido por una pro\u00adfunda y universal percepci\u00f3n de s\u00ed y de la propia interioridad: atractivo por gracia divina que surge cuando una persona se reconoce puesta en re\u00adlaci\u00f3n con otra frente a la que siente una trastornante afinidad engendrada por el Amor divino (cf. XI, 590-593). De todo esto se deduce que el co\u00adraz\u00f3n est\u00e1 en lugar de la persona, percibida en el fondo de su ser, en la parte mejor, s\u00edntesis y ex\u00adpresi\u00f3n del todo, no como una realidad cerrada en s\u00ed misma, sino en cuanto exige una relaci\u00f3n \u00fanica de comuni\u00f3n frente a otra persona para la realizaci\u00f3n de la propia identidad (cf. IX, 454s).<\/p>\n<p>Del conjunto de los testimonios, se puede ar\u00adgumentar que san Vicente atribuye al coraz\u00f3n un significado que, en algunos aspectos se acerca a san Agust\u00edn y a Pascal, pero en otros se separa. Como para Agust\u00edn, el coraz\u00f3n denota a todo el hombre en su interioridad consciente: \u00abCor meum, ubi ego sum quicumque sum\u00bb <em>(Confess. <\/em>X, 3, 4). En sinton\u00eda con Pascal, el coraz\u00f3n reclama la superior capacidad de intuici\u00f3n, propia del sen\u00adtir afectivo respeto a lo diverso, a diferencia del poder discursivo de la raz\u00f3n. Infalible en sus in\u00adtuiciones, en este sentido, el coraz\u00f3n posee una finura insustituible para adherirse a la verdad re\u00adligiosa <em>(Pens\u00e9es, <\/em>1, 3, 4, 277).<\/p>\n<p>En la sensibilidad de san Vicente, completa\u00admente renovada y agudizada en la afectividad de la contemplaci\u00f3n, el coraz\u00f3n adquiere un significado m\u00e1s rico, porque representa el fondo misterioso del ser humano, centro de todas las relaciones per\u00adsonales, polo de resonancia y de correspondencia de todos los atractivos, hasta constituir la facultad del amor (cf. IX, 915ss). El coraz\u00f3n expresa a la per\u00adsona en su capacidad de amar y de hacerse amar por otras personas, por tanto constituye la facul\u00adtad de percibir a las personas en su verdadera iden\u00adtidad singular en relaci\u00f3n con el Amor. Si la inteli\u00adgencia reconoce la esencia y las propiedades de las cosas, el coraz\u00f3n individualiza a las personas en cuanto tales en sus exigencias de relaciones para la comuni\u00f3n.<\/p>\n<p>En la intuici\u00f3n de san Vicente, porque el amor es constitutivo de la persona, el coraz\u00f3n designa la s\u00edntesis de la misma en su capacidad de rela\u00adci\u00f3n para la comuni\u00f3n incluso en relaci\u00f3n a Dios. Esto explica por qu\u00e9, en san Vicente como en Pascal, el \u00fanico camino seguro hacia Dios es el del coraz\u00f3n, pero, a diferencia de Pascal, el co\u00adraz\u00f3n es camino hacia Dios no por razones hu\u00admanas, sino por la resonancia de la presencia del Amor divino que urge sobre la afectividad para conmover y darse a conocer. En este sentido, san Vicente est\u00e1 m\u00e1s cercano a san Agust\u00edn.<\/p>\n<p>El coraz\u00f3n de todo hombre, para el Santo de la caridad, est\u00e1 hecho para Dios, est\u00e1 inhabitado por \u00c9l, prevenido, atormentado con Amor infini\u00adto (cf. XI, 136s). Ah\u00ed est\u00e1 Dios: Padre, Hijo y Es\u00adp\u00edritu Santo. El coraz\u00f3n es el lugar de la presen\u00adcia de la Trinidad que se efunde en \u00e9l como Amor. El coraz\u00f3n se convierte as\u00ed en una forma huma\u00adna de la Trinidad inferior (cf. G. oi ST. THIERRY, <em>De natura et dignitate amoris, <\/em>3, 5): \u00fanico camino a Dios por Amor &#8211; <em>\u00abDieu est amour et veut que ron aille par amour.- Dios es amor y quiere que se vaya por amor\u00bb <\/em>(1, 149).<\/p>\n<p>Al final, se tiene la impresi\u00f3n de que a dife\u00adrencia de sus posibles maestros, san Vicente en\u00adcuentra en el coraz\u00f3n el s\u00edmbolo m\u00e1s elocuente del esp\u00edritu: realidad que en el hombre lo es to\u00addo, porque constituye su superior belleza por la capacidad de amar.<\/p>\n<div>\n<h2>EL DIOS DEL CORAZ\u00d3N<\/h2>\n<\/div>\n<p>Al \u00abcoraz\u00f3n\u00bb, Dios se le revela como pre\u00adsencia del Amor infinito en la persona del Padre, del Hijo y del Esp\u00edritu Santo. Cuando san Vicen\u00adte escucha a su coraz\u00f3n, se ve obligado a rendirse a un acontecimiento indiscutible (cf. XI, 67-68): su esp\u00edritu est\u00e1 totalmente sacudido y sorprendido por la presencia de otro Esp\u00edritu que se le presenta bello con la seductora belleza del Amor infinito: <em>\u00ab\u00bfQu\u00e9 hay comparable a la belleza de Dios, que es el origen de toda la belleza y perfecci\u00f3n de las <\/em><em>creaturas?\u00bb <\/em>(X, 183; cf. IX, 760s). Dios se afirma como la santa presencia del Amor que se revela al coraz\u00f3n como lo que es y lo seduce con su atractivo: un Yo infinitamente amante y amable (cf. XI, 734ss).<\/p>\n<p>Ante todo, Dios es la presencia de una reali\u00addad viviente y personal que previene, pone en comunicaci\u00f3n con ella misma, sacude profunda\u00admente, hace vibrar con maravillado estupor, trans\u00adforma y se hace amar (cf. IX, 429; XI, 263). Al mis\u00admo tiempo, permanece como una presencia cada vez m\u00e1s misteriosa, innombrable, trans\u00adcendente, soberana. Imprevista e imprevisible, mantiene la sorpresa y la iniciativa con una in\u00advencible atracci\u00f3n. Cuando san Vicente se da cuenta, ya ha sido prevenido, tocado, sacudido, conmovido, convencido: <em>\u00abHe aqu\u00ed ahora, lo que hay que hacer: en primer lugar, ponerse en la pre\u00adsencia de Dios, consider\u00e1ndolo bien sea como est\u00e1 en el cielo, sentado en el trono de su Ma\u00adjestad, desde donde dirige su vista hacia nosotros y contempla todas nuestras cosas; bien sea en su inmensidad, presente por doquier, aqu\u00ed y all\u00e1 en lo m\u00e1s alto de los cielos y en lo m\u00e1s profun\u00addo de los abismos, viendo nuestros corazones y penetrando en los repliegues m\u00e1s secretos de nuestra conciencia; o bien presente en el sant\u00ed\u00adsimo sacramento del altar. \u00a1Oh Salvador! \u00a1Aqu\u00ed es\u00adtoy yo, pobre y miserable pecador, a los pies del altar donde t\u00fa reposas! \u00a1Oh Salvador; que no ha\u00adga nada indigno de esta santa presencia! O bien, finalmente, dentro de nosotros mismos, pene\u00adtr\u00e1ndonos por completo y aloj\u00e1ndose en el fon\u00addo de nuestros corazones. Y no vayamos a pre\u00adguntarnos si est\u00e1 all\u00ed; \u00bfqui\u00e9n lo duda? Los mismos paganos lo han dicho:<\/em><\/p>\n<p>Est Deus in nobis, sunt et commercia caeli<br \/>\nin nos; de caelo spiritus ille venit.<\/p>\n<p><em>No cabe duda de esta verdad. <\/em>Tu autem in nobis es, Domine (cf. Jer 14, 9). <em>No hay nada tan cier\u00adto\u00bb <\/em>(XI, 283s).<\/p>\n<p>La presencia divina conserva el sentido de un \u00abpre\u00bb que anticipa toda otra iniciativa y de un \u00abpre\u00bb preeminente respecto a toda otra posibili\u00addad, por lo que previene tambi\u00e9n toda otra pre\u00advisi\u00f3n o hip\u00f3tesis, pero disipa siempre tambi\u00e9n toda duda con una evidencia dada por la admisi\u00f3n a la propia intimidad en la que el yo humano es admitido a la reciprocidad, porque se convierte en el t\u00fa de Dios (cf. IX, 1093ss). Presencia, pues, que se impone siempre con renovada sorpresa y en la sorpresa permanece a\u00fan siempre inaferrable (cf. IX, 766ss; ABELLY, III, 68 [XI, 48 franc\u00e9s]). Siempre preveniente, ni siquiera el deseo la puede antici\u00adpar. San Vicente est\u00e1 completamente dominado por ella, por eso, incluso sinti\u00e9ndose \u00ab\u00edntimo\u00bb con Dios, usa siempre el \u00abvos\u00bb.<\/p>\n<p>En el prevenir, la presencia divina se anuncia como \u00abpre-sciencia\u00bb, no en el sentido de un va\u00adgo sentimiento, sino como persona que es fuen\u00adte de todo el saber en una creciente lucidez: un saber que no se aprende, porque es dado en la percepci\u00f3n, en la consciencia, en el pensamien\u00adto, en la afectividad, en la racionalidad. De esta forma, Alguien que era antes, de siempre y por siempre, surge en lo \u00edntimo, conoce y se da a co\u00adnocer sin posibilidad de sustraerse a su mirada. Lo ve todo y en todo (cf. XI, 116ss). En todo, se hace ver, permaneciendo \u00edntimo: yo del yo hu\u00admano, esp\u00edritu del esp\u00edritu, alma del alma, centro de todo el ser (cf. IX, 135ss).<\/p>\n<p>En la presencia de Dios, se manifiesta la pro\u00advidencia, fuente de todo el bien m\u00e1s all\u00e1 de todo deseo: gratuidad y favor (cf. IX, 1049ss). Dios se revela intimidad, m\u00e1s \u00edntima que la misma inte\u00adrioridad y, con todo, inconfundible con ella, jus\u00adtamente en el sentido de Agust\u00edn: \u00abintimior inti\u00admo meo et superior summo meo\u00bb: m\u00e1s \u00edntimo a m\u00ed que mi misma intimidad, y m\u00e1s elevado que la parte m\u00e1s alta de mi esp\u00edritu. Vida de la vida, consciencia de la consciencia, libertad de la li\u00adbertad, alegr\u00eda de la alegr\u00eda, Dios sigue siendo transcendencia no manipulable, siempre \u00abotra\u00bb, nunca superable, un Yo irreductible al propio: en el esp\u00edritu, Esp\u00edritu del esp\u00edritu.<\/p>\n<p>Como Esp\u00edritu que anima nuestro esp\u00edritu, Dios se hace reconocer en Cristo, Amor divino (cf. P. DEFRENNES, <em>La vocation de St. Vincent de Paul. \u00c9tude de psychologie surnaturelle, <\/em>RAM 13(1932)60-86. 160-183. 294-391), al cual no se manda porque es realidad no percibida a poste\u00adriori, sino inspiradora de nuestra alma: \u00abEsp\u00edritu de nuestro esp\u00edritu\u00bb.<\/p>\n<p>Es imposible precisar qu\u00e9 entiende san Vi\u00adcente cuando usa la categor\u00eda \u00abesp\u00edritu\u00bb, porque a veces la expresi\u00f3n se carga de significados di\u00adversos (cf. L. MEZ\/ADRI, en <em>Conferenze Spirituali al\u00ede Figlie della Carita, <\/em>Roma 1988 p. 670 n. 4). Pa\u00adra \u00e9l, es una evidencia impuesta por la presencia divina que lo subyuga y por la acci\u00f3n que lo arras\u00adtra y que hace vibrar todo su ser \u00edntimo (cf. XI, 411s).<\/p>\n<p>Del conjunto de los testimonios, parece que, aplicada a Dios, la categor\u00eda \u00abesp\u00edritu\u00bb cualifica, en un aspecto negativo, la diferencia radical fren\u00adte a todo lo que es materia y naturaleza, mientras que, en el aspecto positivo, parece indicar la in\u00adfinita riqueza de vida en su forma superior, en su perfecci\u00f3n absoluta, autonom\u00eda, iniciativa, origi\u00adnalidad, total diferencia de toda otra forma, pare\u00adce, pues, que se refiere a la especificidad de la persona en la perspectiva de lo divino: \u00abDios es esp\u00edritu\u00bb.<\/p>\n<p>\u00abEsp\u00edritu\u00bb indica, pues, una cualidad de la vi\u00adda personal que comporta consciencia, afectivi\u00addad, conocimiento, amor, libertad. M\u00e1s y mejor, el t\u00e9rmino parece evocar al Viviente que da la vi\u00adda a todo otro viviente en semejanza, lo enri\u00adquece y lo alimenta desde lo \u00edntimo. En la vida, el Esp\u00edritu se identifica con la realidad personal en su fuente m\u00e1s originaria, en su belleza, en su integridad, en sus inagotables recursos, en su infinita posibilidad y capacidad de realizaciones, actuada en el sujeto viviente por un Yo trascen\u00addente (cf. IX, 392ss).<\/p>\n<p>San Vicente, cuando habla del Esp\u00edritu, remi\u00adte a esta interioridad que podr\u00eda ser calificada como el centro del ser de la persona, polo de uni\u00addad, de resonancia, de acci\u00f3n y de relaci\u00f3n en opo\u00adsici\u00f3n a todo el resto. Esp\u00edritu, para un espiritual como san Vicente, evoca la realidad divina en el sentido de dinamismo, iniciativa, omnipotencia, fuerza, riqueza, trascendencia, inmanencia: en s\u00edntesis, sintetiza todas las propiedades divinas en cuanto Amor. Dios es Esp\u00edritu, Esp\u00edritu del Amor (cf. XI, 76ss).<\/p>\n<p>Esta perspectiva lleva al santo a exaltar la tras\u00adcendencia y la inmanencia de Dios, a sentirlo \u00edn\u00adtimo, absolutamente diverso, vital, viviente, fuen\u00adte de todo, inaferrable, m\u00e1s \u00edntimo que la propia intimidad (cf. XI, 592ss). Al mismo tiempo, lo in\u00adduce a renunciar a cualquier figuraci\u00f3n rid\u00edcula, lo sustrae a toda fantas\u00eda, a todas las superposicio\u00adnes supersticiosas, a las diversas formas de len\u00adguaje pueril: Dios es Esp\u00edritu y produce tales, es decir, espirituales. El Esp\u00edritu de Dios que vivifi\u00adca toda carne constituye la riqueza de los pobres (cf. XI, 563ss). De ah\u00ed, que la afirmaci\u00f3n: \u00abDios es Esp\u00edritu\u00bb, adem\u00e1s de nombrar la trascendencia divina y su inmanencia en relaci\u00f3n a nosotros, re\u00admite, en un aspecto, a la divinidad que en su co\u00admunicarse se sustrae a toda profanaci\u00f3n, se dis\u00adtingue y se especifica; en otro aspecto, remite a su radical diferencia respecto al hombre, incluso en la proximidad: realidad \u00edntima y similar, pero otro tanto diferente y lejan\u00edsima (cf. XI, 411s).<\/p>\n<div>\n<h2>El Esp\u00edritu se revela y se comunica como Amor<\/h2>\n<\/div>\n<p>Interioridad e intimidad divina, el Esp\u00edritu es el coraz\u00f3n mismo de Dios, por eso, en el Esp\u00edri\u00adtu, Dios se presenta a nosotros como Amor (cf. X1, 625ss). Tambi\u00e9n al \u00abdescubrimiento\u00bb del Amor, san Vicente no llega por la fuerza del razona\u00admiento sobre Dios con una conclusi\u00f3n que atri\u00adbuya el Amor a la divinidad en el juicio: \u00abDios es amor\u00bb. Al contrario, conmovido en su esp\u00edritu por el Esp\u00edritu divino, el Santo se ve constre\u00f1ido a de\u00adcir: \u00abEl Amor es Dios\u00bb, por intuici\u00f3n del mismo Esp\u00edritu que se presenta al coraz\u00f3n y lo vivifica con el Amor: <em>\u00ab\u00a1Oh, Dios de mi coraz\u00f3n!\u00bb <\/em>(cf. XI, 64s). Lo siente y lo ve, en el sentido de que lo percibe indubitablemente en la contemplaci\u00f3n ext\u00e1tica que le es dada. Lo aprende en la amabilidad que le es infundida como forma encarnada del Amor divino (cf. XI, 658s).<\/p>\n<p>Al esp\u00edritu de san Vicente, el Esp\u00edritu le pre\u00adsenta, en el Amor, la forma misma de Dios, su esencia, su operaci\u00f3n, su todo en cuanto al hacer y al actuar (cf. XI, 64-66). La amabilidad, co\u00admo forma encarnada propia del Amor, sintetiza to\u00addos los aspectos de la realidad divina personal: pre\u00adsencia, previsi\u00f3n, presciencia, providencia, vida, orden, belleza, misericordia. Es todo en todo. Su caracter\u00edstica dominante parece ser, sin embar\u00adgo, la iniciativa favorable: el bien que Dios quie\u00adre que se realice solo (cf. IX, 234ss).<\/p>\n<p>Suma de todas las perfecciones divinas, el Amor constituye la verdadera identidad de Dios, su modo de ser y de actuar. Por la fe, san Vi\u00adcente individualiza en Cristo el reflejo de la forma divina del Amor encarnado. En la contemplaci\u00f3n de la amabilidad de Cristo, se le da la definitiva confirmaci\u00f3n de que el Amor es Dios. Jesucris\u00adto, precisamente en su amabilidad, se le presenta como imagen del Padre, es decir, la m\u00e1s bella y por tanto la m\u00e1s significativa figura simb\u00f3lica de Dios como Amor. Jes\u00fas es el coraz\u00f3n del Padre, el coraz\u00f3n de nuestros corazones (cf. IX, 280; XI, 235ss. 762. 771).<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 es, pues, el Amor para el Santo? Cuan\u00addo san Vicente habla del Amor toca una expe\u00adriencia ext\u00e1tica, por eso, no sabe definirlo con precisi\u00f3n. Ama y adora. Con todo, deja intuir un trasfondo cultural que remite al <em>Tratado del Amor de Dios <\/em>de san Francisco de Sales, para quien el Amor es constitutivo de la belleza divina, en el sen\u00adtido de la armon\u00eda de todas las perfecciones infi\u00adnitas (cap. 1, 1). El Amor nace de la belleza y re\u00adfleja todos sus aspectos como atractivos. Est\u00e1 en el origen como admiraci\u00f3n, a lo que sigue la \u00abcomplacencia\u00bb que lleva a la uni\u00f3n. Un texto de santa Luisa refleja bien el pensamiento de san Vi\u00adcente: \u00abQuien no ama, no conoce a Dios, porque Dios es Caridad. La causa del amor es la estima del bien en la cosa amada. Siendo Dios perfect\u00ed\u00adsimo en la unidad de su esencia, es amor en la eternidad de esa esencia por el conocimiento de su propia perfecci\u00f3n; y en ese amor, participa el de las creaturas en cuanto a la naturaleza del amor; pero los efectos van unidos a la voluntad en la pr\u00e1ctica de la caridad, tanto hacia Dios co\u00admo hacia el pr\u00f3jimo, siendo esa pr\u00e1ctica tan po\u00adderosa que nos comunica el conocimiento de Dios, no tal cual, sino penetrante en \u00c9l mismo y sus grandezas, de tal manera que quien m\u00e1s ca\u00adridad tenga, tanto m\u00e1s participar\u00e1 en esa luz di\u00advina que le inflamar\u00e1 eternamente <em>en <\/em>el santo Amor. Quiero, pues, hacer cuanto pueda por man\u00adtenerme en el ejercicio del Amor santo y dulcifi\u00adcar mi coraz\u00f3n frente a todas las acritudes que le contrar\u00edan\u00bb <em>(Correspondencia y escritos, <\/em>CEME, Salamanca 1985, E19 n\u00ba 56, p. 686).<\/p>\n<p>Sobre todo, finalmente, hay que darse cuen\u00adta de que el Amor no se convierte s\u00f3lo en el sujeto de atribuci\u00f3n de las perfecciones divinas, sino tambi\u00e9n en criterio de distinci\u00f3n de las Per\u00adsonas trinitarias, por lo que, en Dios, como Amor, resultan preeminentes atributos como: amabilidad, suavidad, delicadeza, dulzura, ternura, fidelidad, benevolencia, longanimidad\u2026 Todas las perfec\u00adciones convergen al fin en la misericordia divina, s\u00edntesis de toda la riqueza del Amor infinito (cf. IX, 106ss; X, 766s).<\/p>\n<p>San Vicente no siente la necesidad de inte\u00adrrogarse sobre la naturaleza del Amor. Como el enamorado, vive completamente subyugado por un afecto que lo arrebata, lo encanta y lo exalta hasta el \u00e9xtasis, pero que, por otra parte, infun\u00adde en \u00e9l un principio interior de inteligencia, de sentido cr\u00edtico, para un reconocimiento seguro. Se ve inducido a individuar al Amor por su acci\u00f3n, por\u00adque no existe Amor sin poder (cf. XI, 551ss). En ausencia de \u00e9ste, el Amor no puede ser ni per\u00adcibido, ni dicho.<\/p>\n<p>San Vicente \u00absiente\u00bb, \u00absabe\u00bb bien que est\u00e1 dominado por un afecto inmenso. Le basta. El misterio lleva en su coraz\u00f3n la evidencia del he\u00adcho de una teofan\u00eda (cf. XI, 427s). Quien ama y se encuentra en el Amor constantemente preveni\u00addo con atracci\u00f3n hasta el rapto, no puede inte\u00adrrogarse sobre el Amor, ni sobre la identidad del Amado. Vive sobre la ola del entusiasmo, debido a una belleza que s\u00f3lo el enamorado puede re\u00adcoger. Goza hasta el desvanecimiento por una felicidad que exclusivamente el enamorado ex\u00adperimenta (cf. XI, 411ss).<\/p>\n<p>Los p\u00e1rrafos que identifican Amor y Dios no son muchos. Hasta resultan breves. Incluso per\u00admanecen oscuros, y descubren su significado \u00fani\u00adcamente cuando son referidos a dos matrices: la experiencia m\u00edstica de san Vicente y la lectura del <em>Tratado sobre el Amor de Dios <\/em>de san Fran\u00adcisco de Sales. Pese a todo, aparecen sumamente significativos y, en este contexto, reservan la sor\u00adpresa de poner el Amor en estrecha relaci\u00f3n con la belleza divina, hasta casi poder ser unificados en el juicio: \u00abEl Amor es Dios, pero en el Amor es la belleza lo que aparece como Dios\u00bb (cf. (X, 428; X, 183). Esto explica por qu\u00e9 Dios debe ser mirado en su belleza, o sea, contemplado en su Amor, para ser conocido (cf. IX, 1106ss; XI, 282ss). Es convicci\u00f3n profundamente arraigada en san Vicente y remachada con fuerza, que toda cosa puede ser conocida exclusivamente si es obser\u00advada por el lado m\u00e1s bello, porque s\u00f3lo entonces se revela en todo su aspecto. Hasta para Dios es as\u00ed (cf. X1, 48 [franc\u00e9s]). En El, el aspecto m\u00e1s be\u00adllo, el verdaderamente divino, corresponde a su Amor. S\u00f3lo la perspectiva del Amor revela el mis\u00adterio de Dios. Entonces, cuanto m\u00e1s se le mira, m\u00e1s se le ama, porque inhabita el coraz\u00f3n y lo ha\u00adce suyo (cf. IX, 428ss; XI, 190s).<\/p>\n<p>La belleza divina, identificada con el Amor, y la llamada al coraz\u00f3n, hacen comprender que la perfecci\u00f3n divina, adem\u00e1s de remitir a los atribu\u00adtos de la esencia metaf\u00edsica, ponen en el centro de la visi\u00f3n de san Vicente las propiedades per\u00adsonales trinitarias del Amor infinito: Amor que constituye la raz\u00f3n de la unidad en la distinci\u00f3n de las personas: <em>\u00ab\u00bfQu\u00e9 es lo que forma esa uni\u00addad y esa intimidad en Dios sino la igualdad y la distinci\u00f3n de las tres personas? \u00bfY qu\u00e9 es lo que constituye su amor, m\u00e1s que esa semejanza? Si el amor no existiese entre ellos, \u00bfhabr\u00eda en ellos algo amable?, dice el bienaventurado obispo de Ginebra. Por tanto, en la sant\u00edsima Trinidad se da la uniformidad; lo que el Padre quiere, lo quiere el Hijo; lo que hace el Esp\u00edritu Santo, lo hacen el Padre y el Hijo; todos obran lo mismo; no tienen m\u00e1s que un mismo poder y una misma operaci\u00f3n. Ah\u00ed est\u00e1 el origen de la perfecci\u00f3n y nuestro mo\u00addelo\u00bb <\/em>(XI, 548s).<\/p>\n<p>En sinton\u00eda con esta forma de percepci\u00f3n, san Francisco de Sales escrib\u00eda: \u00ab\u2026 En la suprema be\u00adlleza de nuestro Dios reconocemos la uni\u00f3n, o m\u00e1s bien la unidad de la esencia en la distinci\u00f3n de las Personas con infinita claridad, junto con la incomprensible conveniencia de todas las per\u00adfecciones de los actos y de los movimientos. . <em>(Tra\u00adtado\u2026 <\/em>cap. 1, 1). San Vicente mantiene sustan\u00adcialmente el mismo planteamiento, pero con la importante, m\u00e1s expl\u00edcita, apertura al Amor. Una formulaci\u00f3n adecuada de su pensamiento podr\u00eda ser articulada de este modo: &#8211; En la suprema be\u00adlleza del Amor de nuestro Dios, reconocemos la uni\u00f3n, o m\u00e1s bien, la unidad de la esencia en la distinci\u00f3n de las Personas.<\/p>\n<div>\n<h2>EL AMOR ES TRINIDAD<\/h2>\n<\/div>\n<p>Para san Vicente, pues, la belleza del Amor in\u00adfinito, no la esencia metaf\u00edsica, explica la unidad de Dios y la distinci\u00f3n de las Personas. El Amor, en su belleza, fundamenta todos los atributos divinos: infinitud, eternidad, omnipotencia, santi\u00addad, simplicidad, etc. Ante todo, el Amor da raz\u00f3n de la unidad divina, porque constituye la comuni\u00f3n de las Personas en cuanto principio y fin de la unidad. El Amor lo es todo: \u00ab\u2026 <em>mirad, hijas m\u00edas, lo mismo que Dios no es m\u00e1s que uno en s\u00ed, y hay en Dios tres Personas, sin que el Padre sea mayor que el Hijo, ni el Hijo supe\u00adrior al Esp\u00edritu Santo, tambi\u00e9n es preciso que las Hijas de la Caridad, que tienen que ser la imagen de la sant\u00edsima Trinidad, aun cuando sean muchas, sin embargo, no deben ser m\u00e1s que un solo coraz\u00f3n y un esp\u00edritu; y lo mismo que en las sa\u00adgradas personas de la sant\u00edsima Trinidad las ope\u00adraciones, aunque diversas y se atribuyan a cada una en particular, tienen relaci\u00f3n una con la otra, sin que, por atribuir la sabidur\u00eda al Hijo y la bon\u00addad al Esp\u00edritu Santo, se pretenda que el Padre est\u00e9 privado de estos dos atributos, ni que la ter\u00adcera persona carezca del poder del Padre, o de la sabidur\u00eda del Hijo\u00bb <\/em>(X, 766).<\/p>\n<p>En la l\u00f3gica de san Vicente, no existen pri\u00admero las Personas y luego la comuni\u00f3n, como no es primero la unidad divina y luego la distinci\u00f3n de las Personas. En el origen, est\u00e1 el Amor (cf. IX, 238s). La perfecci\u00f3n, o sea, la belleza del Amor, es constitutiva por s\u00ed misma de las Personas y de su intr\u00ednseca comuni\u00f3n, en el sentido de que las Personas no son otra cosa que el Amor en s\u00ed mis\u00admas y en sus operaciones fuera de s\u00ed (ad extra) para hacer comuni\u00f3n: Amor que en su perfec\u00adci\u00f3n no podr\u00eda existir si no en acci\u00f3n para la co\u00admuni\u00f3n (cf. XI, 65s. 526).<\/p>\n<p>Las Personas se identifican con las opera\u00adciones del Amor en el dinamismo de la genera\u00adci\u00f3n y de la espiraci\u00f3n, pero en el sentido de ope\u00adraciones del Amor divino infinitamente perfecto, es decir, bello (cf. IX, 444ss). En s\u00ed y por s\u00ed, el Amor perfect\u00edsimo no puede ser m\u00e1s que don, don de s\u00ed en su belleza (Padre), don, por tanto, perfecta\u00admente semejante a s\u00ed mismo en el donado (Hijo) y por tanto don que como tal, en el Donante y en el Donado, produce siempre atracci\u00f3n, por ello es reciprocidad, correspondencia, semejanza, uni\u00addad (Esp\u00edritu Santo) (cf. XI, 734ss). El Esp\u00edritu San\u00adto, don rec\u00edproco del Padre y del Hijo, es el coraz\u00f3n del Amor infinito. El Hijo constituye y ex\u00adpresa la belleza infinita del Padre, es el don bello del Padre, su amabilidad (cf. IX, 760s). Por ello, el Amor infinito, comuni\u00f3n personal en acto, ex\u00adplica la unidad divina entre las Personas, pero tambi\u00e9n da raz\u00f3n de su distinci\u00f3n, en cuanto que, en el Donante, el Amor se expresa perfectamente en el Donado, del cual sin embargo se distingue. En ambos, permanece, empero, Don permuta\u00addo, por lo tanto, distinto (cf. XI, 548s).<\/p>\n<p>Sobre el fundamento de las operaciones, que son una sola cosa con las propiedades del Amor, no se explican \u00fanicamente la unidad y la distin\u00adci\u00f3n de las Personas, sino que se justifican tam\u00adbi\u00e9n todas las operaciones divinas \u00abad extra\u00bb, en primer lugar las misiones divinas de Cristo y del Esp\u00edritu y la consiguiente inhabitaci\u00f3n trinitaria en nosotros (cf. XI 548s).<\/p>\n<p>En otros t\u00e9rminos, el Amor es fundamento, principio y fin de la Trinidad inmanente y de la eco\u00adn\u00f3mica: \u00abSi amamos a nuestro Se\u00f1or, seremos amados por su Padre, que es tanto como decir que su Padre querr\u00e1 nuestro bien, y esto de dos maneras: la primera, complaci\u00e9ndose en noso\u00adtros, como un padre con su hijo; y la segunda, d\u00e1n\u00addonos sus gracias, las de la fe, la esperanza y la caridad por la efusi\u00f3n de su Esp\u00edritu Santo, que habitar\u00e1 en nuestras almas, lo mismo que se lo da hoy a los ap\u00f3stoles, permiti\u00e9ndoles hacer las maravillas que hicieron.<\/p>\n<p>La segunda ventaja de amar a nuestro Se\u00f1or consiste en que el Padre, el Hijo y el Esp\u00edritu San\u00adto vienen al alma que ama a nuestro Se\u00f1or, lo cual tiene lugar: 1<sup>9<\/sup> por la ilustraci\u00f3n de nuestro en\u00adtendimiento; 2<sup>9<\/sup> por los impulsos interiores que nos dan de su amor, por sus inspiraciones, por los sa\u00adcramentos, etc.<\/p>\n<p>El tercer efecto del amor a nuestro Se\u00f1or es que no s\u00f3lo Dios Padre ama a estas almas, y las personas de la sant\u00edsima Trinidad vienen a ellas, sino que moran en ellas. El alma que ama a nues\u00adtro Se\u00f1or es la morada del Padre, del Hijo y del Esp\u00edritu Santo, donde el Padre engendra perpe\u00adtuamente a su Hijo y donde el Esp\u00edritu Santo es producido incesantemente por el Padre y el Hijo.<\/p>\n<p>Hay algunos que son amados por el Padre y a los que vienen las tres divinas personas, pero no moran en ellos, ya que no perseveran en el amor a nuestro Se\u00f1or y se relajan en la estima que ten\u00edan a su doctrina, dejando de vivir seg\u00fan sus consejos y seg\u00fan los ejemplos que nos ha de\u00adjado\u00bb (XI, 736s).<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n las misiones divinas son operaciones del Amor por Amor: dones semejantes para pro\u00adducir atracci\u00f3n en la correspondencia y, por tan\u00adto, comuni\u00f3n. El Amor, en su perfecci\u00f3n trinita\u00adria, es fuente y t\u00e9rmino de la misi\u00f3n del Hijo: Hi\u00adjo del Amor, perfecta imagen del Padre, dada a nosotros por Amor a fin de expresar toda la amabilidad divina. Con su belleza, abre nuestro coraz\u00f3n a la maravilla, a la estima, a la corres\u00adpondencia en el don de la conformidad con su mismo Amor (cf. XI, 605s). El representa la k\u00e9nosis: o sea, la bajada del Amor para hacerse conocer y admirar en el don de s\u00ed a todo hombre hasta po\u00adnerlo en estado de Amor y transformarlo en un eterno acto de amor (cf. XI, 64-66). Para todos, se convierte en modelo ideal en cuanto que se me\u00adte en nuestra condici\u00f3n hasta tomar el \u00faltimo puesto para reconducirnos al Padre (cf. XI, 58s. 307s).<\/p>\n<p>Como en la Trinidad, tambi\u00e9n en Cristo el Amor es principio de unidad y de distinci\u00f3n en\u00adtre la naturaleza divina y la humana, entre noso\u00adtros y el Padre. Como tal, el Amor constituye la realidad personal del Verbo encarnado y de nues\u00adtra gracia. Don del Amor infinito, Cristo se con\u00advierte en fuente del Esp\u00edritu Santo por la atracci\u00f3n, la correspondencia, la reciprocidad, la oblaci\u00f3n y la conformidad con el Padre: \u00ab\u2026 y \u00bfqu\u00e9 hacer? Abrazar los corazones de todos los hombres, ha\u00adcer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para inflamar\u00eda de su amor. \u00bfQu\u00e9 otra cosa hemos de desear, sino que arda y lo con\u00adsuma todo? Mis queridos hermanos, pensemos un poco en ello, si os parece. Es cierto que yo he sido enviado, no s\u00f3lo para amar a Dios, sino pa\u00adra hacerlo amar. No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi pr\u00f3jimo. He de amar a mi pr\u00f3ji\u00admo, como imagen de Dios y objeto de su amor, y obrar de manera que a su vez los hombres amen a su Creador, que los conoce y reconoce como hermanos, que los ha salvado, para que con una caridad mutua tambi\u00e9n ellos se amen entre s\u00ed por amor a Dios, que los ha amado has\u00adta el punto de entregar por ellos a la muerte a su \u00fanico Hijo\u00bb (cf. XI, 553s).<\/p>\n<p>La acci\u00f3n de Cristo corresponde a la vida de la gracia, identificable con el Amor en actividad en nuestra vida, para volver a realizar las mismas operaciones divinas que desarrolla en Dios (cf. XI, 543s. 736s). Puesto que las operaciones divinas se manifiestan en la Caridad con el Amor afecti\u00advo y efectivo, las obras de misericordia efect\u00faan nuestra participaci\u00f3n activa en la generaci\u00f3n y en la espiraci\u00f3n del Amor divino (cf. XI, 411s. 736s).<\/p>\n<p>Esta teolog\u00eda trinitaria explica por qu\u00e9 la Cari\u00addad en la contemplaci\u00f3n de san Vicente da prin\u00adcipio y complemento a todo. Como perfecci\u00f3n del Amor, nos confiere la belleza misma de Dios, porque nos vuelve amables y capaces de amar co\u00admo Cristo, es decir, capaces, como el Amor en Cristo, de producir atracci\u00f3n, llevar las almas a Dios, regenerar el Amor en los corazones (cf. IX, 1026; XI, 280s. 553-555. 563). En consecuen\u00adcia, la caridad se convierte en forma de todo: de la vocaci\u00f3n, de la misi\u00f3n, del programa de vida, de la estructura comunitaria, porque act\u00faa la per\u00adfecta semejanza con la Trinidad; en la Trinidad, la afinidad con las propiedades de las Personas di\u00advinas; en la unidad, la distinci\u00f3n con las mismas (cf. XI, 547ss).<\/p>\n<p>En dependencia l\u00f3gica con el Amor que ex\u00adplica todos los aspectos de la realidad divina y de sus operaciones, en la contemplaci\u00f3n y en la pra\u00adxis de san Vicente, se especifican tambi\u00e9n las relaciones que la acci\u00f3n de Dios establece con no\u00adsotros: voluntad divina, adoraci\u00f3n, providencia, fidelidad, honor, gloria de Dios, etc. Tales aspec\u00adtos, originados por el Amor, constituyen las misiones divinas en la historia como gracias, ener\u00adg\u00edas, iniciativas, acontecimientos, pero siempre en el sentido de actos personales divinos trinitarios sobre el dise\u00f1o de la generaci\u00f3n y espiraci\u00f3n, orientados a provocar en nosotros, atractivos y co\u00adrrespondencias hasta promover la unidad m\u00e1s \u00edntima con las propiedades personales de las Personas divinas para hacernos capaces de amar como Ellas (cf. XI, 555).<\/p>\n<p>Consideradas fuera de esta perspectiva, las re\u00adlaciones personales entre Dios y nosotros, ad\u00adquirir\u00edan un significado gen\u00e9rico, completamente diverso, hasta el punto de ser reducidos exclusi\u00advamente a simples actos humanos en respuesta a la gracia divina. Ser\u00eda un grave enga\u00f1o y una to\u00adtal traici\u00f3n.<\/p>\n<div>\n<h2>VOLUNTAD DE DIOS<\/h2>\n<\/div>\n<p>Si la atenci\u00f3n se limitase a la lectura de los tex\u00adtos de san Vicente en su dimensi\u00f3n puramente literal, el tema de la voluntad divina se reducir\u00eda inevitablemente al problema asc\u00e9tico del \u00abhacer la voluntad de Dios\u00bb. En este horizonte, la vo\u00adluntad divina correr\u00eda el riesgo de verse reducida a las decisiones divinas inmutables, a los decre\u00adtos divinos a los que deben necesariamente uni\u00adformarse las opciones libres del hombre en todos los casos.<\/p>\n<p>En la masa de los testimonios, el rigor de san Vicente en pretender el respeto a la voluntad de Dios podr\u00eda, por a\u00f1adidura, contribuir a consolidar esta interpretaci\u00f3n. La voluntad divina se con\u00advertir\u00eda en una abstracci\u00f3n fr\u00eda e impersonal que no corresponde a las percepciones del coraz\u00f3n de san Vicente. Se configurar\u00eda simplemente como un querer inescrutable en sus motivaciones que nosotros, en todo caso, deber\u00edamos aceptar sin discutir, con una ciega esperanza.<\/p>\n<p>Si la voluntad divina correspondiese \u00fanica\u00admente a la omnipotencia divina, esto es, al poder absoluto de Dios por una total dependencia nues\u00adtra, la praxis de la \u00abindiferencia\u00bb, tan recomendada por san Vicente, se reducir\u00eda inevitablemente a una pasividad tendente al fatalismo. En la mejor de las hip\u00f3tesis, la voluntad divina podr\u00eda suponer para nosotros una obediencia incondicionada, con el pesado deber de hacer siempre, sin dudar, todo lo que Dios manda y en el modo querido por \u00c9l.<\/p>\n<p>Por lo tanto, incluso limit\u00e1ndose a la simple ejecuci\u00f3n, seguir\u00eda siendo a\u00fan s\u00f3lo pura, simple, pasiva sumisi\u00f3n al poder divino. Las innumerables y apasionadas recomendaciones del Santo a de\u00adjarse conducir por Dios sin discutir, sin resistir, ca\u00adsi sin reflexionar, con la prontitud de seguir a Dios y no precederlo, por un \u00abservicio\u00bb que consiste m\u00e1s en el hacer en s\u00ed mismo que no en la cosa que ha de hacerse, correr\u00eda el riesgo de reducir\u00adse inevitablemente a la espiritualidad del anona\u00addamiento, con la que san Vicente no tiene nada que compartir.<\/p>\n<p>Los correctivos que se pueden ir recogiendo ac\u00e1 y all\u00e1, como la llamada a la humildad y a la uni\u00f3n con Dios, la invitaci\u00f3n a hacer el bien, la m\u00e1\u00adxima de que la perfecci\u00f3n no est\u00e1 en el \u00e9xtasis sino en seguir la voluntad de Dios, la promesa de la paz interior y la garant\u00eda de las bendiciones di\u00advinas, en vez de modificar el sentido, empeoran la perspectiva (cf. IX, 465ss. 761ss; X, 786ss). El resultado converge siempre en una desconsola\u00addora pasividad por un abandono enraizado en el respeto a la dependencia absoluta al poder de Dios. Incluso, puede aducirse un agravante en el llamamiento al ego\u00edsmo con la seguridad de que en todo caso, si nosotros hacemos los asuntos de Dios, \u00c9l har\u00e1 ciertamente los nuestros. Con es\u00adte registro, cuesta mucho trabajo reconocer en la voluntad de Dios la prerrogativa del Amor divino.<\/p>\n<p>Pero, si se escucha el coraz\u00f3n de san Vicen\u00adte para dejarnos orientar en el camino del Amor y no se queda uno s\u00f3lo en el eco de su voz en las notas de sus oyentes, todo cambia radical\u00admente y para mejor (cf. IX, 159s). En el coraz\u00f3n de san Vicente, se descubre un abandono abso\u00adluto al Amor del Padre: <em>\u00ab\u00a1Ah! T\u00fa me quieres infinitamente m\u00e1s que que yo mismo; t\u00fa deseas <\/em><em>infinitamente m\u00e1s mi bien y puedes hac\u00e9rmelo mejor que yo mismo, que nada tengo y nada es\u00adpero m\u00e1s que de ti. \u00a1Oh, mi \u00fanico bien! \u00a1Oh, bon\u00addad infinita! \u00a1Ojal\u00e1 pudiera amarte como todos los serafines juntos! Pero \u00a1ay! \u00a1es demasiado tarde para poderles imitar! O antigua bonitas, sero te amavi! Pero, al menos, te ofrezco con toda la magnitud de mi afecto la caridad de la sant\u00edsima Reina de los \u00e1ngeles y la de todos los bienaven\u00adturados. \u00a1Dios m\u00edo! Ante el cielo y la tierra, te en\u00adtrego mi coraz\u00f3n, tal como es. Adoro por amor tuyo los decretos de tu paternal providencia so\u00adbre tu pobre servidor; detesto, en presencia de toda la corte celestial, lo que me pueda separar de ti. \u00a1Oh, soberana bondad, que quieres ser ama\u00addo por los pecadores! Dame tu amor, y luego m\u00e1ndame lo que quieras: Da quod jubes et jube quod vis<\/em>\u00bb (XI, 64s; cf. IX, 773ss. 866ss)<\/p>\n<p>La voluntad divina se identifica, para el San\u00adto, con el Amor divino y sus operaciones, por tan\u00adto, con las propiedades personales y los dina-mismos operativos que el Amor comporta en las Personas de la Trinidad y fuera de ellas: paterni\u00addad, filialidad, espiraci\u00f3n en la vida \u00edntima y, en las misiones salv\u00edficas, con la encarnaci\u00f3n y la efusi\u00f3n del Esp\u00edritu Santo (cf. XI, 411ss. 548ss). La identidad de la voluntad divina no cambia en el variar de la perspectiva. Corresponde siempre a la presencia silenciosa del Amor que toca los corazones con toda su infinita ternura, variada en Dios, en Cristo, en nosotros: <em>\u00abLe\u00eda esta ma\u00f1ana el pensamiento de un santo, que dice que la in\u00addiferencia es el grado m\u00e1s alto de la perfecci\u00f3n, la suma de todas las virtudes y la ruina de los vi\u00adcios. Necesariamente, tiene que participar la in\u00addiferencia de la naturaleza del amor perfecto, ya que es una actividad amorosa que inclina el co\u00adraz\u00f3n a todo lo que es mejor y destruye todo lo que impide llegara \u00e9l, lo mismo que el fuego, que no s\u00f3lo tiende a su centro, sino que consuma to\u00addo lo que intenta detenerlo. Del mismo modo, her\u00admanos m\u00edos, vuestros corazones se ver\u00e1n total\u00admente inflamados en la pr\u00e1ctica de la voluntad de Dios, si la indiferencia los despega de la tierra. Ne\u00adcesariamente, se sentir\u00e1n llenos de amor a Dios cuando dejen de amar otra cosa. En este senti\u00addo, puede decirse que la indiferencia es el origen de todas las virtudes y la muerte de todos los vi\u00adcios\u00bb <\/em>(XI, 526).<\/p>\n<p>Cuando san Vicente contempla la voluntad di\u00advina, a partir de la consoladora percepci\u00f3n del misterio trinitario, su coraz\u00f3n advierte la tensi\u00f3n infinita del Amor divino hacia la unidad de las Per\u00adsonas, pero caracterizada por las propiedades sin\u00adgulares de las mismas. La voluntad divina en el Padre, es la belleza del Amor, en el Hijo su ama\u00adbilidad, en el Esp\u00edritu Santo su atracci\u00f3n (cf. XI, 526s), En la creaci\u00f3n y en la historia humana, la voluntad divina realiza su k\u00e9nosis sin, por otra parte, desnaturalizarse ni disminuirse. Al contra\u00ad rio, al hacerse percibir y al convencer, acent\u00faa su fuerza de atracci\u00f3n. Efectivamente, en la encar\u00adnaci\u00f3n la voluntad de Dios se presenta a Vicen\u00adte con el rostro del Amor paterno que en el Hijo comunica todo el agrado de su amabilidad para hacer sentir todo el atractivo en Jes\u00fas, <em>\u00abel bello don del Padre\u00bb. <\/em><\/p>\n<p>En Cristo, la voluntad de Dios corresponde, pues, a la k\u00e9nosis del Amor trinitario que se ha\u00adce pr\u00f3ximo a los \u00faltimos, se pone en la misma condici\u00f3n del m\u00e1s pobre para sustraerlo a la mi\u00adseria y al sufrimiento, y por tanto, liberarlo de la incapacidad de amar y de ser amado. Lo vuelve bello y amable, atrayente a los otros por la co\u00admuni\u00f3n de los corazones. En la comuni\u00f3n, la vo\u00adluntad divina confluye en la caridad de Jes\u00fas ha\u00adcia el Padre y hacia nosotros.<\/p>\n<p>En la efusi\u00f3n del Esp\u00edritu Santo, la k\u00e9nosis de la voluntad divina como Amor contin\u00faa por nues\u00adtra asimilaci\u00f3n a Cristo. En nosotros, se efunde en la inhabitaci\u00f3n misma de la Trinidad y por tan\u00adto en la conformidad con el estado de Amor que es propio de Cristo para reproducir en nosotros las mismas operaciones divinas y capacitarnos para amar como Dios ama (cf. XI, 734ss).<\/p>\n<p>En la atracci\u00f3n del Amor, la voluntad divina se vuelve Caridad heroica que impulsa a hacerse pr\u00f3ximo a los m\u00e1s pobres hasta el punto de com\u00adpartir el estado de pobreza y de humillaci\u00f3n de Cristo para hacerse amar (cf. IX, 367ss. 750s). Al fin, no se est\u00e1 lejos de la verdad cuando se afir\u00adma que, para san Vicente, la voluntad divina se identifica con la misericordia (cf. XI, 51ss).<\/p>\n<p>Correlativamente al movimiento de la k\u00e9no\u00adsis del Amor en Cristo, la voluntad de Dios se efect\u00faa en la misi\u00f3n del Esp\u00edritu Santo a noso\u00adtros para la asimilaci\u00f3n a la unidad divina (cf. XI, 65ss).<\/p>\n<p>Configur\u00e1ndose con la del Padre, la voluntad divina se expresa en la amabilidad filial por me\u00addio del deseo, del benepl\u00e1cito con la urgencia del \u00abbello placer\u00bb: o sea, de la complacencia rec\u00ed\u00adproca que transforma la voluntad en la b\u00fasqueda de la belleza del Amor para la m\u00e1xima alegr\u00eda re\u00adc\u00edproca (cf. IX, 959ss).<\/p>\n<p>Las diversas expresiones de la voluntad: obe\u00addiencia, dependencia, sumisi\u00f3n, adherencia, be\u00adnepl\u00e1cito, servicio, fidelidad, etc\u2026, adquieren, por ello, pleno significado s\u00f3lo en la participaci\u00f3n en las mismas operaciones que en nosotros son propias del Amor infinito. El Amor, derramado en nosotros, se hace voluntad divina en la Caridad heroica (cf. XI, 289s). En la caridad heroica, se transforma en abandono filial, por tanto, en fide\u00adlidad a la amabilidad con la b\u00fasqueda de la pro\u00adximidad a los \u00faltimos hasta dar la vida. En la efusi\u00f3n del Amor divino para nosotros, la volun\u00adtad de Dios se configura de este modo en el \u00e9xtasis rec\u00edproco de la adoraci\u00f3n (cf. XI, 365).<\/p>\n<div>\n<h2>ADORACI\u00d3N<\/h2>\n<\/div>\n<p>Individuada en el Amor personal trinitario y en sus operaciones, la voluntad de Dios conflu\u00adye en la adoraci\u00f3n con dos movimientos: la k\u00e9\u00adnosis y el \u00e9xtasis. En el \u00e9xtasis, el Amor sale de s\u00ed mismo y se comunica atrayendo hacia s\u00ed. En la k\u00e9nosis, <em>se <\/em>abaja a la condici\u00f3n del otro para con-formarlo a s\u00ed. Estos dos dinamismos permiten abarcar toda la gama de significados que la ado\u00adraci\u00f3n adquiere en la ense\u00f1anza de san Vicente (cf. X1, 512ss. 540ss. 551ss). En el sentido m\u00e1s ob\u00advio y superficial, la adoraci\u00f3n comporta el reco\u00adnocimiento de la majestad, de la grandeza de las perfecciones divinas, induce luego al estupor y a la sumisi\u00f3n. Tambi\u00e9n, bajo este aspecto, la su\u00admisi\u00f3n a Dios sigue siendo para san Vicente un punto fundamental. Para \u00e9l, es inconcebible que un creyente pueda sustraerse a Dios en cualquier cosa (cf. IX, 1122ss). Pero Dios parece asemejar\u00adse a\u00fan demasiado a un amo, aunque sea bajo el aspecto del Padre bueno que dispone de noso\u00adtros como quiere. La sumisi\u00f3n presenta una di\u00admensi\u00f3n de austeridad, sobre todo cuando mira a la inteligencia, aspecto para el que san Vicente exige la totalidad, a fin de que todo juicio est\u00e9 siempre conformado con las m\u00e1ximas eternas (cf. XI, 232s). De ello, deriva estima, admiraci\u00f3n, alabanza, etc\u2026: sentimientos y actitudes que en\u00adcuentran su plena efusi\u00f3n en la oraci\u00f3n perso\u00adnal, en el culto oficial y en la predicaci\u00f3n (cf. IX, 934ss. 1126ss).<\/p>\n<p>Sin Amor, la sumisi\u00f3n corre el peligro de pa\u00adrarse en la observancia. Sobre este tema, Vicen\u00adte no tiene dudas. Hombre de orden, sabe que Dios es orden y ha sancionado su ley eterna pa\u00adra el gobierno de todo el universo. Todos deben plegarse a su observancia. Un siervo de Dios se reconoce por la fiel observancia de las m\u00ednimas reglas (cf. IX, 940ss; XI, 321ss). Afortunadamen\u00adte, la concepci\u00f3n del Santo est\u00e1 abierta de cora\u00adz\u00f3n a muchas otras profundidades. Cuando la in\u00adteligencia se pliega a la inspiraci\u00f3n del coraz\u00f3n, se ve inevitablemente inducida a descubrir la gra\u00adcia de la amabilidad de Dios y entonces recibe el encanto de una maravilla que la atrae y entu\u00adsiasma. Descubre en la belleza divina del Amor el \u00abbenepl\u00e1cito\u00bb del Padre (cf. XI, 332s).<\/p>\n<p>San Vicente subraya con insistencia y particular vigor esta forma de adoraci\u00f3n que deber\u00eda animar la contemplaci\u00f3n, elevar definitivamente la aten\u00adci\u00f3n a Dios (cf. XI, 282ss) y, en otro aspecto, de\u00adber\u00eda provocar el desprendimiento de todo lo que es distinto de Dios, mantener en consecuencia el \u00e9xodo del mundo con un \u00e9xtasis permanente. En este punto, en la adoraci\u00f3n, la visi\u00f3n de la be\u00adlleza divina conmueve el coraz\u00f3n con el atractivo y engendra la necesidad del \u00abobsequio\u00bb (cf. IX, 423ss).<\/p>\n<p>El obsequio, en el coraz\u00f3n conmovido, solici\u00adta el deseo del \u00abbenepl\u00e1cito\u00bb, o sea, el impulso del Amor a buscar siempre y en todo el \u00abbello agrado\u00bb de Dios. No lo que nos agrada a noso\u00adtros, esto nunca, sino siempre y s\u00f3lo lo que el co\u00adraz\u00f3n advierte como m\u00e1s agradable y querido por Dios, porque para \u00c9l es m\u00e1s bello (cf. IX, 21ss. 32ss. 36ss).<\/p>\n<p>Sobre este tema, san Vicente, en sinton\u00eda con san Francisco de Sales, desahoga su sentir con vibraciones continuas. La adoraci\u00f3n, por conmo\u00advida, se hace entusiasta, alegre, celebrativa, agra\u00addable. Se convierte en la alegr\u00eda de lo m\u00e1s bello, el entusiasmo que se experimenta al atender a los intereses del Amor divino. Agradable, pero no consoladora ni ociosa, la alegr\u00eda consuma la obla\u00adci\u00f3n de todo en el compromiso y en desprendi\u00admiento que exige el Amor (cf. IX, 733ss). Inevita\u00adblemente, la operaci\u00f3n promovida por la adoraci\u00f3n, debe confluir en la ocupaci\u00f3n m\u00e1s absorbente. No basta amar a Dios con el coraz\u00f3n, hay que amar\u00adlo a fuerza de brazos, con el sudor de la frente y, si se tercia, incluso al precio de la propia vida (cf. IX, 439-452).<\/p>\n<p>En la tensi\u00f3n oblativa, la alegr\u00eda mayor nace de la experiencia de que el Amor divino es siem\u00adpre paternal y generativo por la semejanza a Cris\u00adto en la filialidad. Por la devoci\u00f3n filial, a imitaci\u00f3n de Cristo, la adoraci\u00f3n comporta el abandono de\u00adfinitivo a las iniciativas del Esp\u00edritu Santo para ser hijos en el Hijo, al modo del Hijo (cf. IX, 373ss). En nosotros, como en Cristo, el Amor del Padre consuma su \u00e9xtasis y su k\u00e9nosis: o sea, la ex\u00adpresi\u00f3n de s\u00ed para hacerse amar, de ah\u00ed la asimi\u00adlaci\u00f3n de nuestra forma de vida a la suya para hacerse pr\u00f3ximo a los \u00faltimos en la manera m\u00e1s conveniente a su amabilidad (cf. V1, 370).<\/p>\n<p>Deriva de aqu\u00ed una praxis heroica de la Caridad con una opci\u00f3n preferencial por los \u00faltimos, los malditos, porque est\u00e1n necesitados de un Amor m\u00e1s grande y m\u00e1s dulce. Adoraci\u00f3n y Caridad he\u00adroica hasta dar la vida por los pobres coinciden, por\u00adque, si el Amor pone en el estado de Cristo, la Ca\u00adridad operante alimenta la plena conformidad con \u00c9l en todos sus estados realizando as\u00ed la adhe\u00adrencia al estado de permanente adoraci\u00f3n: <em>\u00abPor tanto, ha sido Dios el que os ha dado este nom\u00adbre. Por eso, conservadlo con cuidado; procurad tener siempre el vestido de la caridad, cuyas se\u00ad\u00f1ales son el amor a Dios, el del pr\u00f3jimo y el de las hermanas, no sea que Dios os borre del libro de la vida. Y como todos nosotros somos pobres pecadores, d\u00e9mosle gracias a Dios por habernos dado un medio tan f\u00e1cil para reconciliarnos unos con otros; pid\u00e1mosle la gracia de emplearlo bien, a fin de conservar esa vestidura interior. El amor a Dios es la parte m\u00e1s alta; la caridad del pr\u00f3jimo y el amor a los pobres es la parte central; y la par\u00adte de abajo es la caridad entre vosotras. \u00a1Qu\u00e9 her\u00admosa vestidura!\u00bb <\/em>(IX, 1026).<\/p>\n<p>Profundamente convencido de esto, san Vi\u00adcente insiste sobre el hecho de que religi\u00f3n y Caridad en el cristianismo se identifican. La \u00fani\u00adca verdadera religi\u00f3n es la Caridad. La Caridad re\u00adaliza todas las finalidades de la adoraci\u00f3n en cuan\u00adto que se convierte en la forma m\u00e1s elevada del culto hacia Dios y hacia el hombre (cf. IX, 36ss. 1014ss; XI, 583ss). Hacia Dios, porque em\u00adpe\u00f1a en el reconocimiento de su autenticidad: Amor infinito en el Padre, en el Hijo y en Esp\u00edri\u00adtu Santo. Al mismo tiempo, comporta nuestra participaci\u00f3n en las operaciones divinas para ser recreados a semejanza del Hijo, perfecto amador del Padre, y para realizar en el mundo el Reino de su Amor (cf. X1, 550ss). Hacia los hombres, por\u00adque la Caridad heroica exige no s\u00f3lo el Amor por los pobres, sino tambi\u00e9n el \u00abhacerse pobre\u00bb por Amor, a fin de aliviar a los otros de la miseria y del sufrimiento. Esto, y s\u00f3lo esto, introduce en el seguimiento de Cristo en la k\u00e9nosis del Amor (cf. XI, 647ss. 655ss. 670ss).<\/p>\n<p>Con este procedimiento, se supera la oposi\u00adci\u00f3n entre Caridad y justicia porque, cuando el Amor constringe a \u00abhacerse pobre\u00bb para la pro\u00admoci\u00f3n de los otros, act\u00faa una forma superior de justicia, la de Dios, que no da ya lo m\u00ednimo, sino lo m\u00e1ximo y lo mejor de s\u00ed (cf. XI, 145ss). Los po\u00adbres representan el s\u00edmbolo m\u00e1s significativo de Cristo, por eso constituyen el objeto del culto en las obras de misericordia que, a su vez, asumen funci\u00f3n lit\u00fargica por la forma m\u00e1s solemne y efi\u00adcaz de celebraci\u00f3n del Amor de Dios. Todo acto de Caridad plenifica la celebraci\u00f3n eucar\u00edstica por la comuni\u00f3n. Las mismas actividades materiales, en funci\u00f3n de la Caridad, asumen el valor de ac\u00adciones cultuales ofrecidas a la humanidad de Cris\u00adto (cf. IX, 74ss). En este sentido, los pobres son tambi\u00e9n el sujeto del culto porque, constituidos en sacramento de Cristo, se convierten en su manifestaci\u00f3n y ministros por la diacon\u00eda de la educaci\u00f3n para la Caridad. Ponen a la Iglesia en un estado permanente de adoraci\u00f3n del Amor di\u00advino (cf. XI, 58ss. 65s).<\/p>\n<p>En las obras de misericordia, se efect\u00faa defi\u00adnitivamente la uni\u00f3n entre nosotros y Dios. En ellas, todo termina siempre en Dios: <em>\u00abCien veces ir\u00e9is a los pobres y cien veces encontrar\u00e9is ah\u00ed a Dios\u00bb <\/em>(IX, 240). Culto a Dios y culto al hombre, del mismo modo que se encuentran unificados en Cristo, lo est\u00e1n en las obras de misericordia. Dios es adorado en su verdadera identidad de Padre, y todo hombre es exaltado en su verdadera iden\u00adtidad de Hijo.<\/p>\n<p>La misma Caridad, incluso en sus m\u00ednimas manifestaciones, se explica siempre como ex\u00adpresi\u00f3n de la encarnaci\u00f3n y efusi\u00f3n del Esp\u00edritu Santo hacia el hombre, por eso reviste aut\u00e9nticas propiedades divinas: iniciativa, gratuidad, predi\u00adlecci\u00f3n, universalidad, misericordia. La Caridad se libera de las estrecheces de la ideolog\u00eda para actuar hist\u00f3ricamente, asumiendo el car\u00e1cter de profanidad y de laicidad (cf. XI, 743s. 553-555). So\u00adbre todo, se pone como plenitud y fundamento de toda la vida para atribuir al hombre todo el amor del que tiene necesidad para llegar a ser \u00e9l mismo. En esta tensi\u00f3n, supera a la justicia hu\u00admana para procurar al hombre la misma riqueza de Cristo (cf. XI, 740ss).<\/p>\n<p>En esta dimensi\u00f3n, la Caridad se consuma en la perfecta oblaci\u00f3n de la adoraci\u00f3n, porque obli\u00adga inevitablemente a subir a la cruz para el sacri\u00adficio de s\u00ed en provecho de todos los dem\u00e1s. San Vicente, en su sencillez, expresa este concepto dibujando justamente el simbolismo de la cruz<\/p>\n<p style=\"text-align: center\">Caridad<br \/>\nPaciencia + Obediencia<br \/>\nHumildad<br \/>\n(cf. IX, 1064)<\/p>\n<p>Las cuatro partes de la cruz indican no s\u00f3lo la exigencia de proximidad al pobre, sino sobre to\u00addo, la necesidad de hacerse pobre, en el sentido de aceptar la pobreza del Amor que, sin medios humanos, hace cosas grandes (cf. III, 372s): las obras de Dios. Al respecto, los medios humanos son importantes, nunca necesarios; m\u00e1s a\u00fan, pue\u00adden convertirse en obras del diablo. El Amor, s\u00f3\u00adlo el Amor es generativo hasta el infinito (cf. XI, 553-555), por eso, el verdadero adorador debe lograr hacerse amar por los pobres, en pobreza y con pobreza. Caridad, adoraci\u00f3n y amabilidad se identifican en la oblaci\u00f3n de s\u00ed.<\/p>\n<div>\n<h2>PROVIDENCIA<\/h2>\n<\/div>\n<p>La k\u00e9nosis del Amor divino que pone en los estados de Cristo corresponde en realidad a la Pro\u00advidencia. No hay acci\u00f3n divina que no sea acto de Amor infinito cumplido en Cristo y en el Esp\u00edritu Santo en favor del hombre (cf. X1, 241s). En la vi\u00adsi\u00f3n de la voluntad divina como Amor y de la ado\u00adraci\u00f3n como adherencia a las operaciones del Amor, la contemplaci\u00f3n de san Vicente centra al\u00adgunas evidencias que orientan todo el tema de la Providencia.<\/p>\n<p>Si la voluntad divina es Amor, puesto que el verdadero Amor es operativo, o sea no s\u00f3lo afec\u00adtivo sino efectivo, la actividad divina es actividad del Amor infinito para obrar tambi\u00e9n fuera de Dios en conformidad con la naturaleza divina (cf. IX, 1049ss; X, 42-45). El Amor, en su actividad, se re\u00adproduce a s\u00ed mismo, porque toda realidad tiende siempre a producir una fiel imagen de s\u00ed (cf. XI, 767). Por tanto, el Amor infinito es actividad di\u00advina en nosotros para hacernos capaces de amar y de ser amados. Nos asimila a S\u00ed, haci\u00e9ndonos amables (cf. XI, 470s). En su Hijo, el Padre nos ha\u00adce el don de s\u00ed con su Esp\u00edritu, para ser amado hasta el infinito (cf. XI, 551ss). La vida de todo hombre, toda la vida, recibe sentido s\u00f3lo del Amor infinito (cf. IX, 437ss).<\/p>\n<p>Quiz\u00e1s, por este sereno conocimiento, san Vicente no recalca nunca las tr\u00e1gicas problem\u00e1\u00adticas de la teolog\u00eda de la predestinaci\u00f3n y de la gracia, tan cruciales en su tiempo, ni manifiesta turbaci\u00f3n por la salvaci\u00f3n eterna. Su esp\u00edritu se afianza totalmente en la esperanza (cf. XI, 434ss). \u00c9l sabe que el Amor es verdaderamente infinita voluntad de Dios de un bien infinito, por lo tanto, seguramente obra para procurar a todos, con la m\u00e1xima intensidad, sin interrupciones, incluso contra nuestra voluntad, todo el bien. El favor de Dios es m\u00e1s grande que nuestra miseria y fragi\u00adlidad (cf. XI, 135ss). Este sentimiento profundo de la misericordia divina, fuente de serenidad, domina el coraz\u00f3n de san Vicente incluso cuando, por ra\u00adzones contingentes, amenaza con los castigos de Dios y pone en guardia sobre el riesgo de su abandono. En realidad, est\u00e1 bien convencido de que nada puede modificar la acci\u00f3n divina a favor nuestro (cf. I, 225s; V, 441s).<\/p>\n<p>Por tanto, la Providencia, siempre y en todo, incluso en el sufrimiento, en la prueba, en nues\u00adtra fragilidad, hasta en nuestro pecado, lo hace concurrir todo siempre para nuestro m\u00e1ximo bien (cf. IX, 1049ss). De esta confianza, deriva la m\u00e1\u00adxima fundamental: <em>\u00abEl Amor es inventivo hasta el infinito\u00bb <\/em>(XI, 65).<\/p>\n<p>En la Providencia, el Amor es preventivo en sus relaciones con todo nuestro deseo, porque, como creaturas, sabe que no podemos tener ini\u00adciativas para el bien, que en nuestra fragilidad no podemos ser ni siquiera fieles, no sabemos ni si\u00adquiera lo que es bueno para nosotros (cf. IX, 1066ss). Somos sus pobres. Habi\u00e9ndonos cre\u00adado para la uni\u00f3n, nos libera ante todo del peca\u00addo, esto es, de la incapacidad de amar. Su vo\u00adluntad es para nosotros, independientemente de nuestros m\u00e9ritos, elecci\u00f3n y predilecci\u00f3n sin nues\u00adtro deseo, esponsalidad fiel, incluso en nuestra infidelidad, salvaci\u00f3n hasta incluso en nuestra obstinaci\u00f3n (cf. X, 947ss). \u00c9stas son las razones del optimismo de san Vicente, que no se desa\u00adnima nunca, que sostiene su confianza y su aban\u00addono, pero, antes a\u00fan, que inspira su predilecci\u00f3n por los pobres (cf. IX, 1193ss; XI, 273s). A este ni\u00advel, sin embargo, la contemplaci\u00f3n de san Vi\u00adcente abre una m\u00e1s amplia perspectiva.<\/p>\n<p>La Providencia divina, puro Amor del Padre, act\u00faa exclusivamente para hacer bella y gozosa nuestra vida (cf. IX, 735ss. 1195ss). En este sen\u00adtido, la acci\u00f3n providencial no se presenta ya s\u00f3\u00adlo en forma gen\u00e9rica, sino que se especifica en sentido t\u00edpicamente cristiano. Dado que el suje\u00adto divino, que act\u00faa en nuestro favor, es toda la Trinidad, la acci\u00f3n divina se despliega en la misi\u00f3n de Cristo con el bello don del Padre: la amabili\u00addad que se hace amar, y ulteriormente termina en la efusi\u00f3n del Esp\u00edritu Santo por la comuni\u00f3n (cf. IX, 106ss. 150ss). La Providencia se identifica as\u00ed con el Amor generativo que nos conforma con Cristo. Nos env\u00eda al mundo en \u00abmisi\u00f3n\u00bb pa\u00adra la salvaci\u00f3n de los hermanos. Nos carga la cruz del sufrimiento y de las pruebas, pero con Amor, para que en el abandono filial engendre amabili\u00addad (cf. IX, 691ss). La Providencia se despliega ulteriormente con el Amor que inspira en noso\u00adtros el Esp\u00edritu Santo y luego con la acci\u00f3n de gracias por nuestra santificaci\u00f3n y la formaci\u00f3n del Cuerpo M\u00edstico. En definitiva, la Providencia en\u00adcuentra su expresi\u00f3n completa en la actividad tri\u00adnitaria por la creaci\u00f3n y la salvaci\u00f3n (cf. IX, 373ss; XI, 472ss).<\/p>\n<p>En este sentido, la acci\u00f3n de la Providencia acomete todos los aspectos de nuestra vida y comporta un abandono absoluto por una con\u00adfianza iluminativa, no s\u00f3lo hacia los bienes del esp\u00edritu, sino tambi\u00e9n hacia los materiales (cf. IX, 1049ss; XI, 658ss). En el abandono, la acci\u00f3n di\u00advina act\u00faa como forma y norma de toda la vida espiritual y material para nuestra perfecta adhe\u00adrencia al estado de Amor de Cristo. Por eso, la Caridad de san Vicente se modela enteramente sobre la urgencia de la Providencia divina: cuida al hombre en su totalidad, provee tanto al esp\u00edri\u00adtu como al cuerpo (cf. IX, 890ss).<\/p>\n<p>Por \u00faltimo, respecto a nuestra fragilidad, la Providencia es misericordia anticipada: un per\u00add\u00f3n eterno en previsi\u00f3n de nuestras faltas. En la l\u00f3gica de san Vicente, se explica as\u00ed por qu\u00e9 los pobres se jactan siempre del derecho al perd\u00f3n (cf. I, 128s; IV, 54; IX, 1137ss). Mandan nuestra Ca\u00adridad. Son los verdaderos amos de nuestro amor, antes incluso que de nuestros bienes. Todas las evocaciones al misterio de la Providencia divina se pueden, en definitiva, reconducir a la intuici\u00f3n que el Amor opera eficazmente para hacer gozosa y bella nuestra vida (cf. IX, 423ss}.<\/p>\n<div>\n<h2>FIDELIDAD<\/h2>\n<\/div>\n<p>La Providencia divina, misterio del Amor infi\u00adnito en actividad, compromete inevitablemente en la fidelidad m\u00e1s absoluta respecto a la iniciativa de Dios (cf. XI, 266ss). En la ense\u00f1anza de san Vicente, la fidelidad reviste varias formas. Ante to\u00addo, se presenta como abandono incondicionado, con la recomendaci\u00f3n de seguir la iniciativa de Dios en todo y por todo (cf. IX, 959ss}. Este nudo de la religiosidad de san Vicente no se sobreen\u00adtiende simplistamente en el sentido de \u00abdejar ha\u00adcer a Dios\u00bb, como si el abandono comportase pasividad. \u00abSeguir\u00bb, para san Vicente, est\u00e1 por \u00abexigir\u00bb (cf. XI, 445ss).<\/p>\n<p>Sin embargo, el abandono se ve continua\u00admente reconducido a la b\u00fasqueda de la voluntad de Dios en la adoraci\u00f3n y luego en el seguimiento para una total asimilaci\u00f3n a partir del coraz\u00f3n, que implique el sentir m\u00e1s profundo, pero tambi\u00e9n todo aspecto de la operatividad (cf. IX, 130ss).<\/p>\n<p>En la b\u00fasqueda de la \u00absinton\u00eda\u00bb, la fidelidad se configura como agradecimiento. La gratitud, sin embargo, no se refiere tanto a ventajas humanas, a las que san Vicente est\u00e1 siempre dispuesto a renunciar, sino preeminentemente corresponde al don del Amor infinito. El reconocimiento con\u00adfluye en la correspondencia (cf. X1, 271 s). Es con\u00adfianza y espera paciente por todo cuanto hay que recibir de Dios, pero es tambi\u00e9n empe\u00f1o laborioso por proveer todo aquello que es necesario para la vida (cf. XI, 691-693). Se puede decir que san Vicente es, en este punto, un fiel afirmador de la m\u00e1xima: \u00abse debrouiller\u00bb, equivalente del refr\u00e1n \u00abay\u00fadate y Dios te ayudar\u00e1\u00bb (cf. IX, 98ss. 439ss. 809ss).<\/p>\n<p>La fidelidad es, pues, fortaleza, porque el Amor infunde energ\u00eda para la correspondencia a sus ini\u00adciativas, incluso en las situaciones m\u00e1s dif\u00edciles. La fortaleza sostiene la paciencia y produce la creatividad. En la creatividad, la fidelidad induce a la confianza, en el sentido de un confiarse to\u00adtal como retorno continuo a la iniciativa divina, in\u00adcluso cuando se trata de perder, adem\u00e1s de los bienes materiales, la vida misma (cf. XI, 214ss. 570ss). Con m\u00e1s propiedad, la fidelidad desem\u00adboca, por la adhesi\u00f3n al Amor, en la praxis de la Caridad (cf. IX, 915ss). San Vicente resume el lar\u00adgo elenco de las propiedades que san Pablo atri\u00adbuye a la Caridad en el principio que el Amor es efectivo y no s\u00f3lo afectivo (cf. IX, 432ss). Quiere decir sencillamente que quien quiere ser fiel al Amor de Dios realiza todas sus obras, respetan\u00addo sin embargo todas las propiedades del Amor, sin fin y sin medida: Pues bien, hay que se\u00f1alar que el amor se divide en afectivo y efectivo. El amor afectivo es cierta efusi\u00f3n del amante en el amado, o bien una complacencia y cari\u00f1o que se tiene por la cosa que se ama, como el padre a su hijo, etc. Y el amor efectivo consiste en hacer las cosas que la persona amada manda o desea; de este amor, es del que habla nuestro Se\u00f1or, cuan\u00addo dice: Si quis diligit me, sermonem meum ser\u00advabit (Jn 14, 23). (Cf IX, 432ss).<\/p>\n<p>La se\u00f1al de este amor, el efecto o el sello de este amor, hermanos m\u00edos, es lo que dice nues\u00adtro Se\u00f1or, que los que le aman cumplir\u00e1n su pa\u00adlabra. Pues bien, la palabra de Dios consiste en sus ense\u00f1anzas y en sus consejos. Daremos una se\u00f1al de nuestro amor si amamos su doctrina y hacemos profesi\u00f3n de ense\u00f1arla a los dem\u00e1s. Seg\u00fan esto, el estado de la Misi\u00f3n es un estado de amor, ya que de suyo se refiere a la doctrina y a los consejos de Jesucristo; y no s\u00f3lo esto, si\u00adno que hace profesi\u00f3n de llevar al mundo a la es\u00adtima y al amor de nuestro Se\u00f1or\u00bb (XI, 736s).<\/p>\n<p>De aqu\u00ed, se sigue que la fidelidad confluye inevitablemente en el seguimiento del Amor co\u00admo amabilidad. En este sentido, la fidelidad exi\u00ad ge adhesi\u00f3n a dos dinamismos de la amabilidad, reflejo de las relaciones trinitarias: hacerse amar mostrando todo el bien y la belleza de que se es capaz (generaci\u00f3n divina), hacer al otro capaz de amar (espiraci\u00f3n del Esp\u00edritu Santo) (cf. XI, 551ss).<\/p>\n<p>En la aplicaci\u00f3n pr\u00e1ctica, la fidelidad al Amor divino exige la pobreza de medios humanos en las obras de misericordia, para una riqueza de do\u00adnes de inteligencia y de coraz\u00f3n, que s\u00f3lo la gra\u00adcia divina puede producir (cf. IX, 752; XI, 706ss). De ello, deriva necesariamente que, en el esta\u00addo de Cristo, hay que <em>\u00abhacerse mandar por los pobres\u00bb <\/em>(cf. IX, 531s. 1159ss). <em>\u00abSon nuestros amos\u00bb, <\/em>ministros en Cristo de toda nuestra co\u00adrrespondencia a la iniciativa divina. La fidelidad a ellos consagra toda nuestra libertad. Obliga a no instrumentalizar, a liberar, a ganar para vivir, incluso a acumular para dar m\u00e1s generosamente (cf. IX, 98ss. 439ss; X, 628ss).<\/p>\n<p>S\u00f3lo en esta \u00f3ptica se pueden comprender adecuadamente los votos religiosos que en la es\u00adpiritualidad vicenciana consagran la fidelidad a Dios (cf. 1X896ss; XI, 637ss).<\/p>\n<div>\n<h2>HONOR<\/h2>\n<\/div>\n<p>En la m\u00edstica de san Vicente, la fidelidad al Amor divino remite inevitablemente al compro\u00admiso por un particular tipo de \u00abhonor\u00bb de Dios (cf. Xl, 556ss).<\/p>\n<p>Aunque la insistencia del Santo sobre el de\u00adber de rendir honor a Dios es incesante y fort\u00edsi\u00adma, el significado, sin embargo, es complejo (cf. X1, 604ss). Muchos testimonios presentan la con\u00adnotaci\u00f3n inmediata y satisfecha del reconoci\u00admiento intelectual de las propiedades divinas. En este sentido, el pensamiento de san Vicente con\u00adfluye en la afirmaci\u00f3n de que Dios es todo y el hombre es nada, lo que comporta actitudes con\u00adsecuentes de obsequio, respeto, admiraci\u00f3n, te\u00admor (cf. IX, 1189ss; XI, 238ss). Deriva de ello una doble disposici\u00f3n: una que nutre la plegaria en la oraci\u00f3n, otra que anima toda la actividad cultual para aquello que mira al decoro de la liturgia (cf. XI, 124ss. 204ss. 604ss). Las dos actitudes ali\u00admentan dos urgencias: la b\u00fasqueda de todo lo que en general puede acrecentar la estima por Dios, el cuidado m\u00e1s diligente por la dignidad y la au\u00adtenticidad de todos los aspectos de la actividad religiosa, con particular atenci\u00f3n por el testimo\u00adnio, la predicaci\u00f3n y la Caridad hacia los pobres (cf. XI, 583ss). En la religi\u00f3n, todo, hasta en los m\u00ed\u00adnimos detalles, debe tender a promover el reco\u00adnocimiento de la autoridad de Dios y la sumisi\u00f3n a su voluntad (cf. XI, 48 [franc\u00e9s. ABELLY, III, 68]; XI, 739).<\/p>\n<p>El honor de Dios compromete a una rigurosa praxis de la humildad que lleva siempre a \u00abpo\u00adnerse abajo\u00bb y que hace aceptar, desear y buscar las humillaciones para s\u00ed mismos y para la propia comunidad, a fin de que resalte mejor la iniciativa de Dios (cf. X1, 219ss. 312ss. 482ss). Es\u00adta praxis, practicada y pretendida por san Vicen\u00adte con extremo rigor, podr\u00eda suscitar cierta per\u00adplejidad y parecer incongruente, si no derivase de una percepci\u00f3n del aspecto m\u00e1s profundo del honor de Dios.<\/p>\n<p>Para san Vicente, el m\u00e1ximo del honor que de\u00adbemos rendir a Dios est\u00e1 en el reconocimiento del poder de su Amor en la condici\u00f3n de humillaci\u00f3n, de sufrimiento, de mansedumbre, asumida en Cristo con la disposici\u00f3n constante a dejarse po\u00adner y mantener en la misma situaci\u00f3n (cf. XI, 749; ABELLY, III, 217 IXI, 61 franc\u00e9s]). Por consiguiente, el honor, si en un aspecto significa gen\u00e9ricamente adherencia al estado de Cristo, por otro se es\u00adpecifica en el servicio material y espiritual a los pobres (cf. X, 750s). El honor de Dios est\u00e1 todo ah\u00ed. Coincide sencillamente con el \u00abservicio\u00bb a los pobres por amor a Cristo: <em>\u00abOtro motivo, como ha dicho una hermana (ved, hijas m\u00edas, c\u00f3mo no ha\u00adblo m\u00e1s que por medio de vosotras), es que, al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas m\u00edas, \u00a1cu\u00e1nta verdad es esto! Serv\u00eds a Jesucris\u00adto en la persona de los pobres. Y esto es tan ver\u00addad como que estamos aqu\u00ed. Una hermana ir\u00e1 diez veces cada d\u00eda a ver a los enfermos, y diez veces cada d\u00eda encontrar\u00e1 en ellos a Dios. Como dice san Agust\u00edn, lo que vemos no es tan segu\u00adro, porque nuestros sentidos pueden enga\u00f1arse; pero las verdades de Dios no enga\u00f1an jam\u00e1s. Id a ver a los pobres condenados a galeras, y en ellos encontrar\u00e9is a Dios; servid a esos ni\u00f1os, y en ellos encontrar\u00e9is a Dios. \u00a1Hijas m\u00edas, cu\u00e1n ad\u00admirable es esto! Vais a unas casas muy pobres, pero all\u00ed encontr\u00e1is a Dios. Hijas m\u00edas, una vez m\u00e1s, \u00a1cu\u00e1n admirable es esto! Si, Dios acoge con agrado el servicio que hac\u00e9is a esos enfer\u00admos y lo considera, como hab\u00e9is dicho, hecho a \u00c9l mismo\u00bb <\/em>(IX, 240)<\/p>\n<p>El amor por los pobres ennoblece y procura honor a los que los sirven, los exalta, los trans\u00adforma a semejanza de Dios; pero honra tambi\u00e9n a los pobres en la persona de Cristo y a Cristo en la persona de los pobres. Esta visi\u00f3n del honor de Dios, enti\u00e9ndase bien, no nace de la premisa de que Dios toma la defensa de los d\u00e9biles, sino de la experiencia vivida de que no hay nada m\u00e1s grande y m\u00e1s bello que ser llamados a participar efectivamente en las operaciones divinas para la salvaci\u00f3n del hombre (cf. IX, 125ss. 772ss). Esto es lo m\u00e1ximo del honor para Dios y para el hom\u00adbre. El honor, en este sentido, penetra verdade\u00adramente los cielos (cf. IX, 53ss), porque es conti\u00adnuaci\u00f3n de la vida terrena de Cristo (cf. IX, 1093ss). Por tanto, produce en nosotros la imagen de la Trinidad: la uni\u00f3n entre nosotros y con Dios (cf. IX, 21ss).<\/p>\n<p>Bajo el aspecto pr\u00e1ctico, deriva de ello una con\u00adsecuencia dram\u00e1tica con la doctrina de dejar ex\u00adclusivamente a Dios la urgencia y la defensa de nuestro honor, incluso cuando se ve injustamen\u00adte comprometido por la calumnia (cf. X1, 230s).<\/p>\n<div>\n<h2>LA GLORIA DE DIOS<\/h2>\n<\/div>\n<p>La urgencia por el honor de Dios deriva de la necesidad absoluta de salvaguardar la \u00abgloria de Dios\u00bb. La gloria de Dios, para san Vicente, es la persona animada por el Esp\u00edritu de Cristo, en la que resplandece la belleza de la gracia (cf. IX, 915ss; XI, 733s).<\/p>\n<p>La gloria de Dios coincide, pues, con la obra de su Amor y se la identifica en la Trinidad, en Cristo y en el hombre (cf. XI, 428ss. 734ss). Es belleza di\u00advina que resplandece, se comunica, engendra otra belleza, vierte luz sobre el misterio del Amor infi\u00adnito y se convierte en fuente de gozo (cf. IX, 733ss). La gloria de Dios se refleja por tanto en el esplen\u00addor de su gracia que manifiesta del modo m\u00e1s cla\u00adro la riqueza de la vida trinitaria (cf. XI, 399ss).<\/p>\n<p>Dios puede recabar su gloria de muchos mo\u00addos. La ha realizado de la forma m\u00e1s excelsa en Cristo y Jes\u00fas la ha atribuido al Padre. En esta for\u00adma, Dios regenera su gloria tambi\u00e9n en nosotros por nuestro retorno a \u00c9l. A este fin, debe concu\u00adrrir toda nuestra vida (cf. IX, 758ss; XI, 410ss).<\/p>\n<p>La gloria de Dios se debe buscar sobre todo donde est\u00e1 m\u00e1s comprometida, en los pobres, en los afligidos, en los desesperados, en los aban\u00addonados, en los extraviados, en todos aquellos en los que la misma dignidad humana tiene el peli\u00adgro de ser anulada (cf. IX, 936ss). Los pobres re\u00adpresentan una medalla con dos caras: la exhibi\u00adci\u00f3n de la miseria, en contraste con la gloria de Dios, y que por tanto hay que anular; el rostro de Cristo, en sombra, y que por tanto hay que re\u00adsaltar. Entonces, hasta los pobres se vuelven be\u00adllos con la belleza de la gloria de Dios: <em>\u00abNo debo considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer seg\u00fan su aspecto exterior, ni seg\u00fan lo que aparece de la capacidad de su esp\u00edritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el esp\u00edritu de las personas razonables, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y ve\u00adr\u00e9is con las luces de la fe que son \u00e9stos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre; \u00e9l casi ni ten\u00eda aspecto de hombre en su pasi\u00f3n y pas\u00f3 por loco entre los gentiles y por pie\u00addra de esc\u00e1ndalo entre los jud\u00edos; y por eso mis\u00admo, pudo definirse como el evangelista de los pobres: <\/em>Evangelizare pauperibus misit me. <em>\u00a1Dios m\u00edo! \u00a1Qu\u00e9 hermoso es ver a los pobres, si los con\u00adsideramos en Dios <\/em>y en <em>el aprecio en que los tu\u00advo Jesucristo! Pero, si los miramos con los sen\u00adtimientos de la carne y del esp\u00edritu mundano, nos parecer\u00e1n despreciables\u00bb <\/em>(XI, 725).<\/p>\n<p>Todo lo dem\u00e1s no tiene sentido ni valor, sino para promover la gloria de Dios en los \u00faltimos. En Cristo, para san Vicente, no puede haber gloria de Dios si no participa en ella hasta el \u00faltimo de los hombres: <em>\u00abPues bien, si es cierto que hemos sido llamados a llevar a nuestro alrededor y por todo el mundo el amor de Dios, si hemos de inflamar con \u00e9l a todas las naciones, si tenemos la vocaci\u00f3n de ir a encender este fuego divino por toda la tierra, si esto es as\u00ed, \u00a1cu\u00e1nto he de arder yo mismo con es\u00adte fuego divino! \u00a1C\u00f3mo he de inflamarme en amar a aquellos con quienes vivo, edificando a mis pro\u00adpios hermanos por el ejercicio del amor e impul\u00ads\u00e1ndoles a que practiquen los actos que de \u00e9l ema\u00adnan! En la hora de la muerte, veremos lo mucho que hemos perdido sin remedio, si no todos, al me\u00adnos los que no tienen ni practican como es debido esta caridad fraterna\u00bb <\/em>(XI, 554).<\/p>\n<p>Animado por esta preocupaci\u00f3n, san Vicente pone toda su vida al servicio de la gloria de Dios en el servicio a los pobres (cf. IX, 1026). Es im\u00adportante el alimento, la casa, el vestido, el traba\u00adjo, la dignidad, pero nada es m\u00e1s bello que indu\u00adcir a uno a amar a Dios y al pr\u00f3jimo como Dios nos ama en Cristo (cf. IX, 229s). En coherencia con la idea de que la gloria de Dios est\u00e1 en la efica\u00adcia del Amor divino, gloria de Dios resulta sobre todo el rico que, a imitaci\u00f3n de Cristo, se hace po\u00adbre por Amor y que, no s\u00f3lo da a los pobres sus bienes, sino que incluso se pone a su servicio en condici\u00f3n de pobreza hasta dar la vida por su pro\u00admoci\u00f3n humana y su salvaci\u00f3n (cf. IX, 749ss). En estas personas, es donde el Amor, como en Je\u00adsucristo, realiza del modo m\u00e1s extraordinario su obra, en cuanto reanuda y repite el ciclo de su na\u00adcimiento por el abajamiento hasta los \u00faltimos y su retorno al Padre para su glorificaci\u00f3n (cf. IX, 159s. 760ss). Ni siquiera Dios puede hacer otra cosa m\u00e1s bella (cf. XI, 543s).<\/p>\n<p>La gloria de Dios, en cierto sentido, marca al fin el punto de llegada en el camino hacia Dios. Identificada con la amabilidad divina, comienza en el coraz\u00f3n conmovido por el Amor, pasa por los pobres y termina en el estado de Cristo (cf. IX, 367; XI, 290s). En un aspecto, est\u00e1 toda en ba\u00adjada con la encarnaci\u00f3n en la que el Amor viene a nosotros; en otro aspecto, est\u00e1 toda en ascen\u00adso como en la efusi\u00f3n del Esp\u00edritu Santo, en la que el Amor atrae a s\u00ed. As\u00ed, en Cristo y en todos aque\u00adllos que se dejan poner en su seguimiento, as\u00ed en la Iglesia y en las grandes obras de misericor\u00addia, as\u00ed en los m\u00e1s peque\u00f1os gestos humanos de la vida cotidiana, inspirados por la amabilidad.<\/p>\n<div>\n<h2>ATE\u00cdSMO<\/h2>\n<\/div>\n<p>Perteneciente a una sociedad todav\u00eda formal\u00admente religiosa, coherente con su visi\u00f3n m\u00edstica, san Vicente no se muestra de ning\u00fan modo pre\u00ad ocupado por un ate\u00edsmo de tipo filos\u00f3fico. No tie\u00adne tiempo y quiz\u00e1s no tiene cabeza para compli\u00adcarse en discusiones filos\u00f3ficas. En contacto con los dram\u00e1ticos problemas de los pobres y con la clase de los pocos ricos, frecuentemente ame\u00adnazados en su riqueza, no la emprende ni siquiera contra una forma de ate\u00edsmo pragm\u00e1tico.<\/p>\n<p>Lo que lo atormenta y lo determina a la acci\u00f3n es, por el contrario, un tipo de ate\u00edsmo m\u00e1s sutil, m\u00e1s espec\u00edfico, m\u00e1s enga\u00f1oso, m\u00e1s escandalo\u00adso, que podr\u00eda ser calificado de \u00abcristiano\u00bb, en cuanto desnaturalizaci\u00f3n, deformaci\u00f3n, envileci\u00admiento y vaciamiento del misterio de Cristo. En su n\u00facleo esencial, este ate\u00edsmo puede ser reducido a una forma de insensibilidad espiritual que impi\u00adde acoger en el misterio de Cristo la expresi\u00f3n del Amor trinitaria en favor del hombre: un ate\u00edsmo que deja campo libre a todas las mitificaciones del mis\u00adterio cristiano, a toda suerte de dudas en relaci\u00f3n con la misericordia divina, a toda especie de alu\u00adcinaci\u00f3n patol\u00f3gica, a la indiferencia por la justicia, al esc\u00e1ndalo de la Caridad reducida a limosna, a la blasfemia contra la Providencia.<\/p>\n<p>En el sentido propio, a san Vicente, el ate\u00eds\u00admo se configura en la negaci\u00f3n del Amor en to\u00addas sus perfecciones, dimensiones y operaciones: odio en las manifestaciones de la maldad. La for\u00adma peor arraiga sin embargo en la dureza del co\u00adraz\u00f3n hacia los pobres. El verdadero ateo odia a los pobres, anula completamente al Esp\u00edritu, se vuelve homicida como Ca\u00edn, al grito de los pobres responde s\u00f3lo con acusaciones. Un ate\u00edsmo as\u00ed de radical fomenta el esc\u00e1ndalo y la blasfemia porque instrumentaliza la miseria de los pobres para negar la divinidad del Amor. Se presenta, sin embargo, camuflado bajo las formas de la re\u00adligi\u00f3n y quiz\u00e1s de la devoci\u00f3n, entregado a las pr\u00e1cticas de piedad.<\/p>\n<p>Esta forma de ate\u00edsmo se vuelve por a\u00f1adi\u00addura santurr\u00f3n, porque quiere un Cristo sin cruz y pretende pobres sin necesidad de Amor, mien\u00adtras exige de ellos amor sin reparar en la necesi\u00addad de reciprocidad.<\/p>\n<p>Frente a esto, san Vicente no conoce m\u00e1s que una defensa: hacerse pobre por Amor, como Cris\u00adto. Haciendo eco a la invitaci\u00f3n del Evangelio: \u00abVen y ve\u00bb, su m\u00e1xima, para orientar a la experiencia de Dios, recalca siempre el mismo motivo: \u00abVen, ama y hazte amar de aquellos a quienes nadie ama\u00bb. Dios se hace percibir s\u00f3lo en el Amor.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En la ense\u00f1anza de san Vicente, la palabra Dios evoca una condici\u00f3n existencial semejante a la del hombre b\u00edblico. 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