{"id":33088,"date":"2014-04-27T06:34:37","date_gmt":"2014-04-27T04:34:37","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=33088"},"modified":"2016-07-26T19:18:06","modified_gmt":"2016-07-26T17:18:06","slug":"y-los-pobres-paris-en-el-s-xix-y-el-revivir-de-la-caridad-vicenciana","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/y-los-pobres-paris-en-el-s-xix-y-el-revivir-de-la-caridad-vicenciana\/","title":{"rendered":"\u00ab\u00bfY los pobres?\u00bb Par\u00eds en el S. XIX y el revivir de la caridad vicenciana"},"content":{"rendered":"<div id=\"attachment_33089\" style=\"width: 243px\" class=\"wp-caption alignright\"><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/04\/victor_hugo.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" aria-describedby=\"caption-attachment-33089\" class=\"size-medium wp-image-33089\" title=\"V\u00edctor Hugo\" alt=\"V\u00edctor Hugo\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/04\/victor_hugo-233x300.jpg?resize=233%2C300\" width=\"233\" height=\"300\" \/><\/a><p id=\"caption-attachment-33089\" class=\"wp-caption-text\">V\u00edctor Hugo<\/p><\/div>\n<p>En <em>Los miserables, <\/em>de V\u00edctor Hugo, novela cl\u00e1sica del s. XIX, el santo obispo de la pobre y remota di\u00f3cesis de Digne, Monse\u00f1or Carlos- Francisco-Bienvenido Myriel, acomete el largo viaje a Par\u00eds, para asistir a un s\u00ednodo episcopal, a una con otros 104 colegas en el episcopado, citados de toda Francia y de los territorios italianos sujetos la dominaci\u00f3n francesa. Este s\u00ednodo sin precedente, convocado por Napole\u00f3n, se reuni\u00f3 en la catedral de Notre Dame los meses de junio y julio de 1811, bajo la presidencia del cardenal Fesch, t\u00edo del emperador, que era dem\u00e1s obispo de Lyon.En el transcurso de este s\u00ednodo, seg\u00fan el relato novelesco de Hugo, el anciano obispo de Digne, asisti\u00f3 a una sola sesi\u00f3n y a tres o cuatro conferencias privadas. En cuanto obispo de una di\u00f3cesis monta\u00f1osa, que viv\u00eda cercano a la naturaleza, en condiciones r\u00fasticas y en medio de la privaci\u00f3n, parec\u00eda que hubiese tra\u00eddo a estos eminentes prelados, ideas que cambiaron el todo del s\u00ednodo. Pronto vuelve a Digne. Cuando le preguntaban c\u00f3mo hab\u00eda vuelto tan pronto, \u00e9l respond\u00eda, \u00abLes caus\u00e9 embarazo. Fue conmigo el aire de la monta\u00f1a. Hice el efecto de una puerta abierta\u2026\u00bb M\u00e1s bien les hab\u00eda ofendido. Entre otras extra\u00f1as cosas, estando una noche en casa de un encumbrado colega, se dej\u00f3 caer observaciones como \u00e9stas: \u00ab\u00a1Qu\u00e9 relojes m\u00e1s hermosos! \u00a1Qu\u00e9 alfombras m\u00e1s finas! \u00a1Qu\u00e9 libreas m\u00e1s ricas! Tiene que ser muy enojoso. Yo detestar\u00eda que tantos objetos superfluos me gritasen: \u00a1Hay gente desfalleciendo de hambre! \u00a1Hay gente que pasa fr\u00edo! \u00bfY los pobres? Los pobres, \u00bfqu\u00e9?\u00bb<\/p>\n<p>En el ep\u00edgrafe que adjunta el a\u00f1o 1862, cuando est\u00e1 a punto de publicarse la novela, habla Hugo sobre la irreprimible fuerza que le impeli\u00f3 a escribir <em>Los miserables<\/em>:<\/p>\n<p>Mientras exista, a causa de las leyes y de las costumbres, una condena social, por cuyo artificio se creen infiernos en medio de la civilizaci\u00f3n, y se complique un destino que es divino con una fatalidad humana; mientras no se resuelvan los tres problemas del siglo, la degradaci\u00f3n del hombre por el proletariado, el estrago de la mujer por el hambre, y la atrofia del la ni\u00f1o por la tiniebla; mientras en ciertas regiones sea posible la asfixia social; en otros t\u00e9rminos y desde un punto de vista m\u00e1s amplio a\u00fan, mientras haya en la tierra ignorancia y miseria, libros de la naturaleza del presente puede que no sean in\u00fatiles.<\/p>\n<p>Hugo ten\u00eda toda la raz\u00f3n; hab\u00eda necesidad urgente de libros semejantes al suyo en la literatura del s. XIX. Pero esta exigencia literaria ven\u00eda de otra mayor, la de que surgieran la caridad y la justicia en el decimon\u00f3nico mundo de injusticia, destituci\u00f3n y miseria, tan convincentemente descritas por Hugo y escritores contempor\u00e1neos con ideas afines.<\/p>\n<h2><strong>La ciudad de Par\u00eds y sus pobres<\/strong><\/h2>\n<p>El Par\u00eds de la vida de V\u00edctor Hugo (1802-85) lo fue: de Napole\u00f3n; de la restauraci\u00f3n borb\u00f3nica de Luis XVIII y Carlos X; de la revoluci\u00f3n burguesa y monarqu\u00eda de julio bajo Luis-Felipe; de la breve II Rep\u00fablica; del segundo imperio bajo Napole\u00f3n III y el bar\u00f3n Hausmann; de las revoluciones de 1830 y 1848; de las victorias prusianas de 1870 y la sangrienta Comuna de 1871. Fue asimismo el Par\u00eds de la incipiente revoluci\u00f3n industrial, atestado de pobres y a menudo violento.<\/p>\n<p><em>Miserables <\/em>en este Par\u00eds eran por definici\u00f3n las grandes masas urbanas de pobres que, entre los a\u00f1os 1801 y 1850, doblaron su censo de poblaci\u00f3n, no estando preparada a ello la ciudad, ni dese\u00e1ndolo, e incapaz como se ve\u00eda de proveer a ellos. Seg\u00fan entonces se entend\u00eda, <em>miseria <\/em>fue la palabra que lleg\u00f3 a expresar la experiencia colectiva de su marginalizaci\u00f3n, opresi\u00f3n, pobreza y sufrimiento.<\/p>\n<p>Por coincidencia de todas las mediciones estad\u00edsticas de la \u00e9poca, y por consenso de todos los informes contempor\u00e1neos, se reconoc\u00eda que esta misma ciudad de Par\u00eds hab\u00eda ca\u00eddo peligrosamente enferma. Ahora bien, la patolog\u00eda que manifestaba era precisamente aquella que aflig\u00eda a sus pobres. Hab\u00eda sin duda desacuerdo en la diagnosis exacta del mal, pero todos reconoc\u00edan los s\u00edntomas y sus fatales consecuencias.<\/p>\n<p>Si nac\u00edas, viv\u00edas y mor\u00edas entre quienes eran considerados por la sociedad francesa, y aun por ellos mismos, como <em>miserables, <\/em>no s\u00f3lo te demostrabas pobre, atribulado, miembro de la explotada clase trabajadora; te comprobabas adem\u00e1s actual o eventual miembro de las com\u00fanmente llamadas entonces clases \u00abcriminales\u00bb. Significaba que, potencialmente o tal vez de hecho, estabas entre quienes, con una palpable sensaci\u00f3n de temor, de miedo, eran designados por la \u00abcort\u00e9s\u00bb sociedad burguesa \u00abb\u00e1rbaros y salvajes\u00bb, eras de las clases peligrosas.<\/p>\n<h2><strong>\u00bfQu\u00e9 hac\u00eda tan peligrosos a los pobres?<\/strong><\/h2>\n<p>Durante esta \u00e9poca, en la perspectiva de las clases rectoras, escasamente se dudar\u00e1, que los parisinos pobres de la clase trabajadora fuesen estimados como \u00abpeligrosos\u00bb. Pero hay que preguntar: Exactamente, \u00bfqu\u00e9 hac\u00eda tan peligrosos a los pobres de Par\u00eds? Pongamos dos medidas: la de las clases rectoras, que ten\u00edan aguda sensaci\u00f3n de los peligros presentados por los pobres, para s\u00ed y para su mundo de acomodo; y la medida de los peligros personales, agudamente sentidos por los pobres en su inh\u00f3spito mundo, mundo creado por las f\u00e9rreas leyes del <em>status-quo<\/em>, en una sociedad sumamente estratificada, cual era la francesa; pues bien, esas dos medidas son una y la misma. La sima entre uno y otro sector social, cada vez m\u00e1s ancha, tender un puente sobre la cual parec\u00eda imposible, dio origen a la lucha de clases, una entre otras caracter\u00edsticas del s. XIX.<\/p>\n<h2><strong>El costo de los pobres<\/strong><\/h2>\n<p>El total de costos humanos, por aquella \u00abpatolog\u00eda urbana,\u00bb industrializada y capitalista, era pagado por los pobres de Par\u00eds: hombres y mujeres, ancianos, adolescentes, ni\u00f1os y beb\u00e9s. Pagaban los costos de las siguientes formas, todas contabilizables y contabilizadas: hambre, enfermedad, desnutrici\u00f3n, falta de escolarizaci\u00f3n; mendicidad, vagabundez, desempleo; explotaci\u00f3n de la mujer trabajadora y abuso del trabajo infantil; alta mortalidad en las dos epidemias de c\u00f3lera en 1832 y 1849; mortalidad infantil e infanticidio; ni\u00f1os exp\u00f3sitos y hu\u00e9rfanos; suicidio, prostituci\u00f3n, demencia, violencia, delincuencia end\u00e9mica; lucha de clases, disturbios, agitaci\u00f3n civil, revoluci\u00f3n. En una palabra, los pobres lo pagaban todo, por todas las v\u00edas concebibles.<\/p>\n<p>Se ha calculado que, en esta \u00e9poca, integraba <em>los miserables<\/em>, al menos la cuarta parte de una poblaci\u00f3n parisina que no cesaba de crecer; y que en momentos de crisis econ\u00f3mica, aquella cifra aumentaba, ocasionando \u00abhambre, enfermedad y muerte a casi media poblaci\u00f3n de Par\u00eds.\u00bb Como ha se\u00f1alado Louis Chevalier, tales estad\u00edsticas \u00abproyectan sobre el fondo hist\u00f3rico de Par\u00eds\u2026 una vasta pobreza estructural, fundamental pobreza, pobreza monstruosa y permanente.\u00bb<\/p>\n<h2><strong>La actitud del gobierno franc\u00e9s<\/strong><\/h2>\n<p>Durante toda esta era, los sucesivos gobiernos franceses negaron toda necesidad de aumentar el gasto p\u00fablico en alivio de los pobres, cuyo n\u00famero fue siempre subestimado, o impugnado y aun desde\u00f1ado. Para lo que importaba al gobierno, cierto, la pobreza inculpable afectaba s\u00f3lo a un n\u00famero relativamente bajo de quienes, en realidad, formaban la creciente clase m\u00edtica de aquellos a los que, tradicionalmente, se hab\u00eda visto constituir \u00abuna c\u00f3moda clientela de honrados artesanos, viejos, viudas, y ni\u00f1os de pecho,\u00bb \u00danicamente estas categor\u00edas de pobres eran consideradas \u00abindustriosas y dignas\u00bb. Representaban a una colectividad a la que supuestamente se pod\u00eda sustentar con holgura y por medios m\u00ednimos, sin ulteriores y enojosos aumentos de atenci\u00f3n o gastos por parte del gobierno. Para el gobierno y las clases rectoras, \u00abel problema de la pobreza concern\u00eda a un n\u00famero infinitesimal de personas, con lo cual perd\u00eda toda su gravedad y todo su horror.\u00bb<\/p>\n<p>As\u00ed pues, \u00bfcu\u00e1l estimaban el gobierno franc\u00e9s y las clases rectoras que era el problema? He ah\u00ed una pregunta clave, que puede responderse parafraseando del modo que sigue la cita que tra\u00edamos a colaci\u00f3n: \u00abel problema del crimen se puso en relaci\u00f3n con un n\u00famero casi infinito de personas, por lo cual revisti\u00f3 un tremendo sentido de gravedad y de horror.\u00bb En la mente del gobierno y de las clases rectoras, no se establec\u00eda nexo alguno entre el crimen, la violencia, el conflicto social, la agitaci\u00f3n c\u00edvica y estridente ret\u00f3rica que naturalmente acompa\u00f1aba a la<em> miseria<\/em>, de un lado; y del otro, el capitalismo y la revoluci\u00f3n industrial, cuya consecuencia directa todo lo enumerado. M\u00e1s bien se miraba a los fallos morales y criminales de los pobres mismos, quienes se juzgaba que eran los principales \u00abagentes de la propia desgracia.\u00bb Un contempor\u00e1neo el analista social Eug\u00e8ne Buret, comentaba,<\/p>\n<p>Si usted se interna por los antiguos distritos\u2026 y llega a las abarrotadas calles de las cicunscripciones VIII, IX y XII\u2026 adondequiera se vuelva en esos malhadados barrios, ver\u00e1 a hombres y mujeres se\u00f1alados con la marca del vicio y de la destituci\u00f3n, ni\u00f1os medio desnudos carcomidos por la suciedad y ahog\u00e1ndose en guaridas sin aire ni luz\u2026 Aqu\u00ed, en medio mismo de la civilizaci\u00f3n, encontrar\u00e1 a miles\u2026 reducidos por la sola imbecilidad a una vida de bestias; aqu\u00ed se apercibir\u00e1 de la destituci\u00f3n bajo una forma tan horrible\u2026 como para inspirar asco y repugnancia, pues asalta simult\u00e1neamente a todos los sentidos\u2026 le llenar\u00e1 a usted de aversi\u00f3n, m\u00e1s que de piedad, y estar\u00e1 tentado de estimarla justa castigo del crimen.<\/p>\n<p>La acci\u00f3n gubernamental que interesaba a los pobres en este \u00e1mbito, no se concentraba en el control y la regulaci\u00f3n de la industria; ni en la mejora f\u00edsica de las condiciones de vida, en las \u00e1reas de Par\u00eds habitadas por las clases trabajadoras; ni siquiera en la minimizaci\u00f3n de los efectos sociales de la revoluci\u00f3n industrial, cuyo influjo negativo sobre aquellas clases cund\u00eda por doquier. M\u00e1s bien pretend\u00eda controlar, corregir moralmente, y si era preciso castigar las que se miraban como vidas inmorales, irreligiosas, asociales y criminales, t\u00edpicas de las <em>clases peligrosas.<\/em><\/p>\n<h2><strong>\u00bfD\u00f3nde se situaba la Iglesia cat\u00f3lica?<\/strong><\/h2>\n<p>Tras su restablecimiento legal seg\u00fan los t\u00e9rminos restrictivos del concordato napole\u00f3nico el a\u00f1o 1801, la Iglesia de Francia (modelo de cuyas consecuentes actitudes, comportamiento y ense\u00f1anza era la Santa Sede) sigui\u00f3 siendo un fort\u00edn hondamente tradicionalista, y a menudo reaccionario, atento a defender, justificar y restaurar plenamente la autoridad del orden establecido conservador, en todas sus manifestaciones: pol\u00edticas, econ\u00f3micas, sociales o religiosas.<\/p>\n<p>Apoyada en las terribles pruebas a ella sobrevenidas en la Revoluci\u00f3n Francesa, s\u00f3lo con incomprensi\u00f3n, disgusto y miedo miraba la Iglesia al desorden y a los cambios que conllevaba el as\u00ed llamado \u00abmundo moderno\u00bb, con los principios \u00abliberales\u00bb contempor\u00e1neos: <em>libertad, igualdad y progreso<\/em>. Por lo que ata\u00f1\u00eda a la Iglesia, esos principios revolucionarios se hab\u00edan comprobado en la pr\u00e1ctica una y otra vez inherentemente anticlericales, irreligiosos, y de un peligro mortal para la fe, la moral, y la salvaci\u00f3n de los fieles. Eran por ello principio que deb\u00edan ser combatidos por la Iglesia de modo sistem\u00e1tico, a cualquier precio, y en todos los frentes.<\/p>\n<p>En toda esta era, sencillamente, falt\u00f3 a la Iglesia el apercibimiento de que la expansi\u00f3n industrial hab\u00eda creado un nuevo orden econ\u00f3mico mundial, con nuevos tipos de pobreza y de riqueza, nuevos patrones de relaciones sociales: todo ello revolucionario, y no menos permanente que otros grandes cambios pol\u00edticos operados desde la destrucci\u00f3n el antiguo r\u00e9gimen.<\/p>\n<p>Durante demasiado tiempo no entendi\u00f3 Roma, que aquellos cambios reclamaban la articulaci\u00f3n de nuevas concepciones de la caridad cristiana, la justicia, las relaciones sociales; temas que era responsabilidad suya formular, ense\u00f1ar y practicar. Debido a esa incomprensi\u00f3n, y a la desconfianza hacia el mundo moderno, la Iglesia, siquiera por el momento, se mantuvo firme en su visi\u00f3n tradicional, de que cierto contraste en las desigualdades econ\u00f3micas y sociales era de la naturaleza misma de la existencia humana, cual fue dispuesta por la providencia divina, y de ah\u00ed que aquel contraste no se debiera ni pudiera cambiar, o aun desafiar sin riesgo.<\/p>\n<h2><strong>\u00abSiempre tendr\u00e9is pobres entre vosotros\u00bb<\/strong><\/h2>\n<p>Ejemplos de posiciones tradicionales como las se\u00f1aladas se encuentran por doquier en los sermones y cartas pastorales de la \u00e9poca. Un caso es el de la carta pastoral que escribe para la cuaresma de 1849 el arzobispo de Bourges, cardenal Jacques-Marie-Celestin Du Pont, en la cual se dice:<\/p>\n<p>Los planes de la Providencia son manifiestamente distintos para cada individuo. Cada persona ha de ir por la senda que le es trazada, sin aspiraciones a acceder a un rango superior. Siempre habr\u00e1 desigualdad de rangos y de suertes en la sociedad, o la sociedad misma cesar\u00eda de existir. La tesis contraria, que s\u00f3lo sientan so\u00f1adores sin pudor y ut\u00f3picos ciegos, en vez de contribuir al bienestar p\u00fablico y a la prosperidad general, no puede causar m\u00e1s que ruinas y a un pavoroso caos en la sociedad\u2026 Destru\u00edd esta dependencia mutua, y el edificio entero de la sociedad se desmoronar\u00e1 y disolver\u00e1. Cundir\u00e1 el caos. Reinar\u00e1 la barbarie, y el estado de civilizaci\u00f3n revertir\u00e1 en salvajismo\u2026 Fue providencial que el mismo Se\u00f1or dijese con gravedad a sus disc\u00edpulos al acercarse su Pasi\u00f3n, que entre nosotros siempre habr\u00eda pobres. Existir\u00e1n siempre, pues, los que sufren y padecen necesidad. Es una condici\u00f3n de vida en este mundo. S\u00f3lo en la vida venidera desaparecer\u00e1n para siempre situaciones humanas tan dolorosas. \u00danicamente el cielo est\u00e1 cerrado a los males que reinan sobre la tierra\u2026 Hay quienes sufren indigencia, mientras que otros gozan de abundancia. Es para que todos por igual compartan lo que necesiten. La persona desgraciada carente de medios debe confiar en la bondad de Dios, quien nunca abandona a sus criaturas. En la medida que esa persona se someta y resigne, hallar\u00e1 en la presteza caritativa de sus hermanos m\u00e1s holgados, todo el cuidado que su situaci\u00f3n requiere. He ah\u00ed las ventajas de la riqueza y el acomodo, en cuyo poder est\u00e1 de ese modo prevenir la desesperaci\u00f3n, minimizar la desgracia, calmar la angustia, y hacer que se bendiga a Dios que, en la misma familia, as\u00ed alivia y consuela a los miembros dolientes, por obra de los miembros compasivos y generosos.<\/p>\n<p>Suministra otro ejemplo contempor\u00e1neo de la actitud de la Iglesia este extracto de un serm\u00f3n pronunciado en 1824 el abate Robinot, p\u00e1rroco bien conocido en la di\u00f3cesis de Nevers:<\/p>\n<p>Por fuerza, la sociedad naturalmente presupone desigualdad de condiciones y fortunas\u2026 Si se imaginase una sociedad en la cual toda la gente fuera igual en cuanto riquezas, grandeza, poder, cesar\u00eda de haber entre ella v\u00ednculo alguno; ya no habr\u00eda orden, subordinaci\u00f3n, autoridad, o dependencia. La sociedad presentar\u00eda entonces el ideal de un cuerpo cuyos miembros estuvieran separados, divididos, sin otro nexo entre ellos que el de la igualdad, no debi\u00e9ndose unos a otros m\u00e1s ayuda ni asistencia. Por necesidad, pues, habr\u00e1 en el mundo pr\u00edncipes y s\u00fabditos, amos y servidores, y en consecuencia ricos y pobres. La ley de desigualdad de suertes, que hiere el orgullo y la avaricia de algunos, lo es en inter\u00e9s de la sociedad, no menos que seg\u00fan la voluntad de Dios; pues Dios es quien hace a los pobres y a los ricos; Dios, abaja lo que alz\u00f3; sin dejar nada al azar, es su benepl\u00e1cito asignar a cada cual el estrato que ocupa, el sitio que le corresponde, el desempe\u00f1o de su funci\u00f3n en el cuerpo cuyo miembro es.<\/p>\n<p>Esas desigualdades se miran as\u00ed a la luz de los ideales tradicionales de la teolog\u00eda cat\u00f3lica, como si fueran la base dada por Dios, no s\u00f3lo a la sociedad humana, sino aun a la propia historia de la salvaci\u00f3n, pues suministran oportunidades providenciales para que los ricos se procuren la salvaci\u00f3n por la caridad que libremente muestran hacia los pobres; y rec\u00edprocamente, los pobres tienen id\u00e9ntica oportunidad: labrarse la salvaci\u00f3n por la sumisi\u00f3n obediente a la suerte que les depara la vida en este mundo, con la fiel esperanza de mayor y m\u00e1s segura recompensa en la venidera vida celeste. Como a este efecto se\u00f1alaba el antes citado cardenal Du Pont, \u00abel fundamento del derecho de los pobres [a ser objeto de caridad] es la obligaci\u00f3n de los ricos [al acto caritativo]. Ahora bien, los pobres no pueden reclamar aquella asistencia como a ellos debida por derecho. Implorar los pobres [la caridad] es por naturaleza una s\u00faplica, y nunca puede considerarse una orden.\u00bb<\/p>\n<h2><strong>El desaf\u00edo de Lamennais y Los primeros \u00abcat\u00f3licos sociales\u00bb<\/strong><\/h2>\n<p>Fue tambi\u00e9n en esta era cuando se alz\u00f3 dentro de la Iglesia una voz solitaria, prof\u00e9tica, la cual apadrinaba una perspectiva cristiana muy diferente, en relaci\u00f3n con los temas contempor\u00e1neos. Esa voz que gritaba en el desierto era la del abate De Lamennais (F\u00e9licit\u00e9 Robert, 1782-1854). Lamennais rechazaba de plano las tradicionales justificaciones, filos\u00f3ficas y teol\u00f3gicas, de la desigualdad, y afirmaba en cambio, que en el nuevo mundo creado por la revoluci\u00f3n industrial, era primariamente una injusta organizaci\u00f3n econ\u00f3mica y social la responsable de la miseria de los pobres, miseria que no deb\u00eda considerarse ni como dispuesta por Dios, y en consecuencia ineludible, ni como hechura de los pobres mismos.<\/p>\n<p>Lamennais fue asimismo temprano adalid de un ideal que la Iglesia de entonces juzgaba err\u00f3neo y peligroso, la separaci\u00f3n total de Iglesia y Estado. Tomando como base las experiencias contempor\u00e1neas de la Iglesia en Francia, estrechamente encadenada al Estado por las cl\u00e1usulas del concordato de 1801, Lamennais cre\u00eda que \u00fanicamente aquella separaci\u00f3n ser\u00eda capaz de liberar a la Iglesia de su casi total servidumbre a los intereses mundanos del conservador orden establecido. S\u00f3lo este paso la har\u00eda lo bastante pobre, como identificarse con los pobres, servirles y defender sus intereses. Lamennais y sus adeptos preve\u00edan de ese modo para la Iglesia una \u00abcompleta inversi\u00f3n que har\u00eda de la Iglesia una Iglesia de la justicia, Iglesia de los pobres, e Iglesia de los perseguidos, en lugar de ser Iglesia de los poderosos e Iglesia del orden establecido.\u00bb<\/p>\n<p>Las ideas radicales de Lamennais fueron condenadas sin apelaci\u00f3n en 1834 por Gregorio XVI, quien atribu\u00eda a ellas \u00abenrome maldad.\u00bb Aunque luego Lamennais abandonar\u00eda el sacerdocio y la Iglesia, sus ideas sirvieron, en las dos d\u00e9cadas que preceden al comedio del siglo, para auspiciar la aparici\u00f3n de una \u00e9lite, la de los llamados \u00abcat\u00f3licos sociales\u00bb. \u00c9stos, aun siendo una \u00abd\u00e9bil minor\u00eda\u00bb en la Iglesia de Francia, respondieron del gradual desarrollo de una coherente proto-cr\u00edtica cat\u00f3lica al \u00abindividualismo liberal\u00bb y sus consecuencias econ\u00f3micas, religiosas, pol\u00edticas, sociales. Este reducido grupo de obispos, sacerdotes y seglares fue el primero en entender que, las \u00abcondiciones del obrero constituyen una realidad nueva, y precisan de atenci\u00f3n y protecci\u00f3n.\u00bb<\/p>\n<p>Uno de este pu\u00f1ado madrugador era el dominico Lacordaire (Henri- Dominique, 1802-1861), entre los predicadores m\u00e1s populares e influyentes del momento, que en 1847 dijo: \u00abLa miseria no viene de Dios\u2026 no es cristiana\u2026 contrar\u00eda el querer y la providencia de Aquel que alimenta las aves\u2026 precisa que a toda costa la humanidad y el pueblo de Dios laboren por que desaparezca.\u00bb<\/p>\n<p>Y al grupo pertenec\u00eda asimismo el seglar Federico Ozanam, fundador de la Sociedad de San Vicente de Pa\u00fal, quien se\u00f1al\u00f3 en 1836:<\/p>\n<p>La cuesti\u00f3n que divide a la sociedad en nuestros d\u00edas ya no lo es de estructura pol\u00edtica; m\u00e1s bien ata\u00f1e a lo que ha de preferirse, si el esp\u00edritu del propio inter\u00e9s, o m\u00e1s bien el de sacrificio; si la sociedad va a consistir en una vasta explotaci\u00f3n en provecho del m\u00e1s fuerte, o bien en la entrega de cada individuo al bien de todos, y especialmente a la protecci\u00f3n del d\u00e9bil. Hay muchos que tienen demasiado; hay muchos otros que no tienen lo bastante, que nada tienen y est\u00e1n prestos a recibir lo que se les d\u00e9. Va a sobrevenir una confrontaci\u00f3n entre estas dos clases, la cual amenaza con ser terrible: de un lado el poder del oro; del otro el poder de la desesperaci\u00f3n. Debemos lanzarnos entre estas dos huestes enfrentadas, si no para prevenir, al menos para amortiguar el choque. Y nuestra juventud y median\u00eda no nos facilitan la funci\u00f3n de mediadores m\u00e1s de cuanto nos responsabiliza nuestro t\u00edtulo de cristianos.\u00bb<\/p>\n<p>Sin duda, la Iglesia estuvo en Francia demasiado ligada a la autoridad y a los intereses del orden establecido, econ\u00f3mico y pol\u00edtico, en especial tras los temibles disturbios socialistas de 1848. Puede adem\u00e1s decirse honradamente, que no entend\u00eda del todo la verdadera naturaleza y causas, entonces insinu\u00e1ndose en las mentes m\u00e1s progresivas, de la pobreza de la clase obrera. La Iglesia reconoci\u00f3 sin embargo el dolor humano y la humana indigencia dondequiera aparec\u00edan. Y un esp\u00edritu de genuina caridad cristiana la impeli\u00f3 a hacer algo concreto y sistem\u00e1tico, para aliviar las consecuencias inmediatas del sufrimiento y de la pobreza, de la inmoralidad e irreligi\u00f3n, cuya existencia en amplios sectores de la clase trabajadora conoc\u00eda de primera mano, de modo especial en Par\u00eds y en otras ciudades y regiones industrializadas de la Europa n\u00f3rdica.<\/p>\n<h2><strong>La misi\u00f3n de la Iglesia: Restaurar en la sociedad el orden cristiano<\/strong><\/h2>\n<p>Era sentir de la Iglesia que, en aquel momento, su misi\u00f3n consist\u00eda, al menos parcialmente, en devolver \u00abel orden\u00bb a la sociedad, reconciliando entre s\u00ed a pobres y ricos. Tal como ella lo ve\u00eda, reca\u00eda en ambos, los pobres y los ricos, la responsabilidad de que se abriera entre las clases una sima peligrosa, irreligiosa, que atentaba contra los cimientos tradicionales, tanto de la Iglesia como del Estado. Vista por la Iglesia, la ruptura &#8211; tratada por su doctrina y d\u00f3cil a su direcci\u00f3n &#8211; pod\u00eda subsanarse, mas s\u00f3lo volviendo todas las clases sociales a la pr\u00e1ctica de las creencias y de los valores cristianos tradicionales, para este caso especial los de la caridad y la justicia. As\u00ed pues, era \u00fanicamente restableciendo el orden divino de la sociedad cristiana y de las relaciones jer\u00e1rquicas, como esperaba la Iglesia que pudieran jam\u00e1s mantenerse la paz y el orden en la sociedad contempor\u00e1nea.<\/p>\n<p>He aqu\u00ed c\u00f3mo se representaba sucintamente Ozanam en 1836 aquella misi\u00f3n, tal cual ve\u00eda \u00e9l aplicarla la reci\u00e9n fundada Sociedad de San Vicente de Pa\u00fal:<\/p>\n<p>Trabajemos por aumentar y multiplicarnos, por hacernos mejores, m\u00e1s tiernos y m\u00e1s fuertes; pues as\u00ed como un d\u00eda sigue a otro, al parecer a\u00f1ade el mal de modo semejante una miseria a otra; se hace m\u00e1s y m\u00e1s patente el desorden de la sociedad; el problema pol\u00edtico sucede a los problemas sociales, al conflicto entre pobreza y riqueza, entre el inter\u00e9s propio ansioso de tomar, y aquel que ans\u00eda conservar. Y la enfrentamiento de entrambos intereses, de los pobres, que tienen el poder del n\u00famero, y los ricos, que tienen el del dinero, ser\u00e1 terrible si la caridad no se interpone, si no hace de mediadora, si los cristianos no se imponen con toda la fuerza del amor.<\/p>\n<p>Un a\u00f1o despu\u00e9s escrib\u00eda Ozanam en tono parecido:<\/p>\n<p>Ay, vemos aumentar cada d\u00eda la grieta que se ha abierto en la sociedad: no dividen ya a la gente las opiniones pol\u00edticas; hay menos opiniones que intereses, aqu\u00ed el campo de los ricos, all\u00ed el de los pobres. En el uno, el propio inter\u00e9s, ansioso de conservarlo todo; en el otro aquel propio inter\u00e9s que ans\u00eda quit\u00e1rselo todo a todos. Entre los dos, odio implacable, rumores de inminente guerra, una guerra de exterminio. Queda un \u00fanico medio de salvaci\u00f3n, a saber, que en nombre de la caridad, los cristianos se interpongan entre uno y otro campo, los sobrevuelen, corran de un lado a otro haciendo bien, obtengan de los ricos mucha limosna y mucha resignaci\u00f3n de los pobres, lleven donativos a los pobres y gratitud a los ricos, insten a que ambos se miren como hermanos, les infundan algo de mutua caridad; caridad que detenga, que apague en ambos campos aquel inter\u00e9s propio, que d\u00eda tras d\u00eda vaya mitigando la rec\u00edproca aversi\u00f3n, hasta que esos campos derriben la barrera de los prejuicios, depongan las airadas armas, y vayan al encuentro uno de otro, no para combatir, sino para fundirse en un redil \u00fanico bajo un \u00fanico pastor: <em>Unum ovile, unus pastor.<\/em><\/p>\n<h2><strong>La respuesta vicenciana<\/strong><\/h2>\n<p>En el Par\u00eds del s. XVII, Vicente de Pa\u00fal y Luisa de Marillac respondieron innovadoramente a las necesidades caritativas y religiosas de los pobres, a la tremenda pobreza de su \u00e9poca; y fundaron las ampliamente difundidas cofrad\u00edas de la caridad, con su base parroquial; las Damas y las Hijas de la Caridad; y la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n. Todas estas instituciones y sus obras, que florecieron mientras dur\u00f3 el antiguo r\u00e9gimen, quedaron en casi total descompostura y ruina, como efecto de la Revoluci\u00f3n Francesa y a consecuencia de la ola revolucionaria que inund\u00f3 a Europa. Las instituciones vicencianas se volver\u00edan a fundar en los primeros a\u00f1os del s. XIX, con prop\u00f3sito declarado de recuperar el carisma de los fundadores y su \u00abprimitivo esp\u00edritu,\u00bb y de hacer en favor de su siglo, de la Francia y el Par\u00eds de su \u00e9poca, por su mundo, lo que por el ellos hicieron san Vicente y santa Luisa.<\/p>\n<h2><strong>Juan-Bautista \u00c9tienne: El \u00absegundo fundador\u00bb<\/strong><\/h2>\n<p><strong>El Par\u00eds de V\u00edctor Hugo acert\u00f3 a ser tambi\u00e9n el de Juan-Bautista \u00c9tienne, que con 19 a\u00f1os y desde su ciudad natal de Metz llegaba all\u00e1 en agosto de 1820, y all\u00ed permanecer\u00eda hasta su muerte, en marzo de 1874. \u00c9tienne hab\u00eda ido a Par\u00eds para entrar en la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n. La Congregaci\u00f3n llevaba a\u00f1os luchando, si bien con restringido \u00e9xito, por el propio restablecimiento legal, as\u00ed como para subsanar las divisiones nacionalistas de su interior, generadas por las \u00e9pocas revolucionaria y napole\u00f3nica que sacudieron Europa.<\/strong><\/p>\n<p>Cierto, nadie pod\u00eda saber, cuando \u00c9tienne llamaba a las puertas de la nueva casa-madre en 95 rue de S\u00e8vres, que de 1843 a 1874 hab\u00eda de presidir como superior general, a un admirable renacimiento y a la expansi\u00f3n mundial de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n, de la Compa\u00f1\u00eda de las Hijas de la Caridad, y de la Asociaci\u00f3n de Damas de la Caridad.<\/p>\n<p>El 1 de enero de 1870, a\u00f1o en que celebrar\u00eda el cincuentenario de su entrada en la Congregaci\u00f3n, \u00c9tienne oy\u00f3, de labios del asistente general Eugenio Vicart, estando reunida la comunidad de la casa-madre para la tradicional felicitaci\u00f3n de A\u00f1o Nuevo, las siguientes palabras: \u00abNos complace llamaros nuestro segundo fundador, y si ese t\u00edtulo se cuestionara en el futuro y la Congregaci\u00f3n olvidara un d\u00eda lo que por ella hab\u00e9is hecho, las piedras mismas griten y nos acusen de ingratitud.\u00bb<\/p>\n<p>Este \u00absegundo fundador\u00bb de los vicencianos, t\u00edpico l\u00edder religioso de su \u00e9poca, ten\u00eda una mente unilinear en grado casi obsesivo, era inflexible y de un tradicionalismo, paternalismo y autoritarismo caracter\u00edsticos. Puede establecerse una comparaci\u00f3n entre aquellos dos contempor\u00e1neos, \u00c9tienne y P\u00edo IX: lo que este papa fue para la iglesia universal, eso fue aquel general para los Padres Pa\u00fales y las Hijas de la Caridad. Ahora bien, no puede negarse, que fue merced a su firmeza, celo, y entregada jefatura, como el \u00abprimitivo esp\u00edritu\u00bb, la misi\u00f3n caritativa, y las instituciones de la familia vicenciana quedaron, no s\u00f3lo restauradas, sino tambi\u00e9n remodeladas, para satisfacer a necesidades que aquella \u00e9poca estaba delatando. Bajo la jefatura de \u00c9tienne, la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n y la Compa\u00f1\u00eda de las Hijas de la Caridad vivieron una \u00e9poca de asombrosa vitalidad, aumento y expansi\u00f3n, llegando a ser por primera vez una comunidad internacional verdaderamente din\u00e1mica, diseminada por la faz del globo.<\/p>\n<p>Un mero recorrido por los voluminosos escritos oficiales de \u00c9tienne en sus a\u00f1os de superior general revelar\u00e1 su clara, aunque simple, visi\u00f3n de la misi\u00f3n vicenciana en el s. XIX, cual \u00e9l la recalcar\u00eda una vez y otra, hasta que qued\u00f3 indeleblemente impresa en las vidas y en las obras de los Misioneros y de las Hermanas. Esa visi\u00f3n ata\u00f1\u00eda a \u00ablos misteriosos designios de la Providencia,\u00bb la cual daba por destino al esp\u00edritu vicenciano la creaci\u00f3n, a trav\u00e9s de la acci\u00f3n de la doble familia, de \u00fana que el propio \u00c9tienne gustaba de llamar \u00abred caritativa,\u00bb como respuesta a las emergencias contempor\u00e1neas originadas por la pobreza, la ignorancia, la irreligi\u00f3n, la agitaci\u00f3n social, no s\u00f3lo en Par\u00eds, ni s\u00f3lo en Europa, sino por todo el mundo.<\/p>\n<p>Cimentada en el subsuelo de la eclesiolog\u00eda triunfalista entonces vigente, la visi\u00f3n de la vida interna, de la gobernaci\u00f3n y ministerios externos en la familia vicenciana, que \u00c9tienne acarici\u00f3, era tan fuerte, tan absoluta y determinada que, para mejor o peor, perdur\u00f3 sin apenas cambios hasta los tiempos del Segundo Concilio Vaticano.<\/p>\n<h2><strong>Visi\u00f3n vicenciana de \u00c9tienne<\/strong><\/h2>\n<p>El fondo que sostuvo la perspectiva de \u00c9tienne, lo mismo para la historia contempor\u00e1nea mundial que para la de la salvaci\u00f3n, siempre fue plenamente galicano y vicenciano. Estaba convencido \u00c9tienne de que el \u00abnuevo mundo\u00bb surgido de las cenizas, fr\u00edas e inertes, del antiguo r\u00e9gimen, que la Revoluci\u00f3n Francesa hab\u00eda destruido, era un mundo cuyo futuro destino continuar\u00eda model\u00e1ndose por ideas directrices, instituciones y valores franceses.<\/p>\n<p>Seg\u00fan el an\u00e1lisis de \u00c9tienne, fue preciso el \u00abgenio\u00bb de Napole\u00f3n, para entender que, con miras al futuro bienestar y progreso de la sociedad, los errores revolucionarios, destructivos e irreligiosos, contenidos en los principios de 1789, necesitaban de una \u00abmano firme\u00bb que los sustituyera por otros, e imprimiera a \u00e9stos una \u00abnueva direcci\u00f3n,\u00bb renovando la alianza con la Iglesia; los principios adoptados ser\u00edan los inherentes a la religi\u00f3n, y como m\u00e1s importantes, la raz\u00f3n, la caridad, y la obediencia a la autoridad.<\/p>\n<p>Esta intuici\u00f3n napole\u00f3nica, de acuerdo con \u00c9tienne, necesaria y providencialmente conllevaba la restauraci\u00f3n legal de las Hijas de la Caridad y de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n; pues \u00bfcu\u00e1l, entre todas las instituciones de la Iglesia en Francia, estaba mejor equipada, por el carisma de su fundador y por su historial, para ofrecer a la sociedad democr\u00e1tica el ejemplo de las solas miras evang\u00e9licas capaces de afrontar los grandes desaf\u00edos del mundo contempor\u00e1neo? Desaf\u00edos que \u00c9tienne correctamente cifraba en los \u00abproblemas de autoridad y obediencia, de riqueza y pobreza.\u00bb<\/p>\n<p>En el pensamiento de \u00c9tienne, hab\u00eda un nexo obvio entre el papel jugado por Vicente de Pa\u00fal en la sanaci\u00f3n de los males del s. XVII franc\u00e9s, y el papel que sus hijos e hijas espirituales estaban destinados por la Providencia a jugar en una situaci\u00f3n pareja, s\u00f3lo que 200 a\u00f1os despu\u00e9s y con un alcance mundial. \u00c9tienne, en efecto, presentaba as\u00ed la Francia del s. XVII:<\/p>\n<p>Se hab\u00eda inaugurado una nueva era, y el nuevo orden que se establec\u00eda sobre las ruinas del anterior, causaba dolores de parto a la sociedad. Como en todas las \u00e9pocas de transformaci\u00f3n social, cund\u00eda por doquier el desorden y aflig\u00edan al pueblo toda suerte de calamidades\u2026 \u00bfDe d\u00f3nde le vendr\u00eda el socorro a un campo en trance de muerte?\u2026 \u00bfQui\u00e9n le proveer\u00eda de medios aun m\u00ednimos de escapar a sus males?<\/p>\n<p>\u2026 \u00bfUn influjo, poderoso y saludable, que disipara las sombras en su derredor, que le infundiera fortaleza y vida, que le condujera con seguridad hacia los nuevos destinos?\u2026 Ser\u00eda san Vicente de Pa\u00fal. \u00c9l ser\u00eda el restaurador, el salvador de<\/p>\n<p>Francia\u2026 [Estableciendo] un magn\u00edfico sistema de caridad p\u00fablica, que fue el orgullo de Francia y la envidia de otros pa\u00edses. Un sistema que atend\u00eda a todas las miserias y a todas las desgracias de la humanidad, desde el ni\u00f1o abandonado hasta el anciano moribundo. Un sistema en cuyas reservas hab\u00eda auxilio para toda necesidad y alivio para todo sufrimiento.<\/p>\n<p>La visi\u00f3n del plan providencial de Dios para la misi\u00f3n vicenciana del s. XIX era luego compendiada as\u00ed por \u00c9tienne:<\/p>\n<p>Es la hermandad del evangelio, lo que ofrec\u00e9is al mundo, como ant\u00eddoto a la fraternidad revolucionaria. La caridad de san Vicente de Pa\u00fal presidir\u00e1 la restauraci\u00f3n de nuestro pa\u00eds. La caridad a la que en adelante serviremos, he ah\u00ed la base para trono y altar. Ella ser\u00e1 el lazo que una a los esp\u00edritus divididos, el b\u00e1lsamo que suavice las irritaciones partidistas, el terreno neutral donde todos se re\u00fanan, y se supere toda diferencia, el divino hechizo que junte a todos los corazones, en adhesi\u00f3n, en religi\u00f3n, en patria.<\/p>\n<p>La respuesta \u00abal orgullo y ego\u00edsmo que atormentan a la moderna sociedad\u00bb estaba, de acuerdo con \u00c9tienne, en una misi\u00f3n vicenciana de pr\u00f3diga caridad.<\/p>\n<h2><strong>La misi\u00f3n vicenciana en el Par\u00eds del s. XIX<\/strong><\/h2>\n<p>\u00c9tienne dedic\u00f3 todo su generalato a implantar aquella distintiva visi\u00f3n de una misi\u00f3n vicenciana mundial, caritativa y evang\u00e9lica. El modelo de todo cuanto por doquier emprender\u00eda, adquiri\u00f3 perfiles concretos en la ciudad de Par\u00eds, a cuyos desahuciados pobres se esforz\u00f3 por que sirviese y evangelizase la restablecida misi\u00f3n vicenciana.<\/p>\n<p>La espina dorsal en esta misi\u00f3n parisina de servicio a los pobres, y aun de la misi\u00f3n mundial de la caridad vicenciana, era la Compa\u00f1\u00eda de las Hijas de la Caridad. En 1800, pasados los peores excesos de la Revoluci\u00f3n Francesa, las Hijas de la Caridad fueron el primer grupo de Hermanas que obtuvo reconocimiento legal. Las anim\u00f3 y sostuvo el Estado, s\u00f3lo porque sus tradicionales obras caritativas hacia los pobres, los enfermos, los ancianos, los no escolarizados, eran universalmente reconocidas como de utilidad indispensable para la sociedad.<\/p>\n<p>Seg\u00fan ha demostrado Claude Langlois en su magistral estudio sobre las Congregaciones de mujeres en la Francia del s. XIX, las Hijas de la Caridad lideraron, y aun se hicieron s\u00edmbolo de una caridad revolucionaria, en la vida religiosa de la Iglesia de Francia. El n\u00famero de Hermanas francesas en este per\u00edodo subi\u00f3, de 1600 el a\u00f1o 1808, a 9.100 el a\u00f1o 1878. Una cumbre fueron los a\u00f1os 1865-1866. Hubo a\u00f1os en los que cuando entraron m\u00e1s de 700 j\u00f3venes all seminario de la casa-madre, situada en su ubicaci\u00f3n actual, n\u00ba 140 de la rue du Bac.<\/p>\n<p>\u00c9tienne no vacil\u00f3 un instante en servirse de esta explosi\u00f3n vocacional para cubrir la ciudad de Par\u00eds, y especialmente los distritos de m\u00e1s pobreza, de fundaciones de Hijas de la Caridad, puestas al servicio directo de los pobres. Los a\u00f1os que no le permitieron abrir establecimientos y casas bastantes, envi\u00f3 gran n\u00famero de Hermanas a prestar sus servicios en otras regiones de Europa, as\u00ed como a extensas misiones extranjeras de Latino-Am\u00e9rica, China, y Levante. Como \u00c9tienne se\u00f1alaba en 1868:<\/p>\n<p>\u00bfNo aparece primero vuestra Compa\u00f1\u00eda, como una fina corriente de caridad que se retuerce con esfuerzo por entre zarzas y espinos, y luego crece bajo abundantes lluvias, inunda Francia y toda Europa, extiende su benigna influencia hasta las m\u00e1s remotas regiones del universo?\u2026 Este grano de mostaza, sembrado por mano de san Vicente, est\u00e1 convertido en \u00e1rbol, cuyas ramas cobijan a los pobres de nuestro pa\u00eds; pero \u00bfqui\u00e9n habr\u00eda pensado que llegara a tener sus magn\u00edficas proporciones actuales? \u00bfQue el beneficio de su follaje alcanzar\u00eda a los bordes del mundo?<\/p>\n<p>La Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n tambi\u00e9n experiment\u00f3 expansi\u00f3n, en t\u00e9rminos relativos, durante esta \u00e9poca, pero sin acercarse a la escala expansiva de las Hijas de la Caridad. Una m\u00e1xima parte de su atenci\u00f3n estaba acaparada por el apostolado en numerosos seminarios, y en misiones parroquiales y extranjeras, a ella encomendado. As\u00ed pues, en el servicio directo de la caridad para con los pobres, el papel de los misioneros se limitaba a la no peque\u00f1a labor de proveer direcci\u00f3n y animaci\u00f3n espiritual a la creciente comunidad de Hermanas, las Hijas de la Caridad.<\/p>\n<p>Sobre el tema de las relaciones entre la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n y las Hijas de la Caridad, he aqu\u00ed lo que dec\u00eda Monsieur \u00c9tienne, en su carta circular de 1844 a los miembros de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n:<\/p>\n<p>Nuestra conclusi\u00f3n es, que trabajar por la prosperidad de la Compa\u00f1\u00eda de las Hijas de la Caridad, es hacerlo por la de nuestra propia Compa\u00f1\u00eda; es suministrar a nuestras obras un potente factor de \u00e9xito\u2026 El estado ideal de nuestra relaci\u00f3n mutua debe ser la \u00fanica fuente del mutuo apoyo, de suerte que la Compa\u00f1\u00eda de las Hijas de la Caridad reciba su vida de nuestra direcci\u00f3n, mientras que nuestras obras s\u00f3lo existir\u00e1n a la sombra y bajo la protecci\u00f3n de las suyas. Nunca antes se hall\u00f3 esa Compa\u00f1\u00eda en condiciones m\u00e1s favorables para recibir nuestra celosa gu\u00eda por la senda de su vocaci\u00f3n. Est\u00e1 m\u00e1s unida que nunca a nuestra Congregaci\u00f3n. Nunca antes entendi\u00f3 tan claramente como lo hace hoy, que su existencia y \u00e9xito dependen de la relaci\u00f3n con la Congregaci\u00f3n, y que s\u00f3lo de nosotros puede recibir, aquella direcci\u00f3n que la capacita para realizar la importante misi\u00f3n a ella confiada por la Iglesia\u2026 Ejercitar el celo en favor de m\u00e1s de cinco mil Hijas de san Vicente dispersas por el mundo, he ah\u00ed la hermosa misi\u00f3n que se encomienda a la Congregaci\u00f3n.<\/p>\n<h2><strong>Segunda fundaci\u00f3n de las Damas de la Caridad<\/strong><\/h2>\n<p>El renacimiento de la caridad vicenciana tiene en Par\u00eds un historial mayor que el delimitado por la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n y las Hijas de la Caridad. En 1839, la vizcondesa Le Vavasseur fue en peregrinaci\u00f3n al <em>Berceau <\/em>(lugar donde naci\u00f3 san Vicente, pr\u00f3ximo a Dax). La hab\u00eda impactado el pensamiento de que las Damas de la Caridad, entre las fundaciones vicencianas m\u00e1s importantes, no estuviese a\u00fan restaurada, a los 50 a\u00f1os de la Revoluci\u00f3n, precisamente \u00abcuando las necesidades de los pobres parec\u00edan mayores que nunca, sobre todo en la gran ciudad de Par\u00eds, donde la poblaci\u00f3n aumenta por d\u00edas, y se multiplica el n\u00famero de indigentes, al igual que las causas de su miseria.\u00bb<\/p>\n<p>Cuando Madame Le Vavasseur volvi\u00f3 a Par\u00eds, expuso a \u00c9tienne su idea de restablecer las Damas de la Caridad, idea que \u00c9tenne sostuvo con entusiasmo. El restablecimiento de las Damas de la Caridad, con la licencia, y un inicial apoyo financiero, del arzobispo de Par\u00eds, Dionisio-Augusto Affre (1793-1848), pudo al fin ser presidido por \u00c9tienne. Las primeras doce se\u00f1oras asumieron la misi\u00f3n de visitar y atender personalmente \u00aba pobres enfermos abandonados, en aquellos barrios de la ciudad, donde la miseria se agrava del modo m\u00e1s pavoroso.\u00bb<\/p>\n<p>Desde el comienzo de su obra, las Damas de la Caridad de Par\u00eds, trabajaron como \u00abauxiliares\u00bb, directamente subordinadas a las Hijas de la Caridad, que estaban ya trabajando en las parroquias m\u00e1s indigentes de la ciudad, y tan bien conoc\u00edan a los pobres, y lo que \u00e9stos necesitaban. Estas primeras se\u00f1oras comenzaron de inmediato en el Faubourg Saint-Marceau, parroquia de Saint- M\u00e9dard, donde seg\u00fan se dec\u00eda com\u00fanmente, \u00ablos pobres eran m\u00e1s pobres que en parte otra alguna.\u00bb Su cuartel general estaba en rue de l\u2019\u00c9p\u00e9e de Bois, la misma en que serv\u00eda a los pobres sor Rosal\u00eda Rendu.<\/p>\n<p>Las Hermanas asignaban a cada se\u00f1ora determinadas calles, y ellas se compromet\u00edan a visitar personalmente todas las semanas a los pobres enfermos en sus viviendas. Distribu\u00edan solamente la cantidad y especie de asistencia que establec\u00eda la Hermana competente. Era misi\u00f3n suya llevar auxilio corporal y espiritual, que no quedaba limitado a la persona enferma, sino que se extend\u00eda a la familia entera. Se las instru\u00eda adem\u00e1s, para que nada dijeran previamente, sobre qui\u00e9nes iban a ser visitados; asimismo deb\u00edan efectuar las visitas a una hora distinta cada vez. Era una precauci\u00f3n, enderezada a \u00abfrustrar las tretas a que algunos enfermos recurr\u00edan, para exagerar la gravedad de males que no eran tan serios, a fin de obtener la asistencia destinada a los realmente necesitados.\u00bb Las se\u00f1oras deb\u00edan guardar registro de los pobres visitados cada semana, como tambi\u00e9n de la cantidad y especie de asistencia recibida por cada pobre enfermo y su familia.<\/p>\n<p>Las se\u00f1oras deb\u00edan asimismo prestar suma atenci\u00f3n a las necesidades religiosas de las personas visitadas, y hacer lo posible por devolverlas a la pr\u00e1ctica de sus deberes religiosos. As\u00ed por ejemplo, al comienzo de la cuaresma, cada se\u00f1ora visitaba de nuevo las familias asistidas el a\u00f1o anterior, observaba c\u00f3mo segu\u00edan, y en especial las animaba a cumplir con la obligaci\u00f3n de Pascua en la parroquia.<\/p>\n<p>En un lapso admirablemente corto, esta obra se difund\u00eda, no s\u00f3lo por las parroquias de Par\u00eds, sino por todo el mundo, dondequiera serv\u00edan las Hijas de la Caridad. As\u00ed en 1857, se fundaba en Saint Louis, parroquia de San Vicente, el primer grupo de Se\u00f1oras de la Caridad de EEUU.<\/p>\n<h2><strong>Lo obra de Santa Genoveva<\/strong><\/h2>\n<p>Al crecimiento explosivo de la ciudad de Par\u00eds durante esta \u00e9poca corresponde el del ancho cintur\u00f3n de suburbios que la rodeaba, <em>L<\/em><em>a Banlieu<\/em>. \u00c9stos hab\u00edan comenzado como aldeas esparcidas en derredor, a no mucha distancia de lo que abarcaba la ciudad en el antiguo r\u00e9gimen. Ubicados all\u00ed ahora muchos de los nuevos talleres y f\u00e1bricas, parto de la revoluci\u00f3n industrial, se hab\u00edan convertido en \u00e1reas obreras densamente pobladas.<\/p>\n<p>Las parroquias dispersas y el escaso clero que las hab\u00eda servido mientras dur\u00f3 su condici\u00f3n rural, resultaron del todo inadecuados para hacer frente a las necesidades, religiosas y materiales, de mil y mil pobres obreros con sus familias, que ahora atestaban aquel espacio. El gobierno, al que seg\u00fan los t\u00e9rminos del concordato, compet\u00eda establecer nuevas parroquias, edificar m\u00e1s iglesias, y pagar a un clero m\u00e1s numeroso, se negaba una y otra vez a suministrar, en la asignaci\u00f3n anual de lo recaudado por el Ministerio de Cultos, la financiaci\u00f3n debida. Tambi\u00e9n fue lenta la Iglesia en apercibirse de lo que estaba en juego y en actuar. Los resultados forzosos de este descuido quedaron as\u00ed expuestos por un contempor\u00e1neo: \u00abNadie puede ignorar el deplorable estado religioso de las parroquias suburbanas de Par\u00eds. Quienes all\u00ed viven, desconocen por completo sus obligaciones cristianas, frecuentan poco los sacramentos, tienen las iglesias est\u00e1n desiertas, escasos fieles asisten a los divinos oficios\u2026 Esta inobservancia de las pr\u00e1cticas religiosas ha originado un creciente descenso de la moral, es un grave peligro para la sociedad, y ocasi\u00f3n de eterna p\u00e9rdida para la poblaci\u00f3n misma.\u00bb<\/p>\n<p>En 1849 dos nobles Damas parisinas de la Caridad, a las que causaba grave inquietud esta situaci\u00f3n, fueron para ver a \u00c9tienne, con la propuesta de emprender algo que comenzase a remediar aquel estado de cosas. Merced a su experiencia como Damas de la Caridad, estas se\u00f1oras eran testigos oculares de una acci\u00f3n caritativa y evangelizadora, como la desplegada por las Hijas de la Caridad en las parroquias m\u00e1s pobres de Par\u00eds, acci\u00f3n que lo abarcaba todo. Les parec\u00eda que, como primer paso.<\/p>\n<p>La manera m\u00e1s eficaz de tratar el problema de la poblaci\u00f3n en las zonas suburbanas de Par\u00eds, era erigir en cada uno de aquellas parroquias un establecimiento [de Hijas de la Caridad], el cual fuese al mismo tiempo religioso y caritativo, cuyo doble fin ejerciese una saludable influencia entre las familias obreras indigentes, por la atenci\u00f3n prestada a los enfermos, las visitas y otras formas de asistencia, sabiamente organizadas y administradas\u2026 Todos saben lo exitoso que se ha comprobado en la ciudad este tipo de acci\u00f3n. Su \u00e9xito ser\u00eda a\u00fan mayor en las referidas parroquias.<\/p>\n<p>Las posibilidades de esta idea impresionaron a \u00c9tienne, pero aconsej\u00f3 emprender la obra s\u00f3lo despu\u00e9s de suficiente planificaci\u00f3n y preparaci\u00f3n. Tema principal era, c\u00f3mo se financiar\u00edan aquellos establecimientos. Dos a\u00f1os despu\u00e9s, en 1851, con aprobaci\u00f3n del arzobispo de Par\u00eds, se lanz\u00f3 por fin la obra, sostenida por colectas anuales efectuadas en las parroquias urbanas de Par\u00eds.<\/p>\n<p>En su primer a\u00f1o de existencia, la organizaci\u00f3n estableci\u00f3 cuatro casas de Hijas de la Caridad: Thernes, Lhay, La Chapelle Saint-Denis, Bercy. Otras 31 casas, con un total de 212 Hermanas, se establecieron en el lapso de solos nueve a\u00f1os. En 1860 se anexionaron a la circunscripci\u00f3n de Par\u00eds extensas \u00e1reas suburbanas. Doce de las casas establecidas en ellas dejaron de estar bajo el amparo de la organizaci\u00f3n, pero pronto les sucedieron nuevas fundaciones en lo que a\u00fan quedaba de los viejos suburbios.<\/p>\n<p>Siempre existieron estrechos lazos entre la Asociaci\u00f3n de las Damas de la Caridad y la de la Obra de Santa Genoveva. En Par\u00eds, muchas hijas de las Damas de la Caridad iniciaron un historial caritativo propio en las fundaciones suburbanas. Generalmente hablando, parece que los miembros de ambas organizaciones se reclutaban de manera exclusiva entre se\u00f1oras la clase noble, o bien en las clases superiores y en la burgues\u00eda, clases mayormente portadoras del esp\u00edritu renovador y din\u00e1mico, en el catolicismo franc\u00e9s de la \u00e9poca.<\/p>\n<h2><strong>Conclusi\u00f3n: \u00abY los pobres, \u00bfqu\u00e9?\u00bb<\/strong><\/h2>\n<p>Leyendo p\u00e1gina por p\u00e1gina las contundentes estad\u00edsticas que transcriben lo extenso de la asistencia caritativa y religiosa brindada por los establecimientos vicencianos a los pobres de Par\u00eds en esta \u00e9poca; y habida cuenta de que \u00e9sas no eran las \u00fanicas campa\u00f1as de caridad propiciadas por la Iglesia contempor\u00e1nea uno, pues, se siente impelido a preguntar: \u00bfCumplieron con el cometido que se hab\u00edan propuesto?<\/p>\n<p>En la biograf\u00eda de sor Rosal\u00eda Rendu, escrita por su contempor\u00e1neo Armand De Melun, se compulsan de este modo los resultados de a\u00f1os de acci\u00f3n caritativa a favor de los pobres en la barriada Saint-Marceau, distrito XII de Par\u00eds:<\/p>\n<p>La barriada de Saint-Marceau sali\u00f3 pronto de su oscuridad y abandono: atravesaban las calles visitantes ansiosos de llegar hasta sor Rosal\u00eda y conocerla, de familiarizarse con la miseria del distrito, cuya suerte era compadecida y lamentada. Los distrito m\u00e1s ricos se habituaron a enviarle algo de lo que les sobraba, en las iglesias y aun en los salones del distrito de Saint-Germain se hac\u00edan colectas con destino a \u00e9l; gente caritativa en gran n\u00famero se repart\u00eda, a efectos ben\u00e9ficos, sus calles, casas, y aun pisos, y a menudo, en aquellos caserones repletos de pobres desde el s\u00f3tano al desv\u00e1n, una Hermana de la caridad curaba una herida en el entresuelo, mientras otra de los Pobres Inv\u00e1lidos le\u00eda a un moribundo la recomendaci\u00f3n del alma, un joven de la Sociedad de San Vicente de Pa\u00fal llevaba a una familia alojada bajo el tejado mismo, el pan para la semana, y ense\u00f1aba al ni\u00f1o el catecismo. La condici\u00f3n del distrito iba cambiando poco a poco; segu\u00eda siendo el m\u00e1s depauperado de Par\u00eds, nadie ten\u00eda el poder de hacerlo rico; pero la pobreza no era tan extrema\u2026 la gente adquir\u00eda h\u00e1bitos m\u00e1s cristianos, se mostraba resignada a su suerte, sumisa a la ley, atenta al trabajo y al buen orden\u2026 Sor Rosal\u00eda era la <em>medium <\/em>que hab\u00eda reconciliado la sociedad y la barriada de Saint-Marceau.<\/p>\n<p>Mirada con unos ojos, mente, coraz\u00f3n y manos, vueltos hacia las realidades del mundo pol\u00edtico, econ\u00f3mico, social, y religioso del antiguo r\u00e9gimen, la misi\u00f3n reconciliadora de la Iglesia, con sus obras de caridad en general, y en particular las de la familia vicenciana, debe estimarse como defectuosa.<\/p>\n<p>No puede ni debe negarse que estos herc\u00faleos esfuerzos caritativos mejoraron la vida y situaci\u00f3n de millares sin cuento, entre los pobres de Par\u00eds y aun de todo el mundo, pero debe aun as\u00ed reconocerse que fall\u00f3 su ulterior meta, la reconciliaci\u00f3n. La restaurada caridad de la Iglesia y del vicencianismo era tributaria de un supuesto: un patr\u00f3n, ni cambiado ni cambiable, de justicia econ\u00f3mica y social, patr\u00f3n que en la realidad hab\u00eda cambiado. No estando la propia Iglesia reconciliada con aquel cambio, ni siquiera sus m\u00e1s amorosos y caritativos esfuerzos pod\u00eda a fin de cuentas servir de <em>medium <\/em>a la reconciliaci\u00f3n de pobres y ricos, de trabajo y capital. Para una mayor\u00eda de pobres, en la clase trabajadora del Par\u00eds del s. XIX, como tambi\u00e9n en otros lados, la doctrina del socialismo y las palabras de Karl Marx ten\u00edan m\u00e1s autoridad y articulaban \u00faltimamente una esperanza mayor que las del evangelio, un resultado que todav\u00eda hoy se deja sentir.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En Los miserables, de V\u00edctor Hugo, novela cl\u00e1sica del s. 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