{"id":30656,"date":"2016-10-01T12:00:16","date_gmt":"2016-10-01T10:00:16","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=30656"},"modified":"2016-08-06T07:52:33","modified_gmt":"2016-08-06T05:52:33","slug":"san-vicente-de-paul-henri-lavedan-10","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/san-vicente-de-paul-henri-lavedan-10\/","title":{"rendered":"San Vicente de Pa\u00fal (Henri Lavedan) (10)"},"content":{"rendered":"<h3><strong>A las galeras<\/strong><\/h3>\n<p>El camino que deb\u00eda recorrer Vicente en peque\u00f1as etapas (comenzaba a dejar de ser joven) los forzados lo hac\u00edan en menor tiempo, cuando seg\u00fan el reglamento par\u00adt\u00eda la caravana de penados. De muy buena gana los hubie\u00adra acompa\u00f1ado. Si no lo hizo fue porque ello no estaba de acuerdo con el car\u00e1cter oficial de su alta investidura.<\/p>\n<p>Desde Par\u00eds hasta los puertos mar\u00edtimos adonde se les destinaba, los galeotes marchaban a pi\u00e9, encadenados por el cuello, correspondiendo a cada individuo ciento cin\u00adcuenta libras de peso, (unos sesenta kilogramos). Por to\u00addo alimento recib\u00edan una libra y media de pan y por be\u00adbida un poco de agua estancada. Iban rodeados por un cuerpo de arqueros que adem\u00e1s de sus armas llevaban ner\u00advios de buey y garrotes. Antes de la partida, los guardias seg\u00fan costumbre, desnudaban a los prisioneros sea cual fue\u00adse la estaci\u00f3n, para revisarles las ropas y despojarlos de las cosillas que en ellas guardaban. Terminada la opera\u00adci\u00f3n, les devolv\u00edan los harapos, endurecidos en invierno por la escarcha y \u00a1en marcha! El que no pod\u00eda caminar con la rapidez exigida era inmediatamente maltratado a culatazos. Para los estropeados y los enfermos se dispon\u00eda de carruajes, pero \u00e9stos se guardaban de manifestar sus dolencias, pues ello les hubiese valido una doble raci\u00f3n de golpes administrados con el fin de comprobar su veraci\u00addad, no fuera que alguno simulase incapacidad f\u00edsica para hacer el viaje en veh\u00edculo. Cuando llegaban al lugar don\u00adde deb\u00edan pasar la noche eran arrojados en los establos. Siempre amarrados a la larga cadena, se dejaban caer des\u00adhechos de cansancio a la largo de la pared, donde se aco\u00admodaban como pod\u00edan para dormir, sobre el esti\u00e9rcol de las bestias. En general prefer\u00edan esta cama de inmun\u00addicias porque los preservaba del fr\u00edo. Algunos se hund\u00edan a prop\u00f3sito en ellas hasta el cuello. Al alba volv\u00edan a par\u00adtir. Los que a m\u00e1s no poder requer\u00edan el auxilio de los carros no sub\u00edan a ellos sino despu\u00e9s de haber pasado por la prueba de los nervios de buey. Una vez libertados de la cadena de los pies se los arrastraba por la cadena del cuello hasta el carro en marcha, dentro del cual eran iza\u00addos como reses muertas All\u00ed ca\u00edan contra los adrales de madera erizados de gruesos clavos. Las piernas desnudas colgaban al exterior y se entrechocaban, sangrando. Se po\u00add\u00eda seguir el itinerario de las caravanas por las huellas ro\u00adjizas, como si se transportaran toneles de vino perforados. En ning\u00fan momento se permit\u00eda descender de los carros a quienes ten\u00edan la desgracia de pedir ser subidos. Si se quejaban diciendo que no quer\u00edan o no pod\u00edan m\u00e1s, se les contestaba: \u00ab\u00a1Revienta de una vez!\u00bb. Si gem\u00edan de\u00admasiado a causa de sus sufrimientos, eran muertos a ga\u00adrrotazos. Sol\u00edan morir la quinta parte. Sus cuerpos eran arrojados a un lado del camino \u00ab\u00a1Que los entierre el que quiera!\u00bb. Al fin llegaban al H\u00e1vre, a Dunquerke, a Calais y la mayor parte a Marsella en un estado de agotamiento imposible de describir, cubiertos de sarna y de par\u00e1sitos que no hab\u00edan podido apartar de s\u00ed durante el trayecto por no disponer del tiempo ni de los movimientos necesa\u00adrios para arranc\u00e1rselos. \u00abSe multiplicaban horrorosamente sobre nosotros, cuenta uno de estos infelices, de tal ma\u00adnera, que necesitamos varias horas para quitarlos de nues\u00adtros cuerpos a manos llenas\u00bb. Marsella era el lugar prin\u00adcipal, t\u00e9rmino de las grandes caravanas. Apenas llegados ocupaban su sitio en las treinta o cuarenta galeras que ocupaban el puerto.<\/p>\n<p>El embarque significaba para ellos el t\u00e9rmino del via\u00adje pero no de los sufrimientos. Una vida nueva, cuyo t\u00e9r\u00admino ignoraban, comenzaba para ellos; vida tan terrible, que perdiendo por momentos la memoria del pasado, a\u00f1o\u00adraban la anterior.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 era una galera? Vicente, obligado por su cargo a entrar continuamente en ellas, no las conoc\u00eda a\u00fan. Es me\u00adnester que nos enteremos de lo que era una de estas embar\u00adcaciones, no por vana curiosidad ni por placer de lo pin\u00adtoresco. Ante todo tengamos presente a nuestro santo y sea nuestro gu\u00eda el inter\u00e9s de conocer su vida. Nos parece \u00fatil para apreciar en su plenitud los m\u00e9ritos y sacrificios del capell\u00e1n describir con colores exactos el teatro de su pr\u00f3ximo ministerio.<\/p>\n<p>Con colores exactos, hemos dicho. Es que la palabra \u00abgalera\u00bb provoca un sentimiento de extra\u00f1a disparidad que asombra y aterra. Sobre cubierta se ve\u00eda el brillar del oro y el serpentear de las oriflamas, el resplandor de los faroles en lo alto de los m\u00e1stiles, el curvarse de las quime\u00adras y los mascarones de proa, azotando contra el viento los pabellones marinos recamados de flores de lis.<\/p>\n<p>En el interior se ve\u00edan erguirse, curvarse, las filas de espaldas desnudas, amarillentas, morenas, oscuras, visco\u00adsas de espuma y relucientes de sudor, c\u00e1rdenas de more\u00adtones y rayadas en todo sentido por el cuero de los l\u00e1tigos.<\/p>\n<p>P\u00edfanos y oboes&#8230; se escuchan aires de danza, m\u00fa\u00adsica, silbidos estridentes, chirriar de dientes y de remos. Las maderas y los huesos crujen a cada esfuerzo. El ho\u00adnor y el horror \u00abencimados\u00bb separan y re\u00fanen en esta embarcaci\u00f3n fina y robusta, potente y ligera, la m\u00e1s alta nobleza y la m\u00e1s baja canalla. Se piensa en ambos al mis\u00admo tiempo. Id\u00e9ntico grito las evoca: \u00ab\u00a1A las galeras!\u00bb: implacable decisi\u00f3n de la justicia, maldici\u00f3n lanzada por el populacho cruel al rostro de los condenados mientras pa\u00adsa la caravana, vulgar insulto callejero, deseo maligno es\u00adcupido en el curso de cualquier reyerta: \u00ab\u00a1A las galeras!\u00bb corno se dijo en otros tiempos: \u00ab\u00a1A Montfaucon! \u00a1A la hoguera!\u00bb Como se dir\u00eda m\u00e1s tarde: \u00ab\u00a1A la guillotina!\u00bb.<\/p>\n<p>Y aquel otro : \u00ab\u00a1A las galeras!\u00bb, solemne, relumbrante, pomposo, impregnado de orgullo que proclamaba la glo\u00adria del rey, su poder en los mares, los privilegios de su casa, el ansia de sus gentileshombres embriagados al poder responder a sus damas : \u00ab\u00bfYo, se\u00f1ora? \u00bfQue ad\u00f3nde ir\u00e9 a servir? \u00a1A las galeras!\u00bb.<\/p>\n<p>Fuera de las palabras, en la realidad, esta dualidad se tornaba, como es natural m\u00e1s rigurosa e impresionan\u00adte a bordo de las naves.<\/p>\n<p>Una embarcaci\u00f3n estrecha y aplanada, de 125 a 160 pies de largo por 18 a 30 de ancho, de bajo bordo, sobre todo en su parte media ocupada por los remeros, de s\u00f3lo tres pies de elevaci\u00f3n sobre el nivel del agua: tal se pre\u00adsentaba a primera vista una galera con sus dos m\u00e1stiles de grandes velas latinas, de ordinario recogidas. A proa, cinco piezas de artiller\u00eda. A popa la <em>carroza <\/em>peque\u00f1a tien\u00adda de seda, de brocado o de terciopelo, seg\u00fan la fortuna del capit\u00e1n, para quien estaba destinada. De popa a proa se extend\u00eda sobre el eje del nav\u00edo un pasadizo central li\u00adgeramente elevado. Este pasadizo sirve para maniobrar las velas y en \u00e9l se pasean incesantemente los oficiales: es como la calle de la galera. A cada lado de esta calle, en otro pasadizo, sobre la borda, se sientan los soldados. Los bancos de los remeros, situados perpendicularmente al pa\u00adsadizo central est\u00e1n acolchados por un saco de cuero de vaca relleno de lana. Debajo del banco hay una platafor\u00adma sobre la que va encadenado el pi\u00e9 izquierdo del re\u00admero; el derecho, puestos los remos en movimiento, se apo\u00adya sobre un sost\u00e9n colocado delante del banco. Cada remero s\u00f3lo dispon\u00eda de 45 cent\u00edmetros de emplazamiento y es de notar que en el intervalo de dos bancos dorm\u00eda el galeote molido, sobre la madera.<\/p>\n<p>Lo descripto se encontraba sobre cubierta; en cuanto aI interior no hay para qu\u00e9 describirlo.<\/p>\n<p>Pero no podemos pasar por alto el modo inhumano con que los forzados desempe\u00f1aban sus tareas. Los 250 hom\u00adbres de la <em>chusma <\/em>estaban distribuidos de a cinco en cada uno de los veinticinco bancos de cada lado, encadenados noche y d\u00eda. Los cinco galeotes de cada banco manejaban un mismo remo, pues estos remos de sesenta pies de largo o sea de unos diecisiete metros de largo, eran de tal peso que su dif\u00edcil manejo reclamaba tanta fuerza como maestr\u00eda. La <em>chusma, <\/em>aunque estaba continuamente frente a los oficiales, viv\u00eda tan distanciado de \u00e9stos como si los separara la inmen\u00adsidad. El <em>c\u00f3mitre, <\/em>jefe de la <em>chusma, <\/em>permanec\u00eda en popa junto al capit\u00e1n. Los dos subc\u00f3mitres vigilaban, uno en me\u00addio del pasadizo central y el otro en proa empu\u00f1ando un ner\u00advio de buey, un l\u00e1tigo o un garrote. \u00bfPero a qu\u00e9 tres ins\u00adtrumentos cuando hubiera bastado uno s\u00f3lo? Debi\u00e9ndose distribuir los numerosos golpes de manera continua era necesario que no fuesen siempre de la misma naturaleza, ni causasen siempre la misma clase de heridas porque en ese caso los galeotes, o bien no los hubieran podido so\u00adportar a la larga, o hubieran acabado por sentirse insen\u00adsibles a ellos y ambos inconvenientes eran contrarios al buen orden de las cosas. Un teniente y un subteniente forma\u00adban con el piloto la plana mayor. Suced\u00edanles, menos im\u00adportantes que el c\u00f3mitre y el subc\u00f3mitre, los <em>capataces y subcapataces <\/em>encargados de aherrojar y desaherrojar los galeotes, de hacerlos rapar, azotar, atormentar y si mor\u00edan sepultarlos. Despu\u00e9s segu\u00edan el escribano, el mayordomo, los artilleros y el capell\u00e1n de la galera <em>\u00abque deb\u00eda estar <\/em><em>adornado de la sencillez y bondad requeridas por su pro\u00adfesi\u00f3n, ser docto y caritativo y diligente, asistir tanto <\/em>a <em>los libres como a los forzados, pues todas las almas son igualmente amadas de Dios\u00bb. <\/em>Tambi\u00e9n le incumb\u00eda aten\u00adder las confesiones y celebrar los divinos oficios, salvo en el mar, pues entonces nunca se dec\u00eda misa.<\/p>\n<p>He aqu\u00ed que una galera se dispone a salir. El capit\u00e1n da la orden de <em>bogar, <\/em>el c\u00f3mitre y subc\u00f3mitre se lanzan con el silbato de plata suspendido al cuello; inmediatamente todos los galeotes, sentados en los bancos, con un pi\u00e9 sobre la plataforma y el otro en el sost\u00e9n delantero, se yerguen, extienden los brazos, respiran profundamente, inclinan sus cuerpos hacia adelante cuanto les es posible y <em>golpean <\/em>todos a la vez. La acci\u00f3n se desarrolla en tres tiempos.<\/p>\n<p>En el primero se levantan del banco, en el segundo empujan a fondo el remo hacia popa y en el tercero se dejan caer sobre el banco, ech\u00e1ndose hacia proa con toda sus fuerzas. Entonces la pala del remo se hunde suave\u00admente en el mar e impulsa a la nave apoy\u00e1ndose en el agua. La precisi\u00f3n de los golpes es tal que los cincuenta remos no parecen ser&#8230; no son m\u00e1s que uno. Orden perfecto. Candencia amplia y serenamente vigorosa con la regula\u00adridad de un reloj y la solidez de un coraz\u00f3n sincronizados en un pecho robusto. Ni hay prisa ni nerviosidad, ni brus\u00adquedades in\u00fatiles. La galera se desliza sobre la cresta de las olas como un gran pez volador que emerge del agua agitando sus aletas y rasando apenas la superficie.<\/p>\n<p>Imaginemos ahora en lugar de una, cuatro, cinco, sie\u00adte, diez, toda una escuadra de galeras en el momento de partir formando, como se dec\u00eda \u00abuna caravana\u00bb. Romp\u00eda la marcha la m\u00e1s hermosa de todas, la galera real, en la que viajaba precisamente en 1620 el se\u00f1or de Gondi, \u00abpa\u00adra perseguir en tierras berberiscas a los corsarios que aso\u00adlaban las costas de Espa\u00f1a\u00bb, y el a\u00f1o siguiente, en 1621, dirigir la expedici\u00f3n al mar oc\u00e9ano.<\/p>\n<p>A la salida del puerto, una inmensa multitud inunda los muelles. Ventanas y balcones desbordan de racimos hu\u00admanos. Se da la se\u00f1al. Se rinden honores, resuenan las campanas y el ca\u00f1\u00f3n entre el delirio del pueblo y la ale\u00adgr\u00eda de las mujeres y de los ni\u00f1os encaramados en los sa\u00adlientes y techos de las casas. En la rada, bajo su tienda, a un tiro de mosquete, los capitanes y oficiales que se distinguen por sus galones de oro sobre casacas rojas, saludan agitando con una mano el sombrero y con la otra el espont\u00f3n que sostienen elegantemente como una ca\u00f1a.<\/p>\n<p>Sobre el puente de las embarcaciones ondean los es\u00adtandartes, fl\u00e1mulas y gallardetes, adornos de p\u00farpura que azotan el aire desde las antenas hasta la cubierta. Mien\u00adtras la escuadra permanec\u00eda en el puerto ante la ciudad de fiesta, la maniobra presentaba el aspecto solemne de una ceremonia. Pero a penas en alta mar lejos de las miradas deseosas de espect\u00e1culo, volv\u00eda la galera a ofrecer su ver\u00addadero aspecto de c\u00e1rcel. Concluido el desfile, los oficia\u00adles abandonaban su ceremoniosidad y volv\u00edan a la tienda o a la c\u00e1mara de Consejo. El c\u00f3mitre y sus subordinados entraban en funciones reinando soberanos sobre la tripu\u00adlaci\u00f3n. \u00ab\u00a1Se nos viene el chubasco!\u00bb pensaban por su par\u00adte los galeotes con la piel erizada. \u2014`\u00a1Aumentar la velo\u00adcidad !\u00bb. Esta llegaba pronto a la de un caballo &#8216;de posta y para obtenerla los garrotes y nervios de buey empu\u00f1ados en\u00e9rgicamente ca\u00edan sobre las espaldas pasivas, numeradas, impersonales, que de la nuca a la cintura se estremec\u00edan y vibraban como atabales. \u00ab\u00a1Acelerar!\u00bb, ordenaba el capi\u00adt\u00e1n. Notificados por estas palabras que era necesario bo\u00adgar, un redoblamiento de energ\u00eda feroz conmov\u00eda a la chus\u00adma, <em>desencaden\u00e1ndola, <\/em>si es permitida la expresi\u00f3n, y de\u00advolviendo un instante, para este supremo esfuerzo, la li\u00adbertad y agilidad a los miembros agotados. Para animarse y no prorrumpir en exclamaciones col\u00e9ricas emit\u00edan cla\u00admores acompasados al comp\u00e1s de los remos, cantando, voci\u00adferando, riendo a carcajadas&#8230; Entonces resonaba el te\u00adrrible grito: \u00ab\u00a1los tapabocas!\u00bb Del cuello de los galeotes pend\u00eda un trozo de corcho que deb\u00edan mantener en la bo\u00adca a modo de mordaza para evitar que hablaran. Este su\u00adplicio era el m\u00e1s temido por ellos, pero estaban tan escar\u00admentados que inmediatamente se amordazaban sin esperar la acci\u00f3n del garrote para continuar su tarea en silencio. Sus juramentos y blasfemias inexpresadas los ahogaban, pero asimismo remaban. Sab\u00edan que el tormento no duraba mucho pues hubieran sucumbido a la asfixia Era cuesti\u00f3n de paciencia. \u00a1Y cu\u00e1nta les era menester!&#8230; Pero por du\u00adra que fuera su suerte a bordo, la prefer\u00edan mil veces al r\u00e9gimen de los presidios. Por lo menos en el mar pod\u00edan respirar, durante el d\u00eda a la luz del sol y por la noche ba\u00adjo la claridad de las estrellas. Sufr\u00edan las ardientes que\u00admaduras del sol, pero tambi\u00e9n su tibia caricia. El l\u00e1tigo de los inspectores les hac\u00eda sufrir menos al aire libre que entre los muros de una prisi\u00f3n. Adem\u00e1s pod\u00edan contemplar los cielos lejanos cuya nostalgia guardaba m\u00e1s de uno y pod\u00edan moverse y cambiar de postura. Los furores del mar les causaban placer y los consolaban como si fuesen eco e imagen de los suyos.<\/p>\n<p>El en su cabrilleo los llevaba hacia la batalla y lo desconocido, parec\u00eda comprenderlos. cubri\u00e9ndolos de espu\u00adma los lavaba, los curaba, los fortificaba. Sus movimientos, un regulados e impuestos y disciplinados por el azote, les causaban cierta sensaci\u00f3n de libertad. Cada golpe de remo, h\u00e1bil, perfecto, profundo, desesperado, era para ellos co\u00admo un impulso hacia la liberaci\u00f3n. Se curvaban pero para volverse a erguir; penaban, viv\u00edan una vida horrible, pero al fin viv\u00edan&#8230;<\/p>\n<p>Los galeotes estaban imposibilitados de ver lo que desde la parte superior se contemplaba. La depresi\u00f3n que ocu\u00adpaban entre los bordes del nav\u00edo y su postura de esclavos, siempre doblados en dos, los manten\u00eda con sus cadenas de hierro, amarrados a la parte inferior de donde dif\u00edcil\u00admente pod\u00edan levantarse en busca de panoramas. S\u00f3lo po\u00add\u00edan ver claramente a los que estaban sobre cubierta y los dominaban al capit\u00e1n y dem\u00e1s oficiales, al c\u00f3mitre y los subc\u00f3mitres. El capit\u00e1n y sus subalternos para quienes es\u00adtos miserables eran menos que perros, bestias aherrojadas, un simple engranaje animal, \u00bfc\u00f3mo habr\u00edan de consentir dirigir su mirada desde lo alto de su poder hacia aque lla turba encadenada a sus pies? Ya era demasiado tener que soportar su inmunda cercan\u00eda. Lejos de buscar sus miradas, procuraban evitarlos, olvidarlos. \u00bfQu\u00e9 decir del miradas, procuraban evitarlos, olvidarlos? \u00bfQu\u00e9 decir del c\u00f3mitre? Un art\u00edculo del reglamento prescribe: \u00abA su or\u00adden, es menester que la chusma tiemble\u00bb. Vigila, acecha, distribuye golpes. A su vez se lo vigila; no debe tener un momento de distracci\u00f3n y su descanso es escaso. \u00abLe est\u00e1 prohibido dormir de noche cuando se navega\u00bb. Nada digamos de los subc\u00f3mitres y de sus maneras.<\/p>\n<p>Estos estaban m\u00e1s al tanto de <em>sus <\/em>galeotes que el ca\u00adpit\u00e1n y los oficiales, pero lo que mejor conoc\u00edan de ellos no era el rostro, sino las espaldas, aquellas espaldas so\u00adbre las cuales se ve\u00edan obligados a hacer restallar el nervio de buey, cada una con su fisonom\u00eda especial de muscu\u00adlatura y cicatrices que les suger\u00eda el nombre del penado con m\u00e1s rapidez y exactitud que el propio rostro. Las lla\u00adgas y los cardenales eran para ellos los rasgos del sem\u00adblante. Este apenas se ten\u00eda en cuenta. Con los cr\u00e1neos rapados del cual s\u00f3lo pend\u00eda un penacho de cabellos y sus bigotes largos y enteros, se asemejaban, ya estuvieran semi\u00addesnudos, ya vestidos de la casaca de esparto y del bonete rojo, pues esta era la nota dominante de la galera tanto en los oficiales como en la chusma, en aquellos de seda, en \u00e9stos de lana, pero siempre el rojo el color y librea de toda la tripulaci\u00f3n. \u00bf C\u00f3mo, pues,&#8217; podr\u00eda exteriorizarse la per\u00adsonalidad de estos hombres tan despreciados que ni siquie\u00adra eran considerados como tales y a quienes se les prohib\u00eda como a leprosos \u00abmirar al jefe qu\u00e9 les hablaba\u00bb? He aqu\u00ed por qu\u00e9 a bordo de la galera eran \u00fanico objeto de admi\u00adraci\u00f3n y salutaci\u00f3n la nobleza, el oro, el relumbr\u00f3n, el fas\u00adto y las quimeras&#8230;<\/p>\n<p>Lo que los ojos no ve\u00edan, lo bajo, el sudor, la sangre y las llagas, los hierros, el sufrimiento y el odio, era lo que Vicente quer\u00eda ver.<\/p>\n<h3><strong>Vicente entre la chusma<\/strong><\/h3>\n<p>Llegado a un puerto se hace conducir al muelle de las galeras, sube y descendiendo del pasadizo central, se mezcla con los galeotes fila por fila sin temor ni verg\u00fcen\u00adza de tratarse con ellos. Los contempla uno a uno confun\u00addidos sus ojos en mirada rec\u00edproca, pues les pide que lo miren para poder penetrar mejor hasta el fondo de las almas, hasta \u00abla rada donde sabe que est\u00e1n los v\u00edveres\u00bb. Ellos no comprenden. El espera. \u00ab\u00bfQu\u00e9 har\u00e1 con nos\u00adotros?\u00bb. Vicente les hace preguntas, y hace m\u00e1s: los escu\u00adcha. \u00a1Y con qu\u00e9 paciencia! Acepta sus quejas, sobrelleva la mala acogida. Se inclina conmovido: ha visto las cade\u00adnas. \u2014\u00a1Ah, mis pobres hijos, \u00e9stos son vuestros hierros? \u2014\u00a1 S\u00ed, contestan ellos, levantadlas, mirad qu\u00e9 peso !\u00bb Y se las muestran con la complacencia y el orgullo del escla\u00advo, dejando adivinar su pensamiento: \u00ab\u00bfQui\u00e9n m\u00e1s que nosotros ser\u00eda capaz de llevar tama\u00f1o peso? \u00a1Nadie! Se necesita mucha fuerza, tanta como la nuestra, la de los ga\u00adleotes\u00bb. Vicente aprueba, admira, levanta las cadenas y las besa. Al llegar este instante los penados se asombran y hacen se\u00f1as. \u00abiBesar nuestras cadenas! \u00a1Las cadenas de un galeote! \u00a1Mientras est\u00e9 en su sano juicio! \u00a1No! \u00a1Esto jam\u00e1s se ha visto! O se burla, o est\u00e1 loco!\u00bb. Sin embar\u00adgo parecen ser ellos y no las cadenas a quienes besa e] sa\u00adcerdote. Pero viendo Vicente que aquello no basta, los aca\u00adricia, los abraza, con palabras de dulzura desconcertante. Algunos de los m\u00e1s criminales que jam\u00e1s han llorado, sien\u00adten correr por sus mejillas l\u00e1grimas ardientes y ver al \u00abse\u00f1or Capell\u00e1n de las Galeras\u00bb llorando con ellos. Du\u00adrante la comida gusta su pitanza y bebe el agua que en\u00adcuentra buena. Cuando llegaba en el momento del castigo exclamaba: \u00ab\u00a1Deteneos!\u00bb Pide y obtiene gracia. Una vez sobre cubierta nadie se atrever\u00e1 a golpear, ni siquiera a aplicar un castigo merecido a uno de sus hijos. El y ellos lo saben. Quieren retenerlo, pero est\u00e1 dem\u00e1s que lo ex\u00adpresen, porque se queda con ellos por voluntad propia lo m\u00e1s posible; al despedirse les promete volver pronto. Des\u00adde lo alto del pasadizo contempla los doscientos rostros feroces que resplandecen con su luz. Ahora ofrece sus hu\u00admildes servicios al capit\u00e1n y a los oficiales, sin olvidar el motivo de sus preocupaciones, <em>\u00abla chusma de su alma\u00bb. <\/em>La entrevista, larga, breve, se refiere a ellos. Los recomienda. El capit\u00e1n es un personaje humano, capaz de bondad. \u00a1Pe\u00adro cu\u00e1nto le cuesta practicarla desde el abrigo de su tien\u00adda, sobre todo en palabras! El c\u00f3mitre y el subc\u00f3mitre, en\u00addurecidos en el oficio, eran rocas dif\u00edciles de tallar. Pero Vicente logr\u00f3 desbastarlas. Los llama aparte y les habla confidencialmente. Les estrecha la mano y los abraza como a amigos. Del mismo modo que lo hiciera abajo con las cadenas, toca el garrote y el l\u00e1tigo pero no los besa. \u00dani\u00adcamente suspira: \u00ab\u00a1Ah, mis amigos, palpad este le\u00f1o de encina, sus gruesos nudos, tocad el l\u00e1tigo, y sus ramales, cu\u00e1n duros y cortantes! \u00a1Cu\u00e1n duros han de ser sus gol\u00adpes!&#8230; \u00abExhorta a los capataces a ser m\u00e1s moderados: \u00ab\u00a1Vamos, no tan fuerte! \u00a1Vosotros mismos os fatig\u00e1is!\u00bb Pero se dirige al c\u00f3mitre, el m\u00e1s importante de todos, con especial energ\u00eda \u00ab\u00a1Os ruego, <em>mi hombre, <\/em>dejad en paz a esas pobres gentes, compadeceos de ellas!\u00bb. Y sirvi\u00e9ndose cort\u00e9smente del t\u00e9rmino con que los galeotes deben llamar al c\u00f3mitre, le observa que el rey en sus \u00f3rdenes ha escogi\u00addo muy de prop\u00f3sito esta palabra amiga, con el fin de crear entre la chusma y sus inspectores cierto lazo familiar que d\u00e9 confianza al galeote y recuerde a los guardianes que han de comportarse sin maldad siendo <em>su hombre <\/em>y no su verdugo.<\/p>\n<p>Esto suced\u00eda de 1620 a 1623, \u00e9poca heroica en que las escuadras de galeazas, galeotas y bergantines, daban sin tregua caza despiadada a los caramuzales, polacras, tar\u00adtanas y dem\u00e1s barcos del Gran Turco, cuando en los ma\u00adres surcados en todo sentido por las flotas de G\u00e9nova y Venecia, los galeones cargados hacia Levante, las carracas de Portugal, las urcas de Inglaterra&#8230; eran saludados y respetados nuestros estandartes al volver de la victoria. No hab\u00eda d\u00eda en que \u00abno tronara el ca\u00f1\u00f3n con diligencia o no humease la mosqueter\u00eda\u00bb. A veces yac\u00edan sobre el puen\u00adte tal n\u00famero de muertos, que se los cubr\u00edan con un lienzo, pues su vista espantaba a los soldados biso\u00f1os \u00abpoco acos\u00adtumbrados a esta m\u00fasica\u00bb.<\/p>\n<p>El se\u00f1or de Gondi procuraba, siempre que pod\u00eda, to\u00admar parte personalmente en estas expediciones, ocupando la que le correspond\u00eda, la galera real con los colores del rey.<\/p>\n<p>En 1620 con seis galeras de Espa\u00f1a, efectu\u00f3 una in\u00adcursi\u00f3n contra Berber\u00eda y otra en 1621; en 1622 se se\u00ad\u00f1ala en el sitio de la Rochela. Aqu\u00ed se plantea una cues\u00adti\u00f3n interesante.<\/p>\n<p>\u00bfEstuvo el se\u00f1or Vicente en estas campa\u00f1as? Podemos afirmar que no, pues de lo contrario, por escaso que hu\u00adbiera sido el empe\u00f1o de su modestia en ocultarlo, lo dela\u00adtar\u00eda. Pero ser\u00eda un error creer que no abandon\u00f3 la tie\u00adrra firme, preocup\u00e1ndole siempre el af\u00e1n de justificar su t\u00edtulo de Capell\u00e1n de las Galeras. Parece imposible, que cuidadoso como siempre de la experiencia directa, no haya querido, al menos de vez en cuando, ver remar a su chus\u00adma y formarse una idea exacta <em>de visu <\/em>acerca del funcio\u00adnamiento de una galera en marcha. No tem\u00eda el mar ni los piratas; ambos eran para \u00e9l viejos amigos. Se embar\u00adc\u00f3, pues, y naveg\u00f3 sin duda alguna. E hizo m\u00e1s La histo\u00adria es famosa en el mundo entero: no se ha de temer, pues, repetirla. Vicente al llegar a Marsella no quiso ser recibi\u00addo con honores propios de su dignidad, prefiriendo guardar el inc\u00f3gnito para juzgar con mayor seguridad el es\u00adtado de las cosas. Un d\u00eda, recorriendo las galeras advirti\u00f3 que un galeote era arrancado de los brazos de su mujer y de sus hijos a quienes su ausencia condenar\u00eda a la \u00faltima miseria. \u00bfC\u00f3mo ayudar\u00eda a este pobre hombre? Ansioso y desolado tanto o m\u00e1s que el preso discurre el medio de socorrerlo.<\/p>\n<p>No encuentra ninguno. Iluminado de pronto por el ar\u00adco iris de una idea divina conjura al oficial le permita ocupar el puesto del penado. El oficial sorprendido, inti\u00admidado o quiz\u00e1s conmovido, acepta el cambio. Inmediata\u00admente los hierros pasan, tibios a\u00fan, a los pies y al cuello de Vicente quien se sienta en el banco y empu\u00f1a el remo como los dem\u00e1s galeotes, asombrados c\u00f3mplices del sacri\u00adficio. El galeote liberado, en la exaltaci\u00f3n de su recono\u00adcimiento que no osa testimoniar al inc\u00f3gnito salvador por temor de perderlo todo, es arrebatado por los suyos con aparente ingratitud, mientras Vicente maneja con sus cua\u00adtro vecinos el remo de 17 metros. \u00a1Cu\u00e1n dichoso debi\u00f3 sentirse y hasta divertido, perd\u00f3nese la palabra, por el \u00e9xito!&#8230; La malicia gascona con la cual encaraba placen\u00adteramente el bien para atenuarlo y disminuirlo a sus ojos y a los ajenos, quit\u00e1ndole toda apariencia de m\u00e9rito, se impuso una vez m\u00e1s en su coraz\u00f3n. \u00ab\u00a1Qui\u00e9n iba a pensar\u00adlo, dec\u00eda ejecutando <em>sus tres movimientos: <\/em>despu\u00e9s de ha\u00adber estado encadenado en T\u00fanez cre\u00ed que lo relativo a pri\u00adsiones se hab\u00eda terminado para m\u00ed! Pero me equivocaba. Dios me ha devuelto las antiguas cadenas. Quiera que ha\u00adbiendo sido una vez esclavo sea otra galeote, sin duda pa\u00adra que yo, capell\u00e1n de las galeras, sepa por experiencia lo que es manejar el remo del forzado. Este remo es mi cruz que he de llevar, \u00a1bendita sea! \u00a1A bogar!\u00bb. La ga\u00adlera se deslizaba velozmente. Los oriflamas danzaban en el viento. Bajo la tienda de los oficiales el p\u00edfano re\u00eda al comp\u00e1s del tambor. Veamos a Vicente martirizado por las argollas de los brazaletes, tocado del sucio bonete rojo, ofreciendo continuamente la espalda desnuda a la ten\u00adtaci\u00f3n o a la distracci\u00f3n del cruel c\u00f3mitre y del subc\u00f3mi\u00adtre que pod\u00edan desde lo alto del pasadizo cruzarlo con uno de los terribles latigazos que repart\u00edan el azar&#8230; que tal vez recibi\u00f3 diciendo am\u00e9n sin delatarse.<\/p>\n<p>No ignoramos que este hecho inaudito ha sido recha\u00adzado como supuesto o imposible por varios autores, admi\u00adradores de Vicente. No obstante nos parece ver\u00eddico, como lo afirman varios bi\u00f3grafos que han ahondado la cuesti\u00f3n. \u00abS\u00f3lo despu\u00e9s de varias semanas, escribe uno de ellos, Vicente fue reconocido. No lo hubiera sido sin la interven\u00adci\u00f3n de la condesa de Joigny que inquieta por no recibir noticias suyas emprendi\u00f3 su b\u00fasqueda a la cual le ser\u00eda dif\u00edcil escapar. El hecho se comentaba en Marsella, m\u00e1s de veinte a\u00f1os despu\u00e9s, cuando se establecieron all\u00ed los sa\u00adcerdotes de la Misi\u00f3n\u00bb.<\/p>\n<p>A esta juiciosa declaraci\u00f3n hecha hace un siglo por M. Collet, instructor de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n y de las Hijas de la Caridad, ha de a\u00f1adirse la opini\u00f3n de uno de los \u00faltimos y m\u00e1s autorizados historiadores de San Vicente, M. Manuel de Broglie para quien la <em>imposibili\u00ad<\/em><em>dad material <\/em>que alegan la mayor\u00eda de los contradicto\u00adres, parece carecer de fundamento. \u00abBasta, dice, para desenga\u00f1arse acerca de este punto, leer en la correspon\u00addencia de Colbert, tan bien analizada por Pedro Cl\u00e9ment, los informes relativos a las galeras del rey y a los galeotes que los tripulan.<\/p>\n<p>Se ver\u00e1 que treinta a\u00f1os despu\u00e9s de la \u00e9poca que nos ocupa, despu\u00e9s de Richelieu y de Mazarino, en plena glo\u00adria y apogeo de Luis XIV, bajo la administraci\u00f3n vigi\u00adlante y reparadora de Colbert, se comprueba en los docu\u00admentos oficiales que los galeotes eran retenidos sin el me\u00adnor escr\u00fapulo en el banco de las galeras despu\u00e9s de concluida la condena, un a\u00f1o, dos o m\u00e1s y hasta veinte se\u00adg\u00fan las necesidades del servicio\u00bb.<\/p>\n<p>\u00abDe lo dicho, que se halla confirmado en los docu\u00admentos oficiales con ingenuidad asombrosa, se desprende que en los a\u00f1os de confusi\u00f3n posteriores a la regencia de Mar\u00eda de M\u00e9dicis, nada tiene de sorprendente la posibili\u00addad del hecho referido y m\u00e1s si se considera que fue un acto repentino, debido a un impulso subit\u00e1neo, seguido de efecto inmediato aunque de corta duraci\u00f3n\u00bb. \u00bfPero por qu\u00e9 andar a caza de tantas pruebas, cuando la m\u00e1s fehaciente, la \u00fanica de verdadero valor, nos la proporciona el mismo Vicente? Habi\u00e9ndole preguntado, hacia el fin de su vida un miembro de la Misi\u00f3n si las llagas que pade\u00adc\u00eda en las piernas hac\u00eda cuarenta a\u00f1os, proced\u00edan de los hierros que debiera soportar cuando sustituy\u00f3 al galeote, el buen Vicente se content\u00f3 con sonre\u00edr desviando la con\u00adversaci\u00f3n y eludiendo la respuesta. \u00a1Con qu\u00e9 ardor e in\u00addignaci\u00f3n lo hubiese negado si hubiera sido falso! Le re\u00adpugnaba confesarlo y tambi\u00e9n negarlo no queriendo men\u00adtir. Por lo cual se limit\u00f3 a sonre\u00edrse sin proferir palabra. Pero su sonrisa y su silencio lo <em>condenan <\/em>constituyendo la m\u00e1s conmovedora confesi\u00f3n.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A las galeras El camino que deb\u00eda recorrer Vicente en peque\u00f1as etapas (comenzaba a dejar de ser joven) los forzados lo hac\u00edan en menor tiempo, cuando seg\u00fan el reglamento par\u00adt\u00eda la caravana de penados. 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Se\u00f1orita: La gracia de Nuestro Se\u00f1or sea siempre con nosotros. Part\u00ed tan inesperadamente que me fue imposible decirle adi\u00f3s; su bondad sabr\u00e1 excusarme, seg\u00fan espero. Estar\u00e9 de vuelta el lunes o el martes por la ma\u00f1ana, si Dios quiere. 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