{"id":30348,"date":"2016-09-26T12:00:35","date_gmt":"2016-09-26T10:00:35","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=30348"},"modified":"2016-08-06T07:51:13","modified_gmt":"2016-08-06T05:51:13","slug":"san-vicente-de-paul-henri-lavedan-05","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/san-vicente-de-paul-henri-lavedan-05\/","title":{"rendered":"San Vicente de Pa\u00fal (Henri Lavedan) (05)"},"content":{"rendered":"<div>\n<h3><strong>La reina Margarita<\/strong><\/h3>\n<p>En el suburbio de Saint-Germain, donde se radic\u00f3 Vi\u00adcente para sepultarse en el olvido, se elevaba a escasa dis\u00adtancia de su residencia el palacio de la reina Margarita.<\/p>\n<p>Sobre la calle que ahora lleva su nombre ocupaba una vasta extensi\u00f3n, rodeado de jardines y terrazas que avanza\u00adban hasta las orillas del Sena. La magn\u00edfica construcci\u00f3n que se ve en el n\u00famero 6 puede ser, sino en su totalidad al menos en parte, la mansi\u00f3n donde vivi\u00f3 la hija de En\u00adrique II despu\u00e9s que abandon\u00f3 el trono. Cuando Vicente se instal\u00f3 en dicho barrio no ignoraba la terrible vecin\u00addad&#8230;, sin embargo no se arredra. \u00bfHabr\u00eda alguna posi\u00adbilidad de que la soberana de ayer, hoy moradora del pa\u00adlacio, se preocupase por el pobre y mal vestido sacerdote de la calle, oculto en su vieja bohardilla? \u00bfSab\u00eda siquiera que exist\u00eda un tal Vicente? \u00bfQui\u00e9n le hablar\u00eda de \u00e9l? \u00ab\u00a1El rey, temi\u00f3 un instante, el rey que me recibi\u00f3!\u00bb. Pero se tranquiliza: \u00abLas razones que motivaron la entrevista secreta har\u00edan desistir al rey de comunicar sus asuntos pol\u00ed\u00adticos a aquella alocada mujer. Adem\u00e1s se ve\u00edan s\u00f3lo rara vez. Por consiguiente, no hab\u00eda que inquietarse por este lado\u00bb.<\/p>\n<p>Pero por apasionado que sea en alguien el deseo de no aparecer, es muy dif\u00edcil evitar ciertas amistades aun contra la propia voluntad. Vicente trab\u00f3 amistad, por aca\u00adso y sin ning\u00fan g\u00e9nero de desconfianza con un tal Du\u00adfresne, hombre piadoso y probo, que le pareci\u00f3 digno de toda simpat\u00eda. Despu\u00e9s descubri\u00f3 que este amable perso\u00adnaje era el secretario privado de la reina Margarita. \u00bfLo supo desde los primeros d\u00edas o m\u00e1s tarde? Poco importa. M. Dufresne impresionado por las raras prendas del sacer\u00addote, habl\u00f3 de \u00e9l a la princesa en forma tan persuasiva que \u00e9sta quiso elegirlo al punto por su capell\u00e1n. Es de imagi\u00adnar la sorpresa de Vicente decidido a vivir en adelante en el m\u00e1s completo ocultamiento. Pero sea que M. Dufresne hubiera desplegado suficiente elocuencia como para vencer sus escr\u00fapulos, sea que el santo hubiese visto en la afirma\u00adtiva un medio providencial de hacer mayor bien al am\u00adparo todopoderoso de la reina que el que pod\u00eda llevar a cabo en la vida mediocre a que se hab\u00eda confinado, el caso es que acept\u00f3 aunque con ciertos recelos la ventajosa oferta.<\/p>\n<p>Es comprensible su inquietud. Ya no se parec\u00eda la princesa a la Margarita de los imp\u00edos tiempos de los \u00fal\u00adtimos Valois, delirante por el lujo y cuya ligereza de cos\u00adtumbres oblig\u00f3 a su marido, airado por sus amores escan\u00addalosos a pesar de su escasa severidad, a encerrarla en el castillo de Usson, en la soledad de las monta\u00f1as.<\/p>\n<p>M\u00e1s tarde, cuando \u00e9ste subi\u00f3 al trono de Francia, ob\u00adtuvo del Papa Clemente VIII la anulaci\u00f3n de su matrimo\u00adnio; ello signific\u00f3 para la ex-reina la vuelta a la cordura y a la vida ordenada.<\/p>\n<p>Tanto en Par\u00eds como en Auvernia se esforzaba por bo\u00adrrar los esc\u00e1ndalos de su juventud por medio de una vida re\u00adgular en la que sobresal\u00edan las buenas obras. Frisaba por este tiempo en los cincuenta y seis a\u00f1os. A pesar de los afeites con que velaba su marchita hermosura no pod\u00eda di\u00adsimular el avance de los a\u00f1os. Ostentaba sin embargo cier\u00adta frescura y un resto de ardor juvenil, pero empezaba co\u00admo su madre a envejecer en la obesidad. Hab\u00eda sido muy bella y jam\u00e1s hab\u00eda atormentado su rostro con siniestros prop\u00f3sitos, por eso no ten\u00eda el taimado ment\u00f3n maternal ni el labio fl\u00e1cido de los M\u00e9dicis. Gozaba todav\u00eda de cier\u00adta fama y prestigio, m\u00e1s tal vez debido a los des\u00f3rdenes de su c\u00e9lebre pasado que a la tard\u00eda dignidad de su retiro. A falta del trono perdido, sus faltas le erigieron un pedes\u00adtal, desde el cual ejerc\u00eda sobre su s\u00e9quito y <em>sus <\/em>allegados cierta autoridad inofensiva y consentida. Sin incurrir en el desprecio, no pudo nunca granjearse la estima completa. Tal vez se hablaba de ella con sonrisas mal\u00e9volas, pero ha\u00adb\u00eda sido tan amable y amada que inspiraba una especie de consideraci\u00f3n, porque a pesar de sus a\u00f1os conservaba cierta bondad y sencillez sin etiqueta.<\/p>\n<p>La edad era incapaz de detener el torrente de libera\u00adlidad y osad\u00eda que siempre brotara de ella; de igual ma\u00adnera el ceremonial y la etiqueta, exigidos hasta el fin por la difunta reina Catalina no ten\u00edan cabida en el palacio de Margarita. Sin embargo su vida transcurr\u00eda en una ver\u00addadera corte, con sus fiestas, sus luces y sus horas de bri\u00adllantez.<\/p>\n<p>La hija de Enrique II hered\u00f3 de sus padres la pasi\u00f3n por los espl\u00e9ndidos caballos, pos &#8216;los mastines, por la ale\u00adgre algazara de una lujosa servidumbre.<\/p>\n<p>De su madre hered\u00f3 aquella cultura de esp\u00edritu ra\u00adyana en lo pretensioso as\u00ed como el cari\u00f1o por las bellas letras, por los manuscritos iluminados, por los libros her\u00admosamente encuadernados, de los cuales Catalina pose\u00eda en su gabinete verdaderos tesoros. Por lo mismo gustaba rodearse de autores, de m\u00fasicos y de poetas. Ten\u00eda entre manos la redacci\u00f3n de sus memorias.<\/p>\n<p>En este ambiente deslumbrante y nuevo iba a entrar Vicente, como un libro de oraciones arrojado en medio de un palacio.<\/p>\n<p>Dos a\u00f1os permaneci\u00f3 en el palacio de la reina Mar\u00adgarita. S\u00f3lo es posible sospechar cu\u00e1ntas cosas vi\u00f3 y oy\u00f3 en este breve tiempo, aun con los ojos y o\u00eddos cerrados y a pesar de la modestia con que desempe\u00f1aba su cometido. Es de lamentar que guardara siempre, fiel a su ordinaria reserva, el m\u00e1s completo silencio acerca de su estada en la Corte. Intentemos sin embargo un ligero esbozo, no por el vano placer de describir, sino para formarnos una idea sensible y \u00fatil de la vida del santo en esos momentos. Espect\u00e1culo curioso y atrayente que no pod\u00eda dejar de inte\u00adresarlo a pesar de su despego de las cosas del mundo y que debi\u00f3 impresionarlo con rudas lecciones y recuerdos imborrables.<\/p>\n<p>Cuando vio a la reina Margarita adornada con sus joyas m\u00e1s espl\u00e9ndidas, sentada frente al retrato de su madre en vestiduras solemnes pintada por Francisco Clouet acariciando so\u00f1adora uno de sus falderos, o cuando escu\u00adchaba los numerosos episodios que sol\u00eda narrar de su in\u00adfancia, de su desgraciado noviazgo con Enrique de Navarra que no amaba y con quien se hab\u00eda casado obli\u00adgada por su madre, y cuando con brusco salto pasaba a evocar las fastuosas fiestas de su casamiento en el Louvre y en N\u00f4tre-Dame sin olvidar detalle : \u00bb &#8230;Y yo, Padre, deslumbrante de piedras preciosas, vestida, de reina con corona y manto de arminio moteado y gran capa azul con cola de cuatro varas de largo llevada por tres princesas, y el pueblo abajo estrech\u00e1ndose y ahog\u00e1ndose por ver\u00adnos&#8230; \u00ab, \u00bfqu\u00e9 pensar\u00eda el encogido sacerdote negro desde lo m\u00e1s profundo de su respetuoso y triste silencio?<\/p>\n<p>Y cuando en el ejercicio de su ministerio escuchaba la confesi\u00f3n de los \u00faltimos pecados, tal vez no m\u00e1s mor\u00adtales, de aquella \u00abMargot\u00bb y cuando usando de toda la generosidad de su coraz\u00f3n depositaba la sagrada hostia sobre la lengua en otros tiempos pecadora, \u00a1cu\u00e1ntas com\u00adparaciones y estremecimientos surg\u00edan en su esp\u00edritu, ilu\u00adminado siempre por la plegaria! Todo esto debi\u00f3 aumentar su compasi\u00f3n y madurar las fuerzas de su alma. \u00bfD\u00f3nde hubiera hecho mejores experimentos acerca de las grande\u00adzas y miserias humanas? Los Franciscanos, Zaragoza, To\u00adlosa, fueron escuelas donde comenz\u00f3 y perfeccion\u00f3 sus es\u00adtudios.<\/p>\n<p>Y ahora la Corte. \u00a1Qu\u00e9 Universidad!<\/p>\n<h3><strong>El delf\u00edn<\/strong><\/h3>\n<p>Entre las personas que por all\u00ed se dejaban ver, una sobre todo llamaba gustosamente su atenci\u00f3n. Este gran personaje, aunque peque\u00f1o en edad, resid\u00eda enfrente, en la orilla opuesta del Sena, en un palacio mucho m\u00e1s sun\u00adtuoso que el de la barriada de Saint-Germain: en el Louvre. El joven delf\u00edn Luis, hijo de Mar\u00eda de M\u00e9dicis era llevado de vez en cuando al palacio de la reina Margarita. Lo distingu\u00eda con su afecto a causa de la extra\u00f1a e instinti\u00adva antipat\u00eda que el pr\u00edncipe demostraba desde que ten\u00eda dos a\u00f1os por los hijos naturales del rey; y la recreaba el vigor inconsciente de su conversaci\u00f3n en la que gustaba respirar la impetuosa lozan\u00eda paterna.<\/p>\n<p>En aquel a\u00f1o de 1609 tiene ocho a\u00f1os. H\u00e9roard, su fiel m\u00e9dico, a quien Enrique IV le ha confiado desde su nacimiento y quien m\u00e1s tarde en un asombroso diario ano\u00adt\u00f3 escrupulosamente lo que el ni\u00f1o hac\u00eda y dec\u00eda desde que se levantaba hasta que se acostaba, escribe el 24 de enero : \u00abA <em>la una de la tarde el rey lo lleva al palacio de <\/em><em>la reina Margarita. <\/em>El 10 de febrero va a <em>la Cartuja y a la <\/em><em>Feria, acompa\u00f1ado por vez primera por la reina Marga\u00ad<\/em><em>rita quien le regala un camafeo y un collar de diamantes, <\/em>valuado en diez mil escudos y ordena al orfebre, <em>entre\u00ad<\/em><em>garle lo que pida prometiendo pagar lo que fuere\u00bb. <\/em>De aqu\u00ed se puede inferir cu\u00e1nto le plac\u00eda mimar al delf\u00edn. El 16 del mismo mes: <em>\u00abLo llevan al palacio de la reina <\/em><em>Margarita, a lo de M. Concino y a lo de M. Gond. El <\/em>7 y <em>el <\/em>14 <em>de agosto la vuelve a ver. El <\/em>13 de noviembre vuelve a estar con ella <em>despu\u00e9s de haber perseguido <\/em>una <em>liebre en el palacio de Luxemburgo. <\/em>El 10 de diciembre y vuelve en carroza, y de nuevo el 21, <em>d\u00eda en que juega en los <\/em><em>jardines, baila y oye m\u00fasica\u00bb. <\/em>La visita, pues, nueve veces en el a\u00f1o, aunque es posible y probable que hubiera es\u00adtado otras veces y que H\u00e9roard no lo juzgara digno de con\u00adsignarlo. Esto basta para poder afirmar que Vicente lo conoci\u00f3 y habl\u00f3 con \u00e9l, si no en todas las visitas, por lo menos en algunas. Luis era de car\u00e1cter ardiente y arreba\u00adtado, a tal punto que su padre ordenaba con frecuencia recurrir al l\u00e1tigo.<\/p>\n<p>El 24 de junio, a pesar de sus ocho a\u00f1os, incurre en este castigo por haberla emprendido a raquetazos con uno de sus lacayos&#8230; Es pues muy veros\u00edmil que en vista de su dif\u00edcil car\u00e1cter, la reina Margarita lo pusiera en con\u00adtacto con su capell\u00e1n para que \u00e9ste, llegada la oportunidad, lo aconsejase y atrajese a la suavidad. Si se pregunta por qu\u00e9 en el diario de H\u00e9roard no existen indicios de la inter\u00advenci\u00f3n de Vicente, responderemos que el m\u00e9dico no se cre\u00eda obligado a referir m\u00e1s que los nombres de personas importantes y que probablemente el capell\u00e1n, v\u00edctima de su modestia, era considerado a pesar de sus virtudes como un buen sacerdote sin importancia.<\/p>\n<p>El delf\u00edn oye regularmente misa con el rey, va a v\u00eds\u00adperas a San Antonio des Champs, es conducido entre se\u00admana a la iglesia, lava el jueves santo los pies a los po\u00adbres y el viernes santo oye el serm\u00f3n del P. Coton con quien se confiesa el s\u00e1bado y a quien vuelve a o\u00edr el do\u00admingo de pascua, reza ma\u00f1ana y tarde sus oraciones y al\u00adgunas semanas va a misa casi diariamente, el 12 de agos\u00adto a l&#8217;Abbaye, el 15, 21 y 22 al bosque de Vincennes, el 30 a los M\u00ednimos, el 13 de setiembre a Picquepusse. Un d\u00eda dice a su m\u00e9dico:<\/p>\n<p>\u2014Se\u00f1or H\u00e9roard, acabo de inventar una sentencia. \u2014Se\u00f1or, dec\u00eddmela, si ten\u00e9is en ello placer.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, se\u00f1or. Dicen que Dios castiga a los ni\u00f1os malos. Pero yo he inventado esta otra: A los ni\u00f1os que temen a Dios, Dios los ayuda&#8230;<\/p>\n<\/div>\n<p>Ahora bien, es inadmisible que un ni\u00f1o educado en semejantes condiciones, no fuera presentado al capell\u00e1n en ninguna de sus visitas, no m\u00e1s que por respeto y cortes\u00eda; en este caso nos parece necesario que Vicente conoci\u00f3 en\u00adtonces al peque\u00f1o delf\u00edn, del cual hab\u00eda de recibir entre sus brazos, treinta y cuatro a\u00f1os m\u00e1s tarde, el \u00faltimo sus\u00adpiro de rey.<\/p>\n<p>Pero nuestro santo no se encontraba en la corte de Margarita, en el verdadero lugar de su destino. A pesar de tantas ceremonias, la religi\u00f3n cortesana que se practi\u00adcaba en el palacio de la anciana y siempre fr\u00edvola prin\u00adcesa, no era m\u00e1s que pretexto de suntuosas solemnidades. En ellas se respiraba un incienso profano.<\/p>\n<p>El arrepentimiento de la antigua coqueta era alimen\u00adtado y endulzado con mil a\u00f1oranzas, expiaci\u00f3n de sus amor\u00edos. No obstante los monjes, los altares, las procesio\u00adnes, las visitas en carroza a los conventos y a los cemen\u00adterios, Dios ocupaba el segundo lugar en la mayor\u00eda de estas piadosas diversiones en que las genuflexiones alterna\u00adban con los pasos de danza. Adem\u00e1s de esto, meriendas con vinos de Espa\u00f1a, poes\u00eda, delirio por Ronsard, odas, justas de ingenio que anunciaban la venida de las \u00abPre\u00adciosas\u00bb, comedias, jaulas de p\u00e1jaros azules, m\u00fasica de M. de Bouillon \u00abejecutada por un la\u00fad, un clavec\u00edn y una viola\u00bb, algazara de alegres carcajadas que sobresal\u00edan so\u00adbre el piafar y el relinchar procedente del piso bajo \u00abde la gran cuadra de las caballer\u00edas&#8230; \u00ab.<\/p>\n<p>Entretanto Vicente continuaba desempe\u00f1ando su tra\u00adbajo de hormiga, completamente calmo en medio de aque\u00adlla pajarera humana. No se preocup\u00f3 por abandonarla po\u00adni\u00e9ndose en manos de Dios y esperando que El le indicara el momento decisivo. Este vino pronto y de manera por \u00e9l jam\u00e1s imaginada.<\/p>\n<h3><strong>Vicente y el demonio<\/strong><\/h3>\n<p>La reina Margarita a quien gustaban sobremanera las conversaciones sabias, ten\u00eda en su palacio cierto doctor, controversista famoso por su celo y por sus trabajos contra los herejes, el cual se vi\u00f3 en la necesidad, a causa de sus nuevas ocupaciones, de renunciar al cargo de te\u00f3logo que desempe\u00f1aba en su di\u00f3cesis. Con esto se descamin\u00f3 su vida. Pero escuchemos a Vicente acerca del particular: \u00abComo no predicaba ni explicaba el catecismo era turbado en su inactividad por una ruda tentaci\u00f3n contra la fe; lo que de paso nos ense\u00f1a cu\u00e1n peligroso sea vivir en la ociosidad, tanto corporal como espiritual. Porque como la tierra por f\u00e9rtil que sea, viene a producir luego cardos y espinas si se la deja inculta, as\u00ed tambi\u00e9n nuestra alma no puede permanecer largo tiempo en el ocio y la inacci\u00f3n sin ser v\u00edctima de pasiones y tentaciones que la lleven al mal. Este doctor, pues, vi\u00e9ndose en tan lamentable estado, vino a m\u00ed y me declar\u00f3 que se sent\u00eda agitado de violentas tentaciones contra la fe y que hasta le ven\u00edan a la mente blasfemias horribles contra Jesucristo y desconfianza de su salvaci\u00f3n. A veces era v\u00edctima de la desesperaci\u00f3n en grado tal que se sent\u00eda impulsado a arrojarse por una ventana y lleg\u00f3 a tal extremo que fue menester dispensarlo del rezo del breviario, de celebrar misa y hasta de hacer cualquiera oraci\u00f3n ya que apenas empezaba a rezar, aunque s\u00f3lo fuera el <em>Pater, <\/em>ve\u00eda aparecer mil espectros que grandemente lo turbaban; y su imaginaci\u00f3n estaba tan debilitada y su esp\u00edritu tan agotado de hacer actos contrarios a dichas tentaciones que le era imposible seguir haci\u00e9ndolos\u00bb. Parece probable que este pobre hombre trastornado por pavorosas visiones fuera v\u00edctima de una violenta neurosis. Pero en aquellos tiempos tales fen\u00f3menos se atribu\u00edan al diablo. Al primer s\u00edntoma anormal que la ciencia era incapaz de explicar, se acud\u00eda a la intervenci\u00f3n del ma\u00adligno haci\u00e9ndose cruces. Todos los desarreglos nerviosos se supon\u00edan efecto de su poder y maldad. \u00bfAlguien perd\u00eda la raz\u00f3n? Era bajo su soplo. \u00bfUn cuerpo se retorc\u00eda? Era bajo su garra&#8230;<\/p>\n<p>Pero por otra parte cuando se han visto tantos cere\u00adbros firmes, tantas almas escogidas como el P. Barr\u00e9, Pas\u00adcal, el cura de Ars&#8230; por no mencionar sino pocos nom\u00adbres, asediados, revolucionados en lo m\u00e1s \u00edntimo de su es\u00adp\u00edritu por semejantes tempestades, \u00bfqui\u00e9n se atrever\u00e1 a afirmar que la perfecci\u00f3n y la santidad no atraen con pre\u00adferencia el rayo sat\u00e1nico y que tales conmociones sobre\u00adnaturales no son la condici\u00f3n misma de lo sublime a que tienden y el elemento indispensable de su salvaci\u00f3n? Vi\u00adcente qued\u00f3 tan impresionado ante el lamentable infortunio de, aquel desventurado que concibi\u00f3, en el ardor de su fe, la conmovedora resoluci\u00f3n de sustitu\u00edrlo en su tribulaci\u00f3n. Y no solo por temor de que su amigo desesperado acabase abandon\u00e1ndose a la blasfemia, sino tambi\u00e9n por esp\u00edritu de penitencia y sacrificio, se ofreci\u00f3 al Se\u00f1or como v\u00edcti\u00adma para soportar en vez del te\u00f3logo las torturas que die\u00adran con \u00e9ste en el borde de la tumba.<\/p>\n<p>Quien dijo por primera vez, \u00abque no hay que tentar a Dios\u00bb, pronunci\u00f3 ese d\u00eda una verdad eterna. Dios, al hacer a Vicente el tremendo favor de escuchar su plegaria, la acept\u00f3 en toda su extensi\u00f3n. Por un primer milagro libr\u00f3 al enfermo de su tentaci\u00f3n. Desaparecieron las angustias, sobrevino una profunda paz y los nubarrones<br \/>\nque ensombrec\u00edan su alma se disiparon. Su tierna piedad por Jesucristo volvi\u00f3 a florecer m\u00e1s viva que nunca y hasta la hora de su muerte pudo bendecir a su Creador por<br \/>\nhaberlo librado del abismo en que estuviera sumergido. Pero al mismo tiempo, por un nuevo milagro tan asombroso como el primero, las tentaciones del liberado pasaron al esp\u00edritu de Vicente conmovi\u00e9ndolo con su \u00edmpetu. Como nuevo Job, parec\u00eda entregado a los furores del demonio, y hubiera sido el m\u00e1s doloroso de los espect\u00e1cu\u00adlos ver a este santo, modelo de virtud, de bondad y de man\u00adsedumbre, atacado de esta manera por el infierno y tortu\u00adrado como un condenado, si al mismo tiempo este suplicio no le hubiera dado ocasi\u00f3n de demostrar a todos el m\u00e1s admirable valor y la m\u00e1s celestial resignaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Como no consegu\u00eda aliviarse ni con la oraci\u00f3n ni con la mortificaci\u00f3n, se impuso la ley de proceder siempre en sentido contrario de las sugestiones diab\u00f3licas; redobl\u00f3 la humildad y la caridad entreg\u00e1ndose a los pobres con todo el \u00edmpetu del mal que lo aquejaba. Cuatro a\u00f1os dur\u00f3 la lucha. Vicente, a fuerza de resistencia, escribi\u00f3 el <em>Credo <\/em>en un papel que llevaba sobre el coraz\u00f3n, previniendo a Dios que cada vez que asalt\u00e1ndolo Satan\u00e1s llevara la mano al pecho entendiese que rechazaba con horror sus ataques. \u00abUn d\u00eda en que no pod\u00eda m\u00e1s, nos cuenta su confidente M. de Saint-Martin, determin\u00f3 tomar una resoluci\u00f3n fir\u00adme e inviolable para honrar a N. S. Jesucristo e imitarlo como hasta entonces nunca lo hab\u00eda hecho <em>entreg\u00e1ndose <\/em><em>toda su vida al servicio de los pobres\u00bb. <\/em>Sin duda se hab\u00eda ocupado de ellos, pero los cuidados que les dispensaba ca\u00adrec\u00edan del car\u00e1cter de exclusividad total y sin l\u00edmites en el tiempo. Pronunciar un voto tal significaba para \u00e9l re\u00adnunciar para siempre a todo honor, a todo bienestar, a toda riqueza personal, a toda ambici\u00f3n aun permitida, era po\u00addarse para el mundo, formar su existencia de un modo <em>\u00abpara volverse al otro\u00bb <\/em>y permanecer en \u00e9l para siempre. Apenas hubo encontrado el camino de su vida formulando este solemne prop\u00f3sito, cuando la tentaci\u00f3n se desvaneci\u00f3 y la luz inund\u00f3 su alma bienaventurada. Como otrora en las costas del Africa, debi\u00f3 cantar sonriente y \u00abcon la voz entrecortada por los sollozos\u00bb el <em>Super flumina <\/em><em>Ba<\/em><em>bylonis.<\/em><\/p>\n<h3><strong>Los \u00e1ngeles de Clichy<\/strong><\/h3>\n<p>Vicente, desde el final de la crisis que acababa de sortear, tom\u00f3 la resoluci\u00f3n de renunciar al cargo de cape\u00adll\u00e1n de la reina y de abandonar la Corte, demasiado agi\u00adtada para \u00e9l, de la cual lo apartaban adem\u00e1s sus nuevos pensamientos. \u00bfPero a d\u00f3nde retirarse en busca del reco\u00adgimiento deseado? Pens\u00f3 que nadie como M. de B\u00e9rulle pod\u00eda procur\u00e1rselo. \u00bfNo fue en el hospital de la Caridad donde sin conocerse se encontraron y trabaron amistad a la cabecera de los enfermos?<\/p>\n<p>El recuerdo de aquella amistad efectuada en semejan\u00adte lugar dirigi\u00f3 a Vicente de manera completamente na\u00adtural por el camino que deseaba emprender en adelante. El P. do B\u00e9rulle tambi\u00e9n lo esperaba. Con gran regocijo le ofreci\u00f3 el retiro de su casa ya que precisamente enton\u00adces se dedicaba a congregar una falange de hombres capa\u00adces de reparar bajo su direcci\u00f3n los males del protestan\u00adtismo y de restaurar la piedad perdida o entibiada.<\/p>\n<p>\u00bfDesempe\u00f1aba todav\u00eda el cargo de capell\u00e1n en 1609, \u00e9poca en que Mar\u00eda de M\u00e9dicis no se ruborizaba de tomar parte en las danzas del palacio de la reina Margarita? Y algo m\u00e1s tarde, cuando fueron trasladados a Par\u00eds los restos de Catalina, \u00bfparticip\u00f3 en las ceremonias?<\/p>\n<p>Sin que sea permitido deducirlo del ceremonial f\u00fa\u00adnebre, es sin embargo muy probable. Hac\u00eda veinte a\u00f1os que la viuda de Enrique III, fallecida y sepultada en Blois, aguardaba en una miserable fosa los honores del mausoleo que construyera para, s\u00ed en vida en San Dionisio, donde su imagen arrodilla orar\u00eda eternamente junto al rey su esposo.<\/p>\n<p>Pero Margarita se preocupaba poco por su madre. Si Catalina ocup\u00f3 al fin el lugar por ella elegido, no lo de\u00adbi\u00f3 a su hija, sino a los buenos e inesperados oficios de una anciana, Diana de Augulema, duquesa de Montmoren\u00adcy, hija bastarda de Enrique II. El traslado de los reales restos dio ocasi\u00f3n a suntuosas ceremonias en las que parti\u00adciparon ambas cortes, la del Louvre y la del barrio de Saint-Germain, con asistencia de la reina Margarita, el Delf\u00edn y dignatarios del Clero. Es pues dif\u00edcil de creer que faltara el ex-capell\u00e1n de la hija de Catalina. Entonces, delante del catafalco de la que hab\u00eda querido o permitido el crimen de San Bartolom\u00e9, el antiguo pastor de Pouy re\u00advivi\u00f3 los momentos de aquellas veladas en que sus padres mencionaban temblorosos la fatal noche de 1572.<\/p>\n<p>El asesinato de Enrique IV ocurrido poco despu\u00e9s de su partida de la Corte produjo sin duda en su alma iguales sentimientos de dolor y compasi\u00f3n. Aun no siendo testigo de los incidentes de aquellas horas de desorden, padeci\u00f3 sin embargo sus penosos efectos. A pesar de sus desv\u00edos, estim\u00f3 siempre a este pr\u00edncipe ardiente pero justo y bueno al que apreciaba como gran rey y del cual pudo decir m\u00e1s tarde \u00abque haci\u00e9ndose hijo de la Iglesia se con\u00advirti\u00f3 en el padre de Francia\u00bb. La p\u00e9rdida le fue sensi\u00adble&#8230; y qui\u00e9n sabe si al o\u00edr la noticia del atentado no corri\u00f3 al Louvre para contemplar una vez m\u00e1s y bendecir a aquel a cuyo lado lo reclamara hoy como ayer \u00abuna mi\u00adsi\u00f3n\u00bb.<\/p>\n<p>No obstante la falta de pruebas, es l\u00edcito creer que Vi\u00adcente estuvo presente a las escenas f\u00fanebres que tuvieron lugar a la muerte del rey, as\u00ed como a la ceremonia de la v\u00edspera, a la misa solemne celebrada igualmente en San Dionisio con motivo de la consagraci\u00f3n de Mar\u00eda de M\u00e9\u00addicis, en la cual la primera mujer del difunto, Margarita, de la que hasta ayer fuera capell\u00e1n, llevaba, erguida la frente; la cola del manto de su rival.<\/p>\n<p>Por este tiempo viv\u00eda en Par\u00eds l&#8217;Oratoire, siendo designado a los dos arios para ocupar el curato de Clichy, a la saz\u00f3n vacante. Aunque el nombramiento no fue muy de su agrado, concluy\u00f3 por aceptarlo. Su modestia fue la \u00fanica causa de su duda.<\/p>\n<p>Ignorando sus m\u00e9ritos no se cre\u00eda capacitado para ocupar puestos de responsabilidad. En Clichy como en otras circunstancias anteriores se revel\u00f3 superior a toda esperanza, desplegando tan grande celo que a poco de entrar en contacto con sus feligreses, \u00e9stos le dispensaban ya el m\u00e1s sincero afecto. No contento con conocerlos a to\u00addos, interesarse de cada uno, visitarlos, confortarlos, ser su gu\u00eda y su modelo, quiso ser tambi\u00e9n un amigo fuera de las funciones de su ministerio. No hac\u00eda acepci\u00f3n de per\u00adsonas, antes bien, cada cual pensaba al dirigirse el santo a otra persona: \u00abYo soy el preferido\u00bb y no dando lugar a celos ni envidias gracias a su mansedumbre h\u00e1bil y so\u00adberana. De tal manera supo multiplicar alrededor de s\u00ed su acci\u00f3n bienhechora que al poco tiempo parec\u00eda no tener m\u00e1s que hacer en provecho de sus fieles. Lleg\u00f3 a realizar cuanto es posible imaginar. Volvi\u00f3 a las pr\u00e1cticas religio\u00adsas a aquellos que las despreciaban, llev\u00f3 la esperanza a los desconsolados y la salvaci\u00f3n a los que parec\u00edan con\u00addenados. Su iglesia estaba en ruinas: \u00e9l la reconstruy\u00f3; estaba falta de mobiliario y ornamentos: \u00e9l la abasteci\u00f3 de todo lo necesario y aun la enriqueci\u00f3 de modo que m\u00e1s de uno encontraba placer en visitarla. Para hacer frente a tantos gastos no andaba en busca de dinero. El dinero ven\u00eda en su busca y sin que sus ovejas tuvieran que su\u00adfrir por ello debido al cuidado que pon\u00eda en administrarlo. El dinero proven\u00eda de Par\u00eds como venido de arriba, dispen\u00adsado por el Gran Tesorero, pues su afabilidad era tan con\u00admovedora que ya fuera Dios, ya fueran los hombres los importunados, con s\u00f3lo desear obten\u00eda lo deseado. Si se permite la expresi\u00f3n, seduc\u00eda a cuantos trataba. Dicen sus contempor\u00e1neos que pintaba la virtud con colores tan atrayentes que la hac\u00eda aparecer deleitosa y digna de en\u00advidia. El sacrificio adquir\u00eda en sus labios un encanto tan poderoso que el oyente volaba a su encuentro. No pudien\u00addo suprimir la cruz, que de grado o por fuerza todos he\u00admos de llevar, la presentaba cubierta de flores.<\/p>\n<p>Su mano aun de lejos sosten\u00eda, su voz secaba las l\u00e1\u00adgrimas.<\/p>\n<p>Los habitantes de Clichy de 1610 viv\u00edan con tal edificaci\u00f3n que un contempor\u00e1neo asegura : \u00abviv\u00edan como \u00e1n\u00adgeles\u00bb.<\/p>\n<p>Sin embargo, estos pobres \u00e1ngeles debieron resignar\u00adse a que su seraf\u00edn los abandonase : \u00abHecha la casa, se va el alba\u00f1il\u00bb, dice el refr\u00e1n. Siendo m\u00e1s necesario en otros campos de mayor trascendencia, M. de B\u00e9rulle hizo un llamado a Vicente. Si \u00e9ste escuch\u00f3 su deseo se debi\u00f3 a la autoridad, que su maestro y amigo ejerc\u00eda sobre \u00e9l y a la cual su voluntad estaba lejos de sustraerse. Trat\u00e1n\u00addose del deseo de un amigo de absoluta confianza, carec\u00eda de libertad. Sab\u00eda los riesgos de seguir la propia voluntad; ahora bien, este pedido no lo era. S\u00f3lo reconoc\u00eda una volun\u00adtad: la de Dios, que estaba siempre pronto a seguir, sobre todo cuando le era expresada por otro de m\u00e1s cualidades que \u00e9l. En su sublime modestia s\u00f3lo dudaba de s\u00ed mismo.<\/p>\n<p>Vicente experiment\u00f3 en Clichy tal contentamiento que dec\u00eda para expresarlo: \u00abEl Papa es menos feliz que yo\u00bb. Llegado el momento de abandonar el incomparable reba\u00ad\u00f1o de \u00absus \u00e1ngeles\u00bb, el coraz\u00f3n se le parti\u00f3 en dos. Lo acompa\u00f1aron fuera del pueblo lo m\u00e1s lejos que pudieron, todos lloraban y \u00e9l tanto o m\u00e1s que todos. En particular se lamentaban los pobres, pues a ellos dedic\u00f3 sus prefe\u00adrencias.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de muchos adioses y apretones de mano, lle\u00adg\u00f3 el momento de arrancar las suyas a los que las besaban, imparti\u00f3 la \u00faltima bendici\u00f3n a su pueblo congregado de rodillas al borde del camino y parti\u00f3, volvi\u00e9ndose desde el coche que lo llevaba \u00abcon su peque\u00f1o ajuar\u00bb, no muy velozmente, porque el cochero no quer\u00eda azuzar los caba\u00adllos para que el pueblo pudiera verlo m\u00e1s tiempo agitando su sombrero. Para atenuar el pesar de los que quedaban y enga\u00f1arse un poco a s\u00ed mismo, dec\u00eda a su pesar: \u00ab\u00a1Has\u00adta vernos otra vez!\u00bb, pero sab\u00eda muy bien que hab\u00eda cum\u00adplido all\u00ed su cometido y que no volver\u00eda jam\u00e1s. Qu\u00e9 tremendo y profundo contraste entre la vida tranquila de la v\u00edspera y la que le aguardaba ma\u00f1ana! Al pensarlo se es\u00adtremec\u00eda. \u00bfVolver\u00eda a la Corte? No, sino a un alto puesto que ocupar\u00eda en el palacio de Felipe Manuel Gondi, Con\u00adde de Joigny, general de las galeras del rey.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La reina Margarita En el suburbio de Saint-Germain, donde se radic\u00f3 Vi\u00adcente para sepultarse en el olvido, se elevaba a escasa dis\u00adtancia de su residencia el palacio de la reina Margarita. 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