{"id":16847,"date":"2021-07-03T08:05:12","date_gmt":"2021-07-03T06:05:12","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/04\/10\/barbara-angiboust-una-hija-de-la-caridad-silenciosa\/"},"modified":"2021-03-21T11:12:30","modified_gmt":"2021-03-21T10:12:30","slug":"barbara-angiboust-una-hija-de-la-caridad-silenciosa-primera-parte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/barbara-angiboust-una-hija-de-la-caridad-silenciosa-primera-parte\/","title":{"rendered":"B\u00e1rbara Angiboust, una Hija de la Caridad silenciosa (Primera parte)"},"content":{"rendered":"<p>El 1 de julio de 1634, por la ma\u00f1ana, un grupo de personas esperaba la diligencia que iba de Dreux a Paris. Todas viv\u00edan en Serville, un pueble\u00adcito campesino a 70 kil\u00f3metros al oeste de Paris. La parada de la diligen\u00adcia estaba a un kil\u00f3metro del pueblo y hab\u00edan venido a despedir a B\u00e1rba\u00adra Angiboust, que marchaba a Paris y no volver\u00eda m\u00e1s. Quer\u00eda unirse a una cofrad\u00eda de caridad dedicada a ayudar a los pobres. Ella hab\u00eda queri\u00addo ser monja, pero el cura del pueblo le hab\u00eda descubierto una nueva cofrad\u00eda de mujeres, distinta de las ya existentes. A \u00e9l le parec\u00eda una mezcla de religiosas y seglares, apropiada para las j\u00f3venes que no ten\u00edan fortuna, pues no exig\u00edan dote. Por otro lado, eran m\u00e1s modernas, ya que no se encerraban en clausura, cuidaban de los enfermos pobres en sus casas y hac\u00edan de maestras all\u00ed donde no hab\u00eda escuelas para ni\u00f1as que no pod\u00edan pagar.<\/p>\n<p>De pronto, a lo lejos, divisaron una polvareda avisando la llegada de la diligencia. Abraz\u00f3 a su hermano, bes\u00f3 a sus hermanas y a las amigas que la acompa\u00f1aron hasta el cruce, y se ech\u00f3 al cuello de su padre, lo abraz\u00f3, lo bes\u00f3 y las l\u00e1grimas llenaron los ojos del padre y de la hija. Los \u00faltimos consejos se los dio justo al parar la diligencia. B\u00e1rbara subi\u00f3 con un bolso lleno de sus ropas y de un poco de comida. Los cuatro caballos arrancaron. Mientras se ve\u00eda la diligencia todos mov\u00edan el brazo en se\u00f1al de adi\u00f3s. Dejaron el cruce y a Maturino, el padre, le parec\u00eda que se hab\u00eda derrumbado la casa. Se sinti\u00f3 solo; tan solo como el d\u00eda que enterr\u00f3 a su mujer. Y es que desde entonces B\u00e1rbara, la hija mayor, hab\u00eda llevado la casa y hab\u00eda hecho de madre.<\/p>\n<p>\u00c9l se hab\u00eda opuesto con todas sus fuerzas a esta marcha. Aunque era religioso y un cat\u00f3lico sincero, era mucho desprenderse de su hija mayor. Campesino acomodado, hab\u00eda pagado para que sus hijos aprendieran doc\u00adtrina, cuentas, letras y, sobre todo, a ser cat\u00f3licos. Ciertamente, al morir su esposa, B\u00e1rbara hab\u00eda abandonado la escuela para hacerse cargo de la casa, de su padre y de sus hermanos. Ten\u00eda, por lo mismo, menos escuela que ellos. Le\u00eda muy bien y sab\u00eda cuentas, pero escrib\u00eda mal. El padre ya no pod\u00eda retenerla por m\u00e1s tiempo. B\u00e1rbara hab\u00eda nacido el 30 de junio de 1605. Es decir, la v\u00edspera hab\u00eda cumplido 29 a\u00f1os y comenzaba los treinta; desde el 1 de julio de 1634 B\u00e1rbara era mayor de edad y nadie pod\u00eda impedirle tomar sus decisiones. B\u00e1rbara Angiboust, aunque calla\u00adda, era en\u00e9rgica y le dijo a su padre que el 1 de julio entraba en la Cofra\u00add\u00eda de la Caridad en Paris. Su padre ya no se opuso.<\/p>\n<p>Por la ventanilla de la diligencia, B\u00e1rbara contemplaba aldeas que jam\u00e1s hab\u00eda visitado y de las que nunca hab\u00eda o\u00eddo hablar. Hacia el me\u00addiod\u00eda la diligencia rebotaba sobre los adoquines de Paris. Entr\u00f3 por la Puerta de Saint-Honor\u00e9. Cruzada la Puerta, un viajero se\u00f1al\u00f3 a la iz\u00adquierda, todav\u00eda en construcci\u00f3n, el Palais Royal, el palacio del podero\u00adso ministro Cardenal Richelieu. Y a la derecha el Louvre, el palacio de los reyes de Francia. B\u00e1rbara miraba extasiada tanta maravilla, de la que a veces hab\u00eda o\u00eddo hablar como perteneciente a un mundo lejano.<\/p>\n<p>Siguieron por las calles Tiroien, Ferronnerie, Lombard y la Verrerie; aqu\u00ed la diligencia gir\u00f3 a la derecha y se detuvo en la Plaza de Gr\u00e9ve, enfrente del Ayuntamiento. Hac\u00eda un calor achicharrante. Una joven la esperaba, se llamaba Micaela. El cura de Serville hab\u00eda escrito a Vicente de Pa\u00fal, comunic\u00e1ndole la llegada de B\u00e1rbara Angiboust. Se abrazaron las dos j\u00f3venes y a pie se dirigieron hacia la calle Versailles. La veterana Micaela le iba mostrando las maravillas de Paris. Cruzaron el puente de Notre-Dame y, unos metros despu\u00e9s, se les present\u00f3 la Catedral de Nues\u00adtra Se\u00f1ora, la joya de Paris, junto con la Capilla de San Luis que ten\u00edan a sus espaldas. En su vida, ni so\u00f1ando, B\u00e1rbara se hab\u00eda imaginado igle\u00adsias parecidas. A la derecha de la catedral junto al Sena, dorm\u00eda a esas horas el Gran Hospital de Paris; le llamaban el H\u00f3tel-Dieu (Palacio de Dios). Dirigidas por la Se\u00f1orita Le Gras all\u00ed atend\u00edan a los enfermos algunas compa\u00f1eras.<\/p>\n<p>Aunque el sol abrasaba, aligeraron el paso y cruzaron el Petit-Pont y por la calle de la Boucherie y la plaza de Maubert entraron en la calle de Saint-Victor. Un poco a la derecha estaba la casa. La Se\u00f1orita y otras dos j\u00f3venes que hab\u00edan vuelto del servicio a los pobres ya hab\u00edan comido. Luisa de Marillac, mientras le serv\u00eda algo de comer a B\u00e1rbara, charlaba con ella y con las otras. Hablaban de la familia, del pueblo, de la cose\u00adcha, de todo. Le pregunt\u00f3 sobre el motivo de venir a Paris, de su salud, de los pobres, si sab\u00eda leer y coser y cuidar de las personas, si sab\u00eda el catecismo. B\u00e1rbara respond\u00eda con toda sencillez, pero no se atrev\u00eda a preguntar. Muchas preguntas le ven\u00edan a la cabeza, y sin manifestarlas, la Se\u00f1orita las respond\u00eda. En un momento B\u00e1rbara concluy\u00f3 para sus adentros: o es una santa o es una adivina, \u00a1pues no est\u00e1 respondiendo a lo que pienso!<\/p>\n<p>Cuando terminaron la conversaci\u00f3n, Luisa de Marillac ya ten\u00eda un retrato de la joven: sencilla, humilde, muy responsable, trabajadora, un poco inflexible; tiene car\u00e1cter, de familia muy religiosa.<\/p>\n<p>Ese mismo d\u00eda por la tarde comenz\u00f3 la formaci\u00f3n de B\u00e1rbara. Ella estaba bien preparada, pero deb\u00eda aprender a ser Hija de la Caridad. Al d\u00eda siguiente la Se\u00f1orita la puso a ayudar a Micaela en la visita a los enfermos pobres de la parroquia de San Nicol\u00e1s de Chardonnet. Las dos estaban a las \u00f3rdenes de las se\u00f1oras de la Caridad. Era la Caridad mima\u00adda por Luisa de Marillac. La hab\u00eda fundado ella, hab\u00eda sido su presidenta y estaba situada en su parroquia.<\/p>\n<p>As\u00ed durante 30 d\u00edas. En esos d\u00edas Vicente de Pa\u00fal, el superior, les hab\u00eda dado las dos primeras conferencias, explic\u00e1ndoles a todas el pe\u00adque\u00f1o reglamento que hab\u00eda compuesto Luisa de Marillac. El d\u00eda 31 las reuni\u00f3 de nuevo y les present\u00f3 el horario, escrito tambi\u00e9n por la se\u00f1orita Le Gras. Casi al final de la charla, el superior distribuy\u00f3 a las j\u00f3venes los oficios como los hab\u00eda confeccionado Luisa. A B\u00e1rbara le toc\u00f3 seguir trabajando en la Caridad de San Nicol\u00e1s a las \u00f3rdenes de Micaela. Aun\u00adque fuera maravillosa, llevaba poco tiempo en la Compa\u00f1\u00eda y ten\u00eda que aprender, antes de tener una responsabilidad, a vivir y a servir como Hija de la Caridad. La responsable, la \u00absuperiora\u00bb, era su compa\u00f1era Micaela que llevaba unos meses en el grupo. En San Nicol\u00e1s pas\u00f3 dos a\u00f1os.<\/p>\n<p>El 26 de mayo de 1636 recibi\u00f3 aviso de Vicente de Pa\u00fal que fuera al palacio de la se\u00f1ora de Combalet (a\u00f1os despu\u00e9s ser\u00e1 la duquesa de Aiguillon), sobrina del Primer Ministro del reino, Cardenal Richelieu. Barbara sali\u00f3 de la ciudad por la Puerta de Saint-Marcel y rodeando las murallas de Paris se present\u00f3 en menos de media hora delante del palacio de Luxembourg. Era un palacio nuevo que se hab\u00eda acabado de construir, hac\u00eda unos diez a\u00f1os, para que la reina Mar\u00eda de M\u00e9dicis viviera en \u00e9l al dejar el poder. A la derecha estaba el Petit-Luxembourg, un palacio m\u00e1s modesto que Luis XIII hab\u00eda puesto a disposici\u00f3n de Richelieu mientras constru\u00eda el Palais-Royal. En el Petit-Luxembourg la se\u00f1ora de Combalet atend\u00eda a su t\u00edo el cardenal. San Vicente dec\u00eda de la sobrina que <em>\u00abera <\/em><em>quien m\u00e1s autoridad ten\u00eda en el reino, despu\u00e9s de los reyes\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Un lacayo con librea le abri\u00f3 la puerta y la introdujo en una peque\u00f1a sala. All\u00ed la esperaba el padre Vicente. Despu\u00e9s de una introducci\u00f3n diplo\u00adm\u00e1tica, el superior Vicente le dijo que de all\u00ed en adelante trabajar\u00eda en ese palacio, unas veces para la futura duquesa de Aiguillon y otras con los pobres. Lo que no le dijo fue que antes que a ella se lo hab\u00eda encarga\u00addo a Mar\u00eda Dionisia, pero esta se le hab\u00eda negado, con admiraci\u00f3n del santo, porque <em>\u00abella hab\u00eda abandonado a su padre y a su madre para servir a los pobres por amor de Dios\u00bb <\/em>y no a una gran se\u00f1ora. B\u00e1rbara se qued\u00f3 blanca y muda y se ech\u00f3 a llorar. San Vicente la calm\u00f3 y se la entreg\u00f3 a dos sirvientas para que la presentaran a la se\u00f1ora.<\/p>\n<p>Tranquilizada por el momento, cruzaron el patio repleto de carrozas y caballos, de se\u00f1oras enjoyadas, de caballeros con espada, de oficiales y abogados. A B\u00e1rbara le temblaban las piernas; no pod\u00eda andar. Aquello parec\u00eda una corte de reyes. Se fij\u00f3 en las criadas que parec\u00edan se\u00f1oras por lo bien vestidas y les dijo: <em>\u00abMe he olvidado de decirle una cosa al padre <\/em><em>Vicente\u00bb <\/em>y ech\u00f3 a correr a la sala. El padre Vicente ya no estaba. Pregun\u00adt\u00f3 por \u00e9l al lacayo de la puerta, y \u00e9ste le indic\u00f3 que hab\u00eda ido a casa del p\u00e1rroco de Loyac, cerca de all\u00ed. Sali\u00f3 corriendo, llam\u00f3 a la puerta y entr\u00f3 jadeando. Se ech\u00f3 a los pies de su superior y, asustada, le dijo: <em>\u00abPero, <\/em><em>padre, \u00bfad\u00f3nde me env\u00eda usted? \u00a1Si eso es una corte!\u00bb. <\/em>Con la admira\u00adci\u00f3n del p\u00e1rroco de Loyac, Vicente de Pa\u00fal la convenci\u00f3 para que proba\u00adra siquiera unos d\u00edas.<\/p>\n<p>En el palacio de la se\u00f1ora de Combalet B\u00e1rbara estaba triste, no co\u00adm\u00eda y languidec\u00eda. Un d\u00eda le pregunt\u00f3 la Se\u00f1ora \u00bfpor qu\u00e9 no quer\u00eda ser\u00advirla?, y ella le contest\u00f3: <em>\u00abSe\u00f1ora, he salido de casa de mi padre para servir a los pobres, y usted es una gran dama. Si usted fuera pobre. <\/em><em>se\u00f1ora, la servir\u00eda de buena gana\u00bb. <\/em>La futura duquesa reflexion\u00f3 y al cabo de unos d\u00edas se la devolvi\u00f3 a la se\u00f1orita Le Gras.<\/p>\n<p>Cuando volvi\u00f3 a casa de la se\u00f1orita Le Gras otra compa\u00f1era hab\u00eda ocupado su puesto en la parroquia de San Nicol\u00e1s. A ella la pusieron en la Caridad de la parroquia de San Pablo, en el arist\u00f3crata distrito del Marais. Como en todos los tiempos y en todos los lugares, los pobres pululaban alrededor de las parroquias burguesas. Y sin embargo, la Cari\u00addad de la parroquia era pobre. La mayor\u00eda de las se\u00f1oras, aunque ten\u00edan su morada en el Marais, pertenec\u00edan a la Caridad del Gran Hospital. Por eso, la Caridad de la parroquia de San Pablo ten\u00eda pocos recursos y pocas rentas, pero el n\u00famero de pobres que acud\u00edan era innumerable. Tanto San Vicente como Santa Luisa lo sab\u00edan. Y all\u00e1 enviaron a la B\u00e1rbara enamorada de los pobres. Ya conoc\u00edan su valer.<\/p>\n<p>Unos meses despu\u00e9s la pusieron en la Caridad de la parroquia de San Sulpicio, en los suburbios del suroeste de Paris, fuera de la ciudad. Sus feligreses eran pobres y poco religiosos. \u00a1Cu\u00e1ntas veces pas\u00f3 delante del Petit-Luxembourg, all\u00ed cerca, donde no quiso vivir con los grandes! Aho\u00adra viv\u00eda en el mismo barrio, pero con los pobres.<\/p>\n<p>Al de unos meses nuevo cambio: a la parroquia de Santiago de la Boucherie, en el centro de Paris, al otro lado del Sena. Zona de mercados y de pobres malhablados, de picaresca y de mendigos. Los superiores saben que responde y la env\u00edan donde descubren alguna dificultad o una situaci\u00f3n delicada.<\/p>\n<p>Es lo que sucedi\u00f3 en enero de 1638. La Corte pasaba el invierno en el palacio de Saint-Germain-en-Laye, a algo m\u00e1s de 20 kil\u00f3metros al oeste de Paris. Al arrimo de la Corte frecuentaban el lugar numerosos nobles y burgueses que atra\u00edan pobres, mendigos y soldados lisiados. En enero de 1638 los sacerdotes de las Conferencias de los Martes, que organizaba San Vicente de Pa\u00fal, dieron una misi\u00f3n en Saint-Germaint-en-Laye a la que asistieron los cortesanos. Con ocasi\u00f3n de la misi\u00f3n se fund\u00f3 una Cofrad\u00eda de la Caridad para atender a tantos pobres enfermos. A ella se apuntaron las Damas de Honor de la reina, las damas de compa\u00f1\u00eda, las camareras, peluqueras, etc. La presidenta era la se\u00f1ora Chaumont. Pero no sab\u00edan c\u00f3mo empezar y pidieron a Vicente de Pa\u00fal una Hija de la Caridad para que les ense\u00f1ara a organizarla. San Vicente comprendi\u00f3 la transcendencia de esta Caridad y la importancia de la Hermana que en\u00adviar\u00eda all\u00e1. Le hubiera gustado que fuera la misma Luisa de Marillac, pero la necesitaba en Paris y tem\u00eda, adem\u00e1s, que el invierno la hiciera da\u00f1o. Los dos fundadores escogieron sin dudarlo a B\u00e1rbara Angiboust, consider\u00e1ndola ya como uno de los puntales de la Compa\u00f1\u00eda.<\/p>\n<p>B\u00e1rbara fue con otra compa\u00f1era. En pocas semanas la Caridad estaba en marcha y ella metida entre los pobres. Sin pretenderlo se gan\u00f3 a las se\u00f1oras y a los abandonados. Callada y en\u00e9rgica, era la mujer apropiada para aquel lugar. Pero tambi\u00e9n para otros. Una vez organizada la Cari\u00addad, los fundadores la mandaron volver con intenci\u00f3n de destinarla a Richelieu. Sin embargo las se\u00f1oras de Saint Germain la reclamaron ur\u00adgentemente. Casi sin tiempo de sacar sus pocas ropas del famoso bolso, tuvo que meterlas de nuevo y marchar para Saint-Germain.<\/p>\n<p>Al de unos d\u00edas descubri\u00f3 la situaci\u00f3n: su compa\u00f1era se hab\u00eda aseglarado; se desahogaba con todo el mundo, visitaba las casas de los burgueses; se hab\u00eda ganado el afecto de la gente, en especial, de dos ancianos que le regalaban botellas de vino y pat\u00e9. Cuando los superiores la quisieron retirar de all\u00ed, el pueblo se opuso y amenaz\u00f3 con no recibir a la sustituta. Al enterarse Luisa de Marillac, propuso actuar prontamente; Vicente de Pa\u00fal repet\u00eda una y otra vez: <em>\u00ab\u00a1C\u00f3mo me ha enga\u00f1ado esa <\/em><em>pobre criatura!\u00bb. <\/em>Pensaron varios caminos para traer a la Hermana: es\u00adcribirle el mismo San Vicente o enviar por ella a la Dama fundadora o a un misionero pa\u00fal o que fuera Santa Luisa a llevar a la sustituta o dejarselo todo a B\u00e1rbara Angiboust que sabr\u00eda gan\u00e1rsela y convencerla de que volviera a Paris. Se opt\u00f3 por esto \u00faltimo. A pesar de haberse implicado algunas nobles en favor de la Hija de la Caridad, Sor B\u00e1rbara logr\u00f3 que la Hermana volviera.<\/p>\n<p>En Saint-Germain permaneci\u00f3 hasta finales de setiembre 1638. Los superiores la necesitaban para comenzar una fundaci\u00f3n muy delicada y muy entra\u00f1able para Vicente de Pa\u00fal: en Richelieu, la ciudad que hab\u00eda mandado construir el omnipotente ministro Cardenal Richelieu y que se hab\u00eda llenado de pobres venidos de todas partes. Era la primera vez que las Hijas de la Caridad se alejaban tantos kil\u00f3metros de Paris. La elec\u00adci\u00f3n de las dos Hermanas ten\u00eda que hacerse con mucho tiento. El Carde\u00adnal Richelieu hab\u00eda entregado la ciudad a los padres pa\u00fales para que fueran su p\u00e1rroco y la atendieran religiosamente. Poco despu\u00e9s se cre\u00f3 una Cofrad\u00eda de la Caridad. Ante la abundancia de enfermos pobres, el Lamberto pidi\u00f3 urgentemente dos Hijas de la Caridad. San Vicente y Santa Luisa enviaron all\u00e1 lo mejor que ten\u00edan: a B\u00e1rbara con una compa\u00ad\u00f1era, Luisa Ganset. B\u00e1rbara iba de superiora. Las pobres aldeanas del se\u00f1or Vicente no pod\u00edan fracasar ante la Corte.<\/p>\n<p>Una ma\u00f1ana plomiza de los primeros d\u00edas de octubre las dos Herma\u00adnas cogieron la diligencia que las llevaba hasta Tours. Pero a\u00fan faltaban m\u00e1s de 40 kil\u00f3metros para llegar a su destino. Vicente de Pa\u00fal les hab\u00eda indicado que en Tours preguntaran por un hombre que sol\u00eda guiar a los viajeros hasta Richelieu haciendo las veces de correo. Alquilaron un bu\u00adrro y una carreta y el buen hombre las condujo hasta Richelieu.<\/p>\n<p>En la nueva ciudad, construida como los campamentos romanos, las dos Hermanas se asombraron de las calles rectas y derechas que se cru\u00adzaban entre s\u00ed, haciendo un rect\u00e1ngulo perfecto alrededor de dos plazas sim\u00e9tricas, situadas en cada extremo de la ciudad: la Plaza del Mercado y la Plaza de las Religiosas.<\/p>\n<p>La duquesa de Aiguillon se sonri\u00f3 cuando escribi\u00f3 una carta al conde de Grandpr\u00e9 para que alojara a B\u00e1rbara y a su compa\u00f1era y pidi\u00f3 a su t\u00edo el Cardenal que diera \u00f3rdenes para su manutenci\u00f3n. \u00a1Qu\u00e9 curioso es el destino! No quiso servir a la sobrina del Cardenal y ahora vivir\u00e1 a\u00f1os en su ciudad.<\/p>\n<p>Inmediatamente despu\u00e9s de llegar, el padre pa\u00fal Lamberto les mostr\u00f3 su trabajo. Sor B\u00e1rbara se ocupar\u00eda de los enfermos y Sor Luisa de ense\u00ad\u00f1ar en una escuelita a las ni\u00f1as pobres. El pueblo se asombraba de aque\u00adllas dos mujeres que, sin ser monjas, lo parec\u00edan y entregaban su vida a los pobres. Dos meses despu\u00e9s pas\u00f3 por la ciudad Vicente de Pa\u00fal y tan bien le hablaron de las dos Hermanas que, al llegar a Paris, a todo el mundo contaba las maravillas que hac\u00edan con los enfermos y las ni\u00f1as.<\/p>\n<p>Sor B\u00e1rbara se manifiesta alegre y de buen humor, exageradamente responsable, exigente en el cumplimiento de los reglamentos consigo misma y con la compa\u00f1era, se muestra inflexible. Sor Luisa, sin embar\u00adgo, es diferente. Ciertamente es muy trabajadora y responsable en la escuela, pero le encantan las relaciones sociales, salir a la calle, visitar a las se\u00f1oras y recibir visitas. Todo sin permiso de Sor B\u00e1rbara, su superio\u00adra. No da importancia al manejo de dinero y, como tiene bienes de fami\u00adlia, compra cosas y hace regalos sin que lo sepa su compa\u00f1era. Pero Sor B\u00e1rbara lo sabe y no lo tolera. Le habla claro, la corrige y la exige. Pero \u00e9sta ni la hace caso ni se preocupa por cambiar. La gente descubre que las dos Hermanas no se llevan bien y se faltan a la caridad.<\/p>\n<p>Justo un a\u00f1o despu\u00e9s de llegar, en octubre de 1639, Sor B\u00e1rbara reci\u00adbi\u00f3 una carta de la se\u00f1orita Le Gras. La abri\u00f3 alegre, como siempre que recib\u00eda sus cartas. No obstante, mientras la le\u00eda, se pon\u00eda seria, p\u00e1lida, temblaba. Cuando termin\u00f3 de leerla, no llor\u00f3, pero fue a rezar a la parro\u00adquia. All\u00ed, sentada en un banco, volvi\u00f3 a leer la carta despacio: la Se\u00f1o\u00adrita las felicitaba por el servicio sacrificado y entregado con los pobres; eran la admiraci\u00f3n de la ciudad, pero estaba enfadada con ellas por la poca caridad que se ten\u00edan y el esc\u00e1ndalo que produc\u00eda esta situaci\u00f3n en la gente. La re\u00f1\u00eda a ella porque era demasiado dura y exigente e inflexi\u00adble con su compa\u00f1era. Era m\u00e1s superiora que madre y ella, Luisa, consi\u00adderaba a todas las superioras madres m\u00e1s que las madres naturales. Im\u00adpon\u00eda sus \u00f3rdenes, pero deb\u00eda de saber que toda superiora en las Hijas de la Caridad tiene la autoridad por obediencia y no por ella misma. Le rogaba que cambiase y se mostrase humilde, tolerante, cordial y dulce con su compa\u00f1era.<\/p>\n<p>Delante del Sagrario B\u00e1rbara le prometi\u00f3 al Se\u00f1or que cambiar\u00eda. Guard\u00f3 la carta y volvi\u00f3 a casa.<\/p>\n<p>Ten\u00eda que le\u00e9rsela a Sor Luisa, pero ten\u00eda miedo a c\u00f3mo reaccionar\u00eda. Se la ley\u00f3 despu\u00e9s de comer. Primero lo que dec\u00eda de ella y luego lo que dec\u00eda de Luisa: su independencia, su callejear y frecuentar las visitas de se\u00f1oras y su manejo del dinero. Todo sin permiso. B\u00e1rbara la mir\u00f3. Ten\u00eda los ojos bajos. Pasaron unos segundo y confes\u00f3: es verdad. Se abrazaron y las dos se prometieron cambiar. Y cambiaron.<\/p>\n<p>A finales de noviembre pas\u00f3 de nuevo por Richelieu Vicente de Pa\u00fal y le escribi\u00f3 a Luisa de Marillac que su carta hab\u00eda surtido efecto, que la gente estaba admirada de c\u00f3mo se quer\u00edan; que la comunidad era una casa de paz, en calma y armon\u00eda entre las dos Hermanas. El impacto en el pueblo fue tan penetrante que, a los pocos meses, algunas chicas pidie\u00adron entrar en la Compa\u00f1\u00eda. La vocaci\u00f3n de una de las j\u00f3venes muestra ese halo de visi\u00f3n divina. Era una ma\u00f1ana, camino de la misa se encon\u00adtr\u00f3 con una joven y trab\u00f3 conversaci\u00f3n con ella. Se llamaba Vicenta Aucher y se preparaba para contraer matrimonio. Sin embargo Sor B\u00e1r\u00adbara le dijo que no estaba indicada para el matrimonio, que Dios ped\u00eda otra cosa de ella. Todo esto lo cont\u00f3, despu\u00e9s de morir Sor B\u00e1rbara, la misma Sor Vicenta Aucher.<\/p>\n<p>Santa Luisa se confirm\u00f3 de la santidad y personalidad de Sor B\u00e1rbara e indic\u00f3 a San Vicente que ser\u00eda acertado mandarla a Angers a pasar Visita a la comunidad reci\u00e9n establecida. Meses m\u00e1s adelante le propuso al superior nombrarla superiora de Angers por lo dif\u00edcil que ser\u00eda dirigir aquella comunidad, la primera que se fundaba independiente de las Se\u00ad\u00f1oras de las Caridades. Santa Luisa la consideraba <em>\u00abuna mujer juiciosa que no se espantaba por nada, que ten\u00eda todas las cualidades para go\u00adbernar la comunidad de Angers, ya que era una de las m\u00e1s capaces del grupo\u00bb. <\/em>Pero \u00bfa qui\u00e9n poner en Richelieu? Sor Luisa Ganset recibi\u00f3 un susto tremendo. Ahora que se comprend\u00edan, se aceptaban y se quer\u00edan pretend\u00edan quitarle la superiora. Ella no supo que tambi\u00e9n fue propuesta para Sed\u00e1n, a cientos de kil\u00f3metros de Paris, cerca de la frontera con B\u00e9lgica, aunque se prefiri\u00f3 a Mar\u00eda Joly. M\u00e1s que susto sinti\u00f3 temor, cuando el P. Lamberto les dijo que iba a pasar visita a Angers con poderes de nombrar superiora a B\u00e1rbara si lo ve\u00eda necesario.<\/p>\n<p>No fue necesario y las dos compa\u00f1eras continuaron ayudando a los pobres y fascinando a la ciudad hasta verano de 1641. Eran felices, te\u00adniendo, adem\u00e1s, cerca una comunidad de padres pa\u00fales que las confesa\u00adban y las dirig\u00edan. Cuando se enter\u00f3 San Vicente que acud\u00edan mucho al director, lo cort\u00f3 secamente: no deb\u00edan acudir frecuentemente a casa de los misioneros porque la gente es maliciosa y mal pensada, y pueden interpretarlo mal y, aunque injustamente, hasta sospechar. Las Hermanas obedecieron, a pesar de que Santa Luisa ten\u00eda confianza plena en los misioneros y en sus hijas y sab\u00eda que la gente sencilla nunca pensar\u00eda mal si no eran imprudentes y se entregaban a los pobres. No ve\u00eda mal que fueran a saludarlos y a darles noticias de la Compa\u00f1\u00eda.<\/p>\n<p>Sin embargo la dicha no se alarg\u00f3. Lo sab\u00edan las dos Hermanas. Ellas no hab\u00edan entrado en la Compa\u00f1\u00eda para vivir c\u00f3modamente sino para hacer felices a los pobres. En el verano de 1641, el a\u00f1o en que Sor Mar\u00eda Joly fue a Sedan, a Sor B\u00e1rbara la trasladaron a aliviar el sufrimiento de los galeotes. B\u00e1rbara hab\u00eda o\u00eddo hablar muchas veces de aquellos des\u00adgraciados a los pocos d\u00edas de entrar en la Compa\u00f1\u00eda, cuando serv\u00eda en la Parroquia de San Nicol\u00e1s de Chardonnet. La prisi\u00f3n estaba cerca.<\/p>\n<p>\u00a1Cu\u00e1ntas veces pas\u00f3 rozando los muros de aquella torre, la Tournelle, en la Puerta de San Bernardo! Al tocar los gruesos muros de piedra algu\u00adna vez sinti\u00f3 terror. Dec\u00edan que estaba repleta de criminales, asesinos, violentos sin piedad ni compasi\u00f3n. All\u00ed se api\u00f1aban hombres crueles lle\u00adnos de sangre y de odio mientras esperaban salir para las galeras de Mar\u00adsella. Su comida era tan solo pan y agua. El pueblo les juzgaba merecedores del castigo. Todos eran fuertes, capaces de remar en las galeras del Mediterr\u00e1neo encadenados a los bancos.<\/p>\n<p>Ahora las Hermanas viv\u00edan a unos doscientos metros de la Torre. Todas las semanas les lavaban la ropa y con los donativos que recib\u00edan hac\u00edan cada d\u00eda comidas en las que echaban siempre un trozo de carne para cada forzado. Por fin B\u00e1rbara iba a entrar en la misteriosa y terror\u00ed\u00adfica c\u00e1rcel.<\/p>\n<p>A las diez de la ma\u00f1ana se presentaron dos guardias de la Torre en la casa de las Hijas de la Caridad. Eran fuertes; cogieron la pesada marmita y seguidos de las dos Hermanas se acercaron a la prisi\u00f3n. Un guardia abri\u00f3 el port\u00f3n y entraron en un patio empedrado. Enfrente dos torreones y en medio otro port\u00f3n que daba a unas escaleras. Descendieron y B\u00e1rbara toc\u00f3 las paredes h\u00famedas: el r\u00edo Sena mojaba los muros por el lado norte. En un descansillo, una puerta peque\u00f1a. Otro guardia la abri\u00f3 y una bocanada de aire enrarecido por el sudor frot\u00f3 la cara de B\u00e1rbara. Entra\u00adron y delante de ella apareci\u00f3 un espect\u00e1culo aterrador: m\u00e1s que calabo\u00adzo era una cueva llena de gruesas vigas de madera de roble que serv\u00edan de banco, de cabecera y de mesa para aquellos desdichados. En el suelo un mont\u00f3n de paja les serv\u00eda de cama. B\u00e1rbara no pudo contar el n\u00famero de vigas o bancos; lo que s\u00ed cont\u00f3 fueron veinte presos en cada viga. Cada uno ten\u00eda una argolla de hierro en el cuello, remachada a una cade\u00adna sujeta a la viga. No pod\u00edan ponerse ni de pie ni sentados a no ser que tuvieran continuamente inclinada la cabeza.<\/p>\n<p>Las Hijas de la Caridad llevaron a la mazmorra un aire de delicadeza y de frescor femeninos. San Vicente de Pa\u00fal logr\u00f3 que todos los d\u00edas les permitieran salir al patio a pasear y a tomar el aire, sus hijas consiguie\u00adron que a la paja no se la dejara criar gusanos y en vez de cambiarla cada mes se la cambiara cada semana. Ellas se encargaron de lavarles la ropa semanalmente y de a\u00f1adir potaje y carne al pan solo que les daba la prisi\u00f3n.<\/p>\n<p>Los guardias dejaron en el suelo la marmita y las dos Hermanas em\u00adpezaron a servir la comida pasando entre los bancos separados un metro uno de otro. Mientras serv\u00eda la comida B\u00e1rbara se fijaba en los rostros duros como troncos, en las madejas de sus cabellos, en los nervios de hierro sin limpiar de sus manos. Todo le daba miedo. Algunos por lo bajo le dec\u00edan palabrotas soeces, le alargaban los pies para que tropezara o se le acercaban descaradamente. A veces sent\u00eda qu\u00e9 f\u00e1cil ser\u00eda estrangularla entre todos aquellos desesperados que ya nada tem\u00edan. La condena a galeras, si era perpetua, era la pena m\u00e1s dura despu\u00e9s de la muerte. Sin embargo, tambi\u00e9n le pareci\u00f3 descubrir caras pac\u00edficas, angustiadas, ino\u00adcentes; eran las de aquellos pobres infelices que, por un motivo cualquie\u00adra, se les hab\u00eda condenado a galeras porque simplemente el rey necesita\u00adba m\u00e1s remeros para los nuevos barcos.<\/p>\n<p>Cuando terminaron y sali\u00f3 a la calle le pareci\u00f3 resucitar de una tum\u00adba. Su compa\u00f1era not\u00f3 la impresi\u00f3n y le dijo que ya se ir\u00eda acostumbran\u00addo. Se acostumbr\u00f3. Su car\u00e1cter era en\u00e9rgico y dulce a la vez. Los forza\u00addos llegaron a quererla y a respetarla, lo que no imped\u00eda que tuviera sus contratiempos.<\/p>\n<p>Un d\u00eda helador de invierno la comida se enfri\u00f3 en el camino de los doscientos metros que separaba su casa de la Tournelle. Un galeote pro\u00adb\u00f3 la carne fr\u00eda y su sicolog\u00eda desesperada lanz\u00f3 un grito y tir\u00f3 la comida al suelo. En la mazmorra se hizo un silencio hiriente y todos miraron a Sor B\u00e1rbara. Esta se arrodill\u00f3, cogi\u00f3 la carne y la limpi\u00f3 en una jarra de agua, luego sonriendo se la volvi\u00f3 a ofrecer al preso. \u00c9ste, sin dejar de mirarla, la tom\u00f3 y la comi\u00f3 en silencio.<\/p>\n<p>Cuando se volvi\u00f3 B\u00e1rbara dos fornidos guardias se acercaban con un l\u00e1tigo. Sor B\u00e1rbara comprendi\u00f3 y r\u00e1pida se interpuso entre los guardias y el preso. En\u00e9rgicamente rog\u00f3 y suplic\u00f3 que no lo azotaran. Los guardias no comprend\u00edan a aquella mujer, pero paso a paso fueron retrocediendo hasta sus puestos y guardaron el l\u00e1tigo. Desde aquel d\u00eda los condenados a galeras la consideraron no ya solo su \u00e1ngel bendito sino tambi\u00e9n su intercesora.<\/p>\n<p>Sor B\u00e1rbara se iba agotando con un trabajo ingrato e incomprendido por todo el mundo. Estaba d\u00e9bil y hubo que aumentar a tres las Hijas de la Caridad. Pero ella era la responsable de buscar dinero o de entramparse pidiendo a fiado la comida para no disminuir la raci\u00f3n cuando aumenta\u00adba el n\u00famero de presos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El 1 de julio de 1634, por la ma\u00f1ana, un grupo de personas esperaba la diligencia que iba de Dreux a Paris. 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