{"id":16842,"date":"2016-01-20T06:26:09","date_gmt":"2016-01-20T05:26:09","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/?p=16842"},"modified":"2016-07-27T12:10:53","modified_gmt":"2016-07-27T10:10:53","slug":"margarita-naseau-una-hija-de-la-caridad-sencilla","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/margarita-naseau-una-hija-de-la-caridad-sencilla\/","title":{"rendered":"Margarita Naseau, una Hija de la Caridad sencilla"},"content":{"rendered":"<p><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"size-medium wp-image-45515 alignright\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/uploads\/2010\/04\/Sor_Margarita_Naseau-210x300.jpg?resize=210%2C300\" alt=\"Sor_Margarita_Naseau\" width=\"210\" height=\"300\" \/>Hacia el a\u00f1o 1620 una aldeana de 26 a\u00f1os cuidaba las vacas en la ladera del Monte Valerien, a 11 kil\u00f3metros al oeste de Paris. Mirando a lo lejos divisaba la capital, mientras cerca, a sus pies, se acurrucaba Suresnes, su pueblo. Distingu\u00eda la parroquia y hasta su pobre casa, hecha, como todas las del pueblo, de adobes, reforzadas con vigas delgadas de madera para resistir las lluvias. A pesar de abundar los vi\u00f1edos y los pastos, en el pueblo hab\u00eda cantidad de pobres. La joven se llamaba Margarita Naseau. Frecuentemente se emocionaba al ver subir a labriegos y ciudadanos de rodillas la ladera del monte hasta la cumbre a rezar en la ermita y junto a un Calvario que all\u00ed hab\u00eda, centro de peregrinaciones desde hac\u00eda mu\u00adchos siglos.<\/p>\n<p>Mientras contemplaba el panorama de aire limpio, pensaba, y era una rutina, qu\u00e9 podr\u00eda hacer por tantos pobres como ve\u00eda por los pueblos cercanos y en Paris. Sin saber por qu\u00e9, se sent\u00eda empujada a encaminar especialmente a las chicas a que salieran de la pobreza hacia un porvenir seguro. Pero ni las ni\u00f1as ni las j\u00f3venes del pueblo sab\u00edan leer y muy poco de catequesis, pues en el pueblo no exist\u00eda escuela de ni\u00f1as. Y \u00fanicamente si sab\u00eda leer, una mujer podr\u00eda llevar una granja o ser dependienta en una tienda o convertirse en algo m\u00e1s que una simple criada en los elegantes palacios de los nobles y burgueses. Todo esto sol\u00eda pensarlo casi a todas las horas. Y un d\u00eda se decidi\u00f3 a ense\u00f1arles ella misma a leer sin cobrarles nada. No se lo encargar\u00eda a otros, lo har\u00eda ella. Pero Margarita no sab\u00eda leer.<\/p>\n<p>Mientras arreaba las vacas hacia la cuadra de su casa, repet\u00eda en su interior: no s\u00e9 leer y as\u00ed no puedo ayudarlas. Mientras cenaba en un cuenco mijo cocido y un trozo de pan, en su cabeza resonaba \u00abno s\u00e9 leer\u00bb. Cuan\u00addo se tumb\u00f3 para dormir en el jerg\u00f3n lleno de paja que le correspond\u00eda en una esquina de la \u00fanica habitaci\u00f3n de la casa, su cabeza parec\u00eda estallar con la retumbona frase \u00abno s\u00e9 leer\u00bb. De repente encontr\u00f3 la soluci\u00f3n tan conocida como inesperada: pues aprendo a leer. As\u00ed de sencillo, aunque comprometido y sacrificado.<\/p>\n<p>Por la ma\u00f1ana encarg\u00f3 a un vecino que iba a Paris que le comprara un abecedario, y de nuevo llev\u00f3 las vacas a pastar. Cuando volvi\u00f3 a comer, ya ten\u00eda el abecedario. Lo pag\u00f3 con sus peque\u00f1os ahorros y derecha fue a encontrar al p\u00e1rroco o al vicario. Le ense\u00f1\u00f3 el abecedario reci\u00e9n comprado y le pregunt\u00f3 cuales eran las cuatro primeras letras. Mientras pas\u00adtaban las vacas, ella aprend\u00eda las letras. Por la tarde, de nuevo al cura para que le ense\u00f1ara las otras cuatro. As\u00ed un d\u00eda y otro d\u00eda hasta que aprendi\u00f3 tambi\u00e9n a unirlas y formar las s\u00edlabas y las palabras. Si alguna s\u00edlaba o palabra se le hac\u00eda dif\u00edcil y ve\u00eda a un se\u00f1or con aire de saber leer, le preguntaba c\u00f3mo se le\u00eda \u00abaquello\u00bb, hasta que supo leer. Al principio, lenta como una carreta entre piedras tirada por una mula torpe, luego sin tropezar, a no ser que la palabra fuese desconocida<\/p>\n<p>Cuando supo leer de seguido llam\u00f3 a otras chicas del pueblo y a otras y a otras y las fue ense\u00f1ando lo que ella hab\u00eda estudiado mientras traba\u00adjaba. As\u00ed durante tres a\u00f1os. Pero en 1623 Margarita comenzaba el a\u00f1o 30 de su nacimiento; lo cual indicaba que era mayor de edad y pod\u00eda decidir su futuro, y decidi\u00f3 ir por las aldeas a ense\u00f1ar a otras mujeres lo que ella sab\u00eda. Por otro lado en el pueblo hab\u00eda ya una promoci\u00f3n de j\u00f3venes que sab\u00edan leer y las anim\u00f3 a ir, como iba a hacerlo ella, por los pueblos para ense\u00f1ar a m\u00e1s chicas. No todas aceptaron la invitaci\u00f3n. Era arriesgado y hasta un poco vergonzoso.<\/p>\n<p>Con todo se form\u00f3 un grupito de j\u00f3venes que, como si pertenecieran a una instituci\u00f3n an\u00e1rquica, sin dinero y sin m\u00e1s provisi\u00f3n que la divina providencia, se desparramaron por pueblos diminutos de la campi\u00f1a. Unas veces convocaban a la gente en la plaza, junto a la iglesia, y otras iban casa por casa ofreci\u00e9ndose a ense\u00f1ar a sus hijas sin cobrar nada. Unas familias recib\u00edan ansiosas la noticia, pero otras con frialdad. No les inte\u00adresaba. Sus hijas deb\u00edan trabajar desde los ocho a\u00f1os. El tiempo de es\u00adcuela era una p\u00e9rdida de trabajo; el catecismo ya se lo ense\u00f1aba el cura los domingos; a vivir como cristianas se lo ense\u00f1aban ellos, sus padres; y saber leer \u00bfpara qu\u00e9? Para escribirse con los chicos, y esto era peligroso. Adem\u00e1s, por mucho que aprendieran, las hijas de los labradores pobres nunca saldr\u00edan de la pobreza.<\/p>\n<p>Adem\u00e1s de vivir en la pobreza el campesinado de aquel siglo era un campesinado sin ilusi\u00f3n para la lucha por salir de la miseria. En el cam\u00adpo todo labrador que no fuera potente estaba pisando el umbral de la pobreza. Bastaba que llegara una helada, una sequ\u00eda o una mala cosecha para que se convirtiera en un pobre. A todas estas plagas se a\u00f1ad\u00edan las revueltas y las guerras con sus ej\u00e9rcitos de paso que imped\u00edan la siembra y asolaban las cosechas.<\/p>\n<p>Si se presentaba un mal a\u00f1o, el campesino peque\u00f1o se endeudaba para poder comer y comprar la semilla. Si el segundo a\u00f1o tambi\u00e9n era malo, ten\u00eda que vender los aperos, el ganado y hasta los campos para pagar las deudas. Si llegaba un buen a\u00f1o, quedaba mermado en gran parte debido a las deudas, al coste de las semillas, a los arriendos y al pago de los impuestos. Si no llegaba el tan esperado buen a\u00f1o, se conver\u00adt\u00edan en arrendatarios de los nuevos due\u00f1os o en braceros mal vestidos, alojados en viviendas miserables y repletos de hambre. Las tierras se concentraban en pocas manos, aumentaba el paro y sub\u00eda el precio del pan. Las deudas se convert\u00edan en impagables para estos pobres campesi\u00adnos. La \u00abJusticia\u00bb ven\u00eda para apoderarse de lo poco que a\u00fan pod\u00eda que\u00addarles y encerrarlos en la c\u00e1rcel, si antes no hab\u00edan huido, abandonando mujer e hijos o llev\u00e1ndoselos consigos. Iban a engrosar la muchedumbre de vagabundos que merodeaban los caminos o se perd\u00edan en las ciudades en busca de ayuda o a pedir limosna.<\/p>\n<p>Es comprensible que a muchas familias no les importara la ense\u00f1an\u00adza para sus hijos. Su principal inter\u00e9s era sobrevivir.<\/p>\n<p>A las ni\u00f1as que acud\u00edan Margarita y sus amigas las ense\u00f1aban a leer en cualquier libro religioso que hubiera en casa, en la iglesia o que lleva\u00adra Margarita para estas ocasiones. Adem\u00e1s de la lectura y los n\u00fameros, ense\u00f1aban el catecismo y a llevar una buena vida cristiana. La escuela ante todo era eso: aprender a ser futuras madres de provecho que educa\u00adran a sus hijos en el catolicismo.<\/p>\n<p>Frecuentemente Margarita llegaba a la casa o al pajar que le hab\u00eda prestado alguna generosa familia, cansada y hambrienta; no era raro que tampoco en casa encontrara nada que comer. En una ocasi\u00f3n, despu\u00e9s de varios d\u00edas sin probar bocado, fue a misa hambrienta y pensando si po\u00addr\u00eda resistir tanta debilidad. Al volver, encontr\u00f3 que alguien le hab\u00eda de\u00adjado sobre la mesa pan para alimentarse durante varios d\u00edas. Y es que en el pueblo todo el mundo comentaba el testimonio y el ejemplo que les daba aquella joven, sacrificada por sus hijas, sin pedir nada para ella. Todo lo hac\u00eda por Dios, dec\u00eda ella. Sent\u00eda que Dios le hablaba no s\u00f3lo en la oraci\u00f3n o a trav\u00e9s del serm\u00f3n del sacerdote, sino tambi\u00e9n por los suce\u00adsos de la vida.<\/p>\n<p>Margarita se hab\u00eda autoconvertido en maestra porque estaba convencida de que la ense\u00f1anza era insustituible en el progreso de los pobres. No obstante ella pretend\u00eda ser un instrumento de Dios en favor de los necesitados, y lo que Dios le propon\u00eda era el amor, la caridad.<\/p>\n<p>Hablando con la gente conoci\u00f3 a unos j\u00f3venes que deseaban ser sacerdotes, pero no ten\u00edan con qu\u00e9 costearse los estudios. Triste, porque tambi\u00e9n ella era pobre, les dio el poco dinero que llevaba; insuficiente a\u00fan para pagarles la pensi\u00f3n de s\u00f3lo unos meses. Discurriendo a solas el medio de ayudarlos, encontr\u00f3 una soluci\u00f3n: despu\u00e9s de dar las clases trabajar\u00eda para sacar alg\u00fan dinero y envi\u00e1rselo a aquellos seminaristas. As\u00ed hasta que se ordenaron de sacerdotes.<\/p>\n<p>Un d\u00eda de finales de 1629 o comienzos de 1630 se levant\u00f3 en la aldea un alboroto encantador: el cura del pueblo anunci\u00f3 que unos sacerdotes ven\u00edan de Paris a dar una misi\u00f3n en el pueblo. La gente sinceramente cat\u00f3lica recibi\u00f3 emocionada la noticia. Una misi\u00f3n implicaba muchas ventajas: que Dios se acordaba de ellos y pod\u00edan confesarse con un sacerdote desconocido distinto del p\u00e1rroco que les era tan familiar; que arreglar\u00edan las divisiones del pueblo hasta llegar a un abrazo de perd\u00f3n y de uni\u00f3n; y especialmente sab\u00edan que estos misioneros fundados por Vicente de Pa\u00fal no se marchaban del pueblo hasta haber arreglado el problema de los pobres. Dec\u00edan adem\u00e1s que ven\u00eda al frente el mismo Vicente de Pa\u00fal.<\/p>\n<p>El sacerdote Vicente de Pa\u00fal era el fundador de las Cofrad\u00edas de la Caridad. Las hab\u00eda fundado unos trece a\u00f1os antes en una peque\u00f1a ciudad, Ch\u00e1tillon, cerca de Lyon. Fue inesperado, algo que tan s\u00f3lo se comprende cuando est\u00e1 realizado, pero que se ve despu\u00e9s como incuestionable porque responde a un problema social de primera necesidad: c\u00f3mo solucionar el aprieto en que se encuentran los enfermos pobres.<\/p>\n<p>Es lo que le sucedi\u00f3 a Vicente de Pa\u00fal cuando era p\u00e1rroco de Ch\u00e1tillon. Todos los miembros de una familia campesina, que viv\u00eda en un caser\u00edo de las afueras, cayeron enfermos. Eran pobres para poder contratar sir- vientas o empleados. Se lo vinieron a decir cuando estaba para celebrar la Misa el domingo 20 de agosto de 1617. En la homil\u00eda habl\u00f3 firme y compasivo sobre la necesidad de salvar a los pobres. La gente se volc\u00f3; no hubo una familia de la peque\u00f1a ciudad que no le llevara alimentos: pero \u00e9l descubri\u00f3 que lo hab\u00eda organizado mal: aquella familia ahora ten\u00eda demasiado y dentro de unos d\u00edas de nuevo no tendr\u00eda nada. Tres d\u00edas m\u00e1s tarde reuni\u00f3 a las se\u00f1oras pudientes de la ciudad y fund\u00f3 con ellas una cofrad\u00eda o asociaci\u00f3n de mujeres comprometidas a ayudar d\u00eda a d\u00eda y personalmente, no por medio de otros o a trav\u00e9s de oficinas, a los pobres enfermos de la ciudad. Las \u00abCaridades\u00bb, como se llamaba a estos grupos de cristianas militantes, se implantaron en multitud de pueblos.<\/p>\n<p>En 1625 Vicente de Pa\u00fal hab\u00eda fundado a los Misioneros Pa\u00fales con el fin de evangelizar a los pobres por medio de las misiones populares y de socorrerlos a trav\u00e9s de las Cofrad\u00edas de la Caridad. All\u00ed donde daban una Misi\u00f3n institu\u00edan las \u00abCaridades\u00bb.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 el d\u00eda de comenzar la misi\u00f3n en el pueblo donde Margarita se hab\u00eda instalado como maestra temporal de ni\u00f1as, y todos los vecinos se vistieron de domingo y, sin faltar nadie, llenaron la parroquia. Entre ellos estaba Margarita Naseau. La misi\u00f3n d\u00eda a d\u00eda entraba en los corazones del p\u00fablico. El pueblo se sent\u00eda contento y feliz. Finalmente la misi\u00f3n llegaba a su t\u00e9rmino y era el momento de solucionar la indigencia de los pobres. El se\u00f1or Vicente subi\u00f3 al p\u00falpito y convencido habl\u00f3 con coraje, con emoci\u00f3n, con persuasi\u00f3n, como si los pobres fueran hermanos suyos. Habl\u00f3 de la injusticia, de la pobreza y de la obligaci\u00f3n que tiene cada cristiano, cada hombre de arrancarla por s\u00ed mismo. Luego convoc\u00f3 a las se\u00f1oras para que se reunieran con \u00e9l, al final, en la sacrist\u00eda. Con las se\u00f1oras que libremente quisieran iba a crear una cofrad\u00eda de Caridad; ellas se encargar\u00edan por s\u00ed mismas de atender a todos los pobres enfermos en sus casas. Les har\u00edan la comida, les llevar\u00edan las medicinas y les limpiar\u00edan la casa y a ellos, si no ten\u00edan a nadie que se lo hiciera.<\/p>\n<p>Desde el p\u00falpito les cont\u00f3 que esa Cofrad\u00eda de Caridad ya estaba instituida en muchos pueblos y ciudades y hasta en una parroquia de Paris. En Paris pertenec\u00edan a la Caridad grandes se\u00f1oras de la nobleza y de las finanzas. Claro que, al ser de alta cuna, las leyes francesas del siglo XVII les imped\u00edan hacer trabajos f\u00edsicos, y a veces tambi\u00e9n se lo prohib\u00edan los maridos o sus padres, y no era raro que a ellas les diera verg\u00fcenza ir por las calles con un puchero de comida y un paquete de medicinas para los pobres o tuvieran miedo de ser contagiadas por tantas misteriosas enfermedades que sufr\u00edan los hambrientos. La consecuencia era enviar a sus criadas en lugar de ellas. Todo esto era un inconveniente para la buena marcha de las Caridades. Al llegar a este punto Vicente pregunt\u00f3 si no habr\u00eda alguna joven pobre que, por un salario, hiciera en Paris los trabajos burdos o pesados que hab\u00eda que hacer a los pobres y que una noble de Paris consideraba humillantes para ella.<\/p>\n<p>A Margarita le son\u00f3 la \u00faltima proposici\u00f3n como una insinuaci\u00f3n de Dios. Mientras el cura hablaba sobre tan chocante Cofrad\u00eda de Caridad, ella hablaba con Dios: \u00bfPor qu\u00e9 no yo? Pero yo ya estoy entregada a los pobres ense\u00f1\u00e1ndoles a leer. Y lo hago gratis, solo por T\u00fa, Dios m\u00edo. Pero \u00bfno es m\u00e1s urgente sanar los cuerpos que la cultura? Sin embargo, en esa Cofrad\u00eda no servir\u00eda a los pobres por Dios, sino por un salario. En este momento, de repente, le golpe\u00f3 r\u00e1pida una idea, como si fuera una inspi\u00adraci\u00f3n divina: \u00bfY por qu\u00e9 no hacerlo tambi\u00e9n gratis, por Dios? Esa ser\u00eda su vocaci\u00f3n. Superior a la de las se\u00f1oras ricas; ellas daban su dinero, pero Margarita, su persona.<\/p>\n<p>Entre tanto la gente se estaba confesando. Le toc\u00f3 a ella, y se acerc\u00f3 a Vicente de Pa\u00fal. Temblando y entrecortada le expuso el trabajo que hac\u00eda en sus improvisadas escuelas, pero que ella cre\u00eda que era m\u00e1s im\u00adportante la labor de las Caridades. Ella se ofrec\u00eda para hacer el trabajo humillante para las nobles. Eso s\u00ed, con una condici\u00f3n: ella lo har\u00eda gratis, por Dios, como si fuera su vocaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Esta inesperada visi\u00f3n de las Caridades sorprendi\u00f3 a Vicente de Pa\u00fal. Era una nueva concepci\u00f3n de sus Caridades. \u00bfVendr\u00eda de Dios? Hab\u00eda que considerarlo y esperar la voluntad de Dios. Despu\u00e9s de un silencio que a Margarita le pareci\u00f3 un siglo, el sacerdote le dijo: <em>\u00abEst\u00e1 bien, <\/em><em>examinar\u00e9 tu proposici\u00f3n. Cuando puedas, vete a Paris, a la calle de <\/em><em>San V\u00edctor y pregunta por la se\u00f1orita Le Gras. Y dile, de parte m\u00eda, todo <\/em><em>lo que me has contado a m\u00ed. Si llego yo antes, ya la pondr\u00e9 al corriente\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Al domingo siguiente Margarita se puso el vestido de fiesta y se fue a Paris. Lleg\u00f3 a la calle San V\u00edctor y pregunt\u00f3 por la se\u00f1orita Le Gras. Llam\u00f3 a la puerta y le sali\u00f3 una mujer peque\u00f1a, delgada, todo nervio. A Margarita le pareci\u00f3 de golpe simp\u00e1tica y agradable. Su nombre de fami\u00adlia era Luisa de Marillac; su marido hab\u00eda muerto en las Navidades de 1625 y ten\u00eda un hijo, Miguel, estudiando en el seminario. Luisa de Marillac era tan solo cuatro a\u00f1os mayor que ella. Entr\u00f3 y se pusieron a hablar. Margarita le cont\u00f3 su encuentro con Vicente de Pa\u00fal y el ofrecimiento que le hab\u00eda hecho. La Se\u00f1orita la escuchaba extasiada. Inteligente com\u00adprendi\u00f3 que era una visi\u00f3n audaz lo que presentaba aquella aldeana. Pero parec\u00eda que ven\u00eda de Dios. Estuvieron charlando horas. Cuando se despi\u00addieron, Margarita llevaba la impresi\u00f3n de que aquella se\u00f1orita era encan\u00adtadora. Luisa sac\u00f3 la sensaci\u00f3n de que la joven era maravillosa y que ven\u00eda de parte de Dios.<\/p>\n<p>De un car\u00e1cter vivo y apresurado, la se\u00f1orita Le Gras escribi\u00f3 inme\u00addiatamente un papel al se\u00f1or Vicente, urgi\u00e9ndole para que hablase con ella. Y hablaron muchas veces sobre la nueva idea de Margarita. Y Mar\u00adgarita visit\u00f3 frecuentemente a la se\u00f1orita Le Gras durante varias sema\u00adnas. Por fin Vicente de Pa\u00fal y Luisa de Marillac vieron claro que era la providencia quien les enviaba a Margarita Naseau y convinieron que Luisa la acogiera, la formara, la ense\u00f1ara a servir a los enfermos pobres y la pusiera a ayudar a las se\u00f1oras de la Caridad en la Parroquia de San Salvador.<\/p>\n<p>Todas las ma\u00f1anas Margarita iba a casa de la se\u00f1ora de la Caridad que le tocaba socorrer a los pobres ese d\u00eda, le ped\u00eda el puchero con la comida y las medicinas y se marchaba a atender a los enfermos pobres en sus humildes habitaciones. Arreglaba la casa y les limpiaba a ellos, si no ten\u00edan a nadie que lo hiciera, les daba la medicina y les dejaba la comida para ese d\u00eda. Luego marchaba a casa de otro enfermo y de otro y de otro. Reservaba un tiempo para hacer oraci\u00f3n y, si ten\u00eda una hora libre, la empleaba en formarse o en lavar ropa en el r\u00edo Sena para sacar un poco de dinero y no ser gravosa, aunque las se\u00f1oras le pagaban el alojamiento y la comida. Por las tardes las se\u00f1oras visitaban tambi\u00e9n a los enfermos, se interesaban por ellos, se enteraban de sus necesidades y les ense\u00f1aban el catecismo.<\/p>\n<p>Esta joven y su manera de vivir llam\u00f3 la atenci\u00f3n de muchas perso\u00adnas. Unas la admiraban y hasta la envidiaban. Otras, sobre todo chavalas, la insultaban. A veces por las estrechas calles o por el mercado hablaba con algunas j\u00f3venes que le preguntaban por su manera de vivir y de trabajar. Ella les contaba su vida y las animaba a buscar el destino que Dios propon\u00eda a cada persona. En cierta ocasi\u00f3n una joven le pregunt\u00f3 si no pod\u00eda hacer ella lo mismo tambi\u00e9n por amor de Dios. Margarita se la present\u00f3 a la se\u00f1orita Le Gras, que la form\u00f3 y la puso a ayudar a las se\u00f1oras de otras parroquias. Ya eran dos, y luego fueron tres y m\u00e1s. Una de ellas se llamaba Mar\u00eda Joly. Margarita la encontr\u00f3 en casa de una burguesa de mucha categor\u00eda, la se\u00f1ora Goussault. Era su criada. Marga\u00adrita y Mar\u00eda y las otras se animaron a buscar chicas que siguieran su ejemplo, y pronto hubo un pu\u00f1ado de j\u00f3venes sirviendo a los pobres, sin salario, \u00fanicamente por amor a los pobres y por la gloria de Dios. As\u00ed pasaron tres a\u00f1os. Y justamente tres a\u00f1os despu\u00e9s iba a suceder una tragedia irremediable.<\/p>\n<p>En febrero de 1633 aparecieron algunos hombres, mujeres y hasta ni\u00f1os con bubones en las ingles, v\u00f3mitos y fiebre alt\u00edsima. A los pocos d\u00edas mor\u00edan. Al principio eran en pocas casas. Luego la plaga se extendi\u00f3 como una sombra apocal\u00edptica arrasando los barrios. Los parisinos se espantaron: era la peste. Enloquecidos cerraron comercios y casas para que nadie entrara y contagiara. Los ricos huyeron a sus castillos del campo o se encerraron en sus palacios; los pobres deambulaban por las calles. No era extra\u00f1o que, si la plaga atacaba a alguien de la familia, se le echara de casa. Dif\u00edcilmente se encontraba un m\u00e9dico; todos se resist\u00edan a visitar a los enfermos, y el ayuntamiento se sent\u00eda impotente para con- tratar a alguien que quisiera enterrar a los muertos.<\/p>\n<p>A mediados de febrero Margarita tropez\u00f3 con una apestada que se mor\u00eda en la calle. Los familiares, enloquecidos por el terror, la hab\u00edan echado de casa. Con la mayor naturalidad, o mejor, como si reconociera a Jes\u00fas tirado en la calle, Margarita la recogi\u00f3 y la llev\u00f3 a su habitaci\u00f3n. La acost\u00f3 en su cama y all\u00ed muri\u00f3 la pobre mujer, cuidada por aquel \u00e1ngel que le hab\u00eda enviado el Se\u00f1or. Margarita cambi\u00f3 la paja de su jerg\u00f3n pero no fue suficiente; en la tela y en la manta anid\u00f3 la peste. Sin conocer la fuerza del contagio, se acost\u00f3 en la misma cama, y unos d\u00edas despu\u00e9s le invadi\u00f3 la fiebre y le salieron en las ingles los espantosos tumores. Estaba contagiada.<\/p>\n<p>El sacerdote Vicente escribi\u00f3 a Luisa que le buscara un buen m\u00e9dico y que, si la llevaban al hospital de San Luis, no tuviera miedo en visitar- la. Era el 24 de febrero de 1633. Mand\u00f3 igualmente que la compa\u00f1era que estaba con Margarita saliera del piso y que le diera dinero para vivir en otro lugar, hasta que pasara la epidemia.<\/p>\n<p>No conocemos m\u00e1s de su vida. S\u00f3lo sabemos que muri\u00f3 pronto, pienso que consolada por Luisa de Marillac. Ten\u00edan casi la misma edad y durante tres a\u00f1os hab\u00edan sido amigas. De nacimiento tan distinto y por caminos diferentes Dios las gui\u00f3, por medio de Vicente de Pa\u00fal, hacia el mismo objetivo: salvar a los pobres. Tanto San Vicente como Santa Luisa tuvieron que llorarla: delante de las Hijas de la Caridad frecuentemente la recordaban. Todav\u00eda nueve a\u00f1os m\u00e1s tarde, en una conferencia, San Vicente la consideraba como la primera Hija de la Caridad.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hacia el a\u00f1o 1620 una aldeana de 26 a\u00f1os cuidaba las vacas en la ladera del Monte Valerien, a 11 kil\u00f3metros al oeste de Paris. 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