{"id":16471,"date":"2013-11-28T04:50:03","date_gmt":"2013-11-28T03:50:03","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/?p=16471"},"modified":"2016-07-27T12:10:18","modified_gmt":"2016-07-27T10:10:18","slug":"jean-martin-1620-1694-capitulo-iv","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/jean-martin-1620-1694-capitulo-iv\/","title":{"rendered":"Jean Martin (1620-1694) (Cap\u00edtulo IV)"},"content":{"rendered":"<h2><a href=\"http:\/\/vicencianos.org\/blog\/2013\/11\/01\/jean-martin-1620-1694-capitulo-i\/biografias-paules-343\/\" rel=\"attachment wp-att-124757\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-full wp-image-124757\" alt=\"Biografias Pa\u00fales\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2013\/11\/Biografias-Pa%C3%BAles.jpg?resize=232%2C300\" width=\"232\" height=\"300\" \/><\/a>XIII. De su amor a Dios y de su gran caridad.<\/h2>\n<p>Para ofrecer una idea general de las numerosas virtudes de este siervo de Dios, procede comenzar por la reina de todas ellas que es la caridad y el amor a Dios ya que hace a las otras agradables a Dios y merecedoras a sus ojos.<\/p>\n<p>Aunque pretendiera mantener oculto a la vista de los hombres este fuego del amor de Dios que consum\u00eda su coraz\u00f3n, no pudo sin embargo ocultarlo lo suficiente para que no se le escapara alguna chispa, sobre todo mientras se hallaba en oraci\u00f3n o en el altar, celebrando los divinos misterios; o tambi\u00e9n cuando hablaba de Dios en sus conversaciones familiares; en estas circunstancias dejaba brillar en su rostro un no s\u00e9 qu\u00e9 de sobrehumano y una especie de llama que traicionaba el incendio de su coraz\u00f3n. En su \u00faltima enfermedad, al o\u00edr tan s\u00f3lo hablar de Dios, su coraz\u00f3n se llenaba de gozo y lo demostraba exteriormente rogando a los asistentes que hicieran por \u00e9l actos de amor de Dios.<\/p>\n<p>Sus palabras tambi\u00e9n, sobre todo las que pronunciaba a la conclusi\u00f3n de las conferencias y de las repeticiones de oraci\u00f3n y que conservaban todav\u00eda todo el fervor adquirido en la meditaci\u00f3n, parec\u00edan rasgos inflamados que penetraban del amor por Dios a los que las o\u00edan. Los eclesi\u00e1sticos de la Conferencia le escuchaban con tanto placer, a causa del fruto que sacaban de sus palabras que aunque hubiera en la conferencia personajes de una gran ciencia y de los primeros de la corte romana, prefer\u00edan que fuera \u00e9l quien concluyera la conferencia para no verse privados de de los sentimientos de devoci\u00f3n que sus palabras difund\u00edan en los corazones de sus oyentes. Sus cohermanos igualmente ten\u00edan tanto gusto de o\u00edrle que durante sus \u00faltimos a\u00f1os inclusive, cuando el cierre pectoral y de garganta estorbaban la palabra y le imped\u00edan ser o\u00eddo, no se saciaban nunca de escucharle. Por m\u00e1s que se excus\u00f3 y pidi\u00f3 a los superiores mayores que le reemplazaran para las conferencias alegando que no pod\u00eda ya hacerse o\u00edr, no pudieron resolverse a ello y sus cohermanos, mientras pudiera hablar, no quisieron a otro ya que encontraban un provecho espiritual demasiado grande en sus charlas de piedad.<\/p>\n<p>El amor que el Sr. Mart\u00edn profesaba a Dios no se limitaba a probar consuelos interiores y a pensar en dios y hablar de \u00e9l, se mostraba sobre todo en las obras, pues en ello consiste el verdadero y s\u00f3lido amor de Dios, y en primer lugar se esmeraba en evitar todo lo que pod\u00eda de alguna manera desagradar a Dios; y pon\u00eda en ello tanto cuidado, que no s\u00f3lo evitaba las faltas graves sino hasta las m\u00e1s ligeras y menores imperfecciones. En cuanto a las faltas graves, la opini\u00f3n com\u00fan y constante de los que han conocido a fondo su interior es que ha estado exento siempre de ellas, y que ha conservado pura y sin mancha, durante toda su vida, su inocencia bautismal, es lo que declar\u00f3 una persona que hab\u00eda o\u00eddo varias veces su confesi\u00f3n. No existe dificultad en creerlo, sobre todo si se tiene en cuenta que entr\u00f3 muy joven en la Congregaci\u00f3n, es decir a la edad de dieciocho a\u00f1os, y que mientras hab\u00eda permanecido en el mundo, adem\u00e1s de la bondad de su car\u00e1cter, su inclinaci\u00f3n a la piedad, desde su m\u00e1s tierna infancia, la buena educaci\u00f3n de sus padres y de sus maestros, hab\u00eda tenido, dado su temperamento delicado, una salud bastante d\u00e9bil y hab\u00eda sufrido mucho, como lo hemos dicho al comenzar el primer libro, de la cabeza y del est\u00f3mago; y la enfermedad del cuerpo debilita de ordinario el fuego de la concupiscencia, que es el escollo en el que la juventud acaba naufragando. A partir del momento en que entr\u00f3 en la Congregaci\u00f3n, es cosa cierta que trabaj\u00f3 constantemente en evitar las menores imperfecciones; ya que abstenerse de pecados mortales, o incluso veniales, deliberadamente, es cosa com\u00fan en la congregaci\u00f3n, hasta en los m\u00e1s imperfectos.<\/p>\n<p>El Sr. Mart\u00edn era tan cuidadoso de conservar su coraz\u00f3n puro y limpio de toda apariencia de falta que los ojos m\u00e1s observadores no han podido nunca descubrir en \u00e9l nada que se pudiera calificar con fundamento de pecado venial; no obstante se acercaba frecuentemente al sacramento de la penitencia con vivos sentimientos de dolor y de contrici\u00f3n. Conviene traer aqu\u00ed el testimonio que un sacerdote de la Misi\u00f3n ha dado de la inocencia de vida del Sr. Mart\u00edn: \u00ab<em>He tenido la suerte, dice, de o\u00edr su confesi\u00f3n general que quiso hacer durante el retiro, y a partir de su m\u00e1s tierna infancia, con el fin, dec\u00eda \u00e9l, de prepararse a la muerte. Oh Dios, \u00bfdebo decirlo? su vida ha sido tan inocente y tan pura que puedo afirmar que ha permanecido siempre virgen y no me cabe la menor duda de que sea del n\u00famero de los que siguen al Cordero por todas partes por donde va; su conciencia no era menos delicada en todos los dem\u00e1s puntos. Ah, qu\u00e9 grande es el Sr. Mart\u00edn, no creo que haya pecado nunca mortalmente; en sus primeros a\u00f1os ha tenido maestros buenos y piadosos, y pod\u00eda decir al entrar en la Congregaci\u00f3n: \u00abEgo autem in innocentia mea ingressus sum; entr\u00e9 con mi inocencia. Todos sabemos la vida que ha llevado desde entonces\u00bb<\/em>. Son las palabras de este sacerdote. No contento con evitar todo pecado que hubiera podido hacerle menos agradable a Dios, el Sr. Mart\u00edn buscaba tambi\u00e9n con todas sus fuerzas hacerlo todo para agradar a dios m\u00e1s. Y hemos visto en el primer libro todo lo que hizo por extender su reino y probar su gloria; comenz\u00f3, casi inmediatamente despu\u00e9s de entrar en la Congregaci\u00f3n, a entregarse a los trabajos apost\u00f3licos en las misiones, no siendo a\u00fan m\u00e1s que cl\u00e9rigo, y continu\u00f3 durante cincuenta y cinco a\u00f1os y cuatro meses que fue misionero, trabajando sin interrupci\u00f3n por el amor de su Dios. este amor ha sido el \u00fanico fin que le ha hecho actuar en todo lo que ha hecho, y , y podemos verlo claramente, no s\u00f3lo en el cuidado que pon\u00eda en ofrecer cada ma\u00f1ana a Dios todas sus acciones del d\u00eda y renovar su intenci\u00f3n al comenzarlas, en elevar a Dios al sonido del reloj ya que entonces se levantaba su bonete y hac\u00eda una breve oraci\u00f3n jaculatoria pata ofrecer a Dios sus obras; pero uno puede llegar a convencerse m\u00e1s todav\u00eda por la prontitud que pon\u00eda en huir de todo lo que pod\u00eda atraerle la estima de los hombres, sabiendo bien que todo el honor que uno se atribuye se lo roba a Dios. Como consecuencia de la gran fama que ten\u00eda en el Piamonte, cada vez que se terminaba una misi\u00f3n, los principales del lugar quer\u00edan acompa\u00f1arle en varias millas de distancia, a veces hasta el lugar de la misi\u00f3n siguiente, o hasta Tur\u00edn. Para evitar estos cortejos y estos aplausos elogiosos, se escapaba de noche y a pie cuando pod\u00eda. Una vez, entre otras, quiso huir de Carmagnola de un modo parecido para evitar esta ceremonia, y sali\u00f3 pues de la casa a media noche y se dirigi\u00f3 hacia la puerta de la ciudad; pero el cuerpo de guardia ten\u00eda orden del gobernador de no dejarle salir sin avisar; le abrieron pues la primera puerta , pero no la segunda, bajo pretexto que no se encontraba la llave, y de esta forma se qued\u00f3 encerrado entre las dos puertas, donde hubo de esperar hasta por la ma\u00f1ana, en medio del invierno y con un fri\u00f3 riguroso. Durante ese tiempo, los principales de la ciudad prepararon sus caballos y se pusieron en orden para acompa\u00f1arle. Pero estos cortejos, cuando no pod\u00eda evitarlos, eran para \u00e9l una verdadera mortificaci\u00f3n, y ten\u00eda por costumbre de pararse de vez en cuando para pedir a estos se\u00f1ores que se volvieran, diciendo que no quer\u00eda ninguna gloria para s\u00ed y que no reclamaba m\u00e1s que la de Dios. Se ten\u00eda tal estima de \u00e9l en el Piamonte que los primeros gentilhombres de esta Corte consideraban como un gran honor verle y hablarle; pero \u00e9l, por su parte, para huir de esta gloria mundana, no iba casi nunca a visitar a los grandes personajes; no lo hac\u00eda m\u00e1s que por pura necesidad, y hasta fue preciso una vez que uno de los sacerdotes de su Congregaci\u00f3n le llevara como por la fuerza para visitar a un prelado en una circunstancia que parec\u00eda favorable a las funciones de la Misi\u00f3n. Para que el Sr. Mart\u00edn apareciera en los palacios, era preciso que viera en ello, hasta la \u00faltima evidencia, la necesidad y la gloria de Dios. Aunque tuviera tantas obligaciones con la casa del marqu\u00e9s de Pianezza, se manten\u00eda tan lejos de ella, lo mismo que de los palacios de sus hijas, que una de \u00e9stas, interrogada un d\u00eda por un sacerdote de la Misi\u00f3n, que iba a Roma, si no ten\u00eda alg\u00fan recado particular para el Sr. Mart\u00edn, que hab\u00eda sido superior en Tur\u00edn por m\u00e1s trece a\u00f1os, le respondi\u00f3 que no hab\u00eda conocido m\u00e1s que muy poco al Sr. Mart\u00edn, y adem\u00e1s por su fama tan s\u00f3lo. El Sr. Mart\u00edn no actuaba as\u00ed por falta de agradecimiento, ya que cuando el marqu\u00e9s de Pianezza, hastiado de la Corte, se retir\u00f3 del mundo para entrar en el Convento de los Padres Agustinos descalzos de Pianezza, no dej\u00f3 de ir a llevarle todos los testimonios posibles de su gratitud y de su entrega, si bien estos tr\u00e1mites pudieran causarle ante los Se\u00f1ores de la Corte. Y en Roma, donde tuvo ocasi\u00f3n de servir a tantos pr\u00edncipes por las misiones dadas en sus tierras, y a tantos prelados en los retiros, cu\u00e1ntos honores no habr\u00eda podido granjearse en sus cortes! Pero estaba tan lejos de de buscar los homenajes del mundo, que sent\u00eda horror a las casas de los grandes y no aparec\u00eda por all\u00e1 casi nunca. Hablaremos todav\u00eda m\u00e1s de esto, en el cap\u00edtulo de la humildad, de su distanciamiento de los honores del mundo. Que sea suficiente aqu\u00ed mostrar que en todas sus acciones no busc\u00f3 nunca m\u00e1s que la sola gloria de Dios, pues el \u00fanico amor de dios era el m\u00f3vil de todo lo que hac\u00eda.<\/p>\n<h2>XIV. Su celo por la salvaci\u00f3n de las almas.<\/h2>\n<p><em> <\/em>Quien ama verdaderamente a Dios no se contenta con dedicarse por entero al servicio de su bien amado, trata tambi\u00e9n de ganarse a la mayor parte posible de imitadores de su amor, y por eso se entrega a ganar almas para Dios para aumentar su gloria. Esto hac\u00edan los Ap\u00f3stoles, seg\u00fan dec\u00eda san Pablo: <em>Charitas Christi urget nos, <\/em>la caridad de Jesucristo nos apremia, y es lo que deben hacer todos los hombres apost\u00f3licos y los verdaderos misioneros. Por poco que examinemos la vida del Sr. Mart\u00edn. Este hombre verdaderamente apost\u00f3lico, veremos que desde el momento en que entr\u00f3 en la Congregaci\u00f3n hasta sus \u00faltimos a\u00f1os, ha sido empleada toda en al servicio de las almas. Y a\u00fan antes de ser misionero, y desde su infancia, trataba con sus charlas familiares de llevar a la piedad a las gentes de su casa y a sus compa\u00f1eros, como ya hemos visto. Uno vez en la Congregaci\u00f3n, , comenz\u00f3, siendo s\u00f3lo cl\u00e9rigo, a ir de misi\u00f3n, y sin poder confesar ni predicar, dispon\u00eda a los penitentes para la confesi\u00f3n; les ense\u00f1aba primero los principales misterios de la fe y los excitaba a la contrici\u00f3n y al firme prop\u00f3sito, luego les daba un papelito, con el que se presentaban al confesor y eran admitidos al punto y confesados con mayor prontitud; ya que una vez que se sab\u00eda que hab\u00edan sido instruidos por el Sr. Mart\u00edn sobre lo necesario, no hab\u00eda preocupaciones. Esta costumbre de hacer examinar e instruir a los penitentes por un cl\u00e9rigo antes de presentarse en el confesionario dur\u00f3 por alg\u00fan tiempo en las misiones, sobre todo en la regi\u00f3n de G\u00e9nova, y sirvi\u00f3 de gran ayuda a los penitentes y gran alivio para los confesores. Una vez ordenado de sacerdote, comenz\u00f3 a ir a misiones y a predicar, y continu\u00f3 esta funci\u00f3n durante toda su vida, con excepci\u00f3n de los a\u00f1os en que fue superior de la casa de Roma, pues entonces las ocupaciones importantes anejas a este oficio le obligaron a guardar la casa. No obstante, no estaba ocioso y se entregaba tal vez con m\u00e1s provecho todav\u00eda para los fieles en servir a todos los eclesi\u00e1sticos que llegan continuamente a esta casa, bien para los retiros, bien para las conferencias sobre las materias eclesi\u00e1sticas, bien por \u00faltimo para ense\u00f1ar las ceremonias y las dem\u00e1s ciencias sagradas, y m\u00e1s aun para adquirir el esp\u00edritu eclesi\u00e1stico en la pensi\u00f3n establecida en esta casa. en todas sus predicaciones como en las dem\u00e1s funciones parecidas, su \u00fanico fin era buscar la gloria de Dios y la salvaci\u00f3n de las almas. Si bien ten\u00eda un esp\u00edritu muy elevado y rico en bellos conceptos, que habr\u00eda podido halagar a los oyentes con pensamientos propios para llamar su curiosidad, pero el se dedicaba a ser muy familiar y a servirse de comparaciones populares para adaptarse al auditorio, y se serv\u00eda de expresiones propias de la regi\u00f3n para hacerse comprender de los campesinos m\u00e1s sencillos. Tales eran el celo y el fervor con los que anunciaba la palabra de Dios que muchos dec\u00edan que no hab\u00edan o\u00eddo nunca a un hombre hablar de Dios a un hombre con tanto fuego y elevaci\u00f3n que parec\u00eda ser un san Pablo cuando predicaba. Realizaba tantos movimientos en el p\u00falpito que bajaba de ordinario ba\u00f1ado en sudor, con la sotana empapada incluso en mitad del invierno; de manera que en Garessio una mujer se coloc\u00f3 por devoci\u00f3n debajo del p\u00falpito. A fin de recoger como perlas las gotas de sudor que ca\u00edan de la frente del Sr. Mart\u00edn. Pero lo admirable de esta ocasi\u00f3n fue la exclamaci\u00f3n de la hija peque\u00f1a de esta piadosa mujer la que, hall\u00e1ndose al lado de su madre, se puso a decirle: <em>\u00abMadre, madre, \u00bfno veis esa bonita paloma que est\u00e1 sobre los hombros del Sr. Mart\u00edn?\u00bb<\/em> Por esto, sin duda, lleg\u00f3 a decirse que el Esp\u00edritu Santo le inspiraba lo que ten\u00eda que decir en el p\u00falpito.<\/p>\n<p>En los comienzos, cuando ve\u00eda una fluencia tan grande para las predicaciones y las confesiones, no escuchando m\u00e1s que a su celo para aliviar a las almas apagando su sed con las aguas de la gracia, no se perdonaba ninguna fatiga ni ten\u00eda ning\u00fan cuidado por su salud, prolongando sus sermones a veces por una hora y media, no poniendo l\u00edmites a las sesiones del confesionario, recibiendo a los penitentes a cualquier hora y en cualquier lugar, de manera que no le quedaba un momento para respirar, y no viendo el momento para dar a su cuerpo el alimento y el descanso necesarios. Fue su celo el que determin\u00f3 en gran parte a los superiores a fijar la duraci\u00f3n de los sermones e instrucciones en una hora lo m\u00e1s, y la de las confesiones a ocho horas al d\u00eda. En su ancianidad, cuando le faltaron las fuerzas, no perdi\u00f3 por esto el deseo de ir a misiones, y apenas hubo cedido el oficio de superior de la casa de Roma al Sr. Pancrazio Gini, cuando le pidi\u00f3 por favor ir a misiones, diciendo que si no pod\u00eda hacer otra cosa, ayudar\u00eda al menos en las confesiones. Como no se lo permitieron, hizo el oficio de confesor ordinario en la casa y, a cualquier hora que se lo pidieran para confesarse, sea que estuviera en su habitaci\u00f3n, o estuviera en el coro asistiendo a la misa mayor, part\u00eda inmediatamente a donde le llamaban, aunque le costara mucho, sobre todo por el fr\u00edo durante el invierno; pero sin prestar atenci\u00f3n alguna a sus incomodidades una vez que se trataba de socorrer a las almas.<\/p>\n<p>El celo del Sr. Mart\u00edn no era amargo, \u00e1spero ni riguroso, sino tal como el Ap\u00f3stol lo pide de los verdaderos misioneros y tal como lo deseaba san Vicente en sus hijos. Por su dulzura, en efecto, el Sr. Mart\u00edn parec\u00eda una imagen viva de san Vicente, y todos los que le han conocido confiesan que esta dulzura, esta afabilidad, eran de una naturaleza muy particular en \u00e9l, de manera que no hab\u00eda pecador tan obstinado, por endurecido que fuera que pudiera resistir al los dos atractivos de su amable caridad. Sus sermones eran fuertes, es cierto, y fundados en s\u00f3lidas razones tomadas de ordinario de la sagrada Escritura; pero comenzaban con un tono tan afectuoso que enternec\u00edan los corazones m\u00e1s duros, los penetraban de compunci\u00f3n y les hac\u00edan derramar l\u00e1grimas. Detestaba soberanamente la moda de hablar \u00e1spero, las expresiones desesperanzadoras, y quer\u00eda que en el p\u00falpito y mucho m\u00e1s en el confesionario se ganara a los pecadores por la miel de la piedad; es lo que \u00e9l mismo hac\u00eda, y cuando se ve\u00eda obligado a negar o a diferir la absoluci\u00f3n a los pecadores, lo hac\u00eda con un tono tan dulce que nadie se retiraba sin verse consolado. Con los sacerdotes y dem\u00e1s eclesi\u00e1sticos que ven\u00edan a hacer el retiro se comportaba de maneras no s\u00f3lo afables y educadas, sino tambi\u00e9n tan respetuosas y tan humildes, que encantaba sus corazones y los cautivaba a todos. Entre un gran n\u00famero de rasgos que se podr\u00edan citar, no encontramos m\u00e1s que el siguiente, sucedido en Roma. Un doctor en derecho, queriendo ser sacerdote, fue obligado a venir a hacer retiro a la Misi\u00f3n, en virtud del breve de Alejandro VII, que proh\u00edbe bajo pena de suspensi\u00f3n ipso facto recibir las \u00f3rdenes en Roma o en los seis obispados sufrag\u00e1neos de Roma sin haber hecho el retiro en la Misi\u00f3n. Pues bueno, este doctor estaba tan opuesto a los misioneros que su s\u00f3lo nombre le hac\u00eda temblar, porque hab\u00edan llegado a decirle que eran herejes y que uno de ellos hab\u00eda sido quemado recientemente como tal en el campo de flore y otras falsedades parecidas que le hab\u00edan hecho concebir un horror extremo a los misioneros; adem\u00e1s, siendo considerados los misioneros como Franceses, este t\u00edtulo solo bastaba para hac\u00e9rselos detestar, habiendo nacido s\u00fabdito espa\u00f1ol. Fue preciso sin embargo venir al retiro y venir en compa\u00f1\u00eda de aquellos mismos que le hab\u00edan informado tan mal contra los misioneros y que continuaban todav\u00eda calent\u00e1ndole la cabeza. Sucedi\u00f3 muy afortunadamente para \u00e9l que el Sr. Mart\u00edn dirig\u00eda este retiro y se qued\u00f3 tan encantado de las maneras dulces y educadas de este buen misionero que dec\u00eda de vez en cuando a sus compa\u00f1eros: <em>\u00ab\u00bfSon \u00e9stos a los que cre\u00edais herejes\u00bb?<\/em> No s\u00f3lo perdi\u00f3 por completo la mala opini\u00f3n que ten\u00eda de los misioneros, sino que les cobr\u00f3 tal afecto que desde entonces form\u00f3 el proyecto de entrar en la Congregaci\u00f3n; regres\u00f3 poco despu\u00e9s a su pa\u00eds, arregl\u00f3 los asuntos de familia, y pas\u00f3 a G\u00e9nova, donde pidi\u00f3 y obtuvo su admisi\u00f3n en la Congregaci\u00f3n; en ella persever\u00f3 trabajando con ardor para la gloria de Dios y reconociendo deber, despu\u00e9s de a Dios, la gracia de su vocaci\u00f3n a la piedad, a la devoci\u00f3n y a la afabilidad del Sr. Mart\u00edn.<\/p>\n<p>Por ardiente que fuera su celo por la salvaci\u00f3n de las almas, \u00e9l era no obstante muy discreto y ordenado. Se hab\u00eda entregado con mucho cuidado a aprender y desempe\u00f1ar bien todas las funciones propias de su Instituto para las que ten\u00eda un talento singular. Pero aparte de eso no buscaba ninguna otra, a pesar de que hubiera empresas en los dem\u00e1s religiosos con una finalidad laudable, y \u00e9l se manten\u00eda dentro de los l\u00edmites de su estado. no buscaba tampoco dar muchas misiones ni o\u00edr muchas confesiones, sino hacerlo todo bien; por eso daba a sus funciones todo el tiempo necesario, y despu\u00e9s de trabajar por alg\u00fan tiempo en las misiones, se retiraba para repasar sus redes y se fijaba algunos d\u00edas de recogimiento extraordinario.<\/p>\n<h2>XV. De su devoci\u00f3n y de su oraci\u00f3n.<\/h2>\n<p>Del gran amos que el Sr. Mart\u00edn ten\u00eda para con Dios resultaba esta devoci\u00f3n extraordinaria con la que realizaba cuanto pertenec\u00eda directamente al culto de Dios, en lo cual parec\u00eda encontrar su centro y todo su consuelo; no har\u00eda otra cosa durante todo el d\u00eda, podr\u00edamos decir, que ocuparse en el servicio de Dios y de la Iglesia, sobre todo los d\u00edas festivos en los que pasaba la mayor parte del tiempo en la iglesia orando, oyendo misas, asistiendo a los oficios divinos, dando conferencias y charlas espirituales. Los d\u00edas entre semana, aparte de su hora ordinaria de oraci\u00f3n que hac\u00eda siempre con los dem\u00e1s, o bien, cuando estaba impedido por alg\u00fan asunto, solo en la iglesia cuando pod\u00eda, , se elevaba tambi\u00e9n a Dios a menudo con oraciones jaculatorias, y cuando sus ocupaciones se lo permit\u00edan robaba algunos momentos para d\u00e1rselos a Dios. Ha sabido ocultar tan bien por su humildad las dulces conversaciones y las gracias particulares que recib\u00eda en la oraci\u00f3n que nunca se podido saber de ellas; mas al ver el gran fervor con el que hablaba de Dios en las repeticiones de oraci\u00f3n en uso en la Congregaci\u00f3n y el fuego que brillaba entonces en su rostro, se puede juzgar f\u00e1cilmente cu\u00e1l deb\u00eda ser la hoguera de amor que consum\u00eda su coraz\u00f3n. Es verdad que no le gustaban esos m\u00e9todos extraordinarios de oraci\u00f3n que est\u00e1n sometidos a las ilusiones y, a\u00fan antes de que se prohibieran ciertos libros que las expon\u00edan, ya los rechazaba, y quer\u00eda que los que estaban bajo su direcci\u00f3n no siguieran otro m\u00e9todo que el que est\u00e1 en uso en la congregaci\u00f3n, y que se llama la meditaci\u00f3n afectiva.<\/p>\n<p>Podemos ver la eficacia de sus oraciones y del favor del que gozaban ante Dios por lo que vimos en el cap\u00edtulo tercero del primer libro, cuando obtuvo de Dios, mediante sus s\u00faplicas, la salud suficiente para continuar su viaje de G\u00e9nova a Roma, la primera vez que se dirig\u00eda de Par\u00eds a esta ciudad, no siendo m\u00e1s que cl\u00e9rigo. . Podemos verlo igualmente por la conversi\u00f3n se tantas almas que ha llevado a Dios, pues estas conversiones son debidas m\u00e1s a la eficacia de sus oraciones que a la fuerza de sus discursos y, en efecto, aunque tuviera una gran costumbre de la predicaci\u00f3n, no sub\u00eda jam\u00e1s al p\u00falpito sin haberse preparado y la preparaci\u00f3n consist\u00eda en ponerse de rodillas, teniendo delante de \u00e9l el cuaderno que conten\u00eda lo que iba a decir, encomendando a Dios a su audiencia; y ten\u00eda la costumbre de decir que para convertir a las almas hay que hablar m\u00e1s de ellas a Dios que de Dios a ellas, y a prop\u00f3sito confes\u00f3 \u00e9l mismo una vez que \u00e9l no hab\u00eda pedido nunca a Dios la gracia de reconciliar a los enemigos sin haberla obtenido.<\/p>\n<p>Por el dato siguiente, mejor todav\u00eda que por lo que precede, veremos que trataba con Dios el asunto de de la conversi\u00f3n de las almas, y recib\u00eda gracias muy particulares a este efecto. Un d\u00eda que hab\u00eda vuelto a casa despu\u00e9s de un serm\u00f3n predicado sobre el perd\u00f3n de las injurias, dijo al hermano que si por la tarde ven\u00eda alguien para hablarle, que no le despidiera. No tard\u00f3 efectivamente en presentarse un hombre quien hasta entonces se hab\u00eda obstinado en no perdonar pero que hab\u00eda ido a ese serm\u00f3n y se hab\u00eda reconciliado. Ten\u00eda una gran devoci\u00f3n a la santa mise que no omiti\u00f3 jam\u00e1s celebrarla todos los d\u00edas si pod\u00eda, ayudaba en otra con gran devoci\u00f3n; y el d\u00eda de Navidad serv\u00eda a tres seguidas, aun en su avanzada edad. Ten\u00eda una gran pr\u00e1ctica y conocimiento exacto de las r\u00fabricas y de las ceremonias eclesi\u00e1sticas, incluso de las m\u00e1s peque\u00f1as particularidades, como del N\u00famero de Oro de la Epacta y de todas las peque\u00f1as tablas que est\u00e1n a la cabeza del breviario y del misal. Le gustaba explicar los Salmos, y conoc\u00eda el sentido m\u00e1s profundo de las lecciones y de los himnos y con frecuencia se pon\u00eda a ense\u00f1\u00e1rselos a los j\u00f3venes, y estos hermosos conocimientos le serv\u00edan para recitar el oficio divino y celebrar los santos misterios con m\u00e1s devoci\u00f3n. En las solemnidades extraordinarias, preve\u00eda exactamente todas las ceremonias con el fin de practicarlas perfectamente, y no se fiaba de la experiencia que ten\u00eda al cabo de tantos a\u00f1os; mandaba incluso a un cl\u00e9rigo que le ense\u00f1ase el canto, para no omitir nada, ni siquiera el menor detalle; y en su ancianidad, los inviernos cuando sus manos se encontraban desgarradas por los saba\u00f1ones y sus rodillas no pod\u00edan plegarse sin dolor, quer\u00eda hacer siempre la se\u00f1al de la cruz y las genuflexiones hasta el suelo sin apoyarse, con lo que ocurr\u00eda que se ca\u00eda al suelo, pero no cesaba de seguir y de hacer todas las ceremonias sagradas con su exactitud acostumbrada.<\/p>\n<p>A prop\u00f3sito, creemos un deber incluir aqu\u00ed lo que alguien ha dejado por escrito alg\u00fan tiempo despu\u00e9s de su muerte:<\/p>\n<p><em>\u00abSiempre not\u00e9 en el Sr. Mart\u00edn un gran respeto y gran reverencia por todo lo que se refer\u00eda al culto de Dios, y principalmente a las funciones santas, a las que llevaba un recogimiento poco ordinario y una modestia tan impresionante que llevaba a la devoci\u00f3n a quien le miraba, y he o\u00eddo decir esto mismo a los dem\u00e1s. Le he ayudado la misa varias veces y tuve siempre ocasi\u00f3n de humillarme, al ver en \u00e9l un recogimiento tan profundo, bien al revestirse, bien al acercarse al altar; hab\u00eda cierta majestad, y ese exterior imperturbable le acompa\u00f1aba en todas las funciones sagradas. No recuerdo haberle visto nunca precipitarse en ninguna de las acciones que pertenecen a las ceremonias; conservaba en ellas siempre la misma calma. V\u00ed sobre todo que en la comuni\u00f3n, su rostro parec\u00eda tan devoto y tan compuesto que delataba el fuego interior de su coraz\u00f3n. Despu\u00e9s de la misas, se manten\u00eda en una postura tan recatada y tan humilde que se ve\u00edan en exterior los actos que produc\u00eda su alma, y por lo com\u00fan hac\u00eda media hora de acci\u00f3n de gracias oyendo otra misa o ayudando a veces con tanta humildad y devoci\u00f3n que se le hubiera tomado por un seminarista de los m\u00e1s fervientes. En el oficio divino. La \u00fanica vista de su recogimiento me penetraba de compunci\u00f3n y devoci\u00f3n. Tan empapado como estaba en los sentimientos de religi\u00f3n, no pod\u00eda sufrir la menor inmodestia cometida en las ceremonias sagradas. Cuando ten\u00eda ocasi\u00f3n de hablar sobre este tema, lo hac\u00eda con un gran ardor y gran energ\u00eda; mostraba con qu\u00e9 modestia y con qu\u00e9 devoci\u00f3n se deb\u00edan tratar las cosa santas\u00bb<\/em>. Son las palabras de este relato y todos los que nos han dejado algunas memorias sobre este siervo de Dios atestiguan que conservaba en las ceremonias y todas las funciones eclesi\u00e1sticas una majestad, una gravedad, una modestia y una devoci\u00f3n extraordinarias que revelaban en \u00e9l a un verdadero sacerdote, lleno del esp\u00edritu eclesi\u00e1stico. Recitaba el breviario mientras pod\u00eda en com\u00fan con los dem\u00e1s, lo recitaba en su habitaci\u00f3n y de rodillas, incluso en su ancianidad.<\/p>\n<p>No se contentaba con hacer exactamente todas las ceremonias eclesi\u00e1sticas, ten\u00eda cuidado tambi\u00e9n de llevar a los dem\u00e1s a la misma exactitud. Cuando era superior avisaba del menor defecto, de la menor irreverencia que percib\u00eda en las funciones santas. No permit\u00eda siquiera a los sacristanes que se acercaran al altar mientras se celebraba la misa, tanto para cambiar los cirios como para hacer otra cosa parecida, diciendo que pod\u00eda ser una ocasi\u00f3n de distracci\u00f3n para el celebrante; y quer\u00eda que se tomaran todas estas disposiciones antes o despu\u00e9s de la misa.<\/p>\n<p>Aprovechaba todas las ocasiones que se presentaban de ense\u00f1ar a los externos las ceremonias de la santa misa. Por eso durante las misiones hac\u00eda repetir, por s\u00ed mismo o por otro misionero, las ceremonias de la misa rezada a todos los sacerdotes que reun\u00eda para la conferencia espiritual, y cuando hab\u00eda que cantar la misa en misi\u00f3n, quer\u00eda que antes se examinara a los sacerdotes externos que deb\u00edan tomar parte en esta ceremonia. En Roma, hac\u00eda tambi\u00e9n repetir las ceremonias de la misa rezada a los sacerdotes de la Conferencia y esto varias veces al a\u00f1o a fin de refrescarles la memoria y corregir los defectos que se hubieran podido deslizar.<\/p>\n<p>Hac\u00eda lo mismo con los suyos no s\u00f3lo en lo que se refiere a la misa rezada, sino tambi\u00e9n con ocasi\u00f3n de otras ceremonias extraordinarias, como de la Candelaria o de la Ceniza. Un eclesi\u00e1stico de vida muy ejemplar, anciano ya, hac\u00eda mal las ceremonias de la misa, el Sr. Mart\u00edn para corregirle con toda suavidad y sin que, por as\u00ed decirlo, el delincuente se diera cuenta, aprovech\u00f3 varias veces la ocasi\u00f3n de ponerle de di\u00e1cono en la misa mayor, y un cl\u00e9rigo advirti\u00f3 que dirig\u00eda al celebrante y supl\u00eda sus defectos con tanta destreza que los ojos m\u00e1s penetrantes no pod\u00edan darse cuenta. En muchas otras ocasiones le sucedi\u00f3 hacer lo mismo, de manera que parec\u00eda novato, al decir de alguien que le ha conocido y tratado desde que siendo cl\u00e9rigo ayudaba a la misa de san Vicente; parec\u00eda novato, digo, para ocultar y suplir los defectos de otro, sobre todo en la iglesia.<\/p>\n<p>El Sr. Mart\u00edn prestaba los mismos cuidados en lo que se refiere al h\u00e1bito eclesi\u00e1stico y la tonsura y quer\u00eda que todos los eclesi\u00e1sticos que estaban bajo su direcci\u00f3n sirvieran de modelo a los dem\u00e1s y conservaran la dignidad de su estado. As\u00ed pues no permit\u00eda a los se\u00f1ores pensionistas llevar el pelo largo, ni el h\u00e1bito corto en casa ni en la ciudad, ni siquiera cuando llov\u00eda y las calles estaban embarradas. Un d\u00eda que llov\u00eda, el abate Fattinelli, no sabiendo si habr\u00eda conferencia por el mal tiempo, hab\u00eda venido con h\u00e1bito corto; el Sr. Mart\u00edn le hizo una suave reprimenda que fue eficaz, y este abate qued\u00f3 tan edificado que ha querido que se mencione esto, incluso nombr\u00e1ndole en esta historia, para servir de lecci\u00f3n a los dem\u00e1s. El Sr. Mart\u00edn no fue menos fiel en conservar todas las dem\u00e1s pr\u00e1cticas que ha dejado san Vicente a sus misioneros, como descubrirse la cabeza al dar las horas para recordar la presencia de Dios, arrodillarse al entrar en la habitaci\u00f3n o al salir para ofrecer a Dios lo que se va a hacer, visitar al Sant\u00edsimo Sacramento cada vez que sal\u00eda de casa o entraba, leer todos los d\u00edas un cap\u00edtulo del Nuevo Testamento, de rodillas y con la cabeza descubierta, hacer tambi\u00e9n una lectura espiritual cada d\u00eda al menos de media hora, invocar a la Sant\u00edsima Trinidad, por la ma\u00f1ana al levantarse y por la noche al acostarse, para ofrecerle las primicias del d\u00eda y reconocerla como el \u00faltimo fin de sus obras, invocar el auxilio del \u00e1ngel de la guarda de las personas y de los lugares donde deb\u00eda dar la misi\u00f3n y otras parecidas. Pero la pr\u00e1ctica que observaba con mayo gusto y m\u00e1s dedicaci\u00f3n era el retiro anual que hac\u00eda con sus cohermanos durante ocho d\u00edas completos; y como lo hac\u00eda casi siempre por la fiesta de san Denis, el 9 de octubre, que era el d\u00eda de su entrada en la Congregaci\u00f3n, aprovechaba esta ocasi\u00f3n para renovarse por completo en esp\u00edritu, como si no hubiera hecho m\u00e1s que comenzar a servir a Dios. Su devoci\u00f3n a la Sant\u00edsima Virgen era muy grande y se advert\u00eda sobre todo en sus fiestas que celebraba con una preparaci\u00f3n extraordinaria, y en estos d\u00edas su devoci\u00f3n se volv\u00eda m\u00e1s sensible. Ayunaba todos los s\u00e1bados en su honor y cuando sal\u00eda de la casa para tomar el aire se dirig\u00eda siempre hacia Santa Mar\u00eda Mayor para ofrecer sus homenajes y sus oraciones a la sant\u00edsima Virgen.<\/p>\n<h2>XVI. Su caridad para con el pr\u00f3jimo.<\/h2>\n<p>De la gran caridad que el Sr. Mart\u00edn ten\u00eda para con Dios nac\u00eda este amor loco que sent\u00eda por el pr\u00f3jimo, a cuyo servicio consagr\u00f3 toda su vida, y desde el momento de su entrada en la Congregaci\u00f3n hasta el final la consumi\u00f3 entera en provecho de las almas y en el servicio del pr\u00f3jimo, sobre todo de los pobres m\u00e1s abandonados. No hablaremos m\u00e1s aqu\u00ed sobre lo que hizo por las almas, pues se ha dicho bastante al hablar de su celo.<\/p>\n<p>La reputaci\u00f3n del pr\u00f3jimo era tan sagrada que no s\u00f3lo no se ha o\u00eddo salir de su boca palabra alguna que pidiera da\u00f1ar la reputaci\u00f3n de quien fuese, sino que no permit\u00eda siquiera que los dem\u00e1s lo hicieran en su presencia. As\u00ed que cada uno ten\u00eda a un defensor seguro de su reputaci\u00f3n, dondequiera que el Sr. Mart\u00edn se hallaba.<\/p>\n<p>Del amor que profesaba al pr\u00f3jimo proced\u00eda esta manera de tratarlo, afable y respetuosa, que \u00e9l ten\u00eda con respecto a las personas m\u00e1s sencillas y a los pobres del campo. Sus modales eran tan educados y tan amables que quien conversaba con \u00e9l quedaba bien impresionado, y muchas personas notables por su piedad y su ciencia le llamaban el revisor de corazones, porque en efecto de todos los que conversaban con \u00e9l hab\u00eda muy pocos que no quedaran prendidos en los lazos de su dulzura y de su caridad. No se le presentaba una sola ocasi\u00f3n de ayudar a su pr\u00f3jimo, de palabra o por obra, con tal de que estuviera conforme a su Instituto, que no la aprovechase al instante. Incluso viajando, no ve\u00eda dificultad alguna en detenerse o apartarse del camino para hacer servicios al pr\u00f3jimo, y le sucedi\u00f3 varias veces hacerlos muy importantes, y ten\u00eda la costumbre de decir que nunca hab\u00eda perdido el camino sin encontrar a alguien a quien nacer bien, lo que es f\u00e1cil de creer puesto que no dejaba su ruta sino para volver a alguien al camino del cielo. Su coraz\u00f3n estaba tan lleno de ternura y tan deseoso de de prestar servicio a todos, que era casi un proverbio que el Sr. Mart\u00edn no sab\u00eda decir nunca no; claro que s\u00f3lo cuando no hab\u00eda algo malo; cuando era superior sab\u00eda mantenerse firme en no conceder lo que no pod\u00eda; pero sus negativas iban acompa\u00f1adas de tantas gracias que se convert\u00edan en agradables, y dejaba a todo el mundo contento. Lo que era de verdad admirable en \u00e9l era que, estando obligado, como superior, a negar muchos permisos pedidos, a menudo incluso con importunidad, sea por los Srs. pensionistas, sea por otros, que teniendo de continuo en su habitaci\u00f3n un flujo y reflujo de gente que ven\u00eda por un asunto o por otro, aunque estuviera ocupado en asuntos muy serios o en escribir las cartas urgentes, o en preparar sermones para los externos, recib\u00eda sin embargo a todo el mundo con calma y tranquilidad como si no tuviera otra cosa que hacer, y los dejaba a todos llenos de consuelo y satisfechos, se\u00f1al evidente de su gran caridad y de la paz imperturbable que reinaba en su coraz\u00f3n en medio de todas las ocupaciones. En una ocasi\u00f3n, refiere uno, se preparaba para la conferencia que iba a dar a los eclesi\u00e1sticos externos; varias personas fueron entonces a su habitaci\u00f3n para pedirle algo, de manera que \u00e9l no pod\u00eda en absoluto entregarse a su preparaci\u00f3n; llegu\u00e9 yo tambi\u00e9n para hablarle de no s\u00e9 qu\u00e9, y desde el primer momento, pareci\u00f3 tener alguna dificultad en admitirme, pero cambi\u00f3 enseguida, me escuch\u00f3, y dio satisfacci\u00f3n a cuanto yo le ped\u00eda. Un portero afirma que ha ido a verle varias veces a deshoras, y aun hall\u00e1ndose en la cama, le ha encontrado siempre con rostro sonriente, escuch\u00e1ndole y respondi\u00e9ndole con calma, sin mostrarse nunca impaciente por sus numerosos e importantes mensajes.<\/p>\n<p>Para los pobres, ten\u00eda las entra\u00f1as de la madre m\u00e1s tierna, y en cuanto pod\u00eda, no dejaba de socorrerlos con limosnas; y cuando el portero le avisaba que hab\u00eda en la puerta alg\u00fan necesitado, no permit\u00eda que se le dejara partir sin alguna limosna. El amor que ten\u00eda a los pobres le llev\u00f3 en sus misiones, y sobre todo en el Piamonte, a instituir la Compa\u00f1\u00eda de la Caridad por medio de la cual se recib\u00edan limosnas considerables y \u00e9l era el primero en depositar la suya; luego recorr\u00eda las casas o se pon\u00eda a la puerta de la iglesia con los oficiales de esta cofrad\u00eda pidiendo la limosna para los pobres enfermos. \u00c9l mismo los visitaba o los hac\u00eda visitar por los suyos para aliviar no s\u00f3lo a su alma, sino tambi\u00e9n sus cuerpos con limosnas cuando las necesitaban, y esto principalmente en las misiones.<\/p>\n<p>Al acabar este cap\u00edtulo pondremos lo que ha escrito sobre su caridad con los pobres un misionero que le acompa\u00f1\u00f3 durante varios a\u00f1os, en las misiones del Piamonte: \u00abEra muy caritativo para los pobres y sobre todo para los enfermos y moribundos, y los asist\u00eda con frecuencia, sobre todo en Tur\u00edn, adonde les enviaba con gusto a alguno de los misioneros. En casi todas las misiones se preocupaba por establecer la Compa\u00f1\u00eda de la Caridad para el alivio de los pobres enfermos y la de la Doctrina cristiana, y visitaba o mandaba visitar de vez en cuando a estos cohermanos. Nuestro Se\u00f1or favorec\u00eda su celo con abundantes bendiciones. Cuando hab\u00eda que recoger limosnas para establecer la Compa\u00f1\u00eda de la Caridad, \u00e9l mismo iba a pedir si pod\u00eda, o hac\u00eda al menos que pidieran los misioneros. Por lo com\u00fan, iba acompa\u00f1ado en estas cuestaciones, no s\u00f3lo de las damas inscritas en la cofrad\u00eda sino tambi\u00e9n de los p\u00e1rrocos o dem\u00e1s sacerdotes del lugar, y de algunos principales seculares. Se recib\u00eda todo cuanto se daba, y se tomaba nota de todo lo que se promet\u00eda. En algunos lugares, las mujeres y las j\u00f3venes se desprend\u00edan de sus collares, de sus anillos, sus cruces de oro o de plata para darlas; e incluso en una ciudad donde hab\u00eda jud\u00edos, se lleg\u00f3 a pedir tambi\u00e9n entre ellos, recibi\u00e9ndose cuantiosas limosnas, hasta llegar a recoger en algunos lugares hasta dos mil libras. Todos los d\u00edas, ten\u00eda lugar a la puerta de la casa adonde se alojaba, una buena distribuci\u00f3n a los pobres, y \u00e9l hac\u00eda algunas extraordinarias, seg\u00fan las necesidades. En ciertos sitios, donde hab\u00eda mucha gente, al hacer con m\u00e1s ganas limosnas despu\u00e9s del serm\u00f3n, hac\u00eda colocar a la puerta de la iglesia una mesa en la que se sentaban los oficiales de la Compa\u00f1\u00eda de la Caridad, con un misionero, lo que hac\u00eda que las limosnas eran m\u00e1s abundantes; luego, en las cuestaciones, el Sr. Mart\u00edn sol\u00eda decir que hab\u00eda que hacer los honores a los postulantes, y daba siempre el primero; una vez incluso, hizo que un misionero pusiera cincuenta doblones en el cesto, y su gesto hizo subir la limosna. En una ciudad donde se hac\u00eda la cuestaci\u00f3n para la Cofrad\u00eda de la Caridad, obligada a guardar cama por la fiebre la mujer del gobernador, el Sr. Mart\u00edn fue verla con los oficiales, y esta se\u00f1ora, aparte de mucha ropa y otras cosas convenientes para los pobres enfermos, dio encima seis doblones, aunque el gobernador por su lado hubiera hecho ya su buena limosna, y muy pronto esta se\u00f1ora se vio libre de la fiebre. Cosa que hizo decir al p\u00fablico que entregando los seis doblones hab\u00eda entregado tambi\u00e9n su fiebre\u00bb. Era el relato de ese misionero.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>XIII. De su amor a Dios y de su gran caridad. 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