{"id":16338,"date":"2013-11-27T02:58:32","date_gmt":"2013-11-27T01:58:32","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/?p=16338"},"modified":"2016-07-27T12:10:18","modified_gmt":"2016-07-27T10:10:18","slug":"jean-martin-1620-1694-capitulo-iii","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/jean-martin-1620-1694-capitulo-iii\/","title":{"rendered":"Jean Martin (1620-1694) (Cap\u00edtulo III)"},"content":{"rendered":"<h2><a href=\"http:\/\/vicencianos.org\/blog\/2013\/11\/01\/jean-martin-1620-1694-capitulo-i\/biografias-paules-343\/\" rel=\"attachment wp-att-124757\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-full wp-image-124757\" alt=\"Biografias Pa\u00fales\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2013\/11\/Biografias-Pa%C3%BAles.jpg?resize=232%2C300\" width=\"232\" height=\"300\" \/><\/a>VIII.- Es superior de distintas casas de Italia.<\/h2>\n<p>El Sr. Mart\u00edn no pudo disfrutar por mucho tiempo de la tranquilidad y del descanso del que dispon\u00eda en su calidad de inferior; ya que su estilo de conducta era demasiado agradable y demasiado \u00fatil para que no se le encargara de alg\u00fan superiorato. Fue pues hacia finales de 1670 enviado como superior a G\u00e9nova. Lleg\u00f3 la v\u00edspera de Navidad y fue recibido con gran gozo, no s\u00f3lo por los Misioneros sino por los principales personajes que se acordaban de todo el bien que hab\u00eda hecho en otro tiempo. Se qued\u00f3 en G\u00e9nova cerca de tres a\u00f1os y se ocup\u00f3 con su fervor y su celo ordinarios en dar misiones y retiros a los eclesi\u00e1sticos y a los seglares que se re\u00fanen en esta casa.<\/p>\n<p>En 1674, hacia finales de marzo, es decir despu\u00e9s de las fiestas de Pascua, sali\u00f3 de G\u00e9nova para asumir el puesto de Superior de la casa de Tur\u00edn, a la que era enviado, y de camino pas\u00f3 por Reggio de Lombard\u00eda donde hab\u00eda alguna esperanza de fundar una casa de la Congregaci\u00f3n, para ver las disposiciones que se presentaban; esta casa fue erigida posteriormente. Llegado a Tur\u00edn, recobr\u00f3 su querida ocupaci\u00f3n de las misiones, y cuando pasaba por ciertos lugares del Piamonte donde hab\u00eda dado la misi\u00f3n mucho tiempo atr\u00e1s y donde la gente le cre\u00eda muerto, apenas se enteraban de su llegada cuando todos los habitantes acud\u00edan a verle y no cab\u00edan en s\u00ed de gozo. Es lo que ocurri\u00f3 sobre todo en Carmagnola, cuando se dirig\u00eda de Vigone para dar una segunda misi\u00f3n en Bra. No s\u00f3lo la gente del pueblo sino los principales de la comuna vinieron en corporaci\u00f3n a visitarle y le invitaron a cenar. Nosotros no omitiremos aqu\u00ed un hecho curioso, que le sucedi\u00f3, cierto es, en otra \u00e9poca, pero que encuentra aqu\u00ed su lugar. Un d\u00eda que pasaba por una ciudad del Piamonte, entr\u00f3 en la iglesia, seg\u00fan su costumbre, para saludar al Sant\u00edsimo Sacramento, vio que cantaban un servicio f\u00fanebre muy solemne. Pregunt\u00f3 a uno de los asistentes por qui\u00e9n se cantaba aquella misa y qui\u00e9n se hab\u00eda muerto. \u00c9ste respondi\u00f3 que era por el Padre Don Martini, as\u00ed le llamaban en el Piamonte, que hab\u00eda muerto hac\u00eda poco. Si [304] el pueblo de esta ciudad hab\u00eda mostrado tal puntualidad en hacer celebrar un servicio por \u00e9l a la primera noticia de su muerte, se puede imaginar cu\u00e1l fue el entusiasmo de su alegr\u00eda cuando supo que no s\u00f3lo viv\u00eda, sino que estaba presente..<\/p>\n<p>En medio de estas demostraciones de j\u00fabilo con las que, \u00e9l encontr\u00f3 no obstante a veces a gentes que le acogieron con bastante mala gracia en sus tierras pero que fueron luego castigadas por Dios. Mons. Hyacinte Trucchi pidi\u00f3 la misi\u00f3n para la ciudad de Ivr\u00e9e de la era obispo y obtuvo a este efecto el placet apost\u00f3lico y el permiso especial de la Congregaci\u00f3n. El Sr. Mart\u00edn se present\u00f3 con otros misioneros, pero los principales de la ciudad los recibieron muy mal, bien porque estuviesen descontentos porque el obispo no les hubiera hablado de su proyecto antes de mandar venir a los misioneros. Bien porque las misiones no les parecieran convenientes m\u00e1s que para los pueblos y no para las ciudades, se mostraron poco asiduos a los ejercicios de la misi\u00f3n, muy diferentes en esto de lo que se practicaba en otras ciudades del Piamonte, y de lo que hac\u00edan la gente pobre de esta misma ciudad. No obstante la misi\u00f3n se continu\u00f3 y los pueblos vecinos acudieron con tal abundancia que la catedral no pod\u00eda ya contener a la gente, y hubo que preparar una tarima en una gran plaza que est\u00e1 entre el palacio episcopal y el castillo para celebrar all\u00ed las \u00faltimas ceremonias de la comuni\u00f3n y de la bendici\u00f3n. En el \u00faltimo serm\u00f3n sobre la perseverancia, el Sr. Mart\u00edn dijo a los habitantes que los misioneros no hab\u00edan venido para llevarse los bienes y que no quer\u00edan siquiera llevarse el polvo de su ciudad. Estas palabras quedaron grabadas y las tomaron por una predicci\u00f3n que, en efecto se realiz\u00f3. Mientras que estaba predicando, el cielo se oscureci\u00f3 y sobrevino de improviso una lluvia que le oblig\u00f3 a terminar el serm\u00f3n en pocas palabras de manera que no pudo dar la bendici\u00f3n sino r\u00e1pidamente y sin las ceremonias ni las palabras ordinarias. Al d\u00eda siguiente el Sr. Mart\u00edn sali\u00f3 a pie para ir a visitar a la Madona milagrosa de Oropa. En otras partes, cuando sal\u00eda de una ciudad estaba siempre acompa\u00f1ado de una multitud numerosa y de los principales del lugar; por m\u00e1s que su humildad hab\u00eda pedido e ingeniado para evitar estas demostraciones, para escapar de ellas, se ve\u00eda obligado a menudo a partir de noche; y aun as\u00ed se vigilaban las puertas de la casa para impedirle marchar sin una buena escolta de nobles, y sobre todo lo que era m\u00e1s importante, sin el acompa\u00f1amiento de las l\u00e1grimas de todo un pueblo que lloraba su partida como habr\u00eda llorado la muerte de un padre. All\u00ed no fue lo mismo, y el Sr. Mart\u00edn sali\u00f3 acompa\u00f1ado tan s\u00f3lo de un buen sacerdote, que en las dem\u00e1s misiones hab\u00eda ayudado a los misioneros a confesar. Cuando sali\u00f3 de la ciudad comenz\u00f3 a llover, la lluvia aument\u00f3, el cielo se puso negro, el trueno rugi\u00f3 y los rel\u00e1mpagos surcaron el aire, lo que le oblig\u00f3 a detenerse debajo de un \u00e1rbol. Mientras se hallaba all\u00ed, un rayo cay\u00f3 sobre la torre del castillo de Ivr\u00e9e donde hab\u00eda doscientos barriles de p\u00f3lvora y la lanz\u00f3 hasta las nubes; los pedazos al recaer, aplastaron todo un barrio y ocasionaron la muerte de un gran n\u00famero de habitantes; no qued\u00f3 ninguna casa de la ciudad que no resultara da\u00f1ada, por la ca\u00edda de las piedras, por el fuego, o por la conmoci\u00f3n parecida a un temblor de tierra.<\/p>\n<p>Apenas llevaba tres a\u00f1os de superior en Tur\u00edn, cuando fue enviado otra vez a Roma para ser Superior reemplazando al Sr. Ren\u00e9 Simon, llamado a Francia. Lleg\u00f3 a Roma el 17 de abril de 1677; fue durante este segundo superiorato cuando sucedi\u00f3 a esta casa la herencia considerable del Sr. Joseph Palamolla, sin el menor proceso ni la menor dificultad. La casa encontr\u00f3 entonces un socorro muy oportuno, ya que estaba en deudas por los grandes gastos que hac\u00eda para mantener a un gran n\u00famero de misioneros, as\u00ed como a muchos externos que llegaban para hacer el retiro. Hay motivos para creer que la raz\u00f3n que tuvo este buen se\u00f1or para dejar su herencia a la casa de Roma fue el buen olor de las virtudes del Sr. Mart\u00edn, como lo veremos con claridad cuando hablemos de su desinter\u00e9s y de su pobreza, y como resulta tambi\u00e9n de las experiencias mismas del testamento del Sr. Palamolla en el que hace los mayores elogios del Sr. Mart\u00edn al llamarle un religioso verdaderamente apost\u00f3lico.<\/p>\n<h2>IX. Va a fundar la casa de Perugia y regresa a Roma.<\/h2>\n<p>Parece que este gran misionero hab\u00eda sido elegido por Dios para ser como la piedra angular de esta misi\u00f3n, no s\u00f3lo en un lugar sino en un gran n\u00famero; y en realidad no se pod\u00eda hallar a nadie m\u00e1s id\u00f3neo para introducir en una casa naciente la regularidad m\u00e1s exacta y el esp\u00edritu primitivo del Instituto de la Misi\u00f3n, que el Sr. Mart\u00edn, quien parec\u00eda un verdadero retrato de san Vicente, el primer fundador de esta misma Compa\u00f1\u00eda. En 1680, el Sr. Thomas Cerini, despu\u00e9s de numerosas instancias, vio por fin aceptadas sus ofertas para la fundaci\u00f3n de una casa de la Misi\u00f3n en la ciudad de Perugia. El Sr. Edmond Jolly, entonces Superior general, envi\u00f3 al Sr. Mart\u00edn para ser la piedra fundamental y el primer Superior. Si en las otras fundaciones este misionero hab\u00eda soportado muchas privaciones, tuvo que pasar muchas m\u00e1s aqu\u00ed por la falta de las cosas necesarias y varias dificultades m\u00e1s. El Sr. Cerini estimaba mucho, es verdad, al Sr. Mart\u00edn y estaba muy unido a sus obras. Muy pronto provey\u00f3 a esta casa dej\u00e1ndole toda su herencia. No obstante, en el comienzo, tuvo sus dificultades para darle lo prometido para darle una habitaci\u00f3n conveniente, y le costaba Dios y ayuda para conseguir la renta anual asignada por la fundaci\u00f3n. El Sr. Mart\u00edn tuvo pues que sufrir a causa de la incomodidad de la casa, situada a las afueras de la ciudad, expuesta al viento del norte y extremadamente fr\u00eda, y por la privaci\u00f3n de muchas cosas necesarias. Su gran caridad y su coraz\u00f3n liberal por naturaleza, hab\u00edan querido procurar no s\u00f3lo incluso la comodidad de sus cohermanos, y al verses en este estado de indigencia se aflig\u00eda amargamente y expresaba su dolor en las cartas que escrib\u00eda por entonces a los superiores, a pesar de todo, no se quejaba por lo que sufr\u00eda y no siquiera hablaba de ello; el fuerte fr\u00edo le ocasion\u00f3 la gota en las manos, y ello le hizo sufrir mucho mientras estuvo en Perugia; sus dolores eran excesivos y los nervios de sus dedos se contrajeron. Uno de los Superiores, habi\u00e9ndolo sabido, no por s\u00ed mismo, sino por otro, y viendo que en sus cartas no hablaba m\u00e1s que de los sufrimientos de los dem\u00e1s, no de los suyos, se quej\u00f3 suavemente a \u00e9l indic\u00e1ndole que la conservaci\u00f3n de su persona era de inter\u00e9s para toda la Congregaci\u00f3n, y que deb\u00eda tener un poco m\u00e1s de cuidado de s\u00ed mismo. As\u00ed que los Superiores creyeron conveniente separarle lo antes posible de Perugia y enviarle por tercera vez de superior a Roma, en lugar del Sr. Jacques Careni quien, despu\u00e9s de suceder al Sr. Mart\u00edn en su oficio, hab\u00eda acabado pronto su carrera y, un a\u00f1o y medio de superiorato, hab\u00eda pasado a la otra vida, el 25 de setiembre de 1681, a la edad de 34 a\u00f1os, y ya todo enriquecido de m\u00e9ritos. \u00c9se fue el \u00faltimo viaje que el Sr. Mart\u00edn realiz\u00f3 en este mundo; esta vez se qued\u00f3 en Roma hasta el t\u00e9rmino de su vida, y en esta \u00e9poca de su vida, se preocup\u00f3 m\u00e1s aun en avanzar por el camino de la virtud con los actos m\u00e1s excelentes de mostrando claramente que su tendencia a la perfecci\u00f3n no era violenta, sino natural.<\/p>\n<h2>X Sus ocupaciones en el tiempo que permanece en Roma.<\/h2>\n<p>La casa de la Misi\u00f3n de Roma hab\u00eda sido bien definida por un personaje que la hab\u00eda llamado el Hotel de Correos (Central\u2026), queriendo designar con ello el flujo y reflujo de tantos asuntos que, como ya se ha dicho, vienen a abrumar al Superior en esta casa, sin hablar de las misiones que se dan en ella de continuo, durante ocho meses al a\u00f1o por dos equipos de misioneros, las ordenaciones, siempre numerosas, que en las Cuatro T\u00e9mporas, el S\u00e1bado de la Pasi\u00f3n y el S\u00e1bado Santo ascienden siempre a cuarenta ordenandos, que vienen todos a la Misi\u00f3n para hacer su retiro de seis d\u00edas; aparte de estas ordenaciones generales, hay tambi\u00e9n una cada mes <em>extra<\/em> <em>tempora<\/em>, de una veintena o m\u00e1s de ordenandos, entre ellos se encuentran a veces prelados quienes, por obligaci\u00f3n o devoci\u00f3n, vienen a hacer el retiro en la casa de la misi\u00f3n. Apenas han dejado la casa cuando se vuelve a llenar de gente toda clase y condici\u00f3n que llegan a pasar unos d\u00edas de retiro. Todos los martes hay una conferencia espiritual para un gran n\u00famero de eclesi\u00e1sticos que se re\u00fanen y forman como una Congregaci\u00f3n de sacerdotes se cu\u00f1ares que llevan en el mundo una vida ejemplar. Cada d\u00eda de la semana despu\u00e9s de la cena, se ense\u00f1an las ceremonias de la misa a los sacerdotes extranjeros que ni pueden celebrarla en Roma, a no ser que hayan sido aprobados para las ceremonias por los misioneros.<\/p>\n<p>No contento con el peso que le impon\u00eda la direcci\u00f3n de una numerosa familia de cincuenta misioneros o m\u00e1s de catorce o diecis\u00e9is convictos, no contento con la cantidad de cartas que un superior de Roma debe escribir a todas las partes del mundo en que est\u00e1 establecida la Misi\u00f3n. Ya que cada casa necesita a menudo recurrir a Roma, y otros lugares de los que escriben todos los d\u00edas, y donde hay que enviar respuestas, ocupaci\u00f3n que ser\u00eda suficiente por s\u00ed misma para el trabajo de un secretario. El Sr. Mart\u00edn contestaba sin embargo a todas las cartas con una gran puntualidad; no contento con el tiempo que necesitaba emplear en recibir las visitas de externos de todas clases que acuden cada d\u00eda a la Misi\u00f3n, por un asunto o por otro, a quienes recib\u00eda siempre con un rostro sereno, con una caridad y una educaci\u00f3n incomparables, dejando a todo el mundo satisfecho y consolado; no contento con las numerosas visitas que se ve\u00eda obligado tambi\u00e9n a hacer personalmente por asuntos urgentes y que evitaba siempre que pod\u00eda, no saliendo sino por pura necesidad; no contento, digamos, por tantas ocupaciones ordinarias y extraordinarias, asist\u00ed tambi\u00e9n \u00e9l mismo cada semana a la conferencia de los eclesi\u00e1sticos y la conclu\u00eda con un discurso lleno de erudici\u00f3n y pronunciado con tal fervor que aquellos se\u00f1ores quedaban muy edificados y penetrados de compunci\u00f3n. Luego, en las ordenaciones, tomaba parte tambi\u00e9n en el trabajo, ya haciendo los discursos, ya tomando la direcci\u00f3n total del retiro. Durante los retiros de los ejercitantes, tomaba tambi\u00e9n dos o tres que dirigir, y se pasaba semanas enteras sin recreo, para poder pasar alg\u00fan tiempo en piadosas conversaciones con ellos e incluso si en el n\u00famero de los ordenandos hab\u00eda alg\u00fan prelado o personaje de distinci\u00f3n que no iba al recreo con los dem\u00e1s, era el Sr. Mart\u00edn quien se privaba \u00e9l mismo de su recreo para charlar con ellos. No dejaba de vez en cuando de dedicar su semana para ense\u00f1ar las ceremonias a los sacerdotes extranjeros; su devoci\u00f3n por el santo sacrificio de la misa le llevaba a servir en otra. Con tantas ocupaciones, continu\u00f3 tambi\u00e9n, durante varios a\u00f1os, haciendo todos los d\u00edas de fiesta una clase de sagrada Escritura, explicando los salmos de David por tres cuartos de hora a los ejercitantes de la casa. Como este proyecto ten\u00eda gran atractivo para \u00e9l aprovechaba a menudo la ocasi\u00f3n del cansancio de los profesores de teolog\u00eda para reemplazarlos en esta clase de sagrada escritura, y lo hac\u00eda con tal aplicaci\u00f3n y con tal abundancia de erudici\u00f3n que cautivaba la atenci\u00f3n de los oyentes produciendo en ellos un gusto admirable.<\/p>\n<p>En vida de san Vicente, se hab\u00eda tratado de una fundaci\u00f3n en Espa\u00f1a y este santo fundador de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n hab\u00eda puesto los ojos para esta empresa en el Sr. Mart\u00edn a causa de la gran importancia que ve\u00eda en \u00e9l para la gloria de Dios y salvaci\u00f3n de las almas. En consecuencia, hab\u00eda recomendado al Sr. Mart\u00edn que aprendiera el espa\u00f1ol, aunque esta lengua no le sirvi\u00f3 para el proyecto en cuesti\u00f3n, ya que la fundaci\u00f3n no tuvo lugar, no obstante sirvi\u00f3 de otra manera al celo del Sr. Mart\u00edn para asistir a los numerosos eclesi\u00e1sticos de esa naci\u00f3n que ven\u00edan a la casa de la misi\u00f3n de Roma para tener all\u00ed el retiro, les serv\u00eda as\u00ed de gu\u00eda y de confesor. Lo que era m\u00e1s admirable era ver al Sr. Mart\u00edn en medio de tantas ocupaciones con un rostro siempre sereno y siempre tranquilo; se le ve\u00eda con la misma afabilidad acoger a todo el mundo, responder a todos y actuar como si no hubiera tenido otra cosa que hacer, con una tranquilidad de esp\u00edritu imperturbable, y en medio de tantas ocupaciones, no faltaba casi nunca a los ejercicios de la regla. Con mucha frecuencia era el primero en la oraci\u00f3n, en el oficio divino, en los ex\u00e1menes y en los dem\u00e1s ejercicios de la Comunidad.<\/p>\n<h2>XI. Sus debilidades.<\/h2>\n<p>Aunque el Sr. Mart\u00edn en su juventud hubiera sufrido del est\u00f3mago, como lo hemos visto n el primer cap\u00edtulo, aparte de un temperamento bastante delicado, goz\u00f3 siempre en la Congregaci\u00f3n de una salud bastante buena. La primera vez que estuvo en el Piamonte fue atacado de una fiebre cuartana, que dur\u00f3 m\u00e1s de un a\u00f1o, pero que no le impidi\u00f3 entregarse a los ejercicios ordinarios de piedad y de regla; no le impidi\u00f3 m\u00e1s ir a misiones, y hasta se podr\u00eda creer que este trabajo le resultaba saludable, ya que su salud no hizo m\u00e1s que mejorar con el ejercicio. En las dem\u00e1s ocasiones tuvo algunos ataques de gota a los pies, cuyos dolores no fueron sin embargo muy agudos ni de larga duraci\u00f3n. Tuvo adem\u00e1s gota a las manos, que se hizo sentir mientras estaba en Perugia y se prolong\u00f3 algunos meses despu\u00e9s de su regreso a Roma. No obstante como el mal se hab\u00eda enraizado, y hab\u00eda pasado de un lado al otro del cuerpo, un invierno que hizo mucho fr\u00edo en Roma, sufri\u00f3 tanto de la gota que con ello perdi\u00f3 casi el o\u00eddo y sufri\u00f3 dolores muy vivos. El gran Papa Inocencio XI, enterado de \u2013no se sabe c\u00f3mo- este mal del Sr. Mart\u00edn, le envi\u00f3 a su m\u00e9dico dos veces para saber c\u00f3mo le iba y si necesitaba algo. El Sr. Mart\u00edn agradeci\u00f3 a Su Santidad la atenci\u00f3n y la estima en que le ten\u00eda, pero no dej\u00f3 de seguir la vida en com\u00fan, levant\u00e1ndose por la ma\u00f1ana a la hora de costumbre, menos una o dos veces que su asistente crey\u00f3 un deber de conciencia y le importun\u00f3 de manera que le hizo cambiar de habitaci\u00f3n para tomar una m\u00e1s caliente y guarda cama una hora m\u00e1s que los dem\u00e1s, pero eso dur\u00f3 s\u00f3lo unos d\u00edas; nada m\u00e1s sentirse mejor recobr\u00f3 su tren ordinario y el r\u00e9gimen de la casa. Demostr\u00f3 una vez m\u00e1s cu\u00e1l era su humildad, ya que no quiso que le tratara el m\u00e9dico del Papa, que era el m\u00e1s estimado de Roma por el tratamiento de la gota y que Su Santidad misma le hab\u00eda enviado, pero se content\u00f3 con los cuidados del m\u00e9dico de la casa, no buscando singularidad, incluso por algo tan necesario a su salud. En sus \u00faltimos a\u00f1os sufri\u00f3 m\u00e1s de la gota en manos y pies y cada a\u00f1o le reten\u00eda varios meses en cama y le causaba violentos dolores que soportaba con gran paciencia sin la menor se\u00f1al exterior de lo que sent\u00eda interiormente a excepci\u00f3n de un rechinar de dientes o de alguna breve exclamaci\u00f3n graciosa que serv\u00eda menos para aliviarle que para regocijo de los que le serv\u00edan, pues no buscaba en su mal otro consuelo que una buena lectura espiritual.<\/p>\n<p>Un par de a\u00f1os antes de su muerte fue atacado de una cerraz\u00f3n bronquial y de una gran inflamaci\u00f3n de la garganta, ocasionada, seg\u00fan se cree, por el calor interior del amor de Dios y por la mortificaci\u00f3n en el beber, ya que siendo de un temperamento muy bilioso y ardiente, sufr\u00eda de ordinario sed, mas su mortificaci\u00f3n no le permit\u00eda beber fuera de las comidas ordinarias; y aun en eso se moderaba mucho, por lo que se produjo una continua inflamaci\u00f3n de pecho; a ella tambi\u00e9n se debe una dificultad para hablar, de manera que apenas se hac\u00eda o\u00edr. Aprovech\u00f3 la ocasi\u00f3n para ceder a otro la conferencia de los eclesi\u00e1sticos; se retir\u00f3 tambi\u00e9n de toda relaci\u00f3n con los externos, so pretexto de que no pod\u00eda decir dos palabras seguidas. Aprovech\u00f3 sus debilidades para aplicarse m\u00e1s, seg\u00fan su decir, a la oraci\u00f3n y al recogimiento, sabiendo muy bien que cuanto menos hablaba con los hombres m\u00e1s podr\u00eda comunicarse con Dios. Tambi\u00e9n le sirvi\u00f3 esta dificultad de hablar para renovar sus insistencias ante el Superior general para verse descargado del empleo de Superior. Fue escuchado al fin, para su gran satisfacci\u00f3n, como lo veremos al hablar de su humildad. Pero su gozo fue de corta duraci\u00f3n como lo diremos tambi\u00e9n, ya que sucesor el Sr. Pancrace Gini, habiendo muerto al cabo de tres meses, en calidad de asistente y de m\u00e1s antiguo de la casa, se vio obligado a volver a tomar la direcci\u00f3n hasta que se nombrara otro superior, es decir durante varios meses. Esta vez el Sr. Mart\u00edn dej\u00f3 el cargo con una alegr\u00eda sin igual y sigui\u00f3 hasta la muerte como el \u00faltimo de todos, sometido a la regla y fiel al orden com\u00fan. Era realmente bien admirable y edificante ver a este buen anciano de setenta a\u00f1os, que, sufriendo a\u00fan por los restos de su gota y un tumor en las rodillas, hallarse siempre en la oraci\u00f3n, en los ex\u00e1menes, en las conferencias y en todos los dem\u00e1s ejercicios, y no querer nunca omitir ninguna de las genuflexiones cuando hab\u00eda que hacerlas; y a veces, cuando quer\u00eda besar los pies a los dem\u00e1s, se prosternaba primero en tierra y la besaba; luego con una gran humildad se dirig\u00eda hacia ellos, pero con frecuencia se ca\u00eda todo lo largo que era. No obstante, a pesar de todas las representaciones que le hac\u00edan, no quiso nunca ni omitir genuflexi\u00f3n ni prosternaci\u00f3n, llegando un d\u00eda este anciano impedido a querer, arrastr\u00e1ndose como pod\u00eda, besar los pies a toda la Comunidad.<\/p>\n<h2>XII. Su \u00faltima enfermedad y su muerte.<\/h2>\n<p>Este gran calor interior, que le devoraba la garganta y le consum\u00eda el pecho segu\u00eda creciendo y le inflam\u00f3 de tal manera los pulmones que al final le produjo la muerte. . \u00c9l ya la miraba como pr\u00f3xima. En el mes de octubre de 1693, hizo su retiro con una confesi\u00f3n general de toda su vida comenzando por su infancia hasta este momento; y la hizo, como dijo \u00e9l mismo a su confesor, con el fin de prepararse a la muerte. Comenz\u00f3 a experimentar el primer accidente la v\u00edspera de San Silvestre, el 30 de diciembre de 1693, hacia medianoche. Fue presa entonces de una opresi\u00f3n hacia la regi\u00f3n del coraz\u00f3n que le caus\u00f3 unos dolores tan violentos que le obligaron a pedir auxilio y, al no poder hablar, hizo ruido para hacerse o\u00edr de los que estaban cerca de su habitaci\u00f3n; todos acudieron para ayudarle con fricciones o con otros remedios, pero fue en vano. Al d\u00eda siguiente por la ma\u00f1ana el m\u00e9dico declar\u00f3 que su mal era mortal. Se llevaron al enfermo a la enfermer\u00eda y all\u00ed estuvo cuarenta y ocho horas en su cama, como en un teatro, para mostrar esas excelentes virtudes que adornaban su alma. Se hubiera dicho que sab\u00eda que no le quedaba m\u00e1s que poco tiempo para merecer, y quiso en esta \u00faltima enfermedad apresurarse a dar toda la perfecci\u00f3n posible a este edificio de santidad que Dios reclamaba de \u00e9l. En principio, no hab\u00eda en la enfermer\u00eda donde le pusieron todas las comodidades convenientes a los enfermos; como alguien quer\u00eda traerle de comer, no se lo permiti\u00f3 y quiso \u00e9l mismo ir a buscar su alimento, prefiriendo molestarse a s\u00ed mismo que incomodar a nadie por \u00e9l; sucedi\u00f3 que el mismo que le serv\u00eda se olvid\u00f3 una vez de ponerle una manta necesaria para preservarle del fr\u00edo, que era entonces riguroso. No dijo nada ni pidi\u00f3 que le cubrieran, y cuando el enfermero, al darse cuenta, quiso ponerle algo en los hombros , se lo neg\u00f3 diciendo que no hab\u00eda que ser tan delicado.<\/p>\n<p>Se tuvo una consulta de los mejores m\u00e9dicos de Roma, quienes declararon que su mal era causado por una inflamaci\u00f3n de los pulmones y que era incurable. La enfermedad hizo tales progresos que los m\u00e9dicos anunciaron que se le deb\u00eda administrar el santo Vi\u00e1tico. El martes siguiente, 5 de enero de 1694, a las tres de la tarde, a las tres de la tarde se lo llevaron, y en esta ocasi\u00f3n, el Sr. Mart\u00edn pidi\u00f3 perd\u00f3n a todos los miembros de la casa que acompa\u00f1aban al Sant\u00edsimo Sacramento con palabras penetradas de tanta humildad que arrancaron las l\u00e1grimas a todos los asistentes; dijo que deb\u00eda tener cien lenguas para expresar el dolor por haber sido una piedra de esc\u00e1ndalo y una causa de desedificaci\u00f3n y de mal ejemplo para los otros; que se encomendaba de todo coraz\u00f3n a sus oraciones para obtener de Dios el perd\u00f3n de tantos pecados. Era precisamente la hora en la que se reun\u00edan los eclesi\u00e1sticos para la conferencia; muchos de entre ellos quisieron acompa\u00f1ar al Sant\u00edsimo Sacramento y quedaron tan impresionados por la devoci\u00f3n que resplandec\u00eda en aquel rostro angelical que muchos no pudieron contener las l\u00e1grimas y las derramaron en abundancia. Todo el mundo admir\u00f3 la devoci\u00f3n con la que recibi\u00f3 el santo sacramento no s\u00f3lo esa vez sino todas las veces que le llevaron la comuni\u00f3n durante su enfermedad, lo que sucedi\u00f3 varias veces, , y hasta habr\u00eda comulgado de buena gana todos los d\u00edas, a no ser por el temor a incomodar a los dem\u00e1s. Su rostro parec\u00eda entonces no el de un hombre, sino el de un \u00e1ngel, y desped\u00eda como un rayo de la dulzura interior que llenaba su coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>Algunos d\u00edas despu\u00e9s recibi\u00f3 la Extrema Unci\u00f3n con los sentimientos de una gran humildad y una igual piedad, respondiendo por s\u00ed mismo al sacerdote que la administraba, y continu\u00f3 prepar\u00e1ndose a este \u00faltimo paso con frecuentes actos de virtud.<\/p>\n<p>Aparte de la inflamaci\u00f3n y de los espasmos, la opresi\u00f3n del pecho y de la garganta que le causaban grandes dolores, fue tambi\u00e9n asaltado por los tormentos de la gota en los pies y en las manos, que le contra\u00edan todos los nervios. Sin embargo, no se le oy\u00f3 nunca proferir ninguna palabra, ni hacer un solo movimiento ni lanzar un gemido para demostrar lo que sufr\u00eda o quejarse de los que le serv\u00edan, ya que sucedi\u00f3 varias veces que \u00e9stos, por descuido, no hicieron bien su deber; m\u00e1s aun, ten\u00eda costumbre de repetir lo que acostumbraba a decir su venerable fundador, san Vicente, en medio de sus mayores dolores: <em>Adauge dolores, sed adauge patientiam<\/em>. Se\u00f1or, aumentad los dolores, pero aumentad tambi\u00e9n la paciencia. Se quej\u00f3, es cierto, en alguna ocasi\u00f3n, pero era de ser bien servido, y porque se hac\u00eda demasiado por prolongar su vida. Cuando le daban siropes bien preparados y bien azucarados, y dem\u00e1s remedios de precio, los tomaba, de hecho, por obediencia hacia el enfermero, a quien se somet\u00eda en todo como un seminarista a su director; pero entonces dec\u00eda: <em>\u00ab\u00bfY por qu\u00e9 tantas delicadezas? Un poco de pan me bastar\u00eda para prolongar la vida<\/em>\u00ab. El doctor Brasaula, m\u00e9dico de la casa, le visitaba a menudo debido al afecto que le ten\u00eda y le prodigaba toda clase de cuidados; pero el Sr. Mart\u00edn le rog\u00f3 varias veces que no se molestara tanto por un pobre anciano como \u00e9l.<\/p>\n<p>Su humildad se alarm\u00f3 sensiblemente cuando recibi\u00f3 la visita de tres eminent\u00edsimos cardenales, Mellini, Coloredo y Aghirre. Dijo al primero que se asombraba al ver que su Eminencia se hubiera dignado visitar a un pobre sacerdote como \u00e9l; a lo que respondi\u00f3 el cardenal: \u00ab<em>El Sr. Mart\u00edn sabe bien todo lo que le debo<\/em>\u00ab; haciendo alusi\u00f3n principalmente a la servidumbre a la que el Sr. Mart\u00edn se hab\u00eda condenado cuando hab\u00eda ido a hacer el retiro a la Misi\u00f3n. El cardenal Coloredo, en su segunda visita, le llev\u00f3 de parte de Su Santidad la bendici\u00f3n papal con la indulgencia plenaria en el art\u00edculo de muerte, que le hab\u00eda conseguido sin pedirlo. El cardenal Aghirre, no contento con venir a verle en persona, mand\u00f3 todos los d\u00edas que le dieran noticias suyas, tan grandes eran la estima y el afecto que sent\u00eda por \u00e9l. Recib\u00eda todas las visitas que le hac\u00edan con un rostro alegre y sereno, sin mostrar nunca el menos fastidio. Una vez tan s\u00f3lo, que deb\u00eda tomar alg\u00fan alimento, y que experimentaba un gran dolor y una gran dificultad en tomarlo, se neg\u00f3 a admitir a alguien; pero al instante de hizo entrar y le pidi\u00f3 perd\u00f3n, por temo a haberle causado pene. Resent\u00eda asimismo un gran disgusto porque cada noche dos misioneros quer\u00edan velarle y se quejaba diciendo que era demasiada molestia: \u00ab<em>Y \u00bfa qu\u00e9 viene, exclamaba, querer alargarme tanto la cruz y retrasarme la entrada en el cielo?\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Le parec\u00eda que se equivocaban con \u00e9l al emplear tantos remedios y tantos caldos que le imped\u00edan llegar al t\u00e9rmino de todos sus deseos. Un cl\u00e9rigo, despu\u00e9s de conversar un rato con \u00e9l, se puso a leer con toda tranquilidad; el Sr. Mart\u00edn temi\u00f3 que se aburriera, y dolido de no poder hacerle hablar, le dijo:<\/p>\n<p><em>\u00abHermano, vaya a divertirse, d\u00e9se un paseo, porque es a m\u00ed a quien Dios manda ahora sentirse melanc\u00f3lico\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Todo su consuelo en esta larga enfermedad era escuchar la lectura de los libros de piedad y sobre todo la Pasi\u00f3n de nuestro divino Redentor y la vida de san Felipe de Neri; \u00e9l rogaba con frecuencia a los misioneros que ven\u00edan que le hicieran alguna lectura piadosa o le contaran alg\u00fan hecho edificante. Los cl\u00e9rigos ten\u00edan costumbre de ir a distraerle con el canto de las letan\u00edas o de alg\u00fan otro c\u00e1ntico. Un d\u00eda dijo a un enfermero: <em>\u00abHermano, llame un rato a esos j\u00f3venes que vengan a cantar algo alegre porque un pecador se va al cielo\u00bb<\/em>; y al decirlo, enton\u00f3 \u00e9l mismo un c\u00e1ntico espiritual. Hab\u00eda mandado poner el pie de su cama una imagen de la Sant\u00edsima Virgen, copiada de la de Santa Mar\u00eda Mayor que fue pintada por san Lucas; pon\u00eda a menudo los ojos en ella y se expansionaba con las m\u00e1s bellas expresiones de ternura para con esta madre de misericordia. Ped\u00eda con frecuencia a los que le atend\u00edan que le ayudaran ante Dios para conseguir la pronta disoluci\u00f3n de los lazos que le reten\u00edan lejos de Dios, y repet\u00eda a menudo al enfermero: <em>\u00abAh, hermano, \u00bfcu\u00e1ndo llegar\u00e1 el d\u00eda que yo deje esta vida, cuando el \u00faltimo obst\u00e1culo desaparezca\u00bb?<\/em> Pidi\u00f3 a otro que le consiguiera la gracia de morir en el beso del Se\u00f1or. Por \u00faltimo todas sus palabras, todos sus deseos no ten\u00edan otro objeto que su pr\u00f3xima uni\u00f3n con su Dios. hasta en los delirios en los que ca\u00eda repetidas veces, no hablaba de otra cosa que de la santa comuni\u00f3n, preguntando cu\u00e1ndo vendr\u00eda, cu\u00e1ndo le dar\u00edan el santo sacramento y otras cosas parecidas que mostraban los sentimientos de su coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>Durante su enfermedad, se esforz\u00f3 tambi\u00e9n por decir el oficio divino ciertos d\u00edas, entre otros, el d\u00eda de la Circuncisi\u00f3n, recit\u00f3 parte de \u00e9l, pero la violencia de la fiebre y la dificultad para pronunciar y respirar no le permitieron acabarlo, pero prefer\u00eda que un sacerdote lo recitara en su presencia, y \u00e9l le segu\u00eda en voz baja mientras pod\u00eda. Viendo un d\u00eda a muchos estudiantes y seminaristas que se hallaban en su presencia y parec\u00edan tristes a causa de la p\u00e9rdida de un misionero tan grande a quien todos quer\u00edan como a un padre y reverenciaban como a un santo, les dijo: \u00ab<em>Estad alegres, mis queridos hermanos, porque un pecador va tal vez a entrar pronto en el Para\u00edso<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>El Padre Acami, de feliz memoria, del Oratorio de San Felipe de Neri, que era su amigo \u00edntimo, le trajo un d\u00eda el bonete de este santo; el Sr. Mart\u00edn la recibi\u00f3 con gran devoci\u00f3n y se encomend\u00f3 a san Felipe, no para pedirle la salud, sino m\u00e1s bien para lograr gozar pronto de su compa\u00f1\u00eda en el para\u00edso. En estos sentimientos, afectos diversos y oraciones jaculatorias y actos de virtud continu\u00f3 hasta el 16 de febrero, en el que pareci\u00f3 tan abatido por el mal que se vio que se acercaba su fin. Ese d\u00eda, el Sr. Charles Augustin Fabroni y el Sr. Horace-Philippe Spada, y el abate Jean-Jacques Fattinelli que eran de los principales de la conferencia de los eclesi\u00e1sticos, vinieron a visitarle y arrodill\u00e1ndose ante su lecho, le pidieron la bendici\u00f3n; pero \u00e9l les respondi\u00f3: <em>\u00abSe\u00f1ores, llev\u00e1is la bendici\u00f3n a todas partes con vos mismos<\/em>\u00ab, y su humildad no le permiti\u00f3 hacer el menor signo de bendici\u00f3n. El hermano enfermero que le hab\u00eda o\u00eddo le dijo: \u00ab<em>Se\u00f1or Mart\u00edn, me encomiendo a vos para que os acord\u00e9is de m\u00ed en el Para\u00edso<\/em>\u00ab. \u00c9ste, crey\u00e9ndose obligado por la caridad de este hermano, le respondi\u00f3: \u00ab<em>S\u00ed, hermano, espero ir al Para\u00edso, y all\u00ed me acordar\u00e9 de vos<\/em>\u00ab. Agradeci\u00f3 de la misma manera al superior de la casa por la gran caridad con la que le hab\u00eda atendido y hecho servir durante su enfermedad dici\u00e9ndole: <em>\u00ab\u00bfQu\u00e9 habr\u00eda sido de este pobre sacerdote si no le hubierais socorrido\u00bb?<\/em> Declarando con ello que \u00e9l hab\u00eda recibido a t\u00edtulo de limosna todo lo que hab\u00edan hecho por \u00e9l sin acordarse en nada de lo que \u00e9l hab\u00eda hecho en la Congregaci\u00f3n para la gloria de Dios y su prosperidad; y en realidad se acordaba tan poco que, como lo diremos despu\u00e9s, trat\u00f3 de Sat\u00e1n a alguien que quiso tra\u00e9rselo a la memoria. Por la tarde se hizo dar la bendici\u00f3n papal que le hab\u00eda conseguido el cardenal Coloredo, y al llegar la noche entr\u00f3 tambi\u00e9n \u00e9l en agon\u00eda y pas\u00f3 toda la noche haciendo la recomendaci\u00f3n del alma o diciendo alguna devota oraci\u00f3n un poco antes de morir; prefer\u00eda ante todo la Pasi\u00f3n de Nuestro Se\u00f1or, como lo demostr\u00f3 otra vez algo antes de morir; ya que un sacerdote que le le\u00eda la Pasi\u00f3n de NUestro Se\u00f1or en el Evangelio de san Juan, vio que el agonizante ten\u00eda la cabeza inclinada, los ojos cerrados y no daba ya se\u00f1ales de vida, dijo entonces al enfermero que se hab\u00eda muerto, y ces\u00f3 de leer. En ese momento el Sr. Mart\u00edn, que no hab\u00eda muerto, sino que estaba dulcemente absorto en la contemplaci\u00f3n de los sufrimientos de su Salvador, recobr\u00f3 las pocas fuerzas que le quedaban, abri\u00f3 los ojos y levantando la cabeza trat\u00f3 de decir algo. El hermano se acerc\u00f3 entonces para escuchar lo que quer\u00eda y se dio cuenta que deseaba que continuaran la lectura. La continuaron en efecto hasta las cuatro y media de la ma\u00f1ana, en que entreg\u00f3 su alma a Dios con una tranquilidad admirable, a la hora misma en que treinta y cuatro a\u00f1os antes hab\u00eda muerto san Vicente, su padre, es decir a la hora en que la comunidad empezaba la oraci\u00f3n, y es de esperar que fuera tambi\u00e9n la misma en que se llev\u00f3 su alma de esta vista oscura que ten\u00eda de s\u00ed a este ejercicio de los Bienaventurados, el 17 de febrero de 1694.<\/p>\n<p>Revistieron su cuerpo con los ornamentos sacerdotales y se lo llevaron a la capilla dom\u00e9stica, donde muchas personas de la casa y de los externos vinieron a besarle la mano, y se not\u00f3 que a su vista y al tocarle no se experimentaba ning\u00fan de esos movimientos de susto o de repulsi\u00f3n que inspiran de ordinario los cad\u00e1veres, sino que por el contrario se ve\u00eda en todos una expresi\u00f3n de dulzura y de consuelo, se\u00f1al manifiesta de esta gloria de la que podemos creer que goza en el Cielo. Era de una complexi\u00f3n delgada, seca y robusta, , y de un temperamento sangu\u00edneo y bilioso, de una talla media m\u00e1s bien peque\u00f1a que grande, y un poco encorvada en sus \u00faltimos a\u00f1os; su rostro, siempre alegre, era blanco, con las mejillas vivamente coloreadas; ten\u00eda el pelo blanco, la frente amplia, los ojos vivos y una vista excelente, ya que no se hab\u00eda servido casi nunca de de anteojos, la nariz gruesa, un tanto aquilina, la boca grande, el porte grave y modesto. Hacia las nueve, lo llevaron a la iglesia, donde se celebraron las exequias con oficio y misa solemne, que fue cantada por el Sr. abate Fattinelli, en presencia de muchos sacerdotes externos.<\/p>\n<p>Pronto se extendi\u00f3 la noticia de su muerte por Roma, un gran n\u00famero de personajes de condici\u00f3n, prelados y cardenales enviaron sus condolencias a la casa de la Misi\u00f3n para testimoniar la pena que sent\u00edan por la p\u00e9rdida de un hombre tan notable, sus h\u00e1bitos y todos los objetos que le hab\u00edan servido fueron repartidos y guardados con veneraci\u00f3n como reliquias y todos se esforzaban por tener algo que le hubiera pertenecido. Un eclesi\u00e1stico externo, entre otros, que le hab\u00eda tenido como director durante su retiro y reconoc\u00eda deber a sus cuidados el buen estado de su alma, realiz\u00f3 tantas instancias echando mano de tantos medios que consigui\u00f3 su viejo breviario que conserv\u00f3 como un tesoro. Otro sacerdote externo tuvo tambi\u00e9n como un gran favor poseer el peque\u00f1o ce\u00f1idor que le hab\u00eda atado las manos despu\u00e9s de muerto. A las dos de la tarde fue enterrado en la sepultura ordinaria y su f\u00e9retro fue colocado a la izquierda de la entrada. Algunos d\u00edas despu\u00e9s, los eclesi\u00e1sticos de la Conferencia celebraron un oficio solemne con una misa cantada.<\/p>\n<p>El superior de la casa, al verse obligado a salir para hacer la visita de algunas casas de la Congregaci\u00f3n, varios d\u00edas antes de la muerte del Sr. Mart\u00edn, hab\u00eda ido a despedirse de \u00e9l, y esta circunstancia hab\u00eda dado lugar a una peque\u00f1a discusi\u00f3n entre ellos dos sobre qui\u00e9n recibir\u00eda la bendici\u00f3n del otro. El superior quer\u00eda que el Sr. Mart\u00edn le diera su bendici\u00f3n como m\u00e1s antiguo en edad y de vocaci\u00f3n, como habiendo sido varias veces nombrado superior, y sobre todo porque le reverenciaba a como a un santo, y porque consideraba como un gran favor recibir en ese momento supremo la bendici\u00f3n del Sr. Mart\u00edn; pero \u00e9ste alegaba a favor de su humildad que el otro era su superior y el otro su s\u00fabdito. El debate se resolvi\u00f3 de tal forma que ni uno ni el otro dio su bendici\u00f3n, y ambos salieron vencedores abraz\u00e1ndose cordialmente y el Sr. Mart\u00edn, pronunciando su \u00faltimo adi\u00f3s, prometi\u00f3 a su superior que cuando estuviera en el cielo recomendar\u00eda mucho a Dios a la Congregaci\u00f3n. No tard\u00f3 efectivamente en sentir la eficacia de sus s\u00faplicas, sobre todo la casa de Roma donde \u00e9l muri\u00f3; ya que, en cuanto a lo temporal, recibi\u00f3 un mes despu\u00e9s de su muerte una renta anual muy considerable de la liberalidad del papa Inocencio XII. Su santidad habiendo aplicado por su propia iniciativa a la iglesia de esta casa treinta y cuatro misas ordinarias sobre las que hab\u00eda dejado el cardenal Jer\u00f3nimo Gastaldo. En cuanto a los s\u00fabditos, el vac\u00edo causado por la muerte del Sr. Mart\u00edn qued\u00f3 cubierto por la entrada de muchos postulantes de todo rango y naci\u00f3n, quienes, poco despu\u00e9s, promet\u00edan se buenos operarios en la vi\u00f1a del Se\u00f1or. Por lo que se refiere a lo espiritual, se ha observado que despu\u00e9s de la muerte del Sr. Mart\u00edn, la caridad y la uni\u00f3n fraterna han ido en aumento, y se ha visto en todos un deseo m\u00e1s ferviente de trabajar en la perfecci\u00f3n imitando las virtudes de este gran misionero, se\u00f1al evidente de que ha entrado prontamente en el Cielo para gozar de las recompensas de sus numerosas fatigas, y all\u00ed tiene presente el bien de su Congregaci\u00f3n con una caridad m\u00e1s perfecta y s\u00faplicas m\u00e1s eficaces.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIII.- Es superior de distintas casas de Italia. 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