{"id":123908,"date":"2016-09-25T12:00:40","date_gmt":"2016-09-25T10:00:40","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=30332"},"modified":"2016-08-06T07:50:59","modified_gmt":"2016-08-06T05:50:59","slug":"san-vicente-de-paul-henri-lavedan-04","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/san-vicente-de-paul-henri-lavedan-04\/","title":{"rendered":"San Vicente de Pa\u00fal (Henri Lavedan) (04)"},"content":{"rendered":"<h2>Segunda parte: Entre los grandes de la tierra<\/h2>\n<h3><strong>En Roma<\/strong><\/h3>\n<p>Cualquiera dir\u00eda que apenas lleg\u00f3 a manos de M. Com\u00admet la historia de la cautividad de Vicente, produjo gran revuelo y acrecent\u00f3 la admiraci\u00f3n de todos hacia \u00e9l por haber salido airoso de tales pruebas. Pero no sucedi\u00f3 na\u00adda de esto. Por el contrario todo qued\u00f3 oculto, sin duda porque Vicente recomend\u00f3 al juez de Pouy el m\u00e1s estricto secreto y \u00e9ste lo custodi\u00f3 fielmente hasta su muerte.<\/p>\n<p>En esa oportunidad, revolviendo sus papeles un ca\u00adballero de Dax, nieto de AL de Saint-Martin, cuya amis\u00adtad con Vicente mencionamos antes, tuvo el placer de ha\u00adcer el descubrimiento. Sabiendo la vinculaci\u00f3n existente entre Vicente y su t\u00edo, puso la carta en manos de este \u00fal\u00adtimo, quien pensando que Vicente habr\u00eda olvidado las circunstancias de su antigua aventura y que tendr\u00eda gran placer en recordar los detalles, le envi\u00f3 una copia fiel del original. A veces nos gloriamos de conocer a fondo los hombres, tanto sus defectos como sus cualidades, sus vir\u00adtudes, sus vicios\u2026 y nos equivocamos. Con m\u00e1s raz\u00f3n cuando esos hombres son superiores y tocan las regiones de lo sublime. Hac\u00eda un cuarto de siglo que el gran servi\u00addor de Dios se ejercitaba en despreciar todo lo que pudie\u00adra atraer sobre s\u00ed la atenci\u00f3n, la curiosidad y m\u00e1s a\u00fan los homenajes o las alabanzas; hab\u00eda logrado as\u00ed la paz com\u00adpleta que la s\u00fabita comunicaci\u00f3n de M. de Saint-Martin vi\u00adno a turbar. El recuerdo de la vieja historia, que seg\u00fan sus deseos hab\u00eda de permanecer oculta e ignorada a todos y que \u00e9l casi hab\u00eda borrado de su alma, lejos de agra\u00addarle le caus\u00f3 gran contrariedad. Si nos atrevi\u00e9ramos a pronunciar una palabra, inadmisible trat\u00e1ndose de este modelo de paciencia y de mansedumbre, dir\u00edamos que se irrit\u00f3\u2026 no m\u00e1s que por algunos segundos. Arroj\u00f3 al fue\u00adgo la copia de la antigua e imprudente carta como si le quemara los dedos con ardor diab\u00f3lico y escribi\u00f3 inme\u00addiatamente a M. Saint-Mar tin para ordenarle\u2026 \u2014no, era demasiado amable para expresarse en ese tono\u2014 para suplicarle que le enviase el original. Este, que comprendi\u00f3 las intenciones de Vicente de destruir la carta, precisa\u00admente por consideraci\u00f3n a su santo amigo, se hizo el de\u00adsentendido. Vicente insisti\u00f3 y reiter\u00f3 sus instancias con tal energ\u00eda que hubiera sido imposible no acceder a su deseo: <em>\u00abPor las entra\u00f1as de Jesucristo\u00bb. <\/em>Dec\u00eda adem\u00e1s: \u00abPor todas las gracias que Dios ha tenido a bien conce\u00adderos, os conjuro me envi\u00e9is esa <em>miserable <\/em>carta que hace menci\u00f3n de Turqu\u00eda\u00bb. Esto acontec\u00eda seis meses antes de la muerte de Vicente, quien enfermo, viejo, tullido y casi sin fuerzas, se ve\u00eda precisado a dictar. El religioso que le serv\u00eda de secretario juzg\u00f3 sagazmente \u2014como afir\u00adma uno de sus bi\u00f3grafos\u2014 que la tal carta cuya posesi\u00f3n deseaba el santo con tanto ah\u00ednco deb\u00eda contener algo re\u00adferente a su gloria y que el objeto de su impaciencia era destruirla cuanto antes. Por lo cual desliz\u00f3 en el mismo sobre un billete rogando a M. Saint-Martin que enviase la carta a otra persona, si no quer\u00eda verla perdida sin re\u00admedio. M. Saint-Martin se persuadi\u00f3 no solo que pod\u00eda, sino tambi\u00e9n que deb\u00eda desobedecer a sus amigos trat\u00e1n\u00addose de publicar las gracias de Dios y sigui\u00f3 el consejo al pie de la letra.<\/p>\n<p>La preciosa carta, objeto de tantos y tan diferentes deseos \u00a0fue a parar a manos del superior del Seminario, es\u00adtablecido en el colegio de Bons-Enfants. Sin este astuto juego s\u00f3lo nos hubi\u00e9ramos enterado muy vagamente de la esclavitud de Vicente de Pa\u00fal y del glorioso triunfo que rompi\u00f3 sus cadenas. En efecto, en todo el proceso verbal de su beatificaci\u00f3n s\u00f3lo se encuentra un solo testigo que hubiera o\u00eddo hablar de su cautiverio y M. Daulier, secre\u00adtario del rey, que conoc\u00eda por otros conductos toda esta historia, incit\u00f3 varias veces a Vicente a hablar de ella co\u00admentando asuntos de T\u00fanez y de los cristianos que sufren esclavitud en aquellas regiones sin obtener de \u00e9l una sola palabra de la cual se dedujera que aquel pa\u00eds le era de al\u00adg\u00fan modo conocido.<\/p>\n<p>Pero reun\u00e1monos a nuestro libertado donde le hemos dejado, es decir, en Roma.<\/p>\n<p>Fue una gran fortuna para un alma como la de Vi\u00adcente poder escapar \u00aben un peque\u00f1o esquife\u00bb y arribar, despu\u00e9s de las luminosas escalas de Aigues-Mortes y Avi\u00ad\u00f1\u00f3n, a la ciudad eterna, al puerto de la cristiandad.<\/p>\n<p>El reci\u00e9n llegado admira aquella Roma pomposa, en\u00adgalanada y embellecida por la munificencia art\u00edstica de los papas. Pero sus esplendores no lo deslumbran, Saluda las obras maestras de la antig\u00fcedad y las maravillas que la civilizaci\u00f3n ha acumulado progresivamente y se empe\u00ad\u00f1a a\u00fan en seguir acumulando, pero el homenaje que les tributa no es el m\u00e1s entusiasta de su coraz\u00f3n. Cumplido una vez por todas, aparta de ellas los ojos para dirigirlos a la tierra donde reposan los m\u00e1rtires buscando las hue\u00adllas de sus pasos que se alegra de poder hollar gravemen\u00adte. Por esos caminos se desplazan todos sus deseos y co\u00adrren y se estacionan sus pensamientos.<\/p>\n<p>Se encamina presuroso a las iglesias y s\u00f3lo Dios sabe la alegr\u00eda que experimenta durante muchos d\u00edas orando en ellas. No lo cautivan precisamente los tesoros famosos encerrados en los dep\u00f3sitos de las sacrist\u00edas. Es el hom\u00adbre del polvo. Desciende a las criptas. Prefiere a las ce\u00adnizas de los mausoleos de m\u00e1rmol, las que esconde a la va\u00adnidad el \u00e1ngel de los sarc\u00f3fagos. Cu\u00e1ntas veces las cata\u00adcumbas lo envolvieron de la ma\u00f1ana a la noche entre sus pliegues funerarios de roca. Sus laberintos son su jard\u00edn donde las luces rutilantes de sus l\u00e1mparas brillan como fragmentos de estrellas. El humilde altar, la grada carco\u00admida o quebrada, el atrio donde brota la hierba lo ven aplicar sobre ellos sus manos, su frente, sus labios y sus rodillas. Los palacios m\u00e1s fastuosos no atraen sus miradas; sus museos son las capillas. No asedia las moradas de los grandes; las salas de los hospicios son sus antec\u00e1maras.<\/p>\n<p>Cada pobre es para \u00e9l un santo que resucita.<\/p>\n<p>Y si se encamina \u00abfuera de los muros\u00bb es para con\u00adtemplar mejor y abrazar desde la distancia a la Roma majestuosa y dulce capital del mundo y reina de las reli\u00adquias. Ante todo prosigue <em>sus <\/em>estudios. \u00bfQu\u00e9 m\u00e1s espera? Recu\u00e9rdense las \u00faltimas palabras de su famosa carta: <em>Una <\/em><em>prebenda. <\/em>No hay duda; lejos de ocultarlo, lo confiesa in\u00adgenuamente y es all\u00ed donde conf\u00eda lograrla. \u00a1Y c\u00f3mo no aprobar esta su manera de pensar y decir! Abrumado de deudas, sin tener de qu\u00e9 vivir, \u00bfc\u00f3mo podr\u00e1 ejercitar el apostolado sin ser una carga para los suyos?<\/p>\n<p>Si desea la tal prebenda es con esp\u00edritu desinteresa\u00addo, sabiendo que el pr\u00f3jimo saldr\u00e1 m\u00e1s beneficiado que \u00e9l. Con toda tranquilidad se conf\u00eda a la bondad y a la om\u00adnipotencia del legado Montorio que le ha hecho la pro\u00admesa. A pesar de todo, como si Dios hubiese juzgado a su siervo muy por encima de las ventajas materiales que son el principio de una carrera banal, Montorio, por m\u00e1s que fuese legado, no pudo obtener lo que solicitaba para su joven amigo.<\/p>\n<p>La noticia lejos de abatir a Vicente lo turb\u00f3 tan poco que se alegraba viendo en ello un signo manifiesto de lo alto y esta vez \u00a0fue el fracaso lo que le pareci\u00f3 <em>beneficio.<\/em><\/p>\n<p>El fracaso por lo dem\u00e1s honraba tanto al protector como al protegido. Tuvo por causa los grandes m\u00e9ritos de Vicente y los elogios que de ellos hac\u00eda ante todos el vice\u00adlegado, enterado como nadie de sus virtudes, pues se al\u00adbergaba en su casa, com\u00eda en su mesa y prove\u00eda a sus ne\u00adcesidades. Esta intimidad cotidiana hab\u00eda originado en \u00e9l una admiraci\u00f3n sin l\u00edmites por su hu\u00e9sped que publicada de tal modo \u00a0fue lo que hizo frustrar sus deseos hab\u00eda de permanecer oculta e ignorada a todos y que \u00e9l casi hab\u00eda borrado de su alma, lejos de agra\u00addarle le caus\u00f3 gran contrariedad. Si nos atrevi\u00e9ramos a pronunciar una palabra, inadmisible trat\u00e1ndose de este modelo de paciencia y de mansedumbre, dir\u00edamos que se irrit\u00f3\u2026 no m\u00e1s que por algunos segundos. Arroj\u00f3 al fue\u00adgo la copia de la antigua e imprudente carta como si le quemara los dedos con ardor diab\u00f3lico y escribi\u00f3 inme\u00addiatamente a M. Saint-Marlin para ordenarle\u2026 \u2014no, era demasiado amable para expresarse en ese tono\u2014 para suplicarle que le enviase el original. Este, que comprendi\u00f3 las intenciones de Vicente de destruir la carta, precisa\u00admente por consideraci\u00f3n a su santo amigo, se hizo el de\u00adsentendido. Vicente insisti\u00f3 y reiter\u00f3 sus instancias con tal energ\u00eda que hubiera sido imposible no acceder a su deseo: <em>\u00abPor las entra\u00f1as de Jesucristo\u00bb. <\/em>Dec\u00eda adem\u00e1s: \u00abPor todas las gracias que Dios ha tenido a bien conce\u00adderos, os conjuro me envi\u00e9is esa <em>miserable <\/em>carta que hace menci\u00f3n de Turqu\u00eda\u00bb. Esto acontec\u00eda seis meses antes de la muerte de Vicente, quien enfermo, viejo, tullido y casi sin fuerzas, se ve\u00eda precisado a dictar. El religioso que le serv\u00eda de secretario juzg\u00f3 sagazmente \u2014como afir\u00adma uno de sus bi\u00f3grafos\u2014 que la tal carta cuya posesi\u00f3n deseaba el santo con tanto ah\u00ednco deb\u00eda contener algo re\u00adferente a su gloria y que el objeto de su impaciencia era destruirla cuanto antes. Por lo cual desliz\u00f3 en el mismo sobre un billete rogando a M. Saint-Martin que enviase la carta a otra persona, si no quer\u00eda verla perdida sin re\u00admedio. M. Saint-Martin se persuadi\u00f3 no solo que pod\u00eda, sino tambi\u00e9n que deb\u00eda desobedecer a sus amigos trat\u00e1ndose de publicar las gracias de Dios y sigui\u00f3 el consejo al pie de la letra.<\/p>\n<p>La preciosa carta, objeto de tantos y tan diferentes deseos fue a parar a manos del superior del Seminario, es\u00adtablecido en el colegio de Bons-Enfants. Sin este astuto juego s\u00f3lo nos hubi\u00e9ramos enterado muy vagamente de la esclavitud de Vicente de Pa\u00fal y del glorioso triunfo que rompi\u00f3 sus cadenas. En efecto, en todo el proceso verbal de su beatificaci\u00f3n s\u00f3lo se encuentra un solo testigo que hubiera o\u00eddo hablar de su cautiverio y M. Daulier, secre\u00adtario del rey, que conoc\u00eda por otros conductos toda esta historia, incit\u00f3 varias veces a Vicente a hablar de ella co\u00admentando asuntos de T\u00fanez y de los cristianos que sufren esclavitud en aquellas regiones sin obtener de \u00e9l una sola palabra de la cual se dedujera que aquel pa\u00eds le era de al\u00adg\u00fan modo conocido.<\/p>\n<h3><strong>El land\u00e9s y el bearn\u00e9s<\/strong><\/h3>\n<p>Enrique IV se asegur\u00f3 en 1608 las perspectivas de un largo reinado. Sin embargo persigui\u00f3 con no menor ah\u00ednco y habilidad la realizaci\u00f3n de un vasto proyecto seg\u00fan el cual hab\u00eda de reunir a todos los estados de Europa para hacer contrapeso al poder\u00edo de la casa de Austria.<\/p>\n<p>Calcul\u00f3 acertadamente que la entrada del Papa Pau\u00adlo V en la Liga ser\u00eda de una importancia decisiva, pues seguir\u00edan su ejemplo los pr\u00edncipes de Italia, el duque de Saboya, el gran duque de Toscana, Venecia y las dem\u00e1s potencias italianas. Con este fin destac\u00f3 en Roma numero\u00adsos embajadores encargados de negociar ante la Santa Sede dicha uni\u00f3n. Estos h\u00e1biles ministros buscaban alg\u00fan intermediario verbal, entre ellos y el rey, en quien pudie\u00adran depositar toda su confianza. Mucho hab\u00edan o\u00eddo en\u00adsalzar por boca del vicelegado la val\u00eda y las cualidades de su protegido, por lo cual no dudaron en convenir que \u00e9l era el hombre que necesitaban.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de conversar con \u00e9l quedaron tan prendados de sus virtudes que inmediatamente le declararon sus in\u00adtenciones y le confiaron una importante misi\u00f3n ante En\u00adrique IV teni\u00e9ndolo por suficientemente enterado del asun\u00adto para tratarlo y dilucidarlo con su rey tan pronto como el pr\u00edncipe lo juzgare oportuno. Vicente lleg\u00f3 a principios de 1609.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed nos encontramos ante el secreto. Si est\u00e1 permi\u00adtido a los historiadores deducir con verosimilitud las prin\u00adcipales razones que motivaron el viaje, el objeto preciso de su entrevista con el monarca y de su viaje a Roma per\u00admanecen en el misterio. \u00bfSe trataba s\u00f3lo de una entrevista? Tal vez de algo m\u00e1s importante. El objeto era de demasiada importancia para poderlo suponer. Sea lo que haya sido, sentimos que nada se haya traducido de lo que all\u00ed se trat\u00f3 o result\u00f3.<\/p>\n<p>Enrique IV ten\u00eda cincuenta y seis a\u00f1os, Vicente trein\u00adta y tres. No obstante los veintitr\u00e9s a\u00f1os de diferencia, apenas en presencia el uno del otro debieron entenderse plena y francamente y a trav\u00e9s de simples insinuaciones. Con toda seguridad la seriedad de los asuntos y de los pensamientos no impidi\u00f3 el giro ingenioso de los concep\u00adtos. Los dos interlocutores eran <em>paisanos, <\/em>oriundos del mis\u00admo suelo ya que el B\u00e9arn y Las Landas son pa\u00edses veci\u00adnos y se asemejan como un hermano a otro hermano El hombre de Francia y el hombre de Dios pose\u00edan igual fi\u00adnura; igual amor al bien p\u00fablico, igual profundidad de miras. Con id\u00e9ntico acento que los asemejaba aun m\u00e1s, ha\u00adblaban la misma lengua. Sentados ambos a cada lado de una mesa, el bearn\u00e9s invita al viajero que llega de tan le\u00adjos a vaciar con \u00e9l una copa de vino juraron rosado. Cordial y sonrosado, r\u00e1pido el gesto, c\u00e1lidas la mano y la mejilla, el rey habla, expone, r\u00ede, jugando con los dedos en la barba rizada; el s\u00fabdito lo escucha atento, compren\u00addi\u00e9ndolo tan perfectamente, con semblante risue\u00f1o que en po\u00adcos instantes se gana la voluntad del rey. Entre tanto la entrevista se prolonga y el tiempo pasa. En el amplio ves\u00adt\u00edbulo los introductores y encargados del servicio de ante\u00adc\u00e1mara comienzan a asombrarse. Las opiniones y los re\u00adcelos corren con rapidez en el Louvre.<\/p>\n<p>En los pasillos, en los rincones, se oye esta pregunta en voz baja: \u00abPor qu\u00e9 se demorar\u00e1 tanto tiempo con su Majestad? \u00bfQui\u00e9n es ese religioso moreno que vimos pasar como una sombra por los corredores?\u00bb. Algunos, temien\u00addo una ambici\u00f3n en marcha, una influencia, puesta en mo\u00advimiento, arrugan el entrecejo. No falta quien los tranqui\u00adlice: \u00abVamos, al fin y al cabo de qui\u00e9n se trata? De un pobre franciscano de un rinc\u00f3n de Gascu\u00f1a. Un descono cido. \u00bfSu nombre? Vicente\u2026 me parece, Vicente de\u2026 no me acuerdo qu\u00e9\u2026 Bueno, Vicente de\u2026 nada\u00bb.<\/p>\n<p>Ah, se\u00f1ores, tranquilizaos. El reci\u00e9n llegado no os causar\u00e1 la menor molestia. No es su af\u00e1n granjearse la gra\u00adcia del rey haciendo que vosotros le perd\u00e1is. Sus fines son otros. Ya termin\u00f3 la audiencia, y sale sin la menor promesa. Es probable que si el rey le ofreci\u00f3 favores, los declin\u00f3 y al salir se vuelve y os saluda amablemente. No tem\u00e1is cuando le ve\u00e1is regresar, dentro de alg\u00fan tiempo, al despacho del rey. Pero saludadlo con presteza y en voz baja, como a los grandes personajes porque es m\u00e1s impor\u00adtante que Sully, Bassompierre y Crillon; es el embajador de Dios, el futuro ministro de los pobres.<\/p>\n<h3><strong>Vicente, acusado de hurto, toma otros rumbos<\/strong><\/h3>\n<p>Su breve estad\u00eda, en la corte le hizo concebir por \u00e9sta un gran temor y huy\u00f3 de ella. Sin duda el rey le dispens\u00f3 una acogida ben\u00e9vola que jam\u00e1s habr\u00eda de olvidar. Vi\u00adcente admira y ama en el rey al monarca paternal, al hombre de bien, al pol\u00edtico y al cat\u00f3lico, tan h\u00e1bil bajo uno como otro aspecto.<\/p>\n<p>Una vez finiquitada su comisi\u00f3n s\u00f3lo le persigue una idea: desaparecer en el retiro. La piedad es su \u00fanica am\u00adbici\u00f3n. Un modesto y apartado albergue del barrio de Saint-Germain, casi enfrente del hospital de caridad, le parece la vivienda m\u00e1s adecuada. Admirable ocurrencia la del futuro padre de aquellas santas mujeres que exten\u00adder\u00edan su gloria por toda la tierra, ocultar su existencia a la sombra de este hospicio de caridad. Los destellos de su obra completa iluminan plenamente el comienzo de la misma. Ordena pues sus actividades en forma simple y la\u00adboriosa. Visita los enfermos, los exhorta; acompa\u00f1a y ani\u00adma hasta el umbral de la muerte a los pobres moribundos que no tienen m\u00e1s cama que sus brazos. Ofrece a los pe\u00adbres los socorros que m\u00e1s necesitan, tanto corporales como espirituales y cura a los enfermos del alma m\u00e1s con el aliento de su esp\u00edritu que con sus manos de carne. Nada en su vocaci\u00f3n, si es l\u00edcito hablar as\u00ed, como en un pi\u00e9lago de felicidad. Pero hay m\u00e1s. La amistad con M. de Berulle que data de este tiempo, llena el colmo de su alegr\u00eda.<\/p>\n<p>Este modelo de perfecci\u00f3n sacerdotal atrae inmedia\u00adtamente a Vicente. Eran m\u00e1s o menos de igual edad y los une una amistad desde entonces indestructible.<\/p>\n<p>Vicente que conoc\u00eda bien cu\u00e1nto vale la consolaci\u00f3n, busca un consolador y m\u00e1s todav\u00eda un gu\u00eda. \u00bfD\u00f3nde ha\u00adbr\u00eda de encontrar un hombre tal sino en el disc\u00edpulo del gran Francisco de Sales? Nada tiene ya que desear. En la soledad, donde ya no est\u00e1 solo, se siente plenamente di\u00adchoso, tal vez demasiado.<\/p>\n<p>Se dir\u00eda que la dicha, aun siendo ejemplar e irrepro\u00adchable y tan pura como se puede imaginar, est\u00e1 proscripta no solo a los grandes hombres sino tambi\u00e9n y con mayor raz\u00f3n a los que Dios ha destinado a la santidad. Esta se opone al ocio y rechaza la comodidad, tanto corporal como espiritual. Un santo sin congojas, sin contrariedades, sin ning\u00fan tormento f\u00edsico ni moral\u2026 o que en cada tribu\u00adlaci\u00f3n se mostrara tan injusto y candoroso que se admi\u00adrase de ella exclamando: \u00ab\u00a1Dios m\u00edo, jam\u00e1s me dejas tran\u00adquilo, ni siquiera para hacer el bien seg\u00fan mi deseo y el tuyo!\u00bb, tal santo ya no ser\u00eda un santo. Perder\u00eda de inme\u00addiato el titulo de aspirante a tal. Los santos est\u00e1n desti\u00adnados a ser infortunados y atormentados proporcionalmen\u00adte al grado de santidad a que Dios desea elevarlos. Seg\u00fan esto Vicente, como se ver\u00e1, hab\u00eda de ser objeto de un especial favor.<\/p>\n<p>Se vi\u00f3 precisado, quiz\u00e1 por razones de econom\u00eda a compartir su habitaci\u00f3n con un compatriota, el juez de Sore, aldea cercana a Pouy. El tal juez guardaba su dine\u00adro en un armario y siempre que sal\u00eda ten\u00eda la precauci\u00f3n de cerrarlo y llevarse consigo la llave, en lo cual hac\u00eda bien, porque en aquellos tiempos, aun en Par\u00eds, el dinero no admit\u00eda que se le dejara solo y a puertas abiertas. Una ma\u00f1ana el juez al salir olvid\u00f3 la llave en la cerradura. El santo que precisamente ese d\u00eda se encontraba indispuesto y deb\u00eda tomar un medicamento\u2026 \u2014porque la virtud no impide los achaques corporales\u2014 se hab\u00eda quedado en ca\u00adma. Pronto lleg\u00f3 el encargado de traer la medicina. Ne\u00adcesitaba un vaso y busc\u00e1ndolo por todos los rincones abri\u00f3 el armario donde oje\u00f3 las monedas y las arrebat\u00f3 sin dejar una.<\/p>\n<p>El enfermo, que en ese momento estaba vuelto de es\u00adpaldas, no tuvo tiempo de hacer la menor observaci\u00f3n. Des\u00adpu\u00e9s que \u00e9ste tom\u00f3 su medicina, el malandr\u00edn se retira \u00abconservando una gran serenidad\u00bb. Son cuatrocientos es\u00adcudos. El juez al volver sorprendido y turbado al no en\u00adcontrar su dinero, fue presa de gran conmoci\u00f3n.<\/p>\n<p>Lo reclama, primera con energ\u00eda, despu\u00e9s con c\u00f3lera a su compa\u00f1ero de habitaci\u00f3n. Vicente le responde que no lo ha visto tocar y que, por supuesto, \u00e9l nada tiene que ver en el asunto. Entonces el juez, fuera de s\u00ed por la p\u00e9r\u00addida, llega al punto de insinuar que sospecha de Vicente. Y como a tal demencia el pobre sacerdote prefiere oponer un digno silencio, se le acusa del latrocinio. El estupor y la tristeza que embargan al desventurado al saber tal su\u00adposici\u00f3n inaudita no hacen m\u00e1s que aumentar la ceguera del juez. Ve en ello una prueba de culpabilidad y arroja a Vicente de su compa\u00f1\u00eda, quien no se resiste. Paciente y manso abandona el cuarto como un culpable. , Obtendr\u00eda as\u00ed la tranquilidad? No. El vengativo juez se encarniza m\u00e1s aun y lo denuncia ante todos, incluso ante M. de B\u00e9\u00adrulle al cual lo describe como un criminal.<\/p>\n<p>M. de B\u00e9rulle debi\u00f3 sonre\u00edr, aunque solo un instante; tal fue el dolor que le caus\u00f3 ver a su inocente amigo tan vilmente calumniado. Probablemente sufri\u00f3 m\u00e1s \u00e9l que la misma v\u00edctima.<\/p>\n<p>Aunque los clamores divulgados hubiesen llegado a convertirse en un \u00abespantable rumor\u00bb, Vicente de Pa\u00fal no exterioriz\u00f3 la menor se\u00f1al de molestia.<\/p>\n<p>Conserv\u00f3 su equidad de \u00e1nimo, de lo cual tenemos el comprobante en su propio testimonio, aunque expresado a su manera. No pudiendo ocultar el suceso, como lo hiciera con su aventura por tierras berberiscas, se refiere a \u00e9l con la modestia habitual que evita lo esc\u00e9nico. Relata el hecho, pero como si se tratase de otra persona: \u00abConoc\u00ed una per\u00adsona que acusada por su compa\u00f1ero de haberle sustra\u00eddo cierta cantidad de dinero, contest\u00f3 suavemente que no lo hab\u00eda hecho. Pero viendo que el otro perseveraba en la acusaci\u00f3n, tom\u00f3 otros rumbos, y se dirigi\u00f3 a Dios dici\u00e9n\u00addole: \u00ab\u00bfQu\u00e9 har\u00e9, Se\u00f1or ?, t\u00fa sabes \u00abla verdad\u00bb. Enton\u00adces confiado en El resolvi\u00f3 no responder a las acusaciones que llegaron a propalar el latrocinio y decidi\u00f3 hac\u00e9rselo conocer\u00bb.<\/p>\n<p>En verdad es imposible meditar estas l\u00edneas sin con\u00adcluir de ellas la admirable y piadosa sabidur\u00eda que cons\u00adtitu\u00edan en Vicente el fondo de su car\u00e1cter. Posee el \u00abbuen sentido de lo divino\u00bb. Toda su vida observar\u00e1 esta regla de conducta. Siempre que tropiece en su camino con un obst\u00e1culo humano grande o peque\u00f1o, \u00abcambiar\u00e1 de rum\u00adbo\u00bb en el sentido de lo bueno. Como recompensa obtendr\u00e1, aun m\u00e1s tarde, el triunfo de su causa y contra toda es\u00adperanza se justificar\u00e1 m\u00e1s all\u00e1 de sus deseos.<\/p>\n<p>Tal fue el caso del asunto que nos ocupa, cuya soluci\u00f3n \u00e9l mismo relata: \u00abPues bien, sucedi\u00f3 y quiso Dios que despu\u00e9s de seis a\u00f1os, el que hab\u00eda perdido el dinero encontrase al ladr\u00f3n, a unas ciento veinte leguas de aqu\u00ed. Este ladr\u00f3n as\u00ed como el robado viv\u00edan en Burdeos. \u00abAll\u00ed fue puesto en prisi\u00f3n a causa de un nuevo crimen.<br \/>\nConoc\u00eda perfectamente al juez de Sore y no ignoraba que el dinero robado hac\u00eda tanto tiempo, le pertenec\u00eda. Asediado de remordimientos llam\u00f3 a su v\u00edctima al calabozo y le<br \/>\nconfes\u00f3 todo lo sucedido\u00bb. El magistrado sinti\u00f3 entonces lo detestable de su pasada conducta y escribi\u00f3 a Vicente una extensa carta en la cual le conjuraba le perdonase,<br \/>\nprotestando <em>que si no lo hac\u00eda ir\u00eda personalmente a Par\u00eds, <\/em><em>se arrojar\u00eda a sus plantas <\/em>e <em>implorar\u00eda gracia con la soga al cuello. <\/em>Vicente se juzg\u00f3 por dem\u00e1s indemnizado con tan feliz arrepentimiento. Perdon\u00f3 al juez dispens\u00e1ndolo del viaje y de la humillante diligencia. Recordemos que el arrepentimiento del magistrado se produjo reci\u00e9n seis a\u00f1os despu\u00e9s. Volvamos al tiempo en que calumniado no obstante su bondad ang\u00e9lica y apena\u00addo por el incidente, decidi\u00f3, para evitar la repetici\u00f3n de semejantes contratiempos, ocultar m\u00e1s que nunca su vida. Crey\u00f3, desde que lleg\u00f3 a Par\u00eds, haber hecho lo bastante al respecto. Suprimi\u00f3 su apellido de familia, aun cuando ha\u00adyamos seguido aplic\u00e1ndoselo, por parecerle demasiado so\u00adlemne, content\u00e1ndose con llevar el solo nombre de pila, \u00fanico por el que se le conoci\u00f3, aun en vida. Proscribi\u00f3 de su alrededor hasta la menor se\u00f1al que pudiera revelar los destellos de su inteligencia, la amplitud de su saber y los t\u00edtulos conquistados. Asediado por las preguntas, se ha\u00adc\u00eda pasar por un pobre estudiante, apenas en posesi\u00f3n de los primeros rudimentos de la gram\u00e1tica. Permanecer en la oscuridad lo hench\u00eda de alborozo. Hablaba de s\u00ed \u2014\u00e9l mismo lo atestigua\u2014 \u00abcomo del \u00faltimo de los hombres\u00bb.<\/p>\n<p>Pero ser\u00eda demasiado bello e injusto que tantas pre\u00adcauciones fueran suficientes, para asegurar, aun a los esp\u00edritus superiores, el \u00e9xito fundado en ellas. El placer de la vida desapercibida no se dispensa a los santos duran\u00adte mucho tiempo. No pertenece a la iniciativa humana esco\u00adger los sacrificios que han de agradar a Dios. Es Dios quien los env\u00eda al hombre y quien en ellos se ostenta.<\/p>\n<p>Por esto acontece que las medidas m\u00e1s severas adop\u00adtadas por el hombre en este sentido, son con frecuencia de efectos opuestos. La extrema discreci\u00f3n acucia a los indis\u00adcretos. Esfu\u00e9rcese&#8217; quienquiera por ocultar su vida y los curiosos perecer\u00e1n por penetrarla, no s\u00f3lo los mal\u00e9volos sino tambi\u00e9n los bien intencionados.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Segunda parte: Entre los grandes de la tierra En Roma Cualquiera dir\u00eda que apenas lleg\u00f3 a manos de M. 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