{"id":121316,"date":"2022-03-07T08:09:49","date_gmt":"2022-03-07T07:09:49","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=121316"},"modified":"2022-01-05T11:52:36","modified_gmt":"2022-01-05T10:52:36","slug":"bula-de-canonizacion-de-san-vicente-de-paul","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vincentians.com\/es\/bula-de-canonizacion-de-san-vicente-de-paul\/","title":{"rendered":"Bula de canonizaci\u00f3n de san Vicente de Pa\u00fal"},"content":{"rendered":"<p>Clemente, obispo, siervo de los siervos de Dios. Para perpetua memoria.<\/p>\n<p>I. La Jerusal\u00e9n celeste, esta bienaventurada ciudad del Dios vivo, en la que el soberano Padre de familias distribuye por igual a todos los que han trabajado en su vi\u00f1a la misma paga de la vida eterna, en diferentes lugares y moradas donde cada uno se colocado seg\u00fan su m\u00e9rito. Por eso los ap\u00f3stoles hall\u00e1ndose en la tristeza a causa de la muerte de cristo, en el temor por su debilidad, en la inquietud por su futura recompensa, al o\u00edr decir que Pedro, el m\u00e1s ardiente y el m\u00e1s osado de entre ellos, y que hab\u00eda sido establecido su jefe y su pr\u00edncipe, renegara tres veces de su Maestro al canto del gallo, el se\u00f1or Cristo los consol\u00f3, diciendo: \u00abEn la casa de mi padre hay varias moradas, \u00bb dando a entender con estas palabras que ninguno de ellos, a pesar de la diferencia de fuerza y de debilidad, de mayor y de menor justicia, no ser\u00eda excluido, no ser\u00eda excluido de esta feliz casa en la que existen varias moradas, es decir diferentes grados de m\u00e9ritos en una sola vida eterna. En efecto, otra es la claridad del sol, otra la claridad de la luna, otra la claridad de las estrellas, pues la estrella difiere de la estrella en claridad, y el Evangelio habla de diferentes fecundidades, ya que tal grano produce ciento, tal otro sesenta, tal otro treinta; as\u00ed los m\u00e1rtires producen fruto al ciento por ciento, las v\u00edrgenes al sesenta, los dem\u00e1s en diferente cantidad.<\/p>\n<p>Hay por lo tanto en la casa de Dios diferentes moradas; las estrellas no tienen la misma claridad; no el mismo, sino m\u00faltiple es el fruto de la semilla. De esta forma, no hay m\u00e1s que una sola corona recibida en el tiempo de la persecuci\u00f3n: la paz tiene tambi\u00e9n sus coronas, con las que ella ci\u00f1e a los vencedores que, en diferentes combates han derribado y sometido a su adversario: a quien ha vencido a la voluptuosidad, la palma de la continencia; a quien ha combatido la c\u00f3lera, combatido la injusticia, la corona de la paciencia; a quien ha despreciado el dinero, el triunfo sobre la avaricia. Es la gloria de la fe soportar los males de este mundo en la esperanza de los bienes futuros; y a quien la prosperidad no hace orgulloso obtiene la gloria de la humildad. Quien est\u00e1 inclinado hacia la misericordia para con los pobres adquiere la retribuci\u00f3n del tesoro celestial; quien no conoce la envidia, quien ama a sus hermanos en la uni\u00f3n y en la dulzura es honrado con la recompensa de la dilecci\u00f3n y la paz. en esta carrera de las virtudes, el bienaventurado siervo de Dios Vicente de Pa\u00fal no s\u00f3lo lleg\u00f3 \u00e9l mismo a recibir estas palmas y estas coronas de justicia, sino que, por sus cuidados y sus ejemplos, ha conducido all\u00ed a un gran n\u00famero de sus semejantes. Porque, como un valiente soldado de Dios, dejando toda carga y el pecado que le rodeaba, se ha enzarzado en la batalla que se le presentaba, adelant\u00e1ndose a los dem\u00e1s por su virtud y, hasta su avanzada edad, ha combatido valerosa y fielmente contra los pr\u00edncipes y las potencias y los amos de este mundo de tinieblas, ha merecido ser coronado de la mano del Se\u00f1or en la tierra de la felicidad. Ya que, aqu\u00e9l a quien Dios, que solo opera grandes prodigios, hab\u00eda recompensado en el cielo con la eterna felicidad, ha querido hacerle ilustre en la tierra por signos y hechos milagrosos, y sobre todo en el tiempo en que, en Francia, novadores con falsos y ficticios milagros, se esfuerzan en difundir sus errores, en perturbar la paz en la Iglesia cat\u00f3lica y en separar a los sencillos de la unidad de la Sede romana.<\/p>\n<p>II. Para obedecer pues a la voluntad divina, para animar a los fieles a correr por el camino de la salvaci\u00f3n, para reprimir la maldad de los perversos y para confundir la malicia de los herejes, Nos hemos decretado hoy por la autoridad apost\u00f3lica, que todo el pueblo fiel, del que Dios se ha dignado, sin que lo mereci\u00e9ramos, darnos la direcci\u00f3n, rindiera al siervo de Dios Vicente el culto, la veneraci\u00f3n y los honores de los santos. Celebremos pues, con salmos, himnos y c\u00e1nticos espirituales en la compunci\u00f3n del coraz\u00f3n y la misericordia con los pobres, la hermosa victoria conseguida sobre el mundo y el diablo, y el triunfo espiritual del siervo de Dios. Que se edifiquen templos en su honor al Dios inmortal; pero nosotros que somos el templo de Dios temamos violarlo y mancillarlo con la mancha de la perversidad humana, y hagamos de manera que nada impuro o profano entre en este templo de Dios, es decir en nuestra alma, por temor a que irritado, abandone la morada que habita. Que a la memoria de Vicente y sobre sus altares se ofrezcan dones y presentes; pero ofrezcamos tambi\u00e9n nuestros cuerpos como uno hostia viva, santa, agradable a Dios, testimonio de nuestra obediencia racional. Por \u00faltimo que estas estatuas y estas im\u00e1genes sagradas sean el objeto de una honor y de un culto religioso: pero apliqu\u00e9monos cuidadosamente, con el auxilio de la gracia divina, a expresar y a representar en nosotros, mientras se lo permita la debilidad de cada uno, la forma eminente de sus virtudes y la imagen de su santa vida.<\/p>\n<p>III. Nacido en una aldea humilde de la di\u00f3cesis de Aqcs que dicen Ranquines, de padres muy pobres pero piadosos, Vicente de Pa\u00fal en su infancia como el inocente Abel fue pastor de ovejas y atrajo sobre \u00e9l y sobre sus presentes las miradas del Se\u00f1or. Ya que, viviendo en la inocencia, ofrec\u00eda a Dios con sus ahorros y su privaciones un agradable sacrificio de piedad. En efecto, distribu\u00eda a los pobres harina cuando regresaba del molino, e incluso el pan que le hab\u00edan dado sus padres para su m\u00f3dica alimentaci\u00f3n, consagrando as\u00ed a la virtud lo que \u00e9l quitaba a su subsistencia , y alimentando a sus padres con su abstinencia y su ayuno. Porque la ardiente caridad del piadoso ni\u00f1o no encontraba obst\u00e1culo en su pobreza; y tan poco considerable era lo que pod\u00eda sustraer a sus recursos, su grandeza de alma sobre pasaba los l\u00edmites estrechos de sus facultades. As\u00ed, un medio escudo que hab\u00eda juntado poco a poco, mediante una ahorro de todos los d\u00edas, por su trabajo y su frugalidad, \u00e9l se lo daba entero a un pobre que encontr\u00f3, a ejemplo de aquella pobre viuda, que mereci\u00f3 ser alabada por el Se\u00f1or cuando dio, no de su abundancia sino de su penuria, todo lo que ten\u00eda, todo su sustento.<\/p>\n<p>IV. Arrancado por su padre de la vida campestre y pastoril, fue enviado a Aqcs, al convento de los hermanos de la orden de san Francisco para darse a las letras; lo que hizo con tanto cuidado y diligencia, con tal integridad de costumbres y tal piedad para con Dios, que fue el ejemplo de sus iguales y la admiraci\u00f3n de sus maestros. De all\u00ed en Toulouse luego en Zaragoza, se entreg\u00f3 con asiduidad a los estudios de teolog\u00eda; y casto, humilde, modesto, tal como deben serlo los que son llamados a la herencia del Se\u00f1or, ascendi\u00f3 por todas las \u00f3rdenes eclesi\u00e1sticas a la sublime dignidad del sacerdocio.<\/p>\n<p>V. Apenas se hab\u00eda revestido del honor sacerdotal, cuando su reputaci\u00f3n bien conocida de virtud y de doctrina le hizo nombrar, sin saberlo \u00e9l y en su ausencia, para un rico beneficio; pero al enterarse que no pod\u00eda entrar en posesi\u00f3n sin pleitear, renunci\u00f3 a \u00e9l por s\u00ed mismo y de buena gana; ya que, prefiriendo sufrir la injusticia y el fraude a disputar en juicio con su hermano, quiso privarse de una abundante renta que no pod\u00eda obtener sin uno de esos procesos que un eclesi\u00e1stico, como \u00e9l dec\u00eda de s\u00ed mismo, debe huir absolutamente.<\/p>\n<p>VI. Entretanto, para no servir de carga a los dem\u00e1s, sino para lograr, por un trabajo honrado, y una laudable industria, su mantenimiento y el de su pobre madre, ense\u00f1\u00f3 las humanidades en un pueblo llamado Buzet, lugar muy considerable de la di\u00f3cesis de Toulouse, y luego en esta ciudad misma. Y como su principal cuidado y su vigilante solicitud eran menos los de llenar el esp\u00edritu de sus j\u00f3venes disc\u00edpulos con una ciencia solamente est\u00e9ril de las cosas de Dios, que el de llevar a sus almas a abrazar la celeste sabidur\u00eda, formar sus costumbres en la y en la santidad sublime de la profesi\u00f3n cristiana, gentilhombres confiaban a porf\u00eda a sus hijos a sus cuidados, para que, bajo la direcci\u00f3n evang\u00e9lica de un hombre tan grande y en la escuela de su piedad, avanzaran en el camino del Se\u00f1or y en la ciencia de los santos.<\/p>\n<p>VII. Habiendo ido a Marsella para recoger all\u00ed una suma de dinero que se le deb\u00eda por un legado de herencia, cuando viajaba por mar y bajo un viento favorable de Marsella a Narbona para volver a Toulouse, cay\u00f3 en medio de los Turcos, que mataron al patr\u00f3n de la embarcaci\u00f3n y a otros pasajeros, a \u00e9l miso le hirieron con una flecha, le despojaron de sus vestidos y le llevaron cautivo a \u00c1frica. Tuvo que sufrir por la crueldad de los Turcos numerosas y graves penalidades para no abandonar la ley de su Se\u00f1or, pero bien sab\u00eda que los sufrimientos de este tiempo no tienen proporci\u00f3n con la gloria futura que se nos revelar\u00e1.<\/p>\n<p>VIII. Se cuenta que habiendo visto a uno de sus compa\u00f1eros de esclavitud tristemente abatido bajo el peso de sus cadenas, y no teniendo otra cosa que dar pata aliviar las angustias de este desdichado, se puso \u00e9l mismo en las cadenas, con el fin de rescatar a expensas de su cuerpo la calamidad de otro. Hab\u00eda sido empleado por un hombre duro, el \u00faltimo de sus amos (pues tuvo tres en el curso de su cautiverio), en el rudo trabajo del cultivo de sus campos, adonde ven\u00eda con frecuencia a visitarle una de las concubinas de este amo que, nacida en el mahometismo, estaba sin embargo deseosa de abrazar la creencia y las reglas de la religi\u00f3n cristiana. Un d\u00eda, despu\u00e9s de muchas preguntas sobre Dios y sobre el Cristianismo, le orden\u00f3 cantar algunos de los c\u00e1nticos de Sion. Entonces el siervo de Dios cant\u00f3 este salmo: \u00abEn las orillas de los r\u00edos de Babilonia nos sentamos y lloramos,\u00bb y otros c\u00e1nticos piadosos. Pues, mientras que el c\u00e1ntico sagrado del Se\u00f1or resonaba, por la voz de Vicente, en los o\u00eddos incircuncisos de la mahometana, Dios operaba en el coraz\u00f3n de esta mujer profana para hacerle sentir alguna suavidad de la dulzura celestial. As\u00ed, de vuelta a casa, se fue a ver a su marido, que hab\u00eda abandonado la fe cristiana para seguir los delirios de Mahoma, y le reproch\u00f3 haber abjurado de su religi\u00f3n, que le parec\u00eda muy hermosa, tanto por lo que hab\u00eda aprendido de la boca de su esclavo, como por el placer desacostumbrado que hab\u00eda sentido por el canto del c\u00e1ntico, placer tal que ella no esperaba experimentar uno tan grande en el para\u00edso de s padres. Tocado por las palabras de su mujer, este imp\u00edo volvi\u00f3 los ojos sobre su horrible estado, le conden\u00f3 y, con la ayuda de los consejos y de las oraciones de su santo esclavo Vicente, resolvi\u00f3 salir de \u00e9l. En efecto, despu\u00e9s de poner orden en sus asuntos, se escap\u00f3 con \u00e9l en una peque\u00f1a embarcaci\u00f3n de las manos de los Turcos, huy\u00f3 a Francia, donde Vicente le present\u00f3 al vicelegado de la Sede apost\u00f3lica de Avi\u00f1\u00f3n quien, observando los sagrados ritos e imponi\u00e9ndole una penitencia, le reconcili\u00f3 con la Iglesia.<\/p>\n<p>IX. El siervo de Dios se dirigi\u00f3 luego a Roma para honrar los sagrados restos de los m\u00e1rtires, cuya sangre ha purificado a una ciudad que, de sede de la superstici\u00f3n, se ha convertido en la madre y maestra de la religi\u00f3n, y prosternarse en las tumbas de los ap\u00f3stoles y adorar la c\u00e1tedra de Pedro, cuya dignidad no desfallece ni siquiera en su indigno heredero.<\/p>\n<p>X. De regreso a Francia, por los consejos de un hombre de piedad excelente, Pedro B\u00e9rulle, fundador de la congregaci\u00f3n del Oratorio de Jes\u00fas, y luego cardenal de la santa Iglesia romana, se encarg\u00f3 del ministerio parroquial en las di\u00f3cesis primero de Par\u00eds, luego de Lyon donde, haci\u00e9ndose de coraz\u00f3n el modelo del reba\u00f1o, dirigi\u00f3 por el camino del Se\u00f1or a las ovejas que le hab\u00edan encomendado, y las aliment\u00f3 con su palabra y su ejemplo. Y como la mies era mucha y el n\u00famero de los obreros peque\u00f1o, recibi\u00f3 a j\u00f3venes cl\u00e9rigos a quienes mantuvo y educ\u00f3 en su casa llevando con ellos una vida en com\u00fan, y a quienes instruy\u00f3 en la ley del Se\u00f1or para que, en edad m\u00e1s avanzada, pudieran edificar a la Iglesia del Se\u00f1or por la palabra divina y una doctrina saludable.<\/p>\n<p>XI. El piadoso renombre de Vicente y el olor de su buena conducta llegaron a Francisco de Sales, quien le propuso a las religiosas llamadas de la Visitaci\u00f3n, un monasterio de las cuales hab\u00eda sido erigido recientemente en Par\u00eds. en este dif\u00edcil ministerio confiado a \u00e9l, guardi\u00e1n vigilante de las santas siervas de Dios, director prudente de las almas, mostr\u00f3 y prob\u00f3 con sus obras qu\u00e9 justo y verdadero era el juicio del santo prelado, quien afirmaba no conocer a ning\u00fan sacerdote m\u00e1s digno que Vicente. Pues bien, durante cuarenta a\u00f1os, el bienaventurado siervo de Dios, con una prudencia, un cuidado y una solicitud singular, dirigi\u00f3 a estas v\u00edrgenes sagradas por el camino de la salvaci\u00f3n, para que, despu\u00e9s de renunciar a la concupiscencia de la carne y consagrarse a Dios en cuerpo y alma, consumaran su obra y alcanzaran, por la fidelidad a los divinos preceptos, las recompensas de Dios.<\/p>\n<p>XII. Pero la ardiente caridad de Vicente no se pod\u00eda encerrar en los claustros de los monasterios, sabiendo bien que no existe trabajo m\u00e1s excelente ni m\u00e1s \u00fatil que el cuidado y la cura de almas, para comprometerse en una lucha espiritual contra concupiscencia de la carne y las depravaciones del mundo, contra el orgullo y la maldad del siglo, contra las calamidades y miserias de los hijos de Ad\u00e1n, contra la ignorancia de los hijos; en una palabra, contra los esp\u00edritus de malicia, \u00e9l levant\u00f3 ej\u00e9rcitos de bravos destinados a combatir el combate del Se\u00f1or. En efecto, el a\u00f1o de 1625, estableci\u00f3 la congregaci\u00f3n de los sacerdotes seculares de la Misi\u00f3n quienes, despreciando y abandonando las delicias del mundo, reunidos en comunidad mus casta y muy santa, no teniendo nada en propiedad, vivir\u00edan juntos en la oraci\u00f3n, la lectura, las instrucciones y dem\u00e1s ejercicios espirituales para formar as\u00ed a los cl\u00e9rigos seculares en la ciencia del Se\u00f1or, en las ceremonias eclesi\u00e1sticas y en el sagrado ministerio, y despertar a los laicos, proponi\u00e9ndoles la meditaci\u00f3n de los preceptos divinos y de las cosas celestiales, en recorrer el camino de la salvaci\u00f3n; que se comprometer\u00edan con Dios por un voto perpetuo a ejercer el trabajo apost\u00f3lico de las Misiones, en particular en los pueblos, poblaciones y dem\u00e1s lugares de los campos, donde la luz de la verdad evang\u00e9lica brilla raramente en los hombres hundidos en las tinieblas y la sombra de la muerte; quienes, no sinti\u00e9ndose hinchados de ning\u00fan orgullo, obcecados por ning\u00fan humor pertinaz, ennegrecidos por ninguna envidia, sino modestos, moderados, pac\u00edficos, har\u00edan de una vida toda de uni\u00f3n, consagrada a Dios por entero y a la salvaci\u00f3n del pr\u00f3jimo, un presente muy agradable al autor de todos los bienes.<\/p>\n<p>XIII. La caridad cristiana para con el pr\u00f3jimo, que nace de la caridad para con Dios como de su fuente, y hace subir por una especie de grados maravillosos, a la perfecci\u00f3n del divino amor, no vela solamente por la salvaci\u00f3n de las almas, sino que provee tambi\u00e9n a las necesidades del cuerpo. Por eso el siervo de Dios, ardiendo con una caridad perfecta, buscaba socorrer y aliviar el cuerpo y el alma, salvar mientras fuera posible, al uno y a la otra, llevando sin embargo todo el cuidado de los cuerpos a la salvaci\u00f3n de las almas, que debe ser el objeto de la principal solicitud. As\u00ed compadeci\u00e9ndose, en las entra\u00f1as de su misericordia, de las angustias de los miserables, sobre todo de los enfermos, de los ancianos, de los ni\u00f1os y de las j\u00f3venes que, incapaces en sus achaques y en sus debilidades, de socorrerse a s\u00ed mismos, y privados con frecuencia del auxilio necesario, est\u00e1n oprimidos bajo el peso de sus miserias, \u00e9l fund\u00f3 la Compa\u00f1\u00eda de las Hijas de la Caridad para trabajar d\u00eda y noche en el servicio y en el cuidado de los ancianos, de los ni\u00f1os, de los pobres y de toda clase de enfermos.<\/p>\n<p>XIV. Adem\u00e1s, en todas las parroquias no s\u00f3lo de las ciudades, sino de los pueblos y aldeas, instituy\u00f3 cofrad\u00edas de damas para aliviar, con su cuidado atento y su diligente solicitud, los males y las angustias de los miserables, procurar a los enfermos remedios tanto corporales como espirituales, a los calamitosos con recursos y auxilios, a los pobres con dinero, a los desnudos con ropas, a los afligidos con el consuelo. Trabaj\u00f3 asimismo en establecer, o en conservar y extender en muchos lugares varias compa\u00f1\u00edas de Hijas, en particular las de la Cruz, las de la Providencia y de Santa Genoveva, dedicadas a educar y a instruir en los trabajos de su sexo y en las buenas costumbres de necesitadas j\u00f3venes, por miedo a que, de mayor edad, caigan por la ignorancia en la ley del Se\u00f1or y de los divinos misterios, o que, ociosas, no aprendan a servir en las casas y, ocup\u00e1ndose en lo que no les hace falta, se extrav\u00eden siguiendo a Sat\u00e1n, y que por \u00faltimo, no sabiendo trabajar con sus manos, abrumadas de necesidades dom\u00e9sticas, se vean obligadas a los pecados y a los vicios por la indigencia y la miseria.<\/p>\n<p>XV. Adem\u00e1s, \u00e9l construy\u00f3 un hospicio para guardar a los locos, una casa para corregir a los j\u00f3venes de malas costumbres, y un vasto hospital para mantener y alimentar a los ancianos a quienes un accidente cualquiera hab\u00eda hacho incapaces de ganarse la vida con sus manos. Por \u00faltimo, por sus peticiones y sus cuidados, dos hospitales fueron construidos y dotados por la liberalidad real, en Blois y en Marsella, para los pobres galeotes enfermos que en adelante eran arrojados en antros, como a las bestias y que, ahora transportados all\u00ed con sus enfermedades, reciben all\u00ed todos los auxilios corporales y espirituales.<\/p>\n<p>XVI. La gran bondad de Vicente y su integridad de vida, brillando d\u00eda a d\u00eda con tanto mayor resplandor cuanto con m\u00e1s cuidado \u00e9l las ocultaba, eran en efecto conocidas del rey de Francia Luis XIII de gloriosa memoria, quien en vida, usaba de su ministerio para la distribuci\u00f3n de sus limosnas secretas, y de sus consejos para el nombramiento de los cl\u00e9rigos a las sedes episcopales y a los beneficios eclesi\u00e1sticos, y quien al morir, quiso tener en su \u00faltimo combate a Vicente de apoyo y consuelo.<\/p>\n<p>XVII. Despu\u00e9s de la muerte de este pr\u00edncipe, Ana de Austria, su esposa de gloriosa memoria, regenta de Francia, le llam\u00f3, a pesar de sus resistencias y su voluntad, al santo consejo de conciencia. Para \u00e9l y en Louvre entre los cortesanos, y en su casa entre los disc\u00edpulos de la Misi\u00f3n, y en las plazas entre los ciudadanos, y en las casa privadas entre los indigentes y los necesitados, y en los hospitales p\u00fablicos entre los ancianos y enfermos, y en las poblaciones y aldeas entre los campesinos y los labradores, y en los monasterios de v\u00edrgenes consagradas, y en las asambleas eclesi\u00e1sticas ; en todo y con todos cumpl\u00eda los oficios de la caridad y difund\u00eda la luz de la santidad y esparc\u00eda el buen olor de Cristo; ya que, hasta en el palacio de la realeza, despreciando la vanidad del siglo, hollando con los pies sus riquezas y sus honores, ten\u00eda sus pensamientos vueltos hacia Dios y fijos en el cielo. Tambi\u00e9n su principal cuidado fue que en las prebendas parroquiales, en las dignidades y en los beneficios eclesi\u00e1sticos, que son el bien de los pobres y el patrimonio de Cristo, se antepon\u00eda a los m\u00e1s dignos; y cuando gentilhombres le recomendaban a sus hijos, y le presionaban con promesa o amenazas, pisoteaba las esperanzas y los temores. Ya que esta alma fuerte y robusta no dese\u00f3 ganarse, en detrimento de la herencia de Cristo y a expensas de la Cruz, amigos poderosos, y sin temblar por los males con que le amenazaban, no temi\u00f3 a los enemigos, .<\/p>\n<p>XVIII. Entre los compa\u00f1eros de sus misiones sagradas que hab\u00eda querido obligar con \u00e9l por voto a ense\u00f1ar sobre todo a los hombres del campo los misterios de la fe cat\u00f3lica y los preceptos divinos, y dedicar tambi\u00e9n a la buena educaci\u00f3n del clero y a las otras obras de caridad, todo el tiempo de su peregrinaci\u00f3n y de su vida, ce\u00f1ido de la fuerza de lo alto, se mostr\u00f3 ministro fiel, valiente e infatigable operario en el cultivo de la vi\u00f1a del Se\u00f1or.<\/p>\n<p>XIX. Porque \u00e9l no hab\u00eda causado ninguna violencia, como algunos, para obtener su gobierno, sino que m\u00e1s bien la hab\u00eda sufrido para aceptarlo, se conduc\u00eda de manera que a todos los abrazaba en las entra\u00f1as de una \u00edntima caridad. ten\u00eda cuidado, en efecto, de que la tristeza no invadiera, que el pensamiento del siglo no atormentara a ninguno de ellos y, con la vigilante solicitud de un padre, vel\u00f3 para que \u00e9ste no se sintiera abrumado por un trabajo excesivo, para que aqu\u00e9l no se durmiera en una excesiva inacci\u00f3n, apartando a los vigorosos de la pereza, forzando a los fervientes al descanso, aligerando a todos el yugo suave de Cristo, y evitando todas las trampas del diablo: uni\u00e9ndolos a todos en la santa sociedad de las almas y en la perfecta caridad de Cristo, \u00e9l los animaba de palabra y de obra a correr la carrera de las virtudes cristianas.<\/p>\n<p>XX. Para \u00e9l, que los sobrepasaba a todos por el m\u00e9rito de su santidad y por la dignidad de su puesto, se pon\u00eda por encima de ellos por el humilde abatimiento de su esp\u00edritu. Se dec\u00eda a menudo y en p\u00fablico un hombre de nada, hijo de un campesino, dedicado en otro tiempo a la guarda de un reba\u00f1o; en una asamblea general, abdic\u00f3 de la prefectura perpetua de su congregaci\u00f3n, afirmando por humildad que era incapaz de llevar el peso; pidi\u00f3 con insistencia que se eligiera a otro en su lugar, y fueron necesarias las s\u00faplicas reiteradas de la asamblea entera y una especie de violencia para que \u00e9l la ejerciera en lo futuro. Y es que cuanto m\u00e1s se elevaba a la cumbre de la santidad por el conocimiento y el amor de Dios, m\u00e1s bajo se situaba por el conocimiento y el desprecio de s\u00ed mismo; adem\u00e1s cumpl\u00eda los menesteres m\u00e1s viles de su casa y con frecuencia, prosternado de rodillas y derramando l\u00e1grimas, ped\u00eda perd\u00f3n a los suyos por haber escandalizado su alma con sus malos ejemplos. Por sus admirables obras de piedad y sus eminentes virtudes, se hab\u00eda adquirido en la corte un cr\u00e9dito soberano; la reina de Francia hac\u00eda de ello un caso particular, y ante todos los obispos, cardenales, y ante todos los grandes en la Iglesia y en el siglo, hombres de todo estado y toda condici\u00f3n, era tenido en gran honor, en gran estima. En cuanto a \u00e9l, humill\u00e1ndose ante Dios autor de todo bien, \u00e9l no mostraba en sus actos o en sus palabras, nada que respirara vanidad u orgullo, la arrogancia o la inmodestia; sino que todo en \u00e9l, reglado y compuesto seg\u00fan la disciplina cristiana y la santidad evang\u00e9lica, dejaba ver abiertamente que no hab\u00eda ninguna oscuridad en el interior de aqu\u00e9l cuyo exterior brillaba con tan resplandecientes virtudes,<\/p>\n<p>XXI. La desgracia de los tiempo y el tumulto de las guerras civiles hab\u00edan debilitado la santidad del clero de Francia, introduciendo la ignorancia y la corrupci\u00f3n de las costumbres. Para reparar el honor de la casa de Dios y restablecer la disciplina eclesi\u00e1stica, Vicente dirigi\u00f3 en este sentido todos sus pensamientos y sus fuerzas. As\u00ed, para devolver a la disciplina eclesi\u00e1stica su vigor, enervada por la languidez de los vicios, \u00e9l establece casas religiosas, destinadas a recibir a los cl\u00e9rigos que deb\u00edan ser promovidos a las \u00f3rdenes sagradas y, para \u00e9l o para sus asociados de la Misi\u00f3n, les hizo instruir para la celebraci\u00f3n de los ritos sagrados, y formar en las santas costumbres en relaci\u00f3n con la dignidad de su estado. De ah\u00ed el brillo de las ceremonias sagradas, de la observancia de las venerables leyes que se dio a muchas iglesias de Francia.<\/p>\n<p>XXII. Reuni\u00f3 tambi\u00e9n a compa\u00f1\u00edas de sacerdotes quienes, en d\u00eda reglados, conversaban entre ellos de las cosas divinas, se ejercitaban en las santas discusiones para adquirir el poder de exhortar en la sana doctrina y de confundir a los contradictores.<\/p>\n<p>XXIII. A ejemplo de Mois\u00e9s quien, antes de ser puesto por Dios a la cabeza del pueblo de Israel para liberarlo de la cautividad, conducirle a trav\u00e9s del desierto, sacrificar a Dios en la monta\u00f1a y, desde all\u00ed, a la tierra de promisi\u00f3n, huy\u00f3 del tumulto de la corte del Fara\u00f3n a la soledad, Vicente ense\u00f1\u00f3 a los cl\u00e9rigos llamados a la herencia del Se\u00f1or quien, en la tierra desierta y sin agua de esta vida mortal, deben servir en el altar del Se\u00f1or y preceder en la palabra y el ejemplo al santo pueblo de Dios tendiendo a la patria celestial despu\u00e9s de sacudirse el yugo de la cautividad del diablo, a retirarse del tumulto del mundo a una santa soledad, antes de ascender a los grados eclesi\u00e1sticos, para entregarse all\u00ed por unos d\u00edas a la meditaci\u00f3n de las cosas divinas y a la contemplaci\u00f3n de los deberes de su cargo.<\/p>\n<p>XXIV. Por lo dem\u00e1s, el siervo de Dios Vicente no fue s\u00f3lo un excelente fundador de los ministros del altar, sino que mostr\u00f3 en s\u00ed al modelo de un buen y fiel dispensador. Ya que era como el refugio de todos los indigentes y miserables y, tomando incluso a veces de lo que parec\u00eda necesario para \u00e9l y para los compa\u00f1eros de sus misiones, aliviaba toda clase de pobres con tan grandes limosnas, que era com\u00fanmente llamado el padre de los pobres. aunque ya avanzado en a\u00f1os, prestaba un cuidado asiduo al ministerio apost\u00f3lico de las santas misiones y, llevado en las alas de la caridad, superior en todos los trabajos, elev\u00e1ndose por encima de las fuerzas de su ancianidad, quer\u00eda aqu\u00ed y all\u00ed para llevar la luz de la verdad evang\u00e9lica y de los diversos preceptos a los que caminaban en las tinieblas y en la sombra de los vicios, sobre todo a los pobres habitantes de los pueblos y aldeas que, privados de la luz de la fe cristiana y errantes al azar en la noche de la ignorancia, eran llevados por \u00e9l al camino del Se\u00f1or. Y como la caridad no tiene medida, la virtud del siervo de Dios no se encerr\u00f3 en los l\u00edmites de Francia, sino que se extendi\u00f3 y brill\u00f3 a lo lejos: pues para extender la fe y la piedad, envi\u00f3 de entre sus disc\u00edpulos a obreros evang\u00e9licos, no s\u00f3lo a Italia, a Polonia, a Escocia, a Irlanda, sino tambi\u00e9n a Berber\u00eda, a las Indias, a las naciones separadas de nuestro continente, que el celo de sus disc\u00edpulos, despu\u00e9s de disipar las tinieblas de la idolatr\u00eda, llev\u00f3 a la luz de la verdad.<\/p>\n<p>XXV. En las provincias distantes, a la vez que se buscaba la salvaci\u00f3n de las almas, no omit\u00eda proveer tambi\u00e9n a las necesidades de los cuerpos, para atraer por los socorros temporales a los hombres carnales. As\u00ed no s\u00f3lo la Lorena, la Champa\u00f1a, la Picard\u00eda, arrasadas por la peste, el hambre y la guerra, fueron ampliamente socorridas por las sumas que les envi\u00f3 y que \u00e9l les hizo distribuir por el ministerio fiel de las Hijas de la Caridad, pero en otras provincias m\u00e1s distantes a\u00fan, \u00e9l ayud\u00f3 a hombres afligidos por la carest\u00eda o por alguna otra calamidad. Y cuando la ciudad de par\u00eds misma sufr\u00eda cruelmente por la falta de v\u00edveres, \u00e9l dio de comer en su casa hasta dos mil pobres.<\/p>\n<p>XXVI. Si bien ocupado constantemente por los diferentes y m\u00faltiples asuntos de la corte, de su congregaci\u00f3n de las otros establecimientos que hab\u00eda fundado o de los que ten\u00eda que cuidar, en los cuales \u00e9l daba a todos , para la gloria de Dios, infatigables servicios, no obstante \u00e9l atend\u00eda a las necesidades de todos, de todos aliviaba las angustias; no rechazaba a nadie, abrazaba a todo el mundo en Jesucristo. Era ciertamente una cosa admirable que a nadie le negara el acceso a \u00e9l, que a todas las peticiones prestara un o\u00eddo f\u00e1cil, que respondiera con bondad, que acogiera con dulzura, que no levantara la envidia de nadie, sino que haci\u00e9ndose todo a todos, se ocupara del cuerpo de unos, sanara el esp\u00edritu de los otros y que, seg\u00fan las necesidades de cada uno, les proporcionara de su bolsa y de su doctrina, ropas, v\u00edveres, instrucciones, mostrando tambi\u00e9n que sino se debe todo a todos sin embargo se debe la caridad, a nadie la injusticia. Las injusticias, en efecto, que le eran hechas por los dem\u00e1s en cuanto a la justicia, estaba tan alejado, aunque pudiera f\u00e1cilmente, de vengarse, que nunca se le ha o\u00eddo quejarse, porque los bajos sentimientos que ten\u00eda de s\u00ed mismo le hac\u00edan juzgar, cuando le ocurr\u00eda recibirlos, que los sufr\u00eda justamente. Tambi\u00e9n los soportaba con esp\u00edritu de paciencia, que pidi\u00f3 perd\u00f3n de rodillas a aqu\u00e9l que le ultrajaba, y que a un hombre que le abofeteaba le present\u00f3 humildemente la otra mejilla..<\/p>\n<p>XXVII. Unos soldados enfurecidos, y en un furor insensato, hab\u00edan herido ya a un pobre artesano y le persegu\u00edan con la espada desenvainada, para matarle; \u00e9l le cubri\u00f3 con su cuerpo y arriesg\u00f3 su vida en peligro manifiesto para ganar para Dios a aqu\u00e9l que habr\u00eda arrancado de los brazos amenazadores de la muere con peligro de su sangre y de su cabeza; y en efecto, at\u00f3nitos por una fuerza de alma tan grande y extraordinaria, y conmovidos por las palabras del siervo de Dios, los soldados se apaciguaron y se retiraron, y aquel desdichado escap\u00f3 vivo.<\/p>\n<p>XXVIII. Pero como el campo de Se\u00f1or del que nosotros somos lo obreros, regado de lo alto por la gracia de Dios, est\u00e1 fortalecido por la fe, trabajado por los ayunos, sembrado por las limosnas, fecundado por las oraciones, Vicente no descuid\u00f3 el cultivo espiritual de su cuerpo mortal por el miedo a que la preciosa semilla pereciera, y que en medio de las zarzas y de las espinas no resultara m\u00e1s que una cosecha digna de ser consumida en las llamas, no de ser encerrada en los graneros del Se\u00f1or. Ten\u00eda pues costumbre de domar sus miembros, de macerarlos con ayunos y dem\u00e1s obras de penitencia, principalmente en las comunes calamidades del reino de Francia y de la Iglesia cat\u00f3lica.<\/p>\n<p>XXIX. Si, en alg\u00fan asunto y complicado le ped\u00edan su parecer, y se viera forzado a dar una respuesta, o si le propon\u00edan hacer algo dif\u00edcil y extraordinario, como el santo rey David, consultaba a Dios antes de empezar nada y ped\u00eda humildemente al Padre de las luces que derramara en su esp\u00edritu el fulgor de su caridad para descubrir lo que hab\u00eda que responder o hacer, que le previniera con su gracia divina pata seguir lo que \u00e9l hubiera descubierto una vez y reconocido, que le diera la fuerza de esta gracia para ejecutarlo. Todas las veces que sal\u00eda de su habitaci\u00f3n o de su casa para aparecer en p\u00fablico, se prosternaba en tierra ante Dios y, con peticiones breves pero fervientes, imploraba su divino auxilio, para que al pasar, aunque bien a su pesar, a trav\u00e9s de los senderos del siglo, y tratar cosas terrestres y mundanas, no se mancillara con el lodo de los hijos de los hombres. Apenas de regreso en casa, entraba en los secretos de su coraz\u00f3n, somet\u00eda al examen los repliegues de su conciencia y en medio del debate de sus pensamientos, de los cuales unos le acusaban, los otros justificaban su conducta, examinaba con cuidado, correg\u00eda con celo castigaba con severidad la palabra imprudente salida de su boca, o el acto desconsiderado que hab\u00eda podido cometer. Tan cuidadoso era de guardar los caminos del Se\u00f1or que ha ordenado que se observaran sus mandamientos con extrema fidelidad.<\/p>\n<p>XXX. Entregado a una oraci\u00f3n asidua, ni la gente, ni los negocios, ni los acontecimientos felices o tristes le apartaban de la contemplaci\u00f3n de las cosas divinas. Como ten\u00eda siempre a Dios presente en el esp\u00edritu, se manten\u00edas y, y por un cuidado diligente y un santo ingenio, hab\u00eda hecho que todas las criaturas que pasaban bajo sus ojos recordaban a su esp\u00edritu al Creador de todas las cosas, y que cantando a su modo la gloria y las alabanzas de Dios, ellas le ayudaban a contemplar la belleza celestial. Por eso siempre modesto y dulce, afable y benigno, en todo con una admirable ecuanimidad, no se dejaba llevar ni por los sucesos afortunados ni perturbar por los adversos, y as\u00ed dec\u00eda con el salmista: \u00abVe\u00eda al Se\u00f1or ante m\u00ed y le ten\u00eda siempre en mi presencia, ya que est\u00e1 siempre a mi derecha a fin de que no caiga.\u00bb<\/p>\n<p>XXXI. Nunca se abstuvo del sacrificio no cruento del altar, viviendo de modo que pudiera ofrecerle todos los d\u00edas. Y al no poder, algunos meses antes de su muerte, tenerse de pie, a causa de la debilidad considerablemente aumentada de sus piernas, asist\u00eda todos los d\u00edas al sacrificio de la misa y, reconfortado con el pan de los \u00e1ngeles, despu\u00e9s de una humilde acci\u00f3n de gracias, recitaba con un vivo sentimiento las oraciones acostumbradas prescritas por la iglesia para los agonizantes, como debiendo \u00e9l mismo volar pronto de la prisi\u00f3n del cuerpo a la patria celeste.<\/p>\n<p>XXXII. Como estaba animado hacia Dios con una de viva, de la que, toda su vida, ha sido el apoyo y el defensor intr\u00e9pido. En Francia se hab\u00eda levantado la tempestad de la herej\u00eda, que se lo llevaba todo en su torbellino; el siervo de Dios gimi\u00f3 al ver la de cat\u00f3lica alterada en muchos por el veneno jansenista, la sencillez de muchos convertida en el juguete de la astucia de los herejes, y un gran n\u00famero de personas de rango arrastradas a perniciosas opiniones. Abrasado pues de santo celo de Dios, crey\u00f3 deber empu\u00f1ar las armas de la fe contra enemigos comunes y, buscando agradar a Dios antes que a los hombres, anim\u00f3 a los sagrados pastores de la Iglesia por el reba\u00f1o del Se\u00f1or Cristo y no permitir a los lobos salteadores matar a escondidas a las ovejas del Se\u00f1or. As\u00ed pues, mediante todas las insistencias y exhortaciones que estaban a su alcance, determin\u00f3 a ochenta y cinco obispos de Francia, a quienes otros m\u00e1s se unieron posteriormente, a denunciar la enfermedad que se insinuaba en secreto y el contagio escondido a la c\u00e1tedra de Pedro, cumbre del apostolado a quien se deben denunciar todos los peligros y los esc\u00e1ndalos que surgen en el reino de Dios, se\u00f1aladamente los que lesionan la fe, para que las p\u00e9rdidas de la fe sean reparadas lo antes posible all\u00ed donde la fe no podr\u00eda sentir fallos. Por ello, en sus cartas dirigidas a Inocencio X de feliz memoria, nuestro predecesor le pidieron con muy humildes s\u00faplicas condenar por su boca apost\u00f3lica los errores que pululaban para que la Iglesia, restablecida en sus reglas y reafirmada por un decreto cuya justa proclamaci\u00f3n tem\u00edan los malvados cerrara todo acceso a estos hombres que, armados de ambig\u00fcedades perversas y de sofismas artificiosos, so pretexto de defender la fe cat\u00f3lica y arrastrar al mal a los corazones de los hombres bien pensados y a derribar toda la verdadera doctrina referente al libre arbitrio, la gracia de Dios y la redenci\u00f3n de los hombres por la pasi\u00f3n y la muerte del Se\u00f1or Cristo.<\/p>\n<p>XXXIII. Desde que lleg\u00f3 la respuesta de Roma, Vicente recibi\u00f3 el decreto del sucesor de Pedro con sumisi\u00f3n y respeto de coraz\u00f3n y, triunfante en el Se\u00f1or por ver la causa terminada con la sentencia de la sede apost\u00f3lica, trabaj\u00f3 con gran celo para poner fin al error tambi\u00e9n. Su primer cuidado y preocupaci\u00f3n fueron de apartar de todas las comunidades religiosa que hab\u00eda fundado \u00e9l mismo o que dirig\u00eda, la peste oculta enemiga de la fe cat\u00f3lica, por miedo a que el contagio de alg\u00fan miembro infectado corrompiera incluso a los m\u00e1s sanos. Luego, sabiendo que es un deber de piedad descubrir los escondites de los imp\u00edos y combatir en ellos al diablo al que sirven, con la libertad apost\u00f3lica que, en materia de fe, conviene a un siervo de Dios, no ces\u00f3 de comprometer al rey, a la reina y a sus ministros a volver por justos castigos a los refractarios a la obediencia , a expulsar del reino de Francia, como a una peste p\u00fablica, a los pertinaces en el error, y poner as\u00ed el rigor del poder secular al servicio de la dulzura de la Iglesia que, contenta con el juicio sacerdotal, y bien alejada de las venganzas sangrientas, est\u00e1 ayudada no obstante por las constituciones severas de los pr\u00edncipes cristianos, porque los rebeldes recurren a veces al remedio espiritual por miedo al suplicio corporal.<\/p>\n<p>XXXIV. Por \u00faltimo, lleno de d\u00edas y de m\u00e9ritos, llegado ya a los ochenta y cinco a\u00f1os, quebrantado no menos por la vejez que por los trabajos corporales llevados con gozo para las obras de piedad y la salud de las almas que le ocupaban sin cesar, y soportados con valor hasta el \u00faltimo suspiro, provisto de los sacramentos de la Iglesia, aspirando al cielo y despreciando la tierra; rodeado de sus sacerdotes que le rindieron los \u00faltimos deberes de la religi\u00f3n; a estas palabras, familiares a \u00e9l, que le suger\u00edan: \u00abOh Dios venid en mi auxilio, \u00bb les respond\u00eda: \u00abSe\u00f1or, daos prisa en socorrerme;\u00bb lleno de confianza, no en su virtud sino en el auxilio divino, consum\u00f3 felizmente su carrera en Par\u00eds, en casa de San L\u00e1zaro, casa de los sacerdotes seculares de la congregaci\u00f3n de la misi\u00f3n, el cinco de las calendas de octubre del a\u00f1o 1660.<\/p>\n<p>XXXV. Despu\u00e9s de su muerte, la fama de su santidad se difundi\u00f3 por todas partes; Dios mismo lo certific\u00f3 con mucho signos y milagros, por los que su admirable Providencia atrajo una mayor veneraci\u00f3n a los restos inanimados de su siervo, dando a conocer as\u00ed en qu\u00e9 honor se hallaba ante Dios el alma de aqu\u00e9l cuyo cuerpo, quedado como informe a la partida del principio vital, revelaba con tanta claridad la presencia del autor de la vida.<\/p>\n<p>XXXVI. Por ello se construy\u00f3 en Par\u00eds, seg\u00fan la costumbre y por la autoridad del ordinario, dos procesos, uno sobre su renombre de santidad, sus virtudes y sus milagros, el otro, para probar que no se le hab\u00eda dado ning\u00fan culto. Estos procesos abiertos con el permiso de Clemente XI de feliz memoria nuestro predecesor, y su validez reconocida en la congregaci\u00f3n de los sagrados ritos el cuarto d\u00eda del mes de octubre del a\u00f1o del Se\u00f1or 1709, la comisi\u00f3n de la introducci\u00f3n de la causa fue firmada. Despu\u00e9s de cumplir todas las formalidades exigidas por los decretos de la sede apost\u00f3lica en esta clase de causas, se examin\u00f3 si constaba de sus virtudes teologales y cardinales en grado heroico, y despu\u00e9s de la \u00faltima congregaci\u00f3n de nuestros hermanos los cardenales de la santa Iglesia romana prepuestos a los sagrados ritos, la cual fue general, Benedicto XIII de piadosa memoria, que nos ha precedido en el pontificado, orden\u00f3 el veinti\u00fan d\u00eda del mes de setiembre del a\u00f1o del Se\u00f1or 1727, la publicaci\u00f3n del decreto, constatando las virtudes tanto teologales como cardinales en el grado heroico.<\/p>\n<p>XXXVII . Se lleg\u00f3 luego al examen de los milagros que se hizo en tres congregaciones, la \u00faltima general de las cuales se tuvo el doce del mes de julio del mismo a\u00f1o, y en ella se aprobaron cuatro milagros: el primero en la curaci\u00f3n s\u00fabita de Claude-Joseph Compoin, ciego; el segundo, en la palabra y en las fuerzas instant\u00e1neamente devueltas a Anne-Marie Lhuillier, ni\u00f1a de ocho a\u00f1os, muda de nacimiento e incapaz de mover sus miembros inferiores; el tercero, en la \u00falcera inveterada y maligna en la pierna; el cuarto por \u00faltimo, en la curaci\u00f3n repentina de Alexandre-Philippe Le Grand de una par\u00e1lisis inveterada y obstinada.<\/p>\n<p>XXXVIII. Lo que la dicha congregaci\u00f3n de los ritos hab\u00eda juzgado impresionante estos milagros, el mismo Benedicto nuestro predecesor lo ha confirmado y, dando, el tercer d\u00eda del mes de agosto del a\u00f1o del Se\u00f1or de 1729, su asentimiento al decreto de la misma congregaci\u00f3n de los ritos, pronunciando que hab\u00eda lugar a la solemne beatificaci\u00f3n del siervo de Dios, inscribi\u00f3 a Vicente de Pa\u00fal en el n\u00famero de los beatos, y permiti\u00f3, con su autoridad apost\u00f3lica que, todos los a\u00f1os, en ciertos lugares, el d\u00eda aniversario del feliz deceso del bienaventurado siervo de Dios, se recitara su oficio, y se celebrara la misa, como de un confesor no pont\u00edfice, seg\u00fan las r\u00fabricas del breviario y del misal romano; y despu\u00e9s, que el nombre del mismo siervo de Dios fuera incluido entre los santos que se leen en el martirologio romano, y que se recitara en p\u00fablico, en el segundo nocturno las lecciones propias del mismo bienaventurado Vicente, aprobadas por dicha congregaci\u00f3n de los ritos, despu\u00e9s de haber escuchado al promotor de la fe.<\/p>\n<p>XXXIX. Habiendo sido expedidas a continuaci\u00f3n dos cartas remisorias y compulsorias para hacer, por autoridad apost\u00f3lica, el proceso ordinario sobre los nuevos milagros que hab\u00edan sucedido despu\u00e9s del decreto de la beatificaci\u00f3n del mismo siervo de Dios, y habiendo sido llevado a Roma este proceso y reconocida su validez, despu\u00e9s de las congregaciones en uso llamadas ante preparatoria y preparatoria. El examen de los milagros nos fue entregado a nos, que por una disposici\u00f3n de la bondad divina, hab\u00edamos sucedido al mismo Benedicto XIII en el sagrado cargo del apostolado; y habi\u00e9ndose tenido una congregaci\u00f3n general ante nos el d\u00eda treinta del mes de enero del a\u00f1o del Se\u00f1or 1736, despu\u00e9s de escuchar los consejos de nuestros venerables hermanos e implorado el apoyo del auxilio divino, el d\u00eda veinticuatro del mes de junio del mismo a\u00f1o, nos aprobamos plenamente dos de los siete milagros que se hab\u00edan presentado, a saber el primero, consistente en la curaci\u00f3n instant\u00e1nea de Fran\u00e7ois Richer de una hernia completa, inveterada y desesperada.<\/p>\n<p>XL. Hecho esto, y reunida de nuevo ante nos una congregaci\u00f3n general, se puso en deliberaci\u00f3n si se pod\u00eda proceder con seguridad a la solemne canonizaci\u00f3n del beato Vicente de Pa\u00fal, y nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa Iglesia romana habiendo dado su asentimiento por un voto un\u00e1nime, nos pronunciamos solemnemente el decreto sobre la conclusi\u00f3n de la canonizaci\u00f3n.<\/p>\n<p>XLI. Varios meses despu\u00e9s, nos ordenamos convocar, seg\u00fan la costumbre, un consistorio secreto, en el que nuestro querido hijo Antoine-F\u00e9lix, cardenal sacerdote del t\u00edtulo de Santa Pr\u00e1xedes, llamado Zondanari, en su nombre y en el de toda la congregaci\u00f3n de los sagrados ritos, dijo en primer lugar en un informe que las escrituras, el proceso y todos los actos de la causa se hab\u00edan hecho seg\u00fan las reglas, y que ten\u00edan plena fuerza de autoridad y de prueba leg\u00edtima; tras lo cual, despu\u00e9s de una exacta exposici\u00f3n de la vida, de las virtudes y de los milagros del beato Vicente, que \u00e9l y los dem\u00e1s cardenales eran de parecer un\u00e1nime que el beato Vicente pod\u00eda, si as\u00ed nos parec\u00eda, ser inscrito en el cat\u00e1logo de los santos; parecer al que accedieron todos los dem\u00e1s cardenales que estaban presentes.<\/p>\n<p>XLII. No habiendo pues omitido absolutamente nada, en un asunto tan santo y tan grave, de las necesarias precauciones prescritas por la costumbre y los reglamentos de nuestros predecesores, nos decretamos que se pasar\u00eda adelante; y algunos d\u00edas despu\u00e9s se reuni\u00f3 un consistorio p\u00fablico, en el cual nuestro querido hijo Thomas Antamori, abogado consistorial de nuestra curia, despu\u00e9s de contar largo y tendido la excelente caridad del beato Vicente, la inocencia de su vida y sus milagros, en el nombre de nuestro querido hijo en Jesucristo, Louis, rey cristian\u00edsimo de Francia, y de nuestra muy querida hija en Jesucristo, Mar\u00eda, igualmente cristian\u00edsima reina de Francia, su esposa, de los dem\u00e1s pr\u00edncipes cat\u00f3licos, y de nuestros venerables hermanos arzobispos y obispos y de todo el clero del reino de Francia, adem\u00e1s de toda la congregaci\u00f3n de sacerdotes seculares de la Misi\u00f3n, nos pidi\u00f3 humildemente que tuvi\u00e9ramos a bien colocar al beato Vicente en el cat\u00e1logo de los santos. Nos pues, siendo del parecer, vista la grandeza de un asunto tan grande, que conven\u00eda deliberar con m\u00e1s madurez a\u00fan con nuestros venerables hermanos los cardenales, de la santa Iglesia romana y los dem\u00e1s arzobispos y obispos, nos indicamos oraciones p\u00fablicas y ayunos y exhortamos a todos los fieles de Cristo a rogar a Dios con nos que nos d\u00e9 su esp\u00edritu de sabidur\u00eda y de inteligencia para que conozcamos estos secretos celestiales que la raz\u00f3n humana no puede comprender, y que ilumine los ojos de nuestro esp\u00edritu para que discernamos lo que, en una causa tan grave, hab\u00eda que decidir seg\u00fan la benevolencia divina,.<\/p>\n<p>XLIII. Muy pronto tuvimos otro consistorio, semip\u00fablico, al que tambi\u00e9n asistieron por orden nuestra los patriarcas, los arzobispos y los obispos que se hallaban en la curia romana, y nuestros protonotarios llamados por el n\u00famero de los doce y los auditores de las causas del sagrado palacio apost\u00f3lico; y, presentes ya, despu\u00e9s de haberles hablado largamente de la eminente santidad del siervo de Dios y de la celebridad de sus milagros, de haber enumerado una vez m\u00e1s las insistencias de los pr\u00edncipes cat\u00f3licos y sobre todo las ardientes oraciones de toda la congregaci\u00f3n de los sacerdotes seculares de la Misi\u00f3n, nos los invitamos a todos a exponer su sentimiento por medio de libres sufragios; y ellos, una vez dicho unos tras otros y por orden sus pareceres fuertemente motivados respondieron a una voz, y bendiciendo a Dios, que el beato Vicente deb\u00eda ser colocado entre los santos confesores. A la vista de su consentimiento general, con los afectos m\u00e1s \u00edntimos de nuestro coraz\u00f3n, nos regocijamos en el Se\u00f1or, que reun\u00eda las voluntades de nuestros hermanos para que su nombre fuera glorificado en su siervo, y que empujaba nuestros corazones e iluminaba nuestros esp\u00edritus para honrarle tanto como pueden hombres mortales. Entonces nos fijamos el d\u00eda de la canonizaci\u00f3n, y advertimos que perseveraran en las oraciones y ayunos para conseguir la luz y los socorros de lo alto para llevar acabo una obra tan grande.<\/p>\n<p>XLIV. Hecho lo que se deb\u00eda hacer seg\u00fan las sagradas constituciones y la costumbre de la Iglesia romana, hoy, d\u00eda del domingo de la sant\u00edsima Trinidad. Nos nos hemos dirigido a la sacrosanta bas\u00edlica de Letr\u00e1n, decentemente adornada, , con nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa Iglesia romana, y los patriarcas, arzobispos y obispos, los prelados de la curia romana, nuestros oficiales y las personas de nuestra familia, el clero secular y regular, y una afluencia muy grande de pueblo; y all\u00ed, nuestro muy querido hijo N\u00e9r\u00e9e, cardenal di\u00e1cono de la santa Iglesia romana, en nombre de Corsini, nuestro sobrino seg\u00fan la carne, habi\u00e9ndonos reiterado, por la boca del mismo abogado Thomas Antomari, las instancias por el decreto de canonizaci\u00f3n, despu\u00e9s del canto de las oraciones sagradas y letan\u00edas y la humilde invocaci\u00f3n de la gracia del Esp\u00edritu Santo: En honor de la santa e indivisible Trinidad, por la exaltaci\u00f3n de la fe cat\u00f3lica y el crecimiento de la religi\u00f3n cristiana, de la autoridad de Nuestro Se\u00f1or Jesucristo, de los bienaventurados ap\u00f3stoles Pedro y Pablo, y de la nuestra, despu\u00e9s de madura deliberaci\u00f3n y la frecuente invocaci\u00f3n del socorro divino, por consejo y consentimiento de nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa Iglesia romana, los patriarcas, arzobispos que se hallan en la ciudad, nos hemos decretado, definido que el bienaventurado Vicente de Pa\u00fal es santo, y le hemos inscrito en el cat\u00e1logo de los santos, como, a tenor de las presentes decretamos, definimos, inscribimos del mismo modo, y hemos ordenado y ordenamos a todos los fieles de Cristo que le honren y le veneren como verdaderamente santo, estableciendo que, en toda la Iglesia, se puedan construir y consagrar en su honor iglesias y altares en los que se ofrecer\u00e1n sacrificios a Dios y que, cada a\u00f1o, el d\u00eda diecinueve de julio, se pueda celebrar su memoria con una piadosa devoci\u00f3n entre los santos confesores no pont\u00edfices.<\/p>\n<p>XLV. Y con la misma autoridad, hemos remitido y remitimos misericordiosamente en el Se\u00f1or, en la forma acostumbrada de la Iglesia, a todos los fieles de Cristo, verdaderamente penitentes y confesados que, cada a\u00f1o, el mismo d\u00eda de la fiesta, vengan a visitar el sepulcro en el que reposa su cuerpo, siete a\u00f1os y otras tantas cuarentenas de las penitencias que les hayan impuesto, o de los que por otra parte, y de cualquier modo que sea, se sientan deudores.<\/p>\n<p>XLVI. Terminadas estas cosas, nos hemos venerado con nuestros homenajes y con nuestras alabanzas a Dios Padre eterno y al Esp\u00edritu Santo Par\u00e1clito, un solo Dios y un solo Se\u00f1or; nos hemos cantado con toda solemnidad el himno sagrado <i>Te Deum<\/i>, y otorgado a todos los fieles de Cristo entonces presentes la indulgencia plenaria y la remisi\u00f3n de todos sus pecados; pues a causa de nuestras debilidades corporales, de nuestra salud debilitada y de nuestra edad avanzada, nos hemos retirado de la misma iglesia de Letr\u00e1n, y dejando a nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa Iglesia romana, a los arzobispos, obispos y a todo el clero y al pueblo, en presencia del que nuestro venerable hermano Thomas, cardenal de la santa Iglesia romana, obispo de Palestrina, de nombre Rufo, ha celebrado, como m\u00e1s antiguo cardenal en orden, solemnemente la misa, con memoria de un santo confesor, en el altar mayor de dicha bas\u00edlica, por indulto y permiso de Nos.<\/p>\n<p>XLVII. Ahora pues, conviene dar gracias y dar gloria al Dios vivo por los siglos de los siglos que ha bendecido a nuestro consiervo con toda bendici\u00f3n espiritual, para que fuera santo e inmaculado ante \u00e9l; y como nos le ha dado como un sol brillante en su templo en esta noche de nuestros pecados y de nuestras tribulaciones, abordemos con confianza el trono de su divina misericordia, suplicando de palabra y de obra que san Vicente sirva a todo el pueblo cristiano por sus m\u00e9ritos y por sus ejemplos, que \u00e9l le asista con sus s\u00faplicas y su patronazgo y que, en el tiempo de la c\u00f3lera, \u00e9l sea nuestra reconciliaci\u00f3n.<\/p>\n<p>XLVIII. Por lo dem\u00e1s, como ser\u00eda demasiado dif\u00edcil llevar las presentes estas presentes cartas originales a cada uno de los lugares donde hagan falta, nos queremos que en sus copias, incluso impresas, firmadas por la mano de un notario p\u00fablico y con el sello de alguna persona constituida en dignidad eclesi\u00e1stica, les sea a\u00f1adida la misma fe en todas partes que a estas presentes mismas.<\/p>\n<p>XLIX. Que no se permita pues a ning\u00fan hombre violar esta p\u00e1gina de nuestros decreto, inscripci\u00f3n, mandato, estatuto, concesi\u00f3n, largueza y voluntad, contradecirle por una audacia temeraria. Y si alguien tuviera la presunci\u00f3n de intentarlo, que sepa que incurrir\u00e1 en la indignaci\u00f3n del Dios todopoderoso de los bienaventurados ap\u00f3stoles Pedro y Pablo. Dado en Roma, en San Juan de Letr\u00e1n, a\u00f1o de la encarnaci\u00f3n del Se\u00f1or de 1757, el diecis\u00e9is de las calendas de julio, de nuestro pontificado el s\u00e9ptimo a\u00f1o.<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px\">\u2629 Yo CLEMENTE, obispo de la Iglesia cat\u00f3lica.\u00bb<i><br \/>\n<\/i><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Clemente, obispo, siervo de los siervos de Dios. Para perpetua memoria. I. 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