VICENTE DE PAUL EN GANNES-FOLLEVILLE (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. GANNES-FOLLEVILLE

Vicente de Paúl vivió en Gannes-Folleville, dos poblaciones de Francia, unas experiencias que no fueron novedosas para él, pero que, con el correr de los años, dejaron en él una huella extraordi­naria que transmitió como referente a sus seguidores. Nos estamos refiriendo a la confesión de un moribundo, en Gannes, y la misión popular que siguió a dicha confesión, en Folleville. Vamos a con­templar estos acontecimientos, contemplando el hecho histórico, el impacto que produjo en Vicente de Paúl, algunas interpretacio­nes tradicionales y, finalmente, algunas cuestiones de actualidad que nos presenta el P. Bernand Koch, miembro de la Congrega­ción de la Misión. En primer lugar, pues, el hecho histórico en sí mismo.

2.1. EL HECHO HISTÓRICO

Vicente de Paúl acompañaba a la Señora de Gondi mientas ésta visitaba las tierras que poseía como señorío feudal en la región de Picardía. Corría el año del Señor de 1617. Vicente de Paúl y la señora de Gondi se habían detenido para descansar en el castillo que la familia poseía en Folleville, diócesis de Amiens. Vicente, como en otros momentos y lugares, se ocupaba del bienestar espi­ritual de los vasallos de los Gondim. Fue entonces cuando recibió un aviso importante y urgente: en Gannes, un moribundo lo recla­maba a la cabecera de su lecho de muerte. Vicente se puso en camino y llegó a donde se encontraba el enfermo. Lo que allí suce­dió nos lo cuentan con detalle sus biógrafos:

«Un día de enero de 1617 se encontraba Vicente acompañando a la señora de Gondi, en el castillo de Folleville, por tierras de Picardía. Desde la cercana localidad de Gannes, a dos leguas de distancia, llegó el aviso de que un campesino moribundo quería ver al Sr. Vicente. Éste acudió inmediatamente a la cabecera del enfermo. En el humilde tugurio, Vicente se sentó junto al lecho del enfermo para oír su confesión. Le animó a que la hiciese general de toda la vida. El campesino empezó a desgranar el triste rosario de sus pecados. Era más de lo que Vicente había sospechado. Aquel hombre tenía fama de honrado y virtuoso. Pero en su conciencia guardaba recelo­samente miserias que nunca había revelado. Año tras año, confesión tras confesión, había callado —vergüenza, ignorancia, hipocresía— las faltas más graves de su vida. Vicente tuvo el sentimiento de que, en un último momento de gracia, arrancaba un alma de las garras del maligno. El campesino sintió lo mismo. Los remordimientos de toda una vida abandonaron su alma. Respiró liberado. De no haber sido por aquella confesión general, se hubiera condenado eternamente. Le invadió un gozo incontenible. Hizo entrar en la pobre estancia a su familia, a sus vecinos, a la misma señora de Gondi. Relató su caso».

Vicente de Paúl hablaría de estos acontecimientos, con algu­na variante, al final de su vida. En concreto, un 25 de enero de 1655 y un 17 de mayo de 165812. Y, como señalaremos más ade­lante, hablará con entusiasmo. Con la perspectiva del tiempo, Vicente descubrirá en este hecho, y en otros semejantes, el ori­gen y el sentido de su vocación y de su misión, así como la tarea de los miembros de la Congregación de la Misión.

El moribundo de Gannes falleció a los tres días. Mientras duró con vida, confesó públicamente pecados que antes no se había atrevido a decir en privado al confesor, y daba gracias a Dios por haberle salvado mediante aquella confesión general de su vida, que Vicente de Paúl le había pedido hacer. La señora de Gondi se conmovió y se asustó. Y le dijo, preocupada, a Vicente de Paúl:

«Señor Vicente: ¿qué es lo que acabamos de oír? Esto mismo les pasa, sin duda, a la mayor parte de estas gentes. Si ese hombre, que pasaba por hombre de bien, estaba en estado de condenación, ¿qué ocurrirá con los demás, que viven tan mal? ¡Ay, Sr. Vicente, cuán­tas almas se pierden! ¿Qué remedio podemos poner?».

Vicente de Paúl y la señora de Gondi encontraron el modo y la manera de evitar esas posibles condenaciones eternas. Organiza­ron una misión popular en Folleville. El tema central de dicha misión fue el de la confesión general, cómo prepararla bien y cómo hacerla convenientemente. El 25 de enero de 1617 Vicente subió al púlpito de la iglesia de Folleville. «Predicó con claridad y fuerza. Instruyó, conmovió, arrastró». Con estas palabras resume José Mª Román el evento. Vicente de Paúl lo reconocería más tarde y diría, resumiendo, «Dios bendijo mis palabras». Pues, según cuentan los biógrafos, la gente acudió en masa a confesarse y hubo que pedir ayuda a los jesuitas de Amiens. Los confesores se encontraron desbordados por la afluencia de penitentes.

De tal manera ha impactado este acontecimiento en los bió­grafos de todos los tiempos que han llegado a afirmar, a mi modo de ver hiperbólicamente, que fue «el primer sermón de la Misión» o «el primer sermón de misión». Los escritos de Vicente de Paúl precisan que aquel sermón de Folleville fue «el primer sermón de la Misión». ¿Primer sermón de misión o de la Misión? ¿Vicente de Paúl no procedía de la misma manera en todas las poblaciones donde la familia de los Gondi tenía pose­siones y visitaba con alguna frecuencia? Ni Folleville fue la pri­mera misión que predicó Vicente de Paúl, ni fue completamente original en ella. Y en aquellos momentos, tampoco fue la única. Pues según confiesan todos sus biógrafos, Vicente de Paúl, con algún sacerdote más, predicaron la misión, y sobre la necesidad de la confesión general, en las aldeas vecinas y limítrofes. Y el éxito fue muy semejante’. De todo ello ya hablaremos más ade­lante. Lo que sí es cierto es que, aquellas experiencias y viven­cias impactaron a Vicente de Paúl o, al menos, le hicieron inte­rrogarse respecto de su vocación y misión. ¿Dada la necesidad urgente que tenían las pobres gentes del campo de instrucción y atención pastoral, podía permanecer él sirviendo a una sola fami­lia en vez de dedicarse a la instrucción y salvación de aquellos pobres campesinos? Su biógrafo, Pedro Coste, pone en la con­ciencia de Vicente de Paúl estos mismos interrogantes:

«La misión de Folleville demostró con claridad a Vicente de Paúl lo que Dios esperaba de él. Mientras en las aldeas tantas almas arries­gaban su salvación eterna, a falta de sacerdotes que les instruyeran, ¿convenía que pasara él la mayor parte de su tiempo en el estrecho círculo de una familia dando lecciones a uno o dos niños? Dios le había liberado, tras larga y terrible lucha, de las tentaciones contra la fe, a consecuencia de la resolución que había tomado de consagrar el resto de sus días al servicio de los pobres; ¿sus funciones de pre­ceptor se conciliaban con este compromiso? ¿No había lugar a temer volviese la tentación si no se alejaba de la casa de los Gondi?».

De hecho, Vicente de Paúl dio respuesta a estos interrogantes y abandonó la casa de los Gondi marchándose a hacer efectivo el evangelio lejos, a Chátillon-les-Dombes. Pero esto se escapa ya del alcance de nuestro trabajo.

Santiago Barquín

CEME, 2008

 

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