Vicente de Paúl, Conferencia 083: Repetición De La Oración Del 12 De Noviembre De 1656

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Noticias de los misioneros de Berbería. Los misioneros han de estar dispuestos a sufrirlo todo por la gloria de Dios.

En la repetición de la oración dijo el padre Vicente, entre otras cosas, que el padre Le Vacher, el mayor, sacerdote de la compañía, que está en Túnez con el señor cónsul, se encontraba por entonces en paz y tranquilidad, tanto respecto a los turcos como respecto al cónsul inglés y los comerciantes franceses; que pedía a la compañía que diera gracias a Dios por ello; que no ocurría lo mismo en Argel, ya que desde que está allí como cónsul nuestro hermano Barreau, ha tenido que sufrir persecuciones casi continuamente, al menos muy frecuentes, por los ultrajes y malos tratos que le han hecho sufrir los turcos y por las ingratitudes de algunos cristianos, por los que había prestado su fianza, de forma que actualmente se encuentra muy comprometido en todo esto. Y me dice que está ahora amenazado por causa del mal trato a que ha sometido un francés a ciertos judíos, y dicen los turcos que la responsabilidad recae sobre el cónsul de los franceses, sin tener en consideración que se trata de faltas personales.

Luego, el padre Vicente exclamó, diciendo:

¡Quiera Dios, mis queridísimos padres y hermanos, que todos los que vengan a entrar en la compañía acudan con el pensamiento del martirio, con el deseo de sufrir en ella el martirio y de consagrarse por entero al servicio de Dios, tanto en los países lejanos como aquí, en cualquier lugar donde él quiera servirse de esta pobre y pequeña compañía! Sí, con el pensamiento del martirio. Deberíamos pedirle muchas veces a Dios esta gracia y esta disposición, de estar dispuestos a exponer nuestras vidas por su gloria y por la salvación del prójimo, todos los que aquí estamos, los hermanos, los estudiantes, los sacerdotes, en una palabra toda la compañía. ¡Ay, padres! ¿Puede haber algo más razonable que dar nuestra vida por aquel que entregó tan libremente la suya por todos nosotros? Si nuestro Señor nos ama hasta el punto de morir por nosotros, ¿por qué no vamos a desear tener esa misma disposición por él, para morir efectivamente si se presenta la ocasión? Vemos cómo tantos papas fueron martirizados uno tras otro; se cuentan hasta treinta y cinco seguidos. No es extraño ver cómo algunos comerciantes, por obtener una pequeña ganancia, atraviesan los mares y se exponen a mil peligros. El domingo pasado hablaba con uno de ellos, que vino a verme, y me decía que le habían propuesto ir hasta las Indias y que se había decidido a ir, con la esperanza de obtener alguna ganancia. Le pregunté si había muchos peligros y me contestó que sí, que era muy peligroso, pero que conocía a cierta persona que había vuelto de allí, y que otra, a la verdad, se había quedado. Entonces me dije a mí mismo: si esa persona, por una pequeña ganancia, por traer alguna piedra preciosa, se expone a tantos peligros, ¿con cuánta más razón hemos de hacerlo nosotros para llevar esa piedra preciosa del evangelio?

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