Santiago Masarnau (Primera parte)

Francisco Javier Fernández ChentoSantiago MasarnauLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Juan Carlos Flores Auñón .
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I.- Orígenes familiares y años de juventud

Santiago Masarnau Fernández nació en Madrid el 10 de diciembre de 1805. Fueron sus padres D. Santia­go Masarnau Torres natural de Co­pons (Barcelona), obispado de Vic, donde había nacido en 1774; mientras que su madre, Beatriz Fernández Ca­rredano, nacida en 1772, era de Omo­ño (Santander).

No disponemos de muchos más datos de sus orígenes y familia, Los tiempos turbulentos en que vio la luz, etapa fi­nal del reinado de Carlos IV y la polí­tica expansionista de Napoleón, hacen del comienzo del s. XIX una etapa histórica especialmente crítica.

En el aspecto familiar, habría que añadir, que tuvo dos herma­nos: Vicente, el primogénito nacido en Portugalete en 1803 y Dolo­res, que, según los primeros biógrafos de Masarnau, nació también en Madrid.

La familia se estableció en Córdoba en 1806, pues el padre ha­bía sido nombrado secretario de las Reales Caballerizas de esa ciudad andaluza, bajo las órdenes del Conde de Miranda. A la profunda crisis que asoló España, por la ocupación francesa, la fami­lia Masarnau vivió, como preludio de aquella, otra mayor: en el mes de febrero de 1808 moría Dg Beatriz, en la hermosa ciudad de los califas. Pese a lo prematuro de su muerte, y la poca edad de sus hijos, D. Santiago Masarnau Torres no volvió a contraer nuevas nupcias, dedicándose él mismo a la educación de su prole. Ocupa­da la ciudad por las tropas francesas, buscó la familia refugio en Granada, donde puso un negocio de sombreros.

En la ciudad de la Alhambra, fue donde nuestro Santiago co­menzó a dar señales precoces de una disposición especial para la composición e interpretación musical: con apenas 5 años de edad se comprobó que era capaz de transcribir las notas musicales de una obra, que había oído interpretar a un vecino violinista. Co­menzando a recibir lecciones del organista de la catedral, D. José Roure y de Llancos, maestro de solfeo de la misma.

El temporal bélico-revolucionario remite a finales de 1813, la fa­milia Mas:arnau siguió al Conde de Miranda y se estableció de nue­vo en Madrid. En 1814 fue nombrado éste Mayordomo Mayor, con­siguiendo para su antiguo secretario, el título de Gentilhombre de Casa y Boca y el nombramiento oficial de Secretario de la Mayor­domía Mayor en 1815.

En la capital de España, ciudad natal de nuestro Santiago, con­tinua su formación musical y recibe clases de D. José Boxeras No­no y de D. Angel Inzenga de piano y composición.

Sigue manifestando su precocidad musical, al componer una mi­sa que interpretó el coro de la capilla Real en la Parroquia de San Justo y Pastor el día de San Pedro de Alcántara, además de tocar él mismo el órgano durante la celebración. Pero parece ser que fue­ron unos valses compuestos para la esposa de Fernando VII, Dª Isabel de Braganza, lo que motivó que a los 14 años, en 1819, se le nombrara Gentilhombre honorario de la Real Casa.

Este título honorífico, precozmente recibido, sería motivo de prueba y sufrimiento, muy pronto y por muchos años, y más tar­de, medio para probar su virtud.

Pero volvamos al tema de la formación de Masarnau, ya que esta no se limitó, pese a lo anteriormente dicho, a la puramente musical. En Madrid asistió primero al Colegio de «Dª María de Aragón», re­gentado por los Agustinos y con sede en el convento de la Encarna­ción; donde cursó las materias de humanidades, incluido el latín, pa­sando más tarde a los «Reales Estudios de San Isidro», donde superé dos cursos de matemáticas, entre los años 1820 a 1822; coincidiendo esta etapa de estudiante con el Trienio Constitucional (1820-23). Es de suponer que el ambiente liberal, reinante en aquellos momentos en España, influyeron en el joven Santiago. No en vano funcionaba por entonces en los Reales Estudios, los jesuitas habían sido expul­sados por segunda vez del establecimiento tras el pronunciamiento de Riego, una cátedra de Derecho Constitucional’.

Aunque, como ya veremos, Santiago se decantó por seguir la ca­ra musical, no abandonó del todo sus estudios científicos, pues rumie sus permanencias en París y Londres asistió a clases de temáticas, física y astronomía, tanto en Universidades como en observatorios de ambos países, en un momento en que estos saberes experimentaban una notable pujanza. Los nombres de Pouillet, Ligó, Faraday … se encuentran entre los maestros de los que recibió clases y con algunos de ellos mantuvo una interesante corres­pondencia durante bastante tiempo.

De entre sus maestros en el terreno de las ciencias, destacamos la figura de Antonio Gutiérrez, catedrático de física que fue desposeído su cátedra en 1823, con el que mantuvo lazos de especial amistad.

Pero las turbulencias políticas de la época, que culminarían con intervención militar de las potencias absolutistas europeas con s llamados «Cien Mil Hijos de San Luis» y el restablecimiento de Fernando VII como monarca absoluto; influirían decisivamente en suerte de la familia Masarnau.

Por circunstancias poco claras, el padre, Santiago Masarnau Torres, perdió el favor de su protector el Conde de Miranda y del mismo monarca. El hecho es que, por una Real Orden con fecha 11 de noviembre de 1823, nuestro Santiago era separado del servicio de su Majestad, como Gentilhombre, y perdía la pensión de 300 ducados, concedida a finales de 1815.

Pese a las distintas protestas formuladas por Santiago, donde expresa su inocencia y la injusticia de tal medida, hacia él y hacia su padre; será solamente en noviembre de 1843 coincidiendo con la decl­aración de Isabel II como mayor de edad, aunque solamente contaba con 14 años, cuando sea repuesto en sus perdidos honores.

En estas circunstancias, el padre solicitó la jubilación y la familia Masarnau tuvo que buscar una casa acorde con su nueva y modesta situación económica. Es en la calle Encomienda, su anterior domicilio se sitúa en la plazuela de Santo Domingo, en donde la familia, el padre y sus tres hijos, así como una criada, llamada Dominga Villa y que les servirá durante 30 años, vivirán desde entonces.

Pronto nuevas desgracias se cebaron en la familia, el primogénito, Vicente, marchó por motivos de trabajo fuera de Madrid, Dolores murió «víctima de una pasión desgraciada», según dice Pedro Ma­drazo. Y poco después, Santiago salía en dirección a París, cuando aún no había cumplido los 20 años, era el 9 de agosto de 1825.

II.- Sus permanencias en el extranjero (1825-1843)

Entramos en un periodo intenso y decisivo en la vida de Masarnau: su residencia fuera de España. Esta larga ausencia no fue continuada, pues volvió a la tierra natal en varias ocasiones como veremos, pero esta etapa marcó decisivamente el resto de su vida.

Marcha a París con el objeto de perfec­cionar sus estudios musicales, abando­nando una primera idea de seguir la carrera de ingeniero, esperando reci­bir lecciones de Monsigny, objetivo que se vería frustrado. En la ciudad del Se­na, se dedica al estudio, a cultivar amistades y relaciones y a frecuentar la buena sociedad parisina. Asiste a los estrenos de ópera, conoce a Rossini, con el que desarrollaría una gran amistad; también com­pone y publica.

Allí trata a varios músicos españoles, entre ellos a José Melchor Gomis, exiliado por razones políticas que será durante años su ami­go y colaborador ya que ambos, junto con Madame Josefina La­borde, formaron un grupo que intentaría triunfar en el mundo del arte dando conciertos.

Con tal fin, Masarnau abandona París al comienzo de 1826 y se instala en Londres. Allí sí que consigue recibir lecciones de Cramer.

Mientras, Santiago mantiene una amplia y continua correspon­dencia con su padre, el cual vigila su actividad y critica algunas de las decisiones de su hijo: «Prefiero verte muerto que corrompido, no pudiera sobrevivir a la pérdida de tu inocencia»: al tiempo que le da un crecido número de consejos y recordándole que «las pala­bras de un padre alumbran y no queman».

Profunda fue la impresión que Londres causó en el joven Masar­nau, allí se ganará muy bien la vida dando conciertos y clases parti­culares de piano; fue bien recibido en los ambientes más selectos y se adaptó plenamente al estilo de vida inglés. «Amo a Inglaterra -escribía a su padre- y lloraré si llego a dejarla».

Por lo demás su vida religiosa era la normal de un joven en un país anglicano, por aquellos años era difícil participar en el culto católico, y para cumplir el precepto pascual, los españoles allí resi­dentes, tenían que acudir a la Capilla de Austria. Más tarde, y con la llegada del conde de la Alcudia a la Embajada española, Masar­nau fue nombrado organista en la capilla de la misma, sin sueldo pero con algunas prerrogativas.

Algunas mal intencionadas murmuraciones, hicieron que el jo­ven Masarnau se distanciara de M. Josefina Laborde, mientras que dedicaba sus energías a dar clases de piano y a la composición, abriéndose camino como pianista reconocido por la sociedad ingle­sa. El ritmo de trabajo fue en aumento, hasta el punto que, a fina­les de 1828, cayó enfermo de puro agotamiento.

Recuperadas las fuerzas, regresa a París en abril de 1829. Allí volvió a ser muy bien acogido por sus antiguas amistades, entre las que destaca la de Rossini, quien le admite en el círculo de sus más íntimos. Asiste a teatros, museos y excursiones por las afueras de la gran urbe.

Su padre, vigilante desde Madrid, seguía la trayectoria de su querido hijo Santiago, y por carta le presionaba para poner fin a su separación, pues la soledad en que vivía se hacía cada vez más insoportable después de que al primogénito, Vicente, le dieran un importante empleo en las minas de Río Tinto. Finalmente, en el mes de septiembre de 1829, Santiago y su padre volvieron a fundirse en un inefable abrazo.

II.1. Estancia en Madrid y muerte del padre

El encuentro con la familia y amigos en su ciudad natal, ayuda­ron a recuperar las aún mermadas fuerzas físicas rápidamente al joven músico. Pero muy pronto, en noviembre de ese mismo año, 1929, su padre moría después de una corta e inesperada enfermedad: «El 4 de noviembre a las ocho y media de la noche expiró mi adorado padre».

El estado de desolación que tal hecho produjo en Santiago, re­cordemos que perdió a su madre con tres años, se vio paliado, al menos en parte, por el cariño de la familia y la presencia de su her­mano Vicente, que llegó desde Río Tinto pocos días después de pro­ducirse el deceso.

Tuvo que hacer Santiago frente a su nueva situación; fue recibi­do por el rey Fernando VII, recientemente desposado con M’ Cris­tina para solicitar la pensión de orfandad que le correspondía. Cuando su hermano Vicente dejó Madrid para regresar a Río Tin­to, él decidió dejar el antiguo domicilio familiar y se instaló en la calle de la Reina, era el año de 1830.

Tardó aún en superar el estado depresivo que la muerte de su padre le había ocasionado, y poco a poco volvió a frecuentar la so­ciedad madrileña; el Prado, el Retiro y otras diversiones ocupaban su tiempo. En la recuperación parece que influyó el trato con Miss Cornelia Van Ness, hija del Embajador de los Estados Unidos, a la que dedicó una composición musical.

Justo al año de producirse la muerte de su padre, su hermano Vicente consiguió la cátedra de Química en la Universidad madri­leña, con lo que los dos hermanos volvían a reunirse, instalándose en un nuevo domicilio, situado esta vez en la calle Hortaleza.

Santiago vuelve a componer y escribe un método musical, que más tarde emplearía en sus clases de música del Colegio de su her­mano Vicente. En 1832, continua sus estudios de matemáticas asis­tiendo a la cátedra de Gutiérrez.

Pero los felices recuerdos de su estancia en el extranjero hacen que, en 1833, vuelva a residir en Francia y luego en Londres, donde conoce a una joven por la que se siente profundamente atraído, su nombre: Miss Gracia. Allí recibe la visita de su hermano Vicen­te y juntos marchan a París.

En esta ciudad, se codea con lo más brillante de la intelectuali­dad europea del momento, da clases de piano y recibe las de física dadas por el insigne catedrático M. Pouillet, y las de astronomía de Arago. En sus cartas habla de los encuentros con Rossini, Bellini, Dumas, Alkán, etc.

Mientras, en España, ha muerto Fernando VII y se inicia la re­gencia de Dña. Cristina: Se produce la vuelta en masa de los liberales emigrados. El duda, «Para ir a España, hay que pensar en el em­pleo; para ir a Inglaterra, en el matrimonio». Y se decidió por la primera opción; pues consideraba que para contraer matrimonio era imprescindible buscar una estabilidad profesional.

Regresó a España en el mes de agosto, cuando el cólera hacía estragos por toda Europa, incluida la Península. Durante el viaje, en Zaragoza, asistió a un colérico de nacionalidad inglesa, en un momento en que dicha enfermedad producía verdadero terror en toda la población, dado lo contagioso de la misma. El hombre salvó la vida.

Instalado en Madrid, consigue una plaza en el Conservatorio con el título de «adicto facultativo», sin dotación económica; mientras que daba conciertos en su propio domicilio de la calle Hortaleza, donde acudía la flor y nata de la sociedad madrileña.

Además de las clases en el Conservatorio y de los conciertos, dedicaba su tiempo a estudiar alemán, matemáticas y ciencias naturales; figura entre los socios fundadores del Ateneo madrileño y escribía para el «El Español» y «El Artista».

Mientras, la marcha de los acontecimientos políticos, pese a ver con esperanzado optimismo la promulgación del «Estatuto Real» en 1834, le llevaron al desengaño y divorcio con el mundo dela política, donde tenía buenos conocidos: Argüelles, Quintana, Mendizabal, etc.; pese a todo ello su hermano Vicente le inscribió en la Milicia Nacional.

La situación política de España se hace insoportable para Santiago que ha vivido los excesos liberales: desamortización y exclaustración. Recuerda su amado Londres, donde se ha casado su antigua novia, así que sale nuevamente para la ciudad del Támesis, donde llega el mes de julio de 1837.

II.2. Última etapa en el extranjero (1837-1843)

En los cuatro años de ausencia de la capital londinense, Masar­nau encuentra numerosos cambios. Todo son recuerdos… los ami­gos muertos, como Gomis, otros ausentes, como Madame Laborde y Field, y su adorada novia desposada. «Tanta riqueza, tanto movi­miento, tanto interés, tanta positividad, para decirlo de una vez, pe­sa sobre uno y le abruma… Londres creo que ya no es para mí».

Ante este panorama, Santiago decide marchar a París, su ánimo estaba abatido: tras tantos años de estudios y tareas, no había podi­do procurarse una posición estable, también le preocupaba su salud.

Instalado en la capital de Francia, piensa dedicarse a componer, tiene entre manos una ópera; pero frecuentemente le invade la tris­teza, le abruman las desastrosas noticias que llegan de España, que se encuentra sometida a las reformas de los liberales progresistas. Pero este estado de melancolía, se ve en parte paliado por la presen­cia de Federico y Pedro Madrazo, así como con el cuñado de ambos Ochoa, amistad que venía desde antiguo y tenía hondas raíces fami­liares. Gracias a Federico Madrazo tenemos tres de los retratos que de Santiago Masarnau hoy conocemos, mientras que su hermano Pe­dro sería, años más tarde, el cuarto miembro que tuvo la Sociedad de San Vicente de Paúl en España.

Fija su domicilio en la Rue de Saint Lazare, n’ 25, compone y da clases. Por medio de Alkán, conoce a Chopin.

En el verano de 1838, una nueva relación afectiva pone bálsamo en el ánimo de Santiago, su discípula Paulina Aubert hace que vuelva a pensar de nuevo en el matrimonio. Pero por un lado, la falta de una estabilidad económica y por otro el proceso que va a vivir en lo más profundo de su ser, harán que no cristalice esta nue­va relación afectiva de forma definitiva.

Desde la Cuaresma de 1838, se observa en la vida de Santiago un cambio radical en la vivencia de su fe: lectura asidua de la Bi­blia, asistencia a los oficios religiosos en Notre Dame. Después del Domingo de Pascua se prepara con una serie de confesiones a una confesión general, que dura dos semanas en días alternos. Recibe la absolución y comulga al día siguiente: el 19 de Mayo en la Pa­rroquia parisina de Nuestra Señora de Loreto, hermosa Iglesia construida según el modelo de Santa María la Mayor de Roma.

Esa fecha fue para él memorable y marcó una nueva y definiti­va etapa en su vida; prueba de ello es que solemnizó perpetuamen­te ese día, en que sintió un especial llamamiento de Dios: «Día de sensaciones grandes, puras, benéficas! …¿Cómo podré agradecér­selo al Señor? …

El principal biógrafo de Masarnau califica este proceso de con­versión. Cierto es que Santiago no había perdido nunca las raíces cristianas inculcadas en el seno familiar, asistía a misa los domin­gos y cumplía el precepto pascual, pero su religiosidad se había en­friado y respondía más a una reflexión filosófica que a un compro­miso profundo de cristiano comprometido.

Inscrito en la Archicofradía del Sagrado Corazón de María por su confesor el abate Badiche. Hace un nuevo plan de vida: oración diaria, meditación y examen, limosnas y lecturas espirituales: «Los Pensamientos» de Pascal, los sermones de Bourdalone y el Kempis.

Por lo demás su ritmo de vida sigue siendo el mismo, compone, da clases, entre sus alumnas se encuentran las hijas del infante D. Francisco de Paula; participa en paseos y excursiones aunque po­co a poco, comienza a hacer una vida más retirada.

Pese a ello, mantenía su amistad con grandes músicos, literatos y científicos. En ese ambiente intelectual de primer orden, Masar­nau conoció a Donoso Cortés, en una tertulia organizada en casa de Eugenio Ochoa casado con Carlota Madrazo, iniciando una amis­tad que sólo se rompió con la muerte de Donoso en 1853.

El encuentro entre ambos se sitúa hacia 1841, y no quedó en un mero plano de amistad y admiración intelectual, pues Donoso Cortés reconoció, en varias ocasiones, que su vuelta a la religión, «su con­versión», fue motivada en gran medida por la impresión tan viva que la conducta de su amigo Masarnau le causó.

El mismo Donoso lo refirió en una carta, de 28 de julio de 1849, a su amigo Alberich de la Blanche, marqués de Raffin, y que hoy constituye una prueba de la fama de santidad de que Masarnau dis­frutó en vida, en los siguientes términos:

«Cuando estuve en París traté íntimamente a Masarnau y aquel hombre me sojuzgó con sólo el espectáculo de su vida, que tenía a to­das horas delante de mis ojos. Yo había conocido a hombres honra­dos y buenos, o por mejor decir, yo no había conocido sino hombres buenos y honrados; y sin embargo, entre la honradez y bondad de unos, y la honradez y bondad del otro hallaba yo una distancia in­conmensurable; y la diferencia no estaba en los diferentes grados de honradez: estaba en que eran dos clases de honradez de todo punto diferentes. Pensando en este negocio vine a averiguar que la dife­rencia consistía en que la una honradez era natural, y la otra sobre­natural o cristiana. Masarnau me hizo conocer a usted y a algunas otras personas unidas por los vínculos de las mismas creencias; su convicción echó entonces raíces más hondas en mi alma y llegó a ser invencible por lo profunda».

De regreso a España, Donoso Cortés ingresó en las Conferencias recién fundadas por su admirado amigo. Su carácter y temperamento quedo reflejado en la siguien­te anécdota.

«Hubo por cierto un episodio, que no quiero omitir. Había entrado pocos días antes en la Conferencia el célebre Marqués de Valdegamas, el cual había tratado algo con D. Santiago en París. No estaba aún en el espíritu del Reglamento, y queriendo hablar so­bre el asunto, soltó con su voz campanuda el inevitable: -«¡Pido la palabra!»-

Un cañonazo disparado en la habitación inmediata no hubiera causado más estu­por. ¡Pedir la palabra en una Conferencia! D. Santiago, con su calma habitual e im­perturbable, dijo sencillamente: -Entre nosotros no se acostumbran esas fórmulas. Y en efecto, creo que no se haya vuelto a oír en las Conferencias de Madrid el par­lamentario pido la palabra; y eso que aún en reuniones de católicos, que maldicen el parlamentarismo y sus fórmulas, suele haber lo de llamar al orden, -para rectifi­car- para una alusión personal, la votación nominal, y lo del digno preopinante.

El Marqués de Valdegamas llegó bien pronto a ser un excelente socio, tan humilde como celoso y caritativo.»

DE LA FUENTE, Vicente.

«Elogio Fúnebre de D. Santiago Masarnau». Revista de Madrid. 1883. Págs.75 y 76

II.3. Ingreso en París en las Conferencias de San Vicente de Paúl.

Al comienzo de 1839, decide abandonar la Archicofradía en la que estaba inscrito, parece que no llenaba del todo las aspiraciones de un compromiso cristiano más radical de Santiago. Pocos meses más tarde ingresará en la Sociedad vicentina a la que pertenecerá el resto de su vida.

Hay que recordar que en 1833, un grupo de universitarios pari­sinos deciden fundar la Sociedad de San Vicente de Paúl, como res­puesta coherente de su fe en un ambiente hostil a la religión y a la Iglesia. Organizada como una Sociedad Civil, la obra de «Las Con­ferencias» comienza a extenderse por París y después por el resto de Francia, para poco después pasar a otros países, como una mancha de aceite.

Fue un estudiante apellidado Aussant, al que Santiago había conocido en la Archicofradía del abate Badiche y que murió sien­do Prior de los dominicos, el que dió a conocer a Masarnau la nueva Sociedad. El domingo 9 de junio de 1839 asistió por prime­ra vez a aquellas Conferencias. Desde ese momento quedó cauti­vado por el ideal cristiano que allí se le proponía: se ajustó a sus reglas y prácticas: la regularidad en las limosnas y las visitas a los pobres. Todo ello como miembro y tesorero de la Conferencia de San Luis d’Antin.

En este cargo dio ya muestras de una virtud muy propia de todo cristiano y especialmente de un miembro de las Conferencias. Una semana se encontraron sin recursos para asistir a los pobres que au­xiliaban; en contra del parecer del Presidente de la Conferencia de San Luis d’Antin, Enrique de Riancey, esa semana se repartieron entre las familias que visitaban los socorros acostumbrados, con­fiando Santiago que antes del sábado Dios no abandonaría a los que confían en El. Y en efecto, en la noche anterior a la celebración se­manal de la Conferencia recibió, dentro de una esquela anónima, un billete de mil francos, con el que podía satisfacer las deudas con­traídas.

El trato con los fundadores de la Sociedad debió ser realmente intenso, es de suponer que participó en reuniones, presididas por Bailly, a las que también asistía el principal fundador, hoy ya Bea­to Federico Ozanam. Dadas las dotes intelectuales y artísticas de Santiago Masarnau, fue introducido por los hermanos Riancey, Enrique y Carlos, a participar en la empresa del Instituto Católico de París, fundado en consonancia con la Sociedad de San Vicente de Paúl el año 1839. Mientras residió en París, no dejó de pertene­cer a tan benemérita institución y de frecuentar sus interesantes juntas.

Tuvo que ajustar aún más su vida cotidiana a un riguroso hora­rio que le permitiera atender cada una de sus obligaciones, sus re­laciones se mantienen y acrecientan, tal es el caso de la correspon­dencia íntima que mantiene con Adolfo Baudón, presidente de su Conferencia de San Luis d’Antin y más tarde de la Sociedad.

Sigue conmemorando cada 19 de Mayo, aniversario de lo que él llamaba su conversión, con una limosna de veinte duros (¡de los de entonces!) que remitía a su hermano Vicente para que repartiera entre los pobres de su parroquia y las asilados de San Bernardino, y ante los reparos que su hermano ponía, por una limosna tan cuantiosa para quién no tenía un empleo fijo, Santiago respondía: «si supieras lo que me han dado y dan los pobres, no extrañarías lo que doy a ellos»

Una vida espiritual cada vez más profunda, comulgando los jue­ves y domingos, una actividad caritativa de primer orden, como so­cio de San Vicente; hacen que lleve una vida seglar con matices de un consagrado; ya que los proyectos matrimoniales con su querida Paulina habían quedado definitivamente rotos cuando, en enero de 1840, ella contrae matrimonio con alguien que le ofrece una segu­ridad material que Santiago no podía darle.

Masarnau entra en una etapa de madurez, tiene ya 35 años, y esta estabilidad personal se manifiesta en la comunicación epistolar que mantiene con su hermano Vicente, que sigue en Madrid los acontecimientos políticos del momento: el llamado «Abrazo de Ver­gara» (1840) y la regencia del general Espartero (1840-1843); her­mano siempre querido al que dice: «¿Por qué no dedicas algún mo­mento de ocio a la lectura del Evangelio? Careces de fe, no por malas inclinaciones o vicios, sino por falta de instrucción; instrú­yete».

Esta relación epistolar es muestra de un amor fraterno sincero y sentido; la separación entre ambos terminará por iniciativa de Vi­cente, como veremos a continuación.

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