Luisa de Marillac y las Señoras de las Caridades

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Benito Martínez · Año publicación original: 1995 · Fuente: CEME.
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Los años que van de finales de 1633 a comienzos de 1640 caminan con Luisa de Ma­rillac hacia la consolidación de lo que será desde ahora su Cofradía de la Caridad. En es­tos años, quedó de hecho constituida la Compañía de las Hijas de la Caridad, y, precisan­do más, se puede concluir que desde mayo de 1636 se realizó un cambio determinante de forma.

Durante seis años largos, Luisa de Marillac continuó siendo la colaboradora de Vicente de Paúl en lo referente a las Caridades. La agrupación reciente de las jóvenes en una Ca­ridad específica modificó ciertamente su vida, pero no mucho. Ante todo, le dio más ocu­pación. Siguió trabajando con ellas como antes de agruparlas, aunque el trabajo de for­mación se intensificó al aumentar el número de muchachas que ingresaban en el grupo.

A petición de su director, siguió saliendo por los pueblos para visitar y estimular a las señoras. Visitó los pueblos Grigny, Villeneuve-St-Georges, Montmorency, Gournay, Bu­lles,… Todos cercanos a París. En la correspondencia entre Vicente de Paúl y Luisa, las Caridades se convirtieron en un eje alrededor del que giraban las relaciones con las seño­ras aristócratas. También, a las Hijas de la Caridad, que cada vez aparecen más frecuen­temente, se las nombra en función de las Caridades. La persona de Santa Luisa y su vida llega a dominar algunas cartas ante el problema tan transcendental como es la vocación sacerdotal.

De todas las visitas que hizo Luisa en estos años, dos aportan datos señalados para co­nocer mejor su personalidad: Beauvais y Liancourt.

Beauvais

Hacia mayo de 1634, Vicente de Paúl tuvo que ir a Beauvais y antes de salir escribió a Luisa: «Usted sería más útil en Beauvais que yo, y a las señoras de la Caridad les daré esperanza de que usted irá allá, pues yo no tengo intención de reunirlas» (c.231).

Al año siguiente, Luisa marchó a Beauvais. Las dificultades para poner orden en las Caridades de la ciudad eran grandes. Las Caridades de Beauvais habían sido fundadas en 1629 pero llevaban seis años sin reglamento y había que redactarlo. Luisa estuvo inspira­da y superó las dificultades hasta el punto de ser felicitada por el director: «Bendito sea Dios por haberlo encaminado tan felizmente» (c.201).

En la memoria que envió al santo desde Beauvais sobre la situación real de las Carida­des, la dirección que deberían llevar y los puntos de los reglamentos que se deberían incluir o suprimir, se nos presenta una mujer hábil e inteligente que penetra bien en la sicología de las personas tal como son en concreto y en las clases sociales de aquel siglo. Propone que a los párrocos se les debe comunicar las cosas y se les debe dar un papel relevante en la Co­fradía, pero sin hacer «depender toda la Compañía del señor párroco». Era una decisión in­teligente ya que la experiencia le decía que cuando un párroco dirige una Cofradía peligra la transparencia y tiende a que nadie sepa «lo que ocurre» en ella. Como también era ati­nado admitir que los hombres, supuesta la situación jurídica de la mujer, eran necesarios para «ejecutar los legados», pero sabía también que las señoras de clase nunca permitirían que los hombres administraran el dinero. Lo obstaculizaban el amor propio y el sentido de protagonismo que tenían las señoras de condición; imposible saltarse la escala social. Por ello, para Luisa, «bastaría uno solo para todas» las cofradías de la ciudad (c.5).

Liancourt

En el mismo año de 1635, se preparó la fundación de la Caridad en Liancourt. La fun­dación presentó una nueva visión de las Caridades y hasta puso en juego su naturaleza tal como la concibió Vicente de Paúl. Según él, lo peculiar de estas cofradías de caridad era el servicio personal de las señoras en las mismas casas de los enfermos pobres. La ayuda material, el servicio sanitario y el socorro espiritual constituían el fundamento y la razón de su existencia, pero tan sólo si se hacía con la presencia personal de la señora y en la misma casa de los pobres enfermos. A pesar de todo, la marquesa de Liancourtl, señora de la Villa, pretendía crear una casa-hospital donde se recogiera a los enfermos pobres. San Vicente temió que este nuevo sistema destruyera la esencia de las visitas a domicilio.

No se puede asegurar que su pensamiento evolucionara y los hospitales que rechazó en 1635, los aceptase en 1639. Es cierto que en 1639, aceptó el Gran Hospital de Angers, pero fue para las Hijas de la Caridad que entregaban su vida y todo su tiempo a cualquier clase de pobre, mientras que en 1635 se oponía a la casa-hospital de Liancourt, pero pa­ra las señoras de la Caridad que sólo daban a los pobres enfermos unas horas del día a eso, a visitar a los pobres personalmente en sus viviendas. No podían contentarse con una fría ayuda económica mientras que otras personas les daban su presencia humana (c.204, 205). Luisa de Marillac se identificaba con la mentalidad de su director, pero conocía al detalle a la señora de Liancourt; era su amiga. Sabía que de una manera o de otra llevaría ade­lante su proyecto. Luisa había vivido varios años en el palacio de unos nobles y tenía co­mo incuestionable que nada hay menos flexible que las decisiones de los poderosos, y, aunque la señora de Liancourt estaba en camino de ser una devota, era una devota noble. Por otra parte, le decía la vida, que es más cómodo y halagador establecer un hospital que reavivar una cofradía. Luisa tampoco podía desechar la utilidad que la marquesa encon­traba en una casa donde acoger enfermos pobres.

Luisa de Marillac intentó sacar el mayor provecho posible de esta realidad sin violen­tar el reglamento general de las Caridades, en el que consta la existencia de dos guardia­nas de los pobres para velar y cuidar a los moribundos y enfermos graves. Pues bien, en Liancourt lo harán recogiéndolos en la casa-hospital, vivirán allí y en ella prepararán los medicamentos y los distribuirán a los enfermos en sus casas tanto de la ciudad como de los pueblos vecinos: La Bruyére, Cauffry y Rantigny. Tomarán como una obligación «visitar a dichos enfermos al menos dos veces por semana». A las señoras, no se les dispen­sa de visitar a los enfermos personalmente, igual que en otras Caridades (c.5).

Papel de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac

Las Caridades habían resultado eficaces contra la deshumanización de los pobres, pe­ro día a día absorbían gran parte de la vitalidad de los dos santos. Las Caridades los ne­cesitaban por igual, aunque de forma diversa. Vicente de Paúl tenía ideas claras sobre lo que debían ser las Caridades que él había fundado, sobre los objetivos que se proponían realizar y sobre los medios a emplear. Eran ideas que abarcaban las Caridades en ampli­tud, ideas que contemplaban la obra caritativa en general. Luisa de Marillac iba más a lo concreto, a las situaciones prácticas de cada Caridad en cada lugar y de cada día, con to­dos sus problemas. Examinaba los detalles de la vida de piedad, las necesidades de las guardianas, la forma de llevar los registros de las oficialas, la inscripción de los enfermos y los libros de cuentas, cuándo y dónde se harían las colectas para que fueran más abun­dantes, cuántas cerraduras debía tener el cofre del dinero y quiénes guardarían las llaves, etc. (c.5).

Todo esto, parecen minuciosidades, pero no se debe olvidar que las mujeres son deta­llistas y que las aristócratas tenían muy metidas en su dignidad las fórmulas sociales; sin olvidar tampoco que en los comienzos de una obra es necesario afianzar los cimientos.

Vicente, año tras año, descubría nuevos valores en la señorita Le Gras y de ser una sencilla colaboradora la destinó de repente a desempeñar una función igual a la suya. Por las cartas, se ve que Vicente no tiene secretos para ella en todo lo relacionado con las Ca­ridades. No es sólo su ayudante; deposita en ella un trabajo igual al suyo y la coloca con tanta responsabilidad como la que él asume. A veces, parece como si descargara en Lui­sa una parte considerable del peso de la obra:

«Yo iré a esbozar lo que más tarde podrá acabar usted».

«Le mego a usted que aclare este punto».

«Apruebo lo que me dice de erigir la Cofradía y de acomodarla al estado de las de­más de la diócesis».

«Usted verá quién puede hacerlo con menos dificultades».

«Aguardaré hasta que usted esté aquí para trabajar en este asunto».

«Le agradezco el parecer que ha querido darme sobre el estado de la Caridad de Beauvais».

«Piense, por favor, lo que hay que hacer y dígame su manera de pensar sobre ello» (I, c.174, 187, 201, 202,211).

Sin embargo, Luisa nunca aceptó colocarse al mismo rango que su director. Él lo sa­bía y sabía también que Luisa nunca emprendería nada independiente de él ni siquiera sin que él lo supiera.

Las Caridades nobles de París

Los pobres de los pueblos necesitaban las Caridades porque su vida deshumanizada les oprimía sin esperanza. La mayoría de los habitantes de los pueblos eran unos pobres en potencia, o mejor, los pobres del futuro próximo. Pero también las Caridades eran indispensables para los pobres de la ciudad. Poco a poco, se crearon en todas las parroquias de París y gracias a estas Caridades las señoras separaron el ropaje y penetraron en el al­ma de Luisa, descubriendo a una mujer exquisita y extraordinaria. Todas estas señoras, nobles y burguesas, muchas con acceso a la corte, cada día que pasaba, necesitaban los consejos de Luisa, su empuje y también a sus hijas.

La requerían para que pusiese orden en la Caridad de Quinze-Vingts y hablase duran­te varios días a las señoras de la junta; la señora de Beaufort solicitaba su presencia para fundar la Caridad en San Esteban y para que luego asistiera a las reuniones; Vicente, car­gado de trabajo, le pedía que atendiera a la tesorera de San Bartolomé, «buena sierva de Dios y digna de cualquier empleo para la gloria de Dios» (I, c.184). De una manera de­cisiva, tres Caridades influyeron en la amistad de Luisa con las señoras de condición: el Gran Hospital de París, Saint-Germain-en-Laye y Richelieu.

El Gran Hospital (Hótel-Dieu) de París

La Caridad que se fundó en marzo de 1634, en el Gran Hospital de París sobrepasa la historia de la beneficencia y las biografías de San Vicente y de Santa Luisa para entrar en la historia de la acción social francesa. A ella, dedicaron los dos santos muchos momen­tos preciosos de su vida y de ella recibieron en compensación días llenos de emoción y felicidad, pero también les ocasionó semanas y hasta meses de preocupación laboriosa.

La categoría de las señoras que dieron su nombre y las obras que emprendieron, ele­varon el prestigio de las Caridades. A la Caridad del Gran Hospital, pertenecieron prin­cesas de sangre, duquesas, marquesas y señoras de la nobleza y de la burguesía más alta: Condé, Schomberg, Nemours, Aiguillon, Venthadour, Liancourt, Beaufort, Brienne, Fou­quet, Séguier, Herse, Viole, Goussault, Polaillon, etc. Las obras que emprendieron han pa­sado a la historia por su embergadura tanto económica como de organización: Niños aban­donados, galeotes, fugitivos de la guerra, regiones devastadas, etc. además de las ayudas al Gran Hospital.

Antes de pasar adelante, es conveniente conocer el Gran Hospital que dio el nombre a esta singular Caridad.

Hasta el Renacimiento, la asistencia pública, incluida la sanitaria, estaba asumida y or­ganizada por la Iglesia. Pero desde el siglo XVI, una variedad de sucesos trasladan al po­der civil no sólo los hospitales sino también la concepción misma de toda la asistencia pú­blica, como una obligación y una necesidad de pasar a las manos del Estado. Por los años de la fundación de las Hijas de la Caridad, estas ideas se habían hecho realidad debido a muchas causas entrelazadas unas con malicia y otras involuntariamente.

Entre todas las razones, una de las más determinantes fue la doctrina sobre el Estado. En el siglo XVI, desapareció el feudalismo medieval de los nobles y apareció el absolu­tismo de los reyes. Se esparcieron las ideas políticas de la preponderancia del Estado iden­tificado con el rey. La razón de estado es la razón para todo y la define el rey. El rey-es­tado tiene que amparar a todos los súbditos, especialmente a los necesitados. Su acción debe extenderse a todos los ámbitos de la nación, incluidos el sanitario y la beneficencia.

Sin que el pensamiento político influyera en la génesis de los hechos, la realidad es que la situación desastrosa de los hospitales aceleró la cesión de los hospitales al Estado. Por causa de la guerra de los Cien Años y luego de las Guerras de Religión, los hospita­les quedaron en un estado lastimoso. Muchos desaparecieron, otros quedaron medio derruidos y la mayoría sin bienes suficientes para recibir enfermos. Los obispos carecían de dinero para reconstruirlos, repararlos o sencillamente para sostenerlos; y así, fueron ca­yendo en manos de los gobiernos civiles de la localidad. El comienzo fue la creación del cargo de «Capellán real». Por medio de él, el rey se apoderó de la administración y di­rección de muchos hospitales. Por un edicto real de 1561, se pretendió que la gestión tem­poral de todos los hospitales del reino fuera confiada a la autoridad municipal. Hay que resaltar, como el final de la transformación, que desde Enrique IV todos los hospitales que se construyeron fueron civiles. A la Iglesia, sólo, se le reservó la asistencia espiritual de los enfermos y empleados.

El Gran Hospital (Hótel-Dieu) de París3 dependía del cabildo de la catedral que nom­braba un delegado para que lo administrase. Entre el mucho personal que atendía al hos­pital, resaltan de cinco a diez religiosos, de tres a cinco capellanes y de un centenar de re­ligiosas. Cada cama del hospital acogía a tres enfermos por lo general.

Durante la Edad Medía, el funcionamiento del Gran Hospital había sido intachable tan­to en el servicio material como en el espiritual. Este hospital fue el orgullo de París y el modelo para todos los hospitales de Francia. Pero en la segunda mitad del siglo XV, se derrumbó el admirado funcionamiento. La autoridad del cabildo era despreciada, los reli­giosos se ausentaban sin permiso, se daba mal de comer y se descuidaba el servicio a los enfermos, las religiosas se insultaban públicamente y, peor aún, se murmuraba que los re­ligiosos y las religiosas tenían coloquios familiares. De todo, se culpó al cabildo.

Cansados de tanta resistencia, apremiados por el Parlamento y criticados por todos, los canónigos cedieron a la municipalidad de París la gestión administrativa del hospital el 4 de abril de 1505. La municipalidad, con la colaboración del Parlamento, se entregó a la reforma del Gran Hospital: no se admitieron nuevos religiosos, dejando que desaparecie­ran los cinco que quedaban, las religiosas fueron asimiladas a los canónigos reformados de San Agustín, convirtiéndolas en agustinas con estatutos nuevos, y se dio la dirección a un religioso de la Abadía de San Víctor.

En el siglo XVII, se consolidaron los pabellones que amenazaban ruina y se constru­yeron nuevas salas. Las obras ampliaron el número de camas con cabida para novecien­tos enfermos. Hacia 1633, las religiosas, sacrificadas sin reserva, no podían atender a tan­tos enfermos. Por entonces, un grupo de señoras ricas se ofrecieron a ayudar a las reli­giosas visitando a los enfermos, llevándoles dulces y cuidando de su vida religiosa. Al­gunas de estas señoras, que pertenecían a las Caridades, tenían buena voluntad, pero su colaboración era más de ruido que de efectividad y a veces hasta inoportuna.

A una de estas señoras, Genoveva Goussault, se le ocurrió la idea de agruparlas en una Caridad. Insistió ante Vicente de Paúl y ante el arzobispo. Como siempre, Vicente refle­xionó y dejó pasar el tiempo hasta que la Providencia le indicase el momento. Finalmen­te, la señora Goussault logró que en marzo de 1634 Vicente de Paúl fundara la Caridad del Gran Hospital de París. Fue tan sólo unos meses después de la fundación de las Hijas de la Caridad y, como ésta, fue una Caridad un tanto especial. Conviene resaltar tres as­pectos:

El primer aspecto acaso sea el más específico ya que rompe con la mentalidad parro­quial y diocesana de Vicente: esta nueva Caridad no estaba centrada en la parroquia sino en el Gran Hospital, ni su director era un párroco, sino el mismo Vicente de Paúl o un mi­sionero paúl delegado por él.

El segundo aspecto es el más llamativo e impresionante: a esta Caridad, podían perte­necer todas las señoras de alta condición fuera cual fuera la parroquia en la que residía y aunque tuviera su palacio-vivienda fuera de París. De hecho, a ella pertenecieron las se­ñoras de la aristocracia de título y de dinero. Tampoco sus obras se reducen al ámbito pa­rroquial, son supraparroquiales. Cierto, su labor principal comenzó y continuó con los en­fermos del Gran Hospital, pero pronto ampliaron la visión de la pobreza, y aportaron su dinero para remediar cualquier clase de pobreza que les indicara Vicente de Paúl: niños abandonados, presos, ancianos, regiones devastadas por la guerra,…

Hay que tener en cuenta que, no obstante, el objetivo es idéntico al de todas las Cari­dades: «La cofradía de la Caridad ha sido instituida para honrar a nuestro Señor Jesucris­to, patrono de la misma, y a su santa Madre, y para asistir a los pobres enfermos de los lugares donde está establecida, corporal y espiritualmente, administrándoles su bebida y comida y los medicamentos necesarios durante el tiempo de su enfermedad, y espiritual­mente, haciendo que les administren los sacramentos de la penitencia, la eucaristía y la extrema unción, y procurando que los que mueran salgan de este mundo en buen estado y que los que curen, tomen la resolución de vivir bien en adelante».

San Vicente describe las visitas de las Damas un poco idílicamente: «Hacen la visita todos los días y asisten, de cuatro en cuatro, a ochocientos o novecientos pobres o enfer­mos, con helados, carnes, consomés, confituras y otras clases de dulces, además del ali­mento ordinario que les proporciona la casa».

Las relaciones entre las damas y las religiosas fueron pacíficas y hasta cordiales. No se puede establecer como causa o raíz de tal armonía la persona de Vicente, pero huma­namente hablando, fue una casualidad que al frente de las religiosas estuviera Genoveva Bouquet, que había conocido a Vicente de Paúl en el palacio de la reina Margarita de Va­lois, la desechada esposa de Enrique IV, donde trabajaba Genoveva cuando Vicente era uno de sus capellanes. Genoveva había entrado en las religiosas del Gran Hospital poco después de abandonar Vicente el palacio de la reina Margot.

La Caridad impresionó a todo París. A los cuatro meses, alrededor de cien señoras de la alta sociedad habían dado su nombre. Esta Caridad también necesitaba jóvenes que hi­cieran los trabajos burdos, pero por su categoría y por haber sido creada pocos meses des­pués de las Hijas de la Caridad, las damas pensaron que las pobres aldeanas no tenían com­postura suficiente como para servir al lado de tales señoras: «se creía que algunas de las jóvenes que se habían presentado de la ciudad serían más indicadas para representar a las damas en su ausencia». A las pocas semanas, cambiaron de parecer y llamaron a las jó­venes de la señorita Le Gras. Comprendieron que las muchachas sencillas de la cofradía servían a los pobres por vocación y con una preparación apropiada para el servicio, mien­tras que las jóvenes de la ciudad lo hacían por dinero. Tanto Luisa como Vicente se pre­ocuparon de no fracasar y escogieron a las mejores de sus campesinas. Al frente del pe­queño grupo, se puso la misma Luisa para dirigirlas en el primer encargo de envergadura que se les había confiado. Éste era el parecer del director, como también lo era que en su ausencia pusiera a Hermanas apreciadas por su valer: María Joly, Pelletíer o Turgis

Sobre Luisa recayó un trabajo físico y sicológico agotador de tal manera que preocu­pó a Vicente el estado de su salud: «Señorita, qué pena tengo al verla tanto tiempo sin ir a tomar el aire y en ese trabajo continuo que hace usted en el Gran Hospital». Sin embar­go, a ella le parecía poco e, inquieta, dudaba si no perdía el tiempo con tanto ir y venir desde el barrio de San Víctor hasta el hospital, al lado de la catedral. Parece como si Lui­sa pensara quedarse definitivamente trabajando en el hospital. Vicente, por el contrario, tenía ideas más ambiciosas para ella. Trabajar únicamente en el hospital sería destruir el carisma que ya se manifestaba en aquella maravillosa mujer. La misión que soñaba Vi­cente para ella era la de dirigir la nueva cofradía de las Hijas de la Caridad. Como era cos­tumbre en él, le ordenó que se sometiera a la voluntad de su Majestad. Las damas habían propuesto una solución intermedia: dirigir la nueva Compañía, pero viviendo cerca del hospital. La valoraban demasiado para dejarla marchar. Cuando las cosas iban mal en el Gran Hospital, allá la enviaba Vicente de Paúl «a pasar dos o tres días» y a poner en or­den las cosas (c.231, 207, 171, 325).

Saint-Germain-en-Laye era más un palacio que una fortaleza. En él, residía la corte gran parte del año y detrás de sus muros se refugiaba en tiempos de revuelta. En sus ha­bitaciones, nacieron Enrique II, Carlos IX, la reina Margot y Luis XIV. En su capilla, se casó María Stuardo y en el palacio, vivió diez años. Y allá fue San Vicente de Paúl a con­fortar a Luis XIII agonizante en 1643. Aquí, también se fundó en 1638 una Caridad para las señoras de la corte. Su presidenta fue la señora Chaumont, Dama de Honor de la Rei­na, y se inscribieron «la modista y las doncellas de la Reina». De tanta importancia le pa­reció a Vicente, que intentó que fuera Luisa personalmente a instalar allí la pequeña co­munidad de Hijas de la Caridad que se requería para ayudar a las señoras, pero no pu­diendo, escogió cuidadosamente a dos Hermanas, una de ellas Sor Bárbara Angiboust. Pa­sados unos meses, la señora de Chaumont pidió que la señorita Le Gras y la señora Gous­sault fueran a visitar la Caridad. La visita de Luisa duró una semana.

Richelieu era la ciudad del poderoso ministro Cardenal de Richelieu y de su sobrina la duquesa de Aiguillon. Cuando Armando Juan du Plessis-Richelieu era un personaje atacado por la corte, el 7 de diciembre de 1620, el consejo del rey mandó sacar a públi­ca subasta las tierras, el señorío y el castillo de Richelieu para pagar las deudas de su di­funto padre. Pero unos meses más tarde, el 15 de febrero de 1621, Richelieu-Lugon lo­gró rescatarlos de sus deudos. Cuando el cardenal dominaba la política francesa y todos lo temían, en 1631, el rey Luis XIII elevó el señorío de Richelieu a ducado. Richelieu, afianzado en el poder, construyó un palacio-castillo embellecido con jardines y una ciu­dad amurallada y geométrica en la distribución de las calles.

En otoño de 1638, se fundó en la nueva ciudad una Caridad y pidieron Hermanas. ¡Aquellas pobres aldeanas de la señorita Le Gras penetraban sin buscarlo en los estamen­tos apetecidos por muchas congregaciones! Luisa escogió detenidamente las dos Herma­nas que pedían: Sor Bárbara Angiboust de nuevo y Sor Luisa Ganset. Fue la primera co­munidad de Hijas de la Caridad alejada de París, pero a su lado había otra comunidad de padres paúles y esto tranquilizaba a Luisa.

Luisa de Marillac, una señora

Dedicada a las Caridades, Luisa conoció a muchas señoras de categoría relevante por su fortuna o por sus títulos. En sus frecuentes encuentros, esta mujer de categoría inferior, sin título alguno, perteneciente a las capas bajas de la burguesía, fue escalando puestos en la es­tima y en el prestigio hasta ser aceptada por la nobleza a unas relaciones de igualdad. Las señoras de la corte la acogían y la trataban como a una amiga. Las señoras Goussault y La­moignon, presidentas sucesivas de la Caridad del Gran Hospital, resolvían con Luisa, y no extraña, asuntos de la cofradía, pero impresiona que la interesasen en asuntos de familia, co­mo en la boda de la hija de la señora Goussault. Luisa se ganó la confianza para pedirles prestada la carroza o para hablarles con tranquilidad. No se piense que fueron únicamente señoras entregadas a la vida de Dios o a la caridad, como Polaillon o Lamoignon —madre e hija—, fueron también aristócratas de la sociedad, como la duquesa de Aiguillon y de Lian­court. Durante muchos años, ésta la invitó como amiga a descansar en su lujoso palacio. En cierta ocasión en que la duquesa estaba enferma, Luisa se ofreció para cuidarla, y ella ex­clamó: «¡Oh, Dios mío! ¡Eso sí que la acabaría de pintar!» (I, c.358).

Vicente de Paúl sentía a Luisa como una parte de su vida; es natural entonces que se emocionara cuando escuchaba que las señoras la elogiaban, y no sentía recato en comu­nicárselo. Lo consideraba un soporte animoso a su trabajo y un contrapeso a la soledad familiar. La correspondencia de San Vicente está salpicada de frases cariñosas: «Cómo me alegraría que nuestro Señor le hiciera ver… el cariño que le tienen las oficialas de la Caridad del Gran Hospital». «Todas se interesan por usted». En la reunión de las Damas, «puede imaginarse que no nos olvidamos de usted». «Cuánta necesidad tenemos de que venga usted». «La esperamos todos con el cariño que sabe nuestro Señor». Y un día la co­rrigió cordialmente de parte de las damas: «La señora del guardasellos me insistía en que usted no se alimenta lo suficiente».

Cada día, las relaciones entre Santa Luisa y las damas se hacían más íntimas, la co­nocían mejor y la estimaban más profundamente. Vicente de Paúl, si no lo estaba desde hacía años, llegó a convencerse de la importancia de su hija espiritual. Por encima de los valores humanos, las señoras tenían otra razón más atrayente para aquella época: su san­tidad. Las señoras que seguían a San Vicente eran mujeres preocupadas por vivir una vi­da devota, como la llamaba San Francisco de Sales. Buscar la perfección era para ellas una inquietud diaria, y Luisa de Marillac era una santa sincera. Algunas señoras acudían a casa de Luisa a hacer los Ejercicios y se dejaban ayudar por ella.

No sería honrado negar otro motivo singular que favoreció el aprecio en que la tenían las señoras: era la predilección que sentía Vicente por su colaboradora. Los biógrafos re­conocen en San Vicente de Paúl dotes excepcionales para comprender la sicología feme­nina, manifestándose como un gran director espiritual. Sabía dar a las mujeres el trato hu­mano que requería cada momento. La señoras admiraron de tal manera a aquel sacerdote que lo consideraron como el verdadero guía y aun como un líder del movimiento feme­nino de caridad. Estaban cautivadas por el trato delicado y por la dirección espiritual apro­piada que daba a cada persona. Las señoras de las Caridades quedaron sorprendidas ante aquel hombre emprendedor, dinámico, incansable y con un talento organizador agudo. Pe­ro es que además, lo veían como un santo sincero y totalmente sacrificado por los pobres. Lo aceptaron, lo admiraron y lo obedecieron.

Al lado de este santo hombre, ayudando también desinteresadamente a los pobres, apa­rece una santa mujer dotada de maravillosas cualidades humanas y espirituales. Aunque de rango social inferior, tenía una formación humanística superior a muchas de ellas. La consideraban como la dirigida singular de San Vicente, la persona de confianza y la co­laborada imprescindible. Poco a poco, la aceptan como la aliada del señor Vicente y co­mo el canal más seguro y directo para llegar a él.

Si no para darle categoría, sí para intimar, no se puede olvidar que Luisa era la formadora y la directora de la nueva Caridad de solteras y viudas, creada exclusivamente para ayu­dar a las Caridades de señoras en las labores más molestas y serviles, y las damas necesita­ban a estas jóvenes que dependían únicamente de Luisa de Marillac y de Vicente de Paúl.

Se conservan varias cartas a Luisa de parte de Lamoignon, de la duquesa de Aiguillon, de la marquesa de Conches, de la señorita de Anse, dama de honor de la reina Ana de Austria (D 869, 838, 743,7 99). La duquesa de Liancourt la trata de amiga y le escribe que no tiene «mayor alegría que la de conversar con usted».

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