La experiencia espiritual de San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Jean Morin, C.M. · Año publicación original: 2013 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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san-vicente-de-paul-y-pobresLa espiritualidad vicenciana no es de ninguna manera una gramática de santidad para estudiar y aplicar. Es una vida, una experiencia, con la que tenemos que comulgar para favorecer el trabajo de la gracia en una vida humana.

Es la experiencia espiritual de Vicente de Paúl la que vamos a intentar seguir paso a paso para captar las grandes orientaciones, los puntos de apoyo y los tiempos fuertes. Se puede considerar que este itinerario se desarrolla en cinco etapas. Estos períodos a veces se sobreponen, porque no es fácil recortar una vida a cuchillo. Sin embargo, veremos que en el conjunto, el reparto de estas etapas es bastante justa.

I – 1581-1595: la familia

En la actualidad apreciamos mejor el lugar que ocupa la familia en el itinerario espiritual de los santos. En otro tiempo con frecuencia se creía que algunos venían al mundo ataviados de una especie de santidad-milagro, y que la gracia les acompañaba desde el instante de su nacimiento hasta su entrada, inevitablemente triunfal, en el cielo. Ciertamente no ocurrió así con Vicente de Paúl se puede decir que de sus primeros quince años guarda:

  • la experiencia de un profundo cariño familiar,
  • la experiencia de la mentalidad rural y campesina,
  • la experiencia de la pobreza y del trabajo manual.

Tres experiencias determinantes para la orientación de la vida de quien ha sido el beneficiario.

Experiencia familiar

Al comenzar la conferencia sobre las virtudes de las aldeanas, san Vicente se expresa así: “ Os hablaré con mayor gusto todavía de las virtudes de las buenas aldeanas a causa del conocimiento que de ellas tengo por experiencia y por nacimiento, ya que soy hijo de un pobre labrador, y he vivido en el campo hasta la edad de quince años.” (SV IX-1, 92). Vicente de Paúl dice esto el 25 de enero de 1643, cuando va a cumplir sesenta y tres años.

Este recuerdo nos permite creer, que Vicente de Paúl en más de una ocasión recuerda a su madre y a sus dos hermanas María y Claudine. De las aldeanas, Vicente decía: “Las verdaderas campesinas no se glorían de lo que son, ni hablan de su parentela…Su hablar es sencillo y sincero… se contentan con vivir y vestir… se contentan muchas veces con pan y sopa, aunque trabajen incesantemente y en trabajos fatigosos… Vuelven de su trabajo a casa, para tomar un ligero descanso, cansadas y fatigadas, mojadas y llenas de barro; pero apenas llegan, tienen que ponerse de nuevo a trabajar, si hay que hacer algo; y si su padre y su madre les mandan que vuelvan, en seguida vuelven, sin pensar en su cansancio,… y sin mirar cómo están arregladas….” (SV IX-1, 100).

Estos rasgos son de un tono y de una precisión inconfundible; vemos bien la relación entre el espíritu de las Hijas de la Caridad y este período de la vida de Vicente de Paúl de 1581 a 1595. Ustedes fueron pensadas y concebidas, a partir del modelo de las jóvenes landesas del pueblo de Pouy, que puede ser el modelo de la madre y de las hermanas de Vicente.

Es cierto que Vicente de Paúl tuvo una vida de familia cálida y unida. Por eso, manifestará siempre un gran afecto por su madre, sus hermanos, hermanas y sobrinos. Muy a menudo empleará, para hablar de la Comunidad y de las relaciones en la vida de comunidad, un vocabulario utilizado en la vida familiar y tal vez, más especialmente, en su propia experiencia de vida familiar: “¿Cómo está su familia? Salude a toda su pequeña familia…La familia de aquí va bien…”. Del mismo modo, en los primeros reglamentos de las Cofradía o de las Hijas de la Caridad: “Se querrán entre ellas como hermanas…”. Con respecto a los pobres, las Hijas de la Caridad estarán invitadas a comportarse “como su madre”, etc. Ahí también descubrimos una relación entre la espiritualidad vicenciana y el período 1581-1595. Conscientemente o no, resurgen en la espiritualidad comunitaria de san Vicente, los recuerdos de lo que había vivido en Ranquines.

Experiencia de la mentalidad rural y campesina

Vicente de Paúl conservó en el fondo de sí mismo su ser de campesino, aunque viviera en la ciudad durante más de cincuenta años.

Su manera de andar, su psicología, lo que llamaba su lentitud, su modo de comportarse ante los grandes o con el dinero, los ejemplos que naturalmente surgen de sus conferencias o cartas, su sentido de la Providencia…todo esto está profundamente marcado por sus orígenes campesinos; orígenes de los que llegó a avergonzarse en los comienzos, ya que al utilizarlos, los acepta en primer lugar para humillarse, ¡y de vez en cuando para jactarse!

Naturalmente, este carácter rural y campesino ha marcado igualmente la espiritualidad de Vicente de Paúl y la de sus discípulos, sobre todo en su aspecto evangélico. Pensando en Jesucristo, Vicente de Paúl veía, con toda seguridad, en él un campesino y debió haber una verdadera complicidad entre Vicente de Paúl y el Evangelio. ¿Cómo se manifiesta en Vicente esta complicidad? Tal vez por su sentido del gesto y de lo concreto, por su desconfianza en las teorías que se quedan cortas, por su amor por la sencillez, por su humildad tan realista de raíces rurales, por su cercanía a las cosas y a las personas, sencillo, concreto y directo.

Experiencia de la pobreza y del trabajo manual

Fue esta también una experiencia de base con resonancias profundas y duraderas. No fue más que “el hijo de un pobre campesino”; un campesino que debía contar con su trabajo para vivir él y su familia. No había escuela para los pobres y los niños desde su más tierna edad trabajaban en la pequeña granja.

Vicente cuidó los rebaños a orillas del río Adour. Conoció la vida de los niños pobres, la vida de una familia, sometiéndose a los impuestos y a las tasas de todo tipo.

Su primer reacción a los quince años será la de salvarse, liberarse, buscar fortuna y obtener una buena situación para ayudar a su familia a salir de la dificultad. No sabía que Dios lo destinaba a los pobres y en primer lugar a los pobres del campo; esta experiencia familiar de 1581-1595 le prepara a vivir más plenamente esta vocación. Paradójicamente, serán los pobres campesinos los que le revelarán en Folleville y en Châtillon el sentido que debe dar a su vida.

Encontraremos en boca de Vicente, viviendo en la ciudad durante cuarenta años, la expresión de su nostalgia por la tierra campesina de su infancia: “Es necesario que le diga con toda sencillez que esto me da nuevos y grandísimos deseos de poder, en medio de mis pequeños achaques, ir a acabar mi vida en un chaparral, trabajando en alguna aldea, pues me parece que sería mucho más feliz si Dios me concediera esa gracia” (SV V, 185 , el 17 octubre 1654 a un sacerdote de la misión).

Esta primera etapa le marcó mucho e incluso fue determinante en el itinerario espiritual de Vicente de Paúl. Estamos en 1595: Vicente, a los 14 años, vive aún con su familia en la granja de Pouy, posiblemente es aún analfabeto.

II – 1595-1610: la carrera

Abelly nos cuenta el primer cambio importante en la vida del joven Vicente: “Su padre se dio cuenta de que aquel niño podía hacer algo más que apacentar animales. Por eso tomó la resolución de llevarlo a estudiar. Se prestó a ello más de buena gana, porque había conocido a cierto prior de su vecindad, que, siendo de una familia no más acomodada que la suya, había contribuido mucho con las rentas de su beneficio a mejorar a sus hermanos. Así, el buen hombre pensaba en su simplicidad que su hijo Vicente, siendo como era capaz para el estudio, podría algún día conseguir un beneficio, y sirviéndose de la Iglesia, ayudar a la familia y favorecer a los otros hijos” (Abelly, libro I, capítulo 1, página 31).

El mismo Abelly precisa más adelante, que antes de su muerte en 1598, el padre de Vicente había estipulado por testamento, que “quería y entendía que su hijo Vicente fuera ayudado y sostenido en sus estudios” (Abelly, libro I, capítulo 3, página 35-36).

La cosa parecía clara, sobre todo respecto a los usos entonces en vigor en este medio social y regional: se trataba completamente de una salida de inversión y de un contrato familiar. Parecía el más dotado y se haría todo lo posible para su éxito. Por consiguiente le corresponde devolver el céntuplo a su familia, después de haber hecho fortuna.

En mi opinión es esta la motivación principal que aclarará y explicará el comportamiento y el itinerario de Vicente a lo largo de los próximos años. El mismo Vicente en dos ocasiones, confirma esta apreciación:

  • en su carta del 17 de febrero de 1610 a su madre.
  • en el relato del último viaje a su región en 1623.

Leyendo detenidamente estos dos documentos, nos damos cuenta de que lo que domina en las preocupaciones de Vicente es este contrato familiar, incluso antes de 1617.

En la carta del 17 de febrero de 1610, no es cuestión más que de asuntos de ascenso, de vuelta al país: “para emplear el resto de mis días junto a usted” (SV I, 88-89).

En cuanto al relato del último viaje a su región, lo que parece haber turbado más a Vicente, es el sentimiento de haber traicionado el contrato: “El día de mi partida sentí tanto dolor al dejar a mis pobres parientes que no hice más que llorar durante todo el camino, derramando lágrimas casi sin cesar. Tras estas lágrimas me entró el deseo de ayudarles a que mejorasen de situación, de darle a éste esto y aquello al otro. De este modo, mi espíritu enternecido les repartía lo que tenía y lo que no tenía… Estuve tres meses con esta pasión importuna de mejorar la suerte de mis hermanos y hermanas; era un peso continuo en mi pobre espíritu. ” (SV XI-4, 516-517).

Lo que Abelly nos dice de la decisión del padre en 1595 y lo que Vicente escribe a su madre en 1610 deja entrever una continuidad, en la que la partida de Vicente al colegio encuentra perfectamente su lugar. En 1595, Vicente entra en Dax en el colegio de los Franciscanos. Rápidamente revela ser buen alumno para que se confíe en él: se le encarga de ser prefecto de los hijos pequeños del Señor de Comet, que desde ese momento, lo acoge en su casa. ¡Qué promoción! Posiblemente esto no fue extraño por la reacción que manifestó, cuando un día le anunciaron en el Colegio que su padre estaba allí, no quiso verle porque le daba vergüenza, (él mismo lo confesará más tarde), su apariencia rústica.

En 1596 aconsejado por sus educadores, por el Señor de Comet abogado en Dax y su bienhechor, fue a Bidache para recibir la tonsura, símbolo de la entrada en el estado eclesiástico y las ordenes menores, primeras etapas en la ascensión hacia el sacerdocio.

En 1595-1597, dos cosas nos aparecen muy claras:

  • hubo un verdadero contrato familiar, es decir un sacrificio de la familia confirmado por el testamento del padre, para que Vicente pudiese hacer los estudios para ayudar luego a sus hermanos y hermanas.
  • desde sus dos primeros años de estudios en Dax, Vicente experimenta fuertemente la diferencia entre su antigua y su nueva situación; tal vez también probó una cierta embriaguez, de lo que le parece ser un comienzo de promoción.

Es sin duda en 1597 cuando Vicente entra en la universidad de Toulouse, ya que en 1604 después de siete años de estudios, será bachiller. Incluso si las Facultades no eran entonces lo que son ahora, se observa por una parte las buenas aptitudes de nuestro estudiante que superan la media, y por otra parte su ambición. Pasar por la universidad permitía entonces mirar de otro modo, más alto que una pequeña parroquia de campo (cf. La suave insistencia de Vicente para tener en posesión la pequeña parroquia de Tilh, y en cambio, su solicitud por ir en 1604 en Burdeos, donde tendría alguna posibilidad de que le atribuyeran un obispado en la región).

Mientras tanto Vicente avanza con un paso más bien rápido, por el camino que ha escogido: tonsura y órdenes menores el 20 de diciembre de 1596 en Bidache, cuando no tiene más que quince años y medio; subdiaconado en Tarbes el 19 de septiembre de 1598, con 17 años; diaconado en Tarbes el 19 de diciembre de 1598; sacerdocio en Château-l’Evêque con 19 años y medio, el 23 de septiembre de 1600.

Aparentemente Vicente tiene prisa. Esto molesta a algunos, como Abelly y los que lo siguieron, quienes no dudaron en avanzar la fecha de su nacimiento, para fijarla en el año 1576, accediendo de este modo al sacerdocio con 24 años, edad mínima, recientemente fijada por el Concilio de Trento.

Poco sabemos de su paso por la Facultad de Toulouse: la vida de estudiante en esta época y en esa cálida ciudad, era más bien agitada. Se sabe que para poder pagar los gastos de sus estudios, asumió la responsabilidad de un pequeño pensionado donde recibía a jóvenes estudiantes, primero en Buzet-sur-Tarn, luego en Toulouse.

Vicente de Paúl obtiene el título de bachillerato en teología en 1605. Es entonces cuando le sobrevienen graves problemas económicos que lo llevan a ir a Marsella. ¡Los años oscuros llegaron a ser, muy oscuros! – De este período no tenemos más que dos cartas (SV I, 75-88) al Señor de Comet, para aclarar con un esplendor curioso, tres años que parecen estar poco definidos (cf. San Vicente y la Caridad, colec. Maestros espirituales, A. Dodin, páginas 144-148).

¡Solamente dos cartas! Esto no nos autoriza a ir muy lejos en nuestras deducciones. Sin embargo, en el estado actual de la documentación, me parece que estamos cerca de la realidad si imaginamos un Vicente, ante todo preocupado por su promoción y por el cumplimiento de su contrato. Es además el mismo Vicente que encontramos en la carta del 17 de febrero de 1610. ¿Qué ha ocurrido entre estas fechas? En cualquier caso, nada que modificara el proyecto y las perspectivas de Vicente de Paúl.

Según los documentos oficiales, es a finales de febrero cuando encontramos a Vicente de Paúl en Paris. Es consejero y limosnero de la Reina Margarita, duquesa de Valois (SV X, 14). Habita en la calle del Sena, en el barrio de Saint-Germain-des-Prés, frente al palacio de la reina. Se diría que ha llegado la época del éxito esperado. O al menos está al alcance de la mano, como lo deja entrever lo que Vicente dice a su madre y a su familia. Releamos el comienzo de esta carta: “Espero de la gracia de Dios que él bendecirá mis trabajos y me concederá pronto el medio (¿tal vez financiero?) de obtener un honesto retiro, para emplear el resto de mis días junto a usted” (Coste I, 88).

La carta es pues del 17 de febrero de 1610. Tres meses más tarde, con sus días y sus noches, Vicente firma un acta que le hace propietario de la Abadía de San Leonardo de Chaume, Orden del Cister, diócesis de Saintes (SV X, 14-17). En realidad no es un buen asunto, pero Vicente aún no lo sabía. Las vicisitudes y las incertidumbres se suceden. Durante la primera mitad del año 1610 lo más importante es el contrato familiar. Vicente está convencido de que pronto será la hora de volver junto a los suyos, dedicándoles el resto de sus días.

Hacia esa época, es cuando se produce una primera ruptura, que parece deshacer todo el proyecto; un drama que Vicente en su ancianidad evocará con esta asombrosa vivacidad de memoria, que caracteriza a veces a las personas mayores; Vicente tenía 75 años cuando cuenta: “Hay una persona en la compañía (el propio san Vicente) que, habiendo sido acusado de robar a un compañero y habiendo sido tratado de ladrón en toda la casa, aunque no era verdad, no quiso sin embargo justificarse, sino que pensó dentro de sí al verse falsamente acusado: «¿Te justificarás tú? Ahí tienes una cosa de la que te acusan, a pesar de no ser cierta. ¡No!, se dijo elevándose hasta Dios, es preciso que lo sufra con paciencia». Y así lo hizo. ¿Qué pasó después? Esto es lo que sucedió: al cabo de seis meses (en otro lugar, según Abelly, san Vicente dijo seis años), encontrándose el ladrón a cien leguas de allí, reconoció su falta y escribió para pedir perdón. Mirad, Dios quiere a veces probar a las personas, y para ello permite que sucedan estas cosas”. (SV XI-3, 229).

De qué modo por el relato del último viaje a su casa, el anciano Señor Vicente moraliza el acontecimiento. Con el fin de ilustrar una lección cuenta, y así orienta o desvía el alcance del drama.

Nos encontramos frente a dos niveles de lectura posible. Lo más interesante para nosotros, no es encontrar al Vicente narrador septuagenario, sino al Vicente acusado a los 29 años y muy diferente.

Abelly tiene su propia versión del hecho: Vicente compartía en París una habitación con uno de sus compatriotas, juez de Sore (Landas). Cuando Vicente enfermo permanece acostado en la casa, un chico de los recados que pasó por allí, se apropió sin duda de la bolsa del juez. Inmediatamente Vicente fue sospechoso (¿era ya sospechoso?) y Abelly continúa con un estilo muy vivo: “El juez empieza a vociferar, a echar pestes…Lo obliga a separarse de su compañía, lo difama por todas partes como malvado y ladrón, y difunde sus quejas entre todas las personas que lo conocían…lo acusó de aquel hurto, e incluso le hizo notificar un monitorio” (Abelly, Libro I, capítulo 5, página 43).

Esta monitoria era una acusación pública, leída desde el púlpito tres domingos seguidos en todas las misas en la parroquia del acusado. Imaginemos entonces a un sacerdote, limosnero de la reina, sometido a una tal humillación. Imaginemos a Vicente de Paúl que creía haber entrado en una fase feliz de su existencia, y que vislumbraba volver pronto con los suyos. Ha tejido relaciones influyentes, ha realizado buenos negocios (entre otros la adquisición de la Abadía de San Leonardo)… Y, de repente, desacreditado ante todos sus amigos y conocidos, y ¡denunciado desde el púlpito! “Ven ustedes, algunas veces Dios quiere probar a las personas”, tal fue la interpretación del acontecimiento dado por san Vicente cuarenta y seis años más tarde: prueba enviada por Dios y que sin duda había proporcionado una buena dosis de amargura. La desastrosa monitoria obligó, sin duda, a Vicente a cambiar de barrio y de parroquia.

En el itinerario humano de Vicente, en una quincena de años, un joven campesino prácticamente analfabeto y abandonado a su suerte, ha escalado así la escala social, se ha creado relaciones, se ha encontrado una situación aparentemente estable, se ha hecho una fortuna que fructificará, al menos así lo piensa.

Como el hijo aventurero que marchó y que hace fortuna, no tiene más que volver al domicilio para encontrar allí sus rentas en fechas fijas, ayudar a su familia que había aceptado los riesgos de la partida, vivir él mismo del honesto retiro, que ciertamente, hubiera podido hacerse esperar por más tiempo. ¡No tiene más que 29 años!

Vicente ha querido lograr, y humanamente se puede decir que lo ha logrado a pesar de los avatares, ¡ha hecho carrera!

En el itinerario espiritual de Vicente de Paúl, este periodo de 1595-1610 ha sido importante porque este suceso humano le ha hecho tomar conciencia de todas sus posibilidades. Este suceso le ha hecho conocer también el mundo, los grandes de la Iglesia, de la sociedad, y los nombres de la cultura; igual que de 1605 a 1607 y de 1608 a 1610 había podido relacionarse con el hampa.

Esto venía a añadirse en él al conocimiento que ya tenía de los pobres y de los campesinos: ¡qué experiencia! Y ¡qué campo de conciencia que le predispone humanamente al pluralismo y a la universalidad de su visión y de sus opciones!

Cuanto más rápida ha sido la ascensión, cercano el éxito, más sombría será la noche, luego la luz resplandeciente y decisiva. Así ocurrió con el pueblo de Israel desde la cautividad en Egipto y de la Pascua; del exilio de Babilonia y la liberación de los pobres de Yahvé.

El encadenamiento entre las segunda, tercera y cuarta etapa, constituye una dialéctica de la conversión particularmente dinámica. Tratemos de imaginar en abreviado el pasaje de la primera a la tercera a través de la segunda; en esta (1959-1610) se encuentra enraizada toda una parte del dinamismo y del universalismo del que Vicente de Paúl no dejará de dar prueba.

III – 1610-1617: la noche

Sabemos que la noche fue una parte de la experiencia de numerosos místicos y de grandes santos y que en diferentes grados es la de la mayor parte de los humanos. La edad adulta conduce a cada uno a la percepción, luego a la aceptación de sus limitaciones. Y es con frecuencia a nivel de la percepción como se sitúa la noche; esta impresión de fracaso, que resulta de un desequilibrio entre las aspiraciones y las posibilidades, entre los proyectos y la realidad.

Para Vicente de Paúl, esto parece haber comenzado ya en 1608-1609 con la vida pobre en el suburbio Saint-Germain, y sobre todo con el asunto del robo del que hemos hablado antes. Después de este drama humano, las puertas se cierran ante él, los gascones se alejan de él; se encuentra solo en París. Es sin duda entonces cuando trata de acercarse al Padre Berulle.

Se ha hablado de su efímera vocación Oratoriana: en efecto a finales de 1611, Vicente entra en el oratorio, es entonces cuando Berulle recibe a sus primeros discípulos. Abelly aporta una precisión sobre esta vocación: Vicente entró en los Oratorianos “no para ser uno más de la Compañía (más adelante declaró que no había tenido nunca semejante intención), sino para ponerse un poco al abrigo de los compromisos del mundo” (Abelly, Libro I capítulo VI, página 24).

Cualesquiera que hayan sido las motivaciones de Vicente de Paúl, se comprende enseguida su necesidad de sentirse un poco al abrigo; así como se comprende también que su vocación no fue más que efímera, si se sabe que Berulle era capaz de escribir cuarenta capítulos sobre la vida de Jesús en el seno de su Madre, y si a continuación se lee lo que dice Vicente sobre el amor de Dios. (SV XI-4, 40-41) “Amemos a Dios, hermanos míos, amenos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente”. Se comprende que la experiencia beruliana de Vicente de Paúl no haya continuado, y que haya incluso dado lugar a una cierta tensión, que después existió entre los dos hombres. (SV II, 346-349).

Sería interesante abordar aquí las similitudes que se establecerán más tarde entre el Señor Vicente y lo que se ha llamado la Escuela francesa de espiritualidad. Alumno de esta escuela, Vicente lo fue, ciertamente… puede que fuera mal alumno, de cualquier modo muy personal y sin duda genial, no sería que esforzándose por traducir con los hechos y en el servicio de los pobres las altas consideraciones desarrolladas sobre lo que hoy llamaríamos el Cristocentrismo. En el dominio de la fe y sobre todo de la religión, La Escuela Francesa tuvo el gran mérito de poner a Cristo en el centro de todo. Vicente llevó de nuevo este centro entre los hombres, y hasta la persona del pobre: “Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí (SV IX-1, 239).

En noviembre de 1611, Vicente de Paúl estaba pues, «al abrigo» en los Oratorianos, y sin duda allí respiraba bastante mal… Tanto que, cuando el párroco de Clichy, Francisco Bourgoing, decidió entrar en el Oratorio, Vicente no dudó en salir y ocupar en Clichy la plaza de párroco. (El gran santo del gran siglo, Capítulo II, página 46).

Aun aquí, esto no fue más que una experiencia pasajera de dieciséis meses; y sin embargo, una experiencia que le marcó mucho y de las más provechosas de estos años negros o grises.

Vicente es sacerdote desde hace doce años y nunca ha estado implicado en una situación pastoral; el internado de Buzet no tuvo otro fin que el de facilitarle llegar a fin de mes. Ahora bien, desde el punto de vista psicológico, en un periodo de desánimo y de duda nada resulta tan eficaz y saludable como un éxito. Precisamente los dieciséis meses de Clichy fueron, incluso según el parecer de Vicente, (lo que entonces era para él importante), un verdadero éxito. Los ecos que nos ha dejado son entusiastas, y tanto más notables en esta etapa.

Fue como un verdadero rayo: “Yo he sido párroco de una aldea (¡pobre párroco!). Tenía un pueblo tan bueno y tan obediente para hacer todo lo que le mandaba que, cuando les dije que vinieran a confesarse los primeros domingos de mes, no dejaron de hacerlo. Venían y se confesaban, y cada día iba viendo los progresos que realizaban sus almas. Esto me daba tanto consuelo y me sentía tan contento, que me decía a mí mismo: «¡Dios mío! ¡Qué feliz soy por poder tener este pueblo!«. Y añadía: «Creo que el papa no es tan feliz como un párroco en medio de un pueblo que tiene un corazón tan bueno«. Y un día el señor cardenal de Retz me preguntó: «¿Qué tal, padre? ¿cómo está usted?«. Le dije: «Monseñor, estoy tan contento que no soy capaz de explicarlo«. «¿Por qué?«. «Es que tengo un pueblo tan bueno, tan obediente a cuanto le digo, que me parece que ni el santo padre ni su eminencia son tan felices como yo«”. (SV IX-1, 579).

«En medio de un pueblo»… Vicente se encuentra dichoso y en su casa.

Pero por eso no abandona la preocupación por su carrera, y aun conservando el beneficio de la parroquia de Clichy, acepta una nueva proposición que le trasmite el Padre de Berulle: ser preceptor en la familia de los Gondi, una de las familias de los grandes del reino. Allí va. Ciertamente, no se encuentra realmente gozoso junto a los grandes, de modo que sin tardar, se ve expuesto a los asaltos espirituales de una dirigida muy escrupulosa: la Señora de Gondi.

A partir de 1614, sigue un largo período de tentación contra la fe, durante la cual se entrega a la lectura de la regla de perfección de Benito de Canfield. Tiene tiempo de no precipitar esta lectura, porque en 1615 tiene una grave enfermedad que le dejará secuelas en las piernas, y de las que sufrirá el resto de su vida. Sin duda debido a este deficiente estado de salud, se convierte en tesorero y canónigo del cabildo de Ecouis en la diócesis de Rouen, gracias al Señor de Gondi promotor de este beneficio, delega en un procurador para tomar posesión en su lugar el 27 de mayo. Es probable que Vicente de Paúl no permaneciera durante mucho tiempo como canónigo de Ecouis. El 29 de octubre de 1616 abandona la abadía de San Leonardo de Chaume, que poseía desde hacía cinco años. Los beneficios que con ardor había buscado le pesaban más, a medida que comprendía mejor la importancia de los deberes del beneficio y la necesidad de la residencia. Se quedó con Clichy, bastante próximo, para que pudiera aun ocuparse de sus fieles.

Desde 1615, Vicente de Paúl trata de orientar hacia los pobres los pensamientos y las actividades de su dirigida, parece que ensaya con ella una terapia, que posteriormente utiliza, con la ventaja que se sabe, consigo mismo, con Luisa de Marillac y con las damas de las Cofradías.

Incluso no haciendo más que sobrevolarlo, este periodo de 1610 a 1617 parecía haberse desarrollado en forma de sierra (lo que representa la curva habitual de los períodos de crisis) y en un clima más bien sombrío.

En lo que se refiere a los ministerios, si no tocó todos, Vicente al menos se preocupó de muchas cosas: en un principio el honesto retiro y la vuelta con los suyos, luego la capellanía en la corte de la reina Margot, la estancia en el Oratorio, la parroquia de Clichy, preceptor en casa de los Gondi; ¡como si no supiera qué hacer de su vida!

En el plano moral, parece haberse mostrado más bien inconsecuente: por ejemplo, desembarazándose de un legado importante mientras que, por otro lado, acumulaba beneficios (Clichy, San Leonardo de Chaume, Ecouis, sin hablar del preceptorado, del que debía tener un buen rendimiento).

En el aspecto de la fe, experimentó grandes gozos en Clichy, pero seguidamente tuvo que afrontar, durante largos meses, atroces tentaciones contra la fe.

En el aspecto de la salud, experimentó la enfermedad y sufrió especialmente violentos dolores en las piernas; cuando sólo tenía 34 años debió en ciertos momentos sentirse muy disminuido.

Estamos, pues, lejos del período anterior: el joven de Gascuña, intrépido y aventurero, ha pasado a ser un hombre angustiado, desamparado, dudando de sí mismo y de Dios. No sabiendo dónde ir ni qué hacer: es la noche.

Y sin embargo, en su itinerario, este ha sido un período rico: fuera de indigencia-fracaso en la que va a enraizarse su fe y su confianza en Dios, Vicente ha vivido tres experiencias-adquisiciones determinantes.

La toma de contacto con los pobres

Capellán de la reina estaba encargado ante todo de distribuir las limosnas; evidentemente, a los pobres. La reina mandaba distribuir regularmente dinero a los pobres del hospital de la Caridad en el que los enfermos estaban en una situación lamentable, lo que ciertamente impresionó a Vicente, cuando se sabía la predilección por los “pobres enfermos”, de la dio testimonio posteriormente. El don de 15 000 libras que recibió no le permitió sin duda aliviar muchas miserias, y esto puede que le permitiera descubrir la extensión del desastre de la pobreza.

La revelación de Clichy fue la verdadera y única alegría de estos siete años, la única verdadera luz en la noche, la primera experiencia pastoral del sacerdote Vicente de Paúl: un sacerdote no es nunca tan dichoso como en medio de un pueblo. Esta experiencia fue también la del encuentro del laicado. Corroborado por la ulterior experiencia de Châtillon y por los recuerdos familiares, esta doble experiencia no solamente llevará al nacimiento de las Cofradías y de las Damas de la Caridad, sino que será también el fundamento de la concepción secular de las Hijas de la Caridad.

La experiencia de la dirección espiritual de la Señora de Gondi, un alma torturada, escrupulosa, posesiva, también marca muy profundamente este periodo. Es la apertura a los pobres lo que permitirá a la Señora de Gondi encontrar su equilibrio moral y espiritual. NOCHE pues, y sin embargo periodo determinante y muy fecundo. El itinerario de Vicente de Paúl se estabiliza; aparece mucho más recto y seguro de lo que se le podría creer, y que ni él mismo lo creía.

IV – 1617: el año de la luz

A lo largo del período precedente, hemos percibido un Vicente de Paúl dudoso, cada vez más desamparado, vacío de todo lo que había adquirido durante su segunda etapa. Lo recordará ciertamente en septiembre de 1655 al dirigirse a los Misioneros: “… Créanme, señores y hermanos míos, es una máxima infalible de Jesucristo, que muchas veces les he recordado de su parte, que cuando un corazón se vacía de sí mismo, Dios lo llena; Dios es el que entonces mora y actúa en él; y el deseo de la confusión es el que nos vacía de nosotros mismos; es la humildad, la santa humildad; entonces no seremos nosotros, los que obraremos, sino Dios en nosotros, y todo irá bien.” (SV XI-3, 207).

Vicente acaba de vivir esto en profundidad; está maravillosamente preparado y dispuesto a acoger la acción de Dios; ¡después todo irá bien! Para ayudarle a salir de sí misma, Vicente sugiere a la Señora de Gondi que visite a sus innumerables pueblos, y con frecuencia él la acompaña. El 25 de enero de 1617, en uno de estos pueblos, un anciano está a punto de morir; llaman a Vicente que recibe su confesión y el anciano exclama gozoso: sin esta confesión, ¡se juzgaba condenado! Nada vale el relato de Vicente: “Era el mes de enero de 1617 cuando sucedió esto; y el día de la conversión de san Pablo, que es el 25, esta señora me pidió, dijo el señor Vicente, que tuviera un sermón en la iglesia de Folleville para exhortar a sus habitantes a la confesión general. Así lo hice: les hablé de su importancia y utilidad, y luego les enseñé la manera de hacerlo debidamente. Y Dios tuvo tanto aprecio de la confianza y de la buena fe de aquella señora (pues el gran número y la enormidad de mis pecados hubieran impedido el fruto de aquella acción), que bendijo mis palabras y todas aquellas gentes se vieron tan tocadas de Dios que acudieron a hacer su confesión general. Seguí instruyéndolas y disponiéndolas a los sacramentos, y empecé a escucharlas en confesión. Pero fueron tantos los que acudieron que, no pudiendo atenderles junto con otro sacerdote que me ayudaba, la señora esposa del general rogó a los padres jesuitas de Amiens que vinieran a ayudarnos; le escribió al padre rector, que vino personalmente, y como no podía quedarse mucho tiempo, envió luego a que ocupara su puesto al reverendo padre Fourché, de su misma compañía, para ayudarnos a confesar, predicar y catequizar, encontrando, gracias a Dios, mucha tarea que realizar. Fuimos luego a las otras aldeas que pertenecían a aquella señora por aquellos contornos y nos sucedió como en la primera. Se reunían grandes multitudes, y Dios nos concedió su bendición por todas partes. Aquel fue el primer sermón de la Misión y el éxito que Dios le dio el día de la conversión de san Pablo: Dios hizo esto no sin sus designios en tal día”. (SV XI-4, 700).

Acontecimiento providencial este de Folleville… y de consecuencias asombrosas: es la Señora de GONDI, la escrupulosa, quien amplifica el acontecimiento e impulsa a Vicente de Paúl: “¿Qué es lo que acabamos de oír? Esto mismo les pasa sin duda a la mayor parte de estas gentes. Si este hombre que pasaba por hombre de bien, estaba en estado de condenación, ¿qué ocurrirá con los demás que viven tan mal? ¡Ay, padre Vicente, cuántas almas se pierden! ¿Qué remedio podemos poner?”(SV XI-4, 699). Como hemos sabido por el relato de Vicente, es de nuevo la Señora de Gondi la que impulsa a Vicente a predicar: “… esta señora me pidió que predicara…”. Después del relato pone de relieve en varios momentos el papel de la Señora de Gondi: “… Y Dios tuvo tanto aprecio de la confianza y de la buena fe de aquella dama… la Señora rogó a los padres jesuitas de Amiens que vinieran a ayudarnos… Fuimos luego a las otras aldeas que pertenecían a aquella señora… ”. Y Vicente concluye: “Aquel fue el primer sermón de la Misión… ”.

Estos fueron los hechos. Si en el itinerario espiritual de Vicente de Paúl no representan el paso decisivo, constituirán sin embargo un paso muy importante. En adelante Vicente ya no será exactamente como era antes del 25 de enero de 1617.

Se imponen varias observaciones. Al leer bien el texto y los que son paralelos, comparándolos con los relatos del futuro acontecimiento de Châtillon, se tiene la clara impresión de que no es más que un primer paso.

El papel principal parece que lo tiene la Señora de Gondi; es ella la que reacciona; la que orienta hacia el remedio; la que reclama la predicación y propone el tema; es también quien decide continuar la predicación y las confesiones en los demás pueblos.

Vicente, por su parte, aparece sorprendido y casi tímido ante el acontecimiento. Con toda certeza, no hay ninguna idea de las repercusiones próximas o lejanas de esta confesión. Con frecuencia es así como se desarrolla el milagroso misterio de una conversión, no se confundirá llamando por diferentes conceptos a la Señora de Gondi la fundadora de la Misión.

Es en el aspecto espiritual en el que Vicente de Paúl ha encontrado primero la indigencia y el abandono de los pobres del campo. Es esta una observación esencial para quien quiere caminar con san Vicente.

El anciano moribundo corría el riesgo de la condenación eterna; ¿por qué razón? ¡Falta de sacerdotes! Entonces esta experiencia se presenta en un momento en el que Vicente duda, y se pregunta qué va a hacer de su vida. Es su diecisiete año de sacerdocio y ha pasado poco más de un año “en medio del pueblo”; durante este tiempo, los pobres se condenan.

Es esta, sin duda, la reflexión que vendrá con frecuencia al pensamiento de Vicente de Paúl a lo largo de este año 1617: cuando hasta ese día, de hecho no ha vivido más que en la Corte o en una gran familia esperando disfrutar un beneficioso retiro, los pobres están abandonados y se pierden espiritualmente. Posteriormente encontraremos con frecuencia el eco de esta angustia que le tortura en 1617 y que ciertamente fue una de las causas de su huida a Châtillon-les-Dombes.

En el contrato de fundación de la Congregación de la Misión se expresará así: “Su divina bondad ha provisto con su infinita misericordia a las necesidades espirituales de los habitantes de las ciudades de este reino por medio de gran número de doctores y religiosos que les predican, les enseñan el catecismo, les exhortan y los conservan en el espíritu de devoción, pero que entre tanto el pobre pueblo de los campos está solo y como abandonado”. (SV X, 237).

El 1 de agosto de 1628 escribe al Papa Urbano VIII: “…los habitantes de las ciudades estaban suficientemente provistos de todo socorro espiritual gracias a los doctores distinguidos y los buenos religiosos en ellas establecidos, mientras que las pobres gentes del campo, privadas de estos mismos socorros, tan abundantes en las ciudades, permanecen en la ignorancia y en la pobreza, ignorando, hasta en su vejez, los misterios de la fe necesarios para la salvación, y muriendo a veces desgraciadamente en los pecados de su juventud, por haber tenido vergüenza de descubrirlos a los párrocos o vicarios que son sus conocidos y familiares…” (SV I, 120-121).

En 1631, escribe a Francisco du Coudray, Sacerdote de la Congregación de la Misión, en Roma: “Es preciso que haga entender que el pobre pueblo se condena, por no saber las cosas necesarias para la salvación y no confesarse. Si Su Santidad supiese esta necesidad, no tendría descanso hasta hacer todo lo posible para poner orden en ello” (SV I, 176-177).

Estos son otros tantos ecos de la angustia que entrañaba el corazón de san Vicente en 1617, y de la revisión de vida a la que se entregaba frente a este abandono espiritual de los pobres.

Más aún que la confesión del pobre anciano, parece que sea la respuesta masiva de los campesinos a su predicación lo que turbaba a Vicente de Paúl. A petición de la Señora de Gondi, predicó el miércoles 25 de enero de 1617 y “Dios…bendijo mis palabras… la urgencia fue tan grande. (SV XI-4, 700). Los pobres estaban abandonados; pero ¡basta que un sacerdote se ponga a su disposición para que lleguen en masa!

Esta respuesta extraordinaria no hace más que acentuar el acontecimiento y la obsesión de Vicente: no solamente los pobres están abandonados, sino que esperan, llaman, imploran. El éxito del «primer sermón de la Misión» se convierte así en un elemento importante de la reflexión de Vicente de Paúl: no solamente ha desvelado la evidencia de una necesidad y de una llamada, sino que ha sido también la prueba de la eficacia de una respuesta.

Durante seis meses, de enero a julio, renovándose «en otros pueblos pertenecientes a la Señora en estos lugares», la experiencia hace su camino… y la angustia lo sigue.

Vicente no puede continuar viviendo como lo ha hecho hasta ahora; no puede pretender un honesto retiro: debe darse totalmente a los pobres. Y puede que sea este, el recuerdo de su estancia feliz y acertada de Clichy, el que inconscientemente le oriente hacia la experiencia de Châtillon.

Vicente recurre de nuevo al Señor de Berulle para encontrar un puesto que le convenga. El curato de Châtillon-les-Dombes está libre. Vicente se instala allí el 1 de agosto. Veinte días más tarde, de manera totalmente inesperada, surge el segundo desafío de la experiencia espiritual de Vicente de Paúl, el que le conducirá a dar el paso decisivo.

20 de agosto de 1617: lo que ocurre ese día lo cuenta con detalle el mismo Vicente de Paúl (SV IX-1, 232): “ … estando cerca de Lyon en una pequeña ciudad donde la Providencia me había llevado para ser párroco, un domingo, como me estuviese preparando para celebrar la santa misa, vinieron a decirme que en una casa separada de las demás, a un cuarto de hora de allí, estaba todo el mundo enfermo, sin que quedase ni una sola persona para asistir a las otras, y todas en una necesidad que es imposible expresar. Esto me tocó sensiblemente el corazón; no dejé de decirlo en el sermón con gran sentimiento, y Dios, tocando el corazón de los que me escuchaban, hizo que se sintieran todos movidos de compasión por aquellos pobres afligidos.

Después de comer se celebró una reunión en casa de una buena señorita de la ciudad, para ver qué socorros se les podría dar, y cada uno se mostró dispuesto a ir a verlos, consolarlos con sus palabras y ayudarles en lo que pudieran. Después de vísperas, tomé a un hombre honrado, vecino de aquella ciudad, y fuimos juntos hasta allá. Nos encontramos por el camino con algunas mujeres que iban por delante de nosotros, y un poco más adelante, con otras que volvían. Y como era en verano y durante los grandes calores, aquellas buenas mujeres se sentaban al lado del camino para descansar y refrescarse. Finalmente… había tantas, que se podría haber dicho que se trataba de una procesión.

Apenas llegué, visité a los enfermos y fui a buscar el Santísimo Sacramento para los que estaban más graves, no a la parroquia del lugar, porque no había ninguna, sino que dependía de un cabildo del que yo era prior. Así pues, después de haberlos confesado y dado la comunión, hubo que pensar en la manera de atender a sus necesidades. Les propuse a todas aquellas buenas personas, a las que la caridad había animado a acudir allá, que se pusiesen de acuerdo, cada una un día determinado, para hacerles la comida, no solamente a aquellos, sino a todos los que viniesen luego; fue aquel el primer lugar en donde se estableció la Caridad”.

Para encontrar todo el sentido de esta segunda etapa de 1617, o más exactamente de este segundo desafío de la experiencia decisiva de 1617, es preciso leer este relato en paralelo con el del acontecimiento de Folleville. Si Folleville fue la revelación de la pobreza espiritual, Châtillon-les-Dombes fue la revelación de la pobreza material. Vicente de Paúl percibió primero el abandono espiritual de los pobres. Su percepción estuvo subrayada, orquestada y sobreestimada por la Señora de Gondi. El remedio, también lo sugirió la misma Señora, fue el sermón sobre la confesión general del que nacería la Misión.

Pasan seis meses como si el Señor quisiera revelar progresivamente la totalidad del misterio del Pobre. Es entonces la indigencia y el abandono material lo que se imponen a Vicente: “en una necesidad que no se podía decir”.

Este aspecto capital llevará a Vicente a una síntesis espiritual y pastoral que le será propia y específica, y que más tarde expresará con los adverbios: “espiritualmente y corporalmente”.

Esta síntesis se realiza casi espontáneamente. En la circunstancia Vicente está perfectamente dispuesto y actúa en el campo, puesto que desde el 23 de agosto escribe, en el primer reglamento de la Cofradía de Châtillon (SV X, 567, dice así):

“Se proponen dos fines, a saber: ayudar al cuerpo y al alma; al cuerpo dando alimentos, cuidándolos y al alma disponiéndoles a bien morir a los que están para ello o a vivir cristianamente si se curan”.

Esta síntesis instantánea es la prueba de que Vicente ha vivido el acontecimiento del 20 de agosto en paralelo y complementario con el del 25 de enero.

La respuesta masiva a la llamada de Vicente en su predicación, es aquí también determinante. Una vez más, experimenta su carisma movilizador, y de «este fuego que está en el corazón de estas bravas gentes»: “¿Fueron los hombres los que pusieron fuego en el corazón de tantas personas que se dirigieron allá en gran número para ir a socorrerlos?” (SV IX-1, 233).

Desde 1610, Vicente estaba más bien dudoso y angustiado. Después de una ascensión espectacular, parece ir de ensayo en ensayo y de fracaso en fracaso. Y he aquí que paso a paso, conoce el éxito bajo forma de dos triunfos que conciernen a los pobres. Estos están abandonados espiritual y corporalmente, pero hay bastante fuego en el corazón de las gentes para remediarlo, y él, Vicente acaba de dar prueba de que era capaz de sacar partido de este fuego.

Así el itinerario espiritual de Vicente de Paúl entra en la fase decisiva, y definitivamente, le sitúa en relación a los pobres y en la Iglesia. Después de una larga noche, se hace la luz. Vicente sabe ahora cual es su vocación.

Podemos tener la certeza de que todo un trabajo fecundo y profundo de reflexión, sostenido por la gracia, se llevó a cabo en Vicente de Paúl entre enero y agosto de 1617. En efecto, su comportamiento frente al acontecimiento es muy diferente en Châtillon. En Folleville es la Señora de Gondi la que había reaccionado, sugerido, organizado; y Vicente había seguido. En Châtillon, es él el que anuncia a los parroquianos el triste estado de la pobre familia; el que provoca la reunión de las damas, el que comienza la primera Caridad y el que elabora su reglamento.

Mientras que desde 1610 Vicente parecía más bien pasivo, entre enero y agosto de 1617, se encarga por fin de su vida y su misión: ha brillado la luz.

Cierto, bajo la presión de la familia Gondi y del Señor de Berulle, dejará Châtillon hacia el 20 de diciembre y se encontrará en la capital el 23, para volver a casa de los Gondi. Dimitirá del curato de Châtillon el 31 de enero de 1618 en favor de Luis Girard su vicario, que le sucederá. Pero este ya no será más el Vicente de los años oscuros: en adelante, con la gozosa certeza de la luz, se entregará a los pobres. Preceptor poco ambicioso en enero de 1617, al final del año será verdaderamente sacerdote y misionero.

Los ocho años que seguirán estarán consagrados casi únicamente a las misiones y a las Cofradías, hasta el día en que se desprenderá definitivamente de los Gondi con motivo del contrato de fundación de la Congregación de la Misión. Para decir la verdad, los términos de este contrato peligraban encadenar a Vicente al servicio de la familia: “los mencionados señor y señora desean que el señor de Paúl siga residiendo en su casa como hasta ahora, para que les siga ofreciendo a ellos y a su familia la asistencia espiritual que desde hace largos años les viene prestando.(SV X, 239).

La Señora de Gondi al morir, el 23 de junio de 1625, dejaba a Vicente, por testamento, una suma importante y estipulaba que “por el amor de Nuestro Señor y de su santa Madre, el Señor de Paúl no abandonará nunca nuestra casa, incluso después de la muerte del Señor de Gondi”. Pero la llamada de la Misión será más fuerte y a finales de 1625, con el consentimiento expreso del Señor de Gondi, Vicente se instalará en los «Bons-Enfants» con su naciente comunidad. La Misión llega así a ser autónoma; Vicente podrá desde entonces consagrarse por completo a ella.

Podríamos tratar de seguir el itinerario espiritual de Vicente de Paúl hasta 1660; pero si todavía hubo después de 1617 evolución y progreso, fue una exacta prolongación de lo que había pasado en 1617.

V – 1618-1660: la linea recta

Se tiene la neta impresión de que en agosto de 1617 se ha realizado lo esencial y que el resto se situará en la lógica y la dinámica de 1617. De Gannes-Folleville nacen la Misión y la Congregación de la Misión. De Châtillon nacen las Cofradías, las Damas y las Hijas de la Caridad. Del «corporalmente y espiritualmente» nacerán los auxilios y ayudas de cualquier clase, la obra de los Niños abandonados, los hospitales, etc. De ahí también, nacerán las conferencias de los martes, el Consejo de conciencia, los seminarios, para que todas las pobrezas sean socorridas: “no solamente a aquellos sino a los que viniesen después” (SV IX-1, 233).

1617 habrá sido verdaderamente el año de la luz, el año luminoso, que clarificó a Vicente hasta 1660, y que debe continuar clarificando siempre a todos los que quieren seguir el camino abierto por san Vicente.

Queda un punto que me servirá de conclusión o de síntesis. Cada vez que Vicente evoca los acontecimientos de Folleville o de Châtillon, recuerda que fueron realmente signos de Dios: “¡Ay, señores y hermanos míos! Nunca había pensado nadie antes en ello, no se sabía lo que eran las misiones; tampoco yo pensaba en eso ni sabía lo que eran; y en esto es donde se reconoce que se trata de una obra de Dios: pues donde no tienen parte alguna los hombres, Dios es el que obra, y esto viene inmediatamente de él; y luego él se sirve de los hombres para ejecutar sus obras. (SV XI-3, 94).

“Puede decirse realmente que es Dios quien ha hecho vuestra Compañía. Yo pensaba hoy en ello y me decía: «¿Eres tú el que ha pensado en hacer una Compañía de Hijas? ¡Ni mucho menos! ¿Es la señorita Le Gras? Tampoco». Yo no he pensado nunca en ello, os lo puedo decir de verdad. ¿Quién ha tenido entonces la idea de formar en la iglesia de Dios una Compañía de mujeres y de Hijas de la Caridad en traje seglar? Esto no hubiese parecido posible. Tampoco he pensado nunca en las de las parroquias. Os puedo decir que ha sido Dios, y no yo.” (SV IX-1, 202). Para apoyar su primera afirmación, Vicente cuenta la historia de Gannes-Folleville; para ilustrar la segunda, cuenta el acontecimiento de Châtillon.

Poner estas afirmaciones a cuenta de la humildad no tiene apenas sentido. Hay que profundizar más: se trata completamente de la actitud de una fe que es con certeza la intervención de Dios en nuestras vidas. Nada para Vicente podía servir de punto de apoyo más sólido para esta fe, que lo que había vivido en 1617.

No fue Berulle quien le aportó la luz; tampoco fue la lectura de Benito de Canfield, ni la de la Imitación de Cristo; no fueron ni los doctores ni los libros: Fueron queridos por Dios, dos acontecimientos, dos experiencias, dos encuentros con los pobres. Dios reveló su voluntad a Vicente de Paúl en y por los pobres. Los pobres fueron el camino que Dios había escogido para encontrar a Vicente; su itinerario espiritual estuvo marcado hasta el final de su vida.

La identificación de Jesucristo con el pobre, no es un simple resultado de la lectura del pasaje evangélico de Mateo (XXV, 31) que figura en el texto del reglamento de Châtillon. Esta identificación fue para Vicente el resultado de una experiencia personal y determinante: Dios le ha hablado por la boca y la vida de los pobres.

Nos encontramos aquí en el centro de la experiencia espiritual de Vicente de Paúl: “Jesucristo está en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí… al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo… ¡cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí.” (SV IX-1, 240).

Esta última afirmación es enfrentada con demasiada frecuencia; enraizándose en la experiencia espiritual y mística de 1617, es una de las más fuertes que haya pronunciado san Vicente. Evocando todo el pasado, la búsqueda angustiosa de dar un sentido a su vida, la noche… Vicente finalmente ha tenido la evidencia (tan cierto como que estamos aquí) de que Jesucristo se le ha manifestado en el pobre de Gannes-Folleville y en los pobres de Châtillon.

Su espiritualidad ha sido una espiritualidad del acontecimiento, sacando su inspiración y su vigor en los signos de los tiempos; es así como constantemente ha podido tener tenso el muelle, de su vida espiritual y misionera, de su prudencia en la espera de los signos de Dios, de su sumisión a la voluntad de Dios, de su sentido de la Providencia, etc. Vicente ha experimentado a Dios por los acontecimientos. Para él, ha hablado por y en el encuentro del pobre. Tal fue su fe… tal fue su experiencia… Por nuestra parte, ¿no nos invita a renovarla?

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