Isabel Seton, la biografía: 13 – La mano de Dios

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

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Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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Haré andar a los ciegos por la calzada que no conocen,
por senderos
que ignoran los guiaré.
Ante ellos trocaré en luz la
tiniebla,
el suelo pedregoso en senda
llana.
Is 42, 16

El 18 de febrero de 1804, Isabel y Anina se han embarcado en La Pastora (The Shepherdess).Mañana, al amanecer, el gran velero dejará el puerto toscano, y, después de hacer escala en la costa española, en Barcelona, singlará hacia las aguas del Atlántico y pondrá proa a Nueva York.

A1 conducir a bordo a la viuda de Guillermo y a su hija, los Filicchi han que­rido testimoniarles hasta el último instante su amistad. Sin que ella haya tenido necesidad de hacer personalmente ninguna de las diligencias acostumbradas, la Sra. Seton se ve provista de todos los papeles necesarios, incluso de pasaportes y de cartas de recomendación para el caso en que el navío estuviera obligado a efectuar, en la costa mediterránea, una escala imprevista. Con los regalos de que la han colmado, los dos hermanos han sabido con delicadeza hacerla aceptar el dinero que necesita para el presente y para el próximo futuro.

En el momento de despedirse de sus amigos de Italia, ella ha podido medir hasta qué profundidad estaba enraizada en su corazón una amistad tan reciente sin embargo, pero de tal naturaleza que jamás había conocido todavía otra semejante. No sin evocar, día por día, la llegada de aquel mismo navío, hace tres meses, Isabel se dispone pues a emprender de nuevo -¿por cuántas semanas? ­la vida de a bordo que Guillermo compartía con ella en octubre pasado. La pe­queña Ana, tras el embarque, parece fatigada. ¿Es la emoción de la partida? ¿La acecharía más bien ya el mareo, a consecuencia del ligero balanceo que se deja sentir, bien que The Shepherdess esté anclado todavía hasta el día siguiente? Junto a la hija, tendida en la litera, Isabel debe tomar ella también un poco de reposo. Pero el balanceo se acentúa cada vez más. Se alza el viento, violento. En medio de la noche un choque brutal hace saltar equipajes y pasajeros. El na­vío acaba de ser lanzado contra otro barco, fondeado como él en el puerto. Desde por la mañana es preciso rendirse a la evidencia: el casco de La Pastora ha que­dado seriamente estropeado y son de prever varios días de reparación. La salida del velero se encuentra por este hecho aplazada.

Advertidos de ese contratiempo, los Filicchi se apresuran a venir en busca de las dos viajeras. ¿No saben ellas que la casa de Antonio y de Amabilia es la suya? Conmovida por esa nueva muestra de delicadeza, la joven americana no deja por eso de sentir menos la decepción del retraso imprevisto. ¡Tenía tanta prisa al presente de estrechar en sus brazos a Bill, a Ricksy, a Kate y a la pequeña Bec, de encontrar de nuevo el cálido y comprensivo afecto de Rebeca, de hacerla partícipe, sobre todo, de sus experiencias nuevas…! A decir verdad, ella no tendrá casi tiempo de apesadumbrarse con tales disgustos. Anina está tan febricitante que es menester darse prisa en meterla en cama. Al día siguiente el médico, llamado, diagnostica una escarlatina.

Isabel se niega a pensar, de primeras, que aquella clásica enfermedad infan­til sea como para impedirla embarcarse con su hijita en The Shepherdess en cuanto el navío esté presto para hacerse de nuevo a la mar. Advertido el capitán O’Brien opone una negativa formal a su proyecto. El velero, por otra parte, debe hacer escala muy próxima en Barcelona: ¿qué sucedería entonces en caso de que el servicio de sanidad obligara a la Sra. Seton a pasar con su hija una nueva cuarentena? El espectro del lazareto basta para hacer desaparecer de la madre toda veleidad de imprudencia. Se quedará, pues, en Liorna, abandonándo­se una vez más a la Providencia en lo concerniente a su retorno a América. La mano de Dios -confiesa ella- es todo lo que necesito ver, pero ella me atenaza el alma.

«Es cosa de grande maravilla y lástima -escribe san Juan, queriendo dar a entender cuán dolorosa parece al alma que la padece la purificación de amor de que Dios le hace gracia- que sea tanta la flaqueza e impureza de el alma, que, siendo la mano de Dios de por sí tan blanda y delicada, la sienta tan pesa­da y contraria, con no cargar ni asentar, sino tan sólo con tocar, y eso miseri­cordiosamente, pues lo hace a fin de hacer mercedes al alma y no castigarla».

Sin comprender, no obstante, Isabel asiente a esa voluntad divina que viene, una vez más, a desbaratar todos sus planes humanos.

Durante tres semanas, la enfermedad de la hija sigue su curso normal. Pero apenas Anina vuelve a ponerse en pie, su madre, que la ha cuidado día y noche, se siente atacada a su vez y tiene que encamar. El microbio de la escarlatina no la ha perdonado. La cariñosa solicitud de Amabilia se hace, en esta circunstancia, más delicada, más pronta que nunca. ¡Oh qué paciencia, oh qué bondad que ex­cede toda medida humana ésta con que nos rodean los Filicchi! -anota Isabel en su diario-.Se diría que es a nuestro Salvador mismo a quien reciben en la persona de los suyos, pobres y extranjeros.

Si la contrariedad de la joven mujer, forzada a prolongar, a su pesar, su estancia en Europa, no ha dejado insensible el corazón de ambos hermanos, Fe­lipe y Antonio no están lejos de ver en ello una disposición muy particular de la Providencia. ¿No va a permitir esa dilación impuesta que prosiga y se acabe tal vez la obra de la gracia comenzada en su alma?

Un hecho es cierto: las páginas del diario que Isabel sigue escribiendo, du­rante los meses de febrero y marzo, con destino siempre a la que se complace en llamar la «hermana de su alma», revelan con una impresionante espontaneidad la fascinación de lo que ella descubre cada día un poco más, y el deseo apa­sionado de poseer lo que ella presiente.

Isabel es, cada vez más, presa de una presencia. Y esa presencia que la per­sigue, que se impone a ella, la induce a una búsqueda incesante, a una búsqueda a la vez dichosa y torturante de la que nada al fin puede arrancarla. Juego de amor del divino Pastor que conoce a cada una de sus ovejas por su nombre, y las guía por los caminos de su preferencia hacia el único redil del que se proclama Pastor único. Sea lo que fuere en ese momento de sus convicciones intelectuales, la joven episcopaliana no puede dejar de envidiar a los católicos que ella ve vivir a su alrededor.

¡Cuán dichosas seríamos, si creyéramos nosotras lo que ellos creen: que POSEEN a Dios en el Sacramenta y que El permanece en sus iglesias y que se les lleva cuando están enfermos! ¡Oh Dios mío! Cuando se lleva el Santo Sacramento bajo mi ventana, en tanto que yo siento la soledad completa y la tristeza de una situación coma la mía, soy incapaz de contener mis lágrimas con este pen­samiento: Dios mío, ¡qué dichosa sería yo si, incluso alejada de todas los que me son tan queridos, pudiera encontrarte en la iglesia, como ellos, ya que hay una capilla en la casa misma de los Filicehi! ¡Cuántas casas Te diría, hablando­te, de las aflicciones de mi corazón y de los pecados de mi vida!

El otro día, en un rato de tristeza extrema, caí de rodillas, sin reflexionar, en el momento que pasaba el Santa Sacramento, y, como en una agonía, grité a Dios que ¡EL ME BENDIJERA, si ESTABA ALLí!, que toda mi alma sólo le deseaba a El. Había un libro sobre la mesa y lo abrí en la página donde se en­cuentra una pequeña plegaria de san Bernardo a la Santísima Virgen, con la súplica de que sea NUESTRA MADRE; y aquella plegaria se la dije can tal cer­tidumbre de que Dios no negaría nada a su MADRE y que Ella no podía, por su parte, dejar de amar a las pobres almas por las que El murió, y de tener piedad de ellas, que sentí verdaderamente que tenía una Madre. Pera tú sabes bien que mi pobre corazón se ha lamentado, tan a menudo, de haber perdido demasiada temprano la mía. Desde los recuerdos de mis primeros años, sea en mis juegos de niña o en la vitalidad impetuosa de mi adolescencia, he mirado siempre hacia las nubes en busca de mi madre; y, en aquel momento preciso, me pareció que yo había encontrado más de lo que ella podía darme en reali­dad de ternura y amor maternal. Y lloré hasta quedar dormida sobre su corazón.

El Verbo encarnado, el Hijo de Dios hecho hombre, quien, según la expre­sión de san Juan, «puso su tienda entre nosotros» nos ha sido dado por su Ma­dre, y, por su Madre, nosotros podemos encontrarle con más seguridad. Tal es la nueva experiencia que tiene Isabel en este fin de febrero. Ese Dios que la atrae desde siempre, ese Dios a quien ella desea únicamente ¿estaría tan próximo a nosotros, a pesar de su trascendencia, que nuestro corazón pueda encontrarle, sin renunciar a ninguno de sus sentimientos más humanos? ¿querría entonces que para ir hacia El, lejos de buscar enaltecernos por unas proezas de energía y de virtud personales, que estarán siempre en desproporción con la meta perse­guida, nos remitamos a El y a su Madre, con el abandono y la confianza del pequeñuelo que duerme sobre el corazón de su madre?

Unas líneas de los Dear Remembrances vendrán a corroborar, años más tar­de, la página del diario redactado en Liorna en 1804.

la angustia de mi corazón, cuando pasaba por la calle el Santo Sacramento, con este pensamiento: ¿era yo la única a quien El no bendecía? especialmente el día que pasó bajo mi ventana, mientras que, postrada en el suelo, alzaba los ojos hacia la Santísima Virgen, haciéndole una llamada de que en cuanto Madre de Dios, Ella debía tener piedad de mí y obtenerme de El aque­lla fe bendita de las almas afortunadas de los que me rodeaban… A partir de la palabra postrada la escritura se va haciendo cada vez más amplia, cada vez más neta, para disminuir con la frase siguiente:

el librito de oraciones que la Sra. Amabilia había dado a Anina es­taba ante mis ojos, mi mirada cayó sobre la plegaria de san Bernardo a la San­tísima Virgen.

— Con cuánto fervor la dije, cuántas reflexiones sobre la dicha de los que poseían aquella bendita fe en Jesús presente todavía en la tierra con ellos y cuán dichosa sería yo de afrontar cualquier prueba de la vida con el consuelo divino de hablar de corazón a corazón con El, en sus sagrarios, y la seguridad de encontrarle en sus iglesias.

— el respeto y el amor frente a la Sra. Amabilia cuando ella volvía u casa después de comulgar – – –

Impresiones de respeto tremendo en la misa de Nicolás Baragazzi en la ca­pilla privada.

— e idénticas impresiones sentidas cuando vino a nuestra habitación (estando Anina enferma) revestido con los ornamentos después de la boda de su hermano y de su hermana – – –

Cuanto la relación de estos dos textos -el de Liorna y el de Emmitsburgo parece imponerse aquí, a pesar de las repeticiones inevitables- a causa de la luz que proyectan el uno sobre el otro, tanto desafían, ambos, todo comentario por su limpidez.

Cualesquiera que hayan sido, por otra parte, las confidencias de Isabel en el curso de las conversaciones que proseguían, amistosas y profundas, con sus huéspedes, es imposible que los Filicchi no hayan seguido, con una verdadera admiración, su encaminamiento hacia la plenitud de la verdad.

Las palabras sobrenaturales y las instrucciones de Antonio F. (Filicchi) ense­ñándome a hacer la señal de la cruz y con qué espíritu hacerla -su Amabilia explicándome por qué ella la hacía formulando la petición: «no nos dejes caer en la tentación» y por qué Giannina (su hija) la hacía cuando no tenía gana de obedecer… secretos nuevos y llenos de encanto para mí- deseo intenso de to­mar el agua bendita y temor de profanarla.

Esos secretos nuevos que ella evocará al fin de su vida con tal frescor ¿cómo no los iba a confiar, en cuanto los descubrió, a las páginas de su diario, y, a través de esas páginas, a su cuñada Rebeca? La escena, aún entonces, se imprimió en su espíritu con tal fuerza que consigna sus más pequeños detalles, aquellos in­cluso que son para nosotros, hoy, inusitados y románticos.

Pero ¿quién no sabe por experiencia qué relieve puede tomar tal juego de luz, tal palabra, tal ruido, que se encuentra asociado fortuitamente al recuerdo de uno de esos momentos privilegiados en que nos es dado hacer un descubrimiento desconcertante?

Igualmente quedó grabado en la memoria de Isabel todo lo de aquella noche en que, por primera vez, a la edad de 29 años, hizo la señal de la cruz. Ella es­taba de pie, cerca de la ventana. La luna, llena, brillaba de tal suerte que un reflejo de luz azulina jugaba sobre el rostro de Antonio, también de pie. Es en­tonces cuando con gravedad ¡él me muestra cómo hacer la señal de la Cruz! Rebeca querida, ¡Oh qué tremenda impresión la que sentí, al hacerla, personal­mente, por primera vez! Estaba helada por ello. ¡La señal de la Cruz de Cristo sobre mí! Con ella me vinieron entonces los pensamientos más profundos, pensa­mientos de no sé qué deseos, los más ardientes, de estar íntimamente unida a Aquél que murió en ella, pensamiento de aquel postrer día en que El volverá trayéndola, triunfalmente.

Un recuerdo bíblico envuelve también para ella esa nueva experiencia: el del capítulo X del libro de Ezequiel donde, el Profeta, en una visión, es testigo de la separación futura y terrorífica de los justos y de los pecadores.

«La gloria del Dios de Israel se remontó por encima de los Querubines en donde reposaba, hacia el umbral del Templo. Y llamó al hombre vestido de lino, con la escribanía a la cintura, y le dijo: Vete por la ciudad, recorre Jerusalén y marca una Tau en la frente de los que se lamentan afligidos por las abomina­ciones que allí se cometen. Y oí que decía a las demás: «Recorred la ciudad en pos de él, herid sin compasión y sin clemencia; a viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres, matadlos sin que quede ni uno. Pero no toquéis al que lleve una T sobre sí»» (Ez 9, 3-4).

Has advertido -prosigue Isabel, comentando ese pasaje del Profeta- hay advertido que la letra T (la T del alfabeto griego) con que el ángel debe marcarnos en la frente es una cruz. Toda la religión católica está llena de esas significacio­nes que me interesan tanto.

Tan pertinente es su advertencia, en este caso preciso, que la Biblia de Jeru­salén ha optada -en nuestros días- por la traducción de la palabra «cruz» en ese pasaje de Ezequiel, mientras otras traducciones han conservado la thau que, manifiestamente, se encontraba en el texto bíblico de la edición protestante que usaba entonces Isabel. El detalle, por pequeño que sea, vale la pena de que se le subraye. Pero, a decir verdad, al interés de la alusión hecha en el texto bíblico es quizás, en este lugar del diario, mucho más digna de consideración de lo que podría parecer a primera vista. El tacto discretísimo con que Isabel evoca para Rebeca los versículos de Ezequiel permite concluir que el texto les era demasiado familiar a ambas para que resultara útil hacer al respecto alguna precisión. Ahora bien ¿No se trataría entonces de un texto grato a los discípulos de Lutero y de Calvino, que querrían ver en él una prueba en apoyo, de la predestinación tal como ellos la habían creído descubrir: una predestinación que, por el deseo de no quitar nada a la trascendencia divina, comporta un atentado irremediable a la libertad del hombre? Es de fe, no obstante, que Dios, por habernos creado libres, se obliga a sí mismo a respetar esa libertad. Tal es la posición católica. Sin pre­tender explicar el misterio que subsiste, la Iglesia católica ha profesado siempre­ que, si Dios sólo salva a los hombres, no les salva sin ellos. Las palabras que ­siguen inmediatamente después de la alusión al texto bíblico permiten presumir que Isabel ha presentido hasta qué punto tal manera de considerar el problema es a la vez más digna de Dios y más conforme a la naturaleza del hombre. «Toda la religión católica está llena de esas significaciones que me interesan tanto», ha confesado respecto a la señal de la Cruz. Y es para añadir -especie de epi­fonema de una reflexión íntima de la que no manifiesta todo el encaminamiento-: ¡Y, Rebeca, ellos creen que todo lo que hacemos y sufrimos, si lo ofrecemos (a Dios) por nuestros pecados, sirve para expiarlos! Todo no está claro aún para ella, sin duda. Frente al misterio de la predestinación, ella ha pensado siempre, por otra parte, que todos los hombres de buena voluntad estaban salvados. Se lo ha afirmado tranquilamente ya a Antonio Filicchi. Resta que nuevos horizontes se descubran a sus ojos, ella presiente su inmensidad.

Con toda evidencia, el conocimiento de la Santa Escritura viene a ser para ella una preparación excelente así para el encuentro como para la comprensión de la liturgia católica y también de los dogmas católicos. De ahí que las concordancias que ella descubre entre el espíritu de los Libros Santos y el espíritu mismo que anima la vida de los miembros de la Iglesia católica la impresionen tanto más cuanto que el Antiguo y Nuevo Testamento han representado siempre para ella la Palabra de Dios, su auténtico mensaje a las hombres, que uno escruta con respeto, a fin de sacar de allí el agua que brota en vida eterna. Mucho más todavía que los símbolos bíblicos de los que está impregnada toda la liturgia católica, la hace estremecerse de profunda emoción la viviente actualidad que conservan para sus amigos toscanos tal o cual de los textos bíblicos. ¡Pero, có­mo! ¡Dios tiene a bien aceptar de nuestra parte las penitencias y los sacrificios que se le ofrecen en unión con el Sacrificio del Redentor para la expiación de los pecados! ¿La cooperación entre El y nosotros en el negocio capital de nuestra salvación -de lo que las católicos hacen un dogma de fe- derivaría verdadera­mente de los textos de la Santa Escritura? Ya que en fin, para ser lógica, ¿no debía interpretar Isabel en este sentida el ayuno cuaresmal cuya práctica cons­tataba, por primera vez? Efectivamente, desde el miércoles de Ceniza, los Filicchi observan la ley rigurosa del ayuno diario tal como estaba entonces en vigor, en una época en que las naturalezas, más robustas que las nuestras, eran capaces de soportar su austeridad. Si cada mañana, en efecto, se continúa sirviendo a la Sra. Seton y a su hija un substancioso desayuno, ni Antonio ni Amabilia, vienen desde entonces a compartirlo con ellas, excepto el domingo. Sorprendida, la jo­ven mujer no deja de pedir a sus amigos todas las explicaciones deseables. Y co­munica a Rebeca su nueva experiencia. Ciertamente, la palabra «ayuno» les era familiar, ¿pero qué representaba ella en Nueva York, sino el recuerdo lejano de un comportamiento caduco?

Tal vez tú ni te acuerdes de ello, un día pregunté al Sr. Hobart lo que era preciso entender por el ayuno del que se habla en nuestro PRAYER BOOK. La mañana del miércoles de Ceniza, me había sorprendido, en realidad, dicién­dole a Dios tan bobamente: «Yo me vuelvo hacia ti en el ayuno, las lágrimas y el duelo», cuando había llegado a la iglesia tan plena de vida y de ardor des­pués de haberme tomado las rebanadas y el café de un desayuno y pensando muy poco en mis pecados. Tú te acuerdas, sin duda, de lo que respondió al respecto el Sr. Hobart: que se trataba allí de viejas costumbres, etc. ¡Pues bien! La Sra. Fi­licchi, con la que vivo aquí, no come jamás en esta época de la Cuaresma antes de que el reloj haya dado las 3 de la tarde. Solamente entonces se pone a la mesa con su familia. Dice que ella ofrece su fatiga y la molestia que le causa el ayuno por sus pecados, en unión con los sufrimientos de su Salvador. ¡Me gus­ta mucho eso! Pero lo que me gusta más todavía, ¡oh mi querida Rebeca! -piensa un poco cuánta fuerza representa- es que ellos van a misa todas las mañanas.

Es un hecho: la misa diaria posible, la comunión de cada mañana, ese don inapreciable ante el que pasamos tan a menudo, los demás, sin tomar conciencia del prodigioso misterio de amor que representa para nosotros personalmente, enciende literalmente en el corazón de Isabel la hoguera de un deseo que nada en adelante será capaz de extinguir.

¡Ah! -prosigue el diario destinada a Rebeca- cuántas veces nos sucedió a ti y a mí lanzar un suspiro, la noche del domingo, y tu brazo estrechaba en­tonces el mío, cuando me decías: «¡Ahora, ya nada hasta el domingo próximo!», mientras dejábamos la puerta de la iglesia que acababa de cerrarse de nuevo detrás de nosotras (a no ser que se hubiera prevista un día de oración en el de­curso de la semana). ¡Pues bien!, aquí ellos van a la iglesia todas las mañanas, desde las cuatro, si lo desean. Y tú sabes también cómo se reían de nosotras por­que corríamos de una iglesia a otra, los domingos del SACRAMENTO, para recibir el SACRAMENTO tantas veces como nos fuera posible. ¡Pues bien!, aquí, la gente que ama a Dios, que se conduce bien, que lleva una vida reglada, puede ir allá (aunque muchos no lo hagan, aun PUDIENDO ir) todos los días.

Lo que es inconcebible para ella -¿hay necesidad de subrayarlo después de una página tan luminosa?- no es el Misterio de la Fe en su doble realidad de sacrificio eucarístico y de comunión sacramental en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo realmente presente, sino más bien el hecho de que los que tienen la dicha de creer en tal don de Dios puedan no aprovecharse de él todos los días. Una conclusión se impone a su espíritu y a su corazón con una evidencia irre­futable: ¿cómo entonces pueden estar abatidos en la tierra, desanimados, cual­quiera que sea la prueba que han de soportar, los que creen en la presencia real? De su corazón se escapa un grito que no puede dejar de transcribir en su diario: ¡Pero si tienen que ser tan dichosos como los ángeles! Y concluye: Si, personalmente, no creo eso -es decir el Misterio de la Fe tal cual lo propone la Iglesia católica como verdad de fe- ¡no será por falta de haber orado!

Ore y documéntese, le ha recomendado Felipe Filicchi. Su oración, que ha hecho brotar, más que todos los consejos y razonamientos, Cristo mismo pre­sente en las iglesias que ella visita, presente en la capilla que, por un privilegio especial, poseen los Filicchi en su propia casa, es en realidad una súplica ince­sante, de las que van directas al corazón de Dios.

Al asomarse sobre sus confidencias, que se agolpan bajo su pluma cuando va acabarse su estancia en Liorna, uno discierne en su alma como una fascinación de la que nace una adhesión vital, irresistible, anterior a todo razonamiento lógico, a toda deducción intelectual. «El corazón tiene sus razones que la razón no conoce». Naturalmente aplicaríamos aquí a Isabel Seton aquel célebre dicho de Pascal. Su corazón, efectivamente, se la lleva de manera más segura que toda dialéctica. Coma al Apóstol «habiendo sido personalmente alcanzado por Cristo Jesús», le es preciso «proseguir su carrera, proseguir su búsqueda, para alcanzarle a su vez» (Flp 3, 12).

No es que sus amigos la hayan provisto, sin embargo, abundantemente, desde aquel momento, de sólidos tratados de apologética. Ellos han puesto en sus ma­nas, entre otras obras de valor, la Exposición de la Doctrina católica, de Bossuet y la Introducción a la vida devota, de san Francisco de Sales. Su excelente cono­cimiento de la lengua francesa le permite leer a ambos en el texto original. Que tiene una pregunta que plantear, una duda que esclarecer, Antonio y Felipe están siempre disponibles para sostener con ella una amigable discusión. En sus ansias de iluminar a la joven americana y de hacer caer, si puede, ya antes de su par­tida, todas sus prevenciones frente a la Iglesia católica, Felipe ha ido más lejos todavía. Apelando a la ciencia esclarecida de uno de sus amigas, el P. Pecci, ha redactado, de concierta, con el eminente religioso, que será más tarde obispo de Gubbio y cardenal, una argumentación estricta, destinada a poner en plena luz la divinidad de la Iglesia católica. Con una auténtica habilidad, los dos hombres han sabida, precisamente, poner de relieve los argumentos sacadas de la Santa Escritura, y no han dudado en buscar en el Prayer Book, cuyas páginas, una por una, son tan familiares a Isabel, verdaderas pruebas en favor de la verdad que se proponen demostrar.

Felipe Filicchi, además, da cuenta a Mons. Juan Carroll tanto de su conducta como de los motivos sobrenaturales y desinteresados que se la dictan en una carta que se propone confiar a la Sra. Seton a fin de recomendar la joven americana al primer obispo nombrado para los Estados Unidas cuya sede episcopal de Baltimore fue erigida en 1789.

Ha advertido en ella -escribe él en sustancia- al lado de cualidades huma­nas incontestables, una apertura a las cuestiones religiosas muy superior a lo que jamás él había encontrado. Ha quedado impresionado por la delicada fidelidad con que Isabel vivía, en concreto, su vida de esposa y de madre. Ha creído discernir en ella una sinceridad de espíritu poco común. Igualmente no duda en reconocer, dentro del concurso de circunstancias que la han conducido a Italia y la retienen allí, una disposición providencial. ¿No ha sido todo permitido por Dios, a fin de otorgar a la Sra. Seton retractarse de los prejuicios infundados que alimentan frente a la Iglesia católica sus compatriotas, hacerla encontrar la luz, conducirla por fin a la verdadera Iglesia?

Tal era la esperanza que había brotado en el corazón de Felipe Filicchi des­de que había conocido a la joven americana. Y en seguida había mantenido se­creta esa esperanza. Pero la actitud misma de Isabel, dándole la seguridad de que no se había equivocado al respecto, había de inducirle pronto a ir resuelta­mente adelante. Tal constatación -quiere precisar para el obispo- le colma a la vez de dicha y de temor, ya que no deja de tomar conciencia de la delicadeza que requiere la tarea que viene a ser entonces la suya. ¿Tendrá las cualidades pa­ra cumplirla? Considerando, no obstante, que la Providencia se complace en ser­virse de los instrumentos más débiles, ha creído deber suyo no descuidar nada para ayudar a la joven episcopaliana en su búsqueda de la verdad. Con esa in­tención, ha reunido toda la documentación que ha podido. Ha propuesto a su lectura las obras más serias. Le ha recomendado arar y consultar a quienes les ha sido confiada la misión de enseñar. Le ha prometido, finalmente, interesar en su caso al obispo de Baltimore a fin de que, una vez de vuelta en su país, la Sra. Seton no se sienta abandonada a sí misma en el camino, donde, necesaria­mente, corre el riesgo de encontrarse muy sola.

Que haya hecha o no leer a la interesada las líneas que acaba él de redactar para Mons. Carroll, las páginas del diario de Isabel en el decurso de marzo de 1804 prueban hasta qué punto Felipe Filicchi había visto claro. Un atractiva cierto la provoca y la guía hacia la religión católica. Ella ha descubierto allí, con la presencia real de Cristo en la eucaristía, una fuente inagotable de vida espiritual que responde a sus aspiraciones más profundas, ya que ella siente, por intuición, que allí, y solamente allí, encontrará personalmente la plenitud de que está se­dienta.

En realidad, ¿qué tendría ella que renunciar de sus convicciones anteriores pa­ra adherirse a la fe católica? Prácticamente nada. ¿No tiene ella conciencia de que la Santa Escritura, aun cuando en aquella época fuera menos conocida por los católicos que lo es en nuestros días, está lejos de ser letra muerta? Si ellos la citan entonces menos habitualmente que las protestantes, su vida de cada día se refiere a ella sin cesar, como está impregnada de ella su liturgia. Testigo la práctica efectiva del ayuno cuaresmal, testigo sobre todo, la auténtica caridad, puesta en práctica inequívoca del mandamiento del Señor, de la que ella no ha cesado de tener experiencia desde su llegada a Toscana. A los sacramentos del bautismo y de la eucaristía -y qué riqueza insospechada aporta al sacramento el dogma de la presencia real- los católicos añaden los de la penitencia, de la confirmación, del matrimonio, del orden y de la unción de los enfermos. Ella que pasee en raro grado el sentido de la vida, y tan fácilmente traspasa la corteza de las palabras para alcanzar la sustancia de las cosas, tiene la intuición profunda de la fuente vital que brota y fluye de cada uno de los siete sacramentos. Una confesión hecha por ella en una de sus primeras cartas escritas a los Filicchi desde América, ese mismo año, no permite dudarlo un instante.

Yo no podía dejar de pensar en lo que es un lecho de enfermo, un lecho de moribundo, en vuestro dichoso país, ya que en vuestra casa, quien se sabe perdi­do humanamente, encuentra la paz y el reconfortamiento en los auxilios de la religión… Ahí aquél a quien llamáis padre de vuestra alma tiene cuidado de ella y cela sobre ella en ese momento de desfallecimiento y de dolor, cuando va a. separarse del cuerpo, con el mismo cuidado que vosotros y yo ponemos en velar por nuestro hijito que acabamos de traer al mundo, en sus primeras necesida­des, desde que él entra en la existencia…

¿Qué necesidad hay de insistir sobre una nostalgia de esa clase? ¿Cómo dudar, después de tantas confidencias hechas con una tan conmovedora simpli­cidad, que, desde el final de su estancia en Liorna, Isabel está presta a abando­narse en la corriente vital que la arrastra hacia el catolicismo? Ni siquiera 1a amistad de los santas deja de responder ya a una de sus secretas aspiraciones. La vida de San Francisco de Sales, sus obras que ella ha leído, le han revelado uno de los lados a la vez tan sobrenatural y tan humano de la Iglesia católica. Parece, en verdad, que, lejos de sentirse extranjera en esa Iglesia cuya riqueza divina la maravilla, la fascina, ella sienta confusamente que solamente allí está el único redil del que habló Cristo, que reclamó El mismo con todas sus ansias: «…habrá un solo rebaño, un salo pastor» (Jn 10, 16).

Y una se pone a evocar el magnífico pasaje de la Constitución dogmática De Ecclesia formulada por el Vaticano II: «Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y apostólica, y que nuestro salvador, después de su resurrección, encomendó a Pedro para que la apa­centara, confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno, y la erigió perpetuamente coma columna y fundamento de la verdad. Esta Iglesia establecida y organizada en este mundo como una saciedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión coa él, si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, coma bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica».

Suponiendo que las circunstancias, en lugar de llevarla otra vez a Nueva York, hubieran permitida a Isabel establecerse desde aquel momento, con sus cinco hijos, junto a los Filicchi, es lícito presumir que su paso de la comunión episcopaliana a la fe católica se hubiera operado sin choque y espontánea­mente. Sin duda ella se hubiese aventurado sin discusiones y sin demoras por el camino que se abría ante sus ojos, segura de encontrar dentro de la Iglesia católica la plenitud sobrenatural de vida divina a la que siempre había aspirado. Ella hubiera llegado hasta allí a la manera de los peregrinos de Montenero, después de un ascenso dura quizás, pero sencillo. Sin renegar de ninguno de los valores positivos ofrecidos a su fe por la Iglesia donde ella había recibido un auténtico bautismo, las hubiera superado y, muy lejos de perderlos, los hubiera vuelto a encontrar en su riqueza y su plenitud originales, depósito divino confiado por el Redentor a la guarda de Pedro y conservado intacto en la Iglesia católica, cuales­quiera que pudieran ser, por otra parte, las debilidades y los defectos de que los miembros de esa Iglesia y hasta los sucesores de Pedro no hayan sabido siempre preservarse personalmente.

Pero entraba todavía en los designios providenciales del Señor que Isabel Seton retornara primero, allende los océanos, a su propio país. Ella debía, a la manera de sus ascentro5, proseguir en el Nuevo Mundo su tarea de pioneros. Ellos, un sigla y media antes, habían tenido que roturar pacientemente unas tierras incultas, cerradas a menudo par una vegetación exuberante, donde las lianas y los zarzales les oponían a veces un obstáculo tenaz. Ella debería abrirse también, en la sole­dad y el dolor, un camino -en otro dominio- y volver a encontrarse unos obstáculos más terribles y más desgarradores que los de ellos. Pero haciéndolo, ella abriría un camina real a millares y millares de otros. Esa Isabel estaba, en verdad, muy lejos de imaginarlo. Pero Dios lo sabía.

Por: Marie-Dominique Poinsenet.
Publicado en CEME, 1977

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