Historia de una mirada sobre el pobre

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Jean Morin, C.M. · Año publicación original: 2012 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Introducción

En algunos retratos antiguos que se han conservado de San Vicente de Paúl, como los de Simon François de Tours, de Nicolas Pitau, de Van Schuppen, de René Lochon, sin duda, son los ojos lo que más impresiona. Observamos en ellos una gran calidad de atención y de observación; descubrimos también una pizca de malicia muy gascona; pero sobre todo encontramos una gran bondad.

Esta mirada no es la de un soñador, ni la de un «santurrón» como había en el siglo XVII y que el mismo san Vicente denunciaba con vigor y humor en una conocida cita:

«Amemos a Dios, hermanos míos, amenos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo: «Mi Padre es glorificado, dice nuestro Señor, en que deis mucho fruto» . Hemos de tener mucho cuidado en esto; porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos. Se muestran satisfechos de su imaginación calenturienta, contentos con los dulces coloquios que tienen con Dios en la oración, hablan casi como los ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir a buscar a la oveja descarriada, de desear que les falte alguna cosa, de aceptar las enfermedades o cualquier cosa desagradable, ¡ay!, todo se viene abajo y les fallan los ánimos. No, no nos engañemos» (XI-4, 733)

Pero ¿por qué la historia de una mirada?

El Evangelio, lo sabemos, subraya con bastante frecuencia las miradas de Cristo… como si esto tuviera alguna importancia en el anuncio del Mensaje. En el episodio del hombre de la mano seca, san Lucas precisa: «y mirando a todos ellos, le dijo: «Extiende tu mano» (Lucas 6, 10). Respecto a la viuda de Naím: «Al verla, el Señor tuvo compasión de ella» (Lucas 7, 13). Para el joven rico: «Jesús, fijando en él su mirada, le amó» (Marcos 10, 21). Y en la Pasión, después de la negación: «Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro…» (Lc 22, 61). Sin querer explicar los textos, parece probable que los evangelistas y testigos estuvieran impresionados por las miradas de Cristo, porque sin duda leían en ellas, una cierta calidad de relación con los hombres.

Sin embargo, en las conferencias y escritos de san Vicente, los verbos VER, MIRAR igualmente son muy empleados y a veces de manera muy significativa.

Al Papa Inocencio X, al que se le pide intervenir en favor de la paz, describe los horrores y las injusticias de la guerra y añade: «Es poco oír y leer estas cosas; sería menester VERLAS y COMPROBARLAS con los propios ojos» (IV, 427).

Al Hermano Juan Parre que organiza las ayudas en Picardía, le escribe con relación a los pobres que hay que ayudar: «Para distinguirlos bien, habría que VERLOS en sus casas, para conocer de cerca a los más necesitados y a los que no lo son tanto» (VI, 348).

Cuando se conoce un poco a san Vicente, no nos pueden sorprender todas estas ricas expresiones que se refieren al VER. San Vicente, en efecto, no es un teórico; es un hombre concreto, de experiencia que necesita ver, mirar, para analizar y actuar.

«La mirada sobre el pobre» parece ser un tema de estudio válido y rico con relación a San Vicente; en la misma proporción, se adivina que este estudio superará con mucho el sencillo inventario de las miradas de san Vicente sobre los pobres. La mirada, tal y como la entenderemos aquí, es este lugar misterioso de encuentro entre la realidad y una personalidad, ese lugar de síntesis entre lo que se ve y lo que se es. «La historia de una mirada sobre el pobre» debería ser así la historia de una personalidad, de una santidad…, la historia del Señor Vicente en su relación con los pobres.

1. Una mirada que se forma, una mirada que se busca (1581-1617)

Existe en óptica una operación que corresponde bastante bien a esta primera etapa de la vida de san Vicente: la acomodación. Esta operación que progresivamente trae, a menudo por tanteos al ojo, el objetivo a imágenes cada vez más nítidas. Es así, en cierto modo, cómo la mirada de san Vicente sobre los pobres se formó y buscó. Tal vez en un primer período entre 1581 y 1595, el joven Vicente estaba demasiado cerca, demasiado implicado en una situación de pobreza para tener una visión objetiva de la misma. Luego, entre 1595 y 1617, esta vez se ha alejado demasiado. Pero esta primera y larga etapa ha sido ciertamente de las más útiles y ricas para la acomodación de la mirada de san Vicente sobre los pobres.

1. Una mirada del interior (1581-1595)

Las primeras miradas de san Vicente sobre los pobres fueron sobre sus padres, su familia, sus vecinos, su medio. Una mirada de pobre sobre los pobres.

Vicente nace en abril de 1581, en el pueblo de Pouy, cerca de Dax. El tercero de seis hermanos (4 chicos y 2 chicas). Su padre Juan de Paúl y su madre Bertrande de Moras eran, según su expresión,

«Pobres campesinos», propietarios de una pequeña granja de algunas áreas de tierra. Es ahí donde vive sus primeros catorce años rodeado, sin duda, de afecto, pero sometido muy pronto a la dura vida «de las pobres gentes del campo»: «soy hijo de un labrador, que guardé puercos y vacas» (IV, 210).

Esta primera experiencia de la pobreza y del trabajo será, para él, destacable, como siempre lo son las primeras experiencias de la infancia, del medio familiar y social. San Vicente ha visto así, primeramente, a los pobres «desde el interior» y en numerosos pasajes de sus escritos y conferencias podemos encontrar fácilmente esta mirada de niño sobre su madre y sus hermanas volviendo del campo; sobre su padre, sus hermanos, sus vecinos, trabajando bajo un sol plomizo para recoger un poco de «mijo» y alimentar a la familia.

Por otra parte es explícitamente de sus recuerdos de infancia, de donde san Vicente saca sus ejemplos cuando habla de las pobres gentes del campo.

«Os hablaré con mayor gusto todavía, dice a las primeras Hijas de la Caridad, de las virtudes de las buenas aldeanas a causa del conocimiento que de ellas tengo por experiencia y por nacimiento, ya que soy hijo de un pobre labrador, y he vivido en el campo hasta la edad de quince años» (IX-1, 92.)

Se observa la insistencia «por experiencia y por nacimiento» y la referencia explícita a estos catorce primeros años. Es por lo tanto posible que a lo largo de las descripciones tan realistas que siguen, san Vicente, con el pensamiento, ve de nuevo a su madre y a sus hermanas. Tiene entonces 62 años pero sus recuerdos de la infancia permanecen sensibles y precisos:

«(Las verdaderas campesinas) no se glorían de lo que son… dicen y hacen sencillamente todo lo que saben sin mirar lo que dicen o hacen…tienen gran sobriedad en su comida…La mayor parte se contenta muchas veces con pan y sopa, aunque trabajen incesantemente y en trabajos fatigosos… En el país de donde yo procedo, mis queridas Hermanas, se alimentan con un pequeño grano, llamado mijo, que se pone a cocer en un puchero; a la hora de la comida se echa en un plato, y los de la casa se ponen alrededor a tomar su ración, y después se van a trabajar» (IX-1, 91-103)

Estas últimas palabras «y después se van a trabajar» tal vez son las más significativas del ritmo de vida en la pobre familia de «Ranquines», las comidas no eran más que una breve parada en medio de una jornada laboriosa. Además san Vicente continúa:

«Las verdaderas campesinas, se contentan con lo que son, bien sea en el vestir, bien en el alimento…Vuelven de su trabajo a casa, para tomar un ligero descanso, cansadas y fatigadas, mojadas y llenas de barro; pero apenas llegan, tienen que ponerse de nuevo a trabajar, si hay que hacer algo; y si su padre y su madre les mandan que vuelvan, enseguida vuelven, sin pensar en su cansancio, ni en el barro, y sin mirar cómo están arregladas…» (IX-1, 96-100.)

Estas descripciones son de un realismo que no engaña. San Vicente niño, adolescente, manifiestamente ha vivido estas pobres comidas, reducidas debido al trabajo; san Vicente vio a su madre y a sus hermanas «cansadas y fatigadas, mojadas y llenas de barro»; se alimentaba con mijo. Muy joven, aprendió a considerar el pan como un lujo. (IX-1, 100).

Otros muchos pasajes de los escritos o conferencias de San Vicente están así, como enraizados en esta primera experiencia familiar de la pobreza. A veces encontramos en ellos el eco de un sentimiento de injusticia o de revuelta que marca el mundo de los pobres y que germina inevitablemente en la miseria. En estos textos, por ejemplo, en los que san Vicente compara la vida demasiado fácil de los eclesiásticos un poco aburguesados y la dura vida de los campesinos:

«Si existe una religión verdadera… ¿qué es lo que digo, miserable?…, ¡si existe una religión verdadera! ¡Dios me lo perdone! Hablo materialmente. Es entre ellos, entre esa pobre gente, donde se conserva la verdadera religión, la fe viva; creen sencillamente, sin hurgar; sumisión a las órdenes, paciencia en las miserias que hay que sufrir mientras Dios quiera, unos por las guerras, otros por trabajar todo el día bajo el ardor del sol; pobres viñadores que nos dan su trabajo, que esperan que recemos por ellos, mientras que ellos se fatigan para alimentarnos… Buscamos la sombra; no nos gusta salir al sol; ¡nos gusta tanto la comodidad! En la misión, por lo menos, estamos en la iglesia, a cubierto de las injurias del tiempo, del ardor del sol, de la lluvia, a lo que están expuestas esas pobres gentes. ¡Y gritamos pidiendo ayuda cuando nos dan un poquito más de ocupación que de ordinario! ¡Mi cuarto, mis libros, mi misa! …Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres… Con frecuencia pienso en esto, lleno de confusión: «Miserable, ¿te has ganado el pan que vas a comer, ese pan que te viene del trabajo de los pobres?». (XI-3, 120)

Vemos aun en un tono que no engaña, una vehemencia e incluso una violencia nacidas de una verdadera y dura experiencia del medio de los pobres, de la vida real, concreta de los pobres.

A partir de 1617, veremos cómo san Vicente se sentirá en relación a los pobres como «uno de ellos». Los verá como un pobre ve a los pobres; y hablará de ellos como un pobre habla de los pobres, porque según su propia expresión, el conoce a los pobres «por experiencia y por nacimiento».

Por eso, su relación con los pobres es habitualmente espontánea, justa, realista, sin complejo ni demagogias. Es «del medio» como se diría hoy, su mirada es «del interior» y percibe con naturalidad los valores de este mundo de los humildes, de los trabajadores, pero también sus límites y sus defectos. Conoce las astucias de la miseria y habla de ellas de un modo tan realista que hoy eso puede parecer chocante (XI, 32; VI, 367…). Es necesario ser del «medio» para atreverse a hablar así, sin complacencia ni censura, en el mundo de los pobres; la dureza, que a menudo es una forma de sinceridad y el hábito de la verdad. Durante catorce años, san Vicente ha vivido en este mundo. Es, en primer lugar, en estos años donde se enraíza y se modela su caridad.

El hecho de haber sido pobre, de haber salido del mundo de los pobres, del «medio social» de los pobres ciertamente ha dado a la caridad vicenciana su realismo. En efecto, desde 1617, después de su «conversión», san Vicente verá en el pobre una presencia misteriosa de Jesucristo, pero este enfoque auténticamente místico del pobre no atenuará nunca, ni de ningún modo, el encuentro con la persona humana del pobre y las condiciones concretas y sociales de su vida. Para san Vicente, el pobre será siempre y ante todo este hombre, esta mujer, este niño, que vive en una situación dada de miseria e injusticia.

Tendríamos que evocar los minuciosos estudios, los contactos directos, estas pequeñas obras maestras de encuestas sociológicas que sobre el terreno, lo más frecuentemente, preceden a las intervenciones caritativas y sociales de san Vicente: ya se tratase de cárceles, de niños expósitos, de mendigos, de los desempleados de Joigny o de ayudas en favor de las victima de guerra.

Bajo pretexto de caridad cristiana y sobrenatural, se ha tenido a veces tendencia de olvidar o minimizar los valores y realidades humanas; san Vicente no cayó nunca en esta trampa que desfigura la caridad. Y esta atención del hombre, este realismo «social» en la relación con los pobres, ciertamente en gran parte están sacadas de «su naturaleza y su experiencia» de pobre campesino. Durante sus catorce primeros años en Pouy, tuvo todo el tiempo para darse cuenta de que ni los buenos pensamientos, ni las hermosas palabras, ni incluso las fervientes oraciones no bastan, no más que las limosnas ante la pobreza, la miseria y la injusticia. Esta mirada de pobre sobre los pobres, esta mirada del «interior» ha indiscutible y profundamente marcado la caridad de san Vicente de Paúl y le ha dado su calidad humana y su sólido realismo.

2. Una mirada del «exterior» (1595-1617)

Estos catorce primeros años, en Pouy, fueron los más ricos. El Señor Vicente no será consciente de ello hasta mucho más tarde, cuando decida consagrar su vida a los pobres.

En 1595, parece ser que sin pesar, el joven Vicente deja la granja paterna, la vida dura de los campesinos y hasta 1617 se multiplican las experiencias, se suceden las situaciones: escolar, estudiante, gran viajero, capellán de la corte, párroco, preceptor…, pero en este período tan caótico, un proyecto determinado y perseguido metódicamente: el Señor Vicente quiere cambiar «de medio social», aclimatarse a otro medio, y se aparta efectivamente de los pobres no viéndolos más que de lejos, ocasionalmente…. «del exterior».

En 1595, Vicente es enviado a una escuelita de Dax, cerca de los Franciscanos y vive en casa de una familia burguesa: los de Comet. Cambio brutal, experiencia inédita para el joven landés, que hasta ese momento, apenas había salido de la granja y del pueblo de Pouy. Sin duda encontramos el eco de lo que ocurre en su psicología y en su mentalidad bajo este recuerdo de infancia que él mismo evoca en una de las últimas conferencias que da a sus misioneros. San Vicente tenía entonces 79 años y su padre había muerto hacía ya 62 años.

«Recordaba hace unos momentos que, cuando era un muchacho, cuando mi padre me llevaba con él a la ciudad, como estaba mal trajeado y era un poco cojo, me daba vergüenza de ir con él y de reconocerlo como padre…Le pido perdón a Dios; y también os lo pido a vosotros, y a toda la Compañía…» (XI-4, 692.)

Estudiante en Dax, el joven Vicente comienza ya a separarse un poco de su medio. Sale de Pouy para estudiar y obtener una situación que le permita ayudar a su familia. Es también el cálculo de sus padres y en su testamento, su padre pide que se haga todo para que Vicente pueda continuar sus estudios. Sin embargo, en esa época, el camino más accesible para los pobres es el estado eclesiástico y es en esta vía en la que se compromete Vicente, con una cierta precipitación y mucho éxito.

Prácticamente analfabeto a los 14 años, es ordenado sacerdote a los 19 años y medio, mientras prosigue sus estudios de teología en la Universidad de Toulouse. Como muchos estudiantes pobres, lleva a la vez la dirección de una pequeña pensión en Buzet (Tarn). Obtiene el bachiller en Teología de la Universidad, lo que ya le sitúa en un nivel muy honorable entre el clero de la época. Vicente de Paúl inicia una serie de viajes con miras a obtener la situación conforme a sus grandes ambiciones… ¿tal vez un obispado? Va a Burdeos, Marsella, dos veces a Roma, a Aviñón. Durante dos años se le pierde la pista; es en ese momento en el que se sitúa el controvertido relato de la cautividad en Berbería. Lo encontramos en Paris en 1608, donde se apresura a entablar relaciones que le permiten entrar en el grupo de capellanes de la corte de la reina Margarita de Valois (la Reina Margot). Estamos en 1610, el joven sacerdote Vicente tiene 29 años y es entonces cuando escribe a su madre esta carta, con fecha del 17 de febrero, en la que claramente revela su proyecto, como también un gran apego a su familia.

17 de febrero de 1610.

Le ruego presente mis humildes saludos a todos mis hermanos y hermanas y a todos nuestros parientes y amigos, especialmente a Bétan». (I, 88-90.)

«La ocasión de mi ascenso»… «El medio de obtener un honesto retiro»… «La situación de mis negocios»… Tantas expresiones que explican bien la mentalidad, el proyecto del Señor Vicente en 1610 y sin duda desde hacía mucho tiempo. Nada tan escandaloso, pero nada tampoco que de algún modo nos permita vislumbrar el futuro. A los 29 años, san Vicente piensa en una pronta honrada jubilación.

Y es en un momento preciso en el que cree tocar fondo, cuantas decepciones y dificultades se multiplican. Ya el año anterior fue acusado públicamente de un robo que no había cometido. Fue una prueba muy grave. El que se había dedicado a entablar relaciones, se ve brutalmente obligado a cambiar de barrio y de parroquia.

Pero en 1617 ¿qué es de la mirada de san Vicente sobre el pobre?

Desde 1595 y la entrada al colegio de Dax, fue cosa de poco. Estos veintidós años están sobre todo consagrados a la prosecución de un proyecto humano, a una voluntad de promoción y a la búsqueda de una situación. No hay en ello más que egoísmo o vanidad. El Señor Vicente sabe que su familia ha hecho grandes sacrificios para sus estudios; él considera el éxito humano y la vuelta a su región como una especie de justicia.

En 1622, con motivo de una misión en Burdeos, san Vicente ira a Pouy, encontrará a su familia en la misma pobreza y regresará preocupado. El mismo cuenta:

«El día de mi partida sentí tanto dolor al dejar a mis pobres parientes que no hice más que llorar durante todo el camino, derramando lágrimas casi sin cesar. Tras estas lágrimas me entró el deseo de ayudarles a que mejorasen de situación, de darle a éste esto y aquello al otro. De este modo, mi espíritu enternecido les repartía lo que tenía y lo que no tenía;… Estuve tres meses con esta pasión importuna de mejorar la suerte de mis hermanos y hermanas; era un peso continuo en mi pobre espíritu». (XI-4, 516-517)

Este testimonio permite comprender mejor lo que fue el proyecto, la ambición del Señor Vicente desde 1595 a 1617… período durante el que «los pobres» no tenían mucho lugar, excepto en el feliz paréntesis de Clichy. Deslizándose progresiva y metódicamente en el mundo de los grandes y de los ricos, no ve a los pobres más que de lejos, del «exterior», los ve desde el lado de los ricos y en su nombre…

Abordamos aquí un aspecto del comportamiento y de la espiritualidad de San Vicente aparentemente bastante contradictorio y muy provocador para nuestra mentalidad de hoy. A partir de 1617 y hasta su muerte, san Vicente consagrará todo su tiempo a la evangelización y al servicio de los pobres; sin embargo, no dejará de mantener contacto con los grandes, los ricos y los poderosos. ¿Cómo «la mirada de san Vicente» ha podido conciliar la pasión por los pobres y una benevolencia, una preocupación profundamente pastoral para todos? La respuesta tal vez la encontramos en ese conocido sermón de Bossuet «sobre la eminente dignidad de los pobres»; se dice que fue un sermón pedido e inspirado por el mismo san Vicente hacia el final de su vida.

En ese sermón, la concepción de la Iglesia aparece lealmente invertida, por el simple hecho de que los pobres ocupan en ella el primer lugar. Los poderosos y los ricos no están excluidos pero no entran y no se salvan sino en la medida en que ponen su poder y su riqueza al servicio de los pobres. Y Bossuet concluye:

«La Iglesia de Jesucristo es verdaderamente la Ciudad de los pobres. Los ricos, no temo decirlo, como ricos…son sufridos en ella por tolerancia. Venid pues, ¡oh ricos!, la puerta de la Iglesia está abierta, pero se os ha abierto en favor de los pobres y con la condición de servirles. Dios permite la entrada a estos extranjeros solamente por amor a sus hijos. Ved el milagro de la pobreza. Los ricos eran extranjeros, pero el servicio de los pobres los NATURALIZA. Por consiguiente, ricos del siglo, tomadlo como queráis, los títulos magníficos, esos los podréis llevar en el mundo; en la Iglesia de Jesucristo, sois solamente los servidores de los pobres…»

Este texto de Bossuet describe con bastante fidelidad lo que podríamos llamar el pensamiento «político, social y pastoral» de san Vicente y explica su comportamiento en la sociedad de su tiempo. El período 1595-1617 y sobre todo a partir de 1610, le ha permitido ver de cerca los defectos y «el pecado» de los ricos pero también los valores y los recursos inexplorados de este mundo y es así como «sirviendo a los pobres», ha podido «naturalizar» (según las palabras de Bossuet) a tantos ricos y grandes, comenzando por Luisa de Marillac, abriéndoles los ojos y el corazón a la miseria y a la injusticia, y llevándoles a ser «los servidores» de los pobres.

2. Una mirada que se centra, una mirada que se fija (1617)

En enero de 1617, el Señor Vicente es preceptor en la familia de los Gondi. En esa ocasión puede considerar haber alcanzado la situación envidiable a la que aspira desde hace años. Pero sufre entonces una grave crisis espiritual y moral; vive desencantado. Hablando más tarde de un eclesiástico que había vivido una prueba parecida dirá, puede que recordando su propia experiencia:

«Y como no predicaba ni catequizaba, se vio asaltado, en medio de la ociosidad en que vivía, por una fuerte tentación contra la fe. Esto nos enseña, de pasada, qué peligroso es vivir en la ociosidad, tanto de cuerpo como de espíritu: pues, lo mismo que una tierra, por muy buena que sea, si se la deja durante algún tiempo sin cultivar, enseguida produce cardos y abrojos, también nuestra alma, al estar largo tiempo en el descanso y la ociosidad, experimenta algunas pasiones y tentaciones que la incitan al mal» (XI-4, 725)

En este estado es como el Señor Vicente comienza el famoso año 1617. Seguramente está muy lejos de imaginarse el camino que recorrerá este año, sobre todo con los dos acontecimientos que van a impulsar y dar sentido a su vida.

1. Gannes – Folleville, 25 de enero de 1617

A finales de enero de 1617, la Señora de Gondi está de paso en uno de sus castillos, en Folleville (Somme). El Señor Vicente, que la acompaña, es llamado a la cabecera de un moribundo, en el pueblo vecino de Gannes. Se hace presente y recibe la confesión del anciano…Dejemos que el mismo san Vicente lo cuente:

«Esta gracia fue la que realizó este efecto saludable en el corazón de aquel aldeano, cuando confesó públicamente, y en presencia de la señora esposa del general, de la que era vasallo, sus confesiones sacrílegas y los enormes pecados de su vida pasada; entonces aquella virtuosa dama, llena de admiración, le dijo al señor Vicente: » ¿Qué es lo que acabamos de oír? Esto mismo les pasa sin duda a la mayor parte de estas gentes. Si este hombre que pasaba por hombre de bien, estaba en estado de condenación, ¿qué ocurrirá con los demás que viven tan mal? ¡Ay, señor Vicente, cuántas almas se pierden! ¿Qué remedio podemos poner?»

«Era el mes de enero de 1617 cuando sucedió esto; y el día de la conversión de san Pablo, que es el 25, esta señora me pidió, dijo el señor Vicente, que tuviera un sermón en la iglesia de Folleville para exhortar a sus habitantes a la confesión general. Así lo hice: les hablé de su importancia y utilidad, y luego les enseñé la manera de hacerlo debidamente. Y Dios tuvo tanto aprecio de la confianza y de la buena fe de aquella señora (pues el gran número y la enormidad de mis pecados hubieran impedido el fruto de aquella acción), que bendijo mis palabras y todas aquellas gentes se vieron tan tocadas de Dios que acudieron a hacer su confesión general. Seguí instruyéndolas y disponiéndolas a los sacramentos, y empecé a escucharlas en confesión. Pero fueron tantos los que acudieron que, no pudiendo atenderles junto con otro sacerdote que me ayudaba, la señora esposa del general rogó a los padres jesuitas de Amiens que vinieran a ayudarnos…

Fuimos luego a las otras aldeas que pertenecían a aquella señora por aquellos contornos y nos sucedió como en la primera. Se reunían grandes multitudes, y Dios nos concedió su bendición por todas partes. Aquel fue el primer sermón de la Misión y el éxito que Dios le dio el día de la conversión de san Pablo: Dios hizo esto no sin sus designios en tal día» (XI-4, 699.)

La conclusión de este testimonio muestra bien la importancia capital que san Vicente concede al acontecimiento de Gannes-Folleville, lo que puede sorprender. En efecto, para un sacerdote, sobre todo en período de cristiandad como a comienzos del siglo XVII en Francia, ¿qué cosa más normal que ser llamado a la cabecera de un moribundo? Ciertamente es así, pero si el Señor Vicente es sacerdote desde hace 17 años, no ha desempeñado una labor pastoral más que durante los dieciséis meses de Clichy. Dieciséis meses en diecisiete años, es muy poco y lo que para otro párroco hubiera sido un acontecimiento ordinario, para él, es un verdadero acontecimiento. Esto con mayor razón al vivir providencialmente esta experiencia junto con la Señora de Gondi, que era bastante escrupulosa, y siempre estuvo más o menos angustiada por temor a la condenación.

Ciertamente se habrán dado cuenta de que en el relato de san Vicente, la Señora de Gondi ocupa un lugar importante en este acontecimiento. Parece ser que es ella la primera en reaccionar, dramatizando y generalizando como pueden hacerlo las conciencias escrupulosas: «Entonces aquella virtuosa dama, llena de admiración, le dijo al señor Vicente: ¿Qué es lo que acabamos de oír?…. Si este hombre que pasaba por hombre de bien, estaba en estado de condenación, ¿qué ocurrirá con los demás que viven tan mal? ¡Ay, señor Vicente, cuántas almas se pierden! ¿Qué remedio podemos poner?» Y es la señora de Gondi la que impulsa al Señor Vicente a reaccionar; es ella quien le aconseja que predique al día siguiente; es ella la que le sugiere el tema del sermón. Por último es ella quien le invita a continuar la experiencia en los otros pueblos.

Es posible, incluso probable, que sin la Señora de Gondi, el acontecimiento de Gannes-Folleville hubiera tenido menos importancia y repercusión. En este período el Señor Vicente estaba en crisis y sin duda, no estaba en condiciones de reaccionar solo, ni tan positivamente. Pero impulsado por la Señora de Gondi, acepta predicar al día siguiente, el 25 de enero y el modo cómo en su relato insiste en el éxito y la continuación de esta predicación, parecen indicar que ahí tenemos una de las claves del acontecimiento y de sus repercusiones en la personalidad y la vida de san Vicente. Psicológicamente ya, para un hombre que duda de él, un éxito es a menudo una especie de revelación, o al menos un estímulo. Pero más allá, san Vicente seguramente se sintió tanto más interpelado y conmovido por la reacción masiva de la parroquia de Folleville que por la conmovedora confesión «pública» del campesino de Gannes. Tiene la evidencia de que estas pobres gentes del campo están abandonadas, cuando no bastaba más que un sacerdote, un sermón, un signo de entrega pastoral para suscitar entre ellos un impulso inspirado. «todas aquellas gentes se vieron tan tocadas de Dios que acudieron a hacer su confesión general… Pero fueron tantos los que acudieron que, no pudiendo atenderles junto con otro sacerdote que me ayudaba» fue preciso recurrir a los Padres Jesuitas de Amiens.

Así pues, esto pasó en Folleville, el 25 de enero de 1617 y, seis meses más tarde, el Señor Vicente dejaba, a escondidas, la familia de los Gondi para hacerse cargo de una pequeña parroquia en las Dombes: en Châtillon. ¿Qué ocurrió, pues, entre el 25 de enero y el 1 de agosto de 1617 para que se decidiera a un tal cambio y que todo proyecto de «un honesto retiro» fuese bruscamente abandonado? En los numerosos textos anteriores se puede, sin duda, encontrar como el eco de las reflexiones y revisiones desgarradoras del Señor Vicente durante estos seis meses: estas páginas, por ejemplo, en las que pone en paralelo el abandono de los pobres del campo y la oleada del clero y de los religiosos hacia las ciudades, junto a los ricos y poderosos.

Ante el abandono de los pobres que él constata en Folleville y los alrededores (comenzando por este pobre campesino de Gannes); especialmente ante la respuesta masiva de estas pobres gentes al anuncio de la Palabra de Dios, san Vicente tiene sin duda, brutalmente conciencia de la mediocridad, de la inutilidad de su vida de sacerdote desde hace diecisiete años. Mientras que buscaba una agradable y buena situación junto a los poderosos, los pobres del campo viven y mueren sin incluso un sacerdote para evangelizarles ni asistirles. Como lo escribirá en el contrato de fundación de la Misión:

«Los habitantes de las ciudades de este reino por medio de gran número de doctores y religiosos…, pero que entre tanto, el pobre pueblo de los campos está solo y como abandonado«. (X, 236.)

A partir del 25 de enero de 1617, esta constatación se convierte como en la obsesión del Señor Vicente. Su mirada, en adelante, no estará ya centrada en si mismo, en su futuro, su jubilación o su familia. Definitivamente está centrado en los pobres y por eso, deja la familia de los Gondi y cualquier idea de promoción para convertirse, hasta el final de sus días (él así lo cree), en un buen párroco rural.

Una decisión muy valiente, incluso heroica para un hombre de 36 años, edad mucho más avanzada en el siglo XVII que hoy, pero una opción aun muy limitada. Folleville revela al Señor Vicente, el abandono espiritual de las pobres gentes del campo y va a Châtillon para predicar, catequizar, preparar a los sacramentos y administrarlos. Su mirada se fija, con certeza, en el pobre, pero todavía no en todo el pobre. El acontecimiento de Châtillon va a revelarle una responsabilidad, una vocación infinitamente más amplia y exigente.

2. Châtillon (20-23 agosto de 1617)

El 1 de agosto de 1617, el Señor Vicente toma posesión de la parroquia de Châtillon- les-Dombes (hoy Châtillon-sur-Chalaronne, cerca de Bourg-en- Bresse, Ain). Es una parroquia rural de unos 2.000 habitantes, una de las más difíciles y abandonadas de la región. El Señor Vicente se pone manos a la obra y veinte días después de su llegada, un segundo acontecimiento, en apariencia tan ordinario como el de Folleville, le interpela y le ayuda a descubrir con más claridad lo que Dios quiere de él.

El mismo señor Vicente lo cuenta:

«Yo era cura, aunque indigno, en una pequeña parroquia, Vinieron a decirme que había un pobre enfermo y muy mal atendido en una pobre casa de campo, y esto cuando estaba a punto de tener que ir a predicar. Me hablaron de su enfermedad y de su pobreza de tal forma que, lleno de gran compasión, lo recomendé con tanto interés y con tal sentimiento que todas las señoras se vieron impresionadas. Salieron de la ciudad más de cincuenta; y yo hice como los demás; lo visité y lo encontré en tal estado que creí conveniente confesarlo; y cuando llevaba el Santísimo Sacramento, encontré algunos grupos de mujeres y Dios me dio este pensamiento: «¿No se podría intentar reunir a estas buenas señoras y exhortarles a entregarse a Dios, para servir a los pobres enfermos?» (IX-1, 201.)

«Les propuse a todas aquellas buenas personas, a las que la caridad había animado a acudir allá, que se pusiesen de acuerdo, cada una un día determinado, para hacerles la comida, no solamente a aquellos, sino a todos los que viniesen luego; fue aquel el primer lugar en donde se estableció la Caridad.» (IX-1, 233.)

Estamos a 20 de agosto de 1617 y tres días más tarde efectivamente se constituye una asociación de damas encargadas de visitar, cuidar, alimentar a los pobres enfermos de la parroquia «a domicilio». Es esta la primera fundación de san Vicente.

El acontecimiento de Châtillon, como el de Folleville, aparecerá sin duda muy normal pero el Señor Vicente, tiene la convicción de que en ambos casos Dios se manifiesta claramente. Hablando de todas estas fundaciones, sobre todo la de la Congregación de la Misión y la de la Compañía de las Hijas de la Caridad, afirmará siempre que, verdaderamente, todo comenzó en Folleville y en Châtillon.

En Châtillon, el Señor Vicente parece haber tomado conciencia de dos realidades que en adelante marcarán profundamente su acción:

  • por una parte, percibe que no puede haber evangelización de los pobres sin intervención eficaz para la mejora de sus condiciones de vida;
  • por otra parte, descubre el lugar principal, el papel irremplazable de los laicos tanto para la evangelización como para la promoción de los pobres.

En Folleville, el Señor Vicente se había impresionado y estuvo provocado por el abandono espiritual del pobre, su abandono por la Iglesia, sobre todo por los sacerdotes. En Chàtillon, toma conciencia de su abandono material, el abandono por la sociedad o más exactamente, comprende que este abandono material concierne también y directamente a la Iglesia y a los sacerdotes que no pueden limitarse sólo a la evangelización. En adelante, dos adverbios vendrán a sus labios y bajo la pluma de san Vicente: «espiritual y corporalmente», dos adverbios que para él son indisociables. Los encontramos ya en el primer reglamento de la Cofradía de la Caridad de Châtillon (noviembre-diciembre de 1617) cuya introducción es la siguiente:

«Puesto que la caridad para con el prójimo es una señal infalible de los verdaderos hijos de Dios y como uno de los principales actos de la misma es visitar y alimentar a los pobres enfermos, algunas piadosas señoritas y unas cuantas virtuosas señoras de la ciudad de Châtillon-les-Dombes, de la diócesis de Lión, deseando obtener de la misericordia de Dios la gracia de ser verdaderas hijas suyas, han decidido reunirse para asistir espiritual y corporalmente a las personas de su ciudad, que a veces han tenido que sufrir mucho más bien por falta de orden y de organización que porque no hubiera personas caritativas» (X, 574)

Aunque escrito en un estilo que hoy parece difícil y un poco anticuado, («piadosas señoritas», «virtuosas burguesas»…), este reglamento de la primera fundación del Señor Vicente contiene ya en germen todo lo que luego caracterizará su acción caritativa y social. Encontramos su sentido asombroso de observación y de organización, su respeto hacia la persona del pobre y la preocupación por su promoción. Conviene citar aquí, al menos, este pasaje referente a la visita de los pobres enfermos. Manifiestamente, el Señor Vicente quiere hacer comprender a estas damas que el enfermo pobre tiene derecho a los mismos cuidados, a las mismas consideraciones que los más poderosos de la sociedad.

«La que esté de día, después de haber tomado todo lo necesario de la tesorera para poder darles a los pobres la comida de aquel día, preparará los alimentos, se los llevará a los enfermos, les saludará cuando llegue con alegría y caridad, acomodará la mesita sobre la cama, pondrá encima un mantel, un vaso, la cuchara y pan, hará lavar las manos al enfermo y rezará el Benedicite, echará el potaje en una escudilla y pondrá la carne en un plato, acomodándolo todo en dicha mesita; luego invitará caritativamente al enfermo a comer» (X, 577.)

Recordemos la descripción de las comidas en «Ranquines» cuando san Vicente era niño: del mijo que se cocinaba en una vasija y se vertía en un solo plato del que comían todos los miembros de la familia. ¡Nada de servilleta, ni platos! Los gestos que el Señor Vicente prescribe a los miembros de la Cofradía de Châtillon son los mismos que el ha visto en casa de los poderosos y exige que los más pobres sean tratados igual y que las «damas» a la cabecera de los enfermos se comporten exactamente como las sirvientas de una Señora de Gondi. Es en estos detalles como ya se revela lo que será una de las grandes características de la relación de San Vicente con los pobres: el respeto, el sentido de su dignidad, la preocupación de su promoción.

Y el reglamento continúa:

«le dirá algunas palabritas sobre Nuestro Señor; con este propósito, procurará alegrarle si lo encuentra muy desolado, le cortará en trozos la carne, le dará de beber, y después de haberlo ya preparado todo para que coma, si todavía hay alguno después de él, lo dejará para ir a buscar al otro y tratarlo del mismo modo, acordándose de empezar siempre por aquel que tenga consigo a alguna persona y de acabar con los que están solos, a fin de poder estar con ellos mas tiempo; luego volverá por la tarde a llevarles la cena con el mismo orden que ya hemos dicho» (X, 578-579

Se observará la delicada atención hacia los enfermos pobres que viven solos. Incluso cuando san Vicente asumirá las mayores responsabilidades del Reino: al intervenir en la reorganización de las cárceles, los hospitales, las escuelas, etc… tendrá siempre cuidado del respeto de la persona de los pobres; tan sensible y susceptible a todo lo que se refiere a su dignidad.

Durante su estancia en Châtillon para predicar, catequizar, evangelizar, vemos al Señor Vicente lanzado en lo que hoy diríamos una «acción social». Ha comprendido que la verdadera evangelización del pobre pasa, en primer lugar por la búsqueda de soluciones a su situación de injusticia y de miseria. Igualmente ha comprendido que en este ámbito, los laicos tienen que desarrollar un papel irremplazable. Este último descubrimiento puede parecer hoy bastante ordinario; pero en el siglo XVII, era meritorio y significativo. Sabemos que a las ocho mujeres que constituyen la primera Cofradía de la Caridad de Châtillon las siguieron un número incalculable de mujeres y hombres, ricos y pobres, que san Vicente ha sabido reagrupar, organizar, animar para la evangelización y el servicio de los pobres… Es una característica esencial de la acción y de la espiritualidad vicenciana que sin duda tiene su origen en el acontecimiento de Chatillon.

El año 1617 fue para san Vicente un año especialmente rico, el año de la «conversión». A principios de enero, todavía estaba indeciso, desencantado, turbado en su fe, incierto. Lo vemos decidido a consagrar el resto de su vida a la evangelización y a la promoción de los pobres.

Su mirada se fija definitivamente, se centra en el pobre hasta el punto de que todo el resto y los demás son percibidos en función del pobre. Su mirada está centrada sobre TODO en el pobre, hasta el punto de no poder disociar promoción humana y evangelización, dignidad de la persona del pobre y dimensión social de la injusticia de la que es víctima. Es este el balance de lo que se ha podido llamar la «conversión» de san Vicente de Paúl en 1617 y que se traduce, en un cierto modo de ver al pobre y de ver su propia vida, el mundo y la Iglesia EN FUNCION de los pobres.

III. Una mirada que se extiende, una mirada que se universaliza (1618-1648…)

Después de la experiencia espiritual y pastoral de Châtillon, san Vicente cree, por fin, haber encontrado su vocación, su camino: será párroco rural, como «el cura de Ars», unos doscientos años más tarde, más o menos en la misma región. Un cura rural con un proyecto (hoy diríamos un proyecto pastoral): dar prioridad a los pobres, suscitar y animar para ello un laicado, procurar llevar siempre al mismo tiempo promoción (san Vicente decía servicio) y evangelización. En los documentos del proceso de beatificación encontramos el impresionante balance de su acción pastoral a lo largo de los seis meses de presencia en la parroquia de Châtillon (X, 47-48).

Solamente seis meses, en efecto, porque la familia de los Gondi no se ha consolado de su partida y lleva a cabo todas las gestiones necesarias para obligarle moralmente a volver a su puesto. San Vicente deja Chatilllon aproximadamente en Navidad de 1617, pero no vuelve a casa de los Gondi para comenzar de nuevo su trabajo de preceptor. Regresa para consagrarse totalmente a los 7 u 8.000 pobres campesinos que viven en las inmensas propiedades de la familia. Tal vez el recuerdo del anciano de Gannes tuvo alguna influencia en esta decisión, que, como veremos, no es un paso hacia atrás… ¡muy al contrario! San Vicente se creía llamado a ser y permanecer un buen párroco rural; la Providencia le destinaba a un campo de acción infinitamente más amplio y día tras día, experiencia tras experiencia, tomará progresivamente conciencia.

De vuelta a casa de los Gondi, prevé explotar y sacar partido de las principales experiencias de Gannes-Folleville y de Chàtillon: predicará misiones en cada uno de los pueblos situados en las tierras de los Gondi (como en Folleville) y constituirá allí equipos de laicos para ayudar a los pobres enfermos inspirándose en la primera Cofradía de la Caridad de Châtillon. Los objetivos son claros y el campo delimitado: «misiones» rurales, «cofradías» para los pobres enfermos a domicilio. Misiones y cofradías son en cierto modo, dos aspectos de su acción pastoral y social.

A comienzos del año 1618, cree poder quedarse allí y vivir así su sacerdocio y su carisma. Ha asimilado perfectamente las experiencias de Gannes-Folleville y de Châtillon y eso va a beneficiar a los pobres del lugar.

Pero san Vicente no es, sin duda alguna, el hombre, ni de una especialización ni de un territorio delimitado; está demasiado atento a lo que hoy llamamos «los signos de los tiempos». Por el momento, sociológicamente no se dirige más que a los pobres del mundo rural; geográficamente se limita a la extensa propiedad de los Gondi. Entre 1618 y 1648, los acontecimientos que para él, como dijo Pascal, serán «Maestros que Dios nos da» van a llevarlo a ampliar indefinidamente su concepción sociológica del pobre, a extender su mirada y el sentido de su responsabilidad hasta los confines del mundo.

Para seguir este camino providencial de una conversión que toma irresistiblemente las dimensiones de la Iglesia y del mundo, lo mejor es, sin duda, evocar rápidamente la evolución de las tres fundaciones principales de san Vicente, desde el punto de vista sociológico y geográfico: en primer lugar las Cofradías de la Caridad, seguidamente la Congregación de la Misión y por último la Compañía de las Hijas de la Caridad.

1. Una mirada que se extiende: Del encuentro de un pobre al descubrimiento de Todos los Pobres.

a) Las «Cofradías»

Cuando san Vicente regresa a las tierras de los Gondi, prevé fundar en cada pueblo «una cofradía» según el modelo de Châtillon: para la visita de los pobres enfermos a domicilio; pero en septiembre de 1618, predicando una misión en Joigny, visita un pequeño hospital. Desde la experiencia de Châtillon, pensaba que los enfermos más abandonados eran los que estaban más alejados de todo y de todos, pero se da cuenta de que los pobres «hospitalizados» están entre los más desheredados. ¡Qué importa!, su aun reciente fundación evolucionará para responder a esta llamada (XI-3, 94-96). En este caso preciso, la evolución es mínima y sin problema puesto que se trata de abrir una institución concebida para los pobres enfermos a domicilio, y a los enfermos hospitalizados, pero lo que se puede llamar el «reflejo vicenciano» es ya discernible. San Vicente no es hombre de institución ni de especialización. Acepta espontáneamente la realidad del pobre tal y como es, y cualquiera que sea, aún con riesgo de modificar el plan, proyecto y estructuras para adaptarlas sin cesar a la realidad de los pobres y a sus llamadas circunstanciadas.

En 1619, Vicente, bajo la intervención del Señor de Gondi, es nombrado «capellán general de las galeras» (hoy puede ser el equivalente del capellán general de prisiones). Esta responsabilidad lo lleva a conocer una nueva forma de miseria y nos damos cuenta de que enseguida su fundación de «las Cofradías de la Caridad» se adapta para responder a esta llamada de los pobres encarcelados (X, 619).

El 23 de octubre de 1620, la «Cofradía» de nuevo se reforma y esta vez, de arriba abajo, convirtiéndose en una asociación mixta. Es que una vez más, la mirada de san Vicente se extiende considerablemente…al ritmo de sus encuentros y observaciones. Hasta entonces, dejando aparte el caso de los presos, se ha mantenido al servicio de los pobres enfermos (que conservarán, por otra parte, en la acción de san Vicente como una especie de predilección y prioridad); pero una experiencia más amplia lo lleva a tomar conciencia de otras muchas formas y situaciones de miseria e injusticia: niños pobres (problemas de educación y aprendizaje), ancianos, adultos sin trabajo, huérfanos, viudas e incluso los que él llamó «pobres vergonzantes»: los arruinados por las guerras. Como siempre, el «reflejo vicenciano» se manifiesta, rápido, adaptado y la estructura de la «Cofradía» se transforma para responder eficazmente a estas llamadas de los pobres (cf. X, 594).

En 1620, apenas tres años después de la «revelación» de Châtilllon y muy lejos ya de esas «ocho piadosas señoritas y burguesas virtuosas» del primer reglamento de las «Cofradías». Desde entonces, la mirada de san Vicente se ha extendido a los hospitales, cárceles, escuelas, al aprendizaje, a los ancianos, viudas pobres y a los «pobres vergonzantes». Así será hasta la muerte de san Vicente y después, por lo que se refiere a las «Cofradías de la Caridad»,hoy: Equipos San Vicente (en Francia) y Asociación Internacional de Caridades (a nivel internacional).

b) La Congregación de la Misión.

Fundada por san Vicente el 17 de abril de 1625. el proceso es exactamente el mismo: en el comienzo, se trata, de un pequeño equipo de sacerdotes consagrados a la evangelización «de las pobres gentes del campo», que viven y trabajan en las tierras de los Gondi: una institución, pues, especializada y «localizada» (X-236).

Sin embargo, muy rápidamente esta «especialización sociológica» y esta limitación geográfica es provocada y contestada por las realidades, las exigencias, las llamadas de los pobres y también por la estructura, los proyectos, los planes de la Congregación de la Misión que no cesan de evolucionar, de adaptarse a las nuevas situaciones de pobreza a las que están confrontados. Condición particularmente desestabilizante para un joven instituto y en una de sus mejores conferencias, la del 6 de diciembre de 1658 (XI-3, 381-398), san Vicente tiene 78 años, evoca, imita y casi ridiculiza (como buen gascón), la actitud y las reacciones de sus jóvenes discípulos demasiado timoratos para su gusto, ante el espantoso abanico de compromisos misioneros y sociales que se les propone.

Pero, «¿Y quiénes serán los que intenten disuadirnos de estos bienes que hemos comenzado? Serán espíritus libertinos, libertinos, libertinos, que sólo piensan en divertirse y, con tal que haya de comer, no se preocupan de nada más. ¿Quiénes más? Serán… Más vale que no lo diga. Serán gentes comodonas (y decía esto, anota el secretario, cruzando los brazos, imitando a los perezosos), personas que no viven más que en un pequeño círculo, que limitan su visión y sus proyectos a una pequeña circunferencia en la que se encierran como en un punto, sin querer salir de allí; y si les enseñan algo fuera de ella y se acercan para verla, enseguida se vuelven a su centro, lo mismo que los caracoles a su concha. (El secretario, manifiestamente subyugado por el fondo y la forma del pasaje, añade en la nota que, al decir esto, hacía ciertos gestos con las manos y con la cabeza, con cierta inflexión de la voz un poco despreciativa, de manera que con esos movimientos expresaba mejor que con sus palabras lo que quería decir» (XI-3, 396-397.)

Es verdad que para seguir a san Vicente, en la Congregación de la Misión, más valía no ser como un «caracol». Fundado en primer lugar y únicamente para la evangelización de las pobres gentes del campo, el instituto supo conformarse y adaptarse, progresivamente, a todas las formas y situaciones de miserias e injusticias que san Vicente descubría y encontraba, tanto en la ciudad como en el campo, en las cárceles, hospitales, orfelinatos, etc. Dándose cuenta rápidamente de la importancia de los buenos pastores orientados hacia los pobres, san Vicente igualmente compromete a sus cohermanos en la formación del clero. Se comprende que «gentes comodonas y de pequeño círculo» se sintieron un poco asfixiados por este programa misionero. ¡Pero no para San Vicente, incluso a los 78 años! Como lo dirá y repetirá: «los pobres son nuestros amos y señores«. A ellos les corresponde manifestarse como son; a nosotros el adaptarnos, el convertirnos para encontrarles allí donde están.

C) Las Hijas de la Caridad.

La Compañía de las Hijas de la Caridad fue fundada en noviembre de 1633 por san Vicente y santa Luisa de Marillac. A estos dos nombres tan conocidos se podría añadir el de Margarita Naseau: una pobre aldeana de Suresnes que un día de 1630 se presentó a san Vicente «para servir a los pobres». Hasta entonces, en la lógica de la experiencia de Châtillon y también de su larga estancia en casa de los Gondi, san Vicente se había dedicado sobre todo a orientar la generosidad de las personas más favorecidas hacia los pobres. Margarita Naseau, recordándole de repente sus propios orígenes campesinos y pobres, le lleva a concebir o presentir lo que hoy llamaríamos el apostolado del medio por el medio o la necesidad para un medio de encontrar en su seno la fuerza de su propia promoción y de su salvación. El compromiso de Margarita Naseau, «la primera Hija de la Caridad» según san Vicente (IX-1, 88), ciertamente es el origen de la fundación de las Hijas de la Caridad.

Concebidas, en primer lugar, para la visita a los pobres enfermos a domicilio, en el marco de las Cofradías de la Caridad de París, rápidamente se encontraron en los hospitales, las escuelas pobres, al servicio de los presos, en los campos de batalla curando a los heridos…y…por todas partes donde hay pobres.

Encontramos en estas la misma evolución que en las Cofradías y la Congregación de la Misión. Decididamente parece que sea la tarea o más bien, la gracia original de todas las fundaciones de san Vicente: en un primer tiempo, muy corto, el objetivo aparece muy preciso y delimitado. Pero el descubrimiento de prácticamente infinitas formas de pobreza en el Reino de Francia y en el mundo, lleva a san Vicente a ampliar, sin cesar, los horizontes de sus institutos y a en consecuencia adaptarlos. Además esto no parece preocuparle demasiado. En una conferencia a las Hijas de la Caridad del 18 de octubre de 1655, presenta esta inverosímil diversidad de obras y compromisos como una especie de gracia y recompensa de la Providencia.

«Os habéis entregado principalmente a Dios para vivir como buenas cristianas, para ser buenas hijas de la Caridad, para trabajar en las virtudes propias de vuestro fin, para asistir a los pobres enfermos… y Dios, al ver que lo hacían con tanto cuidado, yéndolos a ver en sus propias casas, como hacía Nuestro Señor muchas veces, ha dicho: «Estas hermanas me gustan; cumplen bien con esta misión; voy a darles una nueva». Y entonces vinieron, hijas mías, esos pobres niños abandonados, que no tenían a nadie que se cuidara de ellos; y Nuestro Señor se quiso servir de la Compañía para cuidarles, por lo que le doy las gracias a su bondad. Y luego, al ver cómo habíais abrazado todo esto con tanta caridad, dijo: «Todavía quiero darles un nuevo empleo»…. Fue la asistencia a los pobres criminales o galeotes…» (IX-2, 748-749.)

Y he aquí como san Vicente, sin duda con un poco de humor y mucha fe, justifica la diversidad de los compromisos de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Los pobres son innumerables e infinitamente diversos, pero ellos son «amos y señores«; corresponde a las siervas y siervos adaptarse a ellos…

Es así como sociológicamente la mirada de san Vicente no cesa de ampliarse desde 1617 y con él, los horizontes de sus fundaciones. Parece ser que siempre rechazó escoger a los pobres. Los acepta a todos, tal y como son, en sus situaciones concretas, en sus necesidades y sus llamadas particulares. Su mirada se amplía sin cesar y se adapta, como deben también adaptarse sus estructuras e instituciones.

2. Una mirada que se universaliza: De la pequeña parroquia de Châtillon… a Madagascar

Del pobre anciano de Gannes y de la familia abandonada de Châtillon, san Vicente atento a la Providencia, que se manifiesta en el acontecimiento, llega a sentirse solidario y prácticamente responsable de todas las miserias e injusticias de su tiempo. GEOGRAFICAMENTE el proceso es el mismo y su campo de conciencia no hará más que extenderse hasta llegar a los confines del mundo.

En agosto de 1617, los horizontes del Señor Vicente son los de la pequeña parroquia rural de Châtillon-les-Dombes. A comienzos del año 1618, su territorio «pastoral y social» se extiende por todas las tierras de los Gondi y diez años más tarde, el 1 de agosto de 1628, escribe al Papa Urbano VIII, hablando de las obras de sus primeros misioneros:

«Cumplen su piadoso ministerio… no sólo en las villas y aldeas situadas en las tierras (de los Gondi)…, sino además en otras muchas partes de este reino de Francia, como en los arzobispados de París y de Sens, en los obispados de Chalons en Champagne, de Troyes, Soissons, Beauvais, Amiens y Chartres, donde ejercen sus funciones para el mayor bien del pobre pueblo…» (I, 123.)

Y después del Reino de Francia, será Italia, Polonia, Irlanda, Argel, Túnez, y por último Madagascar en 1648. En adelante, la caridad y la mirada de san Vicente habrán encontrado verdaderamente su campo de responsabilidad y de acción: TODOS los pobres POR TODAS PARTES donde están.

La fundación de la Misión de Madagascar fue, con toda certeza, para san Vicente, una etapa muy importante y una revelación como la de Folleville y Châtillon. Es entonces cuando su caridad toma definitivamente las dimensiones de la Iglesia y del mundo de los pobres. Y hasta su muerte, se preocupará mucho del universalismo de la mirada y de la total disponibilidad de sus discípulos. Un sacerdote de la misión que no esté inmediatamente dispuesto a partir a Madagascar no es más que un esqueleto de misionero y un cobarde.

El 30 de agosto de 1657, se entera que de todos los sacerdotes que ha enviado a la gran Isla, sólo ha sobrevivido uno. Los otros han sido victimas de naufragios (el viaje duraba entonces más de seis meses) o de las fiebres nada más llegar. San Vicente interpela a su comunidad:

«Quizás diga alguno de esta Compañía que es preciso dejar Madagascar; es la carne y la sangre las que así hablan, diciendo que no hay que enviar allá a nadie; pero yo estoy seguro de que el espíritu habla de otro modo, ¿Pues qué, Señores? ¿Dejaremos allí completamente solo a nuestro buen Señor Bourdaise?… ¿será posible que seamos tan cobardes de corazón y tan poco hombres que abandonemos esta viña del Señor, a la que nos ha llamado su divina Majestad, solamente porque han muerto allí cuatro o cinco o seis personas? Decidme, ¿sería un buen ejército aquel que, por haber perdido dos, o tres o cinco mil hombres… lo abandonase todo? ¡Bonito sería ver un ejército de ese calibre, huidizo y comodón! Pues lo mismo hemos de decir de la Misión: ¡bonita Compañía sería la de la Misión si, por haber tenido cinco o seis bajas, abandonase la obra de Dios! ¡Una Compañía cobarde, apegada a la carne y a la sangre! No, yo no creo que en la Compañía haya uno solo que tenga tan pocos ánimos y que no esté dispuesto a ir a ocupar el lugar de los que han muerto. No dudo de que la naturaleza al principio temblará un poco; pero el espíritu, que es más valiente, dirá: «Así lo quiero; Dios me ha dado este deseo; no habrá nada que pueda hacerme abandonar esta resolución…» (XI-3, 296-297.)

Efectivamente, los voluntarios no faltaron nunca para llenar los vacíos en la Misión. Madagascar fue así, a la vez, la obsesión y la gran pasión de san Vicente durante los últimos años de su vida. Algunos meses antes de su muerte, escribía al Señor Bourdaise, fallecido hacía ya dos años…, pero las comunicaciones eran entonces trágicamente inciertas.

«Le manifestaré en primer lugar, Señor, el justo temor en que estamos de que no esté usted en esta vida mortal, teniendo en cuenta el poco tiempo que sus hermanos que le han precedido, acompañado y seguido, han vivido en esa tierra ingrata, que ha devorado a tantos buenos obreros enviados a desbrozarla. Si aun sigue vivo ¡qué grande será nuestra alegría cuando estemos seguros de ello!»

Y concluye así esta carta:

«Pida, por favor, también a Nuestro Señor por mí, porque ya no duraré mucho a causa de mi edad que pasa de los ochenta años y de mis piernas enfermas que ya no me quieren llevar. Moriría contento si supiera que vive usted…» (VIII, 145-148)

Es impresionante sorprender así la mirada de este anciano fija en la Isla tan lejana de Madagascar, mientras que tantas fundaciones, obras y urgencias lo solicitan en Francia y en otras partes del mundo. Queda lejos el tiempo en el que soñaba quedarse como un buen párroco rural. Según la divisa que deja a las Hijas de la Caridad «Caritas Christi urget nos» (la caridad de Jesucristo nos apremia), la caridad de Cristo lo impulsa siempre a ir más lejos y se siente responsable de TODOS LOS POBRES, cualesquiera que sean, tal y como son y donde estén…POR TODAS PARTES, como se lo diría un día a las Hijas de la Caridad:

«Así es como habéis de portaros para ser buenas hijas de la Caridad, para ir donde Dios quiera; si es a África, a África; al ejército (para curar a los heridos), a las Indias, donde os pidan, ¡enhorabuena!; sois Hijas de la Caridad y hay que ir…» (IX-2, 751.)

«… Mis queridas hermanas, entregaos a Dios desde ahora mismo para ir a TODOS LOS SITIOS donde quieran servirse de vosotras… Y decidle: «Me pongo en tus manos y me arrojo a tus brazos, lo mismo que un niño en los brazos de su padre, para hacer siempre tu santa voluntad. Yo soy del Havre de Grâce, pero, si quieres, seré de Metz o de Cahors; de todas partes, de TODOS LOS SITIOS donde quieras enviarme…» (IX-2, 1057.)

Recordamos que un día san Vicente ironizaba sobre la gente «que no viven más que en un pequeño círculo, que limitan su visión y sus proyectos a un pequeño círculo en el que se encierran»… La mirada de san Vicente era excepcional y de una gran amplitud, sin embargo, supo conservar siempre una extraordinaria atención a la persona del pobre, a su propia dignidad y sufrimiento particular. Al extenderse y universalizarse, su mirada no ha cesado de ahondarse y sin duda, tocamos aquí el fondo de su experiencia y a la misma fuente de su caridad.

3. Una mirada que se profundiza: Del pobre a Jesucristo, de Jesucristo al pobre

La caridad del Señor Vicente se asemeja a la conocida y vieja encina, próxima a la casa de Ranquines. Sus ramas se extienden y multiplican, porque, regular y enérgicamente asegura y fortifica sus raíces.

En efecto, a medida que la mirada de san Vicente se extiende a todas las categorías de pobres y a los pobres del mundo entero… hasta Madagascar…esta mirada sobre los pobres se profundiza hasta encontrar al mismo Jesucristo.

En el famoso año 1617, el pobre anciano de Gannes y la pobre familia enferma de Châtillon son evidentemente y en primer lugar para San Vicente, personas humanas en una situación concreta de miseria y abandono: es frente a esta situación bien precisa cuando inmediatamente reacciona.

Pero rápidamente estas pobres gentes le parecen otros y más que personas humanas. Al estar con ellos, tiene la impresión y en cierto modo, la evidencia de haber encontrado a Jesucristo.

Desde hace siete años, recuerda, se interroga y multiplica las experiencias: capellán de la corte, párroco en Clichy, preceptor de una gran familia… no llegando a sacrificar verdaderamente su proyecto de un «honesto retiro». Tomaba consejo de los maestros espirituales más ilustres, como Bérulle, pero permanecía en la duda y el malestar. Y en el espacio de seis meses, dos encuentros con los pobres, le aportan una luz inesperada y se revelan capaces de obligarle a cambiar radicalmente de mirada y de vida. Tanto en Folleville como en Châtillon, cada vez está más convencido que de alguna manera, Dios ha intervenido en su vida y lo hace por medio de los pobres.

Esta evidencia, de una intervención de Dios, san Vicente la recuerda y la afirma cada vez que evoca los acontecimientos de Gannes-Folleville y de Châtillon :

«¡Ay, señores y hermanos míos! Nunca había pensado nadie antes en ello, no se sabía lo que eran las misiones; tampoco yo pensaba en eso ni sabía lo que eran; y en esto es donde se reconoce que se trata de una obra de Dios» (XI-3, 94.)

«¿Llamaréis humano a lo que el entendimiento del hombre no ha previsto nunca, a lo que su voluntad no ha deseado ni buscado en lo más mínimo? (y parece cierto que en enero de 1617, san Vicente estaba bien lejos de imaginar que consagraría el resto de su vida a la evangelización de los pobres!) El pobre señor Portail (su primer compañero en la Misión, nunca había pensado en esto; yo tampoco; todo se hizo en contra de mis esperanzas y sin que yo me preocupase de nada» (XI-3, 326.)

Y para probar la indiscutible intervención de Dios en este asunto, cuenta de nuevo el acontecimiento providencial de Gannes-Folleville.

La misma reacción y certeza para el acontecimiento de Châtillon que, a medio plazo, fue el origen de la fundación de las Hijas de la Caridad.

«Puede decirse realmente que es Dios quien ha hecho vuestra Compañía. Yo pensaba hoy en ello y me decía: «¿Eres tú el que ha pensado en hacer una Compañía de Hijas? ¡Ni mucho menos! ¿Es la señorita Le Gras? (Luisa de Marillac, cofundadora de las Hijas de la Caridad). Tampoco». Yo no he pensado nunca en ello, os lo puedo decir de verdad… Os puedo decir que ha sido Dios, y no yo» (IX-1, 202.)

Y para probarlo, san Vicente repite el relato de Châtillon.

Y parece muy claro para san Vicente que es Dios, de algún modo, manifestado a él en Folleville y Châtillon el que se ha manifestado en la persona de los pobres. Sabe así, por experiencia, que en lo que le concierne, Dios habla y PREFERENTEMENTE SE REVELA EN LOS POBRES. Un día dirá a las Hijas de la Caridad:

«Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí» (IX-1, 240.)

Estas últimas palabras nos dan una idea del extraordinario realismo con que vivirá esta presencia de Jesucristo en el pobre.

Estas experiencias, que pueden calificarse de «místicas», de Folleville y Châtilon, san Vicente ha intentado comprenderlas y presentarlas a la luz, sobre todo de dos pasajes del Evangelio.

Para la que vivió en Gannes-Folleville, se refiere preferentemente a Lucas IV, 18: Jesús vuelve a Nazaret, al comienzo de su vida pública y entra en la sinagoga. Delante de la asamblea lee un texto del profeta Isaías:

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. ME HA ENVIADO A EVANGELIZAR A LOS POBRES, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor. Y enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó, pues, a decirles: «HOY se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lucas IV, 17-22)

Para san Vicente, después de la experiencia de Gannes-Folleville, este texto del evangelio afirma claramente que Jesucristo vino a evangelizar a los pobres, a liberar a los cautivos y a los oprimidos. Prioritarios de la «misión» de Jesucristo, los pobres deben ser los prioritarios de la Iglesia de Jesucristo. Sin embargo, los pobres son a menudo, abandonados tanto por la Iglesia como por la sociedad. Siendo joven sacerdote el mismo Señor Vicente busca más bien codearse con los ricos y los grandes. La experiencia de Gannes-Folleville le recorda brutal y providencialmente las prioridades del Evangelio. A ejemplo y siguiendo a Jesucristo, se consagrará a los «propietarios»: a los pobres, los cautivos, los oprimidos y trabajará sin descanso para que la Iglesia de su tiempo vuelva a su vocación primera: la evangelización de los pobres.

Hacia el 1620, durante las misiones predicadas en los pueblos situados en las tierras de los Gondi, tiene lugar un acontecimiento que lleva a san Vicente a profundizar más su lectura de este pasaje del Evangelio de Lucas. Encuentra a un protestante que lo interpela en estos términos:

«Señor, dice usted que la Iglesia de Roma está dirigida por el Espíritu Santo, pero yo no lo puedo creer, puesto que por una parte se ve a los católicos del campo abandonados en manos de unos pastores viciosos e ignorantes, que no conocen sus obligaciones y que no saben siquiera lo que es la religión cristiana; y por otra parte se ven las ciudades llenas de sacerdotes y de frailes sin hacer nada; puede ser que en París haya hasta diez mil, mientras que esas pobres gentes del campo se encuentran en una ignorancia espantosa, por la que se pierden. ¿Y quiere usted convencerme de que esto está bajo la dirección del Espíritu Santo?; no puedo creerlo»… (XI-4, 727.)

Es el mismo san Vicente quien cuenta este recuerdo a sus cohermanos y fácilmente adivinamos que esta violenta discusión del protestante le perturba… Apenas hace tres años, formaba parte de esos diez mil sacerdotes «sin hacer nada y lejos de las pobres gentes del campo».

Al año siguiente, san Vicente vuelve a esta comarca para predicar la misión; el protestante asiste y a su vez, se emociona por la manera de hablar a las pobres gentes y por el cuidado que pone en su servicio espiritual y corporal:

«Ahora, dice, es cuando he visto que el Espíritu Santo guía a la Iglesia romana, ya que se preocupa de la instrucción y la salvación de estos pobres aldeanos…» (XI-4, 729)

Y san Vicente concluye así este relato:

«¡Qué dicha para nosotros los misioneros, poder demostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, trabajando como trabajamos por la instrucción y la santificación de los pobres«. (XI-4, 730.)

Este acontecimiento ciertamente que lo ayudó a comprender y profundizar mejor su vocación. En la medida en que la Iglesia da prioridad al servicio de los pobres es fiel a su vocación; al consagrarse a la evangelización de los pobres, san Vicente está, a partir de ahora convencido de que se sitúa, sin duda, en la línea de la misión de Jesucristo.

Con otro pasaje del Evangelio, la mirada de San Vicente sobre el pobre, se profundiza aun más. Se trata de Mateo 25, 31-46. Los apóstoles piden aclaraciones sobre la entrada en el Reino y Jesús les habla «del juicio final»:

«…Entonces dirá el Rey a los de su derecha: «Venid, vosotros benditos de mi Padre… Porque tuve hambre, y me disteis de comer, tuve sed, y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme…»

Sorprendidos, los «elegidos» preguntan cuando visitaron, vistieron, alimentaron a los pobres y Jesús añade: «…el rey les dirá: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con unos de estos, mis hermanos más pequeños, CONMIGO lo hicisteis.»

Este pasaje del Evangelio de San Mateo está evocado en el Acta oficial que instituye la primera Cofradía de la Caridad (X, 575) y parece seguro que este texto ha sido, para san Vicente, como la «luz de Châtillon» que le ha permitido comprender y profundizar el acontecimiento vivido. Recordamos que el 20 de agosto de 1617, antes de la misa del domingo le avisaron de que una familia pobre, alejada del pueblo está enferma. Su homilía en la misa, será una llamada al fervor de estas pobres gentes y la respuesta de la parroquia es inesperada. De ahí surge la primera fundación de la Cofradía de la Caridad: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer… enfermo, y Me visitasteis…»

Vemos fácilmente el paralelismo entre este texto del Evangelio y el acontecimiento. San Vicente lo percibe y, mejor, lo vive. Toma el Evangelio al pie de la letra e intenta vivirlo cada día en su relación con los pobres. Sin duda es ahí donde su mirada alcanza la verdadera profundidad: el pobre es Jesucristo.

«Al servir a los pobres, dice a las Hijas de la Caridad, se sirve a Jesucristo… Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios… Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños, y en ellos encontraréis a Dios… Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontráis a Dios.» (IX-1, 240.)

Para san Vicente, no son sólo fórmulas espirituales y fáciles sino que es el eco vivo de una experiencia personal, profunda; el eco de Gannes-Folleville y de Châtillon se hace oír cada vez que encuentra a un pobre enfermo, un galeote, un niño abandonado…Y esta convicción, puede decirse esta EVIDENCIA, de una misteriosa solidaridad entre el pobre y Cristo, de una especie de identificación del uno en el otro, modifica y renueva definitivamente la mirada de san Vicente.

Así, su caridad, su manera personal de servir a los pobres, evitaran, muy a menudo, la tentación del «paternalismo», incluso si los usos de la época pueden parecer hoy bastante curiosos. Jesucristo presente en el pobre, es el pobre… no podemos estar, piensa san Vicente, ante el pobre más que en situación de siervos y siervas. Es esta una especie de revolución de las mentalidades, sobre todo para el siglo XVII. La Dama de las Cofradías, el sacerdote de la Misión, la Hija de la Caridad no son los poseedores; no son los dueños que condescienden, que comparten, que se inclinan hacia los pobres, bienhechores. Son siervos y siervas que, como dice el salmo, levantan los ojos hacia sus señores. San Vicente no deja de insistir en este punto y es probable que esta inversión del comportamiento y las mentalidades, en el ejercicio de la caridad cristiana, haya sido tanto más benéfico en la Iglesia y en el mundo que las innumerables fundaciones y empresas sociales suscitadas por san Vicente.

Para él, esta conversión de las mentalidades, no es más que la consecuencia lógica de una convicción, de una experiencia: Jesucristo está en el pobre; el pobre, de alguna manera, es Jesucristo.

En esta nueva perspectiva, el riesgo permanece, lo hemos evocado durante este estudio: hacer del servicio de los pobres una especie de acto de devoción, una «buena acción», una búsqueda espiritual más o menos desinteresada. Para san Vicente esto no es nada. El conoció «por experiencia y por nacimiento» la condición de los pobres y nunca el encuentro de Jesucristo en el pobre molesta, no disminuye su atención por la situación concreta, humana y social de los pobres, ni su sentido de la dignidad de la persona de los pobres.

La mirada de san Vicente se profundiza hasta el punto de encontrar verdaderamente a Jesucristo en el pobre, pero sin oscurecer nunca la realidad ni los valores de los pobres.

Al termino de este estudio, queda por subrayar un aspecto, el más característico tal vez de la mirada de San Vicente sobre el pobre: la unidad o para emplear su propio término: «la sencillez».

El periodo que ha precedido al gran año 1617, nos ha revelado a un Vicente de Paúl complicado, dudando de todo, sobre todo de él mismo, multiplicando los intentos y las experiencias de manera bastante incierta, anárquica.

Después de Folleville y Châtillon, porque decide consagrarse a la evangelización y al servicio de los pobres, de repente, todo parece unificarse, simplificarse en su personalidad y en su vida. Todo se coordina y se organiza progresivamente alrededor de esta convicción: Jesucristo está en el pobre; el pobre, es Jesucristo.

Así se instaura una maravillosa y natural continuidad entre fe y compromiso, entre oración y vida, entre dos mundos que, con demasiada frecuencia se consideran distintos, si no separados. Para san Vicente, el Cristo que se busca en la oración está también en los pobres, no hay más dificultad. Dice a las Hijas de la Caridad:

«Hijas mías, el servicio de los pobres tiene que preferirse siempre a todo lo demás. Podéis incluso dejar de oír misa los días de fiesta, pero solamente en casos de gran necesidad, … De esta forma, estad seguras de que sois fieles a vuestras reglas, y más todavía, ya que la obediencia es considerada por Dios como un sacrificio. Es Dios, hijas mías, a quien queréis servir. ¿Creéis que Dios es menos razonable que los amos de este mundo? Si el amo dice a su criado: «Haz esto» y, antes de que sea ejecutada su orden, pide otra cosa, no verá mal que el criado deje lo que se mandó en primer lugar; por el contrario, se quedará contento de ello. Lo mismo pasa con nuestro buen Dios.

El os ha llamado a una Compañía para el servicio de los pobres; y para hacer que le sea agradable su servicio, os ha dado unas reglas; si, mientras las practicáis, os pide otra cosa, id pues, a lo que os ha mandado, Hermanas mías, sin dudar de que se trata de la voluntad de Dios». (IX-1, 207-208.)

Se observa, en este texto, la facilidad, la espontaneidad desconcertante con que san Vicente confunde al Dios que habla en el reglamento, al Dios que se encuentra en la oración y en la misa…y al Dios que llama en el pobre: es, según él, el mismo Señor que en primer lugar pide algo y seguidamente pide otra cosa. En este caso, según la conocida expresión y tan significativa de san Vicente: «Es dejar a Dios por Dios», al Dios de la misa, por el mismo Dios presente en el pobre.

Así, en la vida del creyente, todo está unificado y en el discípulo de san Vicente todo debería ser sencillo: el pobre está presente en su oración y Cristo está presente en el pobre al que sirve.

Es así como la mirada de Vicente de Paúl se ha vuelto tan sencilla como rica y profunda. Es así como san Vicente de Paúl ha visto al pobre. Y se comprende que haya podido decir un día a sus misioneros:

«…Dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre… Dios mío! ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo!!…» (XI-4, 724.)

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