106. Prudencia en la forma de corregir.
Una vez, teniendo que darme un aviso, me preparó, para que me aprovechara bien, preguntándome, si me agradaría que me diera un aviso, y como le dije que sí, me lo dió. Y puedo asegurar que tal modo de corregir se me quedó tan grabada en mi mente y me conmovió tanto el corazón, que rara vez caigo en aquella falta, sin que me acuerde del aviso del Señor Vicente.
107. Prudencia al destinar a países lejanos.
No destinaba a nadie a países lejanos, sin que le hubiera preguntado previamente varias veces a dónde se iba a ir, lo cual es un rasgo de Prudencia.
108. No interrumpe la conversación.
Y como no interrumpir a los que están hablando es un acto de prudencia y discreción, así es cómo el Señor Vicente lo llevaba a la práctica con toda exactitud, esperando apaciblemente a lo que se le quería decir, y después, él le contestaba y continuaba de igual manera; la conversación habría podido durar todo el día. He sido testigo varias veces, cuando ha corregido a los que faltaban en eso, como si fuera una indiscreción y hasta una falta de educación.
109. Obrar con lentitud.
También se daba en él esto: que no hacía nada por precipitación, sino después de haberlo pensado bien. Lo cual es también una señal muy grande de Prudencia. Y si se trataba de algún asunto de importancia, nunca lo resolvía sin antes haber rezado bien y hecho rezar para pedir a Dios luz sobre lo que había que hacer y resolver, y sin haber consultado a los más hábiles y santos personajes, que en aquel tiempo había en París. Ahí va un ejemplo, de donde se puede juzgar de lo demás.
Un día el Señor Husson, abogado del Parlamento de París —de quien hemos sabido esto— fue invitado a entrar en la casa del Sr. Duque de Retz, para que se encargara de la intendencia y llevara los asuntos de la casa. Pues bien, una persona, que estaba deseando ese cargo, pidió al Señor Vicente que procurara hacerle entrar allí. El Señor Vicente le respondió: «Sí, trabajaré en ello, pero antes de empezar, durante un mes entero nos lo mantendremos en silencio para honrar el silencio que Nuestro Señor guardó tan a menudo en la tierra». Y después entró en aquella casa el Señor Husson, es decir, cinco meses más adelante. Ahora bien, ¿quién no ve que esa manera de obrar del Señor Vicente era directamente opuesta a la prudencia mundana, que hubiera querido remover al punto cielo y tierra para tratar de realizar sus deseos?1
110. Pide la bendición a los obispos.
Pertenece también a la prudencia, aunque es preciso honrar y respetar a todo el mundo, que hay personas a las que la manifestación de honor y de respeto debe ser mayor, y es así como lo hacía el Señor Vicente, respetando y honrando a todo el mundo desde el más grande hasta el más pequeño, por ejemplo, el que rendía a los Prelados de la Iglesia era maravilloso: su costumbre era la de arrodillarse, cuando se les hacía encontradizo, para recibir su bendición, y si ponían alguna dificultad en concedérsela, no se quería levantar del suelo hasta que se la hubieran dado, y deseaba que sus Hijos obrasen del mismo modo. Y un día que el Sr. Obispo de Meaux vino a Casa a verlo, sucedió que, cuando aquel buen Prelado entró en la habitación del Señor Vicente (allí estaba yo en aquel momento), como no podía ponerse de rodillas a causa de su dolencia, y como además estaba sentado en una silla, me hizo una seña en seguida, para que me arrodillara, al ver al buen Prelado, y le pidiera la bendición.
Diré además a propósito de nuestros Señores los Prelados, que es que, si ocurría alguna vez que los viernes hubiera mucho que hacer por el gran número de cartas, que había que mandar, o a causa de algún otro asunto que hubiera, hacía decir al portero que, si pedían hablar con él, dijera que no podía, por estar trabajando, quien quiera que fuese el que pedía hablarle, a menos que fuera algún arzobispo u obispo, pues, de ordinario, les hacía una excepción.2
- El Sr. Husson en casa del Duque de Retz.
Martín Husson, nacido en 1623, entra al servicio del Duque de Retz en 1650; muere en 1695.
Al iniciar su servicio, el Señor Vicente le hace las recomendaciones siguientes: «Como también él había vivido en esa familia, Dios le había hecho la gracia de portarse de tal manera que había mirado y honrado en la persona del Sr. de Gondi, a la persona de Nuestro Señor, en la persona de la Señora, a la de Nuestra Señora, y en la de los oficiales y servidores , criados y otras personas que venían a aquella cas, a los discípulos y a la gente que acudía a Nuestro Señor».
Una persona conocida suya, que deseaba mucho que un joven abogado entrara en una casa importante para hacerse cargo de la intendencia y atendiera a los negocios, rogó al Sr. Vicente, que era muy influyente en aquella casa, que se ocupara de aquel asunto. El le respondió: «Ya lo pensaremos, pero antes de meterme en eso, guardaremos silencio durante un m es entero sobre esta materia, para escuchar a Dios y para honrar el silencio que Nuestro Señor guardó tan a menudo en la tierra». De esta manera quería reprimir el ardor que se dejaba ver en aquella persona y el apresuramiento que manifestaba sobre aquel asunto, y consultar la voluntad de Dios. Pero, después de haberlo diferido cuatro o cinco meses, actuó de tal modo que aquel abogado fue recibido para el susodicho cargo». (Abelly, III. 251-252).
Abelly modifica el texto de Robineau que ponía «cinco meses más tarde». Adopta la conclusión parenética de L. Robineau.
- Domingo Séguier, obispo de Meaux.
Nació el 2 de agosto de 1593 en Saint-Denis. Primeramente Arzobispo titular de Corinto (28 de septiembre de 1631); aceptado el 10 de noviembre de 1631; consagrado el 18 de enero de 1632 en el Carmelo de Saint-Jacques de París por Juan Francisco de Gondi, arzobispo de París, asistido por Santiago de Neuchéze de Chalon y Nicolás de Nets d’Órléans, obispo de Auxerre, el 7 de junio de 1632, más adelante obispo de Meaux el 26 de agosto de 1637. 10 de enero de 1639; muerto en París el 16 de mayo de 1659.
Mons. Domingo Séguier firmó con el Sr. Vicente la fundación de los misioneros de Crécy el 12 de abril de 1641. Ese mismo día, 16 de mayo de 1659, Vicente de Paúl encomendaba a Mons. Séguier a las oraciones de los misioneros presentes en París: «Encomiendo a sus oraciones al Sr. Obispo de Meaux; hace dos días que está en la agonía, y sufre muchos dolores en ese estado» (XII.243/XI.537; E.661). Había querido mantener a los misioneros en Crécy contra el Sr. de Lorthon.
Pedro de Lorthon, secretario del Rey aún ponía dificultades el 8 de junio de 1660 (VIII.305/305). L. Abelly no menciona esta visita de Domingo Séguier a San Lázaro, cuando el Sr. Vicente estaba inmovilizado en su sillón. Omite también la indicación referente a las costumbres epistolares de Vicente, que solía expedir un gran número de cartas los viernes.







