El Señor Portal y los suyos (1855-1926) (24)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Régis Ladous · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1985 · Fuente: Les Éditions du Cerf, Paris.
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Capítulo II: Madame Gallice

Un barrio ordinario

Portal-AJunio de 1906: Octavio Gallice, negociante en vino de Champagne, muere en su palacete del 131 de la calle de Longchamp. No tiene descendencia. Su viuda, Blanca Mauger, de treinta y seis años, se queda sola con veintisiete criados, una dotación de ocho caballos, automóviles, un yate, una quinta en Villers-sur-Mer, un castillo en Thaon, en el Calvados, y el palacete de París, valorado en un millón de francos oro. Nada la puede consolar; quiere morir, se va al Sacré Coeur de Montmartre a pedir la gracia de reunirse con su marido. Al salir de la basílica, lo de morirse se ha terminado ya; se ha comprometido a dedicar su vida y su fortuna a los niños pobres. Y para ella, esto quiere decir: vivir con ellos. Va a encontrase con el abate Marbeau, párroco de Saint-Honoré-d’Eylau, y le pide que le indique el barrio más abandonado de París o de los alrededores. Todos son problemas de elegir; el verano transcurre en búsquedas. Visita Aubervilliers, Pantin, etc., pero sin decidirse. El abate le sugiere entonces Grenelle, que rechaza; el terreno, se entera, está ya ocupado por algunas obras buenas. «Yo quería ir donde no hay nada220». Otros proyectos acaban pronto:

Comenzaba a decirme: pues vaya fastidio, y Mons Marbeau me vuelve a decir:

Bueno ¿no quiere ir un día a ver Grenelle? Cuando digo Grenelle, es mejor dicho Javel.

Oh! a Javel entonces.

Salen pues y encuentran al párroco de Javel haciendo masa. Porque la iglesia está hecha de madera y de yeso, se descascarilla al tocar un poco fuerte la campana Alejandrina.

Damos unos pasos por la calle Sébastien-Mercier y no vemos más que a niños que hormiguean en el riachuelo. Todo son barracas infectas. Mons Marbeau me dice: «Es China. ¿No es esto lo que buscabais?»

Sí, eso era, ella quiere quedarse allí. Pero ¿cómo organizarse para trabajar con eficacia? Les viene de tradición, a la familia Gallice, ayudar a las Hijas de la Caridad. Por testamento, Octavio Gallice les ha dejado cien mil francos, y su viuda remite cada mes tres mil francos a las hermanas de Épernay. Cuando se decide a dedicarse a los niños de Javel, piensa hacerse religiosa. Pero «por miedo a la exaltación» no quiere comprometerse antes de dos años. Asimismo se propone de inmediato «establecer una casa de Hijas de la Caridad, tener cerca un pequeño apartamento y trabajar con ellas entre los pobres». La política decide otra cosa: es imposible conseguir del gobierno la autorización de abrir una nueva casa. «Entonces tampoco hacía falta alojamiento para las hermanas, solamente para mí». En octubre de 1906, deja para siempre la calle de Longchamp y se instala en el 56 de la calle Sébastien-Mercier, la antigua calle Alphonse, en la que se apiñaba un barrio de chabolas, la ciudad de los Mosqueteros, el reino de los traperos, toda una tribu asentada en antiguos arenales.

Un piso hundido por las lluvias y nunca allanado, sino en medio de detritus, chozas levantadas con desechos de madera, con cajas de carricoches y materiales informes […]. De todo este revoltijo salen nubes de pequeños desnutridos, desarrrapados y medio desnudos; se revuelcan con ganas en los montones enormes que crecen con los deshechos del trabajo de sus padres en el que ellos mismos están metidos desde la edad de tres años.

Pero la ciudad de los Mosqueteros y su arteria central, el paso Vignol, no era todo Javel. Con otras categorías residuales, como los hortelanos y los cocheros que aparcaban allí sus fiacres y sus caballos, los traperos formaban la parte pintoresca, canalla, lumpen de un barrio en el que dominaban ya los obreros, los artesanos, toda una pequeña burguesía también (en sus apuntes, la Sra. Gallice cuenta sus altercados con un titular de condecoración civil, que habitaba en Javel –y no era maestro). Javel evolucionó pronto, bajo la doble influencia del plan de urbanismo de 1909 y de la guerra: es en 1915 cuando se decidió la construcción de la fábrica Citroën, en el emplazamiento de antiguas huertas. Las calles se alinearon y pavimentaron, casas de obreros reemplazaron a los tugurios más visibles, la mayor parte de los traperos emigraron al otro lado de las fortificaciones, el plan administrativo y escolar se reforzó.

La Sra. Gallice no esperó la transformación completa del barrio para ocuparse con preferencia de las familias obreras, de las madres de familia que trabajaban en fábricas o en taller. A partir de 1909, fue animada en este sentido por Portal, hijo de una familia pobre en la que se trabajaba mucho para alimentarse y mantener la dignidad. Él no manifestó ninguna ternura particular por los traperos y los apaches, como se decía; cuando hablaba del pueblo, precisaba que no quería decir los mendigos, sino los pobres «por contraposición a los ricos, a los poderosos». No impedía a la Sra. Gallice ocuparse del bajo proletariado, al que llamaba gentilmente el «deshecho del pueblo», pero la arrastró siempre hacia los obreros, hacia «los que trabajan, que viven del trabajo de sus manos». No idealizaba a este pueblo laborioso y regular. Él mismo, de niño, había conocido la necesidad, había visto a su padre agotarse en trabajos duros y repetitivos; esta experiencia le apartó de disertar sobre la condición del pobre, de hablar de su carácter redentor, por ejemplo, como lo hacía a veces el clero social de origen burgués. Evocó de manera calculada «sus virtudes y sus vicios», la grandeza cristiana que representa» y los «tristes deshechos de los que es el residuo222». Ningún gusto, en todo caso, por la novela populachera.

Más sorprende que la Sra. Gallice, que procedía del distrito 16, nunca fue sensible a lo pintoresco canalla del lumpen. Muy pronto, antes incluso de conocer a Portal, adaptó los horarios de su primera fundación, una galería de niños, a las necesidades de las obreras de fábrica. En esto fue conducida por alguien que conocía bien el barrio, un oscuro, heroico, el abate Albert, el cura párroco del lugar. Un heroico, sí. Cuando ella se puso a trabajar, la descristianización del París popular iba acelerándose. Un estudio del canónigo Boulard muestra que de 1900 a 1908, en París, el porcentaje de los recién nacidos no bautizados pasó de 27,1% al 37,9 %, el de los matrimonios civiles del 29 % al 39 %, el de los entierros civiles del 18,7 % al 25,7 %223. En Javel, la Sra. Gallice no necesitó de estadísticas para juzgar la situación tal como se presentaba en 1906:

Centro obrero particularmente hostil y sombrío desde el punto de vista religioso y social […]. Las familias obreras os reciben bien, se sienten felices de que alguien se ocupe de ellas, pero no quieren oír hablar del sacerdote y muy poco de la Iglesia […]. Cantidad de niños no están siquiera bautizados.

Y entre los bautizados, había pocos que no imitaban al cuervo al paso de una sotana. La Sra. Gallice no habla además de un medio indiferente o ignorante, sino más bien de familias antirreligiosas».

La Iglesia católica estaba presente en la forma de una capilla de socorro que dependía de la parroquia Saint-Jean-Baptiste-de-Grenelle. Antiguo profesor en el seminario menor de Notre-Dame-des-Champs, el abate Aubert había llegado a Javel en 1886, justo a tiempo para ver su iglesia expropiada y derribada. Había tenido que transportar el culto a la tienda de un vendedor de vino; los traperos se hacían de cruces: «El Buen Dios, pero si le han puesto en la cantina226». Poco sensible a la eficacia de esta forma de apostolado, el abate Aubert adecentó un cobertizo inservible en el que se habían fabricado productos químicos. Hasta que en 1896 la donación de un terreno en la calle Léontine, más tarde calle Lémoult, le permitió edificar una capilla de madera y yeso, la misma que la Sra. Gallice descubrió en 1906. No había presbiterio; el abate Aubert se alojaba en el subsuelo de la capilla. El 8 de setiembre de 1907, fue erigida en iglesia parroquial, y su encargado se convirtió en el párroco de Saint-Alessandre-de-Javel; ni por esas tuvo derecho a un presbiterio.

[La Sra. Gallice le describe como un hombre] que tenía ideas muy rectas, a pesar de accesos rudos. Nunca le verías regatear, daba sin calcular, pero nunca como acto religioso.

Comenzó por orientar a su nueva parroquiana hacia el hospital Bouccicaut, de allí cerca, y el patronato que llevaba la Srta. de Richemont en el 116 de la calle de Lourmel. Curioso patronato: entre los niños que lo frecuentaban, solamente tres procedían del barrio. Para llegar a los otros, la Sra. Gallice ideó por consejo del abate Aubert un medio muy sencillo, pero que sólo una seglar podía realizar: ofrecer un servicio que responda a una necesidad real, inmediata, y ofrecerlo sin imponer nada a cambio, ni bautismo, ni misa, ni catecismo. A diario, a las 4 de la tarde, los niños que salían de la escuela municipal eran abandonados a su suerte.

En muchos matrimonios, la mujer se ve obligada a trabajar también en la fábrica, o en el taller; de esta forma los niños se encuentran sin atención hasta las siete a la salida de sus padres; por otro lado, además, ¿cómo cuidar de unos niños, numerosos en muchos casos, encerrados en una habitación, amontonados unos sobre otros? En uno y otro caso, a los niños no les queda más que la calle, con todos sus peligros227.

De ahí la idea, no premeditada, de una guardería.

La Sra. Gallice alquiló al lado de su casa, en el 54 de la calle Sébastien-Mercier, una vieja zapatería que daba a un jardincito a modo de patio de recreo, algo desconocido. Se encontraba sola, era mujer y realista: se decidió a no recoger más a niñas. Desde un comienzo, en marzo de 1907, recibió a treinta, desde las 4 hasta as siete los días ordinarios, todo el día los jueves y domingos. «Habrían podido ser 100 o hasta 200, pero no había lugar». El grupo se formó espontáneamente, llagaron por sí mismas, se encargó sin escogerlas de las primeras que se presentaron. Vio que algunas no habían ido nunca a escuela; les pidió que «en adelante fueran y con regularidad». Y fueron para venir a la guardería. Les hacía jugar, danzar, cantar y les contaba cuentos. Introducida en las familias por las pequeñas que querían mostrar a la «señora de la guardería», se puso a cuidar a los ancianos, a los enfermos, a las embarazadas.; allí donde la madre estaba ausente o impedida, hacía las compras y las labores, lavaba la vajilla. Según la tradición de las conferencias de San Vicente de Paúl, se puso a distribuir bonos de pan, de leche, de carne, de carbón, de ropas.

De ninguna manera ocultaba que era cristiana, y no rehuía un poco de controversia con los que despreciaban los santos misterios, como este mozalbete que la interpela un día:

¿Y vos creéis en el Buen Dios? Pues no existe. Para lograr convencerle de lo contrario, tuvimos una conversación sobre la creación.

Pero si ella declaraba su fe, su guardería funcionaba en una rigurosa neutralidad; no sólo no imponía nada, sino que se negaba a dar el catecismo, incluso a los niños cuyos padres se lo pedían.

Su silueta robusta, con el enorme paraguas que abría no para protegerse de la lluvia sino de los perros más agresivos, se hizo pronto familiar a todo Javel. Una vez, un hombre que simulaba estar enfermo trató de llevarla a un hotel de mala fama; una vez o dos, unos apaches, como decía ella, intentaron forzar su puerta.

Después de lo cual, he tenido de entre ellos a gente que han dicho que nadie me tocaría […]. Me ocupaba de ellos. Iba a cuidarlos y, en ellos, hay algo hermoso y bueno.

Todo el mundo acabó por saludar educadamente a esta dama de hierro que, más tarde, dictó como quien dicta recetas de cocina consejos prácticos para no dejarse violar o asesinar. Y el primero es éste: evitar toda conducta que sea «un insulto a la miseria». Poco a poco se fue dando cuenta de que el peor insulto y quizás el más frecuente consistía en robar a los pobres, y que el primer fin de la caridad era fundar la justicia.

Me había parecido bien organizar una asistencia mediante el trabajo de 12 a 15 mujeres. Algo me había impresionado: la tara de la sociedad con respecto al trabajo de las mujeres. Veía trabajar a mujeres dice o quince horas por 20 o 25 perras chicas al día.

Primera reacción, conforme a la tradición de las obras católicas: creó un pequeño obrador que trabajaba para el vestuario de la guardería y también para los amigos. Ella quiso ampliarlo más y lo dio a conocer, lo que tuvo por efecto atraer a un primer tiburón, un fabricante que se declaró dispuesto a comprarle todo lo que ella quisiera, a condición naturalmente de que bajara sus precios. Él no pedía mucho, por otra parte, visto de arriba, una reducción de unos céntimos por artículos.

Pues bien, no lo acepté. Habría podido hacerlo y darles a las obreras un precio superior completado con mi dinero, pero no hay derecho a incitar al robo en primer lugar, ya que esto es un robo, y luego a favorecer un mal que tiene repercusiones en toda la sociedad.

La Sra. Gallice descubrió entonces por qué las damas de trabajo y las religiosas eran tan cordialmente odiadas en Javel:

En los obradores se tiende a rebajar el precio del trabajo. Se ha censurado a ciertas comunidades haber aceptado un empleo por debajo del precio necesario para vivir. Creyeron obrar bien al decir: Tenemos una casa organizada, ya llegaremos. Pero no se dan cuenta de que a las mujeres pobres no les alcanza.

De ahí esta conclusión que determinó su manera de actuar hasta el final, pero que la aisló de su medio de origen y le hizo perder a sus amigas:

Nunca deben los cristianos mezclarse lo más mínimo en cosas injustas. Por lo que hace a las jóvenes, acordaos de que hay que actuar siempre con justicia.

Esta experiencia y otras parecidas la orientaron hacia los sindicatos femeninos de la calle de la Abbaye. Aquí fue donde se encontró con Portal.

El encuentro

La Sra. Gallice se encontró con Portal el 19 de abril de 1907, seis meses después de instalarse en Javel. Ya había dado a su obra una orientación decisiva; había salido de la prueba que se había impuesto: ella que se temía no ser más que una exaltada se había dado cuenta sobre el terreno de que sabía ocuparse de los niños y soportar un cambio de vida radical. Pero el porvenir le resultaba incierto. ¿Debía entrar en las Hijas de la Caridad como lo había planeado? ¿debía seguir de seglar, y desarrollar la obra comenzada? Pero entonces debería reclutar a colaboradoras, lo que no le parecía cosa fácil. Sintió la necesidad de ver a un sacerdote de juicio imparcial. No quería ni recurrir al abate Aubert, que la insistiría con toda seguridad en continuar, ni a un lazarista que, sin duda, la orientaría sin pensárselo mucho hacia las Hijas de la Caridad. Mientras buscaba a un director que supiera aclararle las cosas, se puso a buscar a un sacerdote que pudiera venir a Javel, por la semana, a decir una misa a las ocho de la mañana. No resultando fácil atraer una sotana a un barrio tan refractario, se dirigió a una especialista en el clero social, una Hija de la Caridad que había fundado, en 1902, en el 14 de la calle de la Abbaye, los primeros sindicatos femeninos católicos, la hermana Milcent.

En 1907, La Unión central de los sindicatos profesionales femeninos se hallaba instalada en el nº 3 de la misma calle, en una dependencia de la casa de las hermanas de San Vicente de Paúl. Comprendía cinco profesiones: las maestras, las empleadas, las modistas, las criadas y las enfermeras. Ponía a disposición de sus adeptas un servicio de colocación, cursos profesionales, una cooperativa de compras, una sociedad de mutua ayuda, una caja de retiro y una comisión de estudios que iniciaba a las sindicadas en lo tocante al trabajo de las mujeres. Allí es donde había acudido ella en busca de consejo para organizar su taller de ayuda por el trabajo.

Cuando pidió a la hermana Milcent que le indicara un sacerdote que tuviera a bien venir a decir una misa suplementaria en Javel, ésta le dio la dirección de Portal. Para los sindicalistas de la calle de la Abbaye, Portal era ante todo el profesional de las obras sociales femeninas, el lazarista que atendía tres o cuatro casas de hermanas de San Vicente de Paúl, religiosas cuya vocación primera era la ayuda a los pobres y a los enfermos. Era también aquel director de revista que, en los Petites Annales, entre 1899 y 1903, había publicado estudios sobre las escuelas profesionales femeninas, la enseñanza doméstica, la Unión mutualista de las mujeres de Francia, la organización del oficio de enfermera, la obra de las ciegas, los patronatos de jóvenes, las conferencias femeninas para el auxilio de los indigentes, la obra católica internacional para la protección de la joven, el alojamiento de las jóvenes obreras, etc., todo obra en la que estaban comprometidas las Hijas de la Caridad.

Portal era por fin el director de retiros, el predicador, el conferenciante que se ocupaba personalmente de la formación de las militantes cristianas. En 1926, un artículo necrológico publicado en la Ruche syndicale, órgano mensual de la Unión de los sindicatos profesionales de la Abbaye, evocó la acción de «un amigo de primera hora, el Señor Portal»:

Los sindicatos femeninos en un principio, también la enseñanza doméstica tuvieron toda su dedicación, todo su afecto […]. Fue en la apertura misma del curso normal de enseñanza doméstica de la Abbaye cuando le oímos por primera vez […]. Después le oímos a menudo, nosotras sobre todo, las maestras. Muy preocupado por nuestras formación intelectual, nos traía profesores, y qué profesores! El Señor abate Calvet, el Señor Max Turmann fueron los primeros y dieron el tono a nuestros cursos profesionales […]. Luego, en nuestras reuniones mensuales, el Señor Portal venía a charlar de su gran obra, la reunión de las iglesias, o nos daba la nota justa, verdaderamente sacerdotal sobre los sucesos que pasaban y terminaron tristemente en la persecución de la Iglesia. Sin dejar de esperar en la Francia católica, ni siquiera en el momento del combismo y de la separación, nos anunciaba su despertar futuro […]. Le debemos mucho.

En los Petites Annales, hizo Portal el elogio de las reuniones sindicales a las que asistió; se felicitó por su «libertad», por su «sencillez», por su «cordialidad verdaderamente fraterna»; comprometió a «todas las mujeres cristianas pertenecientes a una de las profesiones que comprenden los sindicatos a adherirse a ellos»; publicó ofertas de empleo cedidas por el servicio de colocación de la Abbaye; nunca dejó de hacer propaganda por el «excelente y muy próspero Sindicato de los empleados del comercio y de la industria» de la calle de los Petits-Carreaux, una de las ramas masculinas de lo que vendrá a ser, después de la guerra, la C.F.T.C. Con ello Portal aprobó y apoyó con todas sus fuerzas todo el sindicalismo cristiano.

Unirse porque tenemos las mismas ocupaciones, los mismos intereses, las mismas necesidades, porque perseguimos el mismo fin, es una idea muy natural. Buscar juntos los medios de perfeccionarse en su profesión, de mejorar las condiciones de trabajo, prever las eventualidades dela enfermedad y asegurarse el porvenir, es necesariamente una idea fecunda. Entenderse de esta manera porque queremos, ayudándonos unos a otros con espíritu de concordia y caridad, convertirnos, gracias a esta ayuda mutua, en una fuerza social al servicio de Dios, es con toda seguridad una idea cristiana.

Fue un sacerdote que se interesaba por todas lasa formas de asociación, y que lo hacía porque reflexionaba sobre las condiciones nuevas de la misión, que encontró la Sra. Gallice el 19 de abril de 1907.

Pero ese día ella ignoraba todavía con quién tenía que tratar. Preguntó al S. Superior sin saber de quién podía ser superior. La hermana Milcent no había sido precisamente pródiga en detalles. Portal recibió a la desconocida entre dos puertas, intentó desentenderse. «Bueno, si tenéis a bien darme vuestro nombre y dirección, ya veré y os avisaré si encuentro a alguien». Y la Sra. Gallice dio su nombre. En 1897, Portal había enseñado en Champaña; conocía a la familia Gallice y su situación; ella había pagado, según se decía, con su propio peculio la construcción del ayuntamiento de Épernay, y siempre uno de sus miembros formaba en los consejos de Mons el obispo de Châlons. Era más que sorprendente que una Gallice viviera en Javel. Portal esperó un rato, hizo hablar a la visitante. Algunos días después, le escribía para pedirle que volviera por el Cherche-Midi.

Me ve con aspecto cansado. Hace tres semanas , me dice, yo habría tenido una joven para ayudaros. En nuestra conversación, le digo que querría trabajar según el espíritu de san Vicente. Ignoraba del todo que se trataba de un lazarista. Me habla admirablemente de san Vicente de Paúl y me pregunta si he leído su vida. Me da algunas indicaciones de lectura. Me voy despidiéndome de él.

La Sra. Gallice no pensaba más que en el retiro durante el cual decidiría cómo emplear su vida. Un padre jesuita que había escogido como director –sin entusiasmo- la esperaba en la calle Jean-Goujon. Cuando va a salir, recibe unas letras de Portal, las lee, cambia de parecer, va al Cherche-Midi, donde la espera Portal. «Me recibe, me señala los libros de lectura. Yo con mis ideas, él con las suyas. Nos hallamos algo desconcertados, los dos, al ver que en no pocos puntos estamos de acuerdo». Después de dos cartas y dos visitas en vano, acaban por verse.

Hostil a la idea de Iglesia como contra-sociedad, Portal llevaba mucho tiempo negándose, desde Châlons al parecer, a denunciar la escuela pública.

En lugar de atacarse desconsideradamente, quería que se intentara más bien conocerse, para completarse cuando fuera posible.

El cierre de los establecimientos de las congregaciones, bajo el ministerio de Combes, le persuadió que era urgente crear, «junto a las escuelas laicas», obras cristianas para completar la acción pedagógica. «Sólo ellas pueden permitirnos guardar el contacto con los niños y continuar con ellos nuestro apostolado cristiano231». La Sra. Gallice no hacía otra cosa; la guardería de Javel, que acogía a los niños a la salida de la escuela municipal, pertenecía a un tipo de obra a la que Portal daba la máxima importancia. Por otra parte esta misión de servicio y testimonio llevada a cabo por una seglar en una zona antirreligiosa realizaba de manera ejemplar la idea que se formaba del apostolado: no hay ya cristiandad que preservar, sino un mundo extraño al cristianismo y al que conviene comenzar por acoger y por servir antes de pensar en llevarle el Evangelio. La Sra. Gallice era el manifiesto de 1905 aplicado a los medios populares, y más particularmente a los extraños.

Añádase que Portal tenía un maestro, al Señor Vicente, y que desde 1900, en los Anales, insistía en la necesidad de crear nuevas comunidades, «agrupaciones» según el espíritu del Señor Vicente, comunidades de mujeres en particular, comunidades de laicos, algo como las hermanas de Caridad antes de tomar el hábito y de transformarse en congregación religiosa232. Los Anales se ocuparon mucho de Luisa de Marillac y de sus sirvientes de los pobres; el Señor Vicente quería que fueran sin uniforme, sin velo, sin votos solemnes, que no tuvieran por monasterio más que las casas de los enfermos, por celda una habitación de alquiler, por capilla la iglesia parroquial, por claustro las calles de las ciudades. La Sra. Gallice renovaba a Luisa de Marillac y ofrecía a Portal el medio de aplicar sin trabas las primeras intuiciones de su maestro espiritual.

Traía también el escándalo, la revelación de un escándalo, exactamente como lo había hecho Lord Halifax diecisiete años antes; a su vez, ella llegó a sacar a Portal de cierto confort. Bien sabía él que no lejos de allí existían zonas de pobreza en las que la Iglesia era maldita y los sacerdotes insultados, como sabía antes de 1890 que los cristianos se encontraban separados en comuniones rivales. Pero él lo soportaba, como lo soportaban la mayor parte del clero, sin hacer nada concreto para tratar de remediarlo. Cuando iba a la calle de la Abbaye, se quedaba en ambiente católico, y si hablaba de misión en ambiente popular, él mismo no iba a él.

La idea de que Francia era un país de misión estaba en todas partes, era un tema de moda, un lugar común de la pastoral. Para referirnos a los amigos de Portal, citemos al abate Naudet que escribe ya en 1893 en la Justice sociale: «Se ha de tratar a Francia, al menos en su mayor parte, y sobre todo las ciudades, como un país de misión». A Fonsegrive, que hace decir en 1894 a su Curé de campagne: «Soy un verdadero misionero en un país infiel». Al abate Boyreau, que escribe en 1899 en su Courrier du rosaire: «Nos hemos de ocupar por fin de esta China que rodea a París y que cuenta con cerca de dos millones de habitantes […]. Hay que hacerlo todo». El cardenal Richard mismo calificó en repetidas ocasiones a su diócesis de «país de misión». La persecución combista aceleró la toma de conciencia, lo mismo que la separación que pareció abrir para la Iglesia una ocasión apostólica nueva. En La Quinzaine del 1º de mayo y 1º de junio saludó el abate Hemmer la desaparición del cura funcionario en una perspectiva misionera. Por entonces mismo, en la Justice sociale, Mons Boeglin designó a los sacerdotes empobrecidos pero liberados su nuevo campo de acción:

Alrededor de París se extiende una China inmensa en la que el utillaje de las parroquias no cambia desde 1820 […]. El ejercicio poco razonable del Concordato[ha hecho] hace abandonar dominios abiertos recientemente en los que crece literalmente un pueblo pagano, salvaje.

Al leer estos artículos y otros muchos más, se podría creer que, dos años más tarde, en la calle Sébastien-Mercier ha sido ocupada por los roturadores, los apóstoles, los constructores de iglesias, los suscritos a La Quinzaine y a la Justice social, los sillonistas, o también aquellos sacerdotes que, en Bourges, en 1900, meditaron sobre sus responsabilidades nuevas. A todo esto ¿qué aprende Portal? Aprende que en Javel, en pleno París, a unos minutos de su casa, no hay ninguna obra cristiana, aparte de un patronato que significa bien poca cosa; no hay iglesia, ya que no se puede llamar iglesia al edificio de madera y de yeso que sirve de capilla de socorro; no hay equipo misionero, sino un sacerdote abandonado que amasa él mismo el yeso para revocar un campanario que se descascarilla; y por todas partes niños que no han oído nunca hablar de Cristo. Y ¿quién viene a contárselo? Una mujer que no es una especialista en las técnicas misioneras, que no es enviada de nadie, que ha emprendido una iniciativa que no ha sabido tomar ninguna de las cabezas pensantes del clero parisino; una mujer sola, millonaria sin duda, pero a quien nadie ha querido seguir cuando ha escogido darse a sí misma antes que dar su dinero.

Colocado frente al escándalo, Portal no quiso estar menos accesible que los «apaches» que hacían decir a la Sra. Gallice que nadie la tocaría. Más tarde, en una instrucción a la comunidad de Javel, acercó él mismo su reacción a la de la gente del barrio:

Cuando la Sra. Gallice llegó aquí, la impresión que produjo era ésta, no se puede dejar a esa mujer sola, no se la puede abandonar, perseguir, eso ha significado mucho. Yo tenía en ese momento más trabajo de lo que podía llevar, y con todo pensé: no se la puede dejar, hay que ocuparse de ella y de su obra.

Según su costumbre dejó que las cosas siguieran su curso. Hicieron falta todavía varias visitas a la Sra. Gallice antes de decidir que Portal fuera su director.

No me presiona, pero me voy informando y me dicen que se trata de un sacerdote de mucho valer, superior de un seminario, etc. Vuelvo a verlo. Me parece que las cosas son tan providenciales que le pregunto si quiere dirigirme

Fue cuando Portal le dijo que era lazarista y que ella no debía sobre todo entrar en las Hijas de la Caridad. «Eso me parece extraordinario. Hago mis ejercicios con él». El 16 de mayo de 1907, en la capilla de la calle de Sèvres, se comprometió a continuar la obra emprendida.

Ya no le quedaba otra cosa al hijo del zapatero de las Cévennes que descubrir la pobre zapatería donde la Sra. Gallice se había instalado.

La primera vez que llegó a la pequeña guardería, yo estaba jugando al corro con los niños, y el Padre las encontró interesantes y afectuosas. [Él] vio que yo debía continuar ganándomelas por el cariño, ello daba buenos resultados. El Padre se dio cuenta de lo que era este barrio.

En adelante, y hasta su muerte, fue tres o cuatro veces por semana.

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