El P. André Dodin habla sobre «actualidad de los estudios vicencianos» (1965)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: JM Ibáñez Burgos · Fuente: Anales españoles, 1965.
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Del 10 al 13 de marzo el P. A. Dodin, de nuestra Casa de Pa­rís, acompañado del P. Buhigas, de nuestra Casa de Dax, dio en nuestro Seminario de Salamanca un cursillo de cinco conferen­cias sobre la persona, obra y espiritualidad de San Vicente y so­bre la imagen que de él nos han transmitido sus biógrafos.

E! P. A. Dodin, C. M., Profesor de Filosofía y Espiritualidad en el Instituto Católico de París, Profesor en la Sorbona de la Literatura del siglo XVII, nos ha descubierto un poco la necesi­dad e importancia de los estudios vicencianos.

Sus primeras palabras fueron de abertura y de sinceridad, afir­mando que «todos tenemos necesidad del corazón de los demás».

Señaló que el fin de estas conferencias era indicar que esta­ba a nuestra disposición en su trabajo y en sus hallazgos e in­vitarnos a trabajar en el estudio de San Vicente para poder pro­poner su doctrina y su «prudencia».

Precisó que San Vicente no es exclusivo de ninguna nación. Primero, por ser católico y, además, porque su doctrina y espi­ritualidad están en el ambiente de la espiritualidad del mundo de hoy.

NECESIDAD DE LOS ESTUDIOS VICENCIANOS

La necesidad de los estudios vicencianos está orientada y exi­gida por lo que existe. Nuestro estudio debe descubrirnos todos los elementos que nos permitan ver la acción de San Vicente en el catolicismo europeo. Es sintomático que una personalidad como el P Dodin, consagrada toda su vida a los estudios del siglo XVII francés, miembro de la Asociación de Port-Royal, en contacto fecundo y amistoso con Orcibal, Cognet y otros intelectuales fran­ceses, nos llegue a afirmar que hay que volver a buscar, volver a estudiar a San Vicente.

«El mensaje de San Vicente, afirmó, no se ha agotado. Tie­ne resortes vitales para la vida católica y para la acción apos­tólica del mundo de hoy.» Hay en San Vicente muchas cosas que estudiar, muchos aspectos que tratar en relación con la litera­tura general del siglo XVII, en relación con la vida religiosa de hoy: doctrina actual del «pobre», misiones, Jesucristo, caridad, actividad, espiritualidad, etc.

«Los cohermanos españoles, afirmó, pueden juzgar y actuar en los estudios vicencianos. Están en buenas condiciones por su «tem­peramento metódico, estudioso, profundo». Pueden profundizar en la psicología vicenciana por el ambiente espiritual de los grandes clásicos españoles y porque el catolicismo español es bueno y generoso.»

PERSONALIDAD DE SAN VICENTE

La personalidad depende de una serie de cualidades que ca­racterizan a una persona. En San Vicente encontramos una «se­riedad» y una «generosidad» sin condiciones. La «fidelidad a sus amigos» es incondicional. Es interesante tener en cuenta esta cua­lidad a la hora de juzgar la actitud y las relaciones de San Vi­cente con Saint Cyran. Esta fidelidad a sus amigos es una de las grandes cualidades vicencianas y una de las más características, quizá un poco olvidada. Posee un gran «sentimiento de vida religiosa» y es un «sacerdote que siente la necesidad de los demás». A estas cualidades se debe añadir una gran «habilidad para con­seguir beneficios»: No olvidemos que firmaba dos contratos por semana y regía «la diligencias» o líneas de transporte.

En medio de la vida religiosa del siglo XVII supo ser un es­piritual y un «tremendo financiero». No existe en San Vicente un iluminismo. Fue un hombre de una «gran espiritualidad», con efectos muy: concretos, y un «hombre activo», ordenando toda su acción—y a veces estas acciones son financieras—a construir una vida cristiana en un ambiente, con frecuencia escandaloso, del si­glo XVII. No se debe olvidar que San Vicente sitúa una época y está situado en ella.

FUENTES PARA CONOCER A SAN VICENTE

San Vicente es mal conocido y, por consiguiente, mal inter­pretado.

Las fuentes para conocer a San Vicente son las Reglas Co­munes de la Congregación, sus cartas, conferencias, sermones, grandes consejos y textos. Los documentos son las fuentes más serias para conocer a San Vicente. Es de lo mejor para enten­der la doctrina de la espiritualidad vicenciana. Es cierto que hubo un tiempo en que ciento diez notarios entregaron un número ex­traordinario de documentos y fichas, pero «entregaron lo que les estorbaba».

No se debe olvidar que las cartas y documentos consultados por sus biógrafos, incluido el P. Coste, son una parte mínima de toda la obra de San Vicente. A esto se debe añadir que actual­mente se encuentran dos cartas por año, y se debe tener en cuen­ta que hasta ahora no se ha permitido, ni actualmente se per­mite, consultar los archivos de las religiosas de la Visitación, don­de encontraríamos cosas de gran importancia en cantidad y ca­lidad para conocer la espiritualidad y actividad de San Vicente.

Después de hacer con toda precisión y objetividad histórica, cosa que agradecemos, la crítica de las biografías y estudios par­ticulares de San Vicente, el P. Dodin llega a una conclusión que sólo él y algún otro podría hacer: «No tenemos verdadera bio­grafía de San Vicente. Las que tenemos son sin vida y a lo sumo nos dan una estatua.» No hizo esta afirmación gratuitamente. La probó con todo rigor «histórico» y «psicológico», según la concep­ción actual de la historia.

Hemos de tener cuidado para no dejarnos llevar de un roman­ticismo al estudiar a San Vicente ni debemos atribuirle toda la accion caritativa del siglo XVII. Cierto que muchísimas de las acciones caritativas de este siglo se le deben, pero estas mismas acciones no deben ser deformadas. Molestaría mucho esta orien­tación. El valor de la obra vicenciana se fundamenta y se cons­truye por su realidad, y por esta misma realidad se vigoriza y crece.

Para estudiar a San Vicente debernos tener en cuenta no so­lamente sus escritos, sino también sus experiencias y expresiones y juzgar todo esto con un gran sentido crítico.

Si nos dejáramos guiar solamente por su vida, llegaríamos a la conclusión de juzgar a San Vicente como «un genio práctico», un pragmatista, un hombre de acción práctica.

Si nos lanzáramos a leer sus cartas nos encontraríamos con una «figura muy agustiniana»: un doctor del pensamiento, «un director de conciencia rígido». Esta lectura nos daría un San Vi­cente «carente de vitalidad» y se nos presentaría como un «doc­tor de la mortificación».

Tenemos que prescindir de un literalismo y de un archivismo para estudiar a San Vicente, porque San Vicente es un «hom­bre de acción caritativa» y «espiritualista». De otra manera Bos­suet «no hubiera sido su admirador».

Estudiando de esta manera a San Vicente se le ha podido in­troducir en los Inventarios de la Espiritualidad Francesa, reali­zados durante los años 1950-1960, cosa que hemos de agradecer al Padre Dodin.

NUESTRA RESPONSABILIDAD ACTUAL

La responsabilidad de nuestro deber es grave.» «Tenemos que volver a San Vicente y conseguir una tradición, que no debe ser una repetición, sino una creación continua.» Ser fiel a San Vi­cente no es sólo mirarle y contemplar su acción, sino hacerle pre­sente en nosotros y en nuestras obras. Hemos de tener de Cris­to el sentido que de Él tuvo San Vicente: no sólo mirar a Cris­to, sino darle una humanidad hoy, hacer continuar en los hom­bres, en nosotros, la misión de Jesucristo, como se afirma en las Reglas Comunes.

La actitud de San Vicente ha sido magníficamente caracteri­zada por la «magnitud», por la «buena acogida» que demostró a todos, nunca cerró la puerta a nadie; por su «sensibilidad», nun­ca se acostumbró al dolor, al sufrimiento, cada caso era algo nue­vo para él. Por eso su «caridad» no fue estática, sino dinámica, y sintió la «misericordia» en el verdadero sentido de la palabra. El sentido de la caridad vicenciana es amar a todos. Su acción fue motivada por una caridad permanente, llena de humildad. Nosotros tenemos que hacer lo mismo, no para «pregonárselo al mundo de hoy, sino para susurrárselo».

DE CARA A UN FUTURO

Hemos de saber desprendernos de un egoísmo. Debemos te­ner una caridad profética, «viviendo en un presente que prepare el futuro». La fidelidad a San Vicente debe ser una abertura al presente y esperar el futuro después de nuestra actuación, de Dios, no de los hombres. La actitud y actividad vicenciana se distingue por su carácter dinámico-escatológico.

DIFERENTES ASPECTOS DE SAN VICENTE

Podemos plantearnos una cuestión: ¿Hay una espiritualidad vicenciana? Hoy es el tema que más se estudia en San Vicente. Los hallazgos han sido buenos. En realidad esta pregunta res­ponde a otra cuestión: ¿Los miembros de la C. M. tienen una función particular en la Iglesia? ¿Es que cada uno de los miem­bros somos responsables de San Vicente? La verdadera respues­ta es que debemos llenarnos del espíritu vicenciano, por ser in­termediarios de esta realidad y de esta espiritualidad en nuestra vida configurada con Cristo y en Cristo. La actitud de San Vi­cente, en orden a Cristo, es el fundamento que debe crear en nosotros una relación a Cristo a través de San Vicente, en nues­tra acción y en nuestra espiritualidad.

CARACTERISTICAS DE ESTA ESPIRITUALIDAD

En los grandes hombres espirituales vemos con frecuencia una idea central, original, a través de la cual todo se explica y se construye.

En San Vicente no podemos afirmar lo mismo. Hay en él tres grandes líneas de pensamiento. Esta complejidad es lo que ha demostrado que no es fácil estudiar a San Vicente.

I. PERSPECTIVA SINÓPTICA. En la perspectiva de los Evangelios sinópticos, San Vicente descubre, como función ca­racterística de Cristo, un «sentido mesiánico y dinámico», según el C IV, vv. 18-19 de San Lucas, citando a Isaías: «El Espíritu Santo está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los po­bres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los opri­midos; para anunciar un año de gracia del Señor.»

San Vicente sacará de aquí una línea de su pensamiento, una orientación «dinámica» y «mesiánica», la acción salvadora de Cristo, Esta línea origina, atrae y lanza una doctrina y una ac­ción hacia «los pobres».

Para San Vicente los pobres son los privilegiados de Cristo, de la iglesia. Los pobres son los privilegiados de Cristo para la cons­titución de su Cuerpo Místico; es en ellos donde se manifiesta con predilección la figura de Cristo. En los pobres se manifiesta el Cristo místico, sufriente y presente hasta el fin de los tiempos. En San Mateo, 25, 34-45, leemos: «Entonces (el día del juicio) dirá el Rey (Cristo) a los que están a su derecha: Venid, benditos de mi Padre; tomad posesión del reino preparado para vosotros des­de la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer… En verdad os digo, les dirá el Rey, que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a Mí me lo hicisteis…»

En la tentación que San Vicente tuvo contra la fe, saca una consecuencia: entregarse al servicio de los pobres. En esta deci­sión aparece la línea del pensamiento vicenciano: «el Cristo me­siánico». La experiencia de estos tres o cuatro años, que dura esta tentación, hace que San Vicente adopte una actitud, y esta duda queda resuelta en la «caridad», en el servicio a los pobres.

II. SAN VICENTE QUIERE LLENAR EL ESPIRITU DE LA MISION DEL ESPIRITU DE CRISTO. Es esta otra línea del pen­samiento vicenciano. Esta idea está desarrollada en las once grandes conferencias del final de la vida de San Vicente.

Es cierto que somos revestidos de Cristo por el bautismo, se­gún la expresión de San Pablo. En cuanto miembros de la Con­gregación debemos «revestirnos psicológicamente», en nuestra vida, de este espíritu, para realizar las obras de la Congregación y rea­lizarlas como obras de Cristo, de tal manera que Cristo pueda hacerlas suyas moralmente.

San Vicente progresó psicológicamente en el espíritu de Cristo.

¿Qué es para San Vicente el espíritu de Jesucristo?

El contenido que San Vicente da a esta expresión es de origen joánico, agustiniano y beruliano. Quizá, afirmó el P. Dodin, sea esto lo único que queda en San Vicente de Berulle, y en lo cual es discípulo.

El espíritu de Jesucristo es espíritu de caridad perfecta. San Vicente juzga esta caridad perfecta a través de Cristo en el amor al Padre. Cristo ha encarnado esta caridad en su humanidad. Este espíritu se opone al espíritu del mundo del que nos habla San Juan en su Evangelio. San Vicente presenta esta caridad de un modo práctico.

III. DISCERNIMIENTO DE LA VOLUNTAD DE DIOS. La ter­cera línea del pensamiento de San Vicente, y que completa la es­piritualidad vicenciana, es el discernimiento y sentido de la vo­luntad de Dios.

San Vicente modifica la doctrina de su maestro Benoit de Cánfiéld: Ha leído la célebre obra de este Capuchino inglés, titu­lada. «La Regla de perfección reducida al único punto de la yo- Juntad de Dios», obra compuesta antes de 1593, pero que no fue impresa y traducida en Francia y en París hasta 1609.

San Vicente resume esta doctrina en las Reglas Comunes (cap. 2, pár. 3.»), y sobre todo en una de sus conferencias. San Vicente no adopta toda la toda la doctrina del maestro Capuchi­no. Lo que hace es clasificar las expresiones de la voluntad de Dios bajo tres criterios objetivos relacionadas con tres disposi­ciones:

1. Las cosas mandadas.–Principio de obediencia.

2. Las cosas indiferentes.—Principio de mortificación.

3. Las cosas indiferentes, ni agradables ni desagradables, y las cosas imprevistas.—Principio de abandono en la Providencia.

San Vicente fija inmediatamente el «motivo» que debe soste­ner esta actividad en unión con Dios: «Hacer todas estas cosas por el único motivo de cumplir el divino beneplácito, y para imi­tar en cuanto esté de nuestra parte a Jesucristo, el cual cum­plió siempre todas las cosas por tan nobilísimo fin, según lo dijo El mismo: «Hago siempre las cosas que agradan a mi Padre.» ¿Es necesario recordar que San Vicente sobresalía en el ejercicio de esta sabiduría práctica?

El libro de Benoit de Canfield estudia la humanidad de Cris­to en orden a la voluntad del Padre. Este libro, de gran valor, in­fluyó mucho en los grandes espirituales contemporáneos de San Vicente. Todo espiritual del tiempo de San Vicente que ha que­rido seguir a Cristo influenciado por este autor ha sido violen­tado extremadamente (Berulle, Saint Cyran, etc.).

San Vicente recuerda la letra y hace permanecer el valor de estas expresiones. El valor de San Vicente está en lo «profético» que da a este autor, en la transformación que hace de él. Por eso en los escritos vicencianos no se da esta violencia. San Vicente ha canalizado estas expresiones y ha podido afirmar que la unión con la voluntad divina «llena de Dios, reviste del espíritu de Je­sucristo y se transparenta en todas las actividades». En la prác­tica de la voluntad de Dios, San Vicente consigue la llave de su síntesis espiritual. Une en ellas sus dos preocupaciones: llevar a cabo la obra de Jesucristo revistiéndose de su espíritu y ajustar la «prudencia», que guía la acción según la conducta de la divi­na Providencia.

José M. IBAÑEZ BURGOS

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