20º Domingo de T.O. (reflexión de Ross Reyes Dizon)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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Autor: Rosalino Dizon Reyes .
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Daos cuenta de lo que el Señor quiere (Ef 5, 17)

Jesús nos invita a una vida escandalosa, la cual, sin embargo, garantiza la verdadera vida y la resurrección.

Jesús no endulza su enseñanza ante los murmuradores que disputan entre sí : «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?».  Echando leña al fuego, les advierte: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros».

Así es el Maestro sublime. No deja de desafiarnos a superar nuestros temores, nuestras repugnancias, nuestra inexperiencia, nuestra imprudencia, nuestro aturdimiento. Busca para nosotros la madurez. Nos llama al banquete de la Sabiduría, para que no nos contentemos con el pan que no da vida eterna ni con el vino que lleva al libertinaje.

Insiste más bien en su carne como verdadera comida, y en su sangre como verdadera bebida. Quiere que nosotros, alimentándonos de él, nos asimilemos a la divinidad que en él se ha hecho carne y se ha asimilado a nuestra humanidad. Sí, Jesús se empeña en instarnos a entrar en la comunión divina que su encarnación ha hecho posible.

Y tal persistencia quizás es su modo también de proclamarse pan y vino, frutos no solo de la tierra sino también del trabajo humano; quienes los toman efectivamente se comen y se beben a todos los obreros que por cuyos esfuerzos hay pan y vino. Con toda razón nos recuerda, pues, san Vicente de Paúl que «vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres», que el pan que comemos nos «viene del trabajo de los pobres» (SV.ES XI:120). Así que la comunión divina promovida por el que ha acampado entre nosotros es humana también, y por eso, no es gnóstica.

A esta comunión se refiere Jesús al decir a continuación: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que come vivirá por mí». Queda claro que lo que da garantía de la vida eterna y la resurrección es esta solidaridad.

Solidarios con los más humildes hermanos y hermanas del que más trabajó para darnos el pan de la vida, y alimentándonos así de verdad de su carne y su sangre, seguramente herederemos el Reino y viviremos para siempre.

Concédenos, Señor, a los que comulgamos consumirnos todo entero por el bien de los demás.

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