{"id":9720,"date":"2015-06-04T05:21:03","date_gmt":"2015-06-04T03:21:03","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/02\/01\/el-catolicismo-en-la-francia-clasica-prologo-e-introduccion\/"},"modified":"2016-07-26T16:58:12","modified_gmt":"2016-07-26T14:58:12","slug":"el-catolicismo-en-la-francia-clasica-prologo-e-introduccion","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/el-catolicismo-en-la-francia-clasica-prologo-e-introduccion\/","title":{"rendered":"El catolicismo en la Francia cl\u00e1sica. 00. Pr\u00f3logo e introducci\u00f3n"},"content":{"rendered":"<h2>Pr\u00f3logo<\/h2>\n<p><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2012\/01\/paris_clasico.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-medium wp-image-61580\" title=\"paris_clasico\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2012\/01\/paris_clasico-300x243.jpg?resize=300%2C243\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"243\" \/><\/a>El presente volumen responde a un fin did\u00e1ctico: va dirigido a los estudiantes de la historia moderna o a los que, en un plazo m\u00e1s o menos largo, planean una especializaci\u00f3n en las ciencias religiosas. Estos objetivos se han tenido presentes en la econom\u00eda general de la obra. Por razones de claridad, nos hemos esforzado en ordenar los acontecimientos en grandes temas, antes que tratar de abarcar las etapas sucesivas de una evoluci\u00f3n de conjunto. Los \u00abmomentos\u00bb de la evoluci\u00f3n se encuentran en el interior de cada cap\u00edtulo. Los mismos imperativos pr\u00e1cticos nos han llevado a limitarnos a los problemas del catolicismo y a tratar los del protestantismo tan s\u00f3lo indirectamente\u00a0 &#8211; que ha sido objeto de un estudio espec\u00edfico en esta colecci\u00f3n-\u00a0 aunque corrientes originales del siglo, como la afici\u00f3n a la teolog\u00eda positiva o al esp\u00edritu cristoc\u00e9ntrico, hayan prevalecido en una y otra de las dos familias espirituales, tendentes quiz\u00e1 hacia un cierto irenismo pragm\u00e1tico. Constituyendo el impulso del coraz\u00f3n y la adhesi\u00f3n del esp\u00edritu la esencia de toda religi\u00f3n, la obra se fija en particular en las manifestaciones de la \u00abvida religiosa\u00bb, o sea, en las opciones intelectuales y espirituales, en los comportamientos pr\u00e1cticos y morales. Pero una sociedad sacralizada como la del antiguo r\u00e9gimen y una religi\u00f3n muy \u00abestructurada\u00bb como el catolicismo presuponen lazos estrechos y constantes entre la vida y el cuadro de acci\u00f3n o de evoluci\u00f3n; por ello, nos ha parecido necesario concordar desarrollos a veces importantes con las instituciones y la pol\u00edtica eclesi\u00e1sticas.<\/p>\n<p>Los l\u00edmites cronol\u00f3gicos adoptados \u2013advenimiento de Luis XIII en 1610, muerte de Luis XIV en 17l5- corresponden el primero al comienzo de la reforma cat\u00f3lica en su fase positiva, el segundo al final de la \u00abcrisis de la conciencia europea\u00bb y al advenimiento de la\u00a0 \u00abera de las Luces\u00bb.<\/p>\n<h2>Introducci\u00f3n<\/h2>\n<h3><em>La Herencia del siglo XVI.<\/em><\/h3>\n<p>Puede resultar parad\u00f3jica la pretensi\u00f3n de trabajar sobre el catolicismo, universal por su misma esencia, en un marco geogr\u00e1fico limitado. El catolicismo es uno, cosa cierta: todos sus fieles participan de la misma fe, de las mismas reglas \u00e9ticas o disciplinares en toda la cristiandad. Pero tiene que conformarse tambi\u00e9n y esta necesidad se impone de un modo particular en el mundo moderno, con los imperativos de la pol\u00edtica de los pr\u00edncipes, tomar conciencia de las rupturas de la unidad cristiana, contar con el ascenso de la naci\u00f3n, adaptarse a los rasgos espec\u00edficos de las civilizaciones particulares. Fusi\u00f3n sutil de aspiraci\u00f3n de eternidad y de sentimientos muy encarnados, materiales o sicol\u00f3gicos, siempre acuciantes, de su cuadro de vida. No pude tampoco desprenderse de su herencia espiritual o dogm\u00e1tica de su pasado reciente. A comienzos del siglo XVII en Francia, tres \u00f3rdenes de hechos le marcan\u00a0 con particular relieve: la obra del concilio de Trento; el ascenso de las tesis regalistas; la existencia, consagrada por el Edicto de Nantes, de un dualismo religioso, por entonces \u00fanico en Europa.<\/p>\n<h4>I. La herencia tridentina<\/h4>\n<p>Abiertas en 1545, las sesiones del concilio se hab\u00edan prolongado durante dieciocho a\u00f1os, hasta 1563, con m\u00faltiples interrupciones por otra parte, con unas vacaciones en particular de diez a\u00f1os de 1552 a 1562, por una brutal invasi\u00f3n de los pr\u00edncipes luteranos en Alemania del Sur. Consecuentemente la historia del concilio se ve atravesada por las inquietudes, las angustias y los problemas pol\u00edticos de su tiempo. La orientaci\u00f3n de sus trabajos se vio por otra parte limitada por el reclutamiento; ecum\u00e9nico en su principio, el concilio representaba de hecho una asamblea restringida: re\u00fane a sesenta padres en la primera sesi\u00f3n, para llegar a doscientos treinta y cinco en la veintitr\u00e9s. Pero su rasgo sociol\u00f3gico dominante reside en la aplastante mayor\u00eda meridional: por sus or\u00edgenes o formaci\u00f3n, los tres cuartos de los miembros de la asamblea eran mediterr\u00e1neos; los Italianos dominaban con mucho; segu\u00edan los Espa\u00f1oles, luego los Griegos delas Islas; ven\u00edan despu\u00e9s los Franceses, los Alemanes y los Ingleses. El mismo reparto con respecto a los te\u00f3logos: de los cuarenta y dos te\u00f3logos implicados en la elaboraci\u00f3n de los decretos, cuatro o cinco solamente eran de origen n\u00f3rdico. El concilio se caracteriza finalmente por una preeminencia destacada de los regulares: los dominicos y, en menor grado, los hermanos menores, los jesuitas y los carmelitas desempe\u00f1aron en \u00e9l un papel decisivo. Estos rasgos de sociolog\u00eda o de sicolog\u00eda colectiva no determinaron, por s\u00ed solos, la obra tridentina, pero explican su \u00abestilo\u00bb y su tono espiritual. A la composici\u00f3n de la asamblea va unido el triunfo de las \u00abpermanencias mediterr\u00e1neas\u00bb y el de cierta afectividad \u00abbarroca\u00bb; al n\u00famero de los regulares se asocia el\u00a0 primado de la teolog\u00eda y de la expresi\u00f3n escol\u00e1sticas. Los debates de Trento no revisten por ello una rigidez monol\u00edtica: la mayor parte se entablan con una tensi\u00f3n, viva a veces, entre los \u00aberasmianos\u00bb, partidarios de compromisos con el humanismo, hasta con el luteranismo, representados en particular por el legado Seripando, general de los agustinos, y los \u00abrigoristas\u00bb, dirigidos por los jesuitas Lainez y Salmer\u00f3n, celosos de mantener la integridad de la fe cat\u00f3lica. Muy a menudo esta \u00faltima tendencia domin\u00f3 la asamblea, si bien \u00e9sta a veces acept\u00f3 encaminarse por la \u00abv\u00eda media\u00bb. Al encontrase todos los valores religiosos sacudidos o puestos a discusi\u00f3n por la irrupci\u00f3n de la Reforma protestante, los padres de Trento se propusieron por meta la tarea abrumadora de definir en su totalidad el mensaje de la salvaci\u00f3n, y de precisar en cada una de sus aplicaciones la misi\u00f3n de la Iglesia.<\/p>\n<p>Al principio de \u00abs\u00f3lo la Biblia\u00bb, proclamado por los protestantes, el concilio opone la existencia de dos fuentes: la Escritura y las \u00abtradiciones\u00bb, designando este \u00faltimo t\u00e9rmino a la vez la ense\u00f1anza transmitida por Cristo a sus ap\u00f3stoles, la obra de los Padres, el magisterio de los pont\u00edfices y concilios, pero tambi\u00e9n el consenso de la Iglesia universal asistida por el Esp\u00edritu Santo. Reafirma la existencia del pecado original y su transmisi\u00f3n a la posteridad de Ad\u00e1n; el bautismo remite este pecado por la aplicaci\u00f3n de los m\u00e9ritos de Jesucristo. Pero deja subsistir la concupiscencia, inclinaci\u00f3n natural que no podr\u00eda confundirse, como cre\u00eda Lutero, con el estado de pecado: puede por el contrario, al ser frenada y combatida victoriosamente, proporcionar a la criatura el medio de superarse; crea la materia del drama espiritual del cristiano. Contra Lutero tambi\u00e9n, afirm\u00f3 el concilio que, en el primer hombre, el libre albedr\u00edo no quedaba destruido sino solamente disminuido e inclinado al mal:<\/p>\n<p>\u00abSi alguno dice que el libre albedr\u00edo, despu\u00e9s del pecado de Ad\u00e1n, se perdi\u00f3 o apag\u00f3, o que es una realidad puramente verbal e incluso un t\u00edtulo sin fundamento, una ficci\u00f3n finalmente, introducida por Sat\u00e1n en la Iglesia, sea anatema.\u00bb<\/p>\n<p>De ah\u00ed se deduc\u00eda que las acciones de los infieles no eran necesariamente malas: era una concesi\u00f3n al humanismo de los erasmianos. Encaminado por el bautismo por la v\u00eda de la justificaci\u00f3n, el cristiano avanza por ella mediante una constante cooperaci\u00f3n de su voluntad con la gracia divina. El concilio describe con cuidado cada una de las etapas de esta progresi\u00f3n: nacimiento de la fe, adhesi\u00f3n a la ense\u00f1anza de la Iglesia, conciencia del pecado, resoluci\u00f3n de \u00abdespojar al hombre viejo en provecho del hombre nuevo\u00bb, mediante las obras. Este esfuerzo constante de santidad se presenta pues esencialmente diferente de la simple confianza en la salvaci\u00f3n personal \u2013la fiducia- ense\u00f1ada por Lutero. La justificaci\u00f3n cat\u00f3lica no es una \u00abimputaci\u00f3n\u00bb exterior otorgada por Dios a un hombre esencialmente pecador. Es \u00abinherente\u00bb, es decir que alcanza al hombre en sus profundidades y que implica a la vez un combate de todo instante y una constante progresi\u00f3n espiritual; supone, por parte de la criatura, el ejercicio permanente del libre albedr\u00edo y, por parte de Dios, la ausencia de toda predestinaci\u00f3n al mal.<\/p>\n<p>\u00abSi alguno dice que la gracia de la justificaci\u00f3n no se concede m\u00e1s que a los predestinados a\u00a0 la vida y que todos los dem\u00e1s llamados, en cuanto llamados, no reciben esta gracia, por estar predestinados al mal por el poder divino, sea anatema.\u00bb (VI sesi\u00f3n, 1547).<\/p>\n<p>Para acceder a esta justificaci\u00f3n, la fe sola no basta: el cristiano debe practicar las buenas obras y sobre todo adherirse a los siete sacramentos. Estos no son ni ritos exteriores como lo ense\u00f1aba la antigua ley ni, como lo pretend\u00eda Lutero, simples excitadores espirituales; son \u00absignos eficaces\u00bb y v\u00edas de salvaci\u00f3n, pues confieren la gracia a quien los recibe en buenas disposiciones. Lugar preeminente se concede a la eucarist\u00eda: en el curso de la sesi\u00f3n decimotercera (1551), el concilio proclam\u00f3 la realidad de la transubstanciaci\u00f3n, es decir la conversi\u00f3n, despu\u00e9s de la consagraci\u00f3n, de toda la substancia del pan y del vino en la del cuerpo y de la sangre de Jesucristo. La eucarist\u00eda no es por otra parte s\u00f3lo un sacramento para uso de los hombres, es tambi\u00e9n y ante todo un sacrificio ofrecido a Dios; el sacerdote participa por eso mismo en el sacrificio de Cristo. Acci\u00f3n de gracias y banquete m\u00edstico, la misa renueva pues de forma real, si bien no cruenta, el sacrificio de la cruz(vigesimosegunda sesi\u00f3n, setiembre de 1562). En este punto es donde la oposici\u00f3n con los protestantes era la m\u00e1s total.<\/p>\n<p>Por lo que hace a la remisi\u00f3n de los pecados, no puede esta depender de un simple acto de confianza en la promesa divina; exige tres compromisos por parte del penitente: la contrici\u00f3n, la confesi\u00f3n de las faltas de forma auricular y secreta, y la satisfacci\u00f3n; finalmente, la absoluci\u00f3n del sacerdote, \u00abacto judicial\u00bb, es la forma del sacramento que confiere a \u00e9ste su eficacia. El sacramento del orden se justifica por la teolog\u00eda del sacrificio de la misa: Cristo ha creado un sacerdocio institucional, en esencia distinto del \u00absacerdocio universal\u00bb de los laicos y superior a \u00e9l. En virtud de la ordenaci\u00f3n divina, existen obispos, sacerdotes y ministros inferiores. La Iglesia constituye por consiguiente una sociedad jerarquizada: su car\u00e1cter mon\u00e1rquico est\u00e1 expl\u00edcitamente afirmado, pero aparece tambi\u00e9n indirectamente en la petici\u00f3n de confirmaci\u00f3n dirigida al pont\u00edfice romano por los padres en el curso de la \u00faltima sesi\u00f3n, para dar validez a los c\u00e1nones conciliares. El 15 de diciembre, d\u00eda de la clausura, la asamblea afirmaba la existencia del purgatorio; contra los protestantes, recordaba el valor de intercesi\u00f3n al proclamar el buen fundamento del culto de la Virgen y de los santos.<\/p>\n<p>As\u00ed aparece en sus l\u00edneas esenciales la obra tridentina. Nunca en la vida de la Iglesia hab\u00eda elaborado un concilio un conjunto tan completo de definiciones doctrinales, de reglas pastorales o disciplinares. Trento no fue con todo ni una improvisaci\u00f3n ni una ruptura. Se sit\u00faa en la l\u00ednea natural de los concilios que le precedieron; en ning\u00fan momento abrig\u00f3 el plan de adoptar y sobre todo de cambiar la religi\u00f3n. Prosigui\u00f3, profundiz\u00f3 o coordin\u00f3 reformas comenzadas anteriormente en centros de estudio teol\u00f3gicos, monasterios o universidades: cantidad de proposiciones sobre el sacerdocio, la jerarqu\u00eda eclesi\u00e1stica, la relaci\u00f3n de lo espiritual y de lo temporal se encuentran ya en potencia en autores antiguos como Pedro Dimano. Es cierto tambi\u00e9n que los te\u00f3logos encargados de elaborar los decretos pertenec\u00edan a escuelas muy diversas: tomistas, agustinos, escotistas, nominalistas&#8230; raz\u00f3n por la cual se encuentra en las definiciones conciliares un estricto respeto por los libros santos a la vez que una s\u00edntesis por la tradici\u00f3n cristiana. Pero estos decretos o estos c\u00e1nones, formulados casi siempre contra el protestantismo, se expresan en f\u00f3rmulas estrictas, de un car\u00e1cter jur\u00eddico austero y casi abrupto. El desarrollo coet\u00e1neo de la imprenta impon\u00eda por otro lado la necesidad de definir los dogmas en c\u00e1nones precisos: contempor\u00e1nea del florecimiento del libro, la asamblea tridentina se adapt\u00f3 necesariamente a estos modelos nuevos del conocimiento y de la difusi\u00f3n del pensamiento.<\/p>\n<p>El concilio es pues a la vez exterior a la historia y se encuentra en ella. Por sus or\u00edgenes, su composici\u00f3n y su obra total, se reviste de una car\u00e1cter casi intemporal: este apego a la permanencias le permiti\u00f3 afrontar sin menoscabo las crisis del mundo moderno. Pero est\u00e1 al mismo tiempo en el coraz\u00f3n de la historia: est\u00e1 en el origen del gran auge pastoral y misionero del siglo XVII. Su meta no ha sido solamente enfrentarse a Lutero o a los \u00aberasmianos\u00bb con argumentos pol\u00e9micos; ha compartido el drama vivido por los contempor\u00e1neos: la angustia de la salvaci\u00f3n individual, acentuada por la desaparici\u00f3n de las cosmogon\u00edas medievales. Al proclamar el valor de la libertad interior a pesar del pecado original, la asamblea tridentina exclu\u00eda toda condenaci\u00f3n de los movimientos del coraz\u00f3n; afirma as\u00ed que las ideas, los sentimientos, hasta las pasiones pod\u00edan servir al bien com\u00fan y al progreso. El concilio no se coloca por tanto a la zaga del mundo. Anuncia las evoluciones futuras, en particular la constituci\u00f3n de la civilizaci\u00f3n cl\u00e1sica cuyo florecimiento iba a conocer la Francia de Luis XIII y de Luis XIV. A esta civilizaci\u00f3n, la prepara sobre todo y ente todo por su dinamismo creador, y tambi\u00e9n por otras v\u00edas, en particular por su constante voluntad de presentar al hombre en sus rasgos eternos, por la exaltaci\u00f3n de una Iglesia muy jerarquizada cuya imagen se refleja en la sociedad civil. El conocimiento de la Francia cl\u00e1sica pasa necesariamente por el de la obra tridentina: la gran renovaci\u00f3n religiosa del siglo XVII es, por muchos t\u00edtulos, una trasposici\u00f3n de las decisiones o de las directivas del concilio si bien adaptada a fines pastorales o morales m\u00e1s que dogm\u00e1ticos.<\/p>\n<h4>II. La reacci\u00f3n nacional<\/h4>\n<p>1 \u00a0\u2013<em>Aspectos pol\u00edticos de los decretos tridentinos<\/em><\/p>\n<p>Por muy de acuerdo que estuviera la obra tridentina con las premisas del clasicismo, ser\u00eda mucho imaginar que se impuso sin desaf\u00edo o incluso sin hostilidad declarada a la sociedad secular.<\/p>\n<p>En sentido estricto los decretos conciliares no inclu\u00edan ninguna cl\u00e1usula pol\u00edtica, pero corr\u00edan el riesgo de arrastrar a graves consecuencias en el orden temporal al ser aplicados. Afirmaban por ejemplo la autoridad suprema y absoluta del papa en la Iglesia. Negaban a los pr\u00edncipes el derecho a inmiscuirse en los asuntos eclesi\u00e1sticos y en particular de disponer de los bienes de la Iglesia. Se alzaban as\u00ed contra la acumulaci\u00f3n de beneficios y su concesi\u00f3n por la v\u00eda ordinaria, es decir por la autoridad secular. Pues bien, en esta \u00e9poca de uni\u00f3n de lo espiritual y de lo temporal, todos los monarcas tend\u00edan, en grados diversos, a disponer de la Iglesia, a convertirla en una instituci\u00f3n de Estado al servicio de su pol\u00edtica y de sus intereses. El concilio de Trento invert\u00eda esta tendencia. En Francia, la atacaba con mayor dureza ya que las tesis galicanas ten\u00edan hondas ra\u00edces; entre estas tesis, dos presentaban valor de axiomas: una, que el concilio era superior al papa, porque semejante principio salvaguardaba\u00a0 las prerrogativas de una \u00abIglesia nacional\u00bb; la otra, que el rey de Francia no ten\u00eda ning\u00fan superior en la tierra. En esta perspectiva, los c\u00e1nones y decretos tridentinos aparec\u00edan como una peligrosa empresa ultramontana: su publicaci\u00f3n hubiera sido el s\u00edmbolo de una victoria romana, ya que hubiera significado que la Santa Sede pod\u00eda ingerirse en dominios hasta entonces reservados al rey, como la concesi\u00f3n de los beneficios o la designaci\u00f3n de los obispos y de los abades. De ah\u00ed la hostilidad que suscitaban en las clases altas, en particular en los parlamentos.<\/p>\n<p>La desconfianza con respecto a los decretos de Trento deb\u00eda aumentarse por dos conjuntos de sucesos que conviene situar en la trama hist\u00f3rica del naciente siglo XVII: la Liga y la conversi\u00f3n de Enrique IV.<\/p>\n<p><em>2 \u2013 La Liga y las \u00abpol\u00edticas\u00bb <\/em><\/p>\n<p>El estallido de las guerras de religi\u00f3n, incluso antes de la clausura del concilio, las extinci\u00f3n lenta de la dinast\u00eda de los Valois y el temor de ver a un pr\u00edncipe hugonote acceder al trono, hab\u00edan hecho nacer un partido pol\u00edtico-cristiano, la Liga: en su realidad social e ideol\u00f3gica, aparece hacia 1576 y es desde sus comienzos una toma de conciencia de Francia cat\u00f3lica ante el peligro protestante. Debe recordarse en efecto que en esta \u00e9poca el cambio de religi\u00f3n del pr\u00edncipe arrastraba inexorablemente la conversi\u00f3n de la naci\u00f3n: es la regla expresada por la c\u00e9lebre f\u00f3rmula cujus regio hujus religio. Pero la Liga no tard\u00f3 en transformarse: despu\u00e9s de 1584, se convirti\u00f3 en un movimiento de democracia revolucionaria cuyos art\u00edfices m\u00e1s celosos eran los monjes mendicantes, y que tend\u00eda a subordinar en todos los campos lo temporal a lo espiritual. La Liga une en un mismo tejido la encarnaci\u00f3n del esp\u00edritu de cruzada y la idea de una Europa \u00abcat\u00f3lica\u00bb en el sentido a la vez religioso y pol\u00edtico del t\u00e9rmino; marca un resurgimiento de las viejas ideas teocr\u00e1ticas de le edad media. El movimiento amenazaba de esta forma no s\u00f3lo\u00a0 a la unidad nacional sino a la noci\u00f3n misma de Estado. Su influencia en el reino era tal que Enrique III se vio obligado en 1588 a abandonar su capital. Pens\u00f3 recobrar su independencia haciendo asesinar a los dos jefes de la Liga, a Enrique de Guisa y a su hermano el cardenal, en Blois, la v\u00edspera de Navidad de 1588. El \u00fanico resultado de este doble asesinato fue el de atizar las pasiones: a los ojos de la masa cat\u00f3lica, Enrique III dejaba de ser el rey leg\u00edtimo para convertirse en el \u00abtirano\u00bb. Se ven florecer en esta \u00e9poca las tesis que justificaban el tiranicidio: en este clima de exaltaci\u00f3n apasionada fue cuando Enrique III cay\u00f3 bajo los golpes del monje Jacques Cl\u00e9ment, el 1 de agosto de 1589.<\/p>\n<p>Enrique de Navarra se convert\u00eda entonces en el soberano leg\u00edtimo, aun sin ser aceptado por la naci\u00f3n. La crisis eras a la vez pol\u00edtica y religiosa y parec\u00eda que la guerra debiera conocer un recrudecimiento. Fue sin embargo el momento en que los dif\u00edciles problemas que divid\u00edan a la cristiandad desde la Reforma iban a recibir, en Francia, un principio de soluci\u00f3n. C\u00f3mo se realiz\u00f3 esta pacificaci\u00f3n? Para entender el proceso, conviene detenerse en primer lugar en la ideolog\u00eda de la Liga y en las reacciones que deb\u00eda acarrear.<\/p>\n<p>Cat\u00f3licos en su inmensa mayor\u00eda, los franceses estimaban imposible prestar fidelidad a un pr\u00edncipe hugonote y excomulgado, ya que era su propia salvaci\u00f3n lo que pon\u00edan en peligro. Pero al rechazar la autoridad del rey de Navarra, aceptaban impl\u00edcitamente el ideal de la Liga y sus alianzas pol\u00edticas: la victoria de \u00e9stos hubiera significado necesariamente la amputaci\u00f3n de la autoridad mon\u00e1rquica, la subordinaci\u00f3n de la naci\u00f3n a Espa\u00f1a y a Roma. Un paso semejante conduc\u00eda pues a contrarrestar la evoluci\u00f3n de la monarqu\u00eda francesa desde hac\u00eda dos siglos, es decir su independencia creciente con respecto a la Iglesia.<\/p>\n<p>Por eso la parte m\u00e1s consciente de la naci\u00f3n, el grupo de los \u00abpol\u00edticos\u00bb, reclutado casi siempre en la clase alta, se inclinaba hacia una transacci\u00f3n. Este grupo iba a encontrar en los propios excesos de la Liga condiciones favorables para su desarrollo. En la primavera de 1590, Felipe II enviaba desde Flandes tropas espa\u00f1olas para socorrer a la Liga. En Par\u00eds, la Liga instauraba un verdadero terror: organizaba una administraci\u00f3n revolucionaria que lleg\u00f3 hasta introducir en la capital una guarnici\u00f3n espa\u00f1ola, y hasta proyectaba un \u00abSan Bartolom\u00e9 de los pol\u00edticos\u00bb, es decir la ejecuci\u00f3n de los cat\u00f3licos tenidos por demasiado moderados. Muchos curas y monjes mendicantes se entregaban a una predicaci\u00f3n que era una invitaci\u00f3n mal disimulada a la masacre. En enero de 1593, la Liga reuni\u00f3 en Par\u00eds Estados generales que preconizaban entregar el trono de Francia a la infanta Isabel, hija de Felipe II y de Isabel de Francia. Tales excesos deb\u00edan traer consigo una reacci\u00f3n. En los mismos Estados generales se hab\u00eda visto formarse un \u00abtercer partido\u00bb hostil a la candidatura espa\u00f1ola, pero muy dispuesto en cambio a apoyar a un pr\u00edncipe de la sangre con tal de que fuera cat\u00f3lico e hijo obediente de la Iglesia. En la naci\u00f3n se aprecia la extensi\u00f3n del partido de los \u00abpol\u00edticos\u00bb a trav\u00e9s de la literatura pol\u00e9mica del tiempo: obras, libelos, op\u00fasculos de todo g\u00e9nero, se dedican todos, bajo formas diversas, al problema de la pacificaci\u00f3n religiosa y sucesi\u00f3n mon\u00e1rquica. El di\u00e1logo titulado Le Pacifique, publicado en 1590, pone en escena a un cat\u00f3lico y a un reformado: \u00e9ste afirma que no ve diferencia esencial entre las dos religiones: &#8230;\u00bbuna y otra reconocen a Cristo que es el fundamento y contiene los art\u00edculos de fe comprendidos en el s\u00edmbolo de los Ap\u00f3stoles, aprueba la Sant\u00edsima Trinidad y los Santos Sacramentos del bautismo y de la cena\u00bb. Las divergencias ser\u00edan cosa de los \u00absofistas\u00bb, es decir de los te\u00f3logos. La vraye et l\u00e9gitime Constitution de l&#8217;\u00c9tat, publicada en 1591, reglamenta cierta separaci\u00f3n de la Iglesia y del Estado. El Estado tiene sus propias leyes, independientes de las de la Iglesia, pero tambi\u00e9n posee lo que se llama la \u00abpolic\u00eda\u00bb, es decir el orden exterior de la religi\u00f3n; el Estado ya no est\u00e1 pues fundamentado sobre un principio m\u00edstico \u2013y en este sentido se laiciza- pero la religi\u00f3n sigue siendo una instituci\u00f3n que \u00e9l controla. Aparece ya en este op\u00fasculo el esp\u00edritu del galicanismo parlamentario; el autor llega incluso hasta considerar la coexistencia de varias religiones en la naci\u00f3n. Citemos la Satire M\u00e9nip\u00e9e, obra colectiva de un grupo de gente de clase (magistrados) escrita durante los Estados generales de la Liga en 1593: de inspiraci\u00f3n anti-espa\u00f1ola, denuncia el maquiavelismo de Felipe II, preconiza la paz y la restauraci\u00f3n del Estado, establece la necesidad y la posibilidad de cierta tolerancia religiosa. La Satire M\u00e9nip\u00e9e deb\u00eda tener en los a\u00f1os de 1594-1595, una gran influencia sobre la opini\u00f3n, que dirige hacia soluciones preconizadas por los \u00abpol\u00edticos\u00bb.<\/p>\n<p><em>3 \u2013 La conversi\u00f3n de Enrique<\/em><\/p>\n<p>La conversi\u00f3n del rey era, para estos \u00abpol\u00edticos\u00bb, la soluci\u00f3n m\u00e1s favorable; estimaban que ella constitu\u00eda la contrapartida normal de su fidelidad a la causa. Enrique IV lo comprendi\u00f3 y, en su s\u00e9quito protestante, muchos de sus consejeros entend\u00edan claramente que esa era la \u00fanica salida al drama nacional; no dudaban en suger\u00edrsela al rey. En el curso de una entrevista mantenida el a\u00f1o 1593 con el soberano, Sully mismo planeaba sin reticencias el paso del monarca al catolicismo. Enrique IV se resolvi\u00f3 a ello y as\u00ed lo hizo proclamar el 17 de mayo de 1593. El 25 de julio, abjur\u00f3 solemnemente en Saint Denis y recibi\u00f3 la absoluci\u00f3n del episcopado franc\u00e9s: se convert\u00eda as\u00ed en rey de Francia por obra y gracia de Franceses. \u00abTal fue, advierte Gabriel Hanotaux, el ardid galicano que salv\u00f3 al reino del desorden y al rey de la herej\u00eda\u00bb. El 25 de febrero de 1594, se proclamaba la absoluci\u00f3n pontificia. No se hab\u00eda conseguido sin dificultad, pues supon\u00eda el reconocimiento de la decisi\u00f3n tomada en Saint Denis el 25 de julio de 1593 por el episcopado franc\u00e9s, y Roma se resolv\u00eda a rega\u00f1adientes a consagrar con su autoridad semejante procedimiento; por otra parte la absoluci\u00f3n trastornaba la pol\u00edtica eclesi\u00e1stica de la Santa Sede, fundada desde hac\u00eda tiempo en la idea de una Europa cat\u00f3lica dominada por los Hasburgo. Con todo, la humillaci\u00f3n del rey de Francia, su arrepentimiento expiatorio pod\u00edan, a corto plazo, parecer provechosos a Roma: esta raz\u00f3n determin\u00f3 la aceptaci\u00f3n final del papa.\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Pero, indirectamente, esta victoria ultramontana iba a suscitar una reacci\u00f3n galicana. Los parlamentarios se negaron a admitir las bulas de absoluci\u00f3n: reconoc\u00edan a la Santa Sede el derecho de absolver a Enrique IV \u00aben conciencia\u00bb, no el de juzgar de la \u00abcapacidad\u00bb o \u00abincapacidad\u00bb de su reino. Por una consecuencia imprevista, la decisi\u00f3n real reforzaba la noci\u00f3n de Estado y destacaba con vigor la independencia de la monarqu\u00eda respecto de Roma. Esto se vio a prop\u00f3sito de la recepci\u00f3n y publicaci\u00f3n en Francia de los decretos del concilio de Trento. En el momento en que Clemente VIII acept\u00f3 conceder al rey la absoluci\u00f3n pontificia, la \u00abc\u00e9dula de las penitencias\u00bb mandaba entre otras cosas la promesa de publicaci\u00f3n de las decisiones tridentinas. Enrique IV por s\u00ed solo se habr\u00eda sometido a ello sin duda, pero no pudo recabar del parlamento el registro del edicto de publicaci\u00f3n: los parlamentarios se negaron incluso a admitir las bulas de absoluci\u00f3n las cuales, a sus ojos, sobrepasaban las atribuciones pontificias. Los textos conciliares no se publicaron nunca en Francia. Fueron \u00abrecibidos\u00bb por la asamblea del clero de Francia de 1615. Este procedimiento no era el propio para hacer de esta publicaci\u00f3n una ley del reino, pero bastaba para obligar en conciencia a los fieles a ajustarse a \u00e9l, ya que la autoridad competente los invitaba a ello. De ah\u00ed que el acta de 1615 revista una gran importancia: se\u00f1ala un nuevo paso de la distinci\u00f3n de lo espiritual y de lo temporal. Hecha la paz con la Iglesia, quedaba regular la pacificaci\u00f3n con los protestantes.<\/p>\n<h4>III \u2013 Una \u00abcoexistencia pac\u00edfica\u00bb. El edicto de Nantes<\/h4>\n<p>Estos esfuerzos \u2013titubeantes pero reales- de separaci\u00f3n entre lo espiritual y lo temporal revisten su plena significaci\u00f3n con el reconocimiento legal de una comunidad protestante, org\u00e1nicamente incluida en la naci\u00f3n.<\/p>\n<p>Desde antes de su abjuraci\u00f3n, Enrique IV hab\u00eda entablado negociaciones\u00a0 con los reformados: la v\u00edspera misma de esta abjuraci\u00f3n, hab\u00eda prometido adem\u00e1s que \u00abse acordar\u00eda de ellos y no permitir\u00eda nunca que se causara mal alguno o violencia a su religi\u00f3n\u00bb. Las negociaciones fueron largas pues supon\u00edan la reglamentaci\u00f3n de toda una serie de detalles pr\u00e1cticos. Llegaron a un conjunto de textos que comprend\u00edan: un edicto de pacificaci\u00f3n de 93 art\u00edculos, declaraciones sobre el registro de las cl\u00e1usulas secretas del edicto, por fin dos \u00abpatentes\u00bb que regulaban modalidades pr\u00e1cticas de orden financiero o militar. A todo ello se lo designa con el nombre de edicto de Nantes,\u00a0 cuyas partes por separado fueron firmadas entre el mes de abril\u00a0 y el 30 de junio de 1598. Se trataba de una serie de art\u00edculos que sancionaban el estatuto jur\u00eddico de los protestantes franceses. Se les declaraba \u00abcapaces de ostentar y ejercer todo estado, dignidad, oficio y cargo p\u00fablico cualquiera, real, se\u00f1orial o municipal\u00bb, con la sola condici\u00f3n de \u00abservir bien y fielmente al rey en el ejercicio de sus cargos y guardar las ordenanzas\u00bb. La libertad religiosa para los reformados quedaba proclamada sobre toda Desde antes de su abjuraci\u00f3n, Enrique IV hab\u00eda entablado negociaciones con los reformados: la v\u00edspera misma d esta abjuraci\u00f3n, hab\u00eda prometido adem\u00e1s que \u00abse acordar\u00eda de ellos y no permitir\u00eda nunca que se causara mal alguno o violencia a su religi\u00f3n\u00bb. Las negociaciones fueron largas pues supon\u00edan la reglamentaci\u00f3n de toda una serie de detalles pr\u00e1cticos. Dieron por resultado un conjunto de textos que comprend\u00edan: un edicto de pacificaci\u00f3n de 93 art\u00edculos, declaraciones sobre el registro de las cl\u00e1usulas secretas del edicto, por fin dos \u00abpatentes\u00bb que regulaban modalidades pr\u00e1cticas de orden financiero o militar. A todo ello se lo designaba con en nombre de edicto de Nantes, cuyas partes por separado fueron firmadas entre el mes de abril y el la extensi\u00f3n del reino:<\/p>\n<p>\u00abNos permitiremos, estipulaba el art\u00edculo 6, a los de dicha religi\u00f3n pretendidamente reformada vivir y habitar en todas las ciudades y lugares de nuestro reino y pa\u00edses de nuestra obediencia sin ser perseguidos, maltratados, molestados ni forzados a hacer nada por el hecho de la Religi\u00f3n contra su conciencia ni por el hecho de la misma ser investigados en casas y lugares donde quieran morar\u00bb.<\/p>\n<p>La libertad del culto quedaba asegurada, pero localizada de forma estricta; en efecto, s\u00f3lo estaba permitida: all\u00e1 donde este culto exist\u00eda antes de 31 de agosto de 1597, all\u00e1 donde estaba autorizado en virtud del edicto de Poitiers de 1577, en dos localidades por circunscripci\u00f3n, por fin en casa de los se\u00f1ores calvinistas granjusticias (eran unos 3500 en n\u00famero). En cambio estaba prohibido en Par\u00eds y en un radio de cinco leguas alrededor de la capital. Guardando el respeto a estas condiciones, los reformados disfrutaban de los derechos civiles, pod\u00edan construir templos libremente, celebrar consistorios y s\u00ednodos, abrir escuelas.<\/p>\n<p>Para garantizar la imparcialidad de la justicia, se creaba en Par\u00eds una c\u00e1mara del edicto (especializada en la jurisprudencia del edicto de Nantes), una c\u00e1mara inter-partes en Castres, una segunda en el Dauphin\u00e9, una tercera en Guyenne; otra c\u00e1mara del edicto ser\u00e1 creada en Rouen en 1599. Adem\u00e1s los protestantes quedan organizados en partido: no s\u00f3lo conservan sus s\u00ednodos, sino que se les deja cerca de doscientas plazas de seguridad por una duraci\u00f3n de ocho a\u00f1os. Esta cl\u00e1usula ser\u00e1 renovada en 1607, 1611, 1615. La mayor parte de estas plazas se encuentran en las regiones donde la Reforma posee importantes asentamientos sociales: en el Oeste (Loudun, Saumur, Saint-Jean d&#8217;Ang\u00e9ly, Royan, y sobre todo La Rochelle&#8230;), en la regi\u00f3n del R\u00f3dano (Mont\u00e9limar, Privas, Die&#8230;), en Languedoc (Montauban, Castres, Montpellier, Al\u00e8s, N\u00eemes&#8230;). Algunas de estas plazas disponen de un poder temible, as\u00ed La Rochelle que pod\u00eda f\u00e1cilmente constituir una \u00abcabeza de puente\u00bb accesible a correligionarios extranjeros, especialmente ingleses. Se mantienen guarniciones en estas plazas. Los gentilhombres protestantes granjusticias pod\u00edan reclutar a 25000 hombres: este efectivo se reclutaba, ya que el ej\u00e9rcito real en tiempo en tiempo de paz apenas contaba m\u00e1s de 10000.<\/p>\n<p>El edicto de Nantes marca una etapa importante en la historia eclesi\u00e1stica y espiritual de Francia. Sin embargo lejos de ser una proclamaci\u00f3n de la libertad universal de conciencia, se presenta simplemente como la carta de los privilegios protestantes. No s\u00f3lo admite, sino que consagra la divisi\u00f3n religiosa: no realiza pues ni la unidad espiritual, ideal del siglo XVI, ni la libertad espiritual, costosa a otras generaciones. Obligado a abandonar a los reformados una parte de su soberan\u00eda, el rey imagin\u00f3, por etapas sucesivas, esta soluci\u00f3n emp\u00edrico y este compromiso. El edicto de Nantes no es siquiera jur\u00eddicamente una gran novedad, ya que es menos liberal que el edicto de Beaulieu que autorizaba el culto reformado por todo el reino con la excepci\u00f3n de Par\u00eds. Cada disposici\u00f3n del edicto se encuentra ya reflejada por otra parte en textos anteriores: as\u00ed la cl\u00e1usula de las plazas de seguridad en el edicto de Saint Germain (1570), la de las c\u00e1maras inter-partes en los edictos de Beaulieu (1576) y de Poitiers (1577). De d\u00f3nde procede pues su importancia excepcional? Esencialmente de una raz\u00f3n de hecho: el rey tiene en adelante la posibilidad de proclamar su voluntad y de hacerla aplicar. La verdadera significaci\u00f3n del edicto de Nantes se sit\u00faa en la perspectiva de la restauraci\u00f3n mon\u00e1rquica: ah\u00ed reside su gran diferencia con los edictos anteriores que no fueron sino concesiones verbales convertidas en letra muerta. Por este ejemplo se comprende el peligro de juzgar realidades hist\u00f3ricas a la luz de las solas instituciones. Por su alcance pragm\u00e1tico, el edicto de Nantes marca una etapa importante en la historia de las ideas de tolerancia: crea una especie de respeto mutuo entre las dos religiones, lo que en otros tiempos se llamar\u00e1 la \u00abcoexistencia pac\u00edfica\u00bb. El edicto de Nantes se relaciona con la ideolog\u00eda de las \u00abpol\u00edticas\u00bb, es decir con una voluntad de secularizaci\u00f3n al menos parcial del Estado. Por ello se vio aparecer, en los a\u00f1os que siguieron a la publicaci\u00f3n del edicto, una serie de op\u00fasculos, generalmente an\u00f3nimos, que preconizaban fundar la paz civil y la unidad sobre una disociaci\u00f3n creciente entre la religi\u00f3n y la pol\u00edtica. As\u00ed el tratado publicado en 1599 bajo el t\u00edtulo De la concorde de l&#8217;\u00c9tat par l&#8217;observation des \u00c9dits de pacification. En \u00e9l se lee, desde las primeras p\u00e1ginas, una vibrante apolog\u00eda de la libertad, factor de unidad nacional:<\/p>\n<p>\u00abAflojemos la brida a esta diversidad de religiones&#8230; La libertad de las dos religiones ser\u00e1 la cura de este Estado. La libertad romper\u00e1 la impetuosidad de nuestras divisiones&#8230; Es posible que hayamos tenido los sentimientos tan obstruidos, tan embotados, tan endurecidos que el lapso de cuarenta a\u00f1os no nos haya podido ense\u00f1ar que el \u00fanico descanso, el \u00fanico alivio de nuestras aflicciones nos ha venido por el permiso y por la libertad de las dos religiones en este reino? Es a\u00a0 ti, entonces, oh libertad, a la que yo apelo, la que yo invoco en nuestro auxilio&#8230;\u00bb.<\/p>\n<p>Concebida en un esp\u00edritu an\u00e1logo, la Conf\u00e9rence des \u00c9dits de pacification del publicista anti-liga, Pierre du Belloy, presenta un comentario punto por punto del texto del edicto de Nantes. \u00c9ste se sit\u00faa pues en una evoluci\u00f3n hist\u00f3rica prometedora y destinada a triunfar a largo plazo: la del mundo liberal. Pero, a corto plazo, se basaba en la \u00fanica autoridad del rey. Enrique IV no la hab\u00eda impuesto por otro lado sin dificultad. El parlamento de Par\u00eds hab\u00eda rechazado el registro y el 7 de febrero de 1599 una delegaci\u00f3n hab\u00eda llegado al Louvre a presentar amonestaciones al soberano; \u00e9ste hab\u00eda replicado bruscamente:<\/p>\n<p>\u00abLo que yo he hecho es a favor de la paz, lo he hecho fuera, quiero hacerlo dentro de mi reino&#8230; No me alegu\u00e9is la religi\u00f3n cat\u00f3lica; la amo m\u00e1s que vosotros, soy m\u00e1s cat\u00f3lico que vosotros: soy hijo mayor de la Iglesia, ninguno de vosotros lo es ni puede serlo. Soy Rey ahora y hablo como Rey. Quiero ser obedecido. En verdad, los hombres de justicia son mi brazo derecho, pero si le entra la gangrena al\u00a0 brazo derecho, es preciso que el izquierdo lo corte. Cuando mis regimientos no me sirven, yo los degrado&#8230;\u00bb.<\/p>\n<p>Algunos d\u00edas m\u00e1s tarde, el parlamento hab\u00eda vuelto a la carga pero finalmente hab\u00eda debido el 25 de febrero, proceder al registro. Enrique IV se hab\u00eda visto obligado a vencer la resistencia de cada parlamento uno por uno: el de Rennes no se someti\u00f3 hasta 1600, despu\u00e9s de dos cartas de encargo, el de Rouen no procedi\u00f3 al registro definitivo hasta el 1609.<\/p>\n<p>El edicto de Nantes padec\u00eda pues vicio de fragilidad: desde la muerte del rey, la escisi\u00f3n, por un instante enmascarada, reapareci\u00f3; si los protestantes proclamaron el car\u00e1cter definitivo del edicto, la naci\u00f3n, cat\u00f3lica en su mayor\u00eda, se inclinar\u00e1 a no admitirlo m\u00e1s que como un compromiso provisional, como una soluci\u00f3n de circunstancias. Por ello se lo ver\u00e1 cuestionado, bajo formas por otra parte diferentes por Richelieu, luego por Luis XIV. Entre tanto, en ning\u00fan otro pa\u00eds de Europa, la tolerancia de una confesi\u00f3n disidente ha estado basada tan expl\u00edcitamente, en esta \u00e9poca, en una distinci\u00f3n entre las finalidades del Estado y las de la Iglesia. El edicto de Nantes debe pues ser considerado a la vez en la perspectiva de un a fen\u00f3meno breve y en la de una largo: fen\u00f3meno breve, fruto de las circunstancias, queda marcado de incertidumbre; fen\u00f3meno largo, anuncia la dif\u00edcil instauraci\u00f3n de la libertad de conciencia y del respeto mutuo.<\/p>\n<p>As\u00ed la Reforma cat\u00f3lica en su fase positiva \u2013la que iba a traducirse en un empuje extraordinario de la espiritualidad, de la pastoral y de las obras- comienza en Francia no con las \u00faltimas sesiones del concilio de Trento, sino cincuenta a\u00f1os m\u00e1s tarde, a finales del reinado de Enrique IV. Es entonces cuando el catolicismo franc\u00e9s de la \u00e9poca cl\u00e1sica re\u00fane los elementos espec\u00edficos de su historia: Historia apasionada, a menudo atravesada por crisis o conflictos internos por descansar sobre una tensi\u00f3n entre la herencia de la romanidad tridentina y un galicanismo endurecido por los excesos de las guerras de religi\u00f3n, mientras que la existencia de una comunidad protestante fuerte atiza la controversia, pero al mismo tiempo favorece las tentativas pacifistas. 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