{"id":9652,"date":"2016-08-12T13:00:08","date_gmt":"2016-08-12T11:00:08","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/01\/21\/isabel-seton-la-biografia-18-esos-senores-de-san-suplicio-2\/"},"modified":"2016-08-11T04:37:35","modified_gmt":"2016-08-11T02:37:35","slug":"isabel-seton-la-biografia-18-esos-senores-de-san-suplicio-2","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/isabel-seton-la-biografia-18-esos-senores-de-san-suplicio-2\/","title":{"rendered":"Isabel Seton, la biograf\u00eda: 18 &#8211; Esos se\u00f1ores de San Suplicio"},"content":{"rendered":"<p><em>No os acord\u00e9is de lo de anta\u00f1o,<br \/>\nno a\u00f1or\u00e9is lo antiguo.<br \/>\nMirad, voy a realizar algo nuevo,<br \/>\ny ya aparece, \u00bfno lo not\u00e1is?<br \/>\nSi, abro un camino en el desierto,<br \/>\nr\u00edos en la estepa.<br \/>\n&#8230;El pueblo que me he formado<br \/>\nproclamar\u00e1 mis loores.<br \/>\nIs 43, 18-21<\/em><\/p>\n<p>En el momento de morir, en 1629, el cardenal de Berulle, despu\u00e9s de fundar el Oratorio, el P. Bourgoing pudo rendirle p\u00fablicamente este testimonio: Lo <em>que \u00e9l ha renovado en la Iglesia -en la medida que Dios le ha dado los medios ha sido el esp\u00edritu de religi\u00f3n, el culto supremo de adoraci\u00f3n y de reverencia debido a Dios. Si <\/em>el esp\u00edritu de la Escuela francesa, cuyo promotor era Berulle, ha marcado profundamente su impronta en la renovaci\u00f3n del Gran Siglo, la fun\u00addaci\u00f3n de la Compa\u00f1\u00eda de San Sulpicio, por m\u00e1s de un t\u00edtulo, hab\u00eda quedado singularmente impregnada de \u00e9l. Y, por consiguiente, aquellos misioneros del siglo XVIII, llegados de Francia al Nuevo Mundo, estaban para inculcar tambi\u00e9n a la juventud de los seminarios y de los colegias encomendados a su cuidado, a una con el sentido de la transcendencia divina, el del <em>civismo de la casa de Dios.<\/em><\/p>\n<p>Nos es permitido imaginar en este mismo contexto con qu\u00e9 solemnidad sobria y mesurada se desarrolla, aquella ma\u00f1ana del 15 de junio de <em>1808, <\/em>la misa pon\u00adtifical del <em>Corpus Christi <\/em>en el Seminario de Baltimore, con ocasi\u00f3n de la consagraci\u00f3n de la capilla que acababa de construirse. El edificio de estilo ojival situado en el \u00e1ngulo del cuadril\u00e1tero formado por los pabellones de clases, es de vastas proporciones. El altar, casi en el centro, separado como el de nuestras catedrales g\u00f3ticas, se alza en medio del templo, destacado por la altura de tres gradas y concebido de manera que permita el despliegue de las funciones lit\u00fargicas.<\/p>\n<p>Aquel jueves del Corpus, la llama viva de 105 cirios se hace brasa sobre el altar. Las volutas del incienso se elevan hasta los nervios de la b\u00f3veda. El rito<\/p>\n<p>y ceremonias de la misa mayor prosiguen con un orden admirable. Mons. Carroll, asistido del di\u00e1cono y subdi\u00e1cono, en dalm\u00e1tica, oficia con dignidad, con recogi\u00admiento. En el coro, m\u00e1s de veinte sacerdotes con alba o sobrepelliz, ante los cua\u00adles evoluciona el grupo debidamente adiestrado de los cl\u00e9rigos, portadores quien del incensario, quien del candelero, de los bonetes, de la mitra a del b\u00e1culo del arzobispo oficiante. Avanzan, se inclinan, se cruzan, hacen profundas reve\u00adrencias, sosegados, pac\u00edficos y pacificantes. El toque del \u00f3rgano sostiene a veces el canto coral y a veces alterna con las voces de los ni\u00f1os, l\u00edmpidas, altas, claras.<\/p>\n<p>Acaba el introito. El P. Hurley que ha venido, por la circunstancia, desde Filadelfia, entona el primer <em>Kyrie. <\/em>En ese momento preciso, se abre con discre\u00adci\u00f3n una de las puertas de la capilla. Una mujer vestida de negro entra de puntillas, se arrodilla, se inclina profundamente. Detr\u00e1s de ella tres chiquillas repiten cada uno de sus movimientos. Ana Mar\u00eda, Catalina, Rebeca Seton, sorprendidas, maravilladas, tienen un poco la impresi\u00f3n de vivir en un sue\u00f1o. Ellas se han olvi\u00addado por el momento de los siete d\u00edas de navegaci\u00f3n bastante dura que acaban de soportar y de la lluvia que azota y cae sin cesar desde que han dejado el puerto y de la salida un tanta precipitada de Nueva York.<\/p>\n<p>Sin duda hac\u00eda muchos meses que hablaba su madre de la posibilidad de un viaje a Montreal o Baltimore, pero sin que nada preciso viniera a asegurar su realizaci\u00f3n. Luego, el mes de abril, la cuesti\u00f3n se hab\u00eda presentado con urgencia. El n\u00famero de alumnos de la pensi\u00f3n Wilkes disminu\u00eda cada vez m\u00e1s, en tanto que, desde Baltimore, el Sr. Dubourg dirig\u00eda a la Sra. Seton unas proposiciones que no dejaban de representar para ella serias ventajas. En resumen, despu\u00e9s de pedir consejo, ella hab\u00eda tomado su decisi\u00f3n en mayo. Desde entonces las cosas no se hab\u00edan demorado. Se le daban dos meses para organizar su salida de Nueva York con sus hijas. En tres semanas ella est\u00e1 dispuesta. As\u00ed es como las cuatro se hab\u00edan embarcado, el 9 de junio, a bordo del Grand Sachem, que hab\u00eda arri\u00adbado al puerto de Baltimore, el 14 por la noche. Anina, Kate y Rebeca llegabaa pues directamente con su madre del muelle de desembarque, a donde el Sr. Du\u00adbourg hab\u00eda enviado el coche que las hab\u00eda conducido a la capilla de Santa Mar\u00eda. Y ahora ellas asist\u00edan a la misa pontifical cuyo esplendor no les recordaba sino muy lejanamente las misas dominicales de la parroquia de San Pedro.<\/p>\n<p><em>Todo lo que te escrib\u00ed de Florencia <\/em>-anotar\u00e1 Isabel esa misma noche con destino a Cecilia- es <em>una sombra en comparaci\u00f3n. Y <\/em>en los <em>Dear Rmembrances <\/em>encarece: <em>Ceremonias formidables, vistas por primera vez&#8230; este d\u00eda del <\/em>CORPUS CHRISTI, <em>d\u00eda de maravillas para nosotros&#8230;<\/em><\/p>\n<p>El mes de abril pasado, Mons. Carroll hab\u00eda recibido, por voluntad de P\u00edo VII, el t\u00edtulo de arzobispo. Baltimore hab\u00eda llegado a ser la primera sede metropoli\u00adtana de Am\u00e9rica. Cuatro sedes sufrag\u00e1neas fueron erigidas simult\u00e1neamente: Nueva York, Filadelfia, Boston y Bardstown en Kentucky. Los titulares, entre los cuales han sido elegidos dos misioneros franceses, no podr\u00e1n, es la verdad, por causa de las circunstancias, tomar posesi\u00f3n de esas sedes episcopales antes de dos o m\u00e1s a\u00f1os. El decreto pontificio no expresa menos la esperanza que anima por esa \u00e9poca el coraz\u00f3n del Romano Pont\u00edfice, en lo tocante al desenvolvimiento, crecimiento e irradiaci\u00f3n del catolicismo de los Estados Unidos.<\/p>\n<p>En esta perspectiva Mons. Carroll est\u00e1 convencido plenamente de que la ve\u00adnida de los Sulpiciano5 franceses hab\u00eda sido una verdadera bendici\u00f3n, en tanto que \u00e9l prosigue su larga y fecunda carrera. La tarea a \u00e9l confiada era inmensa. El se ha gastado en ella hace ya tantos a\u00f1os y esa tarea le parece apenas comen\u00adzada. Hubiera querido hacer mucho m\u00e1s. Sin la ayuda de los Sulpicianos hubiera hecho todav\u00eda menos. Tiene 73 a\u00f1os este a\u00f1o de 1808. El puede evocar las etapas m\u00e1s grandes de su larga vida.<\/p>\n<p>Hijo de un emigrante irland\u00e9s, Juan Carroll naci\u00f3 en tierra americana, en Upper de Marlboro, un pueblo situado en el territorio del Estado actual del Maryland. Hizo sus estudios en Europa. Alumno brillante del Colegio ingl\u00e9s de Saint Omer, entr\u00f3, a los 18 a\u00f1os, en el noviciado de la Compa\u00f1\u00eda de Jes\u00fas. Or\u00addenado sacerdote en 1759, presencia, en 1773, la dispersi\u00f3n de los Jesuitas. Tem\u00adporalmente la Compa\u00f1\u00eda se ve disuelta. Juan Carroll hab\u00eda aceptado entonces por un a\u00f1o el cargo de preceptor de una familia de Inglaterra, antes de empren\u00adder de nuevo, en 1774, el camino de vuelta a Maryland. Era el a\u00f1o mismo del nacimiento de Isabel Bayley.<\/p>\n<p>Volv\u00eda al Nuevo Mundo con una cultura s\u00f3lida, una apertura de esp\u00edritu a todos los problemas de su tiempo, y hac\u00eda suyos sin reserva los deseos de inde\u00adpendencia que bull\u00edan entonces en el seno de las colonias inglesas de Am\u00e9rica. Su val\u00eda personal, unida al conocimiento que ten\u00eda de Europa, le hab\u00eda merecido ser designado para una misi\u00f3n oficial en cuyo decurso se hab\u00eda encontrado en re\u00adlaci\u00f3n con Franklin, y luego con Washington. De ambos se hab\u00eda atra\u00eddo una fiel amistad. <em>Ha venido a visitarme el Nuncio y me ha dicho que, por recomen\u00addaci\u00f3n m\u00eda, el Papa ha nombrado a Juan Carroll superior del clero cat\u00f3lico de Am\u00e9rica <\/em>-anotaba en sus memorias Benjam\u00edn Franklin, con fecha del 1 de julio de 1784-. Cinco a\u00f1os m\u00e1s tarde, Juan Carroll es preconizado obispo de Baltimore. A1 a\u00f1o siguiente, 1790, se presenta en Inglaterra a fin de recibir ?a consagraci\u00f3n episcopal de manos de Mons. Walmesley.<\/p>\n<p>En el curso de su viaje entra en contacto con el Sr. Nagot, a quien el Sr. Eme\u00adry, superior general de los Sulpicianos, ha enviado precisamente de Par\u00eds a Lon\u00addres, para presentar al primer obispo de Am\u00e9rica una proposici\u00f3n tan oportuna como inesperada. \u00bfAceptar\u00eda Mons. Carroll recibir en su di\u00f3cesis a algunos Sul\u00adpicianos franceses? Estos misioneros del Nuevo Mundo, prestando todo su con\u00adcurso a la tarea pastoral, inmensa, como ven\u00eda a ser la del obispo, establecer\u00edan al mismo tiempo un seminario en Baltimore. Ellos tomar\u00edan a su cuenta los gastos necesarios a la fundaci\u00f3n. Ellos llevar\u00edan incluso consigo a Am\u00e9rica a algunos sujetos en v\u00edas de formaci\u00f3n. Dos razones hab\u00edan dictado al Sr. Emery su de\u00adterminaci\u00f3n. El deseo de proseguir y extender la obra misionera expl\u00edcitamente querida por el Sr. Olier, fundador de la Compa\u00f1\u00eda de San Sulpicio, y la opor\u00adtunidad de asegurar a los Sulpicianos franceses un refugio eventual en el extran\u00adjero, a la hora en que los pr\u00f3dromos de la Revoluci\u00f3n ensombrec\u00edan de forma inquietante el pr\u00f3ximo futuro de la Francia religiosa. Una oferta de tal naturaleza no puede dejar indiferente a Mons. Carroll. Ve en ella una respuesta providencial al angustioso problema que le plantea, desde su consagraci\u00f3n episcopal, el reclu\u00adtamiento sacerdotal de los Estados Unidos, donde los cat\u00f3licos son minor\u00eda, don\u00adde los sacerdotes emigrantes no tienen siempre la val\u00eda deseable. Da, de buenas a primeras, su acuerdo a la proposici\u00f3n del Sr. Emery, sin hacerse no obstante ilusi\u00f3n sobre la situaci\u00f3n delicada que corre el riesgo de ser la suya frente a unos sacerdotes extranjeros que van a poner pie, casi al mismo tiempo que \u00e9l, dentro de su propia di\u00f3cesis.<\/p>\n<p>Al a\u00f1o siguiente, el 8 de abril de 1791, se embarca en Saint-Malo el primer con\u00adtingente de misioneros. Lo integran los Sres. Nagot, Lavadoux. Tessier y Garnier. A bordo del mismo nav\u00edo se encuentra un pasajero con nombre ya c\u00e9lebre: Fran\u00adcisco Renato de Chateaubriand, que parte hacia el descubrimiento del Nuevo Mundo con el entusiasmo de sus 23 a\u00f1os.<\/p>\n<p>A estos obreros de la primera hora vendr\u00e1n a juntarse otros, en los a\u00f1os si\u00adguientes. Tales son los Sres. Flaget, David, Mar\u00e9chal, Dubourg, Babad. Tres de ellos ocupar\u00e1n un d\u00eda en los Estados Unidos las sedes episcopales de Bardstown, Baltimore y Nueva Orleans. Los Sres. Flaget y Dubourg ser\u00e1n considerados, al modo de Mons. Carroll, como los \u00abPadres de la Iglesia de Am\u00e9rica\u00bb. Tal t\u00edtulo ser\u00e1 concedido igualmente al Sr. Dubois, al Sr. de Cheverus y al franciscano ir\u00adland\u00e9s, P. Miguel Egan.<\/p>\n<p>En 1801, el obispo de Baltimore pod\u00eda rendir ya a sus colaboradores este bello testimonio, escrito con destino al Sr. Emery: <em>No he conocido nunca en nin\u00adguna parte unos hombres mejores y m\u00e1s capaces para formar eclesi\u00e1sticos, tales como los pide la religi\u00f3n, que los Se\u00f1ores de su Sociedad. Igualmente, estoy persuadido de que una de las mayores desgracias que pod\u00eda acontecer a esta di\u00f3\u00adcesis ser\u00eda perderlos. Y <\/em>cuando, no obstante, el Sr. Emery se interroga sobre la oportunidad de dejarlos en Am\u00e9rica, donde el n\u00famero de vocaciones sacerdotales esperadas est\u00e1 lejos de alcanzarse, cuando piensa llamar a varios de los misione\u00adros cuya presencia en Francia le parece m\u00e1s, \u00fatil, pasada la Revoluci\u00f3n, Mons. Ca\u00adrroll le hace llegar estas l\u00edneas instantes: <em>Le conjuro por las entra\u00f1as de Jesucristo que no los retire por entero.<\/em><\/p>\n<p>Una galer\u00eda de cuadros de la \u00e9poca ha fijado el rostro de casi todos los pri\u00admeros misioneros de Maryland. Retratos hier\u00e1ticos, fr\u00edos, demasiado solemnes, que dan mucho menos el verdadero rostro de los hombres de lo que lo hacen los disparos indiscretos de los fot\u00f3grafos de hoy. Existen, con todo, otras instant\u00e1neas y nos han sido guardadas intactas. Ellas brotan s\u00fabitamente de la lectura de sus recuerdos o de las cartas aut\u00f3grafas, numerosas, prolijas, con las que aquellos buenos se\u00f1ores juzgaban bueno tener a sus superiores de Par\u00eds al corriente de los hechos, grandes o peque\u00f1os, de su apostolado, de los problemas que plantea\u00adba, de las dificultades que venc\u00eda, y hasta de las diferencias que, por un tiempo, opon\u00edan, uno a otro, a aquellos hombres de personalidades fuertes con un sen\u00adtido misionero emprendedor. No es sino en su escritura, en las l\u00edneas apretadas de sus misivas, en las r\u00fabricas de sus firmas donde revelan algo de s\u00ed mismos y se nos hacen en cierto modo presentes.<\/p>\n<p><em>El Sr. Nagot ten\u00eda mucha alma, entusiasmo, exaltaci\u00f3n <\/em>-anot\u00f3 Eduardo De\u00admondesir que, acompa\u00f1ando al grupo de los Sulpicianos, recibir\u00eda la ordenaci\u00f3n en Baltimore de manos de Mons. Carroll-. Y explica: <em>Desde antes de llegar<\/em><\/p>\n<p><em>a Maryland, durante un discurso pronunciado en San Pedro de Terranova, el Sr. Nagot anunci\u00f3 que \u00edbamos a convertir Am\u00e9rica y, sin duda, \u00e9l lo deseaba ardientemente. A nuestra llegada a Baltimore, monse\u00f1or nos recibi\u00f3 y se apresur\u00f3 a decir al Sr. Nagot que para repartir a los americanos el pan de la palabra de Dios, era menester hacer una <\/em>molienda <em>de un celem\u00edn de celo por nueve de pru\u00addencia.<\/em><\/p>\n<p>El Sr. Nagot ten\u00eda entonces 57 a\u00f1os. Natural de Taurs, hab\u00eda ida a hacer sus estudios a Par\u00eds. Ingresado a los 20 a\u00f1os en San Sulpicio, hab\u00eda ense\u00f1ado prime\u00adramente en Nantes y luego, veros\u00edmilmente, en el seminario de Par\u00eds o en Issy les-Moulineaux. A la vez activo y contemplativo, \u00abhombre grave y compuesto\u00bb, llegaba a Am\u00e9rica con las directrices precisas del Sr. Emery: fundar un seminario seg\u00fan el esp\u00edritu del Sr. Olier, es decir seg\u00fan los principios y la mentalidad que hab\u00edan sido en Francia los del siglo de Luis XIV. Ahora bien, la Am\u00e9rica de la Independencia no ten\u00eda nada de com\u00fan con la Francia de 1646. <em>En Francia <\/em>-escribir\u00e1 el Sr. Deluol en 1817- <em>no pueden nunca formarse una idea exacta de este pa\u00eds, de su gobierno, y del car\u00e1cter de sus habitantes; no hay m\u00e1s pare\u00adcido entre ellos y los franceses que el que hay entre la noche y el d\u00eda.<\/em><\/p>\n<p>La escuela de Georgetown era el primer establecimiento cuya apertura hab\u00eda decidido en su di\u00f3cesis Mons. Carroll. Hab\u00eda llamado, para tomar su direcci\u00f3n, a antiguos cohermanos de la Compa\u00f1\u00eda de Jes\u00fas que aguardaban -y deber\u00edan aguardar hasta 1814- el restablecimiento de su Sociedad. A la vez colegio ge\u00adneral y seminario menor, el centro de Georgetown abrir\u00eda, en consecuencia, sus puertas a todos los muchachos que estuviesen a punto de proseguir all\u00ed el ciclo de los estudios, fueran cat\u00f3licos o protestantes. Eventualmente podr\u00edan a\u00f1adirse en \u00e9l las clases propias del seminario mayor. La llegada de los Sulpicianos a Bal\u00adtimore, la fundaci\u00f3n inmediata del colegio Santa Mar\u00eda, copia de un seminario menor, trastorna un poco, desde el comienzo, los primeros planes del obispo, en tanta que la obligaci\u00f3n, para los Sulpicianos, de abrir un colegio al lado del seminario, parece responder a la propia vocaci\u00f3n de San Sulpicio. No cesar\u00e1n de plantearse problemas de adaptaci\u00f3n y de colaboraci\u00f3n. La gran distancia que separa Francia de Am\u00e9rica y la precariedad de los medio de comunicaci\u00f3n no facilitar\u00e1n su soluci\u00f3n. Podr\u00e1n surgir a veces cuestiones delicadas, y hasta espi\u00adnosas, tratando de resolverlas cada uno lo mejor posible, seg\u00fan la \u00f3ptica personal y su temperamento. Nada de extra\u00f1o, pues, que, de un tiempo a otra, estalle un conflicto en el que se encuentren enfrentadas dos concepciones diferentes, miran\u00addo, no obstante, una y otra al equilibrio y a la adaptaci\u00f3n. Pues los misioneros franceses, con formar parte casi todos de la misma Compa\u00f1\u00eda de San Sulpicio, est\u00e1n muy lejos de haber sido fundidos en el mismo molde. \u00a1Y es una suerte!<\/p>\n<p>Los Sres. Lavadoux, Tessier, Garnier tienen en esta \u00e9poca, al parecer, menos relieve que el Sr. Nagot, \u00abel jefe de la misi\u00f3n francesa\u00bb. Ellos, por otra parte, no se mezclar\u00e1n casi en la fundaci\u00f3n de la Madre Seton. M\u00e1s destacada se revela la fisonom\u00eda de Juan Bautista David. Hab\u00eda nacido en Nantes en 1761, y, despu\u00e9s de proseguir sus estudios en el colegio oratoriano de su ciudad natal, hab\u00eda ido a Par\u00eds donde demand\u00f3 su admisi\u00f3n entre los Sres. de San Sulpicio. Ordenado sacerdote a los 24 a\u00f1os, ense\u00f1a en el seminario de Angers, luego en 1792 se embarca para Filadelfia y Baltimore con el Sr. Flaget a quien permanecer\u00e1 siem\u00adpre unido por los v\u00ednculos de una fiel amistad.<\/p>\n<p>Generoso, resuelto, tenaz en sus ideas, dif\u00edcil para revisar su propia forma de considerar un problema o de resolverlo, le ser\u00e1 preciso siempre estar a sus anchas para dar su medida. Polemista encarnizado, no llegar\u00e1 nunca a entenderse con el Sr. Badin, primer misionero de Kentucky y primer sacerdote ordenado en los Estados Unidos, que gozaba, sin embargo, de una muy grande notoriedad. \u00abEl arzobispo -vendr\u00e1 a concluir el Sr. Mar\u00e9chal- me hac\u00eda observar que el nombramiento del Sr. David para la sede episcopal de Filadelfia restablecer\u00eda pronta la paz, al no tenerle ya junto a s\u00ed el Sr. Badin como principal adversario\u00bb. Pero aquel hombre que parec\u00eda irreductible, demasiada seguro de s\u00ed mismo, no experimenta menos en el fondo de su ser un sordo temor frente a \u00abun terrible ministerio\u00bb que teme no desempe\u00f1ar como debe. \u00abEl mundo nos alaba por la mitad del deber que hacemos, y Dios nos reprobar\u00e1 por la otra mitad que no hacemos\u00bb -escribir\u00e1 \u00e9l, desde el momento de su nombramiento episcopal, to\u00admando a su cuenta las palabras de aquel a quien llama, sin m\u00e1s precisi\u00f3n, \u00abel santo Obispo de Amiens\u00bb.<\/p>\n<p>Diametralmente opuesto al Sr. David, se nos muestra Benito Jos\u00e9 Flaget que, ingresado en San Sulpicio a los 20 a\u00f1os, tiene casi 30 cuando arriba a Baltimore, en 1792. Natural de Auvernia, hizo sus estudios en el colegio de Clermont. Despu\u00e9s de una primera estancia de tres a\u00f1os en Indiana, ense\u00f1a en George\u00adtown en 1796. Relacionado con Washington que le aprecia altamente, es envia\u00addo temporalmente a la Habana con el Sr. Dubourg. All\u00ed encuentra al futuro rey Luis Felipe y traba amistad con \u00e9l. En 1801, es profesor en el colegio-seminario Santa Mar\u00eda. El 3 de febrero trazar\u00e1 estas l\u00edneas destinadas a su hermano: \u00abTen\u00adgo todav\u00eda buen pie, buen ojo, buen diente. Mis cabellos, negros en otro tiempo como el \u00e9bano, se hacen de un blanco m\u00e1s brillante que la nieve de manera que, con una figura a\u00fan bastante joven, comienzo a tener la cabeza de viejo\u00bb. Esos cabellos los lleva medio largos, al estilo del Cura de Ars, de quien tiene la mirada apacible y profunda. Tan pronto como los Trapenses erigieron un monasterio en Maryland, en 1804, el Sr. Flaget tiene el proyecto de que se le admita entre el n\u00famero de los hijos de San Bernardo. Da los primeros pasos para obtener su ingreso en el noviciado. Sin embargo, en 1808, se entera de que el Papa P\u00edo VII le destina para la sede de Bardstown. El quiere negarse. El Sr. Emery le impone la obligaci\u00f3n de aceptar la carga episcopal como servicio a la Iglesia. Obispo de Bardstown, luego de Lauisville, despu\u00e9s del traslado de esa sede a las riberas del Ohio, har\u00e1 venir a su di\u00f3cesis junto con las Hermanas del Buen Pastor y los Pa\u00addres de la Compa\u00f1\u00eda de Jes\u00fas ya restablecida, a los Trapenses de Gethseman\u00ed.<\/p>\n<p>La estancia del Sr. Dubourg en Maryland hizo, sin duda alguna, m\u00e1s ruido que la del Sr. Flaget. Todos los cohermanos hablan de \u00e9l en su correspondencia, y los juicios que ofrecen al respecto son bastante diversos. Era el primero de los Sulpicianos a quien Isabel hab\u00eda conocido. A \u00e9l es deudora de haber venido a Baltimore. Y, sin duda, ella comparte la admiraci\u00f3n que le profesa entonces el Sr. Flaget que trazar\u00e1 de \u00e9l, en una carta escrita el 28 de noviembre de 1803, este elogioso retrato:<\/p>\n<p><em>Despu\u00e9s de Dios y de nuestro buen arzobispo (Mons. Carroll), es el Sr. Du\u00adbourg, superior y director del Colegio (Santa Mar\u00eda de Baltimore), a quien somos deudores de estos grandes establecimientos. A unos talentos extraordinarios, en todos los sentidos, une un f\u00edsica excelente, una piedad admirable y unas delica\u00addezas que le ganan todos los corazones. S\u00f3lo tiene 40 a\u00f1os, es el m\u00e1s joven de <\/em><em>todos los Sulpicianos de Am\u00e9rica, como tambi\u00e9n el m\u00e1s benem\u00e9rito. <\/em><em>\u00a1Cu\u00e1ntas cosas no podr\u00e1 hacer, si vive veinte a\u00f1os m\u00e1s!<\/em><\/p>\n<p><em>Los Souvenirs <\/em>de Eduardo Demond\u00e9sir presentar\u00e1n, es verdad, al Sr. Dubourg bajo una luz un poco diferente: &#8230;Yo <em>no creo que pueda encontrarse un hombre m\u00e1s sujeto a caer en faltas y m\u00e1s pronto, m\u00e1s h\u00e1bil para salir de ellas. Todo le era provechoso, sus faltas y sus ca\u00eddas le empujaban adelante. Era de una actividad asombrosa con medios de todo g\u00e9nero, que hac\u00eda flecha de toda made\u00adra&#8230; <\/em>Aun cuando el Sr. Demond\u00e9sir est\u00e9 animado de un esp\u00edritu sat\u00edrico eviden\u00adte, no est\u00e1 falto, sin embargo, de esp\u00edritu de observaci\u00f3n. Que el Sr. Dubourg hab\u00eda sido a veces excesivo en sus reacciones, ah\u00ed est\u00e1n los hechos para probarlo. Entre \u00e9l y el Sr. Mar\u00e9chal no hubo siempre perfecta armon\u00eda, pero el Sr. Ma\u00adr\u00e9chal estaba dotado tambi\u00e9n de una fuerte personalidad.<\/p>\n<p>En cuanto al Sr. Babad, har\u00e1 recaer sobre el Sr. Dubourg la responsabilidad de una crisis financiera, provocada -dice \u00e9l- \u00abpor sus gastos extravagantes\u00bb. A decir verdad, uno se niega a dar cr\u00e9dito a las afirmaciones del Sr. Babad. El tiene 45 a\u00f1os. este a\u00f1o de 1808, y ha pasado unos a\u00f1os en La Habana antes de llegar a Maryland. Si damos cr\u00e9dito a la nota necrol\u00f3gica que le dedicar\u00e1, al d\u00eda siguiente de su fallecimiento, 14 de enero de 1846, su sobrino Juan Babad, \u00abcl\u00e9rigo minorista\u00bb, \u00e9l se habr\u00eda adquirido all\u00ed una reputaci\u00f3n extraordinaria de taumaturgo. En realidad, uno experimenta un cierto malestar, mientras prosigue la lectura de veinte grandes p\u00e1ginas de ese paneg\u00edrico, donde lo maravilloso tiene un lugar preponderante.<\/p>\n<p>\u00abMi t\u00edo -dice Juan Babad- daba siempre a los pobres; sobre lo que, si se le puede hacer reproche, es de no haber dado siempre con discernimiento&#8230; \u00ab. Esa falta de discernimiento en todos los planos ser\u00eda quiz\u00e1s, finalmente, el rasgo caracter\u00edstico de un hombre esencialmente bueno, muy sensible, extra\u00f1amente sintonizado con todo su ser con el movimiento rom\u00e1ntico tal como el Genio del Cristianismo presentaba entonces la religi\u00f3n misma. \u00abEl Sr. Babad es conside\u00adrado en toda la ciudad como un santo sacerdote\u00bb -escribir\u00e1 de \u00e9l el Sr. Brut\u00e9 de R\u00e9mur, futuro obispo tambi\u00e9n, en una carta dirigida a uno de los Superiores de Par\u00eds, en 1815, en tanto que el Sr. Mar\u00e9chal, que no le encuentra capaz de asu\u00admir el menor cargo ante los alumnos del seminario o del colegio, manifestar\u00e1 al mismo destinatario parisiense: \u00abel Sr. Babad es, un puro cero&#8230;\u00bb.<\/p>\n<p>La personalidad de ese Pedro Babad permanece al fin bastante enigm\u00e1tica. El no har\u00e1 f\u00e1cil ninguna de las obras en las que se ve llamado a participar, a pe\u00adsar de su ardor apost\u00f3lico, que, con ser aut\u00e9ntico, no parece haber encontrado nunca su punto de equilibrio. El teme -dice- \u00abhaber perdido su primera voca\u00adci\u00f3n por la disipaci\u00f3n del ministerio exterior\u00bb, y no ceja de agitarse respecto a todo, formulando, por otra parte, sobre sus cohermanos que le son manifiesta\u00admente superiores par muchos t\u00edtulos, juicios desafortunados, estrechos, que natu\u00adralmente no sirven para simplificar los problemas por resolver.<\/p>\n<p>Que los otros sulpicianos de Maryland hayan dado, a su respecto, muestra de una reserva bien prudente, bien excesiva, seg\u00fan el caso, nada tiene, por tanto, de sorprendente. Lo que parece mucho m\u00e1s asombroso es que Isabel Seton con su juicio seguro y su gran buen sentido, haya puesto de golpe, el d\u00eda mismo d-2 su llegada a Baltimore, su confianza total en quien ella llamar\u00e1 pronto <em>el santo P. Babad. Impulso <\/em>de su coraz\u00f3n, seguido con excesiva rapidez quiz\u00e1s, pero que va a ser, tanto para ella como para su obra naciente, una fuente de cuantiosas dificultades.<\/p>\n<p>Porque, desde que Isabel ha respondido a las proposiciones del Sr. Dubourg, desde que ha venido a ponerse a disposici\u00f3n de los Sulpicianos franceses de Ma\u00adryland, le ser\u00e1 menester en adelante acceder a caminar con ellos. El sendero por el que ella se aventura va a tomar tan a menudo el trazado del sendero de aqu\u00e9\u00adllos, su obra estar\u00e1 tan ligada a la obra de ellos, en ciertas ocasiones, que la de\u00adpendencia de una en relaci\u00f3n a la otra vendr\u00e1 a ser inevitable. Hasta el d\u00eda en que, habiendo encontrado su direcci\u00f3n propia, la pista de las Hermanas de la Caridad de Am\u00e9rica, al estilo de la de los pioneros que avanza primeramente co\u00admo a ciegas por regiones desconocidas, desemboque en plena luz, all\u00ed donde Dios, que escribe siempre recto hasta con l\u00edneas torcidas, no ha cesado de conducirla. Aqu\u00ed y all\u00ed, en verdad, el Se\u00f1or prosigue su propia obra con instrumen\u00adtos humanos falibles y limitados. Es as\u00ed, desde la llamada de los primeros dis\u00adc\u00edpulos de Cristo, como crece y se desarrolla su Reino.<\/p>\n<p>Ahora bien, m\u00e1s objetivo, sin duda, que unas conjeturas que correr\u00edan el ries\u00adgo de ser arbitrarias, el conocimiento, por imperfecto que sea, de los misioneros que trabajan en Maryland a la hora que Isabel, a su vez, llega all\u00ed, ayudar\u00e1 a tener una mirada l\u00facida sobre las situaciones a veces embrolladas, a menudo desconcertantes, en las que ser\u00e1n parte interesada tanto las Hermanas de la Caridad americanas como los Sulpicianos franceses. Las diferencias que. por otra parte, parecer\u00e1n dividir entre ellas, sobre tal o tal punto, a esos se\u00f1ores de San Sulpicio, u oponerlos a las miras de Mons. Carroll, no cortar\u00e1n jam\u00e1s la uni\u00f3n profunda, sobrenatural, que m\u00e1s ac\u00e1 de las divergencias de miras, de las oposiciones de caracteres, permitir\u00e1 al equipo misionero hundir en lo m\u00e1s pro\u00adfundo de la tierra de Am\u00e9rica la semilla fecunda del catolicismo para la mies futura.<\/p>\n<p>A la carta que dirig\u00eda Mons. Carroll en 1801 al Sr. Emery para decirle en cu\u00e1nta estima ten\u00eda a los Sulpicianos franceses, responden, siete a\u00f1os m\u00e1s tarde, estas l\u00edneas escritas por el Sr. Flaget: \u00abLa sede de Baltimore ha sido erigida en arzobispado y nuestro santo arzobispo ha recibido el pallium de Su Santidad. A \u00e9l somos deudores de nuestro establecimiento en los Estados Unidos, del colegio y del seminario, y, sin duda, a sus oraciones debemos el \u00e9xito del uno y del otro\u00bb.<\/p>\n<p>Ning\u00fan equ\u00edvoco posible. Una estima rec\u00edproca cimenta al equipo misionero, y el sentido sobrenatural que le anima asegura, a pesar de los enfrentamientos y hasta de los chispazos, su estrecha cohesi\u00f3n. La solemnidad que re\u00fane, este 15 de junio, a los Sulpicianos franceses en torno al arzobispo de Baltimore, su arzobispo, es m\u00e1s que una solemnidad lit\u00fargica. La consagraci\u00f3n de un edificio de piedra como es la capilla del seminario y colegio Santa Mar\u00eda toma ahora un valor de s\u00edmbolo. Es tambi\u00e9n la consagraci\u00f3n de 16 a\u00f1os de esfuerzos comunes y ya fructuosos para la Iglesia de Am\u00e9rica.<\/p>\n<p>La llegada de Isabel Seton a Baltimore, en este preciso d\u00eda, no es tampoco fortuita. Es providencial, y la coincidencia que la gu\u00eda justamente a los Sulpicia\u00adnos el d\u00eda mismo en que la Iglesia celebra la fiesta del Sant\u00edsimo Sacramento toma ahora tambi\u00e9n un singular relieve. La fecha del 15 de junio de 1808 mar\u00adca tambi\u00e9n en su vida la de una etapa excepcional, cargada de consecuencias. Y su admiraci\u00f3n no ha de acabarse con la solemnidad lit\u00fargica de este d\u00eda.<\/p>\n<p>Tan pronto termina la misa, Ana Mar\u00eda, Kate y Rebeca se ven junto con su madre rodeadas de un grupo simp\u00e1tico, con prisas de desearles la bienvenida. El arzobispo es de los primeros en saludar a la Sra. Seton, en sonre\u00edr a las ni\u00f1as. Anina, con sus cabellos en bucles, es una muchachita encantadora de 13 a\u00f1os, alta y desarrollada para su edad. Catalina cumplir\u00e1 8 a\u00f1os al fin de mes. Rebeca no tiene 6 todav\u00eda. Junto a Mons. Carroll y al Sr. Dubourg y al P. Hurley, a quienes ya conoc\u00edan, se encuentra la madre del Sr. Dubourg y su hermana: la Sra. Fournier. Muy veros\u00edmilmente, por raz\u00f3n de la solemnidad que re\u00fane este d\u00eda en Santa Mar\u00eda a la casi totalidad de los sacerdotes franceses, la Sra. Seton y sus hijas fueron presentadas a los Sres. Nagot, Flaget, David y Babad. La Sra. Fournier las invita a comer, mientras su hija mayor, Agla\u00e9, que es sensible\u00admente de la edad de Kitty, declama unos versos, a decir verdad bastante ampu\u00adlosos, que el Sr. Babad ha compuesto para la circunstancia.<\/p>\n<p>Las tres peque\u00f1as americanas no comprenden gran cosa, si no es que un afecto nuevo se les ofrece, que aqu\u00ed ya no estar\u00e1n como en Nueva York al margen de las dem\u00e1s ni\u00f1as. M\u00e1s que sus hijas, queda encantada Isabel. Ella es particularmente sensible a la atenci\u00f3n del Sulpiciano que ha dedicado un poema a sus propias hijas. Pronto, ella confiar\u00e1 a Catalina Dupleix: <em>Todas estas peque\u00ad\u00f1as delicadezas de la vida diaria que tocan el coraz\u00f3n y de las cuales yo estaba totalmente privada, se han hecho ahora una herencia de cada d\u00eda, gracias a la familia del Sr. Dubourg cuya hermana y madre son incansables en el cuidada que se toman por nosotras.<\/em><\/p>\n<p>En realidad, \u00bfno va a encontrar m\u00e1s Isabel? \u00bfLa posibilidad de dar nueva\u00admente a sus hijos un hogar y un padre? \u00bfY la estabilidad de una situaci\u00f3n mate\u00adrial normal, asegurada para el presente y el porvenir, que no estuviera ya dependiendo de la caridad de los, dem\u00e1s, aunque fuese la m\u00e1s delicada y la m\u00e1s ami\u00adgable de las caridades? \u00bfNo va a poder darse de nuevo sin freno dentro de un amor humano l\u00edcito y bienhechor su propio coraz\u00f3n, tan profundamente tor\u00adturado desde hace cuatro a\u00f1os? Hay en esto algo m\u00e1s que un sue\u00f1o: una pers\u00adpectiva que Isabel entrev\u00e9 desde fines de ese mes de junio de 1808, quiz\u00e1s desde la semana siguiente inmediata a su llegada a Baltimore.<\/p>\n<p>El lunes 19 de junio, sale para Georgetown a fin de buscar a sus hijos. Will y Ricardo ser\u00e1n efectivamente desde ahora, seg\u00fan deseo expreso del Sr. Du\u00adbourg, externos en el Colegio Santa Mar\u00eda de Baltimore. En el coche que la lleva<\/p>\n<p>a trav\u00e9s de Maryland, Isabel ha tomado sitio al lado del P. Hurley, que va acompa\u00f1ado por Samuel Sutherland Cooper. Ahora bien, desde el instante que han sido presentados, el Sr. Cooper y la Sra. Seton han experimentado el uno por el otro un atractivo espont\u00e1neo. Ella tiene 33 a\u00f1os. El tiene 39. El ha pasado re\u00adcientemente de la comuni\u00f3n protestante a la Iglesia cat\u00f3lica, como ella, con un fervor semejante hacia la Eucarist\u00eda. El quiere ahora vivir seg\u00fan todas las exigen\u00adcias de la vida cristiana cuya profesi\u00f3n acaba de hacer. Ella tambi\u00e9n. En las miras de la Providencia \u00bftendr\u00eda valor de signo este encuentro? El sentimiento \u00edntimo que hace ahora vibrar por entero el ser de la joven mujer es de un orden diferente. Este verano de 1808, Isabel Seton y Samuel Cooper son todav\u00eda libres. Ellos podr\u00edan unir sus vidas y eso ser\u00eda \u2014parece a primera vista\u2014 para el mayor bien de Ana, de Guillermo, de Ricardo, de Catalina y de Rebeca. Podr\u00edan llegar<\/p>\n<p>a ser, en la comunidad cat\u00f3lica de Baltimore, lo que llamamos hoy un hogar de acci\u00f3n cat\u00f3lica, eficaz e irradiante. \u00bfSe perder\u00eda, al fin, con ello, la fundaci\u00f3n mis\u00adma de una casa de educaci\u00f3n femenina que los Sulpicianos deseaban confiar a la joven mujer? El Sr. Cooper dispone de una fortuna personal que ser\u00eda capaz de facilitar el establecimiento proyectado.<\/p>\n<p>Que tales preguntas hayan asaltado a los interesados, se puede tener por cier\u00adto, seg\u00fan las confidencias de Isabel misma. Ella habla con toda franqueza tanto de <em>una atracci\u00f3n mutua, espont\u00e1nea, de un inter\u00e9s <\/em>que la empuja hacia Samuel Cooper, como de una estima rec\u00edproca entre ellos. Cecilia, que conocer\u00e1 un poco m\u00e1s tarde en Nueva York, a ese amigo del P. Hurley no le encontrar\u00e1, por su parte, sino muy poco seductor. Le har\u00e1 m\u00e1s bien el efecto de una especie de original, un tanto pasado de moda&#8230; <em>Yo bien quisiera no verle de manera dis\u00adtinta a la que t\u00fa le ves personalmente <\/em>-le replicar\u00e1 Isabel-. A Julia Scott ella le confiesa, con un eufemismo encantador, que <em>no sabe c\u00f3mo pod\u00edan haber cam\u00adbiado las cosas a consecuencia de ese atractivo&#8230;<\/em><\/p>\n<p>Pero hab\u00eda un <em>S\u00ed&#8230; El <\/em>uno y la otra, efectivamente, hab\u00edan cre\u00eddo discernir una llamada m\u00e1s elevada, m\u00e1s exigente a\u00fan: la de un camino exclusivamente consagrado a Dios. Si Dios les ped\u00eda el sacrificio de una dicha l\u00edcita y leg\u00edtima, ellos no regatear\u00edan. Ellos le har\u00edan ese don \u00abque excluye del afecto del hombre no s\u00f3lo lo que es contraria a la caridad -como lo explica santo Tom\u00e1s de Aquino- sino tambi\u00e9n todo lo que podr\u00eda simplemente impedir a todas las potencias del hombre dirigirse totalmente hacia Dios\u00bb<\/p>\n<p>As\u00ed pues, tan pronto coma ambos comprendieron que antes de su encuentro les hab\u00eda sido dirigida otra llamada, con respeto rec\u00edproco de una vocaci\u00f3n m\u00e1s alta, renuncian deliberadamente a ese amor humano naciente por el \u00fanico temor de retardar mutuamente su marcha por el camino del mayor amor. Es todo. De una y otra parte da vuelta la p\u00e1gina. Un hombre de <em>una personalidad tan viva, tan perfecta, es una ofrenda digna de la fuente de toda perfecci\u00f3n <\/em>&#8211;con\u00adcluye sencillamente Isabel-. Como recuerdo, sin embargo, de su viaje com\u00fan a Georgetown, ella quiso dejarle su rosario. Ella volver\u00e1 a ver, ciertamente, al Sr. Cooper, pues \u00e9l tendr\u00e1 su papel que representar en la fundaci\u00f3n pr\u00f3xima, pero la Sra. Seton se prohibir\u00e1 entablar con \u00e9l la menor correspondencia. Al final del mes de agosto, Samuel Cooper entraba en el Seminario de Santa Mar\u00eda, para comenzar all\u00ed los estudios que, bien que \u00e9l alcanzara ya la cuarentena, le permi\u00adtir\u00edan un d\u00eda acceder al sacerdocio.<\/p>\n<p>Al ver el desarrollo de los acontecimientos ulteriores, nos pod\u00edamos pregun\u00adtar si la simpat\u00eda s\u00fabita que, en un plano completamente diferente, atrae a Isa\u00adbel de forma casi irresistible tanto hacia el Sr. Babad como hacia el Sr. Cooper no es una especie de revancha de su naturaleza, de su \u00abextraordinaria sensibili\u00addad, de su receptividad tan intensa, tan vibrante\u00bb \u00a0demasiado tiempo reprimidas desde su salida de Liorna. Pues es manifiesto que, entre las personalidades de val\u00eda que le va a ser dado conocer en Baltimore, ni Babad ni Cooper pod\u00edan solicitar el primer puesto.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>No os acord\u00e9is de lo de anta\u00f1o, no a\u00f1or\u00e9is lo antiguo. Mirad, voy a realizar algo nuevo, y ya aparece, \u00bfno lo not\u00e1is? 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