{"id":61269,"date":"2012-01-17T13:00:23","date_gmt":"2012-01-17T12:00:23","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=61269"},"modified":"2016-07-26T17:23:29","modified_gmt":"2016-07-26T15:23:29","slug":"vida-de-san-vicente-de-paul-de-fray-juan-del-santisimo-sacramento-libro-segundo-capitulo-11","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/vida-de-san-vicente-de-paul-de-fray-juan-del-santisimo-sacramento-libro-segundo-capitulo-11\/","title":{"rendered":"Vida de San Vicente de Pa\u00fal, de Fray Juan del Sant\u00edsimo Sacramento. Libro segundo, cap\u00edtulo 11"},"content":{"rendered":"<div>\n<p style=\"text-align: center\"><strong>Cap\u00edtulo XI.<\/strong><br \/>\n<strong> Contin\u00faa la misma materia.<\/strong><\/p>\n<\/div>\n<p>No pudiendo reducir a una breve relaci\u00f3n la dilatada historia de los actos de humildad que en el discurso de su vida ejerci\u00f3 este gran siervo de Dios, nos limitaremos a continuar refiriendo los que creemos ser\u00e1n de mayor edificaci\u00f3n para el lector.<\/p>\n<p>Es dif\u00edcil decir en qu\u00e9 circunstancias brill\u00f3 m\u00e1s la gran humildad de Vicente, si cuando lo rodeaban las alabanzas a sus virtudes, o cuando la maldad le prodigaba poco merecidas injurias. Recib\u00eda un agravio con la misma alegr\u00eda que pudiera el m\u00e1s ambicioso recibir una honra: jam\u00e1s se quej\u00f3 de las ofensas que le hicieron, ni quiso dar satisfacci\u00f3n por las calumnias y falsos testimonios que le levantaron; ni el amor a su Congregaci\u00f3n fue bastante a que justificase su modo de obrar cuando el odio pretend\u00eda oscurecer su resplandor; al que le injuriaba o con palabras o con obras, correspond\u00eda con pedirle perd\u00f3n de rodillas. De todo dar\u00e1n testimonio los casos siguientes.<\/p>\n<p>Uno de los m\u00e1s principales del parlamento de Par\u00eds dijo un d\u00eda p\u00fablicamente que los misioneros de S. L\u00e1zaro se hab\u00edan entibiado mucho en el ejercicio de las misiones, y que ya eran muy pocas las que hac\u00edan. Se da siempre gran cr\u00e9dito a las palabras de un poderoso, y as\u00ed para perderle con el mundo, basta que salga la calumnia de la boca de un soberano. Lleg\u00f3 a o\u00eddos de Vicente lo que de \u00e9l y de su Congregaci\u00f3n se publicaba; y aunque pod\u00eda f\u00e1cilmente con la verdad desmentir aquella voz, pues en aquel mismo a\u00f1o y en el precedente se hab\u00edan hecho m\u00e1s misiones de las que ordinariamente se hac\u00edan, no quiso dar satisfacci\u00f3n alguna, ni defender los sudores de su tierna planta; antes a uno que le aconsejaba el que lo hiciese, y que procurase desenga\u00f1ar a aquel personaje, porque mal informado pod\u00eda seguir hablando mal de la Congregaci\u00f3n, le respondi\u00f3: <em>Dej\u00e9mosle hacer; yo por mi parte jam\u00e1s me justificar\u00e9 sino con las obras<\/em>. Sab\u00eda bien que estas acompa\u00f1adas de la paciencia, son las m\u00e1s seguras armas para triunfar de los asaltos de la malicia.<\/p>\n<p>Un prelado principal\u00edsimo le dio orden de que tuviese en su casa por alg\u00fan tiempo a un celoso religioso que trazaba una reforma en su religi\u00f3n, y que para empresa tan santa le diese su asistencia. Obedeci\u00f3 el siervo de Dios con sencillez, sin reparar en los inconvenientes que pod\u00edan nacer recibiendo a aquel religioso, a quien dio los consejos que le parecieron m\u00e1s oportunos para el dichoso fin de sus buenos intentos. Pasados algunos d\u00edas, acudieron al mismo prelado otros religiosos a quienes no agradaba la reforma, quej\u00e1ndose de Vicente y del que la pretend\u00eda, como de hombres que deseaban introducir novedades; que de este t\u00edtulo se valen algunos para poner impedimento a las cosas del ser vicio divino. No se acordaba ya el referido prelado de que todo lo obrado por Vicente hab\u00eda sido por orden suya, y dando o\u00eddos a aquella queja, le hizo llamar, y en presencia de los mismos religiosos le reprendi\u00f3 \u00e1speramente, sin que el venerable sacerdote le respondiese ni volviese por su inocencia, padeciendo tan sin causa. Pero el Se\u00f1or que tanto mira por la honra de los suyos, defendi\u00f3 la reputaci\u00f3n de su siervo, castigando al prelado con el recuerdo de lo que hab\u00eda pasado, que le fue de no poco sentimiento, al considerar que tan sin raz\u00f3n hab\u00eda reprendido al que solo en haberle obedecido era culpable; le serv\u00eda de mayor confusi\u00f3n aquel modesto silencio, indicio de una humildad profunda, y para satisfacer a su conciencia, se excus\u00f3 con Vicente mostrando su arrepentimiento, y protestando que se retractar\u00eda delante de los que le hablan o\u00eddo, para que quedase m\u00e1s asegurado su cr\u00e9dito. Ensalza Dios a los humildes con el mismo desprecio y abatimiento, y as\u00ed permiti\u00f3 que cargase sobre Vicente aquel agravio no merecido para hacerle m\u00e1s venerado.<\/p>\n<p>Habi\u00e9ndole llamado otro prelado para que asistiese a una congregaci\u00f3n a la que concurr\u00edan sujetos de gran m\u00e9rito, le reprendi\u00f3 p\u00fablicamente por una cosa en que no ten\u00eda ni sombra de culpa. No se dio Vicente por ofendido; antes, como si hubiese cometido el imputado yerro, se puso de rodillas y le pidi\u00f3 perd\u00f3n de \u00e9l, con singular admiraci\u00f3n de los que all\u00ed estaban, que conociendo su inocencia, celebraban su humildad prodigiosa, en especial Andr\u00e9s Duval, doctor muy estimado entre los de la Sorbona por su virtud y sabidur\u00eda, que acabada la congregaci\u00f3n, dijo en alta voz que Vicente era <em>un hombre de raro y extraordinario ejemplo, y de esp\u00edritu sobrenatural y divino<\/em>.<\/p>\n<p>Un caballero mozo, llevado de la c\u00f3lera y del ardor juvenil, le perdi\u00f3 el respeto al siervo de Dios, y entre otras cosas le dijo que era un viejo loco. La respuesta fue arrojarse a sus pies, e hincado de rodillas pedirle perd\u00f3n de la ocasi\u00f3n que le pod\u00eda haber dado para merecer aquel desprecio.<\/p>\n<p>Un eclesi\u00e1stico poco atento a la grandeza de su estado, esparci\u00f3 por Par\u00eds la falsa voz de que Vicente se hab\u00eda dejado cohechar, haciendo que se confiriese un beneficio a una persona que le hab\u00eda regalado una librer\u00eda y una gruesa suma de dinero. Le asalt\u00f3 al siervo de Dios cuando lo supo, un debido sentimiento de tan falso testimonio, pues sufrir la fama de interesado es sobrada paciencia en un ministro. Quiso pues manifestar con la pluma la justificaci\u00f3n con que obraba; pero apenas lleg\u00f3 a formar la primera letra, cuando reprendi\u00e9ndose a s\u00ed mismo, comenz\u00f3 a decir: <em>\u00a1Ah miserable! \u00bfy qu\u00e9 piensas t\u00fa hacer? \u00a1C\u00f3mo! \u00bfy quieres justificarte a ti mismo? Ahora acabamos de o\u00edr que un cristiano falsamente acusado en Berber\u00eda, ha estado tres d\u00edas en los tormentos, y ha muerto sin proferir una palabra de queja o sentimiento, siendo as\u00ed que estaba inocente del delito que se le imputaba; \u00bfy t\u00fa quieres excusarte? No, no, no ser\u00e1 as\u00ed<\/em>; y dicho esto, arroj\u00f3 la pluma, sin quererse defender ni volver por su reputaci\u00f3n, cuando parece que debiera hacerlo por la misma honra soberana, pues es descr\u00e9dito de los pr\u00edncipes el que se venda la justicia en los tribunales.<\/p>\n<p>Cierto hombre infecto de falsos dogmas pertenecientes a la materia de Gracia, procur\u00f3 introducirlos en el \u00e1nimo de Vicente, conociendo lo que le importar\u00eda el tenerlo de su parte; porque en tanto tienen estimaci\u00f3n las opiniones, en cuanto las siguen y defienden sujetos grandes; pero viendo que perd\u00eda tiempo, y que no le convenc\u00edan sus razones, por satisfacer a sus burladas esperanzas, carg\u00f3 al siervo de Dios de grav\u00edsimas injurias : le dijo entre otras palabras, que era un ignorante, y que se maravillaba c\u00f3mo no se avergonzaba la Congregaci\u00f3n de tenerle por Superior General. Le respondi\u00f3 Vicente m\u00e1s humilde que \u00e9l soberbio, y como aquel que en sus desprecios no se dejaba vencer de ninguno: <em>Yo me maravillo mucho m\u00e1s, porque soy m\u00e1s ignorante de lo que pod\u00e9is imaginar<\/em>.<\/p>\n<p>Pero esta respuesta que pod\u00eda causar confusi\u00f3n a la presunci\u00f3n m\u00e1s altiva y a la vanidad m\u00e1s hinchada, no fue dictada de la raz\u00f3n para triunfar de un agravio con no darse por ofendido, sino que fue nacida de su propio conocimiento. Ninguno en el mundo se ha cre\u00eddo tan adornado de sabidur\u00eda, cuanto Vicente se juzgaba pose\u00eddo de la ignorancia. Pensaba de s\u00ed tan al contrario de lo que experimentaban todos, que las que en \u00e9l se veneraban como luces sobrenaturales, le parec\u00edan tinieblas horribles. Los progresos felices de su Congregaci\u00f3n y el copioso fruto que por su medio se recog\u00eda en la vi\u00f1a del Se\u00f1or, daba claramente a conocer los raros y singulares dones de que le hab\u00eda dotado el cielo para su gobierno, y con todo eso lloraba el verse desnudo de prendas para poder ejercer el oficio de Superior General; oblig\u00e1ndole a querer renunciar este puesto, el juicio que ten\u00eda hecho de que le faltaba la capacidad necesaria para aquella ocupaci\u00f3n. Habi\u00e9ndose juntado en el a\u00f1o de 1641 los sacerdotes m\u00e1s ancianos de la Congregaci\u00f3n, para conferenciar sobre algunas cosas importantes a su conservaci\u00f3n, p\u00fablicamente declar\u00f3 a todos muchas faltas que le parec\u00eda haber cometido en el tiempo que la hab\u00eda gobernado, y las d\u00e9biles fuerzas que en s\u00ed reconoc\u00eda para cargar sobre sus hombros el peso del mando, dici\u00e9ndoles: <em>Yo depongo en vuestras manos el oficio de Superior General; elegid otro en el nombre del Se\u00f1or<\/em>: y con esta resoluci\u00f3n se sali\u00f3 de la sala donde se hac\u00eda la junta , y se retir\u00f3 a un lugar apartado a encomendar a Dios aquel negocio. Dej\u00f3 at\u00f3nitos a los congregados tan impensada propuesta; pero los soseg\u00f3 el conocimiento que ten\u00edan de su humildad profunda, y los alent\u00f3 para no condescender con lo que deseaba, el estimarle tanto m\u00e1s benem\u00e9rito, cuanto \u00e9l se reputaba m\u00e1s indigno; as\u00ed, aunque repiti\u00f3 las instancias, fue sin provecho, porque despu\u00e9s de haberle significado por algunos la determinaci\u00f3n firme de no hacer nueva elecci\u00f3n, viendo su resistencia, fueron todos juntos a donde estaba, y le dijeron: <em>Vos sois el que nosotros elegimos por Superior General, y mientras Dios os conserve la vida, no tendremos jam\u00e1s otro<\/em>. Cedi\u00f3 en fin el humilde Vicente a la divina voluntad, aceptando de nuevo el oficio, del cual reserv\u00f3 para s\u00ed la fatiga, y para los dem\u00e1s la honra y la conveniencia.<\/p>\n<p>Si no lo ped\u00eda la importancia del negocio que escrib\u00eda, nunca usaba del t\u00edtulo de Superior General, y solo se firmaba indigno sacerdote de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n, o cuando m\u00e1s, indigno Superior. No pod\u00eda sufrir el que los suyos le hiciesen alg\u00fan acto de reverencia; sent\u00eda como grave injuria el que cuando le encontraban le inclinasen la cabeza; y dici\u00e9ndole un oficial de la casa, que \u00e9sta era loable costumbre de todas las comunidades, respondi\u00f3 que era muy debida la veneraci\u00f3n a los superiores pero que ten\u00eda motivos muy suficientes para no permitir se hiciese con \u00e9l lo que era justo se obrase con los dem\u00e1s. Todas las veces que hab\u00eda de dar a alguno la bendici\u00f3n, se hincaba de rodillas, y no content\u00e1ndose su humildad con usar de este acto de rendimiento en aquella ceremonia, besaba en muchas ocasiones la tierra.<\/p>\n<p>Gustaba sumamente de emplearse en los ministerios m\u00e1s viles de la casa, sin desde\u00f1ar los m\u00e1s bajos de la cocina; el corto alimento que daba a su cuerpo, quer\u00eda que fuese de lo que los otros dejaban. En las misiones se sentaba, o en el \u00faltimo confesonario, o sobre alguna piedra, si los confesonarios eran pocos y no hab\u00eda lugar c\u00f3modo para los dem\u00e1s, escogiendo siempre para s\u00ed el peor, as\u00ed en el sitio como en la conveniencia; ten\u00eda igualmente singular gusto en explicar la doctrina cristiana, y en ense\u00f1ar a los ni\u00f1os el Padrenuestro y Ave Mar\u00eda, y los primeros rudimentos de la fe, por ser este ejercicio el de menos ostentaci\u00f3n.<\/p>\n<p>En una misi\u00f3n en que el se\u00f1or del lugar quiso alojar a los misioneros en su palacio, habiendo cuartos muy buenos, se hosped\u00f3 en el que dorm\u00edan los lacayos. Al principio que entr\u00f3 en la casa de San L\u00e1zaro, faltando camas para todos, dej\u00f3 la suya a otro, y se fue a dormir con el cocinero. Finalmente, en todas las cosas buscaba lo m\u00e1s abatido y despreciado, as\u00ed en el vestido como en el sustento, y en todo lo dem\u00e1s necesario para la vida. Hasta en los ornamentos para decir misa, quer\u00eda que le diesen los que eran menos preciosos. En hacimiento de gracias por el feliz nacimiento del Delf\u00edn, envi\u00f3 la reina a la Iglesia de San L\u00e1zaro un rico ornamento de tela de plata, y sac\u00e1ndosele para celebrar, no quiso servirse de \u00e9l, hasta que otro lo estrenase primero.<\/p>\n<p>Cuando volv\u00edan los sacerdotes de las misiones, quer\u00eda muchas veces descalzarlos, aunque estuviesen los zapatos llenos de lodo, y lo mismo pretend\u00eda cuando ven\u00eda a casa alg\u00fan forastero; pero al paso que se alegraba de servir a todos, se entristec\u00eda si se ve\u00eda obligado a que alguno le sirviese; y as\u00ed cuando por su larga edad, o por alguna grave indisposici\u00f3n lo necesitaba, exclamaba: \u00bf<em>Y qui\u00e9n soy yo, que doy tanto que hacer a los otros? \u00a1Ah! vaso hediondo lleno de inmundicia y pasto de gusanos. \u00a1Cu\u00e1nta molestia ocasionas a tus hermanos!<\/em>.<\/p>\n<p>Sent\u00eda que a las personas seglares que serv\u00edan en casa, se les llamase con el nombre de criados; porque dec\u00eda que era faltar al respeto que se debe a un cristiano el no llamarle por su nombre propio. En una ocasi\u00f3n, habiendo llamado un caballero a un dom\u00e9stico suyo con el nombre de criado del se\u00f1or Vicente, <em>dispensad<\/em>, dijo el humilde sacerdote, <em>no es mi criado, sino mi hermano<\/em>, y como tal le trataba en un viaje que le acompa\u00f1\u00f3, llev\u00e1ndole a las ancas del caballo para aliviarle del cansando del camino. Este mismo acto de amor fraternal y humildad singular, ejercitaba cuando algunos amigos a personas principales, le obligaban a entrar en coche para volverse a casa, haciendo que los lacayos que ven\u00edan para acompa\u00f1arle, se entrasen tambi\u00e9n en \u00e9l. Los corazones altivos miden por la desigualdad la estimaci\u00f3n; los que son verdaderamente humildes, solo hacen estimaci\u00f3n de la igualdad, que en todos fund\u00f3 la naturaleza, no de la diferencia que concede a la que llama el mundo fortuna. Se juzgaba tan indigno del estado sacerdotal, que sol\u00eda decir muchas veces que si ya no se viese en tan sublime grado, no le abrazar\u00eda jam\u00e1s por ning\u00fan motivo. El empleo en que le ocup\u00f3 la reina de consejero, por ser propio para personas grandes, le era un peso grav\u00edsimo consider\u00e1ndose tan peque\u00f1o; y as\u00ed dec\u00eda a algunos de sus confidentes: \u00ab<em>Yo ruego todos los d\u00edas al Se\u00f1or que me libre de este oficio, y que permita que me tengan por loco, para que me echen del Consejo y no me ocupen m\u00e1s en estos negocios, y as\u00ed me quede mas tiempo de hacer penitencia, y no d\u00e9 tan mal ejemplo a nuestra m\u00ednima Congregaci\u00f3n<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Le serv\u00eda de gran tormento el haber de comunicar y tratar con los se\u00f1ores y personas calificadas del mundo; su gusto y recreo era hablar y discurrir con los m\u00e1s bajos y abatidos, usando con estos de tanta afabilidad y cortes\u00eda, que cuando les hablaba ten\u00eda siempre descubierta la cabeza.<\/p>\n<p>Buscando todos su consejo como de or\u00e1culo, pues le veneraban como var\u00f3n prudent\u00edsimo, le sujetaba f\u00e1cilmente al de cualquiera otro; esto lo observ\u00f3 en una junta una se\u00f1ora, y dici\u00e9ndole que su parecer deb\u00eda ser el preferido, le respondi\u00f3 Vicente: \u00ab<em>No sea jam\u00e1s verdad que mi pobre y d\u00e9bil parecer haya de prevalecer y superar al de otros: yo tendr\u00e9 gran gusto siempre que Dios obre lo que fuere de su agrado sin intervenci\u00f3n de m\u00ed, miserable pecador<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Por eso nunca determinaba absolutamente las cosas diciendo: esto o aquello se ha de hacer; sino que con modestia declaraba lo que le parec\u00eda, sujet\u00e1ndolo al juicio del mismo que le preguntaba, vali\u00e9ndose de ordinario de estas o semejantes palabras: <em>Me parece que este negoci\u00f3 se pod\u00eda enderezar por este camino. Acaso har\u00edamos bien obrando de tal modo. Si os parece valeros de este medio, podr\u00eda ser ocasi\u00f3n de creer que Dios le echar\u00eda su santa bendici\u00f3n<\/em>. Verdad es que cuando la resoluci\u00f3n de la duda se fundaba en alguna m\u00e1xima evang\u00e9lica, daba la respuesta con mayor seguridad y sin vacilar; pero siempre se absten\u00eda de todo lo que pod\u00eda manifestar autoridad o apego a su propio parecer.<\/p>\n<p>Alentaba continuamente a sus misioneros a la pr\u00e1ctica de esta important\u00edsima virtud y a que huyesen del vicio de la soberbia (aire pest\u00edfero que inficiona aun la empresa m\u00e1s santa), dici\u00e9ndoles que los operarios evang\u00e9licos deb\u00edan referir a Dios todos los sudores y fatigas que empleaban en servicio de las almas, y reconocer la conversi\u00f3n de los pecadores por obra propia de la divina Omnipotencia. \u00ab<em>Y, \u00a1ay de los misioneros<\/em>, a\u00f1ad\u00eda, <em>si atribuyesen a s\u00ed mismos ni la m\u00e1s m\u00ednima parte del bien que hacen en provecho del pr\u00f3jimo, y creyesen por esto merecer estimaci\u00f3n y honra! \u00a1Oh, cu\u00e1nto deseo que traigamos esculpida profundamente en los corazones esta verdad: que aquellos que se creen autores del bien que obran, o que tienen en \u00e9l alguna parte, y se complacen con este pensamiento, pierden mucho m\u00e1s que ganan, aunque las cosas que hacen sean buenas y santas<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Enviando a uno de los suyos por Superior de una casa de la Congregaci\u00f3n, le dio los siguientes avisos: \u00ab<em>Os recomiendo la humildad de Cristo Se\u00f1or nuestro. Decid muchas veces: Se\u00f1or, \u00bfqu\u00e9 m\u00e9ritos tengo yo para este oficio? \u00bfCu\u00e1les son mis obras que correspondan al empleo que se me ha puesto sobre los hombros? \u00a1Ah, Dios mio! yo lo destruir\u00e9 todo, si vos no dirig\u00eds mis palabras y acciones. \u00a1Ah!, que si consider\u00e1semos todo lo que hay en nosotros de humano y de imperfecto, hallar\u00edamos mucho de que humillarnos en la presencia de Dios y en la de los hombres, y aun de aqu\u00e9llos que nos son inferiores! La humildad debe adem\u00e1s de esto hacer aborrecer todas las complacencias que se mezclan principalmente en los empleos que tienen alguna apariencia. La vana complacencia es un veneno de las buenas obras, una peste que inficiona las acciones m\u00e1s santas, y que al punto hace olvidarse de Dios. Guardaos de este vicio como del m\u00e1s pernicioso y que m\u00e1s impide, seg\u00fan mi juicio, el progreso en la perfecci\u00f3n y en la vida espiritual. Por esto daos todos a Dios, para que habl\u00e9is con el esp\u00edritu humilde de Jesucristo, confesando que vuestra doctrina no es vuestra, sino del Evangelio<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Estos avisos tan importantes eran en el siervo de Dios puntual\u00edsimas ejecuciones. Cuanto obraba su caridad en beneficio del pr\u00f3jimo, todo lo miraba como obra del poder divino; solo para el Se\u00f1or quer\u00eda la gloria de aquel copios\u00edsimo fruto que dio a la Iglesia. Para huir aun la m\u00e1s leve sombra de la humana estimaci\u00f3n, usaba en los sermones de un estilo llano y sencillo, pretendiendo ganar almas, no aclamaciones. Ense\u00f1aba a los suyos que en las acciones p\u00fablicas se deb\u00eda dejar todo aquello que solo sirve al aplauso, y que el abstenerse en los sermones de conceptos altos y de voces estudiadas, era un secreto sacrificio del coraz\u00f3n, el cual agradaba mucho a Cristo Se\u00f1or nuestro; porque Su Majestad descansa en los pechos sencillos, y m\u00e1s que en otra cosa se deleita en la humildad verdadera.<\/p>\n<p>Cuando se ve\u00eda obligado a hablar de lo que hab\u00eda obrado por la gloria de Dios, todo el buen \u00e9xito de sus empresas lo atribu\u00eda al celo y a las fatigas de los dem\u00e1s. \u00ab<em>El Se\u00f1or<\/em>, dec\u00eda, <em>lo ha hecho todo por medio de estos otros sacerdotes. Dios se ha servido de la Congregaci\u00f3n para tal cosa. Dios ha dado a la Congregaci\u00f3n tal gracia<\/em>\u00ab. Y por el contrario, si el negocio no sal\u00eda como se deseaba, se atribu\u00eda la causa del mal \u00e9xito. \u00ab<em>Yo soy la causa<\/em>, repet\u00eda muchas veces, <em>de que las cosas no vayan como debieran; pero yo pido perd\u00f3n de esto<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Si alguno no ejecutaba lo que el siervo de Dios hab\u00eda ordenado, o por olvido o por no haberlo entendido bien, dec\u00eda: \u00ab<em>Os ruego me dispens\u00e9is si no he sabido declarar bien mi pensamiento. Yo soy una bestia, no tengo talento para darme a entender<\/em>\u00ab. Si se le refer\u00eda alguna falta o defecto que en la casa se hubiese cometido, se hincaba de rodillas, y con gran sentimiento prorrump\u00eda en estas voces: \u00ab<em>Misericordia, Dios mio: yo soy causa de este error por mi mal ejemplo<\/em>\u00ab; y al culpado le dec\u00eda: \u00ab<em>Mis pecados son causa del mal que se ha obrado<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>A su Congregaci\u00f3n la llamaba peque\u00f1a y miserable: deseaba que fuese tenida por la m\u00ednima y \u00faltima de todas. \u00ab<em>Nuestra peque\u00f1a Congregaci\u00f3n<\/em>, dijo un d\u00eda, <em>es el desecho de las otras, y no se debe comparar con ninguna de cuantas hay en la Iglesia<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Hac\u00eda instancia un sacerdote para ser admitido en la Congregaci\u00f3n, y para manifestar m\u00e1s su deseo, la prefer\u00eda a todas las dem\u00e1s. Vicente que oy\u00f3 el alto concepto que de ella se hab\u00eda formado, le respondi\u00f3: \u00ab<em>El afecto que le ten\u00e9is os hace decir esto, que en cuanto a lo dem\u00e1s, las otras religiones y congregaciones, son todas santas, y nosotros somos miserables, mucho m\u00e1s que los mismos miserables<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Una casa de la Congregaci\u00f3n padeci\u00f3 sin culpa suya un trabajo considerable: no se afligi\u00f3 Vicente por verla abatida y humillada, antes regocijado y contento, exhort\u00f3 a los suyos a dar gracias al Se\u00f1or por haber ella recibido una mortificaci\u00f3n tan injusta; porque, dec\u00eda, \u00ab<em>es gran felicidad el ser tratado como Cristo Se\u00f1or nuestro<\/em>\u00ab. Y en semejante ocasi\u00f3n le escribi\u00f3 a un superior de otra casa estas palabras: \u00ab<em>Dios os libre de quejaros jam\u00e1s, si sucediere que nuestro instituto y nuestro modo de obrar sea desaprobado o blasfemado, y despreciado de otros; esto sin duda es mejor que si fuese estimado y alabado, pues nuestro Redentor dice: Ser\u00e9is bienaventurados, cuando os persigan y digan todo mal de vosotros<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Repet\u00eda muchas veces, como ya en otra parte se ha referido, que el arma m\u00e1s poderosa para vencer al demonio era la humildad; por lo cual, a un estudiante de su Congregaci\u00f3n, tentado de desesperaci\u00f3n, le dijo, despu\u00e9s de haberle dado los remedios oportunos: \u00ab<em>Si el maligno tentador contin\u00faa en molestaros, decidle que el ignorante de Vicente os ha ordenado que le respond\u00e1is de esta manera<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Con estos y otros semejantes documentos procuraba el humilde siervo de Dios plantar en los corazones de los suyos esta excelente virtud de la humildad, que \u00e9l hab\u00eda puesto por base de su Congregaci\u00f3n, persuadi\u00e9ndolos y alent\u00e1ndolos a abrazarla con el ejemplo, que es para obligar el medio m\u00e1s eficaz y poderoso. Esta virtud era la que Vicente m\u00e1s amaba, y la que m\u00e1s resplandec\u00eda, no solamente en sus obras y en sus discursos, sino tambi\u00e9n en la parte exterior de su persona; de manera que la fragancia suav\u00edsima de su humildad, la sent\u00eda todo el que le ve\u00eda o hablaba.<\/p>\n<p>Le cost\u00f3 empero largo estudio el adquirir este precioso y celestial tesoro, y as\u00ed, al principio de la erecci\u00f3n de la Congregaci\u00f3n, dijo un d\u00eda a los suyos: \u00ab<em>Hace m\u00e1s de veinticinco a\u00f1os que tengo por ejercicio cotidiano la virtud de la humildad, y hasta ahora no s\u00e9 qu\u00e9 cosa sea, solamente s\u00e9 que yo soy in\u00fatil para todo lo bueno y h\u00e1bil para todo lo malo<\/em>\u00ab. Pudiera bien decir en su muerte, que \u00e9ste hab\u00eda sido el principal empleo de toda su vida; siendo verdad que a ning\u00fan otro atendi\u00f3 con tanta aplicaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Esta verdad la confirma una respuesta que dio a uno de su Congregaci\u00f3n poco antes de morir, en ocasi\u00f3n que le refer\u00eda la magn\u00edfica entrada que el rey y la reina hab\u00edan de hacer en Par\u00eds. \u00ab<em>Toda esta noche<\/em>, dijo, <em>he estado pensando en los medios de poder humillarme tanto, cuanto en este d\u00eda ser\u00e1n exaltadas sus majestades, y de estimarme tan digno de confusi\u00f3n como ellas de gloria; en una palabra, de amar tanto el estado de abatimiento, como tan grandes pr\u00edncipes aman el de su grandeza<\/em>\u00ab. Y pareci\u00e9ndole que hab\u00eda dicho mucho, a\u00f1adi\u00f3: \u00ab<em>He dicho mal toda la noche, quiero decir, siempre que he despertado, que han sido muchas veces<\/em>\u00ab. Permiti\u00f3 el Se\u00f1or que su fiel siervo nos dejase noticia del abrasado deseo que ten\u00eda de unirse con la humildad en el lazo m\u00e1s estrecho, aun al tiempo que estaba pr\u00f3ximo a su dichoso tr\u00e1nsito, para que claramente vi\u00e9semos y conoci\u00e9semos que era esta virtud el centro de sus pensamientos, y la que por el discurso de su vida le hab\u00eda robado m\u00e1s especialmente los cuidados.<\/p>\n<p>Sucedi\u00f3 en el mismo tiempo de su \u00faltima enfermedad, que una princesa le envi\u00f3 a decir que deseaba el que fuesen a visitarle sus hijos para que les echase la bendici\u00f3n; a lo que respondi\u00f3 nuestro Vicente: \u00ab<em>Yo no s\u00e9 si tendr\u00e9 \u00e1nimo para sufrir la confusi\u00f3n que sentir\u00e9, al ver que dos pr\u00edncipes vienen a un pobre viejo y r\u00fastico villano como soy, m\u00e1s a prop\u00f3sito para meterles miedo, que para edificarlos. Si la se\u00f1ora princesa reflexiona, acaso tendr\u00e1 por mejor el no permitir esta visita<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Daremos fin a este capitulo con las palabras que muy de ordinario profer\u00eda el cardenal de Rochefoucault, que \u00edntimamente conoc\u00eda y trataba al siervo de Dios, porque ellas abrazan cuanto se puede dilatar la pluma en alabanza de su humildad. Dec\u00eda, pues, \u00abque <em>si se quer\u00eda hallar la verdadera humildad en este mundo, conven\u00eda buscarla en el se\u00f1or Vicente<\/em>\u00ab.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cap\u00edtulo XI. Contin\u00faa la misma materia. 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