{"id":59436,"date":"2012-02-04T01:58:16","date_gmt":"2012-02-04T00:58:16","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=59436"},"modified":"2016-07-27T12:15:23","modified_gmt":"2016-07-27T10:15:23","slug":"el-hermano-olderic-sayler-1708-1795","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/el-hermano-olderic-sayler-1708-1795\/","title":{"rendered":"El hermano Old\u00e8ric Sayler (1708-1795)"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2012\/01\/Biografias-Pa%C3%BAles26.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-full wp-image-59437\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2012\/01\/Biografias-Pa%C3%BAles26.jpg?resize=232%2C300\" alt=\"\" width=\"232\" height=\"300\" \/><\/a>Hay pocos Misioneros en nuestra provincia, dice una noticia italiana, que no hayan conocido al hermano Sayler o no hayan o\u00eddo hablar de \u00e9l con elogios. Y es que, en efecto, sus virtudes han difundido por todas partes la edificaci\u00f3n y nosotros no podemos excusarnos de conservar por escrito su recuerdo.<\/p>\n<p>El hermano Old\u00e9ric Sayler naci\u00f3 en Hegent, en la di\u00f3cesis de Augsburgo, en Babiera, el 10 de febrero de 1708. Llegado a la edad de veintid\u00f3s a\u00f1os, fue a Roma con varios de sus compatriotas para ganarse la vida en el oficio de tornero. Cuando, en esta ciudad,\u00a0 quiso encontrar un confesor, alguien le dio la direcci\u00f3n de la casa de Monte Citorio; all\u00ed se confes\u00f3 con un Sacerdote de la Misi\u00f3n y comenz\u00f3 a frecuentar los sacramentos.<\/p>\n<p>Pidi\u00f3 luego en diversas ocasiones\u00a0 ser admitido en la Congregaci\u00f3n. Despu\u00e9s de probarle con varios retrasos, fue finalmente recibido como hermano coadjutor en la casa de Saint-Jean y de Saint-Paul, el 7 de diciembre de 1732. Ten\u00eda por costumbre decir que hab\u00eda experimentado tal consuelo al comenzar su vida de Misionero que lloraba con frecuencia de gozo pensando en la gracia que el Se\u00f1or le hab\u00eda hecho, y que le parec\u00eda estar en un para\u00edso anticipado. Esta alegr\u00eda era el fruto de costumbres puras que hab\u00eda conservado en el mundo y de las virtudes que hab\u00eda comenzado a practicar; por eso,\u00a0 cuando en el seminario pudo dar curso libre a su piedad, no tard\u00f3 en hacerse muy \u00fatil a la Congregaci\u00f3n y a ser muy estimado de sus superiores. Por aquella \u00e9poca, el Sr. della Torre era Visitador de la provincia romana. Queriendo dar por compa\u00f1ero a los Srs. Farletti, Caromi et Manzoni,\u00a0 de la fundaci\u00f3n de una casa en Pescina, un hermano particularmente edificante, puso los ojos en el hermano Sayler, quien, tal vez, no hab\u00eda hecho a\u00fan los votos. Este no enga\u00f1\u00f3 las esperanzas que se hab\u00edan puesto en \u00e9l; satisdizo por completo a los Srs. convictores y al obispo de la di\u00f3cesis durante los a\u00f1os que pas\u00f3 en esta ciudad hasta el momento que se cerr\u00f3 el establecimiento.<\/p>\n<p>Apenas regresado a Roma,\u00a0 cuando el sr. della Torre quiso tenerle con \u00e9l en Piacenza, adonde fue en 1741. Muy pronto, las tropas austriacas, habiendo invadido este ducado, llegaron a ocupar el colegio Alberoni; entonces el hermano Sayler fue enviado, con otros sujetos de esta casa, a la fundaci\u00f3n de Cremona, que no estaba lejos. Esto ocurr\u00eda en 1743. El hermano Sayler acompa\u00f1\u00f3 durante varios a\u00f1os a los sacerdotes en las misiones que daban en la regi\u00f3n de Brescia y de Bergamo. En 1746, fue llamado a la provincia romana y destinado a la casa de Fermo.<\/p>\n<p>Pero el Sr. della Torre no le perd\u00eda de vista ; como se decidiera a pasar\u00a0 a pasar los \u00faltimos a\u00f1os de su vida en la casa de Tivoli, cuya construcci\u00f3n \u00e9l mismo hab\u00eda dirigido, quiso tener con \u00e9l al hermano\u00a0 Sayler, y este vino a unirse a \u00e9l el 14 de noviembre de 1747. De esta forma el buen hermano tuvo la suerte\u00a0 de servirle en su \u00faltima enfermedad y hasta su muerte, que ocurri\u00f3 el 29 de diciembre de 1749. Se ha encontrado, en los papeles de este hermano, muchas cartas que le hab\u00edan sido escritas por el Sr. della Torre, de Piacenza, en 1743 y 1744, y de Roma, en 1746, y todas demuestran la alta estima que este visitador ten\u00eda de \u00e9l. En efecto, le habla con mucha bondad, y le da cuenta amigablemente de sus trabajos, le conf\u00eda diferentes cambios, sobre todo los que se refieren a su persona, le testimonia del deseo de volverle a ver, y se encomienda con inter\u00e9s a sus oraciones, y le pide que le escriba y le pida con toda franqueza\u00a0 su sentimiento como lo habr\u00eda hecho por un sacerdote de su confianza. Por estas circunstancias, que hemos querido se\u00f1alar, cada uno puede ver cu\u00e1l era el afecto de un hombre tan distinguido como el Sr. della Torre por el hermano Sayler, y cu\u00e1l era la confianza con la que le honraba. Basta con decir los m\u00e9ritos que, a pesar de su juventud, reun\u00eda en \u00e9l; desde este momento, \u00e9l era ya ese perfecto Misionero que hemos podido admirar en una ancianidad avanzada.<\/p>\n<p>Pose\u00eda por \u00faltimo todas las buenas cualidades que sirven para hacer el bien. A una gran vivacidad a\u00f1ad\u00eda la habilidad y la presencia de esp\u00edritu; su exterior siempre alegre y sonriente, acompa\u00f1aba una amigable inocencia, una modestia y una sinceridad sin afectaci\u00f3n. Ten\u00eda una flexibilidad y una docilidad admirable para plegarse a todo cuanto se deseaba de \u00e9l; su manera de hablar y de obrar le atra\u00eda el afecto de todo el mundo.\u00a0 Tal era el car\u00e1cter distintivo que se ha tenido a bien reconocer en todos los elogios que se la han dedicado.\u00a0 No se recuerda haberle pedido un servicio, haberle dado un encargo o pedido una comisi\u00f3n, por importuna e inc\u00f3moda que fuera, sin que se prestara a ello con toda la gracia encantadora. Se presenta aqu\u00ed\u00a0 una reflexi\u00f3n muy natural, que habiendo estado cuarenta y ocho a\u00f1os en la casa de T\u00edvoli, ejerciendo el cargo de despensero durante tanto tiempo, en medio de muchas ocasiones de distracci\u00f3n, en una casa dispuesta a recibir a gentes de toda clase, en esta peque\u00f1a ciudad tan poblada, no se o\u00eda nunca a nadie quejarse de \u00e9l; nunca se le ha reprochado una incivilidad o la menor falta a una religiosa modestia. Asiduo en su oficio, \u00e9l bastaba para muchas cosas, hizo el pan necesario a la casa sin pedir jam\u00e1s\u00a0 ni querer la ayuda de nadie. Se admiraba tambi\u00e9n\u00a0 su raro talento para tratar bien a la Comunidad, a la par de los ahorros que hac\u00eda. Todo el detalle de su laudable administraci\u00f3n se vio sobre todo en forma de lecci\u00f3n experimental cuando, ya mayor, se le sustituy\u00f3 por otros hermanos; se sucedieron en gran n\u00famero, y unos tras otros se ve\u00edan obligados a dejar este oficio, ya que se ve\u00eda bien pronto unos gastos m\u00e1s fuertes que hac\u00edan echar de menos el buen trato y la econom\u00eda del hermano Sayler.<\/p>\n<p>La multiplicidad de sus ocupaciones\u00a0 exteriores no impidi\u00f3 nunca a este piadoso hermano dar cada d\u00eda a su alma el alimento espiritual que le es necesario. Sab\u00eda siempre encontrar tiempo para su oraci\u00f3n, su lectura espiritual, el examen particular y los dem\u00e1s ejercicios de la Comunidad. Era siempre fiel, incluso cuando estaba muy achacoso por el peso de los a\u00f1os y de las enfermedades numerosas que hab\u00eda tenido. Fue preciso entonces que el superior le impusiera expresamente descansar por la ma\u00f1ana y hacer su oraci\u00f3n en particular. Pero cuando se vio la pena que experimentaba este buen hermano de no estar presente con los dem\u00e1s en los ejercicios comunes, se revoc\u00f3 la orden y se le dej\u00f3 la libertad de seguir su devoci\u00f3n.<\/p>\n<p>Reanud\u00f3 entonces con gozo el tren de la comunidad y quiso siempre conservar el cuidado de tocar por la noche las campanadas, lo que \u00e9l llamaba su \u00abprivilegio\u00bb; a pesar de ello, por la ma\u00f1ana era siempre uno de los primeros levantados y llegaba todav\u00eda antes que los dem\u00e1s a la capilla. Se sent\u00eda verdaderamente compasi\u00f3n al ver a este anciano de cerca de noventa a\u00f1os prosternado de rodillas en el pav\u00e9s durante la meditaci\u00f3n. Incluso cuando, en su vejez, hubo perdido la vista, quer\u00eda siempre servir las misas, y las habr\u00eda servido todas si se le hubiera permitido.<\/p>\n<p>En medio de tantas obras buenas, sinti\u00f3 que su fin se acercaba. El \u00faltimo d\u00eda de septiembre de 1795 le atac\u00f3 la fiebre; los m\u00e9dicos declararon pronto que ya no hab\u00eda remedio, vista la extrema debilidad de su cuerpo, y se le administraron los \u00faltimos sacramentos que recibi\u00f3 con mucha devoci\u00f3n.<\/p>\n<p>En el curso de su enfermedad, que dur\u00f3 veinte d\u00edas y en la que sufr\u00eda mucho, mostr\u00f3 siempre la misma calma y la misma alegr\u00eda que antes ; se ve\u00eda en \u00e9l la paz que Dios se complace en difundir en el coraz\u00f3n y en el rostro del justo moribundo. Mientras que todos los Misioneros de la casa se aflig\u00edan por la p\u00e9rdida que iban a tener, \u00e9l solo hablaba con indiferencia\u00a0 y tranquilidad de su muerte pr\u00f3xima. El Obispo de Tivoli, que le quer\u00eda tiernamente, ven\u00eda casi todos los d\u00edas para verle y darle su bendici\u00f3n, lo que daba al enfermo un consuelo inexpresable. Varias veces, el prelado manifest\u00f3 su pena al ver morirse\u00a0 a un anciano tan amable, a quien apreciaba, dec\u00eda \u00e9l, tanto y m\u00e1s que si hubiera sido su hermano.<\/p>\n<p>Es digno de advertir que, hasta su \u00faltimo suspiro, conserv\u00f3 su perfecta presencia de esp\u00edritu, su memoria y la facilidad de hablar como si se encontrara en plena salud. Por \u00faltimo, el 19 de octubre, que era un lunes, tras unos minutos de agon\u00eda, rindi\u00f3 su alma a su creador, a la edad de ochenta y siete a\u00f1os, ocho meses y nueve d\u00edas, y despu\u00e9s de haber sido durante sesenta y tres a\u00f1os un verdadero hijo de san Vicente de Pa\u00fal.<\/p>\n<p><em>Anciennes Notices manuscrites; Archives de la Mission, ann. 1795.<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hay pocos Misioneros en nuestra provincia, dice una noticia italiana, que no hayan conocido al hermano Sayler o no hayan o\u00eddo hablar de \u00e9l con elogios. 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