{"id":58779,"date":"2012-01-06T05:19:23","date_gmt":"2012-01-06T04:19:23","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=58779"},"modified":"2016-07-26T17:23:30","modified_gmt":"2016-07-26T15:23:30","slug":"vida-de-san-vicente-de-paul-de-fray-juan-del-santisimo-sacramento-libro-segundo-capitulo-07","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/vida-de-san-vicente-de-paul-de-fray-juan-del-santisimo-sacramento-libro-segundo-capitulo-07\/","title":{"rendered":"Vida de San Vicente de Pa\u00fal, de Fray Juan del Sant\u00edsimo Sacramento. Libro segundo, cap\u00edtulo 07"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: center\"><strong>Libro II, Cap\u00edtulo VII: Su caridad para con el pr\u00f3jimo.<\/strong><\/p>\n<p>Nuestro Santo emple\u00f3 toda su vida en hacer bien a cuantos pudo hacerlo, porque \u00bfqui\u00e9n no experiment\u00f3 su caridad en sus necesidades, tanto espirituales como corporales? \u00bfPodr\u00e1 se\u00f1alarse ni una sola persona afligida que, habiendo recurrido a \u00e9l, no hallase alg\u00fan alivio para sus males? Hubiera mirado como la mayor felicidad, tanto para s\u00ed como para los suyos, que la caridad los redujese a servir de vicarios en las aldeas para tener con que sustentarse, y aun mendigar el pan de puerta en puerta. \u00ab<em>Nadie hay en el mundo tan obligado como nosotros a ejercitar la caridad<\/em>, dec\u00eda a los suyos; <em>no hay sociedad alguna que est\u00e9 tan obligada como la nuestra a dedicarse a los ejercicios exteriores de una verdadera caridad, porque nuestra vocaci\u00f3n es de andar, no por una sola parroquia, ni por una sola di\u00f3cesis, sino por todo el mundo, para abrasar los corazones de los hombres y para hacer con ellos lo que hizo el Hijo de Dios, que seg\u00fan S. Lucas<\/em><span id='easy-footnote-1-58779' class='easy-footnote-margin-adjust'><\/span><span class='easy-footnote'><a href='http:\/\/vincentians.com\/es\/vida-de-san-vicente-de-paul-de-fray-juan-del-santisimo-sacramento-libro-segundo-capitulo-07\/#easy-footnote-bottom-1-58779' title='Cap. 12. v. 49.'><sup>1<\/sup><\/a><\/span> <em>vino a traer fuego a la tierra para inflamar en su amor los corazones de los hombres. Es pues indubitable que nosotros hemos sido enviados, no solamente para amar a Dios, sino tambi\u00e9n para hacer que todos le amen. No nos basta el amar a Dios si nuestro pr\u00f3jimo no le ama tambi\u00e9n; y nunca podremos amar a nuestros pr\u00f3jimos como a nosotros mismos, si no les proporcionamos el bien que estamos obligados a querer para nosotros; esto es, el amor divino que nos une a nuestro soberano Bien. \u00a1Ay se\u00f1ores! Si tuvi\u00e9ramos siquiera una centellita de aquel sagrado fuego que abrasaba el coraz\u00f3n de Jesucristo, \u00bfpodr\u00edamos estar ociosos? \u00bfAbandonar\u00edamos a aqu\u00e9llos a quienes podemos socorrer? No por cierto, porque la verdadera caridad jam\u00e1s puede estar ociosa, ni consiente ver a nuestros hermanos y a nuestros amigos en necesidad sin manifestarles nuestro amor. Es propiedad del fuego alumbrar y calentar, y tambi\u00e9n lo es del amor el comunicarse<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Para reducir a justos l\u00edmites una materia tan extensa, y tratarla con orden, haremos un bosquejo de la caridad que tuvo para con sus propios hijos, para con los enfermos, para con sus enemigos, y para con los locos. Y para acabar de bosquejar el gran cuadro de su caridad, trataremos en el siguiente cap\u00edtulo de la que tuvo para con los pobres y los ni\u00f1os exp\u00f3sitos.<\/p>\n<p>Era m\u00e1s padre de cada uno de los suyos que lo es un padre natural respecto de su hijo \u00fanico; no hab\u00eda entre ellos ni uno solo que no pudiese y debiese creer que era tiernamente amado de \u00e9l. Sus palabras, sus consejos, y hasta sus reconvenciones, llevaban impreso el car\u00e1cter de la caridad. Siempre trataba de prevenir las necesidades, comunicaba aliento en las dificultades, animaba en los trabajos, consolaba en las aflicciones, y jam\u00e1s condenaba a ninguno sin haberle antes o\u00eddo. Nunca dio o\u00eddos a relaciones artificiosas, a preguntas equ\u00edvocas ni a murmuraciones maliciosas y astutas, antes bien, en cuantas partes hallaba estos vicios, los impugnaba. Comparaba la murmuraci\u00f3n a un lobo rabioso que destroza el reba\u00f1o donde entra; solamente la sombra de este pecado le asustaba. El temor que siempre tuvo de que sus hijos incurriesen en \u00e9l, le movi\u00f3 a hacerles tener siete conferencias seguidas acerca de la murmuraci\u00f3n, y mand\u00f3 que todos sucesivamente hablasen en ellas. \u00ab<em>El car\u00e1cter de la caridad<\/em>, les dec\u00eda, <em>es ocultar los defectos del pr\u00f3jimo; tened presentes aquellas palabras del Esp\u00edritu Santo:<\/em><span id='easy-footnote-2-58779' class='easy-footnote-margin-adjust'><\/span><span class='easy-footnote'><a href='http:\/\/vincentians.com\/es\/vida-de-san-vicente-de-paul-de-fray-juan-del-santisimo-sacramento-libro-segundo-capitulo-07\/#easy-footnote-bottom-2-58779' title='Eccl. cap. 19. y. 10.'><sup>2<\/sup><\/a><\/span> <em>Audisti verbum adversus proximum tuum? commoriatur in te. La Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n durar\u00e1 mientras la caridad reine en ella. \u00a1Infelices de los que destruyan esta virtud, y por este medio sean causa de la ruina de la Congregaci\u00f3n!<\/em>\u00bb<\/p>\n<p>En sus discursos repet\u00eda frecuentemente la necesidad de la caridad mutua. \u00ab<em>Esta virtud<\/em>, dec\u00eda, <em>es el alma de todas las dem\u00e1s y el para\u00edso de las comunidades; el para\u00edso no es otra cosa que amor, uni\u00f3n y caridad. La casa de S. L\u00e1zaro ser\u00eda un para\u00edso, si reinara en ella la caridad. La principal felicidad de la vida eterna consiste en amar; los bienaventurados est\u00e1n ocupados sin cesar en el amor beat\u00edfico. Finalmente, no hay cosa de mayor consuelo que vivir con los que se aman, y ser amado de ellos. El amor cristiano excede a todos los dem\u00e1s amores; por medio de este amor amamos a nuestros hermanos en Dios, seg\u00fan Dios y por Dios; los amamos por el mismo fin que Dios ama a los hombres, esto es, para hacerlos santos en este mundo y bienaventurados en el otro. Un hombre que quisiera vivir en una comunidad donde no hubiese caridad, se hallar\u00eda entre tantos genios opuestos al suyo, y en medio de tantas operaciones contrarias a su modo de proceder, como un nav\u00edo sin \u00e1ncora y sin tim\u00f3n, rodeado de escollos, y combatido de las olas y los vientos, que le arrojar\u00edan hacia todas partes, y por \u00faltimo le har\u00edan naufragar<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Vicente practicaba estas m\u00e1ximas. Todos sus hijos, sin exceptuar los menos perfectos, ten\u00edan libre entrada para con \u00e9l. Cuando iban a hablarle acerca de sus particulares necesidades de cualquiera otro asunto, los recib\u00eda con mucho agrado; y como estaba convencido de que todo cuanto era \u00e9l era para ellos, inmediatamente los escuchaba.<\/p>\n<p>Uno de los sacerdotes de su Congregaci\u00f3n le confes\u00f3 que hab\u00eda tenido algunos pensamientos de aversi\u00f3n contra \u00e9l. Al o\u00edr estas palabras nuestro Santo, se levanta, le abraza afectuosamente, le da el parabi\u00e9n de su sinceridad, y le dice: \u00ab<em>Si yo no os hubiera ya entregado de antemano mi coraz\u00f3n, os le entregar\u00eda ahora mismo<\/em>\u00ab. Otro, cansado de estar en la Congregaci\u00f3n, le dijo que quer\u00eda volverse a su pa\u00eds. \u00ab<em>\u00bfY cu\u00e1ndo determin\u00e1is partir?<\/em>, le replic\u00f3 el siervo de Dios. <em>\u00bfQuer\u00e9is hacer el viaje a pie o a caballo?<\/em>\u00bb El tal sacerdote que hablaba seriamente, y que esperaba o\u00edr largas y vivas reconvenciones, qued\u00f3 tan at\u00f3nito oyendo tan pocas palabras y pronunciadas con tanto agrado, que en el instante se sinti\u00f3 libre de su tentaci\u00f3n. Nuestro Santo se confirm\u00f3 en su principio, de que un grano de caridad basta para calmar muchas inquietudes y para sosegar muchos sobresaltos.<\/p>\n<p>Un hermano que hac\u00eda mucho tiempo que se hallaba tentado con pensamientos de disgusto en la Congregaci\u00f3n, escribi\u00f3 repetidas veces a nuestro Santo, suplic\u00e1ndole tuviera a bien el que se saliese de ella. \u00ab<em>No, hermano mio<\/em>, le respondi\u00f3 Vicente, <em>yo no puedo consentir en que os retir\u00e9is, porque no es \u00e9sta la voluntad de Dios, y hay en ello gran peligro para vuestra alma, la que yo amo mucho; y si no quer\u00e9is creerme, a lo menos os ruego que salg\u00e1is de la Congregaci\u00f3n por la misma puerta por donde entrasteis. Esta puerta es el retiro espiritual, al que os suplico os dediqu\u00e9is antes de resolveros a un negocio de tan grande importancia. Elegid una de nuestras tres casas, la que est\u00e9 m\u00e1s cerca del lugar donde ahora os hall\u00e1is, y creed que en todas ser\u00e9is bien recibido; la bondad de vuestro coraz\u00f3n ha ganado todo el afecto del mio, y este no tiene otro fin sino la gloria de Dios y vuestra santificaci\u00f3n<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>No hay obligaci\u00f3n m\u00e1s dif\u00edcil de desempe\u00f1ar que la correcci\u00f3n fraterna, porque supone en el que la practica las principales virtudes del cristianismo, y a \u00e9sta debe preceder el buen ejemplo. Un culpado, \u00bfc\u00f3mo podr\u00e1 tener gracia para dar a otro buenos consejos? Es imposible, porque se le podr\u00eda decir: <em>M\u00e9dico, c\u00farate a ti mismo<\/em>.<span id='easy-footnote-3-58779' class='easy-footnote-margin-adjust'><\/span><span class='easy-footnote'><a href='http:\/\/vincentians.com\/es\/vida-de-san-vicente-de-paul-de-fray-juan-del-santisimo-sacramento-libro-segundo-capitulo-07\/#easy-footnote-bottom-3-58779' title='Luc. cap. 4. v. 23.'><sup>3<\/sup><\/a><\/span> La paciencia debe servir para no precipitar la correcci\u00f3n, porque \u00e9sta es el \u00faltimo remedio, y no se debe usar de \u00e9l sino cuando no han aprovechado los dem\u00e1s. La caridad debe aplicarlo con sus propias manos, porque si no, corre peligro de que queriendo curar una herida, se hagan otras nuevas. La humildad debe acompa\u00f1arla, porque un hombre que confiesa primero sus defectos, parece estar m\u00e1s distante de la soberbia farisaica, y minora la confusi\u00f3n de aqu\u00e9l cuyas enfermedades descubre. La prudencia debe dirigirla, porque no se ha de desanimar a los que f\u00e1cilmente se acobardan, ni se ha de exasperar a los esp\u00edritus que por raz\u00f3n de un temperamento col\u00e9rico son propensos a alterarse, y de los que, a pesar de esta natural disposici\u00f3n, se puede sacar partido sabiendo tratarlos con prudencia. El agrado debe sazonarla, porque se trata de un remedio repugnante a la naturaleza, y que desde luego la irrita si no sabe enga\u00f1arla y adormecerla. Finalmente, la correcci\u00f3n, no obstante la afabilidad de que ha de estar acompa\u00f1ada, debe tener tambi\u00e9n fortaleza, porque es preciso que penetre hasta la ra\u00edz del mal, y que el m\u00e9dico del esp\u00edritu la mire como el \u00faltimo remedio. Vicente usaba de la correcci\u00f3n que pide tantas precauciones, con muy feliz \u00e9xito vali\u00e9ndose de las reglas siguientes.<\/p>\n<p>Por lo com\u00fan no reprend\u00eda inmediatamente a los que hab\u00edan cometido alguna falta: tem\u00eda que la naturaleza tuviese parte en la reconvenci\u00f3n repentina, y quer\u00eda que esta dimanase precisamente de la caridad. Puesto en la presencia de Dios, examinaba las disposiciones del culpado, y los medios de hacer que la correcci\u00f3n le fuese saludable. Gobernado por este esp\u00edritu, y hall\u00e1ndose obligado en cierta ocasi\u00f3n a reprender a una persona que hacia muy poco caso de sus defectos, y no llevaba a bien las reconvenciones, se dedic\u00f3 tres d\u00edas seguidos a examinar este asunto en la oraci\u00f3n, pidiendo a Dios en ella le comunicase las luces necesarias para saber gobernarse bien con un hombre de tal car\u00e1cter. Luego que empezaba a tratar del asunto, daba a entender la grande estimaci\u00f3n que hac\u00eda de las personas a quienes ten\u00eda que hacer alguna advertencia: alababa las buenas prendas que en ellas se advert\u00edan; algunas veces disculpaba sus faltas, atribuy\u00e9ndolas a aquellos primeros movimientos de que apenas somos due\u00f1os; despu\u00e9s les hacia ver con toda claridad la falta que hab\u00edan cometido; les pon\u00eda a la vista las circunstancias de la persona, del tiempo, del lugar y otras semejantes. A esta relaci\u00f3n segu\u00eda el remedio, y para que este fuese mejor recibido, \u00e9l mismo se aplicaba parte de \u00e9l, haci\u00e9ndose culpado con los que lo eran. \u00ab<em>Se\u00f1or m\u00edo<\/em>, dec\u00eda, <em>ambos tenemos necesidad de trabajar para adquirir la humildad, de ejercitarnos en la paciencia, de sufrir a nuestros pr\u00f3jimos como quisi\u00e9ramos que estos nos sufriesen, y de acostumbrarnos a vivir bien<\/em>\u00ab. Pocas veces suced\u00eda que un hombre a quien \u00e9l hubiese manifestado su coraz\u00f3n, se apartase de \u00e9l sin estimarle y amarle m\u00e1s que antes. Todos le miraban, no tanto como a juez que castiga las transgresiones de la ley, sino como a un padre que las perdona y que ense\u00f1a a abstenerse de ellas en lo sucesivo. Todos al tiempo de salir de su compa\u00f1\u00eda conoc\u00edan con el Sabio<span id='easy-footnote-4-58779' class='easy-footnote-margin-adjust'><\/span><span class='easy-footnote'><a href='http:\/\/vincentians.com\/es\/vida-de-san-vicente-de-paul-de-fray-juan-del-santisimo-sacramento-libro-segundo-capitulo-07\/#easy-footnote-bottom-4-58779' title='Prov. cap. 27 v. 6.'><sup>4<\/sup><\/a><\/span> que las heridas de un amigo sincero son mejores que los enga\u00f1osos abrazos de un enemigo encubierto; y no obstante la afabilidad con que templaba el remedio, nunca llegaba a alterarle ni a hacerle in\u00fatil, sino que dejaba en \u00e9l toda su fuerza. Esto se ve en la carta que escribi\u00f3 a un joven regente de cierto seminario.<\/p>\n<p>\u00ab<em>Creo<\/em>, le dice, <em>todo lo que refer\u00eds aun m\u00e1s que si lo viera; muchas pruebas tengo de vuestro esmero en procurar el bien del seminario, y as\u00ed no lo puedo dudar. No obstante, os encargo que reflexion\u00e9is atentamente acerca de todos vuestros procedimientos, y que ayudado de la gracia de Dios, corrij\u00e1is lo que os parezca que debe enmendarse; porque adem\u00e1s de la ofensa que puede haber contra su Divina Majestad, aun cuando proced\u00e1is con buena intenci\u00f3n, resultan todav\u00eda otros inconvenientes. El primero es que los sujetos que salen disgustados del seminario, pueden tambi\u00e9n disgustarse de la virtud, caer en el vicio, acaso perderse por haber salido antes de tiempo de esta santa escuela, y por no haber sido tratados en ella con agrado. El segundo, que desacreditan el seminario, y son causa de que otros no entren en \u00e9l, pues a no ser por esto entrar\u00edan y recibir\u00edan all\u00ed las instrucciones y las gracias convenientes a su vocaci\u00f3n. El tercero, que el mal predicamento de una casa particular recae sobre toda esta peque\u00f1a compa\u00f1\u00eda, la cual, perdiendo mucha parte de su buen olor, recibe un notable perjuicio en orden a los progresos de sus funciones, y ve minorarse el bien que Dios se complac\u00eda en hacer por medio de ella. Si me dec\u00eds que no hab\u00e9is advertido en vuestros procedimientos aquella dureza ni aquella aspereza que pueda apartar de vos a vuestros disc\u00edpulos, es se\u00f1al de que ten\u00e9is muy poca humildad, porque si tuvierais toda la que nuestro Se\u00f1or pide en un sacerdote de la Misi\u00f3n, os tendr\u00edais por el mas imperfecto de todos, y atribuir\u00edais a alguna secreta ceguera el no ver lo que ven los dem\u00e1s, particularmente despu\u00e9s que hab\u00e9is sido avisado de ello; y ahora mismo he sabido tambi\u00e9n que llev\u00e1is a mal que se os hagan advertencias. Si esto fuere as\u00ed, \u00a1oh y cu\u00e1nto es de temer vuestro estado! \u00a1y cu\u00e1n distante est\u00e1is del de los santos, que se envilec\u00edan a la vista del mundo, y se regocijaban cuando les hac\u00edan ver las m\u00e1s peque\u00f1as manchas que en ellos hab\u00eda! En esto no imit\u00e1is a Jesucristo, que es el Santo de los santos. Su Majestad permiti\u00f3 que p\u00fablicamente le reprendiesen el mal que no hab\u00eda hecho, y no habl\u00f3 ni una sola palabra para librarse de esta confusi\u00f3n. Aprendamos pues de \u00e9l a ser afables y humildes de coraz\u00f3n: estas son las virtudes que debemos pedirle incesantemente, y de las que debemos cuidar con particular atenci\u00f3n, para no dejarnos arrastrar de las pasiones que les son contrarias, y destruyen por un lado el edificio espiritual que se levanta por otro<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Menos trabajo le costaba recibir un consejo que pudiese causar aflicci\u00f3n, que darle. \u00ab<em>Se me despedaza el coraz\u00f3n<\/em>, dec\u00eda en una de sus cartas, <em>cuando tengo que deciros alguna cosa que pueda seros molesta<\/em>\u00ab. Las cartas en que el siervo de Dios daba consejos, por serios que fuesen, regularmente acababan con expresiones propias para consolar y dar aliento. Dec\u00eda que Dios no hab\u00eda permitido aquellas faltas sino para humillados, y para que por este medio tuviesen ocasi\u00f3n de trabajar con m\u00e1s eficacia en su salvaci\u00f3n; y llegaba a tanto, que les ped\u00eda perd\u00f3n de la claridad con que les habla dicho su dictamen; finalmente, se opon\u00eda a la soberbia con tanta destreza, que se ve\u00eda muerta sin haber sentido el golpe que la mataba; por lo cual sol\u00eda decir con mucha gracia uno de sus disc\u00edpulos: <em>que Vicente se parec\u00eda al Gran Se\u00f1or, porque ahorcaba al amor propio con cordones de seda<\/em>.<\/p>\n<p>Nuestro Santo procur\u00f3 siempre con muy particular cuidado dos cosas: la primera, que nunca pudiese ser descubierto el que le hab\u00eda dado noticia del desorden; la segunda, que ni \u00e9l ni los que en su Congregaci\u00f3n ejerc\u00edan funciones de superior, manifestasen grande sentimiento por las faltas que contra ellos se cometiesen. En cuanto al primer art\u00edculo, m\u00e1s hubiera querido dejar al culpado sin castigo que darle ocasi\u00f3n para que desconfiase de otro; porque viv\u00eda persuadido de que en las comunidades la uni\u00f3n y la paz son unos bienes que deben preferirse a todos los dem\u00e1s. Respecto de las faltas contra la persona del superior, no obstante que esta circunstancia las hace mas graves, queda que en tal caso se armasen de paciencia, y que el m\u00e1s fuerte sufriese los extrav\u00edos del m\u00e1s flaco, d\u00e1ndole tiempo para reconocerse, procurando reducirle a su obligaci\u00f3n, y vali\u00e9ndose para ello de la caridad y del agrado. \u00ab<em>Mucho me intereso<\/em>, dec\u00eda a un superior, <em>en las molestias que os ocasiona el sujeto de quien hab\u00edais; pero esto es un peque\u00f1o ejercicio que nuestro Se\u00f1or os ha enviado para perfeccionaros en el arte de gobernar las personas que est\u00e1n a vuestro cargo. En esto ver\u00e9is cu\u00e1n grande fue la bondad de nuestro Se\u00f1or en sufrir a sus ap\u00f3stoles y a sus disc\u00edpulos mientras vivi\u00f3 con ellos en el mundo, y cu\u00e1nto tuvo que sufrir a buenos y malos. Esto os har\u00e1 ver tambi\u00e9n que las prelac\u00edas tienen sus espinas como las dem\u00e1s condiciones, y que los prelados que desean cumplir con su obligaci\u00f3n, tienen mucho que sufrir. Y as\u00ed, se\u00f1or m\u00edo, pong\u00e1monos en manos de Dios para servirle en la clase en que nos ha colocado, sin pretender ningunas satisfacciones de parte de los hombres<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>No obstante, como hay algunos males que no alcanzan a remediar la paciencia ni la afabilidad, y que si son contagiosos pueden pasar de un miembro a otro, no quer\u00eda Vicente que el superior guardase siempre silencio, aun cuando fuese en causa propia, y as\u00ed le obligaba a que hablase, pero con estas condiciones: que no lo hiciese inmediatamente, a no haber una muy urgente necesidad para ello; que fuese con agrado y a tiempo en que hallase a su hermano m\u00e1s dispuesto para rendirse a la raz\u00f3n; finalmente, que en semejantes reconvenciones usase de ciertos raciocinios propios para hacer conocer a un hombre los inconvenientes que podr\u00edan originarse de su conducta, y al mismo tiempo que el superior no le reconven\u00eda ni por inter\u00e9s particular, ni por efecto de su genio, sino por su propio bien y por el de la comunidad. A estas precauciones a\u00f1ad\u00eda el siervo de Dios otra muy propia para inducir a los superiores a usar de prudencia en sus reconvenciones, y a los s\u00fabditos a no ofenderse de los consejos que estos les diesen. Para esto encargaba a los prelados que no reconviniesen a sus hermanos por las faltas que cometieran sin haberles pedido antes que usasen con ellos mismos de esta caridad. Viv\u00eda persuadido de que un superior, por prudente que sea, no deja de cometer muchos defectos, no solamente en orden a su ministerio, sino tambi\u00e9n en calidad de cristiano; y que nada manifiesta tanto su sencillo modo de proceder, como ser el primero en recibir aquella misma advertencia, aunque amarga, que intenta hacer a otro.<\/p>\n<p>Por m\u00e1s que estas medidas para reprensi\u00f3n parezcan algo exageradas, Vicente no se limitaba a ellas: se contentaba con reprender en com\u00fan cuando tem\u00eda indisponer o afligir demasiado si reprend\u00eda en particular. \u00c9ste era su modo de proceder cuando el mal era tan inveterado que juzgaba que una reprensi\u00f3n en particular ser\u00eda in\u00fatil para el delincuente, cuando hab\u00eda peligro de que los dem\u00e1s se dejasen arrastrar de los mismos defectos si no se reprend\u00edan, y cuando los genios eran tan delicados, que siendo por otra parte buenos, no pod\u00edan sufrir una correcci\u00f3n aun la m\u00e1s moderada. \u00ab<em>Porque una reconvenci\u00f3n<\/em>, sol\u00eda decir, <em>en la que no se se\u00f1ala la persona, basta para hacer volver en s\u00ed a un hombre que no es de coraz\u00f3n da\u00f1ado: fuera de estos casos, soy de parecer que la reconvenci\u00f3n se debe hacer a solas; al principio con agrado, despu\u00e9s con seriedad, y finalmente con una entereza que manifieste ser el \u00fanico remedio<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>No obstante ser su caridad tan ardiente en todas ocasiones, se aumentaba para con los enfermos. Lejos de mirar a \u00e9stos como a personas molestas, dec\u00eda que los enfermos eran la bendici\u00f3n de las casas en donde se hallaban; daba \u00f3rdenes muy arregladas para que fuesen bien tratados, y para que se les proveyese de los alimentos y remedios que necesitasen. No fiaba absolutamente este cuidado a sus dependientes, sino que los visitaba y se informaba de ellos mismos del trato que se les daba; y por si el temor les deten\u00eda para hablar, examinaba por s\u00ed mismo el modo con que eran asistidos, y no estaba contento hasta quedar satisfecho de que ellos lo estaban tambi\u00e9n. Enviaba a tomar ba\u00f1os medicinales a los que podr\u00edan convenirles, y les proporcionaba viajes que pudiesen servirles de alivio; en una palabra, hac\u00eda por ellos todo cuanto es capaz de hacer un coraz\u00f3n caritativo. Trataba a los novicios con igual cari\u00f1o, no omitiendo diligencia alguna para alentarlos; de este modo adquiri\u00f3 para la Congregaci\u00f3n sujetos muy excelentes. Cuando los enfermos se hallaban ya en estado de convalecencia, los divert\u00eda refiri\u00e9ndoles historias que les sirviesen de recreo y de instrucci\u00f3n; porque el cuidado que ten\u00eda de sus cuerpos se dirig\u00eda al mismo tiempo a que no padeciese su esp\u00edritu el m\u00e1s peque\u00f1o menoscabo; por eso encargaba con paternal dulzura, dice Abelly, a aquellos cuya enfermedad no era muy peligrosa, que no omitiesen sus ejercicios espirituales, para que la enfermedad del cuerpo no pasase hasta el alma, y la hiciese tibia e imperfecta.<\/p>\n<p>Si la caridad de los Santos se hubiera de medir por las reglas comunes, vedamos muchas ocasiones en que al parecer este siervo de Dios traspasaba sus l\u00edmites. Algunas veces arriesg\u00f3 su salud, sus bienes y aun su propia vida por servir a los enfermos. Su caridad le expuso a un gran peligro poco tiempo despu\u00e9s de haber tomado posesi\u00f3n de la casa de San L\u00e1zaro. Una enfermedad contagiosa inficion\u00f3 a esta casa, y el superior de los antiguos religiosos de ella fue acometido de contagio. Luego que nuestro Santo tuvo esta noticia fue a consolarle, le ofreci\u00f3 sus auxilios, y no obstante el pestilencial hedor de su aliento, hubiera pasado en su compa\u00f1\u00eda los d\u00edas y las noches si no se lo hubieran prohibido. Un joven fue acometido al mismo tiempo de la propia enfermedad, algunas personas juzgaron por conveniente transferirle al hospital de San Luis; pero Vicente mand\u00f3 que se le mantuviese en la casa, y dio las \u00f3rdenes convenientes para que en ella se le asistiese con particular cuidado. Muchas veces se le oy\u00f3 decir como a San Benito, que deber\u00edan venderse hasta los vasos sagrados para asistir a los enfermos.<\/p>\n<p>Parece que un hombre de tanta caridad para con el pr\u00f3jimo no pod\u00eda tener enemigos; pero aunque no tuvo tantos como otros, la necesidad en que algunas veces se hallaba de defender los bienes de su Congregaci\u00f3n, y su inflexibilidad en el consejo de conciencia, no dejaron de suscitarle algunos. Como verdadero disc\u00edpulo del Salvador no deb\u00eda ser m\u00e1s privilegiado que su Maestro, y a imitaci\u00f3n de este dio nuestro Santo a todo el universo ejemplo de aquella virtud cuya pr\u00e1ctica ha sido siempre muy rara. As\u00ed lo practic\u00f3 con cierta persona distinguida, la cual siempre le hab\u00eda manifestado mucho afecto; pero despu\u00e9s advirti\u00f3 en ella y en varias ocasiones mucha frialdad. Vicente, que no sabia a qu\u00e9 atribuir mudanza tan repentina, hizo una visita a este su antiguo, amigo con el fin de averiguar por s\u00ed mismo el motivo, y luego que se present\u00f3 le dijo con semblante sereno: \u00ab<em>Se\u00f1or mio, yo he tenido la desgracia de haberos ocasionado alg\u00fan disgusto aunque sin intenci\u00f3n; pero no sabiendo yo cu\u00e1l pueda ser este, vengo a suplicaros me le dig\u00e1is, porque si acaso yo tuviese culpa, procurar\u00e9 satisfaceros<\/em>\u00ab. \u00ab<em>Es cierto<\/em>, replic\u00f3 aquella persona, a quien la introducci\u00f3n y sencillez de nuestro Santo hab\u00edan ya tranquilizado bastante, <em>es cierto que en tal ocasi\u00f3n me desagrad\u00f3 un poco vuestra conducta<\/em>\u00ab. Poco trabajo cost\u00f3 al siervo de Dios desenga\u00f1ar a un hombre que hab\u00eda sido enga\u00f1ado con noticias falsas, justific\u00f3 plenamente su modo de proceder, y en lo sucesivo aquel personaje le estim\u00f3 mucho m\u00e1s que antes.<\/p>\n<p>Nuestro Santo volv\u00eda bien por mal. Cierto Orden regular de mucho poder se opon\u00eda a que Alejandro VII confirmase un art\u00edculo importante del instituto de la Misi\u00f3n. Lo supo Vicente, y qued\u00f3 admirado, porque hab\u00eda hecho muy particulares servicios a los mismos que ahora se le opon\u00edan. No obstante, se content\u00f3 con decir a un amigo suyo: \u00ab<em>He sabido que N. y N. son contrarios nuestros; pues aun cuando ellos me sacaran los ojos, no dejar\u00eda de amarlos, respetarlos y servirlos por toda mi vida, y espero que Dios me ha de conceder esta gracia<\/em>\u00ab. Efectivamente se la concedi\u00f3 el Se\u00f1or, y el tal Orden regular nunca tuvo amigo ni defensor m\u00e1s celoso que \u00e9l.<\/p>\n<p>Cierta persona de alto nacimiento pretend\u00eda en la corte un beneficio. Vicente hizo ver en consejo pleno que el sujeto propuesto no era digno de la gracia, y habl\u00f3 con tal energ\u00eda, que consigui\u00f3 reunir a su dictamen todos los votos. Pocos d\u00edas despu\u00e9s al tiempo de entrar en el palacio de Louvre, fue acometido y maltratado por aquel mismo sujeto. Sab\u00eda nuestro Santo que con hablar una palabra hubiera sido vengado plenamente; entr\u00f3 en el consejo, y se retir\u00f3 despu\u00e9s sin contar a nadie lo que le hab\u00eda sucedido; pero el caso hab\u00eda sido muy p\u00fablico para que pudiese permanecer oculto. Lo supo la reina, y justamente indignada por ver maltratado hasta dentro de su propio palacio a un sujeto a quien honraba con su confianza, mand\u00f3 que aquella persona saliese de la corte y no volviese a presentarse en ella. Luego que Vicente tuvo esta noticia, hizo en favor de un enemigo declarado lo que hubiera tenido gran dificultad de hacer por su mayor amigo: pidi\u00f3 su perd\u00f3n con muchas instancias; y aunque la reina regente con dificultad retractaba el partido que una vez hab\u00eda tomado, le inst\u00f3 tanto y tan repetidas veces, que al fin se vio precisada a ceder a sus ruegos.<\/p>\n<p>Cuando nuestro Santo tom\u00f3 posesi\u00f3n de la casa de San L\u00e1zaro, se encarg\u00f3 al mismo tiempo del cuidado de tres o cuatro pobres dementes que sus parientes hab\u00edan fiado al cuidado del Sr. Le Bon. \u00a1Con cu\u00e1nto cuidado serv\u00eda Vicente y hac\u00eda que se sirviese a aquellos pobres insensatos! Cuidaba de ellos con tanto mayor gusto, cuanta menor era la satisfacci\u00f3n que la naturaleza hallaba en este ejercicio. Cierta ocasi\u00f3n en que un Orden religioso, trat\u00f3 de despojarlo del priorato de San L\u00e1zaro, nada sent\u00eda tanto, seg\u00fan se ha dicho en la historia de su vida, como abandonar a estos pobres clementes. El servicio que hacia a Jesucristo en sus personas era para \u00e9l m\u00e1s apreciable que la posesi\u00f3n de una casa situada a las puertas de Par\u00eds. Estimaba este servicio como un tesoro que sentir\u00eda mucho perder, y no le daba cuidado el ser despojado de una rica posesi\u00f3n que apenas hab\u00eda empezado a gozar. Dec\u00eda con el Ap\u00f3stol,<span id='easy-footnote-5-58779' class='easy-footnote-margin-adjust'><\/span><span class='easy-footnote'><a href='http:\/\/vincentians.com\/es\/vida-de-san-vicente-de-paul-de-fray-juan-del-santisimo-sacramento-libro-segundo-capitulo-07\/#easy-footnote-bottom-5-58779' title='Cor cap. 3, V. 18.'><sup>5<\/sup><\/a><\/span> que para ser sabio seg\u00fan Dios, es necesario reducirse algunas veces ser tenido por loco entre los hombres. Gobernado por este mismo esp\u00edritu, despu\u00e9s que fue declarado pac\u00edfico poseedor de la casa de San L\u00e1zaro, continu\u00f3 siempre nuestro Santo, aunque sin tener obligaci\u00f3n de ello, en ejercitar estos mismos oficios de caridad con los pobres dementes, de los que todos huyen y nadie quiere encargarse. Miraba a estos pobres como a miembros enfermos de nuestro Se\u00f1or Jesucristo, y les suministraba toda la asistencia corporal y espiritual de que eran capaces.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Libro II, Cap\u00edtulo VII: Su caridad para con el pr\u00f3jimo. 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