{"id":51437,"date":"2011-10-17T03:00:23","date_gmt":"2011-10-17T01:00:23","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2011\/10\/vida-de-san-vicente-de-paul-de-fray-juan-del-santisimo-sacramento-libro-primero-capitulo-40\/"},"modified":"2016-07-26T17:23:32","modified_gmt":"2016-07-26T15:23:32","slug":"vida-de-san-vicente-de-paul-de-fray-juan-del-santisimo-sacramento-libro-primero-capitulo-40","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/vida-de-san-vicente-de-paul-de-fray-juan-del-santisimo-sacramento-libro-primero-capitulo-40\/","title":{"rendered":"Vida de San Vicente de Pa\u00fal, de Fray Juan del Sant\u00edsimo Sacramento. Libro primero, cap\u00edtulo 40"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><strong>Cap\u00edtulo XL: De las enfermedades de Vicente, y del fruto que de ellas sacaba.<\/strong><\/p>\n<p>Para que la vida de este santo sacerdote fuese un holocausto perfecto, y para que nada quedase en \u00e9l que no hubiese sido consumido en honor y por amor de su Soberano Se\u00f1or, era preciso que las enfermedades completasen en su cuerpo el sacrificio que hab\u00edan comenzado en su alma las aflicciones y las penas. Por esto quiso Dios que en el curso de su vida fuese cargado de diferentes padecimientos, y que en sus \u00faltimos a\u00f1os sufriese grandes y dolorosas enfermedades, a fin de poner el colmo a su paciencia, y dar a su perseverancia y a su amor la corona de la vida eterna.<\/p>\n<p>A pesar de haber sido de un temperamento robusto, las fatigas de su celo y las austeridades de su penitencia fueron disminuyendo sus fuerzas f\u00edsicas y preparando la destrucci\u00f3n de su m\u00e1quina, bastante alterada por las largas y penosas enfermedades a que estuvo sujeto desde que habitaba en la casa de Gond\u00ed: all\u00ed padeci\u00f3 una grave enfermedad que le dej\u00f3 las piernas y los pies tan hinchados, que le dur\u00f3 esta incomodidad hasta su muerte.<\/p>\n<p>Era muy sensible a las impresiones del aire, y por esto padec\u00eda de ordinario una fiebrecilla que le duraba tres o cuatro d\u00edas, y algunas veces hasta quince; mas no por ella interrumpi\u00f3 nunca sus ejercicios ordinarios: levant\u00e1ndose a las cuatro de la ma\u00f1ana como los dem\u00e1s, iba luego a la iglesia, donde hacia su oraci\u00f3n, y se entregaba despu\u00e9s a sus negocios y dem\u00e1s ocupaciones, como si disfrutase de perfecta salud. Llamaba a esta enfermedad su calenturilla, y nunca se la curaba m\u00e1s que procurando abundantes sudores por muchos d\u00edas, lo que particularmente hac\u00eda en la estaci\u00f3n de verano y en la fuerza del calor; cuando apenas los dem\u00e1s pod\u00edan soportar una s\u00e1bana durante la noche, \u00e9l se cubr\u00eda con tres o cuatro cobertores, y pon\u00eda adem\u00e1s a los lados grandes botellones con agua caliente para pasar la noche en este estado; as\u00ed es que cuando por las ma\u00f1anas se levantaba, sal\u00eda de la cama como de un ba\u00f1o, y quedaba toda la ropa y el jerg\u00f3n sobre que dorm\u00eda mojados con el sudor. Parec\u00eda el remedio peor que la enfermedad, y sin embargo, Vicente lo hac\u00eda con gusto, a pesar de la mucha incomodidad que le causaba. Aseguraba el hermano que asist\u00eda a Vicente, que era tan insoportable esta mortificaci\u00f3n, no solo por el extraordinario calor que se sent\u00eda en el cuarto, sino porque esto mismo quitaba el sue\u00f1o a Vicente, priv\u00e1ndole del reposo que necesitaba durante la noche. Y como entre d\u00eda nunca se permiti\u00f3 el m\u00e1s ligero descanso, sol\u00eda acontecerle, que debilitado extremamente por aquellos abundantes sudores y falta de sue\u00f1o, se quedaba dormido delante de las personas que le hablaban, aunque fuesen de gran condici\u00f3n; hac\u00eda grandes esfuerzos para resistir a este sue\u00f1o, y lejos de decir la causa por qu\u00e9 lo padec\u00eda, lo atribu\u00eda a su miseria: expresi\u00f3n que usaba muy frecuentemente.<\/p>\n<p>Adem\u00e1s de esta calentura padec\u00eda fiebre cuartana, y precisamente en el tiempo de esta enfermedad se sirvi\u00f3 Dios de \u00e9l para hacer la mayor parte de las grandes obras de que hemos hablado, y en vez de buscar el descanso en una enfermer\u00eda, trabajaba con celo y buen \u00e9xito en el servido de la Iglesia y alivio de los pobres.<\/p>\n<p>En 1645 padeci\u00f3 una grave enfermedad, durante la cual comulg\u00f3 todos los d\u00edas con gran devoci\u00f3n: la violencia del mal lleg\u00f3 a trastornar su cerebro, y tuvo algunas horas de delirio, en el que solo hablaba palabras que manifestaban las santas disposiciones que inundaban su coraz\u00f3n. O\u00edasele repetir con frecuencia, entre otras muchas, estas palabras: <em>In spiritu humilitatis, et in animo contrito suscipiamur a te, Domine<\/em>.<\/p>\n<p>Durante esta misma enfermedad aconteci\u00f3 que hall\u00e1ndose tambi\u00e9n enfermo un sacerdote de su Congregaci\u00f3n, llamado Antonio Dufourt, y sabiendo que estaba en peligro la vida de Vicente, dese\u00f3, como David por su hijo Absalon, morir antes que \u00e9l, y si posible era, dar su vida por la conservaci\u00f3n de la de su tierno padre Vicente; y se not\u00f3 desde entonces que este comenz\u00f3 a mejorarse, y aqu\u00e9l de tal modo se agrav\u00f3, que muri\u00f3 pocos d\u00edas despu\u00e9s. La noche que muri\u00f3, los que velaban a Vicente oyeron a eso de media noche tres golpes en la puerta del cuarto, y cuando fueron a ver qui\u00e9n tocaba, a nadie encontraron, y al mismo tiempo Vicente llam\u00f3 a uno de aquellos que velaban, le hizo coger el breviario y rezar una parte del oficio de difuntos, como si supiese que aquel sacerdote acababa de morir, pues nadie le hab\u00eda dicho una palabra sobre esto.<\/p>\n<p>En 1649 estando en Richelieu, fue atacado de tercianas; y aunque los accesos eran largos y fuertes, no interrumpi\u00f3 por esto ninguna de sus ocupaciones.<\/p>\n<p>En 1656 padeci\u00f3 otra enfermedad que principi\u00f3 por una fiebre continua, le dur\u00f3 algunos d\u00edas, y termin\u00f3 en una gran fluxi\u00f3n que le cay\u00f3 en una pierna, y le oblig\u00f3 a estar en cama y permanecer encerrado en su cuarto m\u00e1s de dos meses; era tan grande la incomodidad que le causaba este mal, que no pod\u00eda permanecer en pie, y ten\u00eda necesidad de que lo cargasen para pasarlo de la cama a la chimenea; y solo en esta vez se pudo obligarle a que habitase un cuarto en donde hab\u00eda chimenea para calentarlo en el fuerte rigor del invierno.<\/p>\n<p>Padeci\u00f3 desde ese mismo a\u00f1o de 1656 hasta el fin de su vida otros muchos ataques de calentura y otras enfermedades. Durante una cuaresma completa padeci\u00f3 una desgana tan grande, que casi nada pod\u00eda comer. En 1658 tuvo un ojo muy malo, y despu\u00e9s de hab\u00e9rsele hecho muchos remedios sin que ning\u00fan alivio sintiera, mand\u00f3 el m\u00e9dico que le aplicasen la sangre del pich\u00f3n reci\u00e9n matado; y como el hermano que asist\u00eda a Vicente llevase el pich\u00f3n con este objeto, y le instase para que se dejara aplicar aquel remedio, se resisti\u00f3 fuertemente nuestro enfermo, diciendo que no pod\u00eda consentir en que se matase aquel inocente animal por \u00e9l, y que si Dios quer\u00eda, no le faltar\u00edan otros medicamentos para aliviarlo; lo que en efecto se consigui\u00f3 al cabo de pocos d\u00edas.<\/p>\n<p>A fines del dicho a\u00f1o de 1658, sucedi\u00f3 que yendo Vicente con otro sacerdote en el coche, se rompi\u00f3 una sopanda, y volte\u00e1ndose el coche, se dio un fuerte golpe contra el suelo en la cabeza, de lo que estuvo tan gravemente enfermo, que \u00e9l mismo crey\u00f3 que le causar\u00eda la muerte aquella herida, por hab\u00e9rsele presentado una fiebre a los pocos d\u00edas de la ca\u00edda.<\/p>\n<p>Y para no fastidiar al lector con la relaci\u00f3n de todas las enfermedades con que Dios quiso probar la paciencia de nuestro Vicente, bastar\u00e1 decir que hubo pocas que no padeciese; queri\u00e9ndolo Dios as\u00ed tal vez, para hacerle sentir mejor las miserias y molestias de su pr\u00f3jimo, y particularmente de sus hijos espirituales. As\u00ed es que nunca dejaba de visitarlos en las enfermer\u00edas o donde se enfermaban, y los consolaba y tranquilizaba con palabras llenas de ternura y compasi\u00f3n. Cuando encontraba alg\u00fan enfermo que por la violencia de los dolores o por la mucha duraci\u00f3n de la enfermedad parec\u00eda desesperar de su curaci\u00f3n y temer una muerte llena de penas, le dec\u00eda algunas palabras de consuelo para que elevase a Dios su esp\u00edritu, y despu\u00e9s a\u00f1ad\u00eda, particularmente si era joven el enfermo: \u00ab<em>No tem\u00e1is, hermano m\u00edo; yo he tenido ese mismo mal cuando era joven, y san\u00e9; he padecido asma, y ya no la tengo; he tenido hernias, y Dios me ha librado de ellas; males de cabeza que han desaparecido; opresi\u00f3n de pecho y debilidad de est\u00f3mago, que ya no siento; tened una poca de paciencia, y ver\u00e9is como todo se pasa, y quiere Dios servirse todav\u00eda de vos para sus obras; es necesario tener resignaci\u00f3n en los trabajos y penas, y sufrir lo que su Divina Majestad quiera enviarnos, con mucha paz interior, etc<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Hablemos ahora de la m\u00e1s molesta enfermedad que tuvo Vicente, y que se puede llamar un martirio que acab\u00f3 con su vida, y le dio ocasi\u00f3n de asemejar sus padecimientos a los de nuestro Se\u00f1or Jesucristo, del mismo modo que quiso parec\u00e9rsele e imitarlo en la pr\u00e1ctica de las virtudes. Por espacio de cuarenta y cinco a\u00f1os tuvo una hinchaz\u00f3n en las piernas y los pies tan grande, que muchas veces le era imposible andar, y aun permanecer en pie; y otras veces esas hinchazones se le inflamaban tanto y tantos dolores le ocasionaban, que se ve\u00eda obligado a ponerse en cama. Esta fue la causa porque desde 1632 que fue a vivir a la casa de San L\u00e1zaro, se vio en la necesidad de andar a caballo, pues por una parte la distancia que desde esta casa hab\u00eda hasta la ciudad, y por otra la multitud de negocios que desde esta \u00e9poca comenz\u00f3 a tener y evacuar hasta el fin de su vida, sin ninguna interrupci\u00f3n, no le permit\u00edan terminar sus asuntos a pie. Sirvi\u00f3se del caballo hasta el a\u00f1o de 1649 en que le aument\u00f3 extraordinariamente la hinchaz\u00f3n de sus piernas con motivo de un viaje que hizo a Breta\u00f1a, y lo imposibilit\u00f3 ya hasta para poder montar a caballo; as\u00ed es que desde esta \u00e9poca se hubiera reducido a vivir encerrado en su casa, si, como en otra parte dijimos, no lo hubiera obligado el arzobispo a servirse de un peque\u00f1o carruaje.<\/p>\n<p>Esta hinchaz\u00f3n de las piernas le fue creciendo de modo, que en 1656 ya le sub\u00eda hasta las rodillas; no pod\u00eda doblarlas sino con mucha dificultad, ni levantarse sin grandes dolores, ni andar m\u00e1s que apoyado en un bast\u00f3n; luego lleg\u00f3 a revent\u00e1rsele una pierna en fuerza de la hinchaz\u00f3n, y se le hizo una \u00falcera sobre el tobillo derecho; en fin, los dolores de las rodillas fueron aumentando con el tiempo en tal grado, que ya no pudo salir de la casa desde principios de 1659. Y a pesar de todo continuaba levant\u00e1ndose por la ma\u00f1ana, asistiendo a la oraci\u00f3n en la iglesia con toda la comunidad, diciendo misa y concurriendo a las conferencias eclesi\u00e1sticas en la sala destinada a ellas; poco tiempo despu\u00e9s, no pudiendo ya salir ni bajar los escalones de la sacrist\u00eda para revestirse, lo hac\u00eda en el mismo altar; y con motivo de esto dec\u00eda algunas veces sonri\u00e9ndose, que hab\u00eda llegado a ser persona de importancia, porque se revest\u00eda como lo hac\u00edan los prelados.<\/p>\n<p>Ya en fines de 1659 se vio obligado a decir misa en la capilla de la enfermer\u00eda; pero el a\u00f1o siguiente ya le fue absolutamente imposible permanecer en pie, y con esto dej\u00f3 de celebrarla; pero siempre continu\u00f3 oy\u00e9ndola todos los d\u00edas basta su muerte, a pesar de que le costaba inmenso trabajo y le causaba muchos dolores el pasar con muletas de su cuarto a la capilla.<\/p>\n<p>De d\u00eda en d\u00eda iban disminuyendo sus fuerzas y perd\u00eda la gana de comer; y en tal estado de vejez y de enfermedades, rehusaba cualquier alimento que le parec\u00eda delicado, y exig\u00eda que le llevasen los manjares m\u00e1s ordinarios que hubiera en la casa. Sin embargo, los m\u00e9dicos y otras personas principales que ten\u00edan mucho inter\u00e9s en su conservaci\u00f3n, le hicieron consentir, no sin poco trabajo, en que tomase todos los d\u00edas un poco de pollo y algunos caldos de sustancia; pero desde la primera o segunda ocasi\u00f3n que le llevaron esta clase de alimentos, dijo que no pod\u00eda soportarlos y que le causaban mucha basca, y de este modo consigui\u00f3 que no volviesen a hacerle instancias para tomarlos. A pesar del estado tan miserable en que se hallaba, continuaba todav\u00eda dirigiendo los negocios que ten\u00eda pendientes y arreglando las cosas de la casa, como ordinariamente lo habla hecho.<\/p>\n<p>Estaba, pues, el buen siervo de Dios reducido ya a no poder andar sino con muletas, y aun esto le causaba indecibles dolores y lo pon\u00eda a cada momento en riesgo de caer por no poder absolutamente aguantarlo sus piernas; por esto en el mes de Julio del mismo a\u00f1o de 1660 le rogaron con mucha instancia que se formase una capilla en el cuarto que estaba contiguo al suyo, para que as\u00ed pudiera o\u00edr la misa sin tener necesidad de salir; pero nunca quiso \u00e9l consentir en ello, dando por raz\u00f3n que no deben permitirse los oratorios particulares para celebrar en ellos misa, sino por una causa muy poderosa que \u00e9l no encontraba en sus circunstancias. Entonces le rogaron que consintiese al menos en que se le hiciera un sill\u00f3n para poderlo trasladar de su cuarto a la capilla de la enfermer\u00eda, para que padeciese menos y no tuviese el riesgo de caer, en que todos los d\u00edas se ve\u00eda cuando iba a o\u00edr misa; pero su humildad todav\u00eda encontr\u00f3 medios para eludir esta comodidad que le presentaban, hasta que al fin el mes de Agosto en que ya le fue imposible sostenerse con las muletas, consinti\u00f3 en que le hiciesen una silla que comenz\u00f3 a servirle el d\u00eda de la Asunci\u00f3n de la Virgen, y continu\u00f3 us\u00e1ndola por espacio de seis semanas hasta su muerte. Era para \u00e9l una nueva aflicci\u00f3n el trabajo que daba a dos hermanos de la Congregaci\u00f3n que lo cargaban, y por esto nunca quiso que lo llevasen a otra parte m\u00e1s que a la capilla que distaba unos treinta o cuarenta pasos de su cuarto.<\/p>\n<p>Si este venerable anciano no hubiera tenido otro mal sino el de verse obligado a permanecer por espacio de dos a\u00f1os sentado casi todo el d\u00eda sin poderse mover, particularmente en el \u00faltimo a\u00f1o de su vida, esto solo hubiera sido bastante para ejercitar en gran manera su paciencia; pero si se consideran los grandes dolores que continuamente le causaba la hinchaz\u00f3n de sus rodillas y las \u00falceras de sus pies, principalmente por la noche en que no encontraba ninguna postura ni lugar alguno en que estuviese con comodidad, f\u00e1cilmente se conocer\u00e1 que esta \u00e9poca de su vida fue para \u00e9l un continuo martirio. Pero adem\u00e1s de todo lo dicho, Dios permiti\u00f3 que le sobreviniese un nuevo padecimiento que lo hizo verdaderamente un hombre de dolores: fue este nuevo mal una retenci\u00f3n de orina que tuvo el \u00faltimo a\u00f1o de su vida, y que le caus\u00f3 inexplicables dolores y mortificaciones, porque no pod\u00eda ya levantarse ni servirse de ning\u00fan modo de sus piernas, y hasta el menor movimiento que quer\u00eda hacer sirvi\u00e9ndose de un cord\u00f3n grueso que hab\u00edan colgado de una de las vigas del techo, le causaba agud\u00edsimos dolores, en medio de los cuales no se le o\u00eda otra queja m\u00e1s que esta: <em>Ah Salvador m\u00edo, buen Salvador m\u00edo<\/em>, u otras palabras semejantes, que siempre profer\u00eda en tono de devoci\u00f3n, y fijando la vista en una peque\u00f1a cruz de madera en que estaba pintado Jesucristo crucificado, y que hab\u00eda hecho que le pusiesen delante de la silla para su consuelo.<\/p>\n<p>En medio de tantos dolores continuaba su vida austera, y no permit\u00eda que le pusiesen para acostarse un colch\u00f3n; siempre sobre un mal jerg\u00f3n pasaba las cinco o seis horas de la noche que se acostaba, no para buscar alivio en la postura, sino para encontrar en ella un nuevo padecimiento, porque la serosidad acre que durante el d\u00eda sal\u00eda de sus piernas, con tal abundancia que algunas veces corr\u00eda por el suelo, durante la noche se deten\u00eda entre los pliegues de las coyunturas de las rodillas, y le causaba una exacerbaci\u00f3n de dolores, cuya violencia lo consum\u00eda poco a poco.<\/p>\n<p>As\u00ed es que todos los d\u00edas se encontraba m\u00e1s d\u00e9bil; pero no por esto quer\u00eda abandonar ni un solo momento el cuidado de su Congregaci\u00f3n, ni el de las instituciones que dirig\u00eda, ni dem\u00e1s negocios de que estaba encargado: enviaba algunos sacerdotes a donde \u00e9l no pod\u00eda ir, dici\u00e9ndoles lo que hablan de decir y el modo como deb\u00edan portarse; recib\u00eda un gran n\u00famero de cartas, las le\u00eda todas, y a todas contestaba. Reun\u00eda muchas veces a los empleados de su casa, y les hablaba a todos, o a cada uno en particular, seg\u00fan lo exig\u00eda la necesidad; inform\u00e1base del estado de los negocios, y en compa\u00f1\u00eda de ellos deliberaba; a todo atend\u00eda, y daba todas las \u00f3rdenes necesarias; enviaba misioneros para que trabajasen en las misiones, y los reun\u00eda antes para hablarles sobre el modo de hacerlas con mayor utilidad.<\/p>\n<p>En fin, por tantos esfuerzos para obrar y padecer, lleg\u00f3 su naturaleza a debilitarse tanto, que ya no pod\u00eda hablar sino con sumo trabajo; y sin embargo, en medio de este abatimiento del cuerpo y del esp\u00edritu, hacia exhortaciones que duraban media hora o algo m\u00e1s, con tal vigor y gracia, que dejaba admirados a cuantos le escuchaban; y estos han asegurado que nunca lo hab\u00edan o\u00eddo hablar con tanto ardor y tanta energ\u00eda. Pero lo que m\u00e1s se debe admirar es que entre tantas angustias, tan largas y tan molestas, siempre presentaba a las personas que lo ve\u00edan un semblante tranquilo y risue\u00f1o, y dirig\u00eda palabras afables como si gozase una perfecta salud; si alguno le preguntaba por el estado de sus males, contestaba como si se tratara de una cosa que no merec\u00eda ninguna consideraci\u00f3n, y sol\u00eda decir que todo aquello podr\u00eda reputarse como nada en comparaci\u00f3n de los tormentos que sin merecer hab\u00eda padecido Jesucristo, mientras que \u00e9l merec\u00eda mayores que los del Hijo de Dios; y de este modo elud\u00eda las respuestas que ten\u00edan relaci\u00f3n con su estado, y trataba de compadecer los males del que le hablaba, si de estos se trataba, haciendo m\u00e1s caso de ellos que de sus propios dolores.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cap\u00edtulo XL: De las enfermedades de Vicente, y del fruto que de ellas sacaba. 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Javier es laico vicenciano, afiliado a la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n y miembro del Equipo de Misiones Populares de la provincia can\u00f3nica de Zaragoza (Espa\u00f1a) de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n. Graduado en la Universidad Oberta de Catalunya con cuatro grados (Asistente de direcci\u00f3n, Gesti\u00f3n Administrativa, Recursos Humanos y Contabilidad Avanzada). Bil\u00edng\u00fce Espa\u00f1ol\/Ingl\u00e9s. gestiona y mantiene varias p\u00e1ginas web cristianas y vicencianas, incluida including La Red de Formaci\u00f3n Vicenciana, de la que es cofundador. Actualmente es responsable del \u00e1rea de Espa\u00f1ol de .famvin, la Red de Noticias de la Familia Vicenciana. Tambi\u00e9n es m\u00fasico cat\u00f3lico y ha editado varios discos. Es Director General y cofundador de Trovador, una reconocida compa\u00f1\u00eda discogr\u00e1fica critiana de Espa\u00f1a. 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