{"id":50484,"date":"2019-03-18T08:57:03","date_gmt":"2019-03-18T07:57:03","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2011\/10\/en-respuesta-a-tu-llamada-comunidad-penitente-2\/"},"modified":"2019-03-15T08:24:09","modified_gmt":"2019-03-15T07:24:09","slug":"en-respuesta-a-tu-llamada-comunidad-penitente-2","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/en-respuesta-a-tu-llamada-comunidad-penitente-2\/","title":{"rendered":"En respuesta a tu llamada: Comunidad penitente (2)"},"content":{"rendered":"<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">COMUNIDAD PENITENTE<\/p>\n<p align=\"center\"><strong>EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA<\/strong><\/p>\n<p><em>Creo en el perd\u00f3n de los pecados&#8230; <\/em>No se puede poner en tela de juicio el poder divino de remitir el pecado, ya sea directamente, ya por medio de su Iglesia. El Evangelio no deja lugar a dudas. \u00abHijo, tus pecados te son perdonados\u00bb, dice Jes\u00fas al paral\u00edtico en S. Marcos-2-5. \u00abTus pecados quedan perdonados\u00bb, afirma categ\u00f3ricamente dirigi\u00e9n\u00addose a la Magdalena en S. Lucas-7-47. \u00abYo os aseguro: todo lo que at\u00e9is en la tierra quedar\u00e1 desatado en el cielo.\u00bb (Mateo-18-15.) \u00abCorno mi Padre me envi\u00f3 as\u00ed os env\u00edo yo a vosotros\u00bb. Dicho esto sopl\u00f3 sobre ellos y dijo: \u00abRecibid el Esp\u00edritu Santo, a quienes perdon\u00e9is los pecados les quedan perdonados; a quienes se los reteng\u00e1is, les quedan retenidos.\u00bb (Juan -20-21.)<\/p>\n<p>\u00bfQui\u00e9n puede perdonar los pecados si no s\u00f3lo Dios? La observa\u00adci\u00f3n de los fariseos no tiene vuelta de hoja dentro de su postura de re\u00adchazo de Cristo. Pero sentada la premisa de su condici\u00f3n divina, \u00bfqui\u00e9n si no El \u2014podr\u00edamos a\u00f1adir\u2014 puede otorgar tambi\u00e9n a una cria\u00adtura la facultad de perdonar en su nombre? Dar un origen humano al sacramento de la Penitencia es un calumnioso infundio escupido al ros\u00adtro de la Iglesia que es innecesario refutar porque se deshace por s\u00ed mismo. Cierto que las ciencias antropol\u00f3gicas nos hablan del sicoan\u00e1\u00adlisis, de una confesi\u00f3n humana liberadora de tensiones y estados conflic\u00adtivos. Cierto tambi\u00e9n que el sacramento proyecta su influencia tera\u00adp\u00e9utica sobre las extensas \u00e1reas del siquismo y llega con sus sedantes secuelas hasta las oscuras zonas del subconsciente. Pero pertenece en exclusiva a las relaciones del hombre con Dios, gira \u00fanicamente alrededor de la culpa y de la gracia, dos conceptos que caen bajo el dominio privativo de la fe.<\/p>\n<p><em>No es, <\/em>pues, un instrumento que utiliza la Iglesia para apoderarse de las conciencias, se\u00f1orear la sociedad y cobrar ascendiente temporal para utilizarle en provecho propio. No es una tiran\u00eda cruel que ella ejerce sobre los esp\u00edritus para someterlos mejor a su autoridad. No es un castigo insufrible que impone por pecados de poca monta, de ningu\u00adna trascendencia social. No es una carga insoportable que hay que sacu\u00addir como algo que est\u00e1 por encima de las fuerzas humanas. No es un tipo peculiar de esclavitud moral, ni la humillaci\u00f3n de una derrota, ni la verg\u00fcenza de un crimen descubierto, ni la angustia de un asedio espiritual, ni la tortura de una checa, ni la asfixia de un interrogatorio polic\u00edaco, ni la acusaci\u00f3n fiscal de un tribunal de justicia. Se ha acusado a la confesi\u00f3n de causar terror en las conciencias. Algunos cristianos, efectivamente, la miran con p\u00e1nico, como un instrumento de tortura. Se acercan a confesarse con miedo, se acusan con nerviosismo, se alejan de ella con desaz\u00f3n. La confesi\u00f3n deposita siempre en el fondo de su esp\u00edritu un sentimiento morboso de angustia, desata en ellos una co\u00adrriente turbia de escr\u00fapulos, man\u00edas y obsesiones. Pero esto ocurre sola\u00admente con sujetos deformados doctrinalmente, con personas predispues\u00adtas a la neurosis. Los cristianos teol\u00f3gicamente formados y sicol\u00f3\u00adgicamente equilibrados s\u00f3lo sacan de este pozo evang\u00e9lico el agua que apaga su sed de alegr\u00eda, de paz y de armon\u00eda.<\/p>\n<p><em>Es, sin duda, un sacramento <\/em>que fecunda \u00abla semilla de esto que tengo de arcilla, de esto que tengo de Dios\u00bb. En \u00e9l aparece mucho mejor que en un espejo, con toda nitidez, reflejada la imagen de la bondad de de Dios. Cristo vuelve a estar entre nosotros por este medio. Su miseri\u00adcordia tiene, hoy como ayer, las mismas palabras, expresiones, gestos y resonancias. Las puertas d_el Reino se abren de par en par con esta llave de oro. El Bautismo nos dio por vez primera la vida de Dios; la Confirmaci\u00f3n la consolida; la Eucarist\u00eda la incrementa; la Penitencia la restaura, si se pierde y la intensifica, si se conserva. Borra de la concien\u00adcia aquel No insolente y desgarrado que el pecado supuso y estampa en ella el j\u00fabilo de un S\u00ed cuajado de promesas. Es la aut\u00e9ntica panacea de donde los bautizados se surten de las medicinas necesarias para curar sus llagas morales; es una segunda tabla de salvaci\u00f3n, un bote salvavidas para evitar el naufragio, un segundo bautismo, ru porque nos devuelve lo que nos dio el primero, si la culpa nos lo arrebat\u00f3, ya porque es un medio divino, excepcional, privilegiado para traducir en realida\u00addes concretas las promesas nacidas del bautismo de agua. Es una aut\u00f3\u00adgena indicada para soldar la alianza con Cristo rota por el pecado. Es la m\u00e1s adecuada expresi\u00f3n externa de la penitencia interna, el cauce m\u00e1s apto para que afluya la corriente de la conversi\u00f3n, la m\u00e1s eficaz manifestaci\u00f3n del arrepentimiento, la m\u00e1s alta culminaci\u00f3n de la contrici\u00f3n perfecta y uno de los ritos m\u00e1s significativos de la recon\u00adciliaci\u00f3n fraternal.<\/p>\n<p><em>Es el sacramento de la infinita misericordia de Dios con el hombre. <\/em>Hay que admitir que nuestra conducta para con Dios resulta absurda y tr\u00e1gica. Hemos sido admitidos de limosna a su amistad. Hemos fran\u00adqueado las puertas de su intimidad en calidad de hijos. En un momento de locura lo olvidamos todo, abusamos de su liberalidad, rompemos con El y huimos de su casa en busca de libertad. Hemos repetido mil veces la loca aventura del Para\u00edso, pero dejando en mantillas a la primera culpa. Hemos derribado barreras y hemos saltado obst\u00e1culos que Ad\u00e1n no so\u00f1\u00f3. A la luz de la fe el hecho del pecado es absurdo. \u00abQuien ha nacido de Dios no puede ya cometer pecado; la semilla divina perma\u00adnece en \u00e9l y no puede pecar porque ha nacido de Dios. Sabemos que no peca, pues se guarda a s\u00ed mismo y el maligno no le toca.\u00bb (Juan La-5-18.) Para los antiguos cristianos y para los convertidos modernos el pecado resulta incomprensible. Pero nosotros hemos cruzado las fronteras de la l\u00f3gica y hemos corrido desatinadamente por el mundo de la sinraz\u00f3n.<\/p>\n<p>Claro que la respuesta divina a la locura humana est\u00e1 tambi\u00e9n desprovista de toda l\u00f3gica. De nuestra l\u00f3gica, por supuesto. El casti\u00adgo, la venganza, la justicia implacable parecer\u00edan plausibles y razona\u00adbles a cualquiera de nosotros. Pero no al coraz\u00f3n de Dios cuyos pensa\u00admientos son distintos de nuestros pensamientos, cuyos caminos son misericordia y bondad, como asegura Isa\u00edas. No es de extra\u00f1ar. Nunca han entendido de l\u00f3gica y de justicia el coraz\u00f3n de un padre y el de una madre, sobre todo. Desde luego, no lo ha querido entender el co\u00adraz\u00f3n de Dios.<\/p>\n<p>El ha tomado la iniciativa de nuevo. Siempre tiene que ser El el primero que se baja, se humilla, llama y torna a llamar. Le ofrece al pecador nuevos recursos y oportunidades. Si le fallan, no desiste, con\u00adtin\u00faa persigui\u00e9ndole, como el cazador a su presa, hasta alcanzarle. Y en\u00adtonces pone \u00e1 su alcance la confesi\u00f3n sin pedir a cambio nada o casi nada. \u00ab\u00bfQu\u00e9 tengo yo que mi amistad procuras&#8230;?\u00bb Le preguntaba, asombrado, Lope de Vega.<\/p>\n<p>Pero hay que dejar bien claro que Dios no hubiera cometido nin\u00adguna injusticia abandonando al hombre en su ca\u00edda. Pod\u00eda haberle exi\u00adgido largas y costosas penitencias antes de devolverle su amistad trai\u00adcionada. Pod\u00eda haberle reclamado una confesi\u00f3n p\u00fablica como condi\u00adci\u00f3n de su perd\u00f3n. Pod\u00eda haber se\u00f1alado un l\u00edmite en el n\u00famero o en la calidad de los pecados despu\u00e9s del cual no estar\u00eda dispuesto a transi\u00adgir. Dios, sin asomos de crueldad, sin visos de injusticia, sin puntas ni ribetes de arbitrariedad, pod\u00eda haber hecho lo que hubiera querido con el hombre traidor a sus compromisos sin que \u00e9ste tuviera de qu\u00e9 que\u00adjarse ni alegar ning\u00fan derecho.<\/p>\n<p>Nada de esto hace. Sencillamente pone en sus manos el medio m\u00e1s f\u00e1cil para recomponer su vida divina tronchada al filo del pecado y reanudar las relaciones de amistad y de filiaci\u00f3n con El. Es escalofrian\u00adte establecer el parang\u00f3n entre la conducta de Dios y la del hombre. La de Dios estremece por lo que supone de amor, de bondad, de ternura y de misericordia. La del hombre, por lo que tiene de ru\u00edn, de mezquina y de est\u00fapida. La confesi\u00f3n es el gran don del Padre de las misericor\u00addias al hijo, pr\u00f3digo en rebeld\u00edas. Por eso resulta inexplicable, el miedo, el recelo, la repugnancia que sienten hacia ella, incluso las per\u00adsonas consagradas. La aplazan indefinidamente. La rehuyen solapada\u00admente. La escamotean sutilmente. La orillan disimuladamente. La susti\u00adtuyen por otras formas penitenciales que, con todo y ser leg\u00edtimas, no tienen la etiqueta sacramental que \u00e9sta presenta. Parecen haberse olvi\u00addado de que la confesi\u00f3n es la gran revelaci\u00f3n del coraz\u00f3n de Dios y que con ella ha subrayado y ha rubricado con su firma una famosa frase b\u00edblica lapidaria y subyugante: \u00abnadie hay tan padre como El&#8230;\u00bb<\/p>\n<p><em>Dios era libre para instituir o no este sacramento. <\/em>Esto es eviden\u00adte, pero conviene recordarlo. Respecto de este punto existe una curiosa ilusi\u00f3n. Por haber nacido en la Iglesia cat\u00f3lica nos parece la cosa m\u00e1s na\u00adtural del mundo, algo as\u00ed como una parte integrante y necesaria de nues\u00adtra religi\u00f3n. Nos parecemos a los ni\u00f1os nacidos en la opulencia que consideran el lujo como una cosa debida y natural. Los desheredad<sup>&#8211;<\/sup>Os de la fortuna con qu\u00e9 ansias desean tanto bienestar. La literatura nos ofrece una larga lista de autores no cat\u00f3licos que no se averg\u00fcenzan de sacar al sol su pena por no disponer de este tesoro humano y divino en el que les hubiera gustado creer. Nosotros hemos nacido en el pala\u00adcio de las riquezas de Dios. Su abundancia nos deja indiferentes. A ve\u00adces pienso que El ha sido un manirroto, un derrochador, malgastando su amor en un sacramento del que no \u00edbamos a hacer el menor caso. Para colmo no ha puesto condiciones de tiempo, de n\u00famero, de lugar y de ministro para recibirle. Ha reducido al m\u00ednimum los procedimien\u00adtos. Ha suprimido casi todos los tr\u00e1mites de tasas, aduanas y fiscaliza\u00adciones a nuestra sucia mercanc\u00eda. Quiere que todo dependa de la inten\u00adsidad de nuestra fe, del volumen de nuestro amor y del grado de nues\u00adtra generosidad.<\/p>\n<p><em>Dios ha sido pr\u00f3digo en esta instituci\u00f3n. <\/em>Se ha mostrado verdade\u00adramente espl\u00e9ndido, largo y mun\u00edfico. <em>Todo lo perdona <\/em>por su medio. Algunos herejes limitaron el poder sacramental. La Iglesia les cerr\u00f3 siempre la boca con esta consoladora afirmaci\u00f3n: para todo pecado hay perd\u00f3n, para toda culpa hay misericordia, para toda ca\u00edda hay peni\u00adtencia. <em>Perdona completamente. <\/em>Dios cuando perdona, olvida. Jam\u00e1s echar\u00e1 en cara al pecador su pecado. No s\u00f3lo le perdona el castigo, sino que le exime de toda culpabilidad, algo inaudito en los c\u00f3digos de la justicia humana, un imposible hecho realidad, porque Dios ha puesto en juego, como en la creaci\u00f3n, su omnipotencia. De un reo hace un hombre honrado; de un culpable, un inocente; de una pizarra, un cris\u00adtal; &#8216;de un poco de esti\u00e9rcol, un diamante. <em>Perdona siempre. <\/em>No siete, sino setenta veces siete. Aunque sabe que vamos a reincidir, que rom\u00adperemos al d\u00eda siguiente aquel pacto como un trozo de papel. S\u00f3lo pre\u00adcisa constatar nuestra sinceridad en el momento de la absoluci\u00f3n. Nin\u00adg\u00fan otro es capaz de hacer alarde de tal magnanimidad. La Sangre de Cristo ha corrido mil veces sobre nuestras heridas cur\u00e1ndolas incan\u00adsablemente. Su paciencia con nosotros no reconoce l\u00edmites. Hasta tal punto la tenemos conocida que en ocasiones su prontitud y su facilidad para perdonar entran en nuestros c\u00e1lc\u00falos para cometer el pecado de nuevo. Villanamente traficamos con la bondad divina. Especulamos con ella, como un hijo de familia que se propusiera este plan: voy a hacer llorar a mi padre. No me atrever\u00eda a disgustarle si me tratara con se\u00adveridad, pero lo tengo bien conocido, s\u00e9 que me perdonar\u00e1&#8230;<\/p>\n<p><em>Dios nos da toda clase de facilidades para confesarnos. <\/em>La confesi\u00f3n es <em>secreta. <\/em>Siempre lo fue. La penitencia fue p\u00fablica en la iglesia primi\u00adtiva. La acusaci\u00f3n p\u00fablica quedaba al arbitrio de cada penitente. La declaraci\u00f3n de los pecados se hace sin testigos por m\u00e1s que hayamos ul\u00adtrajado descaradamente a toda la humanidad.<\/p>\n<p>La confesi\u00f3n se hace a <em>un hombre, no a un \u00e1ngel. <\/em>\u00bfHabr\u00edan com\u00adprendido los \u00e1ngeles nuestros pecados carnales? El sacerdote nos inspi\u00adra una confianza m\u00e1s natural. Tiene motivos personales para ser indul\u00adgente y comprensivo. Es un \u00abministro capaz de condolerse de aquellos que ignoran y yerran, como quien se halla igualmente rodeado de mise\u00adrias\u00bb. En defmitiva, un pecador es perdonado por otro pecador.<\/p>\n<p>La confesi\u00f3n se hace a <em>un s\u00f3lo hombre. <\/em>Dios no obliga a descu\u00adbrir nuestros pecados a todo el mundo, como parecer\u00eda l\u00f3gico dada la dimensi\u00f3n c\u00f3smica que tienen. No se puede imaginar nada m\u00e1s dulce y caritativo. Y, sin embargo, el hombre encuentra dura esta ley. Es una de las razones que alega para rebelarse contra la confesi\u00f3n. Negar\u00adse a declarar los pecados al sacerdote porque es un hombre como los de\u00adm\u00e1s es una actitud irracional. Lo l\u00f3gico, lo justo, lo sincero, pienso yo, ser\u00eda pregonarlos a los cuatro vientos, notific\u00e1ndoselos a todos los hombres porque a todos hemos afrentado y enga\u00f1ado con nuestras se\u00adcretas villan\u00edas.<\/p>\n<p>La confesi\u00f3n se hace a <em>un hombre elegido por nosotros. <\/em>Nadie puede imponernos un ministro concreto. Tenemos opci\u00f3n a elegir a aquel que m\u00e1s nos guste o m\u00e1s confianza nos inspire. Los mismos confe\u00adsores ordinarios de las religiosas no deben ver con malos ojos que ellas acudan a otros sacerdotes. Ser\u00eda una forma repugnante de despotismo. La confesi\u00f3n o la direcci\u00f3n espiritual no es un coto cerrado de cuyas puertas s\u00f3lo ellos poseen la llave.<\/p>\n<p>La confesi\u00f3n est\u00e1 defendida por un macizo valladar. La Iglesia la ha salvaguardado con <em>el sello del silencio. <\/em>La obligaci\u00f3n del secreto sacramental puede resumirse en esta breve f\u00f3rmula: no se puede decir nunca, nada, a nadie. Nunca, ni despu\u00e9s de la muerte del penitente. Nada, de lo que est\u00e9 relacionado con los pecados, ni con las virtudes o los asuntos indiferentes. A nadie, ni siquiera para evitar una cat\u00e1s\u00adtrofe, si no media el permiso del interesado.<\/p>\n<p>La confesi\u00f3n va seguida de una satisfacci\u00f3n o <em>penitencia adecuada <\/em>a la mayor o menor gravedad de los pecados. Suele ser sencilla, f\u00e1cil de cumplir. Los tiempos de las duras y dilatadas obras penitenciales quedaron muy atr\u00e1s. En todo caso no ser\u00eda muy gallardo ni muy hon\u00adrado quejarse del rigor de una penitencia, si se piensa en ese infinito mis\u00adterio de iniquidad que ts el pecado y si se tienen en cuenta las cargas y los censos que la Iglesia impon\u00eda por cada uno de los pecados que hoy cometemos con la facilidad de quien bebe un vaso de agua.<\/p>\n<p><em>Es el sacramento de la reconciliaci\u00f3n del hombre con Dios. <\/em>Dios sigue llamando insistentemente a cada cristiano para que vuelva a El. \u00abYo te llam\u00e9 con tu propio nombre porque eres m\u00edo\u00bb, asegura por me\u00addio de Isa\u00edas. Es una llamada en la que se trasluce la fidelidad inagota\u00adble de su amor. El abismo de nuestra miseria se abre al abismo de su misericordia. El hijo pr\u00f3digo, desde lejos, ve una mano paternal que se agita en el aire en gesto de invitaci\u00f3n, oye el &#8216;timbre de una&#8217; oz amiga que pronuncia su nombre. No tiene m\u00e1s que una sola actitud, una res\u00adpuesta pronta y decidida: me levantar\u00e9 e ir\u00e9 a mi Padre. No puede va\u00adcilar sin exponerse a una reprobaci\u00f3n eterna: \u00abOs llam\u00e9 y rehus\u00e1steis; morir\u00e9is en vuestro pecado.\u00bb<\/p>\n<p><em>Es la reconciliaci\u00f3n del hombre con Cristo. <\/em>\u00abYo soy el Camino\u00bb, afirma El mismo categ\u00f3ricamente. En efecto, es el camino de vuelta al Padre. En el sacramento de la Penitencia nos encontramos con El, nos da el abrazo del perd\u00f3n y nos entrega a su Padre. El pecado ha dejado una deuda que saldar, pero El ya la pag\u00f3 por nosotros. Nosotros hace\u00admos lo poco que falta: apropi\u00e1rnosla. El sacramento realiza esta operaci\u00f3n de trasvase y asimilaci\u00f3n. El mismo Cristo preside&#8217; este tri\u00adbunal. Por eso todos los juicios que en \u00e9l se celebran son juicios de amor. Es el pecado el que sale siempre condenado, nunca el pecador. Y todo cuanto se perdona en este juicio individual queda cancelado para el juicio universal, para el gran d\u00eda de la rendici\u00f3n de cuentas.<\/p>\n<p><em>Es la reconciliaci\u00f3n del hombre con la Iglesia. <\/em>El bautizado cuando se al\u00eda con el pecado es infiel a la Iglesia de la que es miembro. Ofende a la Iglesia, a todo el cuerpo y a cada una de sus partes. Es un foco infeccioso, canceroso y da\u00f1ino dentro del organismo m\u00edstico. Desdora la belleza de la Esposa de Cristo. Este ultraje exige una reparaci\u00f3n. Es necesaria la presencia del pecador ante el ministro de la Iglesia es\u00adcarnecida para reconciliarse con ella, para solicitar y obtener el perd\u00f3n. La confesi\u00f3n no es, por consiguiente, un acto privado, aunque as\u00ed pa\u00adrezca indicarlo&#8217; el rito externo. Es una celebraci\u00f3n p\u00fablica, solemne y oficial. Es la renovaci\u00f3n de una alianza con todo el pueblo de Dios, la inserci\u00f3n de un hijo infiel en el seno de la familia cristiana. Es una justa reparaci\u00f3n de los agravios hechos a toda la comunidad. Antigua\u00admente, aunque la acusaci\u00f3n hab\u00eda sido secreta, la incorporaci\u00f3n a la asamblea se realizaba a la Vista de todos los creyentes dando a la cere\u00admonia un aire de sagrada solemnidad. Este car\u00e1cter comunitario est\u00e1 oculto hoy bajo el hermetismo de unas r\u00fabricas que nada dejan traslu\u00adcir. Por lo mismo ser\u00eda de desear que el penitente no buscara afanosa\u00admente la soledad o la obscuridad para confesarse. Que los hermanos se den cuenta, que le vean pedir perd\u00f3n, que sepan que est\u00e1 reconcili\u00e1n\u00addose con ellos en la persona del ministro sagrado.<\/p>\n<p><em>Es una reconciliaci\u00f3n del hombre consigo mismo. <\/em>Todo pecado gravita sobre la conciencia humana ahog\u00e1ndola, abrum\u00e1ndola. Es un torcedor que est\u00e1 agazapado entre las sombras, una alima\u00f1a salvaje que hace sentir sus dentelladas. El remordimiento sigue al pecado como la sombra al cuerpo. El pecado hace miserables a los pueblos y a los individuos. Por ello la absoluci\u00f3n tiene toda la poes\u00eda de un amanecer. Cuando penetran en los o\u00eddos aquellas divinas palabras: vete en paz, no vuelvas a pecar&#8230; se repliega la marea de la angustia y renace de sus cenizas el ave zul de la alegr\u00eda. \u00bfC\u00f3mo dicen que es dura la confesi\u00f3n? Yo jurar\u00eda que nada en la tierra hay m\u00e1s dulce. Despu\u00e9s de unos instan\u00adtes turbadores surge la calma gozosa de una nueva conciencia. El cora\u00adz\u00f3n se siente ingr\u00e1vido y aletea como una mariposa. Hay que leer las autobiograf\u00edas de los grandes conversos para convencerse. Todos coinciden en lo mismo: son testigos de una paz inefable que estrenan, como un vestido nupcial, de unas l\u00e1grimas serenas y suaves que hume\u00addecen las \u00faltimas palabras lit\u00fargicas del sacramento.<\/p>\n<p>Tengo que hacer una aclaraci\u00f3n. No pretendo enga\u00f1ar a nadie. La verdad nos hace libres. Y la verdad es \u00e9sta. <em>Hoy no hay m\u00e1s que una for\u00adma sacramental de la penitencia. <\/em>Hubo un tiempo, sin embargo, en que los cristianos expresaban sacramentalmente su arrepentimiento de m\u00faltiples maneras. Exist\u00edan las l\u00edneas generales de las que ha ido per\u00adfil\u00e1ndose el esquema penitencial de hoy. Pero, repito, hab\u00eda otros esque\u00admas penitenciales que ten\u00edan tambi\u00e9n car\u00e1cter sacramental. La uni\u00adficaci\u00f3n y centralinci\u00f3n de Occidente contribuyeron a unificar la li\u00adturgia. Esto quiere decir que la Iglesia podr\u00eda alumbrar otras estructuras sacramentales distintas de las que est\u00e1n en vigor para reconciliar al hombre con Cristo y con ella misma. Por otra parte la confesi\u00f3n no tiene tampoco el monopolio o la exclusiva del perd\u00f3n divino de los pe\u00adcados. Este puede llegar a nosotros por otros cauces. La necesidad y la urgencia de la conversi\u00f3n cristiana pueden impulsamos a seguir otras rutas abiertas en la Iglesia. <em>La confesi\u00f3n no agota toda la epifan\u00eda misericordiosa de Dios. <\/em>Cristo ha dicho: cuanto desat\u00e9is sobre la tierra ser\u00e1 desatado en el cielo&#8230; Pero de aqu\u00ed no se sigue que todos los pe\u00adcados del mundo tengan precisamente que ser desatados por el sacerdo\u00adcio ministerial directamente como requisito indispensable para entrar en el Reino. Lo que ocurre es que nosotros, los cat\u00f3licos, tenemos una ley. Seg\u00fan esta ley tenernos que someter al \u00abpoder de las llaves\u00bb todos los pecados mortales, aunque hayamos obtenido su remisi\u00f3n por otros medios extrasacramentales.<\/p>\n<p>Hay que tener en cuenta, as\u00ed mismo, la resoluci\u00f3n tridentina rela\u00adtiva a la confesi\u00f3n de los pecados graves y conscientes como condici\u00f3n necesaria para participar en la Eucarist\u00eda. A ella debemos atenernos estrictamente hasta tanto que el Magisterio la modifique. Est\u00e1 en estu\u00addio una interpretaci\u00f3n m\u00e1s suave del decreto conciliar. Aparte de esto es preciso dejar muy claro que la confesi\u00f3n es de todo punto inservible si no va precedida, acompa\u00f1ada y seguida de una sincera conversi\u00f3n interior. Esta conversi\u00f3n, ya lo hemos dicho, puede adoptar otras expresiones externas, algunas de las cuales fueron en otro tiempo sacramentales y hoy no. El acceso a la confesi\u00f3n no es siempre f\u00e1cil para todos. Hay casos de excepci\u00f3n en que la Iglesia la dispensa. En el cristianismo primitivo los relapsos eran admitidos en la comuni\u00f3n de la asamblea lit\u00fargica sin que se les exigiera otra cosa que haber hecho una penitencia privada durante un tiempo prudencial. Hoy por hoy es preciso atenerse a la vigente disciplina por un serio imperativo de la conciencia y por la obediencia debida al Magisterio. En el futuro, opi\u00adnan muchos te\u00f3logos, habr\u00e1 notables variaciones en la pr\u00e1ctica penitencial, pero conservando estos dos elementos fundamentales: la conversi\u00f3n interior y unos signos externos \u2014los que sean\u2014 que ex\u00adpresen p\u00fablicamente la recondiliaci\u00f3n comunitaria.<\/p>\n<p>Nadie puede poner en duda que la confesi\u00f3n actual contiene estos dos elementos. Son imperfectos sus ritos, son poco claros, es verdad; pero los que se inventen para reemplazarlos tambi\u00e9n lo ser\u00e1n necesaria\u00admente. Ninguna expresi\u00f3n humana puede contener y manifestar adecua\u00addamente una realidad divina. Olvidamos que los sacramentos son ma\u00adteria de fe y no de inteligencia. Esta s\u00f3lo desempe\u00f1a una funci\u00f3n ancilar. Ning\u00fan invento humano puede sustituir .a la confesi\u00f3n. No suprime las formas penitenciales que el Esp\u00edritu siga inspirando en la Iglesia, pero se coloca a la cabeza de todas ellas por su cuna, su pervivencia y su car\u00e1cter. Todo cristiano con aut\u00e9ntico esp\u00edritu de penitencia acudir\u00e1 a la confesi\u00f3n para expresarlo, como a un medio, normal, eficiente y su\u00adperior a todos. La confesi\u00f3n es causa y efecto de la conversi\u00f3n. Da la Medida de la penitencia.<\/p>\n<p>Para una persona consagrada viene a ser como el motor con que realiza su marcha ascendente y el term\u00f3metro que marca su tempera\u00adtura espiritual. Est\u00e1 en la misma l\u00ednea de las grandes fuerzas ascensio\u00adnales que ella emplea, como la oraci\u00f3n, la Eucarist\u00eda, los retiros anua\u00adles, etc. Es un factor decisivo de su vida vocacional. Espaciarla dema\u00adsiado es sencillamente una pr\u00e1ctica suicida. Cierto que hay que revisar sus ritos actuales por poco expresivos, como se ha indicado ya, pero \u00e9sta es una cuesti\u00f3n que mira solamente a la fachada, al ropaje, a lo accidental del asunto. El contenido sacramental est\u00e1 ah\u00ed desde hace veinte siglos. Oculto tras unos signos cristalinos y unas r\u00fabricas enig\u00adm\u00e1ticas, permanece invariable. El buen pa\u00f1o en el arca se vende. El buen vino no necesita bandera. De ese misterio, como de un taller, sale la palanca capaz de remover el mundo del pecado.<\/p>\n<p align=\"center\"><strong>LA PENITENCIA, PRIMER REQUISITO SACRAMENTAL<\/strong><\/p>\n<p>El sacramento no puede fructificar si no dispone de un terreno bien preparado. No funciona autom\u00e1ticamente. Presupone un clima espiritual adecuado. La actitud penitencial precede a la confesi\u00f3n como la bala al disparo, la explosi\u00f3n al ruido, la semilla al fruto. Las perso\u00adnas que van a aligerarse de la carga de sus pecados necesitan crear anticipadamente unas condiciones internas de amor y de arrepenti\u00admiento que den eficacia y validez a la absoluci\u00f3n de la Iglesia. En la antigua praxis penitencial esta preparaci\u00f3n duraba semanas, meses y hasta a\u00f1os. Las personas que en la actualidad se confiesan por devo\u00adci\u00f3n s\u00f3lo precisan intensificar previamente su din\u00e1mica espiritual. La verdadera penitencia es el esfuerzo habitual del creyente para no vivir desde s\u00ed mismo, sino desde Dios, desde Cristo y desde su Iglesia. Es de\u00adcir, &#8216;desde la fe, desde la esperanza y desde la caridad.<\/p>\n<p><em>Desde la fe. <\/em>Creer es reconocer a Dios como \u00fanico absoluto y a uno mismo como a un ser relativo y, por tanto, precario, pobre, insufi\u00adciente, incapaz, deficiente y pecador. El hombre s\u00f3lo es absoluto en su penuria radical, moral y ontol\u00f3gica. S\u00f3lo es absoluto en su pecado. Si dice que no tiene pecado se enga\u00f1a, deja a Dios mentiroso, no se sit\u00faa en la verdad, no cree en Dios verdadero. Lo que no es fe es peca\u00addo. Y como nuestra f\u00e9&#8217;es incompleta siempre, siempre hay pecado en nosotros. Y aunque vaya creciendo y purific\u00e1ndose nunca ser\u00e1 perfec\u00adta, nunca dejaremos de ser pecado.<\/p>\n<p><em>Desde la esperanza. <\/em>Esperar es reconocer la infinita cantidad de cosas que no hemos alcanzado ni asimilado. Consiste en ver lo que a\u00fan no somos, m\u00e1s que lo que somos, en considerar lo mucho que nos falta para ser exactamente Cristo. Es trabajar inagotablemente para conse\u00adguirlo recortada y gratuitamente. Nuestro esfuerzo es una condici\u00f3n, pero no una valuaci\u00f3n. No podemos apoyarnos en nosotros porque ca\u00adrecemos de todo, sino en Cristo; en El vamos renaciendo, resurgiendo; creciendo.<\/p>\n<p><em>Desde el amor. <\/em>Por un lado lo que no es amor es pecado. Por otro, el amor pleno no lo alcanzaremos en esta etapa de la existencia.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed nunca llegaremos a vivirlo perfectamente. Siempre quedan distan\u00adcias, ausencias, olvidos, ignorancias, reservas en la entrega. Nunca estamos abiertos por entero ni presentes del todo a Dios y a nuestros her\u00admanos. Reconocer que no <sup>&#8211;<\/sup>amamos suficientemente, sentirlo, tratar de superarlo forma parte de nuestro amor que, si es sincero, es penitente y arrepentido. Confesar lo mucho que a\u00fan le falta a nuestro amor, vernos necesitados del perd\u00f3nde Dios y de los hombres es indispen\u00adsable para permanecer en el amor, es el \u00fanico modo de crecer en \u00e9l porque es parte esencial de \u00e9l.<\/p>\n<p><em>Conversi\u00f3n. <\/em>Penitencia y conversi\u00f3n son dos palabras que se pro\u00adnuncian indistintamente, pero no son sin\u00f3nimas. Al concepto de peniten\u00adcia el vocablo conversi\u00f3n le quita su aspecto ce\u00f1udo y desabrido, le despo\u00adja de su apariencia negativa y le a\u00f1ade la idea de actividad y dinamis\u00admo. De las dos palabras hebreas equivalentes, una de ellas <em>\u2014naham\u00ad<\/em>equivale a aspirar fuertemente y suspirar profundamente, expresa los mil matices de un amor doliente, como verg\u00fcenza, consuelo, compa\u00adsi\u00f3n&#8230; mientras la otra <em>\u2014sub&#8211; <\/em>se refiere a un movimiento de vaiv\u00e9n, de ida y vuelta, de alejamiento y retomo. De las dos palabras griegas que traducen las anteriores, la primera es <em>metanoeo, <\/em>verbo que significa cambiar de mente, de planes, de prop\u00f3sitos, retractarse, desdecirse, arrepentirse; al paso que la otra <em>\u2014e putrefb&#8211; <\/em>coincide con estas o pare\u00adcidas ideas: volver, regresar, tornar de un acuerdo anterior, reconciliar\u00adse con un enemigo&#8230;<\/p>\n<p>La conversi\u00f3n supone haber cobrado conciencia plena del pecado. Conciencia del pecado universal en el que venimos y estamos envueltos como el feto en la matriz. Conciencia del pecado individual que se ha hecho una misma cosa con nosotros, tan adherido al hombre como su misma piel. El ser humano se encuentra paralizado ante esta tr\u00e1gica realidad. S\u00f3lo Dios le puede arrancar de ella. Lo \u00fanico que es capaz de hacer es cooperar con Dios, como sugiere Isa\u00edas: Si te vuelves a m\u00ed, yo te har\u00e9 volver y podr\u00e1s seguir en mi servicio. Pero s\u00f3lo para Dios es po\u00adsible hacer que el, hombre d\u00e9 una vuelta total de 180 grados. Es la vuelta que tiene que dar el barro humano a la rueda del Alfarero para que Este la amase, la moldee, la configure a su gusto y saque una vasija distinta, nueva, reciente. Es decir, un hombre con una sangre<sub>s<\/sub> un cora\u00adz\u00f3n y una vida hechos a imagen y semejanza de Dios. La conversi\u00f3n no puede ser otra cosa que el recorrido inverso del camino del pecado. El pecado s\u00f3lo fue posible por el desconocimiento personal, experimen\u00adtal del Ser divino. Por lo tanto: \u00ab\u00e9sta es la vida eterna (la conversi\u00f3n), que te conozcan a ti, Padre, y a quien has enviado, Jesucristo\u00bb. (Juan 17-3). Conocer a Dios; convencerse \u2014vivirlo\u2014 de que s\u00f3lo es amor; de que no puede ser otra cosa que amor, bondad y caridad; de que nada seremos, sino somos lo mismo; serlo efectivamente e irradiarlo por los cuatro costados&#8230; \u00bfqu\u00e9 otra cosa puede significar la conversi\u00f3n? Ahora bien, la confesi\u00f3n ocupa el centro de este proceso, est\u00e1 en la mi\u00adtad del camino de vuelta. Es una sensibilizaci\u00f3n del perd\u00f3n que nos otorgan Dios y la Iglesia. Es en este sacramento donde los pecadores \u00abconocen\u00bb, mejor que en ninguno otro lugar de un modo inmediato, aunque imperceptible por los sentidos, la anchura, la altura y la profun\u00addidad del amor de Cristo. \u00bfNo medimos tambi\u00e9n la grandeza de un hombre por la generosidad de su perd\u00f3n?<\/p>\n<p><em>El arrepentimiento. <\/em>Es tambi\u00e9n una palabra que se suele identi\u00adficar con la de penitencia, pero le suministra un ligero matiz. Acent\u00faa la nota grave, hace resaltar la pena que el pecado produce, hace hin\u00adcapi\u00e9 en la pesadumbre que origina el olvido ego\u00edsta del Padre celes\u00adtial. Es la contrapartida del placer y de la satisfacci\u00f3n personal que todo pecado produce. El pecador arrepentido de verdad tiene un pesar hon\u00addo, no s\u00f3lo de haber obrado mal, sino de ser malo en todo su conjunto, desde la ra\u00edz hasta la \u00faltima ramificaci\u00f3n de su ser. Inmediatamente brotar\u00e1 el deseo de ser redimido, transformado por el Ser que es bueno esencialmente. Este deseo est\u00e1 vinculado expl\u00edcita o impl\u00edcitamente con los sacramentos que son los medios que El pone a su alcance para verificarlo. Si se requiere el bautismo, \u2014al menos, de deseo\u2014, para pertenecer a su Iglesia, se necesita el sacramento de la penitencia, al menos, de deseo tambi\u00e9n, para reincorporarse a ella despu\u00e9s del pe\u00adcado. El arrepentimiento es cristoc\u00e9ntrico y sacramental. Quiero decir que es un encuentro con Cristo por medio del sacramento. De esta li\u00adturgia penitencial emanar\u00e1 una poderosa corriente de conversi\u00f3n. Cuan\u00addo leemos la historia de la conversi\u00f3n de los pueblos antiguos y modernos advertimos que la chispa religiosa que la ha provocado ha sido la cele\u00adbraci\u00f3n de los misterios. La evangelizaci\u00f3n se ha hecho por medio de los sacramentos y en dependencia de los mismos. Conviene dejar bien sen\u00adtado este principio pastoral: la conversi\u00f3n en todos sus grados parte de los sacramentos como de su fuente propia y se encamina a ellos como a su cauce natural.<\/p>\n<p><em>La contrici\u00f3n. <\/em>Es una denominaci\u00f3n viva y pl\u00e1stica de la peniten\u00adcia. El t\u00e9rmino se refiere a la necesidad de que el orgullo, causa del pecado, sea machacado, pulverizado, triturado. De la soberbia hecha polvo sale radiante la verdad de la humildad. Y de la humildad nace el dolor, la detestaci\u00f3n del pecado, el prop\u00f3sito de la enmienda que es una voluntad retadora de seguir en pie sin doblar y de erguirse si se ha quebrado.<\/p>\n<p>Este dolor que produce la contrici\u00f3n es el mismo que sinti\u00f3 Cristo ante la monstruosidad de la culpa humana y de la ofensa inferida a su Padre con ella. Es <em>un dolor del esp\u00edritu que el cuerpo puede tambi\u00e9n compartir. <\/em>Casi todos los sentimientos del esp\u00edritu tienen reflejo en la parte sensitiva, corporal del hombre. Los fen\u00f3menos del pecado y de la gracia repercuten en muchas ocasiones en la sensibilidad. En ciertos procesos de la conversi\u00f3n el grado y la forma de estos sentimientos re\u00adflejos dependen de la sicolog\u00eda peculiar y del estado de \u00e1nimo del peni\u00adtente. No hay oposici\u00f3n ninguna entre la pena del alma y la del coraz\u00f3n. Por el contrario las dos componen una pena humana y divina, un do\u00adlor completo, total, a causa de la unidad personal del hombre. La con\u00adtrici\u00f3n no es un acto \u00e1rido de la voluntad, sino tambi\u00e9n del coraz\u00f3n, sede del amor integral. La Magdalena ba\u00f1a con sus l\u00e1grimas los pies de Cristo. San Pedro \u00absali\u00f3 fuera y llor\u00f3 amargamente\u00bb. San Pablo est\u00e1 tres d\u00edas sin comer, abrumado por la pena. No importan las mani\u00adfestaciones de la vida emotiva con tal que sean espont\u00e1neas, prudentes, mesuradas.<\/p>\n<p>La detestaci\u00f3n del pecado y el aborrecimiento de la maldad come\u00adtida son frutos del dolor. Este sentimiento es una sentencia de muerte que el mismo pecador pronuncia sobre su vida pecadora. Con esta sen\u00adtencia se une a la que el Padre fulmin\u00f3 contra el pecado y que Cristo tom\u00f3 sobre s\u00ed en el madero de la cruz. Con ella se une tambi\u00e9n a la que Cristo, juez de vivos y muertos, dictar\u00e1 sobre los impenitentes en el \u00faltimo d\u00eda. Pero el veredicto del pecador contra s\u00ed mismo se cuaja de flores y esperanzas. El no ser\u00e1 el le\u00f1o seco del que habla Jes\u00fas en el ca\u00admino del Calvario. Es tan s\u00f3lo el le\u00f1o verde al que hoy se aplica el hie\u00adrro para que ma\u00f1ana, al amanecer, se llene de frutos y de p\u00e1jaros.<\/p>\n<p><em>El prop\u00f3sito de la enmienda <\/em>es as\u00ed mismo una consecuencia de la contrici\u00f3n. Le da a \u00e9sta autenticidad y fecundidad. El prop\u00f3sito ha de recaer, m\u00e1s que sobre los actos pecaminosos, sobre las causas y ra\u00ed\u00adces de los mismos, sobre las actitudes y tendencias, m\u00e1s que sobre las ca\u00eddas y los fallos peri\u00f3dicos. Una vida interior mediocre provoca un diluvio de faltas de todo tipo. Es in\u00fatil combatirlas si no se ciega la fuente de donde manan. Es rid\u00edculo, por citar otro ejemplo, acusarse num\u00e9ricamente de las desobediencias, si no se extirpa el resentimiento contra la autoridad. Los pecados de impureza seguir\u00e1n eslabon\u00e1n\u00addose mientras est\u00e9 en carne viva, sin afrontarlo ni resolverlo, el pro\u00adblema de una afectividad mal enfocada o de una sexualidad mal enten\u00addida. Es ocioso matar la ara\u00f1a sin destruir la tela, atajar una enferme\u00addad content\u00e1ndose con aplicar pomadas a la piel. Existe un n\u00famero no peque\u00f1o de personas consagradas que se acusan minuciosamente de sus pecados externos sin haber intentado asimilar siquiera los criterios evang\u00e9licos contenidos en las bienaventuranzas. \u00bfNo es absurdo estar quebrantando \u00e9stas habitualmente y acusarse de los pecados veniales cometidos contra los mandamientos?<\/p>\n<p>Penitencia&#8230; conversi\u00f3n&#8230; arrepentimiento&#8230; contrici\u00f3n&#8230; Dis\u00adtintas palabras para expresar una misma realidad. Una disposici\u00f3n, una actitud interior del penitente que debe preexistir a la declaraci\u00f3n y absoluci\u00f3n de los pecados. No es un preludio del sacramento; es una parte integrante de \u00e9l. Es el sacramento mismo. Es su alma, su arma\u00adz\u00f3n, su savia vital. La raz\u00f3n est\u00e1 en que todo sacramento consta de un signo y de un contenido. El contenido existe antes que el signo. El signo lo exterioriza. En nuestro caso el contenido son los actos del penitente entre los que la penitencia ocupa un puesto aventajado y preeminente. Por lo tanto, si la celebraci\u00f3n penitencial es una decla\u00adraci\u00f3n exterior de la conversi\u00f3n interior, si \u00e9sta no se ha producido con antelaci\u00f3n, el sacramento se convierte en un rito vac\u00edo e in\u00fatil, en una f\u00f3rmula profana y hasta sacr\u00edlega. Tiene que preceder un serio esfuer\u00adzo de reforma, de enmienda, de revisi\u00f3n, de reajuste, so pena de que el sacramento resulte la expresi\u00f3n de algo vano e inexistente. Dicho esfuer\u00adzo debe cobrar mayor intensidad en los momentos previos a la celebra\u00adci\u00f3n lit\u00fargica que es el rito que sella, confirma, da eficacia y plenitud a la conversi\u00f3n.<\/p>\n<p align=\"center\"><strong>LA CONFESION, SEGUNDO REQUISITO SACRAMENTAL<\/strong><\/p>\n<p>La acusaci\u00f3n de las culpas personales es un acto esencial de la ver\u00addadera conversi\u00f3n. Impl\u00edcitamente es necesaria para la recepci\u00f3n del bautismo. Para este bautismo laborioso que es el sacramento de la Peni\u00adtencia la Iglesia exige una confesi\u00f3n detallada y expl\u00edcita. Su materia son todos los pecados mortales cometidos despu\u00e9s del bautismo y no per\u00addonados directamente. Se trata de una ley divina positiva. La ley ecle\u00adsi\u00e1stica s\u00f3lo precisa ciertos detalles. El pecador ha quedado al margen de la Iglesia. Ha quedado excomulgado en el sentido teologal de la palabra, no en el sentido jur\u00eddico. Los. Padres insisten en los efectos anticomunitarios del pecado preferentemente. Las antiguas penitencias apuntaban a subsanar los males sociales que de \u00e9l se hab\u00edan derivado. Si el pecador ha ofendido a la iglesia es l\u00f3gico que haga ante ella su confesi\u00f3n para que le reintegre en su seno. El retorno a Dios no se efect\u00faa sin el retomo a la comunidad en la que deposit\u00f3 la salvaci\u00f3n. Confesarse ante la Iglesia es una garant\u00eda de la sincera confesi\u00f3n, ante Dios. Si no nos confesamos ante la Iglesia a quien vemos, c\u00f3mo vamos a confesarnos ante Dios a quien no vemos? Las leyes divinas, .por otra, parte, est\u00e1n de acuerdo con las , leyes de la sicolog\u00eda. Todo crimen contra la sociedad provoca una perturbaci\u00f3n en el siquismo humano, una herida moral que no se cura hasta que no se repare de alg\u00fan modo el desorden que la origin\u00f3. No es de extra\u00f1ar que la ciencia materialista haya tenido que reemplazar al confesor por el sic\u00f3logo, la confesi\u00f3n sa\u00adcramental por la confesi\u00f3n sicoanal\u00edtica.<\/p>\n<p>Si al pecado concurrieron tanto el cuerpo como el alma est\u00e1. puesto en raz\u00f3n que en su remedio intervengan tambi\u00e9n los dos elemen\u00adtos integrantes del hombre. Y esto, se ve m\u00e1s claro todav\u00eda si el pecado ha tenido resonancias comunitarias. Ya hemos visto que todo peca-. do las tiene. Pero hay pecados que son m\u00e1s antisociales que otros. La liturgia es una funci\u00f3n social por definici\u00f3n. Que la confesi\u00f3n se articula en la liturgia cristiana nadie hay que lo ponga en duda, pues\u00adto que es un signo sacramental. Por lo mismo cae bajo la acci\u00f3n de Cristo, sumo sacerdote. El interviene personalmente en la acci\u00f3n ecle\u00adsial. No es, pues, la confesi\u00f3n un mero recuerdo de las culpas pasadas ordenado al perd\u00f3n de las mismas , sino que tiene la categor\u00eda de un acto de culto, de un himno de alabanza a la majestad divina por el cual reco\u00adnocemos compungidos los derechos de su justicia y proclamamos agra\u00addecidos su misericordia.<\/p>\n<p>Para estudiar <em>el fin de la confesi\u00f3n <\/em>conviene distinguir entre sacramento de la Penitencia y perd\u00f3n de los pecados. Los fieles confunden a menudo los dos conceptos. La gran mayor\u00eda ha desvirtuado el signo sacramental convirti\u00e9ndolo en un mero requisito preparatorio de la participaci\u00f3n eucar\u00edstica.<\/p>\n<p>Puede darse la celebraci\u00f3n de la penitencia sin que tenga lugar el perd\u00f3n de los pecados en un sentido estricto. Puede haber sacramento sin perd\u00f3n y perd\u00f3n sin sacramento. Puedo aducir dos ejemplos. El primero es la confesi\u00f3n por devoci\u00f3n que la Iglesia no s\u00f3lo da por v\u00e1lida, sino por conveniente y aconsejable, pese a carecer de materia pr\u00f3xima e inmediata, porque los pecados graves est\u00e1n cancelados en anteriores confesiones y los pecados veniales se van remitiendo al ritmo piadoso de la vida cristiana. S\u00f3lo queda el pecado gen\u00e9rico, profundo, univer\u00adsal cuyos brotes afloran inadvertidamente. Otro ejemplo nos lo brinda la disciplina actual de la Iglesia. Me refiero a esa clase de penitentes que confiesan los pecados mortales borrados solamente por la contri\u00adci\u00f3n perfecta despu\u00e9s de la cual han tomado parte en el \u00e1gape eucar\u00eds\u00adtico. En efecto, la legislaci\u00f3n vigente obliga a confesar los pecados graves que el dolor hizo desaparecer con toda seguridad, pero que no se pudieron someter al \u00abpoder de las llaves\u00bb porque un serio obst\u00e1culo lo impidi\u00f3. Aunque la subsiguiente comuni\u00f3n sell\u00f3 el perd\u00f3n de Dios, la ley ordena someter dichos pecados al tribunal de la penitencia. En ambos casos se recibe el sacramento, pero no se obtiene el perd\u00f3n propia\u00admente dicho.<\/p>\n<p>Pero tambi\u00e9n puede ocurrir al rev\u00e9s, es decir, que exista el per\u00add\u00f3n sin recibir el sacramento. Algo de esto he dicho ya, pero quiero in\u00adsistir. Puede obtenerse el perd\u00f3n de los pecados sin la celebraci\u00f3n de la Penitencia. En la moderna ordenaci\u00f3n de la disciplina eclesi\u00e1stica no sucede ciertamente, pero en la antig\u00fcedad cristiana era muy frecuen\u00adte. Los primeros creyentes eran parcos en celebrar la penitencia sacra-mentalmente y pr\u00f3digos en verificarla privada y colectivamente. S\u00f3lo una vez en la vida se somet\u00edan a la dureza de la penitencia p\u00fablica en\u00adtonces en uso. Los reincidentes, en general, acud\u00edan a los ministros de la Iglesia para saber qu\u00e9 clase de penitencia ten\u00edan que cumplir por las culpas cometidas. Una vez terminadas privadamente las obras peni\u00adtenciales mandadas, se un\u00edan sin m\u00e1s a la comuni\u00f3n de los fieles. Los cristianos que ten\u00edan conocimiento de la penitencia que correspond\u00eda a cada pecado se las arreglaban por s\u00ed mismos. Tambi\u00e9n es verdad cjue en un gran n\u00famero de iglesias locales era costumbre, terminada la pe\u00adnitencia en privado, presentarse de nuevo a los sacerdotes para reincor\u00adporarse a la Iglesia por su medio. Pero esta pr\u00e1ctica no se universaliz\u00f3 hasta finales del siglo VII o principios del VIII. San Cris\u00f3stomo, San Jer\u00f3nimo, San Agust\u00edn, etc., aconsejaban abiertamente a los relapsos abstenerse por alg\u00fan tiempo de la comuni\u00f3n, ejercitarse en determina\u00addas obras penitenciales y participar de nuevo en la Eucarist\u00eda.<\/p>\n<p>La celebraci\u00f3n del sacramento sin el perd\u00f3n de los pecados; el perd\u00f3n de los pecados sin la celebraci\u00f3n del sacramento. Esto quiere decir que la confesi\u00f3n incluye, claro est\u00e1, la remisi\u00f3n de las faltas, pero al propio tiempo desborda y sobrepasa el poder de perdonar. Algo que da sentido y justifica su celebraci\u00f3n a\u00fan cuando no haya conciencia de pecado. Algo que nos va a permitir quitarle toda apariencia de enve\u00adjecimiento y darle un estilo m\u00e1s juvenil, pleno y expresivo. Algo que le va a hacer m\u00e1s atrayente y le va a granjear el afecto y la simpat\u00eda que ha perdido entre los fieles.<\/p>\n<p><em>\u00bfCu\u00e1l es, pues, la finalidad del rito sacramental? <\/em>Si tuviera que resumirla en breves palabras dir\u00eda que el objetivo de la confesi\u00f3n es:<\/p>\n<p>1.\u00b0 Encarnar y expresar en un signo lit\u00fargico la propia conver\u00adsi\u00f3n, ese tr\u00e1nsito laborioso y progresivo del reino del pecado al Reino de la gracia. Si el<sup>&#8211;<\/sup>pecado obstaculiza la conversi\u00f3n queda eliminado. De lo contrario, la da solidez y profundidad.<\/p>\n<p>2.\u00b0 Sublimar dicha conversi\u00f3n siempre pobre, peque\u00f1a e insufi\u00adciente insert\u00e1ndola en el misterio pascual de Cristo, primog\u00e9nito entre los hermanos, que ha muerto al mundo y vive para el Padre, que ha pa\u00adsado del reino del pecado al Reino de la filiaci\u00f3n, que es, en fin, causa, modelo y t\u00e9rmino de toda conversi\u00f3n.<\/p>\n<p>Ya se ve c\u00f3mo esta finalidad es siempre posible, siempre necesa\u00adria, siempre conveniente, tanto si el pecado es una historia pasada como si es una desgracia presente. En todo caso los cristianos encontrar\u00e1n en la confesi\u00f3n una riqueza y unos valores que sin ella no se les dar\u00eda.<\/p>\n<p>He aludido al precepto hoy vigente de confesar los pecados mor\u00adtales no perdonados por la absoluci\u00f3n ministerial como condici\u00f3n in\u00addispensable para recibir la Eucarist\u00eda. Prescindo de las largas discusio\u00adnes habidas en Trento entre los Padres conciliares antes de la redacci\u00f3n de este decreto. El canon 856 del actual C\u00f3digo de Derecho Can\u00f3nico permite en alg\u00fan caso la comuni\u00f3n sin la confesi\u00f3n previa. Lo mismo se vuelve a repetir en la reciente instrucci\u00f3n \u00abEucharisticum Myste\u00adrium\u00bb en el que parece insinuarse la posibilidad de que se suavice o al menos se matice un poco el rigor de esta ley. La opini\u00f3n de muchos te\u00f3logos ladea la b\u00e1scula en el sentido de la mitigaci\u00f3n. Me atrevo a vaticinarla para un futuro no muy lejano, pero tampoco muy inmediato.<\/p>\n<p>Desde entonces hasta ahora no se han puesto de acuerdo los te\u00f3logos sobre si el citado decreto conciliar es una formulaci\u00f3n solem\u00adne de la ley divina o se trata solamente de una disposici\u00f3n eclesi\u00e1stica. El tema no carece de importancia, por las graves implicaciones pastora\u00adles que entra\u00f1a. Comulgar con relativa frecuencia es de precepto di\u00advino. La Iglesia ha precisado el m\u00ednimum de un a\u00f1o y ha preceptuado la comuni\u00f3n pascual. Es algo parecido al precepto dominical de o\u00edr misa. La ley divina urge dar a Dios a menudo culto comunitario. La Iglesia ha determinado el tiempo y ha se\u00f1alado los d\u00edas festivos para cumplir esa obligaci\u00f3n. Son dos ejemplos con que quiero ilustrar este comentario. \u00bfEs voluntad de Dios que el cristiano consciente de estar en pecado mortal se confiese antes de comulgar? Entonces nunca podr\u00eda recibir la Eucarist\u00eda sin haber pasado antes por el tribunal de la Peni\u00adtencia. \u00bfEs solamente una ley eclesi\u00e1stica? Entonces es \u00e9sta la que tiene que ceder cuando se halle en conflicto con la ley de Dios que ordena comulgar de vez en cuando y la confesi\u00f3n sea imposible o simplemente dif\u00edcil. Seg\u00fan esto, en las zonas escasas de sacerdotes, los catequistas, los misioneros y misioneras podr\u00edan administrar la sagrada comuni\u00f3n a los fieles despu\u00e9s de haberlos exitado a una contrici\u00f3n perfecta.<\/p>\n<p>Lo que s\u00ed parece una ley defmitoria es la que el mismo Concilio tridentino promulga para obligar a los cristianos a declarar sus pecados mortales no perdonados detallando el n\u00famero y la especie. Hoy no se niega el car\u00e1cter dogm\u00e1tico que quisieron \u2022 dar los Padres a este de\u00adcreto. Pero se le enfoca desde un punto de vista que ellos desconocieron.&#8217; Ellos cimentaron esta resoluci\u00f3n en la funci\u00f3n de juez que desempe\u00f1a el sacerdote derivada de Cristo. Todo juez para sentenciar con justicia debe conocer el caso con sus pelos y se\u00f1ales, como vulgarmente se dice. Pero sabemos que hay dos clases de jueces: los que ordinariamente ven y juzgan las causas, y los administrativos: Un jefe de estado es un juez tambi\u00e9n. Ahora bien un jefe de estado puede conceder indulto particular o amnist\u00eda general, aunque no posea un conocimiento minu\u00adcioso y detallado de los delitos en cuesti\u00f3n.<\/p>\n<p>Desde el punto de vista objetivo, <em>de pecado leve a pecado grave <\/em>se asciende sin soluci\u00f3n de continuidad. La diferencia, por lo tanto, es tan s\u00f3lo de grados. Pero desde el punto de vista subjetivo hay una dife\u00adrencia esencial entre un pecado leve o venial y un pecado, grave o mor\u00adtal. Puede suceder que lo que es objetivamente grave no sea mortal, pero lo que sea subjetivamente grave siempre ser\u00e1 mortal. No son los pecados objetivamente graves los que privan de la comuni\u00f3n sin la confesi\u00f3n previa, sino los que sean graves en la<sup>.<\/sup> conciencia de la perso\u00adna interesada. La antigua pr\u00e1ctica penitencial de la Iglesia distingu\u00eda entre los \u00abcr\u00edmenes\u00bb (apostas\u00eda, adulterio, derramamiento de san\u00adgre&#8230;) que exclu\u00edan al culpable de la comunidad y los dem\u00e1s pecados graves internos y externos que no exclu\u00edan de suyo de la asamblea li\u00adt\u00fargica. Los primeros estaban sometidos a la penitencia p\u00fablica, pero no los segundos. Estos se reg\u00edan por las normas de la penitencia pri\u00advada sujeta a los usos flexibles .y oscilantes de las iglesias locales.<\/p>\n<p>La teolog\u00eda y la pastoral no han ido siempre de acuerdo en rela\u00adci\u00f3n con <em>la integridad de la confesi\u00f3n. <\/em>Y hoy menos que nunca. Todos admitimos la integridad material, pero como una aspiraci\u00f3n, como un ideal, como un desider\u00e1tum al que debe apuntar el confesor; como una meta que debe encontrarse en el \u00e1pice de las intenciones del peni\u00adtente. Pero, aunque son todos \u2014somos todos\u2014 los que aspiran o deben aspirar, son pocos los que llegan a alcanzar el objetivo. Hay personas muy versadas en teolog\u00eda moral que est\u00e1n por lo mismo m\u00e1s obligadas que nadie a hacer una acusaci\u00f3n acomodada al alto grado de su for\u00admaci\u00f3n religiosa. Pero la masa se mueve en unos niveles muy bajos de cultura. No es posible esperar, ni ser\u00eda justo exigir de&#8217; los menos ins\u00adtruidos, un relato minucioso de su culpabilidad moral. De hecho a cada uno s\u00f3lo se le puede pedir lo que puede dar, seg\u00fan sus conoci\u00admientos. Para el pueblo sencillo una regla sencilla: una buena y sincera voluntad de hacer lo que buenamente pueda contando con la ayuda del confesor y poniendo a contribuci\u00f3n su leal saber y entender. El precepto de la integridad material ha de interpretarse conforme a las posibilidades humanas, teniendo en cuenta los dem\u00e1s actos de la conversi\u00f3n que suplir\u00e1n las explicables deficiencias. Es peligroso dar a un precepto como \u00e9ste una importancia desproporcionada. Esta es la raz\u00f3n del positivismo jur\u00eddico en el que se ha debatido la ciencia moral du\u00adrante siglos. Se ha desarrollado una casu\u00edstica muy discutible, se ha fo\u00admentado un rigorismo muy equ\u00edvoco, mientras las ideas fundamentales de la Creaci\u00f3n, de la Redenci\u00f3n y de la Gracia insensiblemente iban siendo relegadas a la lectura aconsejable de la asc\u00e9tica.<\/p>\n<p style=\"text-align: center\"><strong>LA SATISFACCION, TERCER REQUISITO SACRAMENTAL<\/strong><\/p>\n<p>La contrici\u00f3n sincera supone en el penitente una voluntad de reparaci\u00f3n. El mal que se ha hecho, los derechos de Dios y de la Iglesia conculcados, los perjuicios morales y espirituales causados a la comu\u00adnidad humana exigen una satisfacci\u00f3n. El dolor \u00edntimo subsiguiente al pecado ya constituye de por s\u00ed un principio de desagravio e indemniza\u00adci\u00f3n. Los otros actos penitenciales tambi\u00e9n suponen y expresan lo mismo. El examen de conciencia es un ejercicio ingrato y mortifi\u00adcante. El acercamiento a la sede penitencial es un buen revulsivo del orgullo humano. La verg\u00fcenza de la acusaci\u00f3n arguye en el reo una actitud humilde y rendida. Con la penitencia impuesta por el confesor queda en parte liquidada la deuda del pecado. Digo en parte porque la tarea expiatoria ha de continuar ininterrumpidamente en el aguante paciente y sereno de los sufrimientos que la vida depare.<\/p>\n<p>El cumplimiento de la penitencia forma parte esencial del signo sacramental. Contiene y expresa la conversi\u00f3n personal, pero en \u00edntima relaci\u00f3n con los otros dos actos. Confesi\u00f3n y sacramento no se identifican. La confesi\u00f3n no es m\u00e1s que uno de los actos penitencia\u00adles. El sacramento termina con el \u00faltimo acto de penitencia impuesto por el confesor. Como se ve, puede durar horas y d\u00edas enteros. Antigua\u00admente duraba meses y a\u00f1os. Empezaba con la presencia del pecador ante el ministro de la Iglesia y acababa al ser admitido a la participa\u00adci\u00f3n de la Eucarist\u00eda.<\/p>\n<p>Estas obras taxativamente prescritas por el confesor no son la m\u00e9dula de la conversi\u00f3n. Son m\u00e1s bien su maduraci\u00f3n, sus frutos sazonados, \u00ablos frutos dignos de penitencia\u00bb de que habla el Evangelio. El \u00e1rbol tiene que existir antes que los frutos, pero si \u00e9stos faltan hay que concluir que en su ra\u00edz la conversi\u00f3n no fue aut\u00e9ntica. No son la penitencia, pero son su manifestaci\u00f3n normal. Son tanto m\u00e1s im\u00adprescindibles cuanto m\u00e1s profunda es la metanoia. La Iglesia primi\u00adtiva se mostr\u00f3 siempre inexorable con estas obras exteriores, no porque pasara por alto la conversi\u00f3n interior, sino porque las consideraba como una reparaci\u00f3n del esc\u00e1ndalo p\u00fablico, como un restablecimiento de la justicia social, como una indemnizaci\u00f3n de los da\u00f1os causados en su edificio espiritual. Cre\u00eda tambi\u00e9n que as\u00ed se ahondaba m\u00e1s en la con\u00adtrici\u00f3n del coraz\u00f3n por la influencia decisiva que tienen sobre el esp\u00ed\u00adritu las acciones corporales, tanto si son buenas como si no lo son.<\/p>\n<p>En la actualidad la penitencia sacramental ha quedado reducida a la m\u00ednima expresi\u00f3n. Los actos mandados son casi irrisorios de puro simples. Dan la impresi\u00f3n de ser como una de esas recetas que extien\u00adden los m\u00e9dicos para salir del paso airosamente, cumplir el expediente, y dar al paciente un alivio m\u00e1s sicol\u00f3gico que efectivo. Los confesores no se f\u00edan de sus penitentes y los tratan como a ni\u00f1os imponi\u00e9ndoles unas penitencias rid\u00edculas por su peque\u00f1ez y uniformidad. El mismo tipo de comprimidos para toda clase de enfermos. Lo peor de todo es que los cristianos de hoy no soportar\u00edan otro sistema m\u00e1s serio. Por\u00adque, aunque son adultos en la edad, son ni\u00f1os en la fe; aunque son gi\u00adgantes en el pecado, son pigmeos en la conciencia; aunque son valien\u00adtes en la huida, son cobardes en el retorno; aunque son fuertes y pro\u00adfundos en la perversi\u00f3n, son d\u00e9biles y superficiales en la conversi\u00f3n.<\/p>\n<p>Hay muchos teorizantes de la vuelta al primitivo cristianismo. Yo creer\u00eda en su sinceridad si incluyeran en el elenco de los valores recu\u00adperables la pr\u00e1ctica de la penitencia. Yo transigir\u00eda en que suprimie\u00adran la confesi\u00f3n porque los antiguos no la celebraban como nosotros, con tal que aceptaran la disciplina penitencial entonces en boga, por la misma raz\u00f3n. Tendr\u00edan que empezar por dar carpetazo a casi todas las invenciones ingeniosas en materia de diversi\u00f3n. A rengl\u00f3n seguido vendr\u00eda, junto a una acusada restricci\u00f3n alimenticia en cantidad y cali\u00addad, un notable aumento de la oraci\u00f3n y del trabajo. Porque \u00e9sta era efectivamente la estremecedora condici\u00f3n de los viejos penitentes. Si estaban en la lista de los penitentes p\u00fablicos ten\u00edan que formar un grupo aparte dentro de la asamblea en la que s\u00f3lo al principio participaban; despu\u00e9s eran excluidos del lugar de reuni\u00f3n cuyas puertas se cerraban a sus espaldas. Si no eran oficialmente p\u00fablicos pecadores, ellos mismos se absten\u00edan de la comuni\u00f3n dentro del acto lit\u00fargico; fuera de \u00e9l te\u00adn\u00edan que consumir el tiempo reglamentario en aquellas penitencias, duras, rigurosas, casi inhumanas para nuestra moderna sensibilidad. Unos y otros no eran admitidos a la comuni\u00f3n hasta no haber dado feliz remate a tan severo r\u00e9gimen de vida. Hoy, unas pr\u00e1cticas livianas realizadas c\u00f3modamente en el espacio de unos minutos, es lo que nos queda de aquellos tiempos de cristianismo aut\u00e9ntico. Restos arqueol\u00f3\u00adgicos de un pasado glorioso. Adem\u00e1s, todo se lleva a cabo secretamente sin que aparezca por ninguna parte se\u00f1al alguna de satisfacci\u00f3n comuni\u00adtaria, como ha sido de ley en la Iglesia durante una buena etapa de su historia secular.<\/p>\n<p align=\"center\"><strong>EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA, AYER<\/strong><\/p>\n<p>Ante todo conviene notar que para las primeras comunidades cristianas el perd\u00f3n de los pecados no era un acto instant\u00e1neo, autom\u00e1\u00adtico, sino un dilatado proceso comparable a la curaci\u00f3n de una enfer\u00admedad grave, larga y dolorosa. Al pecado se le tomaba muy en serio. En la lucha personal entablada contra \u00e9l ten\u00eda que intervenir la Iglesia entera orando, llorando, ayudando a los penitentes. Lo que interesaba, m\u00e1s que los pecados aislados y clasificables, era la situaci\u00f3n del peca\u00addor, el grado de su enraizamiento en el pecado y sus repercusiones co\u00admunitarias.<\/p>\n<p>En consecuencia, los elementos esenciales del sacramento no ten\u00edan en la antig\u00fcedad el mismo orden de importancia y la misma je\u00adrarqu\u00eda de valores que hoy. El punto de mayor atenci\u00f3n era la peniten\u00adcia exterior. Esta era excepcional, \u00fanica, irrepetible para los pecadores reos de p\u00fablicos y graves des\u00f3rdenes. En un principio \u00e9stos no eran frecuentes. La conversi\u00f3n en la edad adulta y el fervor primitivo exclu\u00edan el pecado grave como fen\u00f3meno frecuente. Claro que las ep\u00edstolas de San Pablo no nos dan alguna vez una impresi\u00f3n muy ideal y optimista de aquellas comunidades. El cristiano que incurr\u00eda en el pecado de esc\u00e1n\u00addalo descubr\u00eda, a juicio de la Iglesia, la ineficacia de su bautismo, se hac\u00eda miembro indigno del cuerpo eclesial y deb\u00eda ser segregado de la comunidad hasta que diera pruebas fehacientes de arrepentimiento. Eran los obispos y sacerdotes los que juzgaban, por el n\u00famero y calidad de sus \u00abcr\u00edmenes\u00bb, si un determinado creyente deb\u00eda o no figurar en la lista oficial de los penitentes p\u00fablicos. En todo caso, una larga pe\u00adnitencia y una larga privaci\u00f3n de la Eucarist\u00eda eran las consecuencias indefectibles de una conducta lamentable y desedificante.<\/p>\n<p>El extremado rigor de esta disciplina primigenia, sus desagra\u00addables corolarios sociales, sus penosos resultados familiares, el n\u00famero creciente, la calidad menguante y la conversi\u00f3n masiva del Imperio que diluy\u00f3 el fervor original, fueron parte para que se ablandara la-se\u00adveridad de la penitencia p\u00fablica hasta que, en la baja Edad Media su ejercicio se someti\u00f3 al dictamen de la responsabilidad personal.<\/p>\n<p>La acusaci\u00f3n de los pecados ten\u00eda entonces una importancia se\u00adcundaria. Los pecados o eran p\u00fablicos o se hac\u00edan p\u00fablicos ante la asamblea a causa de la intensidad de la fe primitiva. La confesi\u00f3n p\u00fa\u00adblica era frecuente, pero no obligatoria. A medida que la Iglesia se fue alejando de los tiempos apost\u00f3licos se fue enrareciendo hasta desaparecer del todo barrida por los decretos de los Pastores en vista de los graves incidentes que provocaba. El Papa San Le\u00f3n, en el si\u00adglo V, considera contraria a la tradici\u00f3n la lectura p\u00fablica de los peca\u00addos que el penitente ha comunicado secretamente al sacerdote. \u00abEs suficiente, dice, la confesi\u00f3n que se hace a Dios y luego al sacerdote. As\u00ed ser\u00e1n m\u00e1s los que acudan a la penitencia, si no se notifican los pe\u00adcados al pueblo.\u00bb<\/p>\n<p>La confesi\u00f3n p\u00fablica, mientras existi\u00f3, cumpl\u00eda una funci\u00f3n de reconocimiento, de reparaci\u00f3n y de aceptaci\u00f3n de la propia culpabili\u00addad. Fue un \u00edndice revelador de la sinceridad y profundidad en que se viv\u00eda la fe.<\/p>\n<p>La confesi\u00f3n secreta siempre se consider\u00f3 realizada ante toda la Iglesia, aunque se hiciera delante de un solo representante suyo. En un principio . fue poco frecuente porque la penitencia p\u00fablica o privada que en ella se sol\u00eda preceptuar era muy r\u00edgida y no daba mucho pie a la reiteraci\u00f3n. Se cargaba m\u00e1s el acento en el poder perdonador que tiene el sacramento que en la virtud de profundizar la conversi\u00f3n que ha descubierto una posterior evoluci\u00f3n doctrinal.<\/p>\n<p>Por otra parte, a los ojos de los investigadores no aparece hoy muy clara la distinci\u00f3n entre la acci\u00f3n estrictamente sacramental y las otras celebraciones penitenciales a las que tan frecuentemente se en\u00adtregaban los cristianos de los primeros siglos. Generalmente se proce\u00add\u00eda de este modo: el bautizado culpable de pecados notorios que de\u00adseaba la paz de la conciencia, buscaba ante todo la paz de la Iglesia. Confesaba sus faltas al obispo o al sacerdote. Estos consultaban las ta\u00adrifas penitenciales decretadas en los s\u00ednodos y concilios y le impo\u00adn\u00edan la penitencia establecida conforme a la gravedad de sus pecados. Transcurrido el tiempo se\u00f1alado y cumplida la penitencia volv\u00edan a recibirle para declararle perdonado e incorporarle a la familia cris\u00adtiana por medio de la participaci\u00f3n eucar\u00edstica.<\/p>\n<p>Ya se ve que exist\u00eda una notable diferencia de criterio y una marcada separaci\u00f3n de tiempo entre la confesi\u00f3n y la absoluci\u00f3n. Hoy esas distinciones son pr\u00e1cticamente inexistentes. Hemos montado el sacramento sobre un esquema v\u00e1lido, pero diferente. El viejo esquema era: confesi\u00f3n-penitencia-perd\u00f3n. Mientras el nuevo es: confesi\u00f3n\u00adabsoluci\u00f3n-penitencia. Al cristiano de entonces se le dec\u00eda: No se te dar\u00e1 la absoluci\u00f3n si no cumples las obras penitenciales una por una. Al cristiano de hoy se le dice: no se te dar\u00e1 la absoluci\u00f3n si no confies\u00e1s tus pecados uno por uno. Los dos sistemas no son mejores ni peores; son diferentes. Son los ritos sacramentales que cambian, evolucionan, pierden o ganan importancia seg\u00fan las necesidades de los tiempos e investigaciones de los te\u00f3logos. Pero tanto en aquellos m\u00e9todos ya ju\u00adbilados como en \u00e9stos de nuevo cu\u00f1o est\u00e1 un peligro al acecho: el automatismo, la rutina, la concepci\u00f3n superficial del pecado y de la conversi\u00f3n trivializados y minimizados por la frecuencia y la facili\u00addad del perd\u00f3n.<\/p>\n<p>La Edad Media asiste a una diversa valoraci\u00f3n de las pr\u00e1cticas sacramentales. La disciplina penitencial p\u00fablica cae en desuso por obra y gracia de su rigidez, mientras la penitencia privada y personal comienza a universalizarse por arte de aquellas nutridas avanzadillas de misioneros celtas que evangelizan la Europa central y occidental. En esta etapa la penitencia privada no difiere sustancialmente la forma primitiva. El \u00fanico resto que quedaba de la antigua legislaci\u00f3n con sello de publicidad era la temporal abstenci\u00f3n eucar\u00edstica. El ayuno era una forma penitencial muy generalizada. El espacio de tiempo entre la acusaci\u00f3n y la absoluci\u00f3n se fue reduciendo lentamente lo que contri\u00adbuy\u00f3 a que el sacramento se fuera convirtiendo en un ejercicio usual. Fue precisamente en este per\u00edodo cuando la confesi\u00f3n por devo\u00adci\u00f3n inici\u00f3 sus primeros pasos en la Iglesia de Dios. Donde con m\u00e1s fuerza prendi\u00f3 fue entre los grupos de cristianos m\u00e1s comprometidos&#8217; como los que viv\u00edan en los cenobios. En este aspecto hay una nota cu\u00adriosa y altamente significativa. A los pecadores que abrazaban la vida monacal, incluso antes de esta etapa, desde el comienzo del monaquis\u00admo, se les impart\u00eda la absoluci\u00f3n sin imponerles penitencia alguna ni p\u00fablica ni privada por considerar a la vida consagrada como el mejor medio de conversi\u00f3n imaginable, el instrumento m\u00e1s a prop\u00f3sito para dar a la vida cristiana una absoluta dimensi\u00f3n penitencial.<\/p>\n<p>Surgen inevitablemente las dificultades, los contrastes, los abusos. Los libros penitenciales, insustituibles para los confesores en la aplica\u00adci\u00f3n de las penitencias, se hacen exageradamente reiterativos, forma\u00adlistas y minuciosos. El sistema de conmutaci\u00f3n de penas a base de in\u00adtensificarlas o de sustituirlas por otras de caridad y de limosnas se prestan a discriminaciones a favor de los poderosos. El tener que dilatar la absoluci\u00f3n hasta haber hecho efectivas las obras penitenciales reviste, muchos inconvenientes de orden pr\u00e1ctico y redundan en da\u00f1o, a veces insuperable, del penitente. Esta \u00faltima fue la causa por la que, a partir del siglo X. se inicia el uso de conceder la reconciliaci\u00f3n y el perd\u00f3n inmediatamente despu\u00e9s de la acusaci\u00f3n, presupuesta la voluntad del penitente de cumplir las obras de satisfacci\u00f3n en la pri\u00admera oportunidad. De este modo la confesi\u00f3n comienza a relevar a la penitencia de su puesto de primera categor\u00eda. Y as\u00ed tambi\u00e9n el penitente se responsabiliza m\u00e1s en lo tocante a la nueva lucha contra el pecado y al esfuerzo personal por realizar su propia conversi\u00f3n.<\/p>\n<p>El Concilio de Letr\u00e1n de 1215 y el de Trento de 1545 imponen la confesi\u00f3n anual y fomentan la confesi\u00f3n frecuente. El pueblo cristia\u00adno adquiere una nueva mentalidad. El sacramento de la penitencia ya no es, como anta\u00f1o, un instrumento excepcional en el proceso de la conversi\u00f3n, sino una pr\u00e1ctica regular y com\u00fan. La liturgia penitencial ha perdido en solemnidad y expresi\u00f3n comunitaria, pero ha ganado en profundidad y eficacia terap\u00e9utica. La segregaci\u00f3n de los pecadores iba derivando hacia el formulismo y el legalismo y se hallaba en pugna con las nuevas ideas sociales. La forma privada de la penitencia pone m\u00e1s de relieve la necesidad de la purificaci\u00f3n interior, influye en el desarrollo del sentido moral y hace girar el sacramento sobre el eje de la sinceridad y espontaneidad personales.<\/p>\n<p align=\"center\"><strong>EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA, HOY<\/strong><\/p>\n<p>La crisis penitencial ha vuelto a producirse en nuestros d\u00edas. Ni es la primera ni ser\u00e1 la \u00faltima. Las mareas peri\u00f3dicas alcanzan a to\u00addos los sectores de la liturgia. El movimiento pendular a todos los efec\u00adtos es constante en la historia de la Iglesia. A la moderna praxis peni\u00adtencial le han nacido reparos, objeciones, problemas. Los optimistas juran que saldr\u00e1 boyante del atasco. Los derrotistas, los agoreros de siempre, temerosos de caer en el vac\u00edo, se aferran tenazmente al pa\u00adsado. La mejor actitud es tratar de descubrir los fallos del sistema e in\u00adtentar subsanarlos en\u2022 la medida de lo posible. He aqu\u00ed los principales reparos que se disparan desde una y otra parte contra la actual pr\u00e1cti\u00adca penitencial:<\/p>\n<p>1.\u00b0 La forma actual de confesarse favorece el sentido casu\u00edstico del pecado. Existen listas minuciosas, extensos cat\u00e1logos, \u00edndices de\u00adtallados de pecados. Parece que todo consiste en saber manejar la tabla de sumar. La enumeraci\u00f3n, el examen, el recuento, la atomizaci\u00f3n de las faltas constituye la preocupaci\u00f3n y hasta la obsesi\u00f3n de los peni\u00adtentes&#8230;<\/p>\n<p>Algo de verdad hay en esta acusaci\u00f3n. Ha desaparecido el hondo sentido del pecado. Yo creo que antes que el n\u00famero de los pecados est\u00e1 \u00abel pecado\u00bb, que forma parte de nuestro ser. La confesi\u00f3n debiera atacar a la ra\u00edz en lugar de andarse por las ramas.<\/p>\n<p>2.\u00b0 Relega el pecado a lo estrictamente \u00edntimo y personal, elu\u00addiendo as\u00ed las responsabilidades comunitarias y sociales de los propios actos. Algunos tachan de hip\u00f3critas las confesiones en las que s\u00f3lo se pretende la propia salvaci\u00f3n, en las que s\u00f3lo se tiene en cuenta la di\u00admensi\u00f3n vertical del pecado, del perd\u00f3n y de la gracia&#8230;<\/p>\n<p>No les falta raz\u00f3n a los que miran con recelo las confesiones exce\u00adsivamente individualistas de algunos de nuestros penitentes. Tal vez nos hayamos corrido hacia el extremo contrario de las primitivas ce\u00adlebraciones penitenciales en las que primaba el af\u00e1n de restablecer las relaciones fraternales rotas por el pecado.<\/p>\n<p>3.\u00b0 La confesi\u00f3n actual desconoce el concepto b\u00edblico del pecado tan amplio y tan matizado. El Nuevo Testamento tiene un rico voca\u00adbulario para designarle. Emplea nada menos que diez t\u00e9rminos dis\u00adtintos del l\u00e9xico griego: Hamart\u00eda = p\u00e9rdida de Dios; anom\u00eda = vio\u00adlaci\u00f3n de la ley; asebe\u00eda = impiedad; par\u00e1basis = invasi\u00f3n de un de\u00adrecho; adik\u00eda = injusticia; pseudos = mentira; scotos = obscuridad&#8230;<\/p>\n<p>Hemos retenido los primeros significados que se refieren a Dios y hemos ignorado los restantes que son m\u00e1s en n\u00famero y que se refieren al pr\u00f3jimo. Esto es verdad. Pero sustituir la palabra pecado por la de injusticia, como algunos propugnan es ir demasiado lejos. A no ser que se d\u00e9 a este vocablo todo su alcance b\u00edblico.<\/p>\n<p>4.\u00b0 Ha desplazado el centro del dec\u00e1logo situ\u00e1ndolo en el terreno de lo sexual. Para muchos el pecado ha sido durante mucho tiempo el abuso sexual. Se dir\u00eda que el sexo era ya de suyo pecado&#8230;<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n creo yo que el tema sexual ha sido la obsesi\u00f3n de confe\u00adsores y penitentes. Era el \u00fanico y el principal pecado, el que se ;comet\u00eda contra el sexto mandamiento. Muchos ten\u00edan esa deformaci\u00f3n \u00f3ptica. El caso es que mientras en la etapa educativa y en la vida social el tema viv\u00eda como oculto tras la verja del silencio y de la ignorancia, en el con\u00adfesonario todo giraba en torno suyo.<\/p>\n<p>5.\u00b0 La confesi\u00f3n frecuente ha anulado pr\u00e1cticamente las dem\u00e1s formas penitenciales. Para la mayor parte de los cristianos devotos ha sido la \u00fanica manera de practicar la penitencia&#8230;<\/p>\n<p>Efectivamente, en los grupos llamados piadosos la asiduidad al sacramento ha absorbido todas las variantes penitenciales de la vida cris\u00adtiana empobreci\u00e9ndola lamentablemente.<\/p>\n<p>6.\u00b0 La confesi\u00f3n como acto de devoci\u00f3n es esencialmente facul\u00adtativa. Sus frutos s\u00f3lo maduran en un clima de libertad y espontaneidad. Pero sucede que en los internados, en las comunidades y en algunas piadosas agrupaciones seglares ha sido materia de reglamentaci\u00f3n disciplinar, un acto jur\u00eddico, impuesto, exigido con cierta periodicidad, a fecha fija&#8230;<\/p>\n<p>S\u00ed, son muchos los que piensan que convertir este ejercicio de de\u00advoci\u00f3n en acto comunitario en el que cada cual tiene que pasar por el confesor obligatoriamente es atentar contra la esencia misma del sacra\u00admento, es extralimitar las exigencias de la vida com\u00fan e impedir que cada uno de sus componentes pueda vivirlo con la necesaria libertad de iniciativa y de actuaci\u00f3n personal.<\/p>\n<p>7.\u00b0 Se ha deformado la conciencia y se ha falseado el sacramento mont\u00e1ndole sobre este tr\u00edpode: pecado-perd\u00f3n-gracia, en lug\u00e1r de estri\u00adbarlo en las realidades teologales: fe-esperanza-caridad&#8230;<\/p>\n<p>De acuerdo. El primer esquema es teol\u00f3gicamente pobre, moral\u00admente individualista, sicol\u00f3gicamente inestable. El segundo, en cam\u00adbio, garantiza el desarrollo de un hondo crecimiento en Dios, de una vida fusionada en la de Cristo y de un encuentro eficaz con los hermanos.<\/p>\n<p>8.\u00b0 Se ha partido de una necesidad sicol\u00f3gica; de una especie de an\u00adgustia morbosa de confesar los pecados; de tensiones, inquietudes y con\u00adflictos no afrontados normalmente o digeridos p\u00e9simamente; de un ex\u00adceso de preocupaci\u00f3n producida por las sensaciones, impulsos y tenden\u00adcias de las zonas del sexo; siempre obscuras, nunca clarificadas; de una sed casi f\u00edsica de alivio, de desahogo, de confidencia, hecha la cual se produce una paz sedante, una especie de liberaci\u00f3n&#8230;<\/p>\n<p>Rechazo abiertamente este reparo dirigido a la confesi\u00f3n. Lo ad\u00admito en personas de mentalidad enfermiza, pero de los casos patol\u00f3gi\u00adcos no se puede deducir honradamente una acusaci\u00f3n general. La con\u00adfesi\u00f3n es un don que Dios ha hecho al hombre integral, alma y cuerpo, vida intelectiva y emotiva, teolog\u00eda en v\u00edas de evoluci\u00f3n y sicolog\u00eda en trance de ebullici\u00f3n. El pecado, el perd\u00f3n y la gracia tienen implicacio\u00adnes s\u00edquicas, no s\u00f3lo espirituales. El bautizado busca necesariamente una doble respuesta a las necesidades de su fe y de su vida emocional. Pretender de la confesi\u00f3n un resultado qu\u00edmicamente teologal, fuera de ser una pura entelequia, es tambi\u00e9n caer o en un c\u00e1ndoroso angelismo o en una redomada hipocres\u00eda. Claro que utilizarla como medio de dis\u00adfrutar de una excelente salud s\u00edquica es as\u00ed mismo degradarla, profa\u00adnarla y naturalizarla, convirti\u00e9ndola en un simple m\u00e9todo freudiano.<\/p>\n<p>La confesi\u00f3n es un manantial tan humano como divino. Sus aguas sal\u00adtan hasta el penitente entreveradas y ambivalentes.<\/p>\n<p>9.\u00b0 Se han hecho materia de confesi\u00f3n ciertos actos que no la constituyen de por s\u00ed: transgresiones meramente disciplinares, incum\u00adplimientos de normas higi\u00e9nicas y educativas, faltas de urbanidad, ne\u00adgligencias en lo tocante a simples consejos y orientaciones, a usos y cos\u00adtumbres&#8230;<\/p>\n<p>S\u00ed, entre personas consagradas se ha infantilizado un tanto el sacramento. Se ha tomado como pecado lo que no es. En cambio no se le ha atacado all\u00ed donde permanec\u00eda agazapado. Se han confesado las menudencias y se han olvidado las actitudes torcidas. En una palabra, se ha banalizado la culpa, se ha superficializado el perd\u00f3n y se ha tri\u00advializado la gracia.<\/p>\n<p>10.\u00b0 Se han llegado a manejar unos ritos en los que apenas se percibe el signo sacramental. Los fieles no los comprenden, no viven a trav\u00e9s de ellos la \u00faltima fmalidad del sacramento que es la conver\u00adsi\u00f3n a Dios y la gradual inserci\u00f3n en la comunidad del pueblo de Dios&#8230;<\/p>\n<p>Algo hay de cierto en esta objeci\u00f3n. Las r\u00fabricas hoy en uso no parecen las m\u00e1s aptas para expresar el hondo sentido sacramental. A los cat\u00f3licos modernos muy poco o nada les dicen las m\u00faltiples disposi\u00adciones legales que rodean la celebraci\u00f3n. El confesonario induce a creer que se trata de un asunto a ventilar entre dos personas aisla\u00addas. La rejilla despersonaliza y enfr\u00eda. El di\u00e1logo no tiene la mayor\u00eda de las veces calor de humanidad. Las aglomeraciones obligan a ganar la partida al tiempo, m\u00e1s que al pecado. Las viejas f\u00f3rmulas latinas eran extra\u00f1as y cabal\u00edsticas. Las nuevas, m\u00e1s inteligibles, pero todav\u00eda inexpresivas. La idea imperante es de que la confesi\u00f3n es una formalidad previa a la comuni\u00f3n. Falta casi totalmente la expresi\u00f3n externa de su sentido comunitario.<\/p>\n<p>Decir que a causa de estas formas deficientes la confesi\u00f3n no ha dado a la Iglesia una ub\u00e9rrima y larga cosecha de frutos de salvaci\u00f3n ser\u00eda injusto y calumnioso. La abundancia de los dones del Esp\u00edritu fluye por ella con independencia de la buena o mala calidad de los ins\u00adtrumentos que canalizan la gracia. La historia lo demuestra con el argu\u00admento irrefutable de los hechos. Pero no se puede negar que las deformaciones de que hemos hablado y otras que hemos omitido desv\u00edan a los fieles del sacramento y empobrecen la vida penitencial de la Iglesia.<\/p>\n<p>Tales formas obscuras e inexpresivas est\u00e1n sentenciadas. Caer\u00e1n como p\u00e9talos secos para dejar ver con mayor claridad el contenido \u00edntimo y medular. Todo empe\u00f1o en superarlas merece \u00f3ptimas califi\u00adcaciones. Pero la superaci\u00f3n comporta un grave riesgo: el abandono del sacramento. Un abandono paulatino y parcial, pero inevitable. To\u00addos aquellos que consciente o inconscientemente hayan identificado la confesi\u00f3n con sus ritos cambiantes, al caducar \u00e9stos para dar paso a otros m\u00e1s actuales, abandonar\u00e1n aqu\u00e9lla decepcionados, sin \u00e1nimo de buscar algo que la sustituya. Y \u00e9ste es el peligro que acecha ocultani\u00e9nte detr\u00e1s de la crisis penitencial que hoy est\u00e1 planteada. El desgaste natu\u00adral de las formas secundarias exige superarlas, transformarlas, reem\u00adplazarlas por otras m\u00e1s a tono con los tiempos y las necesidades, pero no abandonarlas, sin m\u00e1s, dejando al albur el meollo que envuelven.<\/p>\n<p align=\"center\"><strong>EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA, MA\u00d1ANA<\/strong><\/p>\n<p>Si fu\u00e9ramos capaces de fijarnos en lo fundamental y de no cargar tanto el acento en lo accesorio comprender\u00edamos y vivir\u00edamos mejor la penitencia sacramental. La m\u00e1s importante no es cumplir un rito ex\u00adterno, aunque tambi\u00e9n sea necesario, sino cumplirlo de modo que sea la expresi\u00f3n viva de una conversi\u00f3n sincera. La penitencia no puede cam\u00adbiar porque es algo esencial al Evangelio, una condici\u00f3n irreemplaza\u00adble de salvaci\u00f3n. Pero puede cambiar el modo de celebrarla, como ha sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia, porque es una materia accidental al mensaje de Cristo que ella, seg\u00fan su prudencia, puede de\u00adterminar. Supuestas estas ideas b\u00e1sicas, podemos decir que <em>lo funda\u00admental e intangible es:<\/em><\/p>\n<p>1.\u00b0 El sentido del pecado como una respuesta negativa dada al amor, como una lesi\u00f3n de los derechos de Dios, como una ruptura de relaciones con El, con Cristo y con la Iglesia.<\/p>\n<p>2.\u00b0 La conversi\u00f3n sincera entendida como un amor que crece y se renueva, como una restauraci\u00f3n o mejora de actitudes con respecto a Dios y a la comunidad fraterna.<\/p>\n<p>3.\u00b0 La manifestaci\u00f3n externa de dicha conversi\u00f3n hecha p\u00fablica o secretamente ante la Iglesia representada en el segundo caso por sus ministerios, como signo visible de una contrici\u00f3n invisible, pero cierta.<\/p>\n<p>4.\u00b0 El perd\u00f3n que Dios concede por Cristo a trav\u00e9s de la reconci\u00adliaci\u00f3n con la Iglesia.<\/p>\n<p>5.\u00b0 El desarrollo o crecimiento del amor divino y de la caridad fra\u00adterna del penitente.<\/p>\n<p>6.\u00b0 El compromiso o prop\u00f3sito de luchar contra el mal moral, el pecado, ya personal ya comunitario, como quehacer perenne de la vida cristiana.<\/p>\n<p><em>Los aspectos secundarios <\/em>de la penitencia sacramental son los si\u00adguientes:<\/p>\n<p>1.<sup>0<\/sup>. Entender el pecado como una transgresi\u00f3n material de la ley jur\u00eddica; interpretarle al estilo de una infracci\u00f3n del c\u00f3digo de la circu\u00adlaci\u00f3n.<\/p>\n<p>2.\u00b0 El sentimiento natural que a menudo produce el arrepentimien\u00adto, como la verg\u00fcenza, la emoci\u00f3n o las l\u00e1grimas.<\/p>\n<p>3.\u00b0 La forma externa de manifestar la conversi\u00f3n interna, es de\u00adcir, los ritos y las r\u00fabricas que la preceden, la acompa\u00f1an y la siguen. 4.\u00b0 La meticulosa y exacta declaraci\u00f3n de todos los pecados.<\/p>\n<p>5.\u00b0 El lugar donde se celebra la penitencia.<\/p>\n<p>6.\u00b0 Las cualidades del ministro representante de la Iglesia.<\/p>\n<p>7.\u00b0 La f\u00f3rmula que emplea para la absoluci\u00f3n.<\/p>\n<p>8.\u00b0 Cumplir la penitencia por el mero hecho de estar mandada y para recuperar la tranquilidad.<\/p>\n<p>9.\u00b0 El modo de expresar la propia culpabilidad.<\/p>\n<p>10.\u00b0 Confesarse por Pascua simplemente por mimetismo, por ser un precepto de la Iglesia y no por ser una exigencia de la fe.<\/p>\n<p>El sacramento de la penitencia sigue y seguir\u00e1 siendo el sacra\u00admento de la reconciliaci\u00f3n divina y humana; el tribunal cuyo juez juz\u00adga, pero no condena; la instituci\u00f3n que tiene abierta permanentemente una amnist\u00eda general para todos sus miembros; la oficina que funcio\u00adna de d\u00eda y de noche para despachar la gracia del indulto a los reos que la solicitan; la sucursal de la misericordia donde se perdona todo, se perdona siempre y se perdona completamente.<\/p>\n<p>Es la Iglesia la que concede el perd\u00f3n divino. En la actual econom\u00eda es in\u00fatil confesarse con Dios si no se hace con la Iglesia. Es m\u00e1s, hoy est\u00e1 en circulaci\u00f3n, como moneda corriente, la doctrina de que la reconciliaci\u00f3n con la Iglesia es el fruto propio, directo e inmediato de la absoluci\u00f3n sacramental. La paz de Dios no se da sino en la paz de la Iglesia. El perd\u00f3n de la Iglesia es el t\u00edtulo exigitivo de la gracia de Dios. Aunque parezca revolucionaria esta doctrina, entronca sin embargo, con la primitiva pr\u00e1ctica penitencial. La raz\u00f3n es que el pecado nos excluye de la Iglesia que es el sacramento de Dios y la extensi\u00f3n hist\u00f3\u00adrica de Cristo, la manifestaci\u00f3n terrestre de la misericordia divina. Por lo tanto, no es posible obtener el perd\u00f3n si no es de acuerdo con las normas disciplinares establecidas por la Iglesia. No basta que los lepro\u00adsos se consideren limpios; tienen que presentarse a los sacerdotes. Va\u00adriar\u00e1 con los tiempos la disciplina penitencial; lo que permanecer\u00e1 inalterable ser\u00e1 este principio: Es inconcebible el perd\u00f3n interno de Dios sin el perd\u00f3n externo de la Iglesia.<\/p>\n<p><em>La confesi\u00f3n por devoci\u00f3n <\/em>es un tesoro que la Iglesia primitiva no conoci\u00f3. La mina exist\u00eda, estaba all\u00ed, pero inexplorada, oculta en la ne\u00adbulosa imprecisa del misterio cristiano. Si es v\u00e1lida y leg\u00edtima la evolu\u00adci\u00f3n homog\u00e9nea del dogma tambi\u00e9n lo es el desarrollo de la liturgia, de la asc\u00e9tica y de la moral. La Iglesia descubri\u00f3 esta riqueza poco a poco. Se puede asegurar que est\u00e1 en explotaci\u00f3n desde el siglo X y con resul\u00adtados fabulosos. Algunos cat\u00f3licos de nuestro tiempo la abandonan alegando que los primeros fieles no la practicaban. Pero si este argu\u00admento es v\u00e1lido tendr\u00edan que tirar tambi\u00e9n por la borda el culto maria\u00adno y la preocupaci\u00f3n por la justicia social entonces pr\u00e1cticamente ine\u00adxistente. Si es razonable que abandonemos lo que ellos no practicaron tambi\u00e9n lo ser\u00eda que tom\u00e1semos las costumbres que ellos adoptaron. Por ejemplo, las rigurosas y duraderas obras penitenciales. Pero la Igle\u00adsia est\u00e1 atenta al entorno social. Y si declara inviables y da de baja algunos usos antiguos, es para sustituirlos por otros nuevos m\u00e1s en ar\u00admon\u00eda con la cultura de los pueblos. Adem\u00e1s la Iglesia no puede ju\u00adbilar la confesi\u00f3n devocional porque entonces se ver\u00eda tambi\u00e9n en la necesidad de liquidar la confesi\u00f3n obligatoria. El simple hecho de acer\u00adcarse al tribunal de la penitencia ser\u00eda deshonroso e infamante para un cristiano, pues dir\u00eda a los cuatro vientos de la publicidad el estado de gravedad de su conciencia.<\/p>\n<p>Se acusa a la confesi\u00f3n frecuente de rutinarismo y de ineficacia con respecto a los malos h\u00e1bitos e inclinaciones del penitente. Pero lo mismo puede ocurrir con la comuni\u00f3n fracuente. Y a nadie se le ha pa\u00adsado por las mientes desaconsejarla por ello. El defecto radica en la per\u00adsona, no en el sacramento. \u00abArrojar la cara importa, que el espejo no hay por qu\u00e9&#8230;\u00bb La Iglesia valora la confesi\u00f3n de los pecados veniales. Estima que tiene una profunda raz\u00f3n de ser porque est\u00e1 inspirada en la necesidad de una constante purificaci\u00f3n y en la obligaci\u00f3n de atender a la obra escalonada de la conversi\u00f3n personal. Este es un objetivo vital e ineludible del sacramento, aunque indirecto y subsidiario. Limi\u00adtarle al perd\u00f3n de los pecados ser\u00eda tener de \u00e9l una visi\u00f3n parcial y uni\u00adlateral. Si al principio se aplic\u00f3 a casos excepcionales, hoy se emplea como medio de santificaci\u00f3n de uso com\u00fan y frecuente. A este cambio de perspectiva no es ajeno el sesgo que el Esp\u00edritu, siempre presente en la Iglesia, le ha querido imprimir de acuerdo con las necesidades y vicisi\u00adtudes de los tiempos al paso de los cuales es preciso caminar.<\/p>\n<p>Pero el caso es que los efectos de la confesi\u00f3n frecuente no quedan confinados en el c\u00edrculo de la conciencia individual, sino que alcanzan a las \u00faltimas fronteras del pueblo de Dios. Toda la cristiandad se dete\u00adriora diariamente por obra del pecado. Es una erosi\u00f3n espiritual, un desgaste continuo, pero subsanable merced al esfuerzo de perfecci\u00f3n, de renovaci\u00f3n y de elevaci\u00f3n de cada cristiano. La confesi\u00f3n por pura devoci\u00f3n proyecta sus energ\u00edas renovadoras por toda la geograf\u00eda ecu\u00adm\u00e9nica, pasando as\u00ed a ser un signo visible de la voluntad purificadora de Dios para con la estirpe santa y elegida que de El naci\u00f3. El fin total y \u00faltimo del sacramento es sostener la caridad que merma con el pecado y crece con la gracia de cada uno de los hijos de Dios los cuales en esta acci\u00f3n lit\u00fargica atacan al pecado desde su ra\u00edz hasta sus \u00faltimas conse\u00adcuencias. Y, aunque los pecados veniales pueden omitirse sin culpa en la confesi\u00f3n y expiarse por otros medios, siempre ser\u00e1 \u00e9ste el signo supremo en el que culminan todos los dispositivos penitenciales de la Iglesia.<\/p>\n<p><em>Confesi\u00f3n privada. <\/em>Aunque ninguna lo es, la llamo as\u00ed para dis\u00adtinguirla de su celebraci\u00f3n comunitaria. Es esta \u00faltima la que desata hoy las trompas \u00e9picas de la literatura pastoralista. Pero s\u00f3lo los ciegos voluntarios, los modernos iconoclastas, los hombres al\u00e9rgicos al pasado se hallan incapacitados para medir las innegables ventajas de la con\u00adfesi\u00f3n privada. Naci\u00f3, vivi\u00f3 y morir\u00e1 con la Iglesia militante. Cierto g\u00e9nero .de pecados no puede darse a la voracidad de ning\u00fan p\u00fablico por bueno que sea. Por su misma naturaleza los pecados secretos recla\u00adman una secreta acusaci\u00f3n.<\/p>\n<p>La confesi\u00f3n privada crea un clima de di\u00e1logo seren\u00f3, \u00edntimo y fraternal entre el penitente y el confesor. Favorece la confianza y la apertura sincera de la conciencia. Suministra al sacerdote un conoci\u00admiento m\u00e1s preciso de las causas del mal y le aplica una terap\u00e9utica m\u00e1s adecuada. Le otorga una mayor libertad y facilidad para manejar todos los resortes sicol\u00f3gicos en orden a la correcci\u00f3n y enmienda de los pecados. Dispone de un clima apropiado para darle una acogida cordial. Es el \u00fanico medio para que pueda desempe\u00f1ar con holgura sus funciones de padre, de hermano, de amigo, de m\u00e9dico y de juez. Pro\u00adporciona al penitente un amplio margen para prepararse tanto remota como pr\u00f3ximamente a fin de aportar a la acci\u00f3n lit\u00fargica la necesaria piedad subjetiva con la cual participa en el sacramento de una manera m\u00e1s activa, personal y responsable.<\/p>\n<p>Sin embargo, no tenemos puesta en los ojos una venda que nos im\u00adpida ver los inconvenientes. A la confesi\u00f3n privada le falta la lectura inmediata de la palabra de Dios de la que brota como respuesta la deci\u00adsi\u00f3n de convertirse. Apenas se percibe el sacramento como signo visi\u00adble. El bisbiseo por ambas partes le oculta a\u00fan m\u00e1s. Mucho menos apa\u00adrece el car\u00e1cter comunitario y eclesial, rasgo t\u00edpico que tuvo durante si\u00adglos su celebraci\u00f3n. Hoy, no obstante, la inmediata participaci\u00f3n euca\u00adr\u00edstica llena cumplidamente esta laguna. Para algunos esta forma pri\u00advada contribuye a la proliferaci\u00f3n de posturas narcisistas e individua\u00adlistas, al brote de los escr\u00fapulos, a actitudes de paternalismo y de domi\u00adnio, al fomento de relaciones bipersonales que pueden resultar ambi\u00adguas. Es ciertamente un acto de culto, pero no presenta ese talante. La claridad del signo brilla por su ausencia.<\/p>\n<p>Pero no quiero dejar de apuntar que todas estas desventajas y otras de mayor bulto se encuentran en el sistema nuevecito y flamante que ciertos cl\u00e9rigos se han sacado de la manga. Celebran el sacramento en el despacho o en el recibidor. Lo cual nada tendr\u00eda de repro\u00adchable, si no adoptaran actitudes de compadres y camaradas, si no intercalaran risas, chistes y frases de buen humor, y si no barajaran otros temas banales para hacer m\u00e1s ameno el di\u00e1logo. No faltan qui\u00e9nes lo celebran en los paseos p\u00fablicos, por los parques y avenidas de la ciu\u00addad, mientras fuman un cigarrillo, comentan los incidentes callejeros y se solazan viendo el desfile de las parejas enamoradas y el brillo multi\u00adcolor de los anuncios&#8230;<\/p>\n<p><em>Celebraci\u00f3n comunitaria. <\/em>Est\u00e1 aprobada y regulada por el episco\u00adpado cat\u00f3lico de todos los pa\u00edses. Pr\u00e1cticamente est\u00e1 hoy difundida por toda la Iglesia. No pretende ser un sustitutivo de la confesi\u00f3n priva\u00adda. Es un tanteo, una experiencia, unas nuevas f\u00f3rmulas que valorizan un poco m\u00e1s el sentido b\u00edblico, eclesial y comunitario de la penitencia. La confesi\u00f3n privada sigue siendo la pr\u00e1ctica normal y corriente, obli\u00adgatoria u optativa, seg\u00fan los casos. Desde luego, la celebraci\u00f3n colec\u00adtiva no viene ni a desahuciarla ni a relevarla. Tampoco es una vuelta a la antigua disciplina penitencial. S\u00f3lo apunta a una diana com\u00fan: el perd\u00f3n. Por lo dem\u00e1s en nada se parecen. Un abismo de tiempo, de cul\u00adtura y de h\u00e1bitos mentales las separan. Esta \u00faltima modalidad es una respuesta que quieren dar algunas iglesias locales al requerimiento del Concilio Vaticano II: \u00abEl rito y las formas de la Penitencia ser\u00e1n revi\u00adsadas de manera que expresen m\u00e1s claramente la naturaleza y los efec\u00adtos del sacramento.\u00bb En efecto, la celebraci\u00f3n comunitaria <em>ofrece estas ventajas pastorales:<\/em><\/p>\n<p>1.a Posibilita a los fieles la comprensi\u00f3n de que este sacramento, como todos los restantes, es un signo de fe que brota de la palabra de Dios proclamada durante esta liturgia.<\/p>\n<p>2.a Se hace en ella m\u00e1s perceptible la presencia real de Cristo per\u00addonando a los pecadores, compadeci\u00e9ndose de la multitud.<\/p>\n<p>3.a Contribuye a descubrir la resonancia eclesial del pecado y por tanto la dimensi\u00f3n comunitaria del sacramento.<\/p>\n<p>4.a Permite hacer m\u00e1s expl\u00edcito el papel intercesor y mediador de la comunidad que ayuda al penitente con su ejemplo, oraci\u00f3n y caridad.<\/p>\n<p>5.a Valoriza y desarrolla la estructura lit\u00fargica penitencial que en la confesi\u00f3n privada queda como obscurecida e inadvertida por estar excesivamente simplificada y celebrarse a veces con demasiada preci\u00adpitaci\u00f3n.<\/p>\n<p>6.a Sirve adecuadamente para vivir el esp\u00edritu de los tiempos lit\u00fargicos, particularmente de aquellos que de por s\u00ed tienen mayor acento penitencial, como el Adviento, la Cuaresma y las vigilias de las princi\u00adpales fiestas.<\/p>\n<p>Pero si miramos el reverso de la medalla, <em>podemos observar los peligros <\/em>del sistema:<\/p>\n<p>1.\u00b0 La preparaCi\u00f3n \u00edntima, subjetiva de cada miembro de la asam\u00adblea suele ser muy deficiente y a veces completamente nula.<\/p>\n<p>2.\u00b0 El individuo tiene la impresi\u00f3n de ser comparsa, no protago\u00adnista del acto. Se siente como un n\u00famero perdido en la totalidad.<\/p>\n<p>3.\u00b0 El sentimiento de culpabilidad se diluye entre la masa y puede resultar difuso y superficial.<\/p>\n<p>4.<sup>0<\/sup> La Palabra proclamada no tiene \u00abgarra\u00bb personal. Se reparte entre todos y cada uno se la aplica de forma epid\u00e9rmica.<\/p>\n<p>5.\u00b0 La m\u00fasica y el canto poseen un embrujo excitante y unificante, pero tambi\u00e9n facilitan la evasi\u00f3n a la imaginaci\u00f3n volandera.<\/p>\n<p>6.\u00b0 La reflexi\u00f3n, la meditaci\u00f3n, la concentraci\u00f3n mental quedan reducidas al m\u00ednimum.<\/p>\n<p>7.\u00b0 Algunos presidentes de la asamblea suprimen los compases de silencio colg\u00e1ndoles la etiqueta de ego\u00edstas; como si el encuentro con<\/p>\n<p>Cristo en la intimidad del pensamiento fuera un obst\u00e1culo para ver a los hermanos en las personas que asisten a la reuni\u00f3n, cuando sucede pre\u00adcisamente todo lo contrario.<\/p>\n<p>Existen, que yo sepa, seis <em>tipos de celebraciones penitenciales. <\/em>Voy a mencionarlas tan s\u00f3lo a\u00f1adiendo un ligero comentario. El crite-<\/p>\n<p>rio que doy sobre cada una de ellas no alude a la variedad de m\u00f3dulos que se han introducido, sino a su conexi\u00f3n con el sacramento, pues mientras unas le enmarcan, otras le excluyen.<\/p>\n<p>Tipo A. Celebraciones que engloban la acusaci\u00f3n secreta de los pecados y la absoluci\u00f3n individual. Es un procedimiento leg\u00edtimo y v\u00e1li-<\/p>\n<p>do. No se aparta un \u00e1pice de la actual disciplina penitencial. Al contrario, la sensibiliza y clarifica notablemente. Por otra parte, evita el peligro, hoy bastante inminente, de que, la paraliturgia desplace a la liturgia sacramental propiamente dicha.<\/p>\n<p>Tipo B. Celebraciones que envuelven la acusaci\u00f3n privada perso\u00adnal y la absoluci\u00f3n p\u00fablica dada simult\u00e1neamente por todos los sacerdo\u00adtes que han o\u00eddo las confesiones de sus penitentes. Tampoco ofrece notables reparos. La f\u00f3rmula absolutoria recae sobre una materia con\u00adcreta e individual, conocida y juzgada anteriormente por separado. Se descarta, por consiguiente, la absoluci\u00f3n \u00fanica dada por el presidente de la asamblea a los penitentes que se han confesado con distintos sa\u00adcerdotes. Este tipo de absoluci\u00f3n \u00fanica y general, hoy por hoy, s\u00f3lo es permitido por la Iglesia en casos de grave y urgente necesidad, aun\u00adque se- espera que autorice y lo extienda a unas coyunturas menos apre\u00admiantes.<\/p>\n<p>Tipo C. Celebraciones en las que s\u00f3lo tiene lugar la acusaci\u00f3n p\u00fablica de los pecados hecha por cada uno de los miembros de la reuni\u00f3n a los cuales se imparte despu\u00e9s la absoluci\u00f3n \u00fanica en sentido plural. Es un modelo penitencial inadmisible. La Iglesia lo rechaza como esque\u00adma sacramental y lo califica de il\u00edcito e inv\u00e1lido. La acusaci\u00f3n privada y la absoluci\u00f3n singular entran en la estructura constitutiva actual del sacramento. Vale la imposici\u00f3n de una penitencia colectiva, pero despu\u00e9s que cada confesor haya juzgado en cada caso la oportunidad de prescri\u00adbir al penitente una obra penitencial conforme a su situaci\u00f3n peculiar o remitirle sin m\u00e1s a la penitencia general que se aplique en p\u00fablico. Vale tambi\u00e9n una acusaci\u00f3n p\u00fablica, pero moderada y discreta de pe\u00adcados o actitudes que no causen esc\u00e1ndalo o produzcan un asombro ex\u00adcesivo; mas, si se pretende administrar el sacramento, debe ir inevita\u00adblemente precedida o seguida de la acusaci\u00f3n secreta d\u00e1ndose a conti\u00adnuaci\u00f3n la absoluci\u00f3n simult\u00e1nea o sucesivamente, pero siempre una a cada uno.<\/p>\n<p>Tipo D. Celebraciones en las que el presidente de la asamblea im\u00adparte una \u00ababsoluci\u00f3n general\u00bb despu\u00e9s de una acusaci\u00f3n p\u00fablica y dis\u00adcreta de los componentes del grupo o tras una un\u00e1nime y colectiva s\u00fa\u00adplica de perd\u00f3n. Vale como acci\u00f3n eminentemente penitencial, pero no es una celebraci\u00f3n estrictamente sacramental. La absoluci\u00f3n que se da es semejante a la que se recita en el acto penitencial de la Misa. O a aquella que se conced\u00eda y se concede a\u00fan en los cap\u00edtulos de faltas de las comunidades religiosas. No es un sacramento, sino un sacramen\u00adtal. Participa en mayor o menor grado de ese gran sacramento de Cris\u00adto que es la Iglesia. Perdona los pecados veniales. Ahonda el esp\u00edritu de penitencia. Vigoriza la combatividad de la voluntad. Mengua la virulencia de los instintos. Hace subir el nivel de la vida divina en los partici\u00adpantes de la oraci\u00f3n com\u00fan.<\/p>\n<p>Tipo E. Celebraciones no presididas por el sacerdocio ministerial en las que el presidente religioso o seglar otorga a los asistentes al acto una \u00ababsoluci\u00f3n general\u00bb en forma deprecativa, precedida o no de la acusaci\u00f3n p\u00fablica, singular o gen\u00e9rica. Se da por descontado que no se trata de ning\u00fan sacramento. Se puede colocar casi en el mismo plano de las celebraciones del tipo D. Es aconsejable siempre. Est\u00e1 investida de gran utilidad y eficacia. Tambi\u00e9n participa de alg\u00fan modo del gran sacramento de la Iglesia. Ocupa un lugar de privilegio entre las obras penitenciales que puede realizar el cristiano. Cuando la confesi\u00f3n devo\u00adcional se ve impedida u obstaculizada las personas piadosas encuentran consuelo, remedio y suplencia en las celebraciones tipo D y E.<\/p>\n<p>Tipo F. Celebraciones penitenciales eucar\u00edsticas. La Misa tiene un car\u00e1cter eminentemente penitencial. Este es un hecho que pasa casi desapercibido. El sacrificio eucar\u00edstico es un sacramento que perdona y reconcilia con Dios y con la Iglesia. La raz\u00f3n es porque celebra, ac\u00adtualiza y nos integra en la misma reconciliaci\u00f3n que Cristo realiz\u00f3 por nosotros en la cruz. En la Misa nos alcanza aquella \u00absangre que fue derramada por todos los hombres para el perd\u00f3n de los pecados\u00bb.<\/p>\n<p>Nos encontramos aqu\u00ed con una paradoja gigantesca. Por una parte es de fe que la Eucarist\u00eda perdona por s\u00ed misma y directamente todos los pecados posibles. Por ora, una tradici\u00f3n de veinte siglos prescribe inexorablemente, como condici\u00f3n para recibirla, un m\u00ednimum de lim\u00adpieza moral: la carencia de todo pecado mortal consciente. Muchos piden a la Iglesia del siglo XX la soluci\u00f3n de este enigma aparentemente con\u00adtradictorio, pues lo que afirma el dogma, la pastoral lo pasa por alto. So\u00adluci\u00f3n dif\u00edcil, pues las dos cosas, la fe y la praxis, arrancan de los tiempos apost\u00f3licos.<\/p>\n<p>En la Misa existen momentos claramente penitenciales: el acto penitencial del principio, la recitaci\u00f3n del padrenuestro, el rito de la paz y el acto de humildad que precede a la comuni\u00f3n. Estos momentos penitenciales no se pueden separar del sacramento de la Penitencia. Est\u00e1n orientados hacia \u00e9l como a su culminaci\u00f3n. Los dos sacramentos, como todos, se complementan, se interfieren, se benefician. No hay prioridad ni subordinaci\u00f3n entre ellos. Marchan paralelamente para encontrarse en un objetivo com\u00fan. Algunos pastores los simultanean en un solo acto lit\u00fargico. No es frecuente, pero tampoco es reprochable. Sobre todo trat\u00e1ndose de grupos homog\u00e9neos y comprometidos. Pero conviene recordar que, dentro del marco eucar\u00edstico, s\u00f3lo dos celebra\u00adciones sacramentales de la Penitencia son posibles: la del tipo A y la del tipo B. La celebraci\u00f3n no sacramental tipo D ya va inserta en la misma liturgia eucar\u00edstica. La doble celebraci\u00f3n, si se lleva a cabo, se preludia con una adecuada catequesis sobre la estrecha conexi\u00f3n que existe entre los dos sacramentos. As\u00ed se obtendr\u00e1n unos buenos divi\u00addendos de este doble capital infinitamente rentable.<\/p>\n<p>Ning\u00fan sacramento ha cambiado tantas veces su vestido ritual como el de la Penitencia. Desde la infancia del cristianismo en que toda la fuerza del signo se pon\u00eda en las obras penitenciales hasta nuestros d\u00edas en que todo el \u00e9nfasis se carga en la confesi\u00f3n, la Iglesia ha he\u00adcho girar la aguja sobre numerosos cuadrantes de su esfera lit\u00fargica. Pero a\u00fan no ha terminado de tejer el telar de sus innovaciones. Sabe\u00admos que hoy tiene centrado su empe\u00f1o en la obra de adaptaci\u00f3n y de reforma. Puede y debe hacerla. Aferrarse a sus viejos moldes ser\u00eda perder el tren de la salvaci\u00f3n. Se est\u00e1 notando un receso alarmante en el pueblo cristiano con respecto al sacramento que nos ocupa. Una de las causas \u2014no ciertamente la \u00fanica\u2014 puede ser la inactualidad de sus ritos. Pero tampoco hay que forjarse muchas ilusiones sobre las pr\u00f3ximas renovaciones de las formas lit\u00fargicas sacramentales. No es posible tener unos ritos perfectos, claros, di\u00e1fanos. Ni la Iglesia per\u00adsigue tal finalidad. Todos los ritos imaginables, por el hecho de ser sig\u00adnos, tienen que resultar siempre obscuros, deficientes e inadecuados. Un signo sacramental es como una peque\u00f1a y fr\u00e1gil vasija de barro in\u00adcapaz de contener toda el agua del mar. Y, sin embargo, no sabemos c\u00f3mo, pero lo contiene. La Iglesia puede hacer mucho para dar a estos ritos m\u00e1s claridad. Pese a su buena voluntad, chocar\u00e1 contra el muro de su limitaci\u00f3n humana. El resto s\u00f3lo es obra de nuestra fe. Los ritos est\u00e1n en funci\u00f3n de un fin. Esto es lo importante. En consecuencia deben expresar lo mejor posible la conversi\u00f3n, la efectividad del bautismo, la conversi\u00f3n a Dios, la paz con la Iglesia y la comuni\u00f3n con los her\u00admanos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; COMUNIDAD PENITENTE EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Creo en el perd\u00f3n de los pecados&#8230; No se puede poner en tela de juicio el poder divino de remitir el pecado, ya sea directamente, ya por &#8230; <a href=\"http:\/\/vincentians.com\/es\/en-respuesta-a-tu-llamada-comunidad-penitente-2\/\" class=\"more-link\">Read More<\/a><\/p>\n","protected":false},"author":4,"featured_media":399690,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[199],"tags":[],"class_list":["post-50484","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-hijas-de-la-caridad"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v26.3 - https:\/\/yoast.com\/wordpress\/plugins\/seo\/ -->\n<title>En respuesta a tu llamada: Comunidad penitente (2) - Somos Vicencianos<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"http:\/\/vincentians.com\/es\/en-respuesta-a-tu-llamada-comunidad-penitente-2\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"En respuesta a tu llamada: Comunidad penitente (2) - Somos Vicencianos\" \/>\n<meta property=\"og:description\" content=\"&nbsp; COMUNIDAD PENITENTE EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Creo en el perd\u00f3n de los pecados&#8230; No se puede poner en tela de juicio el poder divino de remitir el pecado, ya sea directamente, ya por ... 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