{"id":4980,"date":"2009-10-01T06:01:25","date_gmt":"2009-10-01T04:01:25","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/?p=4980"},"modified":"2016-07-27T12:18:48","modified_gmt":"2016-07-27T10:18:48","slug":"reglas-comunes-de-la-congregacion-de-la-mision","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/reglas-comunes-de-la-congregacion-de-la-mision\/","title":{"rendered":"Reglas Comunes De La Congregaci\u00f3n De La Misi\u00f3n"},"content":{"rendered":"<h2 style=\"text-align: center\"><strong>VICENTE DE PA\u00daL, SUPERIOR GENERAL DE LA CONGREGACI\u00d3N DE LA MISI\u00d3N, A NUESTROS AMADOS HERMANOS EN CRISTO, SACERDOTES, CL\u00c9RIGOS Y COADJUTORES  DE LA MISMA CONGREGACI\u00d3N<\/strong><\/h2>\n<p>Salud en el Se\u00f1or<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2009\/10\/contitucion.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-medium wp-image-37362\" title=\"contitucion\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2009\/10\/contitucion-192x300.jpg?resize=192%2C300\" alt=\"\" width=\"192\" height=\"300\" \/><\/a>Ved, por fin, car\u00edsimos hermanos, las Reglas o Constituciones Comunes de nuestra Congregaci\u00f3n, tan deseadas por todos vosotros y por tanto tiempo esperadas. Porque es cierto que han trascurrido ya casi treinta y tres a\u00f1os desde el principio de la Compa\u00f1\u00eda, sin hab\u00e9roslas dado impresas: pero hemos procedido as\u00ed, ya para imitar a Jesucristo nuestro Salvador, quien primero practic\u00f3 y despu\u00e9s ense\u00f1\u00f3, ya tambi\u00e9n para evitar muchos inconvenientes que se habr\u00edan seguramente originado de la publicaci\u00f3n prematura de dichas Reglas, resultando su pr\u00e1ctica en lo sucesivo, o muy dif\u00edcil o menos conveniente. Por eso, la calma con que hemos procedido en el asunto nos ha librado, con la ayuda de la divina gracia, de tales inconvenientes, y adem\u00e1s ha hecho que la Congregaci\u00f3n se acostumbrase poco a poco y suavemente a practicarlas antes de verlas impresas. Nada encontrar\u00e9is en ellas que no lo hay\u00e1is practicado desde hace mucho tiempo, con gran consuelo nuestro y mutua edificaci\u00f3n de todos.<\/p>\n<p>Recibidlas, pues, car\u00edsimos hermanos m\u00edos, con el mismo afecto con que os las damos. Consideradlas no como producidas por esp\u00edritu humano, sino como emanadas del Esp\u00edritu divino, de quien procede todo bien, y sin el cual no somos capaces de tener un buen pensamiento propio nuestro. En efecto, )qu\u00e9 hallar\u00e9is en ellas que no os mueva e incite a huir de todos los vicios, a practicar las virtudes y a observar los documentos evang\u00e9licos? Por eso, en cuanto ha estado de nuestra parte, hemos procurado sacarlas, seg\u00fan podr\u00e9is observar, del esp\u00edritu de Jesucristo y de sus acciones, porque creemos que todos aquellos que est\u00e1n llamados a continuar la misi\u00f3n de Jesucristo, que principalmente consiste en anunciar el Evangelio a los pobres, deben estar animados de los mismos sentimientos que Jesucristo y llenos de su mismo esp\u00edritu, siguiendo siempre sus divinas huellas. Por lo dem\u00e1s, car\u00edsimos hermanos, os rogamos y suplicamos, por las entra\u00f1as de Jesucristo, que os entregu\u00e9is de veras a la observancia m\u00e1s perfecta de estas Reglas; estando seguros de que, si las guard\u00e1is, ellas os guardar\u00e1n, y finalmente os conducir\u00e1n al fin apetecido, que es la celestial bienaventuranza. Am\u00e9n.<\/p>\n<p>JES\u00daS, MAR\u00cdA, JOS\u00c9<\/p>\n<h2 style=\"text-align: center\"><strong>REGLAS COMUNES DE LA CONGREGACI\u00d3N DE LA MISI\u00d3N<\/strong><\/h2>\n<p>CAP\u00cdTULO 1<br \/>\n<strong>Del fin que se propone la Congregaci\u00f3n <\/strong><\/p>\n<ol>\n<li>Habiendo venido Nuestro Se\u00f1or Jesucristo al mundo, como dice la Sagrada Escritura, para salvar a todo el g\u00e9nero humano, empez\u00f3 a practicar y a ense\u00f1ar. Cumpli\u00f3 lo primero dedic\u00e1ndose a la pr\u00e1ctica de todas las virtudes, y lo segundo, evangelizando a los pobres y ense\u00f1ando a sus ap\u00f3stoles y disc\u00edpulos la ciencia necesaria para dirigir a los pueblos. Y como la peque\u00f1\u00edsima Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n desea mediante la divina gracia, imitar a Cristo Nuestro Se\u00f1or, seg\u00fan sus d\u00e9biles fuerzas se lo permitan, no s\u00f3lo en la pr\u00e1ctica de las virtudes, sino tambi\u00e9n en todo lo que ata\u00f1e a la salvaci\u00f3n del pr\u00f3jimo, es convenient\u00edsimo que se valga, para conseguir este fin, de los mismos medios de que se vali\u00f3 Jesucristo. Por eso, pues, el fin de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n consiste: 1\u00ba En procurar la propia perfecci\u00f3n, esforz\u00e1ndose por imitar las virtudes que este Soberano Maestro se dign\u00f3 ense\u00f1arnos con sus palabras y ejemplos. 2\u00ba En evangelizar a los pobres, especialmente a los del campo. 3\u00ba En ayudar a los eclesi\u00e1sticos a conseguir la ciencia y las virtudes necesarias a su estado.<\/li>\n<li>La Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n se compone de eclesi\u00e1sticos y legos. Los eclesi\u00e1sticos, a ejemplo de Jesucristo y de sus disc\u00edpulos, se dedicar\u00e1n a recorrer las ciudades y aldeas, repartiendo en ellas a los peque\u00f1os el pan de la divina palabra, predicando y catequizando, a exhortar a todos a que hagan confesi\u00f3n general de toda la vida pasada, prest\u00e1ndose a o\u00edr sus confesiones, a dirimir sus pleitos y contiendas, a establecer las Cofrad\u00edas de Caridad; a dirigir los Seminarios diocesanos establecidos en nuestras casas y ense\u00f1ar en ellos; a dar Ejercicios Espirituales, a convocar y dirigir en nuestras casas las Conferencias de los eclesi\u00e1sticos externos, y a desempe\u00f1ar otras funciones que est\u00e9n en armon\u00eda con los susodichos ministerios. Los legos, por su parte, se dedicar\u00e1n a ayudar a los eclesi\u00e1sticos en todos los ministerios enumerados, cumpliendo el oficio de Marta, seg\u00fan les fuere prescrito por el Superior, y cooperando con sus oraciones, l\u00e1grimas, mortificaciones y buenos ejemplos.<\/li>\n<li>Para que la Congregaci\u00f3n consiga, mediante la divina gracia, el fin que se ha propuesto, es preciso que procure con todas sus fuerzas revestirse del esp\u00edritu de Jesucristo, el cual brilla de un modo especial en su evang\u00e9lica doctrina, en su pobreza, castidad y obediencia, en su caridad para con los enfermos, en su modestia, en la manera de vivir y de proceder que ense\u00f1\u00f3 a sus disc\u00edpulos, en su conversaci\u00f3n en los cotidianos ejercicios de piedad y en las Misiones y dem\u00e1s ministerios que desempe\u00f1\u00f3 en favor de los pueblos. todo lo cual se contiene en los cap\u00edtulos siguientes.<\/li>\n<\/ol>\n<p>CAP\u00cdTULO II<br \/>\n<strong>De las M\u00e1ximas evang\u00e9licas <\/strong><\/p>\n<ol>\n<li> Ante todas las cosas todos se esforzar\u00e1n por fundarse en esta verdad, a saber. que la doctrina de Jesucristo nunca puede enga\u00f1ar, mientras que la del mundo es siempre mentirosa, afirmando el mismo Jesucristo que \u00e9sta se parece a un edificio construido sobre arena; pero que la suya es semejante a un edificio construido sobre firme roca. Por eso la Congregaci\u00f3n har\u00e1 profesi\u00f3n de obrar siempre seg\u00fan las m\u00e1ximas de Jesucristo, y nunca seg\u00fan las del mundo, para conseguir lo cual, observar\u00e1 de un modo especial lo siguiente.<\/li>\n<li> Habiendo dicho Nuestro Se\u00f1or Jesucristo. Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas las dem\u00e1s cosas que necesit\u00e9is se os dar\u00e1n por a\u00f1adidura; cada uno procurar\u00e1 preferir las cosas espirituales a las temporales, la salvaci\u00f3n del alma a la salud del cuerpo y la gloria de Dios a la vanidad del mundo; e incluso estar\u00e1 dispuesto a escoger, con el ap\u00f3stol San Pablo, la pobreza, la deshonra, los tormentos y la muerte misma, antes que separarse de la caridad de Jesucristo. Por tanto no andar\u00e1 sol\u00edcito por los bienes temporales; antes bien dejar\u00e1 todos sus cuidados a la bondad de Dios, teniendo por cierto que, mientras est\u00e9 fundado en la divina caridad y en la esperanza del cielo, vivir\u00e1 siempre bajo la protecci\u00f3n de Dios, y de esta manera no le sobrevendr\u00e1 mal alguno ni se ver\u00e1 privado de ning\u00fan bien, aun cuando le parezca que todas sus cosas est\u00e1n a punto de perecer.<\/li>\n<li> Y porque aquel piadoso ejercicio, que consiste en hacer siempre y en todas las cosas la voluntad de Dios, es un medio seguro para conseguir en poco tiempo la perfecci\u00f3n cristiana, cada uno har\u00e1 todo lo posible para hac\u00e9rselo familiar, poniendo en pr\u00e1ctica estas cuatro cosas: 1\u00aa Hacer debidamente lo mandado y evitar lo prohibido, siempre que conozcamos que el precepto o la prohibici\u00f3n provienen de Dios, de la Iglesia, de nuestros Superiores o de las Reglas o Constituciones de nuestra Congregaci\u00f3n. 2\u00aa Cuando al obrar se nos ofrecen varias cosas indiferentes, dar la preferencia a las que repugnan a la naturaleza, m\u00e1s bien que a las que la contentan; a no ser que las cosas que agradan a la naturaleza sean necesarias, porque entonces hay que darles la preferencia, aunque procurando mirarlas no en cuanto agradan a los sentidos, sino en cuanto que son m\u00e1s agradables a Dios. Y cuando se presenten al mismo tiempo varias cosas que, siendo de s\u00ed indiferentes, no son ni agradables ni desagradables, entonces conviene ejecutar indiferentemente cualquiera de ellas, como ofrecidas por la divina Providencia. 3\u00aa Recibir con igualdad de \u00e1nimo, y como venidas de la mano paternal de Dios, todas las cosas que nos suceden de improviso, como aflicciones o consuelos, ya corporales, ya espirituales. 4\u00aa  Hacer todas estas cosas por el \u00fanico motivo de cumplir el divino benepl\u00e1cito, y para imitar, en cuanto est\u00e9 de nuestra parte, a Jesucristo, el cual cumpli\u00f3 siempre todas las cosas por tan nobil\u00edsimo fin, seg\u00fan lo dijo El mismo. Hago siempre las cosas que agradan a mi Padre.<\/li>\n<li> Exigi\u00e9ndonos Jesucristo la sencillez de la paloma, que consiste en la completa declaraci\u00f3n de las cosas tal como se tienen en el coraz\u00f3n, sin reflexiones in\u00fatiles, y en obrar sin ficci\u00f3n ni artificio, mirando s\u00f3lo a Dios; todos se esmerar\u00e1n en proceder en todas sus obras con esp\u00edritu de sencillez, teniendo en cuenta que Dios se complace en hablar con los sencillos y manifiesta sus secretos a los peque\u00f1uelos, mientras que los oculta a los sabios y prudentes de este mundo.<\/li>\n<li> Y como Nuestro Se\u00f1or, al mismo tiempo que nos encomienda la sencillez de la paloma, nos manda tambi\u00e9n adquirir la prudencia de la serpiente, que es una virtud mediante la cual hablamos y obramos con discreci\u00f3n, todos callaremos prudentemente aquellas cosas que no conviene revelar, sobre todo si por su naturaleza son il\u00edcitas y pecaminosas, y de las cosas que de alg\u00fan modo son buenas y l\u00edcitas, omitiremos las circunstancias que podr\u00edan redundar contra el honor de Dios, o en perjuicio del pr\u00f3jimo, o inclinar nuestros corazones a la vanagloria. Y como esta virtud, en lo que ata\u00f1e a las obras, se refiere siempre a la elecci\u00f3n de los medios m\u00e1s conducentes a la consecuci\u00f3n del fin, entre nosotros ser\u00e1 siempre m\u00e1xima santa e inviolable el usar de medios divinos para las cosas divinas, y sentir y juzgar de las cosas seg\u00fan los sentimientos y el juicio de Jesucristo, y nunca seg\u00fan los juicios del mundo, ni seg\u00fan los d\u00e9biles discursos de nuestro entendimiento, y as\u00ed seremos prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas.<\/li>\n<li>Todos pondr\u00e1n tambi\u00e9n sumo empe\u00f1o en aprender esta lecci\u00f3n que nos ense\u00f1\u00f3 Jesucristo: Aprended de m\u00ed, que soy manso y humilde de coraz\u00f3n; teniendo en cuenta que, seg\u00fan El mismo lo dice, con la mansedumbre se posee la tierra, porque con la pr\u00e1ctica de esta virtud se ganan los corazones de los hombres para convertirlos a Dios, lo cual no pueden conseguir los que se portan con el pr\u00f3jimo de una manera dura y \u00e1spera, y adem\u00e1s con la humildad se consigue el cielo, adonde nos conduce el amor del propio abatimiento, llev\u00e1ndonos como por grados de una virtud a otra, hasta llegar all\u00e1.<\/li>\n<li>Pero esta humildad, que con tanta insistencia nos recomend\u00f3 Jesucristo, y en cuya adquisici\u00f3n debe hacer la Compa\u00f1\u00eda todos los esfuerzos posibles, exige estas tres condiciones: 1\u00aa  Juzgarnos con toda sinceridad dignos del menosprecio de los hombres. 2\u00aa  Alegrarnos de que los dem\u00e1s vean nuestras imperfecciones, para que nos desprecien. 3\u00aa Si alguna vez se digna Dios obrar alg\u00fan bien en nosotros mismos, o en los dem\u00e1s por medio de nosotros, ocultarlo, en cuanto sea posible, en vista de nuestra propia vileza, o si esto no puede ser, atribuirlo todo a la divina misericordia y a los m\u00e9ritos de los dem\u00e1s. En esto consiste el fundamento de toda la perfecci\u00f3n evang\u00e9lica y la dificultad de toda la vida espiritual. El que posea esta humildad, juntamente con ella conseguir\u00e1 todos los bienes; pero el que careciere de ella, perder\u00e1 hasta los bienes que cree poseer, y vivir\u00e1 perturbado por continuas angustias.<\/li>\n<li>Habiendo dicho Jesucristo: El que quiera venir en pos de mi, ni\u00e9guese a si mismo y lleve su cruz todos los d\u00edas; y habiendo a\u00f1adido San Pablo, de conformidad con las mismas palabras de Jesucristo: Si viviereis seg\u00fan la carne, morir\u00e9is; pero si por medio del esp\u00edritu mortific\u00e1is las obras de la carne, vivir\u00e9is; todos se dedicar\u00e1n con sumo cuidado a negar su propia voluntad y su propio juicio y a mortificar todos sus sentidos.<\/li>\n<li>Todos tambi\u00e9n renunciar\u00e1n al amor desordenado de los parientes, para seguir el consejo de Jesucristo, el cual excluye del n\u00famero de sus disc\u00edpulos a los que no aborrezcan a su padre y a su madre y a sus hermanos y hermanas; mientras que promete el ciento por uno en este mundo y en el otro la vida eterna, a los que los dejen para seguir el consejo del Evangelio. Con esto quiso Jesucristo dar a entender cu\u00e1n opuesto es a la perfecci\u00f3n cristiana el apego a la familia. Sin embargo, hay que amar a los parientes, pero con amor espiritual y seg\u00fan el esp\u00edritu de Jesucristo.<\/li>\n<li>Todos procurar\u00e1n practicar, con la mayor diligencia que les sea posible, la virtud de la indiferencia, tan estimada y practicada por Jesucristo y por sus Santos, de tal manera que no tengan afecto desordenado ni a los ministerios, ni a las personas, ni a los pa\u00edses, especialmente al pa\u00eds natal, ni a ninguna otra cosa, antes por el contrario, est\u00e9n siempre preparados para dejar de buen grado todas las cosas tan pronto como el Superior manifestare su voluntad o su deseo; sufriendo con gusto todas las negativas y todas las mudanzas que sobre dichas cosas disponga, y reconociendo como bien hecho todo cuanto haga.<\/li>\n<li>Para honrar la vida com\u00fan que Cristo Nuestro Se\u00f1or quiso llevar en este mundo, a fin de asemejarse a los dem\u00e1s y as\u00ed ganarlos m\u00e1s f\u00e1cilmente para Dios, su Padre, todos guardar\u00e1n, en cuanto sea posible, la mayor uniformidad en todas las cosas, consider\u00e1ndola como la guarda y protectora del buen orden y de la santa uni\u00f3n, huyendo de toda singularidad, como de una ra\u00edz de envidias y divisiones, y esto lo practicar\u00e1n no solamente respecto de la comida, vestido, cama y dem\u00e1s cosas parecidas, sino tambi\u00e9n en lo que ata\u00f1e a la manera de dirigir, ense\u00f1ar, predicar y gobernar, lo mismo que en lo que se refiere a las pr\u00e1cticas espirituales. Y para que esta uniformidad se conserve siempre entre nosotros, un solo medio debemos practicar, a saber. el exacto cumplimiento de nuestras Reglas o Constituciones.<\/li>\n<li>Estar\u00e1n siempre en vigor entre nosotros los actos de caridad para con el pr\u00f3jimo, como son: 1\u00ba  Portarnos con los dem\u00e1s como querr\u00edamos que ellos se portaran con nosotros. 2\u00ba  Conformarnos con su parecer y aprobar en el Se\u00f1or todo cuanto hicieren. 3\u00ba  Sufrirnos mutuamente sin murmurar. 4\u00ba Llorar con los que lloran. 5\u00ba Alegrarnos con los que se alegran. 6\u00ba  Prevenirnos mutuamente en tratarnos con honor. 7\u00ba Mostrarnos con los dem\u00e1s ben\u00e9volos y caritativos de todo coraz\u00f3n. 8\u00ba Finalmente, hacernos todo a todos, para ganarlos a todos a Jesucristo. Todo lo cual se ha de entender con la condici\u00f3n de que no se haga cosa alguna contra los Mandamientos de la Ley de Dios o de la Iglesia, ni contra las Reglas o Constituciones de nuestra Congregaci\u00f3n.<\/li>\n<li>Si la Divina Providencia permitiera alguna vez que la Congregaci\u00f3n, o alguna de sus Casas, o alguno de sus individuos, fuesen injustamente calumniados o perseguidos, pondremos todo el cuidado posible en abstenernos de toda suerte de venganza, maldici\u00f3n o queja contra los perseguidores o calumniadores, antes bien, alabaremos por ello a Dios y le bendeciremos y le daremos gracias con la mayor alegr\u00eda por habernos proporcionado un bien tan grande, procedente del Padre de las luces, y hasta rogaremos a Dios por ellos, y cuando se nos presente ocasi\u00f3n y podamos hacerlo, les favoreceremos con mucho gusto, teniendo en cuenta que Jesucristo nos manda esto a nosotros, lo mismo que a los dem\u00e1s cristianos, cuando dice. Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen, y rogad por los que os persiguen y calumnian. Y a fin de que con mayor facilidad y gusto observemos estas cosas, El mismo nos asegura que port\u00e1ndonos as\u00ed seremos bienaventurados, y que debemos alegrarnos y regocijarnos, porque nuestra recompensa ser\u00e1 grande en el cielo, y, lo que es m\u00e1s, El mismo se dign\u00f3 proceder de esta manera con los hombres, para darnos ejemplo, que despu\u00e9s han imitado los ap\u00f3stoles, los disc\u00edpulos e innumerables cristianos.<\/li>\n<li>Y aunque debemos hacer todo cuanto est\u00e9 de nuestra parte para observar las susodichas m\u00e1ximas evang\u00e9licas, por ser sant\u00edsimas y util\u00edsimas; no obstante, como entre ellas hay algunas que nos convienen de una manera especial, a saber. aquellas que se refieren a las virtudes de sencillez, humildad, mansedumbre, mortificaci\u00f3n y celo de la salvaci\u00f3n de las almas, la Congregaci\u00f3n pondr\u00e1 cuidado en practicarlas, de tal modo que estas cinco virtudes sean como las potencias del alma de toda la Compa\u00f1\u00eda, y todas las acciones de cada uno de nosotros est\u00e9n siempre animadas por ellas.<\/li>\n<li> Y ya que el demonio procura siempre apartarnos del ejercicio de estas m\u00e1ximas, oponi\u00e9ndonos las suyas, que son del todo contrarias, cada uno de nosotros usar\u00e1 de la mayor prudencia y vigilancia para combatirlas animosamente, hasta vencerlas, especialmente aquellas que m\u00e1s repugnan a nuestro Instituto, como son: 1\u00ba La prudencia de la carne, 2\u00ba  El deseo de agradar a los hombres, 3\u00ba Querer que todos se rindan siempre a nuestro juicio y voluntad; 4\u00ba Buscar en todas las cosas la propia satisfacci\u00f3n; 5\u00ba  La insensibilidad para todo lo que ata\u00f1e a la gloria de Dios y a la salvaci\u00f3n del pr\u00f3jimo.<\/li>\n<li> Y como el maligno esp\u00edritu se transforma con frecuencia en \u00e1ngel de luz y nos enga\u00f1a a veces con sus ilusiones, todos se guardar\u00e1n cuidadosamente de ellas, procurando aprender el modo de discernirlas y de vencerlas. Y const\u00e1ndonos por experiencia que, en estos casos, el remedio m\u00e1s seguro y m\u00e1s eficaz consiste en declararse cuanto antes a los que est\u00e1n designados por Dios para estas cosas, cuando alguno se sintiere molestado por alg\u00fan pensamiento sospechoso de ilusi\u00f3n, o por alguna tentaci\u00f3n grave, se manifestar\u00e1 cuanto antes al Superior o al Director para ello se\u00f1alado, para que le den el remedio oportuno, el cual cada uno recibir\u00e1 como venido de la mano de Dios, lo aprobar\u00e1 y se lo aplicar\u00e1 con reverencia y confianza. Y sobre todo se guardar\u00e1n muy bien de manifestar su interior a los otros, sean de los nuestros o extra\u00f1os; porque la experiencia ense\u00f1a que, con estas manifestaciones, empeora el mal, los otros se inficionan del mismo contagio y, finalmente, hasta la Congregaci\u00f3n entera puede sufrir un grav\u00edsimo da\u00f1o.<\/li>\n<li> Y porque Dios ha mandado que cada uno tenga cuidado de su pr\u00f3jimo, y todos nos hemos de ayudar mutuamente, como miembros del mismo cuerpo m\u00edstico, por eso, cuando alguno supiere que otro padece alguna grave tentaci\u00f3n, o que ha ca\u00eddo en alguna culpa notable, en seguida en esp\u00edritu de caridad, y del mejor modo que le sea posible, procurar\u00e1 que el Superior aplique a su debido tiempo el remedio correspondiente a estos dos males. Y a fin de adelantar m\u00e1s y m\u00e1s en la virtud, todos tendr\u00e1n por bueno y se alegrar\u00e1n de que sus defectos sean manifestados al Superior por cualquiera que los supiere fuera de confesi\u00f3n.<\/li>\n<li> Habiendo venido Nuestro Se\u00f1or Jesucristo al mundo para restaurar en las almas el imperio de su Padre, sac\u00e1ndolas de la esclavitud del demonio, el cual se hab\u00eda apoderado de ellas, enga\u00f1\u00e1ndolas con el amor desordenado a las riquezas, a los placeres y a los honores, juzg\u00f3 conveniente este benign\u00edsimo Salvador pelear con su enemigo con armas contrarias, o sea, con la pobreza, con la castidad y con la obediencia, y as\u00ed lo practic\u00f3 hasta la muerte. Y como la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n ha nacido en la Iglesia de Dios para consagrarse a la salvaci\u00f3n de las almas, y muy especialmente de los pobres campesinos, ha juzgado tambi\u00e9n que no podr\u00eda servirse de armas m\u00e1s apropiadas a su fin que aquellas de que tan felizmente y con tanta utilidad se sirvi\u00f3 la Eterna Sabidur\u00eda. Por eso todos y cada uno de nosotros observaremos perpetuamente y con la mayor fidelidad la pobreza, la castidad y la obediencia, seg\u00fan nuestro Instituto. Y a fin de que, con mayor seguridad, m\u00e1s f\u00e1cilmente y hasta con mayor m\u00e9rito puedan perseverar hasta la muerte en la observancia de estas virtudes, todos se esforzar\u00e1n, con la gracia de Dios, en practicar con la mayor fidelidad posible lo que se contiene en los cap\u00edtulos siguientes.<\/li>\n<\/ol>\n<p>CAP\u00cdTULO III<br \/>\n<strong>De la pobreza <\/strong><\/p>\n<ol>\n<li>Habiendo Jesucristo, verdadero Se\u00f1or de todas las riquezas, abrazado de tal modo la pobreza que no tuvo d\u00f3nde reclinar su cabeza, y habiendo querido que los que trabajaban con El en las Misiones, o sea, sus Ap\u00f3stoles y disc\u00edpulos, viviesen en tal estado de pobreza que no tuviesen cosa propia, a fin de que as\u00ed estuviesen mejor preparados para combatir y vencer la codicia, que va perdiendo a todo el mundo; cada uno de nosotros, seg\u00fan sus fuerzas har\u00e1 todo lo posible por imitarle en esta virtud, teniendo por cierto que ella ser\u00e1 el muro inexpugnable mediante el cual, y con la asistencia de la divina gracia, la Congregaci\u00f3n vivir\u00e1 perpetuamente.<\/li>\n<li>Y aunque nuestros ministerios en las Misiones, en cuanto que debemos ejercerlos gratuitamente, no nos permitan practicar una rigurosa pobreza; sin embargo, con el afecto y en cuanto podamos tambi\u00e9n con el efecto, procuraremos observarla, especialmente en las cosas que a continuaci\u00f3n se expresan.<\/li>\n<li>Todos y cada uno de los individuos de nuestra Congregaci\u00f3n tendr\u00e1n bien entendido que, a ejemplo de los primeros cristianos, entre nosotros todas las cosas ser\u00e1n comunes, y el Superior las distribuir\u00e1 a cada uno, a saber. la comida, el vestido, los libros, muebles y dem\u00e1s cosas, seg\u00fan las necesidades de cada uno en particular; no obstante, para que nadie haga nada contra la pobreza que hemos profesado, ninguno podr\u00e1 disponer de estos bienes de la Congregaci\u00f3n, ni distribuirlos en manera alguna, sin licencia del Superior.<\/li>\n<li>Nadie tendr\u00e1 la menor cosa sin conocimiento del Superior, o contra su voluntad, o que no est\u00e9 dispuesto a dejarla al menor mandato y aun simple indicaci\u00f3n del mismo.<\/li>\n<li>Nadie usar\u00e1 de ninguna cosa como si fuera propia. Ninguno dar\u00e1, ni recibir\u00e1, ni prestar\u00e1, ni tomar\u00e1 prestada, ni pedir\u00e1 de otra parte cosa alguna sin permiso del Superior.<\/li>\n<li>Nadie tomar\u00e1 para s\u00ed aquello que est\u00e1 destinado al uso de otro, o puesto aparte para la comunidad, o que alguno haya dejado, aunque s\u00f3lo sean libros; nadie entregar\u00e1 a otro lo que se le ha dado a \u00e9l para su uso sin permiso del Superior, ni lo dejar\u00e1 perder o menoscabar por su abandono.<\/li>\n<li>Ninguno buscar\u00e1 cosas superfluas o curiosas; y en cuanto a las necesarias, cada uno moderar\u00e1 de tal manera sus deseos, que la comida, la habitaci\u00f3n y la cama est\u00e9n en armon\u00eda con lo que corresponde a un pobre; y en estas cosas, lo mismo que en todas las dem\u00e1s, todos estar\u00e1n dispuestos a experimentar algunos efectos de la pobreza, y hasta llevar\u00e1n a bien que se les d\u00e9 lo peor de cuanto hay en casa.<\/li>\n<li>Y para que entre nosotros no se vea cosa alguna que tenga el m\u00e1s m\u00ednimo resabio de propiedad, nuestras habitaciones no se cerrar\u00e1n de tal manera que no se puedan abrir desde afuera; y en ellas no habr\u00e1 arcas o cosas parecidas cerradas con llave particular, sin permiso expreso del Superior.<\/li>\n<li>Cuando uno sea destinado de una casa a otra, no se llevar\u00e1 la menor c osa consigo sin permiso del Superior.<\/li>\n<li>Y ya que se puede faltar a la virtud de la pobreza aun con solo el afecto desordenado a los bienes temporales, todos procurar\u00e1 con la mayor diligencia que este mal no se apodere de sus corazones, ni aun respecto de la consecuci\u00f3n de beneficio, so color de bienes espirituales; y por eso, nadie aspirar\u00e1 a ning\u00fan beneficio o dignidad eclesi\u00e1stica, bajo pretexto alguno<\/li>\n<\/ol>\n<p>CAP\u00cdTULO IV<br \/>\n<strong>De la Castidad <\/strong><\/p>\n<ol>\n<li>Cu\u00e1nto amase Jesucristo la castidad y cu\u00e1n ardiente desease grabarla en los corazones de los hombres, evidentemente lo manifest\u00f3 naciendo, contra todas las leyes de la naturaleza, de una Virgen Inmaculada por obra del Esp\u00edritu Santo, y aborreciendo de tal manera el vicio impuro que, aunque permiti\u00f3 que le imputasen falsamente los cr\u00edmenes m\u00e1s atroces, para que, seg\u00fan sus deseos, quedase su Coraz\u00f3n saturado de oprobios; sin embargo, en ninguna parte se lee que hubiese sido, no s\u00f3lo acusado, pero ni siquiera notado de la m\u00e1s insignificante sospecha de impureza por sus m\u00e1s encarnizados enemigos. Por eso importa sobremanera que la Congregaci\u00f3n arda en vivos deseos de adquirir esta virtud, y que haga profesi\u00f3n abierta de practicarla siempre y en todas partes y con la mayor perfecci\u00f3n posible, y esto lo debemos tener tanto m\u00e1s grabado en el coraz\u00f3n, cuanto que nuestros ministerios, en las Misiones, nos obligan a tratar casi continuamente con personas seglares de uno y otro sexo. Por tanto, todos se esforzar\u00e1n en poner todo el cuidado, diligencia y precauci\u00f3n posibles, para conservar en toda su integridad la castidad del cuerpo y del alma.<\/li>\n<li>Y a fin de poderlo conseguir, mediante los auxilios de la divina gracia, todos guardar\u00e1n con la mayor vigilancia sus sentidos, as\u00ed interiores como exteriores; jam\u00e1s hablar\u00e1n a solas con mujeres en lugar y tiempo indebidos; cuando hablaren con ellas, o les escribieren, se abstendr\u00e1n por completo de palabras que, aunque piadosas, manifiesten afectuosa ternura para con ellas, y cuando las oigan en confesi\u00f3n, lo mismo que al hablar con ellas fuera de confesi\u00f3n, no se aproximar\u00e1n demasiado a ellas, guard\u00e1ndose de presumir de su castidad.<\/li>\n<li>Y porque la destemplanza es como madre y nodriza de la impureza, todos ser\u00e1n moderados en el comer, y en cuanto sea posible, se contentar\u00e1n con manjares comunes, y beber\u00e1n el vino mezclado con mucha agua.<\/li>\n<li>A dem\u00e1s, todos estar\u00e1n \u00edntimamente persuadidos de que a los Misioneros no les basta de ning\u00fan modo el haber alcanzado en esta virtud un grado m\u00e1s que mediano, sino que necesitan esforzarse con todo empe\u00f1o por evitar, en cuanto sea posible, que nadie pueda concebir de ninguno de nosotros la menor sospecha del vicio contrario; porque esta sola sospecha, aunque del todo injusta o mal fundada, causarla a la Congregaci\u00f3n y a sus ministerios m\u00e1s da\u00f1o que todos los de-m\u00e1s cr\u00edmenes que falsamente se le pudiesen imputar; sobre todo porque, una vez que tu-vi\u00e9semos mala fama, poco o ning\u00fan fruto conseguir\u00edamos con nuestras misiones. Por eso, para prevenir tan grave mal, o para quitarlo, nos serviremos de todos los medios que est\u00e9n a nuestro alcance, no s\u00f3lo ordinarios, sino tambi\u00e9n extraordinarios, si el caso lo requiere; por ejemplo, abstenernos por alg\u00fan tiempo de algunas obras l\u00edcitas, buenas y hasta santas cuando a juicio del Superior o Director puedan dar motivos a semejante sospecha.<\/li>\n<li>Y porque la ociosidad es la madrastra de todas las virtudes, especialmente de la castidad, todos huir\u00e1n de este vicio, de tal manera que siempre se hallen \u00fatilmente ocupados.<\/li>\n<\/ol>\n<p>CAP\u00cdTULO V<br \/>\n<strong>De la obediencia <\/strong><\/p>\n<ol>\n<li> Para honrar la obediencia que Nuestro Se\u00f1or Jesucristo nos ense\u00f1\u00f3 con sus palabras y ejemplos, sujet\u00e1ndose a la Sant\u00edsima Virgen, a San Jos\u00e9 y a otras personas constituidas en dignidad, as\u00ed buenas como malas. obedeceremos con toda exactitud a todos y a cada uno de nuestros Superiores, consider\u00e1ndoles a ellos en Nuestro Se\u00f1or y a Nuestro Se\u00f1or en ellos. Y, en primer lugar, obedeceremos con fidelidad, reverencia y sinceridad a nuestro sant\u00edsimo Padre, el Romano Pont\u00edfice, obedeceremos tambi\u00e9n, seg\u00fan nuestro Instituto y con la mayor humildad y constancia, a los Ilustr\u00edsimos y Reverend\u00edsimos Srs. Obispos en cuyas di\u00f3cesis se hallare establecida nuestra Congregaci\u00f3n, adem\u00e1s, no emprenderemos la menor cosa en las iglesias parroquiales sin el consentimiento de los p\u00e1rrocos.<\/li>\n<li> Todos tambi\u00e9n obedeceremos con prontitud, alegr\u00eda y perseverancia al Superior general en todas las cosas en que no hubiese pecado, y someteremos con obediencia ciega nuestro propio juicio y propia voluntad a sus mandatos, no s\u00f3lo cuando nos conste su clara voluntad, sino al saber su simple intenci\u00f3n, creyendo que lo que \u00e9l manda es lo que m\u00e1s nos conviene, y poni\u00e9ndonos a su disposici\u00f3n como la lima en manos del art\u00edfice.<\/li>\n<li> La misma obediencia prestaremos a los dem\u00e1s Superiores, as\u00ed particulares como Visitadores, y aun a los oficiales subalternos. De la misma manera, cada uno obedecer\u00e1 al toque de la campana como a la voz de Jesucristo, de tal manera que, a la primera se\u00f1al, procure aun dejar sin concluir la letra comenzada.<\/li>\n<li> Y a fin de que la Congregaci\u00f3n progrese m\u00e1s pronto y con m\u00e1s facilidad en esta virtud, todos pondr\u00e1n sumo cuidado en que permanezca siempre entre nosotros aquella santa pr\u00e1ctica de no pedir ni rehusar nada; sin embargo, cuando alguno conociere que alguna cosa le es perjudicial o necesaria, examinar\u00e1 delante de Dios si debe manifest\u00e1rsela al Superior o no, procurando estar indiferente para la respuesta que le diere; y una vez que este preparado con verdadera indiferencia, se la manifestar\u00e1 al Superior, pudiendo estar seguro de que en la voluntad del Superior est\u00e1 la voluntad de Dios, y que por lo tanto debe quedar en paz.<\/li>\n<li> Los d\u00edas se\u00f1alados y en las horas determinadas se reunir\u00e1n todos en el lugar designado por el Superior, a fin de o\u00edr lo que \u00e9l determine para el buen orden de la casa, y si alguno tuviere alguna cosa que proponer, podr\u00e1 hacerlo entonces.<\/li>\n<li> Nadie mandar\u00e1 cosa alguna a los otros, ni les reprender\u00e1, a no ser que el Superior le depute para ello, o que, por raz\u00f3n de su oficio, tenga esa obligaci\u00f3n.<\/li>\n<li> Ninguno, despu\u00e9s de haberle sido negada una c osa por un Superior, acudir\u00e1 a otro Superior sobre lo mismo, sin manifestarle antes la negativa y su causa.<\/li>\n<li> Ninguno dejar\u00e1 de cuidar de las cosas que le hayan encargado, aunque se lo impida alg\u00fan asunto imprevisto, sin avisar oportunamente a los Superiores, para que, si fuere necesario, se\u00f1alen a otro que le sustituya.<\/li>\n<li> Ninguno debe entretenerse en el oficio o ministerio de otro; pero cuando alguno, sobre todo de los oficiales, aun inferiores, rogare a otro que le ayude en alguna cosa de poco momento, \u00e9ste procurar\u00e1 complacerle, si buenamente puede; sin embargo, si para ayudarle tuviera que emplear mucho tiempo, no lo har\u00e1 sin haber antes obtenido permiso del Superior.<\/li>\n<li>Nadie entrar\u00e1 en el lugar destinado para el oficio de otro sin licencia del Superior; no obstante, cuando ha-y a necesidad, bastar\u00e1 el permiso del que preside en aquel oficio.<\/li>\n<li>Para evitar muchos inconvenientes de gran trascendencia que podr\u00edan suceder, nadie escribir\u00e1 cartas, ni las enviar\u00e1, ni las abrir\u00e1, sin permiso del Superior, a quien presentar\u00e1 cada uno las que escribiere, para que \u00e9l las env\u00ede o las detenga, como mejor le pareciere.<\/li>\n<li>Y para que la obediencia contribuya tambi\u00e9n en alguna manera a la salud del cuerpo, nadie comer\u00e1 ni beber\u00e1 fuera de las horas se\u00f1aladas, sin permiso del Superior.<\/li>\n<li>Nadie, sin licencia general o especial del Superior, entrar\u00e1 en el aposento de otro, ni lo abrir\u00e1 hasta que le digan Entre; y todo el tiempo que est\u00e9n juntos tendr\u00e1n la puerta abierta.<\/li>\n<li>De la misma manera, nadie introducir\u00e1 en su aposento a otros, especialmente externos, sin haber obtenido antes permiso del Superior.<\/li>\n<li>Nadie compondr\u00e1 libro alguno, ni lo traducir\u00e1 de una lengua a otra, ni lo editar\u00e1, sin expresa aprobaci\u00f3n y licencia del Superior general.<\/li>\n<li>Ninguno de los hermanos coadjutores, destinados al oficio de Marta, tendr\u00e1 aspiraciones de aprender la lengua latina, y mucho me-nos de pasar al estado eclesi\u00e1stico, y si alguno experimentase en s\u00ed tales deseos, procurar\u00e1 desecharlos al momento, como venidos del esp\u00edritu maligno, el cual, con soberbia enga\u00f1adora, oculta bajo el velo de desear la salvaci\u00f3n de las almas, pretende perderlos. Tampoco aprender\u00e1n a leer o a escribir sin permiso expreso del Superior general.<\/li>\n<\/ol>\n<p>CAP\u00cdTULO VI<br \/>\n<strong>De lo que ata\u00f1e a los enfermos <\/strong><\/p>\n<ol>\n<li> Como entre las obras que Jesucristo realizaba y que m\u00e1s frecuentemente encomendaba a los que enviaba a su vi\u00f1a, una de las m\u00e1s principales fuese el visitar a los enfermos, especialmente a los pobres, y el cuidar de ellos; por eso la Congregaci\u00f3n tendr\u00e1 especial cuidado de visitarlos y asistirles, con el consentimiento del Superior; y esto no solamente a nuestros enfermos, sino tambi\u00e9n a los extra\u00f1os, socorri\u00e9ndoles corporal y espiritualmente, seg\u00fan nuestra posibilidad, principalmente en las Misiones, y a este fin pondr\u00e1n sumo empe\u00f1o en fundar y visitar la Cofrad\u00eda de la caridad.<\/li>\n<li> Cuando visitaren a alg\u00fan enfermo, ya sea en casa, ya fuera, le considerar\u00e1n, no como a un hombre, sino como al mismo Jesucristo, el cual asegura que a El se le presta entonces este servicio; por eso todos procurar\u00e1n portar-se all\u00ed con toda modestia, y hablar\u00e1n en voz baja y de aquellas cosas que puedan alegrar al enfermo y a la vez edificar a los circunstantes.<\/li>\n<li> Nuestros enfermos se persuadir\u00e1n de que est\u00e1n en la enfermer\u00eda y en la cama, no solo para curarse y recobrar la salud por medio de las medicinas, sino tambi\u00e9n para ense\u00f1ar, como desde un p\u00falpito, a lo menos con su buen ejemplo, las virtudes cristianas, especialmente la paciencia y conformidad con la voluntad divina, a fin de que de este modo sean para todos los que los visitaren y asistieren, buen olor de Jesucristo, de tal manera que su virtud se perfeccione con la enferme-dad. Y como entre las dem\u00e1s virtudes que se requieren en los enfermos, la obediencia les sea tambi\u00e9n muy necesaria, por eso todos obedecer\u00e1n exactamente, no s\u00f3lo a los m\u00e9dicos espirituales, sino tambi\u00e9n a los corporales, lo mismo que al enfermero y a cuantos estuvieren destina-dos para su asistencia.<\/li>\n<li> Y a fin de que no se introduzca insensiblemente abuso alguno en lo que ata\u00f1e a los enfermos, todos los que se sintieren indispuestos se lo comunicar\u00e1n al Superior, o al prefecto de sanidad, o al enfermero, y nadie tomar\u00e1 medicina alguna, ni se presentar\u00e1 al m\u00e9dico de casa, ni consultar\u00e1 a otro sin la aprobaci\u00f3n del Superior.<\/li>\n<\/ol>\n<p>CAP\u00cdTULO VII<br \/>\n<strong>De la modestia <\/strong><\/p>\n<ol>\n<li> Era tal la modestia que Jesucristo manifestaba en su rostro, en sus acciones y en sus palabras, que atra\u00eda hacia s\u00ed, hasta dentro del desierto, a muchos millares de personas, \u00e1vidas de contemplarle y de o\u00edr las palabras de vida eterna que sal\u00edan de sus labios, de tal manera que llegaban hasta a olvidarse de tomar el necesario sustento, por eso todos los Misioneros deben imitar esta amable virtud en tan santo Maestro, sobre todo teniendo en cuenta que, como por su Instituto est\u00e1n obligados a tratar frecuentemente con el pr\u00f3jimo, deben temer el destruir con el mal ejemplo de una inmodestia lo que edificaron en el Se\u00f1or con sus funciones y ministerios. Y a este fin, todos observar\u00e1n con la mayor diligencia lo que San Pablo recomendaba a los primeros cristianos, dici\u00e9ndoles. Vuestra modestia sea conocida de todos los hombres; y todos guardar\u00e1n con el mayor esmero las reglas de modestia que se observan en nuestra Congregaci\u00f3n y las siguientes.<\/li>\n<li> Se abstendr\u00e1n sobre todo de la desordenada divagaci\u00f3n de los ojos, especial-mente en la iglesia, en el refectorio y en los actos p\u00fablicos, procurando que nada de pueril o de liviano aparezca en sus gestos, nada de mundano ni afectado en su andar.<\/li>\n<li> Todos se abstendr\u00e1n tambi\u00e9n de tocarse unos a otros, aun cuando s\u00f3lo fuere por chanza, except\u00faanse aquellos casos en que, o por marchar uno, o llegar de lejos, o por ser admitido en la Congregaci\u00f3n, debemos dar-nos un abrazo en se\u00f1al de caridad.<\/li>\n<li> Todos tendr\u00e1n sumo cuidado en conservar una honesta limpieza en todo, y especialmente en los vestidos, pero todos se abstendr\u00e1n de una limpieza exagerada o afectada.<\/li>\n<li> Todos tendr\u00e1n limpios y en buen orden los pocos y pobres muebles de su habitaci\u00f3n, la cual barrer\u00e1n de tres en tres d\u00edas, y al levantarse por la ma\u00f1ana, arreglar\u00e1n decentemente la cama, a no ser que, por raz\u00f3n de enfermedad, o por otro motivo, se\u00f1ale el Superior a otro para estos menesteres.<\/li>\n<li> Nadie saldr\u00e1 de su habitaci\u00f3n sin estar convenientemente vestido.<\/li>\n<li> Y a fin de que m\u00e1s f\u00e1cilmente podamos guardar la modestia delante de los de-m\u00e1s, cada uno en particular y cuando est\u00e9 solo en su habitaci\u00f3n, tendr\u00e1 sumo cuidado en portarse con modestia, teniendo en cuenta que se halla en la presencia de Dios, y de un modo especial se guardar\u00e1n todos muy bien de dormir sin camisa o sin estar cubierto convenientemente.<\/li>\n<\/ol>\n<p>CAP\u00cdTULO VIII<br \/>\n<strong>De la conversaci\u00f3n entre nosotros <\/strong><\/p>\n<ol>\n<li>Habiendo Cristo nuestro Salvador reunido en comunidad a sus Ap\u00f3stoles y disc\u00edpulos, les dio algunas normas para que viviesen bien; por ejemplo. que se amasen mutuamente; que se lavasen los pies los unos a los otros; que cuando tuviesen alg\u00fan disgusto entre s\u00ed, se reconciliasen cuanto antes; que anduviesen siempre de dos en dos, y finalmente, que el que deseare ser el mayor entre ellos, se hiciese el menor de todos, y otras semejantes. Y como nuestra humilde Compa\u00f1\u00eda desea seguir las huellas de Jesucristo y de sus disc\u00edpulos, parece conveniente que tenga tambi\u00e9n algunas normas, que prescriban la manera de vivir bien entre nosotros y el modo de conversar, las cuales procurar\u00e1n observar todos con la mayor puntualidad.<\/li>\n<li>A fin de que la caridad fraterna y la santa uni\u00f3n reine siempre y se conserve perpetuamente entre nosotros, todos se tendr\u00e1n mutuamente sumo respeto, aunque como buenos amigos que tienen que vivir siempre juntos, pero huir\u00e1n con mucho cuidado lo mismo de las amistades particulares, que de las aversiones, porque ense\u00f1a la experiencia que estos dos vicios son el origen de todas las divisiones y la ruina de las Comunidades.<\/li>\n<li>Todos, como es justo, respetar\u00e1n sobremanera a los Superiores; se descubrir\u00e1n en su presencia, y cuando ellos les hablaren, se guardar\u00e1n de interrumpirles, o lo que es peor, de resistirles de palabra. Todos tambi\u00e9n se descubrir\u00e1n en presencia de los Sacerdotes, y los seminaristas y los estudiantes delante de sus directores y profesores. Tambi\u00e9n los Sacerdotes procurar\u00e1n prevenirse entre s\u00ed con semejante honor. Sin embargo, para no dar lugar a la disipaci\u00f3n de los ojos o de la mente, nadie, estando en el refectorio, se descubrir\u00e1, a no ser por entrar el Superior o alg\u00fan otro externo de autoridad.<\/li>\n<li>Y porque la Sagrada Escritura nos asegura que hay tiempo de hablar y tiempo de callar, y que en el mucho hablar no faltar\u00e1 el pecado, y como, por otra parte, atestig\u00fce la experiencia que es casi imposible que una Comunidad dedicada al servicio de Dios persevere mucho tiempo en el bien comenzado, si en ella no se observa alguna regla de silencio, por eso entre nosotros se guardar\u00e1 silencio fuera del tiempo de la recreaci\u00f3n, de suerte que fuera de \u00e9l nadie hable sin necesidad, si no es de paso, con poqu\u00edsimas palabras y en voz baja, especialmente en la iglesia, en la sacrist\u00eda, en el dormitorio y en el refectorio, pero si a alguno de los que est\u00e1n en el refectorio le faltare algo, el que est\u00e1 m\u00e1s pr\u00f3ximo a \u00e9l se lo har\u00e1 presente al que sirve, con una palabra, si no bastare un gesto u otra se\u00f1al. Mas en cualquier tiempo que hablemos, aun en las horas destinadas a la conversaci\u00f3n, nos abstendremos de esforzar o levantar demasiado la voz, porque con esto tanto los nuestros Como los externos pueden desedificarse.<\/li>\n<li>Ninguno de los nuestros hablar\u00e1, sin licencia del Superior, con los seminaristas, ni con los estudiantes, ni con aquellos que, aunque sean sacerdotes, no hace dos a\u00f1os que salieron del Seminario; a no ser que se trate solamente de saludarles de paso y con pocas palabras cuando as\u00ed lo exige la caridad.<\/li>\n<li>Y a fin de observar mejor el silencio, cada uno procurar\u00e1 hacer el menor ruido posible cuando est\u00e9 en la habitaci\u00f3n, lo mismo que al andar por casa, especialmente de noche, como tambi\u00e9n al abrir o cerrar las puertas.<\/li>\n<li>En nuestras recreaciones y conversaciones diarias juntaremos de tal manera la modestia con la alegr\u00eda, que siempre, en cuanto sea posible, mezclaremos lo \u00fatil con lo agradable, y sirvamos a todos de edificaci\u00f3n con nuestro ejemplo. Y para que m\u00e1s f\u00e1cilmente consigamos esto, nuestras conversaciones ser\u00e1n de ordinario de asuntos pertenecientes a la piedad, o de la doctrina que se requiere en los Misioneros.<\/li>\n<li>En estas mutuas conversaciones, como en otras que algunas veces podemos tener l\u00edcitamente, procuraremos hablar principalmente de aquellas materias que m\u00e1s puedan movernos a amar nuestra vocaci\u00f3n y a desear la propia perfecci\u00f3n, anim\u00e1ndonos a esto mutuamente, ya alabando las virtudes, como la devoci\u00f3n, la mortificaci\u00f3n, la obediencia y la humildad, ya defendi\u00e9ndolas con humildad y mansedumbre contra aquellos que de ellas hablaren menos bien. Y si alguna de estas virtudes repugnare a nuestra naturaleza, se lo descubriremos s\u00f3lo al Superior o al director, guard\u00e1ndonos muy bien de manifest\u00e1rselo a los dem\u00e1s, ni en p\u00fablico ni en particular.<\/li>\n<li>Hablando unos con otros, evitaremos cuidadosamente toda suerte de disputas, aunque s\u00f3lo sean por manera de recreaci\u00f3n, procurando en cuanto sea posible preferir el parecer de los dem\u00e1s al nuestro, no trat\u00e1ndose de cosas il\u00edcitas. Si alguno fuere de parecer contrario en las cosas propuestas, podr\u00e1 alegar sus razones, en esp\u00edritu de humildad y con la debida modestia, pero sobre todo se guardar\u00e1n todos de molestarse o llevar a mal cualquier cosa en la conversaci\u00f3n, o mostrarse ofendidos de alguno, o agraviarle con palabras, con gestos o de cualquier otra manera.<\/li>\n<li>Todos procurar\u00e1n con la mayor fidelidad guardar el secreto, no s\u00f3lo acerca de las cosas pertenecientes a la confesi\u00f3n y a la direcci\u00f3n, sino tambi\u00e9n acerca de lo que se hace o se dice en el Cap\u00edtulo, sobre las faltas y penitencias y en general sobre todas aquellas cosas cuya manifestaci\u00f3n sabemos que est\u00e1 prohibida por los Superiores, o por su naturaleza.<\/li>\n<li>Nadie tocar\u00e1, ni siquiera levemente, la fama de los dem\u00e1s, especialmente de los Superiores, ni murmurar\u00e1 de ellos; ni censurar\u00e1 nada de lo que se hace o dice, lo mismo entre nosotros que en las dem\u00e1s comunidades.<\/li>\n<li>Nadie andar\u00e1 curioseando acerca del gobierno de la Casa, ni hablar\u00e1 de esto con los dem\u00e1s, ni dir\u00e1 la menor cosa, directa o indirectamente, contra las Reglas o Constituciones, o contra las costumbres piadosas que se observan en la Compa\u00f1\u00eda.<\/li>\n<li>Nadie se quejar\u00e1 de la comida, del vestido o de la cama, ni hablar\u00e1 tampoco de estas cosas, a no ser que le incumba por raz\u00f3n de su oficio.<\/li>\n<li>Nadie hablar\u00e1 mal de las otras naciones o provincias; porque de ello se derivan grandes males.<\/li>\n<li>En las p\u00fablicas discordias y guerras que pueden suceder entre los pr\u00edncipes cristianos, nadie se inclinar\u00e1 hacia ninguno de los bandos, a imitaci\u00f3n de Jesucristo, el cual no quiso ser \u00e1rbitro entre los hermanos que pleiteaban, ni juzgar acerca del derecho de los pr\u00edncipes, content\u00e1ndose con decir que hab\u00eda que dar al C\u00e9sar lo que es del C\u00e9sar y a Dios lo que es de Dios.<\/li>\n<li>Todos se abstendr\u00e1n de hablar de las cosas que pertenecen a los asuntos del estado o a los negocios del reino, especialmente de la guerra, de las disensiones existentes en la actualidad entre los gobernantes y dem\u00e1s rumores semejantes del mundo, y, en cuanto sea posible, todos se guardar\u00e1n de escribir la menor cosa acerca de estos asuntos.<\/li>\n<\/ol>\n<p>CAP\u00cdTULO IX<br \/>\n<strong>De la conversaci\u00f3n con los externos <\/strong><\/p>\n<ol>\n<li> Adem\u00e1s de las reglas que Nuestro Salvador dio a sus Ap\u00f3stoles y Disc\u00edpulos sobre el modo de tratarse entre si, a\u00f1adi\u00f3 algunos preceptos acerca de la manera de portarse con el pr\u00f3jimo, con los escribas y Fariseos y con los presidentes, cuando fuesen conducidos a sus tribunales, y asimismo cuando fuesen invitados a los banquetes y otras cosas semejantes. Por eso, para imitar a Jesucristo es muy conveniente que nosotros tengamos tambi\u00e9n algunas reglas acerca de la manera de tratar con los externos, y para ello observaremos con la mayor fidelidad lo siguiente.<\/li>\n<li> Aunque por raz\u00f3n de nuestro Instituto estamos obligados a tratar frecuentemente con los externos, especialmente durante las misiones, sin embargo no iremos a visitarles sino cuando la obediencia o la necesidad lo ordenaren, y entonces nos acordaremos de las palabras de Nuestro Se\u00f1or: Vosotros sois la luz del mundo, a fin de que nos parezcamos a la luz del sol, la cual ilumina y calienta, y aunque pase por lugares inmundos, no sufre detrimento alguno en su pureza.<\/li>\n<li> Todos se abstendr\u00e1n cuidadosamente de solicitar pleitos de externos, de ser ejecutores testamentarios, de dedicarse al comercio, de arreglar matrimonios y dem\u00e1s cosas parecidas; porque, seg\u00fan el consejo del Ap\u00f3stol: Ninguno de los que se han consagrado a Dios se enreda en negocios seculares.<\/li>\n<li> Nadie se encargar\u00e1 de negocios, aun piadosos; ni prometer\u00e1 tener cuidado de ellos; ni manifestar\u00e1 inclinaci\u00f3n a ello, sin permiso del Superior.<\/li>\n<li> Estando en casa, nadie, sin permiso del Superior, hablar\u00e1 con los externos, ni llamar\u00e1 a ninguno de los nuestros para hablar con ellos.<\/li>\n<li> Nadie convidar\u00e1 a comer a ning\u00fan externo, sin licencia del Superior.<\/li>\n<li> Nadie traer\u00e1 recados, ni cartas, ni otra cosa alguna de los externos para los nuestros, ni los llevar\u00e1 de los nuestros a los externos, sin permiso del Superior.<\/li>\n<li> Nadie ense\u00f1ar\u00e1 nuestras Reglas o Constituciones a los externos, sin expresa licencia del Superior general o del Visitador, no obstante podr\u00e1n ense\u00f1arse estas Comunes a los postulantes, con licencia del Superior particular, y esto en tiempo de los ejercicios espirituales, o algo antes, si al Superior as\u00ed le pareciere.<\/li>\n<li> Nadie manifestar\u00e1 a los externos lo que se ha hecho o se va a hacer en casa sin causas especial\u00edsimas, como tampoco hablar\u00e1n con ellos de aquellas cosas de que entre nosotros no se permite hablar, y en particular de las pertenecientes a los negocios de estado o al gobierno del reino.<\/li>\n<li>Cuando alguno obtuviere licencia para visitar a los externos, no hablar\u00e1 con ellos sino de cosas necesarias, o de lo conducente a la salvaci\u00f3n y edificaci\u00f3n de los mismos, o propia, o de ambos; y esto lo har\u00e1n con la debida gravedad, modestia y devoci\u00f3n, acomod\u00e1ndose a las circunstancias de tiempo lugar y persona.<\/li>\n<li> Nadie saldr\u00e1 de casa sino cuando, como y con quien le pareciere al Superior; al cual compete se\u00f1alar compa\u00f1ero, a no ser que tenga alguno diputado para esto; y aquel que fuere se\u00f1alado para compa\u00f1ero de otro, procurar\u00e1 cederle el primer lugar y el uso de la palabra.<\/li>\n<li> Cuando alguno pidiere licencia para salir de casa, manifestar\u00e1 al Superior ad\u00f3nde quiere ir y por qu\u00e9 causa, y a la vuelta le dar\u00e1 raz\u00f3n de todo cuanto le hubiere acontecido.<\/li>\n<li> Nadie saldr\u00e1 ni entrar\u00e1 sino por la puerta ordinaria de casa; a no ser que la necesidad o el permiso del Superior dispensen en esto.<\/li>\n<li> Los que salgan de casa, aunque tengan permiso para salir y entrar por una puerta excusada o por la iglesia, sacar\u00e1n su nombre del cat\u00e1logo y avisar\u00e1 al portero la hora a que volver\u00e1n, a fin de que \u00e9ste pueda responder satisfactoriamente a los que preguntaren por ellos. No saldr\u00e1n antes que sea de d\u00eda, y volver\u00e1n a casa antes que sea de noche, y tan pronto como entraren en casa, colocar\u00e1n su nombre en el cat\u00e1logo, en el lugar conveniente.<\/li>\n<li> Nadie comer\u00e1 fuera de casa sin permiso del Superior, excepto cuando se va de viaje.<\/li>\n<li> Nadie, yendo de viaje y pasando por donde haya alguna Casa de la Congregaci\u00f3n, se hospedar\u00e1 en otra parte m\u00e1s que en ella, y mientras est\u00e9 en dicha Casa, se someter\u00e1 a la obediencia de aquel que manda en ella, sin hacer nada sin su parecer y consejo. Lo mismo deber\u00e1 observar el que, estando en una casa, va a otra para tratar algunos asuntos.<\/li>\n<\/ol>\n<p>CAP\u00cdTULO X<br \/>\n<strong>De las pr\u00e1cticas espirituales que han de observarse en la Congregaci\u00f3n <\/strong><\/p>\n<ol>\n<li>Nuestro Se\u00f1or Jesucristo y sus disc\u00edpulos ten\u00edan sus ejercicios de piedad, por ejemplo. subir algunos d\u00edas al templo, retirarse de vez en cuando a la soledad, dedicarse a la oraci\u00f3n y otros semejantes. Por eso parece muy justo que la humilde Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n tenga tambi\u00e9n sus pr\u00e1cticas espirituales, las cuales observar\u00e1 con toda exactitud, y las preferir\u00e1 a todas las dem\u00e1s pr\u00e1cticas de devoci\u00f3n, si la necesidad o la obediencia no lo proh\u00edben; porque estas pr\u00e1cticas espirituales son las que m\u00e1s conducen a la verdadera observancia de las Reglas o Constituciones y a nuestra propia perfecci\u00f3n.<\/li>\n<li>Y porque, seg\u00fan la Bula de fundaci\u00f3n de nuestra Congregaci\u00f3n, debemos venerar de una manera especial\u00edsima los inefables misterios de la Sant\u00edsima Trinidad y de la Encarnaci\u00f3n, procuraremos cumplirlo con el mayor cuidado y de todos los modos que podamos, pero principalmente cumpliendo estas tres cosas. 1. Hacer frecuentemente y de lo \u00edntimo del coraz\u00f3n actos de fe y de religi\u00f3n sobre estos misterios. 2. Ofrecer todos los d\u00edas en su honor algunas oraciones y buenas obras, y especialmente celebrar sus festividades con solemnidad y con la mayor devoci\u00f3n que nos sea posible. 3. Haciendo todo cuanto est\u00e9 de nuestra parte para que, por medio de nuestras instrucciones y buenos ejemplos, estos misterios sean conocidos y venerados por todos los pueblos.<\/li>\n<li>Y porque, para venerar perfectamente estos misterios, no puede darse medio m\u00e1s excelente que el debido culto y el buen uso de la Sagrada Eucarist\u00eda, ya la consideremos como sacramento, ya como sacrificio, teniendo en cuenta que contiene en s\u00ed como un compendio de los dem\u00e1s misterios de la fe, y que por s\u00ed misma santifica y finalmente glorifica las almas de los que celebran como es debido y de los que comulgan dignamente, y de esta manera se da mucha gloria a Dios trino y uno y al Verbo encarnado, por eso en ninguna cosa pondremos tanto empe\u00f1o como en tributar a este sacramento y sacrificio el culto y honor debidos y en procurar que los dem\u00e1s le tributen el mismo honor y la misma reverencia, y esto procuraremos cumplirlo con el mayor esmero, en especial impidiendo, en cuanto est\u00e9 de nuestra parte, que se cometa contra \u00e9l la menor irreverencia, de palabra y obra, y ense\u00f1ando con diligencia a los dem\u00e1s lo que deben creer acerca de este inefable misterio, y c\u00f3mo deben venerarle<\/li>\n<li>Y ya que la misma Bula nos encarga adem\u00e1s que veneremos con particular culto a la Sant\u00edsima Virgen Mar\u00eda, a lo cual ya estamos obligados por diferentes t\u00edtulos; todos y cada uno, con la gracia de Dios, procuraremos cumplirlo perfectamente: 1. Haciendo todos los d\u00edas con especial devoci\u00f3n alg\u00fan obsequio a esta dign\u00edsima Madre de Dios y nuestra. 2. Imitando, en cuanto nos sea posible, sus virtudes, especialmente su humildad y su pureza. 3. Exhortando ardientemente a los dem\u00e1s, siempre que oportunamente podamos, a que constantemente le tributen el mayor honor que puedan.<\/li>\n<li>Tendremos especial cuidado en rezar debidamente el oficio divino, el cual se rezar\u00e1 seg\u00fan el rito romano y en com\u00fan, aun en las Misiones; pero con voz moderada y sin canto, para que con mayor comodidad podamos dedicarnos al provecho del pr\u00f3jimo. Se except\u00faan aquellas casas en que, por raz\u00f3n de su fundaci\u00f3n, o por ser casas de ordenandos o seminarios externos, o por otra causa an\u00e1loga, estuvi\u00e9semos obligados al canto gregoriano. Y en cualquier lugar o tiempo que recemos las Horas Can\u00f3nicas, hemos de pensar con qu\u00e9 devoci\u00f3n, reverencia y atenci\u00f3n debemos rezarlas, estando ciertos de que celebramos las divinas alabanzas y de que, por consiguiente, desempe\u00f1amos el oficio de \u00e1ngeles.<\/li>\n<li>Puesto que uno de los principales ministerios de nuestras Misiones es el de exhortar a los otros a recibir dignamente y con frecuencia los sacramentos de la penitencia y Eucarist\u00eda, es muy justo que nosotros, con mayor raz\u00f3n, vayamos en esto delante con el ejemplo. Procuraremos, pues, hacerlo as\u00ed con la mayor perfecci\u00f3n. Y a fin de que todo se haga con el orden conveniente, los Sacerdotes se confesar\u00e1n dos veces, o al menos una, por semana, con alguno de los confesores de casa para esto se\u00f1alados, y no con otros, sin licencia del Superior; y todos los d\u00edas, no estando leg\u00edtimamente impedidos, celebrar\u00e1n la Santa Misa; los dem\u00e1s, que no son sacerdotes, se confesar\u00e1n todos los s\u00e1bados y vigilias de las fiestas principales con uno de dichos confesores, a no ser que el Superior hubiere se\u00f1alado a otros; todos los domingos y d\u00edas de fiesta comulgar\u00e1n, seg\u00fan el parecer del director, y todos los d\u00edas oir\u00e1n la Santa Misa.<\/li>\n<li>Y ya que no podemos imitar del todo a Nuestro Se\u00f1or Jesucristo, el cual, adem\u00e1s de las meditaciones a que se entregaba durante el d\u00eda, pasaba las noches enteras en oraci\u00f3n, lo haremos, sin embargo, seg\u00fan nuestra peque\u00f1ez. Por eso todos y cada uno nos entregaremos diligentemente a la oraci\u00f3n mental todos los d\u00edas, durante una hora, en com\u00fan, seg\u00fan costumbre de la Congregaci\u00f3n, y en el lugar para ello se\u00f1alado.<\/li>\n<li>Cada uno tendr\u00e1 sumo cuidado en no dejar pasar ning\u00fan d\u00eda sin leer algo en alg\u00fan libro espiritual seg\u00fan las necesidades de su alma, y por todo el tiempo determinado por el Superior o Director. Adem\u00e1s, todos los sacerdotes y cl\u00e9rigos leer\u00e1n cada d\u00eda un cap\u00edtulo del Nuevo Testamento, considerando este libro como norma de la perfecci\u00f3n cristiana; y para aprovecharse m\u00e1s de esta lectura, la har\u00e1n de rodillas, con la cabeza descubierta, y a\u00f1adiendo, por lo menos al fin, estos tres actos: 1.Adorar las verdades contenidas en el mismo capitulo. 2. Animarse a entrar en los mismos sentimientos con que Jesucristo y los santos las pronunciaron. 3. Resolverse a practicar los preceptos y consejos que en \u00e9l se contienen e imitar las virtudes que se nos proponen.<\/li>\n<li>Para tener un conocimiento m\u00e1s claro de nuestros defectos y as\u00ed poder conseguir, con la ayuda de Dios, su expiaci\u00f3n y una mayor pureza de conciencia, todos haremos cada d\u00eda dos clases de examen de conciencia: uno particular, que se har\u00e1 brevemente antes de comer y cenar, sobre alguna virtud que nos proponemos adquirir o sobre alg\u00fan vicio que hay que extirpar, y otro general, sobre cada uno de los actos del d\u00eda.<\/li>\n<li>Para honrar la soledad de Jesucristo, especialmente aquella de cuarenta d\u00edas pasados en el desierto, todos y cada uno, lo mismo eclesi\u00e1sticos que legos, al entrar en la Congregaci\u00f3n, har\u00e1n los ejercicios espirituales y confesi\u00f3n general de toda su vida pasada, con alg\u00fan sacerdote se\u00f1alado por el Superior; y despu\u00e9s de entrar en la Compa\u00f1\u00eda, har\u00e1n los mismos ejercicios y confesi\u00f3n general desde los \u00faltimos ejercicios, los seminaristas de seis en seis meses, y todos los dem\u00e1s una vez al a\u00f1o.<\/li>\n<li>Y como es muy dif\u00edcil hacer progreso alguno en la virtud sin el auxilio de un director espiritual, as\u00ed tambi\u00e9n es casi imposible que el dirigido llegue a la perfecci\u00f3n a que est\u00e1 llamado, si no trata, como conviene, con su director acerca del estado de su conciencia. Por eso todos har\u00e1n la comunicaci\u00f3n interior con toda devoci\u00f3n y sinceridad, de la manera que se observa en la Congregaci\u00f3n, con el Superior, o con otro por \u00e9l se\u00f1alado, por lo menos cada tres meses, y de un modo especial durante los ejercicios espirituales, y siempre que al Superior le pareciere conveniente.<\/li>\n<li>Todos asistir\u00e1n con devoci\u00f3n y diligencia a las conferencias espirituales, que tendr\u00e1n lugar por lo menos una vez cada semana. Dichas conferencias versar\u00e1n, por regla general, sobre la abnegaci\u00f3n de la propia voluntad y del propio juicio, sobre la pr\u00e1ctica de cumplir en todo la voluntad de Dios, sobre la caridad fraterna, sobre el celo de la propia perfecci\u00f3n y sobre la adquisici\u00f3n de las dem\u00e1s virtudes, especialmente de aquellas que forman nuestro esp\u00edritu.<\/li>\n<li>Para imitar de alguna manera y seg\u00fan nuestra peque\u00f1ez a Jesucristo en haberse humillado a s\u00ed mismo y haber querido ser contado entre los malhechores, todos los viernes dir\u00e1 cada uno delante de los dem\u00e1s sus culpas al Superior o al que haga sus veces, lo mismo estando en casa que en las Misiones, y cada uno recibir\u00e1 con buena voluntad los avisos y penitencias que se le den. Tambi\u00e9n se ha de procurar conservar la piadosa costumbre de pedir en el capitulo ser avisados p\u00fablicamente de nuestros defectos y entonces procurar\u00e1 cada uno dar dichos avisos en esp\u00edritu de humildad.<\/li>\n<li>Adem\u00e1s, para que con mayor rapidez aumente en nosotros el amor del propio abatimiento y as\u00ed aprovechemos m\u00e1s y m\u00e1s en el camino de la perfecci\u00f3n, nos esforzaremos en el Se\u00f1or por aceptar con igualdad de \u00e1nimo toda clase de humillaciones que nos sobrevengan, aunque sea fuera del capitulo, y as\u00ed, cuando al f n de la oraci\u00f3n mental, o de la conferencia espiritual, o de alg\u00fan otro acto p\u00fablico, llame el Superior a alguno para avisarle de alg\u00fan defecto, \u00e9ste se pondr\u00e1 en seguida de rodillas, y en esp\u00edritu de humildad, con buena voluntad y sin hablar palabra, oir\u00e1 el aviso, recibir\u00e1 la penitencia y la cumplir\u00e1 con toda fidelidad.<\/li>\n<li>Y aunque los continuos trabajos de los Misioneros no permitan que por la Regla se vean obligados a practicar mortificaciones y austeridades corporales, sin embargo, cada uno las tendr\u00e1 en mucho aprecio, y con el afecto siempre se inclinar\u00e1 hacia ellas y aun las podr\u00e1 practicar cuando la salud y las ocupaciones se lo permitan, a imitaci\u00f3n de Jesucristo y de los primeros cristianos, y de otras personas, que llenas del esp\u00edritu de mortificaci\u00f3n, viven en el mundo. No obstante, nadie, sin permiso del Superior o del Director para esto se\u00f1alado, cumplir\u00e1 otras penitencias que las impuestas en la confesi\u00f3n.<\/li>\n<li>A fin de honrar de alguna manera la pasi\u00f3n de Jesucristo, el viernes de cada semana, en la cena, se contentar\u00e1 cada uno con un plato, el cual ser\u00e1 de hortalizas o legumbres, excepto en las Misiones y yendo de viaje.<\/li>\n<li>El lunes y martes de carnaval nos abstendremos de comer carne, estando en casa, a fin de honrar a Dios con esta peque\u00f1a mortificaci\u00f3n, mientras la mayor parte de los cristianos le ofenden gravemente con sus comilonas y sus disoluciones.<\/li>\n<li>Adem\u00e1s todos observar\u00e1n exactamente el orden del d\u00eda, seg\u00fan se acostumbra en la Congregaci\u00f3n, lo mismo en casa que en las Misiones, especialmente lo que se refiere a las horas de levantarse y acostarse, de hacer la oraci\u00f3n, de rezar el Oficio divino y de comer.<\/li>\n<li>A fin de que el alma se alimente juntamente con el cuerpo, en todas nuestras casas y tambi\u00e9n en las Misiones se tendr\u00e1 lectura espiritual en la mesa durante todo el tiempo que dure la comida.<\/li>\n<li>Tambi\u00e9n se han de guardar otras costumbres laudables de la Congregaci\u00f3n, por ejemplo: Inmediatamente antes de salir de casa, lo mismo que al volver a ella, ir a la iglesia para saludar a Jesucristo en el Sant\u00edsimo Sacramento, catequizar a los pobres, sobre todo mendigos, cuando se ofrezca la ocasi\u00f3n, especialmente yendo de viaje; al entrar en los aposentos y al salir de ellos, arrodillarnos, para invocar a Dios antes de lo que vamos a hacer, y para darle gracias despu\u00e9s de haberlo hecho.<\/li>\n<li>Si adem\u00e1s de las pr\u00e1cticas espirituales prescritas en estas Reglas quisiera alguno a\u00f1adir otras, se lo comunicar\u00e1 al Superior o al director, y nada har\u00e1 en este asunto, fuera de lo que ellos le permitan, porque haciendo lo contrario se expone a hacer su propia voluntad, y quiz\u00e1 la voluntad del demonio, y por ende se expone tambi\u00e9n, en castigo de su desobediencia, a ser enga\u00f1ado por el maligno esp\u00edritu, y hasta a padecer graves males en su alma<\/li>\n<\/ol>\n<p>CAP\u00cdTULO XI<br \/>\n<strong>De las Misiones y dem\u00e1s ministerios de la Congregaci\u00f3n para con el pr\u00f3jimo <\/strong><\/p>\n<ol>\n<li>Habiendo dado Nuestro Se\u00f1or Jesucristo a su disc\u00edpulos reglas para hacer bien las Misiones, mand\u00e1ndoles que rogasen al due\u00f1o de la mies para que enviara obreros a recogerla, e indic\u00e1ndoles a qu\u00e9 naciones deb\u00edan ir, qu\u00e9 hab\u00edan de practicar en sus viajes, en qu\u00e9 casas se hab\u00edan de aposentar, qu\u00e9 deb\u00edan predicar, qu\u00e9 hab\u00edan de comer y, finalmente, c\u00f3mo se hab\u00edan de portar con aquellos que no les quisieran recibir, por eso nosotros, deseando seguir sus huellas seg\u00fan nuestra peque\u00f1ez, observaremos con toda exactitud las reglas siguientes, as\u00ed como tambi\u00e9n las instrucciones que suelen darse en la Congregaci\u00f3n para el buen orden en las Misiones y dem\u00e1s ministerios de nuestro Instituto.<\/li>\n<li>Todos procurar\u00e1n, cuando se les presente la ocasi\u00f3n, ayudar al pr\u00f3jimo con instrucciones y consejos e incitarle a hacer buenas obras, sin embargo, nadie se encargar\u00e1 de la direcci\u00f3n de persona alguna si no es en los ejercicios espirituales, en las Misiones y en aquellas casas de la Congregaci\u00f3n en que los Nuestros tienen cura de almas; como tambi\u00e9n en otras ocasiones, cuando fueren aplicados por el Superior a este ministerio, pero en todos estos casos se abstendr\u00e1n de dar ninguna instrucci\u00f3n o regla de vida por escrito, sin permiso del Superior.<\/li>\n<li>Para que ninguno pueda decir con raz\u00f3n a nuestros Misioneros aquello del Ap\u00f3stol: \u00bfC\u00f3mo predicar\u00e1n si no son enviados?, nadie predicar\u00e1 en p\u00fablico ni har\u00e1 la catequesis desde el p\u00falpito sin haber sido aprobado para ello por el Visitador, y aplicado a ello por el mismo Visitador o por el Superior inmediato. Sin embargo, en las Misiones podr\u00e1 el Director mudar por alg\u00fan tiempo los predicadores y los catequistas, sustituy\u00e9ndolos por otros, siempre que para ello tenga motivos suficientes y haya peligro de que no llegue a tiempo la respuesta del Superior; sin embargo dar\u00e1 cuenta a \u00e9ste, cuanto antes pueda, de los motivos que ha tenido para hacer dichas mudanzas.<\/li>\n<li>As\u00ed como no est\u00e1 permitido a ninguno de los nuestros o\u00edr las confesiones de los de casa o de los externos sin estar antes aprobados por el Ordinario, de la misma manera, los que tengan dicha aprobaci\u00f3n, para que no abusen de ella, no deben ejercerla sino cuando sean designados por el Visitador para este ministerio, y aplicados a \u00e9l por el mismo Visitador o por el superior inmediato.<\/li>\n<li>Los que vayan a dar Misiones llevar\u00e1n siempre consigo la patente de los se\u00f1ores Obispos en cuyas di\u00f3cesis se van a dar las Misiones, y se la ense\u00f1ar\u00e1n a los p\u00e1rrocos o vicarios de las iglesias a donde fueren. Terminadas las Misiones, antes de volver a casa, dar\u00e1n cuenta a los se\u00f1ores Obispos, si as\u00ed lo desean, de lo que han hecho en ellas, pero primero se ha de consultar al Superior, a fin de que se\u00f1ale la persona y el modo de hacerlo.<\/li>\n<li>Al principio y al fin de la Misi\u00f3n pedir\u00e1n todos la bendici\u00f3n al p\u00e1rroco, y en ausencia de \u00e9ste, a su vicario, y no har\u00e1n cosa alguna de importancia en la parroquia sin comunic\u00e1rselo antes, y se abstendr\u00e1n de emprender cosa alguna contra su voluntad.<\/li>\n<li>A ejemplo del ap\u00f3stol San Pablo, el cual, con el fin de no ser gravoso a nadie, trabajaba de d\u00eda y de noche con sus propias manos, para ganar su sustento y el de sus compa\u00f1eros, en las Misiones a nadie serviremos de carga, antes bien haremos completamente gratis todos los ejercicios de ellas, sin recibir retribuci\u00f3n alguna, ni siquiera el sustento del cuerpo. Sin embargo podremos aceptar la habitaci\u00f3n que se nos ofrezca y los muebles m\u00e1s precisos.<\/li>\n<li>Aunque cada uno debe desear ardientemente, y aun, cuando las circunstancias lo exijan, pedir humildemente que se le dedique a visitar a los enfermos, o a arreglar los pleitos y disensiones, especialmente en las Misiones; con todo, para que la caridad vaya bien ordenada por la obediencia, nadie emprender\u00e1 tales obras de misericordia sin permiso del Superior.<\/li>\n<li>En proponer las dudas acerca de los casos de conciencia que ocurren en la confesi\u00f3n, hay que proceder con mucha prudencia y cautela, de tal manera que jam\u00e1s se pueda conocer la persona de quien se trata. Y a fin de prevenir los males que de aqu\u00ed podr\u00edan originarse, nadie propondr\u00e1 las dudas que tuviere acerca de alg\u00fan caso de conciencia de alguna importancia o\u00eddo en la confesi\u00f3n, sin consultar antes al director de la Misi\u00f3n.<\/li>\n<li>El nombre de Misioneros, o de Sacerdotes de la Misi\u00f3n que nosotros no nos hemos impuesto, sino que orden\u00e1ndolo as\u00ed la divina Providencia, nos ha sido dado por la voz com\u00fan de los pueblos, muestra a las claras que el ministerio de las Misiones debe ser para nosotros el primero y principal de todos nuestros ministerios para con el pr\u00f3jimo; por eso la Congregaci\u00f3n no debe omitirlas jam\u00e1s so pretexto de cualquiera otra obra de piedad, aunque m\u00e1s \u00fatil por otro lado; sino que todos se inclinar\u00e1n a ellas con el mayor afecto de su coraz\u00f3n, de tal manera que est\u00e9n siempre preparados para salir a Misiones en cualquier momento que se lo mande la obediencia.<\/li>\n<li>Y como la direcci\u00f3n de las religiosas seria no peque\u00f1o estorbo para el ejercicio de las Misiones y dem\u00e1s fundaciones de nuestro Instituto, todos y cada uno se abstendr\u00e1 en absoluto de dirigirlas, y nadie ir\u00e1 a visitarlas ni a predicarles, aun durante las Misiones, sin haber obtenido antes licencia expresa, por lo menos del Superior particular; y si bien nuestra Congregaci\u00f3n est\u00e1 destinada a dirigir a las Hijas de la Caridad, por raz\u00f3n de su misma instituci\u00f3n, con todo nadie se ocupar\u00e1 en su direcci\u00f3n, ni ir\u00e1 a visitarlas, ni hablar\u00e1 con ellas sin permiso del mismo Superior.<\/li>\n<li>Adem\u00e1s todos tendr\u00e1n entendido que los ministerios que debemos desempe\u00f1ar en nuestras casas en favor de los eclesi\u00e1sticos externos, especialmente en favor de los ordenandos y seminaristas, como tambi\u00e9n en provecho de los que practican los ejercicios espirituales, no debemos abandonarlos con pretexto de las Misiones; es preciso cumplir los unos sin descuidar los otros, puesto que a todos ellos estamos obligados casi de la misma manera por nuestro instituto, siempre que a ellos nos llamen nuestros prelados o nuestros superiores, aunque siempre hemos de dar la preferencia a las Misiones. Por otra parte, ense\u00f1a una larga experiencia que por muy abundantes que sean los frutos recogidos en las Misiones, es casi imposible conservarlos por mucho tiempo sin la cooperaci\u00f3n de los p\u00e1rrocos, a cuya perfecci\u00f3n contribuyen no poco los ministerios susodichos. Por tanto todos se ofrecer\u00e1n de coraz\u00f3n a Dios para desempe\u00f1arlos bien y con toda devoci\u00f3n. Y a fin de conseguirlo con m\u00e1s facilidad, todos procurar\u00e1n observar con la mayor exactitud las instrucciones que a este fin suelen dar nuestros Superiores.<\/li>\n<\/ol>\n<p>CAP\u00cdTULO XII<br \/>\n<strong>De algunos medios que nos ayudar\u00e1n a cumplir bien y con fruto nuestros ministerios. <\/strong><\/p>\n<ol>\n<li>As\u00ed como al principio de estas Reglas o Constituciones se propuso la congregaci\u00f3n imitar a Jesucristo, el cual practic\u00f3 primero lo que despu\u00e9s ense\u00f1\u00f3; de la misma manera, en este \u00faltimo cap\u00edtulo debe proponerse imitarle en hacer bien todas las cosas; porque todo el bien que hici\u00e9remos merecer\u00e1 m\u00e1s bien castigo que premio, ni no se hace bien. Por eso nos ha parecido conveniente a\u00f1adir aqu\u00ed estos documentos y medios para desempe\u00f1ar con fruto nuestros ministerios, encargando a todos los Misioneros que los practiquen con diligencia.<\/li>\n<li>Todos los Misioneros, en cada una de sus obras y especialmente en los sermones y dem\u00e1s ministerios de la Congregaci\u00f3n, procurar\u00e1n estar animados, en cuanto est\u00e9 en su mano, de la m\u00e1s pura intenci\u00f3n de agradar a solo Dios y renovarla igualmente en especial al principio de sus acciones principales; pero sobre todo se guardar\u00e1n bien de admitir en ellas el menor deseo de agradar a los hombres o de buscar la propia satisfacci\u00f3n, lo cual podr\u00eda inficionar y depravar las acciones m\u00e1s santas, seg\u00fan la sentencia de Jesucristo: Si tu ojo fuere malo, todo tu cuerpo ser\u00e1 tenebroso.<\/li>\n<li>Y porque, como dice el Ap\u00f3stol, muchas veces sucede que, habiendo comenzado en esp\u00edritu, terminamos en carne; lo cual suele acontecer, o cuando nuestras acciones van seguidas de cierta vana complacencia, en la que tontamente nos complacemos, por haber conseguido el aplauso de los hombres, o cuando, por haber tenido nuestras acciones un \u00e9xito desgraciado, nos hallamos tan descontentos y humillados, que de ning\u00fan modo podemos gozar de paz. Por eso todos procuraremos con toda diligencia no caer en ninguno de estos dos defectos. Para evitar el primero tendremos presente que toda la gloria se debe a Dios, y a nosotros solamente la confusi\u00f3n, y que si nos deleitamos en los aplausos de los hombres, debemos temer el o\u00edr estas palabras de Jesucristo. En verdad os lo digo: ya hab\u00e9is recibido vuestra recompensa. El remedio para evitar el segundo defecto consiste en acogernos cuanto antes a la verdadera humildad y al amor del propio abatimiento, que entonces precisamente exige Dios de nosotros, y luego considerar atentamente que much\u00edsimas veces, de sufrir con paciencia esas adversidades, resulta m\u00e1s gloria a Dios y m\u00e1s utilidad al pr\u00f3jimo que todo el bien que pudi\u00e9ramos haber conseguido con nuestros sermones predicados con aplauso de los hombres y fructuosos en apariencia.<\/li>\n<li>Y porque estos dos defectos tan perjudiciales para los predicadores, a saber: la vana complacencia y la demasiada inquietud, suelen provenir a veces de o\u00edr las propias alabanzas o de escuchar las ajenas censuras acerca de los ministerios que en p\u00fablico hemos desempe\u00f1ado; nadie alabar\u00e1 a los nuestros, sobre todo estando ellos presentes, por los raros talentos, naturales o adquiridos, que posean, especialmente por haber predicado con elocuencia y con aplauso de los hombres; como tambi\u00e9n todos se guardar\u00e1n de reprender a los otros por la falta de ciencia o de elocuencia, o por-otros defectos que en sus sermones hubieren notado. Y si alguno tuviere necesidad de alguna congratulaci\u00f3n para animarle, o de alg\u00fan aviso para corregir su vanidad, al Superior toca el hacerlo, o encargar a otro que lo haga en particular y con discreci\u00f3n. Sin embargo no ser\u00e1 malo alabar alguna vez a los nuestros por los actos de humildad mortificaci\u00f3n, sencillez y de otras virtudes semejantes, practicados en la misma predicaci\u00f3n, con tal que se haga con sobriedad y prudencia, en la presencia de Dios y en ausencia de los interesados.<\/li>\n<li>Aunque los Misioneros deben practicar la sencillez siempre y en todo lugar, como la primera virtud y la m\u00e1s propia de su Instituto, con todo procurar\u00e1n practicarla de un modo particular en las Misiones, sobre todo al anunciar la palabra de Dios a los pobres aldeanos, con los cuales, como sencillos, ha de hablar El por nuestra boca. Por eso el estilo de nuestros sermones y de nuestras catequesis ha de ser sencillo y acomodado a la capacidad del pueblo y adem\u00e1s seg\u00fan el m\u00e9todo de que hasta ahora se ha servido la Congregaci\u00f3n. A este fin, todos tendr\u00e1n suma aversi\u00f3n al modo de hablar muelle y afectado, absteni\u00e9ndose de exponer en la c\u00e1tedra de la verdad pensamientos curiosos o demasiado rebuscados, y de emplear sutilezas in\u00fatiles, teniendo en cuenta que Jesucristo y sus disc\u00edpulos hablaron con sencillez, y de esta manera recogieron abundant\u00edsima mies y copios\u00edsimos frutos.<\/li>\n<li>Los que est\u00e9n destinados a los seminarios externos, a la direcci\u00f3n de los Ordenandos, a presidir las conferencias con los P\u00e1rrocos o a otros ministerios parecidos, usar\u00e1n tambi\u00e9n este mismo modo de hablar sencillo y popular, y har\u00e1n todo lo posible por inducir a todos a conseguir la virtud y la ciencia, as\u00ed con sus palabras como con sus ejemplos, y se esforzar\u00e1n de modo especial en tratarles con humildad, mansedumbre, reverencia y afabilidad. Lo mismo observar\u00e1n los que sean destinados a dar los ejercicios espirituales.<\/li>\n<li>Puesto que las opiniones nuevas o particulares, por regla general, da\u00f1an no s\u00f3lo a sus autores, sino tambi\u00e9n a los que las siguen, todos se guardar\u00e1n muy bien de semejantes novedades y particularidades; antes bien procuraran, en cuanto se pueda, ser uniformes en la doctrina, lo mismo de palabra que por escrito, de tal modo que, seg\u00fan la doctrina del Ap\u00f3stol, podamos todos saber y sentir lo mismo, y tambi\u00e9n decirlo.<\/li>\n<li>Y como, seg\u00fan la sentencia de San Zen\u00f3n, la curiosidad hace reos, pero no doctos, y seg\u00fan el Ap\u00f3stol la ciencia hincha, especialmente cuando no se hace caso de su consejo de que es preciso saber con sobriedad, y no desear saber m\u00e1s de lo necesario; todos, y de un modo especial los estudiantes, velar\u00e1n continuamente para impedir que se apodere de sus corazones el deseo desordenado de saber, sin embargo, no por eso dejar\u00e1n de dedicarse con todo cuidado al estudio de las cosas necesarias para desempe\u00f1ar bien las funciones del Misionero, con tal que cuiden de aprender principalmente la ciencia de los Santos, que se ense\u00f1a en la escuela de la Cruz, de tal manera que no acierten a predicar sino a Jesucristo, a imitaci\u00f3n del mismo San Pablo, el cual, escribiendo a los Corintios, confiesa ingenuamente que jam\u00e1s pens\u00f3 saber -otra cosa entre ellos, sino a Jesucristo crucificado.<\/li>\n<li>Entre todos los documentos evang\u00e9licos, necesarios a los que trabajan en la vi\u00f1a del Se\u00f1or, debe sernos de especial consideraci\u00f3n \u00e9ste: El que entre vosotros quiera ser el mayor, h\u00e1gase como el menor y como siervo de los dem\u00e1s; porque si la Congregaci\u00f3n se cansara alguna vez de observar este documento, al punto quedar\u00eda completamente destruida por el estrago que causar\u00eda en ella el apetito desordenado de gloria mundana, el cual, introduci\u00e9ndose facil\u00edsimamente en los corazones, de suyo inclinados a la soberbia, les incitar\u00eda a much\u00edsimos males, sobre todo a desear oficios honrosos y a tener envidia de los que en ellos se encuentran, como tambi\u00e9n a buscar su propia satisfacci\u00f3n en dichos oficios, al ser promovidos a ellos; de tal modo que, atra\u00eddos y enga\u00f1ados por el brillo aparente de la honra, al cual \u00fanicamente dirigen sus miradas, no ven el peligro que les rodea y finalmente caen en \u00e9l. Por eso en ninguna cosa pondremos tanto cuidado como en huir de este horrible monstruo de la soberbia. Y si se hubiese apoderado ya de nuestros corazones la ambici\u00f3n, es preciso arrojarla de ellos seg\u00fan el consejo de Nuestro Se\u00f1or, por medio de un acto de profunda humildad, con el cual procuremos envilecernos a nuestros propios ojos y deseemos ardientemente ocupar siempre el \u00faltimo lugar. Y si, por raz\u00f3n de los cargos honrosos que desempe\u00f1amos, nos vi\u00e9semos ya inficionados de la vanagloria, procuraremos poner cuanto antes el remedio, que consiste en pedir en seguida al Superior, aunque con la sumisi\u00f3n debida, que nos quite semejantes cargos y nos aplique, seg\u00fan a \u00e9l le parezca, a otros ministerios m\u00e1s humildes.<\/li>\n<li>Tambi\u00e9n tendr\u00e1n todos sumo cuidado en reprimir los primeros movimientos de la envidia, que podr\u00edan provenir de que otras Congregaciones aventajan a la nuestra en la fama, en la protecci\u00f3n de los hombres y en lo oficios honor\u00edficos, persuadi\u00e9ndonos \u00edntimamente de que, con tal que Jesucristo sea anunciado, poco importa qui\u00e9nes sean lo que le anuncien, adem\u00e1s de que, alegr\u00e1ndonos de las buenas obras realizadas por los otros, alcanzamos iguales gracias y m\u00e9ritos que ellos, y a veces aun mayores que si las realiz\u00e1semos nosotros mismos, pero con menos pureza de intenci\u00f3n o buscando la satisfacci\u00f3n propia. Por eso, todos har\u00e1n cuanto puedan por revestirse del esp\u00edritu de Mois\u00e9s, el cual, como se le rogase que prohibiera profetizar a algunos que hab\u00edan recibido este don, exclam\u00f3. Ojal\u00e1 profetizase todo el pueblo, y diese el Se\u00f1or su esp\u00edritu a todos. Adem\u00e1s consideraremos a todas las dem\u00e1s Congregaciones como m\u00e1s dignas que la nuestra, aunque debamos amar a \u00e9sta con mayor afecto de nuestro coraz\u00f3n, a la manera que un hijo bien nacido ama much\u00edsimo m\u00e1s a su madre, por muy fea y pobre que sea, que a todas las dem\u00e1s, aunque brillen por sus riquezas y hermosura. Pero hay que tener en cuenta que este amor tierno, que debemos profesar a nuestra Congregaci\u00f3n debe referirse solamente a las personas, a las virtudes y a las gracias de nuestra amada Compa\u00f1\u00eda, no a lo que en ella hubiere de agradable o de plausible a los ojos de los hombres, porque esto lo aborreceremos con toda el alma y huiremos de ello, no s\u00f3lo en lo que ata\u00f1e a cada individuo en particular, sino tambi\u00e9n en lo que mira a toda la Congregaci\u00f3n, de tal modo que ni siquiera deseemos que sea aplaudida y celebrada por los hombres, sino m\u00e1s bien humillada y escondida en el Se\u00f1or, acord\u00e1ndonos de que ella es aquel granito de mostaza que, si no se siembra y esconde en la tierra, no puede crecer ni fructificar.<\/li>\n<li>Todos, asimismo, se guardar\u00e1n de otros dos vicios, no menos contrarios al Instituto de la Misi\u00f3n, que opuestos entre si, y tanto m\u00e1s perniciosos, cuanto menos lo parecen, llegando a transfigurarse de tal modo que muchas veces se los toma por verdaderas virtudes; estos dos vicios son: la pereza y el celo indiscreto. La pereza se introduce poco a poco en nuestro coraz\u00f3n bajo el pretexto de la discreci\u00f3n necesaria para conservar el cuerpo, a fin de que estemos mejor preparados para practicar las cosas que pertenecen al servicio de Dios y a la salvaci\u00f3n del pr\u00f3jimo, y a este fin nos introduce a buscar las comodidades corporales y a huir del trabajo que acompa\u00f1a a la virtud, represent\u00e1ndonoslo mucho mayor de lo que es en realidad, hasta tal punto, que pretende hacernos odiosa la misma virtud, tan digna de ser amada de todos, y nos expone a incurrir en aquella maldici\u00f3n pronunciada por el Esp\u00edritu Santo contra aquellos operarios que hacen las obras de Dios con enga\u00f1o y negligencia. El celo indiscreto, por el contrario ocultando el amor propio o nuestra indignaci\u00f3n, nos impele a un rigor exagerado contra los pecados y contra nosotros mismos, o a emprender trabajos superiores a nuestras fuerzas o no aprobados por la obediencia, aunque en ellos perdamos la salud del cuerpo y la del alma, a fin de que despu\u00e9s no pensemos m\u00e1s que en buscar los remedios del cuerpo y nos hagamos negligentes y carnales. Todos, pues, procuraremos con todas nuestras fuerzas huir de estos dos extremos y guardar el justo medio; y encontraremos este medio en la exacta observancia de nuestras Reglas o Constituciones, bien entendidas, y en los labios de los que guardan la sabidur\u00eda, en cuyas manos, por especial providencia de Dios, est\u00e1n nuestras almas, con tal que acudamos a ellos con humildad y confianza siempre que sea preciso, y nos sujetemos perfectamente y en todo a su direcci\u00f3n<\/li>\n<li>Ante todo tendremos muy presente que, aunque siempre debamos estar adornados de todas las virtudes que componen el esp\u00edritu de la Misi\u00f3n, debemos, sin embargo, armarnos con ellas de una manera especial, cuando nos llegue el tiempo de desempe\u00f1ar nuestros ministerios en los pueblos del campo, considerando entonces las cinco virtudes de nuestro Instituto, cono las cinco piedras limp\u00edsimas de David, con las cuales, hiriendo al primer golpe al infernal Goliat, le venceremos en nombre de Dios de los ej\u00e9rcitos, y someteremos a los Filisteos, es decir, a los pecadores, al servicio de Dios. Para esto es preciso que abandonemos primero las armas de Sa\u00fal y nos sirvamos de la honda de David; o sea, que, a imitaci\u00f3n del Ap\u00f3stol, salgamos a predicar el Evangelio, no con discursos persuasivos, ni con palabras de sabidur\u00eda humana, sino con la doctrina del cielo y con el esp\u00edritu y la virtud de Dios, aunque nuestro estilo y nuestras palabras sean humildes y sencillas. Acord\u00e9monos entonces de que si, seg\u00fan el mismo ap\u00f3stol, Dios escogi\u00f3 a los pobres. a los necios y a los m\u00e1s despreciables de este mundo, para confundir y destruir a los fuertes y a los sabios de la tierra, podemos esperar que Dios, por su infinita bondad, nos conceda a nosotros, aunque indign\u00edsimos operarios, la gracia de cooperar, seg\u00fan nuestra peque\u00f1ez, a la salvaci\u00f3n de las almas, especialmente de los pobres aldeanos.<\/li>\n<li> Todos profesar\u00e1n una singular veneraci\u00f3n y un amor entra\u00f1ables a nuestras Reglas o Constituciones, aun a las que parezcan de menos importancia, mir\u00e1ndolas como los medios que el mismo Dios nos ha dado para conseguir la perfecci\u00f3n correspondiente a nuestra vocaci\u00f3n, y por lo mismo, para obtener con m\u00e1s facilidad y provecho la salvaci\u00f3n de nuestras almas. Por lo tanto, todos concebir\u00e1n frecuentemente los m\u00e1s generosos y fervientes deseos de observarlas con fidelidad. Y si alguna de ellas repugnare a nuestra raz\u00f3n o a nuestros sentidos, procuraremos hacernos violencia a nosotros mismos y vencer en esto a nuestra naturaleza depravada, considerando que, seg\u00fan las palabras de Jesucristo, el reino de los cielos padece violencia, y solamente lo alcanza los que se vencen a s\u00ed mismos.<\/li>\n<li>Y a fin de que estas Reglas o Constituciones, lo mismo que las reglas de los oficios particulares, est\u00e9n m\u00e1s grabadas en la memoria y en el coraz\u00f3n, y as\u00ed se observen con mayor exactitud, todos las tendr\u00e1n consigo y las leer\u00e1n o las oir\u00e1n leer por lo menos de tres en tres meses, procurando entenderlas bien, y todos pedir\u00e1n al Superior algunas veces al a\u00f1o penitencia de las faltas cometidas contra ellas; para que con esta humillaci\u00f3n consigan m\u00e1s f\u00e1cilmente de la bondad de Dios el perd\u00f3n de tales faltas y nuevas fuerzas para no caer en ellas en adelante; teniendo presente que la fidelidad que en esto observaren ser\u00e1 una prueba de la que han tenido en observar las mismas Reglas o Constituciones, y una prueba manifiesta del deseo que tienen de su propia perfecci\u00f3n. Y si alguno notare haber hecho alg\u00fan progreso en su observancia, dar\u00e1 por ello gracias a Nuestro Se\u00f1or Jesucristo, suplic\u00e1ndole que le conceda a \u00e9l y a toda la Congregaci\u00f3n la gracia de observarlas mejor a\u00fan en lo sucesivo. Por \u00faltimo, todos debemos estar firmemente persuadidos de que, seg\u00fan las palabras de Jesucristo, cuando hubi\u00e9ramos hecho todo lo que se nos ha mandado, debemos decir que somos siervos in\u00fatiles; que no hemos hecho m\u00e1s que lo que deb\u00edamos, y que, sin la gracia de Dios, no habr\u00edamos podido hacer cosa alguna de provecho.<\/li>\n<\/ol>\n<p><strong>INDICE DE LAS REGLAS COMUNES<\/strong><\/p>\n<ul>\n<li>Cap\u00edtulo I Del fin que se propone la Congregaci\u00f3n<\/li>\n<li>Cap\u00edtulo II De las M\u00e1ximas evang\u00e9licas<\/li>\n<li>Cap\u00edtulo III De la pobreza<\/li>\n<li>Cap\u00edtulo IV De la castidad<\/li>\n<li>Cap\u00edtulo V De la obediencia<\/li>\n<li>Cap\u00edtulo VI De lo que ata\u00f1e a los enfermos<\/li>\n<li>Cap\u00edtulo VII De la modestia<\/li>\n<li>Cap\u00edtulo VIII De la conversaci\u00f3n entre nosotros<\/li>\n<li>Cap\u00edtulo IX De la conversaci\u00f3n con los extra\u00f1os<\/li>\n<li>Cap\u00edtulo X De las pr\u00e1cticas espirituales que han de observarse en la Congregaci\u00f3n<\/li>\n<li>Cap\u00edtulo XI De las Misiones y dem\u00e1s ministerios de la Congregaci\u00f3n para con el Pr\u00f3jimo<\/li>\n<li>Cap\u00edtulo XII De algunos medios que nos ayudar\u00e1n a cumplir bien y con fruto nuestros ministerios<\/li>\n<\/ul>\n<p style=\"text-align: right\">(Trad. SVP.ES. X, pp. 460-539)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VICENTE DE PA\u00daL, SUPERIOR GENERAL DE LA CONGREGACI\u00d3N DE LA MISI\u00d3N, A NUESTROS AMADOS HERMANOS EN CRISTO, SACERDOTES, CL\u00c9RIGOS Y COADJUTORES DE LA MISMA CONGREGACI\u00d3N Salud en el Se\u00f1or Ved, por fin, car\u00edsimos hermanos, las &#8230; <a href=\"http:\/\/vincentians.com\/es\/reglas-comunes-de-la-congregacion-de-la-mision\/\" class=\"more-link\">Read More<\/a><\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":37362,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[16,170,214],"tags":[172],"class_list":["post-4980","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-congregacion-de-la-mision","category-documentos-de-la-congregacion-de-la-mision","category-historia-de-la-congregacion-de-la-mision","tag-pobreza"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v26.3 - https:\/\/yoast.com\/wordpress\/plugins\/seo\/ -->\n<title>Reglas Comunes De La Congregaci\u00f3n De La Misi\u00f3n - Somos Vicencianos<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"http:\/\/vincentians.com\/es\/reglas-comunes-de-la-congregacion-de-la-mision\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"Reglas Comunes De La Congregaci\u00f3n De La Misi\u00f3n - Somos Vicencianos\" \/>\n<meta property=\"og:description\" content=\"VICENTE DE PA\u00daL, SUPERIOR GENERAL DE LA CONGREGACI\u00d3N DE LA MISI\u00d3N, A NUESTROS AMADOS HERMANOS EN CRISTO, SACERDOTES, CL\u00c9RIGOS Y COADJUTORES DE LA MISMA CONGREGACI\u00d3N Salud en el Se\u00f1or Ved, por fin, car\u00edsimos hermanos, las ... 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