{"id":42818,"date":"2014-12-22T02:40:07","date_gmt":"2014-12-22T01:40:07","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2011\/06\/espiritualidad-vicenciana-paz\/"},"modified":"2014-12-22T02:40:07","modified_gmt":"2014-12-22T01:40:07","slug":"espiritualidad-vicenciana-paz","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/espiritualidad-vicenciana-paz\/","title":{"rendered":"Espiritualidad vicenciana: Paz"},"content":{"rendered":"<h2>1. Algunas ideas en torno al concepto de paz.<\/h2>\n<p><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/06\/paz.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-medium wp-image-42819\" title=\"paz\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/06\/paz-203x300.jpg?resize=203%2C300\" alt=\"\" width=\"203\" height=\"300\" \/><\/a>La paz es uno de los dones que nos trajo la llegada de Jes\u00fas a la tierra, ligado al benepl\u00e1\u00adcito divino (cf Lc 2, 14), lo que implica buenas re\u00adlaciones con el Creador. \u00c9stas se interrumpen con la irrupci\u00f3n del pecado que, como consecuen\u00adcia, destruye la paz. Inversamente, cuando Jes\u00fas perdona los pecados, tambi\u00e9n devuelve la paz (cf Lc 7, 50). Si el cristiano se deja conducir por el Esp\u00edritu que ha recibido, en \u00e9l, reposar\u00e1 la paz, que es uno de los frutos del Esp\u00edritu (cf Gal 5, 22).<\/p>\n<p>Durante muchos siglos fue aceptada sin repa\u00adros la definici\u00f3n dada por S. Agust\u00edn: \u00abLa tranqui\u00adlidad del orden\u00bb. El mismo Sto. Tom\u00e1s la adopta en la Suma (cf II-IIae q. 29 a. 2). Es preciso reco\u00adnocer que muchas veces el orden fue impuesto, a nivel individual y colectivo, por la violencia o con evidente violaci\u00f3n de la justicia. Por eso, el Vati\u00adcano II precisa el concepto de orden: la paz \u00abes el fruto del orden plantado por Dios en la sociedad humana por su divino Fundador\u00bb (GS 78).<\/p>\n<p>Es claro que no puede haber paz mientras se den guerras, divisiones, hegemon\u00edas desp\u00f3ticas, pero la sola ausencia de esos males no significa que exista la paz, la cual tampoco se funda en el equilibrio de fuerzas, que implica rec\u00edproco temor y desconfianza, incompatibles con la tranquilidad interior. En cambio, la justicia es requisito indis\u00adpensable para que se d\u00e9 la paz. Ya en el AT, se ligaba \u00e9sta estrechamente a la justicia: \u00abla justi\u00adcia y la paz se abrazan\u00bb (S 85, 11). Sin embargo, la justicia por s\u00ed sola no basta para engendrar la paz. \u00c9sta, en efecto, \u00abes tambi\u00e9n fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede re\u00adalizar\u00bb. Ese amor es \u00abel Esp\u00edritu de caridad in\u00adfundido en el coraz\u00f3n de los hombres\u00bb (GS 78). Varios siglos antes, hab\u00eda se\u00f1alado Sto. Tom\u00e1s que la paz es un efecto de la caridad (cf II-IIae q.29 a. 3 ). \u00c9sta, en efecto, une los corazones de los hombres, sin lo cual no puede existir paz ver\u00addadera, De hecho, el mundo actual, como lo re\u00adconoce el Concilio, es cada vez m\u00e1s consciente de su unidad, la cual no aleja necesariamente los elementos que atentan contra la paz, si dicha uni\u00addad no se funda en el amor. Por ese motivo Je\u00ads\u00fas, al despedirse de sus disc\u00edpulos, les deja su paz, distinta de la ofrecida por el mundo, dado que ahuyenta la turbaci\u00f3n y el miedo (cf Jn 14, 27). Juan XXIII armoniza todos estos elementos: la paz es \u00abun orden basado en la verdad, estable\u00adcido de acuerdo con las normas de la justicia, sustentado y henchido por la caridad y, finalmente, realizado bajo los auspicios de la libertad\u00bb (Pa\u00adcem in terris, 167).<\/p>\n<p>Gaudium et Spes se dirige, con cierto opti\u00admismo, a un mundo pluralista. No elude, sin em\u00adbargo, el concepto cristiano de paz, a la que pre\u00adsenta casi como si fuera un sacramento: \u00abLa paz terrena, nacida del amor al pr\u00f3jimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede del Pa\u00addre\u00bb (GS 78). En realidad, el mismo Cristo \u00abes nuestra paz\u00bb, en cuanto que derriba el muro de separaci\u00f3n y da muerte a la enemistad (cf Ef 2, 14-16).<\/p>\n<p>El disc\u00edpulo de Cristo tiene misi\u00f3n de comu\u00adnicar la paz, que \u00e9l mismo debe poseer (cf Lc 10, 6). A nivel individual, exige equilibrio interior y relaciones armoniosas con Dios, que se reflejan en la mansedumbre exterior, practicada por Je\u00ads\u00fas y por \u00c9l definida como una de las bienaven\u00adturanzas (cf Mt II, 29; 5, 4).<\/p>\n<p>Mientras exista el pecado, la visi\u00f3n escatol\u00f3\u00adgica de Isa\u00edas (cf Is 2, 4; II, 6-9 ) ser\u00e1 tan s\u00f3lo un ideal, que debe impulsar al cristiano para que al menos se d\u00e9 una paz limitada. Los operadores de paz ser\u00e1n llamados bienaventurados (cf Mt 5, 9).<\/p>\n<h2>2. Principales pecados contra la paz.<\/h2>\n<p>Hay pecados que atentan de manera es\u00adpecial contra la paz. El Concilio enumera algunos de ellos: los diversos tipos de guerras, la tradi\u00adcional, la guerrilla, la psicol\u00f3gica o fr\u00eda, la econ\u00f3\u00admica, la ideol\u00f3gica; la carrera armamentista que engendra miedo \u00aby perjudica a los pobres de ma\u00adnera intolerable\u00bb (GS 81); las clamorosas desi\u00adgualdades econ\u00f3micas entre pa\u00edses y personas; los odios raciales y el desprecio por la dignidad de las personas. Estos males suelen tener como causa el af\u00e1n de dominio pol\u00edtico, el ego\u00edsmo, la soberbia, la desconfianza, la insaciable avaricia (cf GS 79-85).<\/p>\n<p>GS asegura que, actualmente, el uso de las armas cient\u00edficas \u00abamenaza llevar a los que lu\u00adchan a tal barbarie, que supere enormemente la de los tiempos pasados\u00bb (GS 79). Si la crueldad y la barbarie se miden por el n\u00famero de v\u00edctimas, puede admitirse la afirmaci\u00f3n.<\/p>\n<h2>3. La situaci\u00f3n en la \u00e9poca de S. Vicente.<\/h2>\n<p>En cambio, no aparece tan evidente si se examina el comportamiento de los ej\u00e9rcitos del pasado. Concretamente, en el s. XVII, se dieron casos de crueldad y de barbarie dif\u00edcilmente ima\u00adginables. En tiempos de S. Vicente, el territorio franc\u00e9s se vio recorrido por soldados croatas, es\u00adpa\u00f1oles, franceses, loreneses, suecos, suizos, etc. A los territorios por donde pasaban no inte\u00adresaba la nacionalidad de las tropas, porque todas ten\u00edan un comportamiento similar: se llevaban el ganado, arrancaban las cosechas, destru\u00edan lo que no pod\u00edan llevarse, cortaban los \u00e1rboles, pro\u00adfanaban las iglesias, saqueaban las casas, abu\u00adsaban de las mujeres, maltrataban a las personas, someti\u00e9ndolas a tormentos inauditos para ha\u00adcerles confesar d\u00f3nde hab\u00edan escondido sus bie\u00adnes. Los campesinos se ocultaban en los bos\u00adques y se ve\u00edan obligados a alimentarse con lo que pod\u00edan encontrar; se dieron casos de antropofa\u00adgia. S. Vicente se hace eco de esas miserias en una repetici\u00f3n de oraci\u00f3n (cf XI, 120), que s\u00f3lo es un p\u00e1lido reflejo de una realidad escalofriante (cf Coste, El gran Santo\u2026 II 349ss).<\/p>\n<p>En tiempos de S. Vicente, las guerras fueron casi continuas. Hubo dos muy prolongadas, la de 30 a\u00f1os, contra el imperio, a partir de 1618, y la segunda, contra Espa\u00f1a, comenzada en 1635 y concluida en 1659. La de 30 a\u00f1os no afect\u00f3 ma\u00adyormente al territorio franc\u00e9s durante los prime\u00adros a\u00f1os. Igualmente, estas guerras resultaron sumamente onerosas. Tanto Richelieu como Mazarino recurrieron a la multiplicaci\u00f3n de los im\u00adpuestos que oprim\u00edan al pobre de manera parti\u00adcular. La situaci\u00f3n de estos \u00faltimos se volv\u00eda intolerable y origin\u00f3, a partir de 1623 hasta 1647, m\u00e1s de un centenar de levantamientos y distur\u00adbios urbanos y campesinos. En cambio, la Fron\u00adda parlamentaria y la de los pr\u00edncipes (1648-1653) fue m\u00e1s bien una lucha de poderes, igualmente desastrosa a nivel humano y econ\u00f3mico. A\u00f1os an\u00adtes, hab\u00eda tenido lugar la guerra de religi\u00f3n con\u00adtra los calvinistas (1621-1622) y, poco despu\u00e9s, el asedio y toma de La Rochela (1627-1628), ro\u00adca-fuerte de los hugonotes, cuyo sitio signific\u00f3 ho\u00adrribles padecimientos: los pocos sobrevivientes se rindieron porque ya hab\u00edan devorado todo el cue\u00adro de las botas y cinturones.<\/p>\n<h2>4. Iniciativas de S. Vicente<\/h2>\n<p>S. Vicente trabaj\u00f3 en favor de la paz de di\u00adversas maneras.<\/p>\n<p>1) Teniendo en cuenta que \u00abel reino de Dios es la paz en el Esp\u00edritu Santo\u00bb (1, 175) y que Je\u00adsucristo <em>\u00abes un Dios de paz, que ha bajado del cielo a la tierra para traer la paz\u00bb <\/em>(IX, 769), es ne\u00adcesario <em>pedir <\/em>al Se\u00f1or el don de la paz, <em>\u00abpara que Dios quiera reunir los corazones de los principes cristianos\u00bb <\/em>(XI, 120). Un a\u00f1o m\u00e1s tarde, recorda\u00adba a las Hermanas que el Jubileo ten\u00eda asimismo la finalidad de pedir por la paz, <em>\u00abpara que Dios nos la quiera dar, haciendo cesar la guerra que aflije al pobre pueblo desde hace tanto tiempo\u00bb <\/em>(IX, 837). En S. L\u00e1zaro, se recitaban todas las ma\u00ad\u00f1anas las letan\u00edas del santo Nombre de Jes\u00fas; cuando llegaba a \u00ablas palabras, lesu Deus pacis, las pronunciaba con un tono m\u00e1s grave y m\u00e1s devoto, y siempre las repet\u00eda dos veces\u00bb (Abelly, 1, 201). Las guerras, seg\u00fan la concepci\u00f3n de la \u00e9poca, eran un castigo de Dios; por eso, reco\u00admendaba \u00aba las personas virtuosas\u2026 que, por me\u00addio de oraciones, limosnas, ayunos y otras obras de penitencia, aplacaran la justicia divina\u00bb y, por lo que se refer\u00eda a la casa de S. L\u00e1zaro, cada d\u00eda y por turno, ayunaran \u00abun sacerdote, un cl\u00e9rigo y un hermano; el sacerdote celebraba la misa y los otros dos comulgaban\u00bb para pedir por la paz (Abelly, 1, 199). Esa pr\u00e1ctica se llev\u00f3 a cabo durante 9 a\u00f1os, hasta que se firm\u00f3 la paz (cf X1, 847). Juan XXIII recuerda, en forma concisa, la obligaci\u00f3n de pedir, \u00abcon instantes s\u00faplicas al divino Redentor esta paz que \u00c9l mismo trajo\u00bb (Pacem in terris, 171).<\/p>\n<p>2) S. Vicente no se limit\u00f3 a la oraci\u00f3n y al ayu\u00adno. Despu\u00e9s de recibir los alarmantes informes que le enviaban los misioneros destacados en<\/p>\n<p>Lorena, decidi\u00f3 entrevistar a Richelieu, para abo\u00adgar en favor de la paz, con humildad y energ\u00eda: <em>\u00abMonse\u00f1or, \u00a1d\u00e9nos la paz; tenga piedad de no\u00adsotros; d\u00e9 la paz a Francia!\u00bb <\/em>El cardenal, que se guiaba por otros criterios, atenu\u00f3 la negativa con una salida pol\u00edtica (Abelly, 1, 169-170).<\/p>\n<p>Durante la guerra de la Fronda, acometi\u00f3 una empresa m\u00e1s peligrosa: pedir a Mazarino que se retirara del gobierno, a fin de devolver la paz al pa\u00eds. Sus gestiones fracasaron (III, 368; cf Abelly, 1, 180-181). El fracaso no lo desalent\u00f3. Tres a\u00f1os m\u00e1s tarde, se lo ve como intermediario entre la corte y los pr\u00edncipes, e incluso escribe al Santo Padre solicit\u00e1ndole su intervenci\u00f3n. A pesar de que sus servicios no tuvieron \u00e9xito completo, los acontecimientos se desarrollaron de acuerdo a los consejos y previsiones expresados en su car\u00adta a Mazarino, de setiembre de 1652 (cf IV, 397; 403-405; 425-429; 440-444). Igualmente, S. Vi\u00adcente expresa su gozo por el regreso de los re\u00adyes a Par\u00eds y, sobre todo, por la perspectiva de un pronto cese de las hostilidades (cf IV, 474).<\/p>\n<p>Estas gestiones en favor de la paz no dejan suponer que S. Vicente pudiera manifestarse en favor de alguna guerra. Sin embargo, en 1641, pro\u00adpuso a Richelieu que interviniera militarmente pa\u00adra ayudar a Irlanda, oprimida por los ingleses (XI, 49; cf Abelly, 1, 170). Extra\u00f1a m\u00e1s todav\u00eda que, hacia el final de su vida, participara en la organi\u00adzaci\u00f3n de una expedici\u00f3n naval, destinada a libe\u00adrar los esclavos detenidos en Argel. La empresa, encomendada a un aventurero conocido como el \u00abCaballero Paul\u00bb, no tuvo \u00e9xito, pero S. Vicente no se enter\u00f3 de ello, porque ya hab\u00eda fallecido (cf VII, 73-74; 118; 126; 143; 147148; 152-153; 154; 173; 185; 191; 216; VIII, 26; 465-466). Es posible que, en estos dos casos, el santo haya pensado que se trataba de una \u00abguerra justa\u00bb: proteger la fe cat\u00f3lica de los irlandeses, en el primer caso y, en el segundo, liberar a esclavos injustamente capturados y detenidos.<\/p>\n<p>3) Las tres intervenciones de S. Vicente en favor de la paz fueron epis\u00f3dicas y no explican el hecho de que no efectuara una denuncia prof\u00e9\u00adtica contra los verdaderos responsables de los horrores provocados por las guerras. Dicho si\u00adlencio resulta m\u00e1s sugestivo si se piensa que, un siglo antes, Bartolom\u00e9 de las Casas (1474-1564) hab\u00eda fustigado vigorosamente los atropellos co\u00admetidos contra los ind\u00edgenas, que apenas pod\u00edan compararse con las brutalidades conocidas por S. Vicente (cf IV, 453, n. 1; 496, n. 6). En varias opor\u00adtunidades, el santo habla a los misioneros de los males provocados por la guerra, pero no emite jui\u00adcio sobre los \u00faltimos responsables (cf IV, 408; 452-454; X1, 120).<\/p>\n<p>El fracaso de sus gestiones de paz no explica por s\u00ed solo que S. Vicente no denunciara los ho\u00adrrores cometidos por los ej\u00e9rcitos. Se debe recu\u00adrrir m\u00e1s bien a los principios que lo guiaban para dar con una explicaci\u00f3n coherente con los mismos.<\/p>\n<p>En las Reglas Comunes, se establece que el misionero no debe tomar partido \u00aben las discor\u00addias p\u00fablicas y en las guerras que pueden ocurrir entre pr\u00edncipes cristianos\u00bb (RC VIII 15). S. Vicen\u00adte recuerda a los misioneros esta prohibici\u00f3n, que se aplica incluso cuando los asuntos temporales tienen relaci\u00f3n con las cosas espirituales (cf II, 33; 376). Para nuestro caso, interesa una de las ra\u00adzones que aduce para justificar la regla: <em>\u00ablos asun\u00adtos de los principes son misterios que hemos de respetar, sin meternos a escudri\u00f1ados\u00bb <\/em>(II 29, 30).<\/p>\n<p>4) En cambio, la Providencia lo condujo a to\u00admar algunas iniciativas tendentes, al menos en for\u00adma indirecta, a humanizar la guerra. Una de esas iniciativas fue el env\u00edo de las Hermanas para aten\u00adder a los soldados heridos. Era la primera vez que la mujer aparec\u00eda en los campos de batalla con fines caritativos. Esa presencia femenina, de suyo, pod\u00eda humanizar los rudos h\u00e1bitos de los sol\u00addados, pero m\u00e1s todav\u00eda sus funciones: procu\u00adraban <em>\u00abreparar lo que los hombres hab\u00edan des\u00adtruido\u00bb; \u00absalvar la vida de tantos pobres hombres a quienes se la hab\u00edan querido quitar\u00bb <\/em>(cf. IX, 651ss; 808; 911; 1087ss). La acci\u00f3n de los mi\u00adsioneros, como capellanes, deb\u00eda resultar m\u00e1s eficaz, porque realizaban en el ej\u00e9rcito una ver\u00addadera misi\u00f3n, que conclu\u00eda con la reconciliaci\u00f3n, mediante la confesi\u00f3n general de los soldados (cf 1, 368-369). \u00bfTemi\u00f3 S. Vicente que los solda\u00addos se humanizaran demasiado? En ese sentido podr\u00eda interpretarse lo que afirma, despu\u00e9s de haber se\u00f1alado los frutos de la misi\u00f3n: espero que <em>\u00abesto no perjudicar\u00e1 al \u00e9xito de los ej\u00e9rcitos del <\/em>rey\u00bb (1, 371). De todas maneras, los capellanes deb\u00edan tener presente <em>\u00abque Nuestro Se\u00f1or los llam\u00f3 a esa santa ocupaci\u00f3n: lg para ofrecer a Dios sus oraciones y sacrificios por el feliz \u00e9xito de los buenos designios del rey y la conservaci\u00f3n de su ej\u00e9rcito\u00bb <\/em>(X, 335 ). S. Vicente entiende en sentido muy amplio los \u00abbuenos designios del rey\u00bb, que podr\u00edan incluir el dominio universal; al menos, los misioneros le prometen oraciones pa\u00adra que Dios le conceda la gracia <em>\u00abde extender su imperio hasta las extremidades de la tierra\u00bb <\/em>(IV, 42), a pesar de que necesariamente entrar\u00eda en colisi\u00f3n con derechos de terceros. Pero esas consecuencias no parecen entrar dentro de sus perspectivas, al menos en esa oportunidad, co\u00admo tampoco cuando pide a Dios que bendiga <em>\u00absu persona y sus armas\u00bb <\/em>(IV, 500); estas \u00faltimas en\u00adlutar\u00edan a muchas familias. Quiz\u00e1s pens\u00f3 que se trataba de un mal necesario para lograr la paz. Al menos el capell\u00e1n militar deb\u00eda profesar una de\u00advoci\u00f3n especial al <em>\u00abDios de los ej\u00e9rcitos y a los sentimientos que ten\u00eda Nuestro Se\u00f1or cuando dec\u00eda: \u00abNon veni pacem mittere, sed gladium\u00bb; y esto, para darnos la paz, que es la finalidad de la guerra\u00bb <\/em>(X 336).<\/p>\n<p>Hubiera gustado que S. Vicente asumiera una actitud m\u00e1s en\u00e9rgica contra las guerras y, sobre todo, contra las brutalidades que en ellas se co\u00admet\u00edan, pero es preciso reconocer que el mismo Concilio, tres siglos m\u00e1s tarde y a pesar de las pre\u00adsiones externas, afirma que \u00abno se podr\u00e1 negar el derecho de leg\u00edtima defensa a los gobiernos\u00bb, y califica a los soldados como \u00abministros de la se\u00adguridad y libertad de los pueblos\u2026; contribuyen a estabilizar la paz\u00bb (GS 79). Juan XXIII, en cam\u00adbio, hab\u00eda sido m\u00e1s terminante: \u00abresulta absurdo pensar que la guerra sea medio apto para resta\u00adblecer los derechos violados\u00bb (Pacem in terris, 127)<\/p>\n<p>5) Los hijos e hijas de S. Vicente deben lle\u00advar paz a las personas a quienes deben servir. Pa\u00adra ello, es necesario que la posean. Sin el esp\u00edri\u00adtu de uni\u00f3n y de paz, no ser\u00e1 posible atraer las almas a Jesucristo, Dios de la paz (X1, 71; cf Abelly, II, 145-146) . La Hermana, como la vela que co\u00admunica su luz sin dejar de alumbrar, debe procu\u00adrar <em>\u00abponer paz en todas partes y conservarla en su interior\u00bb <\/em>(IX, 769 1. De ocurrir fracturas comu\u00adnitarias, el mejor medio <em>\u00abpara conservar la paz y la caridad\u2026: que se pidan mutuamente perd\u00f3n\u00bb <\/em>(VI1, 213; cf IX, 40. 59. 114. 116. 128). Se conserva una conferencia a las Hermanas, dedicada a la reconciliaci\u00f3n (cf IX, 217-220). S. Vicente se hu\u00admillaba y repetidas veces ped\u00eda perd\u00f3n a la co\u00admunidad; \u00e9l mismo confiesa que esa pr\u00e1ctica le daba buenos resultados para pacificar al tempe\u00adramental Prior Le Bon (cf. X, 770-771).<\/p>\n<p>6) A veces, los intereses materiales pod\u00edan afectar a las relaciones pac\u00edficas de la Compa\u00f1\u00eda con personas extra\u00f1as a la misma. En principio, S. Vicente prefiere que <em>\u00abtodas nuestras desave\u00adnencias acaben con un arreglo, mejor que con un proceso\u00bb <\/em>(VI1, 362). Pod\u00eda llegarse al arreglo pac\u00ed\u00adfico mediante un arbitraje (cf VI1, 408), como \u00e9l mismo lo hab\u00eda intentado, cuando su entredicho con la Madre Bollain (cf. III, 491). La p\u00e9rdida de la finca de Orsigny hab\u00eda dejado, como una de las lecciones, que <em>\u00abno debemos pleitear nunca, por mucho derecho que tengamos\u00bb <\/em>(XI, 367; cf. XI 423).<\/p>\n<p><em>7) <\/em>La falta de armon\u00eda con otras congrega\u00adciones era problema m\u00e1s delicado. En algunas oportunidades, se dio algo as\u00ed como una guerra subterr\u00e1nea. Cuando, en 1628, S. Vicente inten\u00adtaba la aprobaci\u00f3n de la Misi\u00f3n, el card. B\u00e9rulle, por medio de su representante en Roma, se opu\u00adso al proyecto, con manejos no siempre confor\u00admes <em>a \u00abla moderaci\u00f3n y a la sencillez\u00bb <\/em>(cf Coste, <em>El gran Santo\u2026 <\/em>1, 109). No consta la reacci\u00f3n que S. Vicente pudo tener en esos momentos, pero debi\u00f3 estar de acuerdo con el concepto que, 16 a\u00f1os m\u00e1s tarde, segu\u00eda teniendo de B\u00e9rulle: <em>\u00abuno de los hombres m\u00e1s santos que he conocido\u00bb <\/em>(XI, 60). Pocos a\u00f1os m\u00e1s tarde, un grupo de Ora\u00adtorianos combati\u00f3 las gestiones que el P. du Cou\u00addray realizaba en Roma, con miras a lograr la apro\u00adbaci\u00f3n de la Compa\u00f1\u00eda. S. Vicente pide al P. du Coudray que <em>\u00abobre lo m\u00e1s cristianamente que le sea posible con los que nos ponen trabas\u00bb, <\/em>a quienes <em>\u00abno les guardo ninguna aversi\u00f3n, sino que los honro y quiero m\u00e1s todav\u00eda\u00bb <\/em>(I, 219-221).<\/p>\n<p>La decisi\u00f3n de Alejandro VII que impon\u00eda a los ordenandos de Roma practicar los ejercicios en la casa de la Misi\u00f3n, excit\u00f3 los celos de algu\u00adnos religiosos, en especial de los Jesuitas (cf. VIII, 233-234; 288). S. Vicente examina las reac\u00adciones que responden a las m\u00e1ximas del mundo y a las de Jesucristo, tomando decididamente partido por estas \u00faltimas: <em>\u00abhemos de procurar servirlos de verdad y buscar y desear las ocasio\u00adnes para ello\u00bb <\/em>(X, 218-220).<\/p>\n<p>8) El <em>pecado <\/em>priva de la paz interior porque co\u00adloca al hombre en estado de enemistad con Dios e interrumpe la comuni\u00f3n con los hermanos. El pecado, bajo sus diversas formas, era lo que se intentaba combatir durante las misiones. \u00c9stas, en efecto, ten\u00edan como finalidad reconciliar al hombre con Dios y con sus hermanos. Abelly asegura, quiz\u00e1s con cierta exageraci\u00f3n, que los misioneros continuaban su trabajo \u00abhasta que to\u00addos los habitantes del lugar, grandes y peque\u00ad\u00f1os, fueran suficientemente instruidos y coloca\u00addos en estado de salvaci\u00f3n, por medio de las confesiones generales\u00bb (Abelly, II, 13 ). Es decir, que los misioneros no dejaban el lugar sin haber antes reconciliado con Dios a todos los habitan\u00adtes, condici\u00f3n previa para establecer la paz, porque \u00e9sta \u00abno puede darse en la sociedad hu\u00admana si primero no se da en el interior de cada hombre, es decir, si primero no guarda cada uno en s\u00ed mismo el orden que Dios ha establecido\u00bb (Pacem in terris, 165). En muchas oportunidades, se hac\u00eda asimismo necesaria la reconciliaci\u00f3n en\u00adtre feligreses, divididos por odios, injusticias, de\u00adseos de venganza. Las cartas de los misioneros se refieren con frecuencia a las reparaciones y re\u00adconciliaciones que ocurr\u00edan durante las misiones, llevando a la pacificaci\u00f3n de la parroquia (IV, 385- 391; XI, 172, etc. ; cf Abelly, 11 58ss; 263). Vale mencionar espec\u00edficamente la reconciliaci\u00f3n lo\u00adgrada entre los feligreses y su pastor, por el co\u00admentario final de S. Vicente: <em>\u00abAun cuando todo el parlamento se hubiera empe\u00f1ado en lograr una pacificaci\u00f3n tan dif\u00edcil entre esp\u00edritus tan opues\u00adtos, apenas hubiera podido conseguir cierto orden exterior\u00bb. <\/em>La Compa\u00f1\u00eda, <em>\u00abestablecida para re\u00adconciliar las almas con Dios y a los hombres en\u00adtre s\u00ed\u00bb, <\/em>debe poseer <em>\u00abel esp\u00edritu de uni\u00f3n y el es\u00adp\u00edritu unitivo, que es el mismo Esp\u00edritu Santo, para que, estando ella muy unida, pueda unir a los de fuera\u00bb <\/em>(X1, 701-702).<\/p>\n<p>9) La construcci\u00f3n de la paz exige tambi\u00e9n la lucha contra la <em>injusticia, <\/em>que se manifiesta en las excesivas desigualdades econ\u00f3micas (cf. GS, 83). Es bien conocida la extraordinaria acci\u00f3n de S. Vi\u00adcente en favor de los pobres, tanto en tiempos de paz, a trav\u00e9s de las Caridades, como en tiem\u00adpos de guerra, con la ayuda a las regiones de\u00ad vastadas. Nos remitimos a los bi\u00f3grafos de S. Vi\u00adcente, que dedican un espacio considerable a esa actividad. Pero conviene se\u00f1alar que el santo no se limit\u00f3 a la ayuda meramente asistencial. Varios reglamentos de las Caridades preve\u00edan el apren\u00addizaje de alg\u00fan oficio, a fin de que el pobre pu\u00addiera ganarse dignamente la vida (cf. X, 642; 646; 649-651). Igual preocupaci\u00f3n, compartida por los misioneros, lo guiaba al proporcionar ayudas a las regiones devastadas por la guerra: procuraba la independencia econ\u00f3mica de los pobres, pro\u00adporcionando semillas y herramientas a quienes dis\u00adpon\u00edan de tierras, e instrumentos de trabajo a los dem\u00e1s, hombres y mujeres (cf. IV, 129-130; 180; VIII, 66; 331).<\/p>\n<p>Si bien con esas iniciativas S. Vicente cumpl\u00eda por adelantado lo que ordena el Concilio: contri\u00adbuir a que los pobres \u00abpuedan ayudarse y a de\u00adsarrollarse por s\u00ed mismos\u00bb, en el s. XVII, resulta\u00adba m\u00e1s dif\u00edcil asimilar otra orientaci\u00f3n del mismo Concilio: \u00ablos bienes creados deben llegar a to\u00addos en forma equitativa bajo la \u00e9gida de la justi\u00adcia y con la compa\u00f1\u00eda de la caridad\u00bb (GS, 69). S. Vicente tiene muy en cuenta esas dos virtudes, cuya armonizaci\u00f3n es obra del Esp\u00edritu de Dios (1V, 168; cf. Abelly, III, 140). Seg\u00fan \u00e9l, todas las acciones de la justicia secular se basan en la m\u00e1\u00adxima evang\u00e9lica: <em>\u00abtened con vuestro pr\u00f3jimo el mismo trato con que os gustar\u00eda ser tratados\u00bb <\/em>(X1, 419) . Cuando afirma que <em>\u00ablos deberes de la justicia son preferibles a los de la caridad\u00bb <\/em>(VI1, 525), o que <em>\u00abno puede haber caridad si no va acompa\u00f1ada de justicia\u00bb <\/em>(II, 48), se refiere al cam\u00adbio de destino dado a una ayuda recibida con un fin determinado, lo cual evidentemente lesiona la justicia. El respeto de las intenciones de los do\u00adnantes lo llevaba a veces a conclusiones que po\u00addr\u00edan chocar con la mentalidad actual: consultar\u00e1 a las Damas para saber si, con sus limosnas, se puede socorrer asimismo a los hugonotes <em>\u00abque estuvieren en peligro de morir de hambre\u00bb <\/em>(IV, 180). No es menos extra\u00f1a, para el actual con\u00adcepto de justicia, la condici\u00f3n que se encuentra en el Reglamento de Ch\u00e2tillon: <em>\u00abes intenci\u00f3n de dicha cofrad\u00eda que confiesen y comulguen todos los que quieran ser atendidos por ella\u00bb <\/em>(X, 577) . A esto, debe a\u00f1adirse que, en alguna oportunidad, no manifest\u00f3 excesiva sensibilidad social: luego de reconocer que, en Par\u00eds, a pesar de disponer de Hermanos competentes en la labranza de la tierra, est\u00e1n perdiendo dinero, aconseja al P. Be\u00adaumont que busque colonos para alquilarles la propiedad (cf. VIII, 291). Si un terreno, trabajado por Hermanos competentes no resultaba renta\u00adble, menos lo ser\u00eda para los colonos que lo al\u00adquilaban y que deb\u00edan sostener a una familia nu\u00admerosa. Es posible que, en ese caso, S. Vicente hubiera dado la prioridad al hecho de que los bie\u00adnes de la Compa\u00f1\u00eda son el \u00abpatrimonio de los pobres\u00bb, a favor de los cuales se utilizan las rentas. Es preciso reconocer que, en aquella \u00e9poca, el concepto de justicia no ten\u00eda el alcance que se le atribuye en la actualidad. Sin embargo, algunas afirmaciones del santo conservan plena vigencia: debemos creer que, al socorrer a los miserables, <em>\u00abestamos haciendo justicia y no misericordia\u00bb <\/em>(VI1, 90). La misericordia sugiere cierta superiori\u00addad; es un movimiento del coraz\u00f3n hacia la mi\u00adseria. La justicia, en cambio, implica una obliga\u00adci\u00f3n que se funda, seg\u00fan explica S. Vicente, en la fraternidad y en un precepto del Se\u00f1or, pero tambi\u00e9n, aunque no lo se\u00f1ale el santo en este lu\u00adgar, en el hecho de que los pobres son <em>\u00abvuestros amos y tambi\u00e9n los m\u00edos\u00bb <\/em>(IX, 915).<\/p>\n<p>10) La actividad asistencial y promocional de S . Vicente miraba a solucionar los problemas in\u00admediatos de la miseria y de la pobreza, sin ata\u00adcar a las principales causas de las mismas. Entre \u00e9stas, los privilegios que ahondaban la separa\u00adci\u00f3n entre las clases sociales. La misma Con\u00adgregaci\u00f3n gozaba de algunos privilegios (cf. VIII, 291). Lo que m\u00e1s pesaba sobre la clase pro\u00adductiva eran los exorbitantes impuestos, exigi\u00addos sobre todo por los gastos de las guerras, con la agravante de que la recaudaci\u00f3n de los mismos era efectuada por grupos o personas que antici\u00adpaban al gobierno el pago de las tasas, y luego se resarc\u00edan ampliamente, a expensas de los con\u00adtribuyentes. Esa situaci\u00f3n de injusticia se volv\u00eda muchas veces explosiva, provocando las nume\u00adrosas sublevaciones urbanas y campesinas que se dieron a partir de 1623, y que s\u00f3lo sirvieron pa\u00adra empeorar la situaci\u00f3n de los pobres.<\/p>\n<p>S. Vicente no ignoraba el problema pero, co\u00admo en el caso del impuesto suplementario sobre los coches, expone los hechos sin emitir juicio, a pesar de reconocer que el rey, \u00aben este tiempo, hace lo mismo con todas las cosas\u00bb (II, 353). Esa actitud resulta l\u00f3gica, de acuerdo a la concepci\u00f3n que se ten\u00eda entonces de la autoridad civil y que el santo comparte. Los reyes, en efecto, \u00abson los representantes del se\u00f1or\u00edo y de la justicia de Dios\u00bb; por eso, \u00abno cumplimos la voluntad de Dios si en esto (lo temporal) no les sometemos la nuestra\u00bb (IV, 15). En realidad, no hay mejor ma\u00adnera de conocer la voluntad de Dios en las cosas temporales, que por las \u00f3rdenes de los pr\u00edncipes (cf. III, 39-40), a los que no podemos desobede\u00adcer \u00aben las cosas temporales sin disgustar al mis\u00admo tiempo a Dios\u00bb (XI, 815; cf. Abelly, III, 233). Por eso, los religiosos no tienen por qu\u00e9 inmis\u00adcuirse en los asuntos de los reyes (cf. IX 1005).<\/p>\n<p>Esos principios le llevan a conclusiones pr\u00e1c\u00adticas. Parecer\u00eda que en Tur\u00edn alguno de la Compa\u00ad\u00f1\u00eda habr\u00eda efectuado algo as\u00ed como una denuncia prof\u00e9tica. El santo manifiesta su disconformidad: \u00abNunca debemos decir ni hacer nada en contra de las leyes y de los impuestos de los pr\u00edncipes, porque ellos creen, y con raz\u00f3n, que su dominio es de derecho divino\u00bb (VI, 31). Va m\u00e1s lejos en una conferencia a los misioneros: \u00abobedecer siem\u00adpre\u2026 a los reyes, sin quejarse nunca de ellos, ni murmurar\u2026 aunque tuvi\u00e9ramos que perder nues\u00adtros bienes y nuestras vidas\u2026 porque los reyes nos representan en la tierra el poder soberano de Dios\u00bb (XI, 771-772). El episodio de Tur\u00edn indica asimismo c\u00f3mo deb\u00edan ser prudentes los misio\u00adneros en sus expresiones: una palabra de m\u00e1s po\u00add\u00eda llevarlos ante los tribunales. Las revueltas de los campesinos, cuya situaci\u00f3n S. Vicente reco\u00adnoce como insostenible (cf. X1, 120), hubiera de\u00adbido excitar su simpat\u00eda, por tratarse de la suer\u00adte de esos pobres que constituyen el lote de la Compa\u00f1\u00eda; pero sigue fiel a sus principios. A la pre\u00adgunta sobre las causas de las guerras que hubo y que todav\u00eda exist\u00edan en Francia, da una res\u00adpuesta que podr\u00eda aparecer un tanto simplista: todo eso ha ocurrido porque \u00abciertas personas, movidas de mal esp\u00edritu, se han puesto a cues\u00adtionar la conducta del estado\u00bb (IX, 1004).<\/p>\n<p>11) El <em>miedo, <\/em>a causa de la perturbaci\u00f3n que introduce en el \u00e1nimo, no puede coexistir con la serenidad interior, propia de la paz, S. Vicente se vali\u00f3 del miedo, caratulado como temor servil o filial, para alejar del pecado o reconciliar con Dios, condici\u00f3n indispensable para que se d\u00e9 la paz in\u00adterior. Pero tambi\u00e9n combati\u00f3, al menos indirec\u00adtamente, el miedo que experimentaban tantos pobres que carec\u00edan de seguridad para el futuro, como el de los miserables de las regiones de\u00advastadas por las brutalidades de los ej\u00e9rcitos. La misi\u00f3n fundamental de las Cofrad\u00edas y de las dos Compa\u00f1\u00edas es la caridad; y es bien sabido que \u00abel amor perfecto expulsa el temor\u00bb (Un 4, 18). En efecto, el servicio de los hijos de S. Vicente sig\u00adnificaba una presencia amiga, afectiva y efectiva, que disipaba temores y hac\u00eda presente la Provi\u00addencia de Dios. Al menos, era lo que pretend\u00eda el santo: <em>\u00abest\u00e1is destinadas a representar la bondad de Dios delante de los pobres enfermos\u00bb <\/em>(IX, 915). De modo que el ejercicio de la caridad se convert\u00eda tambi\u00e9n en argumento apolog\u00e9tico: ca\u00adt\u00f3licos, hugonotes y jud\u00edos se ver\u00edan <em>\u00abobligados a confesar que Dios es un Padre bueno\u00bb <\/em>(IX, 1094).<\/p>\n<p>12) \u00abLa nueva evangelizaci\u00f3n debe crear en los ricos la conciencia de que ha llegado el mo\u00admento de hacerse realmente hermanos de los pobres\u00bb (Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 59). Para S. Vicente no se trata de una novedad: <em>\u00abson hermanos nuestros esas personas a las que Dios nos manda que ayudemos\u00bb (VII, <\/em>90-91). Sin em\u00adbargo, la m\u00edstica que el santo inculca a los miem\u00adbros de las caridades rebasa el concepto de fra\u00adternidad, porque se proponen <em>\u00abhonrar a Nuestro Se\u00f1or Jesucristo en la persona de los pobres, que son sus miembros\u00bb <\/em>(X 608; 620; etc.). S. Vi\u00adcente va m\u00e1s lejos: el pobre es tambi\u00e9n el sa\u00adcramento de Jesucristo, figura y presencia del Se\u00f1or (cf. XI, 725). Por eso, quienes socorren a los necesitados deben sentirse y comportarse como <em>\u00absiervos y siervas de los pobres\u00bb <\/em>(cf. X 575; 589; 595; etc.). Bossuet, disc\u00edpulo de S. Vicente, ex\u00adpone vigorosamente el pensamiento del santo en una homil\u00eda sobre \u00abla eminente dignidad de los pobres\u00bb. \u00c9stos ocupan el primer lugar en la Igle\u00adsia, \u00aben la que los ricos no son admitidos m\u00e1s que para servirlos\u00bb. En el mundo, los ricos podr\u00e1n ostentar muchos t\u00edtulos, pero, en la Iglesia, \u00abno son m\u00e1s que los servidores de los pobres\u00bb (Mig\u00adne, <em>Oeuvres completes de Bossuet, <\/em>Paris, 1851; t. VI, col. 454 y 456).<\/p>\n<h2>5. La lucha por la paz seg\u00fan las Constitucio\u00adnes y Estatutos de la CM.<\/h2>\n<p>Las Constituciones y Estatutos de la CM recogen simult\u00e1neamente las directivas que nos dej\u00f3 el Fundador y las orientaciones del Concilio. A ejemplo de S. Vicente, los misioneros soco\u00adrrer\u00e1n \u00aba los marginados de la sociedad, a las v\u00edc\u00adtimas de las calamidades y de cualquier clase de injusticia, as\u00ed como a los aquejados por las formas de pobreza moral propias de esta \u00e9poca\u00bb. Tra\u00adbajar\u00e1n para que se cumplan \u00ablas exigencias de la justicia social y de la caridad evang\u00e9lica\u00bb (C 18). Sobre la justicia social, no disponemos de orientaciones precisas de S. Vicente, como tam\u00adpoco sobre la atenci\u00f3n para descubrir \u00ablas causas de la desigual distribuci\u00f3n de los bienes en el mundo, a fin de cumplir mejor con la funci\u00f3n pro\u00adf\u00e9tica de evangelizar\u00bb (C 12, 2v). En cambio, por lo que se refiere a la colaboraci\u00f3n con asociacio\u00adnes que luchan por \u00abla defensa de los derechos humanos y por el fomento de la justicia y de la paz\u00bb (E 9), se nos ofrecen ejemplos que, al me\u00adnos parcialmente, cumplen con esos objetivos. Es sabido que, en muchas obras caritativas, colabo\u00adr\u00f3 estrechamente con la Compa\u00f1\u00eda del Stmo. Sa\u00adcramento (cf. Coste, <em>El gran Santo\u2026, III, 194-198); <\/em>la Compa\u00f1\u00eda trabaj\u00f3 juntamente con otras Con\u00adgregaciones para aliviar los desastres de las gue\u00adrras (cf. ib. II, 429). De manera especial, cabe se\u00ad\u00f1alar el aporte de los jansenistas en la recolecci\u00f3n de ayudas (cf. ib., II, 378; 424-425) y en la redac\u00adci\u00f3n de las \u00abRelaciones\u00bb (cf. ib., II, 374-377). Es\u00adtas dos \u00faltimas colaboraciones pudieron causar extra\u00f1eza en algunos ambientes; pero no estaban en juego los principios religiosos. Adem\u00e1s, \u00abel amor cubre multitud de pecados\u00bb (IP 4, 8).<\/p>\n<p>Bibliograf\u00eda:<\/p>\n<p>A. BAILLY, <em>Mazarino, <\/em>Espasa Calpe, Madrid, 1969.- A. BAILLY, <em>Richelieu, <\/em>Espasa Calpe, Madrid, 1969.- J. M\u00b0 le\u00c1\u00d1Ez BURGOS, <em>Vicente de Pa\u00fal y los pobres de su tiempo, <\/em>S\u00edgueme, Sala\u00admanca, 1977.- H. RIEDMATTEN, <em>La paz y la comunidad internacional, <\/em>en <em>La Iglesia en el mundo de <\/em>hoy, Studium, Madrid 1967.- R. Su\u00adGRANYES DE FRANCH, <em>La paz y la comunidad in\u2011<\/em><\/p>\n<p>ternacional, en La Iglesia en el mundo de hoy, Studium, Madrid 1967.- A. D. LUBLINSKAYA, La crisis del s . XVII y la sociedad del absolutis\u00admo, Cr\u00edtica, Barcelona 1979.- R. MOUSNIER, Historia de los movimientos sociales, Furo\u00adres campesinos en el s. XVII, Siglo Veintiuno, Madrid 1976.- G. PATrARO, Paz, en Nuevo Dic\u00adcionario de Teolog\u00eda, Cristiandad, Madrid 1982.- B. PORSHNEV, Historia de los movi\u00admientos sociales, Los levantamientos popu\u00adlares en Francia en el s.)(VII, Siglo Veintiuno, Madrid 1978.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>1. Algunas ideas en torno al concepto de paz. 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