{"id":41769,"date":"2017-04-28T08:10:07","date_gmt":"2017-04-28T06:10:07","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2011\/06\/espiritualidad-vicenciana-miedo\/"},"modified":"2017-01-06T19:25:16","modified_gmt":"2017-01-06T18:25:16","slug":"espiritualidad-vicenciana-miedo","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/espiritualidad-vicenciana-miedo\/","title":{"rendered":"Espiritualidad vicenciana: Miedo"},"content":{"rendered":"<p><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"400011\" data-permalink=\"http:\/\/vincentians.com\/es\/sencillos-como-palomas-y-prudentes-como-serpientes\/sencillos-como-palomas\/\" data-orig-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/09\/sencillos-como-palomas.jpg?fit=1200%2C630\" data-orig-size=\"1200,630\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;1&quot;}\" data-image-title=\"sencillos-como-palomas\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/09\/sencillos-como-palomas.jpg?fit=846%2C444\" class=\"alignnone size-medium wp-image-400011 alignleft\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/09\/sencillos-como-palomas.jpg?resize=300%2C158\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"158\" srcset=\"https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/09\/sencillos-como-palomas.jpg?resize=300%2C158 300w, https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/09\/sencillos-como-palomas.jpg?resize=768%2C403 768w, https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/09\/sencillos-como-palomas.jpg?resize=1024%2C538 1024w, https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/09\/sencillos-como-palomas.jpg?resize=100%2C53 100w, https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/09\/sencillos-como-palomas.jpg?resize=846%2C444 846w, https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/09\/sencillos-como-palomas.jpg?resize=1004%2C527 1004w, https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2016\/09\/sencillos-como-palomas.jpg?w=1200 1200w\" sizes=\"auto, (max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/>1. Los te\u00f3logos definen el miedo como una perturbaci\u00f3n del \u00e1nimo, causada por un mal fu\u00adturo que afecta a la persona o a seres que le est\u00e1n ligados efectivamente. El temor, si bien tie\u00adne el mismo objeto, considerado en sentido es\u00adtricto, afecta a la parte sensitiva de la persona. Sin embargo, dada la interdependencia de la parte sensitiva y de la espiritual, el temor y el miedo se hallan muy ligados, a tal punto que, por norma ge\u00adneral, no suelen establecerse mayores diferencias en el lenguaje corriente. Seg\u00fan dicho lenguaje, se habla del temor y no del miedo de Dios, cuando debiera ser lo contrario, de atenernos a las defi\u00adniciones.<\/p>\n<p>Dios, por ser la bondad suma, no puede in\u00adfundir miedo. Sin embargo, se puede tener mie\u00addo de hacer algo que le desagrade; en este caso, se trata del llamado temor filial, que nos ale\u00adja del pecado. En cambio, el temor servil lleva a huir del pecado por el miedo de las penas con que Dios lo castiga. Seg\u00fan Lutero, el temor servil, le\u00adjos de conducir a la conversi\u00f3n, aferra m\u00e1s al pecado. A pesar de la condena del Concilio de Trento (cf DS 746; 818; 915), los Jansenistas re\u00adpitieron el error con algunas atenuantes (cf DS 1305; 1410-1412; 1525). Si por temor servil se en\u00adtiende el denominado \u00abservilmente servil\u00bb, es decir, la huida material del pecado, sin excluir el deseo de pecar, de no existir el castigo, tambi\u00e9n los cat\u00f3licos est\u00e1n de acuerdo en rechazar esta clase de temor.<\/p>\n<p>De todos modos, las afirmaciones de lutera\u00adnos y jansenistas no se concilian con la doctrina b\u00edblica. La historia de Israel, en efecto, puede re\u00adsumirse en el siguiente proceso: pecado-castigo\u00adarrepentimiento-perd\u00f3n, que se repiten c\u00edclica\u00admente. Las amenazas de castigos ocupan una parte considerable en la predicaci\u00f3n de los Pro\u00adfetas. Sin embargo, los mismos Profetas no de\u00adjan de presentar a Dios como un esposo que, si bien enga\u00f1ado repetidamente, no deja de perse\u00adguir amorosamente a su pueblo (cf. Jr 3, 6-13; Ez 16, 59-63; Os 2, 4-25; etc.). Malaqu\u00edas condensa el doble enfoque prof\u00e9tico: \u00abSi yo soy padre, \u00bfd\u00f3n\u00adde est\u00e1 mi honra? Y si se\u00f1or, \u00bfd\u00f3nde mi temor? (MII, 6). Si bien el NT destaca la figura de Dios-Padre, da cabida asimismo a las predicaciones que infunden miedo, comenzando por las del Bau\u00adtista (cf Mt 3, 7-12). El mismo Jes\u00fas, en repeti\u00addas ocasiones, recuerda la existencia del juicio y del infierno (cf. Escatolog\u00eda), para llamar a la con\u00adversi\u00f3n (cf Mt 5, 20-30; 10, 2833; II, 21-24; 13, 41-43; 25, 31-46; Lc 12, 4-5; 16, 22-28; etc.).<\/p>\n<p>El temor, como don del Esp\u00edritu Santo, es una cualidad habitual del alma, radicada en la volun\u00adtad. Tanto el miedo como el temor impulsan a huir de lo que se considera como un mal. Este pue\u00adde ser f\u00edsico o moral. El pecado es el peor de los males morales, que infunde miedo, por lo que es o por sus consecuencias.<\/p>\n<p>2. S. Vicente, dotado de gran sensibilidad, estuvo sujeto al miedo. De seguro, que lo sinti\u00f3 cuando unos j\u00f3venes pr\u00edncipes le jugaron una broma de mal gusto, persigui\u00e9ndolo a tiros. Se sal\u00adv\u00f3 gracias a la velocidad de su caballo blanco (cf Coste, <em>El gran Santo del gran siglo, <\/em>CEME, Sala\u00admanca 1990-1992, II I, 66s) . En otras ocasiones, el miedo surgi\u00f3 a causa de los caballos: uno de ellos le propin\u00f3 una coz, a la que el santo dio po\u00adca importancia, al menos cuando escrib\u00eda (cf 1, 173). \u00c9l mismo define como muy peligrosa una ca\u00edda en la que acab\u00f3 debajo del caballo (cf 1, 251). Pu\u00addo ser m\u00e1s grave otra ca\u00edda, tambi\u00e9n debajo del caballo, pero, esta vez, en el r\u00edo Loira (cf III, 386, n. 3; Coste, <em>o. c., <\/em>II, 406). Seg\u00fan Abelly, S. Vicente se crey\u00f3 en peligro de muerte cuando, al volcar su carroza, se golpe\u00f3 violentamente la cabeza contra el suelo (VII, 51; X 854; cf Abelly, <em>La vio. . <\/em>1, 246). Todos estos accidentes pusieron en pe\u00adligro la vida de S. Vicente. Era l\u00f3gico que el miedo aflorara como reacci\u00f3n instintiva; sin em\u00adbargo, como puede verse en alguna de las citas anteriores, cuando la raz\u00f3n se adue\u00f1aba de las si\u00adtuaciones, ve\u00eda los peligros con gran serenidad. Esa serenidad se manifiesta en las cartas de des\u00adpedida al P. de Gondi y al card. de Retz, cuando se cre\u00eda cercano a la muerte (cf VI1, 373-374). Era l\u00f3gico: hac\u00eda m\u00e1s de 20 a\u00f1os que ven\u00eda pensan\u00addo en la muerte con naturalidad (cf Abelly, <em>La vie\u2026 <\/em>1, 251-252). Eso tambi\u00e9n explica que, pocos d\u00edas antes de su fallecimiento, cuando el sue\u00f1o lo venc\u00eda, observara tranquilamente: \u00abSe trata del hermano que llega, mientras aguarda a la her\u00admana\u00bb (Abelly, <em>o. c., <\/em>1, 256).<\/p>\n<p>S. Vicente manifiesta otros miedos, empa\u00adrentados con la inseguridad, por ej., cuando teme haberse cuidado demasiado a causa de un res\u00adfriado (cf II, 318), o cuando ignora si la presencia de una amiga de Sta. Luisa habr\u00e1 impedido a \u00e9s\u00adta realizar el retiro proyectado (cf 1, 234); teme asi\u00admismo que el trabajo excesivo de los misioneros los haya podido enfermar (cf 1, 448; II, 488-489), o que, despu\u00e9s de ciertos \u00e9xitos apost\u00f3licos, el de\u00admonio los hubiera podido tentar de vana com\u00adplacencia (cf 1, 235-236)<\/p>\n<p>El santo se refiere a otro miedo contra el que se despacha violentamente: es el de esos esp\u00ed\u00adritus comodones, mal nacidos, esqueletos de misioneros, libertinos, encerrados dentro de su pe\u00adque\u00f1o c\u00edrculo, que tienen miedo de realizar las ac\u00adtividades encomendadas por la Providencia a la Compa\u00f1\u00eda (cf XI, 395-397).<\/p>\n<p>3. La predicaci\u00f3n misionera se propone con\u00adducir a la conversi\u00f3n que, ante todo, implica el alejamiento del <em>pecado. <\/em>Cabe preguntarse en qu\u00e9 medida el temario daba cabida a temas que provocaran miedo al pecado o a sus consecuen\u00adcias. Antes de abordar el tema, conviene se\u00f1alar que S. Vicente, en sus dos largas cartas al P. De\u00adhorgny (cf III, 296-304; 334-342), no ataca direc\u00adtamente la doctrina rigorista de los jansenistas sobre la contrici\u00f3n. Podr\u00eda creerse que alude a la misma cuando refuta la imposici\u00f3n de la peni\u00adtencia p\u00fablica y prolongada antes de la absoluci\u00f3n sacramental, o cuando niega que, para comulgar dignamente, los fieles deben poseer <em>\u00abun amor di\u00advino muy puro y sin ninguna mezcla, que deben estar perfectamente unidos a Dios solo\u00bb <\/em>(III, 339).<\/p>\n<p>S. Vicente, al referirse a sus primeras misio\u00adnes, afirma que <em>\u00aben todas partes no ten\u00eda m\u00e1s que un serm\u00f3n, al que daba vueltas de mil ma\u00adneras: era sobre el temor de Dios\u00bb <\/em>(XI, 327). La experiencia condujo a una paulatina organizaci\u00f3n l\u00f3gica del temario de las misiones. Los catecis\u00admos expon\u00edan llanamente la doctrina, en tanto que los sermones procuraban m\u00e1s bien conmo\u00adver y convencer. S. Vicente daba una importan\u00adcia relativa al hecho de <em>\u00abmover a todo un pueblo a la compunci\u00f3n\u00bb <\/em>(XI, 385), pero igualmente daba cabida a temas que pod\u00edan conmover. En efec\u00adto, entre los sujetos ordinarios de los sermones se hallaban \u00ablos nov\u00edsimos, la gravedad del pecado, el rigor de la justicia divina respecto a los pecadores, el endurecimiento del coraz\u00f3n, la im\u00adpenitencia final\u00bb etc. (Abelly, <em>o. c., <\/em>II 12; cf Cos\u00adte, <em>o. c. <\/em>III, 23) . No poseemos sermones de S. Vi\u00adcente sobre esos temas. Algunos de ellos pod\u00edan engendrar temor filial; otros, en cambio, no pa\u00adsaban de infundir temor servil. Seguramente S. Vicente, en las misiones, excit\u00f3 este \u00faltimo temor para alejar a los campesinos del pecado, tanto m\u00e1s que recomienda dicho temor a los misione\u00adros, cuando cita a un religioso que fustigaba a los <em>\u00abque no pensaban en los castigos de Dios y en los que no cab\u00eda el temor\u2026 ni se preocupaban de los fines \u00faltimos\u00bb. <\/em>Poco antes, el santo hab\u00eda dicho: \u00ab<em>Padres, no nos enga\u00f1emos: tenemos que ser castigados; \u00a1temamos!\u00bb <\/em>(XI, 434). Parecer\u00eda que el temor que constituye las \u00abrejas\u00bb de las Her\u00admanas es el servil, lo mismo que el exigido a las \u00aboficiales\u00bb (cf IX, 1179. 862). En cambio, cuando se refiere a la bondad y beneficios de Dios, tie\u00adne en vista el temor filial, que aleja de todo lo que puede disgustar al Se\u00f1or (cf IX, 157). Las per\u00adsonas, como Sta. Luisa, que hab\u00edan sido privile\u00adgiadas con gracias especiales, no pueden dar ca\u00adbida a <em>\u00abese temor que, a veces, me parece un poco servil\u00bb <\/em>(1, 205). La santa indiferencia es un medio eficaz para ahuyentar cualquier tipo de mie\u00addo (cf 1, 263), lo mismo que el ubicarse junto a la cruz del Salvador (cf 1, 206).<\/p>\n<p>4. S. Vicente se refiere, tan s\u00f3lo en forma cir\u00adcunstancial y con serenidad, al tema de la muer\u00adte. Recomendaba el pensamiento de la muerte, siempre que estuviera acompa\u00f1ado de confian\u00adza en la bondad de Dios y no causara abatimien\u00adto o inquietud; en este \u00faltimo caso, era mejor desviar el pensamiento (VIII 323-324; cf Abelly, o. c., 1, 253-254). En realidad, la experiencia hab\u00eda ense\u00f1ado al santo que \u00abtodos los que aman a los pobres durante su vida, no tendr\u00e1n miedo a la muerte\u00bb, incluso quienes la temieron en vida (XI, 808). De seguro, impresion\u00f3 mucho a S. Vi\u00adcente la actitud ante la muerte de Sor Andrea, cu\u00adyo \u00fanico remordimiento era causado por \u00abhaber\u00adme deleitado mucho en el servicio de los pobres\u00bb (IX, 612). Por otra parte, el P. J. de la Selle, que siempre hab\u00eda tenido miedo a la muerte, la vio lle\u00adgar con agrado, porque dijo haber escuchado de\u00adcir a S. Vicente \u00abque Dios quita al final el temor de la muerte a los que lo tuvieron durante su vi\u00adda y ejercitaron la caridad con los pobres\u00bb (1, 577).<\/p>\n<p>5. En cambio, la idea del juicio le sugiere ex\u00adpresiones fuertes que provocan miedo. El episo\u00addio del derrumbe de una casa en la que se halla\u00adba una Hermana, le sugiere dos observaciones: era leg\u00edtimo el miedo que tuvo la Hermana, pero deb\u00eda proporcionar miedo mayor \u00abel d\u00eda del juicio, cuando veamos a una cantidad innumerable de almas precipitarse miserablemente en el infierno por toda la eternidad\u00bb (IX, 230-231). Si da miedo asistir al juicio de los otros, ser\u00e1 mayor el que ex\u00ad perimentar\u00e1 quien se dej\u00f3 atrapar por el apego a las creaturas, al sentirse interpelado y condena\u00addo por el soberano Juez: \u00ab\u00a1Vete; no te conozco!\u00bb (1X, 784). Incluso, los buenos misioneros deben te\u00adner miedo, porque \u00ablos juicios de Dios son m\u00e1s rigurosos de lo que se cree y hasta la justicia del justo se ve sujeta a examen\u00bb (V, 442); con mayor raz\u00f3n, los que flaquearon en su vocaci\u00f3n: \u00ab\u00bfQu\u00e9 dir\u00e1 Ud. aquel gran d\u00eda, cuando le pidan cuenta de sus promesas, de las luces que ha recibido y del empleo de su tiempo y de sus talentos?\u00bb (III, III).<\/p>\n<p>La justicia de Dios ya se manifiesta en vida, o con car\u00e1cter medicinal, para expiar alg\u00fan pecado del que no se tiene conocimiento (cf III, 23), o pa\u00adra excitar el arrepentimiento y la conversi\u00f3n (cf VI, 79); pero tambi\u00e9n para expresar la ira de Dios por los pecados de la cristiandad, como la pro\u00adlongada peste que asol\u00f3 a G\u00e9nova y Roma (cf VI, 143). S. Vicente no trata \u00abex professo\u00bb del in\u00adfierno. Algunas veces, se refiere al mismo como punto de comparaci\u00f3n con ese otro infierno en la tierra que producen en la comunidad la desuni\u00f3n, la discordia, la falta de cordialidad, el odio (cf IX, 107. 151. 156). El miedo al infierno infunde ho\u00adrror al pecado, que merece las penas eternas (cf IX, 61-62). El infierno es un lugar donde reinan <em>\u00abun desorden y un horror sempiternos\u00bb <\/em>(IX, 45); donde los condenados <em>\u00abse desgarran continua\u00admente del odio y de la rabia que se tienen entre s\u00ed\u2026; viven en un odio irreconciliable, en perpe\u00adtua discordia, sin tener jam\u00e1s un solo momento de entendimiento\u00bb <\/em>(IX, 254). El miedo al infierno puede ser asimismo una fuerza que facilite la aceptaci\u00f3n de las tribulaciones presentes, a fin de evitar las eternas (cf IX, 77-78). Tambi\u00e9n, el mi\u00adsionero debe tener miedo de condenarse, por\u00adque es muy grande el n\u00famero de los que optan por la puerta ancha (cf XI, 424-426) y reducido el n\u00famero de los religiosos que se salvan (cf XI, 314). Al explicar la par\u00e1bola de las diez v\u00edrgenes, se atiene a los n\u00fameros: solamente, la mitad se salvar\u00e1. Las Hermanas presentes habr\u00e1n tenido miedo de pertenecer a la fat\u00eddica mitad de las condenadas (cf IX, 1139-1145).<\/p>\n<p>S. Vicente cree firmemente en la existencia del diablo y en su mal\u00e9fica acci\u00f3n. Se le debe te\u00adner miedo porque \u00ab<em>todo mal procede del diablo y de nuestra naturaleza corrompida\u00bb <\/em>(XI, 595); m\u00e1s del diablo que de la naturaleza, a pesar de su lla\u00admada de atenci\u00f3n contra una excesiva credulidad ante fen\u00f3menos extra\u00f1os; \u00e9stos muy bien po\u00addr\u00edan ser efecto de fen\u00f3menos naturales, de al\u00adguna broma o de actividades ilegales (cf VI, 83). Asimismo, se requiere discernimiento para no confundir con tentaci\u00f3n diab\u00f3lica, una prueba que Dios env\u00eda para nuestro bien (cf IV, 36). A pesar de ello, el demonio act\u00faa: tienta a todos, todos los d\u00edas y durante toda la vida (cf III, 583; IX, 322). Es propio del diablo inquietar a las almas (cf VIII, 180); lo hace de mil modos, a veces, transfi\u00adgur\u00e1ndose en \u00e1ngel de luz, incitando a trabajar m\u00e1s de lo aconsejable, en desmedro de la salud (cf 1, 158; VII1, 86; X1, 135), o con el espejismo de una mayor perfecci\u00f3n, que lleva al abandono de la vo\u00adcaci\u00f3n (cf III, 151). La met\u00e1fora de S. Pedro (cf IP 5, 9) excita la fantas\u00eda de S. Vicente, que se ima\u00adgina al diablo como que <em>\u00abronda <\/em>todas las ma\u00f1a\u00adnas <em>ese le\u00f3n alrededor de la cama\u00bb <\/em>del misione\u00adro, para impedirle levantarse a la hora se\u00f1alada (III, 493). Ese mismo <em>\u00able\u00f3n rugiente <\/em>(est\u00e1) <em>siem\u00adpre dando vueltas a nuestro alrededor\u00bb <\/em>para apar\u00adtarnos de la vocaci\u00f3n (VII, 166; cf VI1, 272. 293). El demonio tiene otros muchos recursos, por lo que se le debe temer.<\/p>\n<p>6. La propagaci\u00f3n del Protestantismo, la apa\u00adrici\u00f3n de nuevas herej\u00edas, la incredulidad pr\u00e1cti\u00adca, el decaimiento de la moral hicieron pensar a S. Vicente que Dios podr\u00eda transferir su Iglesia, de Europa a los pa\u00edses infieles, <em>\u00abque quiz\u00e1s se muestren m\u00e1s inocentes en sus costumbres que la mayor\u00eda de los cristianos\u00bb <\/em>(cf III, 37. 143. 165: V, 398; XI, 205-206. 243-246). El miedo de S. Vicen\u00adte no fue pasajero: ya en 1647, aseguraba que ese sentimiento permanec\u00eda en \u00e9l desde hac\u00eda mucho tiempo (cf III, 143); en 1656, sigue expresando ese temor. Adem\u00e1s del miedo personal que el san\u00adto experimentaba ante la perspectiva de la des\u00adtrucci\u00f3n de la Iglesia en Europa, \u00e9l mismo infun\u00add\u00eda temor, presentando la ira de Dios en acci\u00f3n, a trav\u00e9s de los diversos males que asolaban a la cristiandad. Como instrumento de esa ira, mere\u00adce una menci\u00f3n especial el rey de Suecia, al que compara con los reyes b\u00edblicos del norte, que eran movidos por Dios para castigar a su pueblo (cf XI, 205). Por medio de estos castigos, Dios lla\u00adma a la conversi\u00f3n: ayunos, mortificaciones, ora\u00adciones. Adem\u00e1s, los misioneros estar\u00e1n agrade\u00adcidos <em>\u00abpor ser del n\u00famero de los que Dios desea servirse para trasladar sus bendiciones y su Igle\u00adsia\u00bb <\/em>(XI, 245).<\/p>\n<p>7. S. Vicente habla del juicio final, que tendr\u00e1 lugar al final de los tiempos. Cabe preguntarse si crey\u00f3 en la inminencia de dicho juicio. Conoc\u00eda el pensamiento de S. Vicente Ferrer, que habla del fin del mundo como de un futuro relativamente cercano, antes del cual Dios suscitar\u00eda <em>\u00abobreros apost\u00f3licos para elevar el estado eclesi\u00e1stico y dis\u00adponer a los hombres para el juicio final\u00bb <\/em>(XI, 703). Por su parte, S . Vicente asegura que Dios, <em>\u00abcuan\u00addo lleg\u00f3 la plenitud de los tiempos, nos llam\u00f3 pa\u00adra que contribuy\u00e9ramos a formar buenos sacer\u00addotes\u00bb <\/em>(XI, 390). La expresi\u00f3n \u00abplenitud de los tiempos\u00bb, tomada de Gal 4, 4, puede referirse a la llegada de los tiempos escatol\u00f3gicos o de los tiempos mesi\u00e1nicos. Seguramente, S. Vicente quer\u00eda expresar esta \u00faltima idea. En todo caso, ca\u00adlifica de locura pretender identificar a la Compa\u00ad\u00f1\u00eda con el grupo de hombres apost\u00f3licos, profe\u00adtizado por S. Vicente Ferrer, y <em>\u00abque aparecer\u00eda en los \u00faltimos tiempos\u00bb <\/em>(XI, 39). En otra oportu\u00adnidad, se plante\u00f3 la duda de si los misioneros se\u00adr\u00edan o no esos sacerdotes de los \u00faltimos tiempos (cf XI, 763). Es casi seguro que se inclin\u00f3 por la negativa, porque deja entender que la Compa\u00f1\u00eda podr\u00e1 durar al menos unos doscientos a\u00f1os m\u00e1s (cf XI, 322).<\/p>\n<p>8. A los males que combati\u00f3 S. Vicente, nues\u00adtro siglo a\u00f1ade otros muchos. Quiz\u00e1s, el m\u00e1s gra\u00adve sea el que se\u00f1ala P\u00edo XII: el mundo de hoy ha perdido el sentido del pecado. Y algo tambi\u00e9n muy serio: la pasi\u00f3n de Cristo, precio que se pa\u00adg\u00f3 por el pecado (cf ICor 6, 20; 7, 23), impresiona muy poco a la mayor\u00eda de los cristianos, lo que sugerir\u00eda tratar con mayor incisividad ciertas ver\u00addades que infunden santo temor.<\/p>\n<p>Las Constituciones piden que las misiones se adapten a las circunstancias de tiempo y lugar (cf C 14), lo cual no significa minimizar la importan\u00adcia de verdades, como los nov\u00edsimos, que perte\u00adnecen al dep\u00f3sito de la Fe. Es cierto que el Vati\u00adcano II evita la palabra infierno, pero tambi\u00e9n recuerda que Cristo dej\u00f3 \u00aba Dios el castigo para el d\u00eda del juicio\u00bb (DH 11). Por otra parte, los cris\u00adtianos tienen encomendada una tarea \u00abde la cual deber\u00e1n responder ante Aqu\u00e9l que juzgar\u00e1 a to\u00addos en el \u00faltimo d\u00eda\u00bb (GS 93). El misionero pecar\u00eda por omisi\u00f3n si no respondiera con claridad a pre\u00adguntas que el hombre de hoy se plantea con an\u00adgustia: \u00ab\u00bfQu\u00e9 es la muerte, el juicio, y cu\u00e1l la retribuci\u00f3n despu\u00e9s de la muerte?\u00bb (NAe 1).<\/p>\n<h2>Bibliograf\u00eda<\/h2>\n<p>Santo Tom\u00e1s, Summa Thelogica, 1-1Iae qq. 41-44 11-11ae q. 19 &#8211; Jean Seguy, Monsieur Vincent, la Congr\u00e9gation de la Mission et les d\u00e9rniers temes, en Vincent de Paul, Actes du Colloque International d&#8217;Etudes Vincentiennes, Edizio\u00adni Vincenziane, Roma 1983.- M. Zalba S. 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