{"id":40801,"date":"2014-10-20T08:43:30","date_gmt":"2014-10-20T06:43:30","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2011\/05\/accion-caritativo-social-en-la-iglesia\/"},"modified":"2016-07-26T18:54:22","modified_gmt":"2016-07-26T16:54:22","slug":"accion-caritativo-social-en-la-iglesia-i-hacia-una-accion-caritativa-mas-teologal","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/accion-caritativo-social-en-la-iglesia-i-hacia-una-accion-caritativa-mas-teologal\/","title":{"rendered":"Acci\u00f3n caritativo-social en la Iglesia: I. Hacia una acci\u00f3n caritativa m\u00e1s teologal"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/05\/caridad_iglesia_01.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-medium wp-image-40802\" title=\"caridad_iglesia_01\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/05\/caridad_iglesia_01-226x300.jpg?resize=226%2C300\" alt=\"\" width=\"226\" height=\"300\" \/><\/a>Agradezco muy sinceramente vuestra invitaci\u00f3n y la opor\u00adtunidad que con ella me brind\u00e1is de hacer llegar mi voz a los participantes en esta IV Semana de Estudios Vicencianos que estudia el tema \u00abCaridad y promoci\u00f3n humana\u00bb.<\/p>\n<p>Al rev\u00e9s de lo que ocurre con los otros oradores de esta Semana, la invitaci\u00f3n que me hab\u00e9is hecho a m\u00ed no ha sido mo\u00adtivada por mis, conocimientos o por mi larga experiencia. El \u00fani\u00adco motivo ha sido el hecho de ser miembro de la Comisi\u00f3n Episcopal de Acci\u00f3n Caritativa y Social y de la de Apostolado Social.<\/p>\n<p>Por consiguiente, no esper\u00e9is de m\u00ed lo que no puedo daros, a saber, que os hable como especialista No lo soy y, si alguna vez lo hubiere sido en una peque\u00f1a parcela de la Doctrina So\u00adcial de la Iglesia, este momento ya quedar\u00eda muy lejano en el tiempo. As\u00ed, pues, os voy a hablar en el tono que corresponde al motivo por el cual me hab\u00e9is invitado, es decir, como pastor de la Iglesia y como miembro de estas dos Comisiones Episco\u00adpales citadas.<\/p>\n<p>Debo advertir, por honestidad intelectual, que no es la pri\u00admera vez que trato este tema de la acci\u00f3n caritativo-social de la Iglesia. El curso pasado, tuve ocasi\u00f3n de hablar sobre \u00e9l en la XXIX Asamblea Nacional de C\u00e1ritas Espa\u00f1ola, celebrada en Monserrat a principios de diciembre de 1974, y en el cursi\u00adllo de dirigentes de C\u00e1ritas Diocesanas, que tuvo lugar en Ma\u00adjadahonda el pasado mes de febrero. Si aquellas dos conferen\u00adcias, como subray\u00e9 oportunamente, eran rigurosamente com\u00adplementarias, la de hoy \u2014por voluntad expresa de quienes me han invitado\u2014 ser\u00e1 en parte una s\u00edntesis de ambas. Pero, al mismo tiempo, ser\u00e1 una ulterior profundizaci\u00f3n sobre aspectos total o parcialmente nuevos. Estas dos conferencias pueden verse, la primera en el bolet\u00edn <em>Corintios trece, <\/em>n. 3, enero 1975, p. 1-30, y la segunda en el bolet\u00edn <em>C\u00e1ritas, <\/em>n. 130, marzo 1975, p. 17-30.<\/p>\n<p>Para que, desde el primer momento, sepan todos hacia qu\u00e9 objetivos apuntan mis palabras, los indico antes de empezar propiamente mi disertaci\u00f3n. Mi deseo \u2014quiz\u00e1s pretensi\u00f3n exa\u00adgerada\u2014 es contribuir:<\/p>\n<ol>\n<li>a que la virtud teologal de la caridad sea cada vez me\u00adjor comprendida, m\u00e1s estimada y m\u00e1s intensamente vivida en la pr\u00e1ctica de las obras de caridad;<\/li>\n<li>a que la acci\u00f3n caritativa de todas y cada una de las instituciones y organismos de la Iglesia vaya, lo m\u00e1s posible y cada vez m\u00e1s, por los caminos de la promoci\u00f3n humana y social;<\/li>\n<li>a que toda la acci\u00f3n caritativo-social de los distintos or\u00adganismos eclesiales est\u00e9 debidamente injertada y arm\u00f3nicamente conjugada en y con la pastoral de conjunto.<\/li>\n<\/ol>\n<p>Como podr\u00e9is comprobar, no voy a decir nada nuevo. Todo os sonar\u00e1 a harto conocido. Sin embargo, si con mis pa\u00adlabras consigo haceros ver m\u00e1s claramente o sentir m\u00e1s inten\u00adsamente alguno de estos puntos, me considerar\u00e9 muy bien pa\u00adgado del esfuerzo que he tenido que hacer para poder partici\u00adpar en esta IV Semana de Estudios Vicencianos.<\/p>\n<h2>I. Hacia una acci\u00f3n caritativa m\u00e1s teologal<\/h2>\n<p>Hoy circulan y se extienden ciertas corrientes secularizadoras que propugnan un cristianismo antropoc\u00e9ntrico, horizontal, filantr\u00f3pico, humanista y social, que prescinde de su necesario contenido vertical, teol\u00f3gico, dogm\u00e1tico y esencialmente religioso. Estas corrientes afectan evidentemente al concepto y contenido de la caridad. Por eso no debe extra\u00f1arnos que Pablo VI, en la inauguraci\u00f3n de la II Asamblea General de los Obispos de Am\u00e9rica Latina (24-VIII-1968), saliera en defensa de \u00abla dependencia de la caridad para con el pr\u00f3jimo de la caridad para con Dios\u00bb. \u00abConoc\u00e9is \u2014dec\u00eda el Papa\u2014 los asaltos que sufre en nuestros d\u00edas esta doctrina de clar\u00edsima e inopugnable derivaci\u00f3n evang\u00e9lica: se quiere secularizar el cristianismo, pa\u00adsando por alto su esencial referencia a la verdad religiosa, a la comuni\u00f3n sobrenatural con la inefable e inundante caridad de Dios para con los hombres; su referencia al deber de la respues\u00adta humana, obligada a osar amarlo y llamarlo Padre y en conse\u00adcuencia llamar con toda verdad hermanos a los hombres, para librar al cristianismo mismo de \u00abaquella forma de neurosis que es la religi\u00f3n\u00bb (Cox), para evitar toda preocupaci\u00f3n teol\u00f3gica y para ofrecer al cristianismo una nueva eficacia, toda ella prag\u00adm\u00e1tica, la sola que pudiese dar la medida de su verdad y que lo hiciese aceptable y operante en la moderna civilizaci\u00f3n pro\u00adfana y tecnol\u00f3gica.\u00bb<\/p>\n<p>Frente a estas corrientes secularizadoras de la caridad hay que mantener y vigorizar todo el rico contenido teol\u00f3gico del <em>agap\u00e9. <\/em>Es una expresi\u00f3n que, como nombre sustantivo, se en\u00adcuentra pr\u00e1cticamente por vez primera en el Nuevo Testamento. En efecto, \u00abel sustantivo <em>agap\u00e9 <\/em>falta casi del todo en el griego preb\u00edblico\u00bb: los pasajes que lo utilizan \u00abson muy pocos, a veces dudosos y otras veces de dataci\u00f3n muy dif\u00edcil\u00bb. De las tres principales palabras griegas utilizadas para expresar el verbo <em>amar <\/em>en el griego preb\u00edblico, en los Setenta gan\u00f3 la victoria <em>agap\u00e1n. <\/em>Porque, seg\u00fan su prehistoria, era el vocablo m\u00e1s apro\u00adpiado para expresar la idea de elecci\u00f3n, de entrega voluntaria, de disposici\u00f3n a la acci\u00f3n. De esta suerte, todo el grupo de t\u00e9r\u00adminos derivados de <em>agap\u00e1n <\/em>han sido colmados con un nuevo sentido a trav\u00e9s de la traducci\u00f3n griega del Antiguo Testamento (cf. Kittel, <em>Caridad, <\/em>Fax, 1974, pp. 76-77, 84-85). En el Nuevo Testamento <em>agap\u00e1n (y <\/em>sus derivados) ya es el t\u00e9rmino preferido casi en exclusiva. Ello fue debido a que su contenido \u2014aquel amor que tiene en Dios su origen, que aparece corporalmente en el Hijo y que es infundido por el Esp\u00edritu Santo en nuestros co\u00adrazones\u2014 no pod\u00eda ser traducido suficientemente por ninguna otra palabra de la lengua griega. Los cristianos tambi\u00e9n eligie\u00adron acertadamente este t\u00e9rmino para designar la manifestaci\u00f3n de su amor mutuo, la cual consist\u00eda en una comida fraterna, al principio estrechamente unida a la Eucarist\u00eda, pero m\u00e1s tarde independiente de ella. Para traducir al lat\u00edn esta palabra griega se utiliz\u00f3, desde las versiones m\u00e1s antiguas de la Biblia, el sus\u00adtantivo <em>caritas <\/em>que deriva del adjetivo <em>carus, <\/em>que se encuentra por primera vez en cicer\u00f3n (De <em>Repub. <\/em>2, 14) para significar el amor noble entre el se\u00f1or y sus subordinados.<\/p>\n<p>A partir de aqu\u00ed se ha introducido en los idiomas moder\u00adnos y significa hoy, en el uso com\u00fan eclesi\u00e1stico, aquel cristiano amor fraterno que se dirige a los que sufren y tienen necesi\u00addad de ayuda. La caridad no s\u00f3lo es un alto deber y un distin\u00adtivo de todo cristiano verdadero, sino tambi\u00e9n un distintivo y una manifestaci\u00f3n vital de la Iglesia. Es una realidad decisiva que est\u00e1 presente en todas las comunidades animadas por el Esp\u00edritu de Cristo.<\/p>\n<h3>a) <em>La caridad (agap\u00e9) es una participaci\u00f3n privilegiada de la vida divina<\/em><\/h3>\n<p>Por la gracia hemos sido hechos \u00abpart\u00edcipes de la divina naturaleza\u00bb (2 Pet 1, 4). Por eso, dice San Juan que \u00abahora somos hijos de Dios\u00bb (1 Jo 3, 2). Esta gracia deificante la in\u00adfunde Dios en nuestra alma ya en esta vida, no en su forma com\u00adpleta, sino en germen que no cesa de crecer y desarrollarse cuan\u00addo no encuentra obst\u00e1culos en nosotros. La gracia nos hace par\u00adticipar de la vida divina \u2014vida de inteligencia y de amor\u2014 por medio de las virtudes de la fe, esperanza y caridad. \u00abAhora per\u00admanecen las tres&#8230; pero la m\u00e1s excelente de ellas es la caridad. La caridad no acaba nunca.\u00bb (1 Cor 13, 13.8).<\/p>\n<p>La caridad que nosotros tenemos proviene de Dios como de su fuente. Por eso \u00abel que ama es nacido de Dios\u00bb (1 Jo 4, 7), es hijo de Dios, animado por su gracia (cf. 1 Jo 3, 9). Nuestra ca\u00adridad es un efecto de nuestro nacimiento sobrenatural. Dios, al hacernos part\u00edcipes de su vida, nos ha hecho participar tambi\u00e9n de su caridad. Por eso, la caridad no es un don divino cual\u00adquiera, ni una gracia carism\u00e1tica concedida temporalmente, sino que est\u00e1 \u00edntimamente ligada con el <em>renacimiento <\/em>del cristiano, es lo propio de su filiaci\u00f3n divina. Dios, al engendrarnos a la vida divina, nos comunica su naturaleza y su vida. Y la facul\u00adtad de amar es algo inherente a la naturaleza divina recibida de Dios. El <em>agap\u00e9 <\/em>es fruto del <em>germen divino <\/em>recibido en el bautis\u00admo. De ah\u00ed que el cristiano sea capaz de amar por s\u00ed mismo, por la misma raz\u00f3n de que es hijo de Dios. Ahora bien, este amor es esencialmente religioso, de un esp\u00edritu completamente distin\u00adto de la mera filantrop\u00eda. \u00bfC\u00f3mo ser\u00edamos nosotros misericor\u00addiosos como el Padre celestial (Lc 6, 36) si el Esp\u00edritu no de\u00adrrama este amor en nuestros corazones? (Rom 5,5; 15, 30).<\/p>\n<p>As\u00ed, pues, la caridad <em>\u2014el agap\u00e9\u2014 <\/em>es una participaci\u00f3n privilegiada de la vida divina. M\u00e1s que un barniz que viene a recubrimos, <em>es <\/em>un aumento de ser que nos hace ser m\u00e1s. Dios se nos comunica de una manera tan \u00edntima que, como resultado, pasamos a tener un ser divinizado. Porque Dios es caridad (1 Jo 4, 16), nuestra caridad viene a ser algo as\u00ed como Dios hecho nosotros o \u2014mejor\u2014 nosotros hechos Dios, transformados en El y viviendo su misma vida. El hombre entero entra as\u00ed a for\u00admar parte de la familia de Dios, de la vida \u00edntima trinitaria y, al mismo tiempo, actualiza en el tiempo la infinitud del amor. De esta manera la caridad expresa el ser y el obrar propio del cristiano. Este es amor, lo mismo que Dios, del cual ha sido engendrado y de cuya naturaleza participa el cristiano (Jo 3, 6). La caridad es Dios que toma posesi\u00f3n del hombre, lo trans\u00adforma, vive y obra en \u00e9l y por medio de \u00e9l. Los cristianos, he\u00adchos por la caridad encarnaci\u00f3n y sacramento del amor de Dios como Cristo sentimos la exigencia de amar a Dios y al pr\u00f3jimo de la misma manera que El se ama y ama a los hombres.<\/p>\n<p>Dios s\u00f3lo puede amarse a s\u00ed mismo porque es el bien sobe\u00adrano e infinito. A las cosas que est\u00e1n fuera de El las ama en cuanto son suyas y en cuanto se encuentra en ellas de una ma\u00adnera semejante \u2014pero superior\u2014 a como el artista se encuen\u00adtra en su obra. Por eso escribe Santo Tom\u00e1s: \u00abDeus amat nos tamquam aliquid sui.\u00bb q. 30, a. 2, ad 1). Dios no cesa de amarse a s\u00ed mismo amando a las criaturas \u2014a las que ha dado la existencia y todas las perfecciones que las asimilan un poco a la perfecci\u00f3n increada\u2014 y, sin embargo, su amor es esencial\u00admente liberal porque cuanto comunica a las criaturas no aumen\u00adtan riqueza de su ser.<\/p>\n<p>La caridad que el Esp\u00edritu Santo derrama sobre nuestros corazones nos hace participar de este amor tal como est\u00e1 en Dios. Por consiguiente, por esta caridad, amamos a Dios en s\u00ed mismo y por s\u00ed mismo, es decir, como el fin supremo, al cual todo se refiere y por el cual se est\u00e1 dispuesto a sacrificarlo todo, y como el ser cuyo bien se quiere \u00absecundum se\u00bb, trabajando para que \u00e9ste permanezca, se difunda y nada lo obstaculice. \u00abHae,c est caritas quae Deum per se diligit\u00bb <em>(De Caritate, <\/em>art. 2). Las primeras peticiones del \u00abPadrenuestro\u00bb expresan admirable\u00admente este puro amor de caridad hacia Dios.<\/p>\n<h3>b) <em>La caridad con que amamos a Dios <\/em><em>nos hace amar tambi\u00e9n a las criaturas<\/em><\/h3>\n<p>Si amamos a Dios en s\u00ed mismo y por s\u00ed mismo, necesaria\u00admente tenemos que amar a todo cuanto procede de Dios y nos revela de alguna manera su bondad. Es el mismo amor, el mismo <em>agap\u00e9 <\/em>que, de Dios, amado en s\u00ed mismo, se extiende a todas las criaturas. <em>A las criaturas irracionales <\/em>se las ama con un amor de concupiscencia, ordinariamente leg\u00edtimo, y que brota del amor que nos tenemos a nosotros mismos. La caridad dirige y a veces rectifica este amor natural a las cosas, pero antes nos hace des\u00adcubrir en ellas un reflejo de la belleza y de la bondad infinitass, y nos las hace amar como un destello m\u00e1s o menos lejano de Dios. Por consiguiente, el agap\u00e9 nos hace amar a Dios en las cosas, a Dios que se nos aparece sensiblemente bajo el velo de cubrir en ellas un reflejo de la belleza y de la bondad infinitas, la creaci\u00f3n, en la cual percibimos su grandeza, poder <em>y <\/em>perfec\u00adci\u00f3n. <em>A los hombres <\/em>se les ama con otro amor, ya que participan m\u00e1s \u2014cuantitativa y cualitativamente\u2014 del bien divino: por la vida del esp\u00edritu y porque son llamadas a la vida divina de la gra\u00adcia. Ellos son objeto de un amor especial\u00edsimo de Dios, que les enriquece con los dones sobrenaturales y los destina a la visi\u00f3n de su esencia. Por este motivo tambi\u00e9n nosotros debemos amar\u00adles muy especialmente porque son imagen viviente de Dios e hijos suyos.<\/p>\n<p>Este amor, que se dirige a personas \u2014no a cosas\u2014, adopta la forma de una alt\u00edsima amistad que une a los amantes en Dios y les hace amarse mutuamente a trav\u00e9s de El y a causa de El. El agap\u00e9 conduce inevitablemente a amar a los dem\u00e1s y a querer darles lo mejor de nosotros mismos \u2014la participaci\u00f3n de nuestra vida divina\u2014 y toda clase de ayudas materiales y espirituales para facilitar en ellos el crecimiento de Dios.<\/p>\n<p>De esta suerte, el agap\u00e9 nos conduce a amamos los unos a los otros en una amistad en la que Dios es el origen y el ob\u00adjeto de este amor. Por lo cual no hay dos clases de caridad \u2014una que mira a Dios, otra que mira al pr\u00f3jimo\u2014, sino una sola que mira primero a Dios, considerado en s\u00ed mismo, y que, por una especie de reflujo espont\u00e1neo, desciende hacia el pr\u00f3\u00adjimo, que participa de la vida de Dios y el que nos hace amar en Dios. Ahora bien, \u00abamar al hombre en Dios, es amarlo en aquello que hace que \u00e9l sea \u00e9l, en su inefabilidad, en su mis\u00adterio, en su unicidad&#8230; Amar al hombre en Dios, es querer que tenga esta relaci\u00f3n esencial que lo une al ser supremo; es querer que responda a lo que hay en \u00e9l de m\u00e1s profundo, a esta llamada que Dios le dirige, a su vocaci\u00f3n de hijo de Dios, que es lo que define. Amar al hombre en Dios es querer que tenga esta relaci\u00f3n esencial con Dios, que incluye todas las relaciones con los miembros de Cristo&#8230; Y, como la historia de Cristo es la historia nuestra y del mundo, queremos para el pr\u00f3jimo no s\u00f3lo este bien fundamental, que es la filiaci\u00f3n divi\u00adna y la fraternidad con todos los hombres, sino tambi\u00e9n todos los otros bienes, de cualquier clase que sean, que le ayuden a conseguir aquel bien fundamental\u00bb. (De Puybaudet, <em>La charit\u00e9 fraternelle estelle th\u00e9ologale?: Revue d&#8217;asc\u00e9tique et mystique <\/em>24 (1948) 131).<\/p>\n<p>Este agap\u00e9 se dirige no s\u00f3lo a los que viven o se esfuer\u00adzan por vivir la vida divina. Tambi\u00e9n tiene por objeto a todos los hombres, incluidos los pecadores, no a causa de sus pecados, sino porque todav\u00eda siguen siendo imagen de Dios y capaces de la bienaventuranza eterna (cf. it-II, <strong>q. <\/strong>25, a. 6).<\/p>\n<h3><em>c) La caridad fraterna tiene por objeto al pr\u00f3jimo en s\u00ed mismo <\/em><em>y por s\u00ed mismo<\/em><\/h3>\n<p>La caridad hacia el pr\u00f3jimo, por ser una virtud teologal, tiene por objeto \u00faltimo a Dios. Pero tambi\u00e9n se orienta hacia el hombre en s\u00ed mismo (Cf. <em>De Caritate, <\/em>art. 4). Cuando de\u00adcimos que, en virtud de la caridad, amamos al hombre por Dios, hay que entender bien esta afirmaci\u00f3n. El amor fraterno tiene que hacer justicia al hombre. Ser\u00eda horrible que para el cris\u00adtiano el hombre no fuera m\u00e1s que un <em>medio <\/em>para amar a Dios. El cristiano debe amar al hombre en s\u00ed mismo, tal como es, con toda su grandeza y miseria. El hombre, m\u00e1s que medio, es un fin \u2014aunque secundario\u2014 de la acci\u00f3n divina. Dios quiere su propia gloria y no puede renunciar a ella. Pero quiere tambi\u00e9n el bien del hombre \u00abGloria Dei vivens horno\u00bb\u2014 y por eso le da unos valores naturales y sobrenaturales.<\/p>\n<p>Por otra parte, Dios no ha creado ni redimido \u00fanicamente las almas, sino al hombre entero. Quiere el bien integral del hombre, de todos los hombres. Por consiguiente, tambi\u00e9n nos\u00adotros, en virtud de la caridad \u2014que tiene por objeto al pr\u00f3jimo en s\u00ed mismo\u2014, debemos amar al hombre integral y a todos los hombres. Para ello, es preciso querer su bien; querer, desear y promover su desarrollo, su perfecci\u00f3n en todo su ser \u2014por con\u00adsiguiente tambi\u00e9n en todos sus bienes terrenos\u2014 sin olvidar jam\u00e1s que est\u00e1 radicalmente orientado hacia una participaci\u00f3n de la misma vida de Dios en Cristo.<\/p>\n<p>Naturalmente, la ra\u00edz metaf\u00edsica y teol\u00f3gica de nuestro amor al pr\u00f3jimo en s\u00ed mismo es que Dios est\u00e1 real o potencialmente en \u00e9l por la vida divina difundida en su alma. Por esto, cuanto m\u00e1s amamos a Dios, m\u00e1s nos unimos a nuestros hermanos que viven o pueden vivir de Dios. As\u00ed lo indica Santo Tom\u00e1s, cuan\u00addo nos dice que \u00abel hombre es amado por aquello que hay de Dios en \u00e9l\u00bb q. 25, a 1, ad 1) o cuando afirma que \u00aben los hombres debemos amar lo que es de Dios\u00bb <em>(De Caritate, <\/em>art. 8, 8). El santo doctor dec\u00eda ya, a prop\u00f3sito de Dios, que nos ama \u00abtamquam aliquid sui\u00bb. El pr\u00f3jimo es la manifestaci\u00f3n sensible de Dios, para quien sepa mirarlo con ojos de fe y de caridad, y se comprende la frase de San Juan: \u00abel que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve\u00bb (1 Jo. 4, 20). Esta amistad que nos une a los hermanos en la caridad no es solamente una amistad de ayuda efectiva en la que se hacen esfuerzos para conseguir una meta com\u00fan. Es un verdadero amor afectivo sobrenatural en el que se siente dilec\u00adci\u00f3n por todo lo que hay de divino en nuestros hermanos y que nos une, afectiva y efectivamente, los unos a los otros en la comunicaci\u00f3n de una misma vida divina (Cf. Hiera 9-17; Fil 1, 7-8; Gal, 4, 19-20; 1 Pet 1, 22-23; 3, 8; 4, 8).<\/p>\n<p>No basta con amar al pr\u00f3jimo en s\u00ed mismo, sino que hay que amarlo tambi\u00e9n por s\u00ed mismo. Esto quiere decir que no podemos buscar nuestro bien sino el suyo (el bien integral que incluye necesariamente el bien divino) y que, si todav\u00eda no lo ha conseguido, estamos decididos a trabajar para procur\u00e1rselo. As\u00ed, pues, amamos al pr\u00f3jimo por s\u00ed mismo porque queremos <em>su <\/em>bien; lo amamos por Dios porque la raz\u00f3n \u00faltima de nues\u00adtro amor al pr\u00f3jimo es Dios al que amamos en aqu\u00e9l.<\/p>\n<h3>d) <em>La caridad y los afectos humanos<\/em><\/h3>\n<p>Por nuestro destino divino toda nuestra vida propiamente humana se encuentra orientada hacia un fin que la trasciende. Corresponde a la gracia, y especialmente a la caridad, asegurar esta orientaci\u00f3n y tomar bajo su control y su imperio todos los afectos humanos y convertirlos en el elemento material que ha\u00adce posible la encarnaci\u00f3n y la manifestaci\u00f3n de la caridad en nosotros, de modo que todo el hombre est\u00e9 al servicio del amor. Lejos de obstaculizarlos o disminuirlos, cuando son honestos, la virtud de la caridad los refuerza y sublima <em>y, <\/em>al mismo tiempo, asume su ardor para encontrar en ellos un medio de amar m\u00e1s intensamente al pr\u00f3jimo, que nos es humanamente querido, y desearle su bien sobrenatural con mayor fuerza (Cf. <em>De Caritate, <\/em>art. 9).<\/p>\n<p>De esta suerte, nuestros afectos humanos aportan a la cari\u00addad una fuerza y ardor que no tendr\u00eda sin ellos. A su vez, es\u00adtos afectos reciben de la caridad una rectitud moral, que ase\u00adgura su valor plenamente humano y su integraci\u00f3n a nuestra vida sobrenatural, ya que nos ayuda a ver en aquel, por el que sentimos naturalmente simpat\u00eda y afecto, no solamente a un hombre y amigo, sino tambi\u00e9n a un hijo de Dios, a un hermano nuestro y a un coheredero en Cristo.<\/p>\n<h3>e) <em>La caridad fraterna es imitaci\u00f3n y continuaci\u00f3n <\/em><em>del amor de Dios al hombre<\/em><\/h3>\n<p>La caridad, venida de Dios y derramada en nuestros cora\u00adzones por el Esp\u00edritu Santo (Rom. 5,5; 15, 30), vuelve a Dios: amando a nuestros hermanos amamos al Se\u00f1or (Mt. 25, 40), puesto que todos juntos formamos el cuerpo de Cristo (Rom. 12, 5-10; 1 Cor. 12,12-27). Tal es la manera como podemos res\u00adponder al amor con que Dios nos am\u00f3 primero (1 Jo. 3, 16; 4, 19s.) \u00abTodo el que ama al que engendr\u00f3 (Dios), ama tambi\u00e9n al que ha nacido de El (los hermanos)\u00bb (1 Jo. 5, 1). La conse\u00adcuencia es clara. Luego todo el que cree, ama a los hijos de Dios, sus hermanos. Este argumento a favor de la dilecci\u00f3n fra\u00adterna, se toma, pues, de las relaciones naturales entre padre e hijos; la falta de amor fraterno aparece, por tanto, como algo antinatural.<\/p>\n<p>Dios est\u00e1 presente, sigue viviendo en cada cristiano. Y el amor sabe descubrir a Dios en todos los nacidos de El. Luego, el fiel ama a todos los cristianos por la misma naturaleza y la misma gracia. Son todos hermanos en el sentido m\u00e1s real. Hay entre ellos una verdadera \u00abfiladelfia\u00bb. Todo, pues, indica que la fe instaura nuevas relaciones de hermandad entre los cristia\u00adnos, radicadas en el mismo ser del bautizado. En definitiva, la caridad siempre se orienta en primer lugar hacia algo divino. \u00abaliquid Dei\u00bb, como hemos dicho m\u00e1s arriba.<\/p>\n<p>Pero la caridad, por otra parte, imita al amor de Dios (Mt. 5, 44s.; Ef. 5, 1s. 25; 1 Jo. 4, 11s). Si Dios ha amado de una manera tan extraordinaria a los hombres, tan inferiores a El por naturaleza y a veces enemigos suyos, los cristianos, que participan de la naturaleza divina, tienen la obligaci\u00f3n \u2014con mayor motivo\u2014 de amar a sus hermanos, de \u00abamarse unos a otros\u00bb. La conclusi\u00f3n l\u00f3gica de la proposici\u00f3n de San Juan: \u00absi de esta manera nos am\u00f3 Dios\u00bb, ser\u00eda evidentemente \u00abam\u00e9\u00admosle tambi\u00e9n nosotros a El\u00bb. Sin embargo, San Juan saca otra consecuencia, muy en conformidad con la doctrina de sus car\u00adtas a saber: \u00abam\u00e9monos unos a otros\u00bb. La raz\u00f3n es que, s\u00f3lo cuando el cristiano ejercita la caridad con el pr\u00f3jimo, el amor puede tener los caracteres de prioridad, gratuidad y espontanei\u00addad que son propios del agap\u00e9 divino. Quien haya conocido lo mucho que nos ha amado Dios, entregando a su Hijo a la muer\u00adte por nosotros, y se haya beneficiado de esta extraordinaria ge\u00adnerosidad, est\u00e1 absolutamente obligado a mostrar amor a sus hermanos. El amor fraterno procura a las almas, por otra par\u00adte, la comuni\u00f3n \u00edntima y verdadera con Dios. Al motivo de la \u00abredamatio\u00bb, o deber de responder al amor de Dios con la ca\u00adridad fraterna (1 Jo. 4, 11), se agrega el de la comuni\u00f3n con Dios, que es el acorde fundamental de toda la carta de San Juan.<\/p>\n<p>Cristo, \u00abdoctor de la caridad y plenitud de la caridad\u00bb (San Agust\u00edn, <em>In Joan. <\/em>XVII, 7), vino a este mundo para revelarnos el amor del Padre hacia todos los hombres y, al mismo tiempo y de manera simult\u00e1nea e indisoluble, mandamos que nos ame\u00admos los unos a los otros como \u00e9l nos ama; de suerte que, tan\u00adto para nosotros como para \u00e9l mismo, nuestro amor a los de\u00adm\u00e1s es, no s\u00f3lo imitaci\u00f3n, sino m\u00e1s bien participaci\u00f3n y prolon\u00adgaci\u00f3n del amor que el Padre nos ha manifestado. En efecto, el Nuevo Testamento nos ense\u00f1a que el agap\u00e9 parte de Dios, alcanza al hombre y se contin\u00faa y prolonga en nosotros y a trav\u00e9s de nosotros hacia los dem\u00e1s hombres <em>(De Caritate, <\/em>4, ad 11; cf. II-II, q. 25, a. 1 y a. 4). En el amor a nuestros herma\u00adnos respondemos al amor que Dios nos tiene a nosotros.<\/p>\n<p>M\u00e1s a\u00fan, nuestro amor al pr\u00f3jimo \u2014como participaci\u00f3n creada del amor increado q. 23, a. 2, ad 1)\u2014 es como la continuaci\u00f3n en nuestra alma de la impulsi\u00f3n amorosa que espiran el Padre y el Hijo y de la que procede el Esp\u00edritu Santo como t\u00e9rmino igual a su doble y \u00fanico principio. Cf. II-II, q. 23, a. 2, &#8216;ad 1; ibid. q. 24, a. 2 y a. 7; ibid. q. 23, a. 3, ad 3. Cf. tambi\u00e9n D-M. Nothomb, <em>Charit\u00e9 envers le prochain et Corps <\/em><em>Mystique, <\/em>en <em>La charit\u00e9 envers le prochaine, <\/em>Paris 1954, p. 163- 164. Dios es caridad (1 Jo. 4, 8.16). Como pura actividad amo\u00adrosa, El hace donaci\u00f3n total de s\u00ed mismo Esta donaci\u00f3n total es su naturaleza y su ley de vida: no existe sino d\u00e1ndose y al darse es su existencia. Las personas divinas subsisten por la do\u00adnaci\u00f3n de cada una de ellas hace de s\u00ed misma a las dem\u00e1s. El ser absoluto subsiste desde la eternidad en un continuo in\u00adtercambio de amor.<\/p>\n<p>Pero Dios no se da \u00fanicamente en las comunicaciones intra\u00adtrinitarias. Se da tambi\u00e9n en el misterio de la encarnaci\u00f3n y, a trav\u00e9s de \u00e9l, se nos da a nosotros y nos eleva a su misma vida divina. El amor con que el Padre ama al Hijo llega a nosotros haci\u00e9ndonos participar de su misma vida divina.<\/p>\n<p>Por consiguiente, la caridad fraterna es la revelaci\u00f3n y ejer\u00adcicio del amor de Dios, es la actividad de Dios en nosotros. Amamos al pr\u00f3jimo con el mismo amor con que Dios lo ama; vemos al pr\u00f3jimo con los ojos de Dios; nos esforzamos por hacerle alcanzar todas las riquezas que el amor infatigablemen\u00adte activo de Dios quiere comunicarle. En una palabra, vemos en el pr\u00f3jimo al amado de este Dios que est\u00e1 en el n\u00facleo m\u00e1s \u00edntimo de la personalidad de cada hombre (\u00abintimior intimo meo\u00bb, en frase de S. Agust\u00edn).<\/p>\n<p>Cuando amamos de verdad al pr\u00f3jimo, entramos en la in\u00adtenci\u00f3n divina y nos proponemos el mismo fin que Dios busca amando al hombre \u2014\u00bbidem velle, idem nolle\u00bb\u2014 que es, en \u00faltima instancia, \u00abuf in Deo sit\u00bb \u2014como dice Santo Tom\u00e1s, utilizando una expresi\u00f3n de San Agust\u00edn\u2014, es decir, que par\u00adticipe de la gracia de Dios aqu\u00ed en la tierra y de su gloria en el cielo. As\u00ed ama Cristo a los hombres, con un amor aut\u00e9nti\u00adcamente humano y divino a la vez. \u00abComo el Padre me am\u00f3, yo tambi\u00e9n os he amado\u00bb (Jo. 15, 9).<\/p>\n<p>Cristo ha amado a Dios d\u00e1ndose a nosotros. El hizo el m\u00e1s grande acto de culto hacia el Padre am\u00e1ndonos y sacrific\u00e1ndo\u00adse por nosotros: \u00abnos am\u00f3 y se entreg\u00f3 por nosotros en obla\u00adci\u00f3n y sacrificio de fragante y suave olor.\u00bb (Ef. 5, 1-2). El amor de Cristo a su Padre toma inevitablemente la forma de amor a los hombres; en el coraz\u00f3n de Cristo el amor a los hombres es una exigencia rigurosa del amor al Padre, su expresi\u00f3n in\u00addispensable y la condici\u00f3n sin la cual \u00e9ste no ser\u00eda real ni au\u00adt\u00e9ntico. As\u00ed debe ser tambi\u00e9n en nosotros. Amar a Dios, es amarlo como es, como Padre, en cuanto es amor. Amar a Dios en cuanto amor es amarlo porque ama y constituye con su amor aquellos a los que ama. Amar a Dios, sin amar a aque\u00adllos en los que Dios se encuentra o se quiere encontrar, es im\u00adposible. Afirmar lo contrario <em>es <\/em>mentir, como manifiesta San Juan (1 Jo. 4, 20).<\/p>\n<p>Esto que acabamos de decir con relaci\u00f3n a Dios, podr\u00edamos repetirlo con relaci\u00f3n a Cristo. Amar a Cristo, tal como es, con\u00adduce a la misma conclusi\u00f3n. El es la cabeza de la creaci\u00f3n (Heb. 2, 8; Fil. 2, 10) y todos los hombres dicen relaci\u00f3n a \u00e9l (Rom. 5, 17). \u00bfC\u00f3mo, pues, amar a Cristo sin amar a todos aquellos con los cu\u00e1les \u00e9l es consolidado? No es posible acoger a Cristo sin acoger a aquellos que van con \u00e9l. Cristo es el Ver\u00adbo hecho carne, que ha unido a s\u00ed misteriosamente a todos los cristianos y a la humanidad entera. Ya que nosotros no esta\u00admos s\u00f3lo con Cristo, sino que somos sus miembros, si amamos de verdad la cabeza, debemos amar tambi\u00e9n los miembros, y si no amamos los miembros tampoco podemos amar la cabeza.<\/p>\n<h3>f) <em>Uni\u00f3n indisoluble entre el amor a Dios <\/em><em>y el amor al pr\u00f3jimo<\/em><\/h3>\n<p>Fundada en las mismas palabras de Cristo (Mt. 22, 37; Mc. 2, 29; Lc. 10, 27; Mt. 25, 40ss) toda la tradici\u00f3n cristiana ha visto en la caridad al pr\u00f3jimo la prueba m\u00e1s clara de la au\u00adtenticidad del amor a Dios.<\/p>\n<p>Ser\u00e1 el obispo de Hipona quien nos diga con sentencia la\u00adpidaria: \u00abEl amor de Dios es el primer precepto en el orden de la dignidad; y el amor al pr\u00f3jimo es el primero en el orden de la pr\u00e1ctica.\u00bb (In Joan XVII, 8). La misma idea es repetida por Santa Teresa de Jes\u00fas con su lenguaje castizo, en el libro de Las Moradas: \u00abAc\u00e1, solas estas dos cosas nos pide el Se\u00f1or, amor de su Majestad y del pr\u00f3jimo; es en lo que hemos de tra\u00adbajar&#8230; La m\u00e1s cierta se\u00f1al que, a mi parecer, hay de si guar\u00addamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor al pr\u00f3\u00adjimo; porque si amamos a Dios no se puede saber, aunque hay indicios grandes para entender que lo amamos, mas el amor al pr\u00f3jimo, s\u00ed. Y estad ciertas que mientras m\u00e1s en \u00e9ste os vierdes aprovechadas, m\u00e1s lo est\u00e1is en el amor de Dios; porque es tan grande el que su Majestad nos tiene, que en pago del que tene\u00admos al pr\u00f3jimo har\u00e1 que crezca el que tenemos a su Majestad por mil maneras\u00bb <em>(Moradas quintas, \u00fci<\/em>, <em>7 y <\/em>8). San Juan Cri\u00ads\u00f3stomo, en unos p\u00e1rrafos llenos de sereno atrevimiento, dice que vale m\u00e1s socorrer a los pobres que adornar suntuosamente los templos: \u00ab\u00bfQu\u00e9 m\u00e1s nos da que en la mesa de Cristo haya abundancia de vasos sagrados de oro, si \u00e9l est\u00e1 muriendo de hambre? Primero dale de comer, porque est\u00e1 hambriento, y, si sobra, enriquece su mesa\u00bb <em>(Homil. 50 sobre San Mateo, <\/em>4) No es que el Cris\u00f3stomo condene los gastos para dar m\u00e1s es\u00adplendor al culto: \u00abNo quiero decir con esto que no hag\u00e1is tales regalos, sino que socorr\u00e1is a los pobres a la vez que hac\u00e9is esos regalos. Y a\u00fan mejor, antes de hacerlos\u00bb (Ibid). Para el Cri\u00ads\u00f3stomo un cristiano que sufre es un templo m\u00e1s venerado que los templos de piedra, y el cuerpo hambriento, deforme, cu\u00adbierto de llagas, es un altar m\u00e1s santo que el del sacrificio de la Misa: \u00abEl altar de esta bas\u00edlica es santo por la v\u00edctima que en \u00e9l se inmola; el que recibe vuestras limosnas lo es m\u00e1s por\u00adque es la v\u00edctima misma. El primero es sagrado por el contacto del cuerpo de Cristo; el segundo porque es el cuerpo mismo de Cristo.\u00bb <em>(Homil. 20 sobre u Cor., <\/em>3). Ideas similares encontra\u00admos en Santa Catalina de Siena <em>(Di\u00e1logos, <\/em>cap. 7, 12, 17, 74).<\/p>\n<p>En definitiva Agust\u00edn, Teresa de Jes\u00fas, el Cris\u00f3stomo, Cata\u00adlina de Siena \u2014y otros muchos que podr\u00edamos citar\u2014 no hacen otra cosa que abundar en la sentencia de San Juan: \u00abSi alguno dijere: amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve\u00bb (1 Jo. 4, 20). Estas palabras de San Juan hay que entenderlas de la siguiente manera: \u00abEl que no ama a su hermano \u2014a quien constantemente tiene ante los ojos, y a quien le es m\u00e1s f\u00e1cil amar, por ser m\u00e1s peque\u00f1o, y porque en cualquier momento le puede exteriorizar su amor\u2014no puede amar a Dios \u2014siempre invisible\u2014, no s\u00f3lo porque le ser\u00e1 m\u00e1s dif\u00edcil y aun imposible \u2014porque Dios es infinito\u2014sino adem\u00e1s porque el amor de Dios y del pr\u00f3jimo son inse\u00adparables, y sobre todo porque la voluntad de Dios ha dispues\u00adto que el amor hacia El no tenga otra expresi\u00f3n que el amor al pr\u00f3jimo.\u00bb (F. Rodr\u00edguez Molero, <em>La Sagrada Escritura, N.T., <\/em>BAC, III, p. 499).<\/p>\n<p>La raz\u00f3n no es dif\u00edcil de comprender. El amor al pr\u00f3jimo viene exigido por la fe: no podemos disociar de nuestro amor a Dios ning\u00fan miembro del Cuerpo M\u00edstico, del que Cristo es cabeza, ni a ning\u00fan hombre ya que todos, en el peor de los casos, est\u00e1n llamados a incorporarse a aquel organismo sobre\u00adnatural. El amor de Dios se extiende a todo el cuerpo (cf. Jo. 17, 26) y en cualquier miembro suyo reclama el derecho y la manifestaci\u00f3n del amor. El amor al pr\u00f3jimo es la garant\u00eda de nuestra fe y de nuestro amor a Dios. Sin el amor al pr\u00f3jimo resultan vana palabrer\u00eda todas las protestas de amor a Dios. Porque hay cierta identidad de persona entre Cristo y el necesi\u00adtado. El pobre es \u00abun signo, una imagen, un misterio de la pre\u00adsencia de Cristo\u00bb (Pablo vi, Aloc. 23-VIII-1968) una especie de \u00absacramento\u00bb visible, bajo cuyas especies se esconde Jes\u00fas que, de una manera moral, pero real, se hace presente en todos los pobres, en virtud de la \u00abf\u00f3rmula consacratoria\u00bb que pro\u00adnunci\u00f3 un buen d\u00eda: \u00abEn verdad os digo que cuantas veces hic\u00edsteis eso a uno de mis hermanos menores, a m\u00ed me lo hi\u00adcisteis.\u00bb (Mt. 25, 40, 45). El Papa actual se ha referido muchas veces a esta identidad moral entre el necesitado y Cristo (Cf., por ejemplo, la homil\u00eda de 17-XI-1963 y las aloc. de 29-IX\u00ad1964, 8-IV-1965, 16-IV-1965, etc. y muy especialmente aloe. de 23-V111-1963, en Bogot\u00e1).<\/p>\n<p>Pero, en este terreno, los espejismos son muy f\u00e1ciles y pe\u00adligrosos. Por eso es preciso que, al recordar las palabras de San Juan: \u00abEl que no ama a su hermano, a quien ve, no es posi\u00adble que ame a Dios, a quien no ve\u00bb (1 Jo. 4, 20), no olvidemos la ley inversa que nos ofrece el mismo Ap\u00f3stol, pocas lineas m\u00e1s abajo: \u00abEn eso conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.\u00bb (1 Jo. 5, 2). Si antes nos dio el amor fraterno como criterio del amor a Dios, ahora nos dice que el amor a Dios, manifestado en el cumplimiento de los mandamientos, es el criterio para conocer la autenticidad de nuestro amor al pr\u00f3jimo. Los sentimientos y atenciones en favor del pr\u00f3jimo \u2014aunque buenos y siempre dignos de alabanza y de est\u00edmulo\u2014 pueden no llegar a ser aut\u00e9ntica caridad. Es impresionante la advertencia que nos hace San Pablo en el proemio de su himno a la caridad: \u00abAunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha.\u00bb (1 Cor. 13, 3).<\/p>\n<p>De un extremo a otro del NT el amor al pr\u00f3jimo aparece indisociable del amor a Dios: los dos mandamientos son el \u00e1pi\u00adce y la clave de la ley (Mc. 12, 28-33); el amor al pr\u00f3jimo es el compendio de toda exigencia moral (Gal 5, 22; 6, 2; Rom. 13, 8s; Col 3, 14), el mandamiento \u00fanico (1 Jo. 15, 12; 2 Jo. 5); la caridad es la obra \u00fanica y multiforme de toda fe viva (Gal. 5, 6. 22).<\/p>\n<p>Si \u2014como acabamos de decir\u2014 el amor fraterno es el cri\u00adterio del amor a Dios (1 Jo. 4, 20), tambi\u00e9n el amor a Dios es criterio del amor fraterno (1 Jo. 5, 3). Ambos son inseparables. La ausencia de uno es signo cierto de la falta del otro. En cam\u00adbio la presencia de uno implica necesariamente la existencia del otro. Los dos se completan mutuamente porque, en realidad, s\u00f3lo existe un verdadero amor: el agap\u00e9 con que Dios se ama y nos ama a nosotros.<\/p>\n<p>La pr\u00e1ctica de la caridad fraterna es, en efecto, el criterio para conocer a los hijos de Dios (1 Jo. 3, 10. 1). Los cristia\u00adnos que aman a sus hermanos est\u00e1n en comuni\u00f3n vital con Dios y Dios mora en ellos y ellos en El. Esta inmanencia rec\u00edproca les permite tener un verdadero conocimiento de Dios (Jo. 14, 17). El amor fraterno nos da la seguridad de que \u00abDios perma\u00adnece en nosotros\u00bb con la presencia transformante de su gracia. Pero \u00fanicamente la caridad efectiva es la que nos puede dar la seguridad de que Dios y su amor est\u00e1n realmente en nosotros. De ah\u00ed que, cuando practicamos la caridad fraterna, Dios est\u00e1 presente en nosotros, tal como el Se\u00f1or lo prometi\u00f3 (Jo. 14, 23).<\/p>\n<p>Para saber que nuestro amor efectivo al pr\u00f3jimo es caridad (agap\u00e9) debemos recurrir a nuestro amor a Dios&#8230; Pero este amor a Dios, que San Juan presenta como criterio de la ver\u00addadera caridad fraterna, no es un sentimiento oculto e incon\u00adtrolable. S\u00f3lo el amor que se traduce en el cumplimiento de los mandamientos de Dios es prueba aut\u00e9ntica de la existencia de la caridad fraterna. El creyente que guarda los mandamientos sabe \u2014a trav\u00e9s de este mismo acto de fidelidad y obediencia\u2013 que su amor de Dios es aut\u00e9ntico (cf. 1 Jo. 2, 3; 3, 24) y que su amor al pr\u00f3jimo <em>es <\/em>verdadero y de la misma naturaleza di\u00advina que su amor a Dios. Esto quiere decir que el amor fra\u00adterno de caridad no puede existir sino en una persona virtuosa y que pertenece a Dios. El libro de la Sabidur\u00eda ya hab\u00eda dicho que el amor consiste en la observancia de las leyes (Sab. 6, 18) Y Jesucristo tambi\u00e9n insiste en el cumplimiento de sus precep\u00adtos (Jo. 14, 15.21.23; 15, 10; cf. 1 Jo 2, 3-6; 3, 22-24; 5, 2), pues no basta con escuchar las ense\u00f1anzas del Maestro y creer\u00adlas, sino que es necesario ponerlas en pr\u00e1ctica (Mt. 7, 24).<\/p>\n<p>En suma, la raz\u00f3n gnoseol\u00f3gica que nos permite conocer la autenticidad del amor de los hijos de Dios, es un amor a Dios que est\u00e9 dispuesto y pronto para la obediencia activa, por\u00adque el amor a Dios no consiste en afectos y emociones sino en el cumplimiento activo de sus mandamientos.<\/p>\n<h3>g) <em>Unidad y diferencia entre el amor a Dios <\/em><em>y el amor al pr\u00f3jimo<\/em><\/h3>\n<p>En tiempos de un ate\u00edsmo socialmente manifiesto, en que es patente la tendencia a declarar a Dios y el amor a Dios co\u00admo mera cifra del car\u00e1cter absoluto del hombre y del amor al hombre, se hace obligatoria una confesi\u00f3n inquebrantable de Dios y del amor a Dios, que sigue siendo \u00abel primer manda\u00admiento\u00bb (Mt. 22, 38). Pero, al mismo tiempo, se hace necesa\u00adria una inteligencia interna de la verdadera unidad \u2014no deci\u00admos identidad ni indistinci\u00f3n\u2014 del amor a Dios y del amor al pr\u00f3jimo.<\/p>\n<p>En favor de esta unidad hay que remitir a la Escritura y la tradici\u00f3n. La tradici\u00f3n escol\u00e1stica sostiene por lo menos que la caridad infusa, la virtud teologal que une con Dios (virtus caritatis in Deum), es tambi\u00e9n la virtud con que se ama al pr\u00f3\u00adjimo. Hay que conceder que, desde el punto de vista de estas fuentes, quedan muchos puntos oscuros en esta unidad y es ob\u00advia la tentaci\u00f3n de ver en el amor al pr\u00f3jimo \u00fanicamente una consecuencia obligatoria, piedra de toque y prueba del amor a Dios. Sin embargo, puede decirse que existe una aut\u00e9ntica unidad radical entre los dos modos del amor, siempre bajo el supuesto de la comunicaci\u00f3n de Dios por la gracia al hombre a quien se debe amar, y no por razones puramente filos\u00f3ficas.<\/p>\n<p>He aqu\u00ed c\u00f3mo expone esta unidad y diferencia K. Rahner en un p\u00e1rrafo tan denso como dif\u00edcil de comprender <em>(Sacramen\u00ad<\/em><em>tum Mundi <\/em>I, 130):<\/p>\n<p>\u00abEn principio, puede decirse sin reserva que el acto de amor al pr\u00f3jimo es realmente el acto m\u00e1s originario (todav\u00eda atem\u00e1\u00adtico {es decir, no expl\u00edcito y tem\u00e1tico]) del amor de Dios. Esto no excluye sino que incluye el hecho de que tambi\u00e9n se debe amar a Dios bajo una expl\u00edcita tem\u00e1tica \u00abcategorial\u00bb. Pues la referencia impl\u00edcita a Dios, que se da en todo acto moral y, por tanto, primariamente en el amor al pr\u00f3jimo, siendo la su\u00adprema y \u00faltima profundidad y fuerza de esa central experiencia intramundana (del amor al pr\u00f3jimo), ha de hacerse tema ex\u00adpl\u00edcito en la palabra e historia del hombre. El amor a Dios y el amor al pr\u00f3jimo viven rec\u00edprocamente uno de otro, porque a la postre son una sola cosa (\u00absin separaci\u00f3n y sin mezcla\u00bb). El amor a Dios s\u00f3lo se hace existencialmente real cuando es tam\u00adbi\u00e9n amor al pr\u00f3jimo, y el amor al pr\u00f3jimo s\u00f3lo aprehende su \u00faltimo misterio, su car\u00e1cter absoluto y la posibilidad de ese ca\u00adr\u00e1cter absoluto, con relaci\u00f3n a un hombre finito y pecador, cuando \u00abdesemboca en el amor a Dios\u00bb (Cf. K. Rahner, <em>Sobre la unidad del amor a Dios y el amor al pr\u00f3jimo, <\/em>en <em>Escritos de <\/em>Teolog\u00eda, vi, Taurus, Madrid 1967, p. 271-292&#8243;.<\/p>\n<h3>h) <em>La caridad, manera de hacer presente al Salvador sobre la tierra, hasta que vuelva<\/em><\/h3>\n<p>Ense\u00f1an los Sin\u00f3pticos \u2014y todav\u00eda de una forma m\u00e1s cla\u00adra San Juan\u2014 que, en el espacio de tiempo que va desde la par\u00adtida del Salvador hasta su retorno glorioso, la manera de hacer\u00adlo presente sobre la tierra, es la caridad fraterna, actividad esen\u00adcial de los disc\u00edpulos de Jes\u00fas, seg\u00fan la cual ser\u00e1n juzgados (Mt. 25, 31-46). Tal es el testamento dejado por Jes\u00fas: \u00abAmaos los unos a los otros, como yo os he amado\u00bb (Jo. 13, 34s). El acto de amor de Cristo sigue expres\u00e1ndose a trav\u00e9s de los actos de los disc\u00edpulos. Por otra parte, como quiera que el acto de caridad fraterna va dirigido al mismo Cristo, durante su ausen\u00adcia nadie est\u00e1 privado del consuelo de obrar sobre el Maestro ya que, a trav\u00e9s de los pobres y necesitados, es como si estu\u00adviera presente y se puede llegar a \u00e9l prestando a sus miembros los servicio que se prestar\u00edan a \u00e9l mismo. La caridad fraterna es el camino que asegura la presencia de Dios y de Jes\u00fas sobre la tierra mientras esperamos el retorno glorioso de Cristo. Es como una suplencia que llena su ausencia f\u00edsica.<\/p>\n<p>(Para esta primera parte puede resultar muy \u00fatil la consul\u00adta de Ch.-V. H\u00e9ris, <em>Spiritualit\u00e9 de l&#8217;Amour, <\/em>Paris, Ed. Silo\u00e9, 1951, especialmente los cap\u00edtulos 7, 9 y 10. Cfr. tambi\u00e9n la obra en colaboraci\u00f3n <em>Le charit\u00e9 envers le prochain, <\/em>Paris, Ed. Cerf, 1954; Ph. Delhaye-M. Huftier, <em>L&#8217;amour de Dieu et l&#8217;amour de <\/em><em>l&#8217;homme, <\/em>en <em>Esprit et Vie <\/em>(1972) p. 193-204, 225-236 y 241- 250; P. Magni, <em>Vivere per gli altri, <\/em>en <em>La Carita Dinamismo di comunione nella Chiesa, <\/em>Ed. Teresianum, Roma 1971, p. 119- 149; Para el estudio de la caridad en San Vicente de Pa\u00fal, entre otros estudios, puede verse la conferencia que dio el santo (30-V\u00ad1959) sobre la caridad y que ha sido editada con muchos textos paralelos por L. Arpourettes, <em>Conf\u00e9rence sur la charit\u00e9 per St. Vincent de Paul, <\/em>Dax 1960; A. Dodin, <em>San Vicente de Pa\u00fal, <\/em><em>ap\u00f3stol <\/em>y <em>doctor de la caridad, <\/em>en <em>Asambleas del Se\u00f1or, <\/em>n. 66, p. 72-86).<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Agradezco muy sinceramente vuestra invitaci\u00f3n y la opor\u00adtunidad que con ella me brind\u00e1is de hacer llegar mi voz a los participantes en esta IV Semana de Estudios Vicencianos que estudia el tema \u00abCaridad y promoci\u00f3n &#8230; <a href=\"http:\/\/vincentians.com\/es\/accion-caritativo-social-en-la-iglesia-i-hacia-una-accion-caritativa-mas-teologal\/\" class=\"more-link\">Read More<\/a><\/p>\n","protected":false},"author":4,"featured_media":40802,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"rs_blank_template":"","rs_page_bg_color":"","slide_template_v7":"","_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_feature_clip_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2},"jetpack_post_was_ever_published":false},"categories":[29],"tags":[],"class_list":["post-40801","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-formacion-cristiana"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v27.9 - https:\/\/yoast.com\/product\/yoast-seo-wordpress\/ -->\n<title>Acci\u00f3n caritativo-social en la Iglesia: I. 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